En el último día de febrero

El Globo

En estricto sentido, el Comandante Chávez y sus compañeros de la cuarta madrugada de febrero abusaron de nosotros.

He podido conocer y admirar muy de cerca la conducta médica de un pediatra excepcional. Como pocos médicos que conozco, éste se tomó en serio el juramento de Hipócrates, el primer código ético de una profesión que la Historia registra por escrito. El protocolo que sigue este médico al que me refiero es invariablemente el mismo: ante la enfermedad de uno de sus pacientes procura, primeramente, que el enfermo se cure sin su intervención de faculto. Parte, pues, de una confianza básica y fundamental en las propias capacidades del cuerpo humano para sanarse a sí mismo.

Sólo si el paciente no da muestras de mejoría se aviene entonces a recomendar algún remedio. Para que consienta en recetar antibióticos casi que hay que torcerle el brazo. Un revólver sobre su pecho es necesario para que admita que, llegado un cierto momento, el caso debe tomarlo un cirujano. Para él un cirujano es, entonces, un último recurso y no es, propiamente y de acuerdo con Hipócrates, un recurso médico. Políticamente las cosas deben verse de la misma manera.

El comandante Chávez actuó como cirujano. La imagen del 4 de febrero como acto quirúrgico ha entrado ya en nuestras cabezas. Pero los militares que participaron en la acción, independientemente de su valentía y de la pasión que los animaba, abusaron del pueblo venezolano. Porque es que ningún cirujano tiene derecho a intervenir sin el consentimiento del paciente, a menos que éste se encuentre inconsciente y, por tanto, privado de su facultad de decidir si se pone en las manos del cuchillero. Y el pueblo venezolano no estaba inconsciente y el comandante Chávez no nos consultó sobre la operación y nosotros no le autorizamos a que lo hiciera.

Podemos hasta conceder que el diagnóstico estaba correcto. Carlos Andrés Pérez debía separarse del cargo. Yo escribí aquí a fines del año pasado, y refiriéndome a la proposición uslariana de que Pérez asumiera la conducción de un programa de emergencia nacional, lo siguiente: “Pero el problema fundamental de su récipe consiste en creer que Carlos Andrés Pérez debe dirigir los tratamientos, cuando él es, más propiamente, el propio centro del tumor.”

Y el comandante Chávez quiso resolver quirúrgicamente la remoción del tumor, sin autorización de nadie e ignorando, a pesar de que había sido dicho bastantes veces, que todavía existían los medios clínicos, los procedimientos médicos para el mismo objetivo. En el mismo artículo en el que reconocí la recomendación del Dr. Úslar de que Pérez nos salvara, recordé: “Propuse el 21 de julio algo más radical que las píldoras del Dr. Úslar. Receté, para la urgencia más inminente de la enfermedad, la renuncia de Carlos Andrés Pérez y que el Congreso elija, según pauta la Constitución, a quien complete su período como Presidente, porque, como Úslar dice, es importante preservar la constitucionalidad.”

Sin embargo, comandante Chávez, debemos darle las gracias de todos modos. Porque sin su abusiva pero viril decisión, los que usan y abusan todos los días el poder político que aún detentan, no se habrían puesto a dar las histéricas carreritas que estamos presenciando. El vergonzoso apremio por aparecer como el más atrevido de los líderes.

El pescueceo

Es así como José Rodríguez Iturbe, luego de oponerse al discurso de Caldera el mismo 4 de febrero, en pocos días había considerado que las elecciones de Presidente y de Congreso debían ser adelantadas para este año, lo que implicaba la renuncia, no sólo de Pérez, sino de todos los congresantes. El Dr. Rodríguez Iturbe necesitó de un golpe para llegar a esa conclusión.

O el Dr. Fernández, que fue hasta el Fiscal General para decirle que no requeriría pruebas, que se conformaría con meros “indicios” de un acto corrupto, para expulsar enérgicamente al indiciado de las filas de COPEI. El Dr. Fernández necesitó que el comandante Chávez le trasnochara para llegar a esa conclusión, porque tan sólo un mes antes el propio Dr. Fernández había designado, como presidente de los actos aniversarios de COPEI de enero de este año, al Dr. Douglas Dáger, el mismo del caso Lamaletto, del video escandaloso, de su destitución como Presidente de la Comisión de Contraloría del Congreso. Es decir, el Dr. Fernández elevó como símbolo de su partido a una persona sobre la que han pesado, si no pruebas, al menos graves indicios de corrupción. Es ese mismo Dr. Fernández que ahora propone una Constituyente, aunque hasta hace nada despreció olímpicamente los llamados del Dr. Juan Liscano y sus compañeros del Frente Patriótico justamente para la convocatoria de una Asamblea Constituyente.

O el Dr. Burelli Rivas, que con gran frescura declaró a la prensa que una salida pacífica, “que hasta ahora no ha sido planteada”, sería que Carlos Andrés Pérez renunciara a la Presidencia de la República.

Y ahora el Dr. Caldera se suma a la proposición de la renuncia de Pérez. La presenta, naturalmente, como si se le estuviera ocurriendo a él en este momento. Escribe con gran flema sobre la “posible” conveniencia de una Constituyente, cuando hasta hace nada sólo quería enmiendas, remiendos, acomodos.

Por todos estos apresurados y patéticos cambios de posición hay que agradecer al Comandante Chávez y a todos sus compañeros.

Vete ya, Carlos Andrés

El que sí parece no tener composición es Carlos Andrés Pérez, que nuevamente nos avergonzó al declarar a los corresponsales extranjeros que durante su gobierno no hubo ningún escándalo de corrupción. Claro, para Pérez no es escandaloso que con gran prisa tuviera que destituir, el mismo año pasado, a su propio jefe de seguridad personal, porque parece que andaba enredado con una tal Gardenia Martínez por el asunto de una navajita defectuosa vendida a las Fuerzas Armadas de este país.

Por eso, no hay salida sin la terminación del mandato de Pérez. Pero esto debe ser obtenido médicamente, civilmente. Me congratulo porque por fin personas tan notables como el Dr. Caldera y el Dr. Burelli hayan admitido, aunque sin reconocer que hubiera sido propuesto antes de la cuarta madrugada de febrero, que el tratamiento que propuse hace ya siete meses sea el tratamiento indicado. Me duele que no lo hayan entendido antes del dolor y la vergüenza del 4 de febrero.

Que continúe el curso médico. Por las manos de los caraqueños circula una hojita que propone un grito colectivo. Para el 10 de marzo, a las 10 de la noche: “Hoy es diez, son las diez, vete ya Carlos Andrés”. Yo pienso gritar, a menos que la suspensión de mis garantías constitucionales se emplee para amordazarme primero.

Carlos Andrés Pérez tendrá que abandonar el poder. A ese no lo salva ni George Bush. Ya es cuestión de días. El problema será entonces encontrar quien le va a suceder.

El Dr. Uslar ha dicho que no aceptaría la Presidencia de la República bajo ningún concepto. Lo siento mucho porque lo preferiría a cualquier otro, por la claridad y modernidad de su pensamiento.

Pero yo también sugerí que el Dr. Caldera sería una estupenda opción y aquí lo reafirmo. Le pregunto entonces a Rafael Antonio Caldera: ante la necesidad nacional, ¿aceptarías completar el período constitucional que Pérez no culminará? ¿O serás capaz de negarte porque no te conformas con eso y quieres cinco años completos de poder?

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La Comunidad Hispánica en el mundo de hoy

El #1 de Válvula, diseñado por Ariel Toledano

 

Es para mí sumamente grato venir hoy a esta casa, en el corazón mismo donde palpita el espíritu y la labor de este conjunto humano tan valioso y tan significativo que es el pueblo canario, para dirigirles algunas palabras sobre un tema que a todos nos une, que a todos nos preocupa y que debe constituir el tema central del examen de conciencia que hoy más que nunca los hombres que pertenecemos a la vasta familia de los pueblos hispánicos tenemos que hacer sobre nosotros mismos, y también, de una manera cada vez más penetrante y objetiva, sobre las posibilidades que se nos abren y sobre los desafíos que se nos presentan en el mundo de hoy.

Me complace decir estas palabras aquí en Tenerife, en el corazón del pueblo canario; me complace como venezolano, me complace como hispanoamericano, me complace como hombre que pertenece y reconoce su raíz profunda dentro del conjunto de la familia de los pueblos hispánicos, me complace porque estas Islas—lo he dicho muchas veces y no es ninguna novedad—tienen una función muy peculiar: han sido la puerta de América por mucho tiempo, fueron un barco de piedra o varios barcos de piedra que navegaron hacia América mucho antes de que los barcos de madera llevaran a los hombres que iban a realizar el descubrimiento y han sido el puente natural entre eso que se llamó el Nuevo Mundo, un poco arbitrariamente, y el Viejo Mundo de Occidente; puente en que se mestizaron y se mezclaron, en un encuentro sin término, esas influencias y esos aportes y que no solamente por las necesidades de navegación de la época, sino por lo que yo llamaría una especie de cámara de descompresión, sirvió para que lo americano entrara en Europa un poco más digerido y para que lo europeo llegara al nuevo continente un poco más aclimatado.

El auditorio de Úslar Pietri

Esa función no ha cesado, por más que ya no vamos en veleros a la aventura del Atlántico y, desde luego, no solamente no ha cesado desde el punto de vista de la comunicación, sino que no ha cesado en la presencia activa de la hechura de ese Nuevo Mundo. Yo vengo aquí como venezolano, desde luego, y no podría hablar de otra manera, pues para ningún venezolano es extraño el pueblo canario. Cuando he llegado aquí—lo he dicho ya—no me he sentido en una tierra desconocida. Aunque es la primera vez que a ella vengo, todo me resuena a lo mío, todo me recuerda a mi país: los rostros, los nombres, las gentes, los acentos, las maneras de ser. Y no es un simple milagro de coincidencia. Es porque, en verdad, en el fondo somos la misma gente, es porque en la hechura de ese país que se llama Venezuela está la presencia canaria de un modo impresionante; en todas las formas, en todos los aspectos de la actividad del país. En los últimos trescientos años la presencia canaria ha sido fundamental y al aporte canario hemos debido muchas cosas: hemos debido el desarrollo material del país en muchos aspectos, hemos debido el aporte de brazos y energías para labrar la tierra, hemos debido también y recibido con orgullo y complacencia el aporte de la mente, de la voluntad y aún del espíritu creador y heroico que llegó a encarnar en grandes personalidades venezolanas cuyas raíces están en estas Islas, como en el insigne caso, para no citar sino uno, de Francisco de Miranda. Todo nos une a canarios y venezolanos y no nos cuesta ningún trabajo sentirnos aquí en casa propia. Decía yo ayer, cuando visité la casa de Venezuela y hube de escribir una pequeña frase de recuerdo de la visita, que me complacía mucho “estar en la Casa de Venezuela en Canarias, porque por lo contrario, la casa de los canarios del otro lado era Venezuela entera”. Y no he hecho sino confirmar este sentimiento en esta visita.

Vengo hoy a hablarles de un tema que me parece importante y que trataré de abarcar de la manera más rápida, para no fatigarles ni aburrirles. El tema es simplemente éste: ¿qué papel podemos hacer las naciones hispánicas, los pueblos nacidos de ese gran acontecimiento histórico, en este mundo de hoy, caracterizado por muchos aspectos peculiares? Este planteamiento que ha sido oportuno siempre y que muchas veces, desgraciadamente, hemos tratado superficialmente, nos es hoy muchísimo más oportuno y urgente porque en este momento España está reemprendiendo su viejo camino, está reencontrándose con ella misma, está buscando su rumbo en este complejo mundo, y ese reencuentro de España con ella misma no puede ser completo ni puede dar todo su fruto si no es simultáneamente un reencuentro con toda la vasta familia de los pueblos hispánicos, porque es juntos como podemos emprender y realizar las grandes tareas que nos impone y nos exige este duro, difícil, peligroso, pero cuajado de posibilidades mundo que nos ha dado la historia de nuestro tiempo.

Podemos apreciar esa situación del mundo hispánico de hoy si nos referimos a algunos aspectos muy sencillos. Vivimos en un mundo globalizado, lo hemos oído mucho, pero realmente resbalamos sobre la palabra, no nos damos cuenta de lo que significa.

La globalización como oportunidad

Por primera vez en la historia, por primera vez desde que el hombre ha tomado conciencia de su situación existe realmente una situación global. Ya hemos dicho; y lo he oído decir muchas veces, que no hay país interdependiente, que no hay país aislado, que lo que pasa en alguna parte del mundo tarde o temprano repercute en la más lejana. Y eso es cierto, fue cierto hace mucho tiempo y ahora lo es de un modo más evidente y dramático. Nos olvidamos de que vivimos en un mundo que ha llegado a conectarse de un modo tan estrecho que constituye la realización a escala global de lo que antes no era posible sino en un espacio sumamente reducido. Hemos llegado a eso que uno de los investigadores de la modernidad ha llamado con una frase feliz “la aldea mundial”. Somos todos habitantes de la aldea mundial. El hombre de la aldea primitiva no necesitaba periódicos, ni radio, ni siquiera pregonero, porque era partícipe y testigo de todo lo que ocurría en la aldea, estaba al día en todo, no tenía más remedio que estar al día. De modo que era una vía participativa completa, de comunicación total. Eso se rompió y se perdió o se redujo a dimensiones geográficas muy insignificantes, cuando el mundo creció y se complicó y cuando surgieron las nuevas estructuras políticas y sociales. Ahora hemos regresado, de un modo inesperado, a la aldea, a la vida de aldea; una aldea que en lugar de ser el asiento de un millar o dos millares de personas, es el asiento de cuatro mil millones de seres humanos y será dentro de quince o veinte años probablemente de seis mil o siete mil millones; pero que están tan cerca, tan estrechamente vinculados, como estuvieron los habitantes de la aldea. Eso lo demuestran las comunicaciones: el mundo está hoy en día intercomunicado de un modo completo.

Nosotros hemos presenciado, hace pocos años, yo no diría el milagro del primer hombre que llegó a la Luna, sino el milagro no menos grande y, a mi modo de ver, muchísimo más significativo de que ochocientos millones de personas hayan presenciado en el mismo instante ese milagro que se producía. El milagro de las comunicaciones en ese caso fue verdaderamente inconmensurable y no , lo medimos, no nos damos cuenta de lo que eso significa: que en la redondez total de la Tierra hubo la emoción de ser testigos del momento en que, en fracaso o en triunfo, el primer hombre ponía el pie sobre una superficie Hoy se construye estadios grandes en que entran doscientas, trescientas mil personas, pero son muy pequeños, porque existe un estadio mundial en que de pronto un juego de fútbol o un campeonato mundial de boxeo lo presencian simultáneamente doscientos, trescientos o cuatrocientos millones de espectadores. ¿Qué significa esta dimensión nueva? ¿Qué impacto tiene esta dimensión en todos nosotros? Esto nos hace partícipes, solidarios, miembros del acaecer.

Una guerra televisada y protestada

Hemos sido testigos en nuestro tiempo de grandes sucesos. Todos recordamos el eco que despertó en el pueblo americano la guerra del Vietnam. Yo no creo que la guerra del Vietnam haya sido la peor guerra que se haya librado en el mundo. No la voy a defender tampoco, pero no creo que se hayan cometido allí las peores atrocidades que el hombre ha cometido. El hombre ha cometido atrocidades desde la época de las cavernas y lo que ha aumentado es su capacidad de acometerlas, pero no la voluntad ni el deseo de hacerlas. ¿Qué tenía la guerra de Vietnam, que no tuvieron otras guerras anteriores, para provocar aquella reacción poderosa en el pueblo americano que llevó a una crisis política y a cambios de rumbo muy significativos? ¿Cuál es el hecho nuevo? No el de que era una guerra cruel. Fue muy cruel la guerra de los Bóers a fines del siglo pasado; las guerras coloniales fueron de una gran crueldad, la Primera Guerra Mundial fue espantosa, la Segunda infinitamente más y no provocaban reacciones revulsivas. ¿Qué es lo que cambió?

Cambiaron las comunicaciones. El hombre que compraba un periódico a fines del siglo XIX y leía una noticia de cuatro, cinco o seis días anteriores que venían del Sur de África dando cuenta de alguna operación de la guerra estaba leyendo una noticia fría, un hecho que ya había ocurrido, estaba leyendo historia. En cambio, el hombre que en su casa con la mujer y el niño en el hogar encendía el televisor en los Estados Unidos para saber qué pasaba, se encontraba de repente catapultado, literalmente, al escenario mismo de una guerra espantosa, y su reacción no podía ser la misma del viejo lector de periódico, del hombre que leía la noticia como historia, sino la del hombre que la vivía como acontecimiento, que quisiera o no, estaba participando en aquello porque no tenía otra manera de escapar del horror inmediato y directo que estaba presenciando en el lugar en que se refugiaba para tener paz y tranquilidad, en su propio hogar.

Las comunicaciones son las que han cambiado la situación del mundo y lo han globalizado de un modo que no existió nunca antes. Y ese hecho, que nos hace a todos participes de todo, nos ha hecho mucho más dramática la vieja noción de que todos somos interdependientes en lo que ocurre en cualquier parte del mundo. Esta situación nos lleva también a considerar que hoy existen muchos problemas universales que no existían antes. La dimensión normal en que se veían era la nacional, a lo sumo en términos regionales. Pero hoy el mundo está confrontando problemas que escapan a la dimensión nacional. Para no citar sino de paso a algunos, el problema de la población es uno que ningún país puede resolver aisladamente, es un problema planteado en términos universales y que no tendrá solución sino en términos universales. O el problema monetario. ¿Qué puede hacer un país hoy ante la inflación galopante y el desajuste financiero y monetario del mundo por sus propios medios y dentro de sus propias fronteras por grande y poderoso que sea? Prácticamente nada. Si el mundo va a encontrar un nuevo orden monetario, si el mundo va a lograr frenar el desbocado caballo de la inflación que abarca el globo entero, tiene que hacerlo por medio de una política global que implique a todos los países del mundo. El problema de la alimentación que tanto nos preocupa ningún país lo puede resolver por sí solo.

¿Qué vamos a hacer con el lecho oceánico? ¿Cómo vamos a utilizar y aprovechar esa última frontera de recursos no tocados que le queda abierta a la humanidad? ¿Es que algún país por sí solo puede acometer eso? O, lo que es aún peor, ¿sería deseable o aceptable que lo acometiera? ¿O nos están imponiendo las circunstancias mismas la necesidad de ponernos todos de acuerdo para ver entre todos qué hacemos con esa última herencia que la naturaleza nos ha dejado intacta hasta ahora? De modo que en toda cosa que tropezamos estamos encontrando que la dimensión nacional ha sido sobrepasada; por donde lo miremos las grandes cuestiones escapan a la esfera nacional y tienen que ser consideradas en otra forma.

La guerra misma era antes una noción limitada, reducida geográficamente. Peleaban dos países, peleaban varios países y era posible que alguno fuera neutral, era posible que zonas enteras y continentes enteros permanecieran fuera de los grandes conflictos armados y fueran afectados en forma muy limitada. Pero hoy estamos en la época de la guerra global. Si mañana en el mundo—Dios no lo quiera y espero que los hombres no lo querrán tampoco y harán lo posible porque no ocurra—estallara el gran conflicto nuclear bajo cuya amenaza vivimos desde hace treinta o más años, no hay neutralidad, no hay refugio, no hay quien pueda salvarse. No son los sesenta u ochenta millones de seres humanos que morirían en las primeras horas de un conflicto de esa magnitud; es la disolución, la destrucción de todo lo que hace posible la vida de cuatro mil millones de seres humanos las comunicaciones, la producción de medicinas, los socorros, los alimentos. La humanidad entera caería en la más espantosa situación de escasez, de violencia, de miseria y de barbarie.

¿Qué hago yo en mi patriecita para sacar mejor provecho de esta situación? Todo ha revestido esas magnitudes que imponen que no podamos ya seguir pensando en términos nacionales. Eso ocurre en la magnitud de los problemas, y si tuviéramos que verlo más lejos, lo veríamos en los hechos mismos. En lo que ha sido, por ejemplo, y para decirlo con una palabra que hay que decir valientemente, “la decadencia de Europa”. Hace medio siglo, a la cabeza del mundo estaban naciones europeas, la primera entre ellas, la Gran Bretaña. Una cuarta parte de la humanidad se gobernaba desde Londres, la seguridad de los mares estaba garantizada por la Gran Bretaña, la policía mundial de la paz la ejercía ella con dos o tres naciones importantes. Eso ha terminado y desaparecido. En el mundo hay dos superpotencias y nada más, dos inmensos superpoderes que abarcan dimensiones globales. Y esos superpoderes tampoco están aislados. Cada uno de ellos constituye el centro de combinaciones sumamente extensas de países y de organizaciones que lo complementan. Es muy fácil ver, lanzando una mirada al mapa, esas organizaciones: la OTAN, el Pacto de Varsovia. ¿Todo eso qué significa? Que el mundo está globalizado mentalmente, económicamente, culturalmente y políticamente.

La economía planetaria

Si nos reducimos a la actividad económica, nosotros seguimos repitiendo lo que recibimos del pasado. Los conceptos del capitalismo reflejan una visión decimonónica y victoriana de lo que éste era en el siglo XIX: una exportación de capitales, una venta de manufacturas para cambiarlas por productos primarios. Pero eso ha desaparecido prácticamente. Hoy estamos ente el fenómeno de las transnacionales. Y ¿qué son las transnacionales? ¿Son la invención diabólica de algún grupo de conspiradores? No, es simple y llanamente la consecuencia de la dimensión mundial de la realidad. Son organizaciones económico-financieras que no podrían operar en el marco nacional, que rigurosamente—y ésta es una verdad que no hay que olvidar—no pertenecen a ningún país, que no tienen patria, que son globales, que trabajan con capital del mundo entero y con trabajo del mundo entero y con mercados del mundo entero; que producen en España para los españoles o para gente de afuera con trabajo español y con dinero español, pero con dirección transnacional y que trabajan en China de la misma manera y en la Unión Soviética. (En la Unión Soviética existe una planta de Coca-Cola y una fábrica FIAT). Y esto no significa sino que ese fenómeno va mucho más allá no sólo de las barreras políticas, sino de las barreras ideológicas y es fruto del mundo en que vivimos. ¿Cómo enfrentar el fenómeno de las transnacionales, qué puede hacer un país aislado, qué pueden hacer Francia o España, qué puede hacer Venezuela, qué pueden hacer los propios Estados Unidos? Gran parte de los desajustes económicos del mundo, financieros y monetarios, se deben a las traslaciones inmensas de fondos y a la creación inmensa de capitales que estos gigantes económicos están obligados, por su propia magnitud, a crear y a desplazar. ¿Cómo ponerle freno? Un país aislado podría tal vez tomar medidas, pero esas medidas serían tanto como cortarle la punta de un brazo a uno de esos pulpos monstruosos que tienen centenares de brazos. Les afecta poco, siguen funcionando con los demás y a lo mejor ese brazo les vuelve a nacer dentro de poco tiempo. Frente a ese fenómeno de la transnacionalidad económica y financiera hay que pensar que el enfrentamiento, el control, el freno, tienen que venir de una reglamentación igualmente transnacional, de formas de cooperación internacional que enfrenten ese problema. No para destruirlo, porque ninguna creación del hombre es gratuita—lo que el hombre ha hecho siempre es anticiparse o darse cuenta de las posibilidades que existen en un momento—sino para defenderse, sabiendo que ese fenómeno existe por una necesidad, que no va a desaparecer, pero que hay que reducirlo a normas, limitarlo en su poder y disminuir sus aspectos negativos.

También podemos ver que el mundo de hoy, grosso modo, está dividido por dos grandes clivajes de poder. Entre el Este y el Oeste se alza la vieja línea ideológica que surgió agudamente después de la Segunda Guerra Mundial y que enfrenta los países del régimen llamado socialista, los del Este, a los países llamados de mercado libre o de política pluralista, capitalista, o liberal, los del Oeste. Y el clivaje que es viejo, pero no la conciencia de que existe, que divide al mundo también en dos mitades, Norte y Sur. El Hemisferio Norte ha concentrado casi todo el poder industrial del mundo, el poder tecnológico y científico y casi todo el poder financiero y económico y, desde luego, el poder político. Y en el Sur están los países llamados con eufemismo “en vía de desarrollo”, que son los que están en un nivel completamente distinto de aquel otro, en su capacidad económica, en su capacidad de acción, en su poder real y que está luchando por todos los medios de modificar esto para crear lo que se llama un nuevo orden económico mundial. Lo que no va a ser fácil y que requerirá que los habitantes de la aldea global se pongan de acuerdo para atenuar esas diferencias entre los distintos mundos de que tanto se habla: un Primer Mundo, un Segundo Mundo, un Tercer Mundo. (Hay quienes hablan de un Cuarto Mundo y hasta de un Quinto Mundo en la escala descendente de la miseria.)

Dirán que yo peco de intelectual, lo cual no es tan grande pecado, pensando que la cultura tiene mucha importancia. Y cuando yo digo cultura no me estoy refiriendo a lo que comúnmente llamamos con ese nombre que no es sino una parte de la cultura. No es cultura solamente la popular, la folklórica: los bailes, las danzas o los cantos que los distintos pueblos han creado y que son muy disímiles. O la cultura superior: el techo de la Sixtina, la Novena Sinfonía, el Quijote, los místicos españoles. Todo esto forma parte de la cultura, pero sólo una parte de la cultura. La cultura es la manera de ser del hombre. Todos los hombres somos iguales biológicamente, pero somos infinitamente diferentes culturalmente y es la cultura la que cuenta, porque es el vestido, y el alimento, y el lenguaje, la creencia y los valores. Y eso es un hecho social de primerísimo orden, porque la economía es un efecto de la cultura, como lo es también la técnica. La invención del arado romano es un hecho cultural, como lo es la invención del motor de explosión. Y no podemos olvidarnos de que eso existe y de que se están creando en el mundo, y se han creado de hecho, grandes familias de pueblos unidos por la afinidad cultural.

Veamos a una de esas familias, tal vez la más poderosa en el mundo de hoy, la anglosajona, que está distribuida en cinco continentes, pero que une efectivamente a los ingleses, a los norteamericanos, los canadienses, los de Australia y Nueva Zelandia y los de Africa del Sur. ¿Qué los une, dispersos por el mundo como están? Los une la comunidad cultural, una misma manera de entender al hombre, de entender al mundo, de entender el destino y de entender la sociedad. Y eso es un hecho cultural. También la familia eslava, que es una inmensa familia y que está representada por la Unión Soviética. Y tenemos igualmente, las grandes agrupaciones asiáticas, ese inmenso espacio cultural que es la China, y la India.

La extensión de nuestra cultura

Si eso es así y si ese hecho es evidente y fundamental, ¿por qué no volvemos un poco la mirada hacia lo que somos nosotros, hacia esta familia cultural que es la del mundo hispánico? Esa familia cultural tiene su unidad. Cuando decimos, por ejemplo, Europa u Occidente, nos olvidamos de las diferencias que se dan en ellos. Europa está partida como por una cruz, por el clivaje Este-Oeste y por el del Norte-Sur. La Reforma no fue una ruptura cultural. Lutero fue la expresión de una mentalidad, de una peculiaridad, de una realidad social y mental diferente de la de los países del Sur; y por eso la comunidad europea que mal que bien se mantuvo hasta el final de la Edad Media, se rompió irremediablemente.

¿Quién la rompió? ¿La voluntad de un hombre, la idea de un monje herético que decidió un día repudiar al Papa? Sería muy sencilla la historia si fuera el producto de los caprichos de unos cuantos que un buen día se les ocurre hacer algo que no se les había ocurrido a los demás. La historia tiene una mecánica mucho más compleja, fuerte y sólida, y los hombres, después de todo, no podemos llegar a aspirar a más que a ser los intérpretes de eso que está ocurriendo, y la personificación de esas realidades subyacentes, pero no inventamos las circunstancias ni las podemos inventar. Hay un hecho cultural debajo de toda situación de poder, política o geográfica. Ante eso, ¿qué es la comunidad hispánica? ¿Qué es la comunidad ibérica? Es una comunidad extraordinariamente , importante y grande, y debería ser mucho más importante y grande y pesar mucho más en el mundo de lo que pesa.

Vamos a ver rápidamente algunos de sus aspectos, porque desde luego no nos da tiempo para detenernos mucho. Podemos contar, en primer lugar, un espacio geográfico. De esas familias unidas, la única que tiene prácticamente una continuidad geográfica es la hispánica. Los pueblos anglosajones están repartidos en los cinco continentes. En cambio, la unidad hispánica va de la península más suroccidental de Europa hasta el inmenso espacio continental de la América del Sur, desde la frontera sur de los Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego y la Patagonia, hasta los hielos del Océano Antártico. Semejante unidad de espacio geográfico no la tiene ninguna otra.

Tenemos, igualmente, una población numerosa. Hoy los hombres que hablamos el español como lengua materna pasamos de doscientos millones de personas y vamos a ser seguramente trescientos y tantos millones de personas para el año 2000. Si a eso añadimos los lusoparlantes, de los que nos separa prácticamente un matiz de lenguaje, seriamos hoy trescientos millones y el año 2000 quinientos o seiscientos millones de seres humanos, que es bastante más que los millones de angloparlantes que no van a crecer al mismo ritmo y que, desde luego, ya en ese terreno no se pueden comparar con ninguna otra colectividad de pueblos. ¿Por qué no se pueden comparar, me dirán ustedes? Y se los voy a decir: porque la lengua española—o la lengua portuguesa en este mundo ibérico—no es una lengua superpuesta sino que es una lengua compartida. Hay lenguas que cubren teóricamente una masa de humanidad. mayor. Cuando uno toma las estadísticas encuentra que en ellas, que generalmente están hechas de un modo objetable y a veces no del todo inocentes, aparecen como las mayores lenguas del mundo: el chino, con 800 millones; el inglés con 369; el ruso con 246 y el español con 200. Estas cifras no son exactas, o lo que significan no es lo que parecen significar. En primer lugar, no es cierto que 800 millones de seres humanos hablen chino, no se habla chino en toda la China; la lengua de Pekín, el mandarín, se habla en una pequeña parte de la China, de tal modo que un habitante de Pekín no puede ir a Cantón y hacerse entender hablando y eso ocurre en toda la extensión de China. Lo que los unifica es algo providencial, es que tienen una escritura ideográfica y no una escritura fonética. Si fuera fonética los dividiría, en cambio el ideograma lo leen los chinos de todas las lenguas sin dificultad ninguna, porque el signo que significa casa lo entienden todos, aun cuando al leerlo emitan una voz totalmente distinta. O el caso del inglés: si uno suma la población de la Gran Bretaña, la de los Estados Unidos, la del Canadá, la de África del Sur, la de Australia y Nueva Zelandia, llegaríamos a esa suma como lengua materna. El caso del ruso es semejante; la Unión Soviética tiene 246 millones de habitantes, pero la mayoría de ellos no lo tienen como lengua materna. El ruso es lengua materna de sólo una parte de la Unión Soviética. En la Unión Soviética se hablan más de 100 lenguas y se publican libros en más de 70 de ellas. El ruso es una lengua de comunicación para la mayoría, una lengua de cultura superpuesta a las lenguas locales y nacionales que tienen.

Idiomas del planeta (2010)

Si eliminamos el chino porque no es una lengua común de 800 millones de seres, y eliminamos el ruso, después del inglés con 569 millones, el español es la segunda lengua del mundo. Lo hablamos hoy cerca de trescientos millones de habitantes y lo van a hablar dentro de 15 años muchos más, y si sumamos a esto el mundo lusoparlante constituimos una familia de pueblos casi lingüísticamente unida, que representará dentro de quince o veinte años 500 o 600 millones de hombres. Éste es un hecho muy importante; estoy hablando con ustedes una lengua que no me es extraña, que es mi lengua materna, que es tan materna para mí como para el hombre de Valladolid o para el de Buenos Aires o para el de Méjico. No tengo otra, las otras que tengo las he aprendido como lenguas auxiliares, de comunicación. El español no es una lengua de comunicación para mí, es mi lengua, por más que la pronuncie de un modo distinto, por más que emplee algunas palabras que en otras regiones hispanoparlantes no me las entienden como yo no entiendo muchas de las que dicen en otras partes. Pero fundamentalmente yo creo que esta tarde, aquí no tenga ningún problema de comunicación lingüística. Ése es un haber extraordinario, esa unidad lingüística de lengua materna y no superpuesta es única. El francés no es lengua materna de nadie en África, es lengua de comunicación. El inglés y el francés se han extendido como lenguas de comunicación.

Esa situación de la lengua es un hecho capital, porque quien dice lengua dice cultura. Es imposible pensar que la divergencia de lenguas que hay en el mundo, y en el mundo existen cerca de diez mil lenguajes diferentes, hayan sido otra cosa que el producto del aislamiento cultural, de la evolución distinta, de pueblos distintos, de circunstancias distintas y por lo tanto expresan un hecho cultural diferente. El hecho de hablar, como lengua materna, una sola lengua doscientos millones de hombres, revela que participan de una cultura común, es decir, de una visión común del mundo, de unos valores comunes.

Tenemos un espacio geográfico inmenso y una suma de recursos inmensa, porque si sumamos lo que representa la América Hispana entera desde Méjico hasta la Argentina tendremos una inmensa porción de los recursos del mundo, recursos vegetales, hidráulicos, el más grande reservorio de agua y oxígeno que la humanidad tiene en el espacio amazónico, todos los climas, una parte enorme de la tierra arable, todo lo que representa una suma de recursos que muy difícilmente se dan en otra parte. Y sin embargo seguimos separados, partidos en una veintena de países, cada uno pretendiendo tener un estilo nacional distinto.

Esta realidad del mundo nos obliga a los miembros de la familia de los pueblos ibéricos e hispánicos a replantear nuestra situación y a definir lo que queremos hacer en el mundo. ¿Vamos a dejar que nos lo sigan dirigiendo los anglosajones y los eslavos? ¿Vamos a seguir comprando el radio de transistores que ellos fabricaron? ¿Vamos a seguir copiando la tecnología que ellos inventan? ¿Vamos a resignarnos a vivir en un mercado de segunda mano a perpetuidad? ¿Vamos a reducirnos a un papel de usuarios y de espectadores? ¿O vamos a resolvernos a entrar en el primer rango de la escena a jugar un papel de protagonistas? Todo este inventario de posibilidades poblacionales y de recursos naturales está allí. Ahora habría que sumarlo de un modo que nos asegure muchas cosas.
Nos asegure, en primer lugar, una cooperación realista. El gran enemigo con el que vamos a tropezar aquí, y hemos tropezado con él muchas veces, es lo que pudiéramos llamar la tendencia a lo utópico, al “todo o nada”, a pensar que es posible mañana o pasado mañana decretar la unidad política, cultural y económica de esa familia de pueblos, lo cual es imposible. Hay que partir del hecho existente: somos una pluralidad de estados independientes, tenemos cosas distintas, no somos ciento por ciento la misma gente, pero sí somos los mismos en lo que importa y cuenta. Vamos a respetar ese hecho cierto de la identidad política de cada Estado y vamos a comenzar, de un modo pragmático y modesto a ponernos en común y de acuerdo en las cosas que en común y de acuerdo podemos hacer mucho mejor que aisladamente.

Hay varios campos que se ofrecen de una vez de un modo muy claro: podemos hacer una cooperación económica—eso es obvio—mucho más amplia y efectiva que la que estamos haciendo hasta hoy. Podemos lograr una cooperación política, ir a los grandes foros internacionales con una posición común. Va a ingresar España en la Comunidad Europea, pero, ¿va a olvidarse España de todo eso que está allí y a pensar que es sólo un país europeo más? Sería una mengua que lo hiciera. Yo no me opongo a que España entre en la Comunidad Europea, entiéndase bien, y creo que hace muy bien en entrar. Pero que no entre olvidando su peculiarísima condición que le permite poder estar en los dos lados del océano, poder participar en una acción gigantesca de humanidad y de porvenir como muy pocos otros países europeos lo pueden hacer.

Esa cooperación está abierta en lo económico y en lo político. Podemos ir juntos a los foros internacionales a defender ciertas cosas en que podemos estar de acuerdo con un peso extraordinario y podemos y debemos cooperar igualmente en el aspecto cultural, científico y tecnológico.

Aquí está el hueso de la cuestión, porque hoy hablamos como si estuviéramos en el siglo XIX: de los ejércitos que tienen los países, de la población que tienen. La verdad es que hoy ni lo uno ni lo otro son causas sino efectos. Tener una gran población no es una ventaja, como lo demuestran muchos países asiáticos. Es una inmensa desventaja, es un grave problema. Yo creo que más próspera que Madagascar es la pequeña Holanda o la pequeña Noruega y que, desde luego, pesan más en el escenario mundial. Tener recursos materiales es importante, pero tampoco es todo. Allí está el Japón que demuestra de un modo impresionante lo que pueden hacer unos hombres que no tienen más nada que sus brazos y sus cabezas. El Japón no tiene prácticamente ni tierra arable, ni recursos materiales, ni petróleo, ni hierro, ni carbón y es una de las dos grandes potencias económicas y financieras del mundo. El Japón no tiene fuerzas militares. Alemania Federal no las tiene y sin embargo nadie negará que es uno de los países más importantes y poderosos y que su voz es oída con mucho respeto.

Homo tecnologicus

¿Dónde reside ese núcleo de poder, esa ciudadela del poder mundial? Está, sencillamente, en un solo punto: en la ciencia y en la técnica. Cuando decimos la ciencia y la técnica pensamos que el problema es muy sencillo, que se trataría entonces de escoger algunasgentes capaces e inteligentes, mandarlas a los grandes centros a formarse y obtener los mejores matemáticos, los mejores físicos, los mejores químicos, los mejores ingenieros y traerlos a nuestros países para que ya estuviera resuelto el problema. No es cierto, la que vamos a aprender es una técnica que en el momento mismo que la aprendemos es una técnica de ayer y la que vamos a aprender es una ciencia que en el momento mismo que la aprendemos es la ciencia de ayer. La ciencia de hoy no la vamos a aprender porque se está produciendo y si nosotros no podemos entrar a esa producción y a participar en ella por nuestra cuenta, no participamos en esa ciudadela del poder. Esa ciudadela del poder no se ha creado por un deliberado hecho. Se ha creado por unas circunstancias históricas y está hoy concentrada geográficamente de un modo elocuente en un puñado de países e incluso de zonas de países. Está en los Estados Unidos, en la Gran Bretaña, en cierta forma en Francia, en la Unión Soviética. Esto ha sido el resultado de una confluencia. Es decir, en esos países por circunstancias históricas ha habido una acumulación de recursos materiales, de espíritu de investigación, de facilidades para trabajar en este sentido, de un clima favorable para que estas actividades se desarrollen, de convergencias de técnicas, de especialidades y de ciencias, que permiten a cada uno trabajar por su lado y encontrar finalmente lo que buscaba. Lo que se encuentra aquí beneficia allá y sirve para alcanzar lo que se está haciendo más allá. Es decir, lo que empleando una frase tomada de la física nuclear podríamos llamar “la creación de una masa crítica”. Y es en esa masa crítica donde se produce esa explosión creadora. Nosotros podemos comprar una bomba atómica o un satélite, lo difícil es que la produzcamos, lo difícil es que produzcamos la bomba atómica de mañana, porque estaremos condenados a hacer la bomba atómica de ayer o la maquinaria atómica de ayer o el cerebro electrónico de ayer, porque el de hoy se está haciendo solamente en esos lugares que constituyen la ciudadela del poder mundial.

¿Cómo podríamos nosotros tener acceso a esa ciudadela que requiere inversiones enormes y apoyos de toda índole? Esta empresa requiere una concentración de recursos y de cerebros que muy difícilmente la podemos hacer a escala nacional. Pero si los pueblos hispánicos, si esos doscientos 0 trescientos millones de hombres de hoy o los quinientos o seiscientos de mañana resolviéramos hacer eso que llaman en inglés un pool, resolviéramos crear dos o tres grandes centros donde reuniéramos lo mejor de nuestra capacidad de investigación, lo mejor de nuestros recursos, todo lo que podamos tener para por nuestra cuenta participar en la creación de la tecnología y la ciencia de mañana, nuestra perspectiva histórica común cambiaria radicalmente. Pasaríamos de ser usuarios a ser actores y pasaríamos de participar de una manera ancilar en las grandes decisiones del mundo a participar como socios a parte entera en el diseño del futuro de la humanidad.

Una mirada penetrante

Eso está en nuestras manos, y eso es lo que yo creo que impone la conciencia de todas estas circunstancias que nos inducen, que nos reclaman, que nos imponen dar este paso. Sería mengua que no lo viéramos mucho más hoy en que las circunstancias parecen favorecer ese reencuentro de España, de Portugal y de América Ibérica, de sus pueblos entre sí con su pasado y frente a su futuro.

Faltan pocos años para 1992. Ese año celebraremos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. ¿Cómo lo vamos a celebrar? ¿Con los discursos tradicionales, con los desfiles que hemos hecho siempre, con un gran jolgorio, llenándonos la boca con las glorias pasadas? ¿O lo vamos a celebrar quietamente, sólidamente, orgullosamente diciendo: a los quinientos años del Descubrimiento hemos creado realmente una nueva circunstancia mundial, nos hemos puesto de acuerdo y desde ahora, en las grandes familias de pueblos, al mismo nivel de la familia anglosajona, de la eslava o de la asiática, está la familia de los pueblos ibéricos y está desempeñando un papel de primer orden?

Esa sería la celebración digna del Quinto Centenario del Descubrimiento que nos aguarda dentro de escasos años. Es una invitación a que trabajemos para ello, a que desde hoy nos quitemos las telarañas de los ojos, a que pensemos menos en la dimensión nacional y regional y más en la global. Yo vengo aquí a estas Islas que son puente natural entre América y Europa y que están como una lección viva de lo que puede hacerse y debe hacerse para estar en las dos orillas, a recordarles estos hechos que conocemos pero que tal vez por familiares olvidamos. Y a invitarlos a esta gran empresa que es la más grande ofrecida y abierta a esta familia de los pueblos poseedores de la cultura ibérica.

Arturo Úslar Pietri

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La verdad que ya no podemos eludir

 

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano

 

Hacia la segunda mitad de octubre [de 1984] Andrés Sosa Pietri llamó a mi casa una mañana. (…) Me pidió que le “sacara” el número de diciembre de la revista de sus empresas. (…) No fue hasta mediados de noviembre cuando se pudo arribar al concepto de lo que fue el primer número de la revista Válvula. (…) Se decidió publicar un número dedicado a un solo gran tema: el conjunto de los pueblos hispánicos. Yo tenía la posibilidad de armar rápidamente un texto con lo que había escrito a Arturo Sosa y lo que había dicho en Filadelfia. Se decidió pedir a Arturo Úslar Pietri que escribiese algo. No le fue necesario. Tenía a la mano el texto inédito de una conferencia suya en Tenerife de varios años antes y de una gran actualidad. Contactado Ariel Toledano, un extraordinario diseñador venezolano, y Editorial Arte, una noble y excelente imprenta, estuve más confiado con el tiempo de que disponíamos: convencí a Andrés para que solicitáramos críticas a cuatro personas a quienes se les hizo llegar el texto del Dr. Úslar Pietri y el mío. Pedimos su opinión a Hermann Roo, Ángel Padilla, Ángel Bernardo Viso y Diego Urbaneja. (…) Por otra parte, una poderosa razón para sentirme inflado fue, simplemente, que el Dr. Úslar Pietri consintiera en aparecer junto conmigo en una publicación en esas condiciones. Me sentí como un novillero a quien el gran maestro de los matadores le diera la alternativa en una corrida mano a mano.

Krisis: Memorias Prematuras

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Ante la crisis nacional muchas explicaciones han sido ofrecidas que son ciertamente partes de la verdadera explicación, al tiempo que diversas proposiciones se han orientado en la dirección de la correcta solución sin aproximarse lo suficiente. Cuando se han atrevido más han chocado contra el muro, presuntamente infranqueable, de conceptualizaciones en apariencia correctas y se detienen y dan vueltas, como esos peces que se han acostumbrado a peceras tabicadas y que cuando se les retira el tabique suponen que aún existe.

Pero de que es crisis es crisis. Es un tipo clásico de crisis. “O corremos o nos encaramamos”. No tenernos salida intermedia. O hacemos lo que tenemos que hacer y entonces tenemos un futuro brillante, más brillante de lo que antes nadie haya propuesto, o permanecemos en un estado que significará la ruina y la insignificancia.

Lo que hay que hacer es sorprendentemente factible. No exigirá demasiados de nuestros recursos y se asienta en tendencias e intuiciones del venezolano, pues, como hemos dicho, ya en varios e importantes puntos de nuestra inteligencia colectiva se ha barruntado las direcciones que nuestros esfuerzos deben asumir.

Es necesario. por supuesto, resolver un manojo de problemas. Pero por debajo de esos problemas se desplaza y se agrava un problema más central y básico, más profundo y trascendente. Es más, resuelto este último, las soluciones a los demás problemas se hallan con más facilidad, pues todo casa en una nueva estructura de la percepción y de las posibilidades. Resuelto el problema fundamental, nuestra capacidad habrá aumentado de tal modo que el enjambre de angustias que hoy nos acucian entrará de súbito dentro de los límites de una fácil gobernabilidad.

EL SEMPITERNO PETRÓLEO

Petróleo, como siempre

No sólo de pan vive el hombre, pero esta crisis tiene, sin duda, un efecto demasiado oneroso para la vida cotidiana como para comenzar el asedio del problema por un lado distinto al económico. La primera referencia es, pues, una obligada consideración de lo que resulta ser la base actual de la economía venezolana.

Nuestro petróleo, referido a sus mercados tradicionales, tiene como futuro más probable el de la declinación. Apartando los reajustes a corto plazo, las sociedades del Norte han adoptado con fuerza de irreversibilidad, un rumbo de progresiva sustitución de los hidrocarburos como fuente energética. De aquí en adelante, y, como decimos, apartando repuntes momentáneos de demanda, el curso de nuestro negocio petrolero en esos mercados será de declinación. Ése es el mediano plazo, pues al verdaderamente largo plazo, el agotamiento ineludible de los yacimientos encontrados y por encontrar, impondrá universalmente un suministro energético de fuentes distintas. Pero no es preciso ahora actuar para acomodarse a tan largo plazo. Queda suficiente tiempo de uso de nuestro recurso petrolero si somos capaces de colocarlo en mercados que sí pueden ir a la expansión. Esos mercados existen. Son más grandes, potencialmente, que los mercados que nos hemos acostumbrado a servir. Y son mercados que, a diferencia de los tradicionales, justifican una tasa de crecimiento significativa, mientras que los viejos, por hallarse más cerca de las tasas de consumo límite, por estar ejecutando reales y serios programas de ahorro y sustitución y por favorecerse de una reciente eclosión—no totalmente agotada todavía—de nuevos yacimientos petrolíferos, ostentarán una tendencia a tasas de crecimientos inferiores a las vegetativas. (Por lo menos en lo que respecta a petróleo de la OPEP o, más específicamente, a petróleo venezolano).

Pero hay algunos que piensan que Venezuela no debe poner el más mínimo interés en el “mercado del Tercer Mundo”, y creen que de él deben ocuparse los árabes, que a fin de cuentas serían, como me ha sido dicho, los “mercaderes” de la antigüedad y de siempre.

Por lo que respecta al petróleo, necesitamos encontrar, antes de que los efectos de la gran conversión energética que ya ha comenzado desvanezcan el valor económico que aún tienen nuestras reservas petrolíferas, un nuevo mercado de tamaño congruente con lo que será nuestra enorme capacidad ociosa. Ese mercado, hoy en día, no luce atractivo porque, pobre como es y abrumado por tanto compromiso financiero, escasamente está en capacidad de pagar sus actuales niveles de consumo petrolero, mucho menos un incremento significativo en su consumo, a los precios actuales. Pero sí podría consumir y pagar una mayor cantidad de lo que hoy en día usa si los precios fuesen marcadamente menores.

Por ejemplo, tomemos un mercado como el del mundo hispánico, de trescientos millones de personas. El consumo de ese mercado a un nivel per cápita equivalente al venezolano—que es por supuesto el más elevado de ese conjunto—representaría un ingreso doble del actual ingreso petrolero venezolano si se pagase a un tercio de los precios internacionales de hoy. Dejemos, por ahora, lo que acabamos de decir, como ejemplo solamente, dibujado a un muy grueso triazo y naturalmente susceptible de precisión. Ilustra una escala, un orden de magnitud y un enfoque que puede aplicarse en muchísimas direcciones. Pero este concepto de adquirir o crear mercado por la vía de precios menores es absolutamente clave en una época en la que pocas cosas parecen surtir efecto contra la inflación. Para que sea posible, claro, el tamaño de los mercados es la variable importante. De allí lo profundamente lógico de una estrategia venezolana de exportación. Después de todas las vueltas que se quiera darle, el mercado venezolano, creciendo a tasas que admita la gobernabilidad de la sociedad, nunca podrá alcanzar el tamaño requerido para que la producción permita a su vez un nivel de precios que incorpore al consumo a la mayoría de la población. En cambio, las economías de escala, a las que da origen la exportación a un mercado mayor, pueden llevar los costos unitarios por debajo del umbral de adquisición para grandes contingentes humanos, boy impedidos de contribuir a la formación de la demanda global. Pero aún sin exportación, para algunos sectores de producción en Venezuela, y en conjunto con programas de transferencia por parte del sector público, es perfectamente factible aumentar sus ingresos netos globales con una estrategia de menores precios e incorporación de segmentos en situación de “subasequibilidad”.

LA AGRICULTURA, OTRA VEZ

La riqueza agrícola

Si continuamos en lo económico, y más allá del petróleo, precisamente se trata de hacer cosas distintas de la extracción y comercialización de recursos agotables, en general, y de hidrocarburos en particular. ¿Cómo vamos a hacer eso? ¿Cuáles son los sectores de actividad económica a los que debiéramos crear y permitir el paso?

Cabe acá nombrar algunos sectores cuya defensa es ya, más que un clisé, una perogrullada. La agricultura, por ejemplo. Sí, ya sabemos que importamos más de la mitad de nuestros comestibles. Sí, ya sabemos que debemos “sembrar el petróleo”. Eso ha sido dicho hasta la náusea. Y hasta el vértigo se ha invertido dinero, una gigantesca suma de fondos en una siembra que no sólo no da resultados sino que nos ha colocado en una precaria situación de vulnerabilidad alimenticia. Hasta ahora, sin embargo, nuestra agricultura sigue sin beneficiarse de las necesarias escalas de explotación, sin las que, nuevamente, el bajo precio que universaliza el consumo no puede darse. Así nos enfrentamos otra vez a la rígida disyuntiva del subsidio que abruma al Estado o los precios que se hacen ya onerosos y en el futuro prácticamente prohibitivos.

En efecto, lo que en la época de Betancourt se concibió como necesidad política y social produjo muchas decisiones cuyos costos ya no tienen hoy ningún sentido. La Reforma Agraria de Betancourt tuvo como efecto colateral principal la de condenar el sector agrícola a la improductividad, al pautar como escala promedio de la explotación agrícola el tamaño del súper-conuco. Es como si se quisiera resolver el problema de improductividad de una gran fábrica metalmecánica con capacidad ociosa, mediante el expediente de fragmentarla en talleres-conuco cuya propiedad fuese adjudicada a los obreros. Para explotar el campo venezolano se necesita, por lo contrario, escala de gran tamaño en la unidad productiva típica. Escala que admita la utilidad de la tecnología pertinente y que autorice la magnitud de una explotación que, otra vez, exporte y alcance un piso de costos sobre el que un precio atractivo sea no obstante inferior a lo que el venezolano pueda pagar con comodidad. Y en el campo venezolano también ha operado el prejuicio anticapitalista, y se ha aplicado en él la red de entrabamiento permisológico y por eso algún posible coloso del agro ha tenido que urbanizarse y hacerse banquero.

EL HIERRO

La riqueza férrica

¿Es la siderúrgica un sector que puede diluir la vulnerabilidad de nuestra dependencia del petróleo? La respuesta es nuevamente afirmativa si se considera un mediano plazo en los términos del que consideramos antes para el petróleo. La estructura del problema del hierro y del acero es, por lo demás, parecida a la situación petrolera en varios aspectos.

Para comenzar, hoy en día existe lo que Business Week (20/3/ 84) define como “the enormous glut in world steelmaking capacity”. No es de extrañar si, como registra esa publicación, en la última década las naciones del “Tercer Mundo” han más que doblado su capacidad. Luego, hay que considerar que, en el mundo industrializado, “a return to the high steel-consumption growth rates of the 1960s looks very unlikely”. (Palabras del Secretario General del Instituto Internacional del Hierro y del Acero. Desde 1970 la cantidad de acero consumida por unidad de producto nacional bruto ha tenido un descenso anual promedio de 3% en los Estados Unidos, Europa y Japón. Por esto los economistas de ese Instituto creen que la demanda no crecerá para nada en el mundo industrializado de 1985 a 1990. En cambio, Chase Econometrics está pronosticando un crecimiento de 5 a 6% interanual para la demanda de acero del “Tercer Mundo” para la próxima década).

Nuevamente se da un futuro en el que el crecimiento sólo puede esperarse fuera de los países ya industrializados al tiempo que confrontamos una acelerada proliferación de productores del “Tercer Mundo”, léase competencia. Y es competencia formidable: Corea del Sur, Taiwan, Brasil, China. (“Today, newcomers to the steel business can buy state-of-the-art equipment and hire the Japanese to teach them how to use it. At Nippon Steel’s Kimitsu Works, several hundred Chinese are now being trained to run a mill that their government is building With Nippon Steel’s help”. Business Week).

¿Podemos imaginar la respuesta a esta situación y sus perspectivas?

UNA RECIENTE ADMONICION

Felipe González

A raíz de una exitosísima aparición de Felipe González en la televisión venezolana se generó un entusiasmo con lo que de sus decires fue menos importante, habiéndose descuidado o pasado por alto la más penetrante de sus admoniciones. Felipe, al comienzo mismo de la entrevista, ubicó el reto verdadero, el reto realmente decisivo, en el reto de la modernización. Por eso hablamos de medianos y de largos plazos. De lo que Octavio Paz, aceptando la fórmula francesa, llama procesos de “cuenta corta” y de “cuenta larga”. ¿Cuánto tiempo querremos ignorar a Toffler, a Naisbitt, a Servan-Schreiber, a Úslar Pietri, a Escovar Salom y ahora a González?

Todos ellos nos han alertado sobre esa necesidad de modernización. Y a largo plazo, ni la siderúrgica actual, ni mucho menos el petróleo, como industrias de “segunda ola”, podrán darnos vida en el arranque definitivo de la gran “tercera ola”. Lo que pasa, claro, es que viendo el tamaño de nuestro Estado y la altura de la vara se concluye que no nos será posible superarla. Eso debiera quedar para otros que puedan. No para nosotros, que ni siquiera hemos dominado las tecnologías de la segunda ola. Pero entonces estaríamos condenados a la insignificancia. Y de lo que se trata, exactamente, es de cuál va a ser nuestra significación.

No se trata solamente se salvar el apremio de la deuda de nuestro país. Los problemas reales son los de la capacidad de pago futura, la que sólo dependerá de la posibilidad, no sólo de “reactivar” nuestra economía, sino de hacerla progresar y expandirse. Pero ¿cómo puede progresar y expandirse una actividad económica que continuaría estando sujeta a las principales limitantes estructurales de hoy? Está claro que por un tiempo podrá contarse con una cierta disposición, en el sector público, de proteger la actividad privada. Pero no es la actividad empresarial privada la que, en el lapso que tomará volver a llegar al momento de pagar la deuda, va a generar el flujo de fondos necesario.

Esa actividad privada, aún con una exportación mayor—lastrada por la viscosidad permisológica de un sector público muy alejado de la mentalidad aliancista del MITI japonés—seguiría arrojando productos de “segunda ola” para un mercado superindustrial, cuyo crecimiento más significativo se daría en consumo de “tercera ola”, y un mercado del “Tercer Mundo” con las características que ya vimos: en crecimiento, con poca capacidad de pago y altamente competido por ofertas de decenas de países en la misma necesidad que la nuestra. A mediano plazo, cuando vuelva a madurar el pago de la deuda, deberán salir los dineros de las actuales fuentes de divisas, del petróleo. Y ya vimos cómo puede llegar a estar la cosa petrolera.

LOS GRANDES INTERLOCUTORES

La obra de Toffler

Y ahora para la “cuenta larga”. Felipe tiene razón. Las sociedades que no encuentren la voluntad y la forma de modernizarse, de informatizarse, de cabalgar la “tercera ola”, van a quedar descolgados. Ahora bien, la “tercera ola” no es sólo la informatización, el espacio exterior o la bioingeniería. En el nivel político, más que nunca la “tercera ola” será una discusión de grandes interlocutores. Y hasta ahora sólo parece que conversarân los sajones, los eslavos, los europeos dependientes de los sajones y los dependientes de los eslavos, los chinos y los japoneses, los hindúes. Es decir, unidades políticas de centenares de millones de personas.

Los demás no “conversamos”. Los demás hacemos ruido, proceso de por sí inorgánico y sin dirección. Los demás hacemos un telón de fondo abigarrado y cacofónico. Que, por supuesto, puede llegar a forzar, en ocasiones, la mano de los grandes interlocutores, con el lacerante aguijón del terrorismo, con la posibilidad de la huelga o el boicot. Y que, no menos obviamente, puede convertirse en cataclismo social global, si aceptáramos para nosotros el papel de proletarios globales ante esa nueva configuración de señores.

Son señores ante los que Venezuela, una población y no un pueblo, con sus quince millones de habitantes, ni siquiera tiene sentido. Quince millones de habitantes no son más que la cifra oficial de hispanoparlantes que hay en los Estados Unidos de Norteamérica. (La población mexicana de Los Ángeles sólo es superada por la de Ciudad de México, y Miami es dos tercios cubana).

¿Qué son, entonces, 15 millones de habitantes? No son un mercado económico, no son el soldado de gran cerebro que es Israel, no son el gerente especializado que es Suiza. No son, es claro, interlocutores válidos para los grandes actores de la “tercera ola. Así, no debe sorprendernos que la primera parte del discurso de Felipe sea recibida como que si no fuera con nosotros, porque forzar la definición de Venezuela como si fuera un pueblo lleva de inmediato a la conciencia de que somos enano ante gigantes.

Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo hispánico. Ésta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un “campo inteligible” para el estudio histórico.

UNA INTEGRACIÓN CON SENTIDO

Una integración inconclusa

Hemos incurrido en dos errores de óptica cuando hemos pensado en la integración. El primero, error de operación, ha consistido en suponer que la integración económica es menos difícil que la política, cuando comenzar por lo económico es comenzar por la competencia. El segundo error, error de construcción, error más grave, ha sido pensar en integración sin pensar en España, en integrar solamente a la “América Latina”. Y, como ha sido dicho antes, no estaremos completos sin España.

Hemos escrito América Latina entre comillas porque América Latina no existe. América Latina tampoco es un pueblo. Es la población que del continente americano, hecho físico, hizo el pueblo hispánico. Por eso, tampoco la población hispánica de la península ibérica es algo más que parte de un pueblo que un día tuvo que separarse pero ya no necesita permanecer desunido. Aunque aún no lo entienda, como lo muestra la Historia de España Alfaguara que, en seis tomos, pretende eludir el tema dedicando sólo ocho páginas al proceso de emancipación de las antiguas colonias.

Cabe preguntarse, por ejemplo, qué haría España en la Comunidad Económica Europea. Allí donde tantas trabas le ponen, donde quieren someter a prueba de varios años la “calidad humana” del español antes de franquear su libre tránsito. O qué haría en la OTAN, que la convertirá en blanco de cohetes rusos, violentando hasta el dolor personal de sus actuales gobernantes sus sentimientos más ancestrales.

Somos peces en pecera de tabiques móviles. España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercársenos más y lo hace tímidamente, Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: “…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional… ” (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810). España peninsular, que todavía se siente madre, no se ha percatado que no es otra cosa que hermana. Hermano mayor, sí, el más adelantado, el que más nos puede enseñar de industria. Hermano.

Nosotros también lo intuimos, pero parcialmente. Lo ha procurado Ángel Bernardo Viso sin llegar a proponerlo. Lo viene sugiriendo Úslar con prudente insistencia. Pero todavía no terminamos de entender que reunirnos con Iberia no significa representar al hijo pródigo, lo que no queremos. Ya no volveríamos a una madre patria. Ahora iríamos al encuentro de un hermano.

Casi lo postula Cambio 16: “Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español. (Juan-Tomás de Salas. Editorial de junio de 1984. Subrayado nuestro).

Equivoca el ámbito, por cierto, y elige sugerir la unión de las dos democracias más incipientes, sin tomar en cuenta la doble dificultad que significaría la asociación de “dos mochos para rascarse”, la casi imposibilidad de lograr el equilibrio por la fusión de dos inestabilidades. Y dice Juan-Tomás: “Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también. Bien conviene no olvidar esta verdad cuando escuchemos las palabras del presidente Alfonsín en este su primer viaje de Estado a Europa. Quijotismo no, pero ayudar lo que se pueda”. Habrá que recordar a Salas que quijotismo es un doble desvarío, que no consiste en enfrentar gigantes. Consiste, sí, en enfrentarlos solos. Y dos contra los gigantes también es poco. Consiste, también, en ver gigantes donde sólo hay molinos, que son máquinas.

NOSOTROS Y LOS OTROS

El esquema hegeliano

Es la máquina de las civilizaciones glorificadoras de la máquina lo que nos abruma. La sociedad sajona que uno de sus psicólogos, Skinner, explica como reflejo condicionado, como mecanismo. Es el poder del ruso, que también Pavlov explica como lo explica Skinner—no por coincidencia, si recordamos a Tocqueville, quien entre otros percibió en el ruso y el norteamericano las similitudes. Es la sociedad que no sólo se aliena como dijeron Hegel y Marx y Feuerbach, pues ya no sólo es que habrían creado su dios y luego le adoran, sino que son creadores de máquinas y se conciben luego a sí mismos como tales. Es el molino de McLuhan, para quien “el medio es el mensaje”. Es la pura herramienta, que ciertamente invita al uso. Es la herramienta sin destino.

Para el puritano, fabricante sin cesar de la herramienta, no hay otro camino que el ensanchamiento de los medios, pues su religión le dice que no puede haber fines porque el fin ya está predestinado. Así fue suplantado el predominio del mundo hispánico, el que experimentó una sensible declinación después de su época de oro en el siglo XVI. Su predominio mercantilista fue sustituido por las nuevas fórmulas de desarrollo nacional que emergieron como causa y efecto de la Revolución Industrial. El análisis de Hegel en su Fenomenología del Espíritu sigue siendo muy pertinente para la comprensión del proceso en sus líneas más generales. En la obra mencionada Hegel elabora un esquema explicativo del desarrollo de la conciencia humana. Para la fase que nos interesa es particularmente iluminadora su famosa discusión de la dialéctica del señor y el siervo. Esta dialéctica surge del enfrentamiento de dos conciencias (autoconciencias, en la terminología hegeliana) y de la rendición de una ante otra. Así se establece la relación de dominación del siervo por el señor, relación en la que ambos términos resultan interdependientes. El señor se ocupa del mundo de los valores, no del mundo del trabajo. Su comunicación con el mundo del trabajo se establece a través del siervo. Éste, a su vez, renuncia al mundo de los valores. Su único valor es ahora el señor y su esfera de actividad la del trabajo. Este trabajo, reiterado a lo largo de los siglos, no ocurre sin efectos. De hecho el mundo es transformado por esa labor, fenómeno que es advertido por el siervo. El mundo ya no es el mismo. El siervo lo ha cambiado y provoca ahora la caída del señor, quien no ha participado en la construcción.

El esquema es aplicable, y en verdad era la preocupación principal de Hegel, a la comprensión de los fenómenos políticos. La obra es posterior a la Revolución Francesa: es concluida en Jena por los mismos días en que Napoleón ocupa la ciudad, a quien Hegel llegará a ver como la encarnación del Weltgeist o espíritu del mundo, como la punta política del despliegue de la conciencia de la humanidad.

En todo caso, el ejemplo español queda comprendido por el esquema hegeliano de modo muy claro. Se trata de un señor caído. Son los países del mundo anglosajón los que emergen con una nueva tecnología del trabajo, y desarrollan en dos siglos el impresionante esfuerzo técnico y material que caracteriza a las naciones más desarrolladas. Es el mundo inductivo, del derecho por jurisprudencia y análisis casuístico, en contraste con el mundo nominalista, de derecho deductivo y apelación a principios generales.

Pero esta vigente avenida de desarrollo es, sin ninguna intención despreciativa, producto de una cultura de “siervos” en el sentido hegeliano de la palabra. Esto es, de una cultura no habituada a tramitar valores, sino problemas concretos de realización. De allí la experiencia de esta civilización como un proceso divergente, en el que todo puede ocurrir, desde una mujer astronauta hasta el reciente lobby inglés y norteamericano en pro del sexo libre de los niños. Es una cultura orientada al know-how que experimenta dificultades a la hora de dilucidar las finalidades y los sentidos. Es una cultura en la que se llega a declarar, como hemos visto, que el medio es el mensaje. Maquiavelo habría dicho “el medio es el fin”.

Y son esos gigantes con atavismo de esclavo los que ahora apilan cohetes y coleccionan probabilidad de muerte. La pura herramienta que, ciertamente, invita al uso. Al uso por parte de un presidente militarista que hace chistes con cataclismos inminentes o por parte del colosal tirano ruso, a quien ya empieza a vislumbrársele el derrumbe. Y no hay holocausto más peligroso que el de un tirano cuando se desploma.

LOS TABIQUES YA NO EXISTEN

Pedro Grases, el mejor amigo de Andrés Bello

Por esto es que más allá de las necesidades nuestras, más allá del gran mercado que sí habría que proteger, y de los precios y las inflaciones, nos toca el deber de ser la gran cuña de paz, neutral y sin cohetes de la hispanidad reconstituida.

Venezuela resultaría aplastada si pretendiese interponerse entre el Kremlin y la Casa Blanca, como quedaría reducida España dentro de la OTAN y de la Comunidad Económica Europea. Pero fuera del pueblo hispánico no hay otro candidato a ese papel amortiguador, porque no lo es China y no lo es la India ni el Japón y porque Europa es sólo un posible campo de batalla y de los demás ningún otro tiene el tamaño requerido.

Y entonces sí seríamos un mercado enorme, en el que alcanzaríamos la dimensión necesaria a una verdadera industrialización. Entonces sí podríamos salir de la inflación.

Entonces lo que debemos entre todos se tornaría en arma poderosa. Entonces sí podríamos decir a soviéticos y norteamericanos que el conflicto de Centroamérica va a ser digerido en nuestro seno. Entonces la Guyana ya no sería el contendor indespreciable que es para Venezuela, sino lo que Hong Kong es a la China para una federación hispánica. Entonces sí podríamos emprender la senda de la informatización y la modernidad.

Entonces seríamos protagonistas de la “tercera ola”. Lo suficientemente significativos como para proponer incluso la reconstitución de una hermandad más temprana, la del español y el portugués.

Habrá que despejar suspicacias. Habrá que explicar que nuestros Estados conservarían su autonomía ante un gobierno federal democráticamente electo—“constituido por el voto de estos fieles habitantes”. (Acta del 19 de abril). Habría que asegurar que permanecerían las peculiaridades vascas, catalanas, peruanas, mexicanas, canarias, uruguayas, panameñas, colombianas, venezolanas, castellanas.

Habría que darse cuenta de que contaríamos con un tribunal propio y eficaz para dirimir los diferendos territoriales entre nuestros Estados—como los Estados norteamericanos acordaron un procedimiento para dirimir los suyos—y de que entonces sí nos arreglaríamos para explotaciones conjuntas de yacimientos comunes y que ya no tendríamos, por esto, que alienar nuestra voluntad a jueces alemanes o ingleses reunidos en La Haya. Esto es perfectamente posible. El estilo estructural de la nueva democracia española lo permite y lo alienta, como puede colegirse del tratamiento diseñado para los distintos componentes de la nación peninsular: catalanes y vascos, por ejemplo. En efecto, los recientes cambios en la estructura política española facilitan la convergencia con los latinoamericanos, quienes vemos con alivio y alegría la entronización de la libertad en el territorio de la Península.

Es necesario que cesen los partidos y se consolide la unión. El Maestro Grases demostró a la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar hispano. Cómo su último sueño era la democracia en la Península que hasta ahora ha sido que Juan Carlos y Adolfo Suárez y Felipe González han podido completar. Sueño al que hubiese dedicado otro juramento si las fuerzas no le hubieran faltado. Él no pudo regresar a la casa paterna puesto que las leyes de la vida le exigían la emancipación. Nosotros sí podemos convocar a todos los hermanos.

Alguien dijo una vez: “Los proletarios no tienen otra cosa que perder que sus cadenas”. Ahora se puede afirmar que los hispanos no tenemos otra cosa que perder que los tabiques. Y éstos, si miramos con atención, ya no están allí. Procesos de actualidad están impulsando una nueva conciencia en este sentido, la que no contradice históricamente el proceso de emancipación de las colonias de la antigua corona española. El interlocutor y hermano peninsular de los latinoamericanos de ahora no es el mismo que combatimos en las guerras de Independencia.

La situación centroamericana es un caso muy claro y contundente. El actual conflicto se resuelve de un modo en el contexto de la tensión entre superpotencias y de un modo distinto dentro de un contexto hispánico. En el primer caso la salida pudiera muy bien ser la detonación de un conflicto de extensión mundial. En el segundo, el marco hispánico puede admitir sin contradicciones regímenes políticos de signo ideológico diverso, pues para él las distinciones entre doctrinas políticas se supeditan al de la unión de un mundo con historia y lengua que sólo adquieren pleno significado en un espacio máximo, más allá de un espacio andino, centroamericano o aun latinoamericano. No estaremos completos sin España.

De allí, por ejemplo, el apoyo que el gobierno español brinda a las iniciativas del Grupo Contadora en relación con la crisis centroamericana y el llamado de atención que ha enviado a las grandes potencias para que se abstengan de considerar a la zona en cuestión como territorio para dirimir disputas que nos son ajenas. Asimismo habrá que entender que hay cuestiones internacionales ante las que los  hispanoparlantes asumiremos posiciones coincidentes, como expresión de una conciencia unificada frente a problemas que reconoceremos como propios.

MISIÓN PARA UN PUEBLO OLVIDADO

La lengua común

En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: “Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo”. En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo. Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza al continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.

Han sido los trabajos lingüísticos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español. Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.

Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución del hombre estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso extenso e intenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de la dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar. En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know-how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un  lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.

Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.

En 1968 Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge “on the Charles” para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata. LEA

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