La democracia sangraba

 

Aitor Muñoz: contraportada, lomo y portada de Las élites culposas (clic amplía)

(Comienzo del primer capítulo de Las Élites Culposas, próximo a aparecer en librerías).

Por la ventana de mi cuarto escuchaba las detonaciones del asalto a la residencia presidencial de La Casona, a la una de la madrugada del 4 de febrero de 1992. Una desazón irresoluble me había atrapado, aumentada porque había buscado evitar, sin éxito, lo que ahora se desarrollaba sin clemencia. Varios venezolanos morirían abaleados o bombardeados y no se tenía seguridad acerca del desenlace. En esos momentos era todavía posible que el sistema democrático fallara y fuera interrumpido, que los golpistas desconocidos triunfaran y asumieran el poder en Venezuela.

Siete meses y catorce días atrás, el 21 de julio de 1991, El Diario de Caracas había publicado un artículo mío—Salida de estadista—, en el que recomendaba la renuncia del presidente Pérez como modo de eludir, justamente, lo que estaba ocurriendo a pocas centenas de metros de mi casa. Allí puse: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal”.

Saludado como exageración—el Director del periódico, Diego Bautista Urbaneja, escribió tres días después sobre mi planteamiento: “No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…”—, el expediente de la renuncia sería luego propuesto por nada menos que Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas, después de la intentona del 4 de febrero. Yo la había recomendado antes del abuso. Herminio Fuenmayor, el Director de la Inteligencia Militar, declaró que había en marcha una campaña—¡el íngrimo artículo!—para lograr la renuncia de Pérez. El general Alberto Müller Rojas, luego jefe de campaña de Hugo Chávez Frías, escribió en El Diario de Caracas sobre la ingenuidad de mi proposición. Al año siguiente, y luego de la intentona, volvió a escribir en adulación a Úslar Pietri, señalándolo como “el primero” que había solicitado la renuncia de Pérez. La verdad era que un mes escaso antes del golpe Úslar proponía que Pérez se pusiera al frente de ¡un gobierno de emergencia nacional! El interés oportunista de Müller Rojas era obvio: habiendo gravitado antes por los predios de aquel “Frente Patriótico” que lideraba Juan Liscano, quería ahora ser contado entre “Los Notables” que rodeaban a Úslar Pietri.

Pero antes, todavía, alerté sobre el peligro de un golpe de Estado. En Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela (septiembre de 1987), había escrito: “…el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991*, o aun antes, sería considerable”.

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* La asonada de Chávez, Arias Cárdenas et al., se supo luego, estuvo prevista para fines del año de 1991. Debía darse para el 16 de diciembre de ese año, con la pretensión de amanecer en el poder en el aniversario de la muerte de Simón Bolívar.

luis enrique ALCALÁ

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Hallado lobo estepario en el trópico

 

Nadie está enteramente solo. Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, 20 de mayo. (Clic para ampliar)

 

Diógenes estaba metido hasta los rodillas en un riachuelo lavando vegetales. Acercándose hasta donde él estaba, Platón lo interpeló: “Mi buen Diógenes: si supieras cómo hacer la corte a los reyes, no tendrías que lavar vegetales”.

“Y—replicó Diógenes—si tú supieras lavar vegetales no tendrías que hacer la corte a los reyes”.

Enseñanzas de Diógenes

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¿Qué propone, pues, Sagan a una humanidad bloqueada incómodamente a medio camino entre la mundialización y la autodestrucción? Es poco probable, estima él, que la sabiduría gane la batalla, si permanecemos encerrados en los marcos políticos y mentales concebidos en una época en que los hombres eran menos numerosos e incapaces de destruir el planeta. Sólo la utopía es hoy razonable. La utopía política: hay que retirarle el poder a la clase política, para dárselo… ¡a los sabios! “La ciencia tiene respuestas, a condición de que se nos quiera escuchar”.

Guy Soreman, Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo

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Al leer mi reseña del homenaje a Ramón J. Velásquez en el IESA, en la que lo llamé hombre bondadoso, me escribió desde los EEUU un conocido editor venezolano para felicitarme y decirme: “Tú también eres un hombre bueno, pero de Ramón Jota deberías aprender un poco de flexibilidad”.

Tengo fama de inflexible. Un día de 1995 llamó contento a mi casa Adolfo Aristeguieta Gramcko, mi ausente amigo. Acababa de conversar por teléfono con un político local, amigo de ambos, y éste se había referido a mí en términos harto elogiosos. Adolfo me advirtió, sin embargo: “Pero mencionó un inconveniente. Dice que es muy difícil negociar contigo, que eres como una roca inamovible con la que no se puede transar”.

Una docena de años después recibí un reporte parecido. Esta vez, un analista internacional residenciado en Venezuela vino a verme para que supiera que últimamente oía hablar de mí con creciente frecuencia. “Por ejemplo—me dijo—, en el velorio de Luis Herrera Campíns. Me acerqué a un grupo de diez o doce asistentes y me di cuenta de que tú eras el tema de conversación. Elogiaban mucho las cosas que has estado escribiendo”. Entonces le pedí que me contara también de las críticas, pues estaba seguro de que no todo había sido encomiástico. “En efecto—contestó—, escuché dos críticas. Una: que tú serías una especie de duro Robespierre, que caes implacablemente sobre lo que estimas equivocado. La segunda: que tú no tienes una plataforma”.

Robespierre, mi anterior encarnación

El propio Dr. Velásquez me había dicho con delicadeza en la penúltima de mis visitas a su casa: “Lo que Ud. piensa y dice es formidable, luminoso pero, si me permite que lo diga, su problema es que no tiene un grupo”. Algunas de las explicaciones que de este fenómeno le ofrecí resurgirán en este texto; asimismo, he decidido defenderme de la acusación de inflexibilidad e implacabilidad. Esto último emergió de nuevo el día del homenaje al patriarca de los historiadores venezolanos; sentado yo al lado de un médico ilustre, con quien hace poco había quedado en desayunar para cotejar impresiones acerca de nuestro proceso político, me dijo que había pospuesto el desayuno sine die porque, al decir de un primo de mi esposa, yo peleaba con todo el mundo y él no quería pelear conmigo. Lo tranquilicé señalándole que, como él no era precandidato ni jefe de un partido, no tenía que preocuparse por esa posibilidad.

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Al editor que me recomendaba la flexibilidad que adornaría a Velásquez he podido responderle que en la misma reseña que tanto le había gustado cité la opinión de Pedro Grases, quien caracterizó al ex Presidente de la República como “intransigente con el error y la picardía”. No lo hice; en cambio, aduje una estipulación del Código de Ética Política que compuse y juré públicamente cumplir el 24 de septiembre de 1995: “Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros”.

No es deontología inflexible; el mismo código me obliga también así: “Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia”. E igualmente: “No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías”. Soy tan escrupuloso en el cumplimiento de estas dos obligaciones como con la primera, la que me autoriza a “pelear con todo el mundo”, a ser “una roca inamovible con la que no se puede transar” y a comportarme “como Robespierre”.

El problema, pues, es que tengo como obligación profesional ineludible contradecir lo que entiendo como aseveraciones o posturas equivocadas o falsas en política, muy especialmente si consisten en apreciaciones socialmente dañinas. La política es un asunto público, y no me meto con los asuntos privados de la gente, ante los que guardo las mayores discreción y prudencia. Ni siquiera me intereso mucho por la chismografía política, pues pienso que la descalificación de un político tendría que provenir, más que de su maldad, de la insuficiencia de su positividad.

Pero se supone que la democracia vive del debate crítico; por esto no deja de sorprenderme cuando se me reconviene porque asuma, justamente, una vigilancia crítica de los discursos políticos que llegan a los electores de mi patria. El 28 de abril vino a este blog un comentario que esto incluía: “Creo que debemos concentrarnos más en lo que hemos hecho, en especial del 58 al 80, (no criticar siempre todo) y lo positivo que estamos haciendo hoy en muchas gobernaciones y municipios”. Como puedo tutear al autor en razón de una vieja amistad, así respondí:

Pienso que estás grandemente equivocado. Si lo que sugieres es que no se discuta el espejismo del “proyecto país” porque a quienes se oponen a Chávez no debe tocárseles ni con el pétalo de una rosa, estás recomendando que no se corrija un grave error estratégico, del que se desprende una equivocación operativa (o pragmática, si lo prefieres). Si, por otra parte, crees que puede culpárseme de “criticar siempre todo”, no has leído responsablemente mis aportes, que en muchos casos incluyen recomendaciones y consejos y en ninguno “critican todo”.

Prácticamente todos los que viven neuróticamente de la ritual y diaria oposición a Chávez se dicen demócratas, y democracia es diversidad de opiniones, confrontación de criterios, tolerancia a la crítica. Lo que recomiendas es la negación de la democracia, y quienes actúen en política y no son capaces de recibir la crítica de sus ejecutorias u opiniones contrarias a las suyas debieran dedicarse a otra cosa. (En Mitología proyectiva).

Y ése es en verdad el asunto: si critico fuertemente la política de Chávez—como he hecho muy incesante y sistemáticamente desde que supiéramos de él en 1992—, entonces mis conocidos me aplauden. Si, por otro lado, se me ocurre señalar un error en sus opositores, entonces se me censura porque no debo rozarles ni con el pétalo proverbial. No es, por tanto, el ejercicio de la crítica per se lo que me es reconvenido, sino sólo cuando lo dirijo a quienes se oponen al actual gobierno entre los cuales, por cierto, hay mucho bicho raro y dañino al país. Sólo debo, es la cosa, encontrar error en Chávez y sus seguidores; aunque un opositor suyo diga una barbaridad, tendría que morir callado, pues de otra forma pondría en peligro “la unidad“.

La presunta inconveniencia de cumplir mi código de ética con rigurosidad alcanza, incluso, a quienes han sido chavistas pero ya no lo son. Aparentemente, no conviene que haga algún comentario crítico a Luis Miquilena, porque él ya se dejó de eso de gobernar con Chávez, o a su compinche, el difunto Alejandro Armas, cuando pretendía candidatearse a la Presidencia de la República en 2004, pues se suponía que el referendo revocatorio de ese año dejaría a Chávez cesante. (Ver De Armas tomar… su contrición para un juicio sobre esa pretensión, muy bien recibida en centros opositores de alcurnia y Country Club). Un amigo editor de periódicos llamó un día a mi celular—el 24 de mayo de 2007—para reclamarme que hubiera desmontado la novísima postura de Margarita López Maya, historiadora que se complacía en ridiculizar a quienes nos opusiéramos a Chávez y entonces había descubierto que éste es dañino. (Tomar partido). El mismo editor me invitó el año pasado a su casa—para almorzar un sabroso asado, un arroz fuera de lo común (que repetí) y una ensalada deliciosa—con un único propósito: pedirme que, como lo que yo escribo de política “es muy influyente”—su opinión—, no criticara a la creciente disidencia del chavismo y le abriera los brazos, pues a su criterio ahí podía estar la clave de una derrota de Chávez.

Políticos flexibles con Luis Miquilena

Estaba clarísimo que se refería específicamente a Henri Falcón y al PPT, tienda bajo la que corrió a refugiarse al distanciarse del gobierno. (Ya yo había escrito, el 21 de marzo de 2010, Qué cresta la de Falcón). Era comprensible que su propio izquierdismo lo inclinara naturalmente a simpatizar con Falcón, pero no le hice caso; terco como una mula, inflexible, implacable, incapaz de transacción, desaté no uno sino varios artículos para desmontar el discurso insuficiente y engañoso de Falcón, que insiste en llamarse socialista, sólo que “ético y productivo” (?): Ford Falcón modelo PPT, Exégesis falconiana (I), Exégesis falconiana (II), Exégesis falconiana (y III).

¿A qué venía tal saña contra Falcón? Bueno, los tres artículos exegéticos fueron producidos en lugar de una sola pieza—el análisis de unas declaraciones suyas en las que se presentaba como el líder de los no alineados políticamente—que hubiera resultado demasiado larga. Pero el grupo de cinco artículos críticos buscaba destapar la artificiosa, aunque astuta, pretensión falconiana: sabedor de que la mayoría de nuestros conciudadanos no está alineada ni con el gobierno ni con la oposición, ambicionaba ser tenido por el líder indicado para tan enorme contingente, aunque hubiera estado con Chávez por más de una década. Esto era un remedio postizo, una falsificación—desconfía de las imitaciones—, y había que acabar con el engaño en cuanto nacía. Es verdad que “habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”, pero una cosa es abrazar a Falcón y congratularlo por su reciente lucidez y otra muy distinta admitir que quiera conducirnos.

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En ocasiones, la crítica a mi manière politique viene en envoltorio aparentemente elogioso. En unas imprudentes Memorias prematuras (1986) refiero la forma en que fui presentado por una muy distinguida y poderosa matrona caraqueña, quien “al solicitar que me escucharan, me caracterizó como una persona que acostumbraba ver los procesos sociales ‘desde un helicóptero’ el que a veces volaba demasiado alto”. En el mismo libro dejo constancia de que un prestigioso jurista me acusaba de que yo “veía muy lejos”, aunque cuatro meses antes le había escuchado una exposición en la que condenaba el “cortoplacismo”. (Que yo veía muy lejos “encerraba tanto una alabanza como una objeción: yo vería tan lejos como Julio Verne, es decir, veía un futuro que todavía no era posible a partir de las condiciones del presente”).

Bueno, tal vez lleve la maldición del profeta. (“Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón”, solía decir el padre de un amigo).

El 3 de agosto de 1991, The Jerusalem Post publicaba una entrevista a mi amigo y mentor Yehezkel Dror. Entonces hacía veinte años de la publicación de su visionario libro: Crazy States: A counter-conventional strategic problem. (Dror, en aquel momento analista senior del más grande think-tank del planeta, la Corporación Rand, tipificó y anticipó la emergencia de jefes de Estado como Gaddafi, Idi Amín Dadá y Hugo Chávez). La entrevistadora, Daniella Ashkenazy, recordó un juicio crítico del libro en el prestigioso American Political Science Review: “Brillante pensamiento… pero ¿cómo puede ser tan fantasioso y estar tan distanciado de la realidad?” Cuando el tiempo le dio la razón, Yehezkel admitió: “Tengo sentimientos encontrados por haber tenido razón: a la vez satisfacción y pesar; satisfacción intelectual y pesar como ser humano”.

Yehezkel, con su camisa del PSUV

Trece días antes de la publicación de esa entrevista aparecía en El Diario de Caracas (21 de julio de 1991) un artículo mío—Salida de estadista—en el que proponía la renuncia de Carlos Andrés Pérez para “evitar (…) el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional”. Y en septiembre de 1987 había completado Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, estudio en el que una de las sorpresas que discutí fue, precisamente, la de un golpe de Estado y donde puse: “En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable”. (La asonada de Chávez, Arias Cárdenas et al., se supo luego, estuvo prevista para fines del año de 1991).

Resueno, pues, con la tristeza de Yehezkel Dror; no hay diversión en ver cómo se desenvuelve un resultado negativo del que uno advirtiera. Pero procuro seguir al pie de la letra la recomendación contenida en el poema de una poetisa imaginaria—Karen Sloan, en la novela Overload, de Arthur Hailey—que aconseja a su amante, el ejecutivo de una empresa de electricidad que advierte con bastante tiempo de una masiva interrupción del suministro:

El dedo móvil a veces retrocede/No para escribir de nuevo sino para releer:/Y lo que una vez fue desechado, objeto de ridículo,/Puede, en la plenitud de una luna o dos,/O incluso años,/Ser aclamado como sabiduría/Dicha francamente tan temprano,/Necesitada de valor/Para enfrentar la maledicencia de otros menos perceptivos,/Aun abrumada de diatriba.

¡Querido Nimrod!/Recuerda: Un profeta es rara vez elogiado/Antes del ocaso/Del día cuando por primera vez proclama/Verdades desagradables./Pero cuando tus verdades/Se hagan obvias con el tiempo,/Y su autor sea reivindicado,/Sé, en ese momento de cosecha, clemente, misericordioso,/Amplio de mente, con gran propósito,/Y que la contrariedad de la vida te haga sonreír.

Porque no son a todos, sólo a los pocos,/Los dones présbitas: larga visión, claridad, sagacidad,/Por suerte, con la lotería del nacimiento,/Conferidos por la atareada naturaleza.

(“El dedo móvil” es alusión a un giro del gran poeta islámico Omar Jayyam en el Ruba`iyyat: “El Dedo Móvil escribe y, habiendo escrito,/Se sigue moviendo…”)

Es seguramente la definición del “verdadero arte del Estado”, que Alexis de Tocqueville propusiera en L’Ancien Régime et la Révolution, la cita más repetida en los materiales de este espacio: “…una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro…” Por esta latitud, Ibsen Martínez recomendó el 2 de junio de 2007: “Los lectores, pienso seriamente, deberían llevar anotaciones, como se hace en el parque de béisbol, y tomar en cuenta el average de aciertos que muestren sus analistas favoritos”. Que comparen, pues, los críticos mis estadísticas de bateo predictivo con el poder profético de Henrique Capriles Radonski, Eduardo Fernández, Antonio Ledezma o Pablo Pérez (en estricto orden alfabético de apellidos). O, por ejemplo, con el de Diego Bautista Urbaneja, que en infructuoso intento de refutación de Salida de estadista escribió: “No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…” (24 de julio de 1991).

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Hay otras veces cuando las reconvenciones se limitan a exigirme urbanidad. “Esas cosas no se dicen”, me reprendió un amigo a mediados de 1986 al comentar mis Memorias prematuras. Ese día estuve afortunadamente inspirado, pues le hice notar que Manuel Antonio Carreño, padre de nuestra gloriosa Teresa, había indicado claramente, en su Manual de urbanidad y buenas costumbres, que las gentes no debían penetrar con sus caballerías al interior de las casas, y declarado que algo así era “del todo incivil y grosero”. Pero Carreño estableció una excepción: en caso de emergencia, no estaba mal visto que los médicos entraran con su corcel hasta el comedor de una morada. Le dije entonces: “Yo soy médico, y estamos en emergencia”. Dos años antes había definido por primera vez a la Política como arte de carácter médico y él lo sabía pero, claro, la percepción de la crisis política nacional que ya podía discernirse no era común. (En 1983, un distinguido ejecutivo me preguntó sobre qué escribiría en una publicación que planeaba iniciar. “De los procesos de la crisis”, contesté. Pensó unos segundos para responder: “Y, cuando se acabe la crisis, ¿de qué vas a escribir”. A casi treinta años de ese diálogo, la crisis continúa; todavía parece que tengo de qué escribir).

O se me acusa del desconocimiento de elementales reglas del oficio político. En cierta ocasión, cuando trabajaba en un organismo público promotor de ciencia, causé una reunión con el secretario general del partido de gobierno para hacerle notar que el ministro del sector ejercía una política nepótica, dañina de la actividad y de la imagen gubernamental. Escuchó con atención, pero se ocupó del asunto diciendo a mis espaldas, como lo hace siempre: “Luis Enrique quiere pelear con su ministro, y uno no pelea con los ministros”. Esa persona misma recomienda no pelear tanto con Hugo Chávez, quien a fin de cuentas es el más poderoso de nuestros actores políticos y hacerlo, más bien, con subalternos suyos, tal como él hacía cuando estaba en la escuela primaria: a la hora de una pelea entre salones, él escogía siempre fajarse con los más pequeños del otro curso. Y esta persona misma es político flexible, y por esto es recibido siempre bien en los mejores círculos; no causa roncha. Despuntando el año de 1994, me admitió que Aristóbulo Istúriz tuvo razón en decirle: “Tú eres el único político venezolano que es al mismo tiempo de los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes”. Por eso me censura cuando no estoy.

Y es que son pocos los que tienen la valentía y la decencia de hacerme observaciones críticas directamente (el Dr. Velásquez es uno de ellos). Nadie, por otra parte, ha refutado mis tesis en veintiocho años de labor. Las objeciones que les oponen no son de fondo, son oblicuas o indirectas. Cuando propuse tempranamente a un prestigioso político opositor la iniciativa de un referendo de iniciativa popular sobre la conveniencia del socialismo en Venezuela—cosa que Hugo Chávez no se ha atrevido a consultar, opinó que sería imposible porque tendría que contar con la cooperación, que nunca me darían, de los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática. La cuestión de si mi recomendación tenía sentido político pasó debajo de la mesa.

La conversación tuvo lugar hace un año, casi exactamente, pero él había leído cuando propuse por primera vez la idea el 23 de julio de 2009, y entonces no se dio por aludido. Poco después, conversamos en mi casa y reestrené mis viejos argumentos—de 1985—sobre la necesidad de una organización política de código genético distinto al de un partido convencional. Entonces argumentó que no era “el momento”, y añadió: “Cuando se ponga la torta previsible que se pondrá en las elecciones de Asamblea Nacional, sólo quedará 2012 por delante, y entonces te escucharán”. Hace un mes que busqué hablar con quien funge como su mano derecha, y retomé el tema del referendo sobre el socialismo. El asistente buscó, primero, sugerir que tal cosa no se necesitaba, al proponer que los recientes desarrollos en Cuba, que se aleja a duras penas de la total estatización de la economía, equivalían a la puntilla definitiva para los socialistas que quedan en el mundo. Pero después asumió otra línea oblicua para razonar en desacuerdo conmigo; me dijo con el mayor desparpajo: “Cuando propusiste la iniciativa por primera vez, era más viable”. (!) Mi madre solía recordar la película La luz que agoniza, para resaltar que uno puede volverse loco cuando recibe repetidamente señales contradictorias. Sobre las mismas cosas, recibí de dos personas que colaboran estrechamente opiniones diametralmente dispares, y a veces de una sola y misma.

También recibo mentiras descaradas para rebatirme. Sobre este asunto del referendo, tres personas quisieron convencerme de que una respetada firma encuestadora había medido una mayoría nacional a favor del socialismo—”Para que ceses en tu cruzada”—, cuando la verdad es todo lo contrario. O, para socavar mi prédica a favor de procedimientos democráticos y en contra de actividades subversivas, se me aseguró desfachatadamente que un importante político, al que admiro, había apreciado y saludado calurosamente un estudio estadístico que le habrían presentado y que demostraría un fraude electoral del gobierno en el referendo revocatorio del año 2004. Es decir, fui tratado irrespetuosamente como un niño, como político ingenuo que se chupa el dedo. Quien eso me asegurara y sí se chupa el dedo no contaba con que yo verificaría: hablé con el implicado y éste me aseguró que jamás se había producido la reunión en la que el estudio le hubiera sido dado a conocer.

No todo es malo, naturalmente. En junio de 1986 fui de visita a la casa de una pareja de amables amigos—acabo de reencontrarme con el esposo en Facebook—en compañía de un amigo común. Éste preguntó al anfitrión—ya para entonces se habían formado en mis tripas las primeras ganas de presidir la República—: “¿Qué piensas tú de lo que anda buscando Luis Enrique?” En segundos vino la contestación: “Luis Enrique está soñando solo… pero sueña bonito”.

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La soledad es, parece, la condición de quienes quieren invitar a sus prójimos a una reunión con el futuro o, simplemente, con la verdad. Pero esto es mal negocio para la sociedad. La Enciclopedia Británica publicó en 1963 la colección Gateway to the Great Books, en cuyo Tomo 4 reproduce el drama Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen. (El médico de un pueblo noruego intenta alertar a su comunidad acerca de un terrible problema sanitario que se cierne sobre ella. En el proceso, es abandonado por todos, que no quieren admitir la mala noticia, por su familia, incluso). Acerca de la obra dice: “Un hombre solo de pie, con la justicia de su lado contra el tirano, es una figura dramática familiar y poderosa. Pero también existe en la vida real. A menudo sufre la derrota personal, incluso la muerte. Pero su acción heroica no perece con él. Ella perdura, y hace a la vida más justa y habitable para el resto de nosotros. El idealismo, pues, en lugar de ser tonto e impráctico, puede resultar al final el único camino práctico”.

Antes podía comprar Scientific American, mi publicación favorita. Alcancé a tener un número, ahora perdido en manos de un amigo que no lo devuelve, con una entrevista a Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física—por su desarrollo del Modelo Estándar de partículas. En ella se hurga en las dificultades vitales de este simpático científico, y Gell-Mann cuenta que una de las peores se deriva de que sus colegas y semejantes no saben catalogarlo. “Yo no soy apolíneo—explica—y tampoco dionisíaco. Soy una ingrata mezcla de ambas cosas; soy odiseico”. Entonces remata con melancolía: “It’s a lonely place to be”.

A mí me pasa que no puedo callar ante el error político; me tomo muy en serio la responsabilidad profesional con la que ese arte debe ser practicado. No puedo romper la solidez de mi compromiso con la verdad. Soy médico político; no puedo decirle al paciente nacional, que sufre del mal oncológico del chavismo, que tiene catarro, ni diagnosticar la insuficiencia política de sus opositores burocratizados como mera y pasajera indigestión. Al mismo tiempo, comprendo los problemas que suscito entre quienes entienden el oficio de otro modo: una lucha por el poder con la coartada de una ideología. No respondo a ideología ninguna, pues creo que todas son formas obsoletas, pre-científicas de hacer una medicina política que debe ser clínica. Otro de mis amigos me habló una vez de una escuchada incertidumbre entre quienes no logran ubicarme en sus esquemas dicotómicos de derecha-izquierda, en su película en blanco y negro: “¿Cuál es la línea de Luis Enrique?” (Comentada en la Carta Semanal #226 de Dr. Político, del 22 de febrero de 2007).

Ofrezco, por ende, sólo dos cosas: una política seria y responsable, al servicio del paciente nacional, y una ausencia de reconcomio. Salvo la envidia y la avaricia, me confieso practicante de los restantes cinco pecados capitales, pero no guardo rencores. El resentimiento es en mí una emoción efímera, cuestión de horas; sé que la llegada de un nuevo paradigma es asunto muy difícil, y por eso tengo paciencia con mis detractores. Y no reivindico que tenga mérito alguno en mi manera de ser, como tampoco admito la culpa.  Fueron mis padres quienes me hicieron, y a mi cabeza y mi corazón, con su amor de recién casados. Ellos quienes escogieron mi querido colegio de la infancia y primera juventud, donde tuve la suerte de excepcionales profesores que forjaron mi modo de pensar y mi postura ante la vida. Lo que haya podido lograr no se explica sino a partir de esa suerte y la de haber seguido trayectorias que a otros estuvieron vedadas. Temo que, en el Juicio Final, Eduardo Fernández irá a sentarse entre querubines, y yo seré enviado a la Quinta Paila del Infierno.

De resto, estoy dispuesto a pagar el precio de mi juramento de 1995, aun cuando ése sea la peor maldición para un político: la soledad. Porque es que Armanda dijo a Harry Haller—Der Steppenwolf—, según la invención de Hermann Hesse: “Pero también pertenece del mismo modo a la eternidad la imagen de cualquier acción noble, la fuerza de todo sentimiento puro, aun cuando nadie sepa nada de ello, ni lo vea, ni lo escriba, ni lo conserve para la posteridad”. LEA

Edición original de El lobo estepario, 1927

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Debate: Viso, Urbaneja, Alcalá

El #1 de Válvula, diseñado por Ariel Toledano

 

A la publicación, en el Nº 1 de Válvula (diciembre de 1984), de una conferencia inédita de Arturo Úslar Pietri (La comunidad hispánica en el mundo de hoy, Santa Cruz de Tenerife) junto con un artículo del suscrito (La verdad que no podemos eludir), se añadió las respuestas de Ángel Bernardo Viso, Hermann Roo, Ángel Padilla y Diego Bautista Urbaneja a un cuestionario sobre la tesis de fondo de ambos trabajos. Se reproduce a continuación el texto único remitido por Viso y las respuestas de Urbaneja, que incluyeron una alusión directa que justificara una ulterior respuesta mía. En esta última, también reproducida al final, puede encontrarse una contestación indirecta a la escéptica postura de Viso quien, no obstante, escribió en una de las cartas (fechada en Madrid el 2 de abril de 1990) de sus Memorias marginales: “Los americanos de origen español debemos recordar quiénes fuimos para estar en capacidad de decidir quiénes queremos ser”.

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SOBRE LA UNIDAD HISPÁNICA

Fernando VII de España

Los países hispanoamericanos, y aún la propia España, son los restos de un naufragio ocurrido hace casi ya dos siglos: la desaparición violenta del imperio español, debido a la incapacidad de la monarquía borbónica de dar una respuesta positiva ante el embate de Napoleón, de las ideas revolucionarias francesas, y de las tendencias centrífugas nacidas en nuestros países. Preguntarse si es posible resucitar nuestra unidad política tiene tanto sentido como inquirir si se puede reanimar un sistema solar extinto desde un planeta que ya dejó de recibir la luz y el calor de una estrella ya muerta.

Desde luego, el mundo de la historia es más complicado que el de la astronomía: algo del calor común subsiste y es por eso que tenemos la inevitable tendencia a tratar de dar vida al viejo modelo, a resucitar el imperio perdido. Es el mismo impulso que llevó a Carlomagno a hacer el esfuerzo de reconstruir el imperio romano, y a muchos hombres del Renacimiento a creerse en los tiempos de la antigüedad clásica. Son inagotables los ejemplos de “renacimientos”, pero todos están condenados de antemano al fracaso, porque ni a los hombres ni a los pueblos está dado reencontrar el tiempo perdido: como Adán y Eva, tenemos prohibido regresar al Paraíso.

Eso no significa que condene la idea de cultivar los rasgos comunes de nuestra herencia: el lenguaje, la religión, las costumbres. Pero debemos hacerlo a la manera de los nietos dispersos que se encuentran en el cumpleaños de la anciana abuela, o como los griegos se reunían en las fiestas de Olimpia, poniendo de relieve cuanto tenían de semejante y de diverso.

Para reunir de nuevo nuestras casas, construidas sobre las mismas bases, pero con estilos disímiles, tendríamos que tener una fuerza centrípeta capaz de superar a la otra, a la dispersadora, obra irreversible de la vida. Y esa fuerza tendría que nacer como nacen las cosas en la historia, de las invasiones, conquistas o anexiones. En cambio, pretendemos que la unidad nazca de unos cuantos espíritus románticos…

No. Nunca los ideales basados en nobles sentimientos han servido para construir países, federaciones o imperios. La realidad económica, geográfica y política nos condena a vivir separados. Al menos, enviémonos cartas o postales de tiempo en tiempo.

Ángel Bernardo Viso

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1.  ¿CREE UD. QUE LA TESIS DE UNA UNIÓN POLÍTICA DEL MUNDO HISPÁNICO ES UNA TESIS CORRECTA?

Urbaneja: Supongo que es correcta en cuanto que, si se lograra, resolvería algunos problemas importantes de los “hoy” países soberanos. Pero en este momento no descubro bases de corrección más importantes. Cierto es que hay varios elementos—historia, cultura, religión, lengua—que hacen una idea como ésa intuitivamente muy deseable. Bellísima, dicho esto sin ninguna ironía. Pero intuyo que la pregunta está mal planteada. No veo que se pueda adelantar mucho diciendo “sí, sí es correcta”. Seguramente que hay otras tesis equivalentes igualmente “correctas”.

Sospecho que la pregunta podría haber sido, “tal tesis, ¿es la más correcta?” En este caso me habría inhibido explícitamente de responder a la pregunta, por incompetente, en vez de elegir la forma disfrazada de inhibición que constituye la respuesta que estoy dando.

Formúlesela como se la formule, en todo caso, la pregunta me parece presuponer respuestas a preguntas previas. Por ejemplo, “correcta” ¿en relación a qué actor? ¿Para cada uno de los países eventualmente miembros de tal unión? ¿Para tal unión misma?

¿Qué entender, en el primer caso, por “país”? Porque posiblemente para distintos sectores de él haya diferentes tesis “correctas”. Veamos un caso extremo: Puerto Rico. Suponiendo que pudiese escoger: ¿qué sería más correcto para Puerto Rico? ¿Ser miembro de la Unión Hispánica 0 de la Unión Norteamericana? ¿Y para quién en Puerto Rico?

¿No habla uno, al hablar de estas cosas, dando por sentados hechos y valores buenos para la retórica, pero que la historia y los acontecimientos han debilitado gravemente en la realidad?

Una reflexión final a propósito de ciertas políticas españolas y expresión de otra duda más. ¿Qué puede inspirar, por ejemplo, la decisión española de mirar hacia Europa más que hacia Iberoamérica? ¿No será que España quiere vincularse a un mundo que la “hale” hacia adelante y no a uno que ella tenga que “halar” o que la “hale” a ella, pero hacia atrás? ¿No será que quiere escapar a la maldición que le infirió el siempre y por otra parte admirabilísimo Unamuno —“¡ que inventen ellos !”—o al dicho de Luis Felipe Vivanco, “España, esa eterna retrasada en Dios”?

Sea pues cual sea la respuesta que quienes se sientan capacitados den a la pregunta, habrá que sortear el riesgo de que la “unión de los retrasos” se haga de tal forma que ella sirva para basar alguna forma de adelanto, y no para la consolación de que nosotros, Unamuno y Rodó, todos unidos ahora, sí sabemos de fines y valores, mientras “ellos” inventan.

 

2. EN CASO AFIRMATIVO, ¿CUÁL PIENSA UD. QUE PUDIESE SER LA FORMA MAS RÁPIDA DE LOGRARLA Y CUÁNTO TIEMPO CREE UD. QUE TARDARÍA EN CRISTALIZAR?

Urbaneja: (Se abstuvo de contestar a esta pregunta, lo que justifica en su contestación a la siguiente).

 

3. ¿CUÁLES CREE UD. QUE SERÍAN LOS PRINCIPALES OBSTÁCULOS A LA REALIZACIÓN DE UNA COMUNIDAD POLÍTICA HISPÁNICA O IBÉRICA?

Simón Antonio Bolívar

Urbaneja: La existencia o no de obstáculos depende de la respuesta que tenga la siguiente pregunta: desde el punto de vista de la racionalidad acotada de los actores involucrados, ¿es racional apuntar hacia la creación de tal comunidad política? No sé que respuesta daría cada actor, pero sí sé que de esa pregunta depende todo.

Soslayé la respuesta a la pregunta dos porque poco tenía que decir y lo que tenía que decir lo puedo poner aquí. Las medidas a tomar para la realización, si la respuesta definitiva a la primera pregunta es afirmativa, deben ser tales y de tal gradualidad que vayan haciendo por lo menos “casi sensato” a los distintos actores—sean ellos los que de hecho sean—irlas adoptando o aceptando. Contando desde luego con el “plus” de decisión que en estas cosas corresponde a los gobiernos pero sin olvidar que éstos están sometidos a presiones a veces decisivas.

Si se soslaya esa condición de la “cuasi-sensatez”, la implicación política de la respuesta afirmativa a la primera pregunta sería desastrosa: la factibilidad de una cosa tan deseable dependería de la existencia de una constelación de dictaduras manejadas por minorías ilustradas coincidentes en el punto de la Unión Hispánica.

Tratando de responder, todavía en un plano general, con un poco de más precisión, diría que existe una amplia gama de oposición y diversidad de intereses, de actuación y efectividad inmediatas sobre los países y sus sectores, que constituyen componentes de mucho peso en el cuadro de acción que enmarca las decisiones de los actores. Sólo una consideración aparentemente de muy largo plazo—y ella misma muy discutible- cuyo tipo es de escasa gravitación en los modos habituales de decidir que tenemos por aquí, podría inspirar una política unionista consistente y central. Lo que sí parece poder hacerse es una línea marginal de políticas que apunte consistentemente en un sentido unionista y cuya existencia imponga al resto de las políticas globales el deber de compatibilizarse con esa política marginal que entonces, desde luego, no lo sería tanto.

(Nota final sobre grandiosidad y realismo. Luis Enrique Alcalá acostumbra decir que en Venezuela llamamos realista a quien es capaz de oponer la lista más completa de obstáculos a cualquier idea audaz. Digamos, por extensión, a quien es capaz de valerse de esos obstáculos para echar por tierra en la práctica toda idea grandiosa. Bolívar, el grandioso. Páez, Santander y Flores los realistas, es decir, los mezquinos. Gran Colombia contra “patriecitas”.

José Antonio Páez

En este tema tiendo a jugar el papel de realista. Tengo presente los obstáculos más que la línea abstracta de razonamiento que, concluyendo en una supuesta necesidad de la Unión Hispánica, añade: “luego hay que hacerlo, sin más cuestión”.

Sólo diré aquí que Bolívar en 1830 estaba errado, no Páez. Y que, si acaso, sólo después que Páez y todos los Páez hayan podido desplegar su razón, serán posibles los sueños de Bolívar. Lo cual no bastará para que, amantes de la grandiosidad, digamos siempre que Bolívar tuvo siempre razón, y Páez nunca).

Diego Bautista Urbaneja

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LA IMPROBABILIDAD DE LAS PROPOSICIONES

Respuesta de Luis Enrique Alcalá a Diego Bautista Urbaneja

La directa alusión de Diego Bautista Urbaneja me permite ejercer el derecho a replicar.

Urbaneja hace el más moderno de los análisis en relación a mi tesis. Su enfoque tiene mucho de metalingüístico, puesto que casi no se refiere al contenido de las preguntas sin hacer un cuestionamiento de las mismas. Pero, en general, por el tono de sus observaciones se podría colegir que Urbaneja casi habría preferido que no le hubieran hecho esas preguntas. Y ya que él tuvo la confianza de incluir algo que es como un juego privado entre nosotros, yo voy a hacer uso de información privilegiada que apoya la tesis de su incomodidad con las preguntas.

En efecto, Diego ha dicho muchas veces que éste es un año de indecisiones, y en un período de indecisión una persona tan escrupulosa como él exige que una tesis sea, en efecto, la tesis más correcta.

Yo le digo que no existe la tesis más correcta, si por esto se entiende una tesis que no sea superable por otra. Cualquier tesis dejará un cierto número de problemas por resolver, problemas para los que no tendrá respuesta porque no se propuso resolverlos o porque los problemas irresueltos ni siquiera eran percibidos al formular la tesis de que se trate. Ya vendrá otra tesis a desplazar la vigente cuando sean demasiados los acertijos que ésta no resuelva.

Pero es que es más que una tesis. En este caso se trata de una causa, lo que exige muchísimo más que una mera tesis explicativa o interpretativa. Yo creo conocer pocas personas que son tan intelectualmente escrupulosas como Diego Urbaneja. Más de una vez he sido testigo de la agonía por un sinónimo en alguno de sus importantes artículos. Pero Diego es también noble y generoso. Así que la corrección de la tesis es para él la justicia de la causa. Así trasluce cuando pregunta ¿correcto para quién?

Diego comienza diciendo que si la tesis se lograra resolvería algunos problemas importantes que padecen los miembros de una tal confederación. Ante esa declaración, la calificación de más correcta le cabría si no fuese posible concebir otra tesis que resolviera los mismos problemas a un menor costo o resolviera más problemas. A menos que se comprobase, aun en ausencia de tesis competidoras, que la tesis propuesta incurriese en costos mayores que los beneficios que obtiene.

Pero discutamos primero lo primero. Veamos, antes de preguntar si hay ofrecidas tesis alternas, cuál es la lista de problemas a los que la tesis de la confederación iberoamericana da respuesta.

Hacia una escala mayor

Primero: el problema económico. El problema de escala de todos los países que entran dentro de la calificación iberoamericana, incluyendo a Brasil y España. En España, por ejemplo, se va a una “reconversión” industrial que tiene la mira puesta en el mercado de los países de la OECD, empezando por los de la Comunidad Económica Europea en la que aspira a entrar a pesar de, como he leído, la insultante condición de impedir el libre tránsito de españoles por los países de la comunidad por un “período de prueba” de varios años. La reconversión podría ser un poco menos drástica si sus industrias se orientaran, casi que como están, a un mercado que aún tiene mucho que construir dentro de necesidades de “segunda ola”.

También en lo económico, seguramente obtendríamos un mejor tratamiento de parte de los acreedores de nuestras deudas por mera agregación a una escala mayor.

Para nosotros, en particular, la posibilidad de contar con un mercado petrolero y de hierro y acero mucho mayor que al que ahora tenemos acceso, el que permitiría por tanto, a mayores escalas de producción, costos operativos menores que permitieran mantener y aun superar los niveles absolutos de beneficio, con precios menores que pudiesen ser pagados por este mercado hasta ahora tenido a menos.

Tiene que tenerse en cuenta, para toda discusión de lo económico, que se estaría trabajando con la ventaja de una nueva moneda única para esa inmensa zona de circulación, como Hans Neumann, entre otros, ha sugerido que sería altamente beneficioso.

Segundo: resuelve un problema de alivio de tensiones interiberoamericanas. Argentina y Chile han tenido que buscar un árbitro hacia una entidad supranacional de la que ambos participan para dirimir el diferendo del Beagle: han tenido que recurrir al campo católico, un campo religioso, porque no han tenido un común campo político en el cual acordarse. Así como Diego Urbaneja suele decir que dentro de una confederación ibérica o hispánica la solución al conflicto centroamericano sería más “dulce”, así también se dulcificaría el término del diferendo colombo-venezolano y los de otros estados iberoamericanos del continente.

Tercero: resuelve un problema de escala para mejorar nuestra posición en discusiones tales como Gibraltar, las Malvinas, Guyana, Centroamérica (entendida en este caso en relación con las intervenciones ruso-norteamericanas, otánico-varsovistas, norteñas en Centroamérica). Cuando Shlaudeman dice que Contadora no es suficiente no está diciendo que si se añade uno o dos artículos técnicos al Proyecto de Tratado o se firma tal o cual protocolo los Estados Unidos suscribirán gustosos, sino que, a lo Stalin refiriéndose al Papa, está insinuando que nada más que cuatro países iberoamericanos no tenemos suficientes divisiones.

Cuarto: resuelve un problema de amortiguación o aplacamiento, por neutralidad, de la peligrosísima situación del terrorífico equilibrio nuclear. Situación que no creo mejore con el aumento que la U.R.S.S. dará a su presupuesto de “defensa”: 12%.

Comienzo de un invierno nuclear

Mucho se ha pensado, en una especie de convicción de invulnerabilidad final muy acusada en nuestro pueblo, que una conflagración nuclear en países del Hemisferio Norte (OTAN-Varsovia), si bien nos afectaría grandemente por el lado económico, al menos nos sería leve en cuanto a lo físico, a los daños por los efectos mismos de las explosiones, entre otras cosas por distancia y por factores naturales tales como el pulmón del Mato Grosso. Pero los modelos más recientes de meteorología nuclear nos muestran cómo nos veríamos directa e impensablemente afectados por un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, que incluiría la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación) y de nubes intensamente radiactivas. (Para un caso base de un intercambio de 5 .000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal actual. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, agosto de 1984).

Quinto: nos ubica en posición más favorable para tener acceso a las tecnologías y modificaciones profundas de una Tercera Ola.

En resumen, resuelve un problema económico crucial (la escala), un incómodo problema de política interna (los diferendos interiberamericanos), un importante problema de soberanía ante, fundamentalmente, los sajones (Gibraltar, etc.), un definitivo problema de seguridad del sistema mundial (moderación) y un problema esencial de significación futura (la nueva modernización).

Desde el punto de vista venezolano, por ejemplo, debemos darnos cuenta de que, después de un intento de emancipación opepístico, la arteria petrolera y la vena de la deuda, la aorta y la cava de nuestro sistema económico, están ahora más controladas por el exterior. Dentro de nuestro actual perímetro, podemos combinar y recombinar política económica tras política económica sin que podamos modificar la verdad de un petróleo en demanda norteña declinante—con lo que se nos agota lo que el IESA ha reconocido como aquello que nos ha permitido el lujo de una aversión al conflicto—o la verdad de un mercado interno no sólo pequeño, sino depauperándose entre las pinzas del desempleo y la inflación.

Estos son, entre otros, problemas que la “tesis” de la confederación ibérica o hispánica resuelve. Por tanto la declaración de tesis correcta debe darse sólo si no hubiese otras tesis que resolvieran el mismo conjunto de problemas. Acá no cabe otra cosa que invitar a la proposición de esas tesis alternas. Me gustaría mucho poder escucharlas, pero hasta ahora no conozco ninguna. Creo que Diego Urbaneja tiene razón en llamar importantes a estos y otros problemas. E importantes significa, justamente, que hay que buscarles solución. No podemos ignorarlos.

Esa es la justificación interna, la justificación de lo correcto para “tal unión misma”. No conozco “daños” sociales que esa confederación pudiera inflingir a los estados miembros que resulten superiores a los beneficios que pudiera reportar a cada uno. En lo de Puerto Rico casándose con los Estados Unidos de Norteamérica, en lo de España entrando en la OTAN o el Mercado Común Europeo, creo que si se vislumbrara la posibilidad de la unión política iberoamericana las cosas se verían diferentes, del mismo modo que un elector promedio en Francia dice que votará por la oposición en las elecciones legislativas de 1985 porque no tiene otra opción. Nuestra inveterada tendencia a disminuirnos y la propaganda de los países herramentistas que nos ha hecho identificar el progreso con una mayor cantidad de herramientas, llevan a que se suponga que el ingreso de España en un club armamentista o en un mercado en el que se le condiciona el título de comerciante y se le niega el de ciudadano es “halar hacia adelante”, mientras puede ser visto como “halar hacia atrás” la reunión de los activos iberoamericanos.

Hay que ser realmente muy poco valorador de uno mismo para pensar, por otra parte, que nuestro desarrollo pudiera ser negativo para otros, pero, si aun así lo fuera, se trataría de elegir entre un desarrollo de los otros que hasta ahora nos ha sojuzgado o un desarrollo nuestro sin intención alguna de dañarles.

Estos debieran ser argumentos suficientes. No creo que necesitamos, siendo las cosas así, una justificación histórica. No se trata de “reconstituir” un imperio ni de justificarnos como museo en una eterna reiteración adoratriz de los panteones. El futuro no es historia todavía, por lo que una justificación por el futuro difícilmente puede justificar históricamente nada.

Pero a mayor abundamiento tenemos esa historia, y esa lengua y esa religión y esa cultura que Diego reconoce como factores de una hermosa intuición.

Pregunto, ¿qué tiene de malo que la idea de la unión iberoamericana sea, como él lo declara, bellísima? La pura racionalidad, actuando sobre contenidos incorrectos, es perfectamente capaz de producir locuras. Por esto no es nada despreciable, aun desde un punto de vista estrictamente funcional y utilitario, la estética política. ¿Qué tiene de malo que sea “intuitivamente muy deseable? Los calificativos no los he puesto yo; es Diego Urbaneja quien ha elegido decir que los problemas que se resolverían son importantes, que la deseabilidad de la unión es mucha y que la estética de la idea es superlativa.

Pero hay un sentido profundo en el que la tesis, o más que la tesis la causa, puede ser declarada como correcta. En política la corrección final la confiere el entusiasmo del pueblo. ¿Por qué no consultar el asunto con él? ¿Por qué no preguntarle a los habitantes del área? Ese sería un experimento corroborador o falsificador. No tengo dudas de que si se expusiera la idea correctamente formulada los habitantes de Iberoamérica responderían positivamente, como negativamente los españoles están respondiendo al referéndum sobre el ingreso definitivo a la OTAN.

Luego viene, por supuesto, el terreno de la corrección por factibilidad. Por eso preguntamos por los obstáculos. Por eso inquirimos por la improbabilidad. Lo que me lleva a discutir el asunto con la intención de referirme a la nota final de Diego Urbaneja sobre “grandiosidad” vs. “realismo”.

Hay un cierto grado de improbabilidad. Toda la que se derive de nuestras tendencias a presumir de cabeza de ratón. Todo lo que tendría que ser el esfuerzo adaptativo de nuestras actuales políticas, formuladas en términos de perímetros locales, para el ensamblaje del conjunto. Todo lo que sean malinterpretaciones de lo que en verdad se está proponiendo.

Los Artículos de Confederación

Por ejemplo, hay un documento de la historia política no muy conocido: los Artículos de la Confederación de los Estados Unidos de América, los que fueron redactados con antelación a la constitución norteamericana. En ellos se estipula (Artículo Segundo), que cada Estado retendrá “su soberanía, libertad e independencia, y cada poder, jurisdicción y derecho, que no sea por esta Confederación delegado a los Estados Unidos reunidos en Congreso”. En lo que se propone, pues, no se va más allá de justamente la misma previsión de los norteamericanos. No se va en contra de facultades actuales que no sean, por ejemplo, el derecho de practicar la guerra contra terceros, cosa que no creo sea muy interesante o práctica para ningún miembro de la confederación que se postula.

No es éste el espacio para delinear lo que serían unos artículos de la Confederación Iberoamericana, pero se trataría en todo caso de cosas tales como la mencionada de la guerra y en general la diplomacia, el establecimiento de una moneda general del ámbito, la fusión de las deudas externas, el libre tránsito y comercio de los nuevos ciudadanos. Cosas, por ejemplo, como una policía federal, más potente, concederemos, que nuestras policías locales ante la vigente realidad de un crimen transnacionalizado.

Que esto sea improbable es una perogrullada. El trabajo del hombre es precisamente la negación de probabilidades, la consecución de cosas improbables. Esto no se dará por arte de magia, de una mano histórico-telúrica. La Confederación Iberoamericana, Dr. Urbaneja, es ciertamente improbable. De eso justamente se trata. Su improbabilidad es la que llama nuestro esfuerzo. Pero ese esfuerzo no puede ser “casi sensato”. Esto estaría muy bien si los otros, si los interlocutores sajón y ruso se comportaran “sensatamente”, si tuviéramos todo el tiempo del mundo. No lo tenemos.

Y, finalmente, de la necesidad de un ritmo “insensato” hay que pasar a comentar lo de la “grandiosidad”. Es interesante constatar lo cargado de la comparación, pues Diego no opone realismo, término positivo que usa para describir su postura, a grandeza, sino al término degenerado de grandiosidad que emplea para describir la mía. Es también muy sesgado oponer lo concreto de los obstáculos a lo que él llama una “línea de razonamiento abstracta” la que, en todo caso, no sería más abstracta que la de él. Comencemos por esto último.

Mi discurso no ha versado sobre una geometría, sobre un sistema gramatical teórico o alguna estructura algebraica. Yo creo que pocas cosas tienen más concreción que los problemas a los que nos hemos referido. Por lo contrario, casi que el peligro es sólido. Eso por lo que toca a la acusación de “abstracto”, añadiendo, tal vez, que tan concreto como un obstáculo es un recurso y tan exigente es una amenaza como una oportunidad.

Por lo que respecta a la denuncia de “grandiosidad” lo que puedo decir es que el tamaño del problema no ha sido determinado por mí. Con todos mis pecados, puedo probar que no soy el mayor “responsable” de la crisis. Ella está allí afuera, delante de nosotros en toda su inmensa dimensión. Y por lo que concierne a lo que parece ser la ineludible referencia a Bolívar y a los que fueron sus opositores, llegaría a decir que Páez tuvo razón y Bolívar también. La diferencia está en que Bolívar tuvo una razón más grande.

La razón de la indecsisión

Este es, en verdad, un período de indecisiones. Pero es en gran medida un período de indecisión porque es un período de indecidibilidad; porque, como ocurre cada vez que un esquema, una tesis, una doctrina prevaleciente, queda rebasada por los problemas, parece trabarse y ser incapaz de ofrecer la posibilidad de decidir. Dentro de un paradigma ya agotado, el problema es que encontramos proposiciones contradictorias para las que carecemos de regla de decisión. Dentro de un paradigma que ya se nos trabó, nos es imposible conciliar la idea de la validez de la emancipación americana con la de una nueva reunión. En cambio, en un punto de vista desde el que pasear la mirada ya no reconoce, entre otras cosas, la realidad ya muerta de un sojuzgamiento por parte de España, es posible seguir declarando la grandeza de la epopeya de Bolívar y la altísima conveniencia de la confederación.

Suelo decir que lo importante rara vez es urgente. En cuanto a la certificación de importancia me basta con la que una persona tan especial como Diego Bautista Urbaneja ha emitido al comienzo de sus respuestas. Lo que quiero proponer es que el momento de la identificación entre importancia y urgencia ya ha llegado. LEA

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