Hallado lobo estepario en el trópico

 

Nadie está enteramente solo. Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, 20 de mayo. (Clic para ampliar)

 

Diógenes estaba metido hasta los rodillas en un riachuelo lavando vegetales. Acercándose hasta donde él estaba, Platón lo interpeló: «Mi buen Diógenes: si supieras cómo hacer la corte a los reyes, no tendrías que lavar vegetales».

«Y—replicó Diógenes—si tú supieras lavar vegetales no tendrías que hacer la corte a los reyes».

Enseñanzas de Diógenes

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¿Qué propone, pues, Sagan a una humanidad bloqueada incómodamente a medio camino entre la mundialización y la autodestrucción? Es poco probable, estima él, que la sabiduría gane la batalla, si permanecemos encerrados en los marcos políticos y mentales concebidos en una época en que los hombres eran menos numerosos e incapaces de destruir el planeta. Sólo la utopía es hoy razonable. La utopía política: hay que retirarle el poder a la clase política, para dárselo… ¡a los sabios! “La ciencia tiene respuestas, a condición de que se nos quiera escuchar”.

Guy Soreman, Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo

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Al leer mi reseña del homenaje a Ramón J. Velásquez en el IESA, en la que lo llamé hombre bondadoso, me escribió desde los EEUU un conocido editor venezolano para felicitarme y decirme: «Tú también eres un hombre bueno, pero de Ramón Jota deberías aprender un poco de flexibilidad».

Tengo fama de inflexible. Un día de 1995 llamó contento a mi casa Adolfo Aristeguieta Gramcko, mi ausente amigo. Acababa de conversar por teléfono con un político local, amigo de ambos, y éste se había referido a mí en términos harto elogiosos. Adolfo me advirtió, sin embargo: «Pero mencionó un inconveniente. Dice que es muy difícil negociar contigo, que eres como una roca inamovible con la que no se puede transar».

Una docena de años después recibí un reporte parecido. Esta vez, un analista internacional residenciado en Venezuela vino a verme para que supiera que últimamente oía hablar de mí con creciente frecuencia. «Por ejemplo—me dijo—, en el velorio de Luis Herrera Campíns. Me acerqué a un grupo de diez o doce asistentes y me di cuenta de que tú eras el tema de conversación. Elogiaban mucho las cosas que has estado escribiendo». Entonces le pedí que me contara también de las críticas, pues estaba seguro de que no todo había sido encomiástico. «En efecto—contestó—, escuché dos críticas. Una: que tú serías una especie de duro Robespierre, que caes implacablemente sobre lo que estimas equivocado. La segunda: que tú no tienes una plataforma».

Robespierre, mi anterior encarnación

El propio Dr. Velásquez me había dicho con delicadeza en la penúltima de mis visitas a su casa: «Lo que Ud. piensa y dice es formidable, luminoso pero, si me permite que lo diga, su problema es que no tiene un grupo». Algunas de las explicaciones que de este fenómeno le ofrecí resurgirán en este texto; asimismo, he decidido defenderme de la acusación de inflexibilidad e implacabilidad. Esto último emergió de nuevo el día del homenaje al patriarca de los historiadores venezolanos; sentado yo al lado de un médico ilustre, con quien hace poco había quedado en desayunar para cotejar impresiones acerca de nuestro proceso político, me dijo que había pospuesto el desayuno sine die porque, al decir de un primo de mi esposa, yo peleaba con todo el mundo y él no quería pelear conmigo. Lo tranquilicé señalándole que, como él no era precandidato ni jefe de un partido, no tenía que preocuparse por esa posibilidad.

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Al editor que me recomendaba la flexibilidad que adornaría a Velásquez he podido responderle que en la misma reseña que tanto le había gustado cité la opinión de Pedro Grases, quien caracterizó al ex Presidente de la República como «intransigente con el error y la picardía”. No lo hice; en cambio, aduje una estipulación del Código de Ética Política que compuse y juré públicamente cumplir el 24 de septiembre de 1995: «Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros».

No es deontología inflexible; el mismo código me obliga también así: «Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia». E igualmente: «No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías». Soy tan escrupuloso en el cumplimiento de estas dos obligaciones como con la primera, la que me autoriza a «pelear con todo el mundo», a ser «una roca inamovible con la que no se puede transar» y a comportarme «como Robespierre».

El problema, pues, es que tengo como obligación profesional ineludible contradecir lo que entiendo como aseveraciones o posturas equivocadas o falsas en política, muy especialmente si consisten en apreciaciones socialmente dañinas. La política es un asunto público, y no me meto con los asuntos privados de la gente, ante los que guardo las mayores discreción y prudencia. Ni siquiera me intereso mucho por la chismografía política, pues pienso que la descalificación de un político tendría que provenir, más que de su maldad, de la insuficiencia de su positividad.

Pero se supone que la democracia vive del debate crítico; por esto no deja de sorprenderme cuando se me reconviene porque asuma, justamente, una vigilancia crítica de los discursos políticos que llegan a los electores de mi patria. El 28 de abril vino a este blog un comentario que esto incluía: «Creo que debemos concentrarnos más en lo que hemos hecho, en especial del 58 al 80, (no criticar siempre todo) y lo positivo que estamos haciendo hoy en muchas gobernaciones y municipios». Como puedo tutear al autor en razón de una vieja amistad, así respondí:

Pienso que estás grandemente equivocado. Si lo que sugieres es que no se discuta el espejismo del “proyecto país” porque a quienes se oponen a Chávez no debe tocárseles ni con el pétalo de una rosa, estás recomendando que no se corrija un grave error estratégico, del que se desprende una equivocación operativa (o pragmática, si lo prefieres). Si, por otra parte, crees que puede culpárseme de “criticar siempre todo”, no has leído responsablemente mis aportes, que en muchos casos incluyen recomendaciones y consejos y en ninguno “critican todo”.

Prácticamente todos los que viven neuróticamente de la ritual y diaria oposición a Chávez se dicen demócratas, y democracia es diversidad de opiniones, confrontación de criterios, tolerancia a la crítica. Lo que recomiendas es la negación de la democracia, y quienes actúen en política y no son capaces de recibir la crítica de sus ejecutorias u opiniones contrarias a las suyas debieran dedicarse a otra cosa. (En Mitología proyectiva).

Y ése es en verdad el asunto: si critico fuertemente la política de Chávez—como he hecho muy incesante y sistemáticamente desde que supiéramos de él en 1992—, entonces mis conocidos me aplauden. Si, por otro lado, se me ocurre señalar un error en sus opositores, entonces se me censura porque no debo rozarles ni con el pétalo proverbial. No es, por tanto, el ejercicio de la crítica per se lo que me es reconvenido, sino sólo cuando lo dirijo a quienes se oponen al actual gobierno entre los cuales, por cierto, hay mucho bicho raro y dañino al país. Sólo debo, es la cosa, encontrar error en Chávez y sus seguidores; aunque un opositor suyo diga una barbaridad, tendría que morir callado, pues de otra forma pondría en peligro «la unidad«.

La presunta inconveniencia de cumplir mi código de ética con rigurosidad alcanza, incluso, a quienes han sido chavistas pero ya no lo son. Aparentemente, no conviene que haga algún comentario crítico a Luis Miquilena, porque él ya se dejó de eso de gobernar con Chávez, o a su compinche, el difunto Alejandro Armas, cuando pretendía candidatearse a la Presidencia de la República en 2004, pues se suponía que el referendo revocatorio de ese año dejaría a Chávez cesante. (Ver De Armas tomar… su contrición para un juicio sobre esa pretensión, muy bien recibida en centros opositores de alcurnia y Country Club). Un amigo editor de periódicos llamó un día a mi celular—el 24 de mayo de 2007—para reclamarme que hubiera desmontado la novísima postura de Margarita López Maya, historiadora que se complacía en ridiculizar a quienes nos opusiéramos a Chávez y entonces había descubierto que éste es dañino. (Tomar partido). El mismo editor me invitó el año pasado a su casa—para almorzar un sabroso asado, un arroz fuera de lo común (que repetí) y una ensalada deliciosa—con un único propósito: pedirme que, como lo que yo escribo de política «es muy influyente»—su opinión—, no criticara a la creciente disidencia del chavismo y le abriera los brazos, pues a su criterio ahí podía estar la clave de una derrota de Chávez.

Políticos flexibles con Luis Miquilena

Estaba clarísimo que se refería específicamente a Henri Falcón y al PPT, tienda bajo la que corrió a refugiarse al distanciarse del gobierno. (Ya yo había escrito, el 21 de marzo de 2010, Qué cresta la de Falcón). Era comprensible que su propio izquierdismo lo inclinara naturalmente a simpatizar con Falcón, pero no le hice caso; terco como una mula, inflexible, implacable, incapaz de transacción, desaté no uno sino varios artículos para desmontar el discurso insuficiente y engañoso de Falcón, que insiste en llamarse socialista, sólo que «ético y productivo» (?): Ford Falcón modelo PPT, Exégesis falconiana (I), Exégesis falconiana (II), Exégesis falconiana (y III).

¿A qué venía tal saña contra Falcón? Bueno, los tres artículos exegéticos fueron producidos en lugar de una sola pieza—el análisis de unas declaraciones suyas en las que se presentaba como el líder de los no alineados políticamente—que hubiera resultado demasiado larga. Pero el grupo de cinco artículos críticos buscaba destapar la artificiosa, aunque astuta, pretensión falconiana: sabedor de que la mayoría de nuestros conciudadanos no está alineada ni con el gobierno ni con la oposición, ambicionaba ser tenido por el líder indicado para tan enorme contingente, aunque hubiera estado con Chávez por más de una década. Esto era un remedio postizo, una falsificación—desconfía de las imitaciones—, y había que acabar con el engaño en cuanto nacía. Es verdad que «habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento», pero una cosa es abrazar a Falcón y congratularlo por su reciente lucidez y otra muy distinta admitir que quiera conducirnos.

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En ocasiones, la crítica a mi manière politique viene en envoltorio aparentemente elogioso. En unas imprudentes Memorias prematuras (1986) refiero la forma en que fui presentado por una muy distinguida y poderosa matrona caraqueña, quien «al solicitar que me escucharan, me caracterizó como una persona que acostumbraba ver los procesos sociales ‘desde un helicóptero’ el que a veces volaba demasiado alto». En el mismo libro dejo constancia de que un prestigioso jurista me acusaba de que yo «veía muy lejos», aunque cuatro meses antes le había escuchado una exposición en la que condenaba el «cortoplacismo». (Que yo veía muy lejos «encerraba tanto una alabanza como una objeción: yo vería tan lejos como Julio Verne, es decir, veía un futuro que todavía no era posible a partir de las condiciones del presente»).

Bueno, tal vez lleve la maldición del profeta. («Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón», solía decir el padre de un amigo).

El 3 de agosto de 1991, The Jerusalem Post publicaba una entrevista a mi amigo y mentor Yehezkel Dror. Entonces hacía veinte años de la publicación de su visionario libro: Crazy States: A counter-conventional strategic problem. (Dror, en aquel momento analista senior del más grande think-tank del planeta, la Corporación Rand, tipificó y anticipó la emergencia de jefes de Estado como Gaddafi, Idi Amín Dadá y Hugo Chávez). La entrevistadora, Daniella Ashkenazy, recordó un juicio crítico del libro en el prestigioso American Political Science Review: «Brillante pensamiento… pero ¿cómo puede ser tan fantasioso y estar tan distanciado de la realidad?» Cuando el tiempo le dio la razón, Yehezkel admitió: «Tengo sentimientos encontrados por haber tenido razón: a la vez satisfacción y pesar; satisfacción intelectual y pesar como ser humano».

Yehezkel, con su camisa del PSUV

Trece días antes de la publicación de esa entrevista aparecía en El Diario de Caracas (21 de julio de 1991) un artículo mío—Salida de estadista—en el que proponía la renuncia de Carlos Andrés Pérez para «evitar (…) el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional». Y en septiembre de 1987 había completado Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, estudio en el que una de las sorpresas que discutí fue, precisamente, la de un golpe de Estado y donde puse: «En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable». (La asonada de Chávez, Arias Cárdenas et al., se supo luego, estuvo prevista para fines del año de 1991).

Resueno, pues, con la tristeza de Yehezkel Dror; no hay diversión en ver cómo se desenvuelve un resultado negativo del que uno advirtiera. Pero procuro seguir al pie de la letra la recomendación contenida en el poema de una poetisa imaginaria—Karen Sloan, en la novela Overload, de Arthur Hailey—que aconseja a su amante, el ejecutivo de una empresa de electricidad que advierte con bastante tiempo de una masiva interrupción del suministro:

El dedo móvil a veces retrocede/No para escribir de nuevo sino para releer:/Y lo que una vez fue desechado, objeto de ridículo,/Puede, en la plenitud de una luna o dos,/O incluso años,/Ser aclamado como sabiduría/Dicha francamente tan temprano,/Necesitada de valor/Para enfrentar la maledicencia de otros menos perceptivos,/Aun abrumada de diatriba.

¡Querido Nimrod!/Recuerda: Un profeta es rara vez elogiado/Antes del ocaso/Del día cuando por primera vez proclama/Verdades desagradables./Pero cuando tus verdades/Se hagan obvias con el tiempo,/Y su autor sea reivindicado,/Sé, en ese momento de cosecha, clemente, misericordioso,/Amplio de mente, con gran propósito,/Y que la contrariedad de la vida te haga sonreír.

Porque no son a todos, sólo a los pocos,/Los dones présbitas: larga visión, claridad, sagacidad,/Por suerte, con la lotería del nacimiento,/Conferidos por la atareada naturaleza.

(«El dedo móvil» es alusión a un giro del gran poeta islámico Omar Jayyam en el Ruba`iyyat: «El Dedo Móvil escribe y, habiendo escrito,/Se sigue moviendo…»)

Es seguramente la definición del «verdadero arte del Estado», que Alexis de Tocqueville propusiera en L’Ancien Régime et la Révolution, la cita más repetida en los materiales de este espacio: «…una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro…» Por esta latitud, Ibsen Martínez recomendó el 2 de junio de 2007: “Los lectores, pienso seriamente, deberían llevar anotaciones, como se hace en el parque de béisbol, y tomar en cuenta el average de aciertos que muestren sus analistas favoritos”. Que comparen, pues, los críticos mis estadísticas de bateo predictivo con el poder profético de Henrique Capriles Radonski, Eduardo Fernández, Antonio Ledezma o Pablo Pérez (en estricto orden alfabético de apellidos). O, por ejemplo, con el de Diego Bautista Urbaneja, que en infructuoso intento de refutación de Salida de estadista escribió: “No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…” (24 de julio de 1991).

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Hay otras veces cuando las reconvenciones se limitan a exigirme urbanidad. «Esas cosas no se dicen», me reprendió un amigo a mediados de 1986 al comentar mis Memorias prematuras. Ese día estuve afortunadamente inspirado, pues le hice notar que Manuel Antonio Carreño, padre de nuestra gloriosa Teresa, había indicado claramente, en su Manual de urbanidad y buenas costumbres, que las gentes no debían penetrar con sus caballerías al interior de las casas, y declarado que algo así era «del todo incivil y grosero». Pero Carreño estableció una excepción: en caso de emergencia, no estaba mal visto que los médicos entraran con su corcel hasta el comedor de una morada. Le dije entonces: «Yo soy médico, y estamos en emergencia». Dos años antes había definido por primera vez a la Política como arte de carácter médico y él lo sabía pero, claro, la percepción de la crisis política nacional que ya podía discernirse no era común. (En 1983, un distinguido ejecutivo me preguntó sobre qué escribiría en una publicación que planeaba iniciar. «De los procesos de la crisis», contesté. Pensó unos segundos para responder: «Y, cuando se acabe la crisis, ¿de qué vas a escribir». A casi treinta años de ese diálogo, la crisis continúa; todavía parece que tengo de qué escribir).

O se me acusa del desconocimiento de elementales reglas del oficio político. En cierta ocasión, cuando trabajaba en un organismo público promotor de ciencia, causé una reunión con el secretario general del partido de gobierno para hacerle notar que el ministro del sector ejercía una política nepótica, dañina de la actividad y de la imagen gubernamental. Escuchó con atención, pero se ocupó del asunto diciendo a mis espaldas, como lo hace siempre: «Luis Enrique quiere pelear con su ministro, y uno no pelea con los ministros». Esa persona misma recomienda no pelear tanto con Hugo Chávez, quien a fin de cuentas es el más poderoso de nuestros actores políticos y hacerlo, más bien, con subalternos suyos, tal como él hacía cuando estaba en la escuela primaria: a la hora de una pelea entre salones, él escogía siempre fajarse con los más pequeños del otro curso. Y esta persona misma es político flexible, y por esto es recibido siempre bien en los mejores círculos; no causa roncha. Despuntando el año de 1994, me admitió que Aristóbulo Istúriz tuvo razón en decirle: «Tú eres el único político venezolano que es al mismo tiempo de los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes». Por eso me censura cuando no estoy.

Y es que son pocos los que tienen la valentía y la decencia de hacerme observaciones críticas directamente (el Dr. Velásquez es uno de ellos). Nadie, por otra parte, ha refutado mis tesis en veintiocho años de labor. Las objeciones que les oponen no son de fondo, son oblicuas o indirectas. Cuando propuse tempranamente a un prestigioso político opositor la iniciativa de un referendo de iniciativa popular sobre la conveniencia del socialismo en Venezuela—cosa que Hugo Chávez no se ha atrevido a consultar, opinó que sería imposible porque tendría que contar con la cooperación, que nunca me darían, de los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática. La cuestión de si mi recomendación tenía sentido político pasó debajo de la mesa.

La conversación tuvo lugar hace un año, casi exactamente, pero él había leído cuando propuse por primera vez la idea el 23 de julio de 2009, y entonces no se dio por aludido. Poco después, conversamos en mi casa y reestrené mis viejos argumentos—de 1985—sobre la necesidad de una organización política de código genético distinto al de un partido convencional. Entonces argumentó que no era «el momento», y añadió: «Cuando se ponga la torta previsible que se pondrá en las elecciones de Asamblea Nacional, sólo quedará 2012 por delante, y entonces te escucharán». Hace un mes que busqué hablar con quien funge como su mano derecha, y retomé el tema del referendo sobre el socialismo. El asistente buscó, primero, sugerir que tal cosa no se necesitaba, al proponer que los recientes desarrollos en Cuba, que se aleja a duras penas de la total estatización de la economía, equivalían a la puntilla definitiva para los socialistas que quedan en el mundo. Pero después asumió otra línea oblicua para razonar en desacuerdo conmigo; me dijo con el mayor desparpajo: «Cuando propusiste la iniciativa por primera vez, era más viable». (!) Mi madre solía recordar la película La luz que agoniza, para resaltar que uno puede volverse loco cuando recibe repetidamente señales contradictorias. Sobre las mismas cosas, recibí de dos personas que colaboran estrechamente opiniones diametralmente dispares, y a veces de una sola y misma.

También recibo mentiras descaradas para rebatirme. Sobre este asunto del referendo, tres personas quisieron convencerme de que una respetada firma encuestadora había medido una mayoría nacional a favor del socialismo—«Para que ceses en tu cruzada»—, cuando la verdad es todo lo contrario. O, para socavar mi prédica a favor de procedimientos democráticos y en contra de actividades subversivas, se me aseguró desfachatadamente que un importante político, al que admiro, había apreciado y saludado calurosamente un estudio estadístico que le habrían presentado y que demostraría un fraude electoral del gobierno en el referendo revocatorio del año 2004. Es decir, fui tratado irrespetuosamente como un niño, como político ingenuo que se chupa el dedo. Quien eso me asegurara y sí se chupa el dedo no contaba con que yo verificaría: hablé con el implicado y éste me aseguró que jamás se había producido la reunión en la que el estudio le hubiera sido dado a conocer.

No todo es malo, naturalmente. En junio de 1986 fui de visita a la casa de una pareja de amables amigos—acabo de reencontrarme con el esposo en Facebook—en compañía de un amigo común. Éste preguntó al anfitrión—ya para entonces se habían formado en mis tripas las primeras ganas de presidir la República—: «¿Qué piensas tú de lo que anda buscando Luis Enrique?» En segundos vino la contestación: «Luis Enrique está soñando solo… pero sueña bonito».

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La soledad es, parece, la condición de quienes quieren invitar a sus prójimos a una reunión con el futuro o, simplemente, con la verdad. Pero esto es mal negocio para la sociedad. La Enciclopedia Británica publicó en 1963 la colección Gateway to the Great Books, en cuyo Tomo 4 reproduce el drama Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen. (El médico de un pueblo noruego intenta alertar a su comunidad acerca de un terrible problema sanitario que se cierne sobre ella. En el proceso, es abandonado por todos, que no quieren admitir la mala noticia, por su familia, incluso). Acerca de la obra dice: «Un hombre solo de pie, con la justicia de su lado contra el tirano, es una figura dramática familiar y poderosa. Pero también existe en la vida real. A menudo sufre la derrota personal, incluso la muerte. Pero su acción heroica no perece con él. Ella perdura, y hace a la vida más justa y habitable para el resto de nosotros. El idealismo, pues, en lugar de ser tonto e impráctico, puede resultar al final el único camino práctico».

Antes podía comprar Scientific American, mi publicación favorita. Alcancé a tener un número, ahora perdido en manos de un amigo que no lo devuelve, con una entrevista a Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física—por su desarrollo del Modelo Estándar de partículas. En ella se hurga en las dificultades vitales de este simpático científico, y Gell-Mann cuenta que una de las peores se deriva de que sus colegas y semejantes no saben catalogarlo. «Yo no soy apolíneo—explica—y tampoco dionisíaco. Soy una ingrata mezcla de ambas cosas; soy odiseico». Entonces remata con melancolía: «It’s a lonely place to be».

A mí me pasa que no puedo callar ante el error político; me tomo muy en serio la responsabilidad profesional con la que ese arte debe ser practicado. No puedo romper la solidez de mi compromiso con la verdad. Soy médico político; no puedo decirle al paciente nacional, que sufre del mal oncológico del chavismo, que tiene catarro, ni diagnosticar la insuficiencia política de sus opositores burocratizados como mera y pasajera indigestión. Al mismo tiempo, comprendo los problemas que suscito entre quienes entienden el oficio de otro modo: una lucha por el poder con la coartada de una ideología. No respondo a ideología ninguna, pues creo que todas son formas obsoletas, pre-científicas de hacer una medicina política que debe ser clínica. Otro de mis amigos me habló una vez de una escuchada incertidumbre entre quienes no logran ubicarme en sus esquemas dicotómicos de derecha-izquierda, en su película en blanco y negro: «¿Cuál es la línea de Luis Enrique?» (Comentada en la Carta Semanal #226 de Dr. Político, del 22 de febrero de 2007).

Ofrezco, por ende, sólo dos cosas: una política seria y responsable, al servicio del paciente nacional, y una ausencia de reconcomio. Salvo la envidia y la avaricia, me confieso practicante de los restantes cinco pecados capitales, pero no guardo rencores. El resentimiento es en mí una emoción efímera, cuestión de horas; sé que la llegada de un nuevo paradigma es asunto muy difícil, y por eso tengo paciencia con mis detractores. Y no reivindico que tenga mérito alguno en mi manera de ser, como tampoco admito la culpa.  Fueron mis padres quienes me hicieron, y a mi cabeza y mi corazón, con su amor de recién casados. Ellos quienes escogieron mi querido colegio de la infancia y primera juventud, donde tuve la suerte de excepcionales profesores que forjaron mi modo de pensar y mi postura ante la vida. Lo que haya podido lograr no se explica sino a partir de esa suerte y la de haber seguido trayectorias que a otros estuvieron vedadas. Temo que, en el Juicio Final, Eduardo Fernández irá a sentarse entre querubines, y yo seré enviado a la Quinta Paila del Infierno.

De resto, estoy dispuesto a pagar el precio de mi juramento de 1995, aun cuando ése sea la peor maldición para un político: la soledad. Porque es que Armanda dijo a Harry Haller—Der Steppenwolf—, según la invención de Hermann Hesse: «Pero también pertenece del mismo modo a la eternidad la imagen de cualquier acción noble, la fuerza de todo sentimiento puro, aun cuando nadie sepa nada de ello, ni lo vea, ni lo escriba, ni lo conserve para la posteridad». LEA

Edición original de El lobo estepario, 1927

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Idea para la enésima campaña de Chávez

Nada ahorra más que estos bombillos LED

Puedo darme cuenta de que no es mala la campaña gubernamental de sustitución de bombillos incandescentes por lámparas fluorescentes, y de que exactamente en eso se encuentra hoy muy empeñado el gobierno australiano. (Tim Johnston reportaba anteayer desde Sidney, para el International Herald Tribune, que Australia quiere que la iluminación incandescente haya desaparecido en su territorio para dentro de tres años, como parte de su empeño por reducir la emisión de gases de invernadero).

Mein Kampf, 22 de febrero de 2007

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El gobierno nacional persiste en su prolongado fracaso eléctrico. El racionamiento del suministro en el interior del país es asunto cotidiano; en Caracas no se reconoce oficialmente que se practique, pero los cortes de electricidad son harto frecuentes. Servicios tan vitales como el del Metro de Caracas conocen la sequía de megavatios en época de lluvia, y estratégicas instalaciones como el Complejo Refinador Paraguaná ven interrumpida su crucial operación por causa de masivos apagones que aquejan, en su caso, al estado Falcón.

No es esta situación algo que convenga a las aspiraciones electorales de Hugo Chávez Frías. Preocupado por la posible cesantía de tan preclaro presidente, quiero recomendarle una acción de campaña que puede ganarle un montón de los votos que ya tiene perdidos: de un solo tiro mataría el pájaro del incesante racionamiento eléctrico y el del creciente costo de la vida. Más aún: la iniciativa que llevo a su consideración tiene la virtud de la consistencia, pues ya en 2006 el gobierno regalaba ahorradores bombillos fluorescentes. (Aunque hace tiempo que se dejó de eso).

Expongo la idea: repartir entre la población, a la que antes se le dio gratis bombillos fluorescentes, novísimos bombillos de tecnología LED (Light Emitting Diode). Fabricados hasta ahora sólo por Osram Sylvania (Danvers, Massachusetts) y Switch Lighting (San José, California), emiten luz de luminosidad equivalente a la de un bombillo convencional de 100 vatios mientras consumen sólo 14 vatios. Es decir, ¡ahorran 86% de energía! Esto es diez veces el ahorro de un bombillo fluorescente, al que superan con una vida veinticinco veces mayor. (Su vida útil promedio es de 100.000 horas; o sea, 11 años de duración). Por si estas ventajas fueran pocas, los bombillos LED producen menos calor que un bombillo fluorescente y, a diferencia de éstos, no contienen trazas de substancias tóxicas, lo que los hace ecológicamente muy amigables.

Para un sistema eléctrico amenazado por una combinación de desidia e incompetencia exclusiva del oficialismo, el descomunal ahorro que estos bombillos pueden generar es la mejor de las noticias posibles. Para una población cuyo nivel de vida se ve amenazado por la inflación, una rebaja tan considerable de su factura eléctrica es una bendición inesperada.

Claro, la mala noticia es su costo actual: US$ 50 por unidad. Al entrar otros fabricantes en juego, por otro lado, su precio tenderá a bajar, por aquello de la competencia capitalista. (Philips se ha sumado recientemente con un bombillo que equivale a una incandescencia de 75 vatios).

No es el aspecto económico, sin embargo, lo que tendría que disuadir al gobierno presidido por un precandidato en problemas, pero de gorda chequera. Al precio de introducción mencionado, la suma de US$ 300 millones que prometió destinar al apoyo de las FARC, y que nunca erogó, bastaría para adquirir 6.000.000 de bombillos. Tan sólo en la segunda mitad de 2008, CITGO Petroleum, a nombre del internacionalmente manirroto gobierno dizque socialista, regaló 460.000 bombillos fluorescentes a gente pobre en once ciudades estadounidenses. No era año electoral en Venezuela, aunque sí en los EEUU.

Vendo al costo, pues, esta poderosa iniciativa a Hugo Chávez, quien últimamente ruega en gigantografías urbanas que lo dejemos trabajar. Allí tiene trabajo bastante por realizar y, quien quita, a lo mejor me contacta para encargarme de la importación de los bombillos. LEA

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Venezuela, Ecuador y el archivo secreto de ‘Raúl Reyes’

La computadora indiscreta de Raúl Reyes

Lo que sigue es la versión en castellano del extenso Comunicado de Prensa emitido hoy en Londres por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos. Nigel Inkster,
Director para Amenazas Transnacionales y Riesgo Político del instituto, anuncia de este modo la publicación del dossier cuyo resumen ejecutivo compone el comunicado. LEA

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Es poco común que los documentos de un grupo insurgente salgan a la luz pública mientras esta insurgencia aún permanece activa. Sin embargo, esto es exactamente lo que ocurrió en Colombia, suministrando así la información primaria para el Dossier Estratégico más reciente del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), Los Documentos de las FARC: Venezuela, Ecuador y el Archivo Secreto de ‘Raúl Reyes’.

En concreto, este dossier es el producto de más de dos años de estudio del material incautado por las fuerzas militares de Colombia después de un asalto a un campamento guerrillero justo dentro de Ecuador en la frontera con Colombia, el 1 de marzo de 2008. El campamento estaba ocupado por miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP), el grupo insurgente más grande de varios que han desafiado la autoridad del Estado colombiano desde los años sesenta. El asalto tuvo como desenlace la muerte de Luis Edgar Devía Silva, mejor conocido por su nombre de guerra, Raúl Reyes. Reyes era uno de los siete miembros dirigentes de las FARC, el Secretariado. Desde mediados de los años noventa también había liderado la red internacional de representantes y simpatizantes de las FARC, conocida como la Comisión Internacional, o COMINTER. Desde el año 2000, Reyes había mantenido un archivo descifrado de sus comunicaciones por correo electrónico, la mayoría de las cuales habían sido originalmente enviadas o recibidas utilizando codificación PGP por enlace de radio. Reyes procedió de este modo ignorando los procedimientos permanentes de seguridad operacional de las FARC, los cuales, sin embargo, reiteraba frecuentemente a sus propios compañeros y colaboradores. Su archivo también contenía lo correspondiente a 30 años de documentos estratégicos, incluyendo registros de conferencias periódicas y otras reuniones que constituyen hitos claves en la evolución de las FARC.

Habiendo incautado el archivo, que consistía en ocho dispositivos de almacenamiento de datos guardados en un maletín metálico, las autoridades colombianas entregaron el material a INTERPOL, que condujo una investigación forense para validar su integridad. Los datos también fueron revisados para obtener inteligencia accionable. El gobierno colombiano luego decidió entregar el archivo al IISS para realizar un análisis más detallado y sistemático. Esto resultó ser un gran desafío, y tomó mucho más tiempo que lo originalmente anticipado. En efecto, si al inicio hubiésemos entendido la enormidad de la tarea, posiblemente hubiésemos pensado dos veces antes de emprenderla. Varios miles de mensajes constituyendo millones de palabras tuvieron que leerse, comprenderse y organizarse en un formato secuencial y accesible. (El CD-ROM que viene con este dossier presenta sólo una parte del archivo, la cual, aún así asciende a 1,6 millones de palabras). El material luego tuvo que ser verificado comparándolo con otra información relevante y en el dominio público, antes de iniciar la redacción del dossier. Desde el principio, el gobierno colombiano se comprometió a que no intentaría influenciar el proceso de nuestra investigación, ni tampoco nuestras conclusiones analíticas. Como consecuencia, las opiniones expresadas en el dossier son únicamente del IISS.

 

Perspectivas estratégicas

El archivo de Reyes ofrece una perspectiva sin precedentes en relación con los orígenes, evolución y funcionamiento cotidiano de uno de los grupos insurgentes más grandes e influyentes del mundo, casi hasta la fecha. Aunque las políticas y el comportamiento del gobierno colombiano respecto a la insurgencia de las FARC se han reportado y analizado en detalle, la evidencia sobre las FARC en sí mismas, siendo ésta una organización encubierta, hasta ahora ha sido mucho más difícil de hallar. El archivo llena así un vacío significativo en nuestra comprensión de la historia reciente de la región andina mientras amplía sustancialmente nuestro conocimiento sobre la dinámica política y cultural de movimientos insurgentes en otras partes del mundo. Muestra cómo las FARC, quienes en sus albores sólo disponían de un repertorio táctico limitado y un ámbito estratégico restringido a las áreas rurales remotas de Colombia central, desarrollaron un programa ambicioso para llegar al poder. Su plan sería propagar la guerra de guerrillas a todas las zonas rurales; manipular tensiones políticas y sociales en las ciudades; explotar el interés de conseguir la paz por parte de otros participantes en el conflicto, aunque permaneciendo firmes en su compromiso de lograr la victoria militar; y obtener apoyo político y material más allá de las fronteras de Colombia. El impacto militar de las FARC llegó a su cumbre en 1998, cuando ya se hablaba de Colombia como de un Estado fallido. Una vez que Bogotá comenzó a recapturar la iniciativa militar, las FARC buscaron compensar esta dinámica enfocándose en la dimensión internacional y política de su campaña, una esfera en la que el gobierno colombiano había encontrado dificultades para imponer su propia narrativa.

Durante todo el período analizado en el dossier los objetivos principales de la estrategia internacional de las FARC fueron constantes. Éstos fueron los siguientes:

Asegurar apoyo financiero y militar. En términos generales, las FARC no tuvieron éxito en este respecto. Hacia finales de la Guerra Fría, el grupo intentó interesar de manera persistente a regímenes de ideología supuestamente compatible, tales como China, la Unión Soviética y Corea del Norte, para que le ofrecieran financiación. Sin embargo, estos esfuerzos fracasaron y fueron finalmente abandonados. Las FARC han buscado vigorosamente un amplio rango de opciones alternativas con el fin principal de adquirir sistemas de defensa antiaérea portátil (MANPADS) para retar la supremacía aérea del Estado colombiano, aunque no existe evidencia en el archivo, o con posterioridad, que indique éxito como resultado de estos esfuerzos.

Asegurar apoyo y legitimación internacional y política. En este sentido las FARC fueron más efectivas. Hacia finales de los noventa, la COMINTER llevaba a cabo actividades políticas en 27 países europeos y latinoamericanos, y había empezado a ser percibida de manera positiva en varios círculos políticos y entre formadores de opinión receptivos a la narrativa de las FARC, que planteaba una lucha de desposeídos contra una oligarquía represiva e impune. Aún cuando apoyo a las FARC no se materializó, el grupo fue capaz de avanzar hacia su objetivo, igualmente importante, de generar oposición al gobierno colombiano. Después de la proscripción de las FARC como organización terrorista en el período subsiguiente al 11-S, varias de sus delegaciones, que habían adquirido un carácter cuasi-diplomático, fueron cerradas. Sin embargo, éstas fueron remplazadas por organizaciones indígenas de fachada que resultaron muy efectivas en abogar en nombre de las FARC.

Socavar los esfuerzos del gobierno colombiano para desarrollar cooperación internacional transfronteriza y en materia de seguridad. Las FARC trabajaron exhaustivamente para explotar las tensiones entre Colombia y sus vecinos inmediatos, así como para convencer a éstos de que adoptaran, como mínimo, una posición de neutralidad en el conflicto aunque no promovieran activamente el objetivo de las FARC de obtener su reconocimiento como beligerante. Estos esfuerzos no siempre condujeron a resultados eficaces y a veces resultaron ser contraproducentes, pero con el tiempo, las relaciones entre Colombia y sus vecinos andinos sufrieron un deterioro progresivo, por el cual las FARC pueden reclamar algo de mérito.

Establecer y mantener refugios seguros en Estados vecinos. Éstos cumplieron las funciones militares clásicas de suministrar albergue, descanso y recreación, entrenamiento, reabastecimiento y redespliegue. La importancia de estos refugios aumentó aún más cuando las fuerzas armadas colombianas mejoraron su capacidad móvil a través del uso del poder aéreo, dificultando así el mantenimiento por parte de las FARC de posiciones fijas dentro de Colombia. El archivo también muestra cómo las FARC se aprovecharon de estos enclaves para reunirse con varios elementos fuera del alcance del Estado colombiano. Éstos incluyeron simpatizantes políticos, narcotraficantes, miembros de grupos armados extranjeros (tales como ETA), quienes recibieron entrenamiento de las FARC, y traficantes de armas, uno de estos últimos asegurando representar el Estado chino.

 

Las FARC y Venezuela

Desde el principio, las FARC habían tratado de desarrollar relaciones con sucesivas administraciones venezolanas y habían efectuado intercambios pragmáticos con las fuerzas de seguridad de Venezuela, quienes careciendo de la capacidad de expulsar por la fuerza a grupos violentos y potencialmente disruptivos, no pudieron hacer más que acomodarse a la llegada de éstos. Sin embargo, las actividades de las FARC cambiaron de trayectoria después de la toma de posesión de la presidencia del Teniente Coronel Hugo Chávez en 1999. El atractivo genuino que tuvieron las FARC para Chávez fue inicialmente atenuado por: la ausencia de un vínculo ideológico sólido entre ellos (los líderes marxistas ortodoxos de las FARC se encontraban permanentemente frustrados por lo que percibían como una falta de definición ideológica clara por parte de Chávez); la necesidad de Venezuela de mantener buenas relaciones económicas y comerciales con Colombia; y los riesgos políticos que implicaba tener contacto con las FARC para un régimen cuyo control sobre el poder fue, en un principio, precario. No obstante, mientras Chávez públicamente propugnaba la neutralidad y se ofrecía como mediador honesto en negociaciones de paz con el gobierno colombiano, también permitía que las FARC utilizaran el territorio venezolano para su refugio, operaciones transfronterizas y actividad política, y efectivamente asignó al grupo un papel en la sociedad civil venezolana. El gobierno venezolano financió la oficina de las FARC en Caracas, y por medio del servicio de inteligencia DISIP, proveyó documentación y otras formas de ayuda a los agentes de las FARC. Las FARC pudieron además establecer su propia organización fachada, la Coordinadora Continental Bolivariana (CCB). Asimismo, en una reunión con Reyes poco tiempo después de su posesión como presidente, Chávez ofreció ayuda material de forma calculada para cambiar el balance militar en Colombia, aunque para gran frustración de los líderes de las FARC, dicha ayuda nunca se cristalizó.

Después del intento de golpe de Estado de 2002 que brevemente destituyó a Chávez del poder, las FARC estuvieron en posición de aprovechar la atmósfera de temor y paranoia que imperaba en Venezuela, para dotar de entrenamiento en guerra de guerrillas y urbana a varios grupos armados que se habían configurado para defender la Revolución Bolivariana de un segundo golpe, o incluso, de una invasión por parte de los EE UU. Las FARC también respondieron a solicitudes de la DISIP para que proporcionaran entrenamiento en terrorismo urbano, incluyendo asesinatos a blancos específicos, y uso de explosivos. Aún más, el archivo ofrece sugerencias tentadoras, pero finalmente sin evidencia concreta, de que las FARC, operando para y de parte del Estado venezolano, podrían haber cometido asesinatos de oponentes políticos de Chávez. No obstante, Chávez continuó manteniéndose a distancia de las FARC e incumplió sus promesas de ayuda financiera y material. Descrito por quienes le enseñaron a ser un pensador estratégico genuino, Chávez planeó una relación de largo plazo con esta guerrilla, calculando que ésta lo necesitaría a él más que él a ella; además, Chávez no se mostró reacio a actuar en contra de los intereses de las FARC siempre que lo juzgó oportuno. Asimismo, las FARC estuvieron involucradas en dos incidentes significativos en 2004, cuyos desenlaces respectivos fueron enojar y avergonzar a Chávez, al punto de provocar una fractura total entre él y la organización durante 18 meses.

No obstante, con ímpetu generado por el alto precio del petróleo y por haber avanzado en sus agendas nacionales e internacionales, durante 2006-07, Chávez inició un proceso de reconciliación con las FARC, experimentando, sin embargo, un cambio cualitativo en la naturaleza de su compromiso. En palabras de Ramón Rodríguez Chacín, ex Ministro del Interior venezolano e intermediario de antaño con las FARC, Chávez había empezado a ver a las FARC como un ‘aliado estratégico en el caso de una agresión del imperio [EE UU], pero a la vez como aliados estratégicos para la formación de un bloque revolucionario en el Continente.’ Varias reuniones tuvieron lugar entre los altos mandos de la jefatura de las FARC y el líder venezolano. Este último se comprometió a ayudar al grupo para lograr la legitimidad política, reafirmó formalmente las garantías para que las FARC utilizaran el territorio venezolano a lo largo de la frontera con Colombia y, crucialmente, ofreció suministrar US$300 millones a las FARC, cincuenta de los cuales estarían inmediatamente disponibles. También se exploraron varias opciones para dotar a las FARC del tipo de armas que alterarían el balance estratégico en Colombia, incluyendo MANPADS. Una de estas opciones, discutida un mes antes de la muerte de Reyes, consistía en un acuerdo trilateral con el Presidente Alexander Lukashenko de Bielorrusia, aunque al tiempo del fallecimiento de Reyes ninguno de estos acuerdos se había finalizado ni se había pagado ningún dinero.

La reconciliación con las FARC coincidió con un deterioro dramático en las relaciones entre Venezuela y Colombia. Esto se produjo cuando el Presidente colombiano, Álvaro Uribe, se ofendió a causa de los esfuerzos de alto perfil de Chávez por sacar ventaja política y estratégica de su intervención en la liberación de rehenes secuestrados por las FARC, en lo que el grupo denominó como un ‘intercambio humanitario’. Chávez no fue el único factor externo involucrado en estas liberaciones, que, como muestra el archivo, las FARC explotaron cínicamente; el propósito principal del grupo era obtener visibilidad política y hacer quedar mal al gobierno colombiano, imponiendo condiciones que sabía serían inaceptables. Igualmente, otras partes externas se involucraron generalmente en estos intercambios motivadas por ganancias políticas a corto plazo, desestimando consecuencias estratégicas más amplias. Pocos (o ninguno) pueden considerar haber tenido ningún mérito en el proceso, que prácticamente llegó a su fin en 2008 cuando el gobierno colombiano engañó a las FARC para que liberaran la mayoría de sus rehenes de alto valor.

 

Las FARC y Ecuador

Como sucedió con Venezuela, en los años noventa las FARC establecieron una presencia en las regiones fronterizas de Ecuador, que eran particularmente importantes por ser adyacentes a los departamentos colombianos de Putumayo y Caquetá. Éstos eran baluartes de las FARC, en particular por ser grandes productores de cocaína, de la cual dependían los ingresos del grupo. Sin embargo, las FARC necesitaron mucho más tiempo que el necesario en el caso de Venezuela para obtener influencia política en Ecuador, y la zona fronteriza ecuatoriana fue a menudo un área incierta o absolutamente hostil hacia las FARC. Las fuerzas de seguridad ecuatorianas generalmente dejaban operar a la fuerte presencia de la inteligencia colombiana y estadounidense en la región, y a veces contribuían a los esfuerzos de estos países con colaboración activa. Las FARC nunca obtuvieron apoyo estatal ecuatoriano semejante al que lograron en Venezuela, y su contacto con administraciones sucesivas nunca fue más que intermitente. Sin embargo, mientras la política nacional ecuatoriana se movía paulatinamente hacia la izquierda, las FARC lograron establecer relaciones con un amplio rango de personas con influencia creciente sobre las políticas del gobierno, incluyendo Lucio Gutiérrez antes de su elección a la presidencia. El grupo tuvo por lo menos algo de contacto con administraciones sucesivas y fue exitoso en fomentar tensiones entre Ecuador y Colombia. Reyes mismo tuvo una base relativamente permanente en la región fronteriza desde 2003 hasta el momento de su muerte. Desde allí pudo reunirse con una serie de visitantes extranjeros y administrar las actividades de la COMINTER gozando de relativa seguridad.

En principio, cuando Rafael Correa anunció su candidatura presidencial en 2006, sus credenciales de izquierda no convencieron del todo a las FARC. Sin embargo, cuando la popularidad de Correa se incrementó y su potencial radical se hizo más evidente, el grupo aportó aproximadamente US$400.000 a su campaña en una coyuntura crítica (al parecer, US$100.000 procedieron directamente de las FARC, y otros US$300.000 de sus aliados). Es casi seguro que Correa aprobó el ingreso de estos fondos en su campaña, pero esto no condujo a una política de apoyo estatal a los insurgentes durante el corto período entre el ascenso de Correa a la presidencia y la muerte de Reyes. El archivo muestra evidencia de que el mayor deseo de Correa era que las FARC le confirieran una plataforma para jugar un papel en el “intercambio humanitario”, similar al desarrollado por Chávez. Sin embargo, aunque Reyes instó vigorosamente a sus compañeros del Secretariado para que se otorgara tal papel a Correa, éstos se mantuvieron impasibles. Es más, aunque la muerte de Reyes provocó una fractura grave entre Colombia y Ecuador—siendo éste irónicamente un objetivo estratégico clave de las FARC—también interrumpió la relación creciente de las FARC con Quito. No existe evidencia que sugiera que esta relación haya prosperado desde entonces.

 

Las FARC hoy

Desde la muerte de Reyes, la suerte de las FARC se ha deteriorado dramáticamente. La política de Seguridad Democrática en Colombia ha logrado, en términos generales, sus objetivos de desalojar a las FARC de franjas extensas del campo, establecer presencia gubernamental e instituciones donde anteriormente éstas no existían, y presionar a los insurgentes hacia los márgenes del territorio. Mejoras importantes en inteligencia han permitido a las fuerzas de seguridad colombianas empezar a decapitar a la jefatura de las FARC, y los niveles de deserción de las filas de las FARC se han incrementado de manera progresiva. No obstante, las FARC han hecho aquello que es obligatorio para todo grupo insurgente: han vivido para luchar otro día. Pese a sus reveses, hoy en día no muestran más disposición que en cualquier otro momento de su historia a comprometerse en negociaciones serias de paz. Aunque la seguridad en Colombia ha mejorado notoriamente en años recientes, los logros del gobierno a este respecto son aún frágiles y potencialmente reversibles. El gobierno colombiano ha heredado formidables retos relacionados con atender a millones de personas desplazadas internamente, resolver complejos problemas sobre pertenencia de tierras, reintegrar a un gran número de ex paramilitares y sacar a ocho millones de colombianos de la pobreza absoluta. El gobierno está buscando reenfocar sus esfuerzos y gastos en desarrollo económico y reforma social, pero pese a esta agenda de postconflicto, la guerra no ha concluido. Las fuerzas de seguridad colombianas continúan casi diariamente enfrentándose con las FARC y sufriendo bajas. Mientras las FARC sigan beneficiándose de la disponibilidad de santuarios y apoyo transfronterizos, los desafíos concernientes al desarrollo de Colombia persistirán. ♣

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Infidencias riesgosas

Escultura de Regina Silveira (Porto Alegre, Brasil, 1939)

Propongo una situación de causa-efecto totalmente imposible entre un pequeño santo popular y su sombra fantasmagórica. El pequeño santo de madera representa a Santiago Apóstol (El Matamoros) sobre su caballo blanco, patrono militar de la América Española en los tiempos del Descubrimiento. La sombra distorsionada de la figura a caballo con espada en mano proviene de la imagen en silueta de un monumento ecuestre del escultor modernista brasileño Victor Brecheret, actualmente en la plaza Princesa Isabel en São Paulo. El monumento representa al Duque de Caxias, patrono militar brasileño y comandante en jefe de la Triple Alianza que a mediados del siglo XIX unió Brasil, Uruguay y Argentina contra Paraguay y los llevó a una guerra sangrienta que prácticamente destruyó aquel país, dejando huellas que perduran hasta hoy. La paradoja de la sombra que es distinta a lo que la origina, y que a la vez conecta figuras de dos jefes militares con actuaciones históricamente discutibles, me ha posibilitado unir tiempos y geografías distintas, y comentar las relaciones seculares de poder que militarismo y religión han mantenido en este continente.

Regina Silveira

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Después del 26 de septiembre, el presidente Chávez se fue a Cuba para regresar con una obsesión nueva: anticipar el futuro. Así, todas las salas situacionales se ocupan ahora de la “prospectiva”. (…) La temática del análisis está centrada sobre la previsión de una explosión social que el oficialismo juzga harto probable, a partir de los datos que maneja sobre la miríada de protestas que ha emergido en el país. (A menos que la población “continúe” siendo sumisa. Para asegurar esto último los analistas gubernamentales se ocupan también de imaginar nuevos métodos de control social).

Blog de Dr. Político

Runrunes prospectivos, 26 de noviembre de 2010

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Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia.

Luis Enrique Alcalá

Código de Ética Política

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La llamada decembrina y nocturna, out of the blue, llamó mi atención. Era de un conocido con quien no tenía intercambio desde hacía bastante tiempo. Me dijo que quería reunirse conmigo a conversar, advirtiéndome que esto tendría que ser en el nuevo año pronto a comenzar, pues ahora se iba de viaje. Alguna extrañeza me causó la conjunción de la persona, la hora algo avanzada y el peculiar anuncio con más de un mes de anticipación, pero no pensé más en el asunto.

Luego llamó una tarde comenzando el mes de febrero, y entonces esbozó vagamente el motivo del contacto. «¿Te acuerdas de los estudios prospectivos—preguntó—que hacíamos a fines de los setenta? Bueno, yo creo que la situación nacional es muy preocupante, y conviene hacer uno ahora para prever qué va a pasar». Indicó que me llamaría de nuevo para precisar la oportunidad de reunirnos y comparar notas.

Pasó otro mes antes de que me invitara a merendar, un día cuando ambos teníamos, casualmente, dos horas libres en nuestras respectivas agendas. Lo que sigue es el contenido principal y curso de nuestra conversación.

Hubo los consabidos planteamientos preliminares; por ellos me enteré de la relación profesional amistosa que había tenido—no indicó que continuara a estas alturas—con un importante funcionario del gobierno del presidente Chávez, de cómo le había hecho un favor, ayudando a clarificar una cierta circunstancia en gestión personal ante el Presidente. El funcionario en cuestión hizo carrera militar y hoy está en situación de retiro. Supongo que está muy agradecido de los buenos oficios de mi interlocutor.

Luego hizo una declaración en la que establecía una conexión entre las meritorias acciones burocráticas de ese personaje y las presuntas capacidades del suscrito, y dijo: «Por eso es que estoy ahora contigo, para la cooperación, la colaboración». Esto cerró el preámbulo.

Entonces pintó un cuadro de conflictividad creciente, señalando que el número de las protestas sociales crecía y podía esperarse una explosión. «Sí»—le dije. «Eso mismo teme el gobierno»—recordando Runrunes prospectivos—. «Algunas protestas son espontáneas y otras son fabricadas», a lo que respondió: «¡Claro! ¡Fabricadas por el gobierno, que tiene interés en cogerse todo el coroto con el pretexto del caos social que él mismo fabrica!» Y disparó, acto seguido, la pregunta cuyo destino era el establecimiento de la premisa mayor que quería fijar: «Dime una cosa: ¿tú crees que Chávez va a entregar el gobierno por las buenas?»

De inmediato contesté que, en efecto, sí creía que lo haría; contestar contrariamente me hubiera hecho inconsistente. El 8 de febrero de este año había escrito acá en Neurochaparrón: «No habrá fraude electoral. Hugo Chávez es de temperamento épico. Eso significa que le importa mucho cómo será recordado por la historia. No quiere ser recordado como un hombre que retuvo fraudulentamente el poder. (…) No habrá fraude electoral. Quien gane o pierda en 2012 habrá ganado o perdido en realidad». Era una respuesta que no esperaba.

Intentó manejar la sorpresa buscando persuadirme de que Chávez nunca entregaría el poder por las buenas, y la primera «prueba» que adujo fue un estudio de la personalidad de Chávez que habrían producido psiquiatras y psicólogos cuyos nombres no fue capaz de aportar, preguntándome si yo lo conocía. Le aseguré que sí y que sabía, no de uno, sino de varios; desde un temprano bosquejo elaborado en 1999 por la difunta María Josefina Bustamante, pasando por el análisis de Franzel Delgado Senior, hasta varios otros en la misma vena. «Yo mismo he escrito sobre el tema—le expliqué—, siguiendo la caracterización de Owen de una personalidad hibrística, e hice notar que Chávez llena, no los cuatro signos requeridos en una enumeración de catorce ítems distintivos de esa personalidad, sino todos los catorce». (Reseña de libros, 18 de septiembre de 2008). «Pero de allí no se desprende que Chávez no entregaría su cargo si pierde en las elecciones», concluí.

Su segunda aproximación retornó a la técnica inquisitiva: «¿Quién influye sobre Chávez?» «Un bojote de gente», contesté. «Sí, pero ¿quién influye más?» «Bueno—le dije—, Fidel Castro». «Exactamente—repuso creyéndose triunfante—; Castro lleva más de cincuenta años de dictadura y es un desgraciado». Como no sólo él conoce la utilidad retórica de las preguntas, pregunté a mi vez: «Y ¿cuántos muertos y torturados cargaban sobre la conciencia de Castro en sus primeros doce años, que es lo que Chávez lleva mandando? En el primer año y medio de Castro en el poder ya no quedaban empresas privadas de alguna significación en poder de sus dueños». (Retóricamente hablando, conviene blindar una pregunta con una afirmación que la siga; dejarla suelta puede conducir a una derrota argumental). «Para allá vamos», atinó a oponer. «Es posible—respondí—, pero Chávez no es Castro».

Todavía hizo un intento más, y quiso ofrecerme una interpretación del gobierno chavista que prometía ser exhaustiva. Entonces le interrumpí diciéndole que no perdiera tiempo, que la política es mi profesión y mi vida, que vivo en Venezuela y estoy bastante bien informado de lo que en ella ocurre, que el carácter del reo es bien conocido desde el 4 de febrero de 1992. De inmediato aproveché la ventaja de esta posición para decirle: «Está claro que tu pregunta inicial era para establecer, como premisa mayor de lo que querías plantearme, que Chávez no entregaría nunca el poder por las buenas y, por tanto, tu conclusión iba a ser que había que sacarlo por las malas». En eso llegaron los croissants, los jugos y los cafés que habíamos ordenado, admitió que eso era exactamente lo que quería sugerir y comenzó a comer.

………

La pausa alimenticia me permitió hacer una declaración de principios cum narración; mientras él masticaba yo hablé.

A comienzos de febrero de 2002, más de dos meses completos antes del Carmonazo, explicaba al periodista Ernesto Ecarri (El Universal) que, en efecto, existía un derecho de rebelión. Ecarri había querido tomar mi opinión en momentos cuando se componía una baraja de modos para salir de Chávez: constituyente, proponía Herman Escarrá; petición de renuncia, exigían varios; enmienda constitucional de recorte del período presidencial, promovía ingenuamente Primero Justicia.

Expuse a Ecarri que la definición más clara del derecho de rebelión estaba contenida en la Declaración de Derechos de Virginia, cuya tercera cláusula reza: «Cuando quiera que cualquier gobierno fuere encontrado inadecuado o contrario a esos propósitos [el beneficio común, la protección y la seguridad del Pueblo, la Nación o la comunidad], una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e irrenunciable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en manera tal como sea juzgado más conducente al bien público». Ecarri publicó esta cita.

Pocos días después escribía Jorge Olavarría (Q. E. P. D.) dos artículos de prensa bajo el título Derecho de rebelión, pero su prescripción era la de un golpe de Estado clásico: unos agentes con poder depondrían al gobernante y explicarían al país en un manifiesto los motivos de su acción. Luego fue a Televén el viernes 22 de febrero de 2002 a exponer la misma cosa en un espacio de entrevistas del noticiero del mediodía. Entonces me preocupé, y logré que Carlos Fernandes me convocara a una edición de su programa (Triángulo) para el lunes 25, cuando expuse: que el derecho de rebelión era exclusivo derecho de la mayoría de la Nación; que era doctrina constitucional venezolana (19 de enero de 1999) que el Poder Constituyente Originario no estaba limitado por la Constitución, que sólo constreñía a los poderes constituidos; que si una mayoría de los venezolanos firmaba un acta que declaraba abolido el gobierno, éste lo estaría de pleno derecho.

Las consideraciones que anteceden suscitaron un interés momentáneo, y una de sus manifestaciones fue que la revista Zeta me pidiera un artículo sobre el concepto de abolición. Escribí el artículo el 3 de marzo de 2002, casi cuarenta días antes del 11 de abril, y en él puse, algo proféticamente:

“…el sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga, el Cardenal Velasco, Carlos Ortega, Lucas Rincón o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia”.

Quien me había invitado a merendar—y pagaría—estaba a punto de consumir el resto de su croissant y apuré el paso. (No había tocado el mío). «La política es mi profesión, y la entiendo como un acto médico, no quirúrgico», declaré. «Los medios clínicos deben agotarse por completo antes de pensar en cirujanos». Entonces di mi primer mordisco de la tarde.

Mi acompañante no atinaba a refutar lo que le había expuesto, y pude proseguir: «Hay algo que no se ha hecho nunca, y esto es colocar en juego una contrafigura competente y eficaz, capaz de dar un revolcón argumental a Chávez en una campaña por la Presidencia de la República. Los gringos dicen: You can’t fight somebody with nobody. Por eso es el modo serio y responsable de encarar la cuestión la determinación de, por un lado, si hay alguien capaz de ganarle a Chávez en el debate electoral y también, porque es lo más importante y no es lo mismo que lo anterior, si esa persona sería un jefe de Estado idóneo. Si la respuesta es positiva en ambos puntos, el resto es cuestión de ingeniería: cómo llevar a la posición de campaña a esa persona desde la ubicación que ahora tiene».

Seguí comiendo. Mi interlocutor calló unos minutos y después aventuró uno o dos nombres que le gustaban como candidatos, ambos de la vieja política partidista e ideologizada. Los negué por esa misma razón. Luego pasamos a preguntar cómo estaban nuestros respectivos familiares y el pidió la cuenta que, previsivamente, revisó en detalle, para encontrar que se había cargado el precio de una botella de agua mineral que ni habíamos pedido ni consumido. Advirtió a la mesonera y pagó lo estrictamente justo.

………

A la salida de la panadería-pastelería me dijo: «Yo lo que creo es que el que debe suceder a Chávez es un militar». Aquí sí me puse obstinado y repudié, quizás demasiado enfáticamente, esa posibilidad: «No creo en soluciones homeopáticas, en curar la enfermedad con enfermedad. No puede prescribirse de antemano, además, que el candidato debe ser civil o militar, mujer u hombre, universitario o lego. Repito: busca quien pueda ser a la vez un jefe de Estado competente y capaz de revolcar a Chávez en la disputa electoral de los discursos, capaz de convencer a los electores. Ninguna otra idea es seria».

Ya en mi casa me preguntaba si él tenía en mente un militar en particular. ¿Sería el que me había mencionado al principio, en aparente comentario casual? Entonces me reconvine por mi apresuramiento; al matarle en la mano el gallo de su premisa, al no haber preguntado qué militar concreto podía ser el sucesor que prefería, posiblemente dejé de enterarme del chisme del año: la identidad del funcionario del gobierno que conspira para sacar a Chávez por las malas. LEA

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Un ballo in maschera

Disfraz de monarca

 

De lleno en vena carnavalesca, Hugo Chávez volverá a usar uno de sus atuendos preferidos para las fiestas: su disfraz de Rey Sol, de L’État c’est moi, de monarca absoluto. El anuncio de que alternará, a pesar de todo, este embozo con el de mediador humanitario en Libia—apropiado desde que pernocta, por razones pluviosas, en la carpa de príncipe beduino que le regalara Muammar Gaddafi; familiar desde que lo empleara como intermediario entre Álvaro Uribe y las FARC—, fue hecho en el acto de juramentación de los equipos estadales del PSUV en el Teatro Teresa Carreño. Allí dijo: «¡Chávez es candidato, y ya!» La explicación de este democrático edicto es sencilla: «Yo estoy seguro [de] que si nosotros hacemos elecciones internas sería perder el tiempo ¿Para qué vamos a perder el tiempo?»

Chávez estima que el PSUV debe ser sacudido, porque al irse «como enfriando» y «burocratizando» ha permitido que se instalen «caudillos y caudillitos» y, naturalmente, caudillo hay sólo uno: él, ¿quién más? Los 360 miembros de los equipos juramentados recibieron esta admonición presidencial, que evidentemente contiene un lapsus linguæ: «Tenemos que ser muy autocríticos». Habrá querido decir «autocráticos».

Ya Carlos Escarrá había citado hace años, como es natural fuera de contexto, del discurso de Simón Bolívar ante el Congreso Constituyente de Bolivia (25 de mayo de 1826): «El presidente de la República viene a ser, en nuestra Constitución, como el sol que, firme en su centro, da vida al Universo. Esta suprema Autoridad debe ser perpetua; porque en los sistemas sin jerarquías se necesita más que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los Magistrados y los ciudadanos: los hombres y las cosas». O sea, los 360 juramentados serían sólo los radios, en cada uno de los grados que componen el halo circular que rodea al astro rey, que deben emanar de la intensa fuente luminosa que Hugo Chávez pretende ser.

El «libertador» libio, que Chávez equiparó a Bolívar, habla locuras de muerte. Pero hasta los libertadores verdaderos, como este último, son muy capaces de decir pendejadas.

LEA

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Luciano Pavarotti canta aquí, en el Teatro de la Scala de Milán, el aria última—Si tuviera que perderte—de Baile de máscaras, ópera de Giuseppe Verdi. («¿Qué mal presagio abruma mi espíritu/ que al volverte a ver anuncia un deseo casi mortal/ como si fuera la última hora de nuestro amor?»)

Ma se m’è forza perderti/ Per sempre, o luce mia,/ A te verrà il mio palpito/ Sotto qual ciel tu sia,/ Chiusa la tua memoria/ Nell’intimo del cor./ Chiusa nell’intimo del cor.

Ed or qual reo presagio/ Lo spirito m’assale,/ Che il rivederti annunzia/ Quasi un desio fatale…/ Come se fosse l’ultima/ Ora del nostro amor?

Come se fosse l’ultima,/ L’ultima ora –/ Ora del nostro amor!/ Del nostro amor…

O qual reo presagio m’assale!/ Come se fosse l’ultima/ Ora del nostro amor?/ Se fosse l’ultima del nostro amor…

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