por Luis Enrique Alcalá | Nov 23, 2006 | LEA, Política |

Debe reconocerse a Teodoro Petkoff la nobleza con la que depusiera su aspiración presidencial, y la seriedad, la lealtad y el denuedo con los que ha ofrecido su apoyo a la candidatura de Manuel Rosales. (Si Rafael Caldera, en 1987, hubiera apoyado a su antiguo pupilo, Eduardo Fernández, en lugar de «pasar a la reserva» de COPEI, es posible que éste hubiera vencido a Carlos Andrés Pérez en 1988 y la historia hubiera sido diferente). En opinión de quien escribe, Petkoff habría sido mucho mejor y más redondo candidato que Rosales, pero el acuerdo tripartito con Julio Borges establecía que una encuesta—llevada a cabo por Datos—sería el criterio selector, y la base política de Rosales en el Zulia hizo la diferencia. El suscrito opinaba así desde 1999, cuando ya se podía entrever la enorme dificultad que comportaría la mera reparación de los estropicios que Chávez dejaría a su paso por el poder. No podía ser un político de medianas luces quien sucediera a Chávez, y sin duda el calibre político de Petkoff es muy alto y mucho mejores sus cualidades humanas que las del actual presidente. (Para no comparar la preparación intelectual de ambos).
El martes de esta semana reportó Globovisión: «Teodoro Petkoff, miembro del comando de campaña de Manuel Rosales, señaló que hay que terminar de vencer el temor y comprender que se puede ganar. En su opinión, la condición para que un triunfo del candidato de la oposición se produzca es que nadie se atemorice. Petkoff expresó que está persuadido de que Rosales ganará, aunque siempre hay que estar preparado para las dos opciones». (Destacado de esta publicación). En las mismas declaraciones apuntó que nada indica la preparación de un fraude electoral, no sin señalar que el ventajismo y la intimidación gubernamentales sí están presentes. Recomendó, una vez más, la supresión de las ilegales máquinas captahuellas, aunque las desestimó como posibles violadoras del secreto del voto, reforzando así su prédica de vencer el miedo.
Más allá de ese temor, sin embargo, lo que habría que vencer es la percepción de imposibilidad de un triunfo de Rosales. La mayoría de las encuestas registra que las dos terceras partes de los electores creen que Chávez ganará, y esto es lo que hace la cuesta tan empinada.
Una vez más, la esperanza de esta publicación es que el elector promedio decida que ya ha tenido bastante de la epopeya chavista, de sus milenarios y heroicos objetivos, que imponen un excesivo e injustificado costo de odio y sobresalto, para optar por una administración tranquila, probablemente nada brillante, pero en paz y normalidad.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 23, 2006 | Cartas, Política |

La primera y más importante condición para poder explicar alguna idea con eficacia es haberla entendido. Luego es de gran utilidad ser un buen comunicador y, preferentemente, poseer habilidad didáctica. Por ejemplo, Bertrand Russell, poseedor de un completo arsenal matemático, había entendido perfectamente la teoría especial de la relatividad de Alberto Einstein, pero su The ABC of Relativity, un intento de divulgación popular de los revolucionarios postulados del genio, es opaca y torpe escritura al lado del cristalino recuento que hace Isaac Asimov en el tomo segundo de Understanding Physics. De hecho, Asimov era bioquímico por formación, y es muy probable que su comprensión de la relatividad fuera menos profunda que la de Russell, que a fin de cuentas había sido el autor de The Principles of Mathematics. A pesar de la ventaja de Russell, la explicación de Asimov es muchísimo más clara—y amena—que la del primero, y permite al lector entender, aun prescindiendo de la base matemática, lo fundamental de la teoría especial de la relatividad sin sacrificar rigor. Pero si la cosa no ha sido entendida por el expositor, no hay poder pedagógico que sea capaz de explicar nada.
Es ya proverbial la capacidad de comunicación de Hugo Chávez Frías. Es una cualidad que le reconocen incluso sus más acérrimos enemigos. Pero también son antonomásicos la flojedad de su lengua y un arrojo irresponsable a la hora de exhibir la superficialidad de sus conocimientos. Hace poco intentaba explicar lo que para él es socialismo (del siglo XXI) puesto en funciones de magistral profesor que hacía dibujos esquemáticos para comunicar mejor el tema que exponía. Según Chávez es socialismo que una parte de lo que alguien produzca sea regalado a la comunidad, y que otra parte sea cambiada por unas fichas o billetes similares a la lúdica moneda del juego de Monopolio, que vendrían a ser una «moneda alternativa» y esto, en el concepto del Supremo Maestro, viene a ser ni más ni menos que trueque. Es decir, Hugo Chávez no ha entendido absolutamente nada de lo que habló a ese respecto.
Porque, en primer término, si existe una moneda para la intermediación, así sea alternativa o local y de vigencia limitada, no puede hablarse de trueque, puesto que éste es por definición: «Intercambio directo de bienes y servicios, sin mediar la intervención de dinero». (Diccionario de la Real Academia Española).
No es que la práctica del trueque haya desaparecido, como especie extinta, para no volver nunca más. Expliquemos esto cuidadosamente al Gran Locutor, para asegurarnos de que entienda.
A Chávez, como a la mayoría de nuestros presidentes, tiende a fastidiarle la economía—tal vez por eso no la entiende—y es la política lo que le apasiona. (Que tampoco comprende bien, a no ser en los términos combativos de la Realpolitik). Afortunadamente, es posible encontrar acá un interesante paralelismo entre tres grandes etapas de la economía y un número equivalente de etapas de la política.
Hubo un período histórico en el que una economía todavía incipiente podía manejar razonablemente sus intercambios por el expediente del trueque directo. La cantidad de transacciones y la variedad de productos eran ambas magnitudes reducidas, así como la velocidad o frecuencia del intercambio. En muchos casos se trataba de una transacción anual entre un molinero y un porquerizo que no necesitaba sino unos sacos de harina por año que pudiera almacenar.
En cuanto ese exiguo comercio se incrementó en grado suficiente, la práctica del trueque se hizo harto engorrosa. Demasiadas transacciones, una mayor variedad de productos y la distancia entre los mercados justificaron la aparición de una institución mediadora, de una unidad de medida y comparación que fuese más fácilmente transportable que un cerdo o un saco de harina. E hizo su aparición la invención del dinero y, junto con él, la posibilidad enfermiza de la inflación.
La más general de las concepciones económicas distingue entre un «sector real» de la economía, integrado por la suma de bienes y servicios efectivamente producidos, y un «sector virtual o nominal», que equivale a la masa monetaria con la que esos bienes y servicios (incluyendo entre éstos al trabajo), pueden ser adquiridos. Y la definición elemental de inflación es la de un crecimiento del sector nominal significativamente mayor que el del sector real dentro de un sistema económico.
Hoy en día, sin embargo, la capacidad computacional y comunicacional extraordinariamente desarrollada del mundo actual—la que, por otra parte, es en términos de lo previsible una capacidad a la que falta muchísimo por crecer—permite que un 20% del comercio mundial se haga de nuevo bajo la forma de trueque—tantos aviones por tantos barriles de petróleo. Es una pregunta de alto interés para la economía investigar qué sentido tendría la noción de inflación el día en que sea posible manejar todas las transacciones como un trueque virtual, como el cotejo de bases de datos digitales sobre cada unidad de producto o servicio a escala planetaria. ¿Desaparecería la inflación?
En el campo de lo político se observa un despliegue similar, en tres etapas sucesivas, de los sistemas históricos de democracia. La democracia ateniense era también un proceso lento, en el que la cantidad de asuntos que reclamaban la atención de la apella, de la asamblea de ciudadanos, era pequeña, como también era poca la velocidad que se exigía de sus agendas. Desde el momento en que un organismo participativo de ese tipo decidía entablar batalla contra los persas, hasta que se preparaba la primera de las naves que llevarían a los guerreros, transcurría un tiempo considerable. En este tipo de condiciones era posible una democracia directa en la que los ciudadanos de Atenas todos podían participar en la toma de la decisión. (Dicho sea de paso, no todos los habitantes de la Atenas clásica eran ciudadanos. Los esclavos no tenían ninguna participación en la apella).
Nuevamente, la complicación del proceso político, en ausencia de métodos de comunicación lo suficientemente rápidos, hizo imposible la ampliación del patrón ateniense de decisiones compartidas. Hubo necesidad, si se quería mantener vivo el principio democrático, de arribar a la invención de un intermediario político: fue necesario inventar la democracia representativa. (Forma de gobierno que exhibe, obviamente, su propia patología).
Pero ahora disponemos de una tecnología comunicacional que vuelve a ofrecer las condiciones requeridas para una participación masiva, instantánea y simultánea, de grandes contingentes humanos. Ya vimos algo de esto en las teleconferencias de amplia extensión que sostuvo Ross Perot en los Estados Unidos en su frustrada carrera de hace unos años hacia la presidencia de ese país, y la Internet ha ido cobrando mayor importancia con cada campaña política, aunque esto no ha sido, si a ver vamos, el signo particular de nuestra actual campaña electoral. Pero el punto es que la cosa puede hacerse, y puede hacerse en Venezuela.
Alguien puede argumentar ante este planteamiento que el nivel de desarrollo político y tecnológico norteamericano es inconmensurablemente superior al venezolano, y que por esa razón ese concepto de democracia participativa electrónica estaría, para nosotros, muy lejos dentro de un futuro largamente incierto. Pero puede a su vez contrargumentarse que los venezolanos no hemos tardado mucho para aprender a operar telecajeros electrónicos, celulares, computadores, telefacsímiles, consolas de juegos como Playstation, y hasta las máquinas de Smartmatic, y que con igual o mayor facilidad podríamos navegar dentro de una red permanente de referenda electrónicos. Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. Nuestra nación puede transformarse en una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento.
¿Cuánto puede costar una red para la democracia electrónica, nueva versión de la democracia directa, la democracia participativa? Cuando Al Gore era el vicepresidente de los Estados Unidos hizo una estimación de la inversión necesaria para conectar una fibra óptica a «todo hogar, oficina, fábrica, escuela, biblioteca y hospital» en el territorio de su enorme país. La cifra manejada por Gore era la de 100 mil millones de dólares, que en términos per cápita terminaría siendo una inversión de 435 dólares por habitante.
Ahora bien, la población venezolana es, aproximadamente, una décima parte de la población norteamericana. Por otra parte, la densidad de escuelas, hogares, hospitales, bibliotecas, fábricas y oficinas es mucho menor en nuestro país que la que existe en los Estados Unidos de Norteamérica (más personas viven acá, en promedio, en cada unidad de vivienda), y por tanto la inversión per cápita que sería necesaria para lograr el equivalente de la visión de Gore en Venezuela sería marcadamente menor. Una cifra razonable es la de una inversión per cápita de 225 dólares en Venezuela para la instalación de una red de fibra óptica prácticamente total. Tal cantidad, multiplicada por la población venezolana y por una tasa de cambio de 2.150 bolívares por dólar (el inamovible dólar CADIVI), arroja una inversión estimable en trece billones y medio de bolívares. Este monto, comparado con nuestros presupuestos anuales, que ya rebasan los 100 billones, permite suponer que en un programa de unos pocos años sería perfectamente posible instalar la red para una democracia participativa total en Venezuela.
Pero esta red también puede ser usada para la transacción económica, y seguramente para el trueque. Claro, estamos hablando de una sociedad moderna, no una en la que las necesidades sean meramente las de cambiar los topochos de Chávez por un billete primitivo que a su vez permita adquirir algo de café. (Lo que fue su ejemplo específico). Es difícil imaginar que con este nuevo «método Chas» pudiera, por ejemplo, un escritor permutar un ensayo sesudo por sacos de naranjas en Altagracia de Orituco.
Lo que Chávez intentó explicar es que el futuro va a estar en algo parecidísimo a las fichas emitidas por latifundistas, con las que pagaban el trabajo de jornaleros que luego tendrían que adquirir víveres en tiendas de abastos del dueño, práctica que no sólo existía acá, sino también en las plantaciones de algodón del sur de los Estados Unidos antes de Lo que el viento se llevó. Entre otras cosas, el viento se llevó esa «moneda alternativa».
Obviamente, éstas no son elucubraciones de Chávez sino de sus teóricos neomarxistas que, como el infaltable Heinz Dieterich, pretenden que el moderno poder computacional permitiría, ahora sí, la operación impecable de una economía totalmente centralizada. Ni Dieterich, ni mucho menos Chávez, han entendido que si algo es característico de la revolución de la Internet, es justamente la más acusada de las descentralizaciones. La revolución es la del computador personal, no la del Big Brother de «Un mundo feliz».
A medida que Chávez describía el asunto, y explicaba como grandes ventajas de la invención que los billeticos endógenos y socialistas durarían poco y sólo tendrían valor en unos pocos kilómetros a la redonda, la audiencia fue adquiriendo los rasgos de un nutrido poemario, pues cada uno de los confundidos rostros era un poema. Nadie lograba comprender en qué residían las virtudes de la moneda alternativa.
No era posible que entendieran, pues la idea es malísima y su principal promotor no tiene la menor idea de lo que está hablando. De lo que habla es de dinero, que tendría que ser computado—¿M4? ¿M5?—por el Banco Central de Venezuela con metodología especial. Pudiera, pues, ofrecer ahora Chávez su moneda alternativa a Zimbabwe a cambio de un voto en la ONU.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 21, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En noviembre de 2003, a raíz de una conversación con el Dr. Aurelio García, profesor universitario de larga data, compuse unas notas sobre el tema que discutíamos: la necesidad de una preparación formal de los políticos. Una observación elemental pone el problema en perspectiva: se requiere de un médico un título que certifique su formación profesional antes de permitirle el tratamiento del primer paciente, de un abogado lo equivalente para confiarle un juicio, de un ingeniero lo mismo antes de contratarle la construcción de un viaducto o una trocha. En cambio, de los políticos, que irán a entrometerse con una sociedad y su historia, afectando enormes contingentes de personas, no se requiere otra cosa que su propia declaración de aptitud.
La Ficha Semanal #119 de doctorpolítico reproduce los párrafos introductorios de las notas mencionadas—El caso de una escuela universitaria para una licenciatura en Política—que postulaban un pénsum de estudios para una carrera formal en Política. Las materias propuestas se organizaban en diez «bloques», a saber: bloque epistémico (teorías de la complejidad y el caos, teoría de enjambres, episteme general a comienzos del siglo XXI), bloque de política general (noción de «sociedad normal» y de «normalización» de sociedades), bloque de política especial (económica, internacional, de defensa, etc.), bloque de política analítica (análisis de políticas, futurología), bloque de gestión pública, bloque de derecho, bloque de historia, bloque de procesos contemporáneos (globalización, instituciones de gobierno mundial), bloque de ética y bloque instrumental (oratoria, negociación, manejo de campañas electorales, etc.) Luego de esta enumeración y descripción, las notas advertían: «Una buena dotación de materias electivas—políticas especiales como la educativa, la sanitaria, la comunicacional, etc.—junto con talleres, seminarios y un régimen de pasantías, complementará la redondez necesaria a la carrera. No pasaría mucho tiempo, por otra parte, sin que debiera responderse a ulteriores necesidades de postgrado».
La política prevaleciente, con muy contadas y honrosísimas excepciones, es ejercida por personas de escasa preparación pertinente. A lo sumo son duchas en artes oratorias y capacidad «de maniobra», buena para imaginar zancadillas al contrario. Saben más de cómo alcanzar el poder que de qué hacer con él una vez que lo consiguen, cuando se dedican, primariamente, a la conciliación de intereses; esto es, a la administración de apoyos y oposiciones. Entretanto, los problemas públicos siguen sin resolverse, y en la mayoría de los casos se agravan. Es hora de establecer programas de capacitación de las personas con vocación pública, y tiempo de que los ciudadanos los exijan. En el texto reproducido volverá a encontrarse la cita de Tocqueville en la que define lo que es «el verdadero arte del Estado».
LEA
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Título de Político
1. La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de «ciencias políticas», la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas «ciencias médicas», la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.
Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un «estado del arte» de la Política.
El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma «clínico» o «médico» de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos.
2. Siendo que la política es una profesión, y de las más complejas, se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debe ser impartida por una escuela universitaria de Política, en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.
No son lo que se requeriría las Escuelas de Ciencias Políticas. Los «politólogos» egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—policy analysis—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en policy analysis de la Corporación RAND, puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como decisores ellos mismos. (Típicamente el análisis de políticas se conduce en institutos especializados que en inglés son designados con el nombre de think tanks).
3. Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico, aunque ocasionalmente de otras profesiones—Belaúnde Terry, arquitecto; Lusinchi, médico; Chávez, militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.
Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.
Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como «combatiente» o «luchador», en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser útil a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.
4. No se trata de sostener que el know how en artes como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. («No se trata de eliminar el ‘combate político’, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga… Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan ‘romántico’ ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro ‘La Doble Hélice’ (1968) es una descarnada exposición a este respecto… Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte ‘salvaje’ en uno más ‘civilizado’, en el que no toda clase de ataque está permitida… En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los ‘luchadores’ políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social». Carta Semanal #51 de doctorpolítico, 28 de agosto de 2003).
Por otra parte, una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos de Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en Carta de Política Venezolana, Nº 50, 21 de agosto de 2003).
Tal vez sea aun más fundamental la ignorancia o más bien desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. («A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Foucault propone la noción de ‘episteme’, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época… Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como ‘historia natural’. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la ‘teoría de las riquezas’, y entre la lingüística y la ‘gramática’ que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores». De «Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela», diciembre de 1990). Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la física clásica. Así lo revelan expresiones tales como «fuerzas políticas», «vectores políticos», «espacios políticos». («¿Hay espacio para una nueva fuerza política?»)
Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, etc. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 16, 2006 | LEA, Política |

Parece no bastar que Al Gore, ex Vicepresidente de los Estados Unidos, ande como Quijote cabalgante por el mundo, lanza en ristre contra el aterrador espectro del calentamiento planetario. El gobierno de su país, legitimado a pesar de una votación ciudadana minoritaria por dudoso recuento de votos en Florida, no hace caso del Apocalipsis climático que recita con insistencia elocuente. Ahora Washington ha rehusado atender explícitos llamados del Secretario General de las Naciones Unidas para que los Estados Unidos se comprometan a reducir sus emisiones de calor, su contribución a la entropía mundial.
En la conferencia sobre el cambio climático que se celebra en Nairobi, Paula Dobriansky, Sub Secretaria de Estado para la Democracia y Asuntos Globales, ha rechazado los alarmados reclamos de Kofi Annan, argumentando que los Estados Unidos más bien han sido pioneros benéficos en el tema.
Como se sabe, los Estados Unidos son el principal emisor de gases de invernadero, producidos por la combustión de combustibles fósiles en plantas de energía, fábricas y automóviles, bastante por delante de los gigantes de China, Rusia e India. A pesar de esto, los Estados Unidos se han negado sistemáticamente a convalidar el Protocolo de Kyoto, que exige a los países más desarrollados un esfuerzo especial y decidido en la reducción de las peligrosas emisiones.
Aduciendo que tal cosa dañaría la economía estadounidense, y que la misma exigencia debiera hacerse sobre los países menos desarrollados, el vapuleado gobierno de George W. Bush se ha mostrado singularmente sordo ante las peticiones de su cooperación con necesidades de la humanidad entera. Australia, con idénticos argumentos, se ha negado también al compromiso de Kyoto, que treinta y cinco países han acogido, aceptando metas específicas de reducción para 2012.
Europa ha sido más proclive a la cooperación en el ataque a tan grave y urgente problema. El ministro alemán del ambiente, Sigmar Gabriel, expuso la ridiculez de un fondo de 3 millones de dólares para ayudar a las naciones más pobres a adaptarse a las realidades del cambio climático, que pueden representar más inundaciones, sequías, elevación del nivel de los mares y acusada desertificación. En vehemente discurso se preguntaba si era necesario reunir a 6.000 delegados en una conferencia que ella sola había costado cuatro millones, para decidir la estructura de partida tan exigua.
El presidente Bush necesita urgentemente prótesis auditivas y un sermón de aceptable predicador protestante, que le recuerde la virtud de la compasión.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 16, 2006 | Cartas, Política |

Como dijera Julio César en el año 49 antes de Cristo (reporta Suetonio), iacta alea est; los dados—es decir la suerte—están echados. El 3 de diciembre de 2006, a menos que medie lo que abogados y aseguradores llaman un «acto de Dios», Hugo Chávez Frías resultará reelecto al cargo de Presidente de la República. Así puede colegirse de lo que mide la mayoría de las encuestadoras serias del país. Naturalmente, hay las chimbas, y también difieren de la lectura general dos empresas estudiosas de la opinión, una local y otra extranjera. Se hará referencia a este último tándem más adelante.
Se espera, pues, una continuación de Chávez en el poder, y esto es ciertamente malo para la nación. El caso de la inconveniencia de Chávez es lo suficientemente conocido como para que sea necesario recapitularlo acá, pero baste decir que un informe de fines de octubre, elaborado por la Economist Intelligence Unit, enumera una buena cantidad de ítems negativos en el gobierno de Chávez y lleva a esta unidad de la afamada revista inglesa a degradar un tanto a Venezuela en la percepción de «riesgo-país». El análisis incluye la posibilidad, incluso, de violencia. En cualquier caso, como la mayor parte de los observadores foráneos, concluye que Chávez resultará vencedor dentro de dos semanas y tres días: «La oposición se ha unido alrededor de un solo candidato a presidente, el gobernador del Zulia, Manuel Rosales, que está atrayendo apoyo significativo sobre la base de sus propuestas para la redistribución del ingreso petrolero y su postura contraria a la esplendidez fiscal del gobierno en el extranjero. En balance, no esperamos que esto sea suficiente para desalojar al Sr. Chávez en diciembre, pero la carrera será más apretada de lo previamente esperado».
Ahora está la cosa, pues, en la recta final. Si bien no hay suficientes elementos nuevos para alimentar esperanzas racionales en un triunfo de Rosales, es preciso comentar dos incidentes de cierta significación. El primero de ellos es la reciente visita del Presidente del Brasil, Luiz Inázio Lula Da Silva, con motivo de la inauguración de un segundo puente sobre el río Orinoco, construido casualmente por Odebrecht, una firma brasileña de ingeniería.
Del modo más desfachatado dijo Lula a Chávez en su discurso para la ocasión: «El mismo pueblo que me eligió a mí, que eligió a Kirchner, que eligió a Daniel Ortega y que eligió a Evo Morales, sin duda te va a elegir presidente de Venezuela». Recordando una previa visita a Venezuela en 2003, el año anterior al referendo revocatorio, dijo también: «Cuando fui a Caracas y vi la televisión, volví a Brasil diciéndome a mí mismo que jamás había visto un tipo de comportamiento de cierto tipo de medios de comunicación agrediendo a un Presidente de la República como fuiste agredido. Jamás imaginé que eso podría ocurrir en Brasil y ocurrió lo mismo, querido compañero». Allí no se detuvo. También dijo, de nuevo dirigiéndose a Chávez: «No tengo duda de que en Venezuela hace muchos y muchos años que no había un gobierno que se preocupase por los pobres como tú te preocupas». Y asimismo, refiriéndose a los numerosos gobiernos de izquierda en América Latina: «Podría citar a nuestra querida Michelle Bachelet de Chile, a nuestro querido compañero Kirchner de Argentina, a Tabaré Vázquez de Uruguay, a Nicanor [Duarte] de Paraguay, a Evo Morales de Bolivia y citar la reelección más reciente: es la del Frente Sandinista en el gobierno de Nicaragua».
Pero después de tan descarada intervención en nuestra política local—a pesar de que dijo: «…no soy venezolano, no puedo opinar de la política venezolana»—deslizó una advertencia entre líneas: «Ten la seguridad, presidente Chávez, de que este pueblo que te quiere mucho será mucho más exigente en el próximo mandato de lo que fue en el primero». Es lo mismo que ya ha registrado y predicho el opinólogo Oscar Schemel—Hinterlaces—quien dijo a la Asociación de la Prensa Extranjera hace exactamente una semana: «El Presidente está muy amenazado. Triunfante pero amenazado, dado el gran descontento por el incumplimiento de promesas», y habló de una «grieta profunda en el liderazgo del Presidente». Es exactamente lo mismo que apunta la Economist Intelligence Unit en el informe ya mencionado: «Ha habido también signos crecientes de mala gerencia y corrupción en meses recientes. Combinados con el fracaso en el tratamiento de instituciones débiles que no inspiran respeto a amplios sectores de la sociedad, pudiera darse la puesta en escena para una erosión gradual del apoyo al gobierno del Sr. Chávez a largo plazo, dado que una falta de contrapeso agrava la mala gerencia y la corrupción y hace más difícil que el gobierno satisfaga las expectativas crecientes de sus partidarios, a pesar de ganancias petroleras extraordinarias».
Chávez ganará, por supuesto, pero ahora es cuando comienzan sus dificultades.
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Un segundo incidente significativo de esta recta final de la campaña es la denuncia protagonizada por Roberto Smith, ex candidato presidencial subido al vagón de Rosales, sobre justamente grave corrupción en el SENIAT. Hablando con grandes elocuencia y fuerza por Globovisión, que se dio banquete con la acusación, prometió indignado que no daría descanso a su brazo y reposo a su alma hasta que los responsables del delito fueran llevados a la justicia. Así dijo que esperaría cuarenta y ocho horas por la actuación, sobre notitia criminis, de las instituciones llamadas a ocuparse del caso: el propio SENIAT, la Fiscalía General y la Contraloría.
Probablemente el comando de Rosales esperaba que la denuncia, destapada en la fase final de la campaña, ejerciera una especie de «efecto video Montesinos» sobre la propensión a votar por Chávez, sin dar tiempo a la recuperación luego del daño. Pero la verdad es que el asunto es demasiado obviamente un recurso de campaña electoral, cosa que no engaña al elector promedio, y por si fuera poco, el propio Vielma Mora le mató a Smith el gallo en la mano al recibirlo de lo más cordialmente justo al día siguiente del escándalo y declarar con la mayor tranquilidad que él mismo lo acompañaría a llevar los recaudos probatorios a la Fiscalía. Como hace ya unos cuantos años Alberto Quirós Corradi, cuando era Presidente de Maravén y él mismo denunciara a los sonados «petroespías» de la empresa, Vielma Mora salió más bien fortalecido. Con motivo de la visita de Smith al SENIAT, a la que se permitió el libre acceso de las cámaras de Globovisión, se habló incluso de áreas de cooperación entre gobierno y oposición y hasta María Isabel Párraga, mano derecha de Leopoldo Castillo, asentía ante esto y hablaba de la necesidad de construir «una bisagra».
Muy sintomáticamente, el diario El Universal no publicaba ni una sola línea sobre el «caso SENIAT» al día siguiente de la carga de Smith.
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Estos últimos incidentes, por tanto, no modifican en grado apreciable el cuadro general, que continúa signado por una ventaja de entre quince a veinte puntos, según se mida, de Chávez sobre Rosales.
Pero a pesar de esto, en las más recrudecidas filas opositoras se ha alentado un triunfalismo temerario, contra el que nadie menos que el Director Nacional de Estrategia de la campaña de Rosales, Teodoro Petkoff, con característica franqueza, alertara precisamente en el programa de Leopoldo Castillo. Un serísimo presidente de encuestadora ha expresado, en círculos discretos, su gran preocupación sobre la siembra de esperanzas falsas en la oposición, lo que sólo puede redundar en un nuevo desencanto y una nueva depresión.
A alimentar este conmovedor pero peligroso espejismo han contribuido las presentaciones de dos encuestadores. El local, Alfredo Keller; el internacional Penn, Schoen & Berland.
Alfredo Keller & Asociados pareciera servir para presentar ante empáticas audiencias un panorama lo más rosado posible para la campaña de Rosales, al decretar la existencia de un supuesto «empate técnico» a estas alturas—48% Chávez, 42% Rosales—que daría pie a la esperanza. Pero ya antes ha cumplido ese papel. Para la época del referendo revocatorio hablaba de un «voto oculto», como el que habría determinado años antes la victoria de Violeta Chamorro en Nicaragua ante un sandinismo atemorizador, aunque se cuidó de mencionarlo como una «posibilidad», curándose en salud. El tímido pronóstico de Keller llevaría a Ibsen Martínez a dedicar uno de sus estupendos artículos al tema, en el que aseguraba que el voto oculto existía y se manifestaría el 15 de agosto de 2004. Vistos los resultados del referendo, tuvo la hombría de ofrecer excusas a sus lectores en un nuevo artículo, que además fue muy divertido.
Por lo que respecta a Penn, Schoen & Berland, no sólo confirma idénticamente las cifras de Keller con un estudio de peculiar diseño metodológico, que asegura permite que los encuestados venzan el temor de pronunciarse por Rosales, sino que hace referencia repetida y explícita a Alfredo Keller & Asociados. ¿Actúan en tándem para evitar un desinflamiento tardío de la candidatura Rosales?
Habría que preguntarse, además, qué interés especial tiene PSB en Venezuela para repetir su presencia, y quiénes la financian. Sobre el primer asunto puede que baste suponer que la firma procura recuperar su credibilidad técnica, cuestionada a raíz de que en 2004 tabulara unas encuestas a boca de urna del referendo revocatorio e informara unos resultados diametralmente opuestos a lo que fue la votación real. Respecto del segundo no se dispone de información, pero la factura debe ser elevada: no debe ser barato hacer que el propio Douglas Schoen, uno de los socios principales de la empresa, haya venido en septiembre a preparar el terreno y ahora también en persona, cuando ayer convocara a rueda de prensa en inglés inmediatamente traducido, para decir que Rosales y Chávez estaban cabeza a cabeza y que el vector instantáneo de la dinámica reciente favorecía al zuliano.
En ocasión del referendo revocatorio, su procesamiento de las exit polls fue contratado por Súmate. Ayer adujo el amigo Douglas, como prueba irrefutable de que sus mediciones habían sido exactas, que The Wall Street Journal, periódico favorecido por hombres de negocios, había opinado que su informe era confiable.
Y fue precisamente sobre esas encuestas de salida que Súmate montó su pretensión de que había demostrado que aquel fatídico 15 de agosto había sido perpetrado un fraude masivo, al encargar a los impecables profesores Hausmann y Rigobón un análisis estadístico al respecto. Pero el año pasado Alejandro Plaz admitió, ante asedio insistente de Pedro Pablo Peñaloza que le entrevistaba para El Universal, que no se había podido demostrar fraude y que tampoco se podría en el futuro. Antes de tamaña admisión, el profesor Rigobón había declarado al mismo periódico en 2004, poco después de que sus «hallazgos» hubieran sido anunciados con fanfarria, y en imprudente descuido: «Hay dos piezas de evidencia en lo que nosotros mostramos. Uno depende de los exit polls. Pero éstos, como tal, pueden estar muy sesgados. Y eso ocurre en todos los países del mundo. Los exit polls no deberían ser tomados tan en serio como lo hacemos en Venezuela, porque son una porquería en todos los países. Y las diferencias son, generalmente, muy grandes, entre sus resultados y el conteo. En nuestros métodos estadísticos tomamos en cuenta que ese instrumento es muy malo».
Esta vez no se ha escuchado una certera advertencia de Enrique Mendoza sobre los trabajos de Penn, Schoen & Berland en Venezuela. Cuando otra encuestadora norteamericana—Greenberg, Quinlan, Rosner Research, traída y financiada por empresarios venezolanos—advertía en el primer semestre de 2004 que el gobierno podía salir airoso del intento de revocación, el otrora líder de la extinta Coordinadora Democrática declaró muy molesto: «Estamos acostumbrados a que cada vez que se acercan los procesos electorales aparecen empresas con esos nombres rimbombantes».
En cualquier caso, ALKA y PSB confirman que Chávez está sobre Rosales aunque, como el Economist, confían a dúo en que la decisión será cerrada. Ojalá no se monte sobre ese deseo una nueva y falsa acusación de fraude, como racionalización del nuevo e inminente fracaso.
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