CS #215 – Medio líder

Cartas

Ha sido, sin duda, el más importante aporte de Manuel Rosales a la política nacional el haber reconocido serena y responsablemente su derrota en horas de la noche del pasado domingo 3 de diciembre. No únicamente por el resultado electoral en sí mismo, sino porque al fin puede regresar la sensatez y el sentido de realismo al seno de la oposición venezolana: la clara conciencia de que es minoría. Sin esta comprensión, nunca fue posible articular una estrategia política eficaz, pues para mucha gente opositora era dogma de fe que ganábamos los actos electorales pero nos robaban. Este dogma ha sido hecho pedazos por los contundentes resultados del domingo, aceptados gallardamente por Rosales.

Por supuesto, una que otra voz histérica afirma que Rosales se vendió, que el domingo por la noche ocurrió una entrevista entre Chávez y Rosales en presencia de los jefes militares, y que de allí habría salido un vergonzante pacto que traicionó a una militancia creyente en que el zuliano cobraría su triunfo. Álvarez Paz (Oswaldo), por ejemplo, ha salido a decir que hubo precipitación en el reconocimiento del triunfo de Chávez, y que nunca se sabrá «los verdaderos resultados». Se mostró resentido porque en la tarde del 3 de diciembre el comando de Rosales le informaba que sus encuestas de salida indicaban que Rosales triunfaba. En efecto, esa conseja fue transmitida, y no sólo Álvarez Paz, sino muchas otras personas fueron engañadas, a conciencia. Es práctica normal en la política la ocultación de la verdad a las tropas, para evitar que su moral se desplome. Roberto Smith Perera llegó a decir la mentira por televisión.

En todo caso, poco después de que el primer boletín emanado del Consejo Supremo Electoral anunciara la realidad, y que el presidente reelecto arengara a sus partidarios desde un balcón de Miraflores, Rosales aceptó que había sido vencido. El país entero, chavista y opositor, le debe reconocimiento por su hombría.

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La magnitud del resultado era lo que las encuestadoras más serias y profesionales habían advertido. Acá mismo se calculó un promedio de las mediciones hace una semana: «…los promedios de las encuestas dan a Chávez 61% y a Rosales 39%». (Y esto porque se incluyó en el cálculo las cifras de Alfredo Keller y de Penn, Schoen & Berland, que mejoraban la posición de Rosales. Datos oficiales del CNE: Chávez 62,89%, Rosales 36,85%). Pero antes de que la votación confirmara lo que nuestros más confiables profesionales de la opinión pública habían encontrado, todo género de calumnias caían sobre algunos de ellos, y se aseguraba con la mayor ligereza que se habían «vendido», y que algún ejecutivo de famosa firma había comprado un costoso apartamento y pagado con dinero en efectivo. Estas especies rodaban por los canales chismográficos de la oposición, que en general se tiene por «gente decente» y cristiana, olvidando que el octavo mandamiento de la ley mosaica prohíbe «levantar falsos testimonios y mentir». Un segundo beneficio, pues, de lo acaecido hace cuatro días es la reivindicación de quienes rehusaron halagar oídos desesperadamente interesados y mantener la ética de la verdad, ateniéndose a decir lo que veían. No era cierto que hubiese ningún «empate técnico» entre los principales candidatos, como aseguraba con altiva suficiencia el señor Douglas Schoen, para no mencionar a otros encuestadores menos escrupulosos que la mayoría de los del gremio.

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Pero otras señales notables vienen de las filas del gobierno. El propio presidente Chávez, con el triunfo en las manos, declaró en su discurso celebratorio que se dedicaría como primera cosa a enfrentar la corrupción y la burocratización. Es decir, sabe dónde le aprietan los zapatos. Ese señor, que sí lee y cree en las encuestas (y gana elecciones), no ignora el enorme rechazo que suscita su gobierno, del que se salva—por ahora—porque la fe popular en su persona es más emocional que fundada, casi religiosa. Como advirtiera Oscar Schemel (Hinterlaces), sobre Chávez se cierne la amenaza de una bomba de tiempo, y no sería la primera vez que una gran popularidad—Irene Sáez, el mismo Chávez—se desploma bruscamente en Venezuela.

Luego, Isaías Rodríguez declaró, después de que su jefe máximo invitara a la oposición a sumarse a las tareas del cambio en el país, que en la oposición había «valores y conocimientos los cuales nos pueden ayudar a hacer un mejor texto constitucional», haciendo más específica la convocatoria. Y una vez que Manuel Rosales enumerase ciertas modificaciones que convertiría en banderas, como las de recorte del período presidencial, la institución de la doble vuelta electoral y la consagración de la libertad de educación, la libertad de cultos y la propiedad privada, el diputado Calixto Ortega (MVR) expuso que esos planteamientos eran bienvenidos. Por lo menos en este período inmediato antes de la octavita de la elección, el gobierno ha procurado emitir avisos conciliatorios. (Hasta Chávez ha abierto la puerta, aunque con característica renuencia, a un nuevo patrón de diálogo con los Estados Unidos. Aquí ha tomado nota de la apertura de Daniel Ortega en esa misma dirección, y también la más dramática de Raúl Castro en discurso pronunciado el pasado sábado. Quizás tampoco ha dejado de cavilar sobre la clarísima advertencia de Rafael Correa desde Ecuador: «En este país no va a gobernar Bush, pero tampoco Chávez»).

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En enero de 1985 tuvo quien escribe el honor de ser recibido por Arturo Úslar Pietri en el sancta sanctorum de la biblioteca de su casa, para una interesante conversación de corte general sobre temas políticos. Una de las lecciones que enfatizó muy marcadamente en esa ocasión, fue declarar que la política era una actividad que no podía ejercerse sino a tiempo completo. Así, me dijo, se lo había advertido con toda claridad a un joven empresario que exhibía por entonces una vocación pública.

Pero ahora ha regresado Manuel Rosales al estado Zulia para reasumir su gobernación. Declara, por otra parte, que asume la conducción de un «movimiento popular construido», y que alternará sus obligaciones de gobernador con esta guía. Si Úslar tiene razón, Rosales no podrá ejercer la dirección opositora, para la que se ha autoungido, a medio tiempo.

Claro que esta autounción como líder de la oposición tiene fundamento. Parece ser un sentimiento bastante extendido entre las conciencias opositoras que por fin se tiene en Rosales al líder que hacía falta, al que no existía en los tiempos de la Coordinadora Democrática y el referendo revocatorio. El tigre come por lo ligero, pensará Rosales, y no ha tardado en picar adelante proclamándose jefe de la oposición, sabiendo que el ambiente le facilita la aceptación de su ambición sin mucho cuestionamiento.

Que Rosales trabajó arduamente durante el trimestre que duró su campaña no puede negarse; que superó incluso ataques físicos sobre su persona habla de su valentía; que disciplinó al campo opositor, callando la declaradera y el pescueceo de otros precandidatos que integró a la estructura de su comando, es logro significativo a anotar en su haber. De aquí, sin embargo, no se desprende que sea el líder indiscutible y suficiente.

En primer lugar, lo que logró Rosales no fue otra cosa que preservar un poco menos de la proporción opositora manifestada en el referendo revocatorio. Cualquier otro candidato unitario hubiera obtenido una votación similar a la que favoreció a Rosales, puesto que se trataba de un «mercado cautivo» que rechaza a Chávez con fiereza. Rosales no pudo ir más allá de esa clientela, que más que votar por él votaba contra Chávez. Es decir, votó por el candidato no-Chávez.

En segundo término, Rosales perdió las elecciones. No ganó ni siquiera en el estado Zulia. (Aunque sí en Maracaibo). Se convirtió en candidato de unidad a raíz de un pacto a tres con Borges y Petkoff, y por obra y gracia de un estudio de la encuestadora Datos, que por supuesto contó la opinión de una sólida base política de Rosales en el Zulia. Es una instancia contrafactual—diría G. W. F. Hegel—pues así no ocurrieron las cosas, pero si por casualidad el candidato hubiera sido Borges o hubiera sido Petkoff, la votación opositora hubiera logrado cotas similares a las del domingo pasado.

Luego, suena a sofisma argumentar, como lo hizo ayer en Maracaibo, que en tres meses Un Nuevo Tiempo pasó a ser la segunda fuerza política del país. (Detrás del MVR, o como el chiste que decía que en la Guerra de las Malvinas, después de la rendición, los argentinos habían quedado subcampeones). La verdad es que su organización, como Primero Justicia, eran canales disponibles para la expresión del voto anti Chávez. Es una mera conjetura de esta publicación, que no ha hecho ningún sondeo empírico, pero si se hiciera una encuesta representativa del millón y medio de electores que votó por Rosales con la tarjeta de Un Nuevo Tiempo, probablemente el 99% de quienes contestaran no sabrían explicar qué debe entenderse por esa organización. Simplemente se sabía que UNT era el partido propio de Rosales. Por otro lado, se trata de una fuerza local, de un partido de enclave geográfico—el estado Zulia aportó el 27% de la votación por Un Nuevo Tiempo, como el Área Metropolitana de Caracas aportó el 27% de la votación por Primero Justicia—y el propio Rosales lo admitió ayer, al declarar que la plataforma política había sido siempre el Zulia.

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A fines del año de 1996 alguna razón hizo que el Partido Socialcristiano COPEI—que esta vez sacó menos votos que el Partido Comunista de Venezuela (254 mil contra 335 mil)—se sintiera impelido a explicar al país las «líneas» de su estrategia. Uno de sus dirigentes expuso que tales eran: primera, oponerse al gobierno de Rafael Caldera; segunda, deslindarse de Acción Democrática; tercera, continuar en exploración de alianzas con el MAS, la Causa R y otras agrupaciones. Es fácil ver que en esa enunciación todo es referencia a terceros actores, y que brillaba por su ausencia cualquier referencia sustantiva a lo que COPEI era; esto es, se trataba de una estrategia alienada, fuera de sí.

Tal vez era esto un eco de la moda intelectual de la época: el «postmodernismo». Los intelectuales de moda no atinaron a producir un sustantivo que les designase y connotase, por lo que se referían a sí mismos con un adjetivo adherido al sustantivo «modernista», que es lo que no eran. No en balde su actividad principal era la «deconstrucción» de discursos anteriores, la mera demolición analítica de lo que se había pensado antes que ellos.

Y es éste el problema central de la oposición venezolana: que se piensa y justifica como oposición. En lugar de pensarse como una oferta política que tendría sentido aun si Chávez no existiera, sólo encuentra significación como la lucha contra Chávez.

Hasta ahora esta formulación no ha rendido resultados. Salas Römer era apoyado porque era «el único que podía derrotar a Chávez» en 1998; Arias Cárdenas en 2000 porque era «cuña (golpista) del mismo palo», que era lo mejor para derrotar a Chávez; el golpe de Carmona, el paro de 2002-2003 y el referendo revocatorio eran para desalojar a Chávez del poder, y ahora Rosales era el candidato unitario para oponerse a Chávez sin dispersar fuerzas. La oposición vive y cobra sentido solamente en función de Chávez.

Está por ver si el liderazgo a medio tiempo que Rosales ahora ofrece, será capaz de elaborar una proposición política sustanciosa y moderna, cualitativamente muy diferente de lo que hasta ahora ha podido presentarse como alternativa. Entretanto hay que felicitar al zuliano y agradecerle su sensatez dominical.

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FS #121 – Yugo Chávez

Fichero

LEA, por favor

El 10 de agosto de 1998, en plena campaña electoral de la que H. Chávez Frías saldría victorioso sobre H. Salas Römer, escribí un artículo que saldría publicado en El Diario de Caracas, por esos días recientemente adquirido por el empresario industrial Hans Neumann. El artículo en cuestión llevó un título no demasiado ocurrente: «Yugo Chávez es un mentiroso».

Ya desde esa época data el vacío argumental de sus opositores que, por obra de algún extraño factor, dejaban que dijera lo que se le ocurriese sin refutarlo. Incluso Salas Römer eludía referirse a él directamente, y prefería la alusión oblicua, nunca frontal.

El suscrito debe admitir un sesgo muy fuerte en contra de Chávez. Desde el año anterior al fracasado intento de golpe de Estado de febrero de 1992, había venido exigiendo públicamente, en una media docena de artículos de prensa, la renuncia de Carlos Andrés Pérez, y creía que ese objetivo podía lograrse mediante la aplicación de una presión democrática, popular. De modo que en la misma madrugada del 4 de febrero, desvelado por los disparos que retumbaban desde La Casona y La Carlota, sentí la asonada como una afrenta personal que los golpistas me hacían, aun sin conocer sus rostros. Con mis muy escasas fuerzas había buscado una salida democrática, a costa de importantes inconvenientes personales, y ahora venían unos soldados, con violencia injustificable, a cercenar la ruta que había previsto. Admito, pues, que me resulta difícil mantener la conveniente distancia clínica a la hora de juzgar los hechos de ese día.

Una vez más, el texto elegido para esta Ficha Semanal #121 de doctorpolítico citaba el artículo de la Declaración de Derechos de Virginia que he reiterado hasta la náusea en numerosas ediciones de esta publicación. (Sin ir muy lejos, en la Carta Semanal #214 de la semana pasada). Tal vez los lectores excusen la insistencia y consientan en pensar que la prescripción virginiana, que sólo una mayoría de la comunidad es titular del derecho de rebelión, es principio que debe ser aprendido de caletre.

LEA

Yugo Chávez

Quiero dejar constancia de que yo me contaba, bastante antes del intento chavista de 1992, entre quienes pensaban que Carlos Andrés Pérez debía renunciar a su investidura presidencial. En este mismo diario escribí el 21 de julio de 1991: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal».

Esto es, propuse esa salida bajo la angustia de la matriz de opinión que ya se había formado en el primer semestre de 1991, acosado de escándalos, y que consistía en suponer que sólo existía la disyuntiva Pérez o golpe. Fue precisamente un intento, obviamente infructuoso, de mostrar un cauce constitucional. Estaba seguro de que la presión popular y democrática era el camino correcto para desalojar a Pérez del gobierno, ante la posibilidad de un expediente conspirativo y antidemocrático, como el que después intentaría Hugo Chávez Frías.

Dicho sea de paso, ese artículo suscitó unas pocas reacciones. Herminio Fuenmayor declaró que había en marcha una campaña para lograr la renuncia de Pérez. (¡Un artículo!) El General Alberto Müller Rojas, hoy en día jefe de campaña de Hugo Chávez Frías, escribió en El Diario de Caracas sobre la ingenuidad de mi proposición. (Al año siguiente, y luego de la intentona, volvió a escribir en adulación a Úslar Pietri, señalándolo como «el primero» que había solicitado la renuncia de Pérez. La verdad era que un mes escaso antes del golpe Úslar proponía que ¡Pérez se pusiera al frente de un gobierno de emergencia nacional! El interés oportunista de Müller Rojas era obvio: habiendo gravitado antes por los predios de aquel «Frente Patriótico» que lideraba Juan Liscano, quería ahora ser contado entre «los notables» que rodeaban a Úslar Pietri). Y también el director de El Diario de Caracas de la época, Diego Bautista Urbaneja, publicó un extenso artículo para comentar mis ideas al respecto y las de Luis Alberto Machado. Urbaneja opinó seis meses antes del 4 de febrero de 1992 que no había peligro de golpe de Estado –gran visión– y además, echando en falta argumentos éticos en mi proposición, dijo no tener duda de que Pérez daría una gran lección de ética renunciando, pero que el país «no estaba en condiciones de asimilar lecciones morales». En un segundo artículo en respuesta a tan asombrosas declaraciones de Urbaneja, escribí: «Donde discrepo de Diego Urbaneja es en cuanto a su apreciación de que Venezuela no está en capacidad de aprovechar lecciones morales. Es precisamente eso lo que el país está solicitando a gritos. Pero no es Pérez quien nos va a dar lecciones de moral con la renuncia que debiera comenzar a redactar. Es el país quien se la daría a Pérez, exigiéndosela». Urbaneja jamás permitió que ese segundo artículo fuese publicado.

Vedados los caminos de Urbaneja, el relanzado diario El Globo publicó varios artículos míos sobre el tema de la renuncia de Pérez, el más virulento de los cuales salió publicado ¡el 3 de febrero de 1992, un día justo antes del fracasado golpe chavista! (Admito haber temido que la DISIP o la DIM me visitaran, pues sería natural que pensaran que yo estaba «dateado». En realidad mis «datos» provenían de una predicción que había adelantado en 1987, en trabajo sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela: «Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable». También, como ya he señalado, porque ese deterioro acusadísimo se había dado a comienzos de 1991, con la sucesión de escándalos como el caso Florida Cristal, la extorsión televisada de Lamaletto, los escándalos militares en torno a Gardenia Martínez y el jefe de seguridad de Pérez, la muerte criminal de Lorena Márquez, etc.) En el artículo que me fue publicado en vísperas del abuso chavista decía así: «Esto es lo que debemos decir en febrero: que Carlos Andrés Pérez ha fracasado. Que no queremos su mando. Que nuestra armazón constitucional, por fortuna, tiene modo de suplirle. Que necesitamos de vuelta las facultades que le dimos, porque es él la encarnación y la síntesis de lo que no puede seguir siendo políticamente en Venezuela. Que todo eso lo hemos venido diciendo en las encuestas. Que no queremos esperar hasta febrero de 1994. Que la cosa es ya».

Los lectores perdonarán, espero, esta larga enumeración de credenciales, la que considero necesaria para afirmar con autoridad lo siguiente: Hugo Chávez Frías miente. Y lo peor es que lo hace a conciencia.

Una de sus reiteradas explicaciones, cuando intenta defender su infeliz ocurrencia del 4 de febrero de 1992, es que el frustrado levantamiento de esa fecha se produce como rectificación «bolivariana» de los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989. La lógica chavista procede más o menos de este modo: primero, Simón Bolívar había señalado que un ejército sería maldito si enfilaba las armas contra su pueblo; segundo, Carlos Andrés Pérez ordenó al ejército venezolano enfilar sus armas contra el pueblo en 1989; tercero, en consecuencia, la asonada del 4 de febrero no fue otra cosa que el castigo merecido por el pecado perecista.

Eso es mentira. Mentira dicha con el mayor desparpajo, con el mayor irrespeto por la inteligencia y la memoria de ese pueblo que él dice defender. Durante su breve prisión en el penal de Yare, cuando no preveía aún el posterior desarrollo de los acontecimientos y por tanto se encontraba algo descuidado, Hugo Chávez Frías admitió que el grupo que encabezó el intento de golpe de Estado de 1992 llevaba muchos años conspirando, por lo menos cinco años antes de que se produjeran los disturbios de 1989, la excusa que ahora ofrece como explicación.

Hugo Chávez Frías miente. Miente cuando dice y repite que el artículo 250 de la Constitución Nacional lo obligaba a la asonada. (Así declaró, por ejemplo, a la revista Newsweek en 1994). Hugo Chávez Frías miente. Porque el texto del artículo 250, que por sí solo constituye el Título XI (De la inviolabilidad de la Constitución) lo que dice en su primer inciso es lo siguiente: «Esta Constitución no perderá vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone. En tal eventualidad, todo ciudadano, investido o no de autoridad tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia».

Veamos entonces. Hugo Chávez Frías estaría diciendo la verdad, por una parte, si el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez hubiera dejado de observar la Constitución por acto de fuerza o la hubiera derogado por un medio distinto del que ella misma dispone. Y es muy claro que ninguno de esos dos casos estuvieron presentes en 1992. Por otra parte, no creo que puede sostenerse que una conspiración militar, preparada largamente, puede ser entendida como una «colaboración» para el restablecimiento de la efectiva vigencia de la Constitución. Al contrario, nada hay más inconstitucional que la única acción notoria de Hugo Chávez Frías. (Artículo 115 de la Constitución: «Los ciudadanos tienen el derecho de manifestar pacíficamente y sin armas, sin más requisitos que los que establezca la ley». Artículo 119: «Toda autoridad usurpada es ineficaz, y sus actos son nulos». Artículo 120: «Es nula toda decisión acordada por requisición directa o indirecta de la fuerza, o por reunión de individuos en actitud subversiva».)

Hugo Chávez Frías no ha admitido, y parece que nunca lo hará, que el episodio del 4 de febrero de 1992 fue un verdadero abuso contra el pueblo. El derecho de rebelión es un derecho sagrado y serísimo cuya residencia es el pueblo y jamás puede pretenderse que es prerrogativa de una logia conspirativa. Así lo recoge, por ejemplo, la Declaración de Derechos de Virginia (1776): «…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública». La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales sublevados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como salida a la muy desagradable situación. En estricto sentido, pues, Hugo Chávez Frías y el resto de los conjurados, abusaron de nosotros, enviando a la muerte a soldados que no sabían a lo que iban y que terminarían matando a sus compañeros de armas. Hugo Chávez Frías, que continúa mintiendo respecto del origen de su periplo político, es claramente una personalidad autoritaria, totalitaria, que insiste en justificar su abuso, su irrespeto al ciudadano, su desconsideración acerca de la opinión de la mayoría. Ese autoritarismo no haría otra cosa que exacerbarse en posesión del poder que ya pretende arrogarse. Más honesto sería de su parte admitir que se le conozca más bien como Yugo Chávez Frías. Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó.

LEA

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LEA #214

LEA

Una decisión pendiente de la Corte Suprema de los Estados Unidos pudiera revertir la resistencia de la Administración Bush a actuar decididamente para reducir las emisiones de gases de invernadero de ese país. En una demanda de doce estados de la unión y trece organizaciones ambientalistas contra la Agencia de Protección Ambiental—Massachusetts vs. EPA—se exige un pronunciamiento del altísimo tribunal que impida que el ejecutivo estadounidense continúe rehusándose a tratar las emisiones de gas carbónico y otros gases como contaminantes del aire, que ponen en peligro la salud pública y aumentan el riesgo de desastres ecológico-climáticos. El Fiscal General Adjunto de Massachussets ha declarado: «Tenemos propiedades, doscientas millas de líneas costeras, que estamos perdiendo».

Ya está trazada una línea de separación entre las facciones conservadora y liberal en la Corte Suprema. El Presidente de la Corte (John Roberts) y el juez Samuel Alito, consideran que, en el mejor de los casos, conceder la petición redundaría en una reducción relativamente pequeña de los gases peligrosos. En oposición, el juez David Souter opinó: «No tienen que mostrar que se detendría el calentamiento global. Su punto es que se reduciría el grado de calentamiento global y probablemente se reduciría el grado de las pérdidas». Así las cosas, los reflectores comienzan a enfocarse sobre el juez Anthony Kennedy, quien pudiera desempatar la votación hacia cualquiera de los dos lados.

Detrás de esta batalla legal se percibe la posición de los empleados mismos de la Agencia de Protección Ambiental. Ayer, los sindicatos que representan a unos diez mil empleados de la agencia elevaron una petición ante el Congreso, a fin de que se emprendan acciones inmediatas para tratar el problema del calentamiento global, y dejaron entender a la Corte Suprema que no están de acuerdo con la política del gobierno de Bush a este respecto.

Dos argumentos de los conservadores no parecen demasiado sólidos o consistentes. Por un lado, arguyen que sería mejor un tratamiento internacional que una acción unilateral de los Estados Unidos en protección del ambiente. Pero esto resulta irónico, pues son precisamente los Estados Unidos (y Australia) quienes han rechazado insistentemente suscribir el Protocolo de Kyoto, y por tanto se han negado al tratamiento multinacional. Por el otro, el argumento de que las mejoras serían insignificantes desconoce lo que enseña la teoría del caos—que emergió, justamente, en climatología primero que en otra ciencia—y que consiste en saber que el mero aleteo de una mariposa en Brasil puede desatar un tornado en California. Hasta el humo de un solo cigarrillo, encendido por un fumador empedernido como el suscrito, pudiera ser un crimen ecológico.

Que Dios inspire a la muchas veces sabia y profunda Corte Suprema de los Estados Unidos.

LEA

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CS #214 – El milagro del Marne

Cartas

En el año de 2002 produjo el suscrito una escuetísima evaluación del gobierno de H. Chávez Frías, por la cual se concluía que era «contrario a los fines de la prosperidad y paz de la Nación». Así, decía que ese gobierno, «renuente a la rectificación de manera contumaz», había procedido a «enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto».

Desde ese entonces no hay ninguna variación en ese retrato, y la renuencia a la rectificación continúa manifestándose. Hace tres días que Chávez exaltaba el segundo intento fallido de derrocar a Carlos Andrés Pérez por el expediente de la fuerza, y declaraba que en condiciones similares a las de 1992 volvería a alzarse en armas contra un gobierno legítimamente constituido. Esto es, H. Chávez Frías continúa teniéndose por superior al resto de los venezolanos, una mayoría de los cuales es la única depositaria del derecho a la rebelión. Uno de los documentos en el que se encuentra más claramente expresado este derecho es la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776, tres semanas antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos). En este texto se estipula que, cuando un gobierno sea inadecuado o contrario a los propósitos para los que ha sido establecido, «una mayoría de la comunidad tiene un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en tal forma que se juzgue más conducente al bienestar público».

En esa redacción se encuentra la clave para entender el abuso de Chávez Frías y los restantes conjurados de 1992. El sujeto del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad. Los conjurados del 4 de febrero y el 27 de noviembre, que por propia admisión de Chávez Frías estaban juramentados como conspiradores desde nueve años antes, no eran, claramente, una mayoría de la comunidad. Poco antes de los acontecimientos de abril de 2002 escribí para la Revista Zeta, quizás algo proféticamente: «… ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto».

Ningún cirujano tiene derecho a intervenir a un paciente sin su consentimiento. En la única circunstancia de un herido grave que se halle inconsciente, y que requiere una operación para salvarle, podrá un cirujano abrir su cuerpo justificadamente. Venezuela no se hallaba inconsciente del problema de Pérez a comienzos de 1992. Por lo contrario, cada vez había más conciencia en torno al tema, a pesar de lo cual los venezolanos expresábamos reiterada y tercamente, en cada sondeo de opinión levantado por esas fechas, que no queríamos intervenciones armadas. No fue pues que solamente Chávez Frías y sus socios conspiradores abusaron de un pueblo desprevenido: por encima de eso actuaron en flagrante contravención de expresos deseos de la mayoría de la comunidad.

No hay, en consecuencia, buenas razones para votar por Chávez, que insiste en reivindicar la bondad de un abuso, pero a pesar de esta situación, la mayoría de las encuestas registra, a mediados de este mes que hoy concluye, una partición de 60% de la intención de voto a favor de Chávez y 40% a favor de Rosales. Son otros criterios los empleados por la mayoría de los electores. (AP/Ipsos, 59%-27%; Consultores 21, 58%-41%; Datanálisis, 53%-26%; Datos, 55%-28%; Evans McDonough, 57%-35%; Keller, 52%-48%; Penn, Schoen & Berland, 48%-42%; Zogby/Universidad de Miami, 60%-31%. Si dejamos de lado a la única «encuestadora» que da como triunfador a Rosales—CECA, que el año pasado quiso vendernos que después de Diosdado Cabello el preferido como posible sucesor de Chávez, con 17,2% de preferencias, era ¡Oswaldo Álvarez Paz! También sostenía que Enrique Tejera París disfrutaba de ¡14,3% de apoyo para su candidatura!—y a la polémica encuesta realizada por profesores de la Universidad Complutense de Madrid, que vuelve a dar ventaja a Chávez de entre 15 a 20 puntos, las cifras inventariadas arrojan un promedio de 55,25% para éste y 34,75% para Rosales. Sumados estos promedios totalizan 90% de las preferencias, y entonces todavía habría 10% de indecisos. Llevados, finalmente, a escala de 100, los promedios de las encuestas dan a Chávez 61% y a Rosales 39%).

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Toda una semana de 1914 (5 al 12 de septiembre) duró la Primera Batalla del Marne. Los ejércitos alemanes que iniciaron la Primera Guerra Mundial se hallaban a cincuenta kilómetros de París, y el temor llevó al gobierno francés a mudarse apresuradamente a Burdeos. A lo largo del río Marne chocaron entonces las fuerzas francesas y la unidad expedicionaria británica contra las alemanas. Un total de 2.556.000 hombres se enfrentaron durante los siete días de la batalla. De éstos, casi 60% (58,1%) eran alemanes; del otro lado estaba el 41,9% de franceses e ingleses. (Parecen cifras de encuestadoras de las elecciones venezolanas).

Entre los terribles sucesos de esos días, uno en particular capturó la imaginación de los Aliados y avivó su mística de combate. En lo más recio del fragor bélico, 6.000 tropas de reserva fueron llevadas al frente en unos 600 taxis parisinos el 7 de septiembre, y este minúsculo contingente introdujo un cambio táctico que fue suficiente para evitar el descalabro de los franceses y la caída de París. Las bajas de la Primera Batalla del Marne fueron enormes: un cuarto de millón por cada lado, 500.000 en total. Los franceses no lograron destruir los ejércitos alemanes, que se replegaron al Aisne para cavar trincheras y permanecer prácticamente en el mismo sitio los siguientes cuatro años, después de los cuales finalmente se rindieron. Pero la heroica resistencia del Marne logró detener el hasta entonces incontenible avance de los invasores.

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Estando tan cercana la fecha del 3 de diciembre, y siendo tan crucial su desenlace, el suscrito consultó a tres magos de criterio amplio y sabio. El brujo de Boleíta cree en lo que dicen los sondeos de opinión, a pesar de lo cual sigue pidiendo al Niño Jesús que gane Rosales. Pero me dijo que si el Niño Jesús no podía concederle su regalo, entonces su segundo deseo era que Chávez ganara por margen suficiente, para no correr riesgo de violentos incidentes. El brujo de La Florida me instruyó a continuación: «Piensa que lo peor que puede pasarle a Chávez es que gane estas elecciones». Y anticipó que enormes dificultades le aguardaban, que podría ahorrarse si perdía y desde la oposición replanteaba su estrategia. Y el brujo de Los Palos Grandes, que parecía haber estado en comunicación telepática con el anterior, ofreció los ejemplos de los segundos gobiernos de los más recientes entre los presidentes norteamericanos. Los segundos períodos habían sido siempre peores y más deslucidos que los primeros, llenos de derrotas y dificultades. (Fue en su segundo gobierno, por ejemplo, que Clinton estuvo a punto de perder el puesto, como ocurrió con Nixon, y Reagan, al igual que ahora Bush II, perdió el control del Congreso). De todos modos, cree que hay mucho entusiasmo en las filas de Rosales, y que el factor miedo sí pudiera hacer que las encuestas midan como miden, y que tal vez la ventaja de Chávez pudiera reducirse a sólo diez puntos el día de la votación.

A ver, si se produjera una abstención de 40%, los dieciséis millones de electores pudieran producir sólo unos 9 millones seiscientos mil votos válidos, y si el promedio de lo medido por estudios de opinión se mantiene, entonces unos 5.900.000 de los votantes se inclinarían por Chávez y 3.700.000 por Rosales. (Diferencia de 2.200.000). Si, en cambio, lo del «voto oculto» se revela como cierto, entonces Chávez ganaría por un millón de votos nada más, tal vez en una votación de 5.300.000 a su favor y 4.300.000 a favor de Rosales. (55% a 45%). Eso sería suficiente como para que Rosales reconozca responsablemente el triunfo de su contendor y logre aplacar así el talibanismo de derecha que se prepara, con «encuestas» como las de CECA y otra manipulaciones, a cantar fraude y suscitar desorden: la famosa «crisis de gobernabilidad» que daría al traste con el régimen.

La consecución de este último nivel requiere un esfuerzo como el de los taxistas de París el 7 de septiembre de 1914: la campaña de Rosales debe movilizar todos sus recursos para asegurar que la penetración de Chávez quede contenida, impedida de avances significativos con posterioridad a su elección.

Y es que Venezuela no se acaba el 3 de diciembre—dice el brujo de Los Palos Grandes. Mucho menos se han agotado las tribulaciones de Chávez. La protesta social sigue, y tal vez pudiera contar con un año más de plazo para satisfacer expectativas creadas por sus promesas. Dice el arúspice: «El maquillaje de este año electoral estará muy chorreado el año que viene».

En efecto, hay que cerrar este ciclo electoral para que se dé la posibilidad de replantearse, con serenidad, qué es lo que ha estado equivocado en el planteamiento estratégico que busca desalojar a Chávez del gobierno. Una vez sacadas las cuentas y lamidas las heridas, será posible pensar en la nueva agrupación política que se requiere. El comando de Rosales pretende erigirse en conductor de una «nueva democracia social», a juzgar por lo que Omar Barboza declaró el pasado domingo a Roberto Giusti. Es decir, la «socialdemocracia del siglo XXI». Es una formulación de premisas obsoletas, y Barboza no atinó a ser claro y específico ante las insistentes preguntas del inteligente periodista. Por ahí no van los tiros.

Menos si se cree que Manuel Rosales, de regreso a su gobernación en el Zulia, involucrado en una faena regional que le impediría la dirección nacional, pudiera ser el líder cohesionador. Eso exactamente lo probaron ya Andrés Velásquez y Henrique Salas Römer, con resultados conocidos.

LEA

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FS #120 – Hanke de guerra

Fichero

LEA, por favor

Todavía hay quienes añoran las prescripciones del Consenso de Washington. Así lo vimos hace no muchos días, cuando el 11 de este mismo mes se comentaba en la Carta Semanal #211 de doctorpolítico el artículo The Lost Continent, de Moisés Naím. Muy cercano al espíritu de esta postura es la de quienes propugnan el anclaje de la moneda venezolana en el dólar norteamericano. Creen que al término del canceroso gobierno chavista lo que hay que hacer es dirigir la economía nacional por cauces parecidos a los del Chile de Pinochet o la Argentina de Menem.

Entre quienes recetan todavía—a sotto voce, se entiende—que el bolívar sea un apéndice automático del dólar, no es difícil hallar personas que fueron antes de confesión socialista y ahora son libremercadistas a ultranza. No debe sorprender un bandazo de ese tipo; ya Eric Hoffer había llamado la atención al hecho de que el verdadero fanático puede pasar repentinamente de una causa a otra, incluso a una opuesta. (The True Believer, 1951). Cuando el Dr. Julio Sosa Rodríguez acababa de dejar el Ministerio de Hacienda de la segunda administración de Rafael Caldera, ocurría en una de sus oficinas una conversación sobre el tema, y el suscrito señaló que anclar el bolívar en el dólar era alienar nuestra soberanía monetaria en la Reserva Federal. Entonces contestó un economista, de quien sólo diré que pocos años antes apoyaba al Movimiento Al Socialismo, que él prefería que Alan Greenspan le manejara sus reales, antes que lo hiciera Antonio Casas González.

La Ficha Semanal #120 de doctorpolítico contiene un artículo publicado por esa misma época en referéndum (mayo de 1996), que refiere un intercambio entre el economista norteamericano Steve Hanke y el suscrito. Hanke era el campeón del anclaje más estricto posible: una «caja de conversión».

Hanke vino ese año invitado por CEDICE. (Rocío Guijarro es su Directora Ejecutiva, y obtuvo fugaz y principal fama al firmar, «en representación» de las organizaciones no gubernamentales, el decreto constitucional del gobierno de P. Carmona Estanga). Tal cosa no significa, por supuesto, que CEDICE haya asumido oficialmente alguna vez la defensa del anclaje del bolívar en el dólar.

Las cifras de la época permiten medir lo que se ha afectado la tasa de cambio desde entonces.

LEA

………

Hanke de guerra

Nuevamente ha venido por esta Tierra de Gracia (Colón, 1498) el insuperable Steve Hanke, profesor de Johns Hopkins University, campeón del anclaje y dueño absoluto de la verdad económica y titular exclusivo de la panacea milagrosa de la caja de conversión.

Invitado por CEDICE, estuvo, entre otros sitios, en la sede de la Fundación Pensamiento y Acción, para explicar, por enésima vez, cómo es que, si eliminamos el Banco Central de Venezuela y lo sustituimos por un mecanismo automático—podría ser un simple computador—al día siguiente la inflación desaparecería como por encanto y todos seríamos felices.

Fuimos invitados a su presentación en los predios de la fundación mencionada, donde ante una cuarentena de personas expuso en forma por demás pugnaz, irrespetuosa y dogmática su ya famosa prescripción.

En una de las formulaciones más remachadas por Hanke los políticos, en forma genérica, fueron vapuleados a diestra y siniestra. Hanke les caracterizaba como «animales políticos», a partir del politikòn zoôn aristotélico, sólo que con particular énfasis en el término «animal», y repitió tres veces que los políticos usualmente se encontraban en una condición de «animación suspendida» (suspended animation), o estado comatoso que les impediría entender las realidades. El único político que logró salvarse de evaluación tan despreciativa resultó ser el Sr. Carlos Menem, a quien Hanke intentó vender como el líder más moderno e inteligente de los tiempos actuales. Tanto insistió Hanke en estas escasas nociones que el propio anfitrión, de disposición habitualmente plácida, el Dr. Eduardo Fernández, se atrevió a sugerirle que al lado del concepto de «animal político» debía ser incluido el de «animal económico». Adicionalmente Fernández le hizo notar que la moneda venezolana había disfrutado de varias décadas de extraordinaria estabilidad aun cuando operaba en nuestro país la «sospechosa» institución de un banco central.

De resto, y con particular saña, Steve Hanke dedicó el resto de la exposición a denostar de Venezuela. En una de sus frases de mayor efecto llegó a decir que «este país ha sido destruido en los últimos veinte años», y se complació en presentar indicadores según los cuales Venezuela es poco menos que la escoria del planeta. Entre otros datos que aportó se refirió al «índice de libertad económica» elaborado en un estudio dirigido por Milton Friedman.

Deliberadamente dejamos que fueran otros circunstantes—se encontraban allí, entre otros, Emilio Figueredo Planchart, Pedro Pablo Aguilar, Luis Enrique Oberto, Leopoldo López Gil y su esposa, Antonieta Mendoza, Carlos Bernárdez (coanfitrión), Alfredo Keller—quienes iniciaran la interacción con el conferencista al término de su exposición inicial. Luego pedimos la palabra para sugerir algunas precisiones y ampliar la consideración del punto clave—la supuesta excelencia de una caja de conversión—con el empleo de un enfoque diferente al del Sr. Hanke.

Ya en enero de 1995 nos habíamos referido en estas páginas a la proposición de Hanke: «El concepto es simple: bájese la santamaría al Banco Central. Pásese su función de cámara de compensación a los bancos comerciales; transfiérase su misión de asesor financiero del gobierno al Ministerio de Hacienda; confiérase su facultad de determinar la paridad cambiaria a un aparato ciegamente automático llamado caja de conversión». (referéndum, Vol. I, Nº 11). Una definición más o menos clara se encuentra en un trabajo de Hanke en colaboración con Kurt Schuler (igualmente profesor de Johns Hopkins), y que lleva como título «¿Banco Central o Caja de Conversión?» Allí explican estos autores que una caja de conversión es «un organismo emisor de billetes y monedas, convertibles a una moneda extranjera de ‘reserva’ a una tasa fija y contra demanda. No acepta depósitos. Guarda las reservas en títulos rentables de primera línea emitidos en la moneda extranjera. Estas reservas equivalen al 100% (o un poco más) de los billetes y monedas en circulación, según quede establecido por ley… La caja de conversión no tiene poder discrecional sobre la política monetaria; sólo las fuerzas del mercado determinan la oferta monetaria… Una caja de conversión no tiene poder discrecional. Su política económica es completamente automática y sólo consiste en cambiar billetes y monedas por moneda extranjera a una tasa fija».

Al iniciar nuestra intervención reconocimos que el Sr. Hanke se apoyaba en algunos hechos reales, lo que daba fuerza a sus planteamientos. Por cierto, acotamos, un hecho hasta entonces desconocido—según sabemos—es que el Sr. Hanke no es el desinteresado profesor universitario que viene del norte a salvar a Venezuela. En cándida admisión, Hanke declaró ser directivo de un fondo mutual norteamericano que poseía extensas inversiones en papeles de América Latina, incluyendo un 5% del total de sus activos ¡en bonos Brady de la deuda venezolana!

También apuntamos que una moda reciente se había manifestado con la emergencia de coléricos economistas que, desdiciendo de la serenidad clínica que debiera caracterizar a quien opina profesionalmente sobre una sociedad y sus problemas, se habían dado a la práctica de pontificar en tono subido y airado, o en el mejor estilo de un vendedor de menjurjes del viejo oeste norteamericano. Sugerimos que a ese estado histérico tan particular pudiera designársele con el remoquete de «agitación suspendida». (Suspended agitation).

Luego de este preámbulo, advertimos que introduciríamos el punto central de nuestra argumentación por la vía de parábolas. Es así como recordamos la similitud del caso venezolano con aquellos campesinos que de repente eran llevados a los cursos de un mes de duración que patrocinaba el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria, (1963), y que se enfermaban con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados. Recordamos aquellos suicidios «anómicos» registrados por Émile Durkheim en Europa de fines de siglo, cuando una persona se quitaba la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna.

Planteamos, pues, al Sr. Hanke las preguntas que hacíamos ya hace diez años: «¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades?» (Dictamen, junio de 1986).

Sugerimos que si el ingreso del gobierno Federal de los Estados Unidos se hubiese visto súbitamente multiplicado varias veces, la economía de ese país hubiera enfrentado importantes problemas. De hecho, destacamos que los niveles del déficit fiscal norteamericano son objeto de fuertes críticas allá mismo, así como los volúmenes de deuda pública y privada. (Referimos una anécdota de Alfredo Laffé, quien había sido Presidente del Banco Central de Venezuela. Laffé contó a un grupo de banqueros a comienzos de 1983 que él venía de Londres, donde se había reunido con colegas ingleses y les había preguntado si estaban muy preocupados por la deuda de los países del «tercer mundo», puesto que el año anterior había explotado el problema de las deudas de México y Polonia y ya se mencionaba a las de Brasil, Argentina y Venezuela. La respuesta de los banqueros ingleses a esta pregunta de Laffé se habría dado, más o menos, en los siguientes términos: «Bueno, sí. Es un asunto delicado que debe ser visto con atención. Pero la deuda que verdaderamente no nos deja dormir ¡es la de los Estados Unidos de Norteamérica!»)

El desequilibrio del repentino recrecimiento de los ingresos del Estado venezolano como consecuencia de los aumentos de precio del petróleo entre fines de 1973 y comienzos de 1982, es sin duda una causa de grave desajuste, el que todavía estamos pagando. En el análisis de Steve Hanke, tan importante factor brillaba por su ausencia. (Precisamos, por cierto, que ese período de constantes incrementos en los precios petroleros no había sido causado por Venezuela, sino detonado por un embargo político en el que no tuvimos parte, y durante el cual habíamos mantenido ininterrumpido, lealmente, el flujo de nuestro petróleo hacia los mercados del norte).

Finalmente, intentamos desnudar la consecuencia política profunda del establecimiento de una caja de conversión tal y como la ha venido proponiendo Hanke. (Dicho sea de paso, el Sr. Hanke intentaba vendernos su idea con continuas referencias a lo exitosas que habrían sido las cajas de conversión de Albania, Hong Kong y Argentina, sin darse cuenta de que con eso mismo estaba diciendo que la abrumadora mayoría de las economías del planeta ha adoptado la institución de los bancos centrales, y no la de caja de conversión que tanto pregona. En el caso de Argentina, por otra parte, el mecanismo adoptado no corresponde exactamente al preconizado por el profesor de Johns Hopkins. Si bien hay un «anclaje» de la moneda argentina sobre el dólar, con una tasa fija determinada por ley, y por ende inmodificable sin un acto expreso del Congreso argentino, el Banco Central de Argentina continúa existiendo, con el resto de sus funciones incólumes).

En esencia, nuestro planteamiento final siguió la línea de argumentación que empleamos en esta publicación en enero de 1995 en la edición ya citada: «Pero es que además esto significaría la total inmovilización de las reservas internacionales de Venezuela, amén de eliminar la ‘discrecionalidad’ de las autoridades monetarias venezolanas para sujetarse a la discrecionalidad de la Reserva Federal de los Estados Unidos, para la que ni Hanke ni Schuler—¡oh sorpresa!—se atreven a proponer su sustitución por una caja de conversión. Por otra parte, en opinión del industrial venezolano que más nos merece respeto—Hans Neumann—todo esto parece ser una manipulación cosmética que no toca para nada el sector real de los bienes y servicios producidos en el país.

Seguramente es un objetivo laudable la estabilidad del signo monetario, por más que, paradójicamente, algunos partidarios de esquemas tales como este tratamiento hankeriano de las cajas de conversión, critiquen fuertemente la intención gubernamental de mantener una tasa fija del bolívar de 1995 en 170 por dólar. Es posible, incluso, que la idea de un mecanismo automático de conversión a una tasa fija sea una idea buena en el fondo. Pero nos luce que el acoplamiento total de una economía como la venezolana, relativamente muy pequeña, a una economía tan grande como la norteamericana es un asunto realmente peligroso. Estos casamientos totales, como lo revela el reciente caso del ménage à trois del TLC norteamericano, parecen determinar graves problemas para el más débil de los cónyuges. Necesitaríamos, por tanto, una escala diferente. ¿Qué dirían Hanke & Schuler a la idea de una caja de conversión a escala de América del Sur?»

Con esta alusión al tema integracionista aprovechamos la mención que Hanke había hecho de Milton Friedman para citar a este Premio Nobel de Economía. En la segunda mitad de 1993 las monedas europeas, con la casi única excepción del marco alemán, se encontraban bastante debilitadas. Los gobiernos de Europa rogaban al Bundesbank que consintiera en disminuir sus tasas de interés. Nichts. El banco central alemán se negó rotundamente, lo que provocó intensas corridas contra la libra, la peseta, la lira… Por poco descarrilan los esfuerzos de unificación monetaria de Europa: la meta de una única moneda europea hacia 1999. Y es en estas circunstancias cuando Milton Friedman, no Fidel Castro ni un Mao Tse Tung redivivo, sino el líder de la escuela monetarista de Chicago, concede una entrevista en la que dice: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Concluida tan larga exposición, el Prof. Hanke intentó primero una línea de ataque personalizada. Nos preguntó si teníamos en nuestra cartera algunos dólares. Respuesta negativa. Acto seguido preguntó si algún familiar nuestro tenía alguna posición en dólares. Respuesta igualmente negativa, con algún abundamiento. Le explicamos al Sr. Hanke que hacía poco que habíamos concluido un trabajo de análisis para una transnacional con sucursal venezolana y que ésta había ofrecido pagarnos en dólares. Al explicar que preferíamos el pago en bolívares, nuestra moneda nacional, la compañía en cuestión intentó calcular cuánto debía pagarnos a razón de «dólar Brady», que para la época nos habría reportado alrededor de 445 bolívares por cada dólar de referencia en sus cómputos. Comunicamos a nuestro cliente que no aceptaríamos tal cosa, y que la tasa vigente oficial de cambio era la de Bs. 290 por dólar norteamericano, y que así debieran calcular nuestra factura de servicios, «perdiendo» así nosotros 155 bolívares por cada dólar estimado originalmente. Con esto quisimos hacerle entender al Sr. Hanke que no existía ninguna relación lógica, y tampoco interesada, entre los dólares que pudiese haber en nuestro bolsillo o los de algún familiar y nuestra opinión en torno al tema.

Impedido de defenderse con un ataque personal, el Sr. Hanke logró encontrar entonces la respuesta definitiva. Procurando no mirarnos a la cara, el inefable, el inigualable y docto Prof. Hanke cerró el debate calificando nuestra intervención como «un barato disparo populista» (A cheap populistic shot). Eso fue todo lo que dijo. Acto seguido, nos dio la espalda—gracias—y se dispuso a «contestar» otras preguntas.

El acto concluyó con rapidez. Ninguno entre los invitados se acercó al Prof. Hanke. El anfitrión se despidió de él cortésmente y lo abandonó en el salón en manos de algunos periodistas, vino hasta nosotros a felicitarnos y a comentar lo inconveniente de las filípicas hankerianas contra los políticos.

Tal vez a raíz de esta experiencia los patrocinantes de los periplos venezolanos de Steve Hanke hayan querido recomendarle una mayor moderación en sus denuestos. Y quizás algunos entre los venezolanos presentes hayan comenzado a sentir que es necesario detener la avalancha de evaluaciones exageradamente negativas de lo nuestro, que ya han pasado de ser práctica nacional a deporte internacional.

Porque es que Steve Hanke ha hablado en este país de un modo que debiera merecerle una declaración de persona non grata. Él no ha venido acá a ayudar a una gente que evidentemente desprecia, sino a jugar el papel de mercader de una dominación que no necesitamos. Ha intentado hacerlo belicosamente. Por eso tuvimos con él un encuentro con un hanke de guerra, aunque, claro está, en su caso se trata de un hanke de hojalata.

LEA

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