FS #118 – Lo que vale la pena

Fichero

LEA, por favor

Al término del gobierno de Dwight Eisenhower, en 1959, cuando comenzaba el primer gobierno de la era democrática venezolana, se fundaba en California el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, un think tank progresista de gran influencia durante la siguiente década. Algunos de los asociados al instituto fueron Bertrand de Jouvenel, Paul Ehrlich (autor de «La bomba poblacional»), el doble Premio Nobel de Química Linus Pauling, Frederick Mayer y Elisabeth Mann Borgese, destacada intelectual que era hija del novelista y Premio Nobel de Literatura alemán Thomas Mann. Considerado parte del movimiento New Left en los Estados Unidos, a partir de 1969 el centro cesó de ser influyente, y más tarde las dificultades económicas llevaron a su absorción por parte de la Universidad de California en Santa Bárbara, sin que llegara a recuperar su antiguo lustre.

En la idílica localización del instituto, era habitual que los investigadores de planta y visitantes dedicaran horas matutinas al estudio y escritura de tesis que presentaban luego a coloquios del centro, y esta costumbre dio lugar a la publicación de sus Ocassional Papers, de los que se publicaban cinco cada año y usualmente incluían registro de las discusiones suscitadas. Es de uno de éstos, On Liberty: Man v. The State, que se construye la Ficha Semanal #118 de doctorpolítico. Su autor fue el periodista norteamericano Milton Mayer (1908-1986), que hizo fama con su libro They Thought They Were Free (Creyeron que eran libres, 1955), que examina a través de un buen número de entrevistas cómo fue posible que el pueblo alemán tolerase al nazismo.

En Man v. The State, escrito cultamente y con elegancia, Mayer pone al descubierto las contradicciones entre los requerimientos de la vida social y la libertad individual. Mayer tenía la virtud de poner al desnudo, con incómoda exhibición de inconsistencias doctrinales y una erudición imprudente, el absurdo de conclusiones comúnmente aceptadas. Cultor de la paradoja, dedicó el libro a Scott Buchanan, que le enseñó que «las preguntas que pueden ser respondidas no vale la pena preguntarlas».

El trozo escogido para esta ficha proviene del séptimo capítulo del libro—E pluribus Einheit—y allí hace, como era su estilo, la implacable disección de una hipócrita doctrina. Contiene, por otra parte, una gema inestimable: la cita de una ponencia de Earl Warren, Juez Presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos, para una valerosa sentencia de espectacular claridad. Es en hitos de lucidez como ése donde reside la grandeza de la patria de Washington.

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………

Lo que vale la pena

Decir que ningún Estado ha apoyado alguna vez el derecho a la revolución—o a la anarquía—no es literalmente exacto. Cuatro grandes estados, los EEUU, la URSS, Gran Bretaña y Francia, no sólo lo apoyaron sino que lo exigieron, ex post facto, de cada soldado y burócrata de la Alemania nazi, bajo el Juicio de Nuremberg de 1946 que requería el ahorcamiento de aquellos que fuesen convictos como «criminales de guerra». El New York Times saludó la decisión del tribunal de las cuatro potencias como histórica, «al proclamar nuevas reglas y estándares legales que ahora son parte integral de la ley internacional… La soberanía nacional ha sido sobrepasada por la superior soberanía de la ley internacional y la organización internacional, las que ejercen jurisdicción no sólo sobre estados y naciones sino también sobre los individuos responsables por sus gobiernos y políticas. Y toda clase de crimen conectado con… una guerra de agresión está sujeta a la misma autoridad, la que no admite excusa ni de ‘órdenes superiores’ ni del peligro de la desobediencia». Todos los altos oficiales nazis habían alegado órdenes superiores de Hitler, la cabeza del Estado, que estaba muerto. El alegato fue rechazado de antemano; el Acuerdo de las Cuatro Potencias que estableció el tribunal adujo la criminalidad «sea que [los actos] estuvieran o no en violación de la ley doméstica del país donde fueron perpetrados».

Si el Juicio de Nuremberg significaba algo, esto era que el soldado (sin mencionar al civil) tenía que decidir por sí mismo si podía obedecer o no la orden de legal de un oficial (o funcionario) y ser tenido como responsable, incluso so pena de muerte, si obedecía la orden y al hacerlo cometía lo que subsecuentemente podía ser tenido por crimen de guerra, un crimen contra la paz, o un crimen contra la humanidad. Aquí se prescribía el derecho, más bien el deber, no solamente de la civil, sino de la desobediencia militar. Puede que sea imposible imaginar un ejército operando bajo tales condiciones, pero es fácil imaginar lo que sucedería si tratara. Nuremberg fue, por supuesto, una farsa. Ninguno de los cuatro grandes Estados que impusieron la doctrina sobre los derrotados alemanes la ha adoptado para su propia soldadesca (y la nueva Wehrmacht alemana la ha ignorado también). Cuando cuatro soldados norteamericanos rehusaron ser transferidos al combate en Vietnam, sobre la base de que la guerra era «injusta, inmoral e ilegal», el Abogado Asistente General Frank A. Bartimo del Departamento de Defensa anunció que pudieran ser sentenciados a muerte por una corte marcial, por hacer lo que el Tribunal de Nuremberg requería que un soldado hiciese bajo amenaza de muerte si no lo hacía.

Además de los miembros del Tribunal de Nuremberg, del editor del Register de Santa Ana y del Director del Servicio Selectivo, la anarquía puede reclamar otro defensor eminente: el gobierno de todo Estado existente (cuya condición anárquica invariablemente disfruta del apoyo de casi todos sus ciudadanos). La soberanía nacional es el estado de ser independiente de todo gobierno; en una palabra, anarquía. El reconocimiento de que todos los soberanos viven el fabuloso estado de naturaleza vis a vis el uno del otro, es tan viejo como el Estado mismo. Todo moscovita, todo neoyorquino, está sometido a las ordenanzas urbanas; toda ciudad cae bajo los estatutos de la provincia o el estado y toda provincia o estado está bajo la ley del país. Pero el país mismo no está bajo ninguna ley; si acepta las «decisiones» de las Naciones Unidas, lo hace sin coerción y (en el caso de una gran potencia) es incoercible. Y el nacionalismo está arraigado tan profundamente que las acciones unilaterales (es decir, anárquicas) de las naciones son apoyadas por casi todo su pueblo. La anarquía del mundo ha sido extendida ahora al sistema solar. En 1969 el Congreso de los Estados Unidos instruyó a la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio para que plantara la bandera norteamericana y ninguna otra (se había sugerido la bandera de las Naciones Unidas) en la luna. Antes los rusos habían dejado caer la roja bandera de la URSS en ese estoico satélite.

La libertad individual es, y debe ser, prerrogativa del Estado en razón de la función primordial del Estado de protegerse a sí mismo, esto es, de su soberanía. En 1931 la Corte Suprema de los Estados Unidos, en un caso que involucraba a un profesor universitario de teología a quien se le negaba la ciudadanía porque se rehusaba a portar armas, sostuvo que «aunque somos un pueblo cristiano… somos una nación con el deber de sobrevivir». Debemos, por tanto, «avanzar bajo el supuesto, y con seguridad proceder bajo ningún otro, de que la lealtad incondicional a la nación y la sumisión y obediencia a las leyes del país, tanto las que son hechas para la guerra como las que lo son para la paz, no son inconsistentes con la voluntad de Dios». Uno recuerda la genuina estupefacción de los soldados británicos en la I Guerra Mundial que vieron por primera vez los botones de un uniforme alemán que llevaban la inscripción Gott mit uns, puesto que ellos mismos habían sido llamados a las armas por Dios y por la Patria. Lo que la Corte Suprema dijo de la nación norteamericana pudiera decirse (y ha sido dicho) en nombre de toda nación que ha existido: que tiene el «deber» de sobrevivir.

Sólo una vez, hasta donde sé, ha sido puesto este «deber» en tela de juicio jurídica, y la cuestión no fue proseguida, en o fuera del tribunal. En 1967 la Corte Suprema anuló una provisión de la Ley de Control de Actividades Subversivas de 1950, que declaraba criminal para los miembros del Partido Comunista trabajar en una planta de defensa. Se sostuvo que la provisión violaba la libertad de asociación garantizada en la Primera Enmienda. Hablando por la Corte, el entonces Juez Presidente Warren dijo que «la frase ‘poder de guerra’ no podía ser invocada en encantamiento talismánico para apoyar cualquier ejercicio del poder del Congreso que pueda ser traído a su ámbito». Y continuaba: «Este concepto de la ‘defensa nacional’ no puede ser entendido como un fin en sí mismo, justificativo de cualquier ejercicio de poder legislativo diseñado para promover ese objetivo. Está implícita en el término ‘defensa nacional’ la noción de defender aquellos valores e ideales que distinguen a esta nación. Durante casi dos siglos, nuestro país ha encontrado singular orgullo en los ideales democráticos consagrados en su Constitución, y los más apreciados de estos ideales han encontrado expresión en la Primera Enmienda. Sería verdaderamente irónico que, en nombre de la defensa nacional, sancionáramos la subversión de una de aquellas libertades—la libertad de asociación—que hacen que la defensa de la nación valga la pena». (Cursivas del autor). Ninguno de los dos miembros disidentes de la Corte tocó la doctrina de que «la defensa nacional no puede ser entendida como un fin en sí mismo», ni tampoco ha alcanzado mi atención algún estudiado comentario sobre el caso. Ni siquiera los chauvinistas propugnadores de la remoción del Sr. Juez Warren alzaron su voz en esta ocasión, en la que su bête noir pareció haber rechazado llanamente el lema de «Mi país, con razón o sin ella».

Milton Mayer

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LEA #211

LEA

Unas son de cal y otras son de arena. Tan sólo la semana pasada hacíamos breve inventario de los más recientes traspiés de Chávez en la escena internacional, que culminaba con la derrota de la candidatura venezolana al Consejo de Seguridad en la ONU. Acaba, sin embargo, de recibir dos buenas noticias compensatorias de su depresión: el triunfo de Daniel Ortega en la campaña presidencial de Nicaragua y la derrota de los republicanos en las elecciones norteamericanas del 7 de noviembre.

Ortega, no obstante, luego de recibir el reconocimiento y felicitación de su principal contendor, peroró un discurso más alineado con la moderación de Lula que con las estridencias chavistas. Con la mayor tranquilidad dijo tener el máximo interés de atraer a su país toda clase de inversiones y contar con la participación de grupos económicos de todo tipo. Nada de socialismo del siglo XXI.

Chávez celebrará más, entonces, el regaño de los electores estadounidenses a las políticas de George W. Bush, a quien tiene por su archienemigo personal, a pesar de que éste en general le ignore. El presidente norteamericano consintió hace muy poco en aludirlo, en respuesta a insidiosa pregunta de un periodista: admitiendo que olía a azufre en la Casa Blanca, dijo que en Miraflores olía a Rosales.

No pocos creen en Venezuela que esto es así. La enorme multitud de la marcha opositora del pasado sábado hace pensarlo, y seguramente el episodio del video que registra las sectarias afirmaciones de Rafael Ramírez produjo la indignación suficiente para movilizar indecisos hacia la manifestación, así como la idea de que el abuso le haya costado a Chávez una disminución de intenciones de voto a su favor.

Puede ser. Las encuestas que antes referimos, y que miden una ventaja para Chávez de unos veinte puntos, fueron todas levantadas con antelación al grosero discurso en PDVSA. De todos modos, todas eran posteriores al mucho más procaz y agresivo escándalo que no hace mucho protagonizara Juan Barreto, sin costo aparente para Chávez. Claro está, hay una diferencia crucial: Chávez no estaba en Venezuela cuando Barreto decretara, inválidamente, la expropiación de campos de golf en clubes exclusivos, y el gobierno nacional se cuidó de publicar entonces, durante esa ausencia, un comunicado por el que se distanciaba del inútil alcalde. Esta vez, en cambio, el propio Chávez cohonestó el desaguisado de Ramírez y hasta le felicitó ardorosamente.

Luis Alberto Machado suele decir que las elecciones no las gana quien tuvo más aciertos, sino que las pierde el que cometió más errores. Así que el propio suscrito se ha permitido albergar una débil esperanza, confiando a un amigo: «Ojalá que la autocrática arrogancia del abusivo discurso de Rafael Ramírez, y el descarado espaldarazo de Chávez al mismo, robe a éste una buena cantidad de votos y la transfiera a Rosales, pues ciertamente es preferible la mediocridad cotidiana del zuliano a la peligrosísima y cancerosa brillantez de Chávez».

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CS #211 – Las tablas de Moisés (Naím)

Cartas

Esto es la reseña, no de un libro, sino de un artículo. Antes, hace un poco más de dos años—Carta Semanal #95 de doctorpolítico, del 15 de julio de 2004—nos hemos ocupado de conceptos del autor: Moisés Naím, ex estrella del IESA, ex Ministro de Fomento del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez.

En aquella oportunidad comentábamos otro artículo de Naím, «El cuento venezolano: una nueva mirada a la sabiduría convencional» (2001), el que procuraba negar que la irrupción de Chávez fuera «evidencia de la fermentación de una reacción contra la globalización, el capitalismo al estilo estadounidense, la corrupción y la pobreza». Naím se oponía entonces a que «por la mayor parte, la situación de Venezuela [fuera] citada como una señal temprana de alerta sobre una reacción planetaria contra las ideas políticas, las políticas económicas y las relaciones internacionales que dominaron los años 90, esto es, la democracia liberal, las reformas de mercado y la globalización».

La renuencia de Naím a aceptar tal interpretación es más que explicable: tal vez el más distinguido de los «IESA boy’s» de comienzos de los 90 que integraron el gabinete de Pérez, fue junto con otros destacados ejecutivos jóvenes responsable de las políticas que conformaron el «paquete» de este último. Tal «paquete» fue objeto de rapidísimo y masivo rechazo, a través de los terroríficos sucesos del 27 y el 28 de febrero de 1989: el cataclismo social que conocemos como «Caracazo», escenificado a sólo quince días de la toma de posesión del nuevo presidente, electo sobre una plataforma social-demócrata y súbitamente olvidado de su promesa electoral para revelarse como campeón local del «Consenso de Washington».

A pesar de tan temprana, clara y trágica advertencia, el gobierno de Pérez mantuvo tercamente el rumbo «ortodoxo» que había decidido, y ya para 1991 su «paquete» era objeto de generalizado rechazo, principalmente dentro de su propio partido. Este estado de cosas llevó a COPEI, el eterno competidor de Acción Democrática, a anunciar que propondría un ‘paquete alternativo’, que en máxima concreción se describía como «una economía con rostro humano». (¿?)

Al año siguiente Pérez fue blanco de dos intentos de golpe de Estado, el primero de ellos capitaneado por Hugo Chávez. Pero Naím evaluó todo el asunto al presentar a Chávez como un caso aislado. No había entonces, a su criterio, relación alguna entre los desajustes de Chiapas y las pobladas en Bolivia o los desórdenes argentinos que tumbaron a De La Rúa. No había descontento contra las prescripciones del Fondo Monetario Internacional.

Sin embargo, el año pasado se publicaba el libro El fin de la pobreza, del economista norteamericano Jeffrey Sachs. En él arremete Sachs contra el simplismo terapéutico del FMI, escribiendo en estos términos: «De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar».

……

Ahora vuelve por sus fueros el profesor Naím (¿Naif?) con la publicación de El continente perdido, en Foreign Policy, la revista que él mismo dirige. De nuevo es la negación de la realidad, su «sensatez» (para usar término caro a Diego Bautista Urbaneja) el sello distintivo del artículo, que seguramente será alabado y tenido por brillante en círculos explicables.

El esquema del artículo es muy simple: el «continente perdido» es Latinoamérica que, como Atlántida, habría desaparecido del mapa geopolítico, y el camino que debe tomar es el de la calma y la cordura, abandonando la búsqueda de panaceas de efecto instantáneo. En el sumario que antecede al cuerpo del trabajo está dicho todo: «Durante décadas, el peso de América Latina en el mundo ha venido encogiéndose. No es una potencia económica, una amenaza a la seguridad o una bomba poblacional. Incluso sus tragedias palidecen en comparación con las de África. La región no surgirá hasta que cese su procura de fórmulas mágicas».

Resulta, por decir lo menos, curiosa esta recomendación en boca de quien fuera, justamente, paladín eximio de las fórmulas mágicas del Consenso de Washington, denunciadas ahora por Sachs y muchos otros economistas, incluyendo en éstos al Economista Jefe del Banco Mundial. Ya Naím ha olvidado, convenientemente, que él tuviera algo que ver con la «década perdida» de los noventa.

Por supuesto que añora esa década; a pesar de lavarse las manos impávidamente, escribe: «En los años 90 los políticos a lo largo de América Latina ganaban las elecciones prometiendo reformas económicas inspiradas en el ‘Consenso de Washington’ y lazos más estrechos con los Estados Unidos. El Área de Libre Comercio de las Américas ofrecía la esperanza de un mejor futuro económico para todos. Los Estados Unidos podían contar con sus vecinos del sur como aliados internacionales confiables». Ya no pueden, pobrecitos.

De hecho, el foco principal del reciente artículo de Naím está centrado sobre los Estados Unidos, donde vive. Nada menos que las líneas iniciales del trabajo son, insultantemente, las siguientes: «América Latina se ha acostumbrado a vivir en el patio trasero de los Estados Unidos. Durante décadas, ha sido una región donde el gobierno de los Estados Unidos se inmiscuía en política local, combatía comunistas y promovía sus intereses de negocio». Si alguna vez fue algo un eufemismo, es esa caracterización naimiana de la política de Estados Unidos como un mero inmiscuirse. Los Estados Unidos, según Naím, son un poco entrometidos.

Pero como recordara recientemente (29 de mayo) Guillermo Ponce, ex diplomático mexicano de larga data, en divertida y eficaz charla en la universidad canadiense de McGill, «[l]a historia muestra que ha habido un rasgo de la política exterior de EEUU que pudiera ser llamado ‘dominación’, cuando no ‘expansionismo’. Los hacedores norteamericanos de políticas parecen incapaces de pensar fuera de los límites del nacionalismo. Están cerrados por la arrogante idea de que los Estados Unidos son el centro del universo, excepcionalmente virtuosos, admirables, superiores». Después de un somero y restringido inventario de agresivas intervenciones estadounidenses en el mundo y, en especial, en América Latina, Ponce concluyó citando las duras palabras del periodista norteamericano Howard Zinn, refiriéndose a su propio país: «Una honesta estimación de nosotros como nación nos prepararía contra la nueva andanada de mentiras que acompañará a la próxima proposición de infligir nuestro poder en alguna otra parte del mundo. Podría también inspirarnos para crear una historia diferente de nosotros mismos, arrancando nuestro país de los mentirosos y asesinos que lo gobiernan, y rechazando la arrogancia nacionalista, de modo que podamos unirnos al resto de la raza humana en la causa común de la paz y la justicia».

Este mero e «inocuo» inmiscuirse ha recibido un sonoro aviso de rechazo anteayer, en las elecciones parlamentarias y regionales de los Estados Unidos. La cadena CNN daba cuenta antenoche de un hallazgo de sus propias exit polls: mientras en 2004 sólo 52% del voto hispano fue a los demócratas, esta vez 73% de ese voto les favoreció.

Naím, pues, ha absorbido ya completamente la óptica norteamericana, incluyendo la usurpadora costumbre léxica de identificar a los Estados Unidos con América. Para Naím hay americanos propiamente dichos (los estadounidenses), de un lado, y del otro latinoamericanos. («A diferencia de los antiamericanos de otras partes, los latinoamericanos no están dispuestos a morir por sus odios geopolíticos». «De hecho, América es el principal mercado para el petróleo venezolano. Durante el período de Chávez, Venezuela se ha convertido en uno de los mercados de más rápido crecimiento en el mundo para productos americanos manufacturados». Etcétera).

Naturalmente que, como siempre, Naím dice cosas ciertas, aunque las más de ellas sean, justamente, de lo que él llamara «sabiduría convencional». Esto es, de lo que ya sabemos. El problema, sin embargo, es el de su tono y el de su despectivo punto de vista. Una burla altanera, un arrogante desprecio se cuela en el indicador que ofrece para medir nuestra escasa importancia: «América Latina no tiene, como África, hambrunas, genocidios, pandemias de SIDA, masivos fracasos estatales, o estrellas de rock que rutinariamente adopten sus tragedias. Bono, Bill Gates y Angelina Jolie se preocupan por Botswana, no por Brasil».

En cuanto a la más concreta de sus recetas, no otra cosa que desechar «fórmulas mágicas» y paciencia, mucha paciencia—Naím diagnostica en nosotros un «déficit de paciencia»—el emigrado profesor es al menos consistente. Ya cuando fuera coeditor, junto con Ramón Piñango, de «El caso Venezuela: Una ilusión de armonía» (IESA, 1985), recomendaba: «El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado ‘la carpintería’. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques». Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos. Poco después ingresaba al gabinete de Pérez, pertrechado, como más de uno entre sus colegas, de su adiestramiento superior.

El resonante y trágico fracaso de ese gabinete, uno de los catalizadores de la muy inconveniente asunción de Chávez al poder, era un eco de invidencias antiguas. Resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI, cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

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FS #117 – Caos constructivo

Fichero

LEA, por favor

A Luis Alejandro Aguilar

En un trabajo titulado «Los rasgos del próximo paradigma político», publicado en la revista referéndum, el suscrito explicaba en febrero de 1994 que «(e)xiste ahora… un marco teórico y analítico—la teoría de la complejidad, el concepto de fractales, la teoría del caos—que permite entender los sistemas políticos desde una nueva perspectiva…» Un poco más tarde, en mayo de ese mismo año, llevaba esta idea a un coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia—El Comunicador Necesario—y proponía: «Esta revolución en la física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería, la ecología. Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época… Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prygogine».

Aun antes, en trabajo completado en diciembre de 1990—Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela—anticipaba: «La teoría del caos estudia aquellos fenómenos que siguen reglas deterministas estrictas y sin embargo son impredecibles en principio. La turbulencia atmosférica, el latido del corazón humano, el movimiento de los precios en un mercado, el ‘ruido rosado’ que los ingenieros de sonido emplean para calibrar sus equipos, son algunos de los fenómenos que tienen comportamiento caótico y que comienzan a ser entendidos ahora con ayuda de la ciencia fractal. Esos fenómenos exhiben patrones de variación similares si se les considera en diferentes escalas temporales, del mismo modo que los objetos con invariancia a la escala exhiben patrones estructurales similares a diferentes escalas espaciales. Hay, pues, una profunda relación entre la geometría fractal y los comportamientos caóticos: la geometría fractal es la geometría del caos. El dominio del lenguaje fractal hace entrever la posibilidad de mejores y más profundas intuiciones acerca de los procesos básicos del universo, de la evolución de las especies, de la conducta humana. Se trata de una revolución excitante, que posiblemente sea el componente más profundo y poderoso de una nueva episteme, de una nueva concepción del mundo».

La Ficha Semanal #117 de doctorpolítico corresponde a los primeros párrafos de la introducción al libro Chaos Theory in the Social Sciences, editado en 1996 por la Universidad de Michigan bajo la conducción de L. Douglas Kiel y Euel Elliott. El texto publicado aquí no hace sino remachar la misma esperanza: que la teoría del caos—en términos más generales la naciente ciencia de la complejidad—es el paradigma correcto para las ciencias sociales, que hasta ahora han vivido de préstamos de las ciencias naturales, en particular de la física de Newton. (Todavía algunos analistas venezolanos de lo político se refieren a fuerzas, vectores y «espacios políticos». De vez en cuando se discutía si había «espacio para una nueva fuerza política», en pleno discurrir mecanicista).

La explicación de Elliott y Kiel, no obstante, no es de muy feliz redacción. Es repetitiva y en ocasiones hasta perogrullesca. Por ejemplo, escriben: «El evidente valor metafórico de la aplicación de una teoría del caos al reino social ha servido de ímpetu para la emergencia de la aplicación de esta teoría a los fenómenos sociales». (Algo así como George W. Bush, cuando dijo: «La mayoría de nuestras importaciones proviene del exterior»). Sirve aquélla, de todos modos, para vender machaconamente la tesis. Una introducción mucho más útil para el lego se encuentra en el libro de James Gleick, Chaos: The Making of a New Science, que Plaza & Janés ha traducido al castellano y sin duda es de adquisición recomendable.

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Caos constructivo

Históricamente, las ciencias sociales han emulado los paradigmas tanto conceptuales como metodológicos de las ciencias naturales. Desde la revolución conductual, pasando por aplicaciones tales como la cibernética, hasta la predominante confianza en la certeza y estabilidad del paradigma newtoniano, las ciencias sociales han seguido la guía de las ciencias naturales. Esta tendencia continúa, a medida que los nuevos descubrimientos en las ciencias naturales han conducido a una reconsideración de la relevancia del paradigma newtoniano para todos los fenómenos naturales. Uno de estos descubrimientos, representado por el campo emergente de la teoría del caos, eleva cuestiones acerca de la aparente certeza, linealidad y predecibilidad que previamente fueron tenidos por esenciales a un universo newtoniano. El reconocimiento creciente de la incertidumbre, la no linealidad y la impredecibilidad del reino natural por los científicos naturales, ha acicateado el interés de los científicos sociales en estos nuevos descubrimientos. La teoría del caos representa el esfuerzo más reciente de los científicos sociales por incorporar teoría y método de las ciencias naturales. Más importante aún, la teoría del caos parece proveer un medio para entender y examinar muchas de las incertidumbres, no linealidades y aspectos impredecibles en la conducta de los sistemas sociales. (Krasner 1990).

La teoría del caos es el resultado de descubrimientos de los científicos naturales en el campo de la dinámica no lineal. La dinámica no lineal es el estudio de la evolución temporal de los sistemas no lineales. Los sistemas no lineales manifiestan un comportamiento dinámico tal que las relaciones entre las variables son inestables. Más aún, los cambios en estas relaciones están sujetos a realimentación positiva en la que los cambios se amplifican y rompen estructuras existentes y el comportamiento, y crean resultados inesperados en la generación de nuevas estructuras y nuevo comportamiento. Estos cambios pueden resultar en nuevas formas de equilibrio; formas novedosas de aumento de la complejidad; o aun una conducta temporal que parece azarosa y desprovista de orden, el estado de «caos» en el que la incertidumbre domina y la predecibilidad se rompe. A menudo se describe a los sistemas caóticos según tengan caos de baja dimensión o exhiban caos de alta dimensión. Los primeros exhiben propiedades que pueden permitir alguna predicción a corto plazo, mientras que los últimos exhiben tanta variación que impiden cualquier predicción. En todos los sistemas no lineales, sin embargo, la relación entre causa y efecto no parece proporcional y determinada, sino vaga y, en el mejor de los casos, difícil de discernir.

Estos descubrimientos han dado pie a una nueva matemática que contradice el previo compromiso científico con la predicción y la certeza. Los científicos naturales han aplicado ya esta matemática a numerosos campos de estudio. Una lista parcial y sucinta de los campos incluye la meteorología (Lorenz 1963), la biología de las poblaciones (May 1976), y la anatomía humana (West y Goldberger 1987). Estos estudios muestran consistentemente que la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre resultante son componentes esenciales en los procesos evolutivos de los sistemas naturales. Más aún, estos estudios han conferido precedencia a una mayor preocupación por la extensión y los retos de la comprensión de la complejidad inherente a los sistemas naturales.

De este modo el paradigma emergente del caos tiene profundas implicaciones para el antiguo punto de vista newtoniano dominante, de un universo mecanicista y predecible. Mientras que un universo newtoniano se fundaba en la estabilidad y el orden, la teoría del caos enseña que la inestabilidad y el desorden no sólo están ampliamente distribuidos en la naturaleza, sino que son esenciales a la evolución de la complejidad en el universo. Así, la teoría del caos, como la teoría de la relatividad y la teoría cuántica antes de ella, propina otro golpe al compromiso singular con el determinismo de un punto de vista newtoniano del reino natural.

Esta comprensión sugiere, asimismo, que los éxitos relativos en la adquisición de conocimiento por las ciencias naturales son el resultado de enfocarse sobre sistemas «simples» que funcionan de una manera ordenada y consistente. A medida que los científicos naturales han desplazado el foco de sus investigaciones hacia sistemas más complejos, la previa búsqueda de certidumbre ha cedido a una mayor apreciación de la incertidumbre y la enormidad del potencial generado por la incertidumbre del desorden y el desequilibrio.

Con el foco de la teoría del caos sobre la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre, la aplicación de esta teoría a las ciencias sociales era tal vez una eventualidad predecible. Como ha notado Jay W. Forrester (1987), «Vivimos en un mundo grandemente no lineal». El reino social es claramente no lineal, en el que la inestabilidad e impredecibilidad son inherentes, y donde causa y efecto son a menudo un laberinto desconcertante. El hecho obvio de que los sistemas sociales son sistemas históricos y temporales enfatiza igualmente el valor potencial de la teoría del caos para las ciencias sociales. Los sistemas sociales quedan tipificados por las relaciones cambiantes entre sus variables.

El evidente valor metafórico de la aplicación de una teoría del caos al reino social ha servido de ímpetu para la emergencia de la aplicación de esta teoría a los fenómenos sociales. La teoría del caos se funda en la matemática de los sistemas no lineales. De esta manera los científicos sociales, en su esfuerzo por imitar el rigor matemático de las ciencias naturales, están aplicando cada vez más esta matemática a una variedad de fenómenos sociales. El análisis de series de tiempo es esencial a este esfuerzo, a medida que los investigadores luchan por examinar cómo ocurre el comportamiento no lineal y caótico y cómo cambia en el tiempo.

Claramente, la brecha fundamental entre el éxito evidente de la adquisición de conocimiento en las ciencias naturales, versus los éxitos más bien mínimos en la comprensión de la dinámica del reino social, es la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre inherentes al comportamiento de los sistemas sociales. El «caos» aparente de los fenómenos sociales siempre ha sido un obstáculo a la adquisición de conocimiento en las ciencias sociales. Los científicos sociales han argumentado por largo tiempo que esta brecha relativa del conocimiento se debía a la complejidad relativa de los fenómenos examinados por las dos culturas científicas. Sin embargo, la teoría del caos nos enseña que en gran medida la «brecha» entre ambas ciencias ha podido ser en gran medida artificial. A medida que los científicos naturales investigan con más intensidad los fenómenos naturales complejos, también deben confrontar los retos que hace tiempo han servido para mantener a las ciencias sociales en la posición de un hijastro científico. La teoría del caos parece representar un medio promisorio para una convergencia de las ciencias que servirá para enriquecer la comprensión de los fenómenos tanto naturales como sociales.

L. Douglas Kiel – Euel Elliott

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LEA #210

LEA

Tanto nadar para ahogarse en la orilla. En el día de ayer el embajador venezolano ante la Organización de las Naciones Unidas, el invertebrado Francisco Arias Cárdenas, anunció que había un acuerdo entre Guatemala y Venezuela para retirar sus respectivas candidaturas al Consejo de Seguridad del organismo. Ante el hecho, y aunque una vocera de la representación guatemalteca no pudo confirmar inicialmente la declaración de Arias, fue suspendida la que habría sido la cuadragésima octava votación para elegir al miembro latinoamericano del Consejo.

Nicolás Maduro se había reunido dos veces con Gert Rosenthal, el canciller guatemalteco, en predios de la delegación de Ecuador ante la ONU en Nueva York. (Que a su regreso procure Nicolás tener esta vez todos sus papeles de identificación a mano). Diego Cordovez, el embajador ecuatoriano, no sólo confirmó la declaración venezolana, sino que anunció que ambos competidores propondrán hoy a los 34 países del bloque de América Latina y el Caribe la candidatura de Panamá.

No tardaremos en escuchar a Chávez, Rangel, Maduro, Arias y Valero asegurando que la cosa fue un triunfo total: que Venezuela—mejor dicho, la revolución «bolivariana»— una vez más ha derrotado al imperialismo norteamericano, presidido por el diablo Bush, al impedir que su candidato «títere» se hiciera con el puesto.

La verdad es que Venezuela, salvo una ocasión en la que logró un empate de votos, perdió la elección en cuarenta y seis de cuarenta y siete votaciones. (98% de derrotas). La verdad es que, después de terquear cuarenta y siete veces, después del cabildeo planetario que el mismo Chávez llevó ilusamente a cabo, y el gasto de considerables sumas de dinero (sin contar los nuevos compromisos que adquirió), tuvo que retirarse con el rabo entre las piernas. Y la verdad es que el mismo Chávez enterró las escasas posibilidades del país por deslenguado y baladrón.

Si en Venezuela, todavía, cree poder engañar a los electores con una pieza publicitaria en la que se describe a sí mismo como amorosísimo presidente, en el exterior se le están poniendo las papas duras. Los más recientes asuntos en los que ha puesto interés han resultado, claramente, contrarios a sus épicos designios. Humala derrotado, López Obrador ídem, el apoyo de Chile inexistente, los aviones españoles cancelados, el Consejo de Seguridad lejanísimo, su pana Fidel caduco y más moribundo que la Constitución de 1961. Tal vez aún no esté contenido en nuestro país, pero internacionalmente le están reduciendo el espacio.

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