CS #210 – Odres nuevos

Cartas

Un buen desayuno en una casa excepcionalmente bella. Ocho estupendas cabezas—y buenos dientes—entre ellas la de un afamadísimo encuestólogo. (Un historiador demasiado preclaro para decir otra cosa de él, pues se identificaría, dos ex ministros, un importante analista político, un abogado con experiencia en publicidad electoral y campañas, un hombre de finanzas internacionales, un politólogo de estudios en el exterior). El suscrito asistió, prácticamente, como observador y muy ocasional preguntón. El foco de la discusión: qué puede hacerse en las escasas semanas que quedan antes de la elección del próximo 3 de diciembre para potenciar las probabilidades de triunfo del candidato zuliano, Manuel Rosales. Lo que sigue de inmediato no proviene de quien escribe. Estos juicios, por tanto, no le son atribuibles en cuanto a paternidad, aunque los suscriba. Los ocho escapularios eran ajenos.

El experto en encuestas, para empezar, contestó una pregunta acerca de la ubicación actual del candidato en la preferencia de voto según sus propias mediciones de opinión. Veintiocho por ciento, fue lo primero que dijo. (Top of head. Más adelante diría resbalándose progresivamente o estirando las cifras: treinta, treinta y dos, y postularía que Rosales pudiera llegar, teóricamente hablando, a cuarenta y dos por ciento. El oponente, cincuenta por ciento). Un poco más avanzada la mañana debió contestar otra pregunta: ¿cuál es la proporción de electores que creen que Chávez ganará la elección? Su respuesta, sin dudar un segundo: sesenta y cinco por ciento de los consultados cree que Chávez ganará la elección. A lo mejor es por esto que, como lo pusiera un comensal, en el país no hay clima electoral digno del nombre. Él destacó que, salvo Globovisión, resteada a favor de Rosales, los demás medios de comunicación parecieran entender que no estamos en campaña.

Se mencionó el efecto que tendría sobre la propensión a votar por Chávez las enormes cantidades de circulante que el gobierno ha puesto en manos del público: hay una bonanza económica que reduce las ganas de cambiarla por un nuevo factor, únicamente probado en la tierra de Rosales. También volvió a escucharse la conseja de que los empresarios caraqueños han estado remisos a entregarle fondos; sólo los empresarios zulianos habrían dado la cara decididamente. Hace nada habrían halado las orejas a Álvarez Paz, quien cuidadoso de su constituency en el Zulia, su terruño, acaba, casi a última hora e inconsistentemente, de quebrar emocionadas lanzas por Rosales, después de toda su prédica en contrario de la participación electoral. (Y no hay quien hale las orejas de Henry Ramos Allup, emperrado en su abstencionismo metafísico).

A continuación hubo comentarios críticos a la campaña propiamente dicha. Tal vez la equivocación más particular de la misma haya sido, dijo alguien, la selección del lema básico: «Atrévete». Este eslogan, para empezar, invita a superar un obstáculo, sea éste el miedo o la desidia. Es una convocatoria al heroísmo. Alguno apuntó que tal vez era una proyección psicológica—mecanismo freudiano de defensa—pues el propio candidato se había atrevido a lanzarse en campaña, a pesar de tener pendiente sobre sí la espada de Damocles de un antejuicio de mérito, por aquello de su firma pública del decreto constituyente de Pedro Carmona. En todo caso, el lema mismo es toda una presunción diagnóstica: la gente tendría que atreverse a votar contra Chávez. No parece ser un mensaje positivo.

Finalmente, agotado el blanco queso rallado para las arepas, sobre la mesa se puso ideas que pudieran servir para dar nueva dirección a una campaña que como va parece perdida. Destacar la crucialidad de la elección, se dijo, sería muy importante. Llevar más claramente al elector que optaría por libertad o sujeción. Dejar de hablar de corrupción sin casos o pruebas concretas y resaltar el evidente militarismo del régimen. Explicar al país quién es Manuel Rosales, pues no se sabría quién es. Cambiar su tren de asesores—entre quienes destaca Diego Arria—por uno mejor. Ponerle música al asunto. No hay emoción ni entusiasmo en la campaña, que pareciera de cine mudo. La música puede galvanizar. Acompañar las marchas y caminatas del candidato con camiones cargados de tambores y barloventeñas danzantes, para reforzar la negritud de «Mi negra». Emplear eslóganes mejores, más poderosos y positivos. Centrarse totalmente en el reclamo de un debate entre los contendientes. Si Chávez no lo acepta—como hasta ahora—entonces lucirá cobarde, y si lo acepta entonces perdería, porque no podría apabullar a Rosales enseguida. (Si Cassius Clay no me noquea en el primer minuto de una pelea, entonces la he ganado).

Poco antes de levantar la mesa uno de los circunstantes advirtió con alarma que, pareciendo estancada la campaña de Rosales, muy bien—o muy mal—pudiera ocurrir que el esfuerzo se desinflara súbitamente en los últimos días, y entonces la derrota lo sería por paliza. Al final de todo, al lado de los carros para la salida, el encuestólogo sintetizó: «El problema es que Rosales no da». Es algo tarde para darnos cuenta de eso. (Aunque acá mismo se escribió el 4 de noviembre de 2004—Carta Semanal #111 de doctorpolítico—hace casi exactamente dos años, la siguiente evaluación: «…si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado … entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos»).

Y el suscrito votará por Rosales.

………

Si los notables venezolanos reunidos en el mañanero condumio reseñado tienen razón, entonces no hay nada que hacer. Chávez será reelecto, y no por fraude electoral, sino legítimamente. Esto es importante pensarlo con tiempo, porque puede apostarse con seguridad dinero grande a que no faltarán voces que jurarán, a pesar de lo que registran las encuestadoras serias, que Rosales ganó y su triunfo le fue escamoteado fraudulentamente. Los voceros de esta inexorable tesis son previsibles; no hace falta nombrarlos.

Un factor pudiera moderar la legitimidad del éxito de Chávez: una grande abstención, cercana a la del pasado 4 de diciembre de 2005. Si los vilipendiados «Ni-ni» se repliegan, hartos de Chávez y una vez más desencantados con lo que fue capaz de proponer la oposición; si a ellos se suma una proporción alta de chavistas que consideren que sus votos no son necesarios, tal vez entonces no pueda reivindicar Chávez que ha recibido un claro mandato para hacer lo que le venga en gana. (No podrá reivindicarlo, pero de todos modos tenderá a hacer lo que le venga en gana).

En el campo opositor, en cambio, la desbandada es lo esperable, y ninguna oposición futura será posible a partir del crecimiento de ninguno de sus fragmentos. El candidato, para empezar, tendrá el destino que esperó a Salas Römer; no podrá erigirse como el líder indiscutido del antisocialismo. Petkoff ya no tendrá energía para intentar una epopeya de esas dimensiones. Julio Borges, a quien no se le ha acabado la sedición interna en su contra—dirigentes importantes de su tolda dicen desfachatadamente que «PJ» ya no quiere decir Primero Justicia, sino «Primero Julio»—dirige un partido que no ha podido prender en el alma nacional y que, en el mejor de los casos, pudiera movilizar algo así como 35 mil militantes. Súmate, muy disminuida desde su arrogante fracaso de las primarias, e identificada con intenciones políticas conservadoras, no tendrá éxito de completarse su metamorfosis en partido político. Los restantes micropartidos y manidos dirigentes tienen aún menos posibilidad de emerger como fuerza del tamaño necesario. Algunas figuras individuales, por supuesto, todavía tienen futuro. Hay mucha gente capaz e inteligente en las organizaciones enumeradas, además de bien intencionadas. Pero sólo prevalecerán si son capaces de hacer algo que Acción Democrática y COPEI nunca pudieron: repensarse radicalmente para crear algo totalmente nuevo.

Ése es el camino, entonces. Es de suprema y urgente importancia construir una nueva asociación política. El problema general de la política venezolana—recomponer su Estado elefantiásico para que sirva óptimamente a la sociedad, y la potencie para que ella se cree a sí misma, sana y lanzada al futuro—sigue sin resolver, como tampoco ha desaparecido el canceroso tumor del chavismo. Ninguna federación de enanos, sobre todo cuando son entre sí muy disímiles, podrá rendir el servicio requerido. Lo que se precisa es un nuevo diseño, a tono con el siglo XXI, alejado de las categorías jurásicas de las derechas e izquierdas del XIX, un código genético organizacional enteramente distinto del convencional.

Así escribíamos en febrero de 1985:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?

Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.

Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.

Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.

Las organizaciones políticas que operan en el país no son canales que permitan la emergencia de los nuevos actores que se requieren. Por lo contrario, su dinámica ejerce un efecto deformante sobre la persona política, hasta el punto de imponerle una inercia conceptual, técnica y actitudinal que le hacen incompetente políticamente.

No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos.

Es posible que ahora, veintiún años más tarde, especialmente después de la derrota de Salas Römer y la incomprensible postulación de Arias Cárdenas; después de Pedro Carmona, del paro suicida, del fracaso revocatorio y la pérdida de Rosales, podamos tener razón. Al cabo de tantos traspiés, ¿estaremos listos para preguntarnos, aunque sea sólo una vez como gente grande, si hemos venido haciendo algo equivocado? LEA

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FS #116 – Tragedia de abril

Fichero

LEA, por favor

El 14 de junio de 2002 completó el suscrito un análisis de los acontecimientos de abril de ese mismo año, los que llevaron al fugaz derrocamiento y detención de Hugo Chávez Frías y al efímero gobierno de Pedro Carmona Estanga. La aventura de este último hizo un daño considerable a la oposición venezolana, al marcarla como golpista. No todos los partidos de oposición, sin embargo, ni la mayoría de los líderes participaron en la conjura y el desastre. Lo que es de lamentar es que ninguno produjo una clara condena de los hechos; muy pocas voces de la oposición—la de Teodoro Petkoff la excepción notable—se separaron nítidamente de la «carmonada», como la nombrara Rafael Poleo. (En el texto reproducido acá es justamente Poleo «el editor aludido». Poleo y su hija Patricia destacaron la actuación de «los factores reales de poder», expresión que luego se convirtió en el nombre de la columna publicada por la periodista en el periódico de su padre, El Nuevo País).

Como se sabe, en la tarde del día 12 de abril de 2002, Pedro Carmona Estanga se autojuramentó, cual Bonaparte coronado por sí mismo, como Presidente de la República que sustituía a Hugo Chávez Frías, detenido en Fuerte Tiuna primero, y luego en la base naval de Turiamo y la isla de La Orchila. El decreto que establecía al nuevo régimen fue leído en tono de arenga que alborozó a los presentes en el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, que premiaban con ensordecedor aplauso cada artículo de aquél. Ese documento fue luego refrendado por algunas personalidades, entre las que las más notables fueron el cardenal José Ignacio Velasco, José Curiel «en representación de los partidos políticos», Manuel Rosales «en representación de los gobernadores de estado» y Rocío Guijarro «en representación de las organizaciones no gubernamentales». Luego firmarían el texto varias decenas de personas; por ejemplo, Américo Martín y Alberto Quirós Corradi. La Confederación de Trabajadores de Venezuela se negó a rubricar el acta.

Tras la concepción del monstruoso decreto se encontraba una tesis expuesta por primera vez en la asamblea de Fedecámaras celebrada en Margarita en julio de 2001, la que escogió a Carmona como su presidente. Allí argumentó Oswaldo Páez Pumar que la Constitución aprobada por referendo popular del 15 de diciembre de 1999 no era válida, por lo que la vigente sería la de 1961. Esta noción ofrecía fundamentación jurídica, aunque defectuosa y falaz, a la defenestración de la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia que el decreto produjo.

No está dicho, por supuesto, todo lo referente a lo acontecido por aquellos días. Hubo conspiración, sin duda. Un «Informe Ejecutivo ‘Senior’ de Inteligencia» del 6 de abril, producido por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, conocido gracias a su «desclasificación» por efecto de la Ley de Libertad de Información (Freedom of Information Act), registraba: «Las condiciones maduran para un intento de golpe. Facciones militares disidentes, incluyendo algunos oficiales molestos de alta graduación y un grupo de oficiales radicales jóvenes, están acelerando esfuerzos para organizar un golpe contra el presidente Chávez, posiblemente tan pronto como este mes… Para provocar una acción militar, los conspiradores pueden tratar de explotar el descontento que surja de manifestaciones de la oposición programadas para más adelante en el mes o de huelgas en curso en la compañía petrolera estatal PDVSA». Más claro no canta un gallo. Los líderes del golpe llevaron a conciencia a una gran masa en camino hacia Miraflores o, lo que es lo mismo, hacia la muerte. Se requería muertos que legitimaran la acción, como todavía predica que es necesario, entre otros, el Sr. Robert Alonso.

La Ficha Semanal #116 de doctorpolítico reproduce las secciones finales de Análisis: Tragedia de abril, texto que acompañó una colección de fotografías de los acontecimientos en un disco compacto e intentaba una relación temprana de sus antecedentes y su evolución.

LEA

Tragedia de abril

LA JUSTIFICACIÓN AUSENTE

Cuando Daniel Romero, flamante y efímero Procurador General de Carmona Estanga, leyó la parte motiva del decreto de constitución del fugaz gobierno de este último, aludía incesantemente a la Constitución «de 1999». Uno no se refiere a la Constitución de ese modo, a menos que ésta ya no rija el curso del Estado. Uno dice la Constitución vigente o, simplemente, la Constitución a secas.

La noche misma del 12 de abril Teodoro Petkoff dejaba traslucir su crítica al deforme decreto en entrevista televisada, y aventuraba la opinión de que detrás del mismo estaría la mano redactora de Allan Brewer Carías. Francamente, costaba trabajo intenso de imaginación pensar que Brewer Carías, innegable conocedor de la disciplina constitucional, pudiera estar metido en el asunto. Al lunes siguiente Brewer ofreció la explicación de que Carmona habría preferido una opinión jurídica distinta a la suya (la de Daniel Romero) y por tanto sólo pudo ofrecer «correcciones de estilo». Es decir, al menos cohonestó la monstruosidad.

El 26 de julio de 2001 el abogado Oswaldo Páez Pumar había sostenido, en conferencia dictada ante la asamblea de Fedecámaras que eligió a Pedro Carmona Estanga como su presidente, la peregrina idea de que la Constitución vigente en Venezuela era la promulgada en el año de 1961. La estructura de su sofista argumento era la siguiente: el Artículo 250 de la Constitución del 61 establecía que ésta no perdería vigencia si dejaba de ser observada por acto de fuerza o era «derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone». Comoquiera que la Constituyente de 1999 no era medio previsto por la Constitución del 61, ésta, a tenor de su Artículo 250, no habría perdido su vigencia. Páez Pumar aseguraba, por otra parte, que «Randy» Brewer había acogido la validez de esta tesis.

El argumento es completamente falaz. La Constituyente de 1999 fue convocada por un poder supraconstitucional, el propio Poder Constituyente originario, el pueblo de Venezuela pronunciado favorablemente en referéndum. A muchos abogados conservadores no les agrada la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999 que dio pie al referéndum que aprobó la convocatoria de la Asamblea Constituyente, y ciertamente tal sentencia no deja de mostrar una redacción a veces defectuosa. Pero su argumentación de fondo es ontológicamente correcta: el Poder Constituyente es un poder supraconstitucional.

Pero es que hay más. Situados en el plano meramente lógico que elige Páez Pumar para desarrollar su argumento, hay que decir que la Constitución de 1961 ¡no dispone de absolutamente ningún medio para derogarla! Esto es, y en suma, el Artículo 250 de la Constitución de 1961 se refiere a algo que no existe.

En una rueda de prensa celebrada en Miraflores, con pocas horas de antelación a la trágica autojuramentación de Carmona Estanga, éste anunciaba la conformación de un «amplio Consejo Consultivo» de 35 miembros, y advertía, además, que la mayoría de los miembros de tal consejo estaba sentada alrededor de la mesa que presidía. Uno de los personajes sentados a la mesa era el abogado Oswaldo Páez Pumar. Había logrado vender su sofisma. Ese mismo día había distribuido un correo electrónico—»Una idea para ayudar a la transición»—en el que insistía sobre el punto.

Habiendo aceptado la tesis de Páez Pumar, Carmona Estanga había logrado la tranquilidad de espíritu con la que despachó de un plumazo, entre otras instituciones, a la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia. Claro, lo que debía existir, en toda lógica, era el Congreso bicameral y la Corte Suprema de Justicia definida en la Constitución «vigente» de 1961. Carmona estaba, simplemente, suprimiendo órganos viciados de nulidad de origen.

No hubo, no obstante, la presencia de ánimo como para explicar la teoría. Bastó que Daniel Romero, persona ligadísima a la dañina figura de Carlos Andrés Pérez, leyera el esperpento jurídico con voz de arenga. (Romero, por cierto, apareció como «representante del Ex Presidente Carlos Andrés Pérez» en una página alojada en Internet que recogía la declaración final, del 5 de mayo de 1999, de una reunión del Centro Carter, reproducida en los documentos anexos a este análisis. Dicha página pudo obtenerse hasta el día 15 de abril de este año. A partir de esa fecha la página había desaparecido: «Page not found. This page may have been removed…» etc. Alguien está borrando sus huellas).

LA TRAICIÓN

Pedro Carmona Estanga traicionó sin escrúpulo la confianza de la sociedad venezolana, que había visto en él a uno de sus líderes. Al presidir un acto arbitrario como el de su autoproclamación y el del monstruoso decreto «constituyente» del 12 de abril, echó por tierra el enorme esfuerzo, regado con sangre, de la sociedad civil que había logrado el milagro político de deponer al autócrata de Sabaneta.

Al asociarse con siniestros personajes, al dar posición prominente al asistente y representante del peor de los políticos de la «Cuarta República», Carlos Andrés Pérez, traicionó la voluntad de los venezolanos, que no queríamos la restauración de un pasado político vergonzante.

Al nombrar al contralmirante Molina Tamayo, oficial en situación de retiro, como Jefe de su Casa Militar, desconoció toda legitimidad castrense.

Al permitir que Isaac Pérez Recao, persona ligada a él por intereses económicos, llevara voz cantante durante las reuniones preparatorias de su golpe de Estado y en las horas de la madrugada del 12 de abril en Fuerte Tiuna, vició la pureza del movimiento cívico que derrocó a Chávez.

Al aceptar ser sucesor de Chávez, con la ceguera de pretender sustituir negro por blanco, al furibundo denunciador de oligarquías por uno de los más destilados representantes de éstas, hizo inviable la transición que necesitábamos y que nos había costado tres años de desasosiego y un año de despertar.

Al hacer todo esto, Pedro Carmona Estanga dejó mal herido al hermoso movimiento venezolano de 2002, que había adquirido fuerza invencible y que ahora, por su culpa y la de los demás conspiradores que manipularon su inocencia, está teñido de sospecha.

La sociedad civil venezolana no tiene nada que agradecer a Pedro Carmona Estanga. Por lo contrario, tiene mucho que reclamarle y cobrarle. Él no es nuestro líder. Menos ahora, que abandona la escena en procura de seguridad individual, mientras el resto de los venezolanos debe continuar sufriendo los despropósitos de Hugo Chávez.

Chávez ha significado el más crudo y acelerado de los aprendizajes políticos para los venezolanos. Pedro Carmona, esperemos, representa para nosotros la pérdida definitiva de la inocencia más desprevenida.

LAS SALIDAS

El gobierno de Hugo Chávez es más inviable que nunca. Sus mentiras son evidentes. Su ineptitud es obvia. Su torcida intención es completamente visible.

A pesar de esto, no deja de tener razón cuando observa que la oposición que ha generado no ha logrado resolver dos problemas cruciales.

En primer término, tal como decía Carlos Andrés Pérez en 1991, ante la general crítica a su «paquete» de la época, Chávez enrostra a la oposición la ausencia de un esquema alterno de gobierno. Mal que bien, obsoleto, ineficaz, destructivo, Chávez ha logrado articular un catecismo simplista que todavía inspira sólida fe en muchos venezolanos. ¿Dónde está el esquema que lo supere?

En segundo lugar, no hay contrafigura que le haga suficiente contrapeso. Cada cierto tiempo la superficial y urgida angustia por suplantarlo, pone su esperanza en algún protagonista momentáneo: Alfredo Peña, el coronel Soto, el general Lameda, por mencionar unos pocos nombres.

El problema es que proyecto y figura no son, no pueden ser en este momento, cosas separadas. El proyecto debe estar encarnado, como lo ha sido con Chávez, en una persona concreta.

Las élites de poder en Venezuela, eso que aquel aludido editor llama «los factores reales de poder», se han venido equivocando consistentemente al escoger al líder objeto de sus preferencias y receptor de sus recursos.

Son ellas las primeras llamadas a destilar, sin indebida y desesperada prisa, el aprendizaje que la tragedia de abril, a un costo enorme, nos ha proporcionado. Como Diógenes, que buscaba hombres a la luz de su linterna, debe escrutar entre las muchas figuras posibles, hasta dar con el líder indicado, para luego ofrecerle el apoyo que hará viable la aventura de curar a la sociedad venezolana.

Hay sitios donde no deberán buscar. No van a encontrar la figura competente, por ejemplo, en los viejos partidos, que todavía no han podido ofrecer demostración convincente de que han rectificado a fondo sus conductas, las verdaderas causas del chavismo. A lo mejor encontrarán al indicado en un joven como Arturo, que supo extraer la misteriosa espada de la piedra en la que se hallaba incrustada. Las élites de poder, los «factores reales de poder», debieran declararse abiertos a la sorpresa.

Por ahora hay un incipiente consenso sobre el expediente de una enmienda constitucional ad hoc que resuelva la urgencia de la salida de Chávez. Por ahora hay la posibilidad creciente de un enjuiciamiento de Hugo Chávez Frías.

Pero por ahora coexiste en paralelo, también, la fracasada y equivocadísima avenida de una nueva insurrección militar. Es de suprema importancia que tales élites, o algunos de sus miembros más diligentes y desesperados, puedan eludir la tentación de tan estúpida atractriz. La solución al autoritarismo no es otra que la democracia.

LEA

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LEA #209

LEA

Además de las cada vez más numerosas señales de que los Estados Unidos están, encima de todo, perdiendo la guerra de Irak—no en términos de bajas, ciertamente—acaba de conocerse una historia que pudiera, si se desenredara su madeja, llevar a George W. Bush hasta su impeachment, pues pudiera proporcionar un caso no gravísimo de su gestión de la guerra que él mismo inició, algo así como la malversación de Pérez para ayudar a Chamorro, que es de todas maneras suficiente impropiedad como para despedirlo, bastante más impropia que las indiscreciones sexuales de Bill Clinton. (Es una lástima que alguien tenga que decir: «¡Hola! ¡Soy Al Gore! Yo solía ser el próximo Presidente de los Estados Unidos»).

Resulta que los trabajos de reconstrucción en Irak están presentando gastos generales anormalmente altos, lo que deja menos recursos para cubrir necesidades básicas de la población—agua, electricidad, petróleo—al tiempo que no son costos directos de construcción. Estos costos de overhead, que debieran representar unos pocos puntos porcentuales, van desde un poco menos de 20% de los presupuestos hasta 55% para algunos proyectos. El informe del propio gobierno norteamericano apunta que en muchos casos hubo muy largos períodos de absoluta inactividad, mientras tenía que cubrirse los gastos generales. Ciertos proyectos no hicieron nada en nueve meses.

Pero lo potencialmente delicado es que los gastos generales más elevados de todos fueron los de KBR Inc., antes Kellogg Brown & Root, subsidiaria, por supuesto, de Halliburton, la compañía que interesa a la familia Bush y que fuera presidida por nadie menos que Dick Cheney.

Los hallazgos mencionados provienen del análisis de contratos por 1.300 millones de dólares, menos de diez por ciento del total de 18.400 millones. ¿Qué pudiera encontrarse allí? Bajo Bush sólo se sabría hasta dentro de un año. En octubre de 2007 ya el Contralor General no podrá continuar su inspección de los registros, según ley que Bush acaba de firmar. En teoría le queda un poco más de dos años de gobierno. ¿Por qué necesita la inmunidad a la contraloría en el último año de su último período?

Por todas partes hace agua la política internacional de los Estados Unidos, su política de guerra. Esta semana se añadió un funcionario del Departamento de Estado a la bola de nieve de las declaraciones, que dijo que ha habido «arrogancia y estupidez» en el desempeño de aquellos en Irak. Es terrible la sordera programada al creciente coro de advertencias y continuar con una invasión fracasada pero sangrienta, porque de admitir la derrota en Irak se perderían las elecciones del 7 de noviembre para el Congreso.

LEA

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CS #209 – Carga en Balaklava

Cartas

Winston Churchill (Sir), figura señera de la política británica, sobre todo por el liderazgo de su nación durante los terribles años de la Segunda Guerra Mundial, se hizo acreedor a un Premio Nobel en 1953. La distinción no le fue conferida, sin embargo, por su brillante e inspirador desempeño en esa conflagración, ni recibió por cierto el premio de la Paz. Con el premio que se alzó, sorpresivamente, fue con el de Literatura. Claro que Churchill, cuando no estaba ocupado en funciones de gobierno, se consideraba un escritor que también era miembro del Parlamento, y en algunas ocasiones escribía, por propia admisión, para ganar dinero que le permitiera sufragar su lujoso tren de vida. Así se convirtió en biógrafo e historiador, y fue por esta última condición—en particular por sus seis volúmenes de historia de la Segunda Guerra Mundial—que se hiciera acreedor al Premio Nobel de Literatura del año indicado.

La atención que prestaba a lo histórico, especialmente si se trataba de lo político y lo militar, fue un rasgo constante de su quehacer. En una semana de febrero de 1945, se encontraba en Yalta en compañía de Franklin Delano Roosevelt y Josef Stalin decidiendo el fin de la guerra en famosa conferencia, y aprovechó su localización en la península de Crimea para exigir un receso que le llevara al Valle de la Muerte, queriendo ver con sus propios ojos el terreno de la desastrosa Batalla de Balaklava.

¿Qué tenía de especial una batalla indecisa de una guerra—la Guerra de Crimea—bastante secundaria de la historia? Pues un momento táctico de tal dramatismo que tiene nombre propio escrito con mayúsculas—Carga de la Caballería Ligera—e inspiró, entre otras cosas, himnos, investigaciones parlamentarias, dos películas (1936 y 1968) y referencia en otras dos (The Eagle Has Landed, Saving Private Ryan), innumerables ensayos, varias piezas de música rock y los versos inmortales de Alfred Lord Tennyson: «¡Adelante, la Brigada Ligera! ¿Alguno desfalleció? No, aunque el soldado supiera que alguien cometió un error, no era cosa suya replicar, ni preguntarse el por qué, sólo cumplir con su deber y morir». (Theirs not to reason why / Theirs but to do and die).

El 25 de octubre de 1854 tuvo lugar la batalla de Balaklava. Tropas inglesas, francesas y turcas sitiaban Sebastopol, y el ejército ruso intentó romper el asedio y descalabrar con la acción el suministro británico desde el mar (Negro). Dos empujones iniciales fueron repelidos, pero en un momento del tercero una orden mal emitida o interpretada condujo al desastre. Se ordenó que la caballería inglesa participara en un asalto especial, el que tenía como propósito impedir que los rusos pudieran salvar sus cañones en la previsible retirada. La misión recayó sobre la Brigada Ligera de Caballería, mandada por Lord Cardigan y compuesta por un poco menos de setecientos jinetes. Así cargaron, armados con lanzas y sables, cayendo sobre las baterías eslavas, para verse irremisiblemente bombardeados por artillería desde todos los flancos. El resultado fue, por supuesto, una carnicería; Cardigan relataría después en un discurso: «En los dos regimientos que tuve el honor de conducir, todo oficial, con una excepción, fue o muerto o herido, o su corcel fue cañoneado bajo su monta o lesionado». Los que lograron reagruparse a duras penas, inexplicablemente sin apoyo inglés pero con el misericordioso rescate de los franceses, pudieron salvar apenas 195 caballos. Bajas humanas: 245 entre muertos y heridos, más de la tercera parte del cuerpo ligero. Ésa fue la hecatombe cuyo escenario fue a inspeccionar el historiador Churchill, mientras Roosevelt y Stalin le esperaban en Yalta impacientemente.

………

Ya todas las encuestas registran que la candidatura Rosales no ha logrado a estas alturas superar una ventaja de más de veinte puntos de la candidatura Chávez. No es que unas encuestas dicen una cosa y otras dicen la contraria. Todas miden una intención de voto por Chávez en el orden de 50% o más, mientras que Manuel Rosales, en el mejor de los casos, obtiene alrededor de 30%. Los mismos registros de opinión miden una participación electoral de un 60%; esto es, que la abstención no superaría 40%.

Uno puede, por supuesto, negar la existencia de los cañones rusos, para no desmoralizar a la caballería. Como era esperable, hay ahora una activa correspondencia electrónica—con seudónimos nuevos, como el de un tal Aureliano Coronel—que envía por la red de redes «información» acerca de una supuesta escapada de Rosales o da cuenta de una mítica encuesta de Merryl Linch que predice su triunfo con 60% de los votos. (Las encuestas no predicen, tan sólo fotografían el estado de la opinión en un instante, y cualquier imbécil provisto de una conexión a Internet puede copiar el logotipo de la afamada firma—que no hace encuestas—para impresionar la fe de los crédulos. El correo específico es tan primitivamente burdo, que asegura que la encuesta «predice» que el gobierno desconocerá el triunfo del zuliano y desatará un «caos con civiles armados». Ya quisiera Gallup, o por aquí Datos o Datanálisis, hacerse con una metodología tan poderosa que permite extrapolar posibles intenciones o acciones del gobierno a partir de preguntas contestadas por mortales comunes. En cambio, la comunicación que juraba que Rosales ya había rebasado a Chávez con creces hizo algo más simple: trucó un archivo gráfico proveniente del diario marabino Panorama, para invertir las fotografías de Chávez y Rosales y adjudicar a éste la intención de voto medida a favor del primero. Olvidó, no obstante, invertir asimismo los colores, de manera que el gráfico de torta señalaba la proporción favorable a Rosales en rojo intenso. Otros escriben y lanzan «juramentos» por Internet, creyéndose intrépidos próceres, y proponen que la abstención del pasado 4 de diciembre próximo fue mucho mayor que la admitida oficialmente para hablar enérgicamente «en nombre» del 83% de los venezolanos). Naturalmente, es previsible que el comando de Rosales, por boca de José Vicente Carrasquero, pronostique que las curvas confrontadas «se cruzarán» en el mes de noviembre. Es «lo que hay que decir».

La mayoría de estas comunicaciones es ilusa y conmovedora; hasta aleccionadora, si se piensa en el efecto galvanizador que tales patrañas causan, con tanta necesidad, en las filas del candidato de oposición. Pero otras, las hechas a conciencia, son irresponsables. Una cosa es suavizarle al paciente de cáncer su espantosa condición; otra, muy distinta, convencerle de que se encuentra en condiciones atléticas. Un médico serio debe encontrar la mejor manera de decir la verdad, y ésta es que Rosales no va a ganarle a Chávez, no va a descontar más de veinte puntos en poco más de un mes, y no podrá mantener reunidos a los ciudadanos después de la derrota bajo su mediocre conducción. Si se habla, con alguna esperanza, de los roces y divisiones en el seno del chavismo, debe saberse que asimismo hay fricciones y fuerza centrífuga en el ejército de la oposición.

Hay todavía, y se harán más insistentes y alarmantes a medida que se acerque la votación, otras comunicaciones que garantizan el triunfo de Rosales pero también que habrá fraude, «como ya lo hubo en agosto de 2004». (Cuando también todas las encuestas dignas del nombre anticiparon el triunfo del gobierno). Aseguran que hay más que inquietud en las fuerzas armadas, que viene un golpe, que hay que apertrecharse con sardinas y velas. Preparan, como en la oportunidad del referendo revocatorio, la racionalización «salvadora». Ganamos, pero nos hicieron trampa.

Lo cierto es que Manuel Rosales ya ha perdido.

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Dos veces ya en esta misma semana, en dos editoriales del diario Tal Cual, Teodoro Petkoff, el Director Nacional de Estrategia de la campaña opositora, ha saludado como gran mérito, como inteligente y eficaz diseño, que Rosales haya eludido la confrontación ideológica con Chávez y se atenga a una oferta meramente pragmática, porque «la gente» no estaría interesada en debates de aquel corte y sólo quiere saber qué comerá y cómo preservará su vida. Es el más grave error de bulto—después de la escogencia del candidato mismo—de todo el planteamiento estratégico. ¿Cómo puede ignorarse el hecho de que Hugo Chávez es un ideologizador, un catequista de veinticuatro horas diarias? Petkoff mismo había creído importante, cuando todavía se pensaba posible candidato, afrontar el problema ideológico, al escribir, publicar y promover su libro Las dos izquierdas. Ahora parece haber sentido que tal cosa era estrategia equivocada, y la que dirige propone terapias puntuales, critica y acusa, pero no refuta. Ahora, en su criterio, aceptado por Rosales, hay que asaltar las baterías rusas con una carga de caballería ligera.

Seguramente ha determinado esa escogencia la impresión de que Rosales no podría competir con Chávez en el territorio de lo ideológico, por más inorgánico, primitivo, simplista y menestrónico que sea el batiburrillo del discurso chavista, y por más que ahora Rosales busque que el candidato rojo, el camarada Chávez, debata con él. De producirse ese debate, aconsejable por lo demás, probablemente Rosales eludiría el plano ideológico, puesto que ha anunciado que acosaría a Chávez con cuestionamientos a sus logros y sus políticas, pero no a sus ideas.

Ha habido y hay, en el liderazgo opositor que ha conducido el combate a este gobierno, una suerte de vergüenza cuando Chávez enuncia pomposamente algún equivocado principio sociológico o alguna torcida interpretación histórica, una mala conciencia que hace como que si la cosa no fuera con ella, un silencio que otorga. Unos pocos líderes de algunas ONGs lo han intentado en el caso de la educación, y aun así en términos timoratos. Pero en general no se ha escuchado voces, sino aisladas y episódicas, sin mucho espacio, que acometan al toro de frente para hacer lo que debe hacerse: derrotar a Chávez conceptualmente. Entretanto, pues, se elude enfrentar ideológicamente a un candidato que mantiene a la ONU en vilo o tomar en cuenta que Juan Barreto mostró el futuro socialista que su jefe predica absolutamente todos los días.

Si Rosales no puede, como Salas Römer no pudo, entonces hay que buscar a quienes puedan, hay que encontrarlos con urgencia. Por enésima vez recontaremos acá la recomendación de Alfredo Keller, hecha a la vez sosegada y alarmadamente en la tarde del 24 de junio de 1998: «Yo recomendaría aupar una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato».

Debe darse espacio suficiente a una voz, o a varias, que sean capaces de arremeter contra la ideología chavista superándola; es decir, sin identificarse con lo que Chávez denuncia y combate, que es lo que más le ha valido votos.

Y es que ni siquiera la oferta programática, las promesas específicas que sustituyeron la imposible promesa de «acabar con la pobreza», logran despertar un entusiasmo considerable. «Mi negra» no es antídoto contra las misiones, compensación ventajosa de la enorme transferencia de recursos hacia la gente más pobre que este gobierno ha producido. El propio Petkoff ya ha degradado la tarjeta que sustituyó a su «cesta-ticket petrolero»—el mismo musiú con diferente cachimba—a segunda prioridad, mencionándola como por obligación. El miércoles editorializó con la siguiente enumeración: «Ya Rosales ha presentado algunas ideas programáticas importantes (creación de empleo, ‘Mi Negra’, la lucha contra la inseguridad)…»

Si quienes consideramos importantísima la cesantía de Hugo Chávez a partir de enero próximo no somos capaces de apuntalar estratégicamente una campaña opositora gris, y derrotar ideológicamente a Chávez, entraremos desvalidos a su nuevo período, mucho más débiles para amenazar con «imparables» golpes de Estado y otras necedades afines. Claro, para hacerlo es preciso abandonar un extendido desprecio a la inteligencia del pueblo venezolano, que postula el dogma de fe de su desinterés por las ideas y su sola preocupación por lo material.

Nada de lo antedicho pretende negar todo mérito en el esfuerzo de Rosales; como se dijo, el asunto es conmovedor. Miles de personas trabajan ahora noche y día para potenciar su candidatura con dedicación digna de mejor causa. (Dicen que con cobres zulianos; los empresarios caraqueños ya habrían sacado cuentas). Pero el mariscal francés Pierre Bosquet, destacado actor en la guerra de Crimea, herido él mismo, se pronunció sobre la suicida Carga de la Brigada Ligera en estos términos: «C’est magnifique, mais ce n’est pas la guerre». LEA

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CS #208 – Latin American Idol

Cartas

Ayer estuvo en receso electoral la Asamblea de las Naciones Unidas. Será hoy cuando se reanude la votación para elegir el país representante de América Latina en el Consejo de Seguridad, el órgano de mayor poder de la organización. El receso fue aprovechado para reunir «informal» e infructuosamente al «GRULAC», el Grupo de Latinoamérica y el Caribe». La más relajada sesión no pudo ni convencer a Guatemala y Venezuela de que retiraran sus respectivas candidaturas, ni encontrar otro país que pudiera ser el representante de consenso. Hay una improbable solución que tiene precedentes—se ha producido tres veces en la ONU—y permitiría compartir el puesto: un año para Venezuela, un año para Guatemala. Es decir, partir en dos el muchacho de Salomón. ¿Cuál, entre ambas naciones, es la buena madre que preferiría ceder el lugar a la otra antes que partir la pretensión de maternidad, y cuál la mala que no objetaría la mitad del premio?

Lo cierto es que Venezuela y su gobierno han estado en boca del mundo, y que el impasse ha amplificado la cuestión. Lo cierto es que este asunto no será fácilmente olvidado en las Naciones Unidas. Si se razona que una votación de Rosales de 40% sería importantísima para la democracia venezolana aunque no ganara, ¿qué debiera decirse del terco 40% de Venezuela en la ONU?

Todavía, como anticipó el embajador Bolton, el asunto está comenzando. En estos momentos faltan 132 votaciones para alcanzar el récord de la organización, marcado por Colombia y Cuba en 1979 antes de que México se convirtiera en solución. Nadie sabe si se superará la marca. Nadie sabe si alguno de los contendientes alcanzaría la mayoría calificada suficiente, ni cuál de ellos se alzaría con el triunfo. En un pulso prolongado una espabilada puede representar que un bíceps venza inesperadamente. Nadie sabe si, a pesar de lo visto, el gobierno guatemalteco y el venezolano acordarán compartir el tiempo. Chávez pudiera considerar suficientemente apetecible, como Antonio Leocadio Guzmán con Venezuela, una sola y breve presidencia del mundo. (No dos, como en la rotación prevista para un país que asuma la representación plena de dos años).

En cualquier caso, no es tan sencillo el asunto como que Chávez ha fracasado en el intento. Alguien ha dicho que una guerrilla gana cuando no pierde, y un ejército pierde cuando no gana, como acaba de ocurrir entre el ejército israelí y Jizbolá. Si el gobierno de Caracas no ha obtenido lo que se propuso, tampoco el de Washington ha podido sentar a Guatemala en el Consejo de Seguridad.

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La libreta de anotaciones de la oposición venezolana apunta como triunfos los reveses de Chávez en el exterior. Por ejemplo, la derrota de Humala en Perú y la de López Obrador en México (recientemente amplificada por reveses regionales), o que Noboa le saque ventaja a Correa en la primera vuelta en Ecuador. (¿Una situación guatemalteco-venezolana?) Que no haya podido Chávez sentarse en el Consejo de Seguridad es contabilizado como victoria opositora, sobre todo después de que lo buscó con tanto recorrido y tanto dispendio.

Naturalmente, es ahora cuando Chávez prueba de verdad las adversidades internacionales. Que Chile haya optado por la ecléctica postura de la abstención respecto del puesto latinoamericano en el Consejo de Seguridad, a pesar de su socialista presidenta—que si fuera por ella habría votado por Venezuela—ya fue un aviso de las dificultades que sobrevendrían. España, ahora, anuncia por boca de su canciller, Miguel Ángel Moratinos, que no suplirá ciertos aviones militares a Venezuela, una vez que se demostrara como muy costosa la sustitución de tecnología norteamericana, luego de que los Estados Unidos prohibieran su transferencia a Venezuela. Y Chávez suena a quejumbroso amateur cuando «denuncia» que los Estados Unidos han hecho lobby en contra de la candidatura venezolana. ¿Qué esperaba Chávez, luego de su sulfurado discurso ante la Asamblea General, después de que el antaño filocopeyano que es Roy Chaderton declarase pretenciosamente que los Estados Unidos habían elevado a Venezuela al rango de superpotencia? ¿Es que no fue Chávez mismo a recorrer medio globo en procura de votos? ¿Por qué tendrían los Estados Unidos que abstenerse de ejercer presión diplomática contra un país cuyo gobierno, como ningún otro en el planeta en este momento, ni siquiera Corea del Norte o Irán, ha insultado sistemáticamente a sus más altos funcionarios? El que mete las manos en la candela se quema, y quien ignora que por cada funcionario venezolano los Estados Unidos pueden colocar cinco, o diez, funcionarios en la ONU para vender su posición, está expuesto al riesgo de ofrecer un lamentable espectáculo de sí mismo. El gobierno venezolano se puso a jugar un juego para quejarse de sus reglas a posteriori.

¿Cómo va a explicar Chávez al país su más sonado fracaso exterior? ¿Por cuál de las interpretaciones del affaire se inclinará el elector venezolano promedio?

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Es inevitable la constitución de una polis planetaria. Las comunicaciones la conectan; la globalización aplana su mundo; el terrorismo, que es un delito planetario que requiere una policía planetaria, así como el narcotráfico, la trata de blancas y el tráfico de niños para fines sexuales; la ecología terrestre y los cataclismos cada vez más frecuentes que se cobran nuestro abuso ecológico; las viejas y nuevas epidemias; la pobreza de miles de millones; la exploración y conquista del espacio exterior; el control de las armas nucleares, todas estas cosas reclaman algo más ejecutivo y expedito que lo que puede hoy proveer la Organización de las Naciones Unidas. Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones.

¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario compuesto por miembros elegidos por los bloques de la «geotectónica política». Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como sub-bloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagaría?

El siglo XXI va a asistir a la constitución de esa polis y ese gobierno planetarios. La ciudadanía será mundial. Se tendrá derechos no por ser venezolano, o canadiense o japonés; se los tendrá porque se es ciudadano del mundo, y para garantizarlos los ciudadanos del planeta tendrán que conferir prerrogativas a un gobierno mundial.

Tal vez surja una religión planetaria—la Bahá’í, creada en lo que era Persia (Irán) en el siglo XIX, ya es un anticipo—una sola religión terráquea, que ofrezca sentido trascendente a los ciudadanos del planeta, por lo menos provisionalmente, hasta que haya algún contacto extraterrestre con vida inteligente.

Pero en cualquier caso no debe forzarse una nueva organización mundial, por más «moribunda» que sea su constitución, mediante un planteamiento esencialmente conflictivo. Lo que la escasa imaginación de Chávez no acierta a comprender, es que la repetición de las recetas que tan bien le han funcionado localmente no necesariamente funcionará a escala del globo. No es tanto que AD o COPEI sean agentes del imperio, como que Chávez cree que los Estados Unidos son Acción Democrática y el mundo una copia a mayor escala del electorado venezolano.

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Y a la vez que Chávez protagoniza su pretenciosa epopeya, el precio del petróleo desciende, mientras tiene que financiar un gasto público para 2007 de 142 billones de bolívares. (Un presupuesto de 115 billones que los analistas del Banco Mercantil estiman será excedido en no menos de 25 billones). Las realidades terminan por imponerse. Por ahora Chávez resiste en la ONU, retrasando la retirada final—como el 4 de febrero, como el 11 de abril—sabedor de que el fracaso en obtener el puesto en el Consejo de Seguridad será explotado electoralmente en Venezuela, ante una población que ya consideraba inconveniente la sobreextendida actividad internacional del gobierno, e injustificable el gasto exterior que las ínfulas presidenciales determinaron.

Hasta el hombre más poderoso del planeta—George W. Bush—tiene, tarde o temprano, que admitir algunas realidades. Bush ha permitido la comparación de Irak y Vietnam, concediendo que el reciente recrudecimiento de la tasa de bajas norteamericanas en el primero de estos dos países puede ser asimilado a las pérdidas norteamericanas en la ofensiva del Tet. No da enteramente su brazo a torcer, pero reconoce que la cosa está peluda.

LEA

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