por Luis Enrique Alcalá | Oct 17, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
De fines de 1991 a mediados de 1992 el diario El Globo quiso publicar algunos artículos del suscrito, en gran medida por la amable mediación de Don Juan Bravo Sananes, el arquitecto que era su Director de Arte, lo había sido del diario marabino La Columna y lo sería del periódico La Verdad, también de Maracaibo.
Muchos de los textos publicados abogaron por una renuncia de Carlos Andrés Pérez al cargo de Presidente de la República, remedio que propuse por vez primera el 21 de julio de 1991 desde las páginas de El Diario de Caracas, que a la sazón dirigía Diego Bautista Urbaneja. Poco después Urbaneja argumentaba que Venezuela no estaba en condiciones de asimilar la «lección moral» que Pérez le daría renunciando e impidió la publicación de un segundo artículo mío en el que le refutaba.
El 15 de enero de 1992—veinte días antes de la asonada del 4 de febrero—escribí para El Globo el penúltimo de los artículos-petitorios de renuncia, en el que decía que la solicitaría por última vez. No cumplí esta promesa: el 3 de febrero, veinticuatro horas antes del golpe, El Globo me publicaba un nuevo artículo, suscitado por muy infelices declaraciones de Pérez sobre el diferendo con Colombia, y en el que reincidía, con mayor virulencia, sobre la exigencia de renuncia. No sólo Urbaneja se oponía a la receta. También el general Alberto Müller Rojas, que a la postre fungiría como director de campaña de Hugo Chávez Frías en 1998, escribió para oponerse al asunto y, más explicablemente, el general Herminio Fuenmayor, jefe de la Dirección de Inteligencia Militar de Pérez, declaró que tales artículos formaban parte de «una campaña». Sólo después de la intentona de Chávez y Arias Cárdenas, Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas, se animaron a solicitar lo mismo. De hecho, el Dr. Burelli Rivas pretendió reivindicar cómicamente que la idea inicial había sido de él.
El artículo del 15 de enero versaba, principalmente, sobre temas de política económica, y habiéndose afincado sobre datos proporcionados por dos ediciones de la revista Time, llamé al texto From Time to Time. Es este artículo el que se reproduce acá, para componer la Ficha Semanal #115 de doctorpolítico.
LEA
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From Time to Time
Resulta interesante preguntarse por qué el Fondo Monetario Internacional no impone un castigo económico, como los que suele imponer a ciertos países con problemas de deuda pública, al mayor deudor entre los países del mundo, al país que ha incrementado su endeudamiento en las proporciones más irresponsables de la historia: a los Estados Unidos de Norteamérica.
La revista TIME, en su edición del 13 de este mes, declara: «Los incontrolados déficits federales han más que triplicado la deuda nacional desde 1980, a 3,1 billones de dólares; los intereses de esa suma devoran 286 mil millones de dólares anualmente y representan el tercer gasto más grande del presupuesto».
Un poco de atención, por favor. No es fácil meterse en la cabeza esa cifra. Billones de los nuestros, de los castellanos. Se trata, en inglés, de «$3.1 trillion». Llevemos la tal suma a bolívares (dólar a sesenta para aligerar los cálculos) y escribámosla con todos sus números: ¡186.000.000.000.000 de bolívares!
Prosigue TIME del 13 de enero: «Entretanto, los consumidores aumentaron sus deudas desde 1,4 billones de dólares en 1980 hasta 3,7 billones el año pasado. Y la industria de los Estados Unidos elevó su deuda desde 1,4 billones hasta 3,5 billones de dólares en el mismo período».
Estas cifras pueden ser sumadas con facilidad, aunque no tanta como la facilidad con las que se acumularon. Entre las tres alcanzan el impensable monto de 10,3 billones (trillion) de dólares, o—¿lo que es lo mismo?—618.000.000.000.000 de bolívares. No existen, sospecho, todos esos bolívares. Nuestro gobierno central gasta actualmente alrededor de 1 billón de bolívares en un año; pero con un préstamo de la magnitud mencionada podría seguir al mismo nivel de gastos por más de seis siglos. Celebraría—naturalmente un 12 de octubre—el quinto centenario de un festín de ese tamaño y todavía tendría para 118 años más de rumba.
Pero es que TIME hace otros comentarios que provocan la iracunda sospecha de una injusticia sin igual: «Para poner las cosas peor, gran parte de la deuda corporativa fue derrochada extravagantemente en el papeleo de adquisiciones de empresas y en grandiosos proyectos inmobiliarios, antes que en fábricas o máquinas para la producción». Bush «…teme empeorar un déficit presupuestario que este año se espera exceda los 350 mil millones de dólares». «La bolsa de valores montó un espectacular acto de desafío en 1991. Los toros de Wall Street ignoraron el aplastante peso de la deuda sobre la economía de los Estados Unidos y las señales de una recesión prolongada».
¿Por qué entonces, vuelvo a preguntar, el Fondo Monetario Internacional, que como pontífice de las finanzas mundiales impone a nuestros países todo género de restricciones, no obliga de una vez por todas a la economía norteamericana a poner orden en su gigantesco desastre financiero? ¿Por qué conductas similares no son tratadas de modo análogo?
Demos por descontado que preguntar las cosas así es plantearlas ingenuamente: los Estados Unidos de Norteamérica son el «principal accionista» del Fondo Monetario Internacional.
Leí después un artículo de una edición anterior de la misma revista. Esta vez la del 16 de diciembre de 1991, sobre la que un amigo llamó mi atención. Nueva Zelanda es el caso que analizó. Dice Time: «Después de siete años de una revolución libremercadista de libro de texto, sus míseros resultados han dejado a muchos ciudadanos malhumorados, amargados y confusos… es claro que los neozelandeses han obtenido poca ganancia de todo el dolor causado por una reestructuración radical de la economía lanzada por el Partido Laborista en 1984 y continuada—incluso intensificada—en los 13 meses de la administración del conservador Partido Nacional bajo el Primer Ministro Jim Bolger». «En sus oficinas del edificio-colmena de la zona parlamentaria de Wellington, el Primer Ministro Bolger—tambaleándose con una aprobación de 7% en las encuestas de opinión—insiste en que las políticas económicas de su gobierno están funcionando».
¿Cuáles son esas políticas económicas? «Entre las medidas tomadas desde que comenzó la reestructuración están: una devaluación de 20% del dólar neozelandés; la desregulación del sector financiero; la venta de la mayoría de los negocios del gobierno; dramáticas reducciones del impuesto sobre la renta, haciendo caer la tasa máxima de 66% a 33%; la introducción de un impuesto general de 12,5% sobre la venta de bienes y servicios extensivos a necesidades básicas como la leche y el pan; recortes a los aranceles y las cuotas de importación que protegían a compradores y fabricantes». ¿No es verdad que suena conocido?
Hace un mes habló también el Banco Central de Venezuela. Nos presentó alborozado números que quiso se interpretaran como buenas noticias. Por ejemplo, una balanza de pagos superavitaria. Pero las exportaciones no tradicionales disminuyeron y las importaciones se incrementaron en 50%. Por ejemplo, un superávit fiscal de 36 mil millones de bolívares. Pero éste es un superávit que no proviene de un desempeño económico ordinario, sino de la venta fortuita de 40% de la CANTV y de VIASA; es decir, de ingresos extraordinarios no repetibles. ¿Qué va a hacer el gobierno este año, cuando su estimación de 19 dólares por barril de petróleo tenga que aterrizar en un duro piso que ya va por los 13 dólares, cuando deba hacer frente a la promesa del aumento general de salarios, a las promesas incumplidas de ajustes a los sueldos universitarios, a las necesidades hídricas de la capital?
¿Qué va a hacer Carlos Andrés Pérez, quien jura por el mismo texto de Jim Bolger y opina muy bien de la «Iniciativa de las Américas», nombre doblemente desagradable? ¿Venderá otro 40% de la CANTV, sin el que su ejercicio del año pasado hubiera mostrado un déficit de 100 mil millones de bolívares? ¿Empujará más el acelerador en la dirección del precipicio por el que ahora se despeña, entre varias naciones, incluso Nueva Zelanda.
Carlos Andrés Pérez inició en Venezuela la desbocada carrera del endeudamiento público irresponsable. Ahora nos impone para enjugarlo, de consuno con el Fondo Monetario Internacional, un sacrificio de la mayoría que enriquece a una minoría. Ahora hace todo lo contrario de lo que fue su decálogo político. Ahora insiste en comprometerse cada vez más con los Estados Unidos, metidos en un hoyo financiero, exigiendo clemencia económica del país en el que Bush ha vomitado sobre la mesa de su Emperador. Ahora Pérez es neoliberal. Es «yuppie».
El amigo que me envió el recorte del Time de Nueva Zelanda me preguntó también si no existía en Venezuela un procedimiento equivalente al del impeachment norteamericano, por el que se puede someter a juicio al presidente de su gobierno. Bueno, sí. Sí existe. El ordinal 8º del Artículo 150 de la Constitución de 1961 estipula que es facultad del Senado: «Autorizar, por el voto de la mayoría de sus miembros, el enjuiciamiento del Presidente de la República, previa declaratoria de la Corte Suprema de Justicia de que hay mérito para ello. Autorizado el enjuiciamiento, el Presidente de la República quedará suspendido en el ejercicio de sus funciones». Claro, uno no cree que los actuales miembros de la Corte Suprema de Justicia, a quienes ya se les sugirió que renunciaran ellos mismos, descubrirían ese «mérito» en Carlos Andrés Pérez.
La solución está en otra parte. Bolger es desaprobado por el 93% de la población neozelandesa. ¿Cuál es el porcentaje de desaprobación de Pérez? Eso pueden decírnoslo las encuestas.
Y los ciudadanos venezolanos podemos recordar que en nosotros reside el Poder Constituyente. En nosotros encarna el Poder Electoral. Son éstos los poderes que deben ponerse en movimiento. Por última vez, presidente Pérez, considere Ud. la renuncia.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 12, 2006 | LEA, Política |

Más de un signo preocupante brota en la superficie política del planeta, su polisfera. Naturalmente, persisten los forúnculos en Palestina, Irak, Darfur, Afganistán, Sri Lanka. Por supuesto que hay focos de prurito de etiología nuclear (iraní o norcoreano), así como una pobreza rebelde como la de Oaxaca y la violación de derechos de la mujer en México, desde donde se origina un géiser emigratorio al que Bush se prepara para aplicar el torniquete de un nuevo muro, como en Berlín, como en Palestina. Uno puede hasta notar que los diputados franceses legislan ahora para que se penalice una opinión histórico-política. Quienes sostengan que los turcos no incurrieron en genocidio hace casi un siglo, en 1915, serán tenidos en Francia por delincuentes.
Pero lo más relevante del caso clínico planetario son ciertas sorpresas que se llevan los líderes de la política de poder más radicales. Por ejemplo, tiene que haber sido una sorpresa para Hugo Chávez, así como para el mismo Evo Morales, la irrupción de desórdenes graves de origen popular en Bolivia, que requirieron el empleo del ejército para su provisional control capitalino. Bolivia sigue ardiendo, y está visto que no basta que llegue al poder un candidato simpático al Presidente de Venezuela para aplacarla. La izquierda no es ya una solución, como no lo es tampoco la derecha.
No fue, tampoco, una sorpresa agradable para los invasores de Irak la publicación de un estudio académico que imagina más de 600 mil muertos por la guerra de Estados y Reino Unidos, por más que se discuta su metodología. (En términos de Hermann Kahn, finado futurólogo norteamericano, se discute si fueron ya 600 kilomuertes, o solamente 50 kilomuertes, una verdadera ganga).
La sorpresa más escaldante, sin embargo, han sido sin duda las declaraciones de Sir Richard Dannatt, general Jefe del Estado Mayor británico, que acaba de decir con la mayor franqueza que las tropas inglesas deben abandonar Irak tan pronto como sea posible, ya que su mera presencia produce intolerancia y rechazo. Según Sir Richard, esa presencia pone las cosas peor, pues «exacerba los problemas de seguridad». En franca rebeldía, insólita en la costumbre inglesa, se permitió opinar flemáticamente que la política iraquí de Anthony Blair es «ingenua».
¿Sirven estos escarmientos para la corrección de rumbo? No tan rápido, que tanto aquí en los trópicos como en la Pérfida Albión la terquedad del equivocado político es notable. La reacción de Downing Street a las declaraciones del general Dannatt ha sido declarar tersamente: «Es importante que la gente recuerde que estamos en Irak por el expreso deseo del gobierno iraquí democráticamente elegido, para apoyarlo bajo el mandato de una resolución de las Naciones Unidas». Están en Irak porque no se han ido desde que entraron para acompañar con solidaridad de camarada a los Estados Unidos, cuando el gobierno descrito por la oficina del primer ministro inglés no existía para nada.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 12, 2006 | Cartas, Política |

Todavía no me parece muy probable que Manuel Rosales pueda derrotar electoralmente a Hugo Chávez el próximo 3 de diciembre, pero admito de buena gana que puede darse una dinámica que produzca ese resultado.
Me explico. La estatura política de Chávez—independientemente de su maldad—luce bastante superior a la del simple candidato zuliano. Éste ha optado por eludir confrontaciones de carácter ideológico y llevar adelante una campaña sencilla y directa, pragmática, que aunque no tiene mucho lucimiento conceptual, pudiera ser lo que hace falta, sobre todo si ha emitido señales de que no llegaría al poder con intenciones de vindicta. Si bien, pues, Rosales no parece «gallo» para Chávez, ya se ha visto antes en Venezuela cómo el electorado favorece conscientemente a algún candidato que considera menos capaz. Ése fue el caso, por ejemplo, de la elección de Jaime Lusinchi sobre Rafael Caldera en 1983. Las encuestas revelaban que una mayoría de los venezolanos votaría por Lusinchi, a pesar de que una mayoría más grande consideraba a Caldera el mejor candidato.
En política, la capacidad no es suficiente. Chávez podrá presentarse como el candidato preferido por la historia, pero Rosales es el candidato del sentido común. Habrá que ver entonces si la Nación quiere seguir viviendo en constante sobresalto público—alguna masacre, algún asesinato, algún secuestro, algún insulto, alguna tensión diplomática, alguna amenaza, alguna lista, algún viaje—en pago por ser la vanguardia histórica de la humanidad en su triunfo de clase sobre los ricos, que son malos. (Y que sustituimos por otros ricos).
No ha habido período de la historia venezolana más sobresaltado que el presidido por Hugo Chávez, que ha exacerbado males—la corrupción, por ejemplo—que consideró justificativos para la remoción violenta del poder de Carlos Andrés Pérez. Aunque hubiera tenido unos cuantos aciertos, ha fracasado en la más principal de las obligaciones: la paz. El signo y el saldo de Chávez ha sido siempre el de la violencia.
Y la ha sembrado en la gente. Creo que lo más importante que me dijera esta semana el CES (Chief Executive Sorcerer, «Brujo Ejecutivo Jefe» ) de Los Palos Grandes fue contarme de un incidente en el barrio El Guarataro, donde un arrebatón de celular suscitó una violentísima y nutrida tentativa de linchamiento, que sólo pudo ser calmada con unos cuantos disparos sobre una pierna del sujeto objeto de la ira popular, de parte del padre de la agraviada. Vio en este suceso la gravedad del deterioro.
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Es clarísimo que Hugo Chávez tiene objetivos muy agresivos en contra de otros; que mantiene un profundo e intenso compromiso con esos objetivos, y por tanto está dispuesto a pagar un alto precio por su logro y a correr grandes riesgos; que está imbuido de un sentido de superioridad frente a la moralidad convencional y las reglas habitualmente aceptadas de la conducta internacional, y dispuesto a la inmoralidad e ilegalidad en términos convencionales en nombre de valores superiores; que exhibe un comportamiento lógicamente consistente dentro de tales paradigmas; que lleva a cabo acciones que impactan la realidad, incluyendo el uso de símbolos y amenazas.
La enumeración del párrafo precedente se publicó con esas mismas palabras en 1971, como la distintiva de una entidad política enferma descrita por Yehezkel Dror, a la que llamó «Estado loco». (Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem). Es por la salud mental de la Nación que debe cesar el gobierno de Chávez.
Pudiera ser, entonces, que una marcada mayoría del país prefiriera a Rosales por esas cosas. Porque no promete otra cosa que una administración tranquila y de sentido común, un tiempo de paz, y son sólo muy pocos los que quieren una pelea permanente.
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Si finalmente ganare Rosales—incluyendo muy principalmente ganar en el sentido de poder imponer su triunfo—debe saberse cómo se manejaría el problema del chavismo fuera del gobierno. Extraído el actual presidente del poder en Venezuela, debe estar perfectamente claro que, de no mediar su desaparición física, continuará siendo un factor político activo, seguramente muy perturbador.
A esto no debe temerse. Es posible ejercer una pedagogía política desde la Presidencia de la República que logre, más que neutralizar, superar el discurso y la interpretación chavistas de las cosas. Para que esto sea posible será preciso adoptar un plano enteramente distinto para el discurso, desde el que se exponga cómo, si emocionalmente puede concederse realidad a la motivación original del chavismo, y si puede reconocerse que en ocasiones apunta en direcciones correctas—la superación de una democracia meramente representativa por una participativa, la preferencia por un mundo multipolar—la terapéutica del actual presidente es obsoleta y perniciosa, a la vez que ineficaz a fin de cuentas. Explicado de este modo a la Nación, sin necesidad de un vengativo chaparrón, el tránsito es no sólo posible sino balsámico.
Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política de los electores, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes.
De más está decir que no debe atenderse este proceso con ingenuidad. La vocación de poder del presidente actual ha evidenciado todos los rasgos de una sociopatía, y seguramente habrá que vigilar muy estrechamente su actuación. Por otra parte, es tal la cantidad de abusos y desmanes administrativos del gobierno actual, que su cesación seguramente dará puerta franca a todo género de procesos judiciales en su contra, aun sin el deliberado seguimiento de una cacería de brujas, lo que, por otra parte, no desea la mayoría de la población. En todo caso, sería inevitable un lapso, de duración considerable, de descrédito del chavismo. No en vano dijo un inglés cuyo nombre se ha extraviado: «La propaganda del vencedor es la historia del vencido». Es justamente lo que este gobierno ha venido aplicando sistemáticamente, y lo que tendría que sufrir, simétricamente, a su término.
Por otro lado, el aprendizaje de los venezolanos durante este período gubernamental ha sido sustancioso, y el proceso ha generado anticuerpos políticos que pueden ser suficientes como para impedir un resurgimiento del chavismo en su estado más radical como opción de futuro. Es seguro que un chavismo atemperado medrará un poco todavía, pero no sería alta la probabilidad de que su máximo y demagógico líder se hiciera con el poder en Venezuela una segunda vez.
A Hugo Chávez hay que recomendarle, en cambio, que no agote su heroica dimensión en un paisito como Venezuela, que le queda pequeña. Un puesto temporal y breve en el Consejo de Seguridad de la ONU, ahora que Kofi Annan va a ser sustituido mañana por Ban Ki-moon, de Corea del Sur, un enemigo de su amiga, Corea del Norte, no es compensación suficiente para su liderazgo planetario. El golpe de Estados que Hugo Chávez debiera ya planear es contra el Secretario General de las Naciones Unidas, para controlar esa organización que debe ser refundada, porque tiene una constitución moribunda. Ki-moon no tomará posesión hasta diciembre, y a lo mejor Chávez prefiere Nueva York a Sabaneta.
Finalmente, de los diputados que están en la Asamblea Nacional—todos con «el proceso» pero no totalmente convencidos de partido único—¿cuántos seguirían siendo patria o muerte con Chávez sin poder y sin chequera? ¿No parece ser del carácter de Mundaraín y Russián la acomodaticia untuosidad?
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 10, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Rómulo Betancourt fue, nadie puede regatearlo, hombre crucial de la historia política venezolana. Inscrito al inicio de sus luchas en la doctrina marxista, fue poco a poco alejándose de su ortodoxia, en una trayectoria que va de las luchas contra el régimen de Juan Vicente Gómez, hasta su presidencia electa en el primer período propiamente democrático del país. Entre estos dos términos se interponen la fundación de Acción Democrática (1941) y el ascenso al poder, por golpe de Estado, en 1945, que determinó el trienio hasta 1948, el que fue asimismo concluido de manera abrupta por un golpe de signo contrario.
Al poco tiempo de su emergencia como líder (1928), y junto con un grupo de amigos de ideas similares, compuso el llamado Plan de Barranquilla, fechado en esta ciudad colombiana, buena para el exilio, el 22 de marzo de 1931. El documento fue firmado, además de por Betancourt, por Pedro A. Juliac, Simón Betancourt, Carlos Peña Úslar, P. J. Rodríguez Berroeta, Raúl Leoni, César Camejo, Mario Plaza Ponte, Ricardo Montilla, Rafael Ángel Castillo, Valmore Rodríguez y Juan J. Palacios.
El documento lleva una introducción, dos secciones de descriptivo diagnóstico, una de conclusiones y el programa o «plan» mismo: ocho grupos de acciones destinadas a iniciar una transformación de la estructura política, económica y social de Venezuela. El primero de estos ocho elementos prescribía: «Hombres civiles al manejo de la cosa pública. Exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el período preconstitucional. Lucha contra el caudillismo militarista». En 1945, no obstante, no tuvo empacho en aliarse con militares para dar el golpe contra el benévolo general Isaías Medina Angarita; para cuando fuera electo Presidente en 1958, ya había aprendido una prudente acomodación con lo militar después de que diez años antes Rómulo Gallegos perdiera el poder por una asonada. Este aprendizaje le permitió capear una media docena de intentos golpistas de signo diverso y el inicio de la actividad guerrillera en Venezuela.
Pero Betancourt nunca dejó de desconfiar del militarismo, y tal vez es por esto que Hugo Chávez le detesta de modo tan cordial, pues la retórica de éste no difiere mucho de la del «Plan de Barranquilla», que denunciaba como los factores del atraso venezolano la «Penetración capitalista extranjera» (segunda de las secciones descriptivas del documento) y la actuación oligárquica de élites de raíz latifundista. A este último fenómeno dedica el texto de Barranquilla la más larga de sus secciones—Organización político-económica semifeudal—que es la reproducida en esta Ficha Semanal #114 de doctorpolítico.
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Me voy para Barranquilla
La Colonia, como organización jurídica y social ha pervivido dentro de la República. Legislando en nombre de una teórica y jamás consultada «voluntad popular», quienes concretaron en leyes los resultados de la revolución de independencia respetaron los fundamentos económicos feudales de la sociedad venezolana. Por debajo del nebuloso jacobinismo de la Sociedad Patriótica de igual manera que en el reposado acento de los primeros constituyentes de Caracas alentaba una misma aspiración de la «nobleza» criolla: mantener dentro de la República su posición privilegiada de casta poseyente de cultura y tierras, de esclavos explotados y de sutilezas escolásticas para justificar esa explotación. La Constitución caraqueña del año 11, las promulgadas por todas las legislaturas provinciales de esos mismos días, fueron elaboradas en armonía con ese criterio de la clase dirigente y para que sirvieran en sus manos de eficaz elemento de dominación. Todas consagraron el principio oligárquico, negación automática de esa democracia teóricamente proclamada, de que sólo los poseyentes de bienes raíces podían aspirar a funciones dirigentes. Los que nada tenían, la masa expoliada, sólo sirvió para darles cuotas de sangre a sus «señores» y para ayudarlos con ellas a extender a radios mayores que la «hacienda» o el «hato» patrimoniales el dominio de su influencia. A través de cien años, para las masas populares la situación continúa idéntica. Escindida Venezuela de la Gran Colombia, los «canastilleros» del año 30, aliados con la burguesía rural de cepa latifundista se compactaron alrededor de Páez, traidor a los ideales de su clase y conculcador sistemático de la libertad económica de los hombres con los cuales había luchado por la conquista de la libertad política. En las combinaciones de los dirigentes «godos», del 30 al 46, no se contó nunca, para nada, al pueblo, a la nación. La oligarquía liberal, aparte de las reformas formales utilizadas como «carnadas» para atraerse multitudes hambrientas de justicia social, fue tan re! spetuosa como la oligarquía conservadora del derecho para la burguesía criolla y para el capital extranjero de explotar en la ciudad y en el campo a los trabajadores manuales y a los sectores intelectual y medio no corrompidos. El desplazamiento del poder de una oligarquía por la otra no ha significado hasta ahora sino la alternabilidad de divisas partidistas en unos mismos grupos ávidos de lucro y de mando, identificados en procedimientos de gobierno y de administración. Hasta ahora no ha tenido Venezuela en su ciclo de república ningún hombre cerca de la masa, ningún político identificado con las necesidades e ideales de la multitud. Las apetencias populares han buscado, en vano, quienes las interpreten honradamente y honradamente pidan para ellas beligerancia. Hombres de acción y hombres de pensamiento, «guapos» y «literatos» se acordaron en toda época para ahogar el clamor de los bajos fondos sociales. Por eso, hoy como en los días de la Colonia, los hijos de los esclavos «libertados» por el teatral decreto de los asesinos del Congreso en el 48, están sometidos en el campo y en la fábrica a todas las ignorancias, a salarios de hambre y a un régimen brutal de explotación, por sistemas semiesclavistas, del hombre por el hombre.
La clase mantuana criolla fue a la revolución empujada por sus intereses de clase. Iba a suplantar el dominio metropolitano en la explotación directa de las masas, a reivindicar para sí el derecho a ejercer «la tiranía activa y doméstica». Pero, la burguesía colonial no estaba orgánicamente capacitada para gobernar sola. Su evolución económica y política no había cerrado el ciclo que determina la madurez en la actitud de una clase para monopolizar el poder. Le fue necesario pactar con una casta de hombres surgida de los azares de la guerra y con profundos arraigos en la conciencia popular, que en ellos creía ver la encarnación de su destino. Los mantuanos de la Segunda República rodean por eso a Páez, jefe de masas, surgido de la masa. Desde entonces, ya no terminará más el acuerdo del latifundista—siendo agraria nuestra realidad, la burguesía urbana e industrial apenas comienza hoy a cobrar fuerzas—con el «guapo» de turno en la presidencia. Caudillismo y latifundismo son y han sido, en lo interior, los dos términos de nuestra ecuación política y social.
Para caudillos y latifundistas la situación semihambrienta de las masas y su ignorancia son condiciones indispensables para asegurarse impunidad en la explotación de ellas. Sin libertad económica, analfabetos y degenerados por los vicios, los trabajadores de la ciudad y del campo no pueden elevarse a la comprensión de sus necesidades ni son capaces de encontrarles cauce a sus anhelos confusos de dignidad civil. La ausencia de protección por parta de nuestros gobiernos a las clases trabajadoras, lógica por el compadrazgo ya señalado de «generales» legisladores con dueños de haciendas y de fábricas, se aprecia por la simple consideración de que el primer código del trabajo promulgado en Venezuela, y eso de reaccionaria contextura fascista, corresponde al año de 1928. En cuanto a educación popular, el 90% de analfabetos demuestra cómo a pesar del «magnánimo» decreto de Guzmán Blanco y de los demás «esfuerzos» posteriores en el mismo sentido—incluyendo la reciente campaña de desanalfabetización decretada por Samuel Niño—, los fideicomisarios en la República de la clase dominante colonial han realizado a cabalidad el anhelo expresado en 1796 por los munícipes de Caracas, en Acta dirigida al rey, de que se continuara negando a las clases bajas «la ilustración de que hasta entonces habían carecido». La industria del «aguardiente» y el monopolio de la «jugada», mercantilización de taras sociales en beneficio de oligarquías, han sido otros de los instrumentos utilizados por nuestras llamadas clases dirigentes para docilizar masas ignaras. El balance de un siglo para los de abajo, para la masa, es éste: hambre, ignorancia y vicio. Esos tres soportes han sostenido el edificio de los despotismos.
Estos elementos de descomposición no pueden desaparecer de nuestro organismo nacional si no se renueva en sus propios fundamentos la estructura jurídica y social que los ha producido. Inatacada en sus bases la organización actual de la sociedad venezolana, no procurándose una más justa distribución de riqueza y de cultura entre sus componentes, se corre el riesgo de que fracasen los mejores ideales políticos de los hombres que deben sustituir en el poder a la horda que lo detenta, apenas hayan desaparecido esos hombres del escenario público, si es que antes no los hubiere utilizado una acción contrarrevolucionaria. Si en la alianza latifundista-caudillista se apoyaron primero las oligarquías y luego la autocracia para explotar al país, minar esa alianza, luchar contra ella hasta destruirla, debe ser la aspiración consciente de los venezolanos con un nuevo y menos gaseoso concepto de la libertad que el profesado por los jacobinos de todos los tiempos de la República, convencidos ingenuos de que el sufragio universal, el juicio por jurados y otras conquistas de orden democrático bastan para asegurar el «respeto a la ley» y «la felicidad de los pueblos».
Nuestra revolución debe ser social y no meramente política. Liquidar a Gómez y con él al gomecismo, vale decir, al régimen latifundista-caudillista, entraña la necesidad de destruir en sus fundamentos económicos y sociales un orden de cosas profundamente enraizado en una sociedad donde la cuestión de la injusticia esencial no se ha planteado jamás. Protección efectiva para el proletariado urbano, mejorando y elevando su standard de vida; un pedazo de tierra, sin capataces y sin amos, para el campesino desposeído por la voracidad de los terratenientes; educación popular intensiva, primaria y técnica para ambos estratos sociales; lucha abierta contra los vicios que minan la contextura moral y física de nuestros hombres, son conquistas primordiales, inaplazables, sin las cuales nuestra próxima revolución será una de las «clásicas danzas de espadas» venezolanas, sin trascendentales repercusiones en el organismo nacional. El logro de estas conquistas significa el desplazamiento del poder de todo hombre o partido de raíces militaristas y latifundistas, pues, como lo tienen demostrado cien años de fracaso de los ideales democráticos, terratenientes y generales son enemigos históricos de la cultura y mejoramiento de las masas.
Rómulo Betancourt, Pedro A. Juliac, Simón Betancourt, Carlos Peña Úslar, P. J. Rodríguez Berroeta, Raúl Leoni, César Camejo, Mario Plaza Ponte, Ricardo Montilla, Rafael Ángel Castillo, Valmore Rodríguez, Juan J. Palacios.
por Luis Enrique Alcalá | Oct 5, 2006 | LEA, Política |

El mundo está por constituirse políticamente. El substrato de esa nueva polis existe: la hipótesis de James Lovelock llega a pensar la Tierra como un ente viviente, como una sola célula. Una gigantesca célula cuyos organelos interdependen ecológicamente, cuyas regiones se comunican por satélites inventados por el hombre. Un organismo vivo que construye, intento por intento, lo que Yehezkel Dror llama la «mente central del mundo»: su gobierno.
Un gobierno planetario que como el sistema nervioso central de los animales superiores, el hombre incluido, regulará muy pocas de las actividades del conjunto. El desarrollo de la Tierra, en su mayor parte, no provendrá de las acciones de ese gobierno mundial, sino de las unidades locales. Y entre las unidades locales, las naciones del tamaño de la venezolana serán los municipios de la estructura política del planeta Tierra.
Es un planeta que construye también una nueva versión, más comprensiva, de su conciencia. Que elabora con penoso esfuerzo los componentes de una nueva teoría del mundo, de una forma más desarrollada de funcionamiento político, hasta de una nueva percepción religiosa.
Se construye, poco a poco pero incesantemente, el cerebro del mundo. Las redes celulares y de computadores y telefacsímiles, CNN, Telemundo, los satélites, los servicios de medios múltiples, las fibras ópticas, van tendiendo los ganglios y los nervios, los núcleos cerebrales de esa mente central planetaria. Se construye un cerebro de la Tierra. Ahora disponemos de una tecnología comunicacional que ofrece las condiciones requeridas para una participación masiva, instantánea y simultánea, de grandes contingentes humanos.
¿Cuánto puede costar una red para la democracia electrónica, nueva versión de la democracia directa, la democracia participativa? El vicepresidente norteamericano Al Gore hizo en su momento una estimación de la inversión necesaria para conectar una fibra óptica a «todo hogar, oficina, fábrica, escuela, biblioteca y hospital» en el territorio de los Estados Unidos. La cifra manejada por Gore era la de 100 mil millones de dólares, que en términos per cápita terminaría siendo una inversión de 435 dólares por habitante.
Ahora bien, la población venezolana es bastante menos de una décima parte de la población norteamericana. Por otra parte, la densidad de escuelas, hogares, hospitales, bibliotecas, fábricas y oficinas es mucho menor en nuestro país que la que existe en los Estados Unidos de Norteamérica (más personas viven acá, en promedio, en cada unidad de vivienda), y por tanto la inversión per cápita que sería necesaria para lograr el equivalente de la visión de Gore en Venezuela sería marcadamente menor. Una cifra razonable es la de una inversión per cápita de 225 dólares en Venezuela para la instalación de una red de fibra óptica prácticamente total. Tal cantidad, multiplicada por la población venezolana arroja una inversión estimable en un poco menos de seis mil millones de dólares. Sólo seis millarditos pudieran convertirnos en la primera democracia electrónica del planeta.
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