por Luis Enrique Alcalá | Oct 5, 2006 | Cartas, Política |

La doctrina educativa del gobierno de Hugo Chávez Frías, que nunca fue opaca, está más clara cada día. Constantemente, su Ministro de Educación, Cultura y Deportes, el profesor Aristóbulo Istúriz, la hace cada vez más explícita, y remacha una y otra vez sobre el mismo punto. Los venezolanos debemos, es la incesante prédica, recibir una educación ideologizada, una educación «alineada» con los propósitos del proyecto de país «bolivariano», con la revolución chavista, con el socialismo. (Del siglo XXI).
Por si esto no hubiera sido suficiente, el propio presidente-candidato añade ahora nuevas especificaciones. En alguno de sus actos recientes de identidad difusa—a la vez actos de gobierno y de candidatura—explicó en su acostumbrado tono pontifical que, efectivamente, la educación venezolana debía estar ideologizada, que aquí se educaba a los médicos para hacerse ricos y a los economistas para hacer negocios, y que había que acabar con eso. Igualmente, hubo la consabida y simplista identificación de opositores a la ideologización con «el imperio», que querría una educación sin ideología. Luego aclaró, en profunda clarificación, que la educación debía ser ideologizada porque debía contener ideas. (Esto es para que el pueblo comprenda lo absurdo de una educación sin ideas).
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No hay, probablemente, quien niegue al Estado un papel importante en la promoción de la educación de los habitantes de un país. Un pensador tan claro y tan liberal como John Stuart Mill opinaba: «Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan». (Ensayo sobre el gobierno representativo).
Antes de Mill, los ideólogos de la Revolución Francesa describían, incluso, una educación que produjera ciudadanos provistos de valores republicanos, sustitutivos de los que servían al Antiguo Régimen. Así apunta Manuel de Puelles Benítez: «La Ilustración francesa venía pugnando desde mediados de siglo por una educación estatal. Philosophes como Diderot o Rousseau, parlamentarios famosos como La Chalotais o Rolland d’Erceville, profesores como Cuvier o Thiébaut, todos defendían la idea de una educación que formara a la infancia y a la juventud en el molde nacional, todos querían una educación uniforme para Francia, todos deseaban que los fines de la educación fueran delimitados en función de las necesidades de la sociedad y no de los intereses de la Iglesia, todos querían que los profesores fueran laicos y no eclesiásticos, todos, en fin, apuntaban al Estado como protagonista de la educación». (Estado y Educación en las Sociedades Europeas).
Rousseau, en particular, que consideraba a los ciudadanos como parte del Estado, era muy exigente. Para él, el objeto de la educación era que los ciudadanos fuesen «tempranamente acostumbrados a considerar su individualidad sólo en su relación con el cuerpo del Estado» y que estuvieran «conscientes, por decirlo así, de su propia existencia meramente como parte de ese Estado». Debía enseñarse a los ciudadanos de modo que «al cabo se identificaran en cierto grado con este todo mayor, se sintieran miembros de su país y le amaran con ese sentimiento exquisito que ninguna persona aislada tiene sino para consigo». (El contrato social).
De modo, pues, que no son Chávez e Istúriz ni los únicos ni los primeros que opinan de esa manera. ¿Cuál es, entonces, el problema con la imagen educativa que sostiene el gobierno? ¿Dónde están sus peligros? Pues que, en su concepción, son ellos mismos quienes saben y determinan los valores que deben ser enseñados. En su idea, el gobierno está autorizado para hacer ingeniería moral con la Nación, para juzgar moralmente, para decidir quiénes son hombres buenos y hombres malos, para imponer una «verdad», «socialista» o «bolivariana». El problema es que creen que el Estado es superior a la Nación, cuando es ésta la que da origen al Estado para que esté a su servicio. El problema es que Chávez e Istúriz tienen invertidos los términos de la ecuación.
Si fuera sólo por la educación cívica que todo venezolano debiera recibir, si fuera por valores de solidaridad que fuesen inculcados a nuestros alumnos, no debiera haber problema. El asunto está en que este gobierno interpreta tales instrumentos como herramientas de control social, y que ha dado muestras suficientes de que no se le agua el ojo para tomar represalias, despedir personas de sus trabajos, negar contratos y demás trapacerías que adjudica según listas que algún Tascón le fabrique. (Para no mencionar el empleo del Poder Judicial y sus mecanismos represivos para enderezar a quien no quiera alinearse con el régimen).
Es de esperar, por tanto, una seria vulneración de la libertad de educación y su correlato específico, la libertad de cátedra, con el esquema principista, ideológico, de Chávez e Istúriz. (Aunque Chávez crea que ideología significa sólo ideas). Una vez más, Puelles Benítez nos da constancia de que este problema del Estado educador no es nuevo: «La otra vertiente de la libertad de enseñanza, la libertad de cátedra, ha tenido también una azarosa existencia. Defendida en la Revolución por Condorcet como un derecho del profesor a la libertad de expresión dentro de su aula, se convierte también en un derecho de libertad o de defensa frente al Estado, en un campo de la actividad humana donde el Estado no puede ni debe intervenir: repugna a la conciencia del ciudadano que el Estado pretenda imponer una verdad oficial por medio de la enseñanza. Este derecho será reconocido también en las constituciones del siglo XIX, aunque su realización práctica no será fácil, siendo vulnerado muchas veces tanto por los Estados confesionales como por los Estados laicos. Circunscrito al principio a la Universidad, ha sido en nuestro siglo extendido a otros niveles educativos, aunque con las limitaciones propias que imponen los sujetos a los que va dirigida».
Son peligros como ése lo que motiva los cada vez más desarrollados acuerdos internacionales en materia de derechos. Uno en particular tiene acá especial relevancia: el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, propiciado por la Organización de las Naciones Unidas. Es pertinente su traída a colección por varias razones. Una, Venezuela es signataria de ese pacto. (La soberanía del Poder Constituyente Originario tiene por límites los derechos humanos y los convenios internacionales en los que la República haya entrado válidamente). Dos, el Pacto está suscrito por 152 países, veinticuatro más que los que necesita Venezuela para conseguir un puesto en el Consejo de Seguridad de la organización que lo promovió. Tres, entre estos países se encuentran algunos con los que este gobierno ha procurado especial amistad: Argelia, Argentina, Belarús, Bolivia, China, Irak (mucho antes de la invasión norteamericana), Libia, Corea comunista y Zimbabwe. (Cuba no ha querido refrendarlo, por razones que en breve se entenderán y, curiosamente, tampoco la Santa Sede). Cuatro, su artículo 13, que se reproduce íntegro a continuación, establece normas a seguir en el caso que venimos discutiendo:
«1. Los Estados Partes en el presente Pacto reconocen el derecho de toda persona a la educación. Convienen en que la educación debe orientarse hacia el pleno desarrollo de la personalidad humana y del sentido de su dignidad, y debe fortalecer el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales. Convienen asimismo en que la educación debe capacitar a todas las personas para participar efectivamente en una sociedad libre, favorecer la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y entre todos los grupos raciales, étnicos o religiosos, y promover las actividades de las Naciones Unidas en pro del mantenimiento de la paz.
2. Los Estados Partes en el presente Pacto reconocen que, con objeto de lograr el pleno ejercicio de este derecho:
a) La enseñanza primaria debe ser obligatoria y asequible a todos gratuitamente;
b) La enseñanza secundaria, en sus diferentes formas, incluso la enseñanza secundaria técnica y profesional, debe ser generalizada y hacerse accesible a todos, por cuantos medios sean apropiados, y en particular por la implantación progresiva de la enseñanza gratuita;
c) La enseñanza superior debe hacerse igualmente accesible a todos, sobre la base de la capacidad de cada uno, por cuantos medios sean apropiados, y en particular por la implantación progresiva de la enseñanza gratuita;
d) Debe fomentarse o intensificarse, en la medida de lo posible, la educación fundamental para aquellas personas que no hayan recibido o terminado el ciclo completo de instrucción primaria;
e) Se debe proseguir activamente el desarrollo del sistema escolar en todos los ciclos de la enseñanza, implantar un sistema adecuado de becas, y mejorar continuamente las condiciones materiales del cuerpo docente.
3. Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a respetar la libertad de los padres y, en su caso, de los tutores legales, de escoger para sus hijos o pupilos escuelas distintas de las creadas por las autoridades públicas, siempre que aquéllas satisfagan las normas mínimas que el Estado prescriba o apruebe en materia de enseñanza, y de hacer que sus hijos o pupilos reciban la educación religiosa o moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.
4. Nada de lo dispuesto en este artículo se interpretará como una restricción de la libertad de los particulares y entidades para establecer y dirigir instituciones de enseñanza, a condición de que se respeten los principios enunciados en el párrafo 1 y de que la educación dada en esas instituciones se ajuste a las normas mínimas que prescriba el Estado».
¿Está claro, presidente Chávez, ministro Istúriz? Es la Nación, no el Estado, quien debe determinar los valores que se enseñarán. Son las personas, son las familias, quienes deben decidirlos.
Por otra parte, el contenido ideológico único es también problemático. En una sociedad pluralista, por definición, coexisten varias posturas ideológicas, no una sola. Que un gobierno pretenda consagrar canónicamente que su peculiar mezcla—imposible, por lo demás—de ideas marxistas con ideas bolivarianas, es la ideología a ser enseñada, porque sus jerarcas se crean moralmente superiores a los demás, es doctrina que no debe tolerarse.
Pongamos por caso, además, el asunto ése de lo «bolivariano». De un lado, el presidente Chávez es harto selectivo—y manipulador—al citar a Bolívar hasta la náusea. (Más de una vez infielmente y casi siempre fuera de contexto). Pero es muy probable que el entusiasmo de Chávez por Bolívar tenga que ver con su consenso con las ideas menos felices del Libertador, como su pretensión de establecer la monarquía de su persona disimulada por la exigencia de una presidencia vitalicia. (Lo que es más longevo, tendremos que admitir, que una modesta aspiración de mandar hasta 2021).
Y es que también ya lo de la constante referencia a Bolívar, aunque fuese fiel y exacta, es señal de un atraso psicológico. Es ley de vida que las personas, en su adolescencia, cuestionen el conjunto de valores que ha regido sus vidas hasta ese momento, y que viene provisto por los padres. Poco después se hacen del suyo propio, se emancipan. En otras palabras, ya es tiempo de emanciparnos de nuestro emancipador.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 3, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Desde que Hugo Chávez, revelado como gran promotor editorial, convirtiera en éxito de librería a un libro de Noam Chomsky con una breve mención en un discurso ante las Naciones Unidas, la obra—Hegemonía o supervivencia—es comidilla en más de un círculo entre nosotros. La Ficha Semanal #113 de doctorpolítico reproduce un segmento de una sección—Protegiendo de la infección a niños traviesos—de su tercer capítulo, La nueva era de la ilustración, que puede servir de muestra que permita imaginar el conjunto.
El trozo revela cómo es que los latinoamericanos, así como otros pueblos «subdesarrollados», somos entendidos por los gobiernos norteamericanos y cómo, en consecuencia, somos tratados. En este fragmento hay una mención específica del caso venezolano, y Chomsky juzga que en 2003, cuatro años después de que Chávez comenzara a gobernar, las cosas siguen más o menos igual por lo que respecta a la distribución de las riquezas en nuestro país.
La traducción, como siempre, no necesariamente refleja el matiz exacto de la escritura original. Por ejemplo, en referencia a Italia, se tradujo la frase «even the dumbest wop would sense the drift» como «aun el más lerdo de los italianos perciba el cambio». En realidad «wop» es «Despreciativa y ofensivamente, un italiano o persona de descendencia italiana». (The Random House Dictionary of the English Language).
Una vez Chomsky decidió emprenderla contra el conductismo de B. F. Skinner, quien sostenía en «Más allá de la libertad y la dignidad» que estas categorías eran totalmente ilusorias, dado que la conducta humana sería en realidad el producto de una intrincada red de respuestas condicionadas, jamás el producto de una elección libre y digna. Así escribió Chomsky «Proceso contra Skinner», un implacable juicio lógico que disecaba la falaz argumentación del conductista norteamericano para dejarla muy mal parada, si no totalmente destruida. El procedimiento de análisis era tranquilo pero implacable, y es este mismo método de incesante acumulación de evidencias el empleado en «Hegemonía o supervivencia». Luego de su lectura, no hay forma de que los Estados Unidos puedan presentar su política exterior como basada en altruistas ideales. Siempre han actuado, a juzgar por la historia que Chomsky exhuma, para el beneficio de sus propios y egoístas intereses.
LEA
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Los niños traviesos
Los estados ilustrados de fines del siglo diecinueve no fueron los primeros en autoalabarse por liberar a los bárbaros de su triste destino—mediante la violencia, la destrucción y el pillaje. Se insertaban en una rica tradición de distinguidos líderes que se preocupaban por la creciente «inundación de doctrinas malignas y ejemplos perniciosos» y preguntaban «qué será de nuestras instituciones religiosas y políticas, de la fuerza moral de nuestros gobiernos, y del sistema conservador que nos ha salvado de la completa disolución si el contagio y la invasión de principios viciosos» no es impedida o vencida. Al expresar estas preocupaciones, el Zar y Metternich se referían a «las perniciosas doctrinas del republicanismo y el autogobierno popular difundidas por los apóstoles de la sedición» en el Nuevo Mundo—en la retórica de los planificadores contemporáneos, una manzana podrida que pudiera echar a perder el barril, un dominó que podía tumbar a los demás. El contagio de estas doctrinas, advertían, «cruza los mares, y aparece a menudo con todos los síntomas de destrucción que lo caracterizan, en lugares donde ni siquiera un contacto directo, una relación de proximidad pudiera dar lugar a la aprensión». Peor aún, los apóstoles de la sedición acababan de anunciar su intención de expandir sus dominios al proclamar la doctrina Monroe—»una especie de arrogancia, peculiarmente americana e inexcusable», como más tarde Bismarck la describiría.
Bismarck no tuvo que esperar la era del idealismo wilsoniano para aprender el significado de la doctrina Monroe, explicada al presidente Wilson por el secretario de Estado Robert Lansing, quien encontró su descripción «incontestable», aunque aconsejó que sería «impolítico» que llegara al público:
«En su defensa de la doctrina Monroe los Estados Unidos consideran sus propios intereses. La integridad de otras naciones americanas es un incidente, no un fin. Aunque puede verse esto como basado solamente en el egoísmo, el autor de la doctrina no tenía motivo superior o más generoso en su declaración».
La doctrina no pudo ser todavía plenamente llevada a la práctica por causa del balance del poder mundial, aunque Wilson aseguró la dominación estadounidense de la región del Caribe por la fuerza, dejando un terrible legado que ha llegado a nuestros días, y fue capaz de moverse un poco más allá, sacando al enemigo británico fuera de la rica en petróleo Venezuela y apoyando al vicioso y corrupto dictador Juan Vicente Gómez, quien abrió el país a las corporaciones norteamericanas. Se instituyó políticas de puerta abierta y libre comercio del modo usual: presionando a Venezuela para que prohibiera concesiones a los británicos mientras se continuaba exigiendo—y asegurando—derechos petroleros de EEUU en el Medio Oriente, donde los británicos y los franceses lideraban. Hacia 1928 Venezuela se había convertido en el líder exportador del mundo, con compañías norteamericanas a cargo. La historia continúa justo hasta las primeras páginas en 2003, con una enorme pobreza en un país de ricos recursos y potencial, ofreciendo gran riqueza a los inversionistas extranjeros y un pequeño sector de la población.
El alcance del poder de los EEUU era todavía limitado en época de Wilson, pero como había observado premonitoriamente el presidente Howard Taft, «no está distante el día cuando todo el hemisferio sea de hecho nuestro, como ya lo es moralmente en virtud de nuestra superioridad de raza». Los latinoamericanos pueden no entender, añadía la administración Wilson, pero esto es porque «son niños traviesos que están ejerciendo todos los privilegios y derechos de los mayores», y requieren «una mano firme, una mano con autoridad». No debía descuidarse los medios más suaves, sin embargo. Pudiera ser útil «darles unas cuantas palmadas de aprobación y hacerles creer que se les estima», como aconsejaba el secretario de Estado John Foster Dulles al presidente Eisenhower.
En todas partes hay niños traviesos. Wilson veía a los filipinos como «niños que deben obedecer como si estuvieran bajo tutela»—por lo menos, aquellos que habían sobrevivido a la liberación que él había propugnado mientras exaltaba su altruismo. Su Departamento de Estado también veía a los italianos «como niños que deben ser conducidos y asistidos más que casi cualquier otra nación». Era, por tanto, correcto y apropiado que sus sucesores ofrecieran entusiasta apoyo a la «estupenda revolución joven» del fascismo de Mussolini, que aplastó la amenaza de la democracia entre los italianos «hambrientos de liderazgo fuerte y que disfrutan ser gobernados dramáticamente».
El concepto prevaleció en la década de 1930 y fue revivido inmediatamente después de la guerra. Mientras los Estados Unidos subvertían la democracia italiana en 1948 negando alimentos a gente muerta de hambre, restaurando la policía fascista y amenazando cosas peores, el funcionario del escritorio italiano del Departamento de Estado explicaba que las políticas debían ser diseñadas de forma que «aun el más lerdo de los italianos perciba el cambio». Los haitianos eran «poco más que salvajes primitivos», de acuerdo con Franklin Delano Roosevelt—que reivindicaba haber reescrito la constitución haitiana durante la ocupación militar de Wilson—para permitir que las compañías norteamericanas se adueñaran de las tierras y los recursos de Haití después de que su recalcitrante parlamento fuera desalojado por los marines. Cuando la administración de Eisenhower buscaba deponer el recientemente establecido gobierno de Castro en Cuba en 1959, el jefe de la CIA, Allen Dulles, se quejaba de que «no hubiera en Cuba oposición que fuera capaz de acción», en parte porque «en estos países primitivos donde el sol brilla, las exigencias de la gente eran mucho menores que las de las sociedades más avanzadas», de forma que no estaban conscientes de lo mucho que estaban sufriendo.
La necesidad de disciplina ha sido reiterada con fuerza a lo largo de los años. Para mencionar otro caso de relevancia contemporánea, cuando el gobierno parlamentario conservador de Irán buscaba obtener control de sus propios recursos, los Estados Unidos e Inglaterra instigaron un golpe militar para instalar un régimen obediente que gobernó con el terror durante veinticinco años. El golpe emitió un mensaje de mayor alcance, que fue explicado por los editores de The New York Times:
«Los países subdesarrollados con ricos recursos cuentan ahora con una lección objetiva sobre el pesado costo que deben pagar cuando alguien de sus filas enloquece con un nacionalismo fanático… La experiencia de Irán puede fortalecer las manos de líderes más razonables y visionarios en otras partes, que tengan una comprensión clara de los principios de un comportamiento decente».
La misma lección había sido enseñada más cerca de casa, en la Conferencia de Chapultepec (México) en febrero de 1945, que echó las bases del orden de la posguerra ahora que la doctrina Monroe podía imnponerse en el sentido wilsoniano. Los latinoamericanos estaban ahora bajo la influencia de lo que el Departamento de Estado llamaba «la filosofía del Nuevo Nacionalismo, que comprende políticas diseñadas para producir una más amplia distribución de la riqueza y elevar el estándar de vida de las masas». Washington se preocupaba porque «el nacionalismo económico es el denominador común de las nuevas aspiraciones de industrialización»—como lo había sido para Inglaterra, los Estados Unidos y, de hecho, para cualquier otro país que hubiera tenido éxito en industrializarse. «Los latinoamericanos están convencidos de que el primer beneficiario del desarrollo de los recursos de un país debe ser el pueblo de ese país». Eso era inaceptable: los «primeros beneficiarios» debían ser los inversionistas estadounidenses, mientras América Latina cumplía su función de servicios. Los Estados Unidos impusieron, por consiguiente, una «Carta Económica para las Américas», diseñada para eliminar el nacionalismo económico «en todas sus formas». Con una excepción, sin embargo: el nacionalismo económico siguió siendo un rasgo crucial de la economía de los Estados Unidos, que descansaba mucho más que en el pasado en un dinámico sector estatal, que a menudo operaba bajo el paraguas de la defensa.
Noam Chomsky
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 28, 2006 | LEA, Política |

La décima tercera ópera de Wolfgang Gottlieb Mozart—que escribió la primera cuando tenía nueve años—se llama Idomeneo, Re di Creta. Una versión alemana de esta obra, que incluye una escena en la que aparece la cercenada cabeza de Mahoma junto con las de Buda, Jesús y Poseidón—y que en el libreto original no se halla (es, evidentemente, un anacronismo—acaba de ser suspendida por temor de irritar a los musulmanes. La frustrada infidelidad a Mozart es ahora denunciada como una cobarde autocensura, lo que ha añadido más candela al fuego recientemente encendido por Benedicto XVI. Los críticos de la decisión—seis funciones que no tendrán lugar—señalan, no sin razón, que la clausura del montaje confirma en los radicales islámicos la conciencia de que pueden imponer su voluntad mediante la amenaza.
Cuando a comienzos de esta semana el Papa reunió a los embajadores de los países islámicos y algunos de sus líderes religiosos, reforzó la noción de que su discurso en Ratisbona había sido perfectamente adrede, pues todavía no se retracta de sus palabras, sosteniendo simplemente que tiene un gran respeto por el Islam. Hay que agradecerle por eso, como hay que agradecer la respuesta de un intelectual musulmán, que recomendó un debate abierto sobre la tradición guerrera del Islam y del Cristianismo. En efecto, no se puede estar muy seguro de que la comparación resulte favorable a la religión de la Cruz.
En el seno del Islam, como en cualquier otro campo religioso o ideológico, siempre ha habido radicales. De hecho, la historia islámica casi puede verse como la del control y supresión del radicalismo. Lo bueno es que por la tronera abierta por Benedicto XVI se puede arribar a un examen esclarecedor, que favorezca a quienes interpretan el Islam de forma, digamos, civilizada. Dice la Enciclopedia Británica, en su ya vieja edición décima quinta: «Jihad significa una lucha activa que usará la fuerza armada cuando sea necesaria. El objeto de la jihad no es la conversión de los individuos al Islam sino más bien ganar el control político sobre los asuntos colectivos de las sociedades para regirlas según los principios del Islam… En la doctrina musulmana estricta, las conversiones ‘a la fuerza’ están prohibidas… y también está estrictamente prohibido hacer la guerra para adquirir gloria, poder y gobierno mundanos… La secta Kharij, que sostenía que ‘las decisiones pertenecen sólo a Dios’, insistía en una jihad continua e incesante, pero sus seguidores fueron virtualmente destruidos durante las guerras intestinas del siglo octavo».
A juzgar por los talibanes y ciertos terroristas, como que todavía queda alguno. Pero la mejor estrategia del resto del mundo es el diálogo que Ratzinger ha abierto valientemente, y facilitar el predominio de la sensatez musulmana, que por fortuna está más ampliamente distribuida que la radicalidad de sus matarifes, que también nosotros hemos tenido y tenemos. Canta Idomeneo: «Figlio: contro di me Nettuno irato gelommi il cor».
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 28, 2006 | Cartas, Política |

Justo al comienzo de Hegemonía o supervivencia (America’s quest for global dominance), Noam Chomsky refiere los razonamientos del biólogo Ernst Mayr sobre la probabilidad de existencia de inteligencia extraterrestre en nuestro universo—Mayr la estima como prácticamente nula—para ventilar luego sus propias preocupaciones sobre el destino de la especie humana: «…un observador extraterrestre hipotético pudiera muy bien concluir que los humanos han demostrado esa capacidad [de destruirse a sí mismos] a través de su historia, dramáticamente en los últimos siglos, con un asalto al ambiente que sostiene la vida, a la diversidad de organismos más complejos y, con frío y calculado salvajismo, también los unos a los otros». Un refinado dibujante de tiras cómicas—Bill Watterson—hace hablar a un tigre de peluche (Hobbes), que se dirige al alucinado infante que es su dueño (Calvin) para significar lo mismo de modo más sucinto: «La más segura señal de que existe vida inteligente en algún lugar del universo es que nunca ha tratado de contactarnos».
Profuso en citas—hace referencia a sesenta y dos libros—es Hegemony or survival. Las emplea Chomsky, por otra parte, con demoledora pertinencia. Por su mayor parte es el libro una denuncia contra la irracionalidad de la invasión norteamericana a Irak, aunque el discurso es más amplio, y en verdad establece la tesis de un verdadero y longevo imperialismo estadounidense, la punta de cuya raíz halla en una carta de George Washington a Thomas Jefferson en la que proclama (1779) su intención de aniquilar a la entera tribu de los iroqueses. También William Clinton—que acaba de declarar, para «salvar su prestigio», que en su momento ordenó (antes del 11 de septiembre) el asesinato de bin Laden—recibe lo suyo aunque, repito, lo más frecuentemente evaluado son las acciones del segundo Bush. Así cita, por ejemplo, a nadie menos que Arthur Schlesinger, historiador y consejero y biógrafo de la presidencia de John Kennedy, para registrar su postura ante la guerra que ha gastado 700 mil millones de dólares y todavía continúa: «El presidente ha adoptado una política de ‘autodefensa anticipatoria’ que es alarmantemente similar a la política que el Japón imperial empleó en Pearl Harbor, en una fecha que, como dijera un anterior presidente americano, viviría en la infamia. Franklin D. Roosevelt tenía razón, pero hoy somos los americanos quienes vivimos en la infamia».
A pesar de lo pesado—sin insultar ni burlarse—que es el libro, no deja de albergar un tenue optimismo. El último capítulo toma su nombre de una espeluznante admonición de Bertrand Russell—seguramente uno de los ídolos de Chomsky, pacifista y eterno crítico de su gobierno, como él—pero convierte a la oración en pregunta: ¿Una pesadilla pasajera? Espantosamente viene de Russell así: «Después de edades en que la tierra produjo inocuos trilobites y mariposas, la evolución progresó hasta un punto en que generó Nerones, Gengis Khanes y Hitlers. Creo, sin embargo, que esto es una pesadilla pasajera; con el tiempo la tierra será de nuevo incapaz de soportar la vida, y la paz regresará».
Es una escritura en la pared que remite exactamente a la angustia del inicio, pero inmediatamente después de asestar ese último golpe de conciencia, Chomsky cierra la exposición con una inocente esperanza: «Lo que importa es si podemos despertarnos de la pesadilla antes de que lo consuma todo, y traer al mundo una medida de paz y justicia y esperanza que esté, ahora mismo, al alcance de nuestra oportunidad y nuestra voluntad».
Éstos son, pues, los temas que desvelan a Chomsky, el papa de la lingüística del siglo XX, el autor de Estructuras sintácticas, el Profesor Emérito de Lingüística del Instituto Tecnológico de Massachussets, el enterrador de Skinner, el doctor honoris causa de, entre otras universidades, las de Londres, Chicago, Delhi, Pensilvania, Georgetown, Amherst, Cambridge, Pisa, Buenos Aires, MacGill, Columbia, Toronto, Harvard y Nacional de Colombia.
Pero nada de su autoridad—sea porque fue un duro, inteligente y persistente opositor a la guerra de Vietnam, sea porque la gente lo vota en encuestas de revistas inglesas el primer intelectual del mundo—hubiera podido servir para hacer de su libro un best seller. Él mismo dice que es muy fastidioso como orador. No lo es, a pesar de esto, cuando escribe; pesado sí, e insomniante, pues es tan avasalladora su lógica como la información que maneja, pero no escribe cuentos de hadas, no hace literatura escapista. No podía, pues, esperar un éxito de librería con Hegemonía o supervivencia, donde niega que los humanos podamos sobrevivir si los Estados Unidos continúan desempeñándose en el rol de hegemones.
El libro de Chomsky es el mismo que Amazon, la más grande librería virtual del planeta, registraba en el lugar número 26.000 de sus libros más vendidos, hasta que pasara de un solo envión a ocupar el primer lugar de ventas, luego de la promoción que de él hiciera Hugo Chávez en su discurso del 20 de este mismo mes ante la Asamblea de las Naciones Unidas. Tal vez por esto haya dicho Chomsky que le gustaría mucho hablar con Hugo Chávez. No es infrecuente que los grandes cerebros sean vulnerables al incienso y propensos a la credulidad, que usualmente regatean al objeto de su ciencia y de su crítica.
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Datanálisis—lo ha confirmado la insistencia de Luís Vicente León—mide más de 50% de intención de voto a favor de Chávez, y concede alrededor de 17% a Manuel Rosales. Esta última cifra está muy cerca de lo que Hinterlaces registraba como porcentaje de la población identificada con la oposición: 15%. ¿No es tal cosa síntoma evidente de que, como Salas Römer o Arias Cárdenas, Rosales no va a poder con Chávez? Ante esto ¿qué harán los muy exigidos asignadores de recursos que se oponen a la reelección?
Si Rosales no sube lo suficiente, o Chávez no baja muchísimo, será grande la tentación del 4D de 2005: decir, como la zorra de Samaniego, que las uvas están verdes, y abstenerse, retirarse de la contienda, en la extraviada ilusión de que así Chávez quedará «deslegitimado» y un salvador golpe de Estado, una salvadora invasión de marines resolverá el asunto. Ya no Chávez a La Habana con escala en La Orchila, sino directamente a Guantánamo, pues. La abstención total, el paro electoral pudiera ser la receta.
La política, no obstante, no se hace con ausencias.
También ahora habría que poner una fecha límite para—sería la otra opción—sustituir la candidatura de Rosales—no digamos la de Rausseo que ha poco menos que desaparecido del radar—por la de una figura capaz de emitir un discurso equiparable y eficaz contra el muy eficaz discurso de Chávez. Rosales no lo está proveyendo. ¿Ha hecho este político convencional, alguna vez, el intento de leer a Chomsky? ¿Puede siquiera pretender refutarlo, o al menos al más reciente de sus exégetas, Hugo Chávez?
Una vez más, la oposición organizada en Venezuela, sus élites antiguamente dominantes, producen una respuesta insuficiente. Como antes los carmonistas, los paristas, y los revocadores; como antes la inversión perdida en Fernández, en Álvarez Paz, en Salas Römer, en la contraconstituyente de La Gente es el Cambio, en Arias Cárdenas; ahora se cierra filas conmovedoramente alrededor de Rosales porque «es lo que hay».
Entretanto, pareciera que las cosas se ven más claras desde afuera. Así escribe en The Christian Science Monitor, por ejemplo, Brian A. Nelson (ex becario Fulbright): «Las recientes proclamaciones del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, de que todavía podía oler el azufre de la visita del Sr. Bush a las Naciones Unidas el día anterior, han sido en gran medida cubiertas por los medios como risibles y absurdas. Pero si usted se sorprendió bufando o torciendo los ojos—tal vez como muchos torcieron los ojos con el discurso de Bush sobre el ‘eje del mal’—usted se estaría equivocando respecto de la estrategia del más poderoso y problemático líder de América Latina. Es más, probablemente usted no sea a quien el Sr. Chávez esté hablando, en cualquier caso».
Y luego, después de describir la evidente estrategia de Chávez, de aprovechar «un chivo expiatorio tan perfecto, una piñata» tan bajita como Bush, para galvanizar a sus partidarios y disimular los defectos de su revolución, Nelson remata: «En resumen, Chávez puede adelantar su agenda izquierdista—batuqueando a Bush por el camino—sin temor de represalias. Mientras algunos pueden reírse de Chávez, casi seguramente será reelegido en diciembre para otro período de seis años, e incluso ha aludido a un cambio en la Constitución para que pueda permanecer en el poder hasta 2021. El tremendista que se sienta sobre las más grandes reservas de petróleo fuera del Oriente Medio, no se va a ir demasiado pronto».
¿Menciona Nelson siquiera una vez a Manuel Rosales? Para nada. Entretanto, una nueva capa de boba complacencia cubre a la oposición boba—aunque no a la estúpida de los golpistas e invasionistas—creyendo que es posible que Rosales derrote al ensoberbecido presidente—que huele azufre pero no deja de venderle al diablo petróleos desulfurados—y lo tutean a distancia: «¿No viste lo que dijo Manuel en Humocaro Alto?»
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 26, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En febrero de 1994 inició su corta vida—deceso por causas naturales en octubre de 1998—una publicación mensual impresa del suscrito (referéndum) que hasta cierto punto fue precursora de estas fichas y cartas digitales de doctorpolítico, por cuanto pretendía hacer análisis, interpretación y proposición política. En junio de 1998 alojó un trabajo—De héroes y de sabios—que trataba el tema eterno de la relación entre conocimiento y poder. Gastón Berger alguna vez destacó la tensión con estas palabras: «Hemos sufrido demasiado viendo a la sabiduría separada del poder para no desear la colaboración de quienes determinan lo deseable con aquellos que saben lo que es posible».
El trabajo referido—del que se reproduce aquí su introducción y su sección final—incluía una historia escueta de los intentos, mayormente fallidos, por establecer en Venezuela un think tank digno del nombre. La expresión se emplea de modo laxo para designar iniciativas que no son verdaderos think tanks. Por esto explicaba el trabajo: «Un think tankes un instituto de investigación con un número considerable de al menos, quizá, treinta investigadores que suelen trabajar, en grupos multidisciplinarios y especializados, en la formulación de políticas, en proyectos dirigidos sobre todo a procesos sociales amplios y de largo alcance o carácter estratégico, que examinan sus creaciones y recomendaciones con la mayor rigurosidad científica. Un think tank ha sido establecido porque se cree en la utilidad de un servicio de esa clase (pública o privadamente, pública o secretamente) y por tanto se le dota adecuadamente, hasta generosamente, de recursos (bibliotecas, salones, oficinas, computadoras, correo electrónico y ‘navegación’ en Internet, asistencia en búsqueda y apoyo administrativo). Un think tank, para que sea verdaderamente tal, debe tener garantizada la libertad de pensar y expresar lo que piensa, debe gozar de un derecho equivalente a la libertad de cátedra, de un derecho a la investigación».
Pero más allá de estas precisiones, el grueso de la discusión versaba sobre la participación directa de los «hombres de pensamiento» en posiciones de poder. Uno de sus comentarios iba así: «Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus ‘curvas’ han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la ‘calidad total’. También es el autor de ‘La circulación de las élites’. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los ‘leones’, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los ‘leones’ arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los ‘zorros’ al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el ‘arte de la combinatoria’, a resolver la situación. Según su esquema, los ‘leones’ y los ‘zorros’ se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan. Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de ‘leones’ por ‘zorros’, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un ‘retorno de los brujos’, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta».
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El brujo como cacique
Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios).
Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.
Es inevitable relacionar la tensión polar que esa narración nos muestra con el satírico epígrafe de Argenis Martínez: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones». Lo que la leyenda indica es que desde hace mucho tiempo, en un pueblo bastante distante de nuestra heredad, ya se pensaba que había una gente que se ocupaba de las cosas y otra distinta que se entretenía con los significados de las cosas. No es sólo en Venezuela, pues, que se manifiesta esa bipolaridad entre «hombres de acción» y «hombres de pensamiento», entre héroes y sabios, entre caciques y brujos. Pero en Venezuela esta tensión se manifiesta con particular crudeza.
Porque no sólo es que en Venezuela se prohíbe a los brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima. Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión racional de alto nivel, fue invitado por un ministro central de un gabinete de esta última mitad de siglo venezolana. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro de investigación y desarrollo de políticas—con una cierta propensión al largo plazo, bien dotado de recursos, escudado del poder—una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, naturalmente sometida al corto plazo, con capacidad de respuesta instantánea; y un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: «El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el país».
Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya en una de las operadoras de PDVSA, nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: «A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente».
¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los «hombres de pensamiento». ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?
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Mientras no se generalice el cambio de paradigma necesario—y los cambios paradigmáticos son de suyo procesos de distribución general más bien lenta (por más que a nivel individual puedan darse casi instantáneamente)—tal vez sea posible admitir un tratamiento excepcional y transitorio a los más básicos y profundos problemas de la política venezolana, en el que se asegure una participación determinante de los «hombres de pensamiento» del país.
Es preciso admitir que ese cambio es difícil. Porque es que a la disposición habitual de la percepción, que como vimos tiende a negar al intelectual la posibilidad de mando, se une, tal vez, un miedo profundo a tal eventualidad.
En Poor Koko, John Fowles relata la violencia aparentemente gratuita que un intelectual hace brotar de un ladrón más bien inculto, provisto tan sólo de un barniz de catecismo marxista, a quien vence en una discusión. Precisamente porque había sido vencido por las palabras del intelectual, el ladrón reaccionó con violencia especialmente cruel. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual.
Una vez un politólogo que ahora es político me propuso la siguiente cuestión para debatir: ¿cuál es el deporte más violento? Él proponía que era el fútbol el deporte más violento. (Él lo practica). Yo le sugerí considerar al ajedrez.
En el enfrentamiento igualitario de dos inteligencias no caben las excusas. No se puede diluir la responsabilidad entre los varios miembros de un equipo, ni se puede argumentar que un defensor corpulento, mucho más grande que nosotros, nos ha impedido con tácticas sucias. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual. Y los intelectuales pueden ser particularmente crueles al inflingirla.
Así, pues, hay un trasfondo de miedo en el rechazo a la posibilidad de un gobernante intelectual. Ante él se tiene tanta aprensión como ante la mujer que es la vez bella e inteligente en grado sumo. Mientras más brillante sea el intelectual más se le teme.
Esto es hasta cierto punto natural. Puede con facilidad sentirse que una persona así tenderá al totalitarismo, basada en una conciencia egomaníaca que le haga pensarse superior a los demás.
Pero si se es un verdadero intelectual se sabe que la inteligencia no es meritoria si no está al servicio de los demás, si no respeta y cree en la sabiduría superior del pueblo—»lo primero que debieran enseñar (las) escuelas (de política) es que el pueblo es más sabio y poderoso que el gobierno»—si se cree inmune al error. Por fortuna varios siglos de una ciencia más social y menos exclusiva, menos esotérica, han enseñado a quienes emplean sistemáticamente el pensamiento que las mejores teorías no son eternas.
Y si aún persiste la desconfianza puede adoptarse todavía otra estrategia. Puede acotarse y limitarse temporalmente el ejercicio del poder por el brujo.
Respecto de los problemas del Estado venezolano «…en un lapso relativamente corto es posible modificar su organización, desencadenar su metamorfosis, para arribar, en un Estado diferente, a una disposición en la que los muy considerables talentos evidentes entre los venezolanos, puestos al servicio de la función pública, rindan resultados mucho más importantes y valiosos que los muy escasos que ahora obtenemos, desde que el paradigma político prevaleciente, la manera ordinaria de entender y hacer la política, los supuestos de nuestra política, comenzaran a ser impertinentes».
Quizás sea una realidad paradójica que los problemas verdaderamente más fundamentales puedan ser resueltos más rápidamente que los problemas cotidianos de menor nivel. La evidente falla sistémica del Estado venezolano es algo que debe ser ciertamente resuelto con prontitud y en relativo corto tiempo. Creo difícil que los «hombres de acción» sean los llamados a acometer una reingeniería radical del Estado venezolano, obviamente aquejado por un catálogo casi completo de los problemas políticos conocidos en el mundo. El momento actual exige el rediseño de nuestro Estado. Exige, por tanto, pensamiento.
Exige una manera diferente de entender la política. Exige, por tanto, un liderazgo ya no solamente programático, sino paradigmático. Y quienes pueden ejercer ese liderazgo no son otros que quienes encarnan el nuevo paradigma, y éstos se hallan entre quienes lo han inventado o ya lo han hecho suyo. Hasta que, reitero, ese nuevo paradigma haya permeado para generalizarse, y pueda confiarse de nuevo el gobierno a un nuevo político convencional
Puede pensarse, por consiguiente, en confiar este momento crucial de la política venezolana a quien ya haya perdido las elecciones porque «está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país».
Hay quienes estarían dispuestos a asumir la tarea metamórfica y a completarla en lapso de no mucha duración.
Esto es posible en Venezuela. No digo que probable; afirmo tan sólo que es posible. La probabilidad irá en aumento, como ha venido siendo, con el crecimiento del mal. Pues si el próximo gobierno de Venezuela es un nuevo gobierno convencional o si, peor aún, es un gobierno de vindicta pseudojusticiera que se justifica con una interpretación interesada de los próceres del pasado, el problema político nacional se agravará aún más. Entonces llegará un momento en que Tío Tigre deba dejar el mando a Tío Conejo.
Que la mera posibilidad pueda convertirse en realidad efectiva dependerá, a la larga, del ineludible aumento de conciencia de los Electores venezolanos en general. En un cierto punto del futuro forzarán el cambio. Que esto pueda darse en un plazo más corto dependerá de la lucidez de las élites de poder del país: de ésas que asignan oportunidades y recursos, y que podrían, en un salto de conciencia que les justificaría como tales élites, abrir las puertas a la incruenta revolución, a la revolución mental que la magnitud de los problemas exige.
Y una cosa más a favor de los intelectuales en el poder en esta hora nacional: no siendo, precisamente, políticos que se entenderían como combatientes, es menos probable que entiendan su misión como la de ángeles vengadores, por cuanto su compromiso no es de combate entre contrincantes por alcanzar el poder, sino compromiso con la verdad. Estando, en principio, adiestrados para la lectura serena y desapasionada de las cosas, serían menos propensos a involucrarse en cacerías de brujas, reivindicaciones clasistas y programas de exterminio.
«Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento». Son los sabios, son los brujos, quienes podrían ofrecerlo esta vez.
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