LEA #204

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El revuelo causado por el discurso reciente de Benedicto XVI en el Aula Magna de la Universidad de Regensburg (Ratisbona, 12 de septiembre) es algo que debió estar previsto por el Sumo Pontífice, algo discutido de antemano por el Papa y su estado mayor. Si unas caricaturas danesas causaron disturbios escandalizados en áreas musulmanas, si en su momento Salman Rushdie recibió sentencia de muerte por sus «Versos satánicos», el Vaticano no podía suponer que las palabras cuidadosamente escogidas por el papa Ratzinger pasarían sin pena ni gloria.

Lo que ha hecho el Papa es actuar como representante de miles de millones de ciudadanos del planeta que no comprenden como una religión—más precisamente, algunos fieles de una religión—pueda a estas alturas del siglo XXI predicar la guerra santa. La precisión y extensión de la cita que Benedicto XVI insertara en su discurso, atribuida al emperador bizantino Manuel II Paleólogo, no dejan lugar a la duda. El discurso fue intencional y la reacción anticipada. Benedicto XVI ha abierto un debate.

Claro que los cristianos hicieron guerra santa con las Cruzadas, y se mataron entre sí, católicos y protestantes, en más de una guerra en Europa. Es un fenómeno occidental: ni los lamas tibetanos ni los brahmanes hindúes andan en plan misionero armado por el mundo. Son las tres religiones del mismo Dios de Abraham—como Mahoma reconociera—y no sólo la islámica, las que son problemáticas. La más antigua, la judía, porque predica que hay un pueblo específico que hizo un contrato específico con la divinidad, que hay un pueblo elegido de Einsteins y Barenboims entre todos los pueblos de la tierra, que sólo ese pueblo tiene una alianza con Dios. A pesar de esto, o quizás precisamente por eso, no son proselitistas ni tienen una actitud expansiva; tan sólo una latente soberbia.

La segunda cronológicamente hablando, la cristiana, porque siempre ha pretendido que es «la única religión verdadera» y recibió del mismo Dios, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el encargo o mandato de catequizar a todas las gentes del mundo. A estas tierras llegó con los descubridores y conquistadores, y por eso nos persignamos y comulgamos, en lugar de prosternarnos con la cabeza en dirección de La Meca. (Gracias a que los Reyes Católicos derrotaron a los moros para la época en que Colón cruzaba el océano por vez primera).

La más joven es la islámica, nacida en medio de guerras tribales y llena por esto de instrucciones concretas de guerra santa, que los más radicales sacan de contexto histórico y los doctos islamistas mantienen a raya. Muhammad Shahrour, por caso, recomienda una reinterpretación de sus textos sagrados, muchos de cuyos preceptos, sobre todo los que tienen que ver con la práctica de la guerra, son sacados de contexto para dotarles de una cualidad general que no tienen. Por poner el caso más notable, toda la Sura del Arrepentimiento—una descripción del fallido intento de Mahoma por establecer un estado en la Península Arábiga—se emplea a menudo para justificar ataques extremistas. («Maten a los paganos donde los encuentren»). Sharhour argumenta que ese mandato debe entenderse como restringido a la lucha específica que Mahoma libraba entonces.

Tal vez debiera Benedicto XVI emplear todo su poder de oración para pedir al Altísimo que envíe un Mesías islámico, que de un plumazo suscite un Nuevo Testamento del Islam, y lleve a Mahoma a la condición que en nuestro caso ostenta Moisés, admiradísimo y queridísimo líder del Antiguo Testamento, el del temor de Dios, que en su época expulsaba parejas del Paraíso, enviaba diluvios, abría mares, extendía plagas, confundía lenguas y arrasaba con Sodoma y Gomorra. Entretanto surge este nuevo líder religioso del Islam, que agrupa a mil doscientos millones de fieles, Benedicto XVI ha dado un valiente paso. No debiéramos dejarlo sólo, pero tampoco debemos mirar la paja en el ojo ajeno cuando tenemos, por historia, la viga en el propio.

La mezcla de religión y política ha sido siempre causa de sufrimiento de los pueblos. Dice el gran intelectual islámico S. Parvez Manzoor: «El Estado, como fenómeno histórico, en consecuencia, ni ‘encarna’ la Ley ni ‘representa’ la verdad de la fe sino que constituye una entidad contingente que tiene jurisdicción sobre los cuerpos de los hombres pero no sobre sus conciencias». ¿No es esto acaso una forma culta y técnica de afirmar lo mismo que la máxima de Jesús de Nazaret, «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»?

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CS #204 – Piedra, papel o tijera

Cartas

La primera opción es, desde luego, la continuación de Hugo Chávez en el poder. Es un mal al que una parte significativa de la población se ha venido acostumbrando. Como con prácticamente cada cosa en el mundo, hay ventajas y desventajas en la cristalización de ésta la más probable de las posibilidades, si se atiende a los estudios de opinión conocidos.

Es posible estar de acuerdo con Chávez en unas cuantas cosas. Por ejemplo, en que es preferible un mundo organizado multipolarmente que unipolarmente. No es bueno que un bloque de los que hoy integran junto con países no alineados el planeta político, predomine o ejerza imperio sobre los otros, por más rico y avanzado que pueda ser. Hay mucho de bueno en los Estados Unidos. Es más, restados de sus aportes sus desaguisados, el efecto neto de los Estados Unidos sobre el mundo es positivo, acrecentador de civilización. Pero esto no les autoriza a hacer guerra o invadir países cada vez que les parece, ni a violar los derechos humanos de sus prisioneros mientras pretenden inmunidad ante La Haya.

Es posible estar de acuerdo con Chávez cuando dice que la Organización de las Naciones Unidas debe ser refundada. Esto no significa prescindir de las cosas buenas que ha hecho la organización ni de las agencias útiles que ha creado, pero su anatomía y su fisiología están excedidas como órgano público, como Estado de una polis planetaria, que es necesaria cada vez más. Muchos procesos y sistemas existen hoy que revisten dimensión transnacional, y en consecuencia rebasan las capacidades de las naciones. La unidad ecológica—somos parásitos de Gaia, un único organismo vivo descubierto por Lovelock, y ojalá aprendamos a ser como la flora bacteriana benévola de nuestros intestinos—el terrorismo internacional, la globalización económica—El mundo es plano, Thomas Friedman—el narcotráfico, la trata de blancas y el comercio sexual de los niños, el tráfico de armas, los arsenales nucleares, los deportes, la exploración y colonización del espacio exterior, la pobreza, las nuevas epidemias; todo eso sólo tiene solución desde una polis planetaria.

Pero las reformas que Chávez propone para la ONU son pobrísimas, meros paños calientes, como corresponde a su ignorancia y superficialidad efectista, a su improvisación. Es como su eterna proposición en cualquier foro que atienda: crear un fondo. Sus propuestas son muy limitadas, y su apoyo al fortalecimiento de la autoridad del Secretario General hace presumir que le tiene el ojo puesto al cargo. (Para el 2021).

Es posible estar de acuerdo con Chávez cuando prefiere la participación a la representación en una democracia.

«La democracia participativa está revolucionando la política local en América y borbotea hacia arriba para cambiar también la dirección del gobierno nacional. Los años 70 marcaron el comienzo de la era participativa en política, con un crecimiento sin precedentes en el empleo de iniciativas y referenda… Políticamente, estamos en un proceso de desplazamiento masivo de una democracia representativa a una democracia participativa… El hecho es que hemos superado la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta… Esta muerte de la democracia representativa también significa el fin del sistema de partidos tradicionales».

El texto precedente no es de Hugo Chávez Frías. Tampoco lo es de ningún ideólogo del Movimiento Quinta República o de algún ministro del gobierno venezolano actual. Las palabras citadas han sido extraídas de la edición de 1984 del libro Megatendencias, bestseller de un gurú de la futurología, consentido por los gerentes de la globalización, y muy exitoso y próspero vendedor de libros, cursos y conferencias: el muy norteamericano y estadounidense John Naisbitt, el que, por cierto, viniera una vez al país invitado por organizaciones empresariales locales. Más aún, el país al que Naisbitt se está refiriendo con ese usurpado cognomento de «América», es nada menos que su propio país, los Estados Unidos.

Y es que la muy moderna teoría de los sistemas complejos, y su hermana la teoría del caos, ofrecen ahora el más sólido de los fundamentos a la bondad de una democracia participativa. No creo que Hugo Chávez tenga ideas claras acerca de tales exquisiteces teóricas, pero lo cierto es que los sistemas complejos, tales como los de una sociedad complejamente entrelazada por múltiples y constantes nexos de comunicación, exhiben «propiedades emergentes», comportamientos que son indeducibles de la calidad de sus componentes. Esto es, que aunque en una población dada, muchos de sus componentes no estén bien educados, el conjunto será capaz de rendir decisiones eficaces. Esto por lo que respecta a quienes creen que su voto personal contiene mayor calidad que el de la mayoría de sus compatriotas.

Uno debe estar de acuerdo con Chávez en que había que atender las necesidades de los más pobres en Venezuela, y esto lo ha hecho. En presentación de mayo de este año a VenAmCham—cuyo actual Presidente es Edmond Saade, también Presidente de Datos—se reportó que en los sectores D y E se mide un progreso del ingreso real por hogar. Entre 2003 y 2006 este incremento es de 137% para el Nivel E. (En bolívares corrientes pasó de Bs. 286.022 a Bs. 680.419 mensuales). Con cifras, y seguramente conceptos, diferentes, Datanálisis observó la misma cosa. Luis Vicente León, su Director Ejecutivo, contó: «Por primera vez en ocho años los más pobres del país han logrado una recuperación real de su poder adquisitivo, es decir, sus niveles de ingreso han aumentado 445% mientras que el incremento inflacionario acumulado en este período ha sido de 376%».

Debe anotarse, sin embargo, que nadie ha logrado progresar humanamente lo suficiente si no ha alcanzado el autosostenimiento económico, y no puede vivirse eternamente de subsidios. No podemos ser una nación de mantenidos. Ni por el Estado ni por los automovilistas que un semáforo pone a merced de vendedores (a veces de productos pirata), malabaristas, volatineros, limpiavidrios, comefuegos, o meros pordioseros. Tal vez esta conciencia esté en la definición misma de misiones, cuyo nombre exige principio y término.

Las misiones le han sido posibles a Chávez porque ha tenido reales petroleros. Pero no comenzaron desde el inicio de su gobierno. Chávez gobernó en 1999, 2000, 2001, 2002 y buena parte de 2003 sin percatarse de que en el país había, por caso, enfermedades en los barrios o analfabetismo, hasta que se vio cerca de una comparecencia ante los electores. Hubo que amenazarlo con un referendo revocatorio para que empezara a dar servicio público.

Pero nada de lo anterior, por más importante que sea, autoriza a Chávez a imponer sobre nuestro país su voluntad y sus interpretaciones, por cierto bien parciales y primitivas. La historia no es como Chávez la entiende, ni su apego a esa historia personalizada le confiere mérito o autoridad alguna, ni siquiera en las pocas ocasiones en que es cierta. Es demasiado evidente que su ideología, que oscila entre lo obsoleto y lo incierto, está determinada por su desprecio y su resentimiento.

Nada de lo anterior justifica la invasión de la privacidad, el recorte de las libertades, el amedrentamiento, el insulto, la violencia, el irrespeto, el acaparamiento de poderes, el afán continuista, el ventajismo, el descaro, la mentira, la apología del crimen, el complejo de superioridad moral, la acomodación de las leyes, la persecución, el asalto a los dineros públicos, el dispendio exterior, la amenaza, el culto a la personalidad, la sumisión, el incesante sobresalto, la distorsión de la historia, la arbitrariedad, la autocracia.

Chávez no tiene los remedios. Primero, porque no tiene la historia. Las cosas son distintas de cómo las organiza y las explica. Su ciencia es delgada. Segundo, porque es cirujano, no médico. Prefiere tener al paciente-país anestesiado, si se necesita inmovilizado, mientras lo interviene con técnicas e instrumentos invasivos y traumáticos. Ya lleva ocho años operando. Es tiempo de sacar al país del quirófano, y Chávez no sabe artes postoperatorias.

Es preferible para el país que Chávez no siga en el poder.

………

La segunda opción electoral de 2006 la encarna Manuel Rosales. Procura hacer una campaña clásica—casi como si hubiéramos regresado a la candidatura de Lusinchi—mientras se lo permiten los asaltos de gobiernistas violentos al menos tolerados por el gobierno. No hace una campaña ideológica, y su base fundamental no es su propia positividad, sino la negatividad presidencial. Le basta posicionarse como el que no es Chávez y ofrecer una tarjeta de débito subsidiada que ya tiene diseño gráfico, un modo de iniciar la marcha hacia el cumplimiento de su promesa: acabar con la pobreza. (Para esto debe estar contando al menos con doce años de gobierno). Tiene un arma secreta: su señora esposa, una dama de buen ver que es probablemente mejor comunicadora que él.

La verdad es que la oferta básica de Rosales es la libertad. Es no ser la dominación, y seguramente con eso debiera bastar. No es un líder brillante, no deslumbra. Manuel es como tú. No es óptimo pero es preferible. Está subiendo, pero todavía está su techo a la altura del piso de Chávez. Su apuesta, que este piso se hunda.

………

Benjamín Rausseo pareció algún día ser la tercera opción. Pero ahora parece que, como Chávez, no está viviendo en el país. No se conoce de su progreso, y es dudoso si puede contribuir muy significativamente al hundimiento de Chávez. Si quisiera, tal vez podría ser vehículo de otro, o más bien, ser precursor y profeta al estilo de San Juan Bautista. El Artículo 151 de la Ley del Sufragio y Participación Política proporciona el siguiente guión: «…en caso de candidatos ya postulados que por muerte, renuncia, incapacidad física o mental o por cualquier otra causa derivada de la aplicación de normas constitucionales o legales deben ser retirados, se admitirán las correspondientes sustituciones». Pudiera sustituirle Rosales o, si éste no avanza lo que se necesita, otro u otra, un verdadero o una verdadera outsider in extremis.

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FS #111 – Recuerdo al margen

Fichero

LEA, por favor

Vuelvo a certificar, como lo hiciera en la Ficha Semanal #54 de doctorpolítico (12 de julio de 2005), mi admiración por la prosa certera, elegante y culta de Ángel Bernardo Viso, a mi juicio uno de los más finos prosistas de la modernidad venezolana. En aquella ocasión se reprodujo parte de una de sus «Memorias marginales», el conjunto de cartas «de Pedro Mirabal» que escribió para un imaginario amigo desde Madrid. Monte Ávila Editores se encargó de publicar el libro en 1992, cuando se cumplía el quinto centenario del Descubrimiento.

Viso es un eternamente interesado en el tema de nuestra identidad nacional. Así lo demostró al escribir «Venezuela: identidad y ruptura», un ensayo dolido y hermoso sobre los errores básicos de nuestra formación como pueblo. Sus tesis florecen de nuevo en las veintitrés cartas de «Memorias marginales», de las que la décima ha sido escogida para esta Ficha Semanal #111.

En ella alude a la miliar obra de Germán Carrera Damas, «El culto a Bolívar», que exhibe impúdicamente la patológica sacralización del Libertador, tema que ha actualizado con bellas e incisivas y pertinentes letras Elías Pino Iturrieta. En la carta que se reproduce aquí, fechada el 26 de abril de 1990, dos años antes de la insurgencia del 4 de febrero, ya Viso encontraba hermanados el culto a los héroes independentistas y la demagogia. Así delata terriblemente «…la consagración, en nuestra constitución no escrita, única verdadera, de la demagogia como un derecho inalienable de los gobernantes frente a los gobernados».

Es más que patente la insolente manipulación que el actual régimen venezolano hace de la figura de Bolívar, para justificar lo que no es otra cosa que un desordenado proyecto de poder personal. La lectura de Viso permite entender una de las razones de este interés chavista en los puntos de vista de Bolívar: el Libertador mismo tenía un proyecto de perpetuación vitalicia en el poder, por más que los guardianes autonombrados de su memoria salgan a defenderlo. Bolívar quería ser rey por otro nombre, como antes Miranda quiso ser inca o emperador en América. Ahora que se nos propone la reelección indefinida, valdría la pena recoger el reto de un pretendido referendo al respecto. Como antes con el Padre de la Patria, ante una figura menor de nuevo negaríamos el despropósito. Que venga la consulta, para rechazar la pretensión continuista con redoblado vigor.

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Recuerdo al margen

El recuerdo de los campesinos calaboceños arruinados, y mi propio desarraigo, me lleva a atribuir las causas de nuestras desventuras a sucesos ocurridos hace varios siglos, aunque sólo de manera paulatina pueda exponerte la vinculación entre esos hechos y el marasmo actual de Venezuela.

En un libro escrito a fines del siglo XVIII, Las veladas de San Petersburgo, Joseph de Maistre, partiendo de una interpretación literal del Génesis, llega a la conclusión de que los primitivos habitantes de América eran los frutos podridos del árbol de la creación, los descendientes degenerados, por el mucho pecar, de los expulsados moradores del Paraíso. Poco faltó al conde saboyano, jefe de la escuela reaccionaria francesa, para justificar la matanza de los indígenas americanos, alegar que el demonio los poseía; ya sabemos que los colonos ingleses del norte, lectores asiduos de la Biblia, encontraron esta matanza perfectamente natural. Como ha sido observado, a pesar de su cacareado catolicismo, de Maistre respondía más a la óptica protestante—Ginebra está muy cerca de su tierra natal—que a la católica. A pocos centenares de leguas al sur de Saboya, los teólogos españoles alcanzaron conclusiones diferentes; entre ellos terminó imponiéndose la idea de que los indios, culpables o no de presuntos pecados anteriores, sólo requerían de la educación para alcanzar la capacidad natural que tenían como hombres; les convenían misioneros, encomiendas y las instituciones protectoras de las Leyes de Indias: eran ovejas necesitadas de un rey pastor…

La política española respondió siempre a la concepción según la cual los pueblos americanos estaban compuestos por seres plenamente humanos y con todos los atributos espirituales de los europeos, pero todavía menores de edad y sujetos a tutela; consecuente con esa teoría, el gobierno peninsular impuso a la pesada burocracia colonial el cometido de proteger a las clases sometidas e impedir que fuesen tiranizadas por los blancos descendientes de los conquistadores. La igualdad ante la ley no sólo hubiese sido herética: era imposible concebirla sin ser tachada de locura, pues había una clara conciencia de la desigualdad natural entre los súbditos del rey, conciencia que llevó necesariamente al paternalismo hacia nuestros pueblos, tan criticado y todavía en vigencia. Sin embargo, si en tiempos coloniales ese paternalismo era consecuencia de las premisas conceptuales de las que se partía, ahora hay una evidente contradicción, vinculada al populismo, en pretender conceder a los integrantes de las clases populares, a un tiempo mismo, la igualdad y la desigualdad; el derecho a decidir el destino de una colectividad mediante el voto y el ejercicio de los cargos electivos, de una parte; y, de la otra, el derecho a ser protegidos en la relación de trabajo, y en todos los aspectos de la vida, como si fuesen niños.

Al iniciarse la Independencia, los libertadores de estas partes tropicales de América se vieron en la necesidad práctica de captar la buena voluntad de indios, negros y pardos; estos últimos, de acuerdo con las estimaciones de la época, constituían la mayoría de la población de Venezuela… En la actitud de aquéllos se sumaba la conveniencia política a la influencia de los ideólogos franceses del siglo XVIII y de los políticos norteamericanos y franceses que auspiciaban el establecimiento de repúblicas democráticas en el mundo occidental. Era inevitable la tentación de prometer los derechos cívicos a los mismos pardos a quienes se invitaba a tomar las armas contra el rey; era casi igualmente inevitable que se falsificase la verdad histórica, denunciando a los españoles como opresores de nuestros pueblos y acusando a la Colonia de oscurantismo, barbarie y tiranía.

Visto a la distancia, el lamentable término de ese proceso, junto con el establecimiento de la total igualdad formal, fue la consagración, en nuestra constitución no escrita, única verdadera, de la demagogia como un derecho inalienable de los gobernantes frente a los gobernados. La demagogia nació del matrimonio contra natura de la igualdad formal y de la desigualdad real, de la permanente necesidad de conquistar la adhesión de las mayorías populares, a quienes los maestros de la Colonia, misioneros y encomenderos, no habían terminado de formar, y que luego fueron engañadas por promesas de bienes inalcanzables. El paternalismo actual también surgió como fruto ilegítimo de la demagogia y de la mala conciencia de los gobernantes, conocedores de la frustración de las clases populares e impotentes para permitirles un desarrollo armonioso.

Íntimamente ligado a la demagogia está el culto a los héroes y en especial a Bolívar. No sólo comparto al respecto la opinión de Germán Carrera Damas, sino que creo preciso ampliarla. La idea de la Independencia, como fundación de la patria y fuente de bienes inagotables, es consecuencia de una manipulación hecha de manera consciente y en gran escala por los hombres que han detentado el poder en Venezuela desde 1810 hasta la fecha, con la complicidad de los historiadores de más prestigio. Se ha creado así un país ficticio, cuyo devenir ideal, escrito en frases huecas y solemnes, no coincide con la pobre realidad contemplada diariamente por nosotros.

Un moderado paternalismo, de acuerdo con las pautas de la Colonia, regido por sabias normas y no sujeto a los sobresaltos de la demagogia, hubiese sido probablemente necesario en toda América. Cuando Bolívar quiso dar forma constitucional a nuestras repúblicas, auspició dos instituciones que, de haber sido aceptadas, y a pesar del caos creado por la revolución, acaso hubiesen permitido parcialmente la continuación de la paideia colonial. Ya en su Carta de Jamaica exponía, al describir la futura organización de Colombia: «Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo electivo, cuando más vitalicio y jamás hereditario, si se quiere república; una cámara o senado legislativo hereditario que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno…».

Más tarde, en Angostura (1819), precisaba su idea respecto del senado hereditario y proponía que los primeros senadores fuesen precisamente los libertadores, cuyos sucesores debían ser educados en un colegio especial «destinado para instruir aquellos tutores, legisladores futuros de la patria». Posteriormente, en el proyecto de Constitución de Bolivia (1826) rectificaba su idea anterior y proponía un presidente perpetuo, quien elegiría un vicepresidente que le sucediese: «…un presidente vitalicio, con derecho para elegir al sucesor, es la inspiración más sublime en el orden republicano».

Al repasar estos textos no se puede menos que sonreír, recordando las tempestades levantadas por los fariseos, al defender al Libertador de la sospecha de querer coronarse. C. Parra Pérez consagró a ese tema un libro magistral (La monarquía en la Gran Colombia), con documentos inéditos hasta su publicación, que arrojan luz nueva sobre el llamado proyecto monárquico, cuyo principal impulsor (¿a instancias de quién?) fue Rafael Urdaneta; el sabio historiador era diplomático de profesión, y se negó a sacar conclusiones, dejándolas a la imaginación de sus lectores… Sin embargo, ¿qué importan éstas si tenemos presentes las reformas constitucionales proyectadas por Bolívar? Él quería tutelar al pueblo colombiano, e incluso americano, por medio de instituciones de tal naturaleza que correspondían, a pesar de su nombre, a una monarquía parecida a la del entonces prestigioso modelo inglés.

El mismo Bolívar, antes de proponer esa tutela, había denunciado antes en Bogotá (1815) «el ignominioso pupilaje de tres siglos» impuesto por el gobierno colonial. Claro está, en la tutela propuesta por él, los pupilos habrían pertenecido a las clases populares; miembros del consejo de tutela serían sus compañeros de armas; y tutor, el propio Libertador. A pesar de esa inconsecuencia lógica, perfectamente normal en política, es lástima que una proposición semejante no hubiese sido aceptada, porque ya el fogoso revolucionario había sido sustituido por el visionario, aterrado por la destrucción de la paz social de la Colonia, de esa «provisional ordenación del caos», a la que me referí anteriormente. Por ese motivo, poco antes de morir envió a un antiguo subordinado suyo este texto que merece ser aprendido de memoria:

Usted sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: Primero, la América es ingobernable para nosotros; Segundo, el que sirve en una revolución ara en el mar; Tercero, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; Cuarto, este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; Quinto, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; Sexto, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de América.

Las antes citadas iniciativas constitucionales bolivarianas habían sido precedidas, como ocurrió casi siempre, por otras correspondientes de Miranda, recordadas por el mismo Gil Fortoul. El Precursor propuso al ministro inglés Pitt, veinte años antes de la revolución americana, un proyecto de constitución en la que el poder ejecutivo sería ejercido por un inca o emperador hereditario; y la cámara alta (equivalente a la británica cámara de los lores) estaría compuesta de senadores o caciques vitalicios, nombrados por el inca; finalmente, los altos magistrados del poder judicial serían de igual manera vitalicios y nombrados también por el inca. La constitución se aplicaría a un estado hispanoamericano cuyo límite norte sería el río Mississipi, desde su desembocadura hasta sus cabeceras, y cuyo límite sur sería el Cabo de Hornos…

Esas ideas fracasaron totalmente, entre otras cosas, por la política del gobierno inglés, a quien Miranda trataba ingenuamente de convencer y cuyas directrices siguió, o pareció seguir, tanto tiempo. Pitt y sus sucesores dirigían una nación sólo interesada en dividir a sus enemigos y en establecer su dominio sobre el mundo. Para él los hispanoamericanos éramos adversarios en potencia, por descender de una raza con vocación imperial, aunque España estuviese en decadencia. Los ingleses no sabían entonces, no podían saber, que en el siglo XX encontraríamos complacencia en nuestra pertenencia al Tercer Mundo; que, en lo personal, nos sentiríamos satisfechos en parecer latin lovers, en ser melenudos declamadores de canciones de protesta o, en fin, uno de esos emigrantes, de dudoso o mal vivir, llamados hispanos en los barrios bajos de la opulenta América del Norte.

Inglaterra seguía en esa época la misma política adoptada por ella en tiempos de Felipe II y de Luis XIV, y todavía en práctica durante los gobiernos de Napoleón y de Hitler; la misma que, si hubiese podido, habría aplicado Margaret Thatcher frente a Europa; su política eterna, uno de cuyos rasgos es la afectada ignorancia y el desprecio hacia lo español.

De joven, pude vivir largos meses en dos pequeñas ciudades inglesas, donde tuve la sorpresa de ser tomado por peninsular y el placer intelectual de entender a los ingleses. Entonces lamenté más que en los bancos escolares la tempestad que deshizo la Armada Invencible y lloré la muerte de Álvaro de Bazán, el temido Marqués de Santa Cruz, quien hubiese sido jefe de la fracasada expedición española. Aprendí a admirar la cultura y la política inglesas desde una distancia irreversible, como se comprende la extraña hermosura de un animal de presa, la «aciaga joya» descrita por Borges en un poema, convencido de que era imposible exigirle ni piedad ni largueza, y ni siquiera una conducta distinta a la observada por ella desde que adquirió conciencia histórica, después de Hastings (1066), como si fuese un astro condenado a un movimiento inscrito en una órbita celeste; «Below, the boarhound and the boar // Pursue their pattern as before», escribió T. S. Eliot…

Ángel Bernardo Viso

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LEA #203

LEA

Un nuevo estudio que llegó a las Actas de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, vuelve a señalar como culpable a la actividad humana que acelera el calentamiento planetario. En esta ocasión, el estudio dirigido por Benjamín Santer y fortalecido por una pléyade de instituciones de investigación en varias partes del mundo, concentró su análisis del aumento de la temperatura oceánica en zonas de formación de huracanes.

Ya existía significativa evidencia de que una mayor temperatura de los mares está ligada a la creciente intensidad de huracanes nacidos en aguas tropicales del Atlántico y el Pacífico. El nuevo estudio, que combinó datos de 22 modelos climáticos elaborados en 15 centros de investigación en varias partes del mundo, halló, al decir de Santer: «una muy clara huella digital humana».

El equipo dirigido por Santer llegó a la conclusión de que los aumentos en las temperaturas marinas que vienen siendo registrados no pueden ser explicados por meras razones naturales. En sus estimaciones se considera que hay una probabilidad de 84% de que factores inducidos por el hombre sean responsables de al menos 67% del aumento observado. El principal entre estos factores es la emisión de gases a la atmósfera que dan lugar al efecto invernadero, la formación de anhídrido carbónico atmosférico en cantidades desusadas, lo que atrapa sobre la superficie terrestre el calor generado por la radiación solar.

Los científicos predicen, en la era post-Katrina, una aceleración de esta tendencia, y por tanto la aparición de huracanes y ciclones de mayor intensidad y frecuencia.

La emisión de gases problemáticos proviene mayormente de la combustión de carbón y petróleo. ¿No debiera una potencia petrolera como Venezuela preocuparse por estos asuntos, aunque sólo fuera porque la salud del planeta llevará, más temprano que tarde, a una sustitución del petróleo como fuente de energía? Para la época de la devastación de Nueva Orleáns por el huracán Katrina, el presidente Chávez insinuó que el desempeño atmosférico de los Estados Unidos era una de sus causas. ¿No tienen que ver nada en el problema los ricos países productores de petróleo? Si hay un gran mercado para la cocaína en los países desarrollados, eso no absuelve de responsabilidad a quienes cultivan la coca y la procesan.

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CS #203 – Partido rosalista

Cartas

Uno se pregunta ¿por qué no se plantea Manuel Rosales aprovechar la oportunidad para formar, al igual que Chávez, un partido único de la contrarrevolución? Si tiene sentido para Chávez pudiera tenerlo para Rosales. Aquí pudiera estar el germen del nuevo bipartidismo venezolano, determinado por un polo político que está a favor de los cambios a lo largo del continuo térmico que va de Diosdado Cabello a Juan Barreto, y uno que está en contra, que va de desde las posiciones de Julio Borges hasta las de Teodoro Petkoff. Ya el Movimiento Quinta República ha manifestado que está dispuesto a sumarse al partido único propuesto por Chávez, mientras la contrarrevolución de Rosales no ha discutido el asunto. ¿Podría Primero Justicia, por ejemplo, hacer otro tanto en el bando contrario si Rosales lo solicitare?

Varias veces, por otro lado, se ha dicho que Rosales aspira justamente a establecer un gran partido, un partido que adquiriera las dimensiones de lo que antaño fuera Acción Democrática. Ésas serían sus aspiraciones para Un Nuevo Tiempo, movimiento al que quiere ubicar en la socialdemocracia, el terreno ideológico de Willy Brandt y Rómulo Betancourt, el terreno de Acción Democrática, mientras ésta se consume bajo la dirección de Ramos Allup y procura frenar la toma del partido por el rosalismo.

Pero ¿es que existe el rosalismo? Algo así sería necesario para oponer al chavismo, empresa político-personal por antonomasia, por lo menos dentro de un esquema clásico de política de poder. A un movimiento político de cierta clase hay que oponer uno de clase equivalente, y si hasta ahora la revolución es chavista, según esa forma de razonar habría que crear el rosalismo, la reunión de los rosalistas. (¿Es usted rosalista?)

………

Lo que Chávez ha sabido hacer desde una figura fuerte, que requiere acatamiento absoluto so pena de desgracia política, es establecer fuertes lazos afectivos en los electores que le siguen. Aun ante evidencias irrefutables de ineficacia gubernamental y corrupción, el chavista típico tiende a absolver a Chávez de culpa, y su afiliación a la causa es mucho menos por ideología que por identificación con un líder carismático de raíz popular que encarna lo que un viejo político llamara «la vocación ascensional del pueblo venezolano», sus ansias de ascender más allá del bajo escalón social en que se encuentra.

Es dudoso que Rosales tenga rasgos similares que le permitan proyectarse como un líder del tipo de Chávez, y su adiestramiento democrático y civil es bastante diferente al autocrático y militar que conformara la personalidad de Chávez, de por sí autoritaria. («No me reclamen; yo soy su líder»). Rosales es un constructor de consensos, no una personalidad autoritaria que impone su libertad sobre la base del miedo o el enamoramiento con su persona.

Pero esta diferencia hace, entonces, incluso más necesario para la oposición reunida tras la candidatura de Rosales la construcción de un partido único, pues ya no sería la identificación con un caudillo el cemento que la mantendría unida, sino el compromiso con una organización y su programa.

El problema reside entonces en la factibilidad de constituir la organización de vocación universal que pueda aglutinar lo que hoy es un movimiento creciente, pero muy abigarrado en cuanto a lo ideológico. Para oponer a la candidatura adeca de Rómulo Gallegos la figura de Rafael Caldera, se construyó un aparato que al inicio (1946) era una organización de fines estrictamente electorales, al punto que se llamara Comité de Organización Política Electoral Independiente, o COPEI. Fue después de la elección de ese año que se dotó al naciente partido de una ideología homogénea, la socialcristiana, tarea que se facilitaba por la extracción igualmente homogénea—de colegios cristianos—de su liderazgo.

Ésas no son las condiciones que rodean el esfuerzo electoral de Rosales, soportado por más de dos docenas de partidos y partiditos, cada uno de los cuales tiene su propio caudillo. Es difícil concebir, por ejemplo, que Julio Borges acepte que su creación, Primero Justicia, que le ha costado tanto últimamente mantener bajo control, sea fagocitada y disuelta por una nueva estructura política que en principio no es afín en materia doctrinal. Si ha sido tan difícil reunir a la «familia socialcristiana»—COPEI, Proyecto Venezuela, Convergencia y Primero Justicia—mayor dificultad se encontraría en la fusión con lo que queda del Movimiento al Socialismo y la organización socialdemócrata de Rosales.

La actual coaligación de voluntades políticas en torno a Rosales, además, no está hecha de afinidades ideológicas que no sean la mera y mínima de oponerse a Chávez. Hace exactamente una semana Teodoro Petkoff, que funge como Director de Estrategia del candidato, editorializaba en Tal Cual en los siguientes términos: «En verdad, en verdad, debemos optar es entre un proyecto inepto y corrupto, que cada vez oculta menos sus fauces autoritarias, autocráticas y militaristas, intentando copar todos los espacios sociales, y la posibilidad de impedir que esa orientación totalitaria termine por doblegarnos». Esto es, la opción es entre Chávez y no Chávez; Petkoff fue incapaz de adelantar una justificación positiva, sustantiva, de la candidatura de Rosales. Todo está referido al oponente. No es un movimiento de «quiero», es uno de «no quiero».

Hasta ahora, pues, no hay signos en el horizonte que presagien la coalescencia de los muchos movimientos menores que apoyan a Rosales. El más vigoroso y fresco de ellos—Primero Justicia—es no sólo un partido que lleva por dentro la procesión divisionista, sino que no entusiasma a mucho más de 5% de los electores.

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Pero si hubiere éxito en un esfuerzo muy especial por construir una fuerza homogénea de oposición, lo que se lograría es una división del campo político en dos fuerzas de orientación socialista—control social o estatal de la economía—asemejadas a la tradicional división entre radicales más cercanos al comunismo marxista, y moderados del socialismo reformista al estilo de Eduard Bernstein. Las «dos izquierdas» de Petkoff.

Esta disposición, obsoleta porque seguiría definiéndose en torno a categorías decimonónicas, casi exigiría la formación de un partido de derecha, al reincidirse en la definición del espectro político en términos de derechas e izquierdas. Y aunque cosas tales como el «Movimiento 4D» hayan sido abortadas, y organizaciones como Liderazgo y Visión (Gerver Torres, con el apoyo de Oscar García Mendoza) nunca hayan anclado con fuerza entre los venezolanos, existe latente el foco de intereses empresariales que esta vez procuraría hacerse presente en caso de cristalizar la partición de las izquierdas.

En otras ocasiones se ha argumentado acá a favor de la creación de una nueva organización política de «código genético» diferente al de los partidos tradicionales. Tal cosa requiere una claridad paradigmática: la sustitución del paradigma de Realpolitik por un paradigma clínico o médico para la política. Todas las formaciones políticas antiguas—y son antiguas la que quiere ensamblar Chávez y la que quisiera lograr Rosales—son organizaciones para la toma del poder, agotadas en el combate al oponente. Sólo un nuevo paradigma, encarnado en otra clase de organización, moderna, de Tercera Ola, podría superar la actual visión de las cosas, que en gran medida comparten, con diferencias de grado, José Vicente Rangel y Antonio Ledezma, por poner sólo dos ejemplos.

Lo más probable, pues, es que una organización de este nuevo tipo deba ser conformada desde cero. Intentar su conformación a partir de un cúmulo de transacciones y acomodos de una veintena de partidos es garantía segura de fracaso. Las iniciativas a este respecto deberán venir de otros lados.

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A Chávez le es más fácil lograr su partido único que a Rosales. Por una parte, el Movimiento Quinta República es claramente el más grande de la coalición gubernamental, y podrá sentar la pauta a Podemos y Patria Para Todos, aunque se suscite el diálogo interpartidista que ha anunciado Willian Lara. En cambio, el movimiento Un Nuevo Tiempo no puede exhibir tamaño suficiente para asegurar su predominio. Por otro lado, el «Polo Patriótico» puede disponer de una cantidad mucho mayor de recursos que la que es asequible a los líderes opositores, incluyendo la oferta creíble de plazas burocráticas. La tarea de la unificación es, pues, mucho más difícil para la oposición.

Esta dificultad pudiera atenuarse en caso de un triunfo de Rosales en diciembre, lo que es posible. Luis Alberto Machado suele decir que las campañas electorales no las gana el candidato que más acierta, sino que las pierde quien más mete la pata. En lo que va de confrontación, Rosales no ha cometido todavía errores gruesos, mientras que el campo gubernamental se ha lucido con el caso Danilo Anderson, la fuga de Ramo Verde y las escandalosas actuaciones de Juan Barreto. Estas cosas deben haber afectado la intención de voto a favor de Chávez, pero tal vez en grado no suficiente.

Rosales ha escogido hacer una campaña tradicional de contacto sobre líneas pragmáticas, eludiendo la pelea ideológica. Habrá que ver si es eficaz una campaña de este tipo ante un contendor fuertemente ideologizante. Y también habrá que ver si sus ofertas—la tarjeta de débito «Mi negra», por ejemplo, nueva versión del «cesta ticket petrolero» de Petkoff—pueden contra la realidad. Hace seis días que Luis Vicente León, Director Ejecutivo de Datanálisis, presentara la siguiente evaluación: «Por primera vez en ocho años los más pobres del país han logrado una recuperación real de su poder adquisitivo, es decir, sus niveles de ingresos han aumentado 445% mientras que el incremento inflacionario acumulado en este período ha sido de 376%». ¿Querrá el elector promedio venezolano, en ausencia de una confrontación ideológica total, cambiar este pájaro en mano por la volante promesa de la tarjeta de Rosales?

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