FS #110 – Más respeto, por favor

Fichero

LEA, por favor

Esta Ficha Semanal #110 de doctorpolítico contiene verdaderamente una joya textual. Ha sido tomada de Historia íntima de la humanidad (1994), de Theodore Zeldin, a quien se recurre acá por segunda vez. Corresponde a seis páginas del octavo capítulo de ese libro de 470 páginas que nombra sus partes a la usanza clásica. El nombre de este capítulo es De cómo el respeto se ha hecho más deseable que el poder.

Zeldin es un filósofo e historiador británico que enseña en la Universidad de Oxford. Sus obras anteriores estuvieron centradas sobre temas y eventos de Francia. Por ejemplo, contribuyó con dos mil páginas a la Historia de la Europa Moderna de Oxford que le valieron una sólida reputación de historiador, y que han sido republicadas como libro independiente bajo el título Historia de las pasiones francesas. Asimismo hizo una historia del sistema político establecido por Napoleón III, y otro libro llamado simplemente Los franceses.

Pero donde Zeldin descuella es hurgando en la historia de las emociones humanas, a las que identifica en sus casos más antiguos y en su expresión contemporánea, estableciendo así las líneas evolutivas de la emocionalidad y extrayendo consecuencias asombrosas. El método de los insólitos capítulos de Historia íntima de la humanidad es siempre el mismo: Zeldin presenta un caso actual—por ejemplo, las emociones de un periodista francés que juró a los diez años de edad nunca ser pobre—para construir a partir de él una exquisita disquisición de gran profundidad histórica, psicológica y sociológica: «Toda la historia ha sido, hasta ahora, un intento por librarse de la incertidumbre».

En el erudito libro, en sus conferencias, en las entrevistas que concede, siempre está presente una irreductible admiración por la mujer. La historia es, para él, un conjunto de ladrillos con los que construir el mundo del futuro. Así explicaba en una reciente entrevista que concediera a la BBC: «El hombre renacentista, más la mujer moderna, equivalen a la persona del milenio… Siento que ahora la nueva fuerza no es el individuo que la gente trata de imitar, ni la gran masa colectiva que uno tenga que seguir, sino la pareja… Las utopías están ya desacreditadas. Sabemos que no funcionan, así que lo que podemos hacer es tener una actitud científica hacia la vida, en la que cada intento es un experimento. Uno no se molesta si los experimentos no funcionan porque son interesantes y esto nos da una dirección en la vida, pues uno dice así: ‘Bueno, tratemos y hagámoslo mejor que nuestros ancestros’.»

LEA

Más respeto, por favor

Ser rey: esto fue una vez el sueño universal, no sólo de los políticos, sino de los padres que gobernaban a sus hijos, los esposos que trataban a sus esposas como sirvientes, los jefes que casi podían decir «decapítenlo», los funcionarios que olvidaban sus hemorroides imaginando que sus ajadas sillas eran tronos. En la vida real, por los últimos cinco mil años la vasta mayoría de los humanos ha sido sumisa, encogida ante la autoridad y, apartando breves episodios de protesta, sacrificada por sí misma para que una pequeña minoría pudiera vivir en el lujo. Les habrían salido rabos de no ser por el hecho de que la mayoría de ellos encontró alguien otro con quien pudieran hacerse los tiranos, alguien más débil, alguien más joven. La desigualdad se aceptó por tanto tiempo porque los abusados encontraron a su vez víctimas de las que abusar. El líder poderoso era admirado porque encarnaba sueños de autoridad que la gente humilde acariciaba secretamente y trataba de representar en su vida privada. Pero ahora la obsesión con la dominación y la subordinación comienza a ser desafiada por una imaginación más amplia, hambrienta de estímulo, de alguien que escuche, de lealtad y confianza y, sobre todo, de respeto. El poder de dar órdenes ya no es suficiente.

En el pasado, los signos exteriores de respeto—el sombrero alzado, la reverencia profunda—demostraron que la gente aceptaba y reconocía su sumisión al poderoso. Ahora, sin embargo, la calidad de la relación personal entre dos individuos ha llegado a importar más que el rango o el status. Aunque los políticos se hayan instalado en los palacios de los reyes, ellos son la menos admirada de las profesiones, muy por debajo de los doctores, los científicos, los actores, e incluso de los pobremente pagados enfermeros y maestros. No es sorprendente que las mujeres, en general, no hayan querido ser políticos del tipo tradicional. Cada vez que un político hace una promesa que no cumple, todos los aspirantes a rey se hacen un poco menos creíbles.

Dos mundos existen lado a lado. En uno la lucha por el poder continúa casi como siempre lo ha hecho. En el otro no es el poder lo que cuenta, sino el respeto. El poder ya no garantiza respeto. Incluso la persona más poderosa del mundo, el Presidente de los Estados Unidos, no es lo suficientemente poderosa para lograr el respeto de todos; probablemente es menos respetado que la Madre Teresa, a quien nadie está obligado a obedecer. Tradicionalmente, el respeto era convertido en poder, pero ahora se ha hecho deseable en sí mismo, y se le prefiere crudo a cocido. La mayoría de la gente siente que no obtiene tanto respeto como merece, y obtenerlo es ahora para muchos más atractivo que ganar poder. La atención se pone en la vida familiar, donde ya la meta no es tener tantos hijos como sea posible, que antaño era la forma de hacerse rico, sino crear lazos de afecto y respeto mutuo, y extenderlos a un círculo de amigos escogidos. Ya no es el clan o la nación lo que decide a quién debe uno odiar y a quién cortejar. Los poderosos son ridiculizados más que nunca lo han sido, aun cuando se les tema. El gobierno moderno, que trata de controlar más aspectos de la vida que lo que los reyes hicieran, es humillado constantemente porque sus leyes rara vez alcanzan lo que se proponen, son evadidas y torcidas, rara vez tienen éxito en alterar mentalidades, que deciden lo que sucede realmente, rara vez son capaces de resistir a los especuladores o las tendencias globales.

Las imaginaciones están comenzando a trabajar de otro modo. Ha cesado de ser admirable tratar a las personas como animales, cuya domesticación fue una vez el logro más orgulloso de la humanidad. Se enseñó a las vacas a trabajar día y noche para producir 15.000 litros de leche al año, cuando antes su rendimiento diario era poco más que un litro. Las ovejas aprendieron a crecer 44 libras de lana al año, cuando antes sólo dos libras bastaban para calentarlas, y en el proceso comenzaron a hincharse continuamente, a comportarse como ovejas, lo que antes ninguna hacía. Los cerdos han sido transformados de libres y pugnaces forrajeros de los bosques en dóciles nadadores en su propia orina, forzados a tan desacostumbrado contacto con otros, a devorar sus alimentos en unos pocos minutos—cuando antes la búsqueda de comida era una preocupación incesante—sin otra posibilidad que la de alternar entre el sueño y la agresión, mordiéndose los rabos entre sí. Incluso el comportamiento sexual se ha transformado: algunos animales se han hecho más excitables, otros casi han perdido el interés; algunos, criados en grupos de machos, establecen relaciones homosexuales estables; los toros, alimentados con dietas altas en proteínas, alivian su tensión con la masturbación. Algunos animales han sido criados para retener sus características juveniles de por vida. Desde el siglo dieciocho, cuando los cruces endogámicos se pusieron de moda, muchos se han hecho más uniformes, más estereotipados que lo que nunca fueran. Usualmente fue sólo cuando los animales se hicieron comercialmente inútiles cuando se consiguió placer en su compañía: pero ha sido sólo recientemente que los humanos comenzaran a preguntarse si el modo de mostrar afecto por los perros es criarlos deliberadamente con formas grotescas y dolorosas.

Es así como la gente descubrió lo que significaba el poder: la capacidad para hacer que otros se comportaran como uno quería. Esto inspiraba usualmente enorme respeto. La experiencia de la domesticación mostró que los seres vivientes eran capaces, bajo presión, de un vasto rango de conductas y temperamentos y que se podía hacer que contribuyesen a su propia esclavitud, apegándose incluso a los amos que les maltrataban. Pocos se dieron cuenta de que el amo de los esclavos a menudo era esclavizado por su víctima. Porque pronto los humanos comenzaron a tratar de domesticarse los unos a los otros, criando para la subordinación y la dominación. Cuando también aprendieron a domesticar las plantas, se convirtieron en la primera baja de su invención. Una vez que se involucraron con el arado y la cosecha, el tejido y la cocina en ollas, una vez que se especializaron en artesanías diversas, se encontraron obligados a trabajar para una minoría interesada en monopolizar las cosas buenas de la vida, terratenientes que organizaban la irrigación, sacerdotes que hacían llover y guerreros que les protegían de vecinos merodeadores. La primera teología de la que hay registro, la de Sumeria, establecía que los humanos habían sido expresamente creados para relevar a los dioses de tener que trabajar para vivir, y si no lo hacían serían castigados con inundaciones y sequía y hambruna. Pronto los reyes reivindicaron ser dioses, y los sacerdotes exigieron un precio aún mayor por sus consolaciones, asumiendo la propiedad de más y más tierras. Los nobles y las pandillas de guerreros intimidaban a aquellos que araban el suelo, perdonando sus vidas sólo a cambio de una parte de sus productos, imponiendo una tregua a la violencia a cambio de ayuda para el pillaje de países extranjeros. Así, una élite acumulaba poder que le permitía vivir con gran lujo, y estimular el florecimiento de las artes, pero la civilización era para muchos poco menos que una extorsión protectora. Bajo este sistema, el respeto era principalmente para quienes vivieran a expensas de los otros. Nunca ha habido suficiente respeto para repartir, porque hasta ahora sólo pequeñas porciones del mismo han sido cultivadas.

Los romanos, que administraron una de las más exitosas entre las extorsiones por protección, hicieron posible que unos pocos cientos de miles entre ellos dejaran de trabajar y recibiesen comida gratis del gobierno, pagada por el tributo extraído de los territorios extranjeros «protegidos» que constituían su imperio. Sin embargo, el costo de las extorsiones ha crecido siempre con el tiempo, a medida que más gente obtenía una parte de los beneficios, que la administración se hacía más engorrosa y que los ejércitos se hacían más costosos, pues los ciudadanos han terminado usualmente por preferir el pago a mercenarios antes que pelear por sí mismos. Mientras más próspera es una civilización, más gente atrae de allende sus fronteras, ansiosa por botín, y más ha tenido que gastar en defenderse o en comprarla; inventa arreglos cada vez más complejos para sobrevivir, y en último término se hace demasiado compleja y la civilización cesa de funcionar. La Unión Soviética se hizo apopléjica cuando terminó gastando la mayor parte de su presupuesto en defensa.

Fue sólo en 1802 cuando la dominación y la subordinación entre las criaturas vivientes comenzó a ser estudiada científicamente. Al mismo tiempo que Napoleón creaba duques y barones y restablecía jerarquías, el naturalista suizo ciego Francois Huber describía cómo los abejorros vivían también en un orden jerárquico estricto. En 1922, el año en que Mussolini se hizo primer ministro, Schjedelrup-Ebbe mostró cómo incluso gallinas a punto de inanición permitían que su líder (la gallina «alfa») comiera primero y no se atrevían a interferir hasta que hubiera concluido; cómo, si se la removía, las gallinas no comían aún, sino que esperaban hasta que la «beta» hubiera consumido su porción, y así a lo largo de la jerarquía. El orden de picoteo de las gallinas reveló ser tan rígido como en un ejército, hasta el punto de que cuando se les alejaba unas semanas y se les regresaba a su gallinero original, cada una reasumía su viejo rango. La recompensa era que el gallinero vivía en paz, no peleaba por comida y producía más huevos. El precio era la injusticia. Aquellas en el fondo de la jerarquía no sólo conseguían menos comida, sino que tenían menos prole, sufrían de estrés, se deterioraban físicamente y, en momentos de peligro—cuando la comida se agotaba, cuando la población se hacía demasiado densa—servían de chivos expiatorios y eran inmisericordemente atacadas. Los mismos principios se observó en otras criaturas: la prole de los conejos, lobos y ratas dominantes tendía a ser también dominante; los babuinos tenían dinastías aristocráticas. La naturaleza parecía estar diciendo que la igualdad era imposible, y que sólo el fuerte podía esperar ser respetado.

En los ochenta, no obstante, se descubrió que la agresión, que era vista como la característica esencial de los animales, no era lo que parecía ser. El hacer la paz después de una pelea era una habilidad a la que se daba mucha atención. Cuando chimpancés dominantes y subordinados fueron, por primera vez, observados como individuos y no sólo como especie, se les vio involucrados constantemente en confrontaciones airadas o violentas, pero en cuarenta minutos no menos de la mitad de ellos besaba y acariciaba a sus antiguos enemigos. Algunas veces se reunía un grupo para observar la reconciliación y aplaudir el beso. Esto no significaba que no fueran agresivos, puesto que sin agresión no podía haber reconciliación, ni que todos hicieran las paces de la misma manera. Los machos, después de pelear entre ellos, hacían las paces el doble de frecuentemente que las hembras que habían combatido hembras, como si el poder, para los machos, dependiera de formar alianzas, que nunca son permanentes; el amigo de hoy puede ser un enemigo mañana, y los intercambios de ayuda sobre una base de reciprocidad no involucran promesas para el futuro. El Presidente del Brasil Tancredo Neves puso sin querer en palabras lo que los chimpancés hacen todo el tiempo, al decir: «Nunca he hecho un amigo de quien no pudiera separarme, y nunca he hecho un enemigo al que no pudiera acercarme».

Las chimpancés, por contraste, se preocupan mucho menos del status, y no se obedecen las unas a las otras. No se comportan como soldados que saludan oficiales, como los machos; sus coaliciones son de un pequeño círculo de familia y amigos, a los que escogen por razones emocionales y no sobre la base de importancia en la jerarquía. Distinguen entre amigo y enemigo más agudamente que los machos, y tienen a menudo uno o dos enemigos absolutos con quienes reconciliarse está fuera de consideración.

También se observa el nexo de amor y agresión en la costumbre del chimpancé de castigar muy raramente a su prole, y como resultado tampoco mantienen lazos estrechos con ella, a diferencia de los monos rhesus, que son mucho más agresivos, y que tratan duramente a sus hijas pero desarrollan con ellas lazos que duran toda la vida. Para lo que son buenas las chimpancés es para establecer la paz entre los machos: por ejemplo, una de ellas puede reunir a dos machos rivales después de una pelea, sentándose entre ellos de modo que no tengan éstos que mirarse el uno al otro, permitiendo que ambos la arreglen, y luego deslizándose lejos para que ellos se arreglen mutuamente; algunas veces ve por encima del hombro para asegurarse de que están en paz, y si no, regresa para poner el brazo de uno sobre el otro. Mientras que las hembras estimulan el afecto, los machos llegan a una tregua en las hostilidades desarrollando intereses comunes, o simulando hacerlo. Por ejemplo, uno encuentra un objeto y llama a todos a que vengan a ver; todos vienen y luego se alejan, excepto el viejo adversario que simula estar encantado, hasta que tarde o temprano se tocan, se arreglan y son amigos de nuevo, o más bien aliados temporales hasta la siguiente pelea.

Estos descubrimientos son acerca de los chimpancés, no acerca de los humanos. Aun cuando el más reciente descubrimiento es que los chimpancés comen hojas que contienen antibióticos cuando enferman, y otras clases de hojas con propiedades anticonceptivas parecidas a los estrógenos cuando quieren reducir sus familias, siguen siendo chimpancés. Pero este nuevo conocimiento deja claro que los humanos han malinterpretado lo que llaman su herencia animal. Ya no se enfrentan a la elección simple que ha dominado toda la historia, que debieran ser o bien «realistas» y comportarse como si la vida fuera una lucha de fuerza bruta, o más bien recogerse sobre sueños utópicos e imaginar que para que todo sea armonioso bastará que la agresión sea declarada ilegal. Muchos, quizás la mayoría, creen todavía en el punto de vista «realista», tal como lo expresara Heinrich von Treitschke (1836-96): «Tu vecino, aunque pueda parecerte tu aliado natural contra otro poder que ambos temen, siempre está listo, a la primera oportunidad, en cuanto pueda hacerlo con seguridad, para mejorarse a tus expensas… Quienquiera que fracase en aumentar su poder, debe disminuirlo, si los demás aumentan el suyo». Pero ahora se sabe que Treitschke fue un pequeño muchacho que añoraba ser un soldado y que, siendo casi totalmente sordo, tuvo que contentarse con ser un profesor que soñaba con líderes poderosos que dirigían naciones poderosas, haciendo la guerra para mostrar su desprecio por otras naciones. Podemos ver ahora al desprecio como un modo pervertido de mendigar respeto. No es un método que funcione. Ya la guerra no es vista como la más noble de las actividades. Y, sin embargo, los políticos no han dejado de usar sus metáforas, «luchar» por sus principios, «derrotar» a sus rivales. Aún no se ha encontrado un lenguaje para «ganar» respeto.

Theodore Zeldin

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LEA #202

LEA

En más de una ocasión se ha hecho acá comparación entre los dos archienemigos del comic político planetario: Batman Bush y el Guasón Chávez. Desde su apego a las más crudas reglas de la Realpolitik hasta su simétrico gusto por la innovación nomencladora, pasando por su fundamentalismo cuasirreligioso. Ahora se añade una nueva dimensión a la analogía: George W. Bush ha concedido a la cadena CBS una entrevista en la que revela que concibe su presidencia en términos, no de su último período presidencial, sino en términos de la centuria.

Con la cercanía de las elecciones de congresistas, el gobierno norteamericano ha iniciado una ofensiva de propaganda, con el fin de apuntalar la debilitada credibilidad presidencial y reforzar la racionalidad de su política exterior, centrada en la guerra. Procura, de este modo, evitar una derrota electoral que pudiera representar para los republicanos al menos la pérdida de la mayoría en la Cámara de Representantes, la cámara baja del Congreso. En los últimos días el discurso se ha hecho más agresivo y ya no hay ocultamiento de ciertas cosas, al punto de que Bush admitiera ayer que la Agencia Central de Inteligencia mantiene prisiones secretas en otros países, en las que interrogatorios «duros» han permitido conocer y desmantelar proyectos terroristas.

El martes de esta semana, pues, George Bush fue entrevistado por Katie Couric, de CBS—la entrevista fue transmitida anoche en horario prime time—quien obtuvo del primer ejecutivo estadounidense la siguiente admisión: «Estoy preocupado porque de aquí a cincuenta años la gente mire atrás y diga ¿cómo es que Bush y los demás no vieron el hecho de que este grupo de gente usaría el petróleo para afectar nuestra economía? ¿Cómo es que no confrontó la amenaza de Irán y sus ambiciones nucleares? ¿Por qué no apoyó los gobiernos moderados que hay allí en la región? Y yo creo verdaderamente que ésta es la lucha ideológica del siglo XXI. Y las consecuencias de no lograr el éxito son espantosas».

Ya está: desde la Casa Blanca se piensa también en el siglo XXI, al que entiende como período de luchas ideológicas. ¿No le da Bush así la razón a Chávez? Éste pudiera, ya que le gusta tanto tener al primero de contendor, sugerirle un referendito para quedarse en Washington mediante la reelección indefinida. Así pudieran el coloso y el colosito perpetuar la retórica que les sirve para ejercer el poder con muy poco respeto por las libertades ciudadanas.

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CS #202 – Mediocridad mediocre

Cartas

Ni siquiera tres meses nos separan de las elecciones presidenciales del 3 de diciembre próximo, y la campaña electoral, hasta ahora, es poco menos que dormitiva. La semana pasada se insertaba acá la siguiente evaluación: «Entretanto, el país espera de Rosales, de Rausseo y de Chávez, una explicación clara de lo que se proponen hacer desde Miraflores. Mientras esto no ocurra, tendremos una campaña mediocre, centrada exclusivamente en el desprestigio del contendor y su combate». Por supuesto, hace sólo una semana de la emisión de tal advertencia, pero no está de más repetirla, en vista de la ausencia de temas importantes en lo que va de campaña. Basta recapitular lo acontecido en los últimos siete días.

En primer término, el presidente Chávez regresó de su viaje de lobbying internacional en procura de un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU y el reforzamiento de su imagen de líder planetario de los pobres, opuesto al imperio norteamericano. Pero regresó igualito, con la aplicación de la receta que hasta ahora le ha funcionado: olvidando convenientemente referirse a las ejecutorias recientes de Juan Barreto—que han hecho un daño muy visible a su propia candidatura—creyó «picar adelante» con la amenaza de un referendo que decida sobre la posibilidad de reelegirse indefinidamente. Es lo mismo de siempre: una declaración atrevida para que la oposición muerda anzuelos, retos, agendas y nomenclaturas dispuestas por él, mientras procura galvanizar a sus partidarios en torno a una meta ambiciosa y agresiva.

Esta vez, sin embargo, un gigantesco bostezo ha sido la reacción de la opinión pública, que como un virus paciente ya ha aprendido a defenderse de la inmunología convencional y muta para hacerse inmune él mismo. Su amenaza referendaria ni ha causado el menor temor ni ha suscitado el menor entusiasmo, y aun cuando la oposición no se percibe como sólida e innovadora—y por ende parece incapaz de aprovechar la fastidiosa reiteración del protocolo chavista de intimidación—nadie está en realidad haciendo demasiado caso al ultimátum.

Claro que, por otra parte, la procesión va por dentro en el seno de las filas chavistas. El affaire Barreto no ha terminado su curso, aunque Chávez no lo mencione, y los recientes ajustes en cancillería reflejan otros problemas. Mari Pili Hernández ya no es la Vicecanciller para Norteamérica, luego de que escribiera un curioso artículo sobre los tres candidatos que pareciera concebido por un analista clínico que no estuviera comprometido con el proceso. Se dio el lujo de encontrar virtudes en Rausseo y Rosales y de criticar la reciente ausencia presidencial en momentos críticos. Entonces, o le cobraron estas posturas o ya ella sabía que Nicolás Maduro no la mantendría en el cargo que Alí Rodríguez le adjudicara, razón por la que habría procedido a curarse en salud, posicionándose como gente sensata.

Ya las encuestadoras comienzan a registrar, por tanto, una disminución de la intención de voto por el Presidente. Esto preocupa al comando chavista, y así se manifiesta en tonterías como los reclamos de Ameliach sobre propaganda subliminal por parte de Rosales. Parecen cosas de perdedores.

Si a estas cosas se suma que las misiones han perdido dinamismo y glamour y que los problemas principales—inseguridad y pobreza—no han podido ser reducidos, el efecto general es que el vector de la campaña de Chávez no lleva dirección ascendente. La inflación ha comenzado a salirse de los parámetros planificados—15% en vez de 10%—y ya se habla en la Asamblea Nacional de medidas para controlarla, incluyendo recortes presupuestarios para el año que viene. Hasta descensos recientes en el precio internacional del petróleo ha habido.

Así las cosas, un Chávez nada convincente dijo en el acto de su inscripción como candidato ante el Consejo Nacional Electoral que se lanzaba a la reelección para «continuar luchando contra la corrupción». No se ve como puede llamarse lucha contra la corrupción a estos siete años de estampida peculadora, que es de las cosas que más duele y avergüenza a un chavista de corazón. Aquí las tropelías de Barreto tienen un valor funcional a este respecto, pues los propietarios de inmuebles cercanos a las zonas asediadas por el menor alcalde (mayor en corpulencia, nada más) se atemorizan y ponen sus pertenencias a la venta a precios muy descontados, y los miembros de la nomenklatura chavista se aprovechan para hacerse fácilmente de mansiones y apetecibles terrenos. ¿No es una perversidad como ésta lo que los teóricos izquierdistas censuran al capitalismo salvaje? La revolución parece tener, por encima de todo, un sentido económico para los enchufados en negocios y negociados gubernamentales con avidez de status y riqueza.

Y esto quiere subsanarlo Chávez pidiendo «más ideología» en la campaña y que ninguno de los partidos que soportan su candidatura se considere superior a los demás, mientras adula descaradamente a los zulianos con un cursi panegírico de Rafael Urdaneta, justificando, una vez más, la importancia de los habitantes del estado Zulia sobre la base de hazañas de gente hace mucho tiempo muerta, y predicando que las prácticas «socialistas» de la etnia wayuú serán un gran aporte para las suyas, las «del siglo XXI».

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El proceso descrito ocurre, sin embargo, en paralelo a la campaña de los candidatos opositores: Rausseo y Rosales. De estos dos, el aficionado de Musipán está desaparecido y desinflado; se dice que está en Miami buscando financiamiento para sus menesteres electorales, pero su orientadora palabra no se escucha, salvo para ocasionales ocurrencias más o menos chistosas que han perdido punch y no llevan valor agregado alguno.

Por su lado, el profesional de la política, Manuel Rosales, se distrae en asuntos relativamente nimios, como las acusaciones de subliminalidad de sus piezas publicitarias, cuya contestación ha debido dejar en un colaborador de tercer rango dentro de su comando de campaña, en vez de dedicar cinco o seis días a referirse a ellas. No debe ocuparse un candidato presidencial en estos asuntos colaterales.

De lo que sí ha debido ocuparse es de lo que fuera la noticia cumbre de los últimos días: las actuaciones de Juan Barreto, que lograron opacar por completo una campaña de por sí gris e intrascendente. No se vio al candidato Rosales en una posición frontal a este respecto, y las pocas veces que se dejó interrogar sobre el tema contestó con generalidades y sin fuerza o claridad. En lugar de atacar por el enorme boquete abierto en las murallas oficialistas por los dislates del alcalde metropolitano, prefirió hacer como que si esos problemas «municipales» no fueran con él. (Tan poco municipales son que el gobierno nacional, por boca del Vicepresidente, se sintió obligado a dejar sentada su posición en términos inequívocos). Y esto, este mango bajito, fue desaprovechado por quien se dice es el abanderado de la oposición.

También está el carácter mismo de la coalición que ha logrado armar, con no poca habilidad transaccional. El conglomerado huele a Coordinadora Democrática, donde sólo la ausencia de AD la diferencia de la antigua alianza inepta. Su candidatura había sido lograda, en contra del trapiche primarista de Súmate y su chiripero de precandidatos enanos, desde la plataforma fuerte del trío que formaba con Borges y Petkoff. Ahora parece, según apunte de un agudo observador, secuestrado por los otrora miniprecandidatos, entre quienes destacan los que no quieren dejar de declarar al medio de comunicación que se les ponga por delante.

De resto, se le escuchó a Rosales decir algo un poco más sustantivo, en estas dos semanas y media iniciales de campaña: que revisaría los contratos que la República ha firmado para repartir petróleo en condiciones especiales una vez que llegara a Miraflores. Ah, y también admitió por vez primera—enhorabuena—que a lo mejor fue un error que firmara el decreto indescifrable de Carmona Estanga, aunque moderó su aproximación al reconocimiento de su responsabilidad al reiterar que todo estaba muy confundido a partir de la declaración de Lucas Rincón en la temprana medianoche del 12 de abril de 2002. (El 27 de abril de este año la Carta Semanal #187 de doctorpolítico apuntaba: «Rosales esgrime en su defensa la tesis del vacío de poder que la famosa declaración del general Rincón habría creado en las pequeñas horas del 12 de abril de 2002. Esto, sin embargo, tal vez habría justificado la asunción del poder ejecutivo, dada la emergencia nacional, pero jamás podrá legitimar la clausura de los restantes poderes. Rosales va a tener que procurarse una mejor excusa»).

Lo último que ha hecho es ofrecer garantías de que su programa de gobierno será—aún no está listo, a pesar de que quiere el coroto desde hace mucho tiempo—un documento sin mentiras o promesas incumplibles. Tendrá, entonces, que comerse sus palabras, pues el día de su inscripción ofreció como promesa básica nada menos que la imposibilidad de «acabar con la pobreza».

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Los irredentos, finalmente, continúan en su terco abstencionismo. Se anuncia para mañana viernes la constitución en espacio del Ateneo de Caracas de un tal «Frente Patriótico», cuyos miembros suscribirán el «Acuerdo de Caracas». Una nómina deplorable da cuenta de que el «frente» estará integrado por Acción Democrática (Ramos Allup), Alianza Bravo Pueblo (Ledezma), Alianza Popular (Álvarez Paz), Bloque Democrático (Peña Esclusa, García Deffendini, Paniz) y el Comando Nacional de la Resistencia (Oscar Pérez y Patricia Poleo). A esta temible coalición—hay en ella también un Movimiento Federal cuya dirigencia hemos olvidado—se sumarán asimismo «personalidades» como Hermann Escarrá, Genaro Mosquera, Rhona Ottolina, Ítalo Luongo, Mohamed Merhi, Ezequiel Zamora y el asombroso William Dávila. Ésta es la ocurrente consigna de la liga: «No hace falta elecciones para salir de Chávez, sino salir de Chávez para que haya elecciones».

Habiendo fallecido el «Movimiento 4D»—el que aseguraba que la abstención de diciembre de 2005 se traducía en catorce mandatos específicos del pueblo venezolano a sí mismo—al que Súmate parecía sumarse a su constitución, una vez más, en el Ateneo de Caracas; no habiendo sido Súmate invitada a integrar la coalición de Rosales, ¿se inclinará la «organización de ciudadanos» hacia este mondongo abstencionista que está más cercano a sus tradicionales posiciones?

Lo que es definitivamente triste es asistir a la defunción de Acción Democrática en las manos de Henry Ramos Allup, un dirigente que alcanzó su nivel de incompetencia cuando rebasó su condición de eficaz operador parlamentario. De un partido que tuvo raíces indudablemente marxistas y que hizo historia democrática crucial en Venezuela, hasta terminar en este contubernio protogolpista, separado de las corrientes principales de la política nacional. Es un signo emblemático de la mediocridad política de la hora, de una mediocridad mediocre.

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FS #109 – Metáfora cortical

Fichero

LEA, por favor

Entre 1994 y 1998 el suscrito escribió y publicó un informe mensual sobre temas de política nacional, cuyo nombre era referéndum. Se presentaba como publicación de «análisis, interpretación y proposición» política. Era, si se quiere, la precursora de la Carta Semanal de doctorpolítico, cuando aún no existían las enormes facilidades que la Internet presta a la comunicación.

El primero de los números, aparecido en febrero de 1994, contenía como artículo principal el trabajo «Los rasgos del próximo paradigma político», una elaboración más desarrollada sobre conceptos adelantados formalmente nueve años antes, exactamente en febrero de 1985. Previamente, había diagnosticado que la «insuficiencia política» venezolana se debía no tanto a la presunta maldad de nuestros políticos, sino a su «esclerosis paradigmática». Así conté el asunto en KRISIS: Memorias Prematuras (Ex Libris, 1986), al relatar una reunión de comienzos de 1984:

«La primera parte de la exposición versó sobre mi teoría de la crisis paradigmática de la política venezolana. Tomé prestado ese agobiante término de las teorías de Tomás Kuhn sobre la evolución de la práctica científica. (La primera vez que empleé el término en público para referirme a un proceso venezolano fue en la reunión del «grupo Santa Lucía» en las Islas Bahamas, donde hablé de un «paradigma jurídico-militar»: desde la Primera República habían sido presidentes de Venezuela personas adiestradas en el dogmatismo de nuestro derecho latino deductivista o personas del campo militar, muy imbuidas de una forma catequística de pensar. Era notoria la excepción del médico José María Vargas, quien de todos modos no había durado mucho en el cargo. Más tarde la nueva excepción sería Jaime Lusinchi. Luego, y simultáneamente con personas como Ignacio Ávalos y Marcel Antonorsi, utilicé la expresión a mi paso por la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, entre 1980 y 1981. Allí me referí a los «paradigmas» que soportaban las políticas científicas venezolanas y latinoamericanas). Tomás Kuhn se había dado al estudio de las revoluciones en la ciencia. De sus investigaciones concluyó que el desarrollo histórico de la ciencia podía entenderse como la sucesión de épocas en las que dominaba un cierto paradigma, una cierta concepción o teoría general, a las que una revolución o crisis del paradigma central ponía fin con la introducción de un paradigma distinto y más completo. Newton destronando a Aristóteles para ser destronado a su vez por Einstein. Un fenómeno análogo, argumenté, se estaba produciendo en política. Las concepciones fundamentales que daban sentido a la acción política de nuestros partidos ya no servían ni siquiera para describir la realidad social, afirmación que me apresuré a justificar. Esto significaba que era de crucial importancia el desarrollo de un nuevo enfoque de lo político y que a la vez, por no tratarse de un desarrollo académico, era asimismo importante que un movimiento social fuese el portador del nuevo paradigma. Si un movimiento existente quería asumir ese papel sería necesario que sufriera grandes cambios, inclusive cambios traumáticos, pues lo necesario era nada menos que sustituir el marco ideológico ya obsoleto por una nueva plataforma conceptual. Tales cambios llevarían implicadas modificaciones profundas en la estructura y modo habituales de conducirse del partido o movimiento que pretendiera ser el portador de las nuevas concepciones».

La Ficha Semanal #109 de doctorpolítico reproduce una sección—La metáfora cortical—de Los rasgos del próximo paradigma político, el trabajo de febrero de 1994.

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Metáfora cortical

Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el diseño de sistemas políticos viables. Desde la emergencia de la cibernética como cuerpo teórico consistente ha demostrado ser muy fructífero el análisis comparativo de sistemas de distintas clases, dado que a ellos subyace un conjunto de propiedades generales de los sistemas. El descubrimiento de la «autosimilaridad», en el campo de las matemáticas fractales, refuerza esta posibilidad de estudiar un sistema relativamente simple y extraer de él un conocimiento válido, al menos analógicamente, para sistemas más complejos. Esto dista mucho de la ingenua y ya periclitada postura del «organicismo social», que propugnaba una identidad casi absoluta entre lo biológico y lo social. Con esta salvedad, vale la pena extraer algunas lecciones del funcionamiento y la arquitectura del cerebro humano, el obvio órgano de dirección del organismo.

Para comenzar, el cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma (muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.

La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable para la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.

Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite estas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con los efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza cerebral.

Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal.

La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.

En cambio, en nuestro aparato político la participación de actores de tipo asociativo es muy reducida, a pesar de que cada vez su necesidad sea mayor. (Úslar y Liscano, en los artículos citados en la introducción de este estudio, no estaban pidiendo caciques, ni conciliadores de intereses. Estaban expresando la necesidad de la asociación de ideas políticas, de la invención política). A fines de 1991, el presidente Pérez, no sin razón, se quejaba de las críticas a su «paquete» económico y retaba: «Bueno, si no es éste el paquete ¿entonces cuál es el que debemos aplicar?»

COPEI recogió el reto, anunciando que en breve presentaría un «paquete alternativo». La presentación anunciada se produjo a mediados de febrero del año siguiente, un tanto retrasada por los acontecimientos del día 4. La formulación alternativa consistió en propugnar una «economía con rostro humano» y en la proposición de constituir un «consejo consultivo» que debiera proponer soluciones. Como recogió el punto un periodista local, «En síntesis, el Dr. Fernández ha propuesto que otros propongan».

En el fondo, la proposición del consejo consultivo va en la dirección correcta. El político convencional se ocupa del exigente proceso de la conciliación de intereses, del delicado asunto piramidal de emitir instrucciones, y no tiene ni el tiempo ni el adiestramiento requerido por una función de corte asociativo. Que el Consejo Consultivo nombrado con alguna resistencia por el presidente Pérez no haya tenido mucho éxito se debe a otros factores. Por un lado, a la enorme presión y al acusado grado de inestabilidad del régimen en esos momentos, cuando la natural reacción del Presidente era la de sostener sus puntos de vista so pena de pérdida de autoridad. Por el otro, al método y al concepto empleados en la operación y la composición del consejo mismo. Se trató de un cuerpo de acción temporal que se dedicó a ensamblar una lista inorgánica de medidas puntuales, mediante el expediente de entrevistarse con un número reducido de notables personalidades de la vida nacional. Todavía el presidente Velásquez, que había formado parte del Consejo Consultivo de 1992, creyó que ésa era una fórmula correcta y que debía incluso ampliarla. Así, a las pocas horas de asumir la Presidencia de la República, anunció la formación de «cuatro o cinco» consejos consultivos—nunca fueron creados—e indicó su esperanza de que los futuros miembros de los mismos dedicaran un tiempo importante a su labor, «al menos unas dos horas semanales».

La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada policy sciences (ciencias de las políticas, no ciencia política), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. He aquí un campo para que Venezuela logre distinguirse como pionera, a nivel mundial, en un rediseño de la arquitectura del Estado que aloje de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas.

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LEA #201

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No hay ya ninguna duda; el gobierno ha sentido el devastador efecto causado por las recientes actuaciones del alcalde Barreto y se ha apresurado a distanciarse de sus ejecutorias. El demencial sujeto ha logrado rebajar en modo apreciable el atractivo electoral de su jefe último, y producir rechazo a su persona y sus decisiones en el seno mismo del chavismo. Tan evidente ha sido su locura que casi añorábamos la llegada de Chávez para que viniera a poner orden en su casa. El vicepresidente Rangel, en segura conexión y acuerdo con Chávez, optó por anticiparse con un comunicado urgente, en nombre del Gobierno Nacional, para expresar su desacuerdo con los decretos de expropiación de los terrenos destinados a la práctica del golf en la ciudad de Caracas. El costo político de Barreto se había hecho claramente excesivo.

La decisión expropiatoria, sin embargo, tenía tiempo preparándose. A escasas horas del primer ataque de Barreto contra los alcaldes López y Capriles, Mikel (antes de que llegara Chávez al poder se escribía Michael) Menéndez, Presidente del Instituto Metropolitano de Urbanismo, se complació en precisar que los estudios sobre el uso público de terrenos de La Lagunita Country Club, así como los del Caracas Country Club y los del Valle Arriba Golf Club, estaban en marcha. (El arquitecto Menéndez se busca unos jefes… A comienzos del octenio andaba empatado con Luis Vallenilla, el capo de Cavendes que huyó del país para evitar juicios en su contra por noticia críminis y por miles de demandas privadas que seguramente le caerían encima. Con él pretendía Menéndez ser contratado por el gobierno para encargarse ¡de la recuperación del estado Vargas!).

Así que todo estaba fríamente calculado.

Ahora bien, dirá Barreto, ¿no son sus actuaciones la más fiel de las aquiescencias a la ideología y el estilo del líder máximo de la revolución, por estos días ocupado en la altísima prioridad de firmar con Malasia un acuerdo contra la doble tributación?

Porque si a ver vamos, no ha sido otro que Chávez quien trajera a los discursos de la Primera Magistratura la procacidad más ramplona y agresiva, el chiste obsceno y la doctrina de que Venezuela—sus mejores haciendas y campos de golf especialmente—ahora es de todos. Y su mejor imitador había sido, hasta ahora que ha sido destronado por Barreto, justamente el vicepresidente Rangel, que ha perorado más de un discurso grosero y amenazante.

¿Cómo pudiera consistentemente castigarse a Barreto cuando no ha hecho otra cosa que arremeter contra representantes del imperialismo yanqui y la más rancia expresión de la oligarquía caraqueña? ¿No había dedicado la cloaca televisada que es «La Hojilla», una jocosa y aprobatoria entrevista a Barreto en el canal «de todos los venezolanos» para burlarse con él de los alcaldes de Chacao y Baruta? Si no se hubiera sentido la generalizada indignación ciudadana ¿habría habido contra Barreto la reconvención del Comando Táctico Nacional del MVR, la refutación de Calixto Ortega, la advertencia de Jesse Chacón y ahora el comunicado del vicepresidente como anticipación del juicio sumario del próximo Aló Presidente? ¿Es que no son los decretos de Barreto y Menéndez la más pura manifestación del socialismo del siglo XXI?

Rangel ha dicho que las expropiaciones decretadas por el antisocial alcalde sobre las bases proporcionadas por su asesor ni siquiera cuentan con financiamiento, y que probablemente coliden con disposiciones constitucionales respecto del derecho a la propiedad. Pero no hace nada que el ministro Giordani, que trabaja para la misma revolución de Rangel y Barreto, solicitara un ajuste de las normas constitucionales precisamente para adecuar la República al socialismo. (Artículo 2.021. Ser rico es malo).

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