FS #253 – Cambiar para cambiar

Fichero

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La presente Ficha Semanal (#253 de doctorpolítico) reproduce extractos separados del capítulo 2—¿Liderar o engañar?—del libro Liderazgo sin respuestas fáciles, escrito por Ronald A. Heifetz. Además del título mencionado hay un subtítulo que marca todo un programa para la Venezuela de hoy: Propuestas para un nuevo diálogo social en tiempos difíciles.

Heifetz es un experto en liderazgo, tema al que ha dedicado más de dos décadas de investigación y enseñanza. (Es cofundador del Center for Public Leadership de la Escuela Kennedy de Gobierno en la Universidad de Harvard). Su primera capa de formación académica es en medicina y psiquiatría; luego se graduaría en la Escuela Kennedy. (También es un violoncelista razonable, beneficiado por instrucción recibida del gran Gregor Piatigorsky). El libro del que se construye esta ficha fue el primero de una serie dedicada al problema del liderazgo.

La prédica de Heifetz conlleva la finalidad de una sensatez que se deriva de la experiencia. Tal vez por esto algunas entre sus prescripciones suenan a lugar común: “Si queremos aprender un liderazgo mejor, nuestros propios errores son una fuente poderosa de aprendizaje. En ocasiones, lo más difícil del aprendizaje a partir del fracaso es percatarnos de que hemos fallado”. Otras no son tan obvias: “El liderazgo requiere una estrategia de aprendizaje. Un líder tiene que involucrar a las personas en el enfrentamiento del reto, el ajuste de sus valores, el cambio de perspectivas y el desarrollo de nuevos hábitos de conducta… Las demandas adaptativas de nuestras sociedades requieren un liderazgo que asuma responsabilidad sin esperar por una revelación o una exigencia. Quizás puede uno liderar con no más que una pregunta entre las manos”.

En los trozos extraídos para esta ficha hay lecciones sobre las que vale la pena meditar en nuestra actual circunstancia nacional. Por ejemplo, sobre cómo las organizaciones e incluso culturas completas se hacen refractarias al cambio, aun cuando estén sujetas a presiones francamente negativas. Entre nosotros, por ejemplo, los partidos políticos son organizaciones claramente renuentes a cambiar.

Heifetz aconseja con mucha claridad: “Si definimos los problemas por la disparidad entre los valores y las circunstancias, un desafío adaptativo es un tipo particular de problema en el que la brecha no se puede cerrar mediante la aplicación del conocimiento operativo corriente a la conducta de rutina”.

Si en los partidos venezolanos hay verdaderos líderes, es claro lo que deben procurar: que sus organizaciones muten, que hagan metamorfosis, que se conviertan en algo distinto de lo que son. Naturalmente, es una tarea que requiere conciencia diáfana y no poca valentía.

LEA

Cambiar para cambiar

Los sistemas vivos buscan el equilibrio. Responden a la tensión tratando de recuperarlo. Si el cuerpo humano es infectado por bacterias, el sistema responde para expulsar la infección y restaurar la salud. Cuando caminamos al aire libre en un cálido día de verano, sudamos y nos movemos lentamente para mantener una temperatura interna constante de treinta y seis grados. Cuando un incendio quema un bosque, las semillas que habitualmente llegan desde cierta distancia echan raíces en las cenizas. Apartados de su equilibrio, los sistemas vivos apelan a un conjunto de respuestas restauradoras.

Estas respuestas al desequilibrio son el producto de adaptaciones evolutivas que han transformado en rutinas los problemas que alguna vez fueron amenazas casi abrumadoras. En una mirada retrospectiva, nos maravilla el éxito de estas innumerables adaptaciones y la amplitud de las oportunidades explotadas. Pero tendemos a advertir los éxitos y las innovaciones más que los fracasos. Por definición, los éxitos sobreviven, mientras que los fracasos desaparecen. Los caminos de la evolución están sembrados con los huesos de criaturas que no pudieron prosperar en el mundo que sobrevino. En la selección natural, junto a los éxitos abundan los fracasos. La evolución trabaja mediante ensayo y error.

En un sentido, desarrollar una adaptación vigorosa a un nuevo desafío es un proceso de aprendizaje de la especie. A través de la supervivencia fortuita de algunos individuos más viables que otros, la especie se abre camino hacia nuevas capacidades adaptativas. A medida que los supervivientes transmiten a su prole las características que les han procurado una leve ventaja en la competencia por los recursos, estas aptitudes mejor adaptadas van quedando “incorporadas” a los programas genéticos de la especie; cambia el conjunto de genes que determinan los rasgos anatómicos y las especificidades de la generación siguiente. Por ejemplo, los seres humanos han desarrollado la capacidad de hablar e inventar lenguajes complejos. Estos desarrollos se produjeron como consecuencia de recombinaciones genéticas y mutaciones azarosas que fortalecían la capacidad reproductiva y de supervivencia de nuestros antepasados. Estos rasgos se han convertido ahora en parte de nuestra herencia.

No obstante, la naturaleza no es previsora. De hecho, no prevé en absoluto. La adaptación biológica no es el resultado de una planificación o designio de la especie, sino un desenlace que se produce cuando sucede que algún individuo nace con un rasgo que lo equipa para sobrevivir y reproducirse en un ambiente modificado. Esta variación suele ser el resultado de un “accidente” genético (una mutación) y a menudo resulta perjudicial para el individuo. Pero cuando el ambiente cambia, la variación que quizás habría sido un obstáculo en el medio anterior puede de pronto representar una clara ventaja.

………

No sólo aprendemos, sino que también podemos dirigir nuestro aprendizaje. Creamos ricas culturas que transmiten lo que sabemos, y también enseñan a adquirir nuevos conocimientos. Podemos dar a los otros lecciones de todo tipo que no están en nuestros genes. La naturaleza nos ha dotado con la capacidad de reflexionar sobre nuestros problemas y cambiar nuestras respuestas a ellos. Moisés tardó sólo dos generaciones en transformar a un pueblo abyecto en una sociedad con autogobierno capaz de forjar leyes que trascendían al gobierno de los reyes. A la humanidad le costó sólo diez mil años pasar de la vida de cazadores y recolectores en áreas determinadas, a desarrollar una economía global e inventar las instituciones y tecnologías que la hacen posible. Tenemos nuevas aspiraciones que generan nuevos conjuntos de oportunidades y problemas. No sólo tenemos visión, sino también capacidad para analizar lo que vemos. Podemos incluso moderar nuestras visiones.

Pero en la historia humana son muchas las sociedades que han muerto en lugar de adaptarse. No es fácil clarificar las aspiraciones, enfrentar los problemas y elaborar un conjunto de respuestas socialmente adaptativas. Así como los individuos se resisten al dolor y la dislocación que acompañan al cambio de sus actitudes y hábitos, las sociedades también se resisten a aprender. Para que un sistema social aprenda, tienen que estar amenazadas las pautas de relación: los equilibrios de poder, los procedimientos acostumbrados, la distribución de la riqueza. Las antiguas aptitudes pueden volverse inútiles. Las creencias, la identidad y los valores orientadores (imágenes de justicia, comunidad y responsabilidad) pueden ser cuestionados. Los seres humanos son capaces de aprender, y las culturas de cambiar, pero ¿cuándo y con cuánta rapidez?

………

La adaptación a los desafíos humanos exige que vayamos más allá de los requerimientos de la simple supervivencia. En las sociedades humanas, el trabajo adaptativo consiste en esfuerzos por cerrar la brecha entre la realidad y una multitud de valores que van más allá de la mera supervivencia. Percibimos problemas siempre que las circunstancias no concuerdan con nuestra idea de cómo deben ser las cosas. De modo que el trabajo adaptativo no sólo involucra la evaluación de la realidad, sino también la clarificación de los valores.

Estas tareas están conectadas inextricablemente. La evaluación de las circunstancias se vuelve compleja porque no siempre podemos definir objetivamente los problemas. Los métodos de la ciencia realizan una aportación básica al examen realista, objetivo, pero no pueden definir con fiabilidad absoluta nuestros problemas, porque el método científico tiene una capacidad limitada para formular predicciones, y también porque nuestros problemas sólo pueden diagnosticarse a la luz de nuestros valores. Con valores diferentes, tamizamos la realidad en busca de otra información y reunimos los hechos en un cuadro distinto. Si una sociedad valora la libertad individual, tenderá a realzar los aspectos de la realidad que ponen en peligro esa libertad. Como corolario, también se inclinará a desatender los elementos de la realidad en los que se centraría una sociedad con otro valor central, por ejemplo la responsabilidad compartida. El aspecto de la verdad que cada uno ve depende significativamente de lo que a uno le importa.

Lo típico es que un sistema social respete alguna combinación de valores y la competencia interna que se produce con esa combinación suele explicar por qué el trabajo adaptativo supone la aparición de conflictos. Las personas con valores conflictivos se comprometen y vinculan entre sí al enfrentar una situación compartida desde sus propios puntos de vista distintos. En el otro extremo, y en ausencia de mejores métodos de cambio social, el conflicto acerca de los valores puede ser violento. La guerra civil norteamericana cambió el significado de la unión y de la libertad individual.

Algunas realidades amenazan la existencia misma de una sociedad si no se las descubre y se las encara urgentemente por medio de las funciones sociales de la clarificación de los valores y el examen realista. A juicio de muchos ambientalistas, nuestro interés en la producción de riqueza, y no en la coexistencia con la naturaleza, nos ha llevado a descuidar los factores frágiles de nuestro ecosistema. Estos factores podrían volverse importantes para nosotros cuando finalmente comiencen a desafiar nuestros valores centrales de la salud y la supervivencia, pero para entonces quizás hayamos pagado ya un alto precio en términos del daño causado, y los costos del ajuste adaptativo podrían haber crecido enormemente.

………

Si definimos los problemas por la disparidad entre los valores y las circunstancias, un desafío adaptativo es un tipo particular de problema en el que la brecha no se puede cerrar mediante la aplicación del conocimiento operativo corriente a la conducta de rutina. Para progresar, no sólo es necesario que la invención y la acción cambien las circunstancias a fin de armonizar la realidad con los valores, sino que quizá los valores mismos tendrán que cambiar. El liderazgo no consiste en respuestas o visiones seguras, sino en actuar para clarificar los valores. Plantea preguntas como las siguientes: ¿Qué nos falta aquí? ¿Hay valores en conflicto que suprimimos, en lugar de aplicarlos a nuestra comprensión del problema que tenemos entre manos? ¿Hay valores compartidos que permitirán el intercambio entre opiniones enfrentadas? Una capacidad adaptativa permeable requiere una mezcla de valores rica y en evolución que dé forma al proceso social de examen de la realidad. Requiere un liderazgo que encienda y contenga las fuerzas de la invención y el cambio, y que impulse el paso siguiente.

Ronald A. Heifetz

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CS #342 – Presente sobre pasado

Cartas

En la década de los años ochenta se suscitó una interesante polémica en los Estados Unidos. La discusión involucró a universitarios y funcionarios gubernamentales, principalmente a las autoridades de la Universidad de Stanford y el Secretario de Educación del gobierno federal norteamericano. El centro de la contienda lo constituía la decisión de la Universidad de Stanford de modificar su curso básico sobre civilización occidental.

Tradicionalmente, la educación superior norteamericana ha considerado básica la instrucción sobre la civilización occidental y ha fijado su estrategia en el conocimiento de los más destacados pensadores de esta civilización. Mortimer J. Adler ha sido, sin duda, el más eficaz argumentador de la importancia de los textos “canónicos” de dicha civilización. How to read a book, que incluye una lista de los cien libros “principales” de Occidente, es el asiento de las tesis de Adler. En la misma onda, la Universidad de Harvard editó, por allá por 1908, los “Clásicos Harvard”, una colección conocida como “el estante de metro y medio” y que constituía una selección de literatura que aspiraba a ser irrefutablemente superior.

Una expresión más conocida y reciente de la misma postura es la de los Great Books de la Universidad de Chicago, publicadora de la Enciclopedia Británica. Es una colección a la que esa universidad llama “la Gran Conversación” y también “la substancia de una educación liberal”. (Adler fue editor asociado de la colección). Varias declaraciones de los editores de los Great Books son ilustrativas de toda una filosofía educativa, traducida en política y estrategias educativas, que subyace al concepto de educación superior norteamericana.

En primer lugar, véanse los dos primeros párrafos del tomo introductorio de la colección:

Hasta hace poco el Occidente ha considerado evidente que el camino de la educación transcurre por los grandes libros. Nadie podía considerarse educado a menos que estuviese familiarizado con las obras maestras de su tradición. Nunca hubo mucha duda en la mente de nadie acerca de cuáles eran esas obras maestras. Ellas eran los libros que habían perdurado y que la voz común de la humanidad llamaba las mejores creaciones escritas de la mente occidental.

En el curso de la historia, de época en época, nuevos libros han sido escritos que han ganado su lugar en la lista. Libros que una vez se creyó merecedores de estar en ella han sido superados, y este proceso de cambio continuará tanto tiempo como los hombres puedan pensar y escribir. Es la tarea de cada generación la de reevaluar la tradición en la que vive, descartar la que no pueda usar y traer al contexto del pasado distante e intermedio las contribuciones más recientes a la Gran Conversación. Este conjunto de libros es el resultado de un intento por revalorar y reincorporar la tradición de Occidente para nuestra generación.

La colección se detiene en Sigmund Freud. El autor inmediatamente anterior es William James. El antepenúltimo, Dostoievsky. A pesar de lo cual los editores aclaraban:

Los Editores no pensamos que la Gran Conversación llegó a su término antes de que el siglo veinte comenzara. Por lo contrario, saben que la Gran Conversación ha continuado durante la primera mitad de este siglo, y esperan que continúe durante el resto de este siglo y los siglos por venir. Confían en que han sido escritos grandes libros desde 1900 y que el siglo veinte contribuirá muchas nuevas voces a la Gran Conversación… La razón, entonces, de la omisión de autores y obras posteriores a 1900 es simplemente que los Editores no sintieron que ellos o ninguna otra persona pudiera juzgar con precisión los méritos de textos contemporáneos. Durante las deliberaciones editoriales acerca del contenido de la colección, mayor dificultad fue confrontada en el caso de autores y títulos del siglo diecinueve que con aquellos de cualquier siglo precedente. La causa de estas dificultades—la proximidad de estos autores y obras de nuestros propios días y nuestra consecuente falta de perspectiva en relación con ellos—haría todavía más difícil hacer una selección de autores del siglo veinte.

Puede sostenerse que esta dificultad es salvable y, con ello, rescatable para el pensamiento del estudiante de hoy el tesoro al que las estrategias de la Universidad de Chicago y de Mortimer Adler habían renunciado: la riqueza y pertinencia de las grandes obras de pensamiento del siglo XX. En efecto, la intención de la colección Great Books es una intención canónica: esto es, el intento de canonizar el pensamiento del pasado bajo la hipótesis de su pertinencia al mundo actual. De hecho, en el pensamiento de los editores de la colección no deja de traslucirse un dejo spengleriano sobre la “decadencia de Occidente” y, tal vez, una disimulada añoranza de “siglos de oro”, cuando las cosas habrían sido mejor: “Estamos tan preocupados como cualquiera otro con el abismo en el que la civilización Occidental parece haberse zambullido de cabeza. Creemos que las voces que pueden restaurar la cordura a Occidente son las de aquellas que han tomado parte en la Gran Conversación”.

Sin dejar de considerar importante un estado de información adecuado, razonable, acerca de las nociones que autores del pasado tenían acerca del universo y de la sociedad, de la mente y de los objetos, la estrategia de los Great Books de la Universidad de Chicago, la estrategia de los clásicos o libros canónicos, está equivocada e impone un énfasis incorrecto a la educación superior y aún a la educación media.

En primer término, la canonización no puede aspirar a la permanencia. No se trata de que los grandes libros del pasado, agrupados con algún criterio selector, incorporen verdades definitivas o soluciones finales a ciertos problemas. La misma colección a la que se ha venido refiriendo es un ejemplo de las contradicciones entre los distintos autores respecto de los diversos temas que discuten. En la mejor de las situaciones, pues, esas “voces de la Gran Conversación” que los editores de los Great Books quieren oír de nuevo, porque piensan que “pueden ayudarnos a aprender a vivir mejor ahora”, ilustrarán puntos de vista divergentes sobre cuestiones que, si bien en algunos casos pueden ser identificadas como viejos problemas, hoy en día están dotadas de contenidos diferentes y son interpretadas a través de imágenes e ideas que necesariamente tienen que manifestarse de modo muy distinto a las maneras intelectuales del pasado. No es lo mismo, por ejemplo, intentar el pensamiento sobre el tema del universo desde la perspectiva de un pastor israelita de hace 3.500 años, que desde la percepción y construcción mental de un ingeniero de computación de 2009.

Por otra parte, la acumulación del conocimiento humano es justamente la base más fundamental de sus posibilidades futuras, por lo que no es de despreciar la tradición intelectual de Occidente ni tampoco la de otras culturas.

El aparente dilema puede salvarse mediante dos cambios de perspectiva. Primero, teniendo a los “grandes libros” como herramientas de utilidad heurística. Esto es, como instrumentos estimuladores de la creación y la invención. Así, se trata de dar la bienvenida a los viejos estados mentales de la humanidad expresados en sus obras anteriores, sean éstas escritas, plásticas, ejecutables, científicas o artísticas, en tanto acicate de una nueva producción, y no como depositarias de soluciones prêt-à-porter a los problemas contemporáneos, las que nos permitirían la holgazanería intelectual de una erudición sin sabiduría.

Luego, debe dedicarse un espacio educativo marcadamente menor a la consideración de los clásicos que al pensamiento más reciente, al que se acuerda en nuestro sistema educativo un examen definitivamente escaso. La serie televisiva Cosmos, que fuera diseñada y conducida por el astrofísico norteamericano Carl Sagan, dio origen a un libro que llevó el mismo nombre, en el que se incluye una poderosa analogía. Se trata de su ya famoso calendario cósmico, en el que reduce a la escala de un año toda la evolución universal, desde el postulado Big Bang de los orígenes hasta nuestros días. Al transportar, como en una suerte de geometría descriptiva, la temporalidad de la evolución del universo descubierta hasta ahora sobre el tiempo de un año, de inmediato se evidencia cómo en los primeros meses la densidad de eventos significativos es muy baja. Después, al final del año cósmico comienzan a aglomerarse los acontecimientos, al punto de que la aparición de la especie humana se produce el “31 de diciembre” y los desarrollos históricos más recientes en los últimos segundos y milésimas de segundo anteriores a la medianoche de ese día.

Análogamente, si se proyectara sobre la división de un año un “calendario de la civilización”, desde la aparición de la especie humana hasta el último día de 2009, se mostraría, con diferente pendiente, un fenómeno similar de mayor intensidad creativa a medida que transcurren las épocas y los siglos. Si alguna dificultad confrontaron los editores de la Universidad de Chicago, fue la de la profusión de obras importantes del siglo XX que habrían debido considerar. Es, por tanto, un desperdicio que se excluya de la formación intelectual del estudiante actual la rica producción de ideas del tiempo en el que vive para privilegiar el solo estudio de los clásicos.

La excusa de la imposibilidad de juzgar la importancia de las ideas por su excesiva proximidad no es válida. La consecuencia que se quiso evitar era la de una selección efímera, el que una obra considerada importante en un momento fuera desvalorizada luego y excluida de la lista canónica. Pero los propios editores de Chicago han declarado que tales listas son cambiantes: “En el curso de la historia, de época en época, nuevos libros han sido escritos que han ganado su lugar en la lista. Libros que una vez se creyó merecedores de estar en ella han sido superados, y este proceso de cambio continuará tanto tiempo como los hombres puedan pensar y escribir”. Así ocurrió también con los Classic Books de Harvard de 1908, cuyas selectas obras “incluyen varias novelas norteamericanas que en la actualidad parecen arcaicas y no eternas.” (James Atlas, La Batalla de los Libros).

Además, no es necesariamente cierto que juzgar adecuadamente a las obras de la actualidad sea intrínsecamente más difícil que la valoración de textos más alejados en el tiempo. Hay algo de erróneo en ese postulado muy usado en el quehacer histórico, el de que sólo es posible el juicio correcto después del paso del tiempo. El paso del tiempo se cree, claro, requerido para la amortiguación de las pasiones, que por otra parte son perfectamente pasibles a causa de eventos del pasado. (Considérese, si no, la fuerza emocional con la que se debaten temas como el origen del mundo, o la animadversión casi personal que Karl Popper exhibiera hacia Platón en La sociedad abierta y sus enemigos). El tiempo se consume también en el mismo proceso de búsqueda de información remota. Pero, por un lado, hoy en día nos hallamos en presencia de una superabundancia documental e informativa, situación inversa a la escasez de fuentes documentales sobre los hechos a medida que son más remotos. Por el otro, la información se borra; la entropía informativa, reconocida en la ecuación fundamental de la teoría de la información, existe realmente. La información se pierde, se desorganiza, se extravía, con el correr de los días. Por esto es muy necesario hacer historia instantánea, aunque la pasión sea más fuerte con lo inmediato. En todo caso, lo desapasionado es, tanto como lo apasionado, una distorsión.

………

Si es conveniente, y potencialmente muy útil, el estudio de los clásicos, es necesaria una dosificación diferente que permita el acceso a otros estados mentales, tanto de la contemporaneidad como de otras culturas y modos de pensamiento distintos a los de Occidente. La planetización que experimenta la humanidad, el concepto en formación de un mundo “global”, son fenómenos que exigen conocer modelos intelectuales y procesos culturales hasta ahora ignorados por nosotros.

El siglo XX representó para la humanidad una fase de insólito aumento de la complejidad. Usualmente nos referimos a ella en sus manifestaciones tecnológicas o económicas. Con frecuencia aproximadamente igual tratamos de interpretar los cambios políticos de ese siglo y los destacamos como expresión del profundo grado de transformación de esa época. Menos frecuente es el examen de los cambios al nivel gnoseológico e ideológico que, desde un punto de vista no marxista del cambio social, son en gran medida responsables de este último, el cambio observable en sistemas más tangibles. Las revoluciones en el pensamiento, en la comprensión del universo, de la sociedad, de las relaciones del hombre y de su entorno, ocurridas en el siglo XX y en progreso hoy en día, han sido profundas.

El estado actual de nuestra educación superior exige importantes reestructuraciones y cambios de rumbo. Sin una preparación adecuada de nuestra población, el gasto público, hoy más inmenso que nunca, continuará siendo, en gran medida, ineficaz. John Stuart Mill nos ha legado la siguiente verdad: “El punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo”.

luis enrique ALCALÁ

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LEA #342

LEA

Un cierto interés—no excesivo, debe admitirse—ha despertado entre lectores de esta publicación la idea de propiciar un referéndum consultivo, convocado por iniciativa de electores, para dilucidar políticamente el grado de preferencia nacional por un régimen político-económico de tenor socialista, que el gobierno presidido por Hugo Chávez se empeña en imponer desde su pretendida superioridad en relación con el resto de los venezolanos. Por otra parte, puede anotarse asimismo que no se ha manifestado una contrariedad ante la proposición.

Lo que sí ha sido expuesto, y precisamente por quienes más entusiasmo sienten ante la esperanza de un intento así, es la inquietud de una posible retracción en la disposición a estampar las firmas ciudadanas requeridas para la convocatoria. (En el orden de 1.700.000).

El argumento—o la duda—es si la experiencia de la infame “lista de Tascón” no disminuiría grandemente la propensión a comprometerse con una iniciativa como la propuesta, por temor a sufrir represalias que afectarían, sobre todo, las posibilidades profesionales y económicas de la gente.

Sería, claro, extraordinariamente ingenuo suponer que un gobierno como el existente en Venezuela, luego de una nutrida historia de ventajismo generalizado y de, particularmente, su muy concreta disposición al amedrentamiento y la venganza política, no procuraría intimidar a la población—claramente mayoritaria—que rechaza la implantación a rajatabla de un esquema socialista en Venezuela.

Pero hay dos consideraciones que pueden ser explicadas con facilidad a los miembros del enjambre ciudadano y que, si no invalidan de un todo la angustia, sí pueden moderarla considerablemente. La primera de estas razones es que se está perdiendo el miedo al gobierno, con el paso del tiempo y por causa de su ineficacia. Ya se le habla en otros términos. Obreros empleados en las industrias básicas de la zona de Guayana han exigido al gobierno que “enserie” su manejo de las empresas públicas de allá, con frialdad pragmática que es más ominosa que un lenguaje agresivo. Pero también los protestantes tambores de Curiepe han ido a retumbar ¡a las puertas del mismísimo Palacio de Miraflores!

La segunda razón para no temer es probablemente más persuasiva: quienes firmaron para convocar el referéndum revocatorio de 2004 están marcados ya. Y ¿qué es una raya más para un tigre? Ya están marcados, ya están señalados, y muchos entre ellos han sufrido la represalia y el reconcomio. Que firmasen otra vez no empeoraría para nada su situación.

Un número a considerar: el Consejo Nacional Electoral debió finalmente aceptar la validez de 2.436.830 firmas que activaron el referéndum revocatorio del 15 de agosto de 2004. Fueron 700.000 firmas más que las que ahora se necesita para convocar un referéndum consultivo. Esto es, contamos con 2.500.000 tigres.

LEA

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FS #252 – Complejidad y caos

Fichero

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Esta Ficha Semanal #252 de doctorpolítico es enteramente atípica, y creo muy posible que no interese demasiado a la totalidad de los suscritores. Su envío obedece al resurgimiento de un interés en el tema de los sistemas complejos y los fenómenos caóticos que con frecuencia se suscitan en ellos, especialmente en el seno de una peña a la que el suscrito asiste con alguna regularidad. Hacia 1991, de hecho, pudo exponer sus principios básicos en ella, con ayuda de un estupendo video que transmitiera varias veces el antiguo Canal 5 de la Televisora Nacional en la serie Dimensión, que patrocinaba la extinta Maravén.

En otras partes, quien escribe ha manifestado su convicción de que son justamente las teorías de la complejidad y el caos el futuro epistemológico de las ciencias sociales. En diciembre de 1990, por ejemplo, escribía: “Hay… una profunda relación entre la geometría fractal y los comportamientos caóticos: la geometría fractal es la geometría del caos. El dominio del lenguaje fractal hace entrever la posibilidad de mejores y más profundas intuiciones acerca de los procesos básicos del universo, de la evolución de las especies, de la conducta humana. Se trata de una revolución excitante, que posiblemente sea el componente más profundo y poderoso de una nueva episteme, de una nueva concepción del mundo”.

En la Ficha Semanal #219 (21 de noviembre de 2006), se leía la siguiente afirmación: “…en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, etc. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas”.

Para el año 2005, el abogado Luis Alejandro Aguilar había solicitado al suscrito una guía o tutoría de nuevas lecturas y aprendizajes. Así emprendimos un camino que nos llevó por los terrenos de la lógica, la historia contemporánea, la física moderna, la política, la teoría de la decisión y algo de teorías del caos y la complejidad. Con el tiempo, esta actividad permitió la composición escrita de algunas “lecciones”, y el contenido de la ficha de hoy no es otra cosa que la que escribiera, a manera de introducción, sobre este asunto caótico y complejo.

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Complejidad y caos

En el año de 1972 se publicaba Stabilité structurelle et morphogénèse, la obra cimera del matemático francés René Thom. (1923-2002). Anunciada como una revolución, trataba de ciertas transformaciones repentinas en formas básicas, especialmente las formas biológicas. Comoquiera que estas transformaciones implicaban una ruptura entre formas sucesivas, se las llamó “catástrofes”, y de hecho se dio en decir que Thom había inventado una “teoría de catástrofes”. (El término “catástrofe” tiene un sentido técnico-matemático en el campo de la rama matemática conocida como Topología. En términos muy gruesos y analógicos, la topología es la rama de la geometría que se ocupa de las propiedades morfológicas que permanecen invariables bajo deformaciones continuas. Si se imagina a un cuerpo como una taza construida con una buena plastilina, es posible deformarlo sin rasgarlo para convertirlo en un aro, y la taza y el aro son entonces topológicamente equivalentes: ambos tienen un agujero por el que se pasa de un lado al otro. El aro es en sí mismo un agujero; el asa de la taza es otro. En cambio no sería topológicamente equivalente la montura de unos lentes, puesto que tiene dos agujeros en lugar de uno. Para que un aro se convirtiera en montura de lentes, o viceversa, tendría que darse una catástrofe).

No pasaría mucho tiempo, sin embargo, hasta que las esperanzas puestas en esta teoría—que resolvería el misterio de las formas y sus cambios, de sus metamorfosis—se mudaran al campo de otra teoría nueva, que por casualidad también tenía un nombre ominoso: la teoría del caos.

Pero antes de que la noción de caos dominara la imaginación de los científicos, el esfuerzo de Thom fue saludado como el portador de un nuevo paradigma. El mismo Thom exponía el asunto en la introducción de su libro:

El uso del término ‘cualitativo’ en ciencia y, sobre todo, en física tiene resonancia peyorativa. Fue un físico quien me recordara, no sin vehemencia, la sentencia de Rutherford: ‘Lo cualitativo no es otra cosa que pobre cuantificación’… La historia ofrece otra razón a la actitud del físico hacia lo cualitativo. La controversia entre los seguidores de la física de Descartes y los de la de Newton llegó a su cúspide a fines del siglo XVII. Descartes, con sus vórtices, sus átomos ganchudos y nociones similares, explicaba todo pero no calculaba nada; Newton, con su ley de proporcionalidad inversa, calculaba todo pero no explicaba nada. La historia ha avalado a Newton y relegado las construcciones cartesianas al dominio de la especulación curiosa. Ciertamente, el punto de vista newtoniano se ha justificado plenamente a sí mismo desde el punto de vista de su eficiencia y su capacidad de predecir, y por tanto de actuar sobre los fenómenos. En el mismo espíritu, es interesante releer la introducción a los ‘Principios de Mecánica Cuántica’ de Dirac, en la que el autor desestima como sin importancia la imposibilidad de ofrecer un contexto intuitivo para los conceptos básicos de los métodos cuánticos. Pero estoy seguro de que la mente humana no estaría plenamente satisfecha con un universo en el que todos los fenómenos estuvieran gobernados por un proceso matemático que fuera coherente pero totalmente abstracto. ¿No estaríamos entonces en el País de las Maravillas?

En una situación en la que el hombre se vea privado de toda posibilidad de intelectualización, esto es, de interpretar geométricamente un proceso dado, o bien buscará crear, a pesar de todo, a través de interpretaciones adecuadas, una justificación intuitiva del proceso, o bien se hundirá en resignada incomprensión que el hábito trocará en indiferencia… El dilema que toda explicación científica confronta es éste: magia o geometría. Desde este punto de vista, los hombres que luchan por comprender nunca tendrán hacia las teorías cualitativas y descriptivas de los filósofos, desde los Presocráticos hasta Descartes, el punto de vista intolerante de una ciencia cuantitativa dogmática.

Así que el libro de Thom era también un manifiesto. Era una rebelión ante una ciencia analítica, casada con una matemática de cálculo, que despreciaba todo lo que cálculo no fuera. Pero a pesar de que Thom rozó nociones que luego serían de gran importancia para el tratamiento matemático de sistemas que exhiben comportamiento caótico (la de “atractrices”, por ejemplo) su “teoría de modelos”— el subtítulo del libro de Thom es, precisamente, “Esquema de una Teoría General de Modelos”—no era la matemática que se necesitaba. Sólo hubiera tenido que buscar en su propio país, pues los franceses Henri Poincaré (1854-1912), Gaston Julia (1893-1978) y Pierre Fatou (1878-1929) fueron los verdaderos precursores de lo que hoy llamamos teoría del caos y de la noción matemática de fractales.

La preocupación de Thom es la forma, y la conversión de una forma en otra a través de bruscas transiciones a las que denominó catástrofes. Es esto lo que modela su topología. Reconoce, ciertamente, algunos precursores, entre los que destaca D’Arcy Thompson (1860-1948), el autor de On Growth and Form (1917), una obra descriptiva que ponía de manifiesto la comunidad de formas entre entidades de distintísimo substrato. (Por ejemplo, un corte transversal de la cabeza de un fémur revela laminillas óseas o trabéculas dispuestas en arcos ojivales de gran semejanza con un arco de arquitectura gótica; o la anatomía de una medusa corresponde a la forma que genera una gota que cae en el seno de un líquido viscoso. Thompson, sin embargo, se limitó a registrar estas analogías taxonómicamente, sin proporcionar una teoría que explicase las similitudes. Tal vez por esto él mismo escribió: “Este libro mío tiene poca necesidad de prefacio, puesto que en verdad no es más que un prefacio de principio a fin”). En cambio, no hace mención de Laws of Form (1969) del inglés G. Spencer Brown (1923-), obra que trata el problema como parte de la lógica. Su autor describía así su contenido: “El tema de este libro es que un universo salta a la existencia cuando un espacio es amputado o descompuesto”. (El libro de Thom aparece (1972) tres años después del de G. Spencer Brown, pero Jorge Luis Borges ha opinado que “Uno crea sus propios precursores”).

………

Dos figuras relativamente recientes son, en cualquier caso, los reales “descubridores” o pioneros del campo dual de caos y fractales: Edward Lorenz, del lado fenomenológico, y Benoit Mandelbrot del lado simbólico o matemático.

Por lo que respecta a Lorenz (1917-), matemático norteamericano dedicado a la meteorología, su tropiezo “serendípico” con el caos es ya bastante conocido. En 1959 manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo. El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.

Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.

Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.

Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales. Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal, así como el conjunto no puede ser pretexto para dañar a la parte.

La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California. Una conferencia de Lorenz en 1972 llevó por título Does the flap of a butterfly’s wings in Brazil set off a tornado in Texas? En un cuento de Ray Bradbury (A Sound of Thunder), recogido en The Science Fiction’s Hall of Fame, unos excursionistas que viajan con una máquina del tiempo a un “parque jurásico” se salen del área permitida y pisan inadvertidamente algo de hierba y una mariposa en el pasado remoto. Al regresar al presente comprueban que las cosas son distintas a las que dejaron, y la sociedad democrática en la que vivían acaba de elegir a un candidato que suena muy parecido a Hitler. El artículo técnico de Lorenz sobre la sensibilidad a las condiciones iniciales de un sistema dinámico se publicó en 1963, con el título Deterministic nonperiodic flow.

¿Por qué era esto el preludio de una revolución? Una de las consecuencias de la sensibilidad a las condiciones iniciales que exhibe la dinámica de los sistemas complejos—compuestos por gran número de elementos—es que son fundamentalmente impredecibles. Pero esta impredecibilidad no se deriva, en este caso, de una esencia azarosa, como sí es el caso de los sistemas probabilísticos de la física cuántica. Acá un sistema regido por leyes estrictamente deterministas y que pudiera, habitualmente, “portarse bien”, puede atravesar fases caóticas que son absolutamente impredecibles, porque no se puede conocer con precisión arbitraria su condición inicial.

Era con esto, justamente, con lo que se había topado Poincaré. Al formular su teoría de la gravitación universal, Isaac Newton, reconociendo naturalmente que sobre la trayectoria de la Tierra no solamente influye la masa del Sol, sino las de los restantes planetas del sistema solar—y en estricto sentido la de cualquier otro objeto en el espacio—optó por calcular las atracciones mutuas para una abstracción de sólo dos cuerpos interactuantes, puesto que la introducción de uno solo adicional excedía la capacidad de cálculo de las matemáticas de su época. (The two-body problem). Poincaré trabajó, para un premio que Oscar II de Suecia estableciera, sobre el n-body problem, en su caso referido a la interacción de sólo tres cuerpos. Aun en un sistema en apariencia tan sencillo como el de tres astros, Poincaré encontró incertidumbres irresolubles. Es decir, se encontró con el caos determinista. Un sistema con reglas o leyes físicas perfectamente determinadas puede conducir a la impredecibilidad, a una situación en la que la dinámica ni es lineal, ni es periódica, ni es probabilística, y sin embargo es impredecible.

Pero el trabajo de Lorenz condujo a un hallazgo tal vez más sorprendente todavía. Al analizar el curso de sus ecuaciones para los distintos valores con los que las alimentara, encontró que no cualquier resultado era posible, sino sólo unos específicos que, trazados en un sistema de coordenadas, describían una curva con un alto grado de orden, con un dibujo muy preciso. Debajo del trazado caótico subyacía un orden estricto.

Antes de Lorenz ya se tenía la noción de atractriz: un punto, una curva o una región del espacio hacia el que tiende un sistema determinado. (Una hoya de atracción—en sentido hidrográfico, como la hoya de los afluentes de un río principal—es una forma de atractriz). Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices (una de las atractrices). Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final, aun cuando la trayectoria del péndulo, transportada a un sistema de coordenadas, describe una curva particular y definida. Para el tipo de atractriz con el que Lorenz se encontró, el meteorólogo matemático acuñó el concepto de atractriz extraña. (En inglés, strange attractor).

Después de estas cosas climáticas sobrevendría una nueva sorpresa: muchos otros sistemas, de naturaleza o substrato enteramente diferente al del clima terrestre, exhibían igualmente comportamiento caótico, determinado pero impredecible. Por ejemplo, la evolución de poblaciones dentro de un sistema ecológico, o el flujo turbulento, o el ritmo cardiaco—que de su periodicidad regular, registrada en los electrocardiogramas que nos son ya familiares, puede degenerar en la señal caótica de la fibrilación—o el movimiento de precios de una bolsa de valores, o el pink noise que los ingenieros de sonido emplean para calibrar equipos, o ciertas reacciones químicas “disipativas” (de energía), o la distribución espacio-temporal de los sismos, o la de las revoluciones sociales y las guerras, son todos sistemas que exhiben fases caóticas, impredecibles. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.

Por si esto no fuera suficiente, poco después se encontró que el comportamiento de estos sistemas, todos de naturaleza distinta, sigue un mismo patrón matemático. Por ejemplo, prontamente se notó que, si bien las variaciones en estos sistemas parecen totalmente erráticas, había secuencias de variación que se repetían, que eran muy parecidas a otras anteriores o posteriores al paso del tiempo. Había en estos fenómenos una autosimilaridad: se parecen a sí mismos en momentos distintos del tiempo.

Lorenz, por supuesto, era matemático, y fue capaz de reconocer que su atractriz no era común, de allí el apelativo de extraña, que le endilgó. Pero tendría que venir otro matemático para hacer la formulación definitiva sobre la matemática que era capaz de describir adecuadamente fenómenos tan disímiles y tan parecidos a la vez.

Benoit Mandelbrot (1924-), matemático de origen polaco y nacionalidad francesa—aunque vive desde hace mucho en los Estados Unidos—publicó en 1982 la summa de una nueva y revolucionaria geometría: la geometría fractal.

Mandelbrot había venido estudiando dos conjuntos aparentemente disímiles de fenómenos. Por una parte, el comportamiento histórico de los precios del algodón, en los que esperaba desentrañar algún concierto; es decir, un proceso temporal. Por la otra, la irregularidad de las costas; esto es, un problema espacial o geométrico. Acometió ambos problemas mientras era investigador del Thomas J. Watson Research Center de la compañía IBM. (Mandelbrot ingresó a IBM en 1958, y trabajó por 32 años en el Watson Center. Hoy en día es Fellow Emeritus de ese instituto).

En el primer caso encontró la propiedad de autosimilaridad ya mencionada. Específicamente, encontró que los precios del algodón no seguían una distribución gaussiana o “normal”, sino una “distribución estable de Levy”. Una distribución “estable” se caracteriza porque la suma de muchas instancias de una variable aleatoria exhibe exactamente la misma distribución pero a otra escala, o sea, exhibe “invariancia a la escala”; en otros términos, exhibe autosimilaridad espacial, se parece a sí misma a distintas escalas. (Una lata de Toddy, la popular bebida achocolatada, muestra la figura de un bebé que sostiene en sus manos una lata de Toddy, la que naturalmente tendrá también otro bebé más pequeño que sostiene otra lata, undsoweiter).

Pero es que exactamente lo mismo halló al acometer el estudio de la irregularidad de una costa—How Long Is the Coast of Britain? Statistical Self-Similarity and Fractional Dimension, 1967—tomando base en trabajos de Lewis Fry Richardson, quien ya había señalado que la longitud de una costa dependía del tamaño de la unidad de medida.

Al discutir lo postulado por Fry Richardson, Mandelbrot asoció la observación con un concepto de “dimensión fraccionaria”, o dimensión de Haussdorf. Ciertas figuras son caracterizadas por tener una “dimensión” intermedia entre las que conocemos habitualmente, y que son estipuladas con números naturales: un punto tiene dimensión 0, una línea dimensión 1, un plano dimensión 2, un cubo dimensión 3, etcétera. Ciertas estructuras, calculada su dimensión con ciertos métodos, tienen una dimensión que es, digamos, más de uno pero menos de dos. Por caso, la dimensión “fractal” de las costas de África del Sur es de 1,02, mientras que la de la costa occidental de Inglaterra es medida en 1,25. Del mismo modo, el árbol arterial humano tiene una dimensión fractal de aproximadamente 2,7, a pesar de ocupar él mismo un espacio tridimensional.

Es justamente esta dimensión fractal, o fractalidad, lo que define la irregularidad característica de ciertas formas. La de las costas es una, la de las cadenas montañosas otra, la de las hoyas hidrográficas otra distinta. Y es esta dimensión fractal, por último, la que determina la autosimilaridad. Vista a distintas escalas, la línea de una costa se parece a sí misma.

Seis años después del artículo sobre la dimensión de la costa de Inglaterra, proponía Mandelbrot el término fractal—derivado del latín fractus (fracturado) que nos da fracción—en Les objets fractals, forme, hasard et dimension. Y en 1982 la obra más general y completa The Fractal Geometry of Nature.

Fue su estudio de estructuras matemáticas entrevistas a comienzos del siglo XX por Gaston Julia y Pierre Fatou, lo que llevó a Mandelbrot a describir la estructura matemática que le dio más fama: el conjunto o curva de Mandelbrot. Los precursores franceses habían descubierto las bases fundamentales de esa estructura, pero carecían de una herramienta lo suficientemente poderosa como para visualizarla: el computador. Esta curva, como muchas otras estructuras fractales, es producida por recursión, esto es, por iteración o repetición de un mismo cálculo, el que se realimenta con cada nuevo resultado. La fórmula esencial ya había sido propuesta por Fatou:

X = X2 + c

Un número X es elevado al cuadrado y se le suma un cierto parámetro fijo c. Este resultado es a su vez elevado al cuadrado y sumado a la constante c, y así sucesivamente. Cada resultado es marcado en un sistema de coordenadas y esto define una curva muy extraña en el plano.

La gran síntesis no tardaría en darse: las matemáticas fractales, que definen una autosimilaridad espacial, son las adecuadas para modelar e interpretar la autosimilaridad temporal de los sistemas caóticos. La geometría fractal es el lenguaje del caos.

luis enrique ALCALÁ

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CS #341 – Parada de trote

Cartas

Todas las encuestas que ha podido conocer quien escribe han dado recientes datos bastante similares. Por ser representativo del conjunto, limitemos los números a un solo estudio: el informe final del Monitor Socio-Político de Hinterlaces del 1º de junio de este año. Este estudio “cuantitativo y cualitativo” registra lo mismo que otros investigadores reportan: que una mayoría de los consultados rechaza las políticas más recientes del Ejecutivo Nacional y sus demás poderes sumisos.

En particular, por ejemplo, Hinterlaces (Oscar Schemel) mide 68% de desacuerdo con la nacionalización de empresas y haciendas ordenada desde la Presidencia de la República. (Quienes están de acuerdo con esa medida alcanzan sólo al 28%. Cuatro por ciento no quiso o no supo responder). Por ejemplo, según el estudio referido, 63% estima que esa medida pudiera afectar a la propiedad privada de todos los venezolanos. (Treinta y tres por ciento no cree tal cosa). Por ejemplo, 68% está de acuerdo con la propiedad privada que apoyan los empresarios y no con la propiedad colectiva propuesta por el presidente Chávez. (Veintisiete por ciento dice preferir la propiedad colectiva sobre la privada).

Y 57% no aprueba el establecimiento del “socialismo del siglo XXI” en el país, frente a 35% que lo aprueba. Y si ese socialismo fuera como el cubano, la desaprobación asciende a 87% y la aprobación desciende a 9%. Y 83% expresa desacuerdo con la idea de que es malo ser rico. (Once por ciento expresa acuerdo). Y 86% no piensa que ser pobre es bueno. (Diez por ciento sí lo cree). Y 80%—contra 16%—no concurre con la idea de que todos debemos ser iguales para que no haya ricos ni pobres, como sostiene que ocurriría el Presidente de la República.

En suma, la mayoría de los venezolanos rechaza la pretensión de implantar en el país un sistema político-económico socialista, a pesar de lo cual Rafael Ramírez, bajo su casco de Presidente de PDVSA, proclama: “PDVSA está con Chávez. PDVSA está con la revolución… Quien no esté en un comité socialista es sospechoso de conspirar contra la revolución”.

¿Qué hace uno con una mayoría tan fuerte? Pues procura que se exprese políticamente de modo válido. Pide que el asunto sea votado, pues está seguro de ganar una consulta que lo considere. Es ésa una regla política elemental. Quien tiene la mayoría quiere que se la mida y certifique, porque quien tiene la mayoría puede mandar.

La mayoría abundante que no quiere un régimen socialista para Venezuela debiera apoyar la convocatoria, por iniciativa popular, de un referéndum consultivo sobre dicha posibilidad, de una consulta que le pare el trote a Ramírez y a su jefe.

………

Dice el primer párrafo del Artículo 71 de la Constitución Nacional: “Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo por iniciativa del Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros; por acuerdo de la Asamblea Nacional, aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes; o a solicitud de un número no menor del diez por ciento de los electores y electoras inscritos en el registro civil y electoral”. Se trata de la elevación (con las variantes del caso) de la norma creada en la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, en la reforma de diciembre de 1997, a rango constitucional. (Artículo 181: El Presidente de la República en Consejo de Ministros, el Congreso de la República por acuerdo adoptado en sesión conjunta de las Cámaras, convocada con cuarenta y ocho horas de anticipación a la fecha de su realización, por el voto favorable de las dos terceras partes de los miembros presentes; o un número no menor del diez por ciento de aquellos electores inscritos en el Registro Electoral, tendrán la iniciativa para convocar la celebración de un referendo, con el objetivo de consultar a los electores sobre decisiones de especial transcendencia nacional).

El actual gobierno, que tanto autobombo resuena para presentarse como defensor de una democracia “participativa”, quiso en realidad hacer más difícil la participación popular en las decisiones “de especial trascendencia nacional” a través de un referéndum. En el proyecto de reforma constitucional derrotado el 2 de diciembre de 2007, se dejaba idénticas las exigencias señaladas al Poder Ejecutivo y al Poder Legislativo para la convocatoria de un referéndum de esa clase, pero se pretendía duplicar el esfuerzo de los ciudadanos para lograr lo mismo, al proponer la elevación a veinte por ciento de los electores registrados para asegurar la iniciativa eficaz. Como el proyecto no resultó aprobado, bastarán ahora 1.700.000 firmas ciudadanas válidas para causar un referéndum sobre la siguiente pregunta: ¿Está usted de acuerdo con la implantación en Venezuela de un sistema político-económico socialista?

Eso es una materia de evidentísima trascendencia nacional, y se hace necesario dilucidarla porque el gobierno venezolano está empeñado en establecer un sistema socialista que no cuenta con el apoyo mayoritario de los ciudadanos. Es preciso pararle el trote.

………

Pudiera argüirse que los venezolanos ya nos pronunciamos al efecto el 2 de diciembre de 2007. Pero esto último no es verdad. Ese día rechazamos dos proyectos de reforma constitucional propuestos por Hugo Chávez y Cilia Flores, pero en ninguno se consultaba tan portentosa materia de manera franca y clara.

Hubo, sí, en esos proyectos intentos de contrabandear una decisión de imponer sobre la Nación un régimen socialista. Por ejemplo, en la modificación pretendida del Artículo 16 de la Constitución, relativo al territorio nacional, se decía: “Las comunas serán las células sociales del territorio y estarán conformadas por las comunidades, cada una de las cuales constituirá el núcleo territorial básico e indivisible del Estado Socialista Venezolano”. Se quería también cambiar el Artículo 70 y decir: “Son medios de participación y protagonismo del pueblo, en ejercicio directo de su soberanía y para la construcción del socialismo…” Al pretender la modificación del Artículo 103, en lo tocante a una “educación integral”, se quiso normar: “…el Estado realizará una inversión prioritaria de acuerdo a (sic) los principios humanísticos del socialismo bolivariano…” Etcétera.

Pero, por una parte, el gobierno no parece dispuesto a darse por aludido con la inequívoca manifestación del Pueblo, a pesar de que el propio Presidente de la República comentara luego del 2 de diciembre de 2007: “Quizás no estamos maduros para empezar un proyecto socialista, sin temores. No estamos listos todavía para emprender un Gobierno abiertamente socialista”. (Rafael Ramírez piensa, evidentemente, otra cosa). Por la otra, conviene estar seguros en asunto tan grave. Los proyectos de reforma constitucional derrotados el 2 de diciembre de 2007 comprendían la modificación de sesenta y nueve artículos de la Carta Magna, y puede sostenerse que a nadie le es posible especificar con seguridad a qué fue exactamente lo que una mayoría de electores negó su aquiescencia.

Más aún: a pesar de que aquel día se echó para atrás todos y cada uno de los artículos reformados en ambos proyectos, incluyendo la eliminación de límites (un solo período) para la reelección del Presidente de la República, el pasado 15 de febrero se aprobó la reelección indefinida del mismo cargo y otros de origen electivo. Es decir, que la inconsistente (frecuentemente inconstitucional) jurisprudencia del Tribunal Supremo de Justicia es que un proyecto complejo de reforma constitucional que sea repudiado por la mayoría puede ser aprobado después a pedacitos.

Así, pues, conviene sostener un referéndum consultivo acerca de esta materia por dos razones: para que la cosa quede meridianamente clara; para parar el trote a Rafael Ramírez y su jefe.

………

Lo que antecede es invitación que esta publicación extiende a los ciudadanos venezolanos, a los electores, a los integrantes del Poder Constituyente Originario, a la Corona Soberana de Venezuela, a su Pueblo. De encontrar resonancia tal exhortación, y de considerarse que el suscrito puede ser de alguna utilidad en la formación de la convocatoria del referéndum descrito, él declara estar a la orden de quienes se sumen a la iniciativa.

Y añade esta opinión: con un pronunciamiento de la Corona como el mencionado se logra un doble propósito adicional; se acaba con el monopolio gubernamental de la iniciativa política, se macera con tiempo el desempeño electoral en los próximos comicios para elegir una nueva Asamblea Nacional. (Se calienta músculo político). Por supuesto, se le para el trote al gobierno.

El jefe de ese gobierno opinó que, el 2 de diciembre de 2007, quienes desaprobaron su proyecto y el de Cilia Flores alcanzaron una victoria pírrica. (“De mierda”). En verdad, el proyecto del Ejecutivo Nacional fue derrotado por una ventaja de 1,31%; el proyecto de la Asamblea Nacional por 2,02%. Expresemos ahora, para que no haya dudas ni posibilidad despectiva, una victoria de oro. Por ejemplo, la ventaja de 22 puntos medida por Hinterlaces para la negativa a su pregunta: ¿Ud. está de acuerdo o en desacuerdo con la idea del Presidente Chávez de establecer el socialismo del siglo XXI en Venezuela? (35 a 57).

Vamos a pararle el trote a Hugo Chávez.

luis enrique ALCALÁ

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