Glosa a un comentario aureliano

Cosecha del 99

Aurelio Useche Kislinger tuvo la amabilidad de comentar Hallado lobo estepario en el trópico. He aquí su comentario:

…quizás una de las personas con mayor grado de responsabilidad en el deterioro institucional del país es Miquilena, quien promovió la reforma constitucional del 99, dando pie a un derrumbe del sistema político de la Constitución del 61. El objetivo de la reforma al derrocar al Congreso elegido—el cual, a través de sus dirigentes de entonces (incluido quien es hoy flamante precandidato presidencial) desempeñó un triste papel entreguista—era darle un soporte político-institucional a Chávez. Lo que no se pudo hacer por las armas, se hizo a través de la muy cuestionada Asamblea Constituyente de entonces. No hay que olvidar que apenas un 15% del electorado votó a favor de “la mejor constitución del mundo”.

De modo que ahora Miquilena, arrepentido, es un factor de peso en la oposición a Chávez, y uno de sus más fieles seguidores (Gaviria) es igualmente activo en la MDU.

Desde luego que el concepto del perdón es un valor muy importante para los católicos, y no podemos más que admitir que, gracias a la contrición de ellos y muchos otros que fueron fieros seguidores de Hugo Chávez, estén hoy en día participando en la MUD.

Pero, insisto, no era necesaria la entrega del 99. Y, lamentablemente, todo esto ha degenerado en un inmenso estado de deterioro, jamás imaginado por los analistas de entonces. Muy pocos políticos de envergadura se enfrentaron a la reforma de la Constitución.

Pudiéramos decir que todo este proceso se inició con aquel fatídico discurso del 4 de febrero de 1992…

Aurelio alude acá al comportamiento de la dirigencia opositora de hoy en 1999, cuando la Asamblea Constituyente excedió sus atribuciones y decapitó al Congreso electo en 1998 al cercenar el Senado de la República. Henrique Capriles Radonski presidía entonces la Cámara de Diputados. Había llegado a esa posición propuesto por otro Henrique, «el Gallo»—autobautizado—Salas Römer, quien presentó la candidatura del joven político como modo de sentar allí a alguien que no tuviera enemigos—a sus 26 años de edad, era prácticamente imposible que los tuviera—, como salida a la tensa competencia por la Presidencia de los diputados al cabo de la debacle electoral. Es Capriles Radonski el precandidato aludido por el comentarista. (A propósito, un buen amigo llamó a mi casa en 1975 para ofrecerme un hijo que acababa de nacerle; me dijo que lo llamaría Henrique, con hache, puesto que así escribirían su nombre quienes tienen plata: Henrique Pérez Dupuy, Henrique Machado Zuloaga… Mi segundo nombre se escribe sin hache).

Conviene refrescar la historia inmediatamente anterior a esa decapitación.

………

El 25 de abril de 1999 se sometió a los venezolanos dos preguntas en referendo, la segunda de ellas relativa a las normas para la elección de una asamblea constituyente, figura no prevista en el texto fundamental de 1961. Previamente—19 de enero—, la Corte Suprema de Justicia había resuelto un recurso de interpretación del novísimo Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, que había sido reformada con la introducción de un título enteramente nuevo, el sexto, sobre los referendos. Hasta ese momento, el único referendo contemplado en la legislación venezolana era el aprobatorio que se requería en caso de «reforma general» de la Constitución. Con plena razón, la Corte determinó que sí podía aplicarse el Artículo 181—permitía consultar a la población sobre «materias de especial trascendencia nacional»—para plantear un referendo consultivo sobre la posibilidad de convocar una asamblea constituyente aunque ella no estuviera prevista por la constitución entonces vigente, puesto que el Poder Constituyente Originario, aquél que da origen a la Constitución, no está limitado por ella al ser un poder supraconstitucional.

La primera de las preguntas del 25 de abril, en cambio, era la fundamental y definitoria: «¿Convoca usted una Asamblea Nacional Constituyente con el propósito de transformar el Estado y crear un Nuevo Ordenamiento Jurídico que permita el funcionamiento efectivo de una Democracia Social y Participativa?» Esta pregunta recibió la aprobación de 87,75% de los votos escrutados ese día, aunque, similarmente a lo que apunta el comentario de Useche, se abstuvo el 62,35% de los electores inscritos para ese momento. La convocatoria misma de las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, en consecuencia, fue mandada por el 33% de los electores lo que, por supuesto, no las hizo menos legítimas.

El mandado está hecho, Presidente

El mandado está hecho, Presidente

El 15 de diciembre de 1999, en medio de inclementes deslaves e inundaciones, 23,1% de los electores venezolanos (no 15%, como pone Useche)—descontados los votos nulos y una abstención de 67,8%—aprobaba la Constitución que rige a la República «Bolivariana» de Venezuela. En el camino a ese desenlace, el 25 de julio se elegía a la ANC—cuatro de los diputados electos no pertenecían a los promovidos por el gobierno—y ella daba un golpe de Estado con la amputación del Senado que había sido elegido y creado por el pueblo menos de un año antes. Un extraño acatamiento de tal desafuero, derivado de una aparente vergüenza, de una tácita admisión de culpa republicana, provino del silencio opositor. Particularmente, el Presidente de la Cámara de Diputados, Henrique (con hache) Capriles Radonski continuó despachando, cobrando su sueldo y trasladándose en carro con chófer sin declararse en rebeldía ante el desaguisado. A fin de cuentas, el deslave del Miquilenazo sólo había afectado la cámara vecina, no la suya.

Ahora quiere intercalar el azul

Por contraste, desde las posibilidades de un Enrique sin hache escribí Contratesis (10 de septiembre de 1998) , un artículo para el diario La Verdad de Maracaibo que se anticipaba a lo que vendría y luego reproduje (20 de septiembre) en el último número de mi antigua publicación (referéndum). Allí ponía:

La constituyente tiene poderes absolutos, tesis de Chávez Frías y sus teóricos. Falso. Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros apoderados constituyentes. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros la aprobemos en referéndum.

La dirigencia de oposición hizo caso omiso de esta argumentación en 1999.

………

Dos cosas más deben ser glosadas en el certero comentario de Aurelio Useche. Él habla, primero, de una «reforma constitucional» en 1999. No hubo tal; aunque previsiones de la Constitución de 1961 fueran preservadas en la Carta Magna de 1999, ésta no fue una reforma de la anterior, sino una enteramente nueva. Fue, precisamente, porque lo que se quería era un concepto constitucional fresco y no una mera reforma del anterior, que el procedimiento constituyente se hizo necesario. Ángel Fajardo explicó el punto en su Compendio de Derecho Constitucional (1987):

El órgano cuya función consiste en reformar la Constitución, es el denominado poder constituyente constituido, derivado, etc., y cuya facultad le viene de la misma Constitución al ser incluido este poder en la ley fundamental por el poder constituyente; de modo, que la facultad de reformar la Constitución contiene, pues, tan sólo la facultad de practicar en las prescripciones legal-constitucionales, reformas, adiciones, refundiciones, supresiones…; pero manteniendo la Constitución; no la facultad de dar una nueva Constitución, ni tampoco la de reformar, ensanchar o sustituir por otro el propio fundamento de esta competencia de revisión constitucional, pues esto sería función propia de un poder constituyente y el legislador ordinario no lo es, él sólo tiene una función extraordinaria para reformar lo que está hecho, no para cambiar sus principios y aún menos para seguir un procedimiento distinto al establecido por el poder constituyente.

Al comentar ese pasaje de Fajardo en referéndum (Comentario constitucional, 12 de octubre de 1995), aduje: «Esto significa (…) que de aceptarse la tesis de que se requiere una nueva constitución, el Congreso de la República no es el órgano llamado a producirla, puesto que excedería sus facultades. En este caso la única forma admisible de proveernos de una constitución nueva sería la de convocar una Asamblea Constituyente». El Congreso de la República habría excedido sus funciones si hubiera intentado producir un texto constitucional fundamentalmente distinto de aquél que le daba el ser. Sólo un proceso constituyente expreso podía hacer esta tarea y eso, exactamente, fue lo que se hizo en 1999.

Por último, Useche alude a un «fatídico discurso del 4 de febrero de 1992». Ese día hubo dos discursos que pudieran ser tenidos por fatídicos; el primero, brevísimo, fue el de un oficial alzado y rendido que incluyó estas palabras: «Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital». El análisis superficial ha exagerado la presunta fatalidad de esa provisionalidad. No es porque dijo «por ahora» que Chávez manda en Venezuela. Entre ese día y su elección en diciembre de 1998 mediaron decenas o centenas de acontecimientos políticos que produjeron, en secuencia trágica, su asunción al poder. Por supuesto, su alocución fue uno de ellos, muy significativa cuando dijo: «…yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano». Pero explicar su triunfo electoral a partir de ese solo dato no es sino superficialidad y simplismo.

………

…por ahora…

El segundo discurso al que se ha atribuido desproporcionadas virtudes es el que pronunciara Rafael Caldera en una sesión conjunta de las cámaras legislativas hacia el final de la tarde del mismo 4 de febrero. Se ha convertido en lugar común señalar que aprobaba el intento de golpe de Estado, que fue oportunista, que por haberlo dicho ganó su segunda presidencia en 1993. Estas cosas son puras necedades, de nuevo superficiales y simplistas. Por un lado, el discurso en sí fue una gran pieza republicana en dificilísima hora. En Memoria a disgusto (8 de febrero de 2007), escribí:

En efecto, Rafael Caldera pronunció uno de los mejores discursos de su vida en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992, premunido de su condición de Senador Vitalicio. De nuevo la simpleza atribuye a este discurso su triunfo electoral de 1993, que se debió mucho más a otros factores de muy diversa índole. (Como que venía—era prácticamente el único dirigente nacional de importancia que lo hiciera—de varios años de coherente oposición a la receta “ortodoxa” del Consenso de Washington, administrada sin miramientos por Carlos Andrés Pérez). De nuevo el simplismo político tiene por dogma que Caldera se colocó con sus palabras en connivencia con los conjurados. Esto es una tontería. La condena de Caldera al golpe no deja lugar a equívocos: “…la normalidad y el orden público están corriendo peligro después de haber terminado el deplorable y doloroso incidente de la sublevación militar…” “Yo pedí la palabra para hablar hoy aquí antes de que se conociera el Decreto de Suspensión de Garantías, cuando esta Sesión Extraordinaria se convocó para conocer los graves hechos ocurridos en el día de hoy en Venezuela, y realmente considero que esa gravedad nos obliga a todos, no sólo a una profunda reflexión sino a una inmediata y urgente rectificación”.  “Debemos reconocerlo, nos duele profundamente pero es la verdad: no hemos sentido en la clase popular, en el conjunto de venezolanos no políticos y hasta en los militantes de partidos políticos ese fervor, esa reacción entusiasta, inmediata, decidida, abnegada, dispuesta a todo frente a la amenaza contra el orden constitucional”.

Caldera estaba diciendo, valientemente, la verdad. Más valientemente continuó: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad… El golpe militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos que por su cuenta se lanzaron precipitadamente y sin darse cuenta de aquello en que se estaban metiendo”. Tenía razón.

El 8 de febrero de 1992 el diario El Nacional publicó un artículo firmado por Manuel Alfredo Rodríguez, llamado sencillamente “Caldera”. En éste expuso: “El discurso pronunciado por el Maestro Rafael Caldera el 4 de febrero, es un elevado testimonio de patriotismo y un diáfano manifiesto de venezolanidad y humanidad. Pocas veces en la historia de Venezuela un orador pudo decir, con tan pocas palabras, tantas cosas fundamentales y expresar, a través de su angustia, la congoja y las ansias de la patria ensangrentada”. Y para que no cupieran sospechas aclaró: “Nunca había alabado públicamente a Rafael Caldera, aunque siempre he tenido a honra el haber sido su discípulo en nuestra materna Universidad Central. Nunca he sido lisonjero o adulador, y hasta hoy sólo había loado a políticos muertos que no producen ganancias burocráticas ni de ninguna otra naturaleza. Pero me sentiría miserablemente mezquino si ahora no escribiera lo que escribo, y si no le diera gracias al Maestro por haber reforzado mi fe en la inmanencia de Venezuela”. Nada menos que eso después de declarar: “La piedra de toque de los hombres superiores es su capacidad para distinguir lo fundamental de lo accesorio y para sobreponerse a los dictados de lo menudo y contingente. Quien alcanza este estado de ánimo puede meter en su garganta la voz del común, y mirar más allá del horizonte”.

Por otro lado, Caldera no ganó en 1993 a causa de ese discurso. En Tiempo de desagravio (artículo para El Diario de Caracas del 18 de diciembre de 1998) salí al paso de este nuevo simplismo:

Se ha repetido hasta el punto de convertirlo en artículo de fe que Rafael Caldera fue elegido Presidente de la República por el discurso que hizo en el Congreso en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992. Esto es una tontería. Caldera hubiera ganado las elecciones de 1993 de todas formas. Sin dejar de reconocer que ese discurso tuvo, en su momento, un considerable impacto, Caldera hubiera ganado las elecciones porque representaba un ensayo distanciado de los partidos tradicionales cuando el rechazo a éstos era ya prácticamente universal en Venezuela y porque venía de manifestar tenazmente una postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha.

De mediados de 1991 data una encuesta que distribuía la intención de voto entre los precandidatos de aquellos días de modo casi totalmente homogéneo. Rafael Caldera, Luis Piñerúa, Eduardo Fernández, Andrés Velázquez, absorbían cada uno alrededor del 20% de la intención de voto (con pequeña ventaja para Caldera) y un restante 20% no estaba definido o no contestaba. Se trataba de una distribución uniforme, indiferente, que a la postre iba a desaguar por el cauce calderista por las razones anotadas más arriba. Las elecciones de 1993 contuvieron dos ofertas sesgadas a la derecha en lo económico, la de Álvarez Paz y la de Fermín, y dos sesgadas a la izquierda, la de Velázquez y la de Caldera. Con este último ganó, si se quiere, una izquierda sosegada, puesto que los candidatos furibundos eran claramente Álvarez Paz y Velázquez, que llegaron detrás de los más serenos Caldera y Fermín.

No, aquel discurso no fue el pecado de Caldera. Otras cosas sí lo serían.

El sobreseimiento de la causa contra los alzados presos en Yare, decretado por Caldera, ciertamente, en medio de extenso consenso—Claudio Fermín, Oswaldo Álvarez Paz, Fernando Ochoa Antich, Luis Herrera Campíns, Patricia Poleo, Juan Martín Echeverría, Freddy Muñoz, el cardenal José Alí Lebrún, Jorge Olavarría y Américo Martín, entre otros, se pronunciaron a favor de la medida—, sí constituyó, a mi juicio, un error mayúsculo. Pero no porque gracias a eso Chávez ganara las elecciones en 1998. En el mismo artículo anterior opiné:

Se ha dicho que la ‘culpa’ de que Chávez Frías haya ganado las elecciones es de Rafael Caldera, porque el sobreseimiento de la causa por rebelión impidió la inhabilitación política del primero. Esto es otra simplista tontería. Al año siguiente de la liberación de Chávez Frías se inscribe una plancha del MBR en las elecciones estudiantiles de la Universidad Central de Venezuela, tradicional bastión izquierdista. La susodicha plancha llegó de última. Y la candidatura de Chávez Frías, hace exactamente un año, no llegaba siquiera a un 10%. La “culpa” de que Chávez Frías sea ahora el Presidente Electo debe achacarse a los actores políticos no gubernamentales que no fueron capaces de oponerle un candidato substancioso. Salas Römer perdió porque no era el hombre que podía con Chávez, y ninguna elaboración o explicación podrá ocultar ese hecho.

La luna de Yare (clic para ampliar)

Caldera había explicado, por supuesto, en entrevista que el 2 de junio de 1994 le hiciese César Miguel Rondón:

…la libertad de Chávez fue una consecuencia de la decisión que se había tomado con todos los participantes de los alzamientos del 4 de febrero y del 27 de noviembre… esos sobreseimientos comenzaron a dictarse en tiempos del propio presidente Pérez, que fue el Presidente que estaba en Miraflores cuando ocurrió la sublevación; continuaron durante el gobierno del presidente Velásquez y cuando yo asumí habían puesto en libertad a casi todos, por no decir a todos, los participantes de la acción… Sería contrario a todas las normas jurídicas que se hubiera sobreseído el juicio que se les seguía a los demás oficiales y se hubiera mantenido a Chávez en la cárcel por el temor de que pudiera llegar a ser Presidente. Temor que nadie compartía en ese momento…

Pero la nocividad del sobreseimiento residía en otro de sus aspectos. El 4 de junio de 1994, dos días después de la entrevista mencionada, escribí en referéndum: «No es un costo bajo el de poner en la calle, en libertad, a los responsables de las asonadas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992… Es por esto que lo correcto desde el punto de vista legal hubiera sido que los golpistas de 1992 hubieran purgado la condena exacta que las leyes prevén en materia de rebelión. Puede que sea políticamente útil tener en la calle al ex comandante Chávez exhibiendo la escasez de su discurso. Puede pensarse que Caldera, después de su discurso del 4 de febrero de 1992, pudiera estar de algún modo obligado a perdonar a los infractores. Puede hasta admitirse que las sacudidas de 1992 conmovieron o consolidaron la opinión contra Pérez, pero no existe asidero legal que permita afirmar que los golpistas hicieron lo debido”.

El costo aludido era “la terrible modelación que se hacía ante los ciudadanos: que no era nada grave levantarse en armas contra las instituciones de la República, que uno podía alzarse y causar la muerte de venezolanos sin mayor pena que la de una temporada en el penal de Yare, antes de ser puesto en plena libertad con sus derechos políticos intactos; que hasta podía uno de una misma vez conseguir un empleo público. (Caldera ofreció a Arias Cárdenas la dirección del PAMI, el programa de asistencia materno-infantil del gobierno nacional)».

………

Aun hubo una abdicación más grave de Rafael Caldera, más de fondo, en su segundo período presidencial. Caldera no quiso convocar el referendo que hubiera producido la Constituyente, a pesar de que esto le fuera especialmente recomendado:

En el número anterior se avisó que en esta Ficha Semanal #145 de doctorpolítico se reproduciría un trabajo relativamente extenso—Primer referendo nacional—que fuera publicado originalmente el 20 de septiembre de 1998 en el número 28 de la publicación referéndum, redactada y editada por quien escribe entre 1994 y 1998. En el largo artículo se proponía la realización de una consulta sobre la deseabilidad de convocar una asamblea constituyente, aprovechando que el Congreso de la República había incluido un título nuevo—De los referendos—en la reforma de diciembre de 1997 a la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política. Para el momento la proposición no tuvo acogida. Fue elevada directamente a la consideración del Presidente de la República de entonces, Rafael Caldera, por intermedio de representación ante su Ministro de la Secretaría de la Presidencia, Fernando Egaña, actuación parecida ante su Ministro de CORDIPLÁN, Teodoro Petkoff, y por entrega del texto que aquí se transcribe en La Casona. Ambos ministros, sobre todo este último, indicaron su general acuerdo con la idea, pero por razones que desconoce el autor de estas líneas, la proposición fue desestimada.

Además de las gestiones mencionadas, el Dr. Ramón J. Velásquez consintió amablemente en ser mi embajador de la iniciativa ante Caldera. Éste no hizo el menor caso. Caldera había ofrecido cambios constitucionales de importancia en su Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela, su oferta de campaña en 1993, incluyendo la inserción de la figura de constituyente en una reforma de la Constitución lo que, dicho sea de paso, no era cosa que podía ofrecer un candidato a la Presidencia de la República, que no tenía entonces iniciativa constituyente, ni ordinaria ni extraordinaria. Su período transcurrió, sin embargo, sin que esa promesa se cumpliera. Tal circunstancia me permitió escribir en octubre de 1998, ya agotada la posibilidad de la convocatoria: “Pero que el presidente Caldera haya dejado transcurrir su período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida” .

Es probable que un proceso constituyente detonado por Caldera hubiera sido menos abrasivo, ciertamente sin el abuso del Miquilenazo, que el que Chávez puso en marcha y, en todo caso, ya este último no habría tenido la celebración de una constituyente como su principal bandera de campaña. Le habría sido arrebatada.

Era la tercera vez que Caldera rechazaba una iniciativa que yo le propusiera. En la campaña de 1983, que perdió increíblemente ante el muy inferior Jaime Lusinchi, le había recomendado un discurso amplio, explicador de la crisis:

Mis recomendaciones alcanzaban a vislumbrar varios “momentos” posibles en la campaña de Rafael Caldera. El primero sería el de la “asunción de la crisis”. Para esto había elaborado un discurso prototípico cuyo texto anexé. El discurso exigía de Caldera hablar bien del país. Pero no únicamente del país en abstracto o del país en general. Lo ponía, debiendo adoptar una posición superior a la esperada y minúscula competencia, a hablar bien de Acción Democrática, del Movimiento al Socialismo, de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción. Lo ponía a explicar la crisis financiera como un resultado casi natural derivado del atragantamiento y consiguiente indigestión de dólares de la recrecida renta petrolera. Lo ponía a reconciliar al país con su propia imagen, al mostrar cómo era que las economías de los países más prestigiosos (Alemania Federal, los Estados Unidos de Norteamérica), también se hallaban en problemas y, por tanto, cómo no éramos “los indios” los únicos que habían mostrado un desempeño económico defectuoso. Lo ponía a desmontar esas inexactas visiones dicotómicas de los buenos y los malos y a explicar cómo las cualidades morales también mostrarían al análisis una distribución estadística normal. Lo ponía, finalmente, a prometer algunas consecuencias prácticas para su propia campaña electoral, en consonancia con la necesidad de contribuir a la austeridad que ya era evidentemente requerida. (Como renunciar al empleo de asesores electorales extranjeros como un medio de ahorrar, aunque fuese poco, la erogación de divisas). Ése era, claro está, el discurso que yo hubiera pronunciado de haber sido Rafael Caldera, pero fue también el discurso que Caldera no quiso pronunciar. (Memorias prematuras).

Ésa ha sido la historia. LEA

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Hallado lobo estepario en el trópico

 

Nadie está enteramente solo. Acampada en la Puerta del Sol, Madrid, 20 de mayo. (Clic para ampliar)

 

Diógenes estaba metido hasta los rodillas en un riachuelo lavando vegetales. Acercándose hasta donde él estaba, Platón lo interpeló: «Mi buen Diógenes: si supieras cómo hacer la corte a los reyes, no tendrías que lavar vegetales».

«Y—replicó Diógenes—si tú supieras lavar vegetales no tendrías que hacer la corte a los reyes».

Enseñanzas de Diógenes

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¿Qué propone, pues, Sagan a una humanidad bloqueada incómodamente a medio camino entre la mundialización y la autodestrucción? Es poco probable, estima él, que la sabiduría gane la batalla, si permanecemos encerrados en los marcos políticos y mentales concebidos en una época en que los hombres eran menos numerosos e incapaces de destruir el planeta. Sólo la utopía es hoy razonable. La utopía política: hay que retirarle el poder a la clase política, para dárselo… ¡a los sabios! “La ciencia tiene respuestas, a condición de que se nos quiera escuchar”.

Guy Soreman, Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo

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Al leer mi reseña del homenaje a Ramón J. Velásquez en el IESA, en la que lo llamé hombre bondadoso, me escribió desde los EEUU un conocido editor venezolano para felicitarme y decirme: «Tú también eres un hombre bueno, pero de Ramón Jota deberías aprender un poco de flexibilidad».

Tengo fama de inflexible. Un día de 1995 llamó contento a mi casa Adolfo Aristeguieta Gramcko, mi ausente amigo. Acababa de conversar por teléfono con un político local, amigo de ambos, y éste se había referido a mí en términos harto elogiosos. Adolfo me advirtió, sin embargo: «Pero mencionó un inconveniente. Dice que es muy difícil negociar contigo, que eres como una roca inamovible con la que no se puede transar».

Una docena de años después recibí un reporte parecido. Esta vez, un analista internacional residenciado en Venezuela vino a verme para que supiera que últimamente oía hablar de mí con creciente frecuencia. «Por ejemplo—me dijo—, en el velorio de Luis Herrera Campíns. Me acerqué a un grupo de diez o doce asistentes y me di cuenta de que tú eras el tema de conversación. Elogiaban mucho las cosas que has estado escribiendo». Entonces le pedí que me contara también de las críticas, pues estaba seguro de que no todo había sido encomiástico. «En efecto—contestó—, escuché dos críticas. Una: que tú serías una especie de duro Robespierre, que caes implacablemente sobre lo que estimas equivocado. La segunda: que tú no tienes una plataforma».

Robespierre, mi anterior encarnación

El propio Dr. Velásquez me había dicho con delicadeza en la penúltima de mis visitas a su casa: «Lo que Ud. piensa y dice es formidable, luminoso pero, si me permite que lo diga, su problema es que no tiene un grupo». Algunas de las explicaciones que de este fenómeno le ofrecí resurgirán en este texto; asimismo, he decidido defenderme de la acusación de inflexibilidad e implacabilidad. Esto último emergió de nuevo el día del homenaje al patriarca de los historiadores venezolanos; sentado yo al lado de un médico ilustre, con quien hace poco había quedado en desayunar para cotejar impresiones acerca de nuestro proceso político, me dijo que había pospuesto el desayuno sine die porque, al decir de un primo de mi esposa, yo peleaba con todo el mundo y él no quería pelear conmigo. Lo tranquilicé señalándole que, como él no era precandidato ni jefe de un partido, no tenía que preocuparse por esa posibilidad.

………

Al editor que me recomendaba la flexibilidad que adornaría a Velásquez he podido responderle que en la misma reseña que tanto le había gustado cité la opinión de Pedro Grases, quien caracterizó al ex Presidente de la República como «intransigente con el error y la picardía”. No lo hice; en cambio, aduje una estipulación del Código de Ética Política que compuse y juré públicamente cumplir el 24 de septiembre de 1995: «Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros».

No es deontología inflexible; el mismo código me obliga también así: «Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia». E igualmente: «No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías». Soy tan escrupuloso en el cumplimiento de estas dos obligaciones como con la primera, la que me autoriza a «pelear con todo el mundo», a ser «una roca inamovible con la que no se puede transar» y a comportarme «como Robespierre».

El problema, pues, es que tengo como obligación profesional ineludible contradecir lo que entiendo como aseveraciones o posturas equivocadas o falsas en política, muy especialmente si consisten en apreciaciones socialmente dañinas. La política es un asunto público, y no me meto con los asuntos privados de la gente, ante los que guardo las mayores discreción y prudencia. Ni siquiera me intereso mucho por la chismografía política, pues pienso que la descalificación de un político tendría que provenir, más que de su maldad, de la insuficiencia de su positividad.

Pero se supone que la democracia vive del debate crítico; por esto no deja de sorprenderme cuando se me reconviene porque asuma, justamente, una vigilancia crítica de los discursos políticos que llegan a los electores de mi patria. El 28 de abril vino a este blog un comentario que esto incluía: «Creo que debemos concentrarnos más en lo que hemos hecho, en especial del 58 al 80, (no criticar siempre todo) y lo positivo que estamos haciendo hoy en muchas gobernaciones y municipios». Como puedo tutear al autor en razón de una vieja amistad, así respondí:

Pienso que estás grandemente equivocado. Si lo que sugieres es que no se discuta el espejismo del “proyecto país” porque a quienes se oponen a Chávez no debe tocárseles ni con el pétalo de una rosa, estás recomendando que no se corrija un grave error estratégico, del que se desprende una equivocación operativa (o pragmática, si lo prefieres). Si, por otra parte, crees que puede culpárseme de “criticar siempre todo”, no has leído responsablemente mis aportes, que en muchos casos incluyen recomendaciones y consejos y en ninguno “critican todo”.

Prácticamente todos los que viven neuróticamente de la ritual y diaria oposición a Chávez se dicen demócratas, y democracia es diversidad de opiniones, confrontación de criterios, tolerancia a la crítica. Lo que recomiendas es la negación de la democracia, y quienes actúen en política y no son capaces de recibir la crítica de sus ejecutorias u opiniones contrarias a las suyas debieran dedicarse a otra cosa. (En Mitología proyectiva).

Y ése es en verdad el asunto: si critico fuertemente la política de Chávez—como he hecho muy incesante y sistemáticamente desde que supiéramos de él en 1992—, entonces mis conocidos me aplauden. Si, por otro lado, se me ocurre señalar un error en sus opositores, entonces se me censura porque no debo rozarles ni con el pétalo proverbial. No es, por tanto, el ejercicio de la crítica per se lo que me es reconvenido, sino sólo cuando lo dirijo a quienes se oponen al actual gobierno entre los cuales, por cierto, hay mucho bicho raro y dañino al país. Sólo debo, es la cosa, encontrar error en Chávez y sus seguidores; aunque un opositor suyo diga una barbaridad, tendría que morir callado, pues de otra forma pondría en peligro «la unidad«.

La presunta inconveniencia de cumplir mi código de ética con rigurosidad alcanza, incluso, a quienes han sido chavistas pero ya no lo son. Aparentemente, no conviene que haga algún comentario crítico a Luis Miquilena, porque él ya se dejó de eso de gobernar con Chávez, o a su compinche, el difunto Alejandro Armas, cuando pretendía candidatearse a la Presidencia de la República en 2004, pues se suponía que el referendo revocatorio de ese año dejaría a Chávez cesante. (Ver De Armas tomar… su contrición para un juicio sobre esa pretensión, muy bien recibida en centros opositores de alcurnia y Country Club). Un amigo editor de periódicos llamó un día a mi celular—el 24 de mayo de 2007—para reclamarme que hubiera desmontado la novísima postura de Margarita López Maya, historiadora que se complacía en ridiculizar a quienes nos opusiéramos a Chávez y entonces había descubierto que éste es dañino. (Tomar partido). El mismo editor me invitó el año pasado a su casa—para almorzar un sabroso asado, un arroz fuera de lo común (que repetí) y una ensalada deliciosa—con un único propósito: pedirme que, como lo que yo escribo de política «es muy influyente»—su opinión—, no criticara a la creciente disidencia del chavismo y le abriera los brazos, pues a su criterio ahí podía estar la clave de una derrota de Chávez.

Políticos flexibles con Luis Miquilena

Estaba clarísimo que se refería específicamente a Henri Falcón y al PPT, tienda bajo la que corrió a refugiarse al distanciarse del gobierno. (Ya yo había escrito, el 21 de marzo de 2010, Qué cresta la de Falcón). Era comprensible que su propio izquierdismo lo inclinara naturalmente a simpatizar con Falcón, pero no le hice caso; terco como una mula, inflexible, implacable, incapaz de transacción, desaté no uno sino varios artículos para desmontar el discurso insuficiente y engañoso de Falcón, que insiste en llamarse socialista, sólo que «ético y productivo» (?): Ford Falcón modelo PPT, Exégesis falconiana (I), Exégesis falconiana (II), Exégesis falconiana (y III).

¿A qué venía tal saña contra Falcón? Bueno, los tres artículos exegéticos fueron producidos en lugar de una sola pieza—el análisis de unas declaraciones suyas en las que se presentaba como el líder de los no alineados políticamente—que hubiera resultado demasiado larga. Pero el grupo de cinco artículos críticos buscaba destapar la artificiosa, aunque astuta, pretensión falconiana: sabedor de que la mayoría de nuestros conciudadanos no está alineada ni con el gobierno ni con la oposición, ambicionaba ser tenido por el líder indicado para tan enorme contingente, aunque hubiera estado con Chávez por más de una década. Esto era un remedio postizo, una falsificación—desconfía de las imitaciones—, y había que acabar con el engaño en cuanto nacía. Es verdad que «habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento», pero una cosa es abrazar a Falcón y congratularlo por su reciente lucidez y otra muy distinta admitir que quiera conducirnos.

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En ocasiones, la crítica a mi manière politique viene en envoltorio aparentemente elogioso. En unas imprudentes Memorias prematuras (1986) refiero la forma en que fui presentado por una muy distinguida y poderosa matrona caraqueña, quien «al solicitar que me escucharan, me caracterizó como una persona que acostumbraba ver los procesos sociales ‘desde un helicóptero’ el que a veces volaba demasiado alto». En el mismo libro dejo constancia de que un prestigioso jurista me acusaba de que yo «veía muy lejos», aunque cuatro meses antes le había escuchado una exposición en la que condenaba el «cortoplacismo». (Que yo veía muy lejos «encerraba tanto una alabanza como una objeción: yo vería tan lejos como Julio Verne, es decir, veía un futuro que todavía no era posible a partir de las condiciones del presente»).

Bueno, tal vez lleve la maldición del profeta. («Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón», solía decir el padre de un amigo).

El 3 de agosto de 1991, The Jerusalem Post publicaba una entrevista a mi amigo y mentor Yehezkel Dror. Entonces hacía veinte años de la publicación de su visionario libro: Crazy States: A counter-conventional strategic problem. (Dror, en aquel momento analista senior del más grande think-tank del planeta, la Corporación Rand, tipificó y anticipó la emergencia de jefes de Estado como Gaddafi, Idi Amín Dadá y Hugo Chávez). La entrevistadora, Daniella Ashkenazy, recordó un juicio crítico del libro en el prestigioso American Political Science Review: «Brillante pensamiento… pero ¿cómo puede ser tan fantasioso y estar tan distanciado de la realidad?» Cuando el tiempo le dio la razón, Yehezkel admitió: «Tengo sentimientos encontrados por haber tenido razón: a la vez satisfacción y pesar; satisfacción intelectual y pesar como ser humano».

Yehezkel, con su camisa del PSUV

Trece días antes de la publicación de esa entrevista aparecía en El Diario de Caracas (21 de julio de 1991) un artículo mío—Salida de estadista—en el que proponía la renuncia de Carlos Andrés Pérez para «evitar (…) el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional». Y en septiembre de 1987 había completado Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela, estudio en el que una de las sorpresas que discutí fue, precisamente, la de un golpe de Estado y donde puse: «En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable». (La asonada de Chávez, Arias Cárdenas et al., se supo luego, estuvo prevista para fines del año de 1991).

Resueno, pues, con la tristeza de Yehezkel Dror; no hay diversión en ver cómo se desenvuelve un resultado negativo del que uno advirtiera. Pero procuro seguir al pie de la letra la recomendación contenida en el poema de una poetisa imaginaria—Karen Sloan, en la novela Overload, de Arthur Hailey—que aconseja a su amante, el ejecutivo de una empresa de electricidad que advierte con bastante tiempo de una masiva interrupción del suministro:

El dedo móvil a veces retrocede/No para escribir de nuevo sino para releer:/Y lo que una vez fue desechado, objeto de ridículo,/Puede, en la plenitud de una luna o dos,/O incluso años,/Ser aclamado como sabiduría/Dicha francamente tan temprano,/Necesitada de valor/Para enfrentar la maledicencia de otros menos perceptivos,/Aun abrumada de diatriba.

¡Querido Nimrod!/Recuerda: Un profeta es rara vez elogiado/Antes del ocaso/Del día cuando por primera vez proclama/Verdades desagradables./Pero cuando tus verdades/Se hagan obvias con el tiempo,/Y su autor sea reivindicado,/Sé, en ese momento de cosecha, clemente, misericordioso,/Amplio de mente, con gran propósito,/Y que la contrariedad de la vida te haga sonreír.

Porque no son a todos, sólo a los pocos,/Los dones présbitas: larga visión, claridad, sagacidad,/Por suerte, con la lotería del nacimiento,/Conferidos por la atareada naturaleza.

(«El dedo móvil» es alusión a un giro del gran poeta islámico Omar Jayyam en el Ruba`iyyat: «El Dedo Móvil escribe y, habiendo escrito,/Se sigue moviendo…»)

Es seguramente la definición del «verdadero arte del Estado», que Alexis de Tocqueville propusiera en L’Ancien Régime et la Révolution, la cita más repetida en los materiales de este espacio: «…una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro…» Por esta latitud, Ibsen Martínez recomendó el 2 de junio de 2007: “Los lectores, pienso seriamente, deberían llevar anotaciones, como se hace en el parque de béisbol, y tomar en cuenta el average de aciertos que muestren sus analistas favoritos”. Que comparen, pues, los críticos mis estadísticas de bateo predictivo con el poder profético de Henrique Capriles Radonski, Eduardo Fernández, Antonio Ledezma o Pablo Pérez (en estricto orden alfabético de apellidos). O, por ejemplo, con el de Diego Bautista Urbaneja, que en infructuoso intento de refutación de Salida de estadista escribió: “No creo que exista un peligro serio de golpe de Estado…” (24 de julio de 1991).

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Hay otras veces cuando las reconvenciones se limitan a exigirme urbanidad. «Esas cosas no se dicen», me reprendió un amigo a mediados de 1986 al comentar mis Memorias prematuras. Ese día estuve afortunadamente inspirado, pues le hice notar que Manuel Antonio Carreño, padre de nuestra gloriosa Teresa, había indicado claramente, en su Manual de urbanidad y buenas costumbres, que las gentes no debían penetrar con sus caballerías al interior de las casas, y declarado que algo así era «del todo incivil y grosero». Pero Carreño estableció una excepción: en caso de emergencia, no estaba mal visto que los médicos entraran con su corcel hasta el comedor de una morada. Le dije entonces: «Yo soy médico, y estamos en emergencia». Dos años antes había definido por primera vez a la Política como arte de carácter médico y él lo sabía pero, claro, la percepción de la crisis política nacional que ya podía discernirse no era común. (En 1983, un distinguido ejecutivo me preguntó sobre qué escribiría en una publicación que planeaba iniciar. «De los procesos de la crisis», contesté. Pensó unos segundos para responder: «Y, cuando se acabe la crisis, ¿de qué vas a escribir». A casi treinta años de ese diálogo, la crisis continúa; todavía parece que tengo de qué escribir).

O se me acusa del desconocimiento de elementales reglas del oficio político. En cierta ocasión, cuando trabajaba en un organismo público promotor de ciencia, causé una reunión con el secretario general del partido de gobierno para hacerle notar que el ministro del sector ejercía una política nepótica, dañina de la actividad y de la imagen gubernamental. Escuchó con atención, pero se ocupó del asunto diciendo a mis espaldas, como lo hace siempre: «Luis Enrique quiere pelear con su ministro, y uno no pelea con los ministros». Esa persona misma recomienda no pelear tanto con Hugo Chávez, quien a fin de cuentas es el más poderoso de nuestros actores políticos y hacerlo, más bien, con subalternos suyos, tal como él hacía cuando estaba en la escuela primaria: a la hora de una pelea entre salones, él escogía siempre fajarse con los más pequeños del otro curso. Y esta persona misma es político flexible, y por esto es recibido siempre bien en los mejores círculos; no causa roncha. Despuntando el año de 1994, me admitió que Aristóbulo Istúriz tuvo razón en decirle: «Tú eres el único político venezolano que es al mismo tiempo de los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes». Por eso me censura cuando no estoy.

Y es que son pocos los que tienen la valentía y la decencia de hacerme observaciones críticas directamente (el Dr. Velásquez es uno de ellos). Nadie, por otra parte, ha refutado mis tesis en veintiocho años de labor. Las objeciones que les oponen no son de fondo, son oblicuas o indirectas. Cuando propuse tempranamente a un prestigioso político opositor la iniciativa de un referendo de iniciativa popular sobre la conveniencia del socialismo en Venezuela—cosa que Hugo Chávez no se ha atrevido a consultar, opinó que sería imposible porque tendría que contar con la cooperación, que nunca me darían, de los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática. La cuestión de si mi recomendación tenía sentido político pasó debajo de la mesa.

La conversación tuvo lugar hace un año, casi exactamente, pero él había leído cuando propuse por primera vez la idea el 23 de julio de 2009, y entonces no se dio por aludido. Poco después, conversamos en mi casa y reestrené mis viejos argumentos—de 1985—sobre la necesidad de una organización política de código genético distinto al de un partido convencional. Entonces argumentó que no era «el momento», y añadió: «Cuando se ponga la torta previsible que se pondrá en las elecciones de Asamblea Nacional, sólo quedará 2012 por delante, y entonces te escucharán». Hace un mes que busqué hablar con quien funge como su mano derecha, y retomé el tema del referendo sobre el socialismo. El asistente buscó, primero, sugerir que tal cosa no se necesitaba, al proponer que los recientes desarrollos en Cuba, que se aleja a duras penas de la total estatización de la economía, equivalían a la puntilla definitiva para los socialistas que quedan en el mundo. Pero después asumió otra línea oblicua para razonar en desacuerdo conmigo; me dijo con el mayor desparpajo: «Cuando propusiste la iniciativa por primera vez, era más viable». (!) Mi madre solía recordar la película La luz que agoniza, para resaltar que uno puede volverse loco cuando recibe repetidamente señales contradictorias. Sobre las mismas cosas, recibí de dos personas que colaboran estrechamente opiniones diametralmente dispares, y a veces de una sola y misma.

También recibo mentiras descaradas para rebatirme. Sobre este asunto del referendo, tres personas quisieron convencerme de que una respetada firma encuestadora había medido una mayoría nacional a favor del socialismo—«Para que ceses en tu cruzada»—, cuando la verdad es todo lo contrario. O, para socavar mi prédica a favor de procedimientos democráticos y en contra de actividades subversivas, se me aseguró desfachatadamente que un importante político, al que admiro, había apreciado y saludado calurosamente un estudio estadístico que le habrían presentado y que demostraría un fraude electoral del gobierno en el referendo revocatorio del año 2004. Es decir, fui tratado irrespetuosamente como un niño, como político ingenuo que se chupa el dedo. Quien eso me asegurara y sí se chupa el dedo no contaba con que yo verificaría: hablé con el implicado y éste me aseguró que jamás se había producido la reunión en la que el estudio le hubiera sido dado a conocer.

No todo es malo, naturalmente. En junio de 1986 fui de visita a la casa de una pareja de amables amigos—acabo de reencontrarme con el esposo en Facebook—en compañía de un amigo común. Éste preguntó al anfitrión—ya para entonces se habían formado en mis tripas las primeras ganas de presidir la República—: «¿Qué piensas tú de lo que anda buscando Luis Enrique?» En segundos vino la contestación: «Luis Enrique está soñando solo… pero sueña bonito».

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La soledad es, parece, la condición de quienes quieren invitar a sus prójimos a una reunión con el futuro o, simplemente, con la verdad. Pero esto es mal negocio para la sociedad. La Enciclopedia Británica publicó en 1963 la colección Gateway to the Great Books, en cuyo Tomo 4 reproduce el drama Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen. (El médico de un pueblo noruego intenta alertar a su comunidad acerca de un terrible problema sanitario que se cierne sobre ella. En el proceso, es abandonado por todos, que no quieren admitir la mala noticia, por su familia, incluso). Acerca de la obra dice: «Un hombre solo de pie, con la justicia de su lado contra el tirano, es una figura dramática familiar y poderosa. Pero también existe en la vida real. A menudo sufre la derrota personal, incluso la muerte. Pero su acción heroica no perece con él. Ella perdura, y hace a la vida más justa y habitable para el resto de nosotros. El idealismo, pues, en lugar de ser tonto e impráctico, puede resultar al final el único camino práctico».

Antes podía comprar Scientific American, mi publicación favorita. Alcancé a tener un número, ahora perdido en manos de un amigo que no lo devuelve, con una entrevista a Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física—por su desarrollo del Modelo Estándar de partículas. En ella se hurga en las dificultades vitales de este simpático científico, y Gell-Mann cuenta que una de las peores se deriva de que sus colegas y semejantes no saben catalogarlo. «Yo no soy apolíneo—explica—y tampoco dionisíaco. Soy una ingrata mezcla de ambas cosas; soy odiseico». Entonces remata con melancolía: «It’s a lonely place to be».

A mí me pasa que no puedo callar ante el error político; me tomo muy en serio la responsabilidad profesional con la que ese arte debe ser practicado. No puedo romper la solidez de mi compromiso con la verdad. Soy médico político; no puedo decirle al paciente nacional, que sufre del mal oncológico del chavismo, que tiene catarro, ni diagnosticar la insuficiencia política de sus opositores burocratizados como mera y pasajera indigestión. Al mismo tiempo, comprendo los problemas que suscito entre quienes entienden el oficio de otro modo: una lucha por el poder con la coartada de una ideología. No respondo a ideología ninguna, pues creo que todas son formas obsoletas, pre-científicas de hacer una medicina política que debe ser clínica. Otro de mis amigos me habló una vez de una escuchada incertidumbre entre quienes no logran ubicarme en sus esquemas dicotómicos de derecha-izquierda, en su película en blanco y negro: «¿Cuál es la línea de Luis Enrique?» (Comentada en la Carta Semanal #226 de Dr. Político, del 22 de febrero de 2007).

Ofrezco, por ende, sólo dos cosas: una política seria y responsable, al servicio del paciente nacional, y una ausencia de reconcomio. Salvo la envidia y la avaricia, me confieso practicante de los restantes cinco pecados capitales, pero no guardo rencores. El resentimiento es en mí una emoción efímera, cuestión de horas; sé que la llegada de un nuevo paradigma es asunto muy difícil, y por eso tengo paciencia con mis detractores. Y no reivindico que tenga mérito alguno en mi manera de ser, como tampoco admito la culpa.  Fueron mis padres quienes me hicieron, y a mi cabeza y mi corazón, con su amor de recién casados. Ellos quienes escogieron mi querido colegio de la infancia y primera juventud, donde tuve la suerte de excepcionales profesores que forjaron mi modo de pensar y mi postura ante la vida. Lo que haya podido lograr no se explica sino a partir de esa suerte y la de haber seguido trayectorias que a otros estuvieron vedadas. Temo que, en el Juicio Final, Eduardo Fernández irá a sentarse entre querubines, y yo seré enviado a la Quinta Paila del Infierno.

De resto, estoy dispuesto a pagar el precio de mi juramento de 1995, aun cuando ése sea la peor maldición para un político: la soledad. Porque es que Armanda dijo a Harry Haller—Der Steppenwolf—, según la invención de Hermann Hesse: «Pero también pertenece del mismo modo a la eternidad la imagen de cualquier acción noble, la fuerza de todo sentimiento puro, aun cuando nadie sepa nada de ello, ni lo vea, ni lo escriba, ni lo conserve para la posteridad». LEA

Edición original de El lobo estepario, 1927

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Testigo excepcional

 

Ramón J. Velásquez con mi madre, María Josefina Corothie-Chenel de Alcalá

 

Cuando el gran Pedro Grases fue entrevistado por Rafael Arráiz Lucca tres meses y tres días antes de su deceso, habló a éste de quiénes habían sido sus amistades. Lo que Grases dijo desde la punta de la lengua fue: “Entre mis amigos, Ramón J. Velásquez ha sido de los más entrañables”. Cuando el Dr. Velásquez recibía de la Universidad de Los Andes el Doctorado Honoris Causa en Historia, dijo Grases de él: “Su integridad humana, formada en la tradición tachirense, fue modelando su carácter de hombre probo, recio, honesto, intransigente con el error y la picardía…”

Grases es el dueño de un aforismo con el que cerró otra entrevista, que el diario El Universal le hizo con motivo de sus setenta y cinco años: «La bondad nunca se equivoca». La certificación que hiciera un hombre así del Dr. Velásquez es, por consiguiente, sólida como la cordillera de su cuna.

En un acto en su honor en el IESA, recordó hoy el Dr. Velásquez a Grases—y la colaboración que emprendieron, junto con Manuel Pérez Vila, para publicar el copioso registro del Archivo Histórico de Miraflores y producir la prodigiosa colección del pensamiento político venezolano en el siglo XIX—y lo llamó venezolano. Antes, el Dr. Asdrúbal Batista había dicho que Venezuela no podía ser un mal país, si había concebido y gestado al eximio prócer de San Juan de Colón. También dijo una verdad incontestable: que la historia que el Dr. Velásquez nos había aportado era la del futuro. En efecto, como ningún otro político más joven, es Ramón J. Velásquez el predicador más insistente de una política radicalmente nueva; este hombre de casi 95 años es quien más nos ha hablado de la política de las redes informáticas y la telefonía móvil; este andino nacido en 1916, es hombre de la más reciente modernidad.

La ocasión era el tributo de una revista de historia—El desafío de la historia—a un historiador. Antes de Batista, María Helena Jaén, Cristóbal Bello Vetencourt y Elías Pino Iturrieta le rindieron homenaje. Todos hicieron alusión, además, a su paso sereno y útil por la Presidencia de la República en hora menguada de ésta, y a la deuda que los venezolanos tenemos con él por esa labor y ese sacrificio. Luego, habló el periodista, el historiador, el presidente.

En un asombroso recuento, lleno de detalles que una memoria común habría olvidado hace tiempo, nos trasladó a los días de una crisis política que no tenía precedente en Venezuela. Y fue como si un periodista estuviera reportando en vivo el tránsito de las horas y las frases cuando la candidatura de Diógenes Escalante emergió para perderse, en pocos días, en la locura: la propia y la del país. El Dr. Velásquez nos regaló el vívido recuento de cómo fue que por primera vez viviese la política de la nación venezolana. Tenía entonces veintinueve años; hoy se excusó por la edad que llamó, con su invariable buen humor, insultante: sus noventa y cinco.

Volvió, pues, a ser maestro, y con la magia de la sugestión de su palabra, al hablar con la calidez de un testigo de excepción acerca del cierre de un ciclo político en la Venezuela de 1945, nos hizo entender inequívocamente la inminencia de otra clausura: la del régimen presente, sin mencionarlo siquiera. Habló desde la infalibilidad, Grases dixit, del hombre bondadoso. Dulce, como el de leche de cabra coriana que le llevo cuando puedo para agradecerle que me haya hablado. LEA

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Omaggio a un grande signore

 

Fiori dal Rinascimento per il Secondo Risorgimento d'Italia

Así como todos los ciudadanos del planeta debemos estar agradecidos de la lucha de los egipcios, los tunecinos, los libios, los sirios, y de las protestas en la madrileña Puerta del Sol y de la justicia de Nueva York sobre Dominique Strauss-Kahn, debemos también estarlo de Riccardo Muti. Si ya le debíamos homenaje por sus opulentas interpretaciones musicales, su reciente gesto en el Teatro de la Ópera de Roma, al convocar al público para que cantara junto al coro Va pensiero—del Nabucco de Giuseppe Verdi—en protesta por la obscenidad de la Presidencia de Italia y en presencia del mismísimo Silvio Berlusconi, añade una dimensión ulterior a nuestra admiración por el gran director de orquesta. Como tributo insuficiente a su grandeza de hombre íntegro, coloco acá algunos ejemplos de su vigorosa dirección orquestal, precedidos todos de la misma pieza o fragmento tal como los interpretan otros directores de gran calidad.

Salvo el encore final, toda la música de esta entrada fue compuesta por el gran compositor ruso Pyotr Illich Tchaikovsky, cuya riqueza orquestal se aviene al fogoso temperamento del italiano. Pero, para manifestar claramente el punto que quiero hacer, para saber de qué hablamos, el primer ejemplo no será de él sino de uno de sus más ilustres predecesores, el húngaro Antal Doráti (1906-1988), de conducción parecida a la de Muti en su claridad, en su apego a la intención del compositor y la esencia de la música, en su electrizante energía.

Un vals es una pieza compuesta en el compás de 3 por 4, y es música que se baila. Las reglas rítmicas exigen que un compás ternario lleve normalmente acentuado el primero de sus tiempos. Para percibir una cosa tan elemental como se debe, hay que escuchar dirigiendo a gente como Doráti o Muti, lo que puede comprobarse con el ejemplo que sigue: el conocidísimo Vals de las Flores del ballet Cascanueces. André Previn es, ciertamente, un magnífico director de orquesta; no en balde fue Director Titular de la Orquesta Sinfónica de Londres, una de las mejores agrupaciones del mundo, que aquí dirige. Pero luego hace sonar Doráti la misma orquesta, y notaremos cómo la hace marcar con decisión, especialmente en las cuerdas bajas, el primer tiempo de cada compás. Así se toca un vals en serio.

Vals de las flores de Cascanueces – Previn

Vals de las flores de Cascanueces – Doráti

Ahora, más valses, más Tchaikovsky. Uno de sus más famosos 3/4 es el Vals Final de La bella durmiente, archiconocido gracias a la película de Walt Disney. Primero suena con la misma Sinfónica de Londres, bajo la impecable dirección de uno de mis directores favoritos: Anatole Fistoulari. A continuación, il signore Muti dirige a la Orquesta de Filadelfia, de la que fue su Director Musical y luego su Conductor Laureate, antes de mudarse a Chicago. (Muti transformó el famoso sonido de una privilegiada sección de cuerdas, la renombrada textura sedosa que puliera Eugene Ormandy, para lograr una orquesta de secciones equilibradas, con el beneplácito de los ingenieros de sonido que la grabaron por él dirigida. Ya la Orquesta de Filadelfia ha adquirido una elocuente sección de metales, capaz de pronunciarse con la aspereza que a veces se le exige). La versión de Muti, nos percataremos, tiene una fogosa urgencia que falta en la de Fistoulari.
Vals final de La bella durmiente – Fistoulari

Vals final de La bella durmiente – Muti

Un altro valse. Cuando, a comienzos de los años sesenta, el ilustre precursor de Muti al frente de la Orquesta de Filadelfia, Eugene Ormandy—la dirigió por 44 años—, grabó para el sello Columbia un álbum de dos discos con música del ballet El lago de los cisnes, se tuvo a esa ejecución por la versión definitiva de la obra. Pero esa cumbre fue superada después, con la misma orquesta, por Riccardo Muti. Oigamos dos versiones del Vals del Acto I; primero por el húngaro, luego por el italiano. Es digno de notar en la segunda rendición el trabajo de los metales.

Vals del Acto I de El lago de los cisnes – Ormandy

Vals del Acto I de El lago de los cisnes – Muti

Riccardo Cuore di Leone

El programa cierra con una comparación extraordinariamente difícil, pues acá tiene Muti que medirse con la que es habitualmente considerada la mejor orquesta del mundo: la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam, dirigida por Bernard Haitink. He aquí el fragmento de cierre del primer movimiento de la Sinfonía Manfredo; es música potente, con el despliegue orquestal pleno del noble tema de Manfredo. Muti dirige acá a la Orquesta Philharmonia, una de las grandes agrupaciones londinenses. De la comparación se obtiene un claro veredicto: es Riccardo Muti el director más poderoso.

Tema de Manfredo – Haitink

Haitink: más uniforme espectro sonoro (clic para ampliar)

Tema de Manfredo – Muti

Muti: espectro sonoro de mayor contraste dinámico (clic para ampliar)

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Prometí un encore. Aunque es de Romeo y Julieta, no es música de Tchaikovsky, sino de su compatriota, Sergei Prokofiev. De este ballet, el número Montescos y Capuletos; primero, en una clara versión de la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida, de nuevo, por André Previn y, de seguidas, por Muti al frente de la Orquesta de Filadelfia. Un detalle para la comparación: el trabajo incisivo de las cuerdas a los 1′ 25″ de la versión de Previn vs. que el que logra Muti a los 1′ 21″ en la suya. Los cuatro segundos que al momento adelanta Muti atestiguan la acostumbrada urgencia musical del brioso director italiano.

Montescos y Capuletos – Previn

Montescos y Capuletos – Muti

Bravo, maestro. Como dice mi señora, será Muti, pero de muto no tiene nada. Por su música, por su postura política, grazie mille. LEA

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Idea para la enésima campaña de Chávez

Nada ahorra más que estos bombillos LED

Puedo darme cuenta de que no es mala la campaña gubernamental de sustitución de bombillos incandescentes por lámparas fluorescentes, y de que exactamente en eso se encuentra hoy muy empeñado el gobierno australiano. (Tim Johnston reportaba anteayer desde Sidney, para el International Herald Tribune, que Australia quiere que la iluminación incandescente haya desaparecido en su territorio para dentro de tres años, como parte de su empeño por reducir la emisión de gases de invernadero).

Mein Kampf, 22 de febrero de 2007

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El gobierno nacional persiste en su prolongado fracaso eléctrico. El racionamiento del suministro en el interior del país es asunto cotidiano; en Caracas no se reconoce oficialmente que se practique, pero los cortes de electricidad son harto frecuentes. Servicios tan vitales como el del Metro de Caracas conocen la sequía de megavatios en época de lluvia, y estratégicas instalaciones como el Complejo Refinador Paraguaná ven interrumpida su crucial operación por causa de masivos apagones que aquejan, en su caso, al estado Falcón.

No es esta situación algo que convenga a las aspiraciones electorales de Hugo Chávez Frías. Preocupado por la posible cesantía de tan preclaro presidente, quiero recomendarle una acción de campaña que puede ganarle un montón de los votos que ya tiene perdidos: de un solo tiro mataría el pájaro del incesante racionamiento eléctrico y el del creciente costo de la vida. Más aún: la iniciativa que llevo a su consideración tiene la virtud de la consistencia, pues ya en 2006 el gobierno regalaba ahorradores bombillos fluorescentes. (Aunque hace tiempo que se dejó de eso).

Expongo la idea: repartir entre la población, a la que antes se le dio gratis bombillos fluorescentes, novísimos bombillos de tecnología LED (Light Emitting Diode). Fabricados hasta ahora sólo por Osram Sylvania (Danvers, Massachusetts) y Switch Lighting (San José, California), emiten luz de luminosidad equivalente a la de un bombillo convencional de 100 vatios mientras consumen sólo 14 vatios. Es decir, ¡ahorran 86% de energía! Esto es diez veces el ahorro de un bombillo fluorescente, al que superan con una vida veinticinco veces mayor. (Su vida útil promedio es de 100.000 horas; o sea, 11 años de duración). Por si estas ventajas fueran pocas, los bombillos LED producen menos calor que un bombillo fluorescente y, a diferencia de éstos, no contienen trazas de substancias tóxicas, lo que los hace ecológicamente muy amigables.

Para un sistema eléctrico amenazado por una combinación de desidia e incompetencia exclusiva del oficialismo, el descomunal ahorro que estos bombillos pueden generar es la mejor de las noticias posibles. Para una población cuyo nivel de vida se ve amenazado por la inflación, una rebaja tan considerable de su factura eléctrica es una bendición inesperada.

Claro, la mala noticia es su costo actual: US$ 50 por unidad. Al entrar otros fabricantes en juego, por otro lado, su precio tenderá a bajar, por aquello de la competencia capitalista. (Philips se ha sumado recientemente con un bombillo que equivale a una incandescencia de 75 vatios).

No es el aspecto económico, sin embargo, lo que tendría que disuadir al gobierno presidido por un precandidato en problemas, pero de gorda chequera. Al precio de introducción mencionado, la suma de US$ 300 millones que prometió destinar al apoyo de las FARC, y que nunca erogó, bastaría para adquirir 6.000.000 de bombillos. Tan sólo en la segunda mitad de 2008, CITGO Petroleum, a nombre del internacionalmente manirroto gobierno dizque socialista, regaló 460.000 bombillos fluorescentes a gente pobre en once ciudades estadounidenses. No era año electoral en Venezuela, aunque sí en los EEUU.

Vendo al costo, pues, esta poderosa iniciativa a Hugo Chávez, quien últimamente ruega en gigantografías urbanas que lo dejemos trabajar. Allí tiene trabajo bastante por realizar y, quien quita, a lo mejor me contacta para encargarme de la importación de los bombillos. LEA

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