Cinco días de antesala debí consumir antes de ser recibido por el Chamán del Guaraira-Repano. Lo buscaba desde que decidí que no entendía bien la ausencia presidencial; durante un tiempo pensé que la cosa era cuento chino, una ausencia programada para que la abollada imagen del Presidente no se deteriorara todavía más con los rollos en los penales o en la pertinaz sequía eléctrica en tiempo de lluvia y Guri repleto, una telenovela que debía reponer las simpatías perdidas por vía de la lástima. También creía que a Hugo Chávez le resultaría muy difícil sustituir, el 5 de julio, a su Ministro de Defensa, el general en jefe Carlos José Mata Figueroa, en fecha bicentenaria. ¿Por quién suplantarlo? ¿Por el general Henry Rangel Silva, el señalado por Walid Makled, el que dijo que la Fuerza Armada Popular Revolucionaria Bolivariana y Socialista Patria o Muerte no obedecería a, pongamos, Capriles Radonski? Sería mejor que Elías Jaua cargara con la decisión de apartar a Rangel: «Yo no fui, Henry; eso son vainas de Elías».
Pero después de tan descaminadas especulaciones me llegó un preocupantísimo correo, cuyo contenido dice a la letra:
La tan anunciada operación de rodilla no fue tal. Fue una extirpación radical de próstata. La vanidad (hombría) de HCh los llevó a inventar lo de la rodilla. Resultado de biopsia post-op fue malo. Se planificó viaje a Cuba para hacer PET scan en el CEMIC (querían evitar traslado en Caracas a uno de los dos centros privados que tienen PET scans operativos) y determinar si había metástasis. Para distraer la atención de la enfermedad, y contra la opinión de los médicos, se programó viajes relámpago a Quito y Brasilia. Llegando a Cuba le subió la fiebre y lo llevaron directo a CEMIC. Al llegar detectaron una infección inguinal severa post operatoria. A los pocos días queda controlada la infección, pero los resultados del PET scan son poco alentadores al verse actividad celular anormal en los huesos. Se determina que hay que tratar con radioterapia y se fijan sesiones diarias por 25 días, descanso de 10 días y otras 25 sesiones. Hay mucha preocupación médica por el tema óseo y no se decide aún cómo tratarlo. Especialistas de Alemania, Rusia y España han visitado el CEMIC. Hay mucha discusión sobre cómo anunciar todo esto, pero están preparando contingencia. La caída del pelo no se puede solventar en el caso de Chávez con peluca, y su estado anímico ha sido terrible; es fatalista y cree que esto se lo «hizo» alguien. No recomiendan que tome sus medicinas para la depresión mientras esta en radioterapia. Hay posiciones encontradas sobre el secretismo: parte de la familia dice que la gente no es «pendeja» y sabe que algo está MUY mal; la otra parte de la familia considera que, si se sabe que esto es mucho más grave o el presidente podría estar incapacitado por meses, se desataría una guerra dentro del chavismo que ningún miembro de la familia sobrevivirá.
Esta alarmante descripción es, por supuesto, médicamente consistente, pero yo no tenía modo de discernir si era verídica o la fabricación de una leyenda urbana por sectores interesados y radicales de la oposición. Cuando ya la incertidumbre me quitaba el sueño, decidí que iría a consultar al Chamán.
Como dije, debí esperar cinco días por la llegada de mi turno. Nunca antes había estado el Chamán tan solicitado, y cuando finalmente me recibió lo hizo con cara de fastidio: «Otro más que viene a preguntarme por la salud del cacique desterrado, cuando ya yo lo habría sanado. Los poderes babalawos han sido muy exagerados. Podrán matar gallineros enteros, pero nada de eso lo va a restituir a lo que era. Eso le pasa por despreciarme y preferir a los santeros sobre nuestra medicina indígena».
«¿Se va a morir?», pregunté consternado. «¿Por qué tu miedo?», contestó, mientras buscaba tabaco para rellenar su pipa preferida, que el cacique Rómulo le había regalado en 1946. En todo el Guaraira-Repano no se veía un cartel que lo declarase territorio libre de humo. «El cerro fuma», me explicó sin que yo le hubiera preguntado nada. Por unos minutos no hizo otra cosa que fumar en silencio. Luego habló:
La tribu del cacique ausente está igualita a la de los indios aveledos: el indio Mata, el indio Rangel, el indio Maduro que para mí ya está pasado, el indio Pelo—así le dice a Diosdado Cabello—, el indio Mene—Rafael Ramírez—, el jefe del Consejo Tribal—creí que así se refería a Soto Rojas—, el jefe de los araques, el líder de los jauas, el de los jesses, hasta ese señor que se dice Marciano, todos se aprestan a la rapiña, a ver quién se queda con el coroto. Van a tener que pedirle a la india Tibisay que les haga unas primarias, si no quieren que los guerreros—los militares—lo entierren junto a Simón embalsamado con sangre de gallos de Cuba y se pongan a mandar como caribes sobre toda la indiada.
Ante mi estupor, dijo una cosa más antes de emprender el camino de la pica que conduce hasta el manantial: «Vete ahora y regresa el 17 de diciembre. Nada pasará el 5 de julio. Así me lo ha asegurado un sacerdote de Orunmila que llegó de parte de los indios fidelinos. Acuérdate: es con Simón que quiere irse al reposo definitivo; no con Clodosbaldo, Willian, Lina o Danilo, que no hacen sino panteón chimbo. Patria o muerte, tú sabes. Pero, por ahora, el consejo Yoruba que lo tiene preso delibera si mudarlo de una vez a Guantánamo, a cambio de moneda muy necesaria. El sacerdote visitante me lo dijo».
John Stuart Mill (1806-1873) fue sin lugar a dudas un gran pensador de la sociedad y la política. En su ensayo miliar, Consideraciones sobre el gobierno representativo, advirtió con la mayor energía sobre la inconveniencia de los gobiernos despóticos, señal de decadencia. (Durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, escribí a un amigo en el exterior que Venezuela no tenía derecho a decaer). En esta ficha, se reproduce fragmentos de los capítulos primero y tercero de la obra de Mill; son advertencias que no conviene olvidar. LEA
………
Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho.
………
Por mucho tiempo (tal vez a lo largo de toda la duración de la libertad británica) ha sido conseja común que, si pudiera asegurarse un buen déspota, una monarquía despótica sería la mejor forma de gobierno. Considero esto una falsa concepción, radical y muy perniciosa, acerca de lo que es el buen gobierno; la que, hasta que podamos desembarazarnos de ella, viciará fatalmente todas nuestras especulaciones sobre el gobierno.
La suposición es la de que el poder absoluto, en las manos de un individuo eminente, aseguraría un desempeño virtuoso e inteligente de todos los deberes del gobierno. Se establecerían y mantendrían en vigor buenas leyes, las leyes malas serían reformadas; los mejores hombres serían colocados en todas las situaciones de confianza; la justicia sería tan bien administrada, las cargas públicas serían tan livianas y tan juiciosamente impuestas, toda rama de la administración sería tan pura e inteligentemente conducida, como las circunstancias del país y su grado de cultivo intelectual y moral lo admitiesen. Estoy dispuesto, para fines de esta discusión, a conceder todo esto; pero debo señalar cuán grande la concesión es; cuánto más se necesita para producir incluso una aproximación a estos resultados que lo que es dado a entender por la simple expresión de un buen déspota. Su realización implicaría, de hecho, no meramente un buen monarca, sino uno que pudiera verlo todo. Tendría que estar en todo momento informado correctamente, en considerable detalle, de la conducta y funcionamiento de toda rama de la administración, en todo distrito del país, y tendría que ser capaz, en las veinticuatro horas diarias que es todo lo que se concede tanto a un rey como al más humilde trabajador, de dar una eficaz cuota de atención y superintendencia a todas las partes de este vasto campo; o al menos tendría que ser capaz de discernir y escoger, entre la masa de sus súbditos, no sólo una gran abundancia de hombres honestos y capaces, aptos para conducir cada rama de la administración pública bajo supervisión y control, sino también el pequeño número de hombres de eminente virtud y talento a quienes pudiera confiarse que prescindiesen de tal supervisión sobre ellos, para que la ejerciesen ellos mismos sobre otros. Tan extraordinarias serían las facultades y energías requeridas para desempeñar esta tarea en alguna forma soportable, que difícilmente podemos imaginar que el buen déspota que estamos suponiendo consintiera en emprenderla , a menos que fuese como refugio de males intolerables y preparación transeúnte para algo que viniera después. Pero el argumento puede prescindir de incluso este ítem de la contabilidad. Supongamos que la dificultad fuese vencida. ¿Qué tendríamos entonces? Un hombre de actividad mental sobrehumana manejando todos los asuntos de un pueblo mentalmente pasivo. Su pasividad está implícita en la idea misma de poder absoluto. La nación como conjunto, y todo individuo que la compusiera, estaría sin voz potencial alguna sobre su propio destino. No ejercitarían ninguna voluntad respecto de sus intereses colectivos, Todo estaría decidido por ellos por una voluntad que no es la suya, que sería legalmente un crimen que desobedecieran.
¿Qué clase de seres humanos pudiera formarse bajo un régimen tal? ¿Qué desarrollo pudieran lograr bien fueran su pensamiento o sus facultades activas bajo él? Puede que en asuntos de teoría pura se les permitiera especular, hasta donde sus especulaciones no se acerquen a la política ni tengan la más remota conexión con su práctica. Puede que se tolerase a lo sumo que hicieran sugerencias en asuntos prácticos; y aun bajo el más moderado de los déspotas nadie que no fuese persona de superioridad ya admitida o reputada pudiera esperar que sus sugerencias se conocieran, mucho menos tomadas en cuenta, por aquellos que tuviesen la gestión de los asuntos. Una persona debe tener un gusto muy inusual por el ejercicio intelectual en sí mismo para someterse a la molestia de pensar si no va a tener efecto externo alguno, o de calificar para funciones que no tiene ninguna probabilidad de que le sea permitido ejercerlas.
………
Ni es solamente su inteligencia lo que sufrirá. Sus capacidades morales estarán igualmente impedidas de crecimiento. Doquiera que la esfera de acción de los seres humanos es artificialmente circunscrita, sus sentimientos se estrechan y empequeñecen en la misma proporción. El alimento del sentimiento es la acción: incluso el afecto doméstico vive de los buenos oficios que sean voluntarios. Que una persona no tenga nada que ver con su país y no se preocupará por él. De antaño se ha dicho que en un despotismo hay a lo sumo un solo patriota, el mismo déspota; y este dicho descansa sobre una justa apreciación de los efectos de la sujeción absoluta, aun a un amo bueno y sabio.
………
Un buen despotismo significa un gobierno en el que, hasta tanto dependa del déspota, no haya positiva opresión por parte de los funcionarios del Estado, pero en el que todos los intereses colectivos del pueblo son manejados por otros, en el que todo pensamiento que guarde relación con los intereses colectivos sea hecho por otros, y en el que las mentes sean formadas, de modo consentido, por esta abdicación de sus propias energías. El dejar las cosas al gobierno, como dejarlas a la Providencia, es sinónimo de no preocuparse en nada por ellas, y aceptar sus resultados, cuando sean desagradables, como visitaciones de la Naturaleza. Con excepción, por tanto, de unos pocos hombres estudiosos que tengan un interés intelectual en la especulación por sí misma, la inteligencia y los sentimientos del pueblo entero estarán dados a los intereses materiales, y cuando estos hayan sido atendidos, a la diversión y adorno de la vida privada. Pero decir esto es decir, si es que vale para algo todo el testimonio de la historia, que ha llegado la era de la decadencia nacional: esto es, si es que la nación ha logrado alguna vez algo desde lo que pudiera decaer.
Circula por estos días una invitación electrónica a la presentación de un nuevo libro de Ramón Guillermo Aveledo, su biografía del fallecido ex presidente Luis Herrera Campíns. Antes nos había dado, dentro de una obra numerosa, un libro utilísimo: La 4ta. República – Lo bueno, lo malo y lo feo de los civiles en el poder. (Ver Privilegio exigente, del 4 de diciembre de 2007: «Su serena exposición está organizada, muy útilmente, al modo temático. De ella emerge una convincente y justa imagen: los gobiernos civiles en Venezuela, con todas sus criticables equivocaciones, trajeron más progreso al país que todos los gobiernos militares juntos, que fueron muchos más»).
Aveledo es biógrafo particularmente indicado para contar la vida y la política de Herrera Campíns; como éste, egresó del Colegio La Salle de Barquisimeto y ha sido importante dirigente de COPEI y, por si fuera poco, fue su Secretario Privado durante su presidencia. Conoce como pocos, pues, la verdad de la trayectoria de Herrera Campíns. Quien escribe no puede presumir, siendo caraqueño y lasallista de La Colina, tener un mejor conocimiento del ex presidente, pero creo tener autoridad para sostener hoy evaluaciones que hice de su período constitucional hace un cuarto de siglo, y para complementarlas con un juicio posterior que redondea mi opinión personal sobre su significación política.
Durante su gobierno, casi que éramos únicamente Ricardo Zuloaga y quien escribe los que sosteníamos una visión más bien positiva de Luis Herrera en el círculo del Grupo Santa Lucía, en el que la mayoría era francamente crítica. Esta postura trasluce en un fragmento de mis Memorias prematuras (1986), que registra una petición que me hiciera, en nombre de COPEI, Oswaldo Álvarez Paz durante el año electoral de 1983, el último del gobierno de Herrera, poco después de las medidas monetarias anunciadas el viernes de su febrero que fuera bautizado como Negro:
Álvarez Paz me recibió una tarde en el cuartel general de la urbanización El Bosque. Acusaba el impacto de los traumáticos anuncios del 18 de febrero, más brumario que aquel 18 francés. Su saludo consistió en las siguientes palabras: “Luís Enrique, dime cómo vamos a ganar esta campaña, porque así como anda vamos a perder con toda seguridad”. Repetí las escuetas líneas de mi análisis: estamos a las puertas de una profunda crisis que debe ser asumida por Rafael Caldera; Rafael Caldera confrontará un problema principal de campaña en su relación con el gobierno del presidente Herrera; habrá que decidir un curso radical ante este asunto: o defensa decidida o deslinde completamente claro. Quedamos en que desarrollaría por escrito esos conceptos, así como también describiría un nivel más operativo compatible con la lectura estratégica, en la que no diferíamos grandemente, salvo en el punto de la viabilidad de la defensa del gobierno. En su opinión, una mejoría en la imagen del gobierno no favorecía en nada a la candidatura de Caldera, aunque un deterioro de la imagen gubernamental sí le afectaría negativamente. Le recordé que una reciente encuesta en el Área Metropolitana de Caracas todavía mostraba una muy considerable proporción de entrevistados que eran renuentes a calificar la actuación del Presidente como mala o muy mala. (La encuesta en cuestión, de marzo de 1983, arrojó los siguientes resultados: opinó que el gobierno era “muy bueno” el 4% de los encuestados, “bueno” el 14%, “malo” el 17%, “muy malo” el 14% y “regular” casi el 50%. Claramente, sólo un 31% había cruzado la raya hacia el juicio definitivamente negativo). Allí había un punto de partida para una enérgica acción de viraje en el planteamiento de campaña, hasta entonces centrada en el prestigio de Caldera, el que hacia 1981 había alcanzado niveles cercanos a un 80% de venezolanos creyentes en él como el mejor presidente de la etapa democrática. Durante esta entrevista llegué a pensar que Álvarez Paz, quien mostraba cierta renuencia a aceptar la totalidad de mis planteamientos, pudiera estar convencido de la indignidad del gobierno de Luís Herrera. Así se lo pregunté. Fue la primera vez que Oswaldo Álvarez Paz me dijera: “Lo único inmoral es no ganar”.
Ser perdedor es malo
En el mismo libro memorioso expongo con mayor amplitud una valoración del gobierno de Herrera. En ella emerge como factor clave la relación de Herrera con su partido, dirigido desde la Secretaría General por Eduardo Fernández (cito):
Al comienzo de su período el presidente Herrera contó con posibilidades apreciables. Fue elegido con una mayoría moderada pero más convincente que la que obtuvo Caldera en 1968 y recibió poco después la señal de un mayor apoyo de las elecciones municipales de 1979. Por recursos no pudo quejarse, pues contó para la mayor parte de su período con fuertes aumentos de ingreso por los sucesivos aumentos en los precios petroleros. Hubo de contar, es cierto, con el peso de la ya muy considerable deuda pública, aún quitándole la treintena de miles de millones que se empeñó en rebuscar y añadir a la famosa “estimación Bolinaga” para aquella antológica alocución televisada en la que anunció que la hipoteca era por 110.000 millones de bolívares. Y hubo de contar también con la distancia y la frialdad del polo calderista. Varios fenómenos gravitaron fuertemente sobre el gobierno de Luís Herrera Campíns. El primero fue aquella “solidaridad inteligente” que COPEI declaró por boca del flamante secretario general, Eduardo Fernández. El segundo, el frustrante episodio del Sierra Nevada. El tercero, naturalmente, la serie de malas noticias económicas a partir de los inicios de 1982. El cuarto, la incesante oposición adeca, que, reunida en medio de su desesperación post-perecista por la voz aleccionadora de Jaime Lusinchi, no dejó de pronosticar la recesión económica.
Solidaridad pretendidamente astuta
Por lo que respecta al indeciso apoyo de un partido controlado por personajes más afectos al calderismo, el gobierno de Luís Herrera encontró apropiado constituirse con los herreristas de mayor confianza en los puestos claves. Todos recordamos la profusión de barquisimetano-lasallistas en puestos gubernamentales, así como la resistencia del Presidente Herrera a destituir funcionarios de su régimen que estuviesen marcados por la sospecha de corrupción. El gobierno de Herrera se condujo desde un principio en un estilo pre-paranoico, pues a la natural oposición adeca se añadía el efecto de un comando partidista propio que no le apoyaba completamente. Esta circunstancia, independientemente de los orígenes de la escisión copeyana, fue constante del período.
La lucha por invalidar políticamente a Carlos Andrés Pérez sirvió posteriormente como caldo de cultivo a un cínico espíritu de rebatiña que pareció apoderarse de algunos notorios funcionarios públicos. El episodio del Sierra Nevada contribuyó grandemente a una suerte de autorización realista de la corrupción. En efecto, razonarían los convencidos de la culpabilidad de Pérez, si éste había salido indemne del proceso de juicio público que le fue montado en el Congreso de la República, entonces podría resultar una necedad, y hasta un suicidio político, adoptar una conducta honesta que sólo les dejaría enemistados con ese poderoso personaje nacional y para colmo sin recursos. Hubo consejeros que propusieron a Herrera Campíns comenzar el asedio por la figura más vulnerable de Diego Arria. Se dice que Herrera optó por irse de una vez de frente contra Carlos Andrés Pérez porque una cacería de Arria hubiese dado mucho más tiempo al ex presidente para preparar su defensa.
En todo caso, la notoria corrupción del período de Herrera Campíns fue un golpe a la opinión pública, pues Luís Herrera había accedido al poder sobre el supuesto de una cruzada moral. Desde el discurso en el acto de su proclamación por el Consejo Supremo Electoral, pasando por el de la toma de posesión, incluyendo la alocución de los 110.000 millones y las acusaciones que promovía por la vía preferente del gran inquisidor Leopoldo Díaz Bruzual, Luís Herrera Campíns había fundamentado una buena parte de su razón de gobierno en la denuncia y el ataque a Pérez y a muchos de sus funcionarios. En 1982 el país presenciaba, atónito, un endeudamiento fuertemente agravado y la epidemia de escándalos administrativos protagonizados por importantes funcionarios del gobierno.
Las malas noticias económicas de comienzos de 1982 completaron el telón de fondo de la época. No hubiera sido imposible presentir que un empeoramiento de la posición financiera del sector público se avecinaba. A fin de cuentas, ya mucho antes voces como la de Juan Pablo Pérez Alfonzo habían “profetizado el desastre”. Pero tampoco era ésta una percepción común. Tan tarde como a fines de 1981 el primer vicepresidente de Petróleos de Venezuela, Dr. Julio César Arreaza, en su discurso ante la asamblea de ARPEL de ese año, se atrevía a predecir un brillante futuro de expansión para los países petroleros. Es así como las primeras señales negativas constituyeron en la práctica una sorpresa. La decisión de la OPEP de establecer un programa de producción a sus países miembros, como una forma de adaptarse a la “debilidad momentánea” del mercado, era de por sí bastante ominosa. Mucho más lo fue el endurecimiento de los banqueros japoneses con el Ministro Ugueto. Como apunté, es probable que este endurecimiento haya tenido más que ver con los problemas de repago de la deuda externa mexicana y la de Polonia que con la situación del mercado petrolero o con el juicio que Venezuela hubiera merecido considerada aisladamente. Pero la analogía con México resultaba natural. A fin de cuentas, el gobierno de López Portillo parecía una copia al carbón del de Carlos Andrés Pérez, impulsado por el boom de los nuevos yacimientos mexicanos. México fue por esos años el paraíso del prestamista internacional. Sus problemas con la deuda externa fueron, por tanto, un golpe psicológico de primera magnitud.
La oposición de Acción Democrática también era natural. Si durante un tiempo, por la época del caso Sierra Nevada, ese partido estuvo deprimido y acomplejado, no tardó en reponerse bajo el liderazgo de Jaime Lusinchi, quien inmediatamente después de la derrota electoral animó a sus copartidarios a reagruparse para continuar en la lucha. Los resultados fueron, obviamente, correspondientes con esa valerosa postura de rechazo a la rendición. Pero la oposición de Acción Democrática contribuyó en mucho a la conformación de un clima de desconfianza en las políticas económicas del gobierno de Herrera Campíns. Una prédica incesante desacreditaba la bondad de las decisiones, y la participación adeca en el Congreso de la República no le hacía en nada fácil la vida a Luís Herrera.
Ésos fueron los cuatro principales factores que operaron negativamente sobre la administración de Herrera Campíns. Otros valen la pena de ser mencionados. El primero es el propio estilo de gobierno del ex presidente. Por un lado, desde muy temprano abrió frentes de lucha múltiples y simultáneos. Intentó arreglar el problema de los indocumentados y el del diferendo con Colombia, atacó los intereses de las televisoras comerciales con la prohibición a la propaganda de licores y cigarrillos y a la participación infantil en programas y cuñas de televisión, mostró frialdad o resentimiento ante FEDECÁMARAS al negarse a asistir a sus asambleas, estableció la pelea frontal contra el ex presidente Pérez y, en general, impuso un estilo sombrío desde aquella primera declaración: “Recibo una Venezuela hipotecada”. No era como para animar a la confianza del inversionista privado. Muy pronto, además, impuso el “enfriamiento” a una economía “recalentada”. No mucho tiempo después el Ministro Ugueto confiaba a algunos amigos lo fácil que era congelar la economía y lo difícil que era reactivarla.
Ministro de Embestidas
Por otro lado, este estilo se complementaba con el aura misteriosa y zamarra del presidente Herrera. Había que ser un experto cultor del folklore venezolano para desentrañar su refranero, con el que pretendía conducir la psiquis del venezolano, o sus extrañas comparaciones, como aquella de la Constitución de 1961 con Sofía Loren. Nadie, se decía, ni sus más íntimos colaboradores conocían lo que pensaba en realidad el presidente. E intencionalmente mantenía dentro de su gobierno personalidades discrepantes, lo que impedía coherencia política. La más notoria de las disensiones se establecía entre Leopoldo Díaz Bruzual y el resto de los ministros de la economía. Díaz Bruzual fue empleado primero como el encargado de desacreditar los megaplanes de la época de Pérez, principalmente en lo que se refería al famoso Plan IV de la Siderúrgica del Orinoco, la que, como casi todas las empresas de la Corporación Venezolana de Guayana, había pasado a ser propiedad del Fondo de Inversiones de Venezuela, del que Díaz Bruzual fue su ministro presidente. Fue Díaz Bruzual quien se atrevió a poner en duda, a fines de 1981 y durante 1982, la productividad de Petróleos de Venezuela, cosa que convenía a su plan de llevar los importantes depósitos de divisas de PDVSA hacia las arcas del Banco Central. Y fue Díaz Bruzual, por supuesto, quien enfiló contra Carlos Andrés Pérez al destapar el turbio negocio del buque Sierra Nevada. Ya en pleno año electoral detonó la bomba del Banco de los Trabajadores de Venezuela, que había sucedido al escándalo del Banco Nacional de Descuento. Díaz Bruzual fue, pues, el gran agitador del período de Luís Herrera, su Robespierre. Ante las obvias discrepancias, Ugueto explicaba la presencia de Díaz Bruzual: “El presidente quiere una segunda voz en el gabinete económico”. Luego sería Arturo Sosa quien sufriría las atrabiliarias declaraciones del “Búfalo”. Más de una vez el impacto que éstas producían descosió los intentos de refinanciamiento de la deuda externa que Sosa pacientemente elaboraba. Venía un telegrama esperanzador del comité de bancos con acreencias sobre la República, lo seguía algún ácido desplante del presidente del Banco Central de Venezuela y desaparecía como por arte de magia toda simpatía de esos acreedores.
El otro factor digno de mencionar es el marcado aumento en el escrutinio que de las ejecutorias públicas hacían, principalmente, los medios de comunicación social. Se puede decir que a este respecto aumentó la democracia venezolana durante el período de Luís Herrera. En efecto, nunca antes un gobierno había estado expuesto a un asedio tan insistente o tan escudriñador. El día que llegue a ser posible una cuenta más objetiva de los casos de corrupción administrativa y se haga una comparación entre los producidos en el gobierno de Pérez y en el de Herrera, será posible notar que durante el período de este último aumentó la frecuencia de reporte. Habrá que decidir entonces si hubo más corrupción absoluta durante el mandato de Luís Herrera o si la percepción de que así lo fue dependió más de una mayor cantidad de iluminación, si el tumor era realmente más grande que antes o si se veía más porque la lámpara del quirófano alumbraba mejor.
Esta era la versión que del gobierno de Luís Herrera Campíns sostenía yo. Pensaba que las inocultables fallas del gobierno no se debían únicamente a su voluntad y que factores que no controlaba le habían encaminado, trágicamente, por el despeñadero. También lo juzgué mal políticamente, pues llegué a creerlo mejor hombre de Estado que lo que resultó ser. Me dejé dominar por el mito de su zamarrería y estuve esperando su famoso y anunciado “volapié” hasta el último momento. Éste nunca llegó, tal vez afortunadamente, pues signos hubo de que el volapié bien pudiera haber sido alguna sorprendente y traumática revelación relativa al caso de secuestro de William Niehous, el que había ocurrido durante el gobierno de Pérez y que había sido “resuelto” en tiempo récord a las pocas semanas del gobierno de Herrera. Digo afortunadamente porque en la tradicional política nacional sus protagonistas parecieran acertar a legitimarse sólo con el descrédito del contrario, mediante la acusación escandalosa y violenta. Una revelación agresiva de algún posible secreto sobre Niehous, aparentemente guardado por Luís Herrera con avaricia, hubiese chocado fuertemente a la psiquis venezolana, ya abrumada por la secuencia de escándalos del año de 1983, espantada ante los casos del Nacional de Descuento y del Banco de los Trabajadores, y conmovida todavía más por el asesinato del penalista Raymond Aguiar a escasas horas del acto de votación electoral. Lo cierto del caso es que el volapié no se produjo y Luís Herrera entregó a Jaime Lusinchi una Venezuela hipotecada en segundo grado.
Como puede verse, el suscrito no tenía un prejuicio acerca del gobierno de Luis Herrera; más bien tenía una predisposición a juzgarlo favorablemente. Ejercí, por otra parte, una función pública durante su período—de enero de 1980 a febrero de 1982—: la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT). Entre las frustraciones que experimenté en ese lapso estuvo la renuencia de Herrera a prescindir de su Ministro de Estado para la Ciencia y la Tecnología, Raimundo Villegas, que se caracterizó por prácticas de nepotismo—que oportunamente denuncié al Secretario General de COPEI, sin resultado alguno—y que en mi presencia informó a un funcionario de la Casa Blanca de la celebración de reuniones secretas del presidente Herrera con mandatarios de Centroamérica durante el conflicto de esta zona; de esto di noticia a un importante ministro de Herrera y tampoco hubo consecuencias prácticas.
Ni siquiera estas últimas cosas amellaron demasiado mi simpatía general por Luis Herrera; creo que hubiera hecho un mejor gobierno si su propio partido no hubiera tenido la grosera ocurrencia de ofrecerle una «solidaridad inteligente», esto es, condicionada. No le ha sido fácil a COPEI llevarse bien con los presidentes que han salido de su seno.
Pero al final de su influencia política Herrera incurrió en graves distorsiones, y las peores entre ellas se suscitaron alrededor de la candidatura presidencial de Irene Sáez. Era Luis Herrera el Presidente de COPEI, sobre la funesta Secretaría General de Donald Ramírez; ellos aceptaron la promoción de quien entonces era la Srta. Sáez, ex Miss Universo, por parte de Enrique Mendoza, a la sazón Gobernador del Estado Miranda. COPEI no estaba bien, financieramente hablando, y el presupuesto mirandino sostenía entonces muchas de sus operaciones. (Como sesiones de trabajo con dirigentes regionales en las que se les vendía las bondades de la candidatura favorita del gobernador Mendoza).
Barbie Sáez, candidata de COPEI
Cuando ya eran obvios los preparativos del partido comandado por la dupla Herrera-Ramírez para lanzar a la Srta. Sáez, el diario El Nacional invitó, a mediados de 1997, al ex presidente Herrera a una entrevista con desayuno. Uno de los periodistas presentes levantó el punto de la impreparación de Irene Sáez para el cargo presidencial, de la carencia en ella de la madera de un estadista. Impertérrito, Luis Herrera contestó: «No se preocupen, que modernamente el poder es compartido». Es decir, admitía las carencias de la candidata y sugería que él sería el verdadero poder detrás del trono.
Llegado el momento de la proclamación oficial de la candidatura Sáez en la convención de COPEI en Caraballeda—Hotel Macuto Sheraton—, Luis Herrera llevó el asunto a límites de desvergüenza. En esa convención habló dos veces, poniendo de manifiesto su reconcomio anticalderista y antieduardista, y en el segundo y último de sus discursos admitió:
…les voy a decir por qué creo que necesitamos ganar: no por ustedes, que al fin y al cabo—unos por razón de experiencia estamos jubilados, otros por razón de méritos están desempeñando importantes responsabilidades en los organismos representativos—tenemos nuestro medio de vida asegurado, ni de la mayor parte de los dirigentes municipales y regionales del partido que también tienen su vida, por lo menos a corto plazo, asegurada. No, no por ellos, sino por los que no tienen cargos en la burocracia, por los que no tienen acceso a la administración pública para plantear sus problemas y que se los resuelvan, para que se les escuche su pobreza, para que se les dé una muestra de afecto y de solidaridad, que se los podría dar un Presidente copeyano o un gobierno donde el Partido COPEI sea también partido de gobierno…
Debo admitir que conocer tan descarada declaración me produjo una muy desagradable sensación, aunque ya había escuchado que esa racionalización herrerista estaba siendo ofrecida a más de un copeyano: ganemos para que puedan tener cómo vivir. Resuélvanse, asegúrense de estar “cubridos”—como habría dicho la inefable Blanca Ibáñez—con un triunfo electoral. No imaginé nunca, sin embargo, que el presidente de COPEI se atreviera a presentar un argumento tan alejado de la ética socialcristiana en el seno de una convención nacional, ante las cámaras—de una Globovisión incipiente—que transmitieron al país todo el discurso. Al día siguiente, una versión escrita de las palabras de Herrera Campíns fue distribuida a los asistentes a la convención. Herrera no estaba avergonzado sino orgulloso de la enormidad que entonces dijo.
Conductas como ésa son las que permitieron que un oficial golpista de mediano rango ganara las elecciones presidenciales de 1998. Lamentablemente, Luis Herrera Campíns se transformó en abierto cultor de la Realpolitik: la procura del poder a toda costa. LEA
El Grupo Santa Lucía, cuyo origen se remonta a 1977, viene siendo una muestra representativa de las elites venezolanas de la «4a. República», en inexacta terminología chavista. Su reunión anual de 1984 tuvo lugar en Aruba. Entonces pude estar presente gracias a la ayuda económica de Eduardo Quintero Núñez y Andrés Sosa Pietri. En ella ocurrió la presentación informal en sociedad del Grupo Roraima, un movimiento de empresarios de relativa juventud, y pudo conocerse el anticipo de lo que luego sería un best seller de la literatura político-gerencial venezolana de los años ochenta. En mis Memorias Prematuras relato este último acontecimiento, y es de ellas de donde extraigo los párrafos que siguen.
………
La última mañana del seminario de Aruba estuvo dedicada a la discusión de un trabajo de Ramón Piñango y Moisés Naím, directores del Instituto de Estudios Superiores de Administración. El trabajo consistía en un capítulo sintético final de lo que luego aparecería publicado en forma de libro como “El Caso Venezuela: Una Ilusión de Armonía”. (El libro se compone de trabajos escritos por varios autores, entre los que se encuentran los nombrados, Gustavo Escobar, Gustavo Pinto Cohén, Gustavo Coronel, Diego Bautista Urbaneja, Asdrúbal Baptista, Eva Josko de Guerón, Ignacio Ávalos, Elisa Lerner).
El libro es un gran aporte a la calibración de la crisis nacional. Más de un trabajo contribuye a desmitificar las interpretaciones usuales de la situación venezolana. La moraleja de conjunto se sintetiza en el subtítulo del libro: en Venezuela ha operado una ilusión de armonía gracias a que, hasta 1982-83, ha habido suficientes recursos financieros como para aceitar los conflictos potenciales de nuestra sociedad. Ahora ya no se dispone de la bonanza y será muy difícil pretender la posibilidad de un consenso, en ausencia de “un poderoso marco ideológico capaz de aglutinar esfuerzos, exigir sacrificios, postergar gratificaciones y dar un sentido de orientación al país o sus grupos dirigentes”. (El Caso Venezuela, página 546.) Por esto la recomendación de los autores es la siguiente: “No hay razones para pensar que el conflicto social vaya a disminuir. Con seguridad se va a intensificar. Quienes han dominado la discusión pública del país han insistido en la urgente necesidad del consenso. Desde nuestra óptica, más bien, lo urgente es preparar el país para manejar adecuadamente los conflictos. La búsqueda del consenso hay que dirigirla hacia las maneras de organizarnos para solucionar los conflictos”. (Página 575). Estoy de acuerdo con esa definición. El diseño que ya tenía del proyecto de la “sociedad política de Venezuela” era una respuesta a ese problema.
Con muchas de las cosas contenidas en el análisis de Naím y Piñango estoy de acuerdo. Con dos, particularmente, estaba en desacuerdo. Una era el tono de reconvención y regaño implícitos en el trabajo. Hay algún punto en el que, acertadamente, los autores critican implacablemente a la práctica de la exhortación como herramienta políticamente ineficaz: “Pero la exhortación va mucho más allá para decirnos, a través de todos los medios posibles y con toda la amplificación necesaria, cómo deben comportarse los venezolanos y sus organizaciones”. (Página 568). Tan difícil es, en abono a su tesis, separarse del exhortacionismo, que pocas páginas después, (en la 574), ellos mismos incurren en la práctica y empiezan: “Poco cambiaremos si no cambiamos prácticas como esas”. Y luego viene una lista de “cómo deben comportarse los venezolanos y sus organizaciones”. (Por ejemplo, la selección de los jueces “…deberá depender más de los méritos de cada candidato a juez, y los partidos deberán reconocer lo perniciosa que es su intervención sistemática en el nombramiento de funcionarios judiciales”).Exhortacionismo del más puro.
Un punto más de fondo es la recomendación de Naím & Piñango de enfatizar la “carpintería” de las cosas: “El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado “la carpintería”. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques”. (Pág. 579).Veamos que hay detrás de esa nueva “exhortación” de Naím y Piñango. Hay, primero que nada, una legítima preocupación con la miríada de operaciones concretas que son necesarias para que el más pequeño o el más grande proyecto pueda ser llevado a la práctica. Estoy de acuerdo en que despreciar los detalles es una actitud perdedora. Se puede apuntar, por otro lado, que la mayor clientela del IESA se concentra en el sector privado de la economía, orgulloso de su capacidad “carpintera”, lo que hacía esa exhortación conveniente desde el punto de vista de la aceptación del libro y las relaciones públicas de la institución. Hay, también, en esa postura una sintonía con recientes cambios en la moda gerencial. Unos años atrás los enfoques gerenciales más prestigiosos estaban ligados a la noción de planificación estratégica. (Entre los más renombrados postulantes de la necesidad o la moda de planificar estratégicamente estuvo, por ejemplo, un grupo de consultores conocido como el Boston Consulting Group, al que hoy en día pocos le hacen caso). Luego vendría la crisis y el descrédito. Firmas como EXXON abandonaron algunos de sus intentos por leer el futuro y en todas partes comenzó a cuestionarse fuertemente la planificación estratégica y a gestarse una “rebelión de los tácticos”. Se exigía capacidad de maniobra operacional al tiempo que se desacreditaba la planificación estratégica.
Creo que ese enfoque es erróneo. Si lo que está mal es la estrategia esto no se resuelve poniendo a los tácticos en el sitio de los estrategas, sino consiguiéndose estrategas diferentes. Si lo que está mal es el diseño del mueble, eso es lo que hay que cambiar y no hacer una carpintería sin diseño y sin sentido, pues el mueble resultaría incoherente. Es perfectamente posible ejecutar eficientemente una política ineficaz. LEA
En su única campaña por la Presidencia de la República, en 1963, Arturo Úslar Pietri presentó como guía central de su oferta lo que llamó «la Venezuela posible». Nunca cesó en esta prédica, que salía de la privilegiada conciencia de un ser renacentista. Seguramente sin saberlo, Asdrúbal Batista hizo, el pasado 25 de mayo, eco— «…el Dr. Asdrúbal Batista había dicho que Venezuela no podía ser un mal país, si había concebido y gestado al eximio prócer de San Juan de Colón», en referencia a Ramón J. Velásquez (Testigo excepcional)—de conclusión expuesta por mí el 17 de mayo de 1996, cuando Úslar cumpliera noventa años de edad enteramente lúcida: «Úslar es Venezuela, y como eso es así es buena Venezuela. Porque un país en el que nace Úslar, en el que vive Úslar, al que regresa Úslar, en el que se queda Úslar prefiriéndolo entre todos los que le ofrecerían patria de inmediato, no puede ser un mal país».
Úslar entendía la Venezuela posible como el resultado de un esfuerzo colectivo en el que, naturalmente, la acción de los diversos liderazgos del país estaría exigida de responsabilidad.
Ahora suenan otros ecos del desafío uslariano. Leopoldo López primero y, pocos días después, Eduardo Fernández en el lanzamiento de su precandidatura presidencial ofrecieron «una Venezuela mejor». (López no ha descartado su participación en las primarias de la Mesa de la Unidad Democrática; con mucha razón, destacó que las normas aprobadas por la MUD sólo exigen para participar en ellas las condiciones requeridas constitucionalmente al Presidente de la República: venezolano por nacimiento, sin otra nacionalidad, mayor de 30 años, de estado seglar, no sometido a condena por sentencia definitivamente firme. Aunque pesa sobre él una inhabilitación, López no ha sido condenado judicialmente. Pero él estuvo en el acto de proclamación de Fernández, en la presentación de su «propuesta». Desde el año 2009 se reúnen ambos en casa de Lewis Pérez, otrora Secretario General de Acción Democrática, con Luis Miquilena—quien estuvo también en el lanzamiento de Fernández—para conformar una «nueva» organización política. En este intercambio han debido coincidir en la frase «una Venezuela mejor», whatever that means).
………
El pasado sábado 28 de mayo, en un acto en el estado Lara, Leopoldo López—puede recordarse que en noviembre de 2010 fue allá a firmar un pacto bilateral con Henri Falcón «en defensa de la Constitución», whatever that means—presentó el plan «La mejor Venezuela», diciendo: «Estamos aquí para presentarle a Venezuela la posibilidad de un país distinto, sembrando un movimiento de mujeres y hombres que hoy se comienza a consolidar». Al revelar a los asistentes que «existe otro rostro de Nación», anunció con la mayor seriedad: «La decisión que hemos tomado es construir esa Venezuela». (Entre los aspectos fundamentales del «plan», dice El Universal, «mencionó la necesidad de reducir el número de fallecidos por la inseguridad y reformar las policías del país. ‘Se necesita una posición firme para depurar los cuerpos policiales… y llenar las calles de más policías’. Dijo asimismo que es imperioso hacer reformas profundas que necesitan el sistema de justicia y el carcelario del país. El sistema de salud y la educación en el país también forman parte de este plan. ‘No se debe asumir sólo la masificación de los servicios sino también de la calidad… ésta es una deuda histórica que tenemos con el país’… Encomendándose a la Divina Pastora culminó su discurso pidiendo ‘fuerza y fe’ para Venezuela»).
López en el acto de Fernández (clic para ampliar)
Por lo que atañe al viejo «tigre»— «el tigre come por lo ligero», le aconsejaba Luis Alberto Machado en 1988—, se limitó a reconocer a los jóvenes del país: “Quiero decirles que ustedes tienen derecho a vivir en una Venezuela mejor”. En verdad, su propuesta programática fue bautizada así: «Venezuela 2013 – La explosión del crecimiento».
Ya esta denominación retrotrae a los años cincuenta, cuando la comunidad planetaria de los economistas prescribía el crecimiento económico antes de que se acuñara y popularizara la más inclusiva idea de desarrollo. (Por ejemplo, Walt Whitman Rostow: El proceso de crecimiento económico, de 1952, y Las etapas del crecimiento económico, de 1959).
Una explicación oficial de la propuesta de Fernández—Teatro del Colegio Santa Rosa de Lima, sábado 4 de junio—vino en nota de prensa de IFEDEC, la institución que preside, del 26 de mayo, a raíz de reciente visita suya al estado Bolívar:
…enumeró los cinco puntos especiales que enmarca el proyecto de país “Venezuela 2013”, a saber, en primer lugar el fortalecimiento de la democracia, profundizando la descentralización e independencia y economía del poder público. Reactivación de la economía, generando inversiones del sector público y privado. Superación de la pobreza, promoviendo educación de calidad. Cambios culturales, erradicando la dependencia exagerada del estado e impulsando la producción y la productividad.
Y por último, pero no menos importante, el cambio ético.“Ha habido un problema muy serio desde el punto de vista de los valores y el culto a la muerte. En este sentido, esperamos que el próximo Gobierno haga un esfuerzo por fortalecer los valores de la vida, de la rectitud, de la solidaridad social y el amor, ya que en el país hay una crisis de desamor”.
El amoroso tigre se ofrece a resolverla. Uno de los más notorios asistentes al acto de lanzamiento de la candidatura Fernández fue Enrique Mendoza, quien lo enfrentara en 1997 cuando entonces promovía la funesta candidatura de Irene Sáez. Noticias 24 reportó su opinión acerca del acto del sábado pasado: «Enrique Mendoza expresó su satisfacción por el contenido carismático del discurso». Se trata de una evaluación muy apreciada por Fernández, quien sugirió sibilinamente a la revista Campaigns & Elections (marzo de 2011): «…quien sea candidato debe de ser alguien que pueda llenar esos valores y, si consideramos a alguien que combinara el carisma de Kennedy y la sabiduría de Mandela, sería ideal”.
………
Un candidato a la Presidencia de la República no puede prometer una Venezuela mejor. A lo sumo, puede prometer un mejor gobierno. Es un error fundamental y extenso—no sólo lo admiten prácticamente todos los políticos, sin también muchísimos ciudadanos—creer que un presidente es el jefe del país. Hugo Chávez se entiende así, por supuesto, pero no es el único. Durante la campaña de 1998, fue frecuente la aparición de Henrique Salas Römer en Primer Plano, el programa que conducía Marcel Granier. En una de sus comparecencias, mientras argumentaba que la elección de 1998 sería crucial—tenía razón—, soltó esta frase para aludirse a sí mismo: «…porque aquel que pretenda gobernar sobre un país…» Esta idea de que se gobierna sobre un país es pretensión muy equivocada. No se gobierna sobre un país, se gobierna para un país.
Los argentinos tienen un uso peor que el de Presidente de la República; allá dicen Presidente de la Nación. Pero quien ejerce la primera de las magistraturas no preside la nación, ni siquiera la república; preside el gobierno nacional, la rama ejecutiva del poder público nacional. No puede, por tanto, ofrecer algo que sólo la república entera, la Nación misma es la llamada a producir. No es el gobierno, ni siquiera el Estado completo, quien puede lograr una Venezuela mejor.
Por lo demás, prometer una Venezuela mejor es una perogrullada, una seudoproposición. ¿Cómo podría uno oponerse a esa noción? Habría que ponerse en pie y pedir la palabra para vender la idea de una Venezuela peor. ¿Quién de los competidores de Fernández querrá proponer el debilitamiento de la democracia, la desactivación de la economía, la desinversión, una educación sin calidad y la capitulación ante la pobreza? ¿Quien de los que quieren competir con López propondrá «aumentar el número de fallecidos por la inseguridad»?
Si no somos capaces de desenmascarar y repudiar discursos tan perogrullescos, lo que vamos a tener es una Venezuela bastante peor. LEA
intercambios