Canciones de la paternidad

María Ignacia, Cecilia Ignacia, Eugenia Josefina y Luis Armando

Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Andrés Eloy Blanco

Los hijos infinitos

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La dedicatoria de Las élites culposas pone: A Eugenia Josefina, la hija bien nacida; a Luis Armando, el hijo que envidio; a María Ignacia, la hija que quise tener. A Leopoldo Enrique, el hijo primero; a Beatriz Cecilia, la hija que vale la pena. A Nacha Sucre, “ese norte tan cercano”.

Quiero explicarla.

A Eugenia, la mayor de mis hijas, su nombre le viene de su abuelo materno, Armando Sucre Eduardo, quien lo escogió para ella y dijo: «En griego significa bien nacida». Comoquiera que ya yo veneraba a mi suegro, agradecí con orgullo que él dijera eso, pues equivalía a su aprobación de mi matrimonio con su hija. Recién nacida la llevé a mi oficina en el CONICIT, donde la visitaron los empleados como pastores y Reyes Magos y la admiraron maravillados sobre una mesa de reuniones; uno le puso el mote de Estrella de la mañana. Hoy, cuando ya no le da hipo reír, sigue siendo bella y buena.

Luis Armando tiene invertidos los nombres de su abuelo y es su vivo retrato; porta un cromosoma Alcalá y cuarenta y cinco Sucre. Es el primer descendiente varón de Armando y tiene un talento para la amistad y un instinto innato de la justicia; sus amigos son legión y lo adoran. Es hombre sensato y amable y a la vez un hombre serio. Por esas cosas lo envidio. Tendría diez u once años cuando me escribió en una tarjeta del Día del Padre: «No cambies nunca». ¿Cómo podría no quererlo?

María Ignacia lleva el primer nombre de mi madre—nació, como ella, un 12 de septiembre—y el segundo de mi esposa. Cuando ella y yo la concebimos en diciembre de 1984, como otras veces, la economía de la casa, por culpa de mi actividad política, no estaba boyante. En mis Memorias prematuras registré una apelación en sala de parto: «Cuando cargué a María Ignacia por primera vez le dije al oído que me ayudara, que yo había querido tenerla porque había sentido que yo saldría adelante y podría mantenerla, y que ahora le pedía me transmitiera la fuerza de su vida comenzando».

Tomé prestado de mi señora para referirme a ella, la gestadora de esos hijos, una frase de su libro: Alicia Eduardo – Una parte de la vida. Allí refiere la impresión que causaba a sus bisabuelos marabinos, ya residenciados en Caracas, «la cercanía de la imponente cordillera, el cerro Ávila, de inmensa mole verde como gigante siempre presente. Las ciudades donde hasta ahora habían vivido eran todas planas, y este cerro, este norte tan cercano de donde bajaban burros con flores de Galipán al amanecer, y adonde volvían las periqueras en las tardes después de bañarse en el río Guaire, los sobrecogió por algún tiempo». Nacha es mi cerro Ávila, mi brújula.

Beatriz Cecilia y su hija menor, Anabella Del Valle

Ella también me trajo a Beatriz Cecilia, la hija de su primer matrimonio con Antonio Escalona. Es hija que vale la pena, por su incansable fuerza, su fantástica habilidad para resolver situaciones difíciles y su generosa diligencia.

A mi vez, le aporté a Leopoldo Enrique, quien era el niño más hermoso que yo hubiera conocido y es ahora un varón a quien debo muchas ayudas, incluyendo las necesarias a la creación y mantenimiento de este blog; además me ha dado una nieta maravillosa, mi princesa Maya, nacida el primer Día de Reyes del tercer milenio. Pareció mezquina la escueta mención de hijo primero en la dedicatoria, pero es que ya le había dedicado mi primer libro, de esta manera:

Leopoldo Enrique cumplía tres años

Mi padre fue quien me enseñó aquello de que un hombre no está completo si no ha tenido un hijo, si no ha sembrado un árbol y si no ha escrito un libro. Este es mi primer libro y si no sé cuál es el primer árbol que sembré no tengo dudas de quien fue mi primer hijo. Es causa de un amor y de un orgullo de los que no he podido recuperarme. Dedico mi primer libro a Leopoldo Enrique Alcalá Manzanilla.

Puedo decir lo mismo de todos mis hijos. Dios me ha concedido la petición que hace aquí Andrés Eloy Blanco, con su propia voz, en Coloquio bajo la palma:

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Cada pulpero alaba su queso, por supuesto, y ahora quiero precisamente por eso celebrar, con un tributo musical, a los millones de colegas que tengo en el mundo, a los padres en su día.

Todos los padres—que no lo seríamos sin las madres—sabemos que serlo no es cosa fácil. Es ley de vida que la distancia de las generaciones traiga consigo la incomprensión inevitable de padres e hijos, pero esto es una tensión creadora. Por mi parte, he averiguado hace un tiempo—entre risas filiales divertidas con mi decrepitud terminológica—algunas palabras más modernas que me facilitan la comunicación con los míos. Ya no digo, por ejemplo, «conjunto» para referirme a los músicos en una fiesta, sino «grupo». Nadie como Cat Stevens retrató en una canción esta diferencia generacional. Ahora nos canta Father and son:

Father
It’s not time to make a change,
Just relax, take it easy.
You’re still young, that’s your fault,
There’s so much you have to know.
Find a girl, settle down,
If you want you can marry.
Look at me, I am old, but I’m happy.

I was once like you are now, and I know that it’s not easy,
To be calm when you’ve found something going on.
But take your time, think a lot,
Why, think of everything you’ve got.
For you will still be here tomorrow, but your dreams may not.

Son
How can I try to explain, when I do he turns away again.
It’s always been the same, same old story.
From the moment I could talk I was ordered to listen.
Now there’s a way and I know that I have to go away.
I know I have to go.

Father
It’s not time to make a change,
Just sit down, take it slowly.
You’re still young, that’s your fault,
There’s so much you have to go through.
Find a girl, settle down,
If you want you can marry.
Look at me, I am old, but I’m happy.

Son
All the times that I cried, keeping all the things I knew inside,
It’s hard, but it’s harder to ignore it.
If they were right, I’d agree, but it’s them you know not me.
Now there’s a way and I know that I have to go away.
I know I have to go.


Un problema análogo confrontó Andrea Bocelli el 6 de mayo de 1992, cuando compuso una carta a su padre que recita abajo contra un fondo musical, pero si en la canción anterior no emerge el cariño en A mio padre hay claramente tanto respeto como amor:

Caro Babbo,
Inutile discutere
D’accordo non saremo mai
Che cosa c’e di strano in cio
Trent’anni ci separano
O forse
C’e il timore in te
Di non trovare piu la forza
D’essere al mio fianco
Se gli ostacoli mi fermano.

Non preoccuparti, ascoltami
Avro problemi
Affronto infami ma
Niente mi spaventera’
Niente mi corrompera’
Niente al mondo
Mi fara scordare che
Posso vincere
E voglio farcela da me.
E voglio farcela da me.

So bene che per te e difficile
Giustificare
Questa smania di combattere
Osare l’impossibile….lo so

Ti sembrera incredibile
Ma piu ci penso piu m’accorgo che
Assomiglio proprio a te
E non sai come vorrei
Che la forza non ti abbandonasse mai
Per averti qui
E non arrendermi
Mai

Ciao Babbo,
A presto

Los padres tenemos que explicar el mundo a los hijos, desde que comienzan con sus porqués y hasta más grandes, como exige Joan Manuel Serrat al suyo en la canción que canta en catalán: Padre («Dime que le han hecho al río que ya no canta», una típica canción de protesta).

Pare
digueu-me què
li han fet al riu
que ja no canta.
Rellisca
com un barb
mort sota un pam
d’escuma blanca.

Pare
que el riu ja no és el riu.
Pare
abans que torni l’estiu
amagui tot el que és viu.

Pare
digueu-me què
li han fet al bosc
que no hi ha arbres.
A l’hivern
no tindrem foc
ni a l’estiu lloc
per aturar-se.

Pare
que el bosc ja no és el bosc.
Pare
abans de que no es faci fosc
ompliu de vida el rebost.

Sense llenya i sense peixos, pare,
ens caldrà cremar la barca,
llaurar el blat entre les enrunes, pare
i tancar amb tres panys la casa
i deia vostè…

Pare
si no hi ha pins
no es fan pinyons
ni cucs, ni ocells.

Pare
on no hi ha flors
no es fan abelles,
cera, ni mel.

Pare
que el camp ja no és el camp.
Pare
demà del cel plourà sang.
El vent ho canta plorant.

Pare
ja són aquí…
Monstres de carn
amb cucs de ferro.

Pare
no, no tingeu por,
i digueu que no,
que jo us espero.

Pare
que estan matant la terra.
Pare
deixeu de plorar
que ens han declarat la guerra.

En cambio, Barbra Streisand canta a un padre ausente un llamado amoroso y desgarrador: Papa, can you hear me? de la película musical Yentl.

PRAYER
God – our heavenly Father.
Oh, God – and my father
Who is also in heaven.
May the light
Of this flickering candle
Illuminate the night the way
Your spirit illuminates my soul.

Papa, can you hear me?
Papa, can you see me?
Papa, can you find me in the night?

Papa, are you near me?
Papa, can you hear me?
Papa, can you help me not be frightened?

Looking at the skies
I seem to see a million eyes
Which ones are yours?
Where are you now that yesterday
Waved goodbye
And closed its doors?
The night is so much darker.
The wind is so much colder

The world I see is so much bigger now that I’m alone.

Papa, please forgive me.
Try to understand me.
Papa, don’t you know I had no choice?

Can you hear me praying,
Anything I’m saying,
Even though the night is filled with voices?

I remember ev’rything you taught me
Ev’ry book I’ve ever read.
Can all the words in all the books
Help me to face what lies ahead?
The trees are so much taller
And I feel so much smaller.
The moon is twice as lonely
And the stars are half as bright.

Papa, how I love you.
Papa, how I need you.
Papa, how I miss you
Kissing me goodnight.

Ahora tenemos Canción a papá (Song for dad) en la agradable voz de Keith Urban:

Lately I’ve been noticing
I say the same things he used to say
And I even find myself acting the very same way
I tap my fingers on the table
To the rhythm in my soul
And I jingle the car keys
When I’m ready to go
When I look in the mirror
He’s right there in my eyes
Starin’ back at me and I realize

The older I get
The more I can see
How much he loved my mother and my brother and me
And he did the best that he could
And I only hope when I have my own family
That everyday I see
A little more of my father in me

There were times I thought he was bein’
Just a little bit hard on me
But now I understand he was makin’ me
Become the man he knew that I could be
In everything he ever did
He always did with love
And I’m proud today to say I’m his son
When somebody says I hope I get to meet your dad
I just smile and say you already have

The older I get
The more I can see
How much he loved my mother and my brother and me
And he did the best that he could
And I only hope when I have my own family
That everyday I see
A little more of my father in me

He’s in my eyes
My heart, my soul
My hands, my pride
And when I feel alone

And I think I can’t go on
I hear him sayin’ «Son you’ll be alright»
Everything’s gonna be alright»
Yes it is

The older I get
The more I can see
That he loved my mother and my brother and me
And he did the best that he could
And I only hope when I have my own family
That everyday I see
Oh I hope I see
I hope everyday I see
A little more of my father in me

A little more of my father in me
I hope everyday I see in me
In me
In me
I hope everyday I see

A little more of my father in me

Enrique Iglesias siguió la huella de su padre, el crooner español Julio Iglesias. La canción Quizás es un tributo a quien le dio la mitad de su ser y le marcó el camino:

Hola viejo, dime como estás,
los años pasan y no hemos vuelto a hablar
y no quiero que te pienses
que me he olvidado de ti.
Yo por mi parte no me puedo quejar
trabajando como siempre igual
aunque confieso que en mi vida
hay mucha soledad.
En el fondo tú y yo somos casi igual
y me vuelvo loco sólo con pensar.
Quizás la vida nos separe cada día más,
quizás la vida nos aleje de la realidad,
quizás tú buscas un desierto y yo busco un mar,
quizás que gracias a la vida hoy te quiero más.
Hola viejo, dime como estás,
hay tantas cosas que te quiero explicar
porque uno nunca sabe
si mañana este aquí.
A veces hemos ido marcha atrás
y la razón siempre querías llevar,
pero estoy cansado
no quiero discutir.
En el fondo tú y yo somos casi igual
y me vuelvo loco sólo con pensar.
Quizás la vida nos separe cada día más,
quizás la vida nos aleje de la realidad,
quizás tú buscas un desierto y yo busco un mar,
quizás que gracias a la vida hoy te quiero más.
Quizás la vida nos separe cada día más,
quizás la vida nos aleje de la realidad,
quizás tú buscas un desierto y yo busco un mar,
quizás que gracias a la vida hoy te quiero más.

Hola, viejo dime como estás,
los años pasan y no hemos vuelto a hablar
y no quiero que te pienses
que me he olvidado, de ti.

Los abuelos son, naturalmente, padres; por así decirlo, por partida doble, progenitores en cascada. Uno de los tangos de lujo del gran Astor Piazzolla se llama Adiós, nonino:

Por supuesto, los noninos dan babbinos (papitos), como atestigua Renée Fleming cantando, de la ópera Gianni Schicchi de Giacomo Puccini, O mio babbino caro:

Matt Redman llega ahora con su canción del padre, Father’s song, que alude al celestial:

I have heard so many songs
Listened to a thousand tongues
But there is one
That sounds above them all

The Father’s song
The Father’s love
You sung it over me and for eternity
It’s written on my heart

Heaven’s perfect melody
The Creator’s symphony
You are singing over me
The Father’s song
Heaven’s perfect mystery
The king of love has sent for me
And now you’re singing over me
The Father’s song

I have heard so many songs
Listened to a thousand tongues
But there is one
That sounds above them all
[Sounds above them all]

The Father’s song
The Father’s love
You sung it over me and for eternity
It’s written on my heart

It’s Heaven’s perfect mystery
The king of love has sent for me
And now you’re singing over me
The Father’s song

The Father’s song
The Father’s love
You sung it over me and for eternity
It’s written on my heart
[It’s written on my heart]

The Father’s song
The Father’s love
You sung it over me and for eternity
It’s written on my heart
It’s written on my heart
You sing it over me
Father

Es así; los padres tenemos el honor de ser tenidos como dioses: en las mitologías más cercanas el dios principal es paternal. El Dyus pitar del sánscrito es Zeus pater para los griegos y Júpiter (Diespiter en itálico, Deus pater en latín) para los romanos. El Dios de Abrahán, común al judaísmo, al catolicismo y el islamismo, es el Padre Celestial. Jesús de Nazaret compuso la oración cristiana por excelencia: el Padre Nuestro. Acá canta precisamente eso, de nuevo, Andrea Bocelli, esta vez en compañía del Coro del Tabernáculo Mormón (y no es una cuña a favor de Mitt Romney):

¡Feliz día, Padre eterno! LEA
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Conversaciones bibliológicas

El libro tiene la culpa

Han sido de gran ayuda a la promoción de mi libro, Las élites culposas, cuatro entrevistas radiales sobre su tema y tratamiento. Todas han sido presentadas antes en este blog, y no es otra cosa que el orgullo lo que me induce a colocarlas juntas en esta entrada. El orden es de más reciente a más antigua: primero, el audio de Jueves de Libros, sección de Penzini al cuadrado (Éxitos FM) del 12 de julio; a continuación la conversación con Manuel Felipe Sierra y Macky Arenas del miércoles 6 de junio por Radio Venezuela, luego la entrevista de Dariela Sosa con dos días de antelación por Radio Caracas Radio y, finalmente, la que me hiciera Fausto Masó el 11 de mayo por la misma emisora.

Pedro Penzini López

Manuel Felipe Sierra & Macky Arenas

Dariela Sosa

Fausto Masó

Mi gratitud a estos amables periodistas. LEA

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La política desvestida

Ubicación ideológica normal de los venezolanos. Eugenio Escuela, mayo 2006.

…este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha…

Carlos Fuentes

Viva el socialismo. Pero… (su último artículo)

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Un joven político venezolano, de visita en mi casa hace cuatro semanas, vino ostensiblemente a pedir consejos para encaminar su inmediata trayectoria. Es concejal caraqueño y ha intentado, infructuosamente, llegar a la Asamblea Nacional y convertirse en candidato a una de las alcaldías de Caracas. Es firme creyente, pues, en que tiene que alcanzar posiciones públicas de cada vez mayor ámbito e importancia para ascender la escalera que culmina en su sueño: la Presidencia de la República. Luego de escuchar y considerar someramente los consejos que me había pedido—le hablé de la inutilidad de las ideologías y la necesidad de una política clínica como única legitimación—declaró repentinamente. «Yo estoy conformando un equipo para tomar el poder».

Evidentemente, pensó que eso bastaría para impresionarme y sumirme en actitud entusiasta o reverente. Ni siquiera hizo alusión a su postura ideológica o a algún partido con el que estuviera comprometido; él tenía su propio grupo y tomaría el poder, era cosa decidida. Por ahora, procura aparecer cuanto puede en los medios de comunicación con alguna denuncia llamativa. El número es más importante que la sustancia: hay que ver y dejarse ver.

………

A fines del siglo XIX estaban ya definidas las ideologías que se ofrecen como justificación de la lucha por el poder en los tiempos que siguieron, hasta nuestros días. En el siglo XVIII el liberalismo ofreció una ideología apropiada para la Revolución Industrial; la libertad era principalmente libertad de empresa y libertad de contrato: los trabajadores se empleaban «libremente» por salarios que escasamente aseguraban su supervivencia. Para 1848, año del Manifiesto Comunista que Carlos Marx y Federico Engels compusieron, la ideología marxista estaba lista para combatir al liberalismo y constituir la base de la Unión Soviética, la China maoísta, el régimen de Cuba y las mitades norteñas de Corea y Vietnam. En 1891, León XIII puso en juego—encíclica Rerum novarum—la Doctrina Social de la Iglesia, propuesta explícitamente como una tercera vía (bastante antes de Tony Blair) entre el capitalismo liberal y el socialismo marxista. Cinco años más tarde, Eduard Bernstein inventaría la social-democracia, un socialismo atenuado que defenderían los adecos del mundo. La baraja estaba completa.

Cada una de estas ideologías pretendía ser la respuesta a lo que se llamó el Problema Social Moderno. Había una anatomía nueva en las sociedades más adelantadas: su economía ya no era la agraria y artesanal que caracterizó a la Edad Media; ahora eran las fábricas las unidades características y la aguda división social entre patronos y obreros había suplantado la distinción entre señores y siervos de la gleba. El Problema Social Moderno requería dilucidar cómo debía repartirse la ganancia del producto industrial: mientras más se adjudicaba a los patronos la postura y la ideología era más de derecha y mientras más quería beneficiarse a los obreros más de izquierda.

Hoy hay de nuevo una distinta anatomía de las sociedades que han continuado su evolución: la Organización Internacional del Trabajo enumera desde hace unos años más de un millón de oficios diferentes. ¿Cómo podría ser una descripción adecuada la división de esa inmensidad en sólo las dos clases excluyentes de patronos y obreros? China es hoy en día un país capitalista gobernado por un partido que se dice su antítesis, el comunista, y hasta Cuba sostenida por el apasionado amor de Chávez reconoce por fin que debe permitir una economía privada. ¿Qué sentido tienen hoy el liberalismo, el marxismo, la socialdemocracia y la democracia cristiana?

Salvo la prédica cada vez menos convencida del «socialismo del siglo XXI», en Venezuela se usa muy poco el tema ideológico; María Corina Machado interesó a muy poca gente con su aproximación ideológica del «capitalismo popular», y a pesar de que Un Nuevo Tiempo encargó a Demetrio Boersner la redacción de su documento de principios ideológicos y Primero Justicia realizó, a la usanza de COPEI, un congreso ideológico, los discursos de los líderes se atienen a formular críticas contra el gobierno o proferir el remedio genérico del clisé y la frase altisonante: «El 7 de octubre es un momento crucial para la Patria, es un evento estratégico no coyuntural, es la base definitiva para la construcción del  socialismo bolivariano y de la independencia» (Blanca Eekhout), o «La Venezuela que viene no va a ser solamente del petróleo; ése es un recurso importante, pero tenemos talento para diversificar nuestra economía y ése es el camino» (Henrique Capriles Radonski).

En verdad, los políticos convencionales se han dado cuenta de que las ideologías, que justificaban la lucha por el poder, ya no sirven ni para eso. Sólo queda la lucha.

………

¿A qué partido pertenece?

El próximo pasado 23 de mayo, registró el diario El Universal la siguiente declaración de un conocido político nacional: “Está en juego el próximo 7 de octubre la democracia, la libertad, el futuro de todas las familias de Venezuela, nos estamos jugando a Venezuela». Exactamente el mismo día, el mismo periódico traía esta otra proclamación, no demasiado diferente: “En octubre nos jugamos la soberanía y la independencia de nuestro país. Nos estamos jugando el futuro de la patria». Se trata de la misma imagen de que algo crucial está frente a nosotros, de inminente importancia, de tono épico y pretensión histórica, a punto de ocurrir. Para nuestros políticos (de lado y lado de la polarización), cada semana hay una encrucijada histórica, un hito en la epopeya nacional. Doce días antes de estas manifestaciones gemelas—la primera de Antonio Ledezma, la segunda de Jorge Rodríguez (¿no y que son de toldas distintas?)—titulaba el mismo diario: «Ocariz llama a los venezolanos a unir esfuerzos para rescatar al país». Por supuesto, la implicación velada es que quien se ocupa en llamados tan trascendentes es una persona que merece ser admirada.

Es obvio que el número uno en el ranking nacional en esto de epopeyas cotidianas es el Presidente de la República: todo lo que hace o deja de hacer, desde la última «misión» que se le ocurra (para conjurar algún problema que no ha logrado resolver) hasta su «absceso pélvico», es histórico y lo inscribe en la liga—algo venida a menos—del Panteón Nacional y en los registros meritorios de la historia universal.

¿Cuándo tendrá la palabra, por Dios, la sencilla y tranquila construcción de Venezuela por sus ciudadanos comunes? ¿Cuándo lograrán éstos arrancar el mérito a esos remedos de héroe mitológico que a cada instante opinan en los espacios comunicacionales del país? ¿Hasta cuándo la grandilocuencia ineficaz? LEA

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20 sinfonistas, 20 directores

James Whistler: Sinfonía en blanco (1866)

Si se oyera una tras otra las veinte piezas en esta entrada, se habría consumido dos horas, cincuenta y cinco minutos y dieciséis segundos de tiempo; valdrían la pena aunque, por supuesto, puede escuchárselas con ganancia en dosis menores separadas. Son veinte movimientos de veinte sinfonías distintas de veinte compositores distintos por veinte directores distintos. Quince orquestas diferentes—Berlín, Cleveland, Chicago, Filadelfia y Londres se repiten una vez—acometen el trabajo de deleitarnos.

La sinfonía es, sin duda, la reina de las formas musicales. Corresponde a la versión orquestal de la forma sonata o, más específicamente, la forma Allegro de sonata. Ésta consiste en la organización del material musical en tres secciones sucesivas, a saber, exposición, desarrollo y recapitulación. A estas secciones, unidas entre sí por transiciones, puede añadirse una introducción al inicio y una coda (cauda o cola) al final, con distinto material. Una sinfonía típica consiste de cuatro movimientos, de los que normalmente el primero y el último están compuestos en forma sonata.

Georges de La Tour: Ciego tocando la zanfonía (clic para ampliar)

Pero el término sinfonía fue empleado antes de la época clásica, cuando se establece formalmente, para referirse a piezas de un solo movimiento, pues etimológicamente significa sonar en conjunto. Igualmente se ha aplicado la palabra a instrumentos específicos: el organistrum inventado en Galicia en la Edad Media a fines del siglo X, un instrumento tocado por dos ejecutantes, uno de los cuales hace girar una manivela para golpear dos cuerdas dentro de una caja de resonancia, dio paso a la sinfonía o zanfonía, tocada por uno solo. Éste es el origen de la clase de instrumentos a manivela que se conoce en inglés como hurdy gurdy. En mi infancia se llamaba sinfonía al instrumente cuyo nombre propio es armónica. Era rara la navidad en la que alguna tía o el mismo Niño Jesús no nos trajese, otra vez, una «sinfonía» (Hohner, of course).

No divago más, que la serie es larga. Será construida en orden cronológico de composición, y empieza con el elegante Menuetto en tempo de Allegretto que Wolfgang Amadeus Mozart escogió para el tercer movimiento de su vivaz Sinfonía 40 en Sol menor (1788). Esa obra—llamada Gran Sinfonía en Sol menor para distinguirla de la #25, en la misma tonalidad—estaba, junto con la 39 en Mi bemol mayor, en el cuarto disco de música culta que yo comprara, allá por 1956, con Karl Bohm dirigiendo la Sinfónica de Bamberg. Esta versión es con la Orquesta del Festival de Londres dirigida por Alfred Scholz.

Mozart, 40, III

Ahora sigue Franz Josef Haydn, el Padre de la Sinfonía. Este caballero compuso nada menos que 104 obras de esa clase (si no se añade dos o cuatro más que siguen la forma sonata, una de ellas una sinfonía concertante en la que un grupo de instrumentos se opone a la orquesta en tutti). Es tal vez la más famosa de ese largo centenar la #94 en Sol mayor (1791), apodada «Sorpresa». Su segundo movimiento, Andante, es lo que justifica el apelativo; se dice que Haydn lo compuso maliciosamente para sobresaltar a quienes durmieran en los conciertos con un inesperado golpe de timbal (los alemanes llaman a la obra Sinfonie mit dem Paukenschlag). Aquí lo interpreta la Camerata Romana que dirige Alberto Lizzio.

Haydn, 94, II

La Sinfonía #7 en La mayor (1811), el opus 92 de Ludwig van Beethoven, fue apodada La apoteosis de la danza por Richard Wagner. El Allegretto, su segundo movimiento, puede ser empleado para mostrar del modo más diáfano qué es contrapunto: la textura musical en la que dos o más melodías distintas, pero armónicamente compatibles, suenan al mismo tiempo. Pruebe a cantar las dos evidentes líneas melódicas alternadamente. Anton Nanut conduce la Orquesta Sinfónica de la Radio de Ljubljana.

Beethoven, 7, II

Otro minué (Menuetto, Allegro vivace, Trio) es el tercer movimiento de la Sinfonía #4 en Do menor (1816), llamada Trágica, de Franz Schubert, el gran melodista de oído absoluto. Acá se lo escucha mientras Carlo Maria Giulini dirige apropiadamente la Orquesta Sinfónica de Chicago.

Schubert, 4, III

Una de las más famosas sinfonías en la historia de la música es obra del adelantado francés Héctor Berlioz, su Sinfonía Fantástica (1830) opus 14, una sinfonía de programa (que sigue un esquema textual descriptivo o narrativo). Es Un bal, el segundo movimiento de la obra—inspirada por un amor apasionado del compositor hacia la actriz irlandesa Harriet Smithson—, interpretado a continuación por Pierre Boulez al frente de la Orquesta de Cleveland. (Smithson se enteró del amor de Berlioz por ella cinco años después de que éste se enamorara, dos años después del estreno de la obra. Se casó con él en 1833, para un matrimonio neurótico que terminó en divorcio).

Berlioz, Fantastique, II

Félix Mendelssohn Bartholdy, un compositor de fortuna, trabajó la forma sonata tanto en conjuntos de cámara como en orquesta completa. Nos dejó cinco sinfonías, de las que la alegre Cuarta en La mayor (1833) o Italiana es tal vez la más interpretada. Él dirigió su estreno, pero la partitura no se publicó hasta después de su muerte (a los 36 años de edad), pues nunca terminó de pulirla a su entero gusto. Oigamos su primer movimiento, Allegro vivace, por la Orquesta de Cleveland bajo la batuta de su director por muchos años, George Szell.

Mendelssohn, 4, I

También tiene apodo geográfico (Renana) la Tercera Sinfonía en Mi bemol mayor (1850) de Robert Schumann. Herbert von Karajan, al frente de su Orquesta Filarmónica de Berlín, nos da su versión del tercer movimiento—Nicht Schnell (No rápidamente)—de esa famosa sinfonía.

Schumann, 3, III

La magnífica sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín

La Sinfonía en Do mayor (1855) de Georges Bizet, obra de juventud, es seguramente la mejor de sus piezas puramente orquestales. El gran melodista y orquestador, compositor de la inmortal Carmen, la música incidental a La arlesiana y Los pescadores de perlas, hizo dos sinfonías posteriores que merecen el olvido. Pero su sinfonía juvenil fue reconocida de inmediato como una joya musical. Leonard Bernstein dirige a la Orquesta Filarmónica de Nueva York en esta versión de su tercer movimiento, Allegro vivace.

Bizet, 1, III

Alexander Borodin formó, junto con Balakirev, Cui, Moussorgsky y Rimsky-Korsakoff, el grupo Los cinco, también conocido como El puñado poderoso. Seguidores de Mikhail Glinka, se propusieron hacer música específicamente rusa. Poderoso y pegajoso es el tema del primer movimiento (Allegro) de su Segunda Sinfonía en Si menor (1876); ocupa prácticamente el movimiento entero y la reiteración no molesta. Borodin sabía que había encontrado un tema muy bueno. Jean Martinon se encarga de la gran Orquesta Sinfónica de Londres para esta ocasión.

Borodin, 2, I

Al menos catorce años tardó Johannes Brahms en completar su Primera Sinfonía en Do menor (como la anterior, de 1876), tan sobrecogido se hallaba por la obra de Beethoven. El cuarto movimiento de la obra incluye una clara alusión melódica a la gran Sinfonía Coral de su predecesor. He aquí a la Orquesta Sinfónica (no Filarmónica) de Viena, dirigida por el especialista Wolfgang Sawallisch, en el potente cuarto movimiento de la gran sinfonía, noble como su creador.

Brahms, 1, IV

La Tercera Sinfonía en Do menor (1886) de Camille Saint-Säens es conocida como la Sinfonía Órgano. Es más apropiado seguir la especificación francesa: avec orgue, con órgano. Hay bastantes grabaciones de esta popular obra. En este caso, Charles Dutoit, director conocido en Venezuela, dirige a la Orquesta Sinfónica de Montreal en el tercero y último movimiento de la obra; Peter Hurford es el organista responsable.

Saint-Säens, 3, III

El belga César Franck compuso una única Sinfonía en Re menor (1888). Más que suficiente; le quedó estupenda. Su textura evoca la de la música para el órgano, instrumento para el que Franck, él mismo organista—de manos enormes que abarcaban doce notas blancas en un teclado—, compuso abundantemente con calidad. Riccardo Muti dirige a la Orquesta de Filadelfia en el tercer movimiento (Allegro non troppo) de la gran sinfonía.

Franck, única, III

Antonín Dvořák fue un prolífico y fino compositor checo antes de que Checoeslovaquia existiera, pues murió en 1904. Entre 1892 y 1895 dirigió en Nueva York el Conservatorio Nacional de Música y buscó asimilar raíces musicales de los Estados Unidos, como la de los Negro spirituals, recomendando que fueran la base de la composición seria en ese país. Él produjo un ejemplo maravilloso en la Sinfonía #9 (antes #5) en Mi menor (1893), ampliamente conocida como Sinfonía del Nuevo Mundo. Una lujosa interpretación es la de Georg Solti y la Orquesta Sinfónica de Chicago, por quienes escuchamos ahora el tercer movimiento (Scherzo: Molto Vivace – Poco sostenuto).

Dvořák, 9, III

Partitura original de la Sinfonía del Nuevo Mundo. Portada.

Pyotr Illich Tchaikovsky compuso bien lo que le dio la gana; pudiera argumentarse el caso de que fuera el compositor más talentoso de la historia de la música occidental, y su propósito no era otro que el de impactar estéticamente a los oyentes de su música. ¿No es, acaso, el fin estético la esencia de lo musical? Bueno, entre otras cosillas Tchaikovsky compuso siete sinfonías, las numeradas 1 a 6 y la Sinfonía Manfredo, como la de Berlioz, una sinfonía de programa. Es el tercer movimiento (Allegro molto vivace) de su Sexta Sinfonía en Si menor (1893)—a sugerencia de su hermano, Modesto, nombrada Patética—lo que escucharemos a continuación, en las voces de la Orquesta Nacional Rusa conducida por Mikhail Pletnev. El gran compositor era de temperamente neurótico; en una carta de 1892 dijo que la obra debía ser apartada y olvidada; al año siguiente opinaba: «Creo que se está convirtiendo en la mejor de mis composiciones». Somos nosotros quienes tenemos la palabra.

Tchaikovsky, 6, III

Gustav Mahler es compositor popularizado en los años sesenta, primero por la incansable labor de directores como Leonard Bernstein o Georg Solti, y antes por John Barbirolli y Dimitri Mitropoulus; en los años setenta tal vez fue más decisiva la película Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, que emplea a lo largo del film el Adagietto de la Quinta Sinfonía del compositor y director bohemio. La Segunda Sinfonía en Do menor (1894), conocida como Resurrección, es una mutación del lenguaje musical tras la más convencional Primera Sinfonía (Titán). El tercer movimiento—In ruhig fliessender Bewegung (En silencio, el movimiento que fluye)—de la Sinfonía Resurrección ostenta el carácter de danza macabra, interrumpida por estallidos triunfales, que Mahler empleará en otras composiciones, como la Tercera y la Séptima Sinfonías. Rafael Kubelik se pone al frente de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera en la ejecución que sigue.

Mahler, 2, III

La batuta prodigiosa de Rafael Kubelik

El compositor finlandés Jan Sibelius es el autor de siete sinfonías. Para el gusto del suscrito es uno de los temas más hermosos y emocionantes de ese tesoro sinfónico el principal del Finale (Allegro moderato) de su Segunda Sinfonía en Re mayor (1902). Acá suena por la Orquesta Sinfónica de Londres con la dirección de Charles Mackerras. El comienzo del audio parece inexacto, pero es que en la obra no hay interrupción entre el tercero y el cuarto movimiento, que es el que aquí oímos.

Sibelius, 2, IV

Conocemos más de Sergei Rachmaninoff por sus conciertos para piano y orquesta y las numerosas piezas que compuso para el instrumento del que fue reputado concertista. Compuso, sin embargo, cuatro sinfonías muy aceptables, de las que es la Segunda Sinfonía en Mi menor (1907) la mejor lograda. Rachmaninoff era, por encima de todo, un consumado fabricante de melodías. La que domina el Adagio, tercer movimiento de esa sinfonía, es memorable. Nada mejor que las cuerdas opulentas de la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Eugene Ormandy, para ofrecernos ese hermoso y apasionado movimiento.

Rachmaninoff, 2, III

Los tres últimos compositores en esta selecciónAram Khachaturian, Sergei Prokofiev y Dmitri Shostakovich—fueron considerados por el público y los críticos rusos como el trío de los mejores músicos de su país en el siglo XX. (De los que permanecieron en Rusia; Igor Stravinsky logró escapar al cepo comunista que en 1948 obligó a estos compositores a abandonar sus estilos musicales, calificados de «formalistas», y a ofrecer excusas públicas y emprender la escritura de «música proletaria», según el Decreto Zhdanov). Escuchemos primeramente al armenio Aram Khachaturian al frente de la justamente reputada Orquesta Filarmónica de Viena, en el segundo movimiento (Allegro risoluto) de su Segunda Sinfonía en Mi menor (1944), o Sinfonía de la Campana (así conocida por el extenso uso de campanas tubulares en el tema que emplea en los primeros compases del primer movimiento y los últimos de su movimiento final). Los característicos ritmos de Khachaturian, y sus exóticas armonías al borde de la disonancia, florecen en esta ejecución de una de las mejores agrupaciones orquestales del mundo, que respondió lealmente al mando del compositor.

La Filarmónica de Viena en el Palacio Schönbrunn

Khachaturian, 2, II

Sergei Prokofiev, que lideró una colonia de músicos soviéticos, protegida por su lejanía del frente de batalla en la Segunda Guerra Mundial, compuso abundante música: de cámara, óperas, ballets, bandas sonoras para películas (como el Alexander Nevsky de Sergei Eisenstein), conciertos, instrumentos como el piano y, por supuesto, sinfonías, en número de siete. Una de las que son más frecuentemente interpretadas es su Quinta Sinfonía en Si bemol mayor (1944). André Previn dirige a la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles en una ejecución perfecta de su Allegro marcato, el segundo movimiento de la obra, y preserva la frescura de la ácida y juguetona elegancia típica de Prokofiev.

Prokofiev, 5, II

La Sinfonía #10 en Mi menor (1953) de Dmitri Shostakovich hace uso profuso, en su tercer movimiento (Allegretto), de la textura contrapuntística. De estructura ternaria A-B-A, comienza con un tema jocoso que da paso a una sección media de hermoso tema en la que destaca un lírico solo de flauta, antes de recuperar el tema inicial en una explosión de alegría, que ocurre en esta versión de la Filarmónica de Berlín y su jefe, Herbert von Karajan, a los 7 minutos y 27 segundos del comienzo, antes de morir pianissimo entre reminiscencias de la segunda sección.

Shostakovich, 10, III

Ahora reposan todas las batutas. Feliz domingo. LEA
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