El pasaje crucial de La Ética de la Creencia

 

Presentación: lo que sigue—con la adición de tres anotaciones—es la traducción del muy recomendable artículo en brainpickings de María Popova acerca de una obra fundamental de William Kingdon Clifford: La ética de la creencia. Mi admiración por este agudo y certero autor británico es muy grande, y no vacilo en reconocer que ese ensayo suyo es una de mis principales guías éticas, tal vez la más importante, en materia política.

Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).

La prédica central de Clifford es esencial para no perderse en esta época de fake news, cuando la política está infestada de ellas y de dogmáticas condenas. LEA

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La Ética de la Creencia: el gran matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford sobre la disciplina de la duda y cómo podemos confiar en una verdad

 

 

“La confianza que las personas tienen en sus creencias no es una medida de la calidad de la evidencia sino de la coherencia de la historia que su mente ha logrado construir”, observó el psicólogo Daniel Kahneman*, ganador del premio Nobel, al resumir sus estudios pioneros de psicología del comportamiento sobre cómo y por qué nuestras mentes nos engañan. Y, sin embargo, nuestras creencias son la brújula con la que navegamos por el paisaje de la realidad, la que dirige nuestras acciones y conforma así nuestro impacto sobre esa misma realidad. El gran físico David Bohm capturó esta dependencia ineludible de manera memorable: “La realidad es lo que consideramos cierto. Lo que consideramos verdadero es lo que creemos… Lo que creemos determina lo que consideramos verdadero ”.

¿Cómo, entonces, alinear nuestras creencias con la verdad en lugar de la ilusión, para que podamos percibir la representación más precisa de la realidad de la que sea capaz la mente humana, y a la vez guiar nuestras acciones hacia fines nobles y constructivos?

Eso fue lo que el matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford (4 de mayo de 1845 – 3 de marzo de 1879) exploró con visión poco común y elegancia retórica casi un siglo y medio antes de la edad de oro de los “hechos alternativos“.

Cuando la tuberculosis reclamó su vida a la edad injusta de treinta y tres años, Clifford había revolucionado las matemáticas desarrollando el álgebra geométrica, había escrito un libro de cuentos de hadas para niños y se había convertido en la primera persona en sugerir que la gravedad podría ser una función de una geometría cósmica subyacente, al desarrollar lo que llamó una “teoría espacial de la materia” décadas antes de que Einstein transformara nuestra comprensión del universo al unir el espacio y el tiempo en una geometría del espacio-tiempo.

Pero una de las contribuciones más duraderas de Clifford es un ensayo titulado La ética de la creencia, publicado originalmente en 1877 en la revista Contemporary Review y luego incluido en Razón y responsabilidad: lecciones sobre algunos problemas básicos de filosofía. En el ensayo, Clifford investiga la naturaleza del bien y el mal, el infernal abismo entre la creencia y la verdad, y nuestra responsabilidad por la verdad a pesar de nuestras habituales desviaciones humanas de la sinrazón, el engaño y la racionalización.

Clifford, con solo treinta y dos años, comienza con una parábola que contiene un experimento mental de carácter ético:

Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le causaban infelicidad; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.

¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto. 

Clifford agrega una capa de complejidad ética al argumentar que incluso si el barco no se hubiera hundido, el propietario del barco sería culpable del mismo error de juicio, ya que “no habría sido inocente, sino que no habría sido descubierto”. Así escribe:

La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.

[…]

Porque no es posible separar la creencia de la acción que ella sugiere para condenar a una sin condenar a la otra. Ningún hombre que tenga una fuerte creencia a favor de un lado de una cuestión, o incluso que desee sostener una creencia en ese lado, puede investigarlo con tanta justicia e integridad como si realmente estuviera en duda y fuera imparcial, de modo que la existencia de una creencia que no está basada en una investigación justa hace incompetente a un hombre para el desempeño de ese necesario deber.

Un siglo antes de que los psicólogos llegaran a identificar defectos cognitivos tales como el sesgo de confirmación y el efecto contraproducente**, Clifford agregaba:

Tampoco se trataba en absoluto, verdaderamente, de una creencia que no tuviera influencia alguna sobre las acciones de quien la sostenía. Quien realmente cree en lo que lo impulsa a una acción lo ha considerado para codiciarla, ya se ha comprometido con ella en su corazón. Si una creencia no se realiza de inmediato en actuaciones manifiestas, se almacena para la orientación del futuro. Pasa a formar parte de ese agregado de creencias que vincula la sensación y la acción en cada momento de nuestras vidas y se organiza y compacta tanto que ninguna de sus partes puede aislarse del resto, más bien cada nueva adición modifica la estructura del conjunto. Ninguna creencia real, por minúscula y fragmentaria que parezca, es realmente insignificante; nos prepara para recibir otras similares, confirma las anteriores que se le parecen debilitando a otras y así, gradualmente, establece una furtiva cadena de íntimos pensamientos que puede explotar algún día como acción abierta, dejando su impronta en nuestro carácter para siempre.

En un sentimiento evocador de las reflexiones del poeta y filósofo indio Tagore sobre la interdependencia de la existencia, Clifford se encarga de resaltar el tapiz sociológico del que se ha arrancado cada hebra de nuestras creencias privadas:

La creencia de alguien no es, en ningún caso, un asunto privado que le concierne sólo a él. Nuestras vidas están guiadas por esa concepción general sobre el curso de las cosas, que ha sido creada por la sociedad con fines sociales. Nuestras palabras, nuestras frases, nuestras formas y procesos y modos de pensamiento, son propiedad común, formada y perfeccionada por una época tras otra; un legado que cada generación sucesiva hereda como precioso depósito y sagrado fideicomiso para ser entregado a la siguiente; no sin cambios, sino ampliado y purificado, con algunas claras señales de su propio trabajo. En esto, para bien o para mal, se entrelaza cada creencia de cada hombre que oye hablar a sus semejantes. Es un tremendo privilegio y una tremenda responsabilidad que tengamos que crear el mundo en el que vivirá la posteridad.

En un pasaje de asombrosa pertinencia para la actualidad—dado que ciertas peligrosas ideologías divorciadas de la verdad ofrecen un falso consuelo con los llamados “hechos alternativos“, en detrimento de nuestro bien común—, advierte Clifford:

La creencia, esa facultad sagrada que incita las decisiones de nuestra voluntad, y teje en armoniosa obra todas las energías compactadas de nuestro ser, no es nuestra para nosotros sino para la humanidad. Se la usa correctamente en verdades que hayan sido establecidas por una larga experiencia y trabajo paciente, que permanezcan erguidas ante la feroz iluminación de un libre e intrépido cuestionamiento. Entonces sirve para unir a los hombres y fortalecer y dirigir su acción común. Se la profana cuando se la concede a declaraciones no probadas o cuestionadas, para consuelo y placer privado del creyente, para agregar un esplendor de oropel al sencillo camino recto de nuestra vida y mostrar más allá de él un brillante espejismo, o incluso para ahogar las penas comunes de nuestra especie mediante un autoengaño que le permite no solo derribarnos, sino también degradarnos. Quien, en este asunto, desea merecer bien de parte de sus semejantes protegerá la pureza de sus creencias con un verdadero fanatismo que cuidará celosamente, no sea que en algún momento llegue a descansar sobre objeto indigno y adquiera una mancha que nunca podrá ser borrada.

Tres siglos después de que el padre fundador de la filosofía occidental y cruzado de la razón, René Descartes, afirmara que “no es suficiente tener una buena mente; lo principal es emplearla bien”, Clifford agregaría:

En lo que respecta, entonces, a la sagrada tradición de la humanidad, aprendemos que ella no consiste en proposiciones o declaraciones que deban ser aceptadas y creídas por autoridad de la tradición, sino en preguntas correctamente formuladas, conceptos que nos permitan formular preguntas adicionales y métodos para responder las preguntas. El valor de todas estas cosas depende de que sean sometidas a prueba todos los días. La propia condición sagrada de ese precioso depósito nos impone el deber y la responsabilidad de someterlo a prueba, de purificarlo y agrandarlo al máximo de nuestras fuerzas. El que hace uso de sus resultados para sofocar sus propias dudas o para obstaculizar la investigación de otros, es culpable de un sacrilegio que los siglos nunca podrán borrar.

Un método para purificar y ampliar nuestro acceso a la verdad es lo que Carl Sagan esquematizó un siglo más tarde en su inmortal Caja de detección de engaños, pero fue el propio Clifford quien cristalizara el enfoque más eficaz en una frase*** maravillosamente sucinta:

Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquiera crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente.

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En Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, 9 de enero de 2004: “Para un tratamiento bastante exhaustivo y técnico del tema de los marcos, con especial aplicación a la elección entre opciones con diferentes resultados espe­rados, y su diferente presentación o ‘enmarcamiento’, puede verse Choices, Values and Frames, editado por Daniel Kahneman y Amos Tversky y publicado por Cambridge University Press en 2000. Los autores se hicieron acreedores al Premio Nobel de Economía por sus trabajos desde la perspectiva de la psicología de la cognición. Tversky murió antes de recibirlo”.

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** “El efecto contraproducente es un nombre para el hallazgo de que, dada la evidencia en contra de sus creencias, las personas pueden rechazarla y creerlas aun más fuertemente”. (Wikipedia).

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*** El compacto y poderoso dogma de Clifford se sigue por estas palabras: “Si un hombre que sostiene una creencia que se le enseñara en su infancia o de la que se le persuadiera más tarde, abate y repele cualesquiera dudas que sobre ella surgieran en su mente, evita adrede la lectura de libros y la compañía de hombres que la cuestionan o discuten, y considera impías aquellas preguntas que no puedan ser formuladas fácilmente sin perturbarla, la vida de ese hombre es un largo pecado contra la Humanidad.

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