Patología de la arrogancia

Extracto de La enfermedad de la victoria, el Capítulo VIII de Las élites culposas (Libros Marcados, 2012)

Una de sus mejores caricaturas

El período que va desde el inicio de la tercera presidencia de Hugo Chávez hasta la evidencia de su absceso pélvico es el lento desarrollo de un síndrome inexorable: la enfermedad de la victoria. Los japoneses la llaman senshobyo.

Éstos son los signos: arrogancia, exceso de confianza, complacencia, la repetición de previos patrones victoriosos en la lucha (en vez de desarrollar nuevas tácticas que anticipen los avances enemigos), la caricaturización y subestimación del contrincante, el desconocimiento de la información de malas noticias. Mientras el lado victorioso se vuelve complaciente, creyéndose invencible y conduciéndose con arrogancia, sus contrarios escarmientan y se adaptan.

Los griegos, por su parte, llamaron hibris a esa conducta.  La ὕβρις era un crimen, y el más grande de los pecados, en la Grecia clásica. El inglés moderno denota por hubris a la arrogancia y el sentido de superioridad excesivos; los griegos destacaban, más bien, la actitud humillante que se derivaba de esa conciencia, observable con más facilidad en ricos y poderosos. Esta visión antigua coincide con la cristiana: la soberbia es el peor de los pecados. Quien tenía hubris, o “hibris”, en realidad retaba a los dioses y sus leyes, y la tragedia griega le retrataba en su caída.

David Owen* define en In sickness and in power: “No es ‘hibris’ todavía un término médico. El significado más básico fue desarrollado en la antigua Grecia, simplemente como la descripción de un acto: un acto hibrístico era uno en el que una figura poderosa, inflada con excesivos orgullo y confianza en sí misma, trataba a los otros con insolencia y desprecio”.

Es en el teatro griego, sin embargo, donde se refina la característica y se explora los patrones de la conducta hibrística, así como sus causas y consecuencias. Explica Owen en su libro:

Una carrera hibrística procede más o menos por el siguiente cauce. El héroe obtiene gloria y aclamación por haber logrado un éxito desusado en contra de las probabilidades. La experiencia se le sube a la cabeza: comienza a tratar a los demás, meros mortales ordinarios, con desprecio y desdén, y desarrolla tal confianza en su propia capacidad que comienza a creerse capaz de cualquier cosa. Este exceso de confianza en sí mismo le lleva a interpretar equivocadamente la realidad que le rodea y a cometer errores. Tarde o temprano le llega su castigo y conoce su némesis, que lo destruye. Némesis es el nombre de la diosa de la retribución, y en el drama griego a menudo los dioses disponen la némesis porque es visto el acto hibrístico como uno en que el perpetrador trata de desafiar la realidad ordenada por ellos. El héroe que comete el acto hibrístico busca transgredir la condición humana, imaginándose ser superior y en posesión de poderes como los de los dioses. Pero los dioses no aceptarán eso; es así como son ellos quienes lo destruyen. La moraleja es que debemos poner cuidado en no permitir que el poder y el éxito nos suba los humos, haciéndonos demasiado grandes para nuestros zapatos.

Después advierte: “Los síntomas en la conducta que pueden justificar un diagnóstico de síndrome hibrístico se hacen típicamente más intensos mientras más tiempo permanezca en el poder un jefe de gobierno”, y completa la descripción señalando los “factores externos” que aumentan la probabilidad del cuadro clínico: “éxito abrumador en la obtención y preservación del poder, un contexto político en el que hay mínimas limitaciones del líder que ejerce su autoridad personal y la duración del tiempo de su permanencia en el poder”. De seguidas, Owen sugiere que se diagnostique ese síndrome cuando quiera que tres o cuatro síntomas, de la lista que sigue, estén presentes en los gobernantes:

—Una propensión narcisista a ver el mundo primariamente como una arena en la que pueden ejercer poder y buscar gloria, antes que un lugar con problemas que necesitan se les aproxime de manera pragmática y no autorreferencial.

—Una predisposición a emprender acciones que probablemente les exhiban favorablemente, esto es, para resaltar su imagen.

—Una preocupación excesiva con la imagen y la presentación.

—Una manera mesiánica de hablar acerca de lo que hacen y una tendencia a la exaltación.

—Una identificación de sí mismos con el Estado, hasta el punto de considerar la perspectiva y los intereses de los dos como idénticos.

—Una tendencia a hablar de sí mismos en tercera persona o con el plural mayestático.

—Confianza excesiva en su propio juicio y desprecio por el consejo o la crítica de otros.

—Exagerada fe en sí mismos, rayana en un sentido de omnipotencia, respecto de lo que pueden alcanzar.

—Una creencia en que antes que ser responsables ante el mundano tribunal de sus colegas o la opinión pública, el tribunal al que tienen que responder es muy superior: la historia o Dios.

—Una convicción inamovible de que serán reivindicados en ese tribunal.**

—Inquietud, irreflexión e impulsividad.

—Pérdida de contacto con la realidad, a menudo asociada con un aislamiento progresivo.

—Una tendencia a permitir que su “gran visión”, especialmente su convicción de la rectitud moral de un determinado curso de acción, obvie la necesidad de considerar otros aspectos, como la factibilidad, el costo y la posibilidad de consecuencias indeseadas; una terca renuencia a cambiar de curso.

—Como resultado, un cierto tipo de incompetencia en la implementación de una política, que puede ser llamada incompetencia hibrística. Es aquí donde las cosas van mal, precisamente porque el exceso de confianza hace que el líder no se moleste con la carpintería de una política. Aquí puede haber una desatención a los detalles aliada a una naturaleza indiferente.

En librerías

Fue un ataque de la enfermedad de la victoria, de hibris o senshobyo lo que llevó a los japoneses al desastre de Midway, poco después de su espectacular bombardeo de Pearl Harbor y su precoz extensión por islas y costas del Pacífico; fue la enfermedad de la victoria lo que llevó a Napoleón a la catastrófica invasión de Rusia, y a Hitler más de un siglo después a concebir y fracasar estrepitosamente, con su Operación Barbarroja, en el mismo intento. A comienzos de 2007, eso mismo estaba pasando a Hugo Chávez, enfermo de triunfo, en el año cuando sufriría a su término la primera derrota electoral de su trayectoria. Hugo Chávez, como acabamos de ver, exhibía muy notoriamente no tres o cuatro de los síntomas enumerados por Owen sino todos los catorce.*** Su hibris lo llevó a la pérdida del referendo aprobatorio de dos proyectos de reforma constitucional; uno sometido por la Presidencia de la República y otro por la Asamblea Nacional. LEA

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* Lord Owen es un médico inglés que investigó sobre la química del cerebro y trabajó con neurólogos y psiquiatras, pero también ha sido un destacado político que sirvió como miembro del Parlamento, Sub-secretario de Estado para la Marina, Ministro de Salud Pública y Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra. Está particularmente calificado para disertar sobre la enfermedad de poder.

** Pedro León Zapata pintó a un tiranosaurio con charreteras y botas militares—Tiranosaurio Red—que decía: “A mí me absolverá la prehistoria”, en clara alusión a famosa frase de Fidel Castro en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada.

*** Aunque el libro de Owen fue publicado por Praeger en 2008, no se encontrará en él ni una sola mención de la persona política de Hugo Chávez. No pareciera estar el autor muy consciente de su existencia, puesto que verdaderamente nuestro Presidente es un caso de librito, prácticamente el modelo perfecto para la enumeración de los signos del desorden hibrístico tratado en la obra.

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De frente… ¡March!

 

Efectivos de la Fuerza Aérea India marchan en Nueva Delhi (2009)

Los compases musicales binarios son unidades de composición rítmica que, como su nombre indica, están divididos en dos tiempos: Un, dos; Un, dos… y es usualmente el primero el que se acentúa, ejecutándose más fuertemente que el segundo. Son los compases de 2/2 (dos notas blancas por compás) o 2/4 (dos negras), pero también 6/4 o 6/8, en los que un trío de negras o de corcheas es ejecutado en un solo tiempo del compás. La composición típica con ese ritmo es la marcha—a fin de cuentas usamos dos piernas para marchar—pero también son de tiempo binario los pasodobles y las polcas. (En la próxima oportunidad, pida a su pareja bailar un pasodoble como si marcharan y verá que tal cosa es cierta. O hágalo de una vez, solo o acompañado, con España cañí, es decir, gitana; es pasodoble de Pascual Marquina Narro a cargo de la orquesta de André Rieu).

España cañí

Del mismo modo, una polca pudiera ser marchada en lugar de danzada, puesto que se escribe y ejecuta en 2/4. La Polca de Ana, compuesta por Johann Strauss hijo para conmemorar (en 1852) el día de Santa Ana, una festividad importante para los vieneses, es tocada aquí por la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida en esta ocasión por Daniel Barenboim.

Polca de Ana

En los circos son frecuentes los compases binarios, e Igor Feodorovich Stravinsky compuso la Polca de circo para un joven elefante (1942) a petición del coreógrafo George Balanchine, que había acordado con el circo de los hermanos Ringling y el de Barnum & Bailey aportarles un número de ballet. Sólo al final la pieza adquiere el carácter de una polca, cuando Stravinsky emplea el tema de la Marcha militar #1 de Franz Schubert. Ballanchine produjo una coreografía que se estrenó con gran éxito en el Madison Square Garden, donde danzaron cincuenta elefantes ataviados con tutús rosados de ballet y cincuenta bailarines humanos. Marc Soustrout conduce la Orquesta Filarmónica del País de Loire.

Polca de circo

Todavía en contexto circense, entremos de lleno a las marchas con una clase de este tipo de composición que es característica del mundo del circo: la marcha rápida y alegre que en inglés se conoce con el nombre de screamer (gritón). Una típica es La abeja del circo, compuesta por Henry Fillmore e interpretada por la Banda de la Marina de los EEUU.

La abeja de circo

Portada original de la marcha del Washington Post (1889)

No hay duda de que el más famoso y prolífico compositor de marchas de ese país fue John Philip Sousa. Su Stars and stripes forever es la marcha oficial de los Estados Unidos, y Semper fidelis sonaba en las películas estadounidenses de la II Guerra Mundial en las que intervinieran sus Infantes de Marina. Compuso también marchas no militares, y la más conocida es la que hizo para el periódico The Washington Post. A pesar de su carácter civil, la toca aquí la Banda del Ejército de los EEUU.

Washington Post

Un largo camino

Naturalmente, las marchas son mayormente piezas para el uso militar. Su espacio natural es el de avenidas y plazas por las que desfilan los soldados de regimientos militares, en exhibición de su poderío con vistosos uniformes. Algunas, en cambio, ofrecen consuelo a gente que pelea en las guerras y, en ciertos casos, caen prisioneros. Una famosa en la Gran Guerra, It’s a long way to Tipperary, hace soñar a las tropas de Su Majestad Británica con el regreso a la patria. Jack Judge, su compositor, era de padres irlandeses y sus abuelos eran oriundos de Tipperary. El Coro del Ejército Rojo de Rusia la interpreta acá. Luego, la Marcha del Coronel Bogey, hecha famosa en la película El puente sobre el río Kwai (1957) como símbolo de resistencia de prisioneros de los japoneses en la II Guerra Mundial; es tocada y silbada por la Orquesta Boston Pops y dirigida por Arthur Fiedler, su longevo conductor. Fue compuesta por el teniente Frederick Joseph Ricketts, sobre el silbido de un golfista militar que sonaba las dos notas de un intervalo descendente de tercera cuando se aprestaba a golpear la pelota, a modo de aviso en lugar del acostumbrado grito.

It’s a long way to Tipperary

Coronel Bogey

Rusos con uniformes de la II Guerra Mundial en 2008

Grandes compositores, no sólo los especialistas, han escrito en el género que nos ocupa. El ruso Sergei Prokofiev, por ejemplo, es el autor de la Marcha para banda militar en Si bemol mayor, su op. 99. La Banda de Concierto de Estocolmo, bajo la batuta de Gennady Rozhdestvensky, nos ofrece la versión que sigue.

Marcha para banda militar

Y militar es, por supuesto, la Marcha Radetzky, de Johann Strauss padre (no confundir con la Marcha Rakoczy de Héctor Berlioz), a cargo de Alfred Scholz y la Orquesta Vienesa de Conciertos. Su hijo homónimo le superó con creces como compositor. El propio Brahms lo envidiaba; cuando la hijastra de Johann hijo, Alice von Meyszner-Strauss, le pidió al maestro alemán que firmara su abanico de autógrafos (usanza de la época), éste escribió en él los tres primeros compases de El Danubio Azul, añadiendo: Leider nicht von Johannes Brahms («Lamentablemente, no de Johannes Brahms»). De él es la estupenda Marcha egipcia, op. 335 (mucho más egipcia que la Marcha triunfal de la ópera Aída). Ejecutantes de lujo, el gran maestro Nikolaus Harnoncourt y la mejor orquesta del mundo, la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam, la interpretan con coro.

Radetzky

Egipcia

Más al norte, en Rusia, además de Prokofiev, Pyotr Illich Tchaikovsky compuso más de una marcha. Nos es muy familiar, claro, la Marcha del primer acto de Cascanueces, pero también el comienzo de La bella durmiente, justamente después del número de Introducción, trae una marcha. En el primer caso, André Previn dirige la Orquesta Sinfónica de Londres; en el segundo, Anatole Fistulari está al frente del mismo conjunto musical.

Cascanueces

> La bella durmiente

Yendo un poco al oeste, la música del finlandés Jan Sibelius domina nuestros oídos desde territorio liberado de los rusos. Es una de sus obras de juventud la Suite Karelia que canta a una región que amaba, entre otras cosas, porque allá llevó a su esposa en luna de miel. El primero de los tres movimientos es una marcha, aunque lleve el extraño nombre de Intermezzo (no es intermedio entre dos piezas, sino entre la que lo sigue y el silencio que lo precede). Paavo Berglund dirige la Orquesta Sinfónica de Bournemouth.

Intermezzo

El socio de Gounod

No se ha comentado acá que un subgénero de marchas es el de carácter fúnebre. La marcha fúnebre por antonomasia es, sin duda, el segundo movimiento de la Sonata #2 para piano de Federico Chopin, pero es igualmente famoso el tercer movimiento de la Primera Sinfonía (Titán) de Gustav Mahler. También es magnífica la marcha fúnebre de la Música para el funeral de la Reina María, de Henry Purcell, que puede escucharse en este blog en Música elegíaca y fúnebre. Ahora sonará la pieza que musicalizaba el programa de TV de Alfred Hitchcock, Marcha fúnebre para una marioneta, del gran melodista francés Charles Gounod. La oiremos por los músicos de la finísima Orquesta de Filadelfia bajo la dirección de Eugene Ormandy, quien la puliera hasta la perfección. La misma gente interpretará la sabrosa Marcha de los juguetes, de Babes in Toyland, opereta del norteamericano Victor Herbert. Y para aprovechar esta múltiple y opulenta presencia, se cierra esta entrada con la Marcha (cuarto movimiento) de las Metamorfosis Sinfónicas de Paul Hindemith sobre temas de Carl Maria von Weber. (Guardo un grato recuerdo de la impecable ejecución de las Metamorfosis por la Orquesta Sinfónica de Maracaibo, el 19 de mayo de 1994, en el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez).

Marcha fúnebre para una marioneta

Marcha de los juguetes

Metamorfosis IV

Buen provecho. LEA

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¿Cómo ves la vaina? (Actualizado)

Para Varianzas la cosa es cara o sello

El responsable de las encuestas de Varianzas—enlace abajo para descargar la más reciente en .pdf—es el sociólogo Rafael Delgado Osuna y, según él, la cosa está de a toque. Para un estudio con error muestral de 2,16% en cualquier dirección, una intención de voto de 49,3% (Chávez) y 47,2% (Capriles) es un verdadero empate técnico. La encuesta incluye preguntas de difícil evaluación; por ejemplo: Si Chávez no ha vencido la enfermedad antes del 7-O ¿por quién votará? (Lámina 13). La firma no explica quién emitirá juicio médico confiable a este respecto o cómo se enterarán los electores de la situación.

A pesar de esta medición, Francisco Toro Ugueto (Caracas Chronicles), quien hace la referencia a la encuesta como signo de buen trabajo del comando de Capriles, cree que Chávez ganará las elecciones. He aquí la traducción de su blog, que redacta en inglés:

Cuando converso de la elección de octubre, la gente invariablemente me pregunta por «los números». ¿Cómo van los números? Ese tipo de cosas.

Quieren decir las encuestas, por supuesto.

Pero la próxima vez que alguien me pregunte, voy a sacudir la cabeza y decir «no se está viendo bien».

En un contexto internacional, es extraordinariamente raro que un presidente en ejercicio pierda la reelección en medio de una racha de fuerte crecimiento económico. Y en el contexto de un petroestado, sería genuinamente extraordinario que un presidente en ejercicio perdiera con precios petroleros de tres dígitos.

Algunos verán esta actitud como derrotista. Yo, por supuesto, pienso que es realista. La gente vota por sus bolsillos. Más específicamente, vota por la tendencia de sus finanzas domésticas. En este momento—aunque sea difícil de creer—un número muy grande de venezolanos está viendo sus finanzas mejorar mes a mes.

Estamos exigiendo mucho del campo de Capriles cuando le pedimos que venza esta desventaja estructural. Porque, debemos estar claros: que la carrera sea incluso competitiva ya es un enorme testimonio del trabajo que ha hecho.

En efecto; los amigos preguntan siempre: «¿Cómo ves la vaina? ¿Quién crees tú que va a ganar?» El coro de encuestadores y opinadores dista mucho de la consonancia (ver tabla abajo), pero mi opinión clínica, independientemente de las mediciones, no ha variado desde que la expresara el 10 de marzo de 2011. En referencia a los precandidatos opositores de entonces (en lista que incluyó a Capriles), escribí: Puede señalarse en cada uno de ellos algunas bondades, sin la menor duda, pero pareciera que ellas son insuficientes para la tarea de alcanzar la Presidencia de la República en un cotejo que, indefectiblemente, incluirá la candidatura de Hugo Chávez, quien repetirá y ampliará su comportamiento ventajista. No es un candidato “normal” quien puede derrotar al Presidente en ejercicio. Menos suficientes todavía serían esas bondades para manejar acertadamente el Poder Ejecutivo Nacional en las condiciones esperables para 2013, en el improbable caso de que éste cayera en sus manos. LEA

Desde las primarias de oposición

(Enlace para descarga: Varianzasagosto)

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Actualización: hoy, 20 de agosto de 2012, se ha filtrado por una nota de Bloomberg que Datanálisis ha medido, en levantamiento practicado entre el 16 de julio y el 9 de agosto, que la ventaja de Chávez sobre Capriles se ha reducido a 12,5 puntos. La intención de votos por el primero ha bajado a 46,8% mientras que a favor del segundo se pronunció el 34,2% de 1.288 entrevistados. También habría reportado la encuestadora 18,8% de indecisos. Mariana Párraga y Eyanir Chinea reportaron sobre lo mismo para Reuters.

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La última curva

En todas partes se refleja el corazón de la patria

Según reporta el diario El Universal—Alejandra Hernández apoyada en Sara Carolina Díaz—, el «corazón de su patria» dijo que su triunfo electoral le convenía a los ricos, que su éxito del próximo 7 de octubre le conviene a «la burguesía» porque «le garantiza a los ricos que puedan seguir haciendo su vida tranquilamente». Ya lo saben, caballeros empresarios: no habrá más expropiaciones; tranquilos, que no habrá mucho más de las mil y pico que hasta ahora han sido ejecutadas.

También argumentó: «Si ustedes ven las encuestas, incluso en el sector socioeconómico llamado A, que son los más ricos, Chávez saca ahí como 30%. No es que todos los ricos están contra Chávez. No, porque hay muchos ricos que tienen conciencia de que Chávez está haciendo un trabajo para todos, para estabilizar al país y eso le conviene a ellos».

En In sickness and in power (Praeger, 2008) David Owen propuso un inventario de catorce rasgos que definen lo que llamó enfermedad «hibrística» (del griego ὕβρις): “Una carrera hibrística procede más o menos por el siguiente cauce. El héroe obtiene gloria y aclamación por haber logrado un éxito desusado en contra de las probabilidades. La experiencia se le sube a la cabeza: comienza a tratar a los demás, meros mortales ordinarios, con desprecio y desdén, y desarrolla tal confianza en su propia capacidad, que comienza a creerse capaz de cualquier cosa. Este exceso de confianza en sí mismo le lleva a interpretar equivocadamente la realidad que le rodea y a cometer errores». Uno de los rasgos de esta patología es el siguiente: «Una tendencia a hablar de sí mismos en tercera persona o con el plural mayestático». Otro es: «Una propensión narcisista a ver el mundo primariamente como una arena en la que pueden ejercer poder y buscar gloria, antes que un lugar con problemas que necesitan se les aproxime de manera pragmática y no autorreferencial». Otro: «Una manera mesiánica de hablar acerca de lo que hacen y una tendencia a la exaltación». Otro: «Una preocupación excesiva con la imagen y la presentación». Otro: «Una identificación de sí mismos con el Estado, hasta el punto de considerar la perspectiva y los intereses de los dos como idénticos». Otro: «Una tendencia a permitir que su ‘gran visión’, especialmente su convicción de la rectitud moral de un determinado curso de acción, obvie la necesidad de considerar otros aspectos, como la factibilidad, el costo y la posibilidad de consecuencias indeseadas; una terca renuencia a cambiar de curso». Bueno, parece que Chávez quiere cambiar el suyo.

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Un nuevo correo ha llegado a este blog, realmente conmovedor. Se atribuye su contenido a Juan Carlos Zapata, Director de Descifrado, cosa que al blog no le consta. En todo caso, alguien lo escribió y algunos lo circulan a direcciones electrónicas de opositores a modo de silbido en la oscuridad, para infundir ánimos desde una ilusión que llevará a la depresión post partum del 8 de octubre o a la reedición del grito de fraude; en cualquier caso, con desmembramiento de la Mesa de la Unidad Democrática. He aquí su texto:

La tendencia de Capriles ganador se confirma. Hay varios elementos en juego.

Primero, dos encuestas ya dan a Capriles por delante. Una de ellas, Consultores 21, le da 6 puntos de ventaja.* El resultado ha asombrado a los mismos encuestadores, que antes de hacer el anuncio van a hacer otro estudio para confirmar.

Segundo, el Gobierno maneja números dispares. Pero ya en ninguno aparece Chávez barriendo, como era el caso hace un par de meses. En la oficina de Oswaldo Cisneros manejan esta información: Chávez gana por un punto. Pero ya se sabe lo que significa un punto cuando el candidato que sube es Capriles.

Tercero, esto se complementa con una información que tengo del alto gobierno colombiano, cuyos estudios también le dan la victoria a Capriles. Estos análisis los lleva a cabo el Ministerio de la Defensa. Se supone que son fidedignos, por las relaciones—por ahora buenas—con el gobierno de Chávez.

Cuarto, por otro lado, hace una semana, en una reunión privada, Antonio Ledezma señaló que la de Capriles es una victoria irreversible. ¿No va a ser tan irresponsable para decir algo así? El mismo Capriles por primera vez ha señalado que el final no será cerrado.

Quinto, para finalizar, hay que unir estos datos con el comportamiento errático de Chávez y el Comando Carabobo. Los actores del Comando están desaparecidos. Suspenden y mueven actos. La intervención de Chávez en Valencia le ha hecho mucho daño interno. Mover a Maduro para poner como candidato de Carabobo a Ameliach y de manera autoritaria, en un mitin, genera más que resquemores. Desconfianza. Dicen fuentes internas del chavismo que lo de Ameliach es imposición de Diosdado Cabello, cuyos apetitos andan desbocados. Tiene un doble problema Chávez: ya no puede prometer, y no hay obras que inaugurar. El discurso hacia la clase media y el sector privado cae en saco roto. El chavismo y Chávez ya no crecen.

Sexto, este es un punto que agrego hoy domingo, porque ayer, en San Cristóbal, Chávez volvió a dudar de uno de sus candidatos para la gobernación. No está seguro de Tarek El Aissami para el Táchira. La excusa son las ocupaciones del Ministro. Lo evidente es esto: ya el Presidente no es el portaviones de otros tiempos. Antes, candidato que impusiera en una región, candidato que arrancaba con ventaja. Ahora, sus decisiones generan problemas internos. Y sus candidatos no generan entusiasmo. Lo de Tarek no es nuevo. Ya rodaba en Táchira que no se confirmaba como abanderado. De modo que la jornada de ayer fue provechosa para Capriles en Bolívar. Y de dudas para Chávez en Táchira. Carabobo, Táchira, Anzoátegui, Monagas… Muchas dudas juntas…

*Según testimonio de Fortuny, Guzmán & Asociados de hace diez días (Contrapunto de encuestadores), Consultores 21 «desmintió que fuera cifra suya una ventaja de cuatro puntos del candidato opositor sobre el oficialista, como se ha afirmado insistentemente en las redes sociales». Ahora se atribuye a Zapata el conocimiento de una ventaja de seis puntos medida por la misma encuestadora.

«Un Argumentum ad verecundiam, argumento de autoridad o Magister dixit es una forma de falacia. Consiste en defender algo como verdadero porque quien lo afirma tiene autoridad en la materia». (Wikipedia en Español). En el texto atribuido a Zapata abunda esta clase de argumentación falaz: dos encuestas, Consultores 21, Oswaldo Cisneros, el Ministerio de Defensa colombiano, Antonio Ledezma. Muchas falacias juntas…

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Intención de voto (28 de julio al 5 de agosto; clic amplía)

En la sala del hotel Marriott encontré a Juan Eduardo Smith Perera (hermano de Roberto), Director de Noticiero Digital y, lo que creo muy significativo, a Robert Bottome, el Presidente de Veneconomía, denodado defensor de la empresa privada. También asisitieron dos asesores de la Embajada de los Estados Unidos y me fue presentado el Sr. Benjamín Tripier, de la firma de consultoría gerencial NTN. Asistí en compañía de Teódulo López Meléndez. Uno también puede aducir, falazmente, autoridades para sostener que no estaría esa gente allí de pensar que Oscar Schemel recibe viáticos del gobierno y por tal razón adulteraría sus cifras; todos habíamos ido a ser testigos de la rueda de prensa de hoy, en la que Hinterlaces presentó su estudio Monitor País (enlace a un archivo en formato .pdf de las láminas abajo) correspondiente al levantamiento que hiciera entre el 28 de julio y el 5 de agosto.

El dato que todos esperábamos era el de la intención de voto por Chávez y Capriles. Por el primero, el 48% se inclinó a favor, 30% por el segundo; la brecha es de 18 puntos, anunció Schemel a 52 días de la votación. Para empatar, Capriles tendría que tener una ganancia neta de 1% cada tres días; él solo: esto no es una carrera de relevos. Alea jacta est, como habría dicho Suetonio a Julio César. LEA

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Enlace para descargar láminas de Hinterlaces: MCS – MONITOR PAIS – AGOSTO 2012 – REPORTE ELECTORAL (16-08-2012)

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Para pensar la política

 

La cosa es compleja

Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan.

John Stuart Mill

Ensayo sobre el gobierno representativo

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La política que hacemos es la que tenemos en la cabeza. Naturalmente, las emociones, que se manifiestan no sólo en el cerebro, determinan mucho de nuestra conducta, pero aun ellas ingresan al intelecto junto con las ideas que fluyen por él para formar nuestras decisiones, que siempre son actos de la volición consciente. En esa elaboración, los conceptos que tenemos acerca de la sociedad y su dinámica terminan por conformar el marco de esa toma de decisiones.

Podemos, por ejemplo, creer que el mundo de la política se rige por dinámicas newtonianas, que en él todo es asunto de acción y reacción, de espacios y fuerzas políticas. Hace no mucho que algún articulista nacional dedicara unos cuantos de sus trabajos a discutir la siguiente cuestión: ¿hay espacio en Venezuela para una nueva fuerza política? En su concepción, los partidos políticos eran fuerzas de Newton que ocupaban un espacio limitado, y bien pudiera ser que ese espacio estuviera ya repleto, razón por la cual no podría caber en él otra «fuerza política».

También se es newtoniano (con perdón de Sir Isaac) si se cree que la repetición de una misma política llevará a las mismas consecuencias que cuando se aplicara anteriormente. Es la idea de un espacio político análogo a una mesa de billar; si golpeo con la bola jugadora alguna otra con el mismo ángulo y la misma fuerza en el mismo punto, deberé obtener resultados idénticos: la misma carambola de la vez anterior. Dos ejemplos pueden ilustrar el punto.

Después del fenómeno conocido como el “Caracazo” (27 y 28 de febrero de 1989), se formó un temor prácticamente irreductible a los aumentos del precio del combustible en el mercado local. Como la violencia del 27F fue detonada por el aumento del pasaje interurbano, y éste a su vez fue causado por el encarecimiento de la gasolina, el escarmiento que el caracazo produjo impedía la consideración de aumentar el precio del combustible.

O, por caso, el hecho de que un crescendo de manifestaciones callejeras contra el gobierno a comienzos de 2002 llevara al clímax del 11 de abril con la salida momentánea de Hugo Chávez, consolidó la simplista fe de que la oposición tenía que «mantener caliente la calle”. (Ya se dejó de eso). Por esto se repitió hasta el cansancio la fórmula de la marcha de protesta, reiterada por los agentes de la oposición formal y seguida (aunque cada vez menos) por un segmento de la población que creyó sinceramente en la invariable eficacia política de ese expediente.

La verdad es que la aplicación de una misma receta política tiende a tener efectos distintos en momentos diferentes. Las sociedades no son estáticas mesas de billar; son, más bien, complejos sistemas compuestos por un número grande de conciencias individuales, cuyos estados cambian con el tiempo y la secuencia específica de sus experiencias. Los enjambres humanos son de enorme complejidad, y cambian porque recuerdan y aprenden. Incluso en conglomerados bastante más simples—pongamos una determinada cepa bacteriana—también la confrontación repetida de un mismo antibiótico conduce a la formación de una resistencia adaptativa. El remedio que era capaz de aniquilar millones de bacilos se vuelve repentinamente inútil, una vez que los agentes infecciosos mutan para comportarse como si la cosa no fuera con ellos.

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Hacemos la política que pensamos, y pensamos dentro de conceptos y marcos de interpretación que, desde el trabajo miliar de Thomas Kuhn (La estructura de las revoluciones científicas), llamamos paradigmas. Éstos son, naturalmente, construcciones mentales; cómodas para el discurso, son sin embargo abstracciones. Formuladas originalmente en un determinado tiempo histórico, su destino es desenfocarse y perder pertinencia en cuanto la realidad social muda. Muchas de ellas son adquiridas en el proceso de formación profesional.

Es así como la muy mayor parte de la historia política venezolana ha sido transitada por actores que pensaron dentro de un paradigma jurídico-militar. Con una que otra excepción, nuestros más influyentes políticos se han formado en leyes o en el arte castrense. La política que secretan no puede ser otra que una en la que se cree que el acto político supremo es una ley, o la que presume que la política es asunto de fuerza. Y como nuestra historia, con abrumadora ventaja, está más llena de jefes militares que de hombres de leyes, es la segunda noción la que predomina. Buena parte de la artesanía política criolla tiene que ver con el problema de cómo mantener bajo control a los militares, y casi que es esta necesidad el problema político principal. Rómulo Betancourt, por ejemplo, ya presidente electo democráticamente, escarmentado por el golpe de 1948 y blanco él mismo de una buena cantidad de asonadas militares (Carupanazo, Porteñazo, etcétera), cambió el funcionamiento del Estado Mayor General de Pérez Jiménez por el de un Estado Mayor Conjunto que aislaba relativamente las distintas fuerzas armadas, para dificultar la coordinación de una conspiración que las reuniese a todas.

Pero si en el origen del gobernante está el Derecho, entonces debe descontarse que el nuestro es del tipo latino y no del anglosajón, que enfatiza la casuística y la jurisprudencia—qué decidió un juez en otro tiempo sobre un caso similar—antes que la arquitectura de una pirámide de leyes que descansa sobre una constitución y procede de ésta en pisos de concreción creciente. Nuestro derecho es, pues, deductivo, a diferencia del inductivo de los sajones, y este solo hecho ya produce un paradigma particular con efectos también particulares. Cuando Rafael Caldera llegó por primera vez a la Presidencia de la República, cambió marcadamente el enfoque que precedió al suyo sobre reforma del Estado. El órgano encargado de gestionarla, predecesor de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, era la Comisión de Administración Pública, que bajo las presidencias de Betancourt y Leoni se aproximó a la tarea con una estrategia de cambios en los sistemas y procedimientos administrativos, dirigida por el economista Héctor Atilio Pujol. Caldera, por su parte, puso al frente de esa comisión al abogado Allan Randolph Brewer Carías, profesor de Derecho Público, quien procedió a dirigir el parto de dos tomos de quinientas o más páginas cada uno, en los que se especificaba una reforma total del aparato público venezolano, desde la Corte Suprema de Justicia hasta el municipio de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. Pujol intentaba, en vano, aplicar una terapéutica que era más lenta que la velocidad del cambio inercial de la administración pública venezolana; Brewer prescribió una cantidad y extensión de cambio para las que no había en el país suficiente capacidad gerencial, tal como ahora confronta la administración de Chávez, en acumulación creciente, las deficiencias que se derivan del imposible manejo de un prurito de cambiar todo, al tiempo que se ha excluido de la gestión pública a la mayoría de la gente más preparada.

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El problema fundamental, no obstante, es que los paradigmas de cualquier clase—y en especial los paradigmas políticos—, como los tejidos celulares, envejecen y se hacen escleróticos, se endurecen y se vuelven incapaces de cambiar. El asunto es doblemente grave porque los objetos sobre los que la política se ejerce, las sociedades, experimentan metamorfosis. A fin de cuentas, las manzanas caen desde tiempos inmemoriales del mismo modo y con la misma aceleración que la que legendariamente golpeó la humanidad de Isaac Newton en un jardín de Cambridge. El hígado que examina hoy un médico modernísimo funciona de la misma manera que el que explorasen Avicena o Hipócrates. En cambio, la sociedad sobre la que Pericles gobernara no es la misma que rigiera Luís XIV, y éstas a su vez muy distintas de la que es gobernada por Mariano Rajoy.

Las sociedades humanas crecen en complejidad, en riqueza y variedad de roles, de problemas, de oportunidades. La pretensión de comprenderlas y manipularlas desde ideas de la Revolución Industrial o la Revolución Bolchevique, o con técnicas de Maquiavelo, Marx o Bismarck es no sólo inoperante, sino irresponsable, indigna de una verdadera profesionalidad política.

Incluso las herramientas analíticas clásicas de la política son menos poderosas que las que ahora se derivan de más recientes desarrollos científicos. En la predicción de resultados electorales—en los Estados Unidos—un modelo que sigue conceptos de la predicción de terremotos se ha revelado como acertadísimo. Nacido de la colaboración de un historiador estadounidense, Allan Lichtman, y un geofísico y matemático soviético, Vladimir Keilis-Borok, a partir de 1981, el modelo ha predicho con exactitud los resultados de todas las elecciones presidenciales desde esa fecha, luego de que sus “marcadores” fueran calibrados para coincidir con los desenlaces de las elecciones de los últimos ciento veinte años (entre 1860 y 1980). En vez de referirse a los candidatos específicos o los temas propios de cada campaña, el modelo de Lichtman y Keilis-Borok identifica señales (cuatro básicas y nueve complementarias) que parecen determinar con precisión si una determinada elección será “estable” (cuando gana las elecciones el partido que está en el gobierno) o “cataclísmica” (cuando las gana el partido que está en la oposición). Explica Keilis-Borok. hoy en día profesor de Ciencias de la Tierra en la Universidad de California en Los Ángeles: “Los sistemas que generan elecciones y terremotos son sistemas complejos. No son predecibles con ecuaciones simples, pero después de tamizarlos y promediarlos en el tiempo se hacen predecibles”. Lichtman lo resume de esta forma: “Hemos reconceptualizado la política presidencial en términos geofísicos”.

Hay que darle a la tecla

En general, puede decirse que es de la ciencia de la complejidad, de la teoría del caos o la del comportamiento de los enjambres y las avalanchas, todas inventadas en la segunda mitad del siglo XX, de donde vienen ahora y continuarán viniendo los nuevos moldes de interpretación eficaz. Ninguna de estas disciplinas les es familiar a nuestros políticos convencionales—o, si a ver vamos, a los actuantes en cualquiera otra nación hasta ahora—y sin ellas éstos entienden y entenderán las cosas mal.

Un rasgo fundamental y definitorio de los sistemas complejos es su “sensible dependencia de las condiciones iniciales”. Esto es, que una pequeña variación en el inicio de un proceso complejo puede conducir a un futuro muy diferente. (“¿Desata el aleteo de una mariposa en Brasil un tornado en Texas?”, preguntaba en discurso de 1972 el meteorólogo Edward Lorenz, que ya en 1959 se había topado con esa sensibilidad esencial de los sistemas complejos). ¿Quién sabe si la señora que encendió la airada protesta por el costo del pasaje de autobús en Guarenas, el 27 de febrero de 1989, había recibido abuso del marido la noche anterior? Si Carlos Andrés Pérez no hubiera accedido a su segundo gobierno en acto fastuoso que parecía una coronación, poco antes de apretar el cinturón del pueblo ¿habría reaccionado la psiquis de los caraqueños de la misma forma al aumento de ese costo?

Las condiciones iniciales del Caracazo son irrepetibles. Desde entonces, el precio del transporte público urbano e interurbano ha aumentado en innumerables ocasiones, sin que por ello se haya suscitado una agitación ciudadana tan terrible como la de aquel febrero, cuando las abejas humanas de la urbe del Ávila se africanizaran.

Las sociedades mutan; su conocimiento crece y se diversifica. Esto es tanto así que Kevin Kelly, el Fundador Ejecutivo de la revista Wired y autor del ya clásico e importante libro Out of control (Perseus, 1995), pudo decir en reciente disertación sobre el futuro de la ciencia: “La ciencia es nuestro modo de sorprender a Dios. Es para eso que estamos aquí”. En la introducción que de ella hiciera Stewart Brand, éste abundó sobre esa intuición: “Es nuestra obligación moral generar posibilidades, descubrir los modos infinitos—sin importar cuán complejos y pluridimensionales sean—de jugar el juego infinito. Se requerirá todas las especies posibles de inteligencia para que el universo se entienda a sí mismo. En este sentido, la ciencia es sagrada. Es un viaje divino”.

Una política que no esté a la vez abierta y conectada a una percepción tan amplia y elevada como ésa, que no abreve de la ciencia y se conforme con catecismos resumidos de unas “humanidades” clásicas, no puede aspirar a entender la sociedad contemporánea, mucho menos guiarla. El intento de entrar al futuro con los lentes de Ezequiel Zamora puestos, o aun las gafas de un personaje tan visionario como Simón Bolívar, sólo puede desembocar en reflujo, en retroceso. No bastan, para enfrentar las complejísimas condiciones de una sociedad de hoy—la nuestra ya se compone de veintinueve millones de personas—un bagaje de retórica y la elección de un enemigo.

Que la ciencia, que la metodología haga el relevo de la ideología, para que el hombre justo de Vargas se haga con el mundo, y no el audaz de Carujo.

LEA

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