por Luis Enrique Alcalá | Ene 17, 2008 | Cartas, Política |

Hace ya más de dos décadas que Arturo Úslar Pietri explicara pedagógicamente, a una reunión del Grupo Santa Lucía, algo como lo que sigue:
“Un grupo de colonos que venía de Inglaterra se asentaba en alguna región de Norteamérica, donde cada familia ocupaba una parcela que cercaba y procedía a cultivar. Al cabo de un tiempo se encontrarían los vecinos y surgía la idea en ellos de construir entre todos un granero común, que ubicarían en un sitio céntrico. Años más tarde volverían a encontrarse cuando ya sus hijos habían crecido y convenían que sería útil contratar entre todos una maestra que los enseñara, por lo que construían una escuela. Un poco más adelante, ya con la prole extendida numerosamente, decidían que necesitaban un pastor y éste un templo, que también construían. Un día se daban cuenta de que con el tiempo habían fundado un pueblo, y sólo entonces le daban nombre.
Más al sur, en cambio, llegaba al valle del Guaraira Repano, el de los caracas, Don Diego de Losada al frente de una tropa, uno que otro fraile y gente agricultora y artesana. Allí, donde no había otra cosa que un río que vigilaban desde lejos escondidos y atemorizados aborígenes, bajaba Don Diego de su caballo y clavaba en tierra un pendón con el signo de la cruz, declarando que el sitio era ahora Santiago de León de Caracas, antes que la primera casa fuese erigida o la primera calle trazada”.
Hay, pues, una suerte de bipolaridad cultural entre sajones e hispánicos, la que explica buena parte de sus diferencias. Un interés supremo por las cosas concretas facilita un derecho casuístico y aluvional, inductivo como el anglosajón, y una preocupación por las palabras y las categorías generales soporta mejor un derecho deductivo, piramidal como el latino. Situados en el campo de análisis de Michel Foucault, al sur se está más cómodo con les mots, mientras que el norte se entretiene con les choses.
Hugo Chávez es perfecto ejemplo de una preferencia por las palabras antes que por los hechos. Sus actos de gobierno son discursos, sus logros más señalados son palabras y títulos. Por eso habla interminablemente. Él es en esto, muy a su pesar, más español que indígena; de los indios es proverbial su parquedad. Él no es parco; él es hombre de palabras, de motes, cognomentos y etiquetas: el árbol de las tres raíces, el eje Orinoco-Apure, el desarrollo pentapolar, el año de las “tres erres”, los núcleos endógenos, los gallineros verticales, la quinta república, la batalla de Santa Inés, la misión identidad, el plan Bolívar 2000, el socialismo del siglo XXI, la participación protagónica del pueblo, la nueva geometría del poder y los demás motores de la revolución (bonita), la bicha… Parla pura.
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La manifestación más reciente de esta propensión presidencial a la parla—DRAE: Verbosidad insustancial—es su proposición de que no se llame más “terroristas” a las FARC, sino “beligerantes”. Un conjuro mágico—el pensamiento mágico ocupa buena parte de la actividad mental del Presidente—bastaría para encaminar a Colombia hacia la paz. Bastaría reconocer la beligerancia de las FARC para que éstas ya no secuestraran a más nadie. Dice Chávez: “Las FARC y el ELN no son cuerpos terroristas; son ejércitos, verdaderos ejércitos que ocupan un espacio en Colombia. Hay que darles reconocimiento a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y al Ejército de Liberación Nacional. Son fuerzas insurgentes que tienen un proyecto político y bolivariano, que aquí es respetado”. Eso fue en la Asamblea Nacional, durante lo que se supone debió ser una presentación del informe de su gestión en 2007. Luego, en el programa “Aló Presidente” #300, desde Guárico, lo puso así: “Presidente Uribe, si usted le reconoce a las FARC estado de beligerancia y las FARC lo aceptan, entrarían de inmediato en los Protocolos de Ginebra, no podrían usar el secuestro”. Es decir, yo soy maluco, pero si usted deja de llamarme maluco ya no lo seré más.
Esta nueva simpleza de Chávez, meramente nominal, antifáctica, ha recibido un rechazo casi unánime en todo el mundo. En verdadera cayapa, gobernantes y dirigentes de la Unión Europea, Alemania, Argentina, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Perú, Reino Unido y, por supuesto, Colombia, han desestimado, con mayor o menor intensidad, el despropósito promovido por el Presidente de Venezuela. Una gloria de España, Javier Solana, ha dicho con toda claridad, a nombre de la Unión Europea: “Si ahora se cambiara la posición con respecto a lo que son las FARC creo que cometeríamos un gravísimo error”. (Hay excepciones: Ricardo Cantú Garza, parlamentario mexicano, apoya la idea de Chávez, y anuncia que el asunto será elevado no sólo al Congreso de México, sino al mismo Parlamento Latinoamericano. Una hija de la rehén Ingrid Betancourt, Mélanie Delloye, dijo que “otorgar la categoría de fuerza beligerante a la guerrilla podría permitir el diálogo con el gobierno de Álvaro Uribe y abrir un camino hacia la paz en Colombia”). Muy significativos son los distanciamientos de habituales aliados de Chávez, Jorge Correa y Cristina Kirchner, pero más definitiva es la contundente declaración del propio Álvaro Uribe Vélez: “En el momento que las FARC quieran, que hagan demostraciones de buena fe, que quieran negociar la paz, el gobierno de Colombia está dispuesto a concederle todos los beneficios dentro de nuestra Constitución para facilitar ese proceso de paz. El gobierno de Colombia, en el momento que avance la paz con las FARC, sería el primero que dejaría de llamarlos terroristas y el primero que le pediría al mundo que, como una contribución a la paz, en adelante no se les llame más terroristas”.
Autogol, autocayapa. La escritora colombiana Laura Restrepo, que no oculta su insatisfacción con Uribe, ha declarado: “Me da un dolor inmenso por los secuestrados que veían una luz en la mediación de Chávez. Y ahora resulta que Chávez se inhabilita a sí mismo para ser mediador. Nunca he visto en política un autogol tan patético”.
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Pero no debe desestimarse la proposición hecha por Chávez sin detenerse, aunque sea someramente, en el significado concreto de la misma. ¿Qué se requiere para que una fuerza armada sea tenida por beligerante según las normas ginebrinas?
Los criterios son los establecidos previamente en las Convenciones de La Haya (1899 y 1907). La segunda de ellas, expandiendo la regulación establecida en la primera, incluyó un anexo acerca de las “Regulaciones respecto de las leyes y costumbres de la guerra en tierra”, cuya primera sección trata justamente “De los beligerantes”. El artículo primero de su capítulo primero (Las calificaciones de los beligerantes) dice a la letra:
Art. 1. Las leyes, los derechos y los deberes de la guerra no se refieren solamente al ejército sino también a las milicias y a los Cuerpos de voluntarios que reúnan las condiciones siguientes:
1. Tener a la cabeza una persona responsable por sus subalternos;
2. Tener una señal como distintivo fijo y reconocible a distancia;
3. Llevar las armas ostensiblemente;
4. Sujetarse en sus operaciones a las leyes y costumbres de la guerra.
Ya la primera condición es problemática, pues por estos mismos días se reporta una disputa por el liderazgo de las FARC entre Manuel Marulanda y “el Mono” Jojoy, pero admitamos que el anciano Tirofijo califica como “responsable por sus subalternos”, a pesar del fraccionamiento observable en la guerrilla colombiana. Es este fraccionamiento, por cierto, la causa del papelón de la “Operación Emmanuel”, pues Marulanda no sabía que el hijo de Clara Rojas ya no estaba bajo su control. Y ahora, en clásicas trapacería y desfachatez, las FARC echan la culpa de su incumplimiento al gobierno de Colombia: “Si el niño Emmanuel no está en brazos de su madre, es porque el Presidente Uribe Vélez lo tiene secuestrado en Bogotá”. (Comunicado del 10 de enero).
Menos problemas tienen las FARC para llenar la segunda y la tercera condición. En efecto, la mayor parte del tiempo tienen distintivos en sus uniformes, vehículos e instalaciones, y no hay duda de que llevan armas muy ostensiblemente.
Es la última condición la que no cumplen en absoluto. La Cuarta Convención de Ginebra (1949) prohíbe específicamente “la violencia contra la vida y la persona” (en particular el asesinato de cualquier clase, la mutilación, el tratamiento cruel y la tortura), la “toma de rehenes” y la violación “de la dignidad personal” (en especial el tratamiento humillante y degradante). Tan sólo la detención de 774 rehenes (la cuenta más reciente) no corresponde a ninguna ley o costumbre de la guerra, para no señalar la matanza de inocentes o el tratamiento infamante que las FARC imponen a ciertos secuestrados. Esto es, no hay cabida para la calificación de beligerantes a las FARC. Quienquiera que haya asesorado a Hugo Chávez al respecto le ha aconsejado muy mal. Para su edificación se copia de seguidas el primer numeral del Artículo 3 de la IV Convención de Ginebra, que dentro de sus Disposiciones Generales se refiere a los conflictos no internacionales:
Artículo 3 – Conflictos no internacionales
En caso de conflicto armado que no sea de índole internacional y que surja en el territorio de una de las Altas Partes Contratantes, cada una de las Partes en conflicto tendrá la obligación de aplicar, como mínimo, las siguientes disposiciones:
1) Las personas que no participen directamente en las hostilidades, incluidos los miembros de las fuerzas armadas que hayan depuesto las armas y las personas puestas fuera de combate por enfermedad, herida, detención o por cualquier otra causa, serán, en todas las circunstancias, tratadas con humanidad, sin distinción alguna de índole desfavorable, basada en la raza, el color, la religión o la creencia, el sexo, el nacimiento o la fortuna, o cualquier otro criterio análogo.
A este respecto, se prohíben, en cualquier tiempo y lugar, por lo que atañe a las personas arriba mencionadas:
a) los atentados contra la vida y la integridad corporal, especialmente el homicidio en todas sus formas, las mutilaciones, los tratos crueles, la tortura y los suplicios;
b) la toma de rehenes;
c) los atentados contra la dignidad personal, especialmente los tratos humillantes y degradantes;
d) las condenas dictadas y las ejecuciones sin previo juicio ante un tribunal legítimamente constituido, con garantías judiciales reconocidas como indispensables por los pueblos civilizados.
Y ya que examinamos la legislación ginebrina de la guerra, hay en ella ciertas provisiones que pueden aplicarse, por analogía, a la calificación de los oficios emprendidos hasta ahora por Hugo Chávez. Por ejemplo, para mediar en conflictos entre naciones las convenciones de Ginebra crearon la figura de “potencia protectora”, que es una tercera nación que no es parte en un conflicto y tiene por misión “salvaguardar los intereses de las Partes en ese conflicto”. Sus funciones: “De conformidad con los Convenios y el Protocolo, por colaboración en la aplicación de los Convenios se entiende el ejercicio de buenos oficios, previstos expresa o implícitamente, y el cometido de intermediario”. En materia de los buenos oficios se estipula: “ Los buenos oficios de la Potencia protectora dependen en primer lugar, del cometido general que se le asigna para que colabore en la aplicación de los Convenios y del Protocolo. Los buenos oficios consisten únicamente en poner en contacto a las Partes en conflicto, sin participación alguna en el debate o en la negociación”. ¿Se ha atenido Hugo Chávez a este papel, absteniéndose de participar en el debate o la negociación? ¿O ha mostrado su sesgada preferencia por las FARC, sin perder oportunidad, como señaló ayer el canciller colombiano, de fustigar al gobierno de Colombia? A veces cabe que se considere reclutar a algún sustituto, y entonces se prevé: “Las Partes en conflicto pueden convenir, en cualquier momento, en confiar a un organismo que ofrezca todas las garantías de imparcialidad y eficacia las tareas asignadas a las Potencias protectoras”. ¿Puede ofrecer Hugo Chávez la más mínima garantía de imparcialidad?
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¿Qué impele a Chávez a actuar de esta forma? Al menos dos respuestas de distinto nivel pueden ofrecerse a esa pregunta. La primera tiene que ver con lo que constituye su proyecto político personal. En julio de 2000 la junta directiva de una transnacional petrolera (que ya no está en el país) solicitó al suscrito una primera presentación que le permitiera “entender a Chávez”. En aquella ocasión recibieron una opinión sintética acerca del “sueño impulsor de Chávez” en los siguientes términos: “Los Estados Unidos Bolivarianos. El sueño de poder de Chávez se extiende claramente más allá de las fronteras venezolanas para incluir, al comienzo, el área representada por los países liberados por Simón Bolívar. En esta concepción, por ejemplo, el actual gobierno colombiano pertenece a la misma categoría de ‘cúpulas podridas’ que él denuncia en Venezuela, lo que explica sus posturas tolerantes hacia las guerrillas colombianas”. Hace más de siete años de esa evaluación, pero la conducta reciente de Chávez confirma lo que era evidente ya por entonces.
Sin embargo, esa explicación no es suficiente. Chávez ha empleado por muchos años un estilo confrontacional e insultante respecto de gobernantes e instituciones públicas de muchos países. Ha insultado directamente a Bush, Blair, Aznar, Fox, Calderón, García, el Grupo Andino como un todo y el Senado brasileño, entre otros; pero desde que Uribe asumiera la Presidencia de Colombia en 2002 hasta noviembre del año pasado, cuando fuera dejado cesante como mediador—a raíz de sus indiscreciones y la violación de expreso pedimento de su homólogo colombiano—Chávez eludió meterse directamente con Uribe. Hace días se refirió a este período como la “luna de miel” con Uribe. (Algo larga para calificar como etapa selénico-melosa). ¿Qué lo hace cambiar?
Es aquí donde los rasgos patológicos de su personalidad ofrecen la clave. Para una persona en quien es fácil diagnosticar lo que por estos días se reporta en la emproblemada Britney Spears—la doble condición de desorden bipolar y desorden narcisista—no era fácil manejar el despido que Uribe le infligiera. Durante semanas había estado resollando por la herida que le causara Juan Carlos de Borbón, había recibido un tentequieto de parte del Rey de Arabia Saudita en la OPEP y la presidenta Bachelet le había manifestado desagrado ante sus intromisiones en asuntos bilaterales de Bolivia y Chile. De estos agravios—al enfermo de desorden bipolar se le decía antes maníaco-depresivo, y una de las manías comunes es la persecutoria: “ A mí me tiene [Bush] en una lista también”, “Lo siguiente que harían, por órdenes del imperio, sería venir por mí”—estaba a punto de recuperarse, gracias a que el flamante presidente Sarkozy le había dado beligerancia por su interés en la liberación de la franco-colombiana Ingrid Betancourt. Pero hete aquí que cuando planeaba recibir máximos honores planetarios, y buscaba el beneplácito de un dictador de larguísima agonía, y llamaba desde Cuba a militares colombianos, Uribe le hacía la afrenta de despedirlo, de arruinarle uno de los mejores papeles de su vida. En rápida sucesión, para colmo, fue derrotado en el referéndum del 2 de diciembre y las FARC lo arrastraron al ridículo, ofreciendo entregar a un niño que hacía rato era objeto de protección por el gobierno de Bogotá. Ha sido demasiado.
El narcisismo de Chávez es obvio desde hace tiempo; su bipolaridad ha sido disimulada con más éxito. El Chávez que se muestra es el eufórico, el parlanchín infatigable. No aparece cuando está deprimido.
El desorden bipolar es una dolorosa condición, una cruz cruel e injusta que aqueja gratuitamente a un buen número de personas. La lucha contra horribles depresiones adquiere dimensiones verdaderamente heroicas en quienes la padecen, y la fase eufórica es la sobrecompensación del alma a un castigo verdaderamente espantoso. Muchos de los aquejados por ese mal logran funcionar la mayor parte del tiempo en un difícil y precario equilibrio, y son personas socialmente útiles y más meritorias que quienes no lo sufren. Ahora bien, conmiserados con Hugo Chávez persona porque está sometido a tan ingrato y lacerante desorden, ¿debemos permitir que Hugo Chávez presidente siga decidiendo el curso, hoy errático, de la República?
El 10 de noviembre de 2007, en la Nota Ocasional #16 de doctorpolítico, escrita a raíz de la poderosa pregunta del Rey de España en Santiago, se decía: “…lo desaforado de la actitud de Chávez, incapaz de controlarse mientras estaba Rodríguez Zapatero en el uso de la palabra, permite comprender la reacción regia y entretener serias dudas acerca de la cordura del presidente venezolano… una reiteración de frecuencia creciente de episodios de descontrol en Chávez pondría en primer plano el primer parágrafo del Artículo 233 de La Constitución, en el que subrayamos la redacción pertinente: ‘Serán faltas absolutas del Presidente o Presidenta de la República: la muerte, su renuncia, la destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, la incapacidad física o mental permanente certificada por una junta médica designada por el Tribunal Supremo de Justicia y con aprobación de la Asamblea Nacional, el abandono del cargo, declarado éste por la Asamblea Nacional, así como la revocatoria popular de su mandato’.”
Porque es que la conducta de Hugo Chávez ante Colombia, producto de su lacerante dolor íntimo, arriesga un escenario terrible: una confrontación armada con el país hermano. El Presidente de la República ha tenido muchísimos momentos de gran lucidez, y pudiera él mismo darse cuenta de su enfermedad y renunciar para someterse a tratamiento. Eso sería, para él, preferible a la humillación definitiva: que sus propios partidarios, que su Asamblea Nacional y su Tribunal Supremo de Justicia se vieran forzados a inhabilitarlo. Sería una trágica y amarga decisión de quienes hasta ahora lo han seguido fielmente, pues la iniciativa no puede venir de un lado distinto del chavismo. Los demás podríamos argumentarla, pero nunca promoverla.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 15, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Es de una conversación de ayer con el Dr. Luis Alberto Machado que surge la idea de esta ficha de hoy. Su generoso interés quería leer el texto íntegro de un código de ética política que compuse y juré cumplir en 1995. En realidad, los más precoces suscritores de doctorpolítico habrán podido leerlo el 23 de noviembre de 2003, cuando lo publiqué en una edición especial, no numerada, de la Carta Semanal. También lo transcribí en el #104, cuando la publicación cumplía sus dos primeros años. (16 de septiembre de 2004). Estas publicaciones, sin embargo, no corresponden a la versión original, que difiere en la sexta estipulación. La redacción actual de ésta es la siguiente: “Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tal cargo con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida”.
Se trata de una redacción menos astringente que la de la versión original. Sin saber de esta mutación, el Dr. Machado, creyendo que algunas de las normas autoimpuestas son quizás demasiado exigentes o hasta peligrosas, sugirió la posibilidad de que en algún momento del futuro llegara a convencerme de que una o dos de las estipulaciones necesitaran enmienda. (Muy rápidamente, habíamos llegado a la conclusión evidentísima de que quien escribe no es perfecto, sujeto, por tanto, a error). Pues bien, entre la versión compuesta en 1995 y la publicada en 2003 ya se había modificado la redacción más antigua para la cláusula sexta ya citada. La primera de las versiones podía cortarme las alas políticas.
Hice un juramento público de ese código el domingo 24 de septiembre de 1995, en programa radial que conducía por entonces en Unión Radio. Esta Ficha Semanal #179 contiene la transcripción completa de esa emisión, la que a su vez contiene la redacción original del juramento y comentarios adicionales que clarifican su significado en algunos puntos.
Para aquel momento hablaba de Política, no de Medicina Política o Política Clínica, como hago ahora. La lucha por reivindicar el nombre de Política para el arte de resolver problemas de carácter público puede no valer la pena. Está demasiado enraizada la idea de que por político debemos entender lo relativo a la búsqueda y uso del poder. Un cambio terminológico, por consiguiente, puede facilitar las cosas. Si, al final, los pueblos llegaren a exigir de los políticos concentrarse en las soluciones a los problemas públicos, en lugar de pasar el tiempo combatiendo para lograr el poder y conservarlo y acrecentarlo, y los fuerzan a ese cambio, podría regresarse al término simple de Política para nombrar la profesión.
Desde entonces, no he sentido la necesidad de modificar ulteriormente el documento. Siempre he añorado poder asociarme con otros que quisieran comprometerse con las mismas reglas de conducta, que no creo haber violado hasta ahora.
LEA
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Ética política
Amables oyentes de Unión Radio: a través de Platón sabemos que hacia el año 400 antes de Cristo, un nativo de la isla griega de Cos, contemporáneo de Sócrates, vivía como practicante y maestro del arte de la Medicina. Este griego de la antigüedad llevaba el nombre de Hipócrates, y sostenía que el conocimiento del cuerpo humano dependía del conocimiento acerca del hombre completo. Hipócrates viajaba de ciudad en ciudad, y como muchos grandes filósofos de la época, llegó hasta Atenas para practicar y enseñar su profesión.
De los textos que forman la llamada colección hipocrática, es el más difundido el que se conoce como juramento hipocrático o Juramento de Hipócrates, el texto primario y fundamental de la práctica médica, y el primer código de ética profesional que se conoce en la historia.
Varias veces hemos hecho alusión en este programa a los preceptos de ese juramento, y hemos hecho analogía de los mismos con preceptos que deberían regir otro arte, otra profesión de los hombres, como es la Política. Más de una vez he fastidiado a los oyentes asiduos de este programa con la idea de que hay una similitud importante entre la Medicina y la Política, concepto que por otra parte sostienen varios autores. Esa idea es ya vieja compañera mía, y la expuse explícitamente por primera vez un domingo de diciembre de 1984, hace ya casi once años, a los amigos Diego Bautista Urbaneja y Gerardo Cabañas Arcos, y al día siguiente a un grupo que incluía a estos dos y también a Tulio Rodríguez, Alberto Krygier y Andrés Sosa Pietri. En unas memorias prematuras que escribí entre diciembre de 1985 y febrero de 1986, registré esos hechos del modo siguiente: “En esa reunión en mi casa expuse por primera vez mi noción de la ruta que estaba marcada para nuestra legitimación en tanto políticos como un camino ‘médico’. La llamé ‘la metáfora médica’… El acto político es un acto médico, dije, pues en el fondo se trata de proponer, seleccionar y aplicar tratamientos a los problemas. De hecho, tesis como la que propuse en Válvula o aun la misma receta de la ‘sociedad política de Venezuela’ no eran otra cosa que tratamientos, propuestos para ofrecer respuestas que, a diferencia de las respuestas insuficientes, las respuestas ‘subestándar’ emitidas por los actores políticos tradicionales, fuesen al menos un intento de atacar los problemas en sus dimensiones más importantes. En efecto dije que sería posible distinguir entre la ‘sociedad política de Venezuela’ como asociación que intervendría en la política concreta del país, y una ‘Sociedad Política’ en el sentido de una asociación de profesionales que entendía la política como una actividad médica, con una clara conciencia de la grave responsabilidad que significaba tratar de modificar la realidad social”.
Y también registré en esas memorias esto que sigue: “A comienzos del año siguiente, 1985, recibí copia de unos trabajos de Yehezkel Dror, enviados a mí por intermedio de Suhail Khan, gerente de planificación de CORPOVEN. En uno de ellos Dror, amigo y maestro desde el año de 1972, decía lo siguiente: ‘…policy sciences are, in part, a clinical profession and craft’. (Las ciencias de ‘las políticas’ son, en parte, una profesión y un arte clínicos). Esto fue para mí una confirmación de que andaba por el camino correcto. Yehezkel Dror es uno de los hombres que más experiencia tienen con los problemas y los sistemas concretos de la política. Su posición era sólo ligeramente menos radical que la mía, puesto que lo que a mí me interesaba era el territorio conceptual que se define, justamente, por esa parte que es una profesión y un arte ‘clínicos’. Por esos días pasaban por el canal 8 de televisión una de esas buenas ‘telenovelas’ brasileñas, tal vez la mejor de todas: ‘Una mujer llamada Malú’. Malú es socióloga, mi colega, pues seguí los estudios de sociología en la Universidad Católica Andrés Bello entre 1963 y 1968. Un día trata de explicarle a su hija por qué le resulta tan difícil conseguir un empleo y le dice: ‘Es que la sociología no es una profesión’. Tiene razón. La sociología no es una profesión, sino una ciencia, bastante incipiente, por cierto. Si uno va a los laboratorios del IVIC. y se topa con alguien que trabaje, digamos, en fisiología celular y uno le pregunta cuál es su profesión, no oiremos que nos contesta que su profesión es la fisiología. Nos dirá que su profesión es la de investigador. La fisiología es un campo, una disciplina, una ciencia, pero no una profesión. Del mismo modo son ciencias y no profesiones la sociología, la antropología, la politología y aún la misma economía. Es la política, la ocupación de resolver problemas públicos, lo que es una profesión. Profesión que se ejerce desde distintas posiciones. Hay algunos políticos que ejercen su profesión clínicamente, limitando su acción hasta la prescripción de los tratamientos. Otros son más médicos de cabecera o políticos terapeutas o cirujanos, más directamente involucrados en operaciones o aplicaciones de los tratamientos. Hay políticos generales, análogos a los médicos que hacen medicina general. Hay políticos especialistas, como los hay también en la profesión médica”.
Estas son cosas, pues, que escribía o decía en 1984 y 1985, de modo que sostengo esa noción de una afinidad arquitectónica de la Política y la Medicina desde hace un buen tiempo. Esto se debe, tal vez, a una deformación profesional, pues, como quizás algunos de ustedes sepan, estudié los primeros tres años de la carrera de Medicina en la Universidad de Los Andes en Mérida. Todavía hoy mi señora madre lamenta mi decisión de abandonar por la mitad los estudios médicos. El pasado miércoles fui a que me vieran un esguince de la rodilla izquierda en el Hospital Universitario de Caracas, donde mamá trabaja como voluntaria de hospitales, y no perdió la oportunidad de regañarme de nuevo, treinta y tres años después de que yo abandonara la carrera de Medicina para mudarme a los temas sociales. Yo prefiero pensar que continúo siendo médico en el campo de lo político.
Ahora bien, desde hace mucho tiempo he sentido que sería necesario y útil formalizar un código de ética para el ejercicio de la Política tal como la concibo: como arte, profesión y oficio similar a la Medicina, y esta semana he podido concluir la redacción de algunas estipulaciones que componen un juramento «hipocrático» para la Política. Quiero leer esas estipulaciones para ustedes, amables oyentes, como modo de comprometerme públicamente con un código ético de la profesión política. Permítanme leer, sin más preámbulo, el siguiente juramento:
Yo, Luis Enrique Alcalá, venezolano, juro por Dios ante quienes hoy—domingo 24 de septiembre de 1995—me escuchan, que por lo que me quede de vida practicaré el arte de la Política según las siguientes estipulaciones:
• Recomendaré o aplicaré según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas u asociaciones que pidan mi consejo o asistencia.
• Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.
• Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general.
• Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia.
• Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y en lo posible enmendaré inmediatamente las equivocaciones que haya transmitido y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando estos se debiesen a mi negligencia.
• No buscaré postulación alguna para ningún cargo público ejecutivo cuyo nombramiento dependa de los Electores, aunque podré admitirla en caso de que estos Electores consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tal cargo con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.
• No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.
• Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo.
• Me asociaré para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento.
Seáme dado, si cumplo con las estipulaciones de este juramento, vivir y practicar el arte de la Política en paz con mis semejantes y sus asociaciones, y reconocido y compensado justamente por mis servicios. Sea lo contrario mi destino si traspaso y violo este juramento.
Lo que acabo de leer es, pues, un compromiso público, y ruego a ustedes me sirvan de testigos y de fiscales, y que me exijan el fiel cumplimiento de las estipulaciones contenidas en el juramento que he expresado.
Por otro lado, seguramente las cosas juradas por mí hoy ante ustedes necesitan un poco de explicación adicional, razón por la cual explico un poco más a continuación.
La primera de las estipulaciones del juramento dice: “Recomendaré o aplicaré según sea el caso, sólo las acciones y cambios que entienda sean beneficiosos a las personas y a sus asociaciones, a menos que este beneficio particular implique perjuicio a la sociedad general o daño innecesario a otras personas o sus asociaciones, y jamás recomendaré o aplicaré nada que yo sepa sería dañino a las personas u asociaciones que pidan mi consejo o asistencia”. Esto significa que nadie, que ninguna organización podrá pedirme, en virtud de que yo haya entrado con ella en una relación profesional, nunca podrá pedirme, repito, una lealtad tal que implique buscar el beneficio particular de esa persona o esa asociación hasta el punto de hacerlo a expensas del daño a la sociedad u otras personas y asociaciones. Por ejemplo, podré ayudar a una persona o asociación de personas a conseguir sus objetivos siempre que éstos sean legítimos y no produzcan daño. De lo contrario preferiré el bien general de la sociedad por encima de cualquier deseo de beneficio o lucro de quien pida mi asistencia.
La segunda de las estipulaciones dice así: “Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas y lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros”. Y esto significa entre otras cosas, que me opondré siempre al estilo de comunicación que se alimenta del escándalo y de las interpretaciones torcidas e interesadas, sobre todo de aquellas que lamentablemente se ven con tanta frecuencia en Venezuela, y que tienden a presentar nuestra sociedad como indigna o definitiva e irreversiblemente dañada.
La tercera estipulación es muy clara y no necesita explicación, y dice así: “Pondré a la disposición pública mis prescripciones para la salud de la sociedad general cuando su aplicación requiera la aprobación de los Electores de esa sociedad, y daré a cualquier Elector que me la pida mi opinión acerca del estado y progreso de su sociedad general”.
La cuarta estipulación dice: “Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia”. Nadie, por tanto, podrá contar conmigo para la confidencia de proyectos dañinos. Si me encuentro con alguien que me confíe una cosa de tal naturaleza, procuraré disuadirlo de sus propósitos por todos los medios a mi alcance. Si no puedo convencerlo podrá ocurrir entonces que tenga que comunicar lo que me haya dicho en secreto para evitar daño a la sociedad.
La quinta de las estipulaciones del juramento dice: “Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y en lo posible enmendaré inmediatamente las equivocaciones que haya transmitido y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando estos se debiesen a mi negligencia”. Esto tiene que ser así porque la Política es un arte y no una ciencia, mucho menos una ciencia exacta. Lo que puedo prometer es lo mismo que prometió Hipócrates, quien decía: “Seguiré aquel sistema de régimen que, de acuerdo con mi capacidad y juicio, considere beneficioso a mis pacientes”. La sociedad es un paciente bastante más complicado que una persona que un médico atienda, por una parte, y por la otra, las sociedades cambian, sufren metamorfosis. Un tratamiento adecuado para cierto momento de una sociedad no necesariamente será eficaz para un momento posterior.
La sexta postulación, nuestro sexto mandamiento, dice lo siguiente: “No buscaré postulación alguna para ningún cargo público ejecutivo cuyo nombramiento dependa de los Electores, aunque podré admitirla en caso de que estos Electores consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tal cargo con suficiencia y honradamente. Cuando yo no coincida con esa opinión preferiré recomendar a quienes considere idóneos para el desempeño de las funciones del caso. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida”.
Entre otras cosas, ese mandamiento no impide que pueda buscar la postulación para cargos que no sean ejecutivos. Por ejemplo, podría aspirar pública y legítimamente a cargos legislativos o constituyentes. Pero tampoco impide que acepte cargos ejecutivos que no sean determinados por los Electores.
Lo que sí quiero evitar es el postularme yo mismo a cargos ejecutivos por elección popular, aunque pudiera aceptarlos si es la voluntad de los Electores. Aquí hay, tanto un eco de Hipócrates, quien en su juramento declaraba que no practicaría la cirugía, como una analogía con la correcta práctica médica que rechaza la publicidad de los médicos como si se tratase de un producto de supermercados. Finalmente, creo que el mejor médico es aquél que cree en la sabiduría fundamental del cuerpo humano, y que el mejor político es aquél que cree en la sabiduría del cuerpo social considerado como conjunto. El mejor médico es aquél que procura hacerse prescindible, innecesario. De allí la parte de la estipulación que me obligará a ejercer los cargos que pueda desempeñar en el lapso más breve que sea posible.
La séptima estipulación sólo necesita ser leída de nuevo, pues no tiene nada de ambigüedad: “No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo y que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías”.
La octava estipulación reza así: “Reconoceré según mi conocimiento y en todo momento la precedencia de aquellos que hayan interpretado antes que yo o hayan recomendado antes que yo aquello que yo ofrezca como interpretación o recomendación, y estaré agradecido a aquellos que me enseñen del arte de la Política y procuraré corresponderles del mismo modo”. Creo que es lamentable la mezquina práctica de presentar como propias ideas o tratamientos que han sido formulados por otras personas con antelación. Dicho en criollo: “No debe ganarse indulgencias con escapulario ajeno”.
La última estipulación del juramento dice lo siguiente: “Me asociaré para el perfeccionamiento del arte de la Política y para lo que sea beneficioso a las personas y sus asociaciones, con aquellos que hagan este mismo juramento”. Esto es, que a pesar de que lo que he jurado es un compromiso individual y personal, uninominal, podría decirse, daré la bienvenida a la asociación con personas que quieran honrar el mismo compromiso. Una sola persona puede hacer poco. Es por tanto preferible que seamos muchos los que queramos servir a los hombres como políticos guiados por los preceptos éticos que hemos expuesto.
Quiero dar a ustedes las gracias por su paciencia al escucharme. Quiero también ofrecer a quien desee tener una copia por escrito de este código de ética profesional para la Política el ponerla a su disposición. Pienso firmar las copias personalmente, como señal de compromiso no sólo público, sino con cualquiera que consienta en ser vigilante exigente del cumplimiento de mi compromiso.
Tengo confianza en ustedes. Creo que todos juntos podemos hacer que la Política sea digna de su nombre.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 14, 2008 | Artículos, Política |

Quienes propugnamos un paradigma “clínico” para la Política, al entenderla como profesión que se ocupa de resolver problemas de carácter público (en contraposición del paradigma “realista”, que la entiende como lucha por el poder), usualmente somos tenidos por románticos. Son justamente los “realistas” quienes nos acusan de no tener los pies en el suelo.
Una Política Clínica no cree que “el maestro es el apóstol de la juventud”, como titulaba Luis Beltrán Prieto Figueroa uno de sus recordados artículos, ni tampoco que la universidad es “fundamentalmente una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre”, como reza nuestra Ley de Universidades. (1970). Ese lenguaje hiperbólico no es bueno para fundar repúblicas, y ya Bolívar alertaba contra las que llamaba “aéreas”. Para ser político clínico no es necesario chuparse el dedo.
Pero una aberración contraria es desconocer el altruismo en política, conducta que los zoólogos encuentran hasta en los chimpancés. El político profesional serio debe ser, sin duda, realista, lo que no equivale a ser cínico. Nadie menos que Federico el Grande de Prusia quiso escribir un breve ensayo para refutar a Maquiavelo, quien opinaba: “Es mejor ser a la vez temido y amado; sin embargo, si uno no puede ser ambas cosas es mejor ser temido que amado”. En “Anti-Maquiavelo” (1740), Federico expuso que el italiano había ofrecido un punto de vista parcial y sesgado del arte del estadista. Además de reivindicar un lugar para un genuino interés por la prosperidad de los ciudadanos, el gran monarca apuntó agudamente cómo Maquiavelo había escamoteado la evidencia del término infeliz o desastroso de más de un gobernante malhechor por él alabado.
Y es que, asimismo, no es nada difícil recabar comprobación empírica de que la bondad es eficaz. La bondad funciona en la práctica. Los expertos en gerencia de personal ya abrazaban, a fines de los años sesenta del siglo pasado, la “Teoría Y”, que se oponía a una “Teoría X” que contemplaba cínicamente las motivaciones de los empleados de las empresas privadas. Sin darse cuenta de lo que hacían, eran, como Federico el Grande, antimaquiavélicos. Habían descubierto que, con mucho, era preferible ser amado que temido.
El líder temido, no cabe duda, puede ser muy eficaz. Con frecuencia logra sus propósitos. Pero para lograr metas más elevadas es necesario ser líder amado. No se puede convocar a grandes cosas desde el miedo.
Es en este sentido práctico, plenamente realista, que Don Pedro Grases, el gran catalán venezolano, afirmaba en su septuagésimo quinto cumpleaños: “La bondad nunca se equivoca”. Para quien había logrado escapar de la muy real y concreta tragedia de la Guerra Civil Española, eso no era poesía, sino constatación práctica.
Una política fundada en ese sentimiento, a pesar de su hermosura, es perfectamente posible. (Y muy necesaria).
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 11, 2008 | Notas, Política |

Estimada suscritora, estimado suscritor: la semana pasada, en el #270 de la Carta Semanal de doctorpolítico (del 3 de enero), escribí (a propósito de la disposición de Chávez de dar más crédito a las FARC que al gobierno de Uribe): «Con esta definición Chávez confirmaba que jamás fue un mediador, y que en cambio ha actuado todo el tiempo como representante de las FARC». Ocho días después se confirma esta evaluación, cuando Chávez, ante la Asamblea Nacional y en presencia del Cuerpo Diplomático, solicita a la comunidad internacional, y en especial al gobierno de Colombia, que se reconozca la condición de beligerantes a las FARC y se suprima la calificación de terroristas que habitualmente se les endilga.
Está, por supuesto, para confirmar esa cualidad de aliado de las FARC en el gobierno de Chávez, el fragmento grabado de las palabras de despedida del ministro Rodríguez Chacín a los guerrilleros que entregaron a las rehenes recientemente liberadas. De hecho, el nombramiento mismo de Rodríguez Chacín para su segunda temporada en el Ministerio del Interior y Justicia ya era un indicador de un endurecimiento del gobierno y la colocación de una ficha pro FARC en un puesto de poder crucial y delicado. Para la época de los acontecimientos de abril de 2002, ya se había denunciado la proximidad de Rodríguez Chacín con las FARC.
Chávez se ha presentado hoy como mandatario seguro de su poder. Esta seguridad es requerida para atreverse a quebrar lanzas a favor de las FARC. No puede ignorar que la posición que ha asumido públicamente le causará todavía más dificultades internacionales y más aislamiento. O tiene, pues, una excesiva confianza en la solidez de ese poder, o ya ha llegado a la inconsciencia del après moi le deluge.
Ahora se pone en evidencia que una cosa parecida a la que hoy hizo ha debido estar planeada para la oportunidad de la frustrada función del 31 de diciembre. Es evidente que ha habido diseño conjunto de la cobranza política que se pretende ejecutar: «Ustedes liberan unos poquísimos rehenes y nosotros aprovechamos esa circunstancia, en presencia de Kirchner y bajo las cámaras de Oliver Stone, para proclamarlos como dignos combatientes».
Pero la carta ha sido jugada hoy, veinticuatro horas después—¡qué casualidad!—de la liberación de Consuelo González y Clara Rojas. «Esperen ahora. Oliver y Néstor se han tenido que ir, pero tenemos una nueva ventana mediática el día del mensaje presidencial a la Asamblea». Es bajo la flamante aura obtenida ayer—menor que la que se hubiera logrado el 31 de diciembre—que se lanza la tesis de la beligerancia de las FARC. La puesta en escena no puede ser más obvia.
En el mismo discurso, por otra parte, muestra a la oposición el trapo rojo de un referéndum revocatorio-consultivo que pudiera abrir la puerta a su segunda reelección. (Tercera, si se toma en cuenta de la del año 2000). Es una de sus tácticas favoritas: amenazar con algo de informalidad juguetona para preocupar y distraer a sus opositores. No hay que hacer caso al adefesio jurídico de esta nueva ocurrencia. Él mismo sabe que eso no es posible, y que si lo fuera volvería a ser derrotado. Lo que le interesa es entretener a la oposición para que se distraiga de las elecciones de gobernadores y alcaldes, que serán cruciales para medir cuánto ha perdido de arraigo popular.
No debe extrañar para nada la asunción del papel de abogado de las FARC por parte de Chávez. Se trata de una actuación perfectamente consistente en quien al inicio mismo de su gobierno se solidarizaba con Ilich Ramírez Sánchez o Fidel Castro, presentada en ambiente y tiempo que amplifican su impacto histriónico.
Son estas notas que redacto al voleo, distraído de mis ocupaciones cumpleañeras (65) de hoy, un adelanto de análisis más concienzudo en la próxima Carta Semanal, la #272.
Con un cordial saludo
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | Ene 10, 2008 | LEA, Política |

Tenemos por estos días un Hugo Chávez desconocido. Perdona enemigos con su ley de amnistía, se preocupa por la inseguridad de los ciudadanos de Venezuela, por la basura acumulada en su capital, por el azote de la inflación. No sólo no intentó falsear los resultados del 2 de diciembre y reconoció su derrota en la consulta de ese día, sino que extrae abierta y públicamente sus implicaciones prácticas: “Me quedan cinco años, es una realidad; ya no hay la posibilidad de que Hugo Chávez siga más allá del 10 de enero de 2013”.
Ha declarado que 2008 será—no puede resistir la tentación de proponer una nueva etiqueta propagandística—el año de “las tres erres”: revisión, rectificación, reimpulso. (Habría bastado una sola erre: la de retirada). Así explica los motivos de su flamante sosiego: “El motor de la reforma se fundió, hay que revisar los otros. El motor de la Habilitante se fue a mínimo; el de la moral y luces hay que repotenciarlo; el de la geometría está parado porque dependía de la reforma; y el de la explosión del poder popular hubiese sido explosión con la reforma, pero ahora será de incremento progresivo”. (6 de enero, Día de Reyes, onomástico del Gobernador de Barinas).
Aquí se le había anticipado (Carta Semanal #265 del 29 de noviembre pasado): “Lo único que crece es una ola gigantesca de rechazo, que el 2 de diciembre se expresará en un landslide o deslave que detendrá en seco el ‘segundo motor’—reforma constitucional—de la ‘revolución bolivariana’ y, en acoplamiento inevitable, el tercero, el cuarto y el quinto. (Moral y luces, la nueva ‘geometría’ del poder y la explosión del poder comunal). Chávez va a quedarse con sólo la quinta parte de su fuerza motriz—la ley habilitante—y a este motor se le acaba la gasolina el 1Ëš de agosto de 2008. (Si es que el tsunami del domingo no acaba también con éste)”.
¿Lee Chávez las publicaciones de doctorpolítico? Probablemente no tiene tiempo para minucias, pero pudiera ser que sus salas situacionales sí las obtengan y las lean, a juzgar por correo electrónico enviado anteayer al suscrito. En él se dice (un oficial naval en situación de retiro): “No necesito estar conectado a su página pagada, tengo contactos en los servicios de inteligencia que la hacen circular para ver o conocer comentarios”.
Pero más justo es decir lo contrario: que desde aquí se atiende lo que el Presidente dice. Él mismo había sugerido las imágenes mecánicas en advertencia anticipada, días antes de la edición citada: “Si no se aprueba la reforma la revolución entrará en una fase de peligrosa desaceleración que pudiera llevarla a velocidad cero y, como la bicicleta, hay que poner el pie en la tierra”. (25 de noviembre de 2007, con cuatro días de anticipación). De modo que son de Chávez las metáforas motrices. Es él quien certifica la parálisis de la revolución.
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