LEA #214

LEA

Una decisión pendiente de la Corte Suprema de los Estados Unidos pudiera revertir la resistencia de la Administración Bush a actuar decididamente para reducir las emisiones de gases de invernadero de ese país. En una demanda de doce estados de la unión y trece organizaciones ambientalistas contra la Agencia de Protección Ambiental—Massachusetts vs. EPA—se exige un pronunciamiento del altísimo tribunal que impida que el ejecutivo estadounidense continúe rehusándose a tratar las emisiones de gas carbónico y otros gases como contaminantes del aire, que ponen en peligro la salud pública y aumentan el riesgo de desastres ecológico-climáticos. El Fiscal General Adjunto de Massachussets ha declarado: «Tenemos propiedades, doscientas millas de líneas costeras, que estamos perdiendo».

Ya está trazada una línea de separación entre las facciones conservadora y liberal en la Corte Suprema. El Presidente de la Corte (John Roberts) y el juez Samuel Alito, consideran que, en el mejor de los casos, conceder la petición redundaría en una reducción relativamente pequeña de los gases peligrosos. En oposición, el juez David Souter opinó: «No tienen que mostrar que se detendría el calentamiento global. Su punto es que se reduciría el grado de calentamiento global y probablemente se reduciría el grado de las pérdidas». Así las cosas, los reflectores comienzan a enfocarse sobre el juez Anthony Kennedy, quien pudiera desempatar la votación hacia cualquiera de los dos lados.

Detrás de esta batalla legal se percibe la posición de los empleados mismos de la Agencia de Protección Ambiental. Ayer, los sindicatos que representan a unos diez mil empleados de la agencia elevaron una petición ante el Congreso, a fin de que se emprendan acciones inmediatas para tratar el problema del calentamiento global, y dejaron entender a la Corte Suprema que no están de acuerdo con la política del gobierno de Bush a este respecto.

Dos argumentos de los conservadores no parecen demasiado sólidos o consistentes. Por un lado, arguyen que sería mejor un tratamiento internacional que una acción unilateral de los Estados Unidos en protección del ambiente. Pero esto resulta irónico, pues son precisamente los Estados Unidos (y Australia) quienes han rechazado insistentemente suscribir el Protocolo de Kyoto, y por tanto se han negado al tratamiento multinacional. Por el otro, el argumento de que las mejoras serían insignificantes desconoce lo que enseña la teoría del caos—que emergió, justamente, en climatología primero que en otra ciencia—y que consiste en saber que el mero aleteo de una mariposa en Brasil puede desatar un tornado en California. Hasta el humo de un solo cigarrillo, encendido por un fumador empedernido como el suscrito, pudiera ser un crimen ecológico.

Que Dios inspire a la muchas veces sabia y profunda Corte Suprema de los Estados Unidos.

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CS #214 – El milagro del Marne

Cartas

En el año de 2002 produjo el suscrito una escuetísima evaluación del gobierno de H. Chávez Frías, por la cual se concluía que era «contrario a los fines de la prosperidad y paz de la Nación». Así, decía que ese gobierno, «renuente a la rectificación de manera contumaz», había procedido a «enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto».

Desde ese entonces no hay ninguna variación en ese retrato, y la renuencia a la rectificación continúa manifestándose. Hace tres días que Chávez exaltaba el segundo intento fallido de derrocar a Carlos Andrés Pérez por el expediente de la fuerza, y declaraba que en condiciones similares a las de 1992 volvería a alzarse en armas contra un gobierno legítimamente constituido. Esto es, H. Chávez Frías continúa teniéndose por superior al resto de los venezolanos, una mayoría de los cuales es la única depositaria del derecho a la rebelión. Uno de los documentos en el que se encuentra más claramente expresado este derecho es la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776, tres semanas antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos). En este texto se estipula que, cuando un gobierno sea inadecuado o contrario a los propósitos para los que ha sido establecido, «una mayoría de la comunidad tiene un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en tal forma que se juzgue más conducente al bienestar público».

En esa redacción se encuentra la clave para entender el abuso de Chávez Frías y los restantes conjurados de 1992. El sujeto del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad. Los conjurados del 4 de febrero y el 27 de noviembre, que por propia admisión de Chávez Frías estaban juramentados como conspiradores desde nueve años antes, no eran, claramente, una mayoría de la comunidad. Poco antes de los acontecimientos de abril de 2002 escribí para la Revista Zeta, quizás algo proféticamente: «… ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto».

Ningún cirujano tiene derecho a intervenir a un paciente sin su consentimiento. En la única circunstancia de un herido grave que se halle inconsciente, y que requiere una operación para salvarle, podrá un cirujano abrir su cuerpo justificadamente. Venezuela no se hallaba inconsciente del problema de Pérez a comienzos de 1992. Por lo contrario, cada vez había más conciencia en torno al tema, a pesar de lo cual los venezolanos expresábamos reiterada y tercamente, en cada sondeo de opinión levantado por esas fechas, que no queríamos intervenciones armadas. No fue pues que solamente Chávez Frías y sus socios conspiradores abusaron de un pueblo desprevenido: por encima de eso actuaron en flagrante contravención de expresos deseos de la mayoría de la comunidad.

No hay, en consecuencia, buenas razones para votar por Chávez, que insiste en reivindicar la bondad de un abuso, pero a pesar de esta situación, la mayoría de las encuestas registra, a mediados de este mes que hoy concluye, una partición de 60% de la intención de voto a favor de Chávez y 40% a favor de Rosales. Son otros criterios los empleados por la mayoría de los electores. (AP/Ipsos, 59%-27%; Consultores 21, 58%-41%; Datanálisis, 53%-26%; Datos, 55%-28%; Evans McDonough, 57%-35%; Keller, 52%-48%; Penn, Schoen & Berland, 48%-42%; Zogby/Universidad de Miami, 60%-31%. Si dejamos de lado a la única «encuestadora» que da como triunfador a Rosales—CECA, que el año pasado quiso vendernos que después de Diosdado Cabello el preferido como posible sucesor de Chávez, con 17,2% de preferencias, era ¡Oswaldo Álvarez Paz! También sostenía que Enrique Tejera París disfrutaba de ¡14,3% de apoyo para su candidatura!—y a la polémica encuesta realizada por profesores de la Universidad Complutense de Madrid, que vuelve a dar ventaja a Chávez de entre 15 a 20 puntos, las cifras inventariadas arrojan un promedio de 55,25% para éste y 34,75% para Rosales. Sumados estos promedios totalizan 90% de las preferencias, y entonces todavía habría 10% de indecisos. Llevados, finalmente, a escala de 100, los promedios de las encuestas dan a Chávez 61% y a Rosales 39%).

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Toda una semana de 1914 (5 al 12 de septiembre) duró la Primera Batalla del Marne. Los ejércitos alemanes que iniciaron la Primera Guerra Mundial se hallaban a cincuenta kilómetros de París, y el temor llevó al gobierno francés a mudarse apresuradamente a Burdeos. A lo largo del río Marne chocaron entonces las fuerzas francesas y la unidad expedicionaria británica contra las alemanas. Un total de 2.556.000 hombres se enfrentaron durante los siete días de la batalla. De éstos, casi 60% (58,1%) eran alemanes; del otro lado estaba el 41,9% de franceses e ingleses. (Parecen cifras de encuestadoras de las elecciones venezolanas).

Entre los terribles sucesos de esos días, uno en particular capturó la imaginación de los Aliados y avivó su mística de combate. En lo más recio del fragor bélico, 6.000 tropas de reserva fueron llevadas al frente en unos 600 taxis parisinos el 7 de septiembre, y este minúsculo contingente introdujo un cambio táctico que fue suficiente para evitar el descalabro de los franceses y la caída de París. Las bajas de la Primera Batalla del Marne fueron enormes: un cuarto de millón por cada lado, 500.000 en total. Los franceses no lograron destruir los ejércitos alemanes, que se replegaron al Aisne para cavar trincheras y permanecer prácticamente en el mismo sitio los siguientes cuatro años, después de los cuales finalmente se rindieron. Pero la heroica resistencia del Marne logró detener el hasta entonces incontenible avance de los invasores.

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Estando tan cercana la fecha del 3 de diciembre, y siendo tan crucial su desenlace, el suscrito consultó a tres magos de criterio amplio y sabio. El brujo de Boleíta cree en lo que dicen los sondeos de opinión, a pesar de lo cual sigue pidiendo al Niño Jesús que gane Rosales. Pero me dijo que si el Niño Jesús no podía concederle su regalo, entonces su segundo deseo era que Chávez ganara por margen suficiente, para no correr riesgo de violentos incidentes. El brujo de La Florida me instruyó a continuación: «Piensa que lo peor que puede pasarle a Chávez es que gane estas elecciones». Y anticipó que enormes dificultades le aguardaban, que podría ahorrarse si perdía y desde la oposición replanteaba su estrategia. Y el brujo de Los Palos Grandes, que parecía haber estado en comunicación telepática con el anterior, ofreció los ejemplos de los segundos gobiernos de los más recientes entre los presidentes norteamericanos. Los segundos períodos habían sido siempre peores y más deslucidos que los primeros, llenos de derrotas y dificultades. (Fue en su segundo gobierno, por ejemplo, que Clinton estuvo a punto de perder el puesto, como ocurrió con Nixon, y Reagan, al igual que ahora Bush II, perdió el control del Congreso). De todos modos, cree que hay mucho entusiasmo en las filas de Rosales, y que el factor miedo sí pudiera hacer que las encuestas midan como miden, y que tal vez la ventaja de Chávez pudiera reducirse a sólo diez puntos el día de la votación.

A ver, si se produjera una abstención de 40%, los dieciséis millones de electores pudieran producir sólo unos 9 millones seiscientos mil votos válidos, y si el promedio de lo medido por estudios de opinión se mantiene, entonces unos 5.900.000 de los votantes se inclinarían por Chávez y 3.700.000 por Rosales. (Diferencia de 2.200.000). Si, en cambio, lo del «voto oculto» se revela como cierto, entonces Chávez ganaría por un millón de votos nada más, tal vez en una votación de 5.300.000 a su favor y 4.300.000 a favor de Rosales. (55% a 45%). Eso sería suficiente como para que Rosales reconozca responsablemente el triunfo de su contendor y logre aplacar así el talibanismo de derecha que se prepara, con «encuestas» como las de CECA y otra manipulaciones, a cantar fraude y suscitar desorden: la famosa «crisis de gobernabilidad» que daría al traste con el régimen.

La consecución de este último nivel requiere un esfuerzo como el de los taxistas de París el 7 de septiembre de 1914: la campaña de Rosales debe movilizar todos sus recursos para asegurar que la penetración de Chávez quede contenida, impedida de avances significativos con posterioridad a su elección.

Y es que Venezuela no se acaba el 3 de diciembre—dice el brujo de Los Palos Grandes. Mucho menos se han agotado las tribulaciones de Chávez. La protesta social sigue, y tal vez pudiera contar con un año más de plazo para satisfacer expectativas creadas por sus promesas. Dice el arúspice: «El maquillaje de este año electoral estará muy chorreado el año que viene».

En efecto, hay que cerrar este ciclo electoral para que se dé la posibilidad de replantearse, con serenidad, qué es lo que ha estado equivocado en el planteamiento estratégico que busca desalojar a Chávez del gobierno. Una vez sacadas las cuentas y lamidas las heridas, será posible pensar en la nueva agrupación política que se requiere. El comando de Rosales pretende erigirse en conductor de una «nueva democracia social», a juzgar por lo que Omar Barboza declaró el pasado domingo a Roberto Giusti. Es decir, la «socialdemocracia del siglo XXI». Es una formulación de premisas obsoletas, y Barboza no atinó a ser claro y específico ante las insistentes preguntas del inteligente periodista. Por ahí no van los tiros.

Menos si se cree que Manuel Rosales, de regreso a su gobernación en el Zulia, involucrado en una faena regional que le impediría la dirección nacional, pudiera ser el líder cohesionador. Eso exactamente lo probaron ya Andrés Velásquez y Henrique Salas Römer, con resultados conocidos.

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FS #120 – Hanke de guerra

Fichero

LEA, por favor

Todavía hay quienes añoran las prescripciones del Consenso de Washington. Así lo vimos hace no muchos días, cuando el 11 de este mismo mes se comentaba en la Carta Semanal #211 de doctorpolítico el artículo The Lost Continent, de Moisés Naím. Muy cercano al espíritu de esta postura es la de quienes propugnan el anclaje de la moneda venezolana en el dólar norteamericano. Creen que al término del canceroso gobierno chavista lo que hay que hacer es dirigir la economía nacional por cauces parecidos a los del Chile de Pinochet o la Argentina de Menem.

Entre quienes recetan todavía—a sotto voce, se entiende—que el bolívar sea un apéndice automático del dólar, no es difícil hallar personas que fueron antes de confesión socialista y ahora son libremercadistas a ultranza. No debe sorprender un bandazo de ese tipo; ya Eric Hoffer había llamado la atención al hecho de que el verdadero fanático puede pasar repentinamente de una causa a otra, incluso a una opuesta. (The True Believer, 1951). Cuando el Dr. Julio Sosa Rodríguez acababa de dejar el Ministerio de Hacienda de la segunda administración de Rafael Caldera, ocurría en una de sus oficinas una conversación sobre el tema, y el suscrito señaló que anclar el bolívar en el dólar era alienar nuestra soberanía monetaria en la Reserva Federal. Entonces contestó un economista, de quien sólo diré que pocos años antes apoyaba al Movimiento Al Socialismo, que él prefería que Alan Greenspan le manejara sus reales, antes que lo hiciera Antonio Casas González.

La Ficha Semanal #120 de doctorpolítico contiene un artículo publicado por esa misma época en referéndum (mayo de 1996), que refiere un intercambio entre el economista norteamericano Steve Hanke y el suscrito. Hanke era el campeón del anclaje más estricto posible: una «caja de conversión».

Hanke vino ese año invitado por CEDICE. (Rocío Guijarro es su Directora Ejecutiva, y obtuvo fugaz y principal fama al firmar, «en representación» de las organizaciones no gubernamentales, el decreto constitucional del gobierno de P. Carmona Estanga). Tal cosa no significa, por supuesto, que CEDICE haya asumido oficialmente alguna vez la defensa del anclaje del bolívar en el dólar.

Las cifras de la época permiten medir lo que se ha afectado la tasa de cambio desde entonces.

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Hanke de guerra

Nuevamente ha venido por esta Tierra de Gracia (Colón, 1498) el insuperable Steve Hanke, profesor de Johns Hopkins University, campeón del anclaje y dueño absoluto de la verdad económica y titular exclusivo de la panacea milagrosa de la caja de conversión.

Invitado por CEDICE, estuvo, entre otros sitios, en la sede de la Fundación Pensamiento y Acción, para explicar, por enésima vez, cómo es que, si eliminamos el Banco Central de Venezuela y lo sustituimos por un mecanismo automático—podría ser un simple computador—al día siguiente la inflación desaparecería como por encanto y todos seríamos felices.

Fuimos invitados a su presentación en los predios de la fundación mencionada, donde ante una cuarentena de personas expuso en forma por demás pugnaz, irrespetuosa y dogmática su ya famosa prescripción.

En una de las formulaciones más remachadas por Hanke los políticos, en forma genérica, fueron vapuleados a diestra y siniestra. Hanke les caracterizaba como «animales políticos», a partir del politikòn zoôn aristotélico, sólo que con particular énfasis en el término «animal», y repitió tres veces que los políticos usualmente se encontraban en una condición de «animación suspendida» (suspended animation), o estado comatoso que les impediría entender las realidades. El único político que logró salvarse de evaluación tan despreciativa resultó ser el Sr. Carlos Menem, a quien Hanke intentó vender como el líder más moderno e inteligente de los tiempos actuales. Tanto insistió Hanke en estas escasas nociones que el propio anfitrión, de disposición habitualmente plácida, el Dr. Eduardo Fernández, se atrevió a sugerirle que al lado del concepto de «animal político» debía ser incluido el de «animal económico». Adicionalmente Fernández le hizo notar que la moneda venezolana había disfrutado de varias décadas de extraordinaria estabilidad aun cuando operaba en nuestro país la «sospechosa» institución de un banco central.

De resto, y con particular saña, Steve Hanke dedicó el resto de la exposición a denostar de Venezuela. En una de sus frases de mayor efecto llegó a decir que «este país ha sido destruido en los últimos veinte años», y se complació en presentar indicadores según los cuales Venezuela es poco menos que la escoria del planeta. Entre otros datos que aportó se refirió al «índice de libertad económica» elaborado en un estudio dirigido por Milton Friedman.

Deliberadamente dejamos que fueran otros circunstantes—se encontraban allí, entre otros, Emilio Figueredo Planchart, Pedro Pablo Aguilar, Luis Enrique Oberto, Leopoldo López Gil y su esposa, Antonieta Mendoza, Carlos Bernárdez (coanfitrión), Alfredo Keller—quienes iniciaran la interacción con el conferencista al término de su exposición inicial. Luego pedimos la palabra para sugerir algunas precisiones y ampliar la consideración del punto clave—la supuesta excelencia de una caja de conversión—con el empleo de un enfoque diferente al del Sr. Hanke.

Ya en enero de 1995 nos habíamos referido en estas páginas a la proposición de Hanke: «El concepto es simple: bájese la santamaría al Banco Central. Pásese su función de cámara de compensación a los bancos comerciales; transfiérase su misión de asesor financiero del gobierno al Ministerio de Hacienda; confiérase su facultad de determinar la paridad cambiaria a un aparato ciegamente automático llamado caja de conversión». (referéndum, Vol. I, Nº 11). Una definición más o menos clara se encuentra en un trabajo de Hanke en colaboración con Kurt Schuler (igualmente profesor de Johns Hopkins), y que lleva como título «¿Banco Central o Caja de Conversión?» Allí explican estos autores que una caja de conversión es «un organismo emisor de billetes y monedas, convertibles a una moneda extranjera de ‘reserva’ a una tasa fija y contra demanda. No acepta depósitos. Guarda las reservas en títulos rentables de primera línea emitidos en la moneda extranjera. Estas reservas equivalen al 100% (o un poco más) de los billetes y monedas en circulación, según quede establecido por ley… La caja de conversión no tiene poder discrecional sobre la política monetaria; sólo las fuerzas del mercado determinan la oferta monetaria… Una caja de conversión no tiene poder discrecional. Su política económica es completamente automática y sólo consiste en cambiar billetes y monedas por moneda extranjera a una tasa fija».

Al iniciar nuestra intervención reconocimos que el Sr. Hanke se apoyaba en algunos hechos reales, lo que daba fuerza a sus planteamientos. Por cierto, acotamos, un hecho hasta entonces desconocido—según sabemos—es que el Sr. Hanke no es el desinteresado profesor universitario que viene del norte a salvar a Venezuela. En cándida admisión, Hanke declaró ser directivo de un fondo mutual norteamericano que poseía extensas inversiones en papeles de América Latina, incluyendo un 5% del total de sus activos ¡en bonos Brady de la deuda venezolana!

También apuntamos que una moda reciente se había manifestado con la emergencia de coléricos economistas que, desdiciendo de la serenidad clínica que debiera caracterizar a quien opina profesionalmente sobre una sociedad y sus problemas, se habían dado a la práctica de pontificar en tono subido y airado, o en el mejor estilo de un vendedor de menjurjes del viejo oeste norteamericano. Sugerimos que a ese estado histérico tan particular pudiera designársele con el remoquete de «agitación suspendida». (Suspended agitation).

Luego de este preámbulo, advertimos que introduciríamos el punto central de nuestra argumentación por la vía de parábolas. Es así como recordamos la similitud del caso venezolano con aquellos campesinos que de repente eran llevados a los cursos de un mes de duración que patrocinaba el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria, (1963), y que se enfermaban con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados. Recordamos aquellos suicidios «anómicos» registrados por Émile Durkheim en Europa de fines de siglo, cuando una persona se quitaba la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna.

Planteamos, pues, al Sr. Hanke las preguntas que hacíamos ya hace diez años: «¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades?» (Dictamen, junio de 1986).

Sugerimos que si el ingreso del gobierno Federal de los Estados Unidos se hubiese visto súbitamente multiplicado varias veces, la economía de ese país hubiera enfrentado importantes problemas. De hecho, destacamos que los niveles del déficit fiscal norteamericano son objeto de fuertes críticas allá mismo, así como los volúmenes de deuda pública y privada. (Referimos una anécdota de Alfredo Laffé, quien había sido Presidente del Banco Central de Venezuela. Laffé contó a un grupo de banqueros a comienzos de 1983 que él venía de Londres, donde se había reunido con colegas ingleses y les había preguntado si estaban muy preocupados por la deuda de los países del «tercer mundo», puesto que el año anterior había explotado el problema de las deudas de México y Polonia y ya se mencionaba a las de Brasil, Argentina y Venezuela. La respuesta de los banqueros ingleses a esta pregunta de Laffé se habría dado, más o menos, en los siguientes términos: «Bueno, sí. Es un asunto delicado que debe ser visto con atención. Pero la deuda que verdaderamente no nos deja dormir ¡es la de los Estados Unidos de Norteamérica!»)

El desequilibrio del repentino recrecimiento de los ingresos del Estado venezolano como consecuencia de los aumentos de precio del petróleo entre fines de 1973 y comienzos de 1982, es sin duda una causa de grave desajuste, el que todavía estamos pagando. En el análisis de Steve Hanke, tan importante factor brillaba por su ausencia. (Precisamos, por cierto, que ese período de constantes incrementos en los precios petroleros no había sido causado por Venezuela, sino detonado por un embargo político en el que no tuvimos parte, y durante el cual habíamos mantenido ininterrumpido, lealmente, el flujo de nuestro petróleo hacia los mercados del norte).

Finalmente, intentamos desnudar la consecuencia política profunda del establecimiento de una caja de conversión tal y como la ha venido proponiendo Hanke. (Dicho sea de paso, el Sr. Hanke intentaba vendernos su idea con continuas referencias a lo exitosas que habrían sido las cajas de conversión de Albania, Hong Kong y Argentina, sin darse cuenta de que con eso mismo estaba diciendo que la abrumadora mayoría de las economías del planeta ha adoptado la institución de los bancos centrales, y no la de caja de conversión que tanto pregona. En el caso de Argentina, por otra parte, el mecanismo adoptado no corresponde exactamente al preconizado por el profesor de Johns Hopkins. Si bien hay un «anclaje» de la moneda argentina sobre el dólar, con una tasa fija determinada por ley, y por ende inmodificable sin un acto expreso del Congreso argentino, el Banco Central de Argentina continúa existiendo, con el resto de sus funciones incólumes).

En esencia, nuestro planteamiento final siguió la línea de argumentación que empleamos en esta publicación en enero de 1995 en la edición ya citada: «Pero es que además esto significaría la total inmovilización de las reservas internacionales de Venezuela, amén de eliminar la ‘discrecionalidad’ de las autoridades monetarias venezolanas para sujetarse a la discrecionalidad de la Reserva Federal de los Estados Unidos, para la que ni Hanke ni Schuler—¡oh sorpresa!—se atreven a proponer su sustitución por una caja de conversión. Por otra parte, en opinión del industrial venezolano que más nos merece respeto—Hans Neumann—todo esto parece ser una manipulación cosmética que no toca para nada el sector real de los bienes y servicios producidos en el país.

Seguramente es un objetivo laudable la estabilidad del signo monetario, por más que, paradójicamente, algunos partidarios de esquemas tales como este tratamiento hankeriano de las cajas de conversión, critiquen fuertemente la intención gubernamental de mantener una tasa fija del bolívar de 1995 en 170 por dólar. Es posible, incluso, que la idea de un mecanismo automático de conversión a una tasa fija sea una idea buena en el fondo. Pero nos luce que el acoplamiento total de una economía como la venezolana, relativamente muy pequeña, a una economía tan grande como la norteamericana es un asunto realmente peligroso. Estos casamientos totales, como lo revela el reciente caso del ménage à trois del TLC norteamericano, parecen determinar graves problemas para el más débil de los cónyuges. Necesitaríamos, por tanto, una escala diferente. ¿Qué dirían Hanke & Schuler a la idea de una caja de conversión a escala de América del Sur?»

Con esta alusión al tema integracionista aprovechamos la mención que Hanke había hecho de Milton Friedman para citar a este Premio Nobel de Economía. En la segunda mitad de 1993 las monedas europeas, con la casi única excepción del marco alemán, se encontraban bastante debilitadas. Los gobiernos de Europa rogaban al Bundesbank que consintiera en disminuir sus tasas de interés. Nichts. El banco central alemán se negó rotundamente, lo que provocó intensas corridas contra la libra, la peseta, la lira… Por poco descarrilan los esfuerzos de unificación monetaria de Europa: la meta de una única moneda europea hacia 1999. Y es en estas circunstancias cuando Milton Friedman, no Fidel Castro ni un Mao Tse Tung redivivo, sino el líder de la escuela monetarista de Chicago, concede una entrevista en la que dice: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Concluida tan larga exposición, el Prof. Hanke intentó primero una línea de ataque personalizada. Nos preguntó si teníamos en nuestra cartera algunos dólares. Respuesta negativa. Acto seguido preguntó si algún familiar nuestro tenía alguna posición en dólares. Respuesta igualmente negativa, con algún abundamiento. Le explicamos al Sr. Hanke que hacía poco que habíamos concluido un trabajo de análisis para una transnacional con sucursal venezolana y que ésta había ofrecido pagarnos en dólares. Al explicar que preferíamos el pago en bolívares, nuestra moneda nacional, la compañía en cuestión intentó calcular cuánto debía pagarnos a razón de «dólar Brady», que para la época nos habría reportado alrededor de 445 bolívares por cada dólar de referencia en sus cómputos. Comunicamos a nuestro cliente que no aceptaríamos tal cosa, y que la tasa vigente oficial de cambio era la de Bs. 290 por dólar norteamericano, y que así debieran calcular nuestra factura de servicios, «perdiendo» así nosotros 155 bolívares por cada dólar estimado originalmente. Con esto quisimos hacerle entender al Sr. Hanke que no existía ninguna relación lógica, y tampoco interesada, entre los dólares que pudiese haber en nuestro bolsillo o los de algún familiar y nuestra opinión en torno al tema.

Impedido de defenderse con un ataque personal, el Sr. Hanke logró encontrar entonces la respuesta definitiva. Procurando no mirarnos a la cara, el inefable, el inigualable y docto Prof. Hanke cerró el debate calificando nuestra intervención como «un barato disparo populista» (A cheap populistic shot). Eso fue todo lo que dijo. Acto seguido, nos dio la espalda—gracias—y se dispuso a «contestar» otras preguntas.

El acto concluyó con rapidez. Ninguno entre los invitados se acercó al Prof. Hanke. El anfitrión se despidió de él cortésmente y lo abandonó en el salón en manos de algunos periodistas, vino hasta nosotros a felicitarnos y a comentar lo inconveniente de las filípicas hankerianas contra los políticos.

Tal vez a raíz de esta experiencia los patrocinantes de los periplos venezolanos de Steve Hanke hayan querido recomendarle una mayor moderación en sus denuestos. Y quizás algunos entre los venezolanos presentes hayan comenzado a sentir que es necesario detener la avalancha de evaluaciones exageradamente negativas de lo nuestro, que ya han pasado de ser práctica nacional a deporte internacional.

Porque es que Steve Hanke ha hablado en este país de un modo que debiera merecerle una declaración de persona non grata. Él no ha venido acá a ayudar a una gente que evidentemente desprecia, sino a jugar el papel de mercader de una dominación que no necesitamos. Ha intentado hacerlo belicosamente. Por eso tuvimos con él un encuentro con un hanke de guerra, aunque, claro está, en su caso se trata de un hanke de hojalata.

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LEA #213

LEA

Debe reconocerse a Teodoro Petkoff la nobleza con la que depusiera su aspiración presidencial, y la seriedad, la lealtad y el denuedo con los que ha ofrecido su apoyo a la candidatura de Manuel Rosales. (Si Rafael Caldera, en 1987, hubiera apoyado a su antiguo pupilo, Eduardo Fernández, en lugar de «pasar a la reserva» de COPEI, es posible que éste hubiera vencido a Carlos Andrés Pérez en 1988 y la historia hubiera sido diferente). En opinión de quien escribe, Petkoff habría sido mucho mejor y más redondo candidato que Rosales, pero el acuerdo tripartito con Julio Borges establecía que una encuesta—llevada a cabo por Datos—sería el criterio selector, y la base política de Rosales en el Zulia hizo la diferencia. El suscrito opinaba así desde 1999, cuando ya se podía entrever la enorme dificultad que comportaría la mera reparación de los estropicios que Chávez dejaría a su paso por el poder. No podía ser un político de medianas luces quien sucediera a Chávez, y sin duda el calibre político de Petkoff es muy alto y mucho mejores sus cualidades humanas que las del actual presidente. (Para no comparar la preparación intelectual de ambos).

El martes de esta semana reportó Globovisión: «Teodoro Petkoff, miembro del comando de campaña de Manuel Rosales, señaló que hay que terminar de vencer el temor y comprender que se puede ganar. En su opinión, la condición para que un triunfo del candidato de la oposición se produzca es que nadie se atemorice. Petkoff expresó que está persuadido de que Rosales ganará, aunque siempre hay que estar preparado para las dos opciones». (Destacado de esta publicación). En las mismas declaraciones apuntó que nada indica la preparación de un fraude electoral, no sin señalar que el ventajismo y la intimidación gubernamentales sí están presentes. Recomendó, una vez más, la supresión de las ilegales máquinas captahuellas, aunque las desestimó como posibles violadoras del secreto del voto, reforzando así su prédica de vencer el miedo.

Más allá de ese temor, sin embargo, lo que habría que vencer es la percepción de imposibilidad de un triunfo de Rosales. La mayoría de las encuestas registra que las dos terceras partes de los electores creen que Chávez ganará, y esto es lo que hace la cuesta tan empinada.

Una vez más, la esperanza de esta publicación es que el elector promedio decida que ya ha tenido bastante de la epopeya chavista, de sus milenarios y heroicos objetivos, que imponen un excesivo e injustificado costo de odio y sobresalto, para optar por una administración tranquila, probablemente nada brillante, pero en paz y normalidad.

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CS #213 – No sabe, no sabe…

Cartas

La primera y más importante condición para poder explicar alguna idea con eficacia es haberla entendido. Luego es de gran utilidad ser un buen comunicador y, preferentemente, poseer habilidad didáctica. Por ejemplo, Bertrand Russell, poseedor de un completo arsenal matemático, había entendido perfectamente la teoría especial de la relatividad de Alberto Einstein, pero su The ABC of Relativity, un intento de divulgación popular de los revolucionarios postulados del genio, es opaca y torpe escritura al lado del cristalino recuento que hace Isaac Asimov en el tomo segundo de Understanding Physics. De hecho, Asimov era bioquímico por formación, y es muy probable que su comprensión de la relatividad fuera menos profunda que la de Russell, que a fin de cuentas había sido el autor de The Principles of Mathematics. A pesar de la ventaja de Russell, la explicación de Asimov es muchísimo más clara—y amena—que la del primero, y permite al lector entender, aun prescindiendo de la base matemática, lo fundamental de la teoría especial de la relatividad sin sacrificar rigor. Pero si la cosa no ha sido entendida por el expositor, no hay poder pedagógico que sea capaz de explicar nada.

Es ya proverbial la capacidad de comunicación de Hugo Chávez Frías. Es una cualidad que le reconocen incluso sus más acérrimos enemigos. Pero también son antonomásicos la flojedad de su lengua y un arrojo irresponsable a la hora de exhibir la superficialidad de sus conocimientos. Hace poco intentaba explicar lo que para él es socialismo (del siglo XXI) puesto en funciones de magistral profesor que hacía dibujos esquemáticos para comunicar mejor el tema que exponía. Según Chávez es socialismo que una parte de lo que alguien produzca sea regalado a la comunidad, y que otra parte sea cambiada por unas fichas o billetes similares a la lúdica moneda del juego de Monopolio, que vendrían a ser una «moneda alternativa» y esto, en el concepto del Supremo Maestro, viene a ser ni más ni menos que trueque. Es decir, Hugo Chávez no ha entendido absolutamente nada de lo que habló a ese respecto.

Porque, en primer término, si existe una moneda para la intermediación, así sea alternativa o local y de vigencia limitada, no puede hablarse de trueque, puesto que éste es por definición: «Intercambio directo de bienes y servicios, sin mediar la intervención de dinero». (Diccionario de la Real Academia Española).

No es que la práctica del trueque haya desaparecido, como especie extinta, para no volver nunca más. Expliquemos esto cuidadosamente al Gran Locutor, para asegurarnos de que entienda.

A Chávez, como a la mayoría de nuestros presidentes, tiende a fastidiarle la economía—tal vez por eso no la entiende—y es la política lo que le apasiona. (Que tampoco comprende bien, a no ser en los términos combativos de la Realpolitik). Afortunadamente, es posible encontrar acá un interesante paralelismo entre tres grandes etapas de la economía y un número equivalente de etapas de la política.

Hubo un período histórico en el que una economía todavía incipiente podía manejar razonablemente sus intercambios por el expediente del trueque directo. La cantidad de transacciones y la variedad de productos eran ambas magnitudes reducidas, así como la velocidad o frecuencia del intercambio. En muchos casos se trataba de una transacción anual entre un molinero y un porquerizo que no necesitaba sino unos sacos de harina por año que pudiera almacenar.

En cuanto ese exiguo comercio se incrementó en grado suficiente, la práctica del trueque se hizo harto engorrosa. Demasiadas transacciones, una mayor variedad de productos y la distancia entre los mercados justificaron la aparición de una institución mediadora, de una unidad de medida y comparación que fuese más fácilmente transportable que un cerdo o un saco de harina. E hizo su aparición la invención del dinero y, junto con él, la posibilidad enfermiza de la inflación.

La más general de las concepciones económicas distingue entre un «sector real» de la economía, integrado por la suma de bienes y servicios efectivamente producidos, y un «sector virtual o nominal», que equivale a la masa monetaria con la que esos bienes y servicios (incluyendo entre éstos al trabajo), pueden ser adquiridos. Y la definición elemental de inflación es la de un crecimiento del sector nominal significativamente mayor que el del sector real dentro de un sistema económico.

Hoy en día, sin embargo, la capacidad computacional y comunicacional extraordinariamente desarrollada del mundo actual—la que, por otra parte, es en términos de lo previsible una capacidad a la que falta muchísimo por crecer—permite que un 20% del comercio mundial se haga de nuevo bajo la forma de trueque—tantos aviones por tantos barriles de petróleo. Es una pregunta de alto interés para la economía investigar qué sentido tendría la noción de inflación el día en que sea posible manejar todas las transacciones como un trueque virtual, como el cotejo de bases de datos digitales sobre cada unidad de producto o servicio a escala planetaria. ¿Desaparecería la inflación?

En el campo de lo político se observa un despliegue similar, en tres etapas sucesivas, de los sistemas históricos de democracia. La democracia ateniense era también un proceso lento, en el que la cantidad de asuntos que reclamaban la atención de la apella, de la asamblea de ciudadanos, era pequeña, como también era poca la velocidad que se exigía de sus agendas. Desde el momento en que un organismo participativo de ese tipo decidía entablar batalla contra los persas, hasta que se preparaba la primera de las naves que llevarían a los guerreros, transcurría un tiempo considerable. En este tipo de condiciones era posible una democracia directa en la que los ciudadanos de Atenas todos podían participar en la toma de la decisión. (Dicho sea de paso, no todos los habitantes de la Atenas clásica eran ciudadanos. Los esclavos no tenían ninguna participación en la apella).

Nuevamente, la complicación del proceso político, en ausencia de métodos de comunicación lo suficientemente rápidos, hizo imposible la ampliación del patrón ateniense de decisiones compartidas. Hubo necesidad, si se quería mantener vivo el principio democrático, de arribar a la invención de un intermediario político: fue necesario inventar la democracia representativa. (Forma de gobierno que exhibe, obviamente, su propia patología).

Pero ahora disponemos de una tecnología comunicacional que vuelve a ofrecer las condiciones requeridas para una participación masiva, instantánea y simultánea, de grandes contingentes humanos. Ya vimos algo de esto en las teleconferencias de amplia extensión que sostuvo Ross Perot en los Estados Unidos en su frustrada carrera de hace unos años hacia la presidencia de ese país, y la Internet ha ido cobrando mayor importancia con cada campaña política, aunque esto no ha sido, si a ver vamos, el signo particular de nuestra actual campaña electoral. Pero el punto es que la cosa puede hacerse, y puede hacerse en Venezuela.

Alguien puede argumentar ante este planteamiento que el nivel de desarrollo político y tecnológico norteamericano es inconmensurablemente superior al venezolano, y que por esa razón ese concepto de democracia participativa electrónica estaría, para nosotros, muy lejos dentro de un futuro largamente incierto. Pero puede a su vez contrargumentarse que los venezolanos no hemos tardado mucho para aprender a operar telecajeros electrónicos, celulares, computadores, telefacsímiles, consolas de juegos como Playstation, y hasta las máquinas de Smartmatic, y que con igual o mayor facilidad podríamos navegar dentro de una red permanente de referenda electrónicos. Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. Nuestra nación puede transformarse en una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento.

¿Cuánto puede costar una red para la democracia electrónica, nueva versión de la democracia directa, la democracia participativa? Cuando Al Gore era el vicepresidente de los Estados Unidos hizo una estimación de la inversión necesaria para conectar una fibra óptica a «todo hogar, oficina, fábrica, escuela, biblioteca y hospital» en el territorio de su enorme país. La cifra manejada por Gore era la de 100 mil millones de dólares, que en términos per cápita terminaría siendo una inversión de 435 dólares por habitante.

Ahora bien, la población venezolana es, aproximadamente, una décima parte de la población norteamericana. Por otra parte, la densidad de escuelas, hogares, hospitales, bibliotecas, fábricas y oficinas es mucho menor en nuestro país que la que existe en los Estados Unidos de Norteamérica (más personas viven acá, en promedio, en cada unidad de vivienda), y por tanto la inversión per cápita que sería necesaria para lograr el equivalente de la visión de Gore en Venezuela sería marcadamente menor. Una cifra razonable es la de una inversión per cápita de 225 dólares en Venezuela para la instalación de una red de fibra óptica prácticamente total. Tal cantidad, multiplicada por la población venezolana y por una tasa de cambio de 2.150 bolívares por dólar (el inamovible dólar CADIVI), arroja una inversión estimable en trece billones y medio de bolívares. Este monto, comparado con nuestros presupuestos anuales, que ya rebasan los 100 billones, permite suponer que en un programa de unos pocos años sería perfectamente posible instalar la red para una democracia participativa total en Venezuela.

Pero esta red también puede ser usada para la transacción económica, y seguramente para el trueque. Claro, estamos hablando de una sociedad moderna, no una en la que las necesidades sean meramente las de cambiar los topochos de Chávez por un billete primitivo que a su vez permita adquirir algo de café. (Lo que fue su ejemplo específico). Es difícil imaginar que con este nuevo «método Chas» pudiera, por ejemplo, un escritor permutar un ensayo sesudo por sacos de naranjas en Altagracia de Orituco.

Lo que Chávez intentó explicar es que el futuro va a estar en algo parecidísimo a las fichas emitidas por latifundistas, con las que pagaban el trabajo de jornaleros que luego tendrían que adquirir víveres en tiendas de abastos del dueño, práctica que no sólo existía acá, sino también en las plantaciones de algodón del sur de los Estados Unidos antes de Lo que el viento se llevó. Entre otras cosas, el viento se llevó esa «moneda alternativa».

Obviamente, éstas no son elucubraciones de Chávez sino de sus teóricos neomarxistas que, como el infaltable Heinz Dieterich, pretenden que el moderno poder computacional permitiría, ahora sí, la operación impecable de una economía totalmente centralizada. Ni Dieterich, ni mucho menos Chávez, han entendido que si algo es característico de la revolución de la Internet, es justamente la más acusada de las descentralizaciones. La revolución es la del computador personal, no la del Big Brother de «Un mundo feliz».

A medida que Chávez describía el asunto, y explicaba como grandes ventajas de la invención que los billeticos endógenos y socialistas durarían poco y sólo tendrían valor en unos pocos kilómetros a la redonda, la audiencia fue adquiriendo los rasgos de un nutrido poemario, pues cada uno de los confundidos rostros era un poema. Nadie lograba comprender en qué residían las virtudes de la moneda alternativa.

No era posible que entendieran, pues la idea es malísima y su principal promotor no tiene la menor idea de lo que está hablando. De lo que habla es de dinero, que tendría que ser computado—¿M4? ¿M5?—por el Banco Central de Venezuela con metodología especial. Pudiera, pues, ofrecer ahora Chávez su moneda alternativa a Zimbabwe a cambio de un voto en la ONU.

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