CS #216 – Julius et Deodatus

Cartas

De haber tenido noticia de ellos—a través, por ejemplo, de una máquina del tiempo—Plutarco se habría encargado de reseñar sus caracteres y trayectoria en Vidas paralelas. Porque es que a ambos, Julio Borges y Diosdado Cabello, en aceras opuestas del espectro político venezolano, se les ha ocurrido recomendar, para sus propias agrupaciones políticas, exactamente el mismo récipe: un congreso ideológico.

Borges lo entiende como un «fortalecimiento ideológico» de su partido, Primero Justicia, «para dar la batalla por la defensa de la educación libre, de la descentralización y la distribución justa de la riqueza petrolera». Así fue presentada la cosa en reciente «acto de desagravio» a Henrique Capriles Radonsky—con notoria ausencia del munícipe chacaíno Leopoldo López—en el que PJ anunció su plan político para el año 2007 y el propio Borges defendió la corrección del lanzamiento de su candidatura hace veinte meses.

Cabello, en cambio, vislumbra su congreso como instrumento para la unificación de fuerzas. Hablando por más de un dirigente chavista que busca interpretar para la práctica la prescripción presidencial de un «partido único de la revolución», dio por sentado que los resultados electorales del 3 de diciembre hablan por sí solos—la votación del MVR más que cuadruplicó las de Podemos y el PPT—y recomienda el evento como un paso indispensable del proceso integrador.

Ambos dirigentes, pues, a pesar de sus notorias diferencias—muy precisamente ideológicas—creen que la solución está en la ideología.

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El líder máximo de Primero Justicia ha intentado antes una comparación entre el chavismo y el justicierismo en el plano ideológico. A raíz del lanzamiento de su candidatura presidencial en mayo de 2005, por caso, fue entrevistado por Alonso Moleiro (El Nacional, 29 de mayo de 2005) y preguntado en estos términos: «¿Cómo podemos distinguir la orientación doctrinaria de Primero Justicia?» La respuesta de Borges, íntegramente trascrita, es la siguiente: «Chávez está planteando la definición de un proyecto socialista que asoma pero que no termina de describir. Es curioso: él propone que el Congreso Ideológico de su partido será en 2007. Es decir, en lugar de discutir esos temas en el año 2006, o antes, para saber hacia dónde vamos, lo hará después. Ése es un planteamiento político deshonesto. Es una propuesta, de nuevo, hecha para dividir al país: los socialistas y los capitalistas, como si estuviéramos en la Revolución Industrial. Si algo ha evolucionado en el mundo ha sido el cierre entre las contradicciones entre el socialismo y el capitalismo. Existen terceras vías, con afiliaciones socialdemócratas, como es el caso de Tony Blair, o las de la democracia cristiana. El eje izquierda-derecha está completamente obsoleto».

Tan lamentable declaración, que no contestó en absoluto la pregunta de Moleiro sino que la evadió olímpicamente, revelaba la ausencia de una postura sustantiva de parte de Primero Justicia y de Borges. No pudo hablar de la «orientación doctrinaria de Primero Justicia» sino en forma adjetiva: primero, invirtiendo la mayor parte de su respuesta en explicar la «orientación doctrinaria» de Chávez, que no es lo que se le pregunta; segundo, haciendo una débil alusión a «terceras vías», en lo que parece ser la ineludible referencia a Blair y que, dicho sea de paso, ya había sido empleada por el mismo Chávez una vez Presidente Electo para describir su propia postura antes de que se decidiera por el «socialismo del siglo XXI» de Heinz Dieterich. ¿Cómo se entiende lo que es una «tercera» vía sin referencia al eje izquierda-derecha que Borges declara obsoleto? ¿Cómo se puede declarar obsoleto a algo si no se es capaz de ofrecer lo que lo sustituya?

Por otra parte, cuando Borges opinaba que la invitación de Chávez a definir el modelo del «nuevo» socialismo—Chávez también es adjetivador de oficio—es «un planteamiento político deshonesto» porque difiere la consideración del tema, el mismo Borges dejaba de destacar el hecho de que su propio partido, Primero Justicia, tampoco tiene muy bien definido el asunto, si nos atenemos a las declaraciones de Juan Carlos Caldera, que permitieron que El Universal reportara exactamente cuarenta y ocho horas después (31 de mayo de 2005) de la entrevista reseñada: «Primero Justicia presentará en el tercer trimestre de este año su oferta ideológica y por ahora hay un ‘borrador’ que está siendo distribuido para recoger sugerencias de las bases del partido, informó Juan Carlos Caldera, miembro de la dirección nacional de esta organización. Caldera señaló que la visión de ‘derecha e izquierda es una visión que no le es suficiente a los problemas del país y deja por fuera temas muy importantes’, de modo que será a finales de año cuando en el marco del congreso ‘Centrados en la Gente’ definirán su perfil ideológico». O sea, la extemporánea candidatura de Borges no tenía nada que ver con convicción ideológica alguna, dado que tal cosa no estaba aún definida. Más precisamente, la postulación de Borges estaba montada ideológicamente sobre un borrador.

Esa definición del «perfil ideológico» de Primero Justicia, como sabemos, no se produjo, ni en 2005 ni en 2006, razón precisa por la que ahora se reanuncia el asunto para 2007, que exactamente era lo que Borges consideraba «políticamente deshonesto».

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Cabello dado por Dios, en su propio turno, declara saldada la cuestión de si debe haber varios o un único partido reunido en torno al Führer Chávez. (Heil Hugo, o Uh, ah, Chávez no se va). El apelmazamiento del MVR, PPT, Podemos, PCV, Tupamaros, y un largo chiripero, será posible a partir de un congreso ideológico. Vladimir Villegas define la agenda: «Igualmente, una definición ideológica es necesaria para dar coherencia a una organización política. Siendo el partido de los factores que promueven, estimulan y defienden la revolución bolivariana, el pensamiento político del Libertador Simón Bolívar es una de sus fuentes integrantes. Pero a la vez, es un partido que reivindica el socialismo como alternativa. Por ende, tendrá que definir las características del sistema socialista que propone para Venezuela. He allí otro punto que invita al debate. No es suficiente hablar de socialismo a secas. Ni siquiera de socialismo del siglo veintiuno. Hay que ir a definiciones específicas con respecto al rol del partido en la sociedad, al modelo político, a las formas de propiedad, al rol del mercado y del Estado». (Los retos del Partido de la Revolución, El Nacional, 12 de diciembre de 2006).

La tarea es compleja. Se trata nada menos que de conciliar las preferencias de un héroe mitológico secuestrado por el chavismo, claramente a favor de una economía liberal, con las de un modelo socialista que se le opone. Se trata de compatibilizar el culto santero-chavista a Bolívar con la despreciativa opinión que de él tenía el Zeus del panteón socialista: Carlos Marx. (En artículo de éste sobre Bolívar para The New American Encyclopedia, 1858. Muestras: «Habiendo regulado el congreso granadino en Bogotá, e instalado al general Santander como comandante en jefe, Bolívar marchó sobre Pamplona, donde gastó alrededor de dos meses en fiestas y bailes». «Piar, el conquistador de Guayana, que una vez le había amenazado con juzgarlo en corte marcial por desertor, no ahorraba sus sarcasmos contra el ‘Napoleón de la retirada’, y Bolívar, en consecuencia, aceptó un plan para deshacerse de él». «A fines de marzo de 1830 avanzó a la cabeza de 8.000 hombres, tomó Caracuta, que se había rebelado, y luego giró hacia la provincia de Maracaibo, donde Páez le esperaba con 12.000 hombres en fuerte posición. Tan pronto como se dio cuenta de que Páez quería pelear seriamente, su valentía colapsó»).

En la misma edición de El Nacional se avisa que Elías Jaua dirigirá una comisión del MVR que revisará «los modelos existentes en el mundo» en preparación del virtual «partido único de la revolución», especificando que estos modelos son los de China, Corea del Norte y Cuba. («…tendrá la libertad de elaborar un cronograma de cómo se efectuará la transición del MVR y 24 grupos chavistas en uno solo». Acá puede haber una confusión, puesto que lo que existe en los países mencionados es el partido único único, el partido único propiamente dicho: esto es, se trata de sociedades unipartidistas. La prédica de Chávez acerca de la conveniencia de un mundo multipolar no se extiende al multipartidismo).

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Es, pues, a partir de tan inconsistentes bases que las formaciones revolucionarias y justicieras acometerán la elaboración de sus respectivos catecismos en el año que está por comenzar. Naturalmente, se trata de un instrumento que confiere instantánea comodidad política. Una vez que estén listas las respectivas formulaciones ideológicas—a partir, en un caso, del «borrador» escrito por Borges (un agregado de postulaciones socialcristianas de calidad inferior a las presentadas, en su época, por Rafael Caldera o Enrique Pérez Olivares), y de textos, en el otro caso, de Heinz Dieterich, Martha Harnecker, Norberto Ceresole y Federico Brito Figueroa—será posible compactarlas en forma de credos sucintos para exigir la aquiescencia de los militantes correspondientes, una vez que los hayan memorizado y estén en posición de recitarlos de caletre.

Tal cosa puede ser altamente conveniente, puesto que así se determinaría unas ortodoxias respecto de las cuales sería en principio posible determinar si Hugo Chávez o Diosdado Cabello, Julio Borges o Leopoldo López, incurren en un futuro en desviacionismos—término del ámbito socialista—o en herejías—concepto preferido por los cristianos. Es decir, tendremos todo resuelto.

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Detrás de toda ideología hay un garrafal ejercicio de soberbia. Las ideologías estipulan la forma o el funcionamiento de toda una sociedad, y los medios preferentes para llevar a la práctica esa formulación totalizante. Hay, asimismo, un monumental despliegue de holgazanería intelectual. Una vez con la fórmula maestra en las manos, basta aplicarla a una sociedad desprevenida, pues todo problema está resuelto de antemano, toda solución prevista para futuros extensos. El Tercer Reich, que tenía la suya en Mein Kampf, iba a durar mil años. El Estado fascista, provisto a posteriori de una ideología por encargo a Giovanni Gentile, proclamaba: «El Estado es no sólo una realidad viva del presente, también está ligado al pasado y sobre todo al futuro, y así trasciende los escasos límites de la existencia individual y representa el espíritu inmanente de la nación». El comunismo ruso se afincaba en la ideología marxista corregida y aumentada por Lenin, que prometía un futuro comunista eterno, un «hombre nuevo» que ya no estaría sujeto a la lucha de clases. Muy similarmente, el neoconservatismo norteamericano encontró su profeta en Francis Fukuyama, que certificaba que la historia había terminado con el colapso del «socialismo real» de la Unión Soviética.

Debe reconocerse, sin embargo, que no parece haber esa intención milenaria entre socialcristianos como Julio Borges, y que Chávez habla sólo de los próximos doscientos años como alcance práctico de su modelo. Ya COPEI había inaugurado esta moda, desde entonces latente, de los «congresos ideológicos», cuando sostuvo el propio hace exactamente dos décadas. En esa ocasión el proyecto socialcristiano no pretendía prolongar su vigencia de plan maestro más allá de cincuenta o, tal vez, cien años.

Por lo que respecta a Un Nuevo Tiempo, sólo contamos por los momentos con la definición ofrecida por Omar Barboza: desde allí procederá a lanzarse «la nueva democracia social», sea lo que tan imprecisa promesa signifique. En la actualidad el movimiento sólo busca extenderse como partido nacional a toda máquina, y no tiene tiempo para debates principistas. Pero ya anunciará su propio congreso ideológico, pues de lo contrario será tenido por pariente pobre. Tal vez lo veamos en 2008 o 2009, una vez que se haya agotado, luego de los ciclos revocatorio y constituyente, su agenda cortoplacista.

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FS #122 – Realidad segunda

Fichero

LEA, por favor

Eric Voegelin (1901-1985) es descrito comúnmente como filósofo político, aunque su docencia, tanto en Europa como en los Estados Unidos, era ejercida en el reino de la ciencia política. Es tal vez más correcta la primera descripción, y en verdad podría decirse más bien que era un filósofo que se ocupaba de la política. A su consideración llevaba sus estudios de la historia y la conciencia de la humanidad y, muy especialmente, su cultura en materia religiosa.

Nacido en Colonia, recibió su educación superior en humanidades en la Universidad de Viena, de cuya facultad de Derecho llegó a ser profesor de ciencias políticas. En 1938 huyó del nazismo para residenciarse en los Estados Unidos, país del que él y su esposa se hicieron ciudadanos. Seguramente su vida corría peligro, pues en el año del ascenso de Adolfo Hitler al poder (1933), publicó obras críticas del racismo nazi. En 1958 recibió el señalado honor de la cátedra de ciencia política en la Ludwig-Maximilians-Universität de Munich, cargo que había estado vacante desde la muerte del gran Max Weber en 1920.

La Ficha Semanal #122 de doctorpolítico es muy breve, y está construida con los párrafos introductorios y la conclusión de su trabajo Sobre debate y existencia, publicado en 1967 en The Intercollegiate Review desde Filadelfia. Versa sobre la dificultad de debatir racionalmente con personas imbuidas de una ideología (una «segunda realidad»), dado que sus supuestos gnoseológicos no son los convencionales. En la introducción enuncia este problema, y al final declara que las ideologías son una enfermedad que debe ser curada médicamente.

En el texto emplea el término «noético», que se refiere en términos generales a lo intelectual e intuitivo, y en sentido técnico (Husserl) al acto intencional de la conciencia. Una vez establecido el problema, en el trabajo se remonta hasta Santo Tomás de Aquino para describir su debate contra los paganos en la Summa Contra Gentiles, lo que lo lleva a referirse a Aristóteles y Platón, así como luego a Leibniz y Heidegger. Como puede verse, es lenguaje de filósofo, y el estilo de Voegelin fue modelo de lo abstruso. Según él, si el problema a discutir era difícil un estilo difícil era lo indicado, para advertir al lector que debía tener cuidado. Los trozos escogidos, sin embargo, se entienden con poca dificultad, y más todavía si se sabe que Voegelin es el autor de Die Politischen Religionen (1938), donde señala las semejanzas estructurales entre las ideologías totalitarias como el marxismo y el nazismo, y las religiones.

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Realidad segunda

En nuestra capacidad en tanto científicos políticos, historiadores o filósofos, hemos todos tenido ocasión en un momento u otro de involucrarnos en debate con ideólogos—sean éstos comunistas o de algún credo algo más cercano. Y todos hemos descubierto en tales ocasiones que no se podía alcanzar ningún acuerdo, ni siquiera un honesto desacuerdo, porque el intercambio de argumentos era perturbado por una profunda diferencia de actitud en relación con todas las cuestiones fundamentales de la existencia humana—con respecto a la naturaleza del hombre, a su lugar en el mundo, a su lugar en la sociedad y la historia, a su relación con Dios. El argumento racional no podía prevalecer porque el socio en la discusión no aceptaba como obligante para él la matriz de realidad en la que las cuestiones específicas que conciernen nuestra existencia como seres humanos están enraizadas en último término; él ha cubierto la realidad de la existencia con otro modo de existencia que Robert Musil ha llamado la Segunda Realidad.

El argumento no podía obtener resultados, tenía que desfallecer y extinguirse, a medida que se hacía claro que no era que un argumento se opusiera a otro, sino que tras la apariencia de un debate racional acechaba la diferencia de dos modos de existencia, de existencia en la verdad y existencia en la falsedad. El universo del discurso racional colapsa, podemos decir, cuando el terreno común de existencia en la realidad ha desaparecido.

Corolario: Las dificultades del debate conciernen a los fundamentos de la existencia. El debate con los ideólogos es bastante posible en las áreas de las ciencias y la lógica. La posibilidad de debate en estas áreas, que son periféricas a la esfera de la persona, sin embargo, no deben ser tomadas como presagio de la posibilidad futura de que las áreas centrales a la persona (la distinción de Max Scheler de las áreas de la personperiphere y la personzentrale) se moverán asimismo hacia dentro de la zona del debate. Entre los estudiosos de la Unión Soviética existe una tendencia a suponer que el universo del discurso, por los momentos restringido a asuntos y temas periféricos, se expandirá, por virtud del poder irresistible de la razón, para incluir los fundamentos de la existencia. Aunque tal posibilidad no debe ser negada de plano, también debe saberse que no hay evidencia empírica sobre la cual basar tal expectativa. El asunto es de algún interés, porque filósofos del rango de Jaspers se regodean en el supuesto de que hay una comunidad humana que existe al nivel de las ciencias naturales, y de que los científicos forman una comunidad. Esto hace surgir la cuestión filosófica de si es posible establecer al nivel de la ciencia un interés común, y esta es una cuestión que en el presente dista mucho de haber sido pensada por completo.

El fenómeno de la ruptura [del discurso] como tal es bien conocido. Más aún, las distintas Segundas Realidades, las llamadas ideologías, han sido el objeto de extenso estudio. Pero la naturaleza de la ruptura misma, sus implicaciones para el avance de la ciencia, y sobre todo los métodos de tratar esta fantástica situación, no han sido todavía suficientemente explorados.

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Las especulaciones de la metafísica clásica y escolástica son edificios de la razón erigidos sobre la base de la experiencia de la existencia en la verdad; son inútiles en una reunión con edificios de la razón erigidos sobre bases de experiencia diferentes. No obstante, no podemos retirarnos al interior de esos edificios y dejar que el mundo pase, puesto que en tal caso estaríamos descuidando nuestro deber de «debate». El «debate» tiene que asumir, por tanto, la forma de (1) un cuidadoso análisis de la estructura noética de la existencia y (2) un análisis de las Segundas Realidades, tanto en relación con sus construcciones y la estructura que motiva la existencia en la falsedad. El «debate» de esta forma es difícilmente un asunto de razonamiento (aunque sigue siendo asunto del Intelecto), sino más bien de análisis de la existencia que precede a las construcciones racionales; es de carácter médico en cuanto tiene que diagnosticar los síndromes de la existencia falaz e iniciar en su estructura noética, en lo posible, un proceso de curación.

Eric Voegelin

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LEA #215

LEA

No es el fundador del famoso restaurante especializado en carnes de la urbanización La Castellana de Caracas, sino el copresidente del Iraq Study Group el Lee Hamilton que ha declarado: «La situación en Irak es grave y se está deteriorando. La actual aproximación no está funcionando, y la capacidad de los Estados Unidos para influir los eventos está disminuyendo».

El panel bipartidista de diez miembros ha arribado finalmente a conclusiones, y a la elaboración de casi ochenta recomendaciones específicas al gobierno de George W. Bush en materia de la guerra que él solo inventó e inició. El contenido del estudio, como ocurre en los Estados Unidos, es ya de conocimiento público.

No es que sea excesivamente preciso. Deja, por ejemplo, de especificar los niveles de fuerzas norteamericanas a mantener en Irak. (Aunque aboga por retiros muy significativas para a más tardar a comienzos de 2008). De esta vaguedad, y de la carencia de «claras prioridades» se queja Michael O’Hanlon, un experto militar del más longevo y prestigioso think tank de Washington, la Institución Brookings, que fue uno de los 48 expertos que asesoraron al grupo de los diez. O’Hanlon cree que la indefinición le hará más fácil a Bush la elusión del sentido general del reporte.

De todas maneras, el campanazo no deja de ser sonoro e inequívoco: el reporte ni siquiera garantiza que de seguirse la totalidad de sus recomendaciones se obtendría un éxito.

Pero como el informe viene de un panel compuesto por republicanos y demócratas, hay esperanzas de que pueda suscitar un verdadero cambio de política. La conclusión más simple es la expuesta por el senador republicano por Nebraska, Chuck Hagel: «…un reconocimiento de que no habrá solución militar en Irak. Se requerirá una solución política a la que se llegue desde una diplomacia y un compromiso de los iraquíes y de toda la región».

Continúa, pues, la acelerada erosión de la política de Bush, que ya ha costado la defenestración de Donald Rumsfeld y la renuncia de John Bolton a su cargo interino como embajador de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas. Quizás el único dique que impida un impeachment de Bush es la conciencia de que la presidencia norteamericana recaería en el vicepresidente Dick Cheney, que siendo más inteligente que su jefe sería por eso mismo mucho peor.

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CS #215 – Medio líder

Cartas

Ha sido, sin duda, el más importante aporte de Manuel Rosales a la política nacional el haber reconocido serena y responsablemente su derrota en horas de la noche del pasado domingo 3 de diciembre. No únicamente por el resultado electoral en sí mismo, sino porque al fin puede regresar la sensatez y el sentido de realismo al seno de la oposición venezolana: la clara conciencia de que es minoría. Sin esta comprensión, nunca fue posible articular una estrategia política eficaz, pues para mucha gente opositora era dogma de fe que ganábamos los actos electorales pero nos robaban. Este dogma ha sido hecho pedazos por los contundentes resultados del domingo, aceptados gallardamente por Rosales.

Por supuesto, una que otra voz histérica afirma que Rosales se vendió, que el domingo por la noche ocurrió una entrevista entre Chávez y Rosales en presencia de los jefes militares, y que de allí habría salido un vergonzante pacto que traicionó a una militancia creyente en que el zuliano cobraría su triunfo. Álvarez Paz (Oswaldo), por ejemplo, ha salido a decir que hubo precipitación en el reconocimiento del triunfo de Chávez, y que nunca se sabrá «los verdaderos resultados». Se mostró resentido porque en la tarde del 3 de diciembre el comando de Rosales le informaba que sus encuestas de salida indicaban que Rosales triunfaba. En efecto, esa conseja fue transmitida, y no sólo Álvarez Paz, sino muchas otras personas fueron engañadas, a conciencia. Es práctica normal en la política la ocultación de la verdad a las tropas, para evitar que su moral se desplome. Roberto Smith Perera llegó a decir la mentira por televisión.

En todo caso, poco después de que el primer boletín emanado del Consejo Supremo Electoral anunciara la realidad, y que el presidente reelecto arengara a sus partidarios desde un balcón de Miraflores, Rosales aceptó que había sido vencido. El país entero, chavista y opositor, le debe reconocimiento por su hombría.

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La magnitud del resultado era lo que las encuestadoras más serias y profesionales habían advertido. Acá mismo se calculó un promedio de las mediciones hace una semana: «…los promedios de las encuestas dan a Chávez 61% y a Rosales 39%». (Y esto porque se incluyó en el cálculo las cifras de Alfredo Keller y de Penn, Schoen & Berland, que mejoraban la posición de Rosales. Datos oficiales del CNE: Chávez 62,89%, Rosales 36,85%). Pero antes de que la votación confirmara lo que nuestros más confiables profesionales de la opinión pública habían encontrado, todo género de calumnias caían sobre algunos de ellos, y se aseguraba con la mayor ligereza que se habían «vendido», y que algún ejecutivo de famosa firma había comprado un costoso apartamento y pagado con dinero en efectivo. Estas especies rodaban por los canales chismográficos de la oposición, que en general se tiene por «gente decente» y cristiana, olvidando que el octavo mandamiento de la ley mosaica prohíbe «levantar falsos testimonios y mentir». Un segundo beneficio, pues, de lo acaecido hace cuatro días es la reivindicación de quienes rehusaron halagar oídos desesperadamente interesados y mantener la ética de la verdad, ateniéndose a decir lo que veían. No era cierto que hubiese ningún «empate técnico» entre los principales candidatos, como aseguraba con altiva suficiencia el señor Douglas Schoen, para no mencionar a otros encuestadores menos escrupulosos que la mayoría de los del gremio.

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Pero otras señales notables vienen de las filas del gobierno. El propio presidente Chávez, con el triunfo en las manos, declaró en su discurso celebratorio que se dedicaría como primera cosa a enfrentar la corrupción y la burocratización. Es decir, sabe dónde le aprietan los zapatos. Ese señor, que sí lee y cree en las encuestas (y gana elecciones), no ignora el enorme rechazo que suscita su gobierno, del que se salva—por ahora—porque la fe popular en su persona es más emocional que fundada, casi religiosa. Como advirtiera Oscar Schemel (Hinterlaces), sobre Chávez se cierne la amenaza de una bomba de tiempo, y no sería la primera vez que una gran popularidad—Irene Sáez, el mismo Chávez—se desploma bruscamente en Venezuela.

Luego, Isaías Rodríguez declaró, después de que su jefe máximo invitara a la oposición a sumarse a las tareas del cambio en el país, que en la oposición había «valores y conocimientos los cuales nos pueden ayudar a hacer un mejor texto constitucional», haciendo más específica la convocatoria. Y una vez que Manuel Rosales enumerase ciertas modificaciones que convertiría en banderas, como las de recorte del período presidencial, la institución de la doble vuelta electoral y la consagración de la libertad de educación, la libertad de cultos y la propiedad privada, el diputado Calixto Ortega (MVR) expuso que esos planteamientos eran bienvenidos. Por lo menos en este período inmediato antes de la octavita de la elección, el gobierno ha procurado emitir avisos conciliatorios. (Hasta Chávez ha abierto la puerta, aunque con característica renuencia, a un nuevo patrón de diálogo con los Estados Unidos. Aquí ha tomado nota de la apertura de Daniel Ortega en esa misma dirección, y también la más dramática de Raúl Castro en discurso pronunciado el pasado sábado. Quizás tampoco ha dejado de cavilar sobre la clarísima advertencia de Rafael Correa desde Ecuador: «En este país no va a gobernar Bush, pero tampoco Chávez»).

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En enero de 1985 tuvo quien escribe el honor de ser recibido por Arturo Úslar Pietri en el sancta sanctorum de la biblioteca de su casa, para una interesante conversación de corte general sobre temas políticos. Una de las lecciones que enfatizó muy marcadamente en esa ocasión, fue declarar que la política era una actividad que no podía ejercerse sino a tiempo completo. Así, me dijo, se lo había advertido con toda claridad a un joven empresario que exhibía por entonces una vocación pública.

Pero ahora ha regresado Manuel Rosales al estado Zulia para reasumir su gobernación. Declara, por otra parte, que asume la conducción de un «movimiento popular construido», y que alternará sus obligaciones de gobernador con esta guía. Si Úslar tiene razón, Rosales no podrá ejercer la dirección opositora, para la que se ha autoungido, a medio tiempo.

Claro que esta autounción como líder de la oposición tiene fundamento. Parece ser un sentimiento bastante extendido entre las conciencias opositoras que por fin se tiene en Rosales al líder que hacía falta, al que no existía en los tiempos de la Coordinadora Democrática y el referendo revocatorio. El tigre come por lo ligero, pensará Rosales, y no ha tardado en picar adelante proclamándose jefe de la oposición, sabiendo que el ambiente le facilita la aceptación de su ambición sin mucho cuestionamiento.

Que Rosales trabajó arduamente durante el trimestre que duró su campaña no puede negarse; que superó incluso ataques físicos sobre su persona habla de su valentía; que disciplinó al campo opositor, callando la declaradera y el pescueceo de otros precandidatos que integró a la estructura de su comando, es logro significativo a anotar en su haber. De aquí, sin embargo, no se desprende que sea el líder indiscutible y suficiente.

En primer lugar, lo que logró Rosales no fue otra cosa que preservar un poco menos de la proporción opositora manifestada en el referendo revocatorio. Cualquier otro candidato unitario hubiera obtenido una votación similar a la que favoreció a Rosales, puesto que se trataba de un «mercado cautivo» que rechaza a Chávez con fiereza. Rosales no pudo ir más allá de esa clientela, que más que votar por él votaba contra Chávez. Es decir, votó por el candidato no-Chávez.

En segundo término, Rosales perdió las elecciones. No ganó ni siquiera en el estado Zulia. (Aunque sí en Maracaibo). Se convirtió en candidato de unidad a raíz de un pacto a tres con Borges y Petkoff, y por obra y gracia de un estudio de la encuestadora Datos, que por supuesto contó la opinión de una sólida base política de Rosales en el Zulia. Es una instancia contrafactual—diría G. W. F. Hegel—pues así no ocurrieron las cosas, pero si por casualidad el candidato hubiera sido Borges o hubiera sido Petkoff, la votación opositora hubiera logrado cotas similares a las del domingo pasado.

Luego, suena a sofisma argumentar, como lo hizo ayer en Maracaibo, que en tres meses Un Nuevo Tiempo pasó a ser la segunda fuerza política del país. (Detrás del MVR, o como el chiste que decía que en la Guerra de las Malvinas, después de la rendición, los argentinos habían quedado subcampeones). La verdad es que su organización, como Primero Justicia, eran canales disponibles para la expresión del voto anti Chávez. Es una mera conjetura de esta publicación, que no ha hecho ningún sondeo empírico, pero si se hiciera una encuesta representativa del millón y medio de electores que votó por Rosales con la tarjeta de Un Nuevo Tiempo, probablemente el 99% de quienes contestaran no sabrían explicar qué debe entenderse por esa organización. Simplemente se sabía que UNT era el partido propio de Rosales. Por otro lado, se trata de una fuerza local, de un partido de enclave geográfico—el estado Zulia aportó el 27% de la votación por Un Nuevo Tiempo, como el Área Metropolitana de Caracas aportó el 27% de la votación por Primero Justicia—y el propio Rosales lo admitió ayer, al declarar que la plataforma política había sido siempre el Zulia.

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A fines del año de 1996 alguna razón hizo que el Partido Socialcristiano COPEI—que esta vez sacó menos votos que el Partido Comunista de Venezuela (254 mil contra 335 mil)—se sintiera impelido a explicar al país las «líneas» de su estrategia. Uno de sus dirigentes expuso que tales eran: primera, oponerse al gobierno de Rafael Caldera; segunda, deslindarse de Acción Democrática; tercera, continuar en exploración de alianzas con el MAS, la Causa R y otras agrupaciones. Es fácil ver que en esa enunciación todo es referencia a terceros actores, y que brillaba por su ausencia cualquier referencia sustantiva a lo que COPEI era; esto es, se trataba de una estrategia alienada, fuera de sí.

Tal vez era esto un eco de la moda intelectual de la época: el «postmodernismo». Los intelectuales de moda no atinaron a producir un sustantivo que les designase y connotase, por lo que se referían a sí mismos con un adjetivo adherido al sustantivo «modernista», que es lo que no eran. No en balde su actividad principal era la «deconstrucción» de discursos anteriores, la mera demolición analítica de lo que se había pensado antes que ellos.

Y es éste el problema central de la oposición venezolana: que se piensa y justifica como oposición. En lugar de pensarse como una oferta política que tendría sentido aun si Chávez no existiera, sólo encuentra significación como la lucha contra Chávez.

Hasta ahora esta formulación no ha rendido resultados. Salas Römer era apoyado porque era «el único que podía derrotar a Chávez» en 1998; Arias Cárdenas en 2000 porque era «cuña (golpista) del mismo palo», que era lo mejor para derrotar a Chávez; el golpe de Carmona, el paro de 2002-2003 y el referendo revocatorio eran para desalojar a Chávez del poder, y ahora Rosales era el candidato unitario para oponerse a Chávez sin dispersar fuerzas. La oposición vive y cobra sentido solamente en función de Chávez.

Está por ver si el liderazgo a medio tiempo que Rosales ahora ofrece, será capaz de elaborar una proposición política sustanciosa y moderna, cualitativamente muy diferente de lo que hasta ahora ha podido presentarse como alternativa. Entretanto hay que felicitar al zuliano y agradecerle su sensatez dominical.

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FS #121 – Yugo Chávez

Fichero

LEA, por favor

El 10 de agosto de 1998, en plena campaña electoral de la que H. Chávez Frías saldría victorioso sobre H. Salas Römer, escribí un artículo que saldría publicado en El Diario de Caracas, por esos días recientemente adquirido por el empresario industrial Hans Neumann. El artículo en cuestión llevó un título no demasiado ocurrente: «Yugo Chávez es un mentiroso».

Ya desde esa época data el vacío argumental de sus opositores que, por obra de algún extraño factor, dejaban que dijera lo que se le ocurriese sin refutarlo. Incluso Salas Römer eludía referirse a él directamente, y prefería la alusión oblicua, nunca frontal.

El suscrito debe admitir un sesgo muy fuerte en contra de Chávez. Desde el año anterior al fracasado intento de golpe de Estado de febrero de 1992, había venido exigiendo públicamente, en una media docena de artículos de prensa, la renuncia de Carlos Andrés Pérez, y creía que ese objetivo podía lograrse mediante la aplicación de una presión democrática, popular. De modo que en la misma madrugada del 4 de febrero, desvelado por los disparos que retumbaban desde La Casona y La Carlota, sentí la asonada como una afrenta personal que los golpistas me hacían, aun sin conocer sus rostros. Con mis muy escasas fuerzas había buscado una salida democrática, a costa de importantes inconvenientes personales, y ahora venían unos soldados, con violencia injustificable, a cercenar la ruta que había previsto. Admito, pues, que me resulta difícil mantener la conveniente distancia clínica a la hora de juzgar los hechos de ese día.

Una vez más, el texto elegido para esta Ficha Semanal #121 de doctorpolítico citaba el artículo de la Declaración de Derechos de Virginia que he reiterado hasta la náusea en numerosas ediciones de esta publicación. (Sin ir muy lejos, en la Carta Semanal #214 de la semana pasada). Tal vez los lectores excusen la insistencia y consientan en pensar que la prescripción virginiana, que sólo una mayoría de la comunidad es titular del derecho de rebelión, es principio que debe ser aprendido de caletre.

LEA

Yugo Chávez

Quiero dejar constancia de que yo me contaba, bastante antes del intento chavista de 1992, entre quienes pensaban que Carlos Andrés Pérez debía renunciar a su investidura presidencial. En este mismo diario escribí el 21 de julio de 1991: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal».

Esto es, propuse esa salida bajo la angustia de la matriz de opinión que ya se había formado en el primer semestre de 1991, acosado de escándalos, y que consistía en suponer que sólo existía la disyuntiva Pérez o golpe. Fue precisamente un intento, obviamente infructuoso, de mostrar un cauce constitucional. Estaba seguro de que la presión popular y democrática era el camino correcto para desalojar a Pérez del gobierno, ante la posibilidad de un expediente conspirativo y antidemocrático, como el que después intentaría Hugo Chávez Frías.

Dicho sea de paso, ese artículo suscitó unas pocas reacciones. Herminio Fuenmayor declaró que había en marcha una campaña para lograr la renuncia de Pérez. (¡Un artículo!) El General Alberto Müller Rojas, hoy en día jefe de campaña de Hugo Chávez Frías, escribió en El Diario de Caracas sobre la ingenuidad de mi proposición. (Al año siguiente, y luego de la intentona, volvió a escribir en adulación a Úslar Pietri, señalándolo como «el primero» que había solicitado la renuncia de Pérez. La verdad era que un mes escaso antes del golpe Úslar proponía que ¡Pérez se pusiera al frente de un gobierno de emergencia nacional! El interés oportunista de Müller Rojas era obvio: habiendo gravitado antes por los predios de aquel «Frente Patriótico» que lideraba Juan Liscano, quería ahora ser contado entre «los notables» que rodeaban a Úslar Pietri). Y también el director de El Diario de Caracas de la época, Diego Bautista Urbaneja, publicó un extenso artículo para comentar mis ideas al respecto y las de Luis Alberto Machado. Urbaneja opinó seis meses antes del 4 de febrero de 1992 que no había peligro de golpe de Estado –gran visión– y además, echando en falta argumentos éticos en mi proposición, dijo no tener duda de que Pérez daría una gran lección de ética renunciando, pero que el país «no estaba en condiciones de asimilar lecciones morales». En un segundo artículo en respuesta a tan asombrosas declaraciones de Urbaneja, escribí: «Donde discrepo de Diego Urbaneja es en cuanto a su apreciación de que Venezuela no está en capacidad de aprovechar lecciones morales. Es precisamente eso lo que el país está solicitando a gritos. Pero no es Pérez quien nos va a dar lecciones de moral con la renuncia que debiera comenzar a redactar. Es el país quien se la daría a Pérez, exigiéndosela». Urbaneja jamás permitió que ese segundo artículo fuese publicado.

Vedados los caminos de Urbaneja, el relanzado diario El Globo publicó varios artículos míos sobre el tema de la renuncia de Pérez, el más virulento de los cuales salió publicado ¡el 3 de febrero de 1992, un día justo antes del fracasado golpe chavista! (Admito haber temido que la DISIP o la DIM me visitaran, pues sería natural que pensaran que yo estaba «dateado». En realidad mis «datos» provenían de una predicción que había adelantado en 1987, en trabajo sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela: «Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable». También, como ya he señalado, porque ese deterioro acusadísimo se había dado a comienzos de 1991, con la sucesión de escándalos como el caso Florida Cristal, la extorsión televisada de Lamaletto, los escándalos militares en torno a Gardenia Martínez y el jefe de seguridad de Pérez, la muerte criminal de Lorena Márquez, etc.) En el artículo que me fue publicado en vísperas del abuso chavista decía así: «Esto es lo que debemos decir en febrero: que Carlos Andrés Pérez ha fracasado. Que no queremos su mando. Que nuestra armazón constitucional, por fortuna, tiene modo de suplirle. Que necesitamos de vuelta las facultades que le dimos, porque es él la encarnación y la síntesis de lo que no puede seguir siendo políticamente en Venezuela. Que todo eso lo hemos venido diciendo en las encuestas. Que no queremos esperar hasta febrero de 1994. Que la cosa es ya».

Los lectores perdonarán, espero, esta larga enumeración de credenciales, la que considero necesaria para afirmar con autoridad lo siguiente: Hugo Chávez Frías miente. Y lo peor es que lo hace a conciencia.

Una de sus reiteradas explicaciones, cuando intenta defender su infeliz ocurrencia del 4 de febrero de 1992, es que el frustrado levantamiento de esa fecha se produce como rectificación «bolivariana» de los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989. La lógica chavista procede más o menos de este modo: primero, Simón Bolívar había señalado que un ejército sería maldito si enfilaba las armas contra su pueblo; segundo, Carlos Andrés Pérez ordenó al ejército venezolano enfilar sus armas contra el pueblo en 1989; tercero, en consecuencia, la asonada del 4 de febrero no fue otra cosa que el castigo merecido por el pecado perecista.

Eso es mentira. Mentira dicha con el mayor desparpajo, con el mayor irrespeto por la inteligencia y la memoria de ese pueblo que él dice defender. Durante su breve prisión en el penal de Yare, cuando no preveía aún el posterior desarrollo de los acontecimientos y por tanto se encontraba algo descuidado, Hugo Chávez Frías admitió que el grupo que encabezó el intento de golpe de Estado de 1992 llevaba muchos años conspirando, por lo menos cinco años antes de que se produjeran los disturbios de 1989, la excusa que ahora ofrece como explicación.

Hugo Chávez Frías miente. Miente cuando dice y repite que el artículo 250 de la Constitución Nacional lo obligaba a la asonada. (Así declaró, por ejemplo, a la revista Newsweek en 1994). Hugo Chávez Frías miente. Porque el texto del artículo 250, que por sí solo constituye el Título XI (De la inviolabilidad de la Constitución) lo que dice en su primer inciso es lo siguiente: «Esta Constitución no perderá vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone. En tal eventualidad, todo ciudadano, investido o no de autoridad tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia».

Veamos entonces. Hugo Chávez Frías estaría diciendo la verdad, por una parte, si el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez hubiera dejado de observar la Constitución por acto de fuerza o la hubiera derogado por un medio distinto del que ella misma dispone. Y es muy claro que ninguno de esos dos casos estuvieron presentes en 1992. Por otra parte, no creo que puede sostenerse que una conspiración militar, preparada largamente, puede ser entendida como una «colaboración» para el restablecimiento de la efectiva vigencia de la Constitución. Al contrario, nada hay más inconstitucional que la única acción notoria de Hugo Chávez Frías. (Artículo 115 de la Constitución: «Los ciudadanos tienen el derecho de manifestar pacíficamente y sin armas, sin más requisitos que los que establezca la ley». Artículo 119: «Toda autoridad usurpada es ineficaz, y sus actos son nulos». Artículo 120: «Es nula toda decisión acordada por requisición directa o indirecta de la fuerza, o por reunión de individuos en actitud subversiva».)

Hugo Chávez Frías no ha admitido, y parece que nunca lo hará, que el episodio del 4 de febrero de 1992 fue un verdadero abuso contra el pueblo. El derecho de rebelión es un derecho sagrado y serísimo cuya residencia es el pueblo y jamás puede pretenderse que es prerrogativa de una logia conspirativa. Así lo recoge, por ejemplo, la Declaración de Derechos de Virginia (1776): «…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública». La norma de Virginia exige como sujeto de la acción una mayoría de la comunidad, y ni los oficiales sublevados representaban una mayoría de la comunidad ni una mayoría de ésta admitía un golpe de Estado como salida a la muy desagradable situación. En estricto sentido, pues, Hugo Chávez Frías y el resto de los conjurados, abusaron de nosotros, enviando a la muerte a soldados que no sabían a lo que iban y que terminarían matando a sus compañeros de armas. Hugo Chávez Frías, que continúa mintiendo respecto del origen de su periplo político, es claramente una personalidad autoritaria, totalitaria, que insiste en justificar su abuso, su irrespeto al ciudadano, su desconsideración acerca de la opinión de la mayoría. Ese autoritarismo no haría otra cosa que exacerbarse en posesión del poder que ya pretende arrogarse. Más honesto sería de su parte admitir que se le conozca más bien como Yugo Chávez Frías. Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó.

LEA

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