FS #124 – Carta clara

Fichero

LEA, por favor

Para esta última Ficha Semanal de doctorpolítico del año 2006, la #124, se recurre una vez más a la elegantísima y certera prosa de Ángel Bernardo Viso, reproduciendo acá la décima quinta de las cartas —fechada el 8 de mayo de 1990 desde Madrid— que componen sus Memorias marginales. (Monte Ávila Editores, 1992). En ella hace varias alusiones que conviene aclarar.

La primera de ellas, justo al comienzo, refiere a la carta inmediatamente anterior (4 de mayo de 1990), en la que rescata una admisión de Simón Bolívar que José Domingo Díaz reproduce en sus Recuerdos de la rebelión de Caracas: «No tema usted por las castas: las adulo porque las necesito; la democracia en los labios y la aristocracia aquí», señalando el corazón, habría dicho el Libertador a Iturbe al término de la Campaña Admirable. Ligada a esta referencia, la segunda alusión recuerda al corresponsal de Viso que Bolívar no opinaba demasiado bien de los pardos, pues también citó antes la carta en vena profética del héroe a Juan José Flores, donde se lee: «…la América es ingobernable para nosotros… …este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas…» (Además de la contradicción entre el liberalismo de Bolívar y el socialismo de Chávez, y la del primero con Carlos Marx, que lo detestaba, esta opinión aristocrática del Libertador, despreciativa del genotipo chavista, es inconsistencia flagrante ante el «pardismo» de la «Quinta» República, tenida equivocadamente por «bolivariana»).

Después hace Viso examen reiterado de la biografía de Juan Vicente Gómez por su gran amigo, Tomás Polanco Alcántara. (Mi entrañable y difunto amigo, Adolfo Aristeguieta Gramcko, quiso un día hacer mi presentación a Viso, y para eso inventó un almuerzo que fue un privilegio, pues en la reunión gastronómica también estuvo Polanco). Con extraordinarios afecto y respeto, Viso le enmienda la plana a este último.

La misma delicadeza empleará en la carta siguiente (10 de mayo de 1990) para disentir en un punto de Ramón J. Velásquez. En la reproducida aquí anticipaba esta referencia al considerar texto de excepción las Confidencias imaginarias del dictador andino escritas por el ex presidente, a quien llama «fino observador de nuestra realidad». Así cita a Velásquez, quien recuerda carta de Gómez a Cipriano Castro: «Compadre, ahora que la república nos pertenece…»

Todo el texto de Viso, escrito, como es su costumbre, con hermosa erudición, ofrece exactos criterios e intuición poderosa para entender clínicamente, con imparcialidad y objetividad dignas de Tucídides, el significado de los tiempos actuales.

LEA

Carta clara

Conoces a cabalidad la hipócrita y ambivalente manera en que el venezolano aborda cualquier asunto relativo al color de la piel… Estando en cuenta del posible resentimiento de Díaz, podría ponerse en duda la veracidad de esa anécdota, que él mismo califica de memorable; desgraciadamente, las referidas palabras se corresponden en un todo con los temas de la literatura bolivariana —con sus esperanzas de la primera hora, y en especial con el tono sombrío de sus últimas cartas—, y explican a cabalidad la tragedia final del Libertador; más que temer una muerte desafiada tantas veces, a éste le dolía que América fuese gobernada por personas vinculadas a las castas antaño sometidas, como casi literalmente dice a Juan José Flores en la carta antes transcrita, donde confiesa: «…la América es ingobernable para nosotros», manifestando luego su desagrado ante los futuros tiranuelos de color… Pero la tragedia de los próceres de la Independencia es pálida al compararse con la de las castas inducidas a error —un error que tendrá la perdurable vida del culto a los héroes—, cuando ya era imposible echar marcha atrás, pues lo mejor de las culturas indígenas había sido hecho polvo hacía tres siglos, junto con la maravillosa Tenochtitlán, y la única posibilidad de desarrollo armonioso era una plena y fecunda occidentalización, que no dejase duda sobre la identidad de nuestros pueblos.

Los compañeros del Libertador, más o menos infieles a su persona, aunque no a su causa independentista, al cabo mantuvieron el poder en contra de las predicciones de aquél, halagando y distanciando la plebe, a pesar de las inevitables mezclas y de episodios revolucionarios como los de la Guerra Federal venezolana. La historia de nuestro país es de una notable continuidad de propósitos, sin que importe el origen de los gobernantes, a veces inicialmente desvinculados de la clase dirigente colonial. No asombra saber que Juan Vicente Gómez fuese descendiente de un oscuro prócer neogranadino de la Independencia, cuyo nombre carece de importancia; ni que en el siglo pasado los Guzmán se hubiesen emparentado con la oligarquía criolla y luego en Francia con la degradada y crepuscular nobleza del Segundo Imperio. También en Roma, antes del colapso final, los generales llegados de las remotas provincias, semibárbaros soldados de fortuna, eran rodeados por las familias patricias y rápidamente asimilados…

En su erudito libro, Juan Vicente Gómez, Aproximación a una biografía, Tomás Polanco Alcántara acumula centenares de datos suficientes para juzgar al tirano, callando apenas algunos hechos que su pudor aconseja reservar. En ese texto se dibuja a un pequeño hacendado del limes tachirense, con rudimentaria cultura y sobresaliente inteligencia, apoderándose en pocos años del poder más absoluto conocido en Venezuela y reuniendo ilícitamente una fortuna personal comparable a la de Creso. El libro de Polanco, a pesar de su deseo de ser imparcial, es francamente favorable al dictador, no sin carencia de razones. Es impresionante la obra material realizada por éste, la reorganización de la hacienda pública intervenida durante su gobierno, la exitosa política petrolera, el cauteloso manejo de las relaciones exteriores y muchos otros aciertos suyos, gracias al asesoramiento de ministros competentes y, en la mayoría de los casos, de comprobada honestidad. De ese texto sólo asombra que en el terrible juicio entre el preso político y el carcelero, la víctima y el victimario, mi distinguido amigo siempre concluya, después de maduro análisis, que la razón pertenece a los segundos, sancionando así a posteriori todas las prisiones y atropellos de Gómez… Ninguno de los presos del dictador habría tenido razón contra él, mientras su ascendiente, el prócer neogranadino, habría sido martirizado por Pablo Morillo: curiosamente, Gómez pertenecería a la noble estirpe de las víctimas…

Desde joven aprendí a admirar la imparcialidad y la objetividad antiguas. Al leer la Historia de la guerra del Peloponeso me produjo una impresión perdurable el que Tucídides, condenado a muerte por Pericles e impedido de regresar a Atenas durante la guerra, fue capaz de describirnos la política y acciones de su archienemigo sin un temblor de cólera o de resentimiento en la pluma —algo difícil de lograr del todo para quienes padecemos de vehementia cordis—, poniendo en labios del estratega ateniense el hermosísimo discurso pronunciado con motivo de los funerales de las primeras víctimas de los combates, suma del pensamiento político de su ciudad y la mejor oración fúnebre jamás escrita; ni siquiera Shakespeare, con su genio deslumbrante, pudo imaginar algo semejante al escribir las palabras de Marco Antonio ante los despojos de César. Pues bien, ése y otros ejemplos que humedecieron mis ojos, un tiempo propensos a esas efusiones del corazón caras a Rousseau y a Bolívar, me obligan a admitir la veracidad de muchos de los alegatos a favor del dictador; es cierto que su gestión no careció de aspectos positivos.

Sin embargo, más que contribuir a absolver a Gómez por sus crímenes, dichos alegatos llaman la atención por su punto de partida; éste supone una depauperada realidad, a pesar de las tardías luces guzmancistas; un territorio arruinado por un siglo de inútiles guerras, sin vías de comunicación y carente de escuelas; con tan débiles fuerzas para rechazar la agresión extranjera que, temiendo ser desconocido o atacado por la comunidad internacional y especialmente por Norteamérica, a veces Gómez no se atreve a asumir la presidencia de manera directa, confiándola astutamente a terceros de su elección; de modo que su gobierno, no obstante sus facultades ilimitadas y su innegable crueldad, es una larga dictadura vergonzante, disfrazada detrás de un remendado manto de legalidad, cuyo inicio es la complaciente decisión judicial que declara la incapacidad de su antecesor para ejercer el poder y cuyo fin ocurre veintisiete años más tarde, cuando el numen de los felinos —o, según Eliade, el señor de las fieras—, recibe su último aliento, dejándonos como prueba de su pertenencia a aquella especie zoológica la mascarilla funeraria exhibida en la fundación John Boulton, donde perdura ¿hasta la eternidad? la expresión de tigre satisfecho con el sabor de su presa, apenas matizada por cierta mueca de socarronería tropical.

Gómez es un personaje positivo desde los puntos de vista financiero y material, pero ¿y los otros ángulos posibles para analizar su gobierno? Descendiente ilegítimo de un general que no pasaría de ser experto en algaradas —basta leer en El diario de Bucaramanga el juicio de Bolívar sobre los altos oficiales neogranadinos—, tiene la bastardía tan arraigada que rechaza la idea del matrimonio y puebla el país con numerosos hijos naturales, habidos en incontables mujeres, perpetuando la ilegitimidad de su estirpe, en un afán posesivo apenas igualado por su sed de bienes materiales, no menos espuriamente adquiridos… Y este hombre, rodeado de competentes funcionarios, realiza una obra importante en comparación con la de otros gobernantes que ha tenido el país, y logra pacificar a una Venezuela turbulenta, dejándonos divididos en profundidad sobre la forma de juzgarle; mientras algunos han agotado los epítetos denigratorios y las condenas sin apelación de su memoria, otros no se han cansado de añorarle y de encenderle cirios, no sólo en el altar interior, sino —como nos cuenta Polanco con estupor—, en su tumba real, intacta en Maracay la Predilecta, donde su culto no debe carecer de hieródulas ni de iniciaciones secretas.

Dejando a un lado el esfuerzo hecho por Ramón J. Velásquez en sus Confesiones imaginarias, a las que me referiré más adelante, ninguno de los jueces de su obra ha tratado de comprenderla desde lejos, como si fuese un espíritu errante sobre una tierra para siempre perdida… Una parte de sus críticos acerbos ya no existe, la de los viejos caudillos impotentes para evitar su ascenso y luego para derrocarle; integrados a la sociedad civil, sus herederos no levantan más las antiguas banderas. El resto de los opositores a la dictadura de Gómez estaba básicamente formado por idealistas de izquierda, agrupados en torno a la generación del 28 y de sus epígonos, cuyos dirigentes han determinado la vida del país desde el momento en que comprendieron la necesidad de aliarse con la clase dominante tradicional, a pesar de los sobresaltos periódicos y de la retórica del doctor Sánchez Ocaña… Quedan, desde luego, personajes irreductibles y fieles a sus posiciones juveniles, pero la mayoría ha llegado a la decrepitud, confundiéndose con los defensores de otras causas perdidas en la nebulosa de todos los fracasados movimientos izquierdistas del planeta. Si existiese un paraíso de los felinos, Gómez debería haber trocado su mueca burlona en carcajada.

Más interesantes son los partidarios del tirano; especialmente quienes, alejados de la acción política, se limitan a confiar sus pensamientos en las veladas familiares; ellos calan hondamente nuestra realidad, aunque no quieran expresarla con crudeza; como te he repetido otras veces, los hombres silencian lo que de veras cuenta. Para comprenderlos del todo hay, sin embargo, una clave y es Cesarismo democrático, el libro de Laureano Vallenilla Lanz, quien en esa obra logró con aguda inteligencia conciliar su interés especial de amigo de la causa gomecista con una concepción de la historia que pretende coincidente con la ideología bolivariana, y uno de cuyos méritos es la coherencia entre sus conclusiones y sus puntos de partida.

Para Vallenilla, la oposición a la Independencia la realizó una mayoría de la población venezolana, integrada por pardos y por criollos de todas las clases sociales; al triunfar los libertadores «Venezuela ganó en gloria lo que perdió en elementos de reorganización social, en tranquilidad futura y tangible progreso moral y material». Quienes habían propugnado la ruptura «no pensaban, no veían, que alterando el orden, rompiendo el equilibrio colonial, elevando todos los hombres libres a la dignidad de ciudadanos, destruían la jerarquía social… La más horrible anarquía se desencadenó entonces con todos los caracteres de las grandes catástrofes de la naturaleza…». El período de disgregación, la anarquía, e incluso las tendencias centrífugas del federalismo, únicamente podían remediarse con la tiranía gomecista, identificada con la presidencia vitalicia propuesta por Bolívar para el país que llevaría su nombre: «La única manera de liberarse de la anarquía es bajo la autoridad de un hombre eminente, capaz de imponer su voluntad, de dominar los egoísmos y de ser el dictador necesario entre pueblos que evolucionan hacia la consolidación de su individualidad nacional».

La teoría del gendarme necesario, inventada por razones de praxis política, responde al temor de las clases sociales conservadoras ante el riesgo de una incivilizada conducta popular. Cuando nació el autor de esa teoría (1870) estaba fresco el recuerdo de los desmanes de la Guerra Federal, teñida de racismo a su manera, de odio hacia los blancos y los hacendados —que era casi decir la misma cosa—, pero el talentoso director del Nuevo Diario va más allá de la historia reciente y la vincula con la ruptura del orden colonial, describiendo el estado subversivo surgido a raíz de la Independencia; su ágil pluma evoca una vez más las hordas de Boves, cuyo movimiento amenazador hacia el centro de la República pareciera fijado eternamente en sus escritos —como la inmóvil y mortífera flecha de Zenón en las hermosas imágenes de Cimetière marin—, poniendo en peligro las vidas y los bienes de la aristocracia criolla. Para salirles al paso y detenerlas es preciso asociar a Gómez con Bolívar; de ahí la identidad entre la dictadura del primero y la presidencia vitalicia del segundo; como si este último, pasada la hora de la demagogia, en lo adelante dejase hablar al aristocrático corazón.

El temor a los pardos sirve así para justificar a Gómez, como hubiese servido en el caso de otro dictador absoluto; se les teme por insumisos, en potencia o en acto, desde el día en que los dos bandos en pugna, al comenzar la revolución republicana, quisieron conquistar su apoyo y permitieron sus desmanes; para impedir éstos y construir la República, se requiere mano dura: los pardos son hijos del rigor… La contradicción histórica en que incurre la clase dominante —cuyo refinado fruto es Cesarismo democrático— tiene numerosos antecedentes en otras latitudes y en otros países; esa clase olvida la mansedumbre de los pardos durante la Colonia, a pesar de algunas sublevaciones aisladas, hasta el espléndido crepúsculo de aquéllas en el siglo XVIII; incitados por los mantuanos, y, ante el acoso de éstos, por los realistas, a subvertir el orden político y social, son temidos luego por los descendientes de sus mentores, en busca de un gendarme para contener su amenaza. La dictadura propuesta con tan buenas razones, y en nombre del positivismo científico, esconde un motivo irracional profundo: la nostalgia del pasado, del tiempo en que los esclavos obedecían y las numerosas servidumbres permitían el ocio de los señores. El pasado regresa, en forma de teorías, que en verdad son fantasmas.

Ángel Bernardo Viso

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LEA #217

LEA

El espíritu navideño de George W. Bush es verdaderamente asombroso. Su optimismo es digno del ciclo de Adviento, y no se arredra porque uno que otro comité, o uno que otro general, opine que los Estados Unidos ya han tocado el tiempo en que deben comenzar a ausentarse de territorio iraquí, procediendo a un retiro gradual pero temprano de sus tropas. No señor, nada de eso. El primer ejecutivo del mundo entiende que la victoria militar en Irak es alcanzable, aunque para eso tenga que enviar más soldados a ese país.

Así preparó el terreno en alocución de fin de año, desde el edificio aledaño a la Casa Blanca que lleva el nombre de Salón del Tratado Indio. Ya se habla de un contingente adicional de unas 20.000 tropas. (Entre 15.000 y 30.000). No hace caso Bush, por tanto de la tensión entre la Casa Blanca y la Junta de Jefes de Estado Mayor, que resiste al envío de soldados en exceso de los actuales sin que se tenga una misión clara y específica para ellos, más allá de apuntalar la precaria situación política en la que se desenvuelve el nuevo Estado iraquí.

La posición de Bush pudiera verse reforzada por el reciente anuncio del retiro—en marzo próximo—del general John P. Abizaid, líder del comando central norteamericano en el Cercano Oriente, un vocero contra la idea de un aumento en el contingente estacionado en Irak. En su comparecencia ante un comité del Senado estadounidense el pasado 15 de noviembre, Abizaid había dicho inequívocamente: «No creo que más tropas norteamericanas sean en este momento la solución al problema; creo que los niveles de tropas deben quedarse donde están». En el mismo sentido se habían pronunciado, en público y en privado, otros importantes generales.

Mientras tanto, al interior del liderazgo iraquí recrudece la lucha entre dos líderes de los shiítas, los clérigos inmiscibles Abdul Aziz al-Hakim, de tendencia moderada y Moqtada al-Sadr, tenido por los norteamericanos por extremista. Cada uno lidera un partido con treinta asientos enel parlamento iraquí, así como sus propias milicias. De cada una se asegura que incluyen escuadrones de la muerte.

Prosigue, pues, en impertérrito despliegue la terquedad del Presidente de los Estados Unidos. Nada lo hace variar de opinión: ni los consultores que él mismo nombra, ni unas elecciones adversas, ni los líderes militares, ni la sólida oposición ciudadana a su guerra particular y privada. Más tropas, Merry Christmas.

LEA

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CS #217 – Segundo Justicia

Cartas

La dogmática jungiana da por ley del desarrollo de la personalidad individual la integración en ella de diversos arquetipos. El primero de estos arquetipos es lo que Jung denominó «sombra». La sombra vendría ser el contenido de nuestro inconsciente personal, e integrarla a nuestra personalidad equivale a ver nuestro inconsciente como en un espejo, para adentrarse en sus recovecos y reconocer el «ser inferior» que llevamos en nuestras entrañas.

Mientras la sombra no ha sido integrada en el camino del Yo hacia el estadio superior del Sí Mismo, ella es fuente de numerosas proyecciones disfuncionales y produce «ruidos psíquicos» que entorpecen la comunicación, pues a pesar de contener en nosotros defectos que no hemos aún reconocido, los proyectamos con facilidad sobre los demás, a quienes sí criticamos sin empacho: «Cuando un individuo hace un intento para ver su sombra, se da cuenta (y a veces se avergüenza) de cualidades e impulsos que niega en sí mismo, pero que puede ver claramente en otras personas, cosas tales como egotismo, pereza mental y sensiblería; fantasías, planes e intrigas irreales; negligencia y cobardía; apetito desordenado de dinero y posesiones…» (Marie Louise Von Franz, en El hombre y sus símbolos, obra de Jung en colaboración con varios autores).

Pero los estudiosos de la psicología jungiana encuentran que la sombra ejerce una poderosa fuerza gravitacional en lo político: «La sombra impulsa al ser humano al contagio colectivo, a la psicología de masas y a las actuaciones del hombre-masa». (Ángel Almazán de Gracia, La sombra y su integración psicológica). Y también: «Cuando un hombre está solo, por ejemplo, se siente relativamente bien; pero tan pronto como ‘los otros’ hacen cosas oscuras, primitivas, comienza a temer que si no se une a ellos le considerarán tonto. Así es que deja paso a impulsos que, realmente, no le pertenecen». (Von Franz, op. cit.) Más aún: «La sombra es también la causante de muchísimos conflictos políticos, sociales y religiosos; la agitación política por ejemplo, está llena de proyecciones de la sombra en el enemigo o el traidor». (Almazán, op. cit.) Por último: «La agitación política en todos los países está llena de proyecciones, en gran parte parecidas a las cotilleos de vecindad entre grupos pequeños e individuos. Las proyecciones de todo tipo oscurecen nuestra visión respecto al prójimo, destruyen su objetividad, y de ese modo destruyen también toda posibilidad de auténticas relaciones humanas». (Von Franz, op. cit.)

………

Nada de esto, sin embargo, era asunto conocido para Ricardo Güiraldes, el autor de la muy hermosa novela rural argentina Don Segundo Sombra (DSS de aquí en adelante), puesto que terminaba de escribirla en 1926, cuando todavía el evangelio de Carl Gustav Jung no se había regado por el mundo.

La épica de DSS es simple, aunque de grande comprensión de sutilezas espirituales. Un joven estanciero (dueño de hacienda) es dirigido en larga iniciación por Segundo Sombra, resero de las pampas que funge de guía y maestro. El honor, el respeto por el prójimo, la lealtad y el valor son las virtudes que el narrador obtiene de Segundo Sombra, mientras aprende a vivir como los gauchos, levantándose con el alba y acostándose, «como las gallinas», con el ocaso.

La lectura del hermoso libro es muy recomendable a la dirigencia de Primero Justicia—es tesis que de inmediato se justificará—y muy especialmente a Julio Andrés Borges, aunque sólo fuera porque comparte el apellido con Jorge Luis, el más grande de los escritores argentinos. Porque Julio Borges pareciera querer huir de la ciudad e irse al interior, al campo. Acaba de decir al comité político de su partido: «Dejamos de ser el partido de los caraqueños para ser un partido nacional. En las elecciones del 3 de diciembre (presidenciales) sólo el 3% de los votos eran de Caracas y el 92% de las regiones que ustedes liderizan». (Reporta El Universal).

Una iniciación como la del estanciero que Segundo Sombra llevaba de la mano no será posible para Borges, sin embargo, si no aprende primero a decir la verdad. Las cifras oficiales del Consejo Nacional Electoral indican que Primero Justicia obtuvo nacionalmente un total de 1.292.256 sufragios. De éstos, la siguiente fue la votación en los cinco municipios del Distrito Metropolitano de Caracas: Baruta, 63.877; Chacao, 25.686; El Hatillo, 12.820; Libertador, 181.793; Sucre, 72.871, para un total metropolitano de 357.047 votos, lo que viene siendo, no el 3% de la votación por Primero Justicia, como Borges afirma, sino el 27,6%, o más de la cuarta parte. El resto se distribuyó con bastante menor densidad en los 23 estados de la república y la embajadas en el exterior.

A pesar de esta inexactitud—no por intención engañosa; seguramente por negligencia o mala información—veamos qué puede enseñar Don Segundo Sombra a Primero Justicia.

………

Dije a mi compañero: —Parecen cristianos por lo muy mucho que se quieren. —Cristianos—apoyó Patrocinio—, ahá…, aurita va a ver los rezadores. (DSS, Cap. XVII).

Primero Justicia, hasta nuevo aviso, es uno de los cuatro fragmentos—hoy el más grande—de la democracia cristiana en Venezuela. Los restantes son COPEI, del que todavía quedan unos 260.000 votantes, Convergencia, que sobrevive en su terco enclave yaracuyano, y Proyecto Venezuela, para todo propósito práctico en los últimos estertores de su agonía.

Son los justicieros unos cristianos, no obstante, que muy mucho no se quieren. Hay que reconocer que apagaron sus disonancias mientras duró la campaña electoral de Manuel Rosales, pero en cuanto el 3 de diciembre quedó atrás, las diferencias emergieron repentinamente, incluso con brusquedad y violencia, como quedó demostrado con la invasión reciente de la sede del partido por militantes disidentes y contrarios a la actual dirección nacional. (Hasta Ernesto Villegas se dio el lujo de recordar en Venezolana de Televisión la expresión «trompadas estatutarias», que acuñara Gonzalo Barrios para describir cíclicas trifulcas en el seno de Acción Democrática, hoy otro cadáver).

Primero Justicia es un partido marcadamente dividido. De un lado está Julio Andrés Borges, a quien acompañan Henrique Capriles Radonski, Carlos Ocariz, Armando Briquet, Juan Carlos Caldera y otros dirigentes menores. En el otro se agrupan Gerardo Blyde, Leopoldo López, Liliana Hernández, Ramón José Medina y Delsa Solórzano. Es el presupuesto de Baruta contra el presupuesto de Chacao, los dos «estados vaticanos» de Primero Justicia.

Ya no esconden la escisión. Gerardo Blyde, el político aupado por la familia Alfonzo—que cobra entre otras cosas a Borges que haya votado el 4 de diciembre de 2005—ha declarado sin ambages que en el partido hay «problemas serios» y que «no hay intenciones de ocultarlo». Por su parte Borges declara: «Lamentablemente un grupo de personas ha utilizado los medios para llevar esto afuera. Los invitamos a que vuelvan acá», no sin destacar que no hay en la historia de Venezuela un partido político que le abra a todos los canales de televisión una discusión interna, como lo ha hecho Primero Justicia. (Globovisión).

Ostensiblemente, la diferencia estriba en la forma de constituir el electorado interno para las próximas elecciones de las autoridades del partido. Los disidentes, que incluso han adoptado el nombre de guerra de «Primero Justicia Popular» y aseguran contar con el apoyo del 80% de la militancia, querían que se abriera el registro de militantes y se procediera a elegir con el voto de la base partidista. Pero el comité político, controlado por el ala borgiana, negó estas peticiones, rehusando modificar el reglamento electoral de la organización. Tan sólo acordaron constituir una comisión electoral «paritaria», para que el otro lado se sienta representado. Briquet propuso, con éxito, que se empleara el registro de militantes con corte al 7 de diciembre, aceptando, no obstante, que éste sea auditado.

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Inesperadamente, nos dijeron que el trabajo había concluido. La tropa no sería más que de unos doscientos animales. ¿Para eso tanta bulla? (DSS, Cap. XVII).

El registro de militantes de Primero Justicia alcanza, a lo sumo, a unos 50.000 inscritos, y aun esta cifra es realmente menor, si se atiende a evaluación que del número hiciera el propio Borges, indicando que ya muchos de ellos no hacían vida partidista. Un dirigente técnico de Primero Justicia aseguraba al autor de estas líneas que Primero Justicia podía movilizar escasamente a 35.000 personas, y eso contando con la cooperación de amigos cercanos a los militantes. ¿Qué se discute entonces?

Detrás de todo está la pugna candidatural en el partido hacia las muy lejanas elecciones presidenciales de 2012. Borges se apresuró a vender la especie de que el lanzamiento de su candidatura en mayo de 2005 había sido un indiscutible acierto, atribuyéndole la causa de la votación relativamente elevada de Primero Justicia el pasado 3 de diciembre. Pero Leopoldo López, que se percibe como mejor candidato presidencial, compite por el mismo coroto. Se cree con mayor pegada política, más popular, y se ha dado a la proposición de conformar «redes populares» que ofrezcan base a la oposición antichavista. (Tal vez de allí venga el nombre de Primero Justicia Popular, pues ni el municipio que dirige, ni su propia extracción, hacen de López una figura a la que pueda designarse con ese adjetivo).

Una cosa, además, es la votación obtenida por el partido y otra muy distinta la magnitud real de su militancia. Como se apuntó acá hace dos ediciones, las votaciones por Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo no pueden tenerse por militancia o simpatía partidista, sino que fueron el encuentro de dos cauces más «naturales» para emitir una votación contra Chávez. Si las estimaciones acerca de la militancia real de Primero Justicia, y el dato ofrecido por Delsa Solórzano—que los protestantes son el 80% del partido—son verídicos, tal vez Leopoldo López sea entonces el líder favorito de unos 25.000 militantes.

No sabía ya si nuestra tropa era un animal que quería ser muchos, o muchos animales que querían ser uno. (DSS, Cap. VIII).

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¿Quién es más dueño de la pampa que un resero? Me sugería una sonrisa el solo hecho de pensar en tantos dueños de estancia, metidos en sus casas, corridos siempre por el frío o por el calor, asustados por cualquier peligro que les impusiera un caballo arisco, un toro embravecido o una tormenta de viento fuerte. ¿Dueños de qué? Algunos parches de campo figurarían como suyos en los planos, pero la pampa de Dios había sido bien mía, pues sus cosas me fueron amigas por derecho de fuerza y baquía. (DSS, Cap. XXVII, el último).

Es evidente el origen burgués de Primero Justicia. Se trata de una formación política de derecha, cuyos territorios están restringidos casi exclusivamente a las zonas del este de Caracas. Como tal podía aspirar al apoyo irrestricto de «los dueños de estancia», de Fedecámaras, de CEDICE, de los grupos más privilegiados de Venezuela.

Al principio de su existencia, Primero Justicia contó, en efecto, con este apoyo. Era la «generación joven» de la «gente decente», noción cara a Marcel Granier, por ejemplo, que en 1984 había escrito ya El Estado omnipotente vs. la generación de relevo. Es letanía reiterada de Borges exponer que su partido contiene a esta generación de relevo. De hecho, cuando se anunció oficialmente el apoyo de Primero Justicia a la candidatura de Rosales, Borges dijo que ofrecía a la campaña su partido y su «generación». Siempre ha creído que representa a la gente joven de Venezuela, en especial a los jóvenes de buena familia.

Pero el beneplácito de los más ricos y conservadores venezolanos a Primero Justicia, sobre todo a Borges, ya no es lo que era antes. El partido, principalmente su líder máximo, dejó de «coger seña» de los administradores de la oposición venezolana—los «poderes fácticos» los llama Teodoro Petkoff—entre quienes se encuentran los más recalcitrantes partidarios de salidas de fuerza a la dominación de Chávez. Por esto no cayó bien la valiente postura asumida por Borges, quien había declarado tajantemente en mayo de 2005, poco después de que su candidatura fuera anunciada: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». Estas malacrianzas juveniles se cobran.

Borges cree, con razón, que las cosas de la política, más que a muchos de sus antiguos mecenas, le son «amigas por derecho de fuerza y baquía», pues es él, y no plutócratas de oficina que se sienten dueños de la estrategia correcta, quien se ha fajado con la lucha de la calle.

………

Había ya aprendido a tragar mis lágrimas y a no creer en palabras zalameras… Mi soledad se hizo mayor, porque ya la gente se había cansado algo de divertirse conmigo y yo no me afanaba tanto en entretenerla… En mi destino estaría escrito que todo bien era pasajero. (DSS, Cap. I).

Julio Borges ha tenido siempre, consciente o inconscientemente, a Rafael Caldera como modelo. Así, se ha armado de paciencia para intentar, como Caldera, muchas campañas infructuosas; para esperar, como Caldera entre 1947 y 1968, los años que haga falta para ser investido con la banda presidencial venezolana.

Pero Primero Justicia no es COPEI de 1946… y Julio Borges no es Rafael Caldera. Tampoco son Lorenzo Fernández, Luis Herrera Campíns, Dagoberto González o Pedro Pablo Aguilar, los López, Blyde, Medina o Hernández de Primero Justicia. De estos cuatro, López es el único que se inició políticamente en Primero Justicia. Blyde, a raíz de la súbita notoriedad que alcanzara con exitoso recurso ante la Corte Suprema de Justicia en 1999, probó antes fundar un nuevo partido con Alberto Franceschi, tránsfuga éste del trotskismo, de Acción Democrática y de Proyecto Venezuela; Medina viene resabiado de COPEI, más propiamente del oswaldismo; Hernández es una excrecencia de Acción Democrática. Estos son los principales conjurados de Primero Justicia «Popular».

Ya no vivimos, en todo caso, en el país semirural de 1946, y los desarrollos se suceden con mucha mayor rapidez. Si a la postre terminare por imponerse, más allá de 2007, la tendencia «popularista» de Leopoldo López, y éste tuviera éxito en arrebatar la dirección nacional de Primero Justicia a Borges, éste pudiera sí resultar siendo, a fin de cuentas, un reflejo de Caldera, pero no porque llegara dos veces a ser presidente, sino por aquello de su alejamiento de COPEI, por su «paso a la reserva». La animadversión de los disidentes por Borges es ya probablemente irreversible. Se le acusa de personalismo, y sus opositores se complacen en asegurar que las siglas PJ quieren ahora decir «Primero Julio». Pudieran, en último término, vencerlo. Entonces Borges estaría solo.

No sé cuántas cosas se amontonaron en mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa. Centrando mi voluntad en la ejecución de los pequeños hechos, di vuelta a mi caballo y, lentamente, me fui para las casas. Me fui, como quien se desangra. (DSS, Cap. XXVII).

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La tragedia de Primero Justicia afecta—¿cómo dudarlo?—a toda la oposición venezolana. Sin ser el partido del candidato, obtuvo casi 1.300.000 votos (Un Nuevo Tiempo 1.550.000). Es por esto que Manuel Rosales comenta con discreción y empatía, augurando que los justicieros arreglarán sus problemas: «Si ellos están bien nosotros también estaremos bien. Ahora, tampoco podemos alarmarnos porque haya diferencias. Yo creo que todos los partidos políticos tienen su procesión por dentro»,

La oposición venezolana a Chávez es hoy una especie de nueva «guanábana», con forma de isla de Margarita: dos lóbulos de tamaño parecido, unidos por un delgado istmo que Rosales procura preservar. Si Primero Justicia hereda el verde copeyano de la cáscara, Un Nuevo Tiempo aspira, desde su «nueva socialdemocracia», a encarnar la blanca carne que antes fuese Acción Democrática. Lo único malo es que el 3 de diciembre estuvo previsto en copla pampera citada en Don Segundo Sombra: «El color de mi querida es más blanco que cuajada, pero en diciéndole envido se pone muy colorada». (DSS, Cap. XI).

Ante ese mapa rojo, rojito, Primero Justicia se desgarra ahora. Sobre todo Borges está percatándose de que, en verdad, la cosa es Primero Justa y Segundo Justicia.

LEA

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FS #123 – Crisis de comando

Fichero

LEA, por favor

En Venezuela era necesario un proceso constituyente, argumentó el suscrito durante todo el segundo gobierno de Rafael Caldera, porque el «sistema operativo» del Estado venezolano ya no daba más. Cuando un computador corre con un sistema operativo obsoleto, no se llega al más nuevo mediante apósitos puntuales, sino montando este último de una buena vez sobre el anterior. El asunto no podía lograrse con enmiendas o reformas.

Pero más de una voz respetable se pronunció en contra de la idea de una asamblea constituyente. Entre ellas estaba la del Dr. Arturo Úslar Pietri, quien recomendaba el empleo de otros expedientes para sortear la evidente crisis nacional. A una proposición suya de mediados de 1998, reiteración de fórmulas que expusiera en 1991, opuse el razonamiento de un artículo que escribí para El Diario de Caracas el 3 de julio de aquel año. De algún modo, el artículo reproducido aquí, en la Ficha Semanal #123 de doctorpolítico, desnudaba la vaciedad semántica del habitual discurso político, pleno de vaguedades que realmente no proponen nada.

En realidad esperaba que Rafael Caldera convocara a un referendo para consultar, como se hizo en 1999, por la conveniencia de elegir una asamblea constituyente. En criterio de quien escribe, una asamblea mejor normada, convocada por quien fuera tenido como el «padre» de la Constitución de 1961, habría sido mucho más justa y serena que la elegida en 1999, no poco llena de deseos de vindicta.

Pero el presidente Caldera desoyó el llamado, y ya sabemos cómo la Constituyente de 1999 incurrió ella misma en prácticas inconstitucionales, sobre la errónea tesis de que era una institución «originaria» y por tanto omnímoda. Así, neutralizó el Senado establecido en la Constitución de 1961 mientras ésta aún estaba en vigencia, antes de que fuese derogada. (Lo único originario en el poder público es el Poder Constituyente, esto es, el pueblo mismo).

Por esto pudimos escribir a fines de 1998: «Pero que el presidente Caldera haya dejado transcurrir su período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida».

LEA

Crisis de comando

Cuando Eduardo Fernández, poco después del 4 de febrero de 1992, propuso la conformación de un consejo consultivo que dijera al Presidente Pérez lo que tenía que hacer, un periodista escribió: «En síntesis, el Dr. Fernández propuso que otros propongan». Esto es, él no tenía que proponer otra cosa que un deseo de que Venezuela llegara a tener una «economía humana».

Eso que dijo el Dr. Fernández es lo que dicen casi todos. Alfaro Ucero dice que «hay que pensar» sobre alternativas que no sean la renta petrolera y Sáez «puso a la orden sus economistas para aportar ideas». Salas Römer cree que las huelgas de algunos gremios han sido iniciadas para «rentabilizar» la situación. Chávez propone que se adelanten las elecciones presidenciales, sin que sepamos a ciencia cierta qué haría él si es electo, más allá de poner a pensar unos diputados constituyentes.

Úslar propone, por enésima vez, que quienes piensen conformen «un comando de crisis, de no más de diez ministerios, bien acoplado, formado por gente capaz, que convoque al país a un gran esfuerzo de salvación nacional» y que tiene que «emprender un plan muy sencillo e inmediato» que él llamaría de «salvación nacional». ¿En qué consiste ese esfuerzo? ¿En qué consiste ese «plan sencillo e inmediato? (Sencillo, inmediato, coherente, armónico, racional, moderno, creíble, etc.) Úslar no lo sabe o no lo dice. No lo ha dicho nunca.

Lo que sí hace es oponerse a la celebración de una asamblea constituyente. Dice que «es una de las soluciones mágicas que le presentan al país», que una constituyente no va a cambiar el país, que es una ilusión, que «eso es lo mismo que hemos tenido pero con otro nombre» y que lo que Venezuela necesita son «programas, planes y concepciones de futuro». Y en cambio propone que de un «comando de crisis» (otro nombre), va a salir un plan que él llamaría (otro nombre) «de salvación nacional», mágicamente.

La primera vez que Úslar propuso tan mágico remedio fue en diciembre de 1991, a unos dos meses antes de la intentona de Chávez, y propuso que fuera Carlos Andrés Pérez quien se pusiera al frente de un «comando de crisis». Fue después de los acontecimientos del 4 de febrero de 1992 que comenzó a pedir la renuncia de la misma persona que, dos meses antes, él quería como jefe del «comando de crisis».

Tanta insistencia en tan mágica y sencilla solución de un «comando de crisis» da que pensar, porque la expresión «comando» (otro nombre), refiere inmediatamente al ámbito militar y, repito, la primera vez que Úslar recomendó un «comando de crisis»—mágica solución—fue pocos días antes de un golpe de Estado—esa vez fallido.

Hay quienes han dicho que Chávez daría un golpe de Estado preventivo, hacia el mes de octubre—mágica fecha para Úslar—en la convicción de que este «sistema político» nunca le daría el poder y le robaría las elecciones. Ese no puede ser un golpe que Úslar propiciaría. Úslar jamás permitiría que Presentación Campos se convirtiera en el jefe y el señor. Quizás esto justifique un golpe de Estado preventivo para prevenir el golpe de Estado preventivo que se dice sería ejecutado por Chávez.

El sitio en el que los hombres de pensamiento de Venezuela pueden dar su aporte a la solución de la crisis no es el de un nuevo cogollo de diez comandantes de crisis sino, precisamente, esa asamblea constituyente que Úslar aborrece. Allí podría Úslar aportar su sabiduría, como no lo podría hacer, supongo, en un «comando de crisis». Abiertamente ante el país.

Uno no rechaza, Dr. Úslar, valerse de una herramienta que permite hacer cosas importantes porque no permita hacer otras cosas importantes. No vea Ud. a una constituyente como navaja suiza que es a la vez cuchillo y lupa y sierra y lima y brújula y mondadientes. Pídale a la constituyente únicamente que recomponga este casco político e institucional carcomido de tantas formas en tantos flancos.

O si no que Úslar nos diga, de una buena vez, cuál cree debe ser ese «plan de salvación nacional» sencillo e inmediato. Y precisamente porque el problema es morrocotudo es por lo que uno supone que la herramienta que debe emplearse debe ser conmensurable con su magnitud. Usted convendrá, Dr. Úslar, que una mágica constituyente es una herramienta más poderosa que el décuple cogollo de su mágico «comando de crisis».

Tan solo una de las cosas que hay que hacer, Dr. Úslar, es reunir a la constituyente, pero es una cosa muy importante. Apelar, en medio de una crisis fundamental, nuclear, de composición, de constitución, al Poder Constituyente. Esto es más democrático que convocar a una reducida mesa redonda a diez mágicos barones. Podemos pedirle al Dr. Caldera que convoque de una vez el referéndum que pueda generar una asamblea constituyente.

LEA

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LEA #216

LEA

En momentos cuando la revista Time se dispone a llevar a su portada la efigie de Hugo Chávez como «Hombre del Año» 2006—de continuar las tendencias en una votación al efecto—vale la pena destacar una figura distinta, que a lo largo de los años, y sin la estridencia de discursos efectistas, ha traído al mundo más progreso que el que Chávez será capaz de producir entre 1999 y 2021. Me refiero al banquero de los pobres, Muhammad Yufus, el economista de Bangladesh que fundó y ha dirigido el Banco Grameen, cuyos programas crediticios han significado el abandono de la pobreza para millones de personas desatendidas por la banca convencional, especialmente mujeres.

Y no es que Yufus no tenga qué decir. En su discurso de aceptación del Premio Nóbel de la Paz en Oslo, hace cinco días, habló bien y claramente: «La pobreza es una amenaza a la paz», dijo al recibir el premio que compartiera con la institución creada por él. Yufus destacó que según los acuerdos entre jefes de Estado en las Naciones Unidas en el año 2000, el nuevo milenio había comenzado con el sueño de reducir a la mitad la pobreza del mundo en sólo quince años. «Pero luego vino el 11 de septiembre y la guerra de Irak, y de pronto el mundo se descarriló de la búsqueda de este sueño, y la atención de los líderes mundiales se desplazó de la guerra a la pobreza a la guerra al terrorismo. Creo que no puede derrotarse al terrorismo mediante la acción militar», añadió, al especificar que los Estados Unidos han gastado ya 670 mil millones de dólares en la guerra de Irak, o más de 100 dólares—215.000 bolívares CADIVI—por cada habitante del planeta.

Para que su posición fuese meridianamente clara expuso que el terrorismo debía ser condenado en los términos más fuertes, y el mundo atacar este mal de raíz: «Creo que alcanzar recursos para mejorar las vidas de la gente pobre es una mejor estrategia que gastarlos en cañones».

Una segunda advertencia a los Estados Unidos fue la proferida por Kofi Annan, en un discurso que ha funcionado como su despedida del cargo de Secretario General de las Naciones Unidas. Hablando un día después que Yufus en el Museo Harry Truman de Missouri, dijo Annan: «Ninguna nación puede hacerse a sí misma segura buscando la supremacía sobre los demás. Todos compartimos la responsabilidad por la seguridad del otro, y sólo trabajando para lograr la seguridad de los demás podemos esperar el logro de la seguridad duradera para nosotros mismos».

Dos gallos que cantan claro.

LEA

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