FS #10 – Si yo fuera dirigente…

Fichero

LEA, por favor

Habiendo solicitado la autorización del autor, esta Ficha Semanal de doctorpolítico reproduce in toto el excelentísimo artículo de Ignacio Ávalos Gutiérrez, que fuera publicado el miércoles 25 de agosto en el diario El Nacional. El suscrito admite de buena gana la envidia que le causa no haberlo escrito él mismo.

Nacho Ávalos, sociólogo, ex Presidente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, futbolista y fanático de los Tiburones de La Guaira, tuvo el acierto de condensar con el mayor tino y el fino humor que le es habitual, una muy completa lista de verdades políticas venezolanas en «Si yo fuera dirigente de la Coordinadora Democrática».

Nos conocimos en 1980, cuando yo ejercía la Secretaría Ejecutiva del organismo y nuestro común colega y amigo Marcel Antonorsi Blanco había sido arrancado por mí de los predios del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas para que viniera a ejercer al CONICIT el cargo de Director de Política Científica. Marcel trajo a Nacho como su asesor. Ambos fueron coautores, poco después, de un importante libro que llevó por título «La Planificación Ilusoria», en el que disecaban el proceso del I Plan Nacional de Ciencia y Tecnología, inscrito en el marco más amplio del V Plan de la Nación. (Primer gobierno de Carlos Andrés Pérez). En ese agudo estudio Antonorsi y Ávalos desnudaron el ambicioso plan para la ciencia venezolana que, habiendo declarado absolutamente todo como prioritario, era negador él mismo de la más elemental noción de prioridad. Ambos, además, en conjunto con un grupo de distinguidos compatriotas, integraban ya para la época el Consejo Superior del CHAPATEC (Comité de Habladores de Paja Tecnológica).

Es con un inmenso placer que tomo prestado de la pluma de Ignacio Ávalos para ofrecer a nuestros suscritores una lectura esclarecedora, digna de la más sosegada reflexión, y agradezco al doctor Bernardo Paúl haber llamado mi atención sobre tan importante documento.

LEA

…….

Si yo fuera dirigente de la Coordinadora Democrática

I

Vistos los resultados anunciados el domingo, me buscaría una almohada para consultarla, visto que a nuestros politólogos se les extraviaron las claves para entender las cosas.

II

Terminaría por aceptar, de verdad, no sólo de los dientes para afuera, que Chávez no es una simple anécdota en la reciente historia nacional, misterio inexplicable de un país que venía bien como venía.

Aceptaría, pues, que el chavismo es la manifestación de una antigua crisis y que, en muchos sentidos, el chavismo (con o sin Chávez) llegó para quedarse un buen rato entre nosotros.

III

Reconocería que la polarización fue incubada en la campaña electoral de 1998, iniciativa de una alianza urgida por derrotar al candidato Hugo Chávez, hecha a la carrera y sin guardar los buenos modales políticos. ¿Verdad Irene? ¿Verdad Alfaro?

Reconocería que la división del país no tiene el copyright chavista, ¿o es que acaso puede presumir de unido y armonioso un país que en los últimos años excluyó a casi dos tercios de su población de la posibilidad de tener una vida decente?

Reconocería que nuestro alto grado de conflictividad social tiene expresiones de vieja data, el «Caracazo» la más emblemática de ellas, comienzo del fin para el Pacto de Punto Fijo y evidencia, junto a otras muchas, de que por primera vez los intereses de los sectores acomodados y los de los más pobres se comenzaron a percibir como distintos, es decir, se politizaron las diferencias sociales.

Reconocería, pues, que desde hace dos décadas el país se nos estaba volviendo un avispero y que Chávez no es causa sino resultado y, a la vez, fermento.

IV

Examinaría con detenimiento las claves del mensaje político del chavismo, su capacidad para interpretar la sociedad desde sus eslabones más débiles, de «empoderar» políticamente a los sectores excluidos y restablecer simbólicamente su vinculación con el poder.

Me preocuparía ver cómo algunos sectores de la oposición desvalorizan ese mensaje y menosprecian a sus seguidores, considerándolos ignorantes, susceptibles de ser comprados, gente, pues, que no aguanta dos pedidas cuando de populismo y clientelismo se trata.

V

Me preguntaría cuál es el alcance de un mensaje enviado desde la plaza Francia de Altamira y si desde allí se logra ver la inmensa complejidad y diversidad del país, así como los afanes de la mayoría de la gente.

Admitiría que ese mensaje está formulado y sentido desde la perspectiva de nuestras clases sociales más acomodadas, lo cual no lo hace inválido, desde luego, pero sí incompleto.

Averiguaría cuál es la profundidad de un mensaje casi reducido a proponer lo contrario de lo que el otro propone, algo así como si para ser del Caracas bastara con la motivación de no querer ser magallanero.

Me alarmaría al observar, en nuestras filas, ideas y gestos que rememoran en la población un cierto pasado al cual no se quiere volver y ver cómo algunas de las nuevas caras se parecen tanto a las que pretenden reemplazar.

En fin, me preguntaría, así como quien no quiere la cosa, por qué después de tanto tiempo, tanta brega, tanta admirable tenacidad, tanta marcha, tanta concentración y tanto medio de comunicación, la oposición sigue representando el mismo 40% (según los resultados del CNE, avalados por el Centro Carter y la OEA) que apoyó a Salas Römer en el año 1998, a pesar de que éste no ha sido precisamente un gobierno eficaz, como lo prueban las estadísticas que lo fotografían.

VI

Reflexionaría sobre el papel político de los medios de comunicación y analizaría por qué al final no pudieron tanto como se supuso que podrían. Asimismo, sobre su enorme peso sobre la Coordinadora Democrática.

Sobre el perjuicio que le causó a la oposición el radicalismo de una decena de periodistas de radio y televisión, respecto de los cuales nunca pareció posible un deslinde. Y sobre la urgencia de que los partidos sean lo que deben ser y los medios vuelvan a lo suyo.

VII

Estaría consciente de la necesidad de repensar nuestra forma de abordar la situación política venezolana, planteándome como duda importante, aunque parezca envuelta en paradoja, si la oposición debe continuar siendo antichavista de la manera como lo ha sido.

Consciente, también, de lo importante que resulta para el país contar con una poderosa oposición, un efectivo y constructivo contrapeso al actual gobierno.

De los riesgos que corre la sociedad venezolana si no dispone de ese contrapeso y el presidente Chávez queda como el «administrador» de la democracia, decidiendo cuáles son las dosis compatibles con la buena marcha del «proceso», conforme el país vaya viniendo y el mismo vaya viendo.

Ignacio Ávalos

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CS #101 – Excursiones de montaña

Cartas

Últimamente se escucha mucho entre nosotros el discurrir a partir de imposibilidades. «Esto no es posible. Aquello es absolutamente imposible. ¿Cómo es posible tal cosa?» Quiero contribuir con una «imposibilidad» más a la discusión interminable sobre el referendo revocatorio del 15 de agosto.

Como sabemos todos, después de que durante muy largo tiempo, hasta el 15 de agosto y desde la formación de la Mesa de Negociación y Acuerdos como modo de encontrar, una vez ocurridos nuestros propios idus de abril, una salida a la polarización nacional—de manidos rasgos: pacífica, democrática, electoral y constitucional—el liderazgo opositor mayoritario, institucionalizado en Coordinadora Democrática, creyó en la observación de la Organización de Estados Americanos y el Centro Carter como garantía fundamental del proceso. Así vendió, así exigió, así rogó, así nos tranquilizó con esa presencia. Cuando el presidente Chávez punzaba a los líderes de la coordinación revocatoria para que convinieran en que respetarían los resultados electorales, fue respuesta coordinada oficial de último minuto que serían respetados sólo si Carter y Gaviria, Francisco Diez y Jennifer McCoy los avalaban.

También sabemos todos que desde que la OEA y el Centro Carter indicaran por vez primera que no pudieron encontrar rastros fraudulentos y que sus propios cotejos eran compatibles con los anuncios del Consejo Nacional Electoral, ha proliferado un ramillete de informales informes de inteligencia, según los que, o Carter, Gaviria, Diez y McCoy han sido ingenuos, o los han comprado con reales de PDVSA y de la partida secreta de la Casa Blanca o el fondo de contingencia política de Chevron-Texaco.

Es interesante constatar, por consiguiente, que existe un texto del 9 de julio de este mismo año (Venezuela’s Referendum: The Truth About Jimmy Carter), a escaso mes y seis días del concluido referendo, en el que se afirmaba, después de detallado expediente denigrante y presuntamente verdadero cosas del siguiente tenor:

Enfocado en forzar la aquiescencia del gobierno a procedimientos electorales, e ignorando el contexto altamente prejuiciado de la elección, Carter está cumpliendo su papel de hombre erigido para una victoria electoral de la oposición o en el evento de una derrota para un pretexto post electoral de un golpe violento.

Y prosigue:

¡Carter no es un demócrata! Es un partidario de toda la vida del imperio de los Estados Unidos. Y es especialmente peligroso a medida que se acerca el referendo. Los Estados Unidos están proveyendo ilegalmente millones de dólares a la oposición anti-Chávez por vía del National Endowment for Democracy y otras ‘fundaciones’. Y el Instituto Carter estará allí para legitimar el fraude y el engaño: para cuestionar la pregunta del referendo y la elección si Chávez gana. Es especialmente probable que Carter se aproveche de algunos políticos oportunistas que rodean a Chávez y son propensos a hacer concesiones para asegurar la «legitimidad democrática» con la presencia de este enviado del Imperio. Carter se amolda a la más amplia estrategia de golpes y paros apoyados por los Estados Unidos, de violencia paramilitar y apoyo de la amenaza militar de Colombia.

Y concluye:

Nadie del régimen de Chávez interesado en un referendo honesto puede permitir que este piadoso hipócrita juegue algún papel en Venezuela.

El texto del que he entresacado los fragmentos anteriores lleva la firma de un tal James Petras, aparentemente antiguo profesor de Sociología en Binghamton University, Nueva York y, a juzgar por su despiadada prosa y su declarada trayectoria de 50 años de «afiliación a la lucha de clases», cojo evidentísimo de la pata izquierda.

¿Cómo es eso posible? «¡Eso es absolutamente imposible!» Tal vez hasta matemáticamente imposible.

……..

Sólo un ciego podría negar que la observación de la OEA y el Centro Carter actuó durante estos dos últimos años como freno y moderador de las preferencias gubernamentales en materia de salidas pacíficas, electorales, etcétera. A punto estuvieron de ser impedidos de regresar al país cuando se atrevieron a cuestionar una decisión del CNE, por la que se puso en remojo centenares de miles de firmas ciudadanas y que luego irían a reparo. En aquella ocasión, podemos recordar, llegaron incluso a proponer un procedimiento de cotejo—auditoría, diríamos ahora— sobre una muestra más bien pequeña pero estadísticamente representativa, que en aquel entonces rechazó Jorge Rodríguez pero mereció la aprobación de la central opositora que hoy considera inadecuado un procedimiento similar. Estas sugerencias lograron desencadenar—está en los videos grabados—la ira siempre a flor de piel de Carrasquero, y en discursos parecidos al del profesor Petras, aunque jamás tan virulentos, se estuvo a un tris de prohibir la entrada de los ex presidentes cachaco y manisero, y hasta se quiso tramitar la deportación de Francisco Diez.

Si esa observación y mediación internacionales, a las que los venezolanos debemos tanto, pudieron librarse de la expulsión fue, entre otras cosas, porque la OEA condenó la interrupción del hilo constitucional en Venezuela en abril de 2002 y podía exigir a partir de eso una presunción de objetividad. Del mismo modo, que hayan hecho gala de imparcialidad certificando la ausencia de fraude, ofreciendo redondo mentís a los atrabiliarios de Petras y Battaglini, establece aun con más firmeza su condición de observadores confiables para eventos electorales del futuro incluso, tal vez, las inminentes elecciones estadales y municipales.

Porque muy bien pudiera ser, como la penetrante inteligencia de un amigo entrevé como posible, que el enjambre ciudadano pudiera compensar ahora el recrecido poder central que confiriese a Chávez, con una votación favorable a un buen número de candidatos de oposición a gobernaciones y alcaldías. Pero para tal resultado sería necesario introducir algunas decisiones que cambien la estructura de las actuales percepciones.

……..

En 1989 estaba mudado a Maracaibo, donde tuve el honor y la suerte de conducir la reaparición del diario La Columna. Desde marzo a septiembre de ese año transcurrió la fase de proyecto, cuando un equipo totalmente local preparaba afanosamente el concepto y la estrategia del periódico. Estaríamos a mitad de los preparativos cuando un cierto periodista del equipo (el único que no fuera escogido por mí y que a la postre se manifestaría como retorcido espía de ciertos actores) adelantó la siguiente recomendación: «Mira, Luis Enrique: estoy convencido de que fulano de tal te está grabando las conversaciones telefónicas, de modo que te sugiero que tú se las grabes a él».

No sé que musa inspiradora me permitió contestarle de este modo: «Oye, Josué—no es su nombre—durante los últimos meses que pasé en Caracas hice caso a mi mujer y procuré mejorar mi salud subiendo con ella un poco de cerro varias veces a la semana. Hay en el Ávila un puesto de guardaparques de nombre Sabas Nieves, de ascenso muy popular, y era allá donde íbamos. Bueno, los primeros días descendía con no poca vergüenza, porque a la hora que escogimos para el ejercicio nos encontrábamos casi siempre con un ágil caballero que obviamente tenía más de setenta años. En el tiempo en que yo llegaba boqueando y casi cianótico a Sabas Nieves, el señor en cuestión subía, bajaba, volvía a subir y bajaba otra vez. Hasta que un día pensé que mi problema no era con el increíble anciano, sino con la montaña. En cuanto me percaté de este asunto y me concentré en el cerro, y aprendí su ritmo y simpaticé con él, mi tiempo comenzó a mejorar sensiblemente, y llegué a hacer un ejercicio, si no campeonil, al menos bastante razonable. Así que no me voy a preocupar porque fulano de tal grabe o no lo que diga por teléfono; nuestro problema es con la montaña, y nuestra montaña son los lectores de Maracaibo. Es sobre ellos que debemos poner toda nuestra atención. Gracias por el consejo, pero no grabaré las conversaciones de fulano de tal».

Muchos factores más allá de tal doctrina se unieron para producir un insólito éxito de La Columna: en una ciudad en la que hasta entonces no habían podido con el dominio casi feudal de Panorama el Diario de Occidente, El Zuliano, Crítica, El Nacional de Occidente y la misma Columna de antaño, un tabloide que resurgió a la calle el 8 de septiembre de 1989 alcanzó en febrero de 1990, a seis meses de su reaparición, el primer lugar de circulación metropolitana, superando al dueño del patio; dos meses después, en abril, había llegado a punto de equilibrio entre sus costos operativos y su ingreso publicitario; dos meses más, a los nueve de su salida, ganó el Premio Nacional de Periodismo de ese año, en competencia contra El Nacional y nada menos que el «decano» de la prensa nacional, La Religión, que cumplía cien años de existencia. Repito, el equipo del periódico logró combinar muchos aciertos, pero ciertamente la concentración de toda su atención en el respetuoso servicio a los lectores marabinos fue factor decisivo en el éxito.

Esta parábola puede servir para entender una de las principales razones, si no la más principal, del ostensible fracaso de la Coordinadora Democrática: que en lugar de concentrarse en la montaña, en vez de poner su atención en los Electores y sus necesidades, en vez de llevarles una oferta política idónea y creíble, ha estado constantemente pendiente de su adversario. Ha hecho de la incesante acusación de Chávez Frías su única industria, ha adoptado la nomenclatura que él inaugura, ha seguido todas sus agendas, y ha asistido a todos los terrenos donde aquél quiso llevarle para caer en todas sus emboscadas. Y ha fracasado estrepitosamente. Tres veces.

Pues bien, ahora viene una nueva oportunidad política con las elecciones estadales y municipales que tenemos en las narices. Andrés Velásquez ha sugerido hace pocos días «discutir la vigencia de la Coordinadora Democrática y hablar de la construcción de un nuevo movimiento unitario con factores más allá de la coalición que hasta ahora ha guiado las acciones de la oposición». Así reporta el sitio web de Globovisión: «Velásquez dijo como vocero de su partido que en las actuales condiciones ‘que nos llevaron al matadero’ no se puede acudir a las elecciones regionales. Su tolda política, por esta razón, invitó a los distintos factores a buscar una posición conjunta de los grupos que se oponen al gobierno».

La Coordinadora Democrática insistió mucho en que sus consensos incluían un decidido apoyo a la descentralización. ¿Cómo es que entonces se propugna un esquema centralista como ése para considerar las inminentes elecciones regionales? Si fuese consistente debiera dejar que los problemas políticos de las numerosas campañas locales sean dilucidados al nivel local. Y los candidatos no chavistas—que bien harían, según los casos, en esforzarse por unificarse en torno a candidatos unitarios, tal vez en sesiones similares a las de un cónclave de cardenales en el que cada uno es un papa potencial, según sugerencia de Marcel Carvallo Ganteaume—deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado que, repito con préstamo de la «conjetura Paúl», bien pudiera servir de contrapeso a un gobernante nacional cuya ambición hegemónica y autocrática es harto conocida. Un soberano que se encuentra sobrecogido de su propia decisión en materia revocatoria—no celebra—puede muy bien ahora limitar el poder del Juan sin Tierra venezolano, que sabe que una buena proporción de los noes desaprueba más de uno de sus procederes. Es muy posible ahora «ganar» un buen número de batallas menores que están pendientes para dentro de muy poco.

Y es que hay que facilitarle las cosas a los veintitrés soberanos estadales y a los cientos de soberanos municipales. Es preciso no encajonar al Elector monarca de cada localidad. Cualquier candidato de oposición que quiera presentarse bajo un paraguas coordinador va a ir a la contienda con plomo en el ala, porque la Coordinadora Democrática es, desde el punto de vista mercadológico, una marca o franquicia de reputación seriamente dañada, tal vez irreversiblemente estropeada, como me ha hecho entender el mayor de mis hijos.

Es como si ahora los restos dispersos de Arthur Andersen se propusieran entrar, digamos, al mercado de máquinas electorales, luego de que la firma antaño prestigiosa fuese expuesta como corrupta y tramposa, al ocultar a conciencia los dolosos y procaces manejos de la fenecida Enron a la que servía de auditora. Quizás Andersen pueda salvar su nombre fabricando pañales para la incontinencia senil, pero ya más nunca para nada que exija la intangible confianza del público en su palabra. LEA

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FS #9 – No en ese barco

Fichero

LEA, por favor

Dos concisos párrafos de William Clifford—The Ethics of Belief—y que citáramos en trabajo de diciembre de 1990 sobre tema de educación superior, bastan a esta Ficha Semanal #9 de doctorpolítico.

Vienen muy al caso de la consideración del terrible momento que vive la Coordinadora Democrática, considerado no ya desde el punto de vista estratégico o de resultados, sino dentro del paisaje de la ética.

Más allá de este caso específico, no obstante, la lección de Clifford es ciertamente grave enseñanza que cada persona reflexiva y escrupulosa encontrará verdadera.

Acá se reproduce la cita del trabajo mencionado—Un tratamiento al problema de la educación superior no vocacional en Venezuela—, incluida breve coletilla del autor.

LEA

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No en ese barco

Digresión, facilitada por los primeros párrafos de William Clifford en «La ética de la creencia»:

Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas, y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le hacían infeliz; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.

¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto. La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.»

Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes.)

LEA

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CS #100 – Bofetada terapéutica

Cartas

Era septiembre u octubre de 2002, hace casi dos años. Un grupo que consideraba la dinámica política nacional, tras los traumáticos acontecimientos de abril, escuchaba a un alto ejecutivo de finanzas, reconocido experto en macroeconomía. El grupo recibió, atónito, la paradójica conclusión del expositor: a pesar del grave desarreglo e irresponsabilidad de las finanzas públicas evidentes en el momento, el equipo de analistas de la empresa para la que trabajaba creía que la estabilidad de las cuentas nacionales sería mayor con la permanencia de Chávez en el poder que con su salida. Reservamos para más adelante en este análisis la identificación de la empresa en cuestión.

……..

Por supuesto, como dice un amigo, a Joaquín Pardavé lo enterraron vivo; y añadimos: «Sí, y al cuerpo de Walt Disney lo tienen congelado para revivirlo cuando la tecnología médica haya aprendido a resucitar cadáveres preservados de la corrupción».

A cuarenta años del informe de la Comisión Warren sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy todavía surgen «explicaciones» alternas del dramático crimen. Alguien destapa, cada cierto tiempo, una nueva conspiración, ya no «en busca de la excelencia», sino de la truculencia. Cada autor se exhibe como el más astuto, y no pocos intuyen ingresos considerables, a la espera de que sus especulaciones se conviertan en best seller. Ninguno ha podido probar que Hitler estaba vivo en Brasil—donde le habrían clonado—en 1963, cuando seguramente fue el autor intelectual del magnicidio de Dallas, o que Lyndon Johnson ordenara, para literalmente matar dos pájaros de un tiro, disparar sobre el marido de Jacqueline Bouvier y sobre la persona de John Connally, que a fin de cuentas, gobernador del estado de Johnson y competidor político de éste, le estorbaba en sus hegemónicos designios.

Tampoco nadie pudo demostrar jamás que el recordado actor cómico mexicano, el bonachón de Joaquín, había sido sepultado vivo, por más que se encontrara quien jurase que el interior del féretro en el que yaciera Pardavé revelaba la tétrica huella de arañazos claustrofóbicos y desesperados, a pesar de que nunca fuera exhumado el cadáver. ¿Y Disney? El cuerpo difunto del genio de los dibujos animados fue, en verdad, completísima e irreversiblemente cremado al acaecer su muerte, de modo que en cualquier caso lo que pudiera encontrarse hoy a temperaturas criogénicas sería un montoncillo de cenizas.

Pero habrá quienes llevarán hasta la tumba la convicción de que un día Disney resucitará de su defunción, que Pardavé sufrió la más terrible y angustiosa de las muertes, y que Kennedy fue asesinado por cábala de Beria—quien, claro, en realidad no pereció por orden de Stalin y puso a un doble en su lugar—en asociación con la archiprincesa Anastasia Romanov, de incógnito en algún perdido pueblo de Minnesota.

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Una mezcla cambiante de explicables sentimientos, en la que en un instante predomina la rabia, en otro la depresión, en otro la desesperanza, en otro la incredulidad más refractaria, se ha aposentado en el corazón de amplias capas de la población venezolana desde la madrugada del 16 de agosto. Como aquél esposo que se niega a aceptar la muerte de la más adorada esposa, aferrado al cadáver, ido de juicio, y dice entre desconsolados gimoteos, una y otra y otra vez: «No es verdad. Ella no está muerta. No puede estar muerta». Así discurren ahora centenares de miles de venezolanos, impedidos emocionalmente de considerar la realidad del resultado referendario.

Hasta el último minuto los líderes coordinadores decían al pueblo que fuera a votar confiado, porque el sistema era confiable y, además, la observación internacional así lo garantizaría. («Sólo aceptaremos los resultados que la OEA y el Centro Carter certifiquen»). En cuarenta y ocho horas se corea que el sistema impenetrable ha sido contaminado con fraude y la observación internacional se ha dejado engañar mansamente o, en más siniestra hipótesis, nos ha vendido, como Judas Iscariote a Jesús de Nazaret, en aquiescencia a recóndito pacto conspirativo de Bush, Haliburton, la casa real saudita y Gustavo Cisneros, los pretendidos amos del Dr. Gaviria y Jimmy Carter. (Cuando Chávez denunciaba el «consenso-país» como el «consenso-Bush», en realidad nos estaba engañando: ya él estaba, sotto voce, encompinchado con George. Eso era para que creyéramos).

El fraude habría sido consumado, dicen algunos, mientras se produjo una interrupción—un apagón, aseguran—de una hora en la red de transmisión de datos de CANTV, al cabo de la cual la totalización había sido invertida en sus valores previos. O, afirma Tulio Álvarez en exquisito ejercicio nominalista, que la gran estafa tuvo que ocurrir porque hace dos años él escribió un libro en el que explicaba con abundancia de detalles cómo podía hacerse trampa con máquinas de votación.

También se conjetura que un cierto número de máquinas imprimían «1. Sí», cuando debían imprimir «2. Sí». («A mi mujer le pasó». «A mi primo Rogelio le ocurrió lo mismo»). El rector electoral Ezequiel Zamora adelantó la explicación del conteo especular: «Las máquinas contaban por cada voto por el ‘Sí’ otro voto por el ‘No’»). Y luego, por supuesto, han aparecido en ciertos estados papeletas de votación regadas por las aceras, y el Plan República ha tenido tiempo de sustituir la mitad de seis millones de vouchers afirmativos por el equivalente de negativos y colocarlos exactamente en las cajas correspondientes y resellar éstas. («Hemos visto, y hasta filmado, movimientos sospechosos en las guarniciones, y nos impiden el paso para constatar que las cajas estén incólumes»).

Son tantas las ingeniosas teorías que su mera profusión llama a la sospecha. No sería posible enumerarlas y considerarlas acá una por una, aunque sólo sea porque sin duda no las conocemos todas. El asunto ha rebasado ya los límites del absurdo. Una economista ha tenido la ocurrente iniciativa—ignoramos si ha prosperado—de ofrecer un concurso para premiar a quien tenga éxito en comprobar efectivamente el fraude. Y sugiere el monto del premio y el modo de sufragarlo. Como Súmate habría dicho—jamás lo ha hecho—que hubo seis millones de votos revocatorios, bastaría que cada escuálido aportara una moneda de 100 bolívares para que el ganador obtuviera el jugoso premio de 600 millones de bolívares. («Se busca fraude: vivo o muerto. Recompensa: 600 millones»). Se da por sentado que el fraude existió y el gélido cadáver de Disney descansa en una cripta criogénica.

Probablemente el concursante más aventajado sea todavía J. J. Rendón, quien asegura saber cómo se habría configurado la descomunal estafa y que Smartmatic, para decir lo más prudente que se le ocurrió, habría sido al menos tonto útil al doloso plan del gobierno. (Lo que tal vez haya contribuido a que una turba, similar a un Ku Klux Klan en ánimo de linchamiento en Alabama, parecida a la que sitió con violencia la Embajada de Cuba el 12 de abril de 2002, se haya presentado ante las oficinas de Smartmatic ayer para gritar, democrática, constitucional, electoral y pacíficamente, «Mugica, ladrón» y otras menudencias por el estilo).

Rendón llevó ayer a canales de televisión su hallazgo: en dos centros del estado Bolívar encontró que había siete coincidencias exactas de votos por el «Sí»—en un acta tres veces el número 133, en otra del mismo centro dos veces el número 127, en otra de centro diferente dos veces el número 122. Luego ha afirmado, en sucesión, que tenía un total de 9 actas en la que se observaba este extraño fenómeno; más tarde que eran 15; luego que eran 24 y, antenoche, en el programa Rendón-Rondón, que le habían reportado anomalías similares en otros estados.

Pues bien, lo que sería verdaderamente anómalo es que en un universo total de 19.664 máquinas de votación no aparecieran centenares de actas con resultado idéntico. En sí mismo, cada caso parece extraño y, de hecho, considerados individualmente, los casos reportados resultan repugnantes a la intuición.

Sin embargo, la estadística es ciencia sosegadamente implacable que con frecuencia nos presenta aparentes paradojas o, en todo caso, sorpresas contraintuitivas. Por ejemplo, el famoso caso—entre los estadígrafos, naturalmente—del cumpleaños duplicado. En teoría, cualquier persona tuvo una probabilidad de nacer en un día específico del año calendario equivalente a 1/365—para no considerar años bisiestos—o, en términos porcentuales, 0,27%, o un poco más de un cuarto de uno por ciento. Consigamos entonces un grupo constituido por 23 personas elegidas al azar. ¿Cuál es la probabilidad de que dos personas de ese grupo cumplan años exactamente el mismo día? Nuestros lectores seguramente se sorprenderían si se les dice que esa probabilidad es de 50,7%, o 187 veces la probabilidad de que alguien haya nacido en un día específico del año.

La verdad es, entonces, que lo esperable estadísticamente es que en varios centenares de casos se registre lo que al Sr. Rendón parece «matemáticamente imposible», incluyendo, por supuesto, la aparición de «insólitas» coincidencias en un mismo centro de votación. Cualquier jugador de dominó registra en su memoria más de una vez en la que en un mismo partido tres o cuatro manos seguidas arrojan un resultado de, digamos, 22 puntos. («¡Qué casualidad!») Y más de uno entre nosotros ha observado la improbabilísima distribución de siete blancos en una misma mano, durante amistoso juego en el que a ningún miembro del Comando Maisanta se le ha permitido barajar las piedras.

Pero es que la necesidad emocional exige que nuestra hipótesis favorita—el fraude electoral masivo ante las narices de los observadores internacionales que se chupaban el dedo—encuentre asidero, y nuestra psiquis anda automáticamente—no es un ejercicio consciente y voluntario—a la caza de cualquier hábil pseudoexplicación que la corrobore. Estamos persuadidos de que el Sr. Rendón cree inocente y honestamente en su «explicación». Pero no podemos estar de acuerdo conque de su involuntariamente defectuoso razonamiento extrapole acusaciones gravísimas. A él no le consta en absoluto que en verdad se haya producido la alevosa «programación» de los «topes» que postula.

Ah, pero entonces vuelven los detectives de la megaestafa a la carga. Acabamos de recibir un archivo de hoja electrónica de cálculos con más de 4.500 centros en los que se manifestaría un tal «gradiente del fraude». ¿En qué consiste? Pues en un listado de centros en los que el voto por el «Sí» habría presuntamente sido inferior a las solicitudes interpuestas en los mismos centros para exigir el referendo revocatorio. Es decir, en el «Reafirmazo». Y esto, arguyen, es «claramente imposible».

¿Por qué es imposible? ¿Es que no hubo en el revocatorio muchos más centros habilitados que en el «Reafirmazo» y por tanto la población de solicitantes estuvo distribuida entre más centros, bajando la proporción original promedio en cada uno? ¿Es que no ha podido haber ningún factor que disminuyera la voluntad de los firmantes originales, por ejemplo, el temor que la Coordinadora Democrática decía saber que las «cazahuellas» impartirían a los votantes, y que quiso combatir asegurando que el sistema era inviolable, o el real amedrentamiento del régimen a pobladores que temieron perder sus becas u otras dádivas? ¿De dónde se obtiene el impepinable teorema de que las solicitudes establecían un piso inamovible a los votos?

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Al lado de estos argumentos pretendidamente técnicos se escucha muy razonables preguntas. ¿Cómo es posible que el «No» haya ganado en el Yaracuy o el Zulia? ¿Por qué no ha salido a las calles el 60% del país a celebrar la continuación de la hegemonía del déspota? («Si hubiéramos revocado el mandato de Chávez la gente estaría desbordada en su alborozo y habría inundado las calles del país»). Son, sin duda, argumentos cualitativos muy admisibles.

En un simplismo maniqueo, dicotómico, se proyecta sobre los votantes del «No» conductas que nos serían propias. Pero no necesariamente cada voto por el «No» fue un voto feliz. Mucha gente, con el corazón atribulado, con las sienes reventando de tensión, ha podido rechazar la revocación, impedida de pulsar en la pantalla una inexistente celdilla marcada «Ni-ni», porque nunca fue convencida de que la restauración «borbónica» que parecía estar implicada en el «Sí» sería mejor que esta folklórica y mediocre revolución que nos sojuzga. (Sospecha que pareció confirmarse cuando, luego del madrugador anuncio de Carrasquero el general derrotado, Enrique Mendoza, cedió el podio protestante a nadie menos que Henry Ramos Allup, representante evidente del más antonomásico partido de la «Cuarta República», para que gritara, a esa prematura hora: ¡Fraude!)

Más de uno barruntaría que la salida de Chávez pudiera representar una inestabilidad mayor que su permanencia. Ese pueblo que muchos desprecian por su presunta ignorancia ¿no estaría juzgando como los inteligentísimos y preparadísimos analistas de los mercados internacionales que juzgaban exactamente eso? ¿No era eso, acaso, lo que los altos ejecutivos financieros del Banco Mercantil, aludidos justo al comienzo de este texto, y en posible gran penetración profesional que muy bien habla de ellos, creían entrever ya a las alturas de fines de 2002?

Yehezkel Dror ha empleado un terrible término para describir aquella situación en la que un decisor se halla ante únicas opciones todas espantosas: «opción trágica». Y nadie celebra una tragedia. Nadie está celebrando, si a ver vamos ni el gobierno mismo, este trágico portento de la reconfirmación de Chávez en el poder.

Y por lo que respecta al Zulia, Carabobo, Yaracuy, asiento de Rosales, Salas-Roemer (ex Feo) y Lapi, ¿quién puede garantizar que los gobernadores más cercanos al «carmonazo» tenían los votos amarrados? ¿Por qué es que en esos territorios era imposible que ocurriese lo que serísimos e intelectualmente honestos encuestadores decían que estaba ocurriendo en general en el país, que el «No» avanzaba y el «Sí» retrocedía?

La verdad es que quienes pensamos, con sobradísimas razones, que Chávez es un mandatario funesto y pernicioso, quisimos esperar el voto oculto que Keller responsablemente asomó, acuciado, como un mero tal vez, pero que la autoridad de Ibsen Martínez convirtió, por aquello de la Chamorro, en certificación de inevitabilidad. Quisimos creer que la Virgen María nos protegería, en tan mariano país, con su manto, y que San Isidro Labrador había dado señales de que los cielos estaban con nosotros porque retuvo la esperada lluvia el día de la enorme concentración en el Distribuidor de Altamira y el mismísimo 15 de agosto. Quisimos creer en exit polls que veían ganador al «Sí», quién sabe en qué centros, cuando sólo había votado a lo sumo un 30% de la población, según admisión de voceros de la propia Coordinadora Democrática.

A estas alturas hasta los Estados Unidos de Norteamérica han reconocido, algo a regañadientes y sin precocidad, el triunfo de Chávez. Adam Ereli, vocero del Departamento de Estado, habló el martes por el gobierno norteño: «Creemos que los resultados—los resultados preliminares—indican que una mayoría de electores votó no sobre la pregunta formulada en el referéndum. Basados en estos resultados preliminares, creemos que el asunto está saldado». Nosotros, todavía, nos negamos a aceptarlo.

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Si tuviéramos, Dios no lo permita, un pariente con tan grave dolencia que ameritara la atención de toda una junta médica; si este cuerpo de facultativos intentase primero una cierta terapéutica y con ella provoca a nuestro familiar un paro cardiaco; si a continuación prescribe un segundo tratamiento que le causa una crisis renal aguda; si, finalmente, aplica aún una tercera prescripción que desencadena en nuestro deudo un accidente cerebro-vascular, con toda seguridad no le querremos más como médicos.

Y ésta es la estructura del problema con la Coordinadora Democrática. La constelación que se formó alrededor de ella, no sin méritos que hemos reconocido, nos llevó primero a la tragedia de abril de 2002, luego a la sangría suicida del paro, finalmente a la enervante derrota del revocatorio. (Para no agregar al inventario una nutrida colección de derrotas menores). No hay vuelta de hoja. No podemos atender más nunca a esa dirigencia.

El Informe Stratfor, publicación electrónica norteamericana, a todas luces conservadora, insospechable de chavismo, dictaminó de ella, lapidariamente, el pasado 6 de agosto: «Afortunadamente para Chávez, si hay algo que la oposición venezolana ha demostrado es que es estratégicamente torpe, profundamente impopular y moralmente cuestionable».

Nunca hemos sido tan implacables con la dirigencia opositora autoungida en esta publicación, aunque ya antes hemos hecho algunas caracterizaciones por las que la considerábamos constitucional o genéticamente impedida de producir lo que fue necesario y no se hizo, a pesar de reiteradas y longevas advertencias y recomendaciones. En el fondo del problema hay una raíz paradigmática: sus más connotados directivos operan, como Chávez, dentro del paradigma de la Realpolitik, el que propugna que la política es en realidad la procura del poder mientras se impide que el adversario lo asuma. Ellos creen, la mayoría honestamente, que «la política es así», y desechan cualquier otra conceptualización, por ejemplo una según la cual la Política es el arte u oficio de resolver problemas de carácter público.

Justo al conocerse que la valla de los reparos había sido vencida y el referendo revocatorio presidencial quedaba convocado, los factores actuantes en la central opositora arrancaron en pescueceo desesperado por incluirse dentro del grupo de trece miembros del comité coordinador de la campaña revocatoria. Así se consumieron días preciosos. La ironía del asunto es que, una vez dilucidado quién estaba y quién no, sólo asistía un promedio de seis pescueceantes a las reuniones matutinas del comando. La principal responsabilidad ejecutiva sobre el crucial elemento de la publicidad, entendemos, fue confiada a Juan Fernández, totalmente novicio en las difíciles tareas de una propaganda con pegada.

Así, la torpeza estratégica señalada por Stratfor se filtró hasta el nivel táctico, y la campaña de la Coordinadora, obviamente con mucho menos recursos que los disponibles al gobierno, aunque en tándem con la actividad de la mayoría de los medios privados de comunicación, no pudo causar efecto discernible.

Ayer decía un editorial en The New York Times: «Es hora de que los opositores del presidente Hugo Chávez dejen de pretender que hablan por la mayoría de los venezolanos. No lo hacen, como el fracaso de un referendo revocatorio, promovido por la oposición, demostrara decisivamente el domingo. La razón por la que el Sr. Chávez sobreviviera al reto a pesar de sus impulsos autoritarios no es difícil de entender. A diferencia de muchos de sus predecesores, ha hecho de programas dirigidos a los problemas cotidianos de los pobres –analfabetismo, hambre de tierra y cuidado sanitario inferior– el tema central de su administración, y ha sido capaz de emplear ingresos petroleros mayores que los esperados para promover el bienestar social. Algunos de sus programas han sido pobremente diseñados y desvergonzadamente usados para edificar y movilizar apoyo político. En todo caso, son comprensiblemente apreciados por los millones de venezolanos que se sienten como hijastros diferidos del boom petrolero del país». El periódico neoyorquino se apresura a aclarar: «La clase de democracia del Sr. Chávez no es una que esta página apruebe. Está afectada por acaparamiento de tribunales, intimidación judicial de oponentes políticos y discursos demagógicos y fraccionalistas, incluyendo la frecuente e inflamada demonización de los Estados Unidos, el mayor cliente petrolero de Venezuela». Y al final regresa sobre la oposición: «La oposición, entretanto, necesita dejar de cantar foul. Condujo una campaña referendaria generalmente inepta, fallando en unirse en torno a un único y creíble retador del Sr. Chávez y fallando en distanciarse adecuadamente de las políticas oligárquicas del desacreditado pasado. Una sana democracia venezolana requiere no solamente un Sr. Chávez menos divisionista. También requiere una oposición más realista y eficaz».

Hay que decir estas cosas, no para encontrar cabezas de turco, chivos expiatorios o dueños de la derrota, sino para destacar que tan desastrosos traspiés no son atribuibles a la ciudadanía que, como han dicho con razón muchos analistas, ha trascendido a sus líderes ostensibles y asistido heroicamente a cuanta batalla le propusieran quienes se suponía más duchos que el ciudadano común en asunto político.

Ahora insiste esa dirigencia en cantar foul. Esto es una gravísima y criminal irresponsabilidad, porque entendiendo que su propia y egoísta conveniencia política, su única oportunidad de supervivencia es tener éxito en difundir la especie del fraude, en vocear por cuanto medio les abre sus espacios la tesis de la estafa con la esperanza de convertirla, como parecen lograr, en generalizada matriz de opinión, no hacen otra cosa que exacerbar la golpeada psiquis nacional, presa de una neurosis negadora que amenaza con convertirse en histeria destructiva, de proporciones tan grandes como las que alcanzara, en trágicamente famosa ocasión, el pánico generado por inconsciente radiodifusión de Orson Welles.

El ex presidente Carter dijo con todas sus letras el martes: «No tenemos motivo para dudar de la integridad del sistema electoral o la exactitud de los resultados del referéndum. No existe evidencia de fraude, y cualquier alegato de tal cosa es completamente injustificable». Y añadió luego, refiriéndose al «liderazgo» opositor: «Es naturalmente humano que estén profundamente perturbados y se nieguen a abandonar la débil esperanza de que pudieran ser exitosos».

¿Cómo era aquello que decía a Boabdil su madre, cuando el hijo sollozaba al entregar las llaves de su perdida Granada a los Reyes Católicos? «No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre».

……..

De modo que ahora el país necesita nuevos líderes y una nueva especie, con código genético diferente, de organizaciones políticas. No porque Chávez haya sobrevivido al referendo su proyecto ha dejado de ser societalmente maligno, en el sentido oncológico del término. Su gobierno se ha mostrado en contumacia contrario a los fines de la paz y la prosperidad de la nación, «al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto». El pueblo de Venezuela necesita articular una oposición eficaz a tal ejecutoria.

En la Ficha Semanal #4 de doctorpolítico (20 de julio de este año) rescatábamos un grueso diseño para un tipo diferente de asociación política, en el que se postula que tal entidad debiera estar conformada por un componente sensorial (registra y canaliza la opinión ciudadana sobre asuntos públicos y posibles soluciones), un componente elaborador (inventa tratamientos y educa políticamente al público y a quienes tengan manifiesta vocación pública), y un componente operativo (lleva a cabo programas y operaciones decididos por la asociación). Todo esto en el entendido de que una organización que aspire a expresar el noble oficio de la Política, no tiene autoridad para tal pretensión a menos que entienda a ese arte como actividad que resuelva los problemas que atañen a todos, y que no bastará entenderse a sí misma como un aparato para la mera búsqueda del poder.

Pues bien, tal construcción puede imaginarse partiendo de cero, si es que hemos desahuciado la organización hasta ahora predominante. Pero quizás pueda procederse como han aprendido a hacerlo la robótica y la inteligencia artificial, antes empeñadas en construir de una vez un autómata que simulara el comportamiento del complejísimo organismo humano. Ahora su estrategia es otra: toman algún mecanismo simplísimo—uno que por ejemplo ejecuta eficazmente, inerrante, la función de la pata articulada de un insectoide—y lo combinan con otros módulos igualmente exitosos para arribar a la composición de un organismo cada vez más complejo.

Es evidentísimo que Súmate es uno de esos módulos altamente exitosos (el componente sensorial, y también módulo operativo). Alguna vez dijimos que su excelencia merecía mejores estrategas que los que le impuso por clientes la Coordinadora Democrática. Dicho sea de paso, en nueva demostración de madurez y tino político, ha sido la más serena y sosegada de las voces políticas del momento, al formular sus observaciones sin estridencia y con la valiente honestidad de admitir que sus propios «conteos rápidos» arrojaban las mismas cifras que las obtenidas por la misión de la OEA y el Centro Carter, que a su vez eran las mismas cantadas por el Consejo Nacional Electoral.

Pero incluso sería salvable al menos parte del aparato operativo que comandó con tanto denuedo y constancia, con tanto sacrificio y faena el mismo Enrique Mendoza, pues a fin de cuentas lo que ya sabemos es que no es Eisenhower, el estratega, aunque sí Patton, el experimentado táctico de campo.

Faltaría entonces el módulo elaborador, el think tank, en gringa terminología. Pero esto no es la comisión del «consenso-país»—al que llamáramos en noviembre de 2003 «consenso bobo»—porque una vez más creyó que el método para arribar a un conjunto de políticas correctas es la transacción consensual. Y tampoco intentos compuestos por perogrulladas bien impresas, como es el caso de «Un sueño para Venezuela». Esto es asunto de verdadera organización profesional de creadores de políticas.

……..

Al menos desde 1999 creíamos saber que la oposición a Chávez no podía reducirse a su sola negación. Uno no niega, decíamos, a un fenómeno telúrico que tiene por delante. Ante él cabía, primero, una oposición por contención. La represa del Guri que impide que el Caroní se desborde. Esta oposición era posible desde el mismo inicio del gobierno chavista. Al asumir el poder Chávez intentó una primera redacción de la pregunta con la que se consultaría a los Electores sobre la conveniencia de convocar una constituyente. Hemos perdido de los archivos la construcción exacta, pero se trataba de algo como lo siguiente: «¿Está Ud. de acuerdo conque yo, Hugo Chávez Frías, decida todo lo concerniente a este asunto de la constituyente?» La redacción era tan obviamente autocrática que el país entero entró en helado mutismo, y seguramente Rangel y Miquilena le habrán aconsejado al ensoberbecido comandante: «Caray, Hugo, eso no puede ser, preguntemos el asunto de otro modo». Y el mandamás, sin que ningún opositor se lo reclamara firmemente, se vio obligado a modificar el decreto-pregunta.

Ahora más que nunca es esta estrategia necesaria. Algún amigo apostaba a que luego de su triunfo Chávez ofrecería—al menos hasta la nueva confrontación de las elecciones regionales, a las que tendrá que acudir una Coordinadora Democrática ya definitivamente en desbandada, atomizada, imposibilitada de convencer al mecenas más generoso—paz y amor, promesas de diálogo e inclusión. Ya voceros del Comando Maisanta se han pronunciado en este sentido.

Sería ingenuo suponer que ahora Chávez no apretará una tuerca más. La ley de policía nacional, la amenaza de renacionalizar la CANTV (tiene los reales), la ley de contenidos, una nueva ley de cultos, la toma de las universidades y nuevas represiones penales contra sus más detestados oponentes, están a la vuelta de la esquina. Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de «gobernar».

Pero también decíamos en 1999 que esa contención no sería suficiente, y que más que una oposición habría que ejecutar una superposición, una elaboración discursiva desde un nivel superior de lenguaje político, que flotara sobre sus agendas, sobre su nomenclatura, sobre sus concepciones, sobre los terrenos que siempre escogió astutamente para la batalla y a los que llevó, casi sin esfuerzo, a un generalato opositor incompetente, y que pudiera, esa interpretación alterna, ese discurso fresco, ser convincente para el pueblo. Este discurso es perfectamente posible. Ese discurso existe, y entre él y unos Electores hambrientos de liderazgo eficaz, sólo hay que interponer los medios que hasta ahora sólo han estado disponibles para actores ineficaces.

Por esto viene ahora una nueva etapa, preñada de posibilidades, más aprendida. Venezuela, herida, desconcertada, desilusionada y nihilista, tiene que recuperarse de la desazón y el fracaso. Y al cabo de un tiempo más bien corto, encontrará el camino correcto y verá sus tribulaciones de ahora como el principio de su metamorfosis creadora. No nos avergonzamos de nuestras tribulaciones, decía San Pablo, porque a la postre transmutan en esperanza, y no nos avergonzamos de nuestra esperanza.

LEA

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LEA #100

LEAEl contenido del artículo principal de esta entrega #100 de la Carta Semanal de doctorpolítico posiblemente requiera establecer un perímetro de defensa, ante el terrible estado psicológico que ha cundido entre quienes adversamos el régimen presidido por Hugo Chávez Frías. Por esto quiero dejar constancia de los siguientes hechos.

Pocos días después del 4 de febrero de 1992, el diario El Globo me publicaba artículo en el que asentaba contundentemente mi opinión de que la asonada de aquel día era un evidente abuso de parte de Hugo Chávez y sus secuaces de conjura. (El día 3 de febrero me había publicado asimismo, la víspera del golpe cuya preparación ignoraba, un artículo en el que por enésima vez exigía la renuncia de Carlos Andrés Pérez).

En 1994 escribí, a raíz del sobreseimiento de la causa de los prisioneros de Yare, que han debido cumplir, contra lo concedido por Rafael Caldera, la pena exacta que las leyes venezolanas preveían en materia de rebelión.

En desayuno al que fui invitado en plena campaña electoral de 1998 (en las oficinas de la agencia de publicidad J. Walter Thompson) dije al mismísimo Hugo Chávez, expositor de circunstancia, que el titular del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad, y no una logia de una decena de comandantes que sin ningún derecho juraran alzarse ante los restos de un decrépito y patriótico samán. En la misma ocasión le quise hacer entender que si insistía en glorificar su criminal aventura de 1992 no tendría ningún sentido establecer un diálogo al que me invitaba, tras mi declaración primera, en compañía de William Izarra.

El 19 de agosto de ese mismo año escribía, para el diario La Verdad de Maracaibo, un artículo en el que se estableciera, por primera vez de modo público, una comparación entre la figura de Chávez Frías y la de Adolfo Hitler.

En enero de 1999, ya electo Chávez, me permití decir en voz tan alta que llegó a todo el auditorio, y en su presencia a distancia de dos metros, que estaba completamente equivocado en su concepto constituyente, en acto convocado en La Viñeta.

Durante todo el transcurso de su desgobierno, por escrito, por radio, por televisión, he hecho explícita mi consistente oposición a sus ideas y sus métodos. El 25 de febrero de 2002, por citar un solo caso, propuse un procedimiento para abolir su régimen en conocido programa matutino televisado.

En síntesis, no me gusta el animal político que es Chávez, como tampoco simpatizo con su simple personalidad, porque rechazo el abuso y la idea de que alguien se crea con derecho a imponer su inconsulta voluntad a todo un pueblo.

Es constancia que expido, en el número centenario de esta comunicación política semanal, a petición de nadie. LEA

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