por Luis Enrique Alcalá | Jul 10, 2003 | Cartas, Política |

La política debe ser concebida como un acto médico. Es decir, en política lo realmente importante es, como en medicina, la salud del paciente. Y en política el paciente es la Nación.
No debiera prevalecer el poder sobre la autoridad, aunque éste haya sido el enfoque prevaleciente en Maquiavelo—»el fin justifica los medios»—y en la Realpolitik ejemplificada por el arquetipo de Bismarck.
Conozco dirigentes que logran articular un discurso moralista hacia fuera, como fundamento de una búsqueda facilista de la aclamación pública, y que sin embargo, en medio de una campaña y en privado, sostenían el siguiente principio de moral política: «Lo único inmoral es no ganar».
Son ejemplo clásico de la ya ineficaz postura política conocida como Realpolitik: la política «realista». Su argumento límite va así: «A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la práctica es todo aquel que no me está subordinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para emplear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. Lo único inmoral es no ganar.»
El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pueblos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la Realpolitik.Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el relevo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiendan, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernantes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la «política realista». También le ocurre a los pueblos que en ocasiones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios.
Existen políticos que en efecto hacen prevalecer el poder sobre la autoridad. Un caso muy ilustrativo e ingenuo es el de un político que reunió a varios de sus amigos en su casa para manifestar, con cierta antelación, que deseaba ser presidente de su país en el siguiente período de gobierno. Se le ocurrió a alguien preguntarle por lo que haría en la presidencia y decirle que la respuesta contestaría de una vez por qué debería elegirlo el pueblo. La respuesta del autocandidato fue la siguiente persuasiva pero nada convincente declaración: «Aquel presidente que se rodee de gentes tan capaces como ustedes será un gran presidente.»
Años más tarde, ya inminente candidato, volvió a buscar el consejo de quien así le había hablado, a pesar de que éste le había recordado el problema y lo había calificado de «poderoso emisor de señales políticas, que no de significados políticos.»
Después de varias horas de conversación, el futuro candidato escuchó de su interlocutor la siguiente frase: «Yo creo que si la improvisación fuese admisible yo sería mejor presidente que tú.» El aludido pensó un segundo y contestó, en sorprendente buen humor y en demostración de su rapidez de recuperación: «Estoy de acuerdo, pero tú tienes que reconocer que yo tengo muchas más posibilidades que tú.»
Ese político consideraba que el poder conque contaba debía prevalecer sobre la idoneidad y la autoridad del otro. Pero es claro que en la medida en que una situación sea grave, la necesidad del predominio de la idoneidad sobre el poder se hace ineludible.
Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento. La junta médica que pueda opinar debe hacerlo pronto, y debe también descartar, responsable y claramente, las proposiciones terapéuticas que no conduzcan a nada, las que no sean más que pseudotratamientos, las que sean insuficientes, las que agravarían el cuadro clínico, de por sí extraordinariamente complicado, sobrecargado, grave.
Así, se vuelve asunto de la primera importancia establecer las reglas que determinarán la escogencia del tratamiento a aplicar. Fuera de consideración deben quedar aquellas reglas propuestas por algunos pretendidos médicos, que quieren hacer prevalecer sus tratamientos porque son los que más gritan, o los que hayan tenido éxito en descalificar a algún colega, o los que sostengan que a ese paciente «lo vieron primero». La situación no permite tolerar tal irresponsabilidad. No se califica un médico porque haya logrado descalificar a otro. No se convierten en eficaces sus tratamientos porque los vociferen, como no es garantía de eficacia el que algunos sean los más antiguos médicos de la familia. El paciente requiere el mejor tratamiento que sea posible combinar, así que lo indicado es contrastar los tratamientos que se propongan. Debe compararse lo que realmente curan y lo que realmente dañan, pues todo tratamiento tiene un costo. Es así como debe seleccionarse la terapéutica. Será preferible, por ejemplo, un tratamiento que incida sobre una causa patológica a uno que tan sólo modere un síntoma; será preferible un tratamiento que resuelva la crisis por mayor tiempo a uno que se limite a producir una mejora transitoria. Y por esto es importante la comparación rigurosa e implacable de los tratamientos que se proponen. Solamente así daremos al paciente su mejor oportunidad.
Esta prescripción, este modo de seleccionar la terapéutica, con la que seguramente estaríamos de acuerdo si un familiar nuestro estuviese gravemente enfermo, debiera ser la misma que aplicásemos a los problemas de nuestra sociedad.
Venezuela es el paciente. Es obvio que sus males no son pequeños. Ya casi se ha borrado de la memoria aquella época en la que nuestros medios de comunicación difundían una mayoría de buenas noticias, cuando en la psiquis nacional predominaba el optimismo y la sensación de progreso. La política se hace entonces exigible como un acto médico. En las condiciones actuales, en las que el sufrimiento es intenso y creciente, ya no basta que los tratamientos políticos sean lo que han venido siendo.
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 3, 2003 | LEA, Política |

Ha tenido alguna repercusión—circula profusamente una trascripción por los correos electrónicos—una entrevista hecha en Madrid en mayo pasado a Héctor J. Riquezes, quien fuera muy alto ejecutivo de PDVSA y varias de sus filiales hasta su jubilación en 1994.
Riquezes hace un negro pronóstico acerca del futuro de la otrora pujante empresa, censurando la vengativa conducta del gobierno chavista a raíz del paro iniciado en diciembre de 2002. Igualmente destaca cómo la meritocracia petrolera se vio asediada por el gobierno venezolano desde bastante antes de la llegada de Chávez al poder: «Como parte de este proceso gradual de destrucción del sistema de recursos humanos, el puntillazo se produce cuando un cambio de partido de Gobierno propugna un cambio total del Directorio de PDVSA. Era reconocido internamente que el cambio de los miembros del Directorio era lógico y oportuno, pero lamentablemente los nuevos directores que fueron designados por el nuevo partido de gobierno no figuraban en la lista de candidatos que PDVSA, respetando las pautas, tradición y procesos del sistema meritocrático, presentó a la consideración del Presidente de la República, único autorizado y responsable para hacer esas designaciones».
Pero también reconoce lo siguiente: «La nueva directiva de PDVSA, al confrontarse con una larga paralización nacional de actividades que prácticamente inmovilizó la industria petrolera y que respondía más a motivos políticos que laborales, reaccionó irreflexivamente y decidió terminar los servicios de cerca del 40% de su fuerza laboral de la industria petrolera, a sabiendas de que tal decisión incapacitaría a la industria para continuar operando con un aceptable nivel de eficiencia. Parecía un acto de sadismo, que antes de intentar una sanción que propiciara la rectificación de los parados se fue directo a la sanción máxima». Esto es, Riquezes comprende la estupidez revolucionaria, la vengatividad cruel de Chávez, Rodríguez Araque y Ramírez, pero también reconoce el carácter político del paro de la «gente del petróleo”.
En otras ocasiones hemos destacado en esta Carta que el derecho de rebelión—»un derecho indudable, inalienable e inanulable de alterar, reformar o abolir» un gobierno (Declaración de Derechos de Virginia, 12 de junio de 1776)—sólo pertenece a una mayoría de la comunidad. Por esto siempre hemos condenado como abusiva la intentona de Chávez y sus conjurados compañeros del 4 de febrero de 1992. Ahora bien ¿eran o son una mayoría de la comunidad los dirigentes de la Asociación Civil «Gente del Petróleo»?
De forma muy parecida al abuso de militares que empleen las armas de la república para rebelarse, los ejecutivos petroleros que ahora nos proponen una «red de energía positiva»—sin abandonar la mariana y virginal protección—tomaron decisiones sobre equipos e instalaciones que les había confiado la República para procurar un laudable objetivo político… abusivamente, puesto que la mayoría de la comunidad no les solicitó nunca tal cosa.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jul 3, 2003 | Cartas, Política |

Mientras Venezuela, en medio del canceroso episodio del chavismo y su cuadro general de insuficiencia política, vive su propia crisis, el planeta es testigo del grosero despliegue de un hiperpoder con vocación hegemónica: el de los Estados Unidos de Norteamérica. No contentos con intervenir brutalmente en Afganistán e Irak, con imponer reglas en el conflicto palestino-israelí, con enseñar los dientes a Irán y Corea del Norte, ahora se disponen a enviar tropas—un «equipo rápido» (fast team)—a Liberia.
La más antigua de las repúblicas de África, cuyo nombre alude a libertad, ha sido un constante campo de batallas civiles desde 1989, el año de nuestro «caracazo». Establecida en 1822 con población negra proveniente de los Estados Unidos y liberada de la esclavitud, siempre fue profundamente influida por la potencia norteamericana, al punto que el dólar estadounidense era su moneda y su propia capital—Monrovia—tomó su nombre del presidente James Monroe. Liberia alcanzó el status de república en 1847.
La influencia de los américo-liberianos se mantuvo incólume hasta 1980, cuando un sangriento golpe de Estado liderado por el sargento Samuel Doe se hizo con el poder. Nueve años más tarde la guerra civil hizo explosión. Siete años de combates dejaron 150.000 muertos, 700.000 emigrantes y más de un millón de desplazados. En 1997 Charles Doyle, uno de los líderes rebeldes de ese conflicto, fue elegido presidente de Liberia. Su elección no pudo reducir la violencia política, que ha recrudecido recientemente. Ahora George Bush considera que Doyle debe irse de su país para dar una oportunidad a la paz.
Hay que anotar que sobre los Estados Unidos se ha ejercido presión para que envíe tropas a Liberia como parte de una «fuerza de paz» . De hecho, Kofi Annan ha solicitado esto a Bush con insistencia, para que la fuerza de paz—unos 3.000 hombres de varios países africanos—»tenga mayor peso».
En este caso, entonces, al menos no se trata de una intervención unilateral norteamericana. (Liberia no tiene petróleo). No se trataría, sin embargo, de mucha tropa: unos 2.000 marines únicamente; muy poco si se piensa que todavía hay unos 10.000 soldados norteamericanos en Afganistán y 150.000 en Irak.
Pero en lo que sí se comportan los Estados Unidos como descarados hegemones es en su decisión de suspender su ayuda militar—incluyendo el adiestramiento—a 35 países que apoyan a la Corte Penal Internacional pero no han «exceptuado» a los Estados Unidos de eventuales causas en su contra por genocidio y crímenes de guerra. Según la agencia Fox News, los Estados Unidos, que son signatarios del pacto que creó la corte el año pasado, «temen que (el tribunal) pueda procesar causas políticamente motivadas en contra de sus líderes militares y civiles». La administración de Bush está muy dispuesta, naturalmente, a levantar las sanciones—que incluyen a Colombia y a seis países de Europa oriental—cuando los países en cuestión consientan en conceder bilateralmente inmunidad para los funcionarios estadounidenses. Ahora veremos si Uribe Vélez tiene pantalones y se resiste a esta torcida de brazo.
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Todos los días soldados norteamericanos acantonados en Irak, jóvenes que podrían hacer otra cosa, son atacados, heridos o muertos por focos de resistencia de comportamiento guerrillero, irregular. El país dista mucho de estar en calma, y Paul Bremer, el «administrador» de Irak nombrado por Bush ha solicitado más tropas, según reportan Reuters y The Philadelphia Inquirer (con desmentido del Pentágono que en todo caso admitió que el asunto es objeto de estudio).
Hace dos meses ya que George Bush II declaró concluidas (1º de mayo) las operaciones militares mayores en Irak. Hasta ahora no hay el menor rastro de armas nucleares, químicas o bacteriológicas, cuya presunta existencia fue, como todos sabemos, el pretexto para la invasión.
«No se debe permitir al dictador iraquí que amenace a América y el mundo con venenos, enfermedades y gases horribles y con armas nucleares». (George W. Bush, Cincinnatti, 7 de octubre de 2002). Hasta ahora nadie ha podido mostrar absolutamente nada que se parezca a lo descrito por Bush. En chiste que ha circulado por Internet, la Casa Blanca habría decidido suspender la tradicional búsqueda de huevos de Pascua en sus jardines, porque después de bin Laden, Hussein y las armas iraquíes de destrucción masiva, no necesita otra cosa que no pueda encontrar.
«Hemos sabido que Irak ha adiestrado a miembros de al-Quaeda en la fabricación de bombas, venenos y gases mortíferos». (Bush en el mismo discurso en Cincinnatti). Sobre esta denuncia Colin Powell dijo a las Naciones Unidas que tal adiestramiento había tenido lugar en un campo al norte de Irak. Como se evidenció más tarde para azoro de Powell, el área señalada resultó ser un sector patrullado por aviones de guerra de la coalición invasora y fuera del control del gobierno iraquí.
«Sí, encontramos un laboratorio biológico en Irak que las Naciones Unidas prohibían». (George W. Bush, comentarios en Polonia, 1º de junio de 2003). Expertos norteamericanos y británicos han desmentido esta afirmación en informe publicado la semana pasada. Según los ingleses, lo encontrado corresponde a lo que los iraquíes siempre dijeron que era: equipos para inflar globos meteorológicos que los propios ingleses habían vendido a Irak.
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Es lamentable que una gran república como los Estados Unidos, seguramente la presencia civilizatoria más admirable del planeta desde la época del Imperio Romano, que alojan el sistema judicial más desarrollado y democrático del mundo, se comporten ahora como un autócrata planetario que miente sistemáticamente y además pretende, a punta de chantaje, ser inmune a posibles procesos del Tribunal Penal Internacional de La Haya. Si se tratara de que un país debe ser invadido porque sea gobernado por una dictadura violadora de los derechos humanos y armada hasta los dientes con armas de destrucción masiva ¿por qué los Estados Unidos no invaden a China?
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El siglo XXI verá cómo el sueño de Dante Alighieri—un gobierno del mundo—llegará a realizarse. Lo ecológico, lo económico, la globalización de las comunicaciones, la pobreza planetaria, el crimen transnacionalizado, forzarán el establecimiento de un verdadero gobierno mundial, más allá de la ineficaz y costosa asociación de la Organización de las Naciones Unidas, diseñada para un mundo muy diferente al actual.
El gobierno mundial no puede ser impuesto por los Estados Unidos. Es posible y admisible que, como se daba con frecuencia en la Alta Edad Media, se reconozca que los Estados Unidos, entre los barones del planeta, ostente la distinción de primus inter pares. Lo que no puede aceptarse es su impunidad. Un esquema justo de polis planetaria requerirá, sin embargo, la cesación del gobierno del segundo Bush. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington fueron sin duda brutales, salvajes, psicopáticos. No pueden ser asimilados, sin embargo, a una dinámica bélica. Se trató, a escala hiperterrorista, de actos delictivos que debieron ser castigados como tales, mediante la acción policial—de una policía mundial que no tenemos todavía—y una corte penal—que ahora sí tenemos. Jamás con la brutalidad de un gigante militar y tecnológico que descarga su abrumadora ventaja sobre pueblos y naciones incapaces de defenderse.
La reelección de Bush no está garantizada, si se juzga a partir de un incipiente despertar crítico que pone al Partido Demócrata en posición ventajosa para la próxima campaña electoral. Es triste que aquí en Venezuela haya quienes creen que deben escribirle cartas a Bush, implorando su ayuda en nuestro problema con Chávez. Este problema es nuestro. No metamos en él a quien claramente abusa del mayor poder que ha conocido la historia.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 26, 2003 | LEA, Política

Después de que el ya famoso sargento técnico de destacado apellido indígena se refiriese a Fidel Castro como su «Comandante en Jefe» (Aló Presidente Nº 154 del 22 de junio) parecieran haberse abierto las compuertas de fallidos actos freudianos en relación con Cuba.
El caso del muy fallido acto de transmisión de los muy extraños actos del 24 de junio en el Campo de Carabobo—de los que se ha afirmado que contaron con la presencia de cubanos entre quienes desfilaban, aunque tal vez sólo eran enviados de Fidel algunos entre los guardaespaldas que en profuso número protegían a un presidente que antes se vanagloriaba de su libre contacto con el pueblo—fue complementado con el acto fallido de las palabras presidenciales que amenazaban con, no una, sino dos de las abusivas y aburridas cadenas de radio y televisión impuestas arbitrariamente por el gobierno, como modo de resarcirnos porque nos hubiéramos perdido la imprescindible transmisión del enésimo acto militar del aberrante período chavista.
«Y si hiciera falta en la noche otra cadena más, para que el pueblo todo vea cómo sus soldados están entrenados, alegres, dichosos, unidos más que nunca en nuestra historia, desde aquí con Bolívar al frente importando la nueva independencia venezolana», dijo Hugo Chávez Frías.
¿De dónde es que estamos importando una nueva independencia? ¿O es que Chávez, en un cuidadoso truco de provocación, empleó intencionalmente el gerundio «importando» en una acepción distinta para que pisáramos la proverbial cáscara de mango?
El Diccionario de la Real Academia Española—y no es que necesariamente Chávez acate la autoridad de este instrumento, pues seguramente preferiría un diccionario de la Social Academia Cubana—nos provee cuatro posibilidades.
La primera acepción de «importar» es la siguiente: «Convenir, interesar, hacer al caso, ser de mucha entidad o consecuencia». El diccionario aclara que en este caso el verbo es intransitivo; esto es, que no puede llevar complemento directo sobre el que recaiga la acción definida del verbo. Esta última observación no es otra cosa, dirá Chávez, que una sutileza gramatical sin importancia: «Yo lo que quise decir era que los soldados del pueblo, junto con Bolívar, convenían, interesaban, hacían al caso o son de mucha entidad y consecuencia a la nueva independencia de Venezuela».
Pero tal vez no sea eso lo que realmente quiso dar a entender el orador del caserío Los Rastrojos. La segunda acepción reconocida por la academia peninsular es ésta: «Hablando del precio de las cosas, valer o llegar a tal cantidad la cosa comprada o ajustada». En este caso, Chávez habría querido decir algo como que «la nueva independencia» tiene como precio a Bolívar y los soldados aludidos. Que para adquirirla es preciso desembolsar los sagrados restos del Panteón Nacional y los soldados que una falla técnica—sabotaje, seguramente—impidió mostrar en todo su patriótico esplendor.
Pero es que todavía hay un tercer posible significado. Tercera acepción: «Llevar consigo, incluir. IMPORTAR necesidad, violencia». (Los ejemplos tras las mayúsculas, así como las cursivas, son provistos por el DRAE. El autor de este análisis filológico no tuvo que ver con su selección). Si ésta fuese la acepción en la intención del orador, entonces uno debiera entender al vice Comandante en Jefe—dado ya que Castro es el número uno—como queriendo decir que los soldados del accidentado y marginante desfile—y por supuesto Bolívar—traen consigo, o incluyen, una segunda independencia para los venezolanos.
Y así llegamos al final. Cuarta y última acepción: «Introducir en un país géneros, artículos, costumbres o juegos extranjeros». Y esta vez el DRAE no provee instancias, por lo que tendremos nosotros que imaginar cuáles ejemplos serían pertinentes. Ya que se menciona juegos extranjeros ¿se refería Chávez a la importación, para exhibirlo, del bate quebrado y relleno de corcho de Sammy Sosa? ¿O se trata de costumbres, como la de fusilar, tras revolucionarios juicios sumarísimos, a quienes secuestren unidades de transporte para escapar a una opresión? ¿Se trata de importar artículos tales como guayaberas, o los géneros textiles empleados en su confección?
Finalmente, Chávez ha podido desplegar en tan admirable trozo de elocuente oratoria, toda su polimatía para obsequiarnos los cuatro significados de un solo trancazo. Me inclino a pensar, sin embargo, que es sólo la última acepción la empleada por el antiguo Comandante en Jefe. Para esto echo mano, tal vez con extrapolación exagerada, de una clave posiblemente monetaria en la oralidad presidencial. Se trata de recordar que Chávez no escribió las palabras analizadas; simplemente las dijo. El lenguaje oral no contiene la identificación de mayúsculas o minúsculas en las palabras y por tanto el divorciado (retirado) teniente coronel ha podido decir en realidad: «desde aquí con bolívar al frente importando la nueva independencia venezolana». Es decir, simplemente que pagaremos con nuestro maxidevaluado signo monetario. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 26, 2003 | Cartas, Política |

Hace casi exactamente veinte años que comentaba con un preparadísimo y noble ejecutivo venezolano, muy tristemente ya fallecido, mis planes de lanzar lo que sería mi primera publicación periódica por suscripción: el Informe Krisis.
Insistía yo en hablarle de las interesantísimas ganancias que tendría el negocio, pues le había convocado con la intención de interesarle en un aporte suyo al capital de trabajo requerido. Mientras yo trataba de mostrarle las generosas cifras en la hoja de cálculo de un vetusto software que se llamó «Multiplan», mi invitado se alejó del tema de mi interés para interpelarme: «Pero dime: ¿de qué vas a escribir?» Algo azorado le contesté: «Pues, de los procesos fundamentales de la crisis». (Nuestra conversación transcurría con posterioridad al ramalazo del famoso «Viernes Negro» de 1983).
No creo que fui capaz de contestar su siguiente pregunta, que fue: «¿Y cuando se termine la crisis de qué vas a escribir?»
Según esa cuenta llevamos ya 20 años seguidos de crisis y todavía no salimos de ella. Lo sorprendente, sin embargo, es que uno de los ejecutivos mejor formados, mejor informados y mejor intencionados de la segunda mitad del siglo XX venezolano, quisiera entender que los problemas de 1983—año del bicentenario del nacimiento de Bolívar y del juramento samánico-güerense de Chávez y compañía—no eran otra cosa que un mal episodio fugaz, pasado el cual el país retomaría su rumbo de progreso, que entre 1950 y 1978 fue la historia de desarrollo más prometedora de todo el planeta.
No debe creerse que tal apreciación es algo insólito. En un libro menos conocido y bastante más breve que su Democracia en América, Alexis de Tocqueville escribía: «Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto. Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar… es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos – hombres de Estado, Intendentes, los magistrados – hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (El Antiguo Régimen y la Revolución).
Algo así como los teóricamente mejor preparados ministros del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, que jamás imaginaron el «caracazo» de 1989, las asonadas del 92 o que su jefe tuviera que dejar antes de tiempo la Presidencia.
La crisis venezolana es ya una crisis madurada por más de veinte años de existencia. En lo económico llevamos 24 años de caída. En lo político, con la elección de Jaime Lusinchi, cuyo gobierno no podía ser distinto de lo que fue, la crisis se manifestó con claridad.
Ahora tenemos la crisis de Chávez. Es la más virulenta, la más violenta fase de nuestra crisis política. Por esa razón es capaz de enmascarar—por un tiempo—la crisis anterior, la crisis fundamental.
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La crisis de la política, antes que una crisis política. La crisis de la política misma. O si se quiere, la crisis del sistema político venezolano es, por sobre todo, una crisis del modo de hacer política, definida como el ejercicio de una profesión cuyo valor ético primario sea el deber de procurar las mejores soluciones a los problemas públicos. Y desaparecido Chávez esa crisis continuará irresuelta.
Es una crisis del paradigma político de la Realpolitik, que tantas veces hemos expuesto acá: el objeto de la política es acumular poder e impedir que otros lo hagan porque en caso contrario los otros lo harán e impedirán que yo lo haga. Debo tomar en cuenta que los adversarios juegan sucio y no puedo por consiguiente pretender que los derrotaré jugando limpio.
A la larga, una sociedad informatizada—y Chávez no podrá callar a todos los medios—aprenderá a exigir de sus sucesores una utilidad de soluciones a problemas públicos, y por tanto forzará un cambio al paradigma médico de la política: que el político procurará la salud de su comunidad con su aporte a la solución de problemas públicos.
¿Es que podemos afirmar que falta mucho para que ocurran «caracazos» a escala planetaria, continental o subcontinental? ¿Podemos decir que son imposibles? Por más que avancen las tecnologías del poder, el poder último es el de la humanidad, que perfectamente puede manifestarse en alteraciones del orden público a escala del mundo, como la misma tierra parece alterar el clima, la marcha de los océanos, el vulcanismo, en reclamo por nuestras agresiones. Pobladas simultáneas en las principales ciudades suramericanas tendrían efectos tan drásticos y extensos como los del Niño.
Y aprenderá también nuestra sociedad a despreciar los discursos perlados de nombres de soluciones, no de soluciones verdaderas: «Hay que reactivar la economía», «hay que erradicar la pobreza», «hay que crear empleo», etcétera, etcétera.
Los ciudadanos, inevitablemente, aprenderemos esas cosas. Todavía nos tomará un tiempo, pero vamos a aprender.
LEA
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