CS #47 – Apuestas atroces

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OnlineCasinoNews.com se presenta a sí mismo como un portal dedicado al juego por Internet: apuestas de casino, apuestas sobre eventos deportivos, datos de última hora, resultados, etc. El lunes de esta semana abría alborozado con la siguiente noticia:

«Según fuentes de Washington, reporta hoy Associated Press, el Pentágono está estableciendo un sistema en línea para un mercado al estilo de una bolsa de valores, o lo que algunos llamarían un mercado de futuros en línea. Lo interesante es que lo que en él se comercia no son acciones de compañías o productos, sino información de conspiraciones, rumores a los que especuladores anónimos apostarían para predecir ataques terroristas, asesinatos y otros «eventos nostradámicos». Los hipotéticos contratos a futuro en los que los inversionistas pueden comerciar pueden ir desde la probabilidad de que el líder palestino Yasser Arafat sea asesinado, hasta la de que el rey jordano Abdullah II sea depuesto, Corea del Norte emprenda un ataque nuclear u ocurra un ataque biológico sobre Israel».

Lamentablemente para el portal de juegos y los especuladores que ya se disponían a hacer fortunas con este novísimo mercado financiero, la inmediata y prácticamente unánime condena que tan peculiar idea generó en medios políticos norteamericanos forzó a los militares a abandonar el proyecto. El editorial de la edición de ayer del Boston Globe indica: «Algunos viejos búhos republicanos del Senado cancelaron ayer la locura. Pero hasta que John Warner, de Virginia, Presidente del Comité de Servicios Armados, persuadiera a sus contrapartes del Comité de Inteligencia y Asignaciones para que se le unieran en decir al Pentágono que desconectaran el mercado de futuros terroristas financiado por el gobierno, la administración Bush estaba en realidad planeando acicatear a los especuladores para que apostaran sobre la atrocidad de un nuevo 11 de septiembre».

El lunes los senadores demócratas Byron Dorgan (Dakota del Norte) y Ron Wyden (Oregón) destaparon la olla. Dorgan opinó que la idea era moralmente repugnante y grotesca, y preguntó: «¿Pueden ustedes imaginarse que otro país estableciera una casa de apuestas patrocinada por su gobierno a la que la gente pudiera acudir para apostar sobre el asesinato de algún político norteamericano?»

Después de la revelación, el Pentágono intentó infructuosamente que el asunto no pasara a mayores. No pudo, y los detalles comenzaron a filtrarse. El gobierno de los Estados Unidos había asignado 8 millones de dólares a la iniciativa y permitido que la organizase el almirante retirado John Poindexter, antiguo asesor de seguridad de Ronald Reagan. Poindexter se hizo famoso por mentir al Senado estadounidense en torno al escándalo Irán-Contras. De ésa se salvó porque contaba con una «inmunidad especial», parecida a la que ahora busca el gobierno de Bush para que sus funcionarios no puedan ser acusados por crímenes de guerra ante la Corte Penal Internacional. (El gobierno de Reagan, se recordará, había inventado un enrevesado esquema de financiamiento de los «Contras» nicaragüenses de Edén Pastora, que hacía pasar los fondos por canales del gobierno iraní de los ayatollahs. El patuque no pudo ser ocultado).

El miércoles había desaparecido de www.policyanalysismarket.org—la página en Internet en la que se listaba los eventos sobre los que el Pentágono quería se apostase—toda la información del programa. Ahora se obtiene una página en blanco. Si Dorgan y Wyden no hubiesen dado la alarma, las apuestas hubieran comenzado el próximo 1º de octubre.

Wyden explicó cómo se pensaba que funcionaría el asunto: «Por ejemplo, uno puede pensar con cierta anticipación que el primer ministro X va a ser asesinado, y así compra los contratos a futuro al precio de cinco centavos por cada participación. Mientras más personas crean que esa persona va a ser asesinada, el costo del contrato puede subir a 50 centavos.… Si se da el asesinato el pago es de un dólar por participación. En ese caso, quienes compraron a 5 centavos ganan 95. Los que compraron a 50 sólo ganan 50 centavos».

Para mañana viernes el Pentágono esperaba haber registrado a los primeros mil especuladores en este Policy Analysis Market que igualmente, al decir de los senadores, hubiera permitido el acceso de los propios terroristas: «Esto parece estimular a los terroristas a participar, bien sea para beneficiarse de sus actividades terroristas o para apostar en su contra con el fin de confundir a las autoridades de la inteligencia de los Estados Unidos».

……………

A comienzos de la década de los cincuenta, la Corporación RAND –el más grande y prestigioso think tank del mundo– había desarrollado la llamada técnica de «escenarios» y luego los «paneles Delphi». Ambas cosas eran métodos imaginativos para intentar ejercicios predictivos. El juicio de varios expertos, razonaba RAND, es preferible al juicio del mejor experto aislado. Ahora es la oficina de Conciencia Informativa sobre Terrorismo (Terrorism Information Awareness Office), perteneciente a DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) y dirigida por Poindexter, la que sostiene que los mercados especulativos son mejores predictores que los expertos.

Es posible que técnicamente DARPA tenga razón. A fin de cuentas, los mercados han comprobado ser predictores precisos para una buena gama de acontecimientos. Por otra parte, los analistas de políticas de think tanks como RAND tienden a adoptar una postura clínica que a veces raya en la total insensibilidad. (Por poner un solo caso: uno de sus más famosos miembros, el difunto futurólogo Hermann Kahn, acuñó el término «megamuertes»—como si se tratase de megahercios o megabytes—para escribir con facilidad la escala de tablas en su libro On Thermonuclear War. 1 megamuerte = 1 millón de muertes).

El invento de Poindexter, sin embargo, sobrepasa la imaginación de los peores horrores que Stephen King haya escrito. Ese delincuente internacional que, para obtener los fondos para financiar los contraguerrilleros nicaragüenses, vendió misiles a Irán—el mismo Irán al que se quiso combatir con el apoyo inicial norteamericano a Hussein, el mismo Hussein que ahora se persigue—resucitó después del 11 de septiembre de 2001 con una idea que, felizmente para los norteamericanos, fue derrotada por sus tintes totalitarios. Poindexter había propuesto el programa Total Information Awareness, diseñado para la identificación de terroristas potenciales mediante la compilación de dossiers electrónicos detallados sobre millones de ciudadanos.

En esta ocasión realmente sobrepasó los límites. El engendro del mercado de futuros atroces no se diferencia moralmente de esos degradados casinos que en Viet Nam admitían apuestas sobre el resultado de sesiones de ruleta rusa. La diferencia es sólo tecnológica y cuantitativa: el mejor conocimiento de Internet combinado con una población de especuladores que para enero de 2004 el Pentágono esperaba llegase a unos 10.000 apostadores.

La ironía alcanza ahora a Poindexter, pues ya se casan apuestas sobre el tiempo que le queda como funcionario del muy extraño y sórdido gobierno de George Bush hijo.

Algo está muy mal con la actividad política de estos días. La aberración de Chávez es correspondida con la corrupción de Berlusconi, el terrorismo colombiano y el de bin Laden, las truculencias de Bush y la desfachatez de Tony Blair, quien reconoce que tiene un «problema de imagen» sobre el que tiene que trabajar porque no ha «perdido en nada el apetito de poder».

No se trata de meras crisis políticas. Lo que está en crisis es la política misma. Aquí y en todas partes.

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LEA #46

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Las 2:08 p.m. de ayer miércoles. Muchos disparos. Cae muerto un concejal, asesinado dentro del ayuntamiento por un oponente político. El asesino muere, a su vez, a manos de un policía.

El viernes 18 de julio, meses de tensión política acumulada hicieron erupción, luego de que los parlamentarios discutieran agriamente por un punto de procedimiento: la oposición acusaba a la fracción gobiernista de intentar usar su mayoritaria aplanadora para aprobar legislación que no habían tenido tiempo de estudiar. La oposición rompió el quórum y el presidente de la comisión los mandó a traer con las fuerzas de seguridad del parlamento.

El gobernador de un estado grande, militante contrario al partido de gobierno, enfrenta ahora un referendo revocatorio de su mandato, a pesar de sus últimos intentos dilatorios del procedimiento a través de maniobras legales. La fecha para el referendo ha sido confirmada: el 7 de octubre de este mismo año.

……..

Pareciera que estas cosas pudieran ser de aquí, pero el lector avisado sabe que esto no es el caso. Ayer no mataron a nadie en ningún ayuntamiento venezolano, no tenemos noticia de que el mandato de ninguno de nuestros gobernadores vaya a ser revocado en octubre y tampoco de que Ameliach haya solicitado los servicios de la policía de Bernal o de la Guardia Nacional para meter en cintura a los díscolos diputados de oposición.

Las tres noticias provienen de los Estados Unidos. El gobernador de California, Gray Davis, es quien enfrenta la posibilidad creciente de la revocación de su mandato. El episodio con los congresistas ocurrió en Washington: el Presidente del Comité de Procedimientos, el republicano William Thomas, fue quien requirió el uso de la policía del Capitolio para sacar a los demócratas de ese comité de una reunión que sostenían en la biblioteca. Y ayer fue en los predios del City Hall neoyorquino donde el concejal James Davis cayó abatido por los siete disparos de una pistola .40 esgrimida por su oponente político, Othniel Askew. Davis, irónicamente, tenía una larga hoja de servicios, primero como policía y luego como legislador municipal, distinguida por sus esfuerzos para controlar la violencia en Nueva York.

En todas partes se cuece habas, pues. Y si no leamos lo que nos reporta Zenit, agencia católica de noticias desde Roma, en cable de hoy 24 de julio: «Diversos sectores sociales y políticos han comenzado a movilizarse en España para frenar el impacto de la telebasura que invade las cotas de programación tanto de la televisión privada como de la pública… Una de las medidas para lograrlo, secundada por varias entidades sociales y educativas, consiste en la petición de un Consejo Audiovisual que a nivel nacional actúe como un órgano verificador de la calidad de los contenidos, especialmente los dirigidos a niños y jóvenes».

Un agudo amigo recomienda que ventilemos este último tema, añadiendo que no conviene dejarlo solamente en manos de los medios de comunicación.

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CS #46 – Reparación de Caldera

Cartas

Los recientes quebrantos que aquejan la salud de Rafael Caldera Rodríguez me han llevado a repensarlo en tanto figura política. Personalmente no creo que tenga que agradecer nada del otro mundo a Caldera. De hecho, en los últimos años transcurrió entre ambos alguna corriente de velados disgustos mutuos. Por eso todo lo que tenga que agradecerle es a título de ciudadano. Acá creo sinceramente, y a pesar de que en mi personal evaluación pudiera tener razones de insatisfacción con él, que en tanto ciudadano tengo que agradecerle bastante. Creo que los ciudadanos de la República de Venezuela tenemos que agradecer mucho a Rafael Caldera

Se ha celebrado como «justicia histórica» que Rafael Caldera haya sido el Presidente de la República al momento del deceso del Pacto de Punto Fijo. Hoy en día, cuando algunas de las previsiones de este pacto—como la de elegir a un miembro del partido del Presidente Electo como Presidente del Congreso—se han repetido, no es tan claro que Punto Fijo haya muerto, por lo menos no totalmente. Si bien puede hablarse en Venezuela de un deterioro de las élites como causa última del fenómeno chavista, en los comienzos de nuestra democracia sus «componendas» se dieron entre los mejores hombres públicos del país, que asentaron bases democráticas tan firmes que han soportado eventos tan poderosos como el Caracazo, el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, la deposición constitucional de Carlos Andrés Pérez y la elección de Hugo Chávez Frías. Yo no creo, como se ha dicho, que «el juicio de la historia será muy duro con la ya triste figura de Caldera». Ni siquiera creo que Caldera exhibe una triste figura; creo que exhibe una figura dignísima. Y creo también que el juicio de la historia le será favorable en general, con una dosis variable de crítica ante algunos de sus procedimientos y algunas de sus decisiones.

Se ha repetido hasta el punto de convertirlo en artículo de fe que Rafael Caldera fue elegido por segunda vez Presidente de la República por el discurso que hizo en el Congreso en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992. Esto es una tontería. Caldera hubiera ganado las elecciones de 1993 de todas formas. Sin dejar de reconocer que ese discurso tuvo, en su momento, un considerable impacto, Caldera hubiera ganado las elecciones porque representaba un ensayo distanciado de los partidos tradicionales cuando el rechazo a éstos era ya prácticamente universal en Venezuela y porque venía de manifestar tenazmente una postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha.

De mediados de 1991 data una encuesta que distribuía la intención de voto entre los precandidatos de aquellos días de modo casi totalmente homogéneo. Rafael Caldera, Luis Piñerúa, Eduardo Fernández, Andrés Velázquez, absorbían cada uno alrededor del 20% de la intención de voto (con pequeña ventaja para Caldera) y un restante 20% no estaba definido o no contestaba. Se trataba de una distribución uniforme, indiferente, que a la postre iba a desaguar por el cauce calderista por las razones anotadas más arriba. Las elecciones de 1993 contuvieron dos ofertas sesgadas a la derecha en lo económico, la de Álvarez Paz y la de Fermín, y dos sesgadas a la izquierda, la de Velázquez y la de Caldera. Con este último ganó, si se quiere, una izquierda sosegada, puesto que los candidatos furibundos eran claramente Álvarez Paz y Velázquez, que llegaron detrás de los más serenos Caldera y Fermín. El pueblo no estaba tan bravo todavía.

Se ha dicho que la culpa de que Chávez Frías haya ganado las elecciones es de Rafael Caldera, porque el sobreseimiento de la causa por rebelión impidió la inhabilitación política del primero. Esto es otra simplista tontería. Al año siguiente de la liberación de Chávez Frías se inscribe una plancha del MBR en las elecciones estudiantiles de la Universidad Central de Venezuela, tradicional bastión izquierdista. La susodicha plancha llegó de última. Y la candidatura de Chávez Frías, a exactamente un año antes de las elecciones de 1998, no llegaba siquiera a un 10%. La «culpa» de que Chávez Frías sea ahora el Presidente debe achacarse a los actores políticos no gubernamentales que no fueron capaces de oponerle un candidato substancioso. Salas Römer perdió porque no era el hombre que podía con Chávez, y ninguna elaboración o explicación podrá ocultar ese hecho.

Caldera fue quien rehabilitó a los partidos de izquierda proscritos por Betancourt, con lo que se cerró el capítulo guerrillero de la década de los sesenta. Caldera fue quien sobreseyó la causa de los alzados de 1992, reinsertándolos, ya sin uniforme, dentro de la pugna civil. Caldera fue también quien tomó todas las previsiones para impedir la interrupción de la constitucionalidad, como pretendió hacerse poco antes de las elecciones de 1993.

Caldera fue objeto, al arranque de su gobierno, de los más despiadados y prematuros ataques por su postura en materia económica, resistente a las imposiciones paqueteras que se fundaban—otra vez el simplismo—en el dogmatismo neoliberal imperante. Resulta que ahora, no después que los venezolanos rechazábamos de todas las formas posibles tan simplistas esquemas, sino luego del desplome de las economías asiáticas, incluido el Japón, de la resistente gravedad económica rusa, del terrible proceso argentino, los propios economistas norteamericanos reconocen que el mundo no es tan sencillo como lo creía Fukuyama y que el Fondo Monetario Internacional ha estado evidentemente equivocado.

Seguramente Caldera es criticable en muchos sentidos, y seguramente sus altivos rasgos personales y su estilo de gobernar avivan la crítica, pero estoy seguro de que el juicio de la historia le tratará muy favorablemente. Por lo menos porque a quienes se investigó en relación con las conspiraciones de 1993 Caldera no los llevó, desnudos y en un camión de estacas, hasta Fuerte Tiuna, que es lo que algún ensoberbecido militar amenazaba hacer con él a las alturas de noviembre de 1993, si es que Caldera se negaba a reconocer el «triunfo» de Oswaldo Álvarez Paz en las elecciones que ocurrirían al mes siguiente.

Hasta Chávez Frías llegó a decir, en las primeras cuarenta y ocho horas después de su elección, que Caldera había evitado que el barco se hundiera y que «últimamente» su gobierno había venirlo manejando lo económico de forma acertada. Desde una mezquindad tan marcada como la de Chávez, ese reconocimiento a regañadientes tiene mucha elocuencia. Aunque Caldera seguramente preferiría que no fuese Chávez quien le defendiera.

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CS #45 – La fórmula Tuchman

Cartas

En otras oportunidades he tenido la posibilidad de desarrollar la idea de que la causa más importante de insuficiencia política es de orden paradigmático. Esto es, las nociones básicas y generales de nuestros políticos acerca de sus propios quehacer y campo. Son ellas las que explican su conducta; por tanto son ellas la causa de sus patentemente equivocadas acciones.

Una noción en particular es persistente en prácticamente todos nuestros políticos: la idea de que el pueblo venezolano es despreciable.

El concepto adopta variadas formas, y se expresa con fuerza variable en distintos discursos. Algunas veces simplemente emerge en la frecuente referencia a «las masas», claramente diferenciadas de una élite muy superior. Así, alguna vez escuché a quien hoy adelanta su candidatura presidencial decir, como explicación de nuestros problemas: «Es que nosotros somos, a lo sumo, el 2% de la población». Hablaba ante unas cuantas decenas de personas que él reconocía como de su misma clase. Allí, en confianza, exponía lo difícil que era que hombres como él, aristócratas, pudieran «gobernar sobre un país» con características similares al nuestro. Así se expresa la noción a través de alguien que pudiéramos llamar «de derechas», para usar la fórmula española. A través de un escuálido oligarca, si empleamos la terminología chavista.

Pero el propio Chávez carece del más mínimo respeto por el valor político de los Electores. Cuando comenzaba 1998 y la campaña electoral de ese año arrancaba definitivamente, el chavismo anunció que forzaría la convocatoria de una asamblea constituyente mediante un referendo originado en la iniciativa popular. Recogiendo firmas, pues. (La Ley Orgánica del Sufragio había sido objeto de una reforma por parte del Congreso de 1997, mediante la que se había introducido todo un nuevo título sobre referendos para consultar al pueblo sobre materias «de especial trascendencia nacional». La convocatoria podía hacerla el Presidente en Consejo de Ministros, el Congreso de la República o 10% de los Electores inscritos).

Más avanzada la campaña, cuando Chávez veía que triunfaría en las elecciones, se olvidó pronta y convenientemente de la recolección de firmas. Ya no necesitaba al pueblo para convocar a referendo sobre la constituyente, dado que como Presidente podría hacerlo directamente. En efecto, fue uno de sus primeros actos de gobierno. Tal vez recordemos que la primera formulación del decreto de convocatoria debió ser retirada y sustituida por otra, puesto que la redacción de la pregunta a los Electores era obviamente totalitaria. Chávez pedía que le dejásemos a él, solamente a él, la responsabilidad de determinar todo lo concerniente a la bendita asamblea constituyente.

Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional al tema programático es pues una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los Electores. La inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que «no está preparado para eso».

En un programa de radio dedicado al análisis político, hace pocos años, el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una «caja de conversión», cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: «Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debería hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque eso no lo entiende el pueblo-pueblo?» Mientras el conductor del programa contrargumentaba para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: «Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar».

En mi escueta experiencia las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y cuatro meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso.

Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos, declaró la «Guerra a la Pobreza», un conjunto de programas en el que el Headstart Program, destinado a proveer instrucción preescolar a niños de sus principales «ghettos» urbanos, era su programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente.

Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con «niños desaventajados»—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, «internalizaban el rol», como dicen los sociólogos, de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.

Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.

Y es que las élites no pueden tampoco reivindicar que son decisores impecables, que nunca se equivocan. Uno de los más importantes libros de Bárbara Tuchman—dos veces Premio Pulitzer de Historia—es, sin duda, «La marcha de la insensatez». (The March of Folly). Tuchman se refiere a la «insensatez política», que define como aquella situación en la que un agente de decisión pública insiste en meter la pata en presencia de reiterados consejos de que decida otra cosa. (Introducir el caballo de los griegos en Troya, por ejemplo). Luego del examen detallado de cuatro grandes casos históricos de insensatez política concluye, amargamente, que se trata de una regla y no de una excepción. Así, en el epílogo del libro, se pregunta qué podemos hacer para reducir la insensatez política, dado que nos afecta a todos.

Tuchman recuerda que Platón propuso una receta: tómese a unos cuantos niñitos de papá, aísleseles en una academia para educarles y pulirles. De allí saldrán los buenos gobernantes. Pero Tuchman era historiadora, no filósofa política, y lo que hace es regresar a la historia para constatar qué ocurrió cuando el récipe platónico fue llevado a la práctica: el cuerpo de élite de los genízaros en Turquía es uno de los casos que examina. Corrompidos, de generalizada práctica homosexual, sanguinarios, terminaron por asesinar el Sultán y dar al traste con el gobierno que los había creado. Así examina el caso del Civil Service inglés, el caso del Estado prusiano, etcétera. La conclusión de Tuchman es que la receta de Platón no constituye garantía contra la insensatez política.

Y entonces Bárbara Tuchman elabora una hermosa conjetura final, una conjetura profundamente democrática: «El problema pudiera no ser tanto uno de educar a los funcionarios para el gobierno como el de educar al electorado para que reconozca y recompense la integridad de carácter y rechace lo artificial».

No puede haber democracia sin demos, sin pueblo. Quienes nos decimos demócratas tendríamos que tener el mayor respeto por el pueblo. Un respeto auténtico, no demagógico y engañoso, como el de Chávez. O esto, o no llamarnos más nunca demócratas.

LEA

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LEA #44

LEA

La cosa está, como diría el vicepresidente Rangel, excesivamente normal.

Por una parte, los diputados a la Asamblea Nacional, tanto del gobierno como de la oposición, coinciden unánimemente en una cosa: en que sus contrarios son quienes impiden la designación del Consejo Nacional Electoral. Lo cierto es, no obstante, que no lo tenemos.

Aparentemente hay consenso sobre catorce de los quince nombres necesarios. En lo que se ha trancado el juego es en la designación del fiel de la balanza: el quinto miembro principal. Tan difícil está el asunto que ahora el diputado Maduro (de apellido) se refiere al innombrado como «el marciano» o «la marciana».

La postura de los diputados de la oposición no deja de ser razonable a este respecto. El quinto miembro no debe ser una ficha del gobierno, como tampoco se pretende que se elija a un claro opositor. La dificultad reside en encontrar, linterna de Diógenes en mano, a este ser impoluto y sin compromisos, aceptable para ambas partes.

Los diputados del gobierno se han mostrado dispuestos, por su lado, a nombrar «parcialmente» a los catorce nombres acordados, y dejar para más adelante la elección del quinto en discordia. Algo así como abonarle al Tribunal Supremo de Justicia un pago parcial por deuda pendiente, a ver si este órgano renueva el plazo de vencimiento.

Mientras tan diligente cuerpo legislativo se eterniza en la dilucidación de un punto que debió resolver hace dos años, el resto del país sigue su curso normal. No hay dólares de CADIVI. (El fino y bien hablado ministro de Agricultura—tercero en el ranking de elegancia castellana, superado sólo por Chávez y Acosta Carles—convertido ahora en vocero económico más autorizado que el manchado Nóbrega, reconoció desfachatadamente que la represión de las divisas estadounidenses obedece a razones políticas. Según él, si se suelta la bolsa de dólares habrá golpe de Estado. De todos modos ofreció esperanza: en sesenta o noventa días el régimen de cambio será «flexibilizado»).

En materia de salud los médicos cubanos elaboran «métodos»—que no récipes—con los que recetan dosis para adultos a infantes; en lo tocante a libertad de expresión se expide boleta de búsqueda para Ibéyise Pacheco y se arremete contra Patricia Poleo en Barinas; en política petrolera salvajes hordas—en defensa de la Constitución—atacan a ex empleados petroleros en sus casas; otras hordas, esta vez capitalinas, saludan el deceso del Cardenal Velasco, en representación del Presidente de la República ausente de las exequias.

Ante tanta normalidad, la comisión del Parlamento Europeo que hoy concluye su visita nos dejó una recomendación que brilla por su creatividad e indudable utilidad. Que dialoguemos y encontremos una solución pacífica a la crisis. ¿Para qué vinieron?

LEA

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