LEA #50

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¿Será por necesidad de llamar la atención, como niño malcriado, como enfant terrible, que Chávez no firmó en el Sur el documento que varios presidentes—notablemente entre ellos Luis Inazio Da Silva—refrendaron en apoyo a la política antiguerrillera de Uribe Vélez? ¿O será más bien que se trata de ineptitud pura, de mera y terca incapacidad?

Lo cierto es que jamás se puso Chávez en peor evidencia: nunca un alejamiento suyo había sido tan marcado, tan solitario e inoportuno, tan revelador. Pero Uribe, que ya ha mostrado en sus visitas a este país, en sus entrevistas con nuestro mandatario que sabe—como muy pocos—picarle adelante a Chávez, ha vuelto a comprometerlo.

Esto declaró Uribe a su llegada a Bogotá desde el Paraguay: «La semana pasada le decía a Chávez, le dije: Presidente, deja de preocuparte tanto por la política de seguridad en Colombia, hazles saber a las FARC que si están muy aburridos con ella, que conmigo negocian en cinco minutos».

Realmente se necesita presencia de ánimo para decir algo así a quien había negado mezquinamente su apoyo al presidente colombiano en su lucha contra el terrorismo en su país. Se necesita un carácter muy fuerte y al mismo tiempo muy apacible para decirle a Chávez que es amiguito de la guerrilla en Colombia.

¿Se quedará Chávez con esa? Probablemente coja seña esta vez de su Vicepresidente, el cínico mayor del régimen, que comentó: «‘Si ese hecho es cierto, si la información se corresponde con un planteamiento del presidente Uribe al presidente Chávez—y advierto que quien debe pronunciarse al respecto es el Presidente de la República cuando llegue al país desde Argentina—en todo caso tiene que haber alguna motivación para que el presidente Uribe le confiriera un papel importante al presidente Chávez en función de facilitador de la paz en Colombia, y eso no es raro porque el presidente Chávez, ya durante la gestión del presidente Pastrana, facilitó muchos encuentros entre las FARC y el gobierno de Colombia, en territorio colombiano o venezolano».

Rangel eleva la bajísima condición reconocida por Uribe en Chávez—la de correveidile de unos terroristas—a la dignidad de «facilitador». Una verdadera alquimia política.

La banderilla, sin embargo, Rangel, está colocada en el morrillo del toro de Sabaneta. Tal vez pique e irrite demasiado y por eso, como muchas otras veces, quizás el zaherido presidente le contradiga y desautorice con algún altanero comentario. Esperemos «Aló Presidente» del próximo domingo.

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CS #50 – Se busca estadista con moto propia

Cartas

Hace dos días que un foro interactivo en Internet sobre Venezuela—en Latin American Advisor—preguntaba a personas como Diego Arria o Michael Skol sobre el destino del sistema político en Venezuela, en ocasión de cumplirse la mitad del actual período constitucional. Uno de los participantes fue Robert C. Helander, Socio Administrador de InterConsult LLP. Su aporte fue tan certero como escueto: «Parece que la oposición no ha podido reunirse alrededor de un candidato viable que pudiera unirla contra Don Hugo. Hay un viejo adagio en política que dice que no se puede derrotar a alguien con nadie». (You can’t beat somebody with nobody). «Hasta que no haya un candidato con suficiente perfil para ser viable, Venezuela probablemente lo pasará mejor pateando la lata del referéndum por el camino. De otra forma Chávez muy bien pudiera resultar electo para sucederse a sí mismo. Desde esta perspectiva parece que la astucia de Chávez ha superado la de sus enemigos. Ni los Estados Unidos ni la OEA parecen poder—¿o querer?—forzar el punto. ¡Pobre Venezuela!»

Hace un poco más de dos días, exactamente el 3 de abril de este año, que esta Carta recordaba una recomendación de Alfredo Keller a mediados de 1998, en plena campaña electoral: «Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato». Preguntábamos entonces en esa edición (Nº 30): «¿Qué quería decir Alfredo Keller? Pues que Salas Römer no era gallo para Chávez, pero como no había tiempo para descubrir y postular a esas alturas a un candidato distinto, había que descubrir y promover a quien pudiera hacer por Salas el trabajo que él no podía y no pudo hacer».

Las intuiciones de Keller y Helander apuntan en la misma dirección. Lo que se ha necesitado, y nunca se ha tenido, desde que Chávez se hizo candidato de temer ha sido un contendor que pueda superarlo. Todavía hoy es lo que se necesita.

A fin de cuentas, ya está «resuelto» el problema de cómo salir de Chávez; ya toda organización opositora conviene ahora que el camino a intentar es el del referendo revocatorio: el camino que siempre Chávez señaló; el que estuvo allí desde el 15 de diciembre de 1999, desde que una Constitución que produjo una Constituyente que Chávez convocó y compuso entrara en vigencia. Es ahora cuando la dirigencia opositora ostensible logra ver el referendo revocatorio como la solución, a cuatro años casi de la posibilidad, y luego del inmenso desastre de abril de 2002 y el demencial paro de fines de ese mismo año. No pareciera que esa dirigencia tuviera una mirada penetrante.

Y es justamente ése el requisito que Alexis de Tocqueville exigía en los «hombres de Estado». Resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

Hay que decir lo que nos cuesta poner en palabras: la dirigencia reunida en la Coordinadora Democrática, a pesar de sus méritos, no está ofreciendo lo que se necesita. Entre lo que se necesita está el problema fundamental de encontrar a quien encarne, con la visión que Tocqueville exige, un pensamiento político fresco, que trascienda la limitación del discurso de Acción Democrática, COPEI, Primero Justicia, la Gente del Petróleo, Queremos Elegir, la unipersonal Asamblea de Ciudadanos de Maxim Ross, etcétera, etcétera.

Interesantes estudios de la firma Greenberg-Quinlan-Rosner Research Inc.—encargados por Empresas 1BC—han mostrado cómo la mayoría de los venezolanos parecemos querer un proceso político bastante diferente de aquellos que los «dirigentes» del mundo de la Coordinadora han terminado por aceptar, a veces a regañadientes, como los cauces preferibles. Sería útil hacer un diagrama de posicionamiento de los «líderes» visibles respecto de los temas consultados por la encuestadora norteamericana. Al menos mediríamos así el grado real de sintonía de ese «liderazgo» con la psiquis colectiva venezolana.

Fue precisamente la crisis de la política venezolana—en realidad una crisis de la Política misma en tanto profesión—la que trajo la anticrisis de Chávez. Es muy difícil que la solución a esta última provenga de los mismos estilos, las mismas prácticas y técnicas que originaron lo que ahora vivimos.

Y es que la causa profunda de las carencias no es la mala voluntad de ninguno de los que criticamos. Nadie puede poner en duda que han dedicado esfuerzos y mucho trabajo en la tarea de combatir la «Quinta República». Pero no se trata de eso. No basta, como parece proponer Enrique Mendoza «trabajo, trabajo y más trabajo». Es preciso «una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro». Y esto sólo es posible desde un paradigma político diferente.

No hay nada misterioso en ello. Se trata tan sólo de ya no pensar la Política como la actividad de obtener poder e impedir que el contrincante obtenga poder—en lo que Chávez ha demostrado ser un experto—sino como, sencillamente, el arte, la profesión o el oficio—el métier—de resolver problemas de carácter público, de satisfacer necesidades de las poblaciones humanas.

Claro, no es probable que algún actor inmerso en política—»la política es así»—pueda abandonar sus protocolos habituales, su costumbre operativa, para acceder a un punto de vista diferente: clínico.

Es perentorio, por consiguiente, buscar por otros lados. Si la población permite la continuidad de la política de poder y no es capaz de forzar la admisión de los actores necesarios será muy difícil salir de Chávez, no digamos conducir una transición eficaz al hipotético término de su mandato.

Los febreros venezolanos pueden llegar a ser políticamente muy significativos. En febrero de 1985 alguien escribía: «Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores. Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos».

El cibernetista británico Stafford Beer, refiriéndose a Inglaterra, apuntó en Platform for Change (1975): «Nuestro problema se debe a que los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».

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CS #49 – Solón y Cafreca

Cartas

En la primera mitad de la década de los años setenta nació, vivió y murió una de las empresas más exitosas de toda la historia económica de Venezuela. La empresa en cuestión duraría, a lo sumo, unos tres o cuatro años en operación. Luego, desapareció sin dejar rastro. La aparente contradicción entre éxito y desaparición se resuelve al comprender que la disolución de la empresa estaba prevista desde sus comienzos, pues había sido diseñada para ejecutar una única misión y disolverse al término de la misma. Esta empresa se llamó Cafreca (Cambio de Frecuencia, C.A.). El caso Cafreca guarda dos lecciones importantísimas para cualquier intento de conversión o reforma institucional. La primera de ellas es la de la cesación planificada de actividades del agente de cambio una vez que éste se ha completado. La segunda lección es que el cambio es mejor administrado por un ente que se especialice precisamente en cambiar, no por los actores que cotidianamente deben administrar el sistema que deba ser modificado.

Cuando las empresas de generación y distribución eléctrica en Venezuela llegaron a la conclusión de que la coexistencia de frecuencias eléctricas diferentes—50 Hz y 60 Hz—hasta en distintas zonas de una misma ciudad, imponía costos e ineficiencias engorrosísimas, tomaron la sabia decisión de no intentar cada una por separado—CADAFE, La Electricidad de Caracas, Luz Eléctrica de Venezuela, Enelvén, Enelbar, etc.—la conversión y estandarización requerida. Decidieron que un solo agente de cambio se ocupara del asunto.

Ahora el país, en su gran mayoría, percibe que el referendo revocatorio del mandato de Hugo Chávez Frías es la salida «pacífica, democrática y constitucional» para la actual crisis política. Pero resulta que cada fuerza política o civil pareciera que debe acometer por separado el asunto de la convocatoria del referendo y la motivación de la población a votar. En el mar de minúsculos actores que es la oposición formal venezolana, cada quien hala para su lado, cada quien quiere recoger nuevas firmas, cada uno quiere capitalizar para sus fines lo que intuyen como rédito político: ser identificado como el San Jorge que finalmente mató al dragón de Chávez. Acción Democrática, por ejemplo, ha anunciado la operación «ARDE» (Acción Revocatoria Democrática Electoral), denominación que naturalmente incluye los términos «acción» y «democrática», como para que no quede duda de su protagonismo. Por su parte, la «gente del petróleo» pretende lavar el estruendoso fracaso de su paro suicida con una «Red de Energía Positiva»—bendita, se asegura, por la mismísima Virgen María—que se dedica a la recolección de firmas y al establecimiento de una red de varios niveles para coordinar la participación de la población. La asociación civil Súmate, por su parte, insiste en que deben ser entregadas al Consejo Nacional Electoral aún por nacer, las firmas recogidas el pasado 2 de febrero, aunque pesen dudas sobre la redacción del instrumento en el que fueron estampadas y consistentemente las más recientes encuestas indiquen que ahora una mayor proporción de la población firmaría nuevamente.

Cada uno de estos actores puede tener la mejor de las intenciones, y seguramente sus desperdigados esfuerzos pueden fundarse sobre razones legítimas. El punto es que con tal dispersión se corre el riesgo, una vez más, de morir en el intento.

Lo inteligente y lo responsable, por tanto, es crear una Cafreca del revocatorio: una única autoridad ejecutiva para gerenciar el asunto, la que deberá desaparecer una vez culminado con éxito el trabajo. Que sea esta entidad la única que declare sobre el punto, la que conduzca una estrategia única, la que no pueda capitalizar el éxito porque por diseño esté prevista a desaparecer.

……………

Posiblemente sea el más venerable modelo político de la historia el caso de Solón de Atenas, de quien pudiera decirse que presidió una operación de cambio de frecuencia en la política de su ciudad-Estado. Sin duda hay rasgos admirables en lo hecho por Napoleón, por Churchill, por Bolívar, por Julio César, por Pericles. Pero Solón les supera en un rasgo insólito.

Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años—fueron escritas en tabletas giratorias de madera y arcilla y colgadas por toda la ciudad—y entonces ¡abandonó el poder!

Solón, habiendo terminado su tarea, como Cafreca, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta. Desprovisto de apetencias por un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.

……………

Suponiendo que efectivamente el referendo revocatorio se produzca, que éste ocurra antes del 19 de agosto de 2004, y se genere por tanto la falta absoluta del Presidente de la República antes de cumplidos los cuatro primeros años del período, deberá elegirse un nuevo presidente para completar el lapso constitucional. (De producirse la revocación con posterioridad a la fecha mencionada no habría elecciones, y entonces el poder recaería en el Vicepresidente por lo que reste de período).

Tienen razón quienes opinan que el inmediato e hipotético sucesor de Chávez debe comprometerse a no participar como candidato en las elecciones de 2006, cuando haya concluido el presente período constitucional.

No otra cosa, entonces, que un Jefe de Estado al que se le confíe como misión la tarea solónica de cambiar la frecuencia de nuestro Estado, y que se apoye en un Jefe de Gobierno (Vicepresidente) que se ocupe de lo táctico y lo cotidiano, sería garantía de que la necesaria reingeniería tenga lugar. Y, como a Solón, debiera buscársele entre quienes tengan, no sólo las calificaciones técnicas, profesionales y biográficas precisas, sino la vocación solónica de querer ser, más que presidente, un ex presidente. Esto es, que una vez cumplida en breve plazo—un par de años—la misión Cafreca, abandone el cargo para que se reingrese a la administración normal dentro de un nuevo Estado construido en el lapso de una administración extraordinaria.

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CS #48 – Mi amigo El Chacal

Cartas

Isabelle Coutant Pierre es abogada de nacionalidad francesa. Es también de estado civil casada. En agosto de 2001 contrajo nupcias en París, proverbialmente la ciudad del amor, con un ciudadano venezolano: Ilich Ramírez Sánchez, El Chacal.

Según Associated Press, la abogada Coutant ha iniciado ahora gestiones ante el gobierno venezolano para la repatriación de Ramírez Sánchez a nuestro país. Coutant no se limita a su muy limitado—por razones obvias—papel de esposa, sino que actúa como defensora del terrorista convicto y condenado a cadena perpetua por tribunales franceses. Al decir de la solícita consorte, el pobre Chacal está ilegalmente detenido en una cárcel de la Ciudad Luz y además es retenido en la compañía de asesinos y gente maluca en general.

No importa que nuestro más famoso terrorista aborigen haya sido encontrado culpable de haber matado a dos agentes secretos franceses y a un informante libanés en 1975. En declaraciones a El Nacional, Mme. Coutant de Ramírez Sánchez, de visita en Caracas, indicó: «El gobierno de Venezuela tiene la obligación, por leyes internacionales y la Convención de Viena, de brindar asistencia y defender los derechos de sus ciudadanos».

Asimismo quiso inscribir el problema dentro de una lucha contra el poder omnímodo de los Estados Unidos los que, al decir de la abogada, ejercen presión sobre Francia para impedir la repatriación del delincuente internacional a Venezuela: «Las presiones estadounidenses son muy firmes, y es el momento de que Venezuela demuestre que no es una república bananera».

¿Por qué cree madame Coutant de Ramírez Sánchez que sus gestiones ante autoridades del gobierno venezolano pudieran rendirle frutos? Pues porque nadie menos que el Presidente de la República tuvo a bien expresar su solidaridad con El Chacal en el mismo arranque de su terrible gobierno.

El 3 de marzo de 1999, a escasos 31 días de haber asumido la jefatura del Estado, un Chávez epistolar había considerado importante escribir, en algún delirio de madrugada, una amistosa misiva a su compatriota Ilich. Era la época del Chávez escribidor de cartas, el alucinado autor de una comunicación a la Corte Suprema de Justicia en la que declaraba sin ambages, pero notablemente farragoso e incoherente, su postura totalitaria: «Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado».

Era la época en la que se esforzaba por ser aceptado y tenido como culto, con constantes alusiones a un Montesquieu cuyo nombre pronunciaba erróneamente, con el empleo de palabras altisonantes que repetía para demostrar su pretendida elegancia castellana. En la carta a Ramírez Sánchez decía, por ejemplo: «El Libertador Simón Bolívar, cuyas teoría y praxis informan la doctrina que fundamenta nuestra revolución, en esfíngica invocación a Dios dejó caer esta frase preludial de su desaparición física: ¡Cómo podré salir yo de este laberinto…!» En cambio decía a la Corte Suprema: «…valoración que informa las pulsiones óntico-cósmica, cosmo-vital y racional-social inherentes al jusnaturalismo y su progresividad, pero también la interpretación de los deberes actuales y futuros en cuanto al mandato preludial de la actual Constitución». Se ve que el adjetivo «preludial» le parecía elegante, y que su empleo, creía él, le reportaría la admiración de los venezolanos, o al menos el respeto de los Magistrados.

Esto no es vicio exclusivo de Chávez. De cuando en cuando alguna palabra portentosa se hace de uso frecuente en el argot político nacional. Así, por ejemplo, el término «protagónico» ha sido vulgarizado hasta la náusea, como también el cognomento de «atrabiliario». (Hace nada una de las ministras del presente régimen lo usó de un modo totalmente erróneo, pues lo empleó con sentido positivo, siendo que la palabra significa «de mal o violento carácter», dado que etimológicamente se refiere a la condición de «bilis negra»).

«Obsoleto y periclitado», acuñó entre otras muchas frases Rómulo Betancourt, un neologista consumado. (Después de su discurso nuestra humilde arepa se elevó a la categoría de «multisápida»). Y es que hay políticos que se especializan en la grandilocuencia: Herman «Tumultuario» Escarrá es un caso notable, como lo eran David Morales Bello y el propio Jaime Lusinchi, o Manuel Certad por el lado copeyano. (Alguna vez éste increpó al director de debates de una asamblea de la Organización Demócrata Cristiana de América llamándolo «jeque omnímodo, hombre orquesta de esta asamblea»; en otra ocasión regaló unas frutas a una joven dama que pretendía con una nota alusiva a las «cucurbitáceas» que dejaba en amorosa ofrenda).

Más allá de lo pintoresco de estos personajes, la comunicación epistolar de Chávez en 1999 era profundamente preocupante. Su carta a El Chacal cierra con la siguiente admonición: «Con profunda fe en la causa y en la misión, ¡por ahora y para siempre! HUGO CHÁVEZ FRÍAS».

En oportunidad en que esa carta fuese objeto de generalizada crítica Chávez se defendió: «Esto no implica una solidaridad política. Es simplemente una solidaridad humana. Todo ser humano merece respeto sea la causa por la que esté pasando». Lo cual no parece condecirse con la alusión a una «causa» y a una «misión» sobre las que ponía su fe, sobre todo teniendo en cuenta que más tarde Ramírez Sánchez se expresaría elogiosamente de Osama bin Laden y de los ataques hiperterroristas del 9 de septiembre de 2001, al mes de haberse casado con madame Coutant Pierre.

Por otra parte, Chávez dista mucho de emplear la solidaridad que predica con la gente del petróleo, con Carlos Fernández, con el general Alfonso Ramírez, con los familiares del «Cura» Calderón.… Su «solidaridad» siempre ha estado muy sesgada: a favor, por supuesto, de tiranos y terroristas. Sus «pulsiones óntico-cósmicas» siempre son a favor de opresores, de violentos, de asesinos; del «señor» Gouveia, de los «héroes» de Puente Llaguno, del «prócer» Acosta Carles.

No en vano madame Ramírez viene a Caracas a concertar un intento gubernamental por liberar a El Chacal, a quien Chávez recomendaba confiar y esperar, pues vendrían los tiempos de «de dar calor a la revolución o de ignorarla; de avanzar dialécticamente uniendo lo que deba unirse entre las clases en pugna o propiciando el enfrentamiento entre las mismas, según la tesis de Iván Ilich Ulianov». Es decir, Lenin, en memoria de quien Ramírez fuera bautizado.

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LEA #47

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Lo que parecía insuperable ha sido superado. La reciente disertación del Comandante General del Ejército sobre el posible referendo revocatorio del mandato de Hugo Chávez, rastrera, mediocre, insincera, ya no es la última palabra militar sobre el asunto.

García Carneiro habló, al menos, vestido de civil. Tal vez este atuendo haya agravado la evidente incomodidad que se manifestaba en su lenguaje corporal, clarísima señal de la inseguridad que acompaña al mentiroso aficionado.

Pero Eugenio Gutiérrez, Comandante General de la Guardia Nacional, habló sobre el referendo en uniforme de campaña y flanqueado por los oficiales superiores de su fuerza. Y no es que haya dicho algo mucho más grave que lo expresado por García Carneiro—de hecho, si es que esto es posible, Gutiérrez se revela como bastante menos inteligente que su colega del Ejército—sino que lo dijo con obvia satisfacción. Gutiérrez se divertía.

Que un oficial armado investido con su responsabilidad haya declarado sobre territorio exclusivamente político, y se permitiera despreciativas opiniones acerca de la oposición venezolana, es el más patente signo de la degradación que Hugo Chávez ha logrado introducir en nuestras fuerzas armadas.

La aparente valentía del hombre armado e insolente ante civiles no es otra cosa que cobarde abuso de su ventaja. Es ésa la enseñanza que Chávez deja a los hombres de armas. Que no vale el esfuerzo profesional tanto como un arrastrado acatamiento a su delirio totalitario.

Hoy puede un alemán, aun después de Hitler, sentirse orgulloso de su linaje nacional. Pero antes tuvieron los connacionales de Goethe y de Beethoven que aprender a superar su vergüenza, a construir una nueva república sobre las ruinas del holocausto nazi. Nosotros, ahora, sentimos vergüenza de Chávez; sentimos vergüenza por los García Carneiro y los Gutiérrez, brutos armados que siguen un guión de película barata y vil. Después de ellos la vergüenza nos durará hasta que logremos cambiarla por los logros de una patria en sus cabales.

No va a ser fácil limpiar a nuestras fuerzas armadas de la polución chavista que las ha contaminado. No será tan fácil contar con ellas cuando Chávez impida, como dictador que es, la expresión constitucional de la voluntad popular. Ésta va a tener que expresarse supraconstitucionalmente.

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