CS #54 – De Armas tomar… su contrición

Cartas

Es sorprendente constatar cómo es que en estratos presuntamente ilustrados y avisados de la oposición venezolana se acepta con la mayor ligereza y superficialidad a figuras políticas inconvenientes por el simple hecho de que se opongan a Chávez, incluso cuando se trata de quienes, hasta no hace mucho, estuvieran enchufadísimos en el proyecto chavista.

Este es el caso, por ejemplo, de Alejandro Armas, en quien algunos han querido ver un posible «presidente de transición» en caso de que finalmente se lleve a cabo la revocación del mandato del actual presidente. (Es decir, para completar el período a la hipotética cesantía de Chávez).

En una reciente presentación ante un grupo de ilustres ciudadanos en Caracas, Alejandro Armas tuvo que defenderse de un ataque no muy velado de uno de los circunstantes, quien argumentó más o menos del siguiente modo:

«Don Alejandro, usted ha mencionado el tema del presidente de la transición, y ha señalado algunos rasgos deseables en esa figura. Tal vez convendría también especificar algunos de los rasgos que no debiera tener. Uno de ellos es que haya participado por un tiempo significativo en el proyecto de Chávez y lo haya aupado, por cuanto ese proyecto estuvo perfectamente claro desde 1992, y quedó más claro todavía durante la campaña electoral de 1998, y clarísimo también desde que comenzó a gobernar. Por tanto, quienes hayan incurrido en un error tan grueso como el de equivocarse con Chávez, demostraron cabalmente poseer, al menos, poca claridad y visión poco penetrante, que son seguramente dos defectos que no debiéramos tolerar en el presidente de tan difícil transición. Por poner un caso, Don Luis Miquilena ha reconocido que se equivocó al apoyar a Chávez, que está arrepentido y que ahora procuraría hacer todo lo que estuviera a su alcance para que su mandato terminara cuanto antes. Esa actitud podría reconocérsele y hasta admirársele, pero seguramente Don Luis no debiera ser jamás considerado como posible figura de transición, por la razón apuntada».

……………

Se cuenta que en una ocasión el Rabino de Londres conversaba con Sigmund Freud—que moriría en esa ciudad en 1939—y decidió confiarle: «Herr Professor Freud, anoche nos preguntábamos en la sinagoga quién era el judío más notable de nuestra época, y me alegra decirle que pronto acordamos que esa persona era usted». A lo que el fundador del psicoanálisis repuso rápidamente: «Pero Rabino, perfectamente ha podido ser usted el elegido». Y el rabino, con mayor rapidez aún, contestó: «¡No, no, no, no, no, no, no, no!» Freud sentenció entonces: «Rabino, un solo no hubiera sido suficiente».

Esta anécdota viene a la mente porque, aunque el discurso del comienzo se refería específicamente a Luis Miquilena y Armas aseguró no estar pensando en sí mismo como presidente de la transición, dijo demasiados noes, y dedicó unos veinte minutos a justificar su posición como «chavista democrático».

Por ejemplo, para ilustrar cómo se había diferenciado del régimen puso el siguiente ejemplo: «En 1999 el presidente Chávez tuvo conmigo la amabilidad de pedirme una lista de nombres que yo creyera debían estar en la Constituyente. Yo le llevé una lista con los nombres de veinte personas. Ninguna de ellas, sin embargo, fue aceptada, porque el criterio que privó fue el de la incondicionalidad ante el régimen».

A pesar de esto, el diputado Armas, hoy del partido Solidaridad, electo en lista del MAS (que apoyó a Chávez), ex miembro de la Dirección Nacional del MVR, estuvo apoyando a Chávez en 1999, en 2000 y en 2001, tres años completos sin contar el año de la campaña electoral de 1998 y los comienzos de 2002, pues no se separó del proyecto chavista hasta que su mentor, Luis Miquilena, fuese destituido de nada menos que el Ministerio de Relaciones Interiores en enero de este último año.

Todavía después de los trágicos acontecimientos de abril del pasado año, Don Alejandro no estaba muy seguro, porque contestaba a Roberto Giusti (El Universal, 12 de mayo de 2002) del siguiente modo:

¿Quieres decir que Chávez sigue siendo el mismo?

—Las señales son equívocas. Él ha declarado que sigue siendo el mismo.

Entonces las señales no son nada equívocas.

—La presencia de José Vicente en la Vicepresidencia le ha permitido dar, en los últimos días, algunos pasos importantes hacia la búsqueda, ojalá sincera, del diálogo».

Y un poco más adelante:

«—En caso de llegarse al referendo revocatorio, ¿por cuál opción trabajarías?

—Mi esfuerzo está concentrado en que se dé esa posibilidad. Ahora, si el país vota por el referendo, ya ése sería un pronunciamiento.

¿Para la salida de Chávez?

—Mi discurso es claro. Proponemos la reducción del período y acercar la posibilidad del referendo revocatorio.

Es decir, fuera Chávez.

—Es decir, vías constitucionales para resolver los conflictos políticos. No se trata sólo de la salida de Chávez. Con él se pueden hacer los cambios si es capaz de conseguir nuevas maneras de gobernar.

¿Sigues esperando un cambio de Chávez?

—Estoy obligado a abogar por la esperanza.

Esa esperanza existía en quien no había visto, tal vez, que a las 48 horas de asumir el poder el presidente Chávez exaltaba la dudosa—más bien criminal—gesta del 4 de febrero de 1992 en vistoso desfile militar en Los Próceres. O que en su primera alocución desde el Salón Ayacucho en febrero de 1999 indicase a un empresario de medios que su vida corría peligro al ofrecerle un auto blindado que el gobierno pondría a la venta. O que en la primera versión—revertida por lo groseramente totalitaria—del decreto para un referendo consultivo sobre la posibilidad de elegir una Constituyente, Chávez quisiera preguntar algo como lo siguiente: «¿Está Ud. de acuerdo en que yo y sólo yo decida todo lo que hay que decidir en materia de Asamblea Constituyente». Como tampoco, quizás, se percató de la muy precoz preferencia del Sr. Chávez por el tirano de Cuba, las guerrillas colombianas y el pobre preso parisino que apodan El Chacal.

Si Don Alejandro no fue capaz de ver tan evidentes signos—muestra pequeñísima del muy largo prontuario del Presidente—formando parte del íntimo círculo del chavismo ¿qué profundidad de visión, que sabiduría política de su parte pudiera reivindicar y garantizarnos?

Pero no hay necesidad de alarma. El chavista democrático—contradictio in terminis—Alejandro Armas ha asegurado que no le desvela el insomnio de ser presidente transicional, por más que se haya presentado, como en campaña, a la reunión mencionada en compañía de su señora esposa, de su menor hijo y escoltado por dos personas que parecen sumarse a su proyecto, cualquiera que éste sea: Diego Bautista Urbaneja y María del Pilar (Pilarica) Iribarren de Romero, ex copeyana herrerista de dudosas y cuestionadas ejecutorias como ministra.

Así que Don Alejandro sólo quiere ahora salir de Chávez. Ya se le acabó su larga equivocación de unos cuatro años de duración y su esperanza. Quienes andan a la desesperada búsqueda de un líder, ante la evidente ausencia de quien pueda verdaderamente revolcar conceptual y políticamente al tumoral Chávez, que piensen en otro nombre. Don Alejandro no pierde el sueño con semejante pretensión.

Queda esperar, eso sí, que no vuelvan a darse irresponsables y súbitas escogencias. Por ejemplo, que no se argumente que Manuel Cova –poseedor, sin duda, de más de un mérito– sea postulado como el salvador porque—lo hemos oído en círculos parecidos al atendido por Armas—su color de piel lo identificaría con «el populacho».

Cuando el coronel Soto fue infructuosamente perseguido por la Avenida Boyacá, y terminó exaltado como héroe en la Plaza Francia de Altamira, la misma noche de su fugaz exaltación un locutor preguntó por la radio a un entrevistado: «Fulano, ¿crees tú que el coronel Soto es el líder que la sociedad civil está esperando?»

Es indudablemente positivo—y puede reconocerse su valentía—que personas que participaron en elevadas posiciones en el desgobierno de Hugo Chávez Frías hayan finalmente descorrido el velo que les impidió percatarse de la brutal y obvia realidad chavista. El general Rosendo, el general Guaicaipuro, el comandante Arias Cárdenas—que en aberrante impunidad política llegó a ser apoyado como candidato presidencial porque «era cuña del mismo palo»—, Don Luis Miquilena, Don Alejandro Armas, Jorge Olavarría, por mencionar unos cuantos notables. Bienvenidos a la claridad, aunque sea tardía. Lo que no pueden pretender es que se les reconozca como los líderes que puedan conducir el Estado venezolano o el movimiento civil que terminaría dando al traste con el tiranoide criminal y alucinado del 4 de febrero. LEA

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LEA #53

LEA

Parece ser que el menor incendio que ocurriera en la sede del Consejo Nacional Electoral puede ser atribuido al azar, por más que poco antes de la combustión electricistas del Centro Simón Bolívar hubieran estado hurgando precisamente los tableros y líneas que detonaron el minisiniestro.

Parece ser que el hecho fue fortuito a pesar de que, justamente en momentos cuando el humo salía en pesadas columnas de las oficinas del Poder Electoral, una turba chavista vociferaba ante las puertas del organismo, y un procaz Gruber Odremán, en evidente procura de resurrección en el favor del líder de la revolución, y megáfono temporalmente en mano—después, aseguró, le daría otro uso—pescueceaba como líder aparente de tan oportuna manifestación.

A juzgar por las recientes decisiones de un nuevo programa de Televén («¿Quién tiene la razón?») que ha dado incomprensible espacio a nadie menos que Lina Ron, posiblemente veamos al ex golpista almirante retirado en pantalla, o al marido de la iracunda chavista, que el martes insultó y escupió a guardias nacionales que resguardan la sede del CNE.

La inconsistencia es privilegio de quienes se dicen revolucionarios. Chávez exige, cuando le conviene, acatamiento a la Constitución y las leyes. Se le olvida, en cambio, que las mismas exigen el respeto a la autonomía de los poderes cuando ejerce las más groseras e indebidas presiones sobre las autoridades electorales, como antes sobre el Tribunal Supremo de Justicia y otras instancias judiciales.

¿Puede extrañar a alguien, entonces, que la quema del CNE hubiera sido un acto intencional? Hay quien ha recordado uno de los primeros actos de Adolfo Hitler, cuando era flamante Canciller de Alemania en 1933: el incendio del Reichstag que iniciaran las camisas pardas de Röhm, su secuaz, y que sirviera de pretexto para ilegalizar a los partidos que pudieran hacerle oposición.

Creo que la comparación, si bien explicable, es injusta con la memoria de Hitler, que era un hombre eficaz y un hombre serio. Si se proponía incendiar el edificio del parlamento alemán lo incendiaba de verdad.

En cambio, una presunta operación intencional para destruir las firmas del 2 de febrero, hubiera sido una operación torpemente ejecutada, como los intentos de detener al coronel Soto en la Cota Mil o al general Rosendo en Los Palos Grandes, como el fallido allanamiento a las instalaciones de Súmate en Boleíta o las ridículas inspecciones judiciales al mismo Consejo Nacional Electoral.

El dibujo que Chávez hace de sí mismo como déspota totalitario e insolente, ha dado paso a un grabado de surcos cada vez más profundos, tanto ha repasado las líneas del retrato. Nadie puede sostener sin cinismo que Hugo Chávez es un demócrata.

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CS #53 – Súmate a Súmate

Cartas

En 1974 moría el ingeniero civil brasileño Júlio César de Mello e Souza, insigne pedagogo matemático. Bajo ese nombre, sin embargo, era conocido sólo por los círculos de amigos y colegas universitarios. En cambio, por el seudónimo de Malba Tahan que asignaba a un presunto escritor árabe—de Mello se empeñó en construir una detallada biografía del mítico autor—fue conocido por millones de lectores. Como Malba Tahan escribió «A la sombra del arco iris», «Cuentos del desierto» y la inmortal obra «El hombre que calculaba».

En este libro, vendido por millones en el mundo entero, se relata la vida de un calculista árabe que respondía al nombre de Beremís Samir, cuya fama fue creciendo a medida que resolvía magistralmente problemas que la gente le planteaba. Su prestigio llegó, finalmente, a los oídos del Califa, quien le invitó a su palacio para someterlo a las pruebas que formularon los más grandes sabios del reino. La última de éstas fue la más difícil.

Se presentó a Beremís un grupo de cinco esclavas con el rostro cubierto por un velo y se le dijo que algunas tenían los ojos negros y otras los tenían azules, y que las de ojos negros siempre decían la verdad, mientras las de los ojos azules siempre mentían. Beremís Samir debía decir exactamente cuál era el color de los invisibles ojos de cada una de las esclavas, pudiendo hacer sólo tres preguntas a las veladas mujeres.

El calculista se aproximó a la primera de las esclavas y preguntó: «¿De qué color son tus ojos?» Una exclamación de horror cundió por la atestada sala del palacio donde se celebraba la prueba, pues la esclava contestó en chino. Todos pensaron que Beremís estaba destinado a fracasar en esta última y más importante de las pruebas, pues habría desperdiciado ya una de las escasas y valiosísimas preguntas.

La narración indica que el protagonista, por lo contrario, aprovechó la «equivocación» y la usó para dilucidar el difícil acertijo. (Por un lado, Malba Tahan asegura que Beremís conocía el chino; por el otro, y aparentando estar desconcertado por la respuesta, el astuto calculista preguntó a la segunda de las esclavas, como en busca de aclaratoria: «¿Qué fue lo que dijo tu compañera?» En realidad, sólo podía haber sido una respuesta: «Tengo los ojos negros», pues si en verdad los tenía de ese color diría la verdad y si, en cambio, tenía los ojos azules, mentiría y entonces también diría que los tenía negros).

Es así como el ilustre calculista aprovechó un aparente error para reponerse y salir, finalmente, airoso de una prueba diseñada para derrotarlo.

——–

El Consejo Nacional Electoral se apresta para rechazar por inválida la solicitud de referendo revocatorio del mandato presidencial que fuera refrendada por un poco menos de tres millones de electores el pasado 2 de febrero. En justificación de su decisión estipulará las reglas para una solicitud válida.

Como le aconteciera a Beremís, esta respuesta en chino del CNE será, sin duda, lo mejor que puede pasarle a la oposición venezolana, pues un segundo firmazo sabrá atenerse estrictamente a las estipulaciones emanadas de las autoridades electorales, y esta vez no habrá forma de invalidar la solicitud. Con sus exigencias procedimentales para el referendo revocatorio, Chávez Frías continúa dando vueltas a la soga que él mismo se ha puesto al cuello; complaceremos esas exigencias en exceso.

Las investigaciones de Greenberg, Quinlan, Rosner Research arrojan los siguientes resultados: 91% de quienes dijeron haber firmado por el revocatorio asegura que volvería a hacerlo en todo caso pero, además, un 46% de quienes no firmaron en esa ocasión indica que lo haría ahora en una segunda oportunidad. En consecuencia, un segundo firmazo debe concitar un número abrumador de firmas y sería de hecho un referendo anticipado: el verdadero referendo vendría siendo casi un mero trámite formal.

Es bueno que la oposición enmiende sus errores. El firmazo del 2 de febrero, se recordará, fue un increíble ejercicio ciudadano y un estupendo esfuerzo de la Asociación Civil Súmate, pero su foco no estuvo claro, ni concentrado en el único objetivo del revocatorio presidencial. Convocado a raíz de que el referendo consultivo—previsto para el mismo 2 de febrero—fuese detenido por decisión administrativa del Tribunal Supremo de Justicia, contó con no más de tres semanas de preparación—lo que habla muy bien de la eficiencia de Súmate—y se trató en realidad de un «combo» de muy variadas opciones, no de una convocatoria única a revocar el mandato de Hugo Chávez.

Ahora tendremos, por tanto, la posibilidad de volver a hacer la tarea o, si se quiere, de ir a examen de reparación. Tenemos que sacar una nota de 20 en esta ocasión. Todo está dispuesto para que éste sea el resultado, y por fortuna contamos con la muy seria y valiente organización de Súmate para un nuevo firmazo. A la tercera va la vencida: luego de la frustración del consultivo frenado y de la inminente declaración de invalidez sobre el firmazo del 2 de febrero, el tercer intento tendrá éxito y de paso servirá para recalentar la presencia de una mayoritaria oposición en la calle.

Pero como tendremos éxito en solicitar el revocatorio, como éste se celebrará, y como el resultado ineludible será la revocación del mandato, un nuevo y acuciante problema deberá ser resuelto y, de nuevo, Súmate será la pieza clave de la solución. Revocado el mandato de Chávez antes del 19 de agosto de 2004, tendremos que elegir un nuevo presidente en un lapso no mayor de treinta días posteriores a la falta absoluta del Presidente.

Esta elección determinará quién, entre los ciudadanos postulados, deberá completar el período que concluye el 19 de agosto de 2006. Se trata, por consiguiente, de un lapso breve y extraordinario, conformado por los hechos con el carácter de un período de transición.

Un amplio consenso ciudadano a este respecto se encuentra en construcción: además de los obvios rasgos de un perfil ideal—capacidad, honestidad, etcétera—los venezolanos estamos exigiendo que el presidente de la transición sea una persona sin ataduras partidistas—independiente, outsider—que no pretenda reelegirse en las elecciones de 2006, que sea un candidato único, que venga determinado por las bases y no por un cogollo, ni siquiera impuesto por el ampliado conciliábulo de una atribulada y dividida Coordinadora Democrática.

Que sea independiente y que no pretenda reelegirse son condiciones harto razonables que se exigen a quien requerirá el mayor apoyo posible durante el difícil lapso de la transición. Que sea único conviene en unas elecciones a las que tal vez podría presentarse el mismo Chávez, que aun disminuido pudiera ganar en un escenario de múltiples candidatos de oposición. (Iván Rincón Urdaneta, luego del extraño caso de la supuesta alteración de una sentencia que invalidaría la candidatura de un Chávez revocado, ha observado que la Constitución invalida explícitamente a los diputados a quienes se les revocara su condición, no así en el caso del Presidente o los ejecutivos estadales y municipales. Dicho sea de paso, este adelantamiento de opinión sobre cosa en teoría no juzgada, debiera conllevar la inhibición de Rincón Urdaneta en el punto, o su recusación por el mismo hecho).

Que el candidato sea seleccionado por los ciudadanos, y no por una cúpula negociadora, es una condición que aseguraría el triunfo y la sintonía de los electores con esa candidatura. Sería un contrasentido que en una época en la que la participación ciudadana se ha exacerbado, en la que grandes sacrificios le han sido exigidos a la ciudadanía, viniera a determinarse un candidato único en forma cerrada, en transacciones indecibles y a espaldas del pueblo.

Este problema tiene una sola solución: la celebración de elecciones primarias para la determinación del candidato. Es este objetivo uno en el que la ciudadanía debe centrar sus reclamos y exigencias sobre una dirigencia opositora que, por razones discutibles o legítimas, está constitucionalmente impedida de producir una solución conveniente.

Y esas primarias deberán ser lo suficientemente abiertas a la participación de actores sin aparato partidista. Que se presente a los electores una gama amplia para la escogencia; que se permita la emergencia de actores no convencionales.

A la cesación de Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato la constitución de entonces estipulaba que el Congreso tendría que escoger al sucesor. La elección de segundo grado era el procedimiento pautado, y así los congresistas de entonces eligieron a Ramón J. Velásquez. Hoy las condiciones son distintas: la Constitución ordena que sea el pueblo, en elección directa, universal y secreta, quien determine al sucesor. En consonancia con esta disposición, nada asegurará mejor las probabilidades de una transición exitosa que unas elecciones primarias para determinar el candidato de consenso.

Y allí está Súmate, lista, técnicamente suficiente, claramente imparcial, para organizar esas primarias. Después del segundo y último firmazo, ésa será la tarea que le tocará realizar. A Súmate, todo nuestro apoyo.

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CS #52 – Lo político es primero

Cartas

John Haldane, fallecido en 1964, fue un notable científico de Inglaterra, biólogo, genetista, así como un editor de criterio bastante izquierdista. (Fue el director del diario comunista The Daily Worker y miembro del Partido Comunista Inglés). Esto no le impidió advertir en un certero trabajo sobre el tamaño adecuado de las cosas, que las estructuras preconizadas por el socialismo no podrían funcionar en países del tamaño de los Estados Unidos o de Rusia: «Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca». (J.B.S. Haldane, On Being the Right Size.)

Si tal cosa fuese cierta, complementariamente podría sostenerse como corolario que hay escalas requeridas para el sano funcionamiento de un pleno libre mercado. Es decir, que las sociedades pequeñas, especialmente por estar inmersas en un mercado mundial globalizado, encuentran dificultades serias para aplicar a rajatablas un esquema de libre mercado. (Chile es, por ahora, una excepción, mientras que Argentina, México y Venezuela, han experimentado todas graves problemas después de aplicar, en grado variable, las reglas del llamado Consenso de Washington).

La población de Venezuela tal vez no revista la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.

El nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas.

La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, la integración económica, pues estableció el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación. (Artículos de la Confederación, 1776). En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina, sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.

Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: España primero, luego Francia, Inglaterra, Alemania… No era fácil para los estados europeos aceptar el hecho de una integración política, sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas. Inmediatamente después de echarse tiros durante seis años de guerra mundial, no era fácil que un continente en el que se habla una veintena de idiomas diferentes pudiera ir más allá de la tímida proposición, primero, de la Comunidad del Carbón y del Acero. (1946). Poco a poco fueron los europeos evolucionando, a mercado común, a comunidad económica y, ahora, a una comunidad política.

El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta -hasta difícil- aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.

Al mes siguiente de estos hechos, Milton Friedman, el Premio Nóbel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago (nadie más opuesto a las inclinaciones de Haldane), se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Las razones para una integración política pueden ser, pues, de raíz económica, sobre todo si las políticas económicas sobre las que se ha puesto tanta esperanza han fracasado rotundamente.

América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. (La Enciclopedia Británica, venerable publicación de la Universidad de Chicago, trata a América del Sur como continente separado). Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.

Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad.

Los planteamientos terapéuticos que han preconizado nuestra integración en Latinoamérica o, más limitadamente, en el bloque andino, han partido de una postura describible en los términos siguientes: la unidad política es el desiderátum final pero no es asequible en estos momentos; por esto es necesario iniciar el proceso por la integración económica y el estímulo a la integración cultural. Es así como se suceden las «misiones culturales de buena voluntad»: enviamos a Yolanda Moreno a danzar por el continente y a la Orquesta Sinfónica Juvenil a dar conciertos; es así como establecemos «supercordiplanes» al estilo del SELA o los órganos del Acuerdo de Cartagena.

Lo equivocado está en suponer que la integración económica es más fácil que la integración política. Esto no es así. La actividad económica tiende a presentar, como rasgo predominante de su proceso, el carácter de lo competitivo. Difícilmente puede entonces conducirnos a la integración efectiva, sobre todo si cada componente de los pactos de integración económica se comprende a sí mismo como portador de una vocación perenne de Estado independiente.

La integración a la que debe procederse lo antes que sea posible es la integración política. La integración económica vendrá entonces por sí sola, con el proceso casi automático de la acomodación de las unidades productivas, lo que es mucho más sano y flexible que las integraciones económicas forzadas a partir de burocracias tecnocráticas, que si han fracasado dentro de los límites nacionales, con mayor certidumbre fracasarán en el intento de manejar entidades de escala superior.

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CS #51 – Licitación política

Cartas

La confusión de la herramienta con el fin explica mucho de los resultados de la política nacional. La discusión pública venezolana ha agotado ya los sinónimos castellanos del término conciliación. Acuerdo, pacto, concertación, entendimiento, consenso, son versiones sinónimas de una larga prédica que intenta convencernos de que la solución consiste en sentar alrededor de una mesa de discusión a los principales factores de poder de la sociedad. Nuevamente, no hay duda de que términos tales como el de conciliación o participación se refieren a muy recomendables métodos para la búsqueda de un acuerdo o pacto nacional. No debe caber duda, tampoco, que no son, en sí mismos, la solución.

Por otra parte, el método mismo tiende a ser ineficaz. Los ideales de democracia participativa, la realidad de la emergencia de nuevos factores de influencia y poder, han llevado, es cierto, a la ampliación de los interlocutores de las «mesas democráticas» de las que debe salir el ansiado «acuerdo nacional». La oposición de intereses en torno a una mesa de discusión difícilmente, sólo por carambola, conducirá a la formulación de un diseño coherente. Es preciso cambiar de método. Y es preciso cambiar el énfasis sobre la herramienta por el énfasis en el producto.

Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, «participativamente», se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de una imagen-objetivo del país. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice» (1968) es una descarnada exposición a este respecto.

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Quesenberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

Las consideraciones anteriores llevan a la cuestión de la forma más democrática de conducir las licitaciones políticas. Por lo expuesto, se entiende que la producción de una imagen-objetivo requiere el concurso profesional de pequeñas unidades, de un número reducido de cerebros pensando en el tema como problema complejo, interconectado. En los Estados Unidos se emplea el término think tanks para referirse a esas unidades compactas. Tal vez una buena traducción sea la de centros de política aplicada. ¿No hay acá un riesgo de aristocratización del proceso político?

En 1991 fue publicado el libro The Idea Brokers: Think Tanks and the Rise of the New Policy Elite, escrito por James Allen Smith. Allí se encuentra una evaluación según la cual los think tanks norteamericanos se han alejado del público y, según él, de los propósitos de los patrocinantes originales, que esperaban que esas organizaciones de política aplicada sirviesen para educar al público y para proveer bases libres de valores desde las cuales se pudiera juzgar la eficacia de las políticas públicas. Los think tanks se limitan, por regla general, a comunicarse con los miembros de las élites, mientras el público permanece ausente de los debates.

Contra este «gobierno de expertos» alertaba Woodrow Wilson: «¿Qué nos espera si va a ocuparse científicamente de nosotros un reducido número de caballeros que serían los únicos en comprender las cosas?» O como lo pone John H. Fund: «Las políticas públicas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los expertos».

La invención política, naturalmente, no puede ser coto exclusivo de centros de política aplicada, pero es obvio, según el análisis del punto anterior que tampoco puede esperarse que surja coherentemente de una deliberación colectiva. La salida al problema estriba en que los «brujos» se entiendan a sí mismos como responsables ante la «tribu» y no únicamente ante los «caciques». Es decir, que el producto de sus análisis tenga carácter público.

La comunicación entre «brujos» y «caciques» es no sólo necesaria, sino el cauce habitual para tramitar y ejecutar la invención política. Toda organización, incluyendo acá las organizaciones biológicas, exhibe una estructura de «cogollo», como han debido comprobarlo ya las organizaciones políticas de reciente cuño, que han surgido con el pretexto de suplantar las viejas organizaciones por «cogolléricas». Todas han terminado por generar sus propios cogollos.

De modo que el problema no reside en negar el hecho incontestable de que cualquier organización requiere un órgano de dirección y que éste debe estar compuesto por un número reducido de personas. El punto está en si ésta es una aristocracia cerrada o una aristocracia abierta al «demos»: una aristodemocracia.

En una concepción clínica de la política, esto es, en una política entendida como actividad de carácter médico, el político no es el «jefe» del pueblo. Es un experto que de todos modos debe someter al paciente la consideración del tratamiento. El que debe decidir en última instancia si se toma la pastilla es el pueblo. El político debe limitarse a ser el ductor del aparato del Estado. Elegimos un jefe de Estado, no un jefe de los venezolanos.

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