Nuestra bandera sonríe cuando la vemos patas arriba
Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar hasta un punto en el agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando…
Julio Cortázar, Rayuela
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En Francia primero, con la idea de futuribles promovida por gente como Bertrand de Jouvenel (1960) y antes (1957) Gaston Berger con su Centre d’études prospectives; en los Estados Unidos poco después, por ejemplo desde el Hudson Institute (1961) dirigido por Herman Kahn, la futurología y los futurólogos han tenido un espacio importante en las discusiones de la política grande.
Uno entre los futurólogos más atinados y exitosos es, sin duda, John Naisbitt, cuyo libro Megatendencias de 1982 se mantuvo dos años seguidos en la lista de bestsellers del Times de Nueva York, la mayor parte del tiempo en el primer lugar. Naisbitt estableció un laboratorio de análisis de eventos sociales microscópicos a nivel local: sus asistentes revisaban miles de periódicos de pequeñas localidades en los Estados Unidos, en busca de noticias acerca del nacimiento de lo que pudiera convertirse poco después en una tendencia que se generalizara. Con este método, pronto descubrió que había ciudades, a veces insospechadas, o estados que consistentemente eran pioneros en el uso de alguna práctica social; lo que se hacía al comienzo en ellos, se diseminaba luego de un cierto rezago al resto del país. California, por caso, era uno de esos bellwethers—así se llama a la oveja líder de un rebaño, a cuyo cuello se ha colgado una campana—que presagiaban con su conducta aquello que más tarde se convertiría en uso nacional.
La primera vez que pensé en las posibilidades de Venezuela como a bellwether Nation, capaz de un rol precursor en la innovación política, fue en 1986, con la escritura deDictamen[1], mi primer atrevimiento explícito como médico-político. Me parecía entonces que faltaba tiempo para que la evidente insuficiencia política[2] de entonces hiciera crisis; que ese tiempo podía emplearse en una deliberación sosegada que diera origen a una especie nueva de organización política, dentro de la que fuera posible hacer una política distinta, suficiente. No veía que fuera constitucionalmente imposible a los venezolanos innovar políticamente antes de que sociedades más fuertes e influyentes lo hicieran.
Somos un municipio del planeta. El mundo está por constituirse políticamente. El substrato de esa nueva polis existe: la hipótesis de James Lovelock llega a pensar la Tierra como un ente viviente, como una sola célula. Una gigantesca célula cuyos organelos interdependen ecológicamente, cuyas regiones se comunican por satélites inventados por el hombre. Un organismo vivo que construye, intento por intento, lo que Yehezkel Dror llama la “mente central del mundo”: su gobierno.
Un gobierno planetario que, como el sistema nervioso central de los animales superiores, el hombre incluido, regulará muy pocas de las actividades del conjunto. El desarrollo de la Tierra, en su mayor parte, no provendrá de las acciones de ese gobierno mundial, sino de las unidades locales. Y entre las unidades locales, las naciones del tamaño de la venezolana serán los municipios de la estructura política del planeta Tierra.
Un planeta que construye también una nueva versión, más comprensiva, de su conciencia. Que elabora con penoso esfuerzo los componentes de una nueva teoría del mundo, de una forma más desarrollada de funcionamiento político, hasta de una nueva percepción religiosa.
Se construye, poco a poco pero incesantemente, el cerebro del mundo. Las redes celulares y de computadores y telefacsímiles, CNN, Telemundo, los satélites, los servicios de medios múltiples, las fibras ópticas, van tendiendo los ganglios y los nervios, los núcleos cerebrales de esa mente central planetaria. Se construye un cerebro de la Tierra.
Una región del planeta puede ser maqueta para el conjunto. Como veremos más adelante, aun dentro de sí misma Venezuela puede potenciar las instancias asociativas en su aparato político. La imagen-objetivo de Venezuela como lúcido y anticipador municipio del planeta, en tanto campo de demostración de las ventajas del conocimiento como determinante político es perfectamente sostenible.
Francisco Nadales nació en Cumanacoa, Estado Sucre, Venezuela. Pudo completar solamente una educación primaria, lo que no le permitió mejor empleo que el de obrero no calificado de la industria de la construcción. Una vez fue puesto, sin otra preparación previa, delante de un moderno computador personal. La pantalla mostraba una hoja de cálculo electrónica, en la que en breves segundos postuló, bajo instrucciones, una operación algebraica. Cuando la pantalla titiló mostrando el resultado, una sonrisa tan amplia como su cara demostró su alegría profunda, y la extensión de su súbita comprensión fue expresada en su inmediato comentario: “¡Hay que ver que el hombre es bien inteligente!”
Francisco Nadales hablaba, claro, del hombre que había sido capaz de concebir, producir y ensamblar la intrincada maraña de circuitos y componentes del computador que tuvo ante sí; del que había sido capaz de generar y enhebrar las numerosas líneas del código de programa que le permitió usar el álgebra por primera vez. Pero esa referencia no habría bastado para ampliarle la sonrisa de aquel modo. Francisco Nadales estaba también hablando de sí mismo. Francisco Nadales era ese hombre bien inteligente y Venezuela puede contribuir significativamente a la constitución política de la Tierra.
Yo no usaría Internet por la primera vez hasta el año siguiente de haber escrito esos párrafos, en 1995, cuando CANTV ofreció por primera vez el servicio de dial-up en Venezuela. En octubre de ese año, discutiendo la necesidad de un proceso constituyente[4] recordé otra alusión de enero del mismo a la cosa de las capacidades de nuestro pueblo, cuando discutía la conveniencia de instalar en Venezuela redes de fibra óptica para ofrecer plataforma moderna a la participación democrática cotidiana:
Pero ahora disponemos de una tecnología comunicacional que vuelve a ofrecer las condiciones requeridas para una participación masiva, instantánea y simultánea, de grandes contingentes humanos. Ya vimos algo de esto en las teleconferencias de amplia extensión que sostuvo Ross Perot en los Estados Unidos en su carrera hacia la presidencia de ese país.
Alguien puede argumentar ante este planteamiento que el nivel de desarrollo político y tecnológico norteamericano es inconmensurablemente superior al venezolano, y que por esa razón ese concepto de democracia participativa electrónica estaría, para nosotros, muy lejos dentro de un futuro largamente incierto. Pero puede a su vez contraargumentarse que los venezolanos no hemos tardado mucho para aprender a operar telecajeros electrónicos, celulares, telefacsímiles, etc., y que con igual o mayor facilidad podríamos navegar dentro de una red permanente de referenda electrónicos. Opinábamos de esta manera en el Nº 11 del volumen 1 de esta publicación (enero de 1995): “Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. En una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento”.
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Pero la resistencia a esta manera de ver las cosas es muy considerable. Entre 1980 y 1982, una de las temporadas profesionales más satisfactorias de mi vida, tuve la inmensa suerte de ejercer la Secretaría Ejecutiva de CONICIT, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas que fundara el hombre-ciencia de Venezuela, el Dr. Marcel Roche. Viniendo de mi trabajo ejecutivo en la Corporación de Desarrollo Tecnológico, una empresa que creé para el Grupo Corimón, tenía bastante noticia de la novísima actividad de ingeniería genética en EEUU y Europa.
Llevaría yo dos o tres meses en el cargo de CONICIT cuando se presentó la oportunidad de asistir a una gigantesca conferencia sobre ingeniería genética que tendría lugar en las afueras de la ciudad de Washington, y hacia allá encaminé mis pasos. La experiencia valió la pena, pues pude ver un amplio panorama de aplicación de las últimas técnicas de manipulación del material genético celular. Regresé, por tanto, decidido a promover desde el organismo rector de la ciencia y la tecnología en Venezuela un programa especial de investigación en ingeniería genética: la dotación de fondos para que los dos núcleos más prometedores en Venezuela, uno en la Universidad de Los Andes y otro en el IVIC,[5]progresaran con más rapidez y amplitud que lo que harían vegetativamente. Llevé el planteamiento al Directorio de la institución, que se reunía todos los lunes: un ingeniero agrónomo, un físico, un médico, un matemático, un industrial. Les dije que estaba muy bien eso de invertir en investigación en petroquímica; a fin de cuentas, Venezuela está atapuzada de hidrocarburos. Pero señalé también que en materia de industria química los alemanes nos llevaban 150 años de ventaja y, en cambio, en ingeniería genética teníamos un atraso de, a lo sumo, dos años, en razón de la novedad del campo.[6]
No hubo manera de hacer pasar la idea de esa sesión del Directorio, donde murió. Quienes debían liderar el desarrollo de la ciencia y la tecnología en el país se habían constituido en cuerpo refractario al cambio, tal vez dominados por un complejo de inferioridad que es lamentablemente extendido en nuestra cultura.
Hace unas dos semanas fui testigo de una conversación típica, en la que una persona conocedora del mundo financiero aconsejaba a un ama de casa que abriera una cuenta en dólares. Me llamó la atención la sugerencia y pregunté por qué, si el uso de fondos de la dama ocurría en bolívares y la remuneración del ahorro es mucho mayor en Venezuela que en los Estados Unidos, donde no se percibe intereses. Mentalmente me preparé para escuchar una explicación cuasi-técnica en la que oiría alusiones al poder de compra comparado de ambas monedas—el dólar-hamburguesa—y otras cosas por el estilo. En verdad, esperaba ser instruido.
La respuesta me dejó atónito: “Pues, ¡porque en los últimos sesenta años los norteamericanos han demostrado ser más inteligentes que los venezolanos!” Cuando repuse que la crisis financiera estadounidense de 2008—todavía no superada, montada con la irresponsable ingeniería financiera sub-prime sobre una burbuja inmobiliaria cuya enfermedad se conocía al menos dos años antes—no parecía algo demasiado inteligente, el consejero optó por despedirse con rapidez.
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Notas de lo futurible: cuaderno de la artista cantábrica Cecilia Álvarez de Soto (clic amplía)
Soy poco dado a exhortaciones voluntaristas, pero admito el valor en la disposición actitudinal que aparece en el cuaderno de Cecilia Álvarez de Soto: “Cómo reinventarse dentro de la rutina. Inaugurar dentro del mismo marco cotidiano nuevos hábitos y perspectivas. Ruptura de círculos. Requiere voluntad, sacrificio, proyección”. En general, creo que las exhortaciones que exigen sacrificio son motivadores ineficientes; a muy poca gente le gusta sacrificarse. Contribuiré, pues, diciendo que no es uno quien tiene que sacrificarse, sino uno quien debe sacrificar en el altar de la verdad las ideas que bloquean el progreso; muchas de ellas lo hacen imperceptiblemente.
Y es que, además de que tenemos que desembarazarnos de ataduras terminológicas, el caso de Venezuela como posible nación pionera no es tan descabellado. En materia política, por caso y paradójicamente, por haber llegado relativamente tarde a la democracia, pues no es sino hasta que la primera mitad del siglo XX se hubiera cumplido que logramos cierta estabilidad a ese respecto. Pero a esa democracia embrionaria, aun así saludada como modelo para el mundo y en especial para América Latina, le cayó la plaga de la inundación de dólares que parecía ser otra bendición del cielo—no buscada por Venezuela, producto de decisiones políticas en el mundo árabe a raíz de la Guerra del Yom Kippur—y terminó siendo una indigestión que ningún otro país hubiera asimilado mejor. La evolución de los partidos políticos a partir de estos hechos puso de manifiesto, precozmente, signos de deterioro de los sistemas ideológicos que tardaron dos o tres décadas en emerger con claridad en sociedades tenidas por más avanzadas.
Nuestra patología económica, por otra parte, siguió su curso, y en 1994 sufrimos lo que el mundo de los países más desarrollados experimentaría con creces catorce años después. La hecatombe bancaria de aquel año me permitió decir:
…es posible afirmar que uno de los problemas básicos de la economía venezolana es, hoy por hoy, el crecimiento desproporcionado de la actividad financiera nacional, el que ha incluido una buena parte de actividad puramente especulativa. (…) Los economistas acostumbran distinguir dos ciclos complementarios y ‘opuestos’ de producción. El primero de ellos, constituido por la suma de los productos y servicios generados dentro de un determinado territorio, es el sistema del producto ‘real’. En oposición a él, el volumen monetario presente en el mismo período dentro del mismo espacio es denominado el sistema simbólico o ‘virtual’. Está compuesto por el dinero en todas sus formas: efectivo, efectos de pago tales como el llamado ‘dinero plástico’, cuasi-dinero… En teoría, se tiene inflación cuando el sistema virtual de la economía crece más aceleradamente que el sistema real. Esto es, justamente, lo que ha venido ocurriendo en Venezuela. No sólo proviene la inflación, pues, del crecimiento del gasto público y de la devaluación constante de nuestra moneda. También del desarrollo de la actividad bancaria y financiera en general el que, como hemos dicho, ha sido muy superior al experimentado por los sectores aportantes de producto real.[7]
El que Dominique Strauss-Kahn, hasta hace no mucho Director General del Fondo Monetario Internacional, presuntamente adolezca de satiriasis, no lo descalifica como experto económico. Y el 17 de septiembre de 2008 juzgaba así lo que estaba ocurriendo con los bancos y mercados de valores:“…los sistemas financieros, … se han desarrollado en exceso en relación con la economía real”. Exactamente el mismo diagnóstico que el suscrito hacía en mayo de 1994 comentando la primera fase de la crisis bancaria nacional. (No tengo otro parecido con el Sr. Strauss-Kahn, por cierto). Por esto aventuré enPompa y circunstancia (25 de septiembre de 2008):“Es decir, en maqueta, los venezolanos vivimos a nuestras modestas escalas lo mismo que sufre ahora el sistema financiero estadounidense. Nos adelantamos a los gringos. Somos unos machetes”.
Incluso, hace diecisiete años, anticipó Rafael Caldera movimientos recentísimos de Georgios Papandreou, que anunció un referéndum que hizo recular al líder de la oposición a su gobierno, por lo que retiró el reto y optó por una votación en las cámaras legislativas, que ganó. En 1994, un segundo decreto de suspensión de garantías emitido por el gobierno de Caldera enfrentó inicialmente el rechazo de varios partidos en el Congreso de la República. Entonces amenazó con someter la medida a referéndum (José Guillermo Andueza, Ministro de Relaciones Interiores, aseguró tener lista la redacción del decreto que lo convocaría). Acción Democrática optó por cambiar su posición opositora—luego de que una encuesta conducida por el diario El Nacional mostrara que 90% del país estaba de acuerdo—, asegurando así el triunfo de la suspensión segunda en el Congreso. Entonces, el senador Juan José Caldera anunció que ya el referéndum no sería necesario.
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Hablando en serio, el asunto es que podemos saltar como país a una economía y una política y a una educación el siglo XXI. En diciembre de 1990,[8] quien suscribe abogaba por programas de estudios universitarios generales que se centraran en lo más recientemente pensado—lo clásico, lo canónico es saber bastante de Platón y nada de Popper—; luego de exponer lo que creía que eran sus virtudes, volví a creer que podíamos atrevernos al liderazgo:
…bien diseñado, el programa vendría a ser innovador, no sólo en Venezuela, sino en términos de cómo se entiende hoy el problema de la educación superior en el mundo. La interpretación estándar de nuestras posibilidades nos hace creer que, en el mejor de los casos, una creación nuestra nos colocaría en un nivel más cercano pero inferior a lo logrado en otras latitudes “más desarrolladas”, y por eso no intentamos lo posible cuando se nos antoja demasiado avanzado. Es como el pugilista que desacelera inconscientemente su puño antes de completar el golpe.
Si Irlanda hubiera continuado amarrada a sus hortalizas y sus ovejas, habría seguido sumida en su miseria de siglos. Se atrevió a entrar con decisión en el campo informático y protagonizó a partir de 1995 un “milagro económico” que le valió el remoquete del “Tigre celta” que dejaba atrás su pobreza secular. Esto no basta, naturalmente; luego invirtió donde no debía, descuidó su infraestructura como lo ha hecho Venezuela en los últimos años y entró en crisis financiera al olvidar la virtud de la prudencia.
Pero nosotros podemos progresar sin estos errores, si nos percatamos de que “ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando…” Si dejamos atrás lo que nos ancla a un pasado que fue el presente de nuestros antecesores, nunca el nuestro.
El Presidente de la República acaba de decir que “la educación es Bolívar”. No puede estar más equivocado. Su fijación sobre un venezolano heroico, épico, muerto antes que la primera mitad del siglo XIX se cumpliera, es patológica, enfermiza, para no entrar a considerar el abuso manipulador de su figura. La gente, cuando alcanza mayoría de edad, también asume su autodeterminación ética. Uno establece ahora sus propias opiniones y sus propios valores, uno se emancipa de los padres, por más que los quiera. Es ley de vida, y lo que propone el Presidente es ley de muerte.
Simón Bolívar hizo su historia, ciertamente grande. Hagamos ahora la nuestra. LEA
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[1]Venezuela es el paciente. Es obvio que sus males no son pequeños. Ya casi se ha borrado de la memoria aquella época en la que nuestros medios de comunicación difundían una mayoría de buenas noticias, cuando en la psiquis nacional predominaba el optimismo y la sensación de progreso. La política se hace entonces exigible como un acto médico. En las condiciones actuales, en las que el sufrimiento es intenso y creciente, ya no basta que los tratamientos políticos sean lo que han venido siendo. Por esta razón este dictamen se ofrece en la justa dimensión indicada por su nombre. Es lo que yo propondría en la junta política que tuviera que atender la salud de la Nación en la presente circunstancia. Lo ofrezco en el espíritu con el que deben emitirse los dictámenes: a la vez con la fuerza del mejor tratamiento que uno sabe proponer y con la conciencia de su imperfección, deliberadamente abierto y vulnerable ante la refutación. A fin de cuentas aun lo que propone el hombre más seguro no pasa de ser una mera conjetura.(Dictamen– Versión preliminar, junio de 1986).
[2]Condición caracterizada por una baja proporción de problemas públicos resueltos por las instituciones políticas de una sociedad.
[5]El Dr. Manuel Rieber, quien asistió a la conferencia de Washington, ya hacía para entonces en su laboratorio del IVIC anticuerpos monoclonales: moléculas idénticas porque eran fabricadas por clones de una sola célula madre, con valor inmunológico.
[6]La primera combinación de ADN que procediera de células distintas ocurrió en 1972, ocho años antes, aunque el concepto mismo de «ingeniería genética» apareció en Dragon’s Island, una novela de ciencia-ficción de Jack Williamson, en 1951. Pero, como muestra la mención del trabajo de Rieber, Venezuela no partiría de cero en 1980 y, en el momento cuando ambos nos presentamos en Washington, faltaban todavía seis años para que las primeras pruebas de campo de plantas genéticamente modificadas se llevaran a cabo en Francia y los EEUU. Estábamos a tiempo.
Puede señalarse en cada uno de ellos algunas bondades, sin la menor duda, pero pareciera que ellas son insuficientes para la tarea de alcanzar la Presidencia de la República en un cotejo que, indefectiblemente, incluirá la candidatura de Hugo Chávez, quien repetirá y ampliará su comportamiento ventajista. No es un candidato “normal” quien puede derrotar al Presidente en ejercicio. Menos suficientes todavía serían esas bondades para manejar acertadamente el Poder Ejecutivo Nacional en las condiciones esperables para 2013, en el improbable caso de que éste cayera en sus manos.
Escena en el amplísimo gabinete de campaña de Henrique Capriles Radonski. Se discute el tono de la campaña, de la que ya se ha decidido que no atacará frontalmente al Presidente de la República. Es tiempo, le dice su asesor electoral, de comenzar un recorrido por el país, para sacarlo del encierro regional del estado Miranda.
“Usted sabe, Gobernador, que no es tanto lo que se dice sino cómo se dice. El tono del recorrido debe ser optimista, estimulante, alegre, positivo. Nadie vota por candidatos agoreros, que van pintando un paisaje de desastre. Y también sabe que el arte de la comunicación electoral se expresa en frases cortas, en eslóganes o consignas de fácil recordación y repetición, en lemas. Necesitamos un nombre así para su inminente excursión por el país. Le propongo que la llamemos La Caminata del Progreso”.
“¿Qué piensas tú, Juan Pablo?”, preguntó el candidato. Juan Pablo Guanipa, concejal de Primero Justicia por el municipio Maracaibo, estaba en la reunión porque la cosa empezaría por esa ciudad, para meterse en territorio de Pablo Pérez, un rival que Capriles tendría que considerar seriamente en las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática. “Yo creo, Gobernador, que la denominación que propone su asesor es perfecta; lo dice todo”. Capriles replicó: “Yo creo lo mismo. Por eso es que lo tengo de asesor”.“Por mi parte le recomiendo—añadió Guanipa—que la arranquemos por el Pozón de William en la parroquia Santa Lucía, que toquemos el Pozón de El Saladillo que viene siendo el corazón de Maracaibo, y que la terminemos en la Plaza República para inaugurar la sede de Independientes con Capriles”.
En estos detalles tácticos se consumió el resto de la planeación. Luego declararía Guanipa a la prensa: “Muchos sectores de la sociedad se unen en un solo sentir. Será un conglomerado diverso, plural que no se limitará a los partidos políticos. Muchísima gente de sectores independientes que quieren y están dispuestos a trabajar por la Venezuela que merecen, nos acompañarán. Todos somos necesarios en la construcción de esta esperanza, en la consecución de este sueño que todos anhelamos”.
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Correo con artículo de Axel Capriles (clic amplía)
Escena en el amplio gabinete de campaña de María Corina Machado. “María Corina—le dice su consejera de confianza, una dama profesional que no para de hablar—, no tienes idea de cómo ha pegado el eslogan Viene María. Yo te lo había dicho: Viene María Corina habría sido demasiado largo, y se habría desaprovechado la conexión religiosa. Tú sabes, por la asociación con Cristo viene. No es nada malo que te identifique la gente con la Virgen María, la mamá de Cristo, que de que viene viene. Y tenemos que repartir a nuestra lista de correos el artículo de Axel Capriles; ése donde dice que los Indignados son capitalistas. Se ve que le encanta tu lema de Capitalismo Popular. A él no le importa que exista Alianza Popular, de Álvarez Paz; Voluntad Popular, de Leopoldito; o que COPEI se haya llamado hasta hace poco—ya se dejó de eso—Partido Popular. Hay también una Vanguardia Popular ¿no? Pero eso no importa; nadie ha tenido los ovarios de hablar de Capitalismo Popular, de enfrentar ideología socialista con ideología capitalista. A nadie se le había ocurrido hablar de Capitalismo Popular. ¡Genial! ¡Ah, mira! La canción María, María, que hace la rima con mayoría, ha pegado también. Gusta mucho, porque de verdad somos mayoría. Por eso es que el gafo de Henrique está bien equivocado cuando dice que es mejor no meterse mucho con Chávez. ¡Qué riñones! Si somos mayoría, con él es con quien tenemos que meternos. Y dígame esa gente que dice que pobrecito, que se está muriendo de cáncer. ¡Ojalá se muera hoy, no juegue! Pero óyeme, el viernes fui a una fiesta en Los Chorros y un chamo tenía tu canción en el iPod y la puso y la bailamos todos: ¡María, María! ¡Una nota! Me acordé de West Side Story; ¡que maravilla de película! Tú no habías nacido cuando la estrenaron en el cine Broadway. Y también…” En este punto, la candidata, algo mareada, interrumpió la entusiasta catarata y dijo: “Perdona, pero tengo que ir al baño”.
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Escena en un salón de reuniones del instituto de formación que preside Eduardo Fernández; una rueda de prensa está en progreso. Pregunta el corresponsal de la revista Campaigns & Elections:“Entonces, cree Ud. ser el candidato indicado?” Fernández responde: “Quien sea candidato debe de ser alguien que combinara el carisma de Kennedy y la sabiduría de Mandela; esto sería ideal”.
Pregunta Clodovaldo Hernández, para Ciudad CCS, una publicación progubernamental: “En 1987, su eslogan era ‘El tiempo ha llegado’. En 2011, ¿no podría decirse que ‘el tiempo ha pasado’?” Fernández responde: “No. Todo lo que propuse está por hacer: propuse más democracia y descentralización y hemos tenido más caudillismo y centralismo. Propuse una economía moderna y hoy dependemos más que nunca del petróleo. Propuse ‘pobreza cero’ porque era un problema escandaloso y sigue siéndolo. Propuse dar prioridad a la educación y, aunque se ha hecho un gran esfuerzo cuantitativo, cada vez tiene menos calidad. Y propuse una transformación ética, porque había mucha corrupción y ahora hay muchísima y no sólo en el sector público, sino en la vida nacional. Muchos dicen que la oportunidad le toca a las nuevas generaciones, pero cuando les pregunto: ‘¿Tú pondrías tu negocio en manos de esas nuevas generaciones?’, me responden: ‘¡No, ni de vaina!’ La Presidencia requiere madurez, tolerancia y amplitud, que solamente vienen con las canas».
Pregunta Andrew Mulligan, de U. S. News and World Report: “En su momento, Ud. se quejaba de que Rafael Caldera no dejaba campo a los políticos jóvenes, porque quería ser candidato una y otra vez. Ud. fue candidato en 1988, hace 23 años, y quiso serlo de nuevo en 1993, cuando fue derrotado por Álvarez Paz. Ahora vuelve a las andadas. ¿No está haciendo lo mismo que criticaba a Caldera?” Fernández responde: “Quien sea candidato debe de ser alguien que combinara el carisma de Kennedy y la sabiduría de Mandela; esto sería ideal”. Insiste Mulligan: «No se le ha escuchado decir que participará en las primarias de la Mesa de la Unidad Democrática». Fernández responde: «Bueno, eso depende de las circunstancias. Kennedy participó en primarias, pero Mandela no».
Pregunta Auristela Matute, de El Correo del Caroní: «¿De dónde proceden los fondos para su campaña? Se ha escuchado que lo financia el gobierno para enredar a la oposición». Fernández no responde. Acto seguido, el moderador del acto declara: “Ha concluido la rueda de prensa. Muchas gracias”.
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Escena en el despacho del Gobernador del estado Zulia. «¡Qué molleja!—exclama Yonfitzyeral Semprún, veterano de lides políticas en Acción Democrática, hoy miembro del comando de campaña de Pablo Pérez—¡Qué riñones los de ese patiquincito de Capriles! ¡Mirá y que venir al Zulia a comenzar su campaña nacional!» Y dice Pérez: «No te preocupéis, Yon, que ya estamos planeando devolverle el golpe. Ya vais a ver cómo le queda el ojo cuando me aparezca en Los Teques. Pero ahora me preocupa otra cosa, porque el patiquincito está resquebrajando el Frente Progresista, que se iba a cuadrar con nuestra democracia social, que es lo mismo que la socialdemocracia de AD. Ya logró que la Causa R y Podemos lo apoyen. Es urgentísimo que precisemos a Ramos Allup, porque si no lo único que nos va a quedar es la alianza con Henri Falcón y el PPT; o sea, un micropartido con dos diputados por Amazonas. Ni en Lara sacaron un solo diputado. Esa vaina no es la recomposición del pueblo adeco».
«Y ¿qué estáis esperando para mandarle su caja de 18 años? ¿Que sea Navidad? Invitalo como huésped de honor a la Feria de la Chinita?», repuso Yonfitzyeral. «Ésa no se me había ocurrido. Vos si que sois arrecho, Yon. Mandale otra invitación de tu parte a Antonio Ledezma, para que yo no aparezca. Adeco es adeco hasta que se muera, y algo de militancia adeca lo sigue. Cada voto cuenta». «Arrecho sois vos, candidato. Pa’ patiquín patacón», remató Semprún.
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Escena telefónica. Conversan animadamente Jesús Petit Da Costa y Cecilia Sosa. «El estadista que requiere el país—dice Petit—es un hombre bien arrecho, Cecilia, como yo. A mí no se me enfría el guarapo». Responde Sosa: «Una persona bien arrecha, mi querido doctor, no necesariamente un hombre. ¿O es que usted me va a decir que yo no las tengo bien puestas?»
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La política de la arrechera
Escena telefónica. Otro Sosa, Juan Carlos, ha llamado a Leopoldo López. «Oye, Leo: Chávez hará que todos los militantes del PSUV voten en las primarias de la MUD según sus instrucciones. Ergo: el candidato presidencial de la ‘oposición’ lo escogerá Chávez. Yo sé que no tengo el más mínimo chance, pero tú pudieras alzarte con la cosa si eres capaz de jugar a la alta política y obtener un pacto con Chávez, lo que es, por supuesto, absolutamente insospechable. Date cuenta tú mismo: si te pones de acuerdo con Chávez, él te dará los votos y te quitará definitivamente el dolor de cabeza ése de la inhabilitación».
López contestó muy airado: «Pero, ¿qué acuerdo sería posible?» Entonces Sosa Azpúrua mostró su hilado fino: «Que tú seas su Vicepresidente Ejecutivo con un compromiso de dos años en el cargo. Así, cuando el señor se muera de cáncer, tú serás el Presidente. Yo, siendo tú, lo trabajaría con lo de tu parentesco con Bolívar. Hazle ver que sería un lujo para él tenerte en la Vicepresidencia. Imagínate: el retátara-sobrino-nieto del Libertador». La grabación del intercambio telefónico se interrumpe a partir de esta última descripción.
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Escena en el Hospital Militar. Un hombre de cuero cabelludo desierto y rostro abotagado vocifera: «¡Me agarran a ese Navarrete donde esté! Si está en España, que me consigan al etarra que lo pueda atrapar». A lo que un joven ya maduro responde: «Pero Duce, la ETA acaba de decir que abandona de un todo la lucha armada. No va a ser fácil».
«¡Ah carajo, Nicolás! ¡Zapatero a sus zapatos! Si tengo que ofrecerle a ese bolsa que la réplica de la Santa María regresa al Parque Miranda o la estatua de Colón a Maripérez estoy dispuesto a pagar el precio, como contribución bolivariana a la crisis financiera española. Hasta podemos devolver la Agroisleña, pero a ese medicucho lo voy a joder».
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Escena en el barrio La Dolorita. Un grupo que inicialmente fue de cuatro amigos que conversaban sobre las dificultades de la vida en Venezuela, ya sobrepasa el número de treinta personas. Una de ellas habla por su teléfono celular y luego reporta: «En El Valle hay mucha indignación». Otra confirma: «Y también en el 23 de enero, y en La Silsa». Una más reconfirma: «Cuando venía para acá vi aglomeraciones en Los Palos Grandes y en La California; la cosa como que es en todos lados».
Hasta que alguien dice: «Bueno, somos el 99%. ¿Por qué no nos indignamos?»
LEA
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Archivo de audio de entrevista para el espacio Análisis, de RCR 750AM, conducido por Javier Perera Díaz. (Grabada el 26/10/2011; transmitida el 27 a las 6:20 a. m.)
La época que nos ha tocado en suerte contiene las más asombrosas posibilidades. Si todavía la dimensión de ciertos problemas parece abrumadora, también es cierto que las más recientes rupturas tecnológicas—principalmente en las tecnologías de computación, de comunicaciones y de bioingeniería—permiten avizorar nuevas y más eficaces soluciones. En particular, el horizonte tecnológico de lo democrático se ha expandido, y el actual nivel de participación popular en la formación de las decisiones públicas es muy inferior al que es tecnológicamente posible.
Ésa es la verdadera oportunidad social moderna. Lo tecnológico abre caminos a una mayor libertad y a una mayor democracia. Hay ahora los primeros atisbos de una gran tecnología a escala y uso de la persona. Pero es una tecnología cuyo empleo roba sentido a las tradicionales dicotomías y cambia el contenido de los roles sociales.
Proyecto de la Sociedad Política de Venezuela (febrero de 1985)
Al anunciar a quienes reciben aviso por correo de los cambios en este blog la reanudación de labores, el Sr. Paolo Sirizzotti escribió para decir: «Quería leer un post sobre su opinión de Steve Jobs y sólo encontré el link del video». Me reclamaba, pues, que no hubiera rendido homenaje al genio que se despedía. En efecto, me pareció que era mejor dar la palabra a Jobs que añadir algún comentario redundante a la marejada de artículos y obituarios que su esperada muerte suscitó en el mundo entero. Conminado, sin embargo, por el exigente corresponsal, registraré aquí dos fragmentos de mayores textos, que fueron mis primeras referencias escritas a su impar hazaña. Uno es de 1984, hace veintisiete años; el otro es del año siguiente.
Pero antes quiero hacer profesión de fe como feligrés de la religión de la manzana, y para ello debo establecer el contexto histórico. Mi primer computador personal tiene data de adquisición exacta: 11 de enero de 1983. Era el primer PC de IBM, y mi excusa fue regalármelo de cumpleaños. En la Navidad que acababa de concluir, el Niño Jesús había traído a Beatriz Cecilia, la hija mayor de mi señora y jefa, un Atari 400 con 16 kilobytes de memoria RAM y a Leopoldo, mi primer hijo, un Atari 800 con 48K en RAM. El PC que adquirí para mí tenía la asombrosa potencia de 256 K, más de cinco veces la memoria del Atari de mi hijo quien, a sus trece años de edad nerd, no tardó más de dos días en mostrarnos en su pantalla a colores una cascada, en animación programada por él en lenguaje BASIC. Pero eso eran cosas de niño; orgulloso del poder que tenía en mi escritorio, yo usaría el IBM con dos unidades floppy para escribir textos en WordStar y hacer cálculos con la hoja de VisiCalc. De resto, lidiaba rudimentariamente con los comandos del DOS (Disk Operating System) desarrollado por la incipiente empresa—Microsoft—de un joven llamado William Gates. Sentí que mi cerebro se había expandido; mi máquina de escribir portátil—Olivetti Valentine, elegantísima, incluida en la colección permanente de buen diseño del Museo de Arte Moderno de Nueva York—quedó para fines decorativos.
Ya conocía a Apple, por supuesto. Leopoldo Baptista Zuloaga y Marcel Antonorsi Blanco me mostraron en sus respectivas casas sus Apple II, pero entonces no existía lo que sería la segunda revolución: el sistema operativo iniciado con Macintosh y su inseparable ratón. Parecía igualmente complicado escribir catalog (Apple) que poner file (IBM), y yo seguía estando orgulloso de mi IBM PC. Mis cuñados, Andreína Sucre y Ricardo Castro, regresaron en 1985 de Filadelfia con un primer Mac que los estudiantes de la Wharton School of Economics podían adquirir a buen precio; entonces ya duplicaba la memoria de mi PC con 512K de RAM y, por supuesto, tenía fuentes de letra variables y podía pintarse en su pantalla gris—ya no más el verde de los osciloscopios—usando el ratón como brocha en MacPaint. Una verdadera maravilla.
A mediados de ese año mi señora y yo nos inscribimos en un curso de PageMaker, una aplicación para diseño de páginas que sólo existía para el Macintosh, en Manapro, donde nos guió la instrucción de María Fernanda Sosa. Ya los Mac, a los que todavía no se había abreviado el apellido—era Macintosh la marca de uno de los más finos amplificadores de audio, en los cincuenta distinguía apetecidas chaquetas deportivas y es, naturalmente, el nombre de una variedad de manzanas—, habían duplicado su memoria a ¡1 megabyte de RAM! y se llamaban ahora Macintosh Plus. En diciembre se presentó la oportunidad; pude adquirir de Silvio Ramella mi primer Mac, un Macintosh Plus al que poco después añadí una segunda unidad lectora de diskettes. Desde entonces no he tenido regreso. En 2008, una economía personal crónicamente deprimida me llevó a pensar en sustituir el Mac que entonces tenía por un PC vulgar y municipal. Mi hijo Leopoldo impidió ese desatino: me preguntó cuánto pensaba gastar en ese proyectado cacharro y puso lo que hacía falta para traerme él mismo un estupendo Mac mini que ahora usa la menor de mis hijas, María Ignacia, tres meses mayor que mi Mac Plus. Hoy trabajo en el increíble iMac. Antes de este portento, pasé del Plus a un Mac SE y de éste a un SE 30 (ambos, por fin, con disco duro), gracias a un financiamiento político de Arturo Sosa, el padre de María Fernanda y del cura jesuita homónimo. También tuve un XC desechado por British Petroleum que me consiguiera Ramón Sosa Mirabal y una torre PowerMac G3, financiada también por razones políticas con un crédito que esta vez debí pagar.
En 1989 me mudé a Maracaibo, donde dirigí el relanzamiento de un periódico—La Columna—que ganó en 1990 el Premio Nacional de Periodismo a los nueve meses de su salida. Fue el primer diario venezolano hecho en un sistema íntegramente computarizado, definido y adquirido por Víctor Suárez. Los periodistas escribían en Macintosh Plus (yo, aunque tuviera cochochos, en un SE); el Departamento de Arte manejaba un Macintosh II, con pantalla a color, y generaba pruebas en papel Bond en el primer impresor láser de Apple.
El 11 de este mes de octubre de 2011 me escribió el noble impresor Javier Aizpúrua (Ex Libris), con quien tengo amistad desde que dirigía el taller de Editorial Arte, en Los Ruices Sur. (Conocí la primera editorial, pues coordiné la publicación de un libro en 1965, y la visitaba de Calero a Desamparados). Javier me puso en correo que tituló Gracias a Jobs: «Amigo Luis Enrique: sólo recordarte que fuiste el primer usuario en utilizar una computadora para editar un libro en Venezuela: KRISIS. Un gran abrazo». Javier alude a mis Memorias Prematuras, que fueron el segundo libro impreso en su novísima imprenta en 1986—con generoso financiamiento para la edición privada de mi entrañable amigo, Gerd Stern—y, en verdad, el primer libro venezolano escrito en un computador personal (mi Macintosh Plus), mediante el programa MacWrite.
Tengo, pues, una indisoluble asociación de más de un cuarto de siglo con esa empresa que, según Forrest Gump, negocia en frutas: Apple Inc. Es iglesia de papa único. Muerto el Papa de la computación personal, será sucedido pero nunca sustituido.
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En 1984 escribía una larga carta a Arturo Sosa, quien, con «característica elegancia lingüística», me había dicho el 1˚ de septiembre de ese año: “Mira carajito, si tienes diez minutos quiero mostrarte la Gaither de agosto. La situación es muy preocupante”. Hay una parte de mi comunicación—7 de septiembre—en la que argumentaba a favor de ampliar los mercados de PDVSA a todo el mundo hispanoamericano mediante precios reducidos:
Por ejemplo, tomemos un mercado como el del mundo hispánico, de trescientos millones de personas. El consumo de ese mercado a un nivel per cápita equivalente al venezolano—que es por supuesto el más elevado de ese conjunto—representaría un ingreso doble del actual ingreso petrolero venezolano si se pagase a un tercio de los precios internacionales de hoy. Dejemos, por ahora, lo que acabo de decir como un ejemplo solamente, dibujado a un muy grueso trazo y naturalmente susceptible de precisión. Ilustra una escala, un orden de magnitud y un enfoque que puede aplicarse en muchísimas direcciones. (Dicho sea de paso, el expediente de expandir mercado mediante un marcado descenso de los precios no es una estrategia que sólo cobra sentido en un contexto petrolero. Es ninguna otra cosa que un descenso de los precios lo que detonó la creación, pues fue ni más ni menos eso, del mercado de computación personal y del hogar. Se acostumbra fechar la revolución del computador personal con la aparición del primer computador Apple, en 1976. Como estamos acostumbrados a atribuir todos los hechos de esa industria a un súbito avance en materia tecnológica, la revolución de Apple se entiende comúnmente como una revolución de tecnología. Esto es sólo parcialmente exacto. Es cierto que el microcomputador es lo que físicamente “es” el computador personal. Pero éste es algo más: el computador personal es un microcomputador a un precio bajo. De hecho, varios años antes ya existía el microcomputador en uso individual. La ubicua IBM ya disponía de un modelo con todas las características básicas de los actuales computadores personales. ¿Por qué no era un computador personal en el sentido que ahora tiene? Porque lo que termina de definir a un computador como personal no es que lo use una sola persona, sino que lo pueda adquirir una persona, y el “micro” de IBM costaba decenas de miles de dólares. Por eso, si no prácticamente hecho a la medida para el más consentido de los ingenieros o investigadores del Instituto de Investigaciones de Stanford o el Laboratorio de Propulsión a Chorro de Pasadena, por lo menos su filosofía era totalmente de un producto hecho a pedido, un producto artesanal de la más alta artesanía, pero no era un producto industrial).
Parábola. El reino de la política de hoy se parece a la carrera de un joven visionario que presentó el concepto de un computador personal a un ingeniero de una gran firma electrónica con la intención de llevarlo a la práctica dentro de esa empresa. El ingeniero se entusiasmó con la idea y la transmitió a sus jefes, quienes, comprensiblemente, rechazaron el proyecto. Pero el ingeniero se había entusiasmado demasiado y decidió unirse al visionario, con quien, desde un garaje, desarrolló, más que un producto, todo un mercado hasta entonces inexistente, innombrable. Así abrió para el mundo la democratización más básica de todas: la de la base tecnológica de la cultura, la democratización de los medios de producción informáticos. Más tarde, y ante el hecho ineludible de que de la noche a la mañana se había descubierto un continente desconocido, las poderosas firmas que antes habían descalificado las visiones de quien primero tocó a sus puertas no tuvieron más remedio que unirse al movimiento, con éxito en grado variable.
(Steve Jobs no tuvo como primera pretensión desarrollar solo lo que luego sería Apple Computers. Antes de atreverse acudió a Hewlett-Packard. El rechazo estuvo fundado en los paradigmas corporativos de H-P.)
Si los actores políticos tradicionales quieren esperar, prudentemente, a que unos aventureros consigan el nuevo territorio para luego adentrarse en él, no se habrá hecho daño alguno y deberá dárseles la bienvenida. Lo que quiere decir el documento de febrero es que la probabilidad de que H-P rechazara a Steve Jobs era alta, y que por eso en la política exigida por la crisis es necesario que surja Apple Computers.
Nada ha cambiado desde entonces, ni siquiera porque entre 1986 y 2011 han surgido «nuevas» organizaciones políticas. Todas contienen el mismo código genético que las que ya declaraba insuficientes en febrero de 1985:
Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?
Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.
Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.
Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.
Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.
Las organizaciones políticas que operan en el país no son canales que permitan la emergencia de los nuevos actores que se requieren. Por lo contrario, su dinámica ejerce un efecto deformante sobre la persona política, hasta el punto de imponerle una inercia conceptual, técnica y actitudinal que le hacen incompetente políticamente. Hasta ahora, por supuesto, el país no ha conocido opciones diferentes, pero, como bien sabemos, aún en esas condiciones los registros de opinión pública han detectado grandes desplazamientos en la valoración popular de los actores políticos tradicionales, la que es cada vez más negativa.
Por evidencia experimental de primera mano sabemos que los actores políticos tradicionales están conformados de modo que sus reglas de operación se oponen a los cambios requeridos en conceptos, configuraciones y acciones políticas. Por esto es que es necesaria una nueva asociación política: porque de ninguna otra manera saludable podría proveerse un canal de salida a los nuevos actores políticos.
No puedo rendir mejor homenaje a Steve Jobs, más allá de reconocerlo como quien trajo «la democratización de los medios de producción informáticos», que declarando sin empacho que lo he tenido por modelo de mi política. Los resultados que él obtuvo han sido inconmensurablemente mayores que los míos, y muchísimo más rápidos. Pero, como he dicho en otra parte, no he perdido ni la paciencia ni la esperanza.
Para un libro compuesto por textos de diversos autores—Chávez es derrotable—, editado a fines de 2005 por Libros Marcados, escribí un capítulo que di en llamar Tío Conejo como outsider. En él puse:
El Darth Vader venezolano las tiene prácticamente todas consigo: no sólo tiene el control de todo el aparato estatal—desde el nivel nacional hasta el municipal en lo ejecutivo, y transversalmente en lo legislativo, judicial, electoral y el “poder ciudadano”—lo que incluye casi todo aparato represor—militar convencional y de reserva junto con lo policial (salvo unos pocos municipios)—sino por supuesto los recursos financieros públicos, que en el año electoral han sido presupuestados en nada menos que 85 billones de bolívares. (Más de cuatro veces, en bolívares corrientes, lo que manejara en su primer año de gobierno). Por si fuera poco, usará este poder desde una plataforma de apoyo electoral que oscila, según las encuestas, entre 45% y 60%—veinte o cuarenta puntos sobre su más cercano competidor—y, para coronar, ha adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar. Si Chávez muriera mañana, habrá dejado un hondo y extenso recuerdo en el mundo entero, y una empatía global con su trayectoria y sus posturas se convertiría en una amplificación y diseminación de ellas. A Chávez hay que mantenerlo vivo.
Ya no tiene, por supuesto, sino un residuo disminuido de esa talla. El prestigio internacional de Chávez se ha reducido considerablemente, por ahora, pero hay focos de indignados en el mundo, y no sólo en España. Adentro, sigue teniendo muy considerable respaldo y un enorme patrimonio político. El Instituto Venezolano de Análisis de Datos acaba de medir 14,2 % de la opinión que sostiene que el trabajo que Chávez ha hecho es excelente, y 28,3% piensa que es bueno mientras 25,3% cree que es de regular hacia bueno, para un total de 67,8% de valoración positiva. (Agencia EFE). Enfrente está 30,4% de encuestados que sostendrían que el desempeño del Presidente «se encuentra entre lo regular y lo malo o lo pésimo».
El discurso que transmitiera hoy desde La Habana es posiblemente el mejor discurso de su vida; con seguridad, el mejor que le he escuchado. Fuerte, franco, sintético, convincente, elegante. Con él habrá galvanizado a su favor a una holgada mayoría de venezolanos. Si las elecciones presidenciales fueran mañana, las ganaría de calle.
El homónimo de Alfredo de Musset me ha hecho notar que Chávez no puso fecha al retorno que ha prometido, pero aun si no regresara la fuerza electoral de su proyecto ya ha recrecido, como espero que su tumor no haga. Si Chávez ensalza a Bolívar, lo mismo se encargarían de hacer sus continuadores con él, y el mito prestaría alimento de considerable valor nutritivo a su entristecida y preocupada corte por al menos durante un tiempo.
Pero aún así no logro ver el hombre o mujer que dentro de sus filas pudiera ser el primer albacea de su herencia, así que el término de su revolución sería sólo asunto de tiempo más bien breve, aunque se pusiera en práctica la usurpación violenta del poder que el hermano mayor ha previsto como posible camino.
De modo que me sumo a quienes le han hecho llegar con sinceridad mensajes que auguran su recuperación. Desde mi mayor honestidad le deseo salud. Prefiero tenerlo vigoroso cuando se exhiba eficazmente, con la mayor claridad, lo equivocadas que son sus concepciones. Usted está en el error, pero sería mezquino si no admitiese que su equivocación es hermosa. LEA
Protohuérfanos de caras largas reportan una llamada de larga distancia desde Cuba
Nuestro proceso bolivariano se inició en esta etapa bicentenaria por la vía electoral, y queremos seguir por allí, por una vía pacífica que permita construir el socialismo bolivariano, pero conscientes de los peligros que nos acechan y seguros de que el enemigo no descansa, no podemos olvidar otros métodos de lucha. Sería imperdonable limitarse tan sólo a lo electoral y no ver otros métodos, incluso la lucha armada, para obtener el poder.
Adán Chávez, 27 de junio de 2011
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La verdadera naturaleza del problema no es electoral. Algo está por nacer.
Oswaldo Álvarez Paz, 27 de abril de 2005
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El «absceso bolivariano», en efecto, se inició en fecha bicentenaria, pero no por la vía electoral. El grupo conspirativo inicial—Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, o MBR 200—inició formalmente sus actividades en tiempos de Luis Herrera Campíns, cuando se celebrara en 1983 el bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar. Por esos días juraron, ante los míseros restos de un decrépito samán en Güere, otrora vigoroso, los conjurados que darían la cara pintada por la tarde del 4 de febrero de 1992.
Claro que las ridículas declaraciones de Adán Chávez, que ya se imagina Doppelgänger—el doble tangible de una persona viviente en la ficción, el folclor o la cultura popular que típicamente personifica al mal—de Raúl Castro, resuenan con las que ofreciera el general Henry Rangel Silva el 8 de noviembre de 2010, al complaciente diario Últimas Noticias: «La hipótesis de un gobierno de la oposición es difícil, sería vender al país, eso no lo va a aceptar la gente, la FAN no, y el pueblo menos”. El mismo hermano menor—la sucesión en Cuba es al revés—premió esta amenaza con un sol adicional en las charreteras del Jefe del Comando Estratégico Operacional.
Pero Rangel Silva, o su superior inmediato, el general Carlos José Mata Figueroa, Ministro de la Defensa, no se calarían al adánico gobernador de Barinas como Presidente de la República, y el Artículo 238 de la Constitución dice en su segundo párrafo: «El Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva reunirán las mismas condiciones exigidas para ser Presidente o Presidenta de la República, y no podrá tener ningún parentesco de consanguinidad ni de afinidad con éste».
De modo que el hermano mayor del Presidente lo que ha logrado es emitir una patética y doble señal de debilidad: por un lado, admite la gravedad de las dolencias que abruman a Hugo Chávez; por el otro, da a entender que tiene por perdidas las elecciones presidenciales de 2012.
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Quien si corre con algún chance, en esto de la sucesión de Hugo Chávez, es Diosdado Cabello. El 17 de marzo de este año, relaté—en Infidencias riesgosas—una conversación que sostuve con quien la comenzara en alabanza insistente acerca de un distinguido miembro del absceso bolivariano:
Hubo los consabidos planteamientos preliminares; por ellos me enteré de la relación profesional amistosa que había tenido—no indicó que continuara a estas alturas—con un importante funcionario del gobierno del presidente Chávez, de cómo le había hecho un favor, ayudando a clarificar una cierta circunstancia en gestión personal ante el Presidente. El funcionario en cuestión hizo carrera militar y hoy está en situación de retiro. Supongo que está muy agradecido de los buenos oficios de mi interlocutor. (…) Y disparó, acto seguido, la pregunta cuyo destino era el establecimiento de la premisa mayor que quería fijar: “Dime una cosa: ¿tú crees que Chávez va a entregar el gobierno por las buenas?” (…) De inmediato aproveché la ventaja de esta posición para decirle: “Está claro que tu pregunta inicial era para establecer, como premisa mayor de lo que querías plantearme, que Chávez no entregaría nunca el poder por las buenas y, por tanto, tu conclusión iba a ser que había que sacarlo por las malas”. En eso llegaron los croissants, los jugos y los cafés que habíamos ordenado, admitió que eso era exactamente lo que quería sugerir y comenzó a comer. (…) A la salida de la panadería-pastelería me dijo: “Yo lo que creo es que el que debe suceder a Chávez es un militar”. (…) Ya en mi casa me preguntaba si él tenía en mente un militar en particular. ¿Sería el que me había mencionado al principio, en aparente comentario casual? Entonces me reconvine por mi apresuramiento; al matarle en la mano el gallo de su premisa, al no haber preguntado qué militar concreto podía ser el sucesor que prefería, posiblemente dejé de enterarme del chisme del año: la identidad del funcionario del gobierno que conspira para sacar a Chávez por las malas.
Quien me invitara y pagara una merienda para decirme estas cosas, hablaba concretamente de Diosdado Cabello en sus elogios anecdóticos iniciales. Él mismo es militar retirado.
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Ahora llevamos tres días preparativos de efemérides, tres actos de una obra de teatro aéreo militar sobre Caracas, ordenados por jefes sin jefe que no ignoran el efecto sobrecogedor que el ruido y la visión de naves rusas y helicópteros ejercen sobre los pobladores de la capital. Es para que nos quedemos tranquilos, mientras rumiamos rumores. En la Lectura de la semana—Ciencia y conciencia—decía:
Es así como la muy mayor parte de la historia política venezolana ha sido transitada por actores que pensaron dentro de un paradigma jurídico-militar. Con una que otra excepción, nuestros más influyentes políticos se han formado en leyes o en el arte castrense. La política que secretan no puede ser otra que una en la que se cree que el acto político supremo es una ley, o la que presume que la política es asunto de fuerza. Y como nuestra historia, con abrumadora ventaja, está más llena de jefes militares que de hombres de leyes, es la segunda noción la que predomina.
Pero Adán Chávez no es hombre de leyes, y tampoco es militar. No es él quien ordena los vuelos. Su ominosa declaración lo es menos porque su importancia es muy menor. Se fue de bruces y dijo lo que no convenía, en estos días de intestinos reacomodos, pescueceos y, quizás, precoces saltos de talanquera. Ha podido coger seña de Rod Blagojevich, ex Gobernador del estado de Illinois quien, a la salida del tribunal que acaba de encontrarlo culpable de diecisiete delitos de corrupción, declaró: «Entre las muchas lecciones que he aprendido de toda esta experiencia está que debo tratar de hablar un poco menos».
Metástasis óseas de cáncer de próstata antes y después de tratamiento con la droga experimental Cabozantinib
Claro, la familia Chávez es locuaz, pero Adán haría un mejor servicio a su hermano si se ocupara exclusivamente de su enfermedad. El Dr. Daniel George, del Instituto Duke de Cáncer, proclamó a comienzos de junio en la reunión anual de la Sociedad Americana de Oncología Clínica: «Estamos en un tiempo magnífico en cuanto al cáncer de próstata». Y hay ahora drogas que parecen ser remedio eficaz y novísimo a la enfermedad: Provenge, Zytyga, Jevtana… Que el tratamiento con alguna de ellas cueste 93.000 dólares no debe amilanar a las partidas de la casa presidencial.
En lugar, pues, de arengar al desconocimiento de la Constitución, sería mejor que Adán Chávez se pusiera urgentemente al habla con Locatel. Por de pronto, cabe una paráfrasis de palabras de Oswaldo Álvarez Paz: «Algo está por morir». LEA
Cinco días de antesala debí consumir antes de ser recibido por el Chamán del Guaraira-Repano. Lo buscaba desde que decidí que no entendía bien la ausencia presidencial; durante un tiempo pensé que la cosa era cuento chino, una ausencia programada para que la abollada imagen del Presidente no se deteriorara todavía más con los rollos en los penales o en la pertinaz sequía eléctrica en tiempo de lluvia y Guri repleto, una telenovela que debía reponer las simpatías perdidas por vía de la lástima. También creía que a Hugo Chávez le resultaría muy difícil sustituir, el 5 de julio, a su Ministro de Defensa, el general en jefe Carlos José Mata Figueroa, en fecha bicentenaria. ¿Por quién suplantarlo? ¿Por el general Henry Rangel Silva, el señalado por Walid Makled, el que dijo que la Fuerza Armada Popular Revolucionaria Bolivariana y Socialista Patria o Muerte no obedecería a, pongamos, Capriles Radonski? Sería mejor que Elías Jaua cargara con la decisión de apartar a Rangel: «Yo no fui, Henry; eso son vainas de Elías».
Pero después de tan descaminadas especulaciones me llegó un preocupantísimo correo, cuyo contenido dice a la letra:
La tan anunciada operación de rodilla no fue tal. Fue una extirpación radical de próstata. La vanidad (hombría) de HCh los llevó a inventar lo de la rodilla. Resultado de biopsia post-op fue malo. Se planificó viaje a Cuba para hacer PET scan en el CEMIC (querían evitar traslado en Caracas a uno de los dos centros privados que tienen PET scans operativos) y determinar si había metástasis. Para distraer la atención de la enfermedad, y contra la opinión de los médicos, se programó viajes relámpago a Quito y Brasilia. Llegando a Cuba le subió la fiebre y lo llevaron directo a CEMIC. Al llegar detectaron una infección inguinal severa post operatoria. A los pocos días queda controlada la infección, pero los resultados del PET scan son poco alentadores al verse actividad celular anormal en los huesos. Se determina que hay que tratar con radioterapia y se fijan sesiones diarias por 25 días, descanso de 10 días y otras 25 sesiones. Hay mucha preocupación médica por el tema óseo y no se decide aún cómo tratarlo. Especialistas de Alemania, Rusia y España han visitado el CEMIC. Hay mucha discusión sobre cómo anunciar todo esto, pero están preparando contingencia. La caída del pelo no se puede solventar en el caso de Chávez con peluca, y su estado anímico ha sido terrible; es fatalista y cree que esto se lo «hizo» alguien. No recomiendan que tome sus medicinas para la depresión mientras esta en radioterapia. Hay posiciones encontradas sobre el secretismo: parte de la familia dice que la gente no es «pendeja» y sabe que algo está MUY mal; la otra parte de la familia considera que, si se sabe que esto es mucho más grave o el presidente podría estar incapacitado por meses, se desataría una guerra dentro del chavismo que ningún miembro de la familia sobrevivirá.
Esta alarmante descripción es, por supuesto, médicamente consistente, pero yo no tenía modo de discernir si era verídica o la fabricación de una leyenda urbana por sectores interesados y radicales de la oposición. Cuando ya la incertidumbre me quitaba el sueño, decidí que iría a consultar al Chamán.
Como dije, debí esperar cinco días por la llegada de mi turno. Nunca antes había estado el Chamán tan solicitado, y cuando finalmente me recibió lo hizo con cara de fastidio: «Otro más que viene a preguntarme por la salud del cacique desterrado, cuando ya yo lo habría sanado. Los poderes babalawos han sido muy exagerados. Podrán matar gallineros enteros, pero nada de eso lo va a restituir a lo que era. Eso le pasa por despreciarme y preferir a los santeros sobre nuestra medicina indígena».
«¿Se va a morir?», pregunté consternado. «¿Por qué tu miedo?», contestó, mientras buscaba tabaco para rellenar su pipa preferida, que el cacique Rómulo le había regalado en 1946. En todo el Guaraira-Repano no se veía un cartel que lo declarase territorio libre de humo. «El cerro fuma», me explicó sin que yo le hubiera preguntado nada. Por unos minutos no hizo otra cosa que fumar en silencio. Luego habló:
La tribu del cacique ausente está igualita a la de los indios aveledos: el indio Mata, el indio Rangel, el indio Maduro que para mí ya está pasado, el indio Pelo—así le dice a Diosdado Cabello—, el indio Mene—Rafael Ramírez—, el jefe del Consejo Tribal—creí que así se refería a Soto Rojas—, el jefe de los araques, el líder de los jauas, el de los jesses, hasta ese señor que se dice Marciano, todos se aprestan a la rapiña, a ver quién se queda con el coroto. Van a tener que pedirle a la india Tibisay que les haga unas primarias, si no quieren que los guerreros—los militares—lo entierren junto a Simón embalsamado con sangre de gallos de Cuba y se pongan a mandar como caribes sobre toda la indiada.
Ante mi estupor, dijo una cosa más antes de emprender el camino de la pica que conduce hasta el manantial: «Vete ahora y regresa el 17 de diciembre. Nada pasará el 5 de julio. Así me lo ha asegurado un sacerdote de Orunmila que llegó de parte de los indios fidelinos. Acuérdate: es con Simón que quiere irse al reposo definitivo; no con Clodosbaldo, Willian, Lina o Danilo, que no hacen sino panteón chimbo. Patria o muerte, tú sabes. Pero, por ahora, el consejo Yoruba que lo tiene preso delibera si mudarlo de una vez a Guantánamo, a cambio de moneda muy necesaria. El sacerdote visitante me lo dijo».
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