Obama mata Osama

Ya no podrá seguir riendo de las muertes que causara

 

En la misma semana que alojó el matrimonio real inglés y la beatificación de Karol Wojtyla, Barack Obama ha anunciado la muerte violenta de Osama bin Laden, el primer hiperterrorista de la historia. (No faltará gente supersticiosa que atribuya el hecho a marcado milagro de Juan Pablo II). Se cierra, por fin, un ciclo que comenzara el 11 de septiembre de 2001, justamente al comienzo del milenio tercero, en año que ha debido estar reservado para la celebración de la humanidad. (Como en nuestro febrero de 1992, cuando un irresponsable intento golpista aguó la fiesta de los quinientos años del Descubrimiento de América). El Presidente de los Estados Unidos informó que el cadáver del hombre más buscado del mundo está en poder de efectivos militares de ese país. Una fuente de inteligencia que emergió en agosto pasado permitió ubicar al alienado líder de al Quaeda y atacarlo en las afueras de Islamabad, Pakistán, donde murió sin que hubiera bajas estadounidenses. Una rica mansión, no una cueva del desierto, fue el contexto del fin de sus días.

Obama, quien autorizó personalmente la operación que culminó en tiroteo, dijo: «Se ha hecho justicia», y el ex presidente George W. Bush, que inició las guerras de Afganistán e Irak a raíz de los ataques de 2001, hizo eco en declaración escrita: «La lucha contra el terror continúa, pero esta noche América ha enviado un mensaje inequívoco: sin importar el tiempo que tome, se hará justicia».

Los crímenes de bin Laden, por supuesto, fueron horrendos en magnitud desconocida en la historia, pero no es tampoco bueno que la muerte sea la justicia. El 3 de julio de 2003, escribía algo que quiero recordar con ocasión del deceso de bin Laden (en la Carta Semanal #43—Bushit—de doctorpolítico):

El gobierno mundial no puede ser impuesto por los Estados Unidos. Es posible y admisible que, como se daba con frecuencia en la Alta Edad Media, se reconozca que los Estados Unidos, entre los barones del planeta, ostente la distinción de primus inter pares. Lo que no puede aceptarse es su impunidad. Un esquema justo de polis planetaria requerirá, sin embargo, la cesación del gobierno del segundo Bush. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington fueron sin duda brutales, salvajes, psicopáticos. No pueden ser asimilados, sin embargo, a una dinámica bélica. Se trató, a escala hiperterrorista, de actos delictivos que debieron ser castigados como tales, mediante la acción policial—de una policía mundial que no tenemos todavía—y una corte penal—que ahora sí tenemos. Jamás con la brutalidad de un gigante militar y tecnológico que descarga su abrumadora ventaja sobre pueblos y naciones incapaces de defenderse.

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Mitología proyectiva

En junio de 1986, después de haber propuesto el año anterior—sin éxito—la formación de una nueva organización política, escribí mi primer Dictamen político, organizado como dictamen médico. En él se lee en la página 7:

Conjeturas de junio de 1986

Y se advertía a continuación: «Estas conjeturas pueden ser refutadas o corroboradas por encuestas de opinión en muestras suficientemente representativas, siempre y cuando no sean contaminadas de antemano. Esto es, si, por ejemplo, los partidos no se dedican a campañas de in­formación al respecto antes de que las encuestas en cuestión se lleven a cabo».

La reivindicación de las conjeturas tomó casi veinticuatro años en llegar. El 9 de marzo de 2010, Luis Vicente León informaba en un tweet: «En encuestas, menos de 5% de los entrevistados sabe quiénes son los diputados de su circuito actualmente en la A. N.»

Hoy, a veinticinco años de aquel atrevimiento clínico, vuelvo a las andadas, esta vez para conjeturar que al menos el 90% de los electores venezolanos ignora el esquema general, no digamos el contenido detallado, del programa de gobierno del candidato presidencial de su preferencia (si es que ese programa existe).

La inmensa mayoría de los votantes no estudia los programas de gobierno de ningún candidato, y forma su inclinación con base en el posicionamiento general del que finalmente escoge. «Perencejo está con los pobres», «Fulano va a fregar al bipartidismo» o «Aquí lo que hace falta es un hombre fuerte, como Sutano». Puede que guarde en su memoria uno que otro concepto suelto verbalizado por su candidato y que le parezca atinado: que necesitamos «una democracia nueva» (Eduardo Fernández, 1988, cuando gastó enormes cantidades de recursos para que consintiéramos en apodarlo «Tigre»), o «reactivar la economía» (Carlos Andrés Pérez, también en 1988), o «el socialismo del siglo XXI» (Hugo Chávez, de manera más explícita después de las elecciones de 2006) o «un nuevo pacto social» (Jaime Lusinchi, 1983). Rafael Caldera, padre del partido que antaño hacía congresos de profesionales y técnicos socialcristianos para que elaboraran su programa de gobierno (PEx, o Programa Extraordinario, 1968), se dejó de eso para su segunda candidatura exitosa (1993) y publicó a última hora una docena de páginas a la que llamó «Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela», de cuyas «intenciones políticas» no cumplió absolutamente ninguna.

Una aprobación concienzuda de los programas de gobierno asociados a candidaturas no es nunca una razón frecuente para votar por algún candidato en particular. Esta constatación no equivale a concluir que no es necesario confeccionarlos; todo candidato responsable debe tener uno seriamente determinado, pero no para ganar la elección sino para gobernar.

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La cosa alcanza cotas de delirio cuando ya no se trata de un mero programa de gobierno que deba ser mostrado en una campaña electoral, sino la entelequia* de un «proyecto-país». Esta noción, tan inasible como pretenciosa, es un mantra que repiten tirios y troyanos sin pararse a considerarla con seriedad. Para fundamentar este juicio, sigue una larga letanía.

En 1993-94 se quiso establecer la asociación Venezuela 2020, porque se creía que en la redacción de una nueva constitución se plasmaría un plano de país con los ojos fijos en el año 2020 con unos veinticinco años de anticipación.

El 13 de abril de 2005, el Ministro de Educación señalaba en una entrevista televisada que la educación en Venezuela tenía que “estar alineada con el proyecto de país”, y que este proyecto estaba contenido en la Constitución o era la Constitución misma, y el entrevistador, de ubicación política distante de la ministerial, no refutó en una coma siquiera esas afirmaciones.

Un año antes, la Coordinadora Democrática propugnaba un tal «consenso-país», y el 5 de octubre de 2009 un conocido estudioso de la opinión pública exponía que para aquel momento, cuando se debatía la revocación del mandato presidencial, la federación opositora de entonces no pudo ganar el referendo que suscitó porque el mencionado documento no fue suficientemente promovido o publicitado, porque no se imprimió y repartió una cantidad suficiente de ejemplares entre la población, porque no se hizo con él una campaña publicitaria con pegada.

Bastante más atrás, Rafael Caldera rugía desde México en 1984 porque se había hecho lugar común la noción de que «el modelo de desarrollo venezolano» se había agotado. El Dr. Caldera respondió que eso no era cierto, que lo que en verdad ocurría era que el modelo de desarrollo no había visto su culminación, y que podía encontrársele definido en el Preámbulo de la Constitución de 1961. Para la época, los militares habían acogido ese concepto: la conferencia magistral del curso del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional sobre Objetivos Nacionales abría con el siguiente catecismo: «Los Objetivos Nacionales se dividen en Objetivos Nacionales Permanentes y Objetivos Nacionales Transitorios. Los Objetivos Nacionales Permanentes están expresados en el Preámbulo de la Constitución Nacional».

En entrevista recentísima (El Universal, 24 de abril de 2011), reincide José Albornoz, Secretario General del PPT, al referirse al problema electoral de 2012: «Hay que repensar a Venezuela, hay que relanzar un proyecto de país que la gente pueda comprar, abrir los espacios de participación a muchos sectores que al final terminan por abstenerse».

Veinte días antes, Daniel Santolo (La Causa R) hacía recomendaciones a la federación en la que participa, la Mesa de la Unidad Democrática, en estos términos: «La política no podemos diseñarla pensando lo que el Gobierno va a hacer, nosotros tenemos que fijar nuestra propia agenda, montarnos nuestro proyecto de país».

Tres días antes (1˚ de abril) llegaba la noticia del «Proyecto Plan País»: una reunión en la Universidad de Yale en la que más de «un centenar de estudiantes venezolanos de 59 universidades de los Estados Unidos y otros países» había deliberado hasta conformar lo que el Sr. Enrique Pereira entendió como los preparativos de una invasión. («En el imperio se prepara la ‘invasión’ que Esteban ha estado temiendo todos estos años. (…) El punto de partida se prepara en la Universidad de Yale y se ultiman los preparativos para la ejecución de lo que han llamado el ‘Plan País’. No se reúnen para entregar premios inmerecidos, se reúnen para concertar ideas que sirvan para consolidar un plan para la Venezuela que todos estamos soñando. Una revolución de verdad está en marcha». La invasión está lista: Plan País).

 

 

El proyecto país como Caballo de Troya

 

 

 

 

Hace poco más de un mes (24 de marzo), la MUD no había determinado la fecha de sus elecciones primarias y Henrique Capriles Radonski declaraba prudentemente: “Yo no soy precandidato presidencial, considero que la Mesa de la Unidad Democrática debe dictar a tiempo sus reglas. Aquellos que desde ya están sacando cálculos individuales definitivamente no están pensando en el nuevo proyecto de país que todos los venezolanos necesitamos».

Hace exactamente un año, el diario Tal Cual reportaba declaraciones de Luis Ignacio Planas (en su calidad de Presidente de COPEI), quien anunciaba que «la comisión encargada de elaborar el programa de país sobre la alternativa democrática culminó su propuesta una vez que realizó diversas consultas a diferentes sectores de la sociedad venezolana. ‘Son cien ideas que están resumidas en cinco grandes ejes, y es producto de un largo trabajo en el cual se tomó en cuenta las diversas expresiones del país, además de incluir la agenda parlamentaria que será abordada por nuestros diputados en la Asamblea Nacional’, explicó».

Bueno, es tiempo de decir: etcétera. ¿Valdrá la pena preguntar qué tiene de mágico o especial el número de cien ideas o el de cinco ejes? ¿No era Hugo Chávez quien hablaba—ya no lo hace—de un «desarrollo pentapolar»?

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He aquí tres párrafos de la lectura recomendada de la semana en este blog (¿Alineación o alienación?):

Los países tienen la mala costumbre de construirse a sí mismos, sin requerir un “proyecto” intencional y explícito. Nunca ha existido un proyecto para los Estados Unidos, por ejemplo. Aun en los países de economía de planificación central, como lo fuera la Unión Soviética, lo que a lo sumo pueden hacer los gobiernos más totalitarios que el mundo haya conocido es imponer una camisa de fuerza a la actividad económica, la que tarde o temprano revienta por efecto de las realidades que termina por imponer la vida social. Claro que a la pretensión de que a los países se les puede asemejar a proyectos arquitectónicos o corporativos le es muy útil la condición autoritaria. (…)

Está claro que los Estados pueden poner en práctica políticas deliberadas en casi cada área de su competencia o de su intromisión. Pueden establecer políticas económicas, territoriales, anti o pro terroristas, o políticas de educación… Pero aun las políticas más extensas nunca llegan a cubrir o dominar toda la actividad social, que escapa a la soberbia de los planificadores centrales, quienes pretenden conocer mejor que cualquier ciudadano lo que conviene a su existencia, al punto de que se presentan como capaces de imponer un curso colectivo con varias décadas de penetración temporal.

Sin embargo, estas cosas no son del territorio constitucional. No pertenecen a, no tienen cabida en, el texto de una constitución. Es, por consiguiente, una falacia pretender que las constituciones son “proyectos de país”. Las constituciones son, típicamente, la conjunción de una especificación arquitectónica y funcional de un Estado y de un estatuto de deberes y derechos ciudadanos. Tal cosa no es, en absoluto, un proyecto. No es un “modelo de desarrollo”. A lo sumo es el diseño del cuerpo político de una nación, de su Estado; nunca prescribirán las trayectorias y etapas de una sociedad entera, que se mueve y vive y se desarrolla por sí misma, muchas veces a pesar de su constitución.

Los ejercicios que con uno u otro nombre pretenden arribar a un «proyecto país» son enteramente fútiles, sobre todo si se le quiere hacer equivalente a un texto constitucional.

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La polis venezolana evidencia a la auscultación más somera una clara condición patológica: el canceroso y evidente exceso estatal, pernicioso e invasivo, desatado por Hugo Chávez y su «proyecto de país», como secuela de una persistente y longeva insuficiencia política, que proviene de la esclerosis de los marcos mentales de los actores políticos convencionales, incluidos los chavistas y también los factores que componen la Mesa de la Unidad Democrática. (Ese paradigma político es el de la lucha por el poder justificada sobre alguna postura ideológica, de «izquierda», «centro» o «derecha»). Y no escapa a la misma caracterización Patria Para Todos, que ha roto con el PSUV y tampoco se ha sumado a la MUD.

Ésa es la condición que pudiéramos llamar somática, pero también está enferma la psiquis política. Un rasgo típico de esa política convencional es la negación de la realidad. A pesar de que PPT sólo obtuvo dos diputados el pasado 26 de septiembre—en Amazonas; en su teórico bastión larense, no obtuvo ninguno—, José Albornoz aseguró el 24 de los corrientes: «Los partidos que fueron chavistas tienen menos rechazo entre los desilusionados».

La psiquis nacional está grandemente neurotizada. No puede haber ocurrido en balde la reiterada prédica tóxica del Presidente de la República, pero aunque él es la exacerbación de la arrogancia observable en los políticos convencionales, no ha sido él quien originara la soberbia patológica representada en la idea de un «proyecto país». Pretender que se puede construir deliberadamente un país como si fuera una casa, es la más necia jactancia de todas. LEA

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*entelequia. (Del lat. entelechĭa, y este del gr. ἐντελέχεια, realidad plena alcanzada por algo). 1. f. En la filosofía de Aristóteles, fin u objetivo de una actividad que la completa y la perfecciona. 2. f. irón. Cosa irreal. Diccionario de la Lengua Española.

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La siniestra más izquierda

Piú a sinistra

El 1˚ de este mes de abril de 2011, se anunció en Barquisimeto la creación del Frente Progresista por el Cambio. Salvo Patria Para Todos, que es su componente mayor, todas las restantes cinco organizaciones que lo integran—La Causa R, Podemos, Vanguardia Popular, Bandera Roja (¿de dónde sale este color?), Movimiento Al Socialismo (¿del siglo XX?)—forman asimismo parte de la Mesa de la Unidad Democrática. Esto es, el susodicho frente se constituyó para alojar a PPT (que no quiere sumarse a la MUD), para acercarse al chavismo pero no mucho, para separarse algo, pero no mucho, de la derecha vieja y rayada que habita en la federación opositora. Si uno quisiera atenerse a los nombres de las organizaciones frentista-progresistas, la existencia de La Causa R (Radical) supone que cualquier otra cosa distinta es una causa moderada, y Vanguardia Popular implica que lo que no sea ella misma, si es popular, debe ser retaguardia.

Gente de postura política disímil, como Henry Ramos Allup y Henrique Capriles Radonski, han coincidido en la necesidad opositora de constituir una tal «izquierda democrática», la «izquierda buena», según el concepto teodorista de «las dos izquierdas», ante la «izquierda mala» que vendría siendo la chavista. Capriles Radonski, que pertenece a un partido que se autodefine de centro, ha declarado hace poco que «En Venezuela no hay espacio para gobiernos de derecha». (Ver en este blog Con mucha mano izquierda). Ramos Allup, por su parte, ya había advertido de la composición presuntamente necesaria: “La política suele hacer extraños compañeros de cama. Hoy compartimos propósitos, no ideales ni visiones”

Pero ahora el Frente Progresista cree que todavía necesitamos una tercera izquierda. Además de la «izquierda mala», la «izquierda buena» tendría que entenderse subdividida entre una «izquierda buena progresista» y una «izquierda buena retrógrada», siendo esta última la que no tiene inconveniente en retratarse en la MUD con gente como Fuerza Liberal o COPEI, que son de centro-derecha. La excusa fue proporcionada por José Albornoz, Secretario General de PPT: «No podemos pretender que toda la oposición esté en la Mesa de la Unidad». Buen diagnóstico; mala solución.

Ayer domingo, Luis Vicente León quiso ser optimista al escribir lo siguiente: «el cambio del país es una posibilidad concreta pese a los intentos de saboteo de ‘honorables’ radicales de la propia oposición». (Nótese las comillas del adjetivo «honorables»). ¿No nos confunde que hablen de cambio tanto León como el tal Frente Progresista del Ídem, que precisamente viene siendo los «radicales de la misma oposición»? ¿No se habría sumado al saboteo el propio Ramos Allup, que no es un «radical de la oposición», con sus declaraciones acerca de con quiénes se acuesta Acción Democrática?

Más allá, ¿no es enteramente inútil una tercera izquierda en una época en la que se debiera abandonar ya toda ideología, toda ubicación compulsiva en el eje decimonónico de izquierdas y derechas? En cualquier caso, la suma de los porcentajes de la votación del pasado 26 de septiembre por estas seis «fuerzas progresistas» da el gran total de 7,82% de las preferencias electorales del país. La mala noticia, pues, parece ser que el 92,18% de los electores sería retrógrado.

 

El poder del progreso

 

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Con mucha mano izquierda

Las dos izquierdas

 

El sitio de noticias de Yahoo trajo, el miércoles de la semana pasada, una nota que Reuters tituló de esta manera: Oposición busca candidato elecciones Venezuela, gira a izquierda. La nota iniciaba así: «Con promesas de cambio y un mensaje de centro-izquierda, los líderes de la oposición recorren cada rincón de Venezuela compitiendo unos con otros en busca de la silla presidencial que desde hace 12 años ocupa Hugo Chávez».

El trabajo de Frank Jack Daniel—traducido por Diego Oré y editado por Ricardo Figueroa—cita declaraciones de tres notorios líderes de la oposición: Leopoldo López, Henrique Capriles Radonski y Henry Ramos Allup. Del primero reproduce la noción de que «se está planteando una ventana electoral para el 2012, para lo cual hay que prepararse». De Capriles Radonski, estas sentencias: «En Venezuela no hay espacio para gobiernos de derecha… La nueva Venezuela es sin duda la construcción de un proyecto social, que es muy distinto al socialismo que el presidente Chávez habla». De Ramos Allup una posición aun más explícita: «La idiosincrasia de este país fundamentalmente se ubica con el pensamiento de la izquierda democrática… Si nosotros logramos presentar una buena propuesta de izquierda democrática que desarticule el mensaje populista de Chávez, vamos a ganar las elecciones sin duda alguna».

Un cierto espíritu travieso permea el artículo de Reuters en Yahoo News: la fotografía que lo acompaña abriendo es del inhabilitado, con esta leyenda: «Leopoldo López, ex alcalde de Chacao, un rico municipio de Caracas, durante un mitin». Las declaraciones finales de Capriles Radonski son presentadas de este modo: «Yo no nací en un barrio», dijo Capriles en una casa adornada con botellas de champán polvorientas y catálogos de la casa de subastas Sotheby’s. «Pero yo entiendo la realidad social de nuestro país». Esto, en una pieza que anuncia un «viraje a la izquierda» de la oposición venezolana.

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Desde el punto de vista clínico, una sociedad «normal» o «sana» ostenta una distribución normal—según una curva de Gauss—de los ingresos o rentas de la población. Los extremos—ingresos muy altos o ingresos muy bajos—corresponderán a muy pocas personas, y una sólida y muy amplia «clase media» tendrá un buen ingreso, suficiente para asegurar un nivel de vida muy satisfactorio.

Distribución normal o sana de las rentas

¿Es esa clase de distribución del ingreso la que corresponde a Venezuela? Para nada; la distribución de la renta en Venezuela es patológica: «La característica fundamental de la distribución del ingreso en Venezuela es su asimetría, la cual se expresa en el hecho de que una buena parte de la población (70 por ciento) se concentra por debajo del ingreso per cápita medio». (León Fernández Bujanda, Willder Torres, Lourdes Urdaneta de Ferrán, Jessica Vargas: Distribución del ingreso en Venezuela, Banco Central de Venezuela, Gerencia de Investigaciones Económicas, Colección Economía y Finanzas, Serie Documentos de Trabajo, N˚ 99, marzo 2008).

Distribución anormal o patológica de las rentas

Ahora, una autocita:

…la distribución teóricamente “correcta” de las rentas, de adoptarse un principio meritológico, sería también la expresada por una curva de “distribución normal”, dado que en virtud de (…) la distribución observable de las capacidades humanas—inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc.—los esfuerzos humanos adoptarán asimismo una configuración de curva normal.

Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. Para comenzar, en relación con discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica esa concepción que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una “normalización”, en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria, independientemente de si esa igualación fuese planteada hacia “arriba” o hacia “abajo”.

Gauss le gana a Marx

No es la normalización de una sociedad una tarea pequeña. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de justicia social que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado. (Luis Enrique Alcalá, Documento Base para la Formación de una Nueva Asociación Política, febrero de 1985).

Una aproximación de esa clase al problema de la patológica distribución de la renta en nuestro país prescinde de ideologías, no puede ser descrita o comprendida en términos de un eje derecha-izquierda. Las nociones de derecha e izquierda son categorías decimonónicas, obsoletas e ineficaces en una política moderna, pero «el partido tradicional es disfuncional—Amos Davidowitz: The Internet and the Transformation of the Political Process: MAPAM, a Case Studyporque permanece anclado sobre agendas y problemáticas excedidas y obsoletas. Una de ellas—problema ideológico de ‘segunda ola’—es la persistente discusión sobre la ubicación política en términos de un eje derecha-izquierda. Para algunos actores no parece haber manera de eludir una ‘obligada’ definición a este respecto». (Política ambidextra, 13 de enero de 2005).

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En mayo de 2005 se publicó Dos izquierdas (Editorial Alfa), un libro de Teodoro Petkoff que persiste en el empleo de terminología política pasada de moda: «…a los efectos del análisis cabe señalar, grosso modo, la existencia de dos izquierdas en la América Latina actual, dos grandes corrientes en ella, en modo alguno homogéneas sino, cada una, con variados matices específicos. Una de las dos grandes tonalidades de la izquierda es la que tiene hoy como exponentes más significativos a los gobiernos de Lula, Lagos, Kirchner y ahora Vásquez y, con un perfil más bajo, a los gobiernos de Leonel Fernández en República Dominicana, Martín Torrijos en Panamá y Bharret Jagdeo en Guyana. La otra gran corriente cuenta con Fidel Castro y Hugo Chávez como sus figuras más prominentes». (Págs. 28 y 29). Y la tesis de Petkoff tiene la virtud de la simplicidad: hay dos izquierdas; una es buena y otra es mala. La de Chávez es la última; la buena es la de Ismael García, Henri Falcón y Henry Ramos Allup.

Es sobre una teoría de esta clase que ahora Ramos Allup y Capriles Radonski dicen lo que dicen. No dicen nada nuevo:

…Alonso Moleiro da cuenta en El Nacional del domingo 9 de enero [de 2005] de una iniciativa que busca establecer una nueva organización y anota (refiriéndose a información aportada por Ernesto Alvarenga y Pablo Medina): «Se trataría, dicen, de crear un bloque ‘de centro izquierda’, que asume que el Gobierno es ilegítimo y que constituye una minoría incrustada en el poder a través del ilícito y la trampa». Más adelante, en el mismo trabajo, menciona Moleiro que Luis Manuel Esculpi—antes del MAS y luego de Unión con Arias Cárdenas, partido del que sale al «descubrir», después de las recientes elecciones regionales, que el golpista del 4 de febrero en Maracaibo mantenía una posición ambigua frente a Chávez—está también involucrado en el esfuerzo. Así habría declarado Esculpi: «Estamos tratando de nuclear un frente opositor desde la perspectiva de la izquierda, con personas valiosas y experimentadas». (Política ambidextra).

Por supuesto que puede esperarse de una distribución de la renta como la venezolana lo poco recomendable, pragmáticamente hablando, de una pretensión «derechista» para la aventura política. Si la derecha se ocupa, por definición, de favorecer a los ricos—que dejarán caer apetecibles «migajas» (trickling down, Reaganomics) para que los pobre las recojan—y de éstos se ocupa la izquierda, la propensión electoral favorecerá a la izquierda antes que a la derecha. De nuevo, nada nuevo. No otra cosa explica la preponderancia de Acción Democrática a partir de su fundación en 1941 hasta el advenimiento del chavismo (muy parecido al adequismo del trienio 1945-48), la definición calderista de COPEI (1963) como partido de centro-izquierda e, incluso, que el Partido Democrático Venezolano (el de Medina, Briceño-Iragorry y Úslar) sostuviera cosas como éstas: «Con apariencia liberaloide y al influjo de la misma oligarquía, que ha sabido camuflarse oportunistamente, nuestra economía general se ha mantenido en un estado de atraso por lo que dice a la función social de las fuentes de producción y a la ley racional del consumo humano. Nuestro capitalismo, con su peculiaridad de ineficiencia industrial, no ha procurado sino su solo beneficio y, paralelamente a su carácter de timidez ante los riesgos de grandes inversiones que no estuviesen respaldadas por el poder político, el Estado se mantuvo con las manos caídas ante las urgentes problemas del pueblo». (Mario Briceño-Iragorry, Prólogo al libro del Ciclo de Conferencias del PDV sobre Libertades Económicas e Intervención del Estado, 5 al 22 de septiembre de 1944).

Nada nuevo, pues, pero además nada eficaz desde el punto de vista de los problemas sociales venezolanos. Claro que esto no es exactamente lo que Ramos Allup busca: «Si nosotros logramos presentar una buena propuesta de izquierda democrática que desarticule el mensaje populista de Chávez, vamos a ganar las elecciones sin duda alguna». La motivación es en su tesis fundamentalmente electoral.

Pero la vida te da sorpresas. El encuestador Eugenio Escuela propuso a sus entrevistados en mayo de 2006 una pregunta muy particular. Pidió a los integrantes de su muestra que se ubicaran en alguna de las siguientes posiciones del espectro político de los siglos XIX y XX: extrema izquierda, izquierda, centro izquierda, centro, centro derecha, derecha y extrema derecha. Estos fueron los resultados obtenidos:

Distribución de posiciones políticas en Venezuela (clic para ampliar)

Este blog no tiene noticia de desplazamientos tectónicos en la opinión nacional de mayo de 2006 a esta parte, que hubieran podido modificar sustancialmente la distribución que antecede. No en balde otro encuestador, José Antonio Gil (Datanálisis), publicaba en octubre de 2009 un libro que quiso llamar La Centro Democracia, fundamentado en largas series de mediciones de opinión que tenía a mano en virtud de su ocupación principal. Luis Vicente León lo citaba así el 25 de octubre de ese año: «…siguen siendo mayoría los ni-ni, los no autodefinidos políticamente y lo que sí los define a ellos es el rechazo a la polarización. Ese 54% de ni-ni que existe hoy día es un excelente mercado potencial para promover democracia, tolerancia, pluralismo, concertación de acuerdos y, en suma, la Centro Democracia».

A pesar de estas cosas, Ramos Allup, Capriles Radonski, Petkoff, García, Falcón, Esculpi, Moleiro y un largo etcétera siguen proponiendo una polarización muy curiosa: la de dos polos de la izquierda, la de una izquierda bipolar. Las declaraciones capturadas por Reuters y publicadas por Yahoo News son la más reciente comprobación de que los líderes que hacen vida federativa en la Mesa de la Unidad Democrática están genéticamente impedidos, paradigmáticamente imposibilitados para producir lo que se necesita políticamente en Venezuela. Los más destacados dirigentes opositores del país, dentro de su innegable competencia para la política convencional, exhiben una grave carencia de imaginación política. (Ver en este blog Sequía de líderes, 27 de agosto de 2009).

…la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución. (Retrato hablado, 30 de octubre de 2008).

LEA

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Primarias secundarias o El mito de la unidad

De los extremos inclinarse al centro para salir en la foto

 

Al cierre de una conversación con William Echeverría—transmitida por Globovisión el 16 de diciembre de 2010 y retransmitida el 4 de enero de este año 2011—el entrevistador quiso sintetizar los conceptos recorridos y dijo: «Entonces, romper esquemas, romper paradigmas». Agotado ya cualquier residuo de elocuencia al término del programa, convine: «Romper paradigmas… y, más que romperlos, traer uno sustituto, traer uno que sustituya lo malo».

«Lo malo» es una expresión equivocada; he debido decir «lo que no funciona». La política pertenece al terreno de lo práctico, por una parte; por la otra, no quise adjudicar una connotación moral negativa al paradigma prevaleciente en la política convencional.

Pero Echeverría apuntaba en la dirección correcta; apartando variaciones cuantitativas oscilantes, en algunas ocasiones francamente positivas, el desempeño político de los actores que insisten en ser entendidos como oposición sigue siendo cualitativamente idéntico desde 1998, cuando ganara Hugo Chávez su primera elección. Los paradigmas que guían la operación de esos actores son los mismos; los resultados no pueden ser diferentes cada vez. Es preciso romper esquemas, romper paradigmas. La cosa responsable es no hacerlo por el mero placer de destruirlos, sino cuando se tiene a mano lo que puede reemplazarlos con ventaja.

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El enjambre opositor comparte, en su mayoría, ciertas nociones políticas básicas. Unas provienen del paradigma político de fondo, que fue el objeto de la entrevista con Echeverría; otras, de las que este texto se ocupará, funcionan más bien como líneas estratégicas.

La primerísima de ellas es una tautología: que los opositores de Hugo Chávez y su gobierno conforman, precisamente, su oposición; están definidos esencialmente en términos de su enemigo puesto que, ideológicamente hablando, más bien conforman un conjunto muy abigarrado.

¿Qué afinidad, más allá del repudio a Chávez, pueden exhibir Bandera Roja, cuyo líder máximo y eterno es un ex guerrillero marxista, y Fuerza Liberal, su polo ideológico opuesto? (Ambas organizaciones son miembros de la Mesa de la Unidad Democrática). Con su característica franqueza, Henry Ramos Allup declaró hace muy pocos días que Acción Democrática no comparte «ni ideales ni visiones» con los restantes partidos de la MUD. “La política suele hacer extraños compañeros de cama. Hoy compartimos propósitos, no ideales ni visiones”, dijo al diario Ciudad CCS. (El propósito básico, por supuesto, no es otro que el de «sacar del poder al presidente Hugo Chávez Frías», como lo pone el diario mencionado). En ciertos casos, ni siquiera comparten propósitos; el sitio web de El Universal anunció el 18 de marzo (Oposición se divide por destitución del alcalde en Lagunillas): «La directiva nacional de Copei anunció en Lagunillas la ruptura de las relaciones con UNT, luego que ediles de este partido declararon la vacante absoluta del alcalde Edwin Pirela (Copei), quien padece de cáncer y estaba en Panamá bajo tratamiento médico. (…) Juan Pablo Guanipa, coordinador de Primero Justicia en el Zulia, dijo que lo ocurrido en Lagunillas es demostración de la ‘deshumanización de la política’ y de ‘las miserias del poder'». (En nota escrita por Teresa Luengo).

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Hace pocos días, a un amable caballero que me hacía llegar un texto con su tesis más reciente—que hay que construir «otra» oposición—, le ofrecí material de una de las muchas veces que he descrito el persistente fenómeno de la autodefinición opositora. Le copié de la Carta Semanal #352 de doctorpolítico, del 8 de octubre de 2009, entre otros, los siguientes párrafos:

El encuestólogo y prologuista ofreció como premisa inicial la siguiente declaración: “Apartando el 2 de diciembre de 2007, nunca hemos sido mayoría”. Y ese plural de la primera persona gramatical no necesitaba ser explicado; aquello a lo que ese implícito “nosotros” se refería era a quienes se oponen a Chávez y, más específicamente, a la audiencia que tenía por delante mientras hablaba. Ése es el conglomerado que entiende como determinante, ésa sería la clientela que esperaba sus palabras.

John Magdaleno, estudioso de la opinión

Tal óptica no es nueva; desde que Chávez asumió por vez primera la Presidencia de la República, en los inicios de 1999, el resto de las iniciativas políticas ha optado por entenderse como mera oposición a Chávez. En terminología relativamente reciente, se la nombra como “comunidad opositora”. Un artículo en el diario El Nacional aducía poco después de la derrota de Manuel Rosales en las elecciones presidenciales de 2006: “La votación que el CNE le adjudicó al candidato opositor es importante, siempre y cuando éste sepa ejercer el liderazgo del antichavismo…” (Felices perdedores, 12 de diciembre de 2006). Exactamente ese mismo día, un análisis que circuló privadamente se expresaba en términos como los siguientes: «La oposición… decidió no participar en las elecciones legislativas… la Oposición ya había perdido sus Gobernaciones y Alcaldías… para una parte importante de la Oposición el contrincante mayor no era Chávez, era el CNE… Muchos pensaban que la oposición era mayoría… la ausencia de la Oposición de la contienda electoral… La Oposición se debatía entre el método de escogencia del candidato único y la campaña por condiciones… Muestra un liderazgo indiscutible en la oposición durante la campaña… Se ganó al lograr la unidad de toda la oposición… Que la oposición es minoría… ¿Cuál es el estado de la oposición un día después?… La Oposición amanece como un conglomerado nacional de importante magnitud… no desperdiciar esfuerzos en combatir a la oposición desde la oposición misma…»

He allí la falla de origen de la inmensa mayoría de los planteamientos políticos distintos del chavismo: que sólo atinan a definirse como antichavistas. Desaparecido Chávez, dejarían también, entonces, de tener sentido sus existencias. (…)

Una nueva acción política que quiera ser viable no puede pensarse como oposición a Chávez; es preciso que procure superar el actual estado de cosas por superposición, por salto a un nivel superior de la política. (A fin de cuentas, el régimen de Chávez no es otra cosa que la exacerbación oncológica de una política que no inventó él: la política de poder posicionada en algún punto del eje decimonónico de izquierda y derecha). La refutación de Chávez debe venir, para usar términos evangélicos, por añadidura, nunca como única justificación.

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Es a esa «falla de origen» que está asociado el concepto estratégico de la «unidad», puesto que por éste se entiende la unidad de la oposición. La idea aparenta tener una solidez lógica y una sensatez inapelables: «Unidos somos más fuertes que desunidos; si queremos salir de Chávez tenemos que unirnos». Quien ose contradecir principio tan evidente, ese axioma tan obvio, o no está en sus cabales o debe ser un infiltrado del chavismo.

Sin embargo, no todas las uniones suman. El aporte del tardío apoyo de Acción Democrática a la candidatura de Henrique Salas Römer en 1998 fue más bien negativo («El beso de la muerte»), y el que COPEI ofreciera a Irene Sáez, hasta fines de 1997 «segura» ganadora, la hundió verticalmente. Luego, los partidos que conforman la federación MUD no alcanzan, sumados todos, a superar las moderadas preferencias expresadas a favor del Partido Socialista Unido de Venezuela, que continúa como fuerza mayor de la política local. En verdad, la gran mayoría de los venezolanos no está alineada con ninguna de estas opciones. Cuando se avecina un proceso electoral y la polarización de la campaña ejerce sus efectos electromagnéticos opuestos, los injustamente vilipendiados «Ni-ni» se miden en 35%, una cota superior a la del PSUV, pero normalmente componen las dos terceras partes de la opinión nacional. A la dirigencia opositora burocrática, formalizada en la MUD, le cuesta aceptar esta realidad política; pareciera pretender que ella acoge, o es la llamada a acoger y agotar el universo de quienes no aprueban a Chávez. «Si Ud. no quiere a Chávez, tiene que estar con nosotros», rezaría un teorema impepinable, tan simplista, dicotómico e inválido como el chavista, que propone que quien no adore a Chávez debe ser por fuerza un defensor de George W. Bush.

Y es que, para decirlo en lenguaje coloquial, cualquier federación que incluya a ciertos componentes de «la 4a. República» se raya por eso mismo. Hay un contingente importante de antiguos partidarios de Chávez que buscan un desagüe porque ya se han percatado de su perniciosidad, pero al mismo tiempo no quieren nada con «la oposición». Por esto, ni siquiera cuando una candidatura de cualidad «unitaria» se oponga a Chávez—y, en consecuencia, capte una gran parte del mercado cautivo de opositores, como hizo Manuel Rosales en 2006—, basta la definición opositora. (Rosales sólo pudo arrastrar 36,9% de los votos en 2006, contra 62,8% de Chávez; logró ganar en el municipio Maracaibo, pero perdió hasta en el Zulia, como en todo el resto del país).

Claro que se dirá que la imagen y aceptación de Chávez se ha deteriorado considerablemente, y cualquier candidato pudiera derrotarlo. Alfredo Keller acaba de reportar que ha medido (entre el 10 y el 23 de febrero) exactamente eso. Su encuesta preguntó: «Si en estos momentos hubiera nuevas elecciones para elegir al Presidente de la República, ¿votaría por Hugo Chávez o por cualquier otro candidato?», y obtuvo 43% para cualquier otro candidato ante 35% de encuestados que votaría por el presidente Chávez.

Alfredo Keller – 1er. Trim. 2011 (clic para ampliar)

Pero lo que eso quiere decir es que una mayoría de ciudadanos preferiría que Chávez no siguiera gobernando al agotarse el presente período (y también que éste ha arrancado una campaña con 35 puntos a su favor). Esto no es nada nuevo; ya el Instituto Venezolano de Análisis de Datos había captado (25 de octubre a 4 de noviembre de 2009) lo siguiente: «Opciones con las que está más de acuerdo, en cuanto al mandato del presidente Chávez: que el presidente Chávez culmine su mandato en el 2010, tras un referéndum revocatorio, 29,8%; culmine su mandato en su período constitucional en el año 2012 y dé paso a otros liderazgos, 35,6%; permanezca hasta el 2021, 6,6%; permanezca más allá del 2021, 19,5%». Esto es, 65,4% de los encuestados prefería entonces que el presidente Chávez cesara en sus funciones a más tardar en 2012. Por otra parte, el mismo Keller tiene a Chávez estabilizado desde el segundo trimestre de 2010—cuatro trimestres seguidos en 35% (lo que ya resulta estadísticamente curioso)—y reporta una disminución del nebuloso candidato innominado respecto del trimestre anterior, el último de 2010, cuando alcanzaba 45%.

Keller ha hecho la misma pregunta desde hace años; entre el tercer trimestre de 2001 y el cuarto de 2003 registró respuestas francamente mayoritarias y positivas hacia un candidato opositor indefinido (con picos del orden de 70% en el cuarto de 2001 y el tercero de 2003). Y todos sabemos lo que aconteció en el revocatorio de 2004, cuando la mamá de la MUD, la Coordinadora Democrática, no pudo evitar que se volteara la tortilla. Luego de la manirrota introducción de las «misiones», y en cuanto el electorado percibió que la revocación implicaría nuevas elecciones y dedujo que Enrique Mendoza, entonces jefe de la oposición, podía convertirse en Presidente, los picos de 70% a favor de otro candidato teórico se redujeron a 41% de la votación contra Chávez.

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¿Cuál es la esencia del éxito electoral? Un candidato debe producir un discurso de campaña y una proyección de su persona que convenza individualmente a un número de electores superior al de cualquier otro concursante. El átomo de una elección, su unidad irreductible, es la conciencia de un elector solo ante la máquina de votación. Por esto es que no se trata de «unión» o «unidad». Lo que se descarga en los sitios de votación es una confluencia, una coincidencia, no una alianza.

Hay, claro, electores que responden a instrucciones giradas por algún partido al que pertenezcan; obedecen a «líneas» partidistas. Pero éstos son los menos entre los electores, como demuestra el siguiente cuadro de identificación con partidos—construido sobre números del Instituto Venezolano de Análisis de Datos—que ni siquiera es una cuenta de militantes efectivos. (Se ha eliminado de la consideración 0,7% de otros partidos y 2% de entrevistados que no supieron o no respondieron. Los colores corresponden a los ítems sumados en los totales por bloque; por ejemplo, PPT se sumó a Ninguno para obtener el porcentaje de no alineados con gobierno u oposición).

IVAD – 23 de enero a 3 de febrero de 2011

Y es que tampoco es la inscripción en un partido garantía de que su línea, su instrucción específica, será acatada por el total de sus militantes. En 1998 Acción Democrática mandó a votar por Salas Römer, pero se sabe que un buen número de sus militantes lo hizo por Chávez, y los resultados del referéndum de 2007 no se explican sin una abstención muy significativa de simpatizantes y aun militantes del chavismo organizado.

La secreta decisión del voto es enteramente personal e individual, un acto íntimo intransferible. Quien quiera ganar una elección debe convencer a una colección suficiente de conciencias individuales, no a una organización o una coalición.

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Los factores de la Mesa de la Unidad Democrática han acordado que la candidatura presidencial que sería apoyada por las fuerzas que la componen sea determinada por unas elecciones primarias. ¿Cómo se ha llegado a la aceptación de tal mecanismo selector? Hagamos historia.

Antes de las primeras elecciones primarias de la última década, las más sonadas fueron las organizadas por COPEI en febrero de 1993, cuando se confrontaron las precandidaturas de Eduardo Fernández y Oswaldo Álvarez Paz. Fueron primarias abiertas, esto es, podían votar en ellas ciudadanos cualesquiera, aunque no fuesen militantes inscritos en COPEI. El partido no repitió el método cuando escogió a Irene Sáez en su Convención Nacional de 1997. Por otro nombre—elecciones por la base—, Acción Democrática había intentado producir su candidatura presidencial tan temprano como en 1968; de ellas salió triunfante Luis Beltrán Prieto Figueroa, y Betancourt prefirió dividir al partido. La experiencia hizo a AD renuente a esta clase de determinación candidatural.

En época de Chávez, la debilidad de los partidos de oposición les hizo temer a lo que se llamaba «sociedad civil». Después del Carmonazo y del fracaso del suicida paro petrolero, se puso de moda la Plaza Francia de Altamira con la «toma» que hizo de ella un grupo de militares opuestos al gobierno. Una amplia y alta tarima sirvió de incontables peroraciones por parte de oradores que no pertenecían a partidos, y por un tiempo los líderes de éstos ignoraron el fenómeno. No pasó mucho tiempo para que se dieran cuenta de la nutrida clientela que iba diariamente a escuchar los discursos y, sobre todo, que los medios de comunicación transmitían casi constantemente lo que allí acontecía, y se desató la tarimitis: un pescueceo por hablar a los visitantes de la plaza, que ya para entonces habían asumido la personalidad de la «sociedad civil» y decían claramente que exigirían mayor participación de la ciudadanía en las decisiones políticas de la oposición, incluyendo la participación en primarias para escoger candidatos a los cargos públicos. La capitulación de los líderes partidistas que se presentaron desde entonces en la Plaza Francia era indicativa: no podían ignorar la opinión participante de quienes se identificaban como la «sociedad civil», pues el magro apoyo que lograban recabar en las encuestas podía desaparecer por completo. A pesar de todo, no hubo primarias para escoger los candidatos a la Asamblea Nacional en las elecciones de 2005, y Henry Ramos Allup fue el líder visible de la estampida que retiró prácticamente todas las candidaturas de oposición. Las encuestas indicaban que todas sumadas alcanzarían no más de 15% de la votación. Las uvas estaban verdes, había escrito Samaniego, y la zorra ya había pasado a la jefatura de la oposición: Enrique Mendoza no pudo dar la cara el 16 de agosto de 2004 y Ramos Allup lanzó la racionalización: falsamente, que había habido fraude.

Henry Ramos Allup, general de retiradas

Para las elecciones presidenciales de 2006, una lista de precandidatos casi tan larga como la actual—el insistente Herman Escarrá, la no menos insistente Cecilia Sosa, Enrique Tejera París, para mencionar unos pocos—confluía sobre tres precandidaturas más aceptables: las de Julio Borges, Teodoro Petkoff y Manuel Rosales. Entonces surgió Súmate como adalid de elecciones primarias para determinar el candidato definitivo. María Corina Machado sostenía por entonces que era preferible retirar una candidatura con 45% de apoyo que una de 15%, lo que, según ella, se lograría con primarias, y que esa retirada tenía por objeto crear una «crisis de gobernabilidad» porque Hugo Chávez no era de talante democrático y jamás entregaría el poder si perdiera las elecciones. En esos momentos escribí:

«Eso es lo que estamos buscando»

Un silogismo político particular, de renovada popularidad por estos días, es ejemplo de lo antedicho. Quienes lo sostienen, estoy convencido, creen sinceramente en la validez de sus inferencias y la veracidad de sus premisas. Premunidos, además, como todo el mundo, de su propia rectitud ética, consideran con igual sinceridad que es su deber patriótico difundirlo o predicarlo, así como oponerse, con no poca desesperación, a los invidentes que sostienen una tesis contraria. El argumento va como sigue.

Quien ahora desempeña la Presidencia de la República no sería persona que creyese en el principio de la alternabilidad democrática. Teniendo el poder, no lo soltará nunca, y es por consiguiente una ilusión pensar que una participación electoral pudiera tener eficacia. Como, por otra parte, una mayor premisa subyacente, tácita, que no necesita ser demostrada porque sería de universal aceptación, es que la perniciosidad del régimen obliga a buscar su cesación como objetivo absoluto, no hay manera de alcanzar esta meta sino por vías no electorales. Somos, por supuesto, demócratas, y en circunstancias normales buscaríamos soluciones electorales, pero una correcta “caracterización” de ese régimen establece que no se compite con un demócrata, y entonces los principios de la guerra justa nos permiten incluso el uso de la mentira—por deber patriótico de desacreditación—y la procura de soluciones de fuerza.

El razonamiento no es nuevo. Fue el que sostuvo la racionalidad conspirativa del carmonazo y la del paro cívico, así como todas las variantes prescriptivas centradas sobre el empleo del artículo 350 de la Constitución. Ahora ha hecho metamorfosis para presentarse con las vestiduras de una nueva sofisticación.

La prescripción señala ahora que «la solución» es propiciar una «crisis de gobernabilidad», condición que sería indispensable para que actores que sólo esperarían por ella—Rumsfeld, o Baduel, o ambos—intervengan para resolverla. Adicionalmente, los sostenedores de este récipe han descubierto, luego de la masiva ausencia electoral del 4 de diciembre de 2005 y el evidente impacto sobre el discurso gubernamental, que la abstención en retirada de último minuto es el fusible eficaz que detonará impepinablemente la crisis buscada. Pero claro, se añade, para que la retirada surta efecto debe primero adquirirse fuerza, una masa crítica opositora construida, por ejemplo, mediante la organización de elecciones primarias que «calienten la calle». Naturalmente, no debe explicarse toda la estrategia al elector común, quien no debe saber que lo de las primarias es una carantoña, pues de sospecharlo no se produciría la participación masiva que el plan requiere. (Carta Semanal #181 de doctorpolítico, 16 de marzo de 2006).

Pero Rosales, Petkoff y Borges torearon la arremetida de Súmate-Machado, y hablaron en triunvirato para decir que las primarias eran sólo un método, y que existía también la ruta de las encuestas y la del consenso. («Inteligenciarse», en terminología de Petkoff). Fue el método de las encuestas el que finalmente mostró a Rosales adelante de Borges y Petkoff y, naturalmente, el primero fue el candidato.

Y ahora, cuando la MUD ha decidido que se cambiará ese método por el de las primarias, el precedente inmediato viene dado por las del año pasado, cuando esa federación determinó 22 de sus 165 candidaturas al parlamento, o sólo un 13% de ellas, mediante primarias. En general, los políticos convencionales y sus partidos, que transaron entre ellos el 87% de esas candidaturas, se han mostrado bastante refractarios al empleo de elecciones primarias. Si lo van a hacer ahora es porque consideran que no tienen otro camino, y seguramente toman en cuenta el fracaso estrepitoso de la candidatura encuestada de Rosales y que el consenso es poco menos que imposible.

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Así que para la Mesa de la Unidad Democrática tiene mucho sentido la celebración de primarias, que además le dan la oportunidad de «calentar la calle», una de las tácticas favoritas de la oposición. No bastan las marchas, las representaciones ante la OEA, las huelgas de hambre. El 26 de septiembre del año pasado la manifestación favorable a la oposición fue de 5.334.309 votos. Si se exigiera este mismo entusiasmo, y 360.000 opositores—el 6,7% de esa votación—se presentaron antes a elegir en primarias el 13% de las candidaturas, para elegir ahora el 100% total de una sola candidatura nacional no menos de 1.772.727 ciudadanos tendrían que presentarse en las primarias presidenciales, aunque sólo fuera para alcanzar, repitiendo el 26 de septiembre, 47,17% en las urnas de, probablemente, el 2 de diciembre de 2012, como habría gustado a Miguel Henrique Otero, Marcos Evangelista Pérez Jiménez y Luis Napoleón Bonaparte.

Las primarias tienen sus bemoles, naturlich. José Rafael Revenga preguntó en este blog:  «¿cómo manejar una dinámica en la cual el ganador en la primaria, con un tercio de los electores que concurran a ella, supere a quien ocupe el segundo lugar por pocos puntos y después, por su desempeño en cuanto ‘candidato único’, se venga abajo en las mediciones?» Por métodos distintos arribamos prácticamente a la misma cifra para una concurrencia mínimamente satisfactoria a esa elección; el número de Revenga es, referido a la votación de septiembre pasado, 1.778.103. A pesar del escarmiento con el método de encuestas, ¿serán verdaderamente necesarias las primarias? ¿No pudiera revisar la Mesa su decisión y percatarse de que las mediciones de opinión pública no son sino otra forma de democracia, no una decisión de cogollos que es lo que sería la negación de la democracia participativa? Pudiera decidirse una fecha de corte y unas encuestadoras confiables para medir la aceptación relativa de quienes quieran salir, de una vez, a tomar contacto con los electores. En la fecha elegida, todos los componentes de la MUD—no el cogollo de un triunvirato como el de Borges, Petkoff y Rosales—comprometerían su apoyo al precandidato de mejor desempeño y aceptación.

Pero pudiera también haber por allí quien pudiera dar un revolcón discursivo a Chávez en la campaña presidencial. Esa persona tal vez fuera alguien que al mismo tiempo sería, en la circunstancia del país, un buen jefe de Estado. Para ser realmente un jefe de Estado bueno para la Venezuela de 2013, pienso, es preciso no ser Chávez y no ser de oposición. (La oposición profesional y agotada en el único propósito de oponerse). Una persona así no necesita participar en primarias para comunicarse con el enjambre ciudadano.

Pudiera considerarse la prudencia de «calentar la calle» con algo más sustancioso que una marcha y, a la vez, más barato que unas elecciones primarias. El problema de Chávez no es sólo electoral; es también, y muy importantemente, uno de contenerle. («Urge encontrar el modo de tomarle la zurda muñeca que empuñará la llave inglesa y dificultarle el opresivo giro con el que querrá expandir su totalitaria y quirúrgica manera de gobernar». Bofetada terapéutica. Carta Semanal #100 de doctorpolítico, 19 de agosto de 2004). No hay razón alguna para dejar de intentar la convocatoria de un referendo que él perdería y, por eso, no quiere convocar: la consulta al enjambre soberano sobre la conveniencia de establecer en el país un régimen político-económico socialista.

¿Habrá, aunque sea una vez, la suficiente imaginación política, el suficiente atrevimiento, la suficiente apertura en la oposición burocrática venezolana como para acoger una proposición como ésa, aunque no se le haya ocurrido a ella? Vale la pena sopesar la importancia de meter a Chávez en una camisa de fuerza programática que anule su coartada socialista, porque pudiera muy bien ser que él gane las elecciones. LEA

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Del pasado próximo (6 de mayo de 2010)

En una de las gavetas de este blog, hay copia del video que se coloca abajo, con el primer segmento de una conversación a poco de que concluyeran las primarias de gobierno y oposición para escoger candidatos a la Asamblea Nacional. El amigo William lo cerró refiriéndose a mí con el nombre de un compañero suyo, de apellido Delgado. Antes de aclarármelo, creí que era por mi esbeltez.

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Infidencias riesgosas

Escultura de Regina Silveira (Porto Alegre, Brasil, 1939)

Propongo una situación de causa-efecto totalmente imposible entre un pequeño santo popular y su sombra fantasmagórica. El pequeño santo de madera representa a Santiago Apóstol (El Matamoros) sobre su caballo blanco, patrono militar de la América Española en los tiempos del Descubrimiento. La sombra distorsionada de la figura a caballo con espada en mano proviene de la imagen en silueta de un monumento ecuestre del escultor modernista brasileño Victor Brecheret, actualmente en la plaza Princesa Isabel en São Paulo. El monumento representa al Duque de Caxias, patrono militar brasileño y comandante en jefe de la Triple Alianza que a mediados del siglo XIX unió Brasil, Uruguay y Argentina contra Paraguay y los llevó a una guerra sangrienta que prácticamente destruyó aquel país, dejando huellas que perduran hasta hoy. La paradoja de la sombra que es distinta a lo que la origina, y que a la vez conecta figuras de dos jefes militares con actuaciones históricamente discutibles, me ha posibilitado unir tiempos y geografías distintas, y comentar las relaciones seculares de poder que militarismo y religión han mantenido en este continente.

Regina Silveira

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Después del 26 de septiembre, el presidente Chávez se fue a Cuba para regresar con una obsesión nueva: anticipar el futuro. Así, todas las salas situacionales se ocupan ahora de la “prospectiva”. (…) La temática del análisis está centrada sobre la previsión de una explosión social que el oficialismo juzga harto probable, a partir de los datos que maneja sobre la miríada de protestas que ha emergido en el país. (A menos que la población “continúe” siendo sumisa. Para asegurar esto último los analistas gubernamentales se ocupan también de imaginar nuevos métodos de control social).

Blog de Dr. Político

Runrunes prospectivos, 26 de noviembre de 2010

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Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia.

Luis Enrique Alcalá

Código de Ética Política

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La llamada decembrina y nocturna, out of the blue, llamó mi atención. Era de un conocido con quien no tenía intercambio desde hacía bastante tiempo. Me dijo que quería reunirse conmigo a conversar, advirtiéndome que esto tendría que ser en el nuevo año pronto a comenzar, pues ahora se iba de viaje. Alguna extrañeza me causó la conjunción de la persona, la hora algo avanzada y el peculiar anuncio con más de un mes de anticipación, pero no pensé más en el asunto.

Luego llamó una tarde comenzando el mes de febrero, y entonces esbozó vagamente el motivo del contacto. «¿Te acuerdas de los estudios prospectivos—preguntó—que hacíamos a fines de los setenta? Bueno, yo creo que la situación nacional es muy preocupante, y conviene hacer uno ahora para prever qué va a pasar». Indicó que me llamaría de nuevo para precisar la oportunidad de reunirnos y comparar notas.

Pasó otro mes antes de que me invitara a merendar, un día cuando ambos teníamos, casualmente, dos horas libres en nuestras respectivas agendas. Lo que sigue es el contenido principal y curso de nuestra conversación.

Hubo los consabidos planteamientos preliminares; por ellos me enteré de la relación profesional amistosa que había tenido—no indicó que continuara a estas alturas—con un importante funcionario del gobierno del presidente Chávez, de cómo le había hecho un favor, ayudando a clarificar una cierta circunstancia en gestión personal ante el Presidente. El funcionario en cuestión hizo carrera militar y hoy está en situación de retiro. Supongo que está muy agradecido de los buenos oficios de mi interlocutor.

Luego hizo una declaración en la que establecía una conexión entre las meritorias acciones burocráticas de ese personaje y las presuntas capacidades del suscrito, y dijo: «Por eso es que estoy ahora contigo, para la cooperación, la colaboración». Esto cerró el preámbulo.

Entonces pintó un cuadro de conflictividad creciente, señalando que el número de las protestas sociales crecía y podía esperarse una explosión. «Sí»—le dije. «Eso mismo teme el gobierno»—recordando Runrunes prospectivos—. «Algunas protestas son espontáneas y otras son fabricadas», a lo que respondió: «¡Claro! ¡Fabricadas por el gobierno, que tiene interés en cogerse todo el coroto con el pretexto del caos social que él mismo fabrica!» Y disparó, acto seguido, la pregunta cuyo destino era el establecimiento de la premisa mayor que quería fijar: «Dime una cosa: ¿tú crees que Chávez va a entregar el gobierno por las buenas?»

De inmediato contesté que, en efecto, sí creía que lo haría; contestar contrariamente me hubiera hecho inconsistente. El 8 de febrero de este año había escrito acá en Neurochaparrón: «No habrá fraude electoral. Hugo Chávez es de temperamento épico. Eso significa que le importa mucho cómo será recordado por la historia. No quiere ser recordado como un hombre que retuvo fraudulentamente el poder. (…) No habrá fraude electoral. Quien gane o pierda en 2012 habrá ganado o perdido en realidad». Era una respuesta que no esperaba.

Intentó manejar la sorpresa buscando persuadirme de que Chávez nunca entregaría el poder por las buenas, y la primera «prueba» que adujo fue un estudio de la personalidad de Chávez que habrían producido psiquiatras y psicólogos cuyos nombres no fue capaz de aportar, preguntándome si yo lo conocía. Le aseguré que sí y que sabía, no de uno, sino de varios; desde un temprano bosquejo elaborado en 1999 por la difunta María Josefina Bustamante, pasando por el análisis de Franzel Delgado Senior, hasta varios otros en la misma vena. «Yo mismo he escrito sobre el tema—le expliqué—, siguiendo la caracterización de Owen de una personalidad hibrística, e hice notar que Chávez llena, no los cuatro signos requeridos en una enumeración de catorce ítems distintivos de esa personalidad, sino todos los catorce». (Reseña de libros, 18 de septiembre de 2008). «Pero de allí no se desprende que Chávez no entregaría su cargo si pierde en las elecciones», concluí.

Su segunda aproximación retornó a la técnica inquisitiva: «¿Quién influye sobre Chávez?» «Un bojote de gente», contesté. «Sí, pero ¿quién influye más?» «Bueno—le dije—, Fidel Castro». «Exactamente—repuso creyéndose triunfante—; Castro lleva más de cincuenta años de dictadura y es un desgraciado». Como no sólo él conoce la utilidad retórica de las preguntas, pregunté a mi vez: «Y ¿cuántos muertos y torturados cargaban sobre la conciencia de Castro en sus primeros doce años, que es lo que Chávez lleva mandando? En el primer año y medio de Castro en el poder ya no quedaban empresas privadas de alguna significación en poder de sus dueños». (Retóricamente hablando, conviene blindar una pregunta con una afirmación que la siga; dejarla suelta puede conducir a una derrota argumental). «Para allá vamos», atinó a oponer. «Es posible—respondí—, pero Chávez no es Castro».

Todavía hizo un intento más, y quiso ofrecerme una interpretación del gobierno chavista que prometía ser exhaustiva. Entonces le interrumpí diciéndole que no perdiera tiempo, que la política es mi profesión y mi vida, que vivo en Venezuela y estoy bastante bien informado de lo que en ella ocurre, que el carácter del reo es bien conocido desde el 4 de febrero de 1992. De inmediato aproveché la ventaja de esta posición para decirle: «Está claro que tu pregunta inicial era para establecer, como premisa mayor de lo que querías plantearme, que Chávez no entregaría nunca el poder por las buenas y, por tanto, tu conclusión iba a ser que había que sacarlo por las malas». En eso llegaron los croissants, los jugos y los cafés que habíamos ordenado, admitió que eso era exactamente lo que quería sugerir y comenzó a comer.

………

La pausa alimenticia me permitió hacer una declaración de principios cum narración; mientras él masticaba yo hablé.

A comienzos de febrero de 2002, más de dos meses completos antes del Carmonazo, explicaba al periodista Ernesto Ecarri (El Universal) que, en efecto, existía un derecho de rebelión. Ecarri había querido tomar mi opinión en momentos cuando se componía una baraja de modos para salir de Chávez: constituyente, proponía Herman Escarrá; petición de renuncia, exigían varios; enmienda constitucional de recorte del período presidencial, promovía ingenuamente Primero Justicia.

Expuse a Ecarri que la definición más clara del derecho de rebelión estaba contenida en la Declaración de Derechos de Virginia, cuya tercera cláusula reza: «Cuando quiera que cualquier gobierno fuere encontrado inadecuado o contrario a esos propósitos [el beneficio común, la protección y la seguridad del Pueblo, la Nación o la comunidad], una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e irrenunciable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en manera tal como sea juzgado más conducente al bien público». Ecarri publicó esta cita.

Pocos días después escribía Jorge Olavarría (Q. E. P. D.) dos artículos de prensa bajo el título Derecho de rebelión, pero su prescripción era la de un golpe de Estado clásico: unos agentes con poder depondrían al gobernante y explicarían al país en un manifiesto los motivos de su acción. Luego fue a Televén el viernes 22 de febrero de 2002 a exponer la misma cosa en un espacio de entrevistas del noticiero del mediodía. Entonces me preocupé, y logré que Carlos Fernandes me convocara a una edición de su programa (Triángulo) para el lunes 25, cuando expuse: que el derecho de rebelión era exclusivo derecho de la mayoría de la Nación; que era doctrina constitucional venezolana (19 de enero de 1999) que el Poder Constituyente Originario no estaba limitado por la Constitución, que sólo constreñía a los poderes constituidos; que si una mayoría de los venezolanos firmaba un acta que declaraba abolido el gobierno, éste lo estaría de pleno derecho.

Las consideraciones que anteceden suscitaron un interés momentáneo, y una de sus manifestaciones fue que la revista Zeta me pidiera un artículo sobre el concepto de abolición. Escribí el artículo el 3 de marzo de 2002, casi cuarenta días antes del 11 de abril, y en él puse, algo proféticamente:

“…el sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga, el Cardenal Velasco, Carlos Ortega, Lucas Rincón o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia”.

Quien me había invitado a merendar—y pagaría—estaba a punto de consumir el resto de su croissant y apuré el paso. (No había tocado el mío). «La política es mi profesión, y la entiendo como un acto médico, no quirúrgico», declaré. «Los medios clínicos deben agotarse por completo antes de pensar en cirujanos». Entonces di mi primer mordisco de la tarde.

Mi acompañante no atinaba a refutar lo que le había expuesto, y pude proseguir: «Hay algo que no se ha hecho nunca, y esto es colocar en juego una contrafigura competente y eficaz, capaz de dar un revolcón argumental a Chávez en una campaña por la Presidencia de la República. Los gringos dicen: You can’t fight somebody with nobody. Por eso es el modo serio y responsable de encarar la cuestión la determinación de, por un lado, si hay alguien capaz de ganarle a Chávez en el debate electoral y también, porque es lo más importante y no es lo mismo que lo anterior, si esa persona sería un jefe de Estado idóneo. Si la respuesta es positiva en ambos puntos, el resto es cuestión de ingeniería: cómo llevar a la posición de campaña a esa persona desde la ubicación que ahora tiene».

Seguí comiendo. Mi interlocutor calló unos minutos y después aventuró uno o dos nombres que le gustaban como candidatos, ambos de la vieja política partidista e ideologizada. Los negué por esa misma razón. Luego pasamos a preguntar cómo estaban nuestros respectivos familiares y el pidió la cuenta que, previsivamente, revisó en detalle, para encontrar que se había cargado el precio de una botella de agua mineral que ni habíamos pedido ni consumido. Advirtió a la mesonera y pagó lo estrictamente justo.

………

A la salida de la panadería-pastelería me dijo: «Yo lo que creo es que el que debe suceder a Chávez es un militar». Aquí sí me puse obstinado y repudié, quizás demasiado enfáticamente, esa posibilidad: «No creo en soluciones homeopáticas, en curar la enfermedad con enfermedad. No puede prescribirse de antemano, además, que el candidato debe ser civil o militar, mujer u hombre, universitario o lego. Repito: busca quien pueda ser a la vez un jefe de Estado competente y capaz de revolcar a Chávez en la disputa electoral de los discursos, capaz de convencer a los electores. Ninguna otra idea es seria».

Ya en mi casa me preguntaba si él tenía en mente un militar en particular. ¿Sería el que me había mencionado al principio, en aparente comentario casual? Entonces me reconvine por mi apresuramiento; al matarle en la mano el gallo de su premisa, al no haber preguntado qué militar concreto podía ser el sucesor que prefería, posiblemente dejé de enterarme del chisme del año: la identidad del funcionario del gobierno que conspira para sacar a Chávez por las malas. LEA

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