por Luis Enrique Alcalá | Dic 10, 1984 | Fichas, Historia, Política, Terceros |

El #1 de Válvula, diseñado por Ariel Toledano
Es para mí sumamente grato venir hoy a esta casa, en el corazón mismo donde palpita el espíritu y la labor de este conjunto humano tan valioso y tan significativo que es el pueblo canario, para dirigirles algunas palabras sobre un tema que a todos nos une, que a todos nos preocupa y que debe constituir el tema central del examen de conciencia que hoy más que nunca los hombres que pertenecemos a la vasta familia de los pueblos hispánicos tenemos que hacer sobre nosotros mismos, y también, de una manera cada vez más penetrante y objetiva, sobre las posibilidades que se nos abren y sobre los desafíos que se nos presentan en el mundo de hoy.
Me complace decir estas palabras aquí en Tenerife, en el corazón del pueblo canario; me complace como venezolano, me complace como hispanoamericano, me complace como hombre que pertenece y reconoce su raíz profunda dentro del conjunto de la familia de los pueblos hispánicos, me complace porque estas Islas—lo he dicho muchas veces y no es ninguna novedad—tienen una función muy peculiar: han sido la puerta de América por mucho tiempo, fueron un barco de piedra o varios barcos de piedra que navegaron hacia América mucho antes de que los barcos de madera llevaran a los hombres que iban a realizar el descubrimiento y han sido el puente natural entre eso que se llamó el Nuevo Mundo, un poco arbitrariamente, y el Viejo Mundo de Occidente; puente en que se mestizaron y se mezclaron, en un encuentro sin término, esas influencias y esos aportes y que no solamente por las necesidades de navegación de la época, sino por lo que yo llamaría una especie de cámara de descompresión, sirvió para que lo americano entrara en Europa un poco más digerido y para que lo europeo llegara al nuevo continente un poco más aclimatado.

El auditorio de Úslar Pietri
Esa función no ha cesado, por más que ya no vamos en veleros a la aventura del Atlántico y, desde luego, no solamente no ha cesado desde el punto de vista de la comunicación, sino que no ha cesado en la presencia activa de la hechura de ese Nuevo Mundo. Yo vengo aquí como venezolano, desde luego, y no podría hablar de otra manera, pues para ningún venezolano es extraño el pueblo canario. Cuando he llegado aquí—lo he dicho ya—no me he sentido en una tierra desconocida. Aunque es la primera vez que a ella vengo, todo me resuena a lo mío, todo me recuerda a mi país: los rostros, los nombres, las gentes, los acentos, las maneras de ser. Y no es un simple milagro de coincidencia. Es porque, en verdad, en el fondo somos la misma gente, es porque en la hechura de ese país que se llama Venezuela está la presencia canaria de un modo impresionante; en todas las formas, en todos los aspectos de la actividad del país. En los últimos trescientos años la presencia canaria ha sido fundamental y al aporte canario hemos debido muchas cosas: hemos debido el desarrollo material del país en muchos aspectos, hemos debido el aporte de brazos y energías para labrar la tierra, hemos debido también y recibido con orgullo y complacencia el aporte de la mente, de la voluntad y aún del espíritu creador y heroico que llegó a encarnar en grandes personalidades venezolanas cuyas raíces están en estas Islas, como en el insigne caso, para no citar sino uno, de Francisco de Miranda. Todo nos une a canarios y venezolanos y no nos cuesta ningún trabajo sentirnos aquí en casa propia. Decía yo ayer, cuando visité la casa de Venezuela y hube de escribir una pequeña frase de recuerdo de la visita, que me complacía mucho “estar en la Casa de Venezuela en Canarias, porque por lo contrario, la casa de los canarios del otro lado era Venezuela entera». Y no he hecho sino confirmar este sentimiento en esta visita.
Vengo hoy a hablarles de un tema que me parece importante y que trataré de abarcar de la manera más rápida, para no fatigarles ni aburrirles. El tema es simplemente éste: ¿qué papel podemos hacer las naciones hispánicas, los pueblos nacidos de ese gran acontecimiento histórico, en este mundo de hoy, caracterizado por muchos aspectos peculiares? Este planteamiento que ha sido oportuno siempre y que muchas veces, desgraciadamente, hemos tratado superficialmente, nos es hoy muchísimo más oportuno y urgente porque en este momento España está reemprendiendo su viejo camino, está reencontrándose con ella misma, está buscando su rumbo en este complejo mundo, y ese reencuentro de España con ella misma no puede ser completo ni puede dar todo su fruto si no es simultáneamente un reencuentro con toda la vasta familia de los pueblos hispánicos, porque es juntos como podemos emprender y realizar las grandes tareas que nos impone y nos exige este duro, difícil, peligroso, pero cuajado de posibilidades mundo que nos ha dado la historia de nuestro tiempo.
Podemos apreciar esa situación del mundo hispánico de hoy si nos referimos a algunos aspectos muy sencillos. Vivimos en un mundo globalizado, lo hemos oído mucho, pero realmente resbalamos sobre la palabra, no nos damos cuenta de lo que significa.

La globalización como oportunidad
Por primera vez en la historia, por primera vez desde que el hombre ha tomado conciencia de su situación existe realmente una situación global. Ya hemos dicho; y lo he oído decir muchas veces, que no hay país interdependiente, que no hay país aislado, que lo que pasa en alguna parte del mundo tarde o temprano repercute en la más lejana. Y eso es cierto, fue cierto hace mucho tiempo y ahora lo es de un modo más evidente y dramático. Nos olvidamos de que vivimos en un mundo que ha llegado a conectarse de un modo tan estrecho que constituye la realización a escala global de lo que antes no era posible sino en un espacio sumamente reducido. Hemos llegado a eso que uno de los investigadores de la modernidad ha llamado con una frase feliz “la aldea mundial». Somos todos habitantes de la aldea mundial. El hombre de la aldea primitiva no necesitaba periódicos, ni radio, ni siquiera pregonero, porque era partícipe y testigo de todo lo que ocurría en la aldea, estaba al día en todo, no tenía más remedio que estar al día. De modo que era una vía participativa completa, de comunicación total. Eso se rompió y se perdió o se redujo a dimensiones geográficas muy insignificantes, cuando el mundo creció y se complicó y cuando surgieron las nuevas estructuras políticas y sociales. Ahora hemos regresado, de un modo inesperado, a la aldea, a la vida de aldea; una aldea que en lugar de ser el asiento de un millar o dos millares de personas, es el asiento de cuatro mil millones de seres humanos y será dentro de quince o veinte años probablemente de seis mil o siete mil millones; pero que están tan cerca, tan estrechamente vinculados, como estuvieron los habitantes de la aldea. Eso lo demuestran las comunicaciones: el mundo está hoy en día intercomunicado de un modo completo.
Nosotros hemos presenciado, hace pocos años, yo no diría el milagro del primer hombre que llegó a la Luna, sino el milagro no menos grande y, a mi modo de ver, muchísimo más significativo de que ochocientos millones de personas hayan presenciado en el mismo instante ese milagro que se producía. El milagro de las comunicaciones en ese caso fue verdaderamente inconmensurable y no , lo medimos, no nos damos cuenta de lo que eso significa: que en la redondez total de la Tierra hubo la emoción de ser testigos del momento en que, en fracaso o en triunfo, el primer hombre ponía el pie sobre una superficie Hoy se construye estadios grandes en que entran doscientas, trescientas mil personas, pero son muy pequeños, porque existe un estadio mundial en que de pronto un juego de fútbol o un campeonato mundial de boxeo lo presencian simultáneamente doscientos, trescientos o cuatrocientos millones de espectadores. ¿Qué significa esta dimensión nueva? ¿Qué impacto tiene esta dimensión en todos nosotros? Esto nos hace partícipes, solidarios, miembros del acaecer.

Una guerra televisada y protestada
Hemos sido testigos en nuestro tiempo de grandes sucesos. Todos recordamos el eco que despertó en el pueblo americano la guerra del Vietnam. Yo no creo que la guerra del Vietnam haya sido la peor guerra que se haya librado en el mundo. No la voy a defender tampoco, pero no creo que se hayan cometido allí las peores atrocidades que el hombre ha cometido. El hombre ha cometido atrocidades desde la época de las cavernas y lo que ha aumentado es su capacidad de acometerlas, pero no la voluntad ni el deseo de hacerlas. ¿Qué tenía la guerra de Vietnam, que no tuvieron otras guerras anteriores, para provocar aquella reacción poderosa en el pueblo americano que llevó a una crisis política y a cambios de rumbo muy significativos? ¿Cuál es el hecho nuevo? No el de que era una guerra cruel. Fue muy cruel la guerra de los Bóers a fines del siglo pasado; las guerras coloniales fueron de una gran crueldad, la Primera Guerra Mundial fue espantosa, la Segunda infinitamente más y no provocaban reacciones revulsivas. ¿Qué es lo que cambió?
Cambiaron las comunicaciones. El hombre que compraba un periódico a fines del siglo XIX y leía una noticia de cuatro, cinco o seis días anteriores que venían del Sur de África dando cuenta de alguna operación de la guerra estaba leyendo una noticia fría, un hecho que ya había ocurrido, estaba leyendo historia. En cambio, el hombre que en su casa con la mujer y el niño en el hogar encendía el televisor en los Estados Unidos para saber qué pasaba, se encontraba de repente catapultado, literalmente, al escenario mismo de una guerra espantosa, y su reacción no podía ser la misma del viejo lector de periódico, del hombre que leía la noticia como historia, sino la del hombre que la vivía como acontecimiento, que quisiera o no, estaba participando en aquello porque no tenía otra manera de escapar del horror inmediato y directo que estaba presenciando en el lugar en que se refugiaba para tener paz y tranquilidad, en su propio hogar.
Las comunicaciones son las que han cambiado la situación del mundo y lo han globalizado de un modo que no existió nunca antes. Y ese hecho, que nos hace a todos participes de todo, nos ha hecho mucho más dramática la vieja noción de que todos somos interdependientes en lo que ocurre en cualquier parte del mundo. Esta situación nos lleva también a considerar que hoy existen muchos problemas universales que no existían antes. La dimensión normal en que se veían era la nacional, a lo sumo en términos regionales. Pero hoy el mundo está confrontando problemas que escapan a la dimensión nacional. Para no citar sino de paso a algunos, el problema de la población es uno que ningún país puede resolver aisladamente, es un problema planteado en términos universales y que no tendrá solución sino en términos universales. O el problema monetario. ¿Qué puede hacer un país hoy ante la inflación galopante y el desajuste financiero y monetario del mundo por sus propios medios y dentro de sus propias fronteras por grande y poderoso que sea? Prácticamente nada. Si el mundo va a encontrar un nuevo orden monetario, si el mundo va a lograr frenar el desbocado caballo de la inflación que abarca el globo entero, tiene que hacerlo por medio de una política global que implique a todos los países del mundo. El problema de la alimentación que tanto nos preocupa ningún país lo puede resolver por sí solo.
¿Qué vamos a hacer con el lecho oceánico? ¿Cómo vamos a utilizar y aprovechar esa última frontera de recursos no tocados que le queda abierta a la humanidad? ¿Es que algún país por sí solo puede acometer eso? O, lo que es aún peor, ¿sería deseable o aceptable que lo acometiera? ¿O nos están imponiendo las circunstancias mismas la necesidad de ponernos todos de acuerdo para ver entre todos qué hacemos con esa última herencia que la naturaleza nos ha dejado intacta hasta ahora? De modo que en toda cosa que tropezamos estamos encontrando que la dimensión nacional ha sido sobrepasada; por donde lo miremos las grandes cuestiones escapan a la esfera nacional y tienen que ser consideradas en otra forma.
La guerra misma era antes una noción limitada, reducida geográficamente. Peleaban dos países, peleaban varios países y era posible que alguno fuera neutral, era posible que zonas enteras y continentes enteros permanecieran fuera de los grandes conflictos armados y fueran afectados en forma muy limitada. Pero hoy estamos en la época de la guerra global. Si mañana en el mundo—Dios no lo quiera y espero que los hombres no lo querrán tampoco y harán lo posible porque no ocurra—estallara el gran conflicto nuclear bajo cuya amenaza vivimos desde hace treinta o más años, no hay neutralidad, no hay refugio, no hay quien pueda salvarse. No son los sesenta u ochenta millones de seres humanos que morirían en las primeras horas de un conflicto de esa magnitud; es la disolución, la destrucción de todo lo que hace posible la vida de cuatro mil millones de seres humanos las comunicaciones, la producción de medicinas, los socorros, los alimentos. La humanidad entera caería en la más espantosa situación de escasez, de violencia, de miseria y de barbarie.
¿Qué hago yo en mi patriecita para sacar mejor provecho de esta situación? Todo ha revestido esas magnitudes que imponen que no podamos ya seguir pensando en términos nacionales. Eso ocurre en la magnitud de los problemas, y si tuviéramos que verlo más lejos, lo veríamos en los hechos mismos. En lo que ha sido, por ejemplo, y para decirlo con una palabra que hay que decir valientemente, “la decadencia de Europa». Hace medio siglo, a la cabeza del mundo estaban naciones europeas, la primera entre ellas, la Gran Bretaña. Una cuarta parte de la humanidad se gobernaba desde Londres, la seguridad de los mares estaba garantizada por la Gran Bretaña, la policía mundial de la paz la ejercía ella con dos o tres naciones importantes. Eso ha terminado y desaparecido. En el mundo hay dos superpotencias y nada más, dos inmensos superpoderes que abarcan dimensiones globales. Y esos superpoderes tampoco están aislados. Cada uno de ellos constituye el centro de combinaciones sumamente extensas de países y de organizaciones que lo complementan. Es muy fácil ver, lanzando una mirada al mapa, esas organizaciones: la OTAN, el Pacto de Varsovia. ¿Todo eso qué significa? Que el mundo está globalizado mentalmente, económicamente, culturalmente y políticamente.

La economía planetaria
Si nos reducimos a la actividad económica, nosotros seguimos repitiendo lo que recibimos del pasado. Los conceptos del capitalismo reflejan una visión decimonónica y victoriana de lo que éste era en el siglo XIX: una exportación de capitales, una venta de manufacturas para cambiarlas por productos primarios. Pero eso ha desaparecido prácticamente. Hoy estamos ente el fenómeno de las transnacionales. Y ¿qué son las transnacionales? ¿Son la invención diabólica de algún grupo de conspiradores? No, es simple y llanamente la consecuencia de la dimensión mundial de la realidad. Son organizaciones económico-financieras que no podrían operar en el marco nacional, que rigurosamente—y ésta es una verdad que no hay que olvidar—no pertenecen a ningún país, que no tienen patria, que son globales, que trabajan con capital del mundo entero y con trabajo del mundo entero y con mercados del mundo entero; que producen en España para los españoles o para gente de afuera con trabajo español y con dinero español, pero con dirección transnacional y que trabajan en China de la misma manera y en la Unión Soviética. (En la Unión Soviética existe una planta de Coca-Cola y una fábrica FIAT). Y esto no significa sino que ese fenómeno va mucho más allá no sólo de las barreras políticas, sino de las barreras ideológicas y es fruto del mundo en que vivimos. ¿Cómo enfrentar el fenómeno de las transnacionales, qué puede hacer un país aislado, qué pueden hacer Francia o España, qué puede hacer Venezuela, qué pueden hacer los propios Estados Unidos? Gran parte de los desajustes económicos del mundo, financieros y monetarios, se deben a las traslaciones inmensas de fondos y a la creación inmensa de capitales que estos gigantes económicos están obligados, por su propia magnitud, a crear y a desplazar. ¿Cómo ponerle freno? Un país aislado podría tal vez tomar medidas, pero esas medidas serían tanto como cortarle la punta de un brazo a uno de esos pulpos monstruosos que tienen centenares de brazos. Les afecta poco, siguen funcionando con los demás y a lo mejor ese brazo les vuelve a nacer dentro de poco tiempo. Frente a ese fenómeno de la transnacionalidad económica y financiera hay que pensar que el enfrentamiento, el control, el freno, tienen que venir de una reglamentación igualmente transnacional, de formas de cooperación internacional que enfrenten ese problema. No para destruirlo, porque ninguna creación del hombre es gratuita—lo que el hombre ha hecho siempre es anticiparse o darse cuenta de las posibilidades que existen en un momento—sino para defenderse, sabiendo que ese fenómeno existe por una necesidad, que no va a desaparecer, pero que hay que reducirlo a normas, limitarlo en su poder y disminuir sus aspectos negativos.
También podemos ver que el mundo de hoy, grosso modo, está dividido por dos grandes clivajes de poder. Entre el Este y el Oeste se alza la vieja línea ideológica que surgió agudamente después de la Segunda Guerra Mundial y que enfrenta los países del régimen llamado socialista, los del Este, a los países llamados de mercado libre o de política pluralista, capitalista, o liberal, los del Oeste. Y el clivaje que es viejo, pero no la conciencia de que existe, que divide al mundo también en dos mitades, Norte y Sur. El Hemisferio Norte ha concentrado casi todo el poder industrial del mundo, el poder tecnológico y científico y casi todo el poder financiero y económico y, desde luego, el poder político. Y en el Sur están los países llamados con eufemismo “en vía de desarrollo”, que son los que están en un nivel completamente distinto de aquel otro, en su capacidad económica, en su capacidad de acción, en su poder real y que está luchando por todos los medios de modificar esto para crear lo que se llama un nuevo orden económico mundial. Lo que no va a ser fácil y que requerirá que los habitantes de la aldea global se pongan de acuerdo para atenuar esas diferencias entre los distintos mundos de que tanto se habla: un Primer Mundo, un Segundo Mundo, un Tercer Mundo. (Hay quienes hablan de un Cuarto Mundo y hasta de un Quinto Mundo en la escala descendente de la miseria.)
Dirán que yo peco de intelectual, lo cual no es tan grande pecado, pensando que la cultura tiene mucha importancia. Y cuando yo digo cultura no me estoy refiriendo a lo que comúnmente llamamos con ese nombre que no es sino una parte de la cultura. No es cultura solamente la popular, la folklórica: los bailes, las danzas o los cantos que los distintos pueblos han creado y que son muy disímiles. O la cultura superior: el techo de la Sixtina, la Novena Sinfonía, el Quijote, los místicos españoles. Todo esto forma parte de la cultura, pero sólo una parte de la cultura. La cultura es la manera de ser del hombre. Todos los hombres somos iguales biológicamente, pero somos infinitamente diferentes culturalmente y es la cultura la que cuenta, porque es el vestido, y el alimento, y el lenguaje, la creencia y los valores. Y eso es un hecho social de primerísimo orden, porque la economía es un efecto de la cultura, como lo es también la técnica. La invención del arado romano es un hecho cultural, como lo es la invención del motor de explosión. Y no podemos olvidarnos de que eso existe y de que se están creando en el mundo, y se han creado de hecho, grandes familias de pueblos unidos por la afinidad cultural.
Veamos a una de esas familias, tal vez la más poderosa en el mundo de hoy, la anglosajona, que está distribuida en cinco continentes, pero que une efectivamente a los ingleses, a los norteamericanos, los canadienses, los de Australia y Nueva Zelandia y los de Africa del Sur. ¿Qué los une, dispersos por el mundo como están? Los une la comunidad cultural, una misma manera de entender al hombre, de entender al mundo, de entender el destino y de entender la sociedad. Y eso es un hecho cultural. También la familia eslava, que es una inmensa familia y que está representada por la Unión Soviética. Y tenemos igualmente, las grandes agrupaciones asiáticas, ese inmenso espacio cultural que es la China, y la India.

La extensión de nuestra cultura
Si eso es así y si ese hecho es evidente y fundamental, ¿por qué no volvemos un poco la mirada hacia lo que somos nosotros, hacia esta familia cultural que es la del mundo hispánico? Esa familia cultural tiene su unidad. Cuando decimos, por ejemplo, Europa u Occidente, nos olvidamos de las diferencias que se dan en ellos. Europa está partida como por una cruz, por el clivaje Este-Oeste y por el del Norte-Sur. La Reforma no fue una ruptura cultural. Lutero fue la expresión de una mentalidad, de una peculiaridad, de una realidad social y mental diferente de la de los países del Sur; y por eso la comunidad europea que mal que bien se mantuvo hasta el final de la Edad Media, se rompió irremediablemente.
¿Quién la rompió? ¿La voluntad de un hombre, la idea de un monje herético que decidió un día repudiar al Papa? Sería muy sencilla la historia si fuera el producto de los caprichos de unos cuantos que un buen día se les ocurre hacer algo que no se les había ocurrido a los demás. La historia tiene una mecánica mucho más compleja, fuerte y sólida, y los hombres, después de todo, no podemos llegar a aspirar a más que a ser los intérpretes de eso que está ocurriendo, y la personificación de esas realidades subyacentes, pero no inventamos las circunstancias ni las podemos inventar. Hay un hecho cultural debajo de toda situación de poder, política o geográfica. Ante eso, ¿qué es la comunidad hispánica? ¿Qué es la comunidad ibérica? Es una comunidad extraordinariamente , importante y grande, y debería ser mucho más importante y grande y pesar mucho más en el mundo de lo que pesa.
Vamos a ver rápidamente algunos de sus aspectos, porque desde luego no nos da tiempo para detenernos mucho. Podemos contar, en primer lugar, un espacio geográfico. De esas familias unidas, la única que tiene prácticamente una continuidad geográfica es la hispánica. Los pueblos anglosajones están repartidos en los cinco continentes. En cambio, la unidad hispánica va de la península más suroccidental de Europa hasta el inmenso espacio continental de la América del Sur, desde la frontera sur de los Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego y la Patagonia, hasta los hielos del Océano Antártico. Semejante unidad de espacio geográfico no la tiene ninguna otra.
Tenemos, igualmente, una población numerosa. Hoy los hombres que hablamos el español como lengua materna pasamos de doscientos millones de personas y vamos a ser seguramente trescientos y tantos millones de personas para el año 2000. Si a eso añadimos los lusoparlantes, de los que nos separa prácticamente un matiz de lenguaje, seriamos hoy trescientos millones y el año 2000 quinientos o seiscientos millones de seres humanos, que es bastante más que los millones de angloparlantes que no van a crecer al mismo ritmo y que, desde luego, ya en ese terreno no se pueden comparar con ninguna otra colectividad de pueblos. ¿Por qué no se pueden comparar, me dirán ustedes? Y se los voy a decir: porque la lengua española—o la lengua portuguesa en este mundo ibérico—no es una lengua superpuesta sino que es una lengua compartida. Hay lenguas que cubren teóricamente una masa de humanidad. mayor. Cuando uno toma las estadísticas encuentra que en ellas, que generalmente están hechas de un modo objetable y a veces no del todo inocentes, aparecen como las mayores lenguas del mundo: el chino, con 800 millones; el inglés con 369; el ruso con 246 y el español con 200. Estas cifras no son exactas, o lo que significan no es lo que parecen significar. En primer lugar, no es cierto que 800 millones de seres humanos hablen chino, no se habla chino en toda la China; la lengua de Pekín, el mandarín, se habla en una pequeña parte de la China, de tal modo que un habitante de Pekín no puede ir a Cantón y hacerse entender hablando y eso ocurre en toda la extensión de China. Lo que los unifica es algo providencial, es que tienen una escritura ideográfica y no una escritura fonética. Si fuera fonética los dividiría, en cambio el ideograma lo leen los chinos de todas las lenguas sin dificultad ninguna, porque el signo que significa casa lo entienden todos, aun cuando al leerlo emitan una voz totalmente distinta. O el caso del inglés: si uno suma la población de la Gran Bretaña, la de los Estados Unidos, la del Canadá, la de África del Sur, la de Australia y Nueva Zelandia, llegaríamos a esa suma como lengua materna. El caso del ruso es semejante; la Unión Soviética tiene 246 millones de habitantes, pero la mayoría de ellos no lo tienen como lengua materna. El ruso es lengua materna de sólo una parte de la Unión Soviética. En la Unión Soviética se hablan más de 100 lenguas y se publican libros en más de 70 de ellas. El ruso es una lengua de comunicación para la mayoría, una lengua de cultura superpuesta a las lenguas locales y nacionales que tienen.

Idiomas del planeta (2010)
Si eliminamos el chino porque no es una lengua común de 800 millones de seres, y eliminamos el ruso, después del inglés con 569 millones, el español es la segunda lengua del mundo. Lo hablamos hoy cerca de trescientos millones de habitantes y lo van a hablar dentro de 15 años muchos más, y si sumamos a esto el mundo lusoparlante constituimos una familia de pueblos casi lingüísticamente unida, que representará dentro de quince o veinte años 500 o 600 millones de hombres. Éste es un hecho muy importante; estoy hablando con ustedes una lengua que no me es extraña, que es mi lengua materna, que es tan materna para mí como para el hombre de Valladolid o para el de Buenos Aires o para el de Méjico. No tengo otra, las otras que tengo las he aprendido como lenguas auxiliares, de comunicación. El español no es una lengua de comunicación para mí, es mi lengua, por más que la pronuncie de un modo distinto, por más que emplee algunas palabras que en otras regiones hispanoparlantes no me las entienden como yo no entiendo muchas de las que dicen en otras partes. Pero fundamentalmente yo creo que esta tarde, aquí no tenga ningún problema de comunicación lingüística. Ése es un haber extraordinario, esa unidad lingüística de lengua materna y no superpuesta es única. El francés no es lengua materna de nadie en África, es lengua de comunicación. El inglés y el francés se han extendido como lenguas de comunicación.
Esa situación de la lengua es un hecho capital, porque quien dice lengua dice cultura. Es imposible pensar que la divergencia de lenguas que hay en el mundo, y en el mundo existen cerca de diez mil lenguajes diferentes, hayan sido otra cosa que el producto del aislamiento cultural, de la evolución distinta, de pueblos distintos, de circunstancias distintas y por lo tanto expresan un hecho cultural diferente. El hecho de hablar, como lengua materna, una sola lengua doscientos millones de hombres, revela que participan de una cultura común, es decir, de una visión común del mundo, de unos valores comunes.
Tenemos un espacio geográfico inmenso y una suma de recursos inmensa, porque si sumamos lo que representa la América Hispana entera desde Méjico hasta la Argentina tendremos una inmensa porción de los recursos del mundo, recursos vegetales, hidráulicos, el más grande reservorio de agua y oxígeno que la humanidad tiene en el espacio amazónico, todos los climas, una parte enorme de la tierra arable, todo lo que representa una suma de recursos que muy difícilmente se dan en otra parte. Y sin embargo seguimos separados, partidos en una veintena de países, cada uno pretendiendo tener un estilo nacional distinto.
Esta realidad del mundo nos obliga a los miembros de la familia de los pueblos ibéricos e hispánicos a replantear nuestra situación y a definir lo que queremos hacer en el mundo. ¿Vamos a dejar que nos lo sigan dirigiendo los anglosajones y los eslavos? ¿Vamos a seguir comprando el radio de transistores que ellos fabricaron? ¿Vamos a seguir copiando la tecnología que ellos inventan? ¿Vamos a resignarnos a vivir en un mercado de segunda mano a perpetuidad? ¿Vamos a reducirnos a un papel de usuarios y de espectadores? ¿O vamos a resolvernos a entrar en el primer rango de la escena a jugar un papel de protagonistas? Todo este inventario de posibilidades poblacionales y de recursos naturales está allí. Ahora habría que sumarlo de un modo que nos asegure muchas cosas.
Nos asegure, en primer lugar, una cooperación realista. El gran enemigo con el que vamos a tropezar aquí, y hemos tropezado con él muchas veces, es lo que pudiéramos llamar la tendencia a lo utópico, al “todo o nada», a pensar que es posible mañana o pasado mañana decretar la unidad política, cultural y económica de esa familia de pueblos, lo cual es imposible. Hay que partir del hecho existente: somos una pluralidad de estados independientes, tenemos cosas distintas, no somos ciento por ciento la misma gente, pero sí somos los mismos en lo que importa y cuenta. Vamos a respetar ese hecho cierto de la identidad política de cada Estado y vamos a comenzar, de un modo pragmático y modesto a ponernos en común y de acuerdo en las cosas que en común y de acuerdo podemos hacer mucho mejor que aisladamente.
Hay varios campos que se ofrecen de una vez de un modo muy claro: podemos hacer una cooperación económica—eso es obvio—mucho más amplia y efectiva que la que estamos haciendo hasta hoy. Podemos lograr una cooperación política, ir a los grandes foros internacionales con una posición común. Va a ingresar España en la Comunidad Europea, pero, ¿va a olvidarse España de todo eso que está allí y a pensar que es sólo un país europeo más? Sería una mengua que lo hiciera. Yo no me opongo a que España entre en la Comunidad Europea, entiéndase bien, y creo que hace muy bien en entrar. Pero que no entre olvidando su peculiarísima condición que le permite poder estar en los dos lados del océano, poder participar en una acción gigantesca de humanidad y de porvenir como muy pocos otros países europeos lo pueden hacer.
Esa cooperación está abierta en lo económico y en lo político. Podemos ir juntos a los foros internacionales a defender ciertas cosas en que podemos estar de acuerdo con un peso extraordinario y podemos y debemos cooperar igualmente en el aspecto cultural, científico y tecnológico.
Aquí está el hueso de la cuestión, porque hoy hablamos como si estuviéramos en el siglo XIX: de los ejércitos que tienen los países, de la población que tienen. La verdad es que hoy ni lo uno ni lo otro son causas sino efectos. Tener una gran población no es una ventaja, como lo demuestran muchos países asiáticos. Es una inmensa desventaja, es un grave problema. Yo creo que más próspera que Madagascar es la pequeña Holanda o la pequeña Noruega y que, desde luego, pesan más en el escenario mundial. Tener recursos materiales es importante, pero tampoco es todo. Allí está el Japón que demuestra de un modo impresionante lo que pueden hacer unos hombres que no tienen más nada que sus brazos y sus cabezas. El Japón no tiene prácticamente ni tierra arable, ni recursos materiales, ni petróleo, ni hierro, ni carbón y es una de las dos grandes potencias económicas y financieras del mundo. El Japón no tiene fuerzas militares. Alemania Federal no las tiene y sin embargo nadie negará que es uno de los países más importantes y poderosos y que su voz es oída con mucho respeto.

Homo tecnologicus
¿Dónde reside ese núcleo de poder, esa ciudadela del poder mundial? Está, sencillamente, en un solo punto: en la ciencia y en la técnica. Cuando decimos la ciencia y la técnica pensamos que el problema es muy sencillo, que se trataría entonces de escoger algunasgentes capaces e inteligentes, mandarlas a los grandes centros a formarse y obtener los mejores matemáticos, los mejores físicos, los mejores químicos, los mejores ingenieros y traerlos a nuestros países para que ya estuviera resuelto el problema. No es cierto, la que vamos a aprender es una técnica que en el momento mismo que la aprendemos es una técnica de ayer y la que vamos a aprender es una ciencia que en el momento mismo que la aprendemos es la ciencia de ayer. La ciencia de hoy no la vamos a aprender porque se está produciendo y si nosotros no podemos entrar a esa producción y a participar en ella por nuestra cuenta, no participamos en esa ciudadela del poder. Esa ciudadela del poder no se ha creado por un deliberado hecho. Se ha creado por unas circunstancias históricas y está hoy concentrada geográficamente de un modo elocuente en un puñado de países e incluso de zonas de países. Está en los Estados Unidos, en la Gran Bretaña, en cierta forma en Francia, en la Unión Soviética. Esto ha sido el resultado de una confluencia. Es decir, en esos países por circunstancias históricas ha habido una acumulación de recursos materiales, de espíritu de investigación, de facilidades para trabajar en este sentido, de un clima favorable para que estas actividades se desarrollen, de convergencias de técnicas, de especialidades y de ciencias, que permiten a cada uno trabajar por su lado y encontrar finalmente lo que buscaba. Lo que se encuentra aquí beneficia allá y sirve para alcanzar lo que se está haciendo más allá. Es decir, lo que empleando una frase tomada de la física nuclear podríamos llamar “la creación de una masa crítica». Y es en esa masa crítica donde se produce esa explosión creadora. Nosotros podemos comprar una bomba atómica o un satélite, lo difícil es que la produzcamos, lo difícil es que produzcamos la bomba atómica de mañana, porque estaremos condenados a hacer la bomba atómica de ayer o la maquinaria atómica de ayer o el cerebro electrónico de ayer, porque el de hoy se está haciendo solamente en esos lugares que constituyen la ciudadela del poder mundial.
¿Cómo podríamos nosotros tener acceso a esa ciudadela que requiere inversiones enormes y apoyos de toda índole? Esta empresa requiere una concentración de recursos y de cerebros que muy difícilmente la podemos hacer a escala nacional. Pero si los pueblos hispánicos, si esos doscientos 0 trescientos millones de hombres de hoy o los quinientos o seiscientos de mañana resolviéramos hacer eso que llaman en inglés un pool, resolviéramos crear dos o tres grandes centros donde reuniéramos lo mejor de nuestra capacidad de investigación, lo mejor de nuestros recursos, todo lo que podamos tener para por nuestra cuenta participar en la creación de la tecnología y la ciencia de mañana, nuestra perspectiva histórica común cambiaria radicalmente. Pasaríamos de ser usuarios a ser actores y pasaríamos de participar de una manera ancilar en las grandes decisiones del mundo a participar como socios a parte entera en el diseño del futuro de la humanidad.

Una mirada penetrante
Eso está en nuestras manos, y eso es lo que yo creo que impone la conciencia de todas estas circunstancias que nos inducen, que nos reclaman, que nos imponen dar este paso. Sería mengua que no lo viéramos mucho más hoy en que las circunstancias parecen favorecer ese reencuentro de España, de Portugal y de América Ibérica, de sus pueblos entre sí con su pasado y frente a su futuro.
Faltan pocos años para 1992. Ese año celebraremos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. ¿Cómo lo vamos a celebrar? ¿Con los discursos tradicionales, con los desfiles que hemos hecho siempre, con un gran jolgorio, llenándonos la boca con las glorias pasadas? ¿O lo vamos a celebrar quietamente, sólidamente, orgullosamente diciendo: a los quinientos años del Descubrimiento hemos creado realmente una nueva circunstancia mundial, nos hemos puesto de acuerdo y desde ahora, en las grandes familias de pueblos, al mismo nivel de la familia anglosajona, de la eslava o de la asiática, está la familia de los pueblos ibéricos y está desempeñando un papel de primer orden?
Esa sería la celebración digna del Quinto Centenario del Descubrimiento que nos aguarda dentro de escasos años. Es una invitación a que trabajemos para ello, a que desde hoy nos quitemos las telarañas de los ojos, a que pensemos menos en la dimensión nacional y regional y más en la global. Yo vengo aquí a estas Islas que son puente natural entre América y Europa y que están como una lección viva de lo que puede hacerse y debe hacerse para estar en las dos orillas, a recordarles estos hechos que conocemos pero que tal vez por familiares olvidamos. Y a invitarlos a esta gran empresa que es la más grande ofrecida y abierta a esta familia de los pueblos poseedores de la cultura ibérica.
Arturo Úslar Pietri
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 10, 1984 | Artículos, Fichas, Historia, Política |

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano
Hacia la segunda mitad de octubre [de 1984] Andrés Sosa Pietri llamó a mi casa una mañana. (…) Me pidió que le “sacara” el número de diciembre de la revista de sus empresas. (…) No fue hasta mediados de noviembre cuando se pudo arribar al concepto de lo que fue el primer número de la revista Válvula. (…) Se decidió publicar un número dedicado a un solo gran tema: el conjunto de los pueblos hispánicos. Yo tenía la posibilidad de armar rápidamente un texto con lo que había escrito a Arturo Sosa y lo que había dicho en Filadelfia. Se decidió pedir a Arturo Úslar Pietri que escribiese algo. No le fue necesario. Tenía a la mano el texto inédito de una conferencia suya en Tenerife de varios años antes y de una gran actualidad. Contactado Ariel Toledano, un extraordinario diseñador venezolano, y Editorial Arte, una noble y excelente imprenta, estuve más confiado con el tiempo de que disponíamos: convencí a Andrés para que solicitáramos críticas a cuatro personas a quienes se les hizo llegar el texto del Dr. Úslar Pietri y el mío. Pedimos su opinión a Hermann Roo, Ángel Padilla, Ángel Bernardo Viso y Diego Urbaneja. (…) Por otra parte, una poderosa razón para sentirme inflado fue, simplemente, que el Dr. Úslar Pietri consintiera en aparecer junto conmigo en una publicación en esas condiciones. Me sentí como un novillero a quien el gran maestro de los matadores le diera la alternativa en una corrida mano a mano.
Krisis: Memorias Prematuras
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Ante la crisis nacional muchas explicaciones han sido ofrecidas que son ciertamente partes de la verdadera explicación, al tiempo que diversas proposiciones se han orientado en la dirección de la correcta solución sin aproximarse lo suficiente. Cuando se han atrevido más han chocado contra el muro, presuntamente infranqueable, de conceptualizaciones en apariencia correctas y se detienen y dan vueltas, como esos peces que se han acostumbrado a peceras tabicadas y que cuando se les retira el tabique suponen que aún existe.
Pero de que es crisis es crisis. Es un tipo clásico de crisis. “O corremos o nos encaramamos”. No tenernos salida intermedia. O hacemos lo que tenemos que hacer y entonces tenemos un futuro brillante, más brillante de lo que antes nadie haya propuesto, o permanecemos en un estado que significará la ruina y la insignificancia.
Lo que hay que hacer es sorprendentemente factible. No exigirá demasiados de nuestros recursos y se asienta en tendencias e intuiciones del venezolano, pues, como hemos dicho, ya en varios e importantes puntos de nuestra inteligencia colectiva se ha barruntado las direcciones que nuestros esfuerzos deben asumir.
Es necesario. por supuesto, resolver un manojo de problemas. Pero por debajo de esos problemas se desplaza y se agrava un problema más central y básico, más profundo y trascendente. Es más, resuelto este último, las soluciones a los demás problemas se hallan con más facilidad, pues todo casa en una nueva estructura de la percepción y de las posibilidades. Resuelto el problema fundamental, nuestra capacidad habrá aumentado de tal modo que el enjambre de angustias que hoy nos acucian entrará de súbito dentro de los límites de una fácil gobernabilidad.
EL SEMPITERNO PETRÓLEO

Petróleo, como siempre
No sólo de pan vive el hombre, pero esta crisis tiene, sin duda, un efecto demasiado oneroso para la vida cotidiana como para comenzar el asedio del problema por un lado distinto al económico. La primera referencia es, pues, una obligada consideración de lo que resulta ser la base actual de la economía venezolana.
Nuestro petróleo, referido a sus mercados tradicionales, tiene como futuro más probable el de la declinación. Apartando los reajustes a corto plazo, las sociedades del Norte han adoptado con fuerza de irreversibilidad, un rumbo de progresiva sustitución de los hidrocarburos como fuente energética. De aquí en adelante, y, como decimos, apartando repuntes momentáneos de demanda, el curso de nuestro negocio petrolero en esos mercados será de declinación. Ése es el mediano plazo, pues al verdaderamente largo plazo, el agotamiento ineludible de los yacimientos encontrados y por encontrar, impondrá universalmente un suministro energético de fuentes distintas. Pero no es preciso ahora actuar para acomodarse a tan largo plazo. Queda suficiente tiempo de uso de nuestro recurso petrolero si somos capaces de colocarlo en mercados que sí pueden ir a la expansión. Esos mercados existen. Son más grandes, potencialmente, que los mercados que nos hemos acostumbrado a servir. Y son mercados que, a diferencia de los tradicionales, justifican una tasa de crecimiento significativa, mientras que los viejos, por hallarse más cerca de las tasas de consumo límite, por estar ejecutando reales y serios programas de ahorro y sustitución y por favorecerse de una reciente eclosión—no totalmente agotada todavía—de nuevos yacimientos petrolíferos, ostentarán una tendencia a tasas de crecimientos inferiores a las vegetativas. (Por lo menos en lo que respecta a petróleo de la OPEP o, más específicamente, a petróleo venezolano).
Pero hay algunos que piensan que Venezuela no debe poner el más mínimo interés en el “mercado del Tercer Mundo», y creen que de él deben ocuparse los árabes, que a fin de cuentas serían, como me ha sido dicho, los “mercaderes” de la antigüedad y de siempre.
Por lo que respecta al petróleo, necesitamos encontrar, antes de que los efectos de la gran conversión energética que ya ha comenzado desvanezcan el valor económico que aún tienen nuestras reservas petrolíferas, un nuevo mercado de tamaño congruente con lo que será nuestra enorme capacidad ociosa. Ese mercado, hoy en día, no luce atractivo porque, pobre como es y abrumado por tanto compromiso financiero, escasamente está en capacidad de pagar sus actuales niveles de consumo petrolero, mucho menos un incremento significativo en su consumo, a los precios actuales. Pero sí podría consumir y pagar una mayor cantidad de lo que hoy en día usa si los precios fuesen marcadamente menores.
Por ejemplo, tomemos un mercado como el del mundo hispánico, de trescientos millones de personas. El consumo de ese mercado a un nivel per cápita equivalente al venezolano—que es por supuesto el más elevado de ese conjunto—representaría un ingreso doble del actual ingreso petrolero venezolano si se pagase a un tercio de los precios internacionales de hoy. Dejemos, por ahora, lo que acabamos de decir, como ejemplo solamente, dibujado a un muy grueso triazo y naturalmente susceptible de precisión. Ilustra una escala, un orden de magnitud y un enfoque que puede aplicarse en muchísimas direcciones. Pero este concepto de adquirir o crear mercado por la vía de precios menores es absolutamente clave en una época en la que pocas cosas parecen surtir efecto contra la inflación. Para que sea posible, claro, el tamaño de los mercados es la variable importante. De allí lo profundamente lógico de una estrategia venezolana de exportación. Después de todas las vueltas que se quiera darle, el mercado venezolano, creciendo a tasas que admita la gobernabilidad de la sociedad, nunca podrá alcanzar el tamaño requerido para que la producción permita a su vez un nivel de precios que incorpore al consumo a la mayoría de la población. En cambio, las economías de escala, a las que da origen la exportación a un mercado mayor, pueden llevar los costos unitarios por debajo del umbral de adquisición para grandes contingentes humanos, boy impedidos de contribuir a la formación de la demanda global. Pero aún sin exportación, para algunos sectores de producción en Venezuela, y en conjunto con programas de transferencia por parte del sector público, es perfectamente factible aumentar sus ingresos netos globales con una estrategia de menores precios e incorporación de segmentos en situación de “subasequibilidad”.
LA AGRICULTURA, OTRA VEZ

La riqueza agrícola
Si continuamos en lo económico, y más allá del petróleo, precisamente se trata de hacer cosas distintas de la extracción y comercialización de recursos agotables, en general, y de hidrocarburos en particular. ¿Cómo vamos a hacer eso? ¿Cuáles son los sectores de actividad económica a los que debiéramos crear y permitir el paso?
Cabe acá nombrar algunos sectores cuya defensa es ya, más que un clisé, una perogrullada. La agricultura, por ejemplo. Sí, ya sabemos que importamos más de la mitad de nuestros comestibles. Sí, ya sabemos que debemos “sembrar el petróleo». Eso ha sido dicho hasta la náusea. Y hasta el vértigo se ha invertido dinero, una gigantesca suma de fondos en una siembra que no sólo no da resultados sino que nos ha colocado en una precaria situación de vulnerabilidad alimenticia. Hasta ahora, sin embargo, nuestra agricultura sigue sin beneficiarse de las necesarias escalas de explotación, sin las que, nuevamente, el bajo precio que universaliza el consumo no puede darse. Así nos enfrentamos otra vez a la rígida disyuntiva del subsidio que abruma al Estado o los precios que se hacen ya onerosos y en el futuro prácticamente prohibitivos.
En efecto, lo que en la época de Betancourt se concibió como necesidad política y social produjo muchas decisiones cuyos costos ya no tienen hoy ningún sentido. La Reforma Agraria de Betancourt tuvo como efecto colateral principal la de condenar el sector agrícola a la improductividad, al pautar como escala promedio de la explotación agrícola el tamaño del súper-conuco. Es como si se quisiera resolver el problema de improductividad de una gran fábrica metalmecánica con capacidad ociosa, mediante el expediente de fragmentarla en talleres-conuco cuya propiedad fuese adjudicada a los obreros. Para explotar el campo venezolano se necesita, por lo contrario, escala de gran tamaño en la unidad productiva típica. Escala que admita la utilidad de la tecnología pertinente y que autorice la magnitud de una explotación que, otra vez, exporte y alcance un piso de costos sobre el que un precio atractivo sea no obstante inferior a lo que el venezolano pueda pagar con comodidad. Y en el campo venezolano también ha operado el prejuicio anticapitalista, y se ha aplicado en él la red de entrabamiento permisológico y por eso algún posible coloso del agro ha tenido que urbanizarse y hacerse banquero.
EL HIERRO

La riqueza férrica
¿Es la siderúrgica un sector que puede diluir la vulnerabilidad de nuestra dependencia del petróleo? La respuesta es nuevamente afirmativa si se considera un mediano plazo en los términos del que consideramos antes para el petróleo. La estructura del problema del hierro y del acero es, por lo demás, parecida a la situación petrolera en varios aspectos.
Para comenzar, hoy en día existe lo que Business Week (20/3/ 84) define como “the enormous glut in world steelmaking capacity». No es de extrañar si, como registra esa publicación, en la última década las naciones del “Tercer Mundo” han más que doblado su capacidad. Luego, hay que considerar que, en el mundo industrializado, “a return to the high steel-consumption growth rates of the 1960s looks very unlikely”. (Palabras del Secretario General del Instituto Internacional del Hierro y del Acero. Desde 1970 la cantidad de acero consumida por unidad de producto nacional bruto ha tenido un descenso anual promedio de 3% en los Estados Unidos, Europa y Japón. Por esto los economistas de ese Instituto creen que la demanda no crecerá para nada en el mundo industrializado de 1985 a 1990. En cambio, Chase Econometrics está pronosticando un crecimiento de 5 a 6% interanual para la demanda de acero del “Tercer Mundo” para la próxima década).
Nuevamente se da un futuro en el que el crecimiento sólo puede esperarse fuera de los países ya industrializados al tiempo que confrontamos una acelerada proliferación de productores del “Tercer Mundo”, léase competencia. Y es competencia formidable: Corea del Sur, Taiwan, Brasil, China. (“Today, newcomers to the steel business can buy state-of-the-art equipment and hire the Japanese to teach them how to use it. At Nippon Steel’s Kimitsu Works, several hundred Chinese are now being trained to run a mill that their government is building With Nippon Steel’s help”. Business Week).
¿Podemos imaginar la respuesta a esta situación y sus perspectivas?
UNA RECIENTE ADMONICION

Felipe González
A raíz de una exitosísima aparición de Felipe González en la televisión venezolana se generó un entusiasmo con lo que de sus decires fue menos importante, habiéndose descuidado o pasado por alto la más penetrante de sus admoniciones. Felipe, al comienzo mismo de la entrevista, ubicó el reto verdadero, el reto realmente decisivo, en el reto de la modernización. Por eso hablamos de medianos y de largos plazos. De lo que Octavio Paz, aceptando la fórmula francesa, llama procesos de “cuenta corta” y de “cuenta larga”. ¿Cuánto tiempo querremos ignorar a Toffler, a Naisbitt, a Servan-Schreiber, a Úslar Pietri, a Escovar Salom y ahora a González?
Todos ellos nos han alertado sobre esa necesidad de modernización. Y a largo plazo, ni la siderúrgica actual, ni mucho menos el petróleo, como industrias de “segunda ola”, podrán darnos vida en el arranque definitivo de la gran “tercera ola». Lo que pasa, claro, es que viendo el tamaño de nuestro Estado y la altura de la vara se concluye que no nos será posible superarla. Eso debiera quedar para otros que puedan. No para nosotros, que ni siquiera hemos dominado las tecnologías de la segunda ola. Pero entonces estaríamos condenados a la insignificancia. Y de lo que se trata, exactamente, es de cuál va a ser nuestra significación.
No se trata solamente se salvar el apremio de la deuda de nuestro país. Los problemas reales son los de la capacidad de pago futura, la que sólo dependerá de la posibilidad, no sólo de “reactivar” nuestra economía, sino de hacerla progresar y expandirse. Pero ¿cómo puede progresar y expandirse una actividad económica que continuaría estando sujeta a las principales limitantes estructurales de hoy? Está claro que por un tiempo podrá contarse con una cierta disposición, en el sector público, de proteger la actividad privada. Pero no es la actividad empresarial privada la que, en el lapso que tomará volver a llegar al momento de pagar la deuda, va a generar el flujo de fondos necesario.
Esa actividad privada, aún con una exportación mayor—lastrada por la viscosidad permisológica de un sector público muy alejado de la mentalidad aliancista del MITI japonés—seguiría arrojando productos de “segunda ola” para un mercado superindustrial, cuyo crecimiento más significativo se daría en consumo de “tercera ola”, y un mercado del “Tercer Mundo” con las características que ya vimos: en crecimiento, con poca capacidad de pago y altamente competido por ofertas de decenas de países en la misma necesidad que la nuestra. A mediano plazo, cuando vuelva a madurar el pago de la deuda, deberán salir los dineros de las actuales fuentes de divisas, del petróleo. Y ya vimos cómo puede llegar a estar la cosa petrolera.
LOS GRANDES INTERLOCUTORES

La obra de Toffler
Y ahora para la “cuenta larga”. Felipe tiene razón. Las sociedades que no encuentren la voluntad y la forma de modernizarse, de informatizarse, de cabalgar la “tercera ola», van a quedar descolgados. Ahora bien, la “tercera ola” no es sólo la informatización, el espacio exterior o la bioingeniería. En el nivel político, más que nunca la “tercera ola” será una discusión de grandes interlocutores. Y hasta ahora sólo parece que conversarân los sajones, los eslavos, los europeos dependientes de los sajones y los dependientes de los eslavos, los chinos y los japoneses, los hindúes. Es decir, unidades políticas de centenares de millones de personas.
Los demás no “conversamos”. Los demás hacemos ruido, proceso de por sí inorgánico y sin dirección. Los demás hacemos un telón de fondo abigarrado y cacofónico. Que, por supuesto, puede llegar a forzar, en ocasiones, la mano de los grandes interlocutores, con el lacerante aguijón del terrorismo, con la posibilidad de la huelga o el boicot. Y que, no menos obviamente, puede convertirse en cataclismo social global, si aceptáramos para nosotros el papel de proletarios globales ante esa nueva configuración de señores.
Son señores ante los que Venezuela, una población y no un pueblo, con sus quince millones de habitantes, ni siquiera tiene sentido. Quince millones de habitantes no son más que la cifra oficial de hispanoparlantes que hay en los Estados Unidos de Norteamérica. (La población mexicana de Los Ángeles sólo es superada por la de Ciudad de México, y Miami es dos tercios cubana).
¿Qué son, entonces, 15 millones de habitantes? No son un mercado económico, no son el soldado de gran cerebro que es Israel, no son el gerente especializado que es Suiza. No son, es claro, interlocutores válidos para los grandes actores de la “tercera ola. Así, no debe sorprendernos que la primera parte del discurso de Felipe sea recibida como que si no fuera con nosotros, porque forzar la definición de Venezuela como si fuera un pueblo lleva de inmediato a la conciencia de que somos enano ante gigantes.
Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo hispánico. Ésta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un “campo inteligible” para el estudio histórico.
UNA INTEGRACIÓN CON SENTIDO

Una integración inconclusa
Hemos incurrido en dos errores de óptica cuando hemos pensado en la integración. El primero, error de operación, ha consistido en suponer que la integración económica es menos difícil que la política, cuando comenzar por lo económico es comenzar por la competencia. El segundo error, error de construcción, error más grave, ha sido pensar en integración sin pensar en España, en integrar solamente a la «América Latina». Y, como ha sido dicho antes, no estaremos completos sin España.
Hemos escrito América Latina entre comillas porque América Latina no existe. América Latina tampoco es un pueblo. Es la población que del continente americano, hecho físico, hizo el pueblo hispánico. Por eso, tampoco la población hispánica de la península ibérica es algo más que parte de un pueblo que un día tuvo que separarse pero ya no necesita permanecer desunido. Aunque aún no lo entienda, como lo muestra la Historia de España Alfaguara que, en seis tomos, pretende eludir el tema dedicando sólo ocho páginas al proceso de emancipación de las antiguas colonias.
Cabe preguntarse, por ejemplo, qué haría España en la Comunidad Económica Europea. Allí donde tantas trabas le ponen, donde quieren someter a prueba de varios años la “calidad humana” del español antes de franquear su libre tránsito. O qué haría en la OTAN, que la convertirá en blanco de cohetes rusos, violentando hasta el dolor personal de sus actuales gobernantes sus sentimientos más ancestrales.
Somos peces en pecera de tabiques móviles. España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercársenos más y lo hace tímidamente, Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: “…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional… » (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810). España peninsular, que todavía se siente madre, no se ha percatado que no es otra cosa que hermana. Hermano mayor, sí, el más adelantado, el que más nos puede enseñar de industria. Hermano.
Nosotros también lo intuimos, pero parcialmente. Lo ha procurado Ángel Bernardo Viso sin llegar a proponerlo. Lo viene sugiriendo Úslar con prudente insistencia. Pero todavía no terminamos de entender que reunirnos con Iberia no significa representar al hijo pródigo, lo que no queremos. Ya no volveríamos a una madre patria. Ahora iríamos al encuentro de un hermano.
Casi lo postula Cambio 16: “Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español. (Juan-Tomás de Salas. Editorial de junio de 1984. Subrayado nuestro).
Equivoca el ámbito, por cierto, y elige sugerir la unión de las dos democracias más incipientes, sin tomar en cuenta la doble dificultad que significaría la asociación de “dos mochos para rascarse», la casi imposibilidad de lograr el equilibrio por la fusión de dos inestabilidades. Y dice Juan-Tomás: “Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también. Bien conviene no olvidar esta verdad cuando escuchemos las palabras del presidente Alfonsín en este su primer viaje de Estado a Europa. Quijotismo no, pero ayudar lo que se pueda”. Habrá que recordar a Salas que quijotismo es un doble desvarío, que no consiste en enfrentar gigantes. Consiste, sí, en enfrentarlos solos. Y dos contra los gigantes también es poco. Consiste, también, en ver gigantes donde sólo hay molinos, que son máquinas.
NOSOTROS Y LOS OTROS

El esquema hegeliano
Es la máquina de las civilizaciones glorificadoras de la máquina lo que nos abruma. La sociedad sajona que uno de sus psicólogos, Skinner, explica como reflejo condicionado, como mecanismo. Es el poder del ruso, que también Pavlov explica como lo explica Skinner—no por coincidencia, si recordamos a Tocqueville, quien entre otros percibió en el ruso y el norteamericano las similitudes. Es la sociedad que no sólo se aliena como dijeron Hegel y Marx y Feuerbach, pues ya no sólo es que habrían creado su dios y luego le adoran, sino que son creadores de máquinas y se conciben luego a sí mismos como tales. Es el molino de McLuhan, para quien “el medio es el mensaje”. Es la pura herramienta, que ciertamente invita al uso. Es la herramienta sin destino.
Para el puritano, fabricante sin cesar de la herramienta, no hay otro camino que el ensanchamiento de los medios, pues su religión le dice que no puede haber fines porque el fin ya está predestinado. Así fue suplantado el predominio del mundo hispánico, el que experimentó una sensible declinación después de su época de oro en el siglo XVI. Su predominio mercantilista fue sustituido por las nuevas fórmulas de desarrollo nacional que emergieron como causa y efecto de la Revolución Industrial. El análisis de Hegel en su Fenomenología del Espíritu sigue siendo muy pertinente para la comprensión del proceso en sus líneas más generales. En la obra mencionada Hegel elabora un esquema explicativo del desarrollo de la conciencia humana. Para la fase que nos interesa es particularmente iluminadora su famosa discusión de la dialéctica del señor y el siervo. Esta dialéctica surge del enfrentamiento de dos conciencias (autoconciencias, en la terminología hegeliana) y de la rendición de una ante otra. Así se establece la relación de dominación del siervo por el señor, relación en la que ambos términos resultan interdependientes. El señor se ocupa del mundo de los valores, no del mundo del trabajo. Su comunicación con el mundo del trabajo se establece a través del siervo. Éste, a su vez, renuncia al mundo de los valores. Su único valor es ahora el señor y su esfera de actividad la del trabajo. Este trabajo, reiterado a lo largo de los siglos, no ocurre sin efectos. De hecho el mundo es transformado por esa labor, fenómeno que es advertido por el siervo. El mundo ya no es el mismo. El siervo lo ha cambiado y provoca ahora la caída del señor, quien no ha participado en la construcción.
El esquema es aplicable, y en verdad era la preocupación principal de Hegel, a la comprensión de los fenómenos políticos. La obra es posterior a la Revolución Francesa: es concluida en Jena por los mismos días en que Napoleón ocupa la ciudad, a quien Hegel llegará a ver como la encarnación del Weltgeist o espíritu del mundo, como la punta política del despliegue de la conciencia de la humanidad.
En todo caso, el ejemplo español queda comprendido por el esquema hegeliano de modo muy claro. Se trata de un señor caído. Son los países del mundo anglosajón los que emergen con una nueva tecnología del trabajo, y desarrollan en dos siglos el impresionante esfuerzo técnico y material que caracteriza a las naciones más desarrolladas. Es el mundo inductivo, del derecho por jurisprudencia y análisis casuístico, en contraste con el mundo nominalista, de derecho deductivo y apelación a principios generales.
Pero esta vigente avenida de desarrollo es, sin ninguna intención despreciativa, producto de una cultura de “siervos” en el sentido hegeliano de la palabra. Esto es, de una cultura no habituada a tramitar valores, sino problemas concretos de realización. De allí la experiencia de esta civilización como un proceso divergente, en el que todo puede ocurrir, desde una mujer astronauta hasta el reciente lobby inglés y norteamericano en pro del sexo libre de los niños. Es una cultura orientada al know-how que experimenta dificultades a la hora de dilucidar las finalidades y los sentidos. Es una cultura en la que se llega a declarar, como hemos visto, que el medio es el mensaje. Maquiavelo habría dicho “el medio es el fin».
Y son esos gigantes con atavismo de esclavo los que ahora apilan cohetes y coleccionan probabilidad de muerte. La pura herramienta que, ciertamente, invita al uso. Al uso por parte de un presidente militarista que hace chistes con cataclismos inminentes o por parte del colosal tirano ruso, a quien ya empieza a vislumbrársele el derrumbe. Y no hay holocausto más peligroso que el de un tirano cuando se desploma.
LOS TABIQUES YA NO EXISTEN

Pedro Grases, el mejor amigo de Andrés Bello
Por esto es que más allá de las necesidades nuestras, más allá del gran mercado que sí habría que proteger, y de los precios y las inflaciones, nos toca el deber de ser la gran cuña de paz, neutral y sin cohetes de la hispanidad reconstituida.
Venezuela resultaría aplastada si pretendiese interponerse entre el Kremlin y la Casa Blanca, como quedaría reducida España dentro de la OTAN y de la Comunidad Económica Europea. Pero fuera del pueblo hispánico no hay otro candidato a ese papel amortiguador, porque no lo es China y no lo es la India ni el Japón y porque Europa es sólo un posible campo de batalla y de los demás ningún otro tiene el tamaño requerido.
Y entonces sí seríamos un mercado enorme, en el que alcanzaríamos la dimensión necesaria a una verdadera industrialización. Entonces sí podríamos salir de la inflación.
Entonces lo que debemos entre todos se tornaría en arma poderosa. Entonces sí podríamos decir a soviéticos y norteamericanos que el conflicto de Centroamérica va a ser digerido en nuestro seno. Entonces la Guyana ya no sería el contendor indespreciable que es para Venezuela, sino lo que Hong Kong es a la China para una federación hispánica. Entonces sí podríamos emprender la senda de la informatización y la modernidad.
Entonces seríamos protagonistas de la “tercera ola”. Lo suficientemente significativos como para proponer incluso la reconstitución de una hermandad más temprana, la del español y el portugués.
Habrá que despejar suspicacias. Habrá que explicar que nuestros Estados conservarían su autonomía ante un gobierno federal democráticamente electo—“constituido por el voto de estos fieles habitantes”. (Acta del 19 de abril). Habría que asegurar que permanecerían las peculiaridades vascas, catalanas, peruanas, mexicanas, canarias, uruguayas, panameñas, colombianas, venezolanas, castellanas.
Habría que darse cuenta de que contaríamos con un tribunal propio y eficaz para dirimir los diferendos territoriales entre nuestros Estados—como los Estados norteamericanos acordaron un procedimiento para dirimir los suyos—y de que entonces sí nos arreglaríamos para explotaciones conjuntas de yacimientos comunes y que ya no tendríamos, por esto, que alienar nuestra voluntad a jueces alemanes o ingleses reunidos en La Haya. Esto es perfectamente posible. El estilo estructural de la nueva democracia española lo permite y lo alienta, como puede colegirse del tratamiento diseñado para los distintos componentes de la nación peninsular: catalanes y vascos, por ejemplo. En efecto, los recientes cambios en la estructura política española facilitan la convergencia con los latinoamericanos, quienes vemos con alivio y alegría la entronización de la libertad en el territorio de la Península.
Es necesario que cesen los partidos y se consolide la unión. El Maestro Grases demostró a la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar hispano. Cómo su último sueño era la democracia en la Península que hasta ahora ha sido que Juan Carlos y Adolfo Suárez y Felipe González han podido completar. Sueño al que hubiese dedicado otro juramento si las fuerzas no le hubieran faltado. Él no pudo regresar a la casa paterna puesto que las leyes de la vida le exigían la emancipación. Nosotros sí podemos convocar a todos los hermanos.
Alguien dijo una vez: “Los proletarios no tienen otra cosa que perder que sus cadenas”. Ahora se puede afirmar que los hispanos no tenemos otra cosa que perder que los tabiques. Y éstos, si miramos con atención, ya no están allí. Procesos de actualidad están impulsando una nueva conciencia en este sentido, la que no contradice históricamente el proceso de emancipación de las colonias de la antigua corona española. El interlocutor y hermano peninsular de los latinoamericanos de ahora no es el mismo que combatimos en las guerras de Independencia.
La situación centroamericana es un caso muy claro y contundente. El actual conflicto se resuelve de un modo en el contexto de la tensión entre superpotencias y de un modo distinto dentro de un contexto hispánico. En el primer caso la salida pudiera muy bien ser la detonación de un conflicto de extensión mundial. En el segundo, el marco hispánico puede admitir sin contradicciones regímenes políticos de signo ideológico diverso, pues para él las distinciones entre doctrinas políticas se supeditan al de la unión de un mundo con historia y lengua que sólo adquieren pleno significado en un espacio máximo, más allá de un espacio andino, centroamericano o aun latinoamericano. No estaremos completos sin España.
De allí, por ejemplo, el apoyo que el gobierno español brinda a las iniciativas del Grupo Contadora en relación con la crisis centroamericana y el llamado de atención que ha enviado a las grandes potencias para que se abstengan de considerar a la zona en cuestión como territorio para dirimir disputas que nos son ajenas. Asimismo habrá que entender que hay cuestiones internacionales ante las que los hispanoparlantes asumiremos posiciones coincidentes, como expresión de una conciencia unificada frente a problemas que reconoceremos como propios.
MISIÓN PARA UN PUEBLO OLVIDADO

La lengua común
En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: «Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo”. En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo. Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza al continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.
Han sido los trabajos lingüísticos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español. Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.
Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución del hombre estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso extenso e intenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de la dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar. En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know-how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.
Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.
En 1968 Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge “on the Charles» para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 21, 1980 | Fichas, Política |

Al fondo la Casa del Rectorado de la Universidad Simón Bolívar
El Postgrado en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar concibió y convocó en junio de 1980 un ciclo de conferencias bajo el tema Seguridad, Defensa y Democracia en Venezuela, que fuera dirigido, con ayuda del Prof. Aníbal Romero, por el Prof. Luis Castro Leiva, a la sazón Coordinador de aquel programa. Arístides Calvani, Teodoro Petkoff, los generales Luis Enrique Rangel Bourgoin, Carlos Celis Noguera y Alberto Müller Rojas, José Vicente Rangel, entre otros, fueron conferencistas del simposio. El Prof. Juan Carlos Rey, Director del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, contribuyó con la ponencia central: La Doctrina de Seguridad Nacional e Ideología Autoritaria. Por mi parte, aporté la exposición La Doctrina de Seguridad en Venezuela, que preparé mientras ejercía la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT). Castro Leiva dejó asentado, en su exposición final de relatoría, que eran las ponencias de Rey y la mía las que habían abordado lo que llamó «el problema metodológico del tema central», y destacó «la ponencia del profesor Rey y el diálogo crítico que con ella sostuvo el profesor Alcalá». Es el texto de mi contribución el que aquí se reproduce.
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1. Introducción
Las presentes notas han sido elaboradas bajo invitación del Dr. Luis Castro Leiva, Coordinador del Postgrado en Ciencia Política de la Universidad Simón Bolívar, y del Profesor Aníbal Romero. La invitación a participar en el Ciclo de Conferencias sobre el tema “Seguridad, Defensa y Democracia” incluía la excitación a poner por escrito las ideas que cada conferencista expondría, A la vez se había suministrado a los invitados una lista de temas que eran sugeridos por los organizadores del ciclo, corno correspondientes a los tópicos que ellos consideraban de interés. Dentro de éstos, varios estimularon mi apetito analítico, coincidiendo algunos con temas por los que había transitado recientemente. Pero fue la inclusión de un trabajo del Dr. Juan Carlos Rey en la bibliografía básica enviada a los expositores, lo que me decidió a aglutinar estas notas en torno al problema de los requisitos o exigencias de una doctrina de seguridad para Venezuela. La lista de opciones incluía el tema de las “exigencias de una Doctrina de Seguridad y Defensa para un país Democrático». De indudable valor teórico, ese tema estaba aún un poco alejado de mi preocupación particular sobre el caso venezolano. En efecto, la gama de países democráticos incluye casos de muy diversas características. Pertenecen a ella, por ejemplo, la mayoría de los miembros del “club atómico”. Pertenecen también al tipo democrático países de inferior grado de desarrollo si se les compara con el de nuestra nación, o con ausencia de recursos tales como el petróleo. Por esta razón, en vez de complicar el título de mi conferencia, la que habría tenido que llamarse “Exigencias de una Doctrina de Seguridad y Defensa para un país democrático en vías de desarrollo de abundantes recursos naturales estratégicos y extensas costas rodeadas por regímenes autoritarios y con graves problemas de inmigración indocumentada”, por esa razón, repito, preferí aventurarme en algunas precisiones sobre el caso venezolano.
Por otra parte, ya había dado una primera lectura al documento “Doctrina de Seguridad Nacional e Ideología Autoritaria” de Juan Carlos Rey. Siempre fue agradable asistir a las clases de mi profesor de Historia de las Instituciones en la Universidad Católica Andrés Bello, y ahora tenía el placer de leer este trabajo suyo. Como quiera que el amplio título del mismo quedara rápidamente delimitado en la intención expresada en la introducción—la de señalar “lo que no debe ser una doctrina de seguridad nacional para nuestro país”—mi reflexión fue automáticamente dirigida al caso venezolano y a la consideración de algunas posibles consecuencias que la aplicación del pensamiento del Dr. Rey, tal como se manifiesta en el aludido trabajo, podría acarrear. La lectura de esas estimulantes páginas me lleva a apuntar algunos comentarios a la tesis de Juan Carlos Rey.
Pero en mi limitada exploración sobre temas doctrinarios voy a tratar de incluir consideraciones fácticas. Soy de la opinión de que no pueden tener la misma doctrina de seguridad países que confronten situaciones de seguridad radicalmente distintas. Un asentamiento en la Antártida no tiene los mismos problemas de seguridad que un territorio templado y fértil. Un espacio despoblado no tiene los mismos que tiene una región populosa. Etcétera. Con esto quiero decir que una doctrina de seguridad no se define de modo completo únicamente en términos del régimen político de un país, no se define solamente en términos de democracia o autoritarismo. Más aún, no creo que deba ser muy amplio el hiato de separación lógica entre un nivel doctrinario y un nivel estratégico de los conceptos sobre seguridad. Tan necio es conducir una acción o definir una estrategia sin normativa ética como construir una norma ética sin consideraciones que vayan más allá de lo abstracto.
Pienso tocar de modo somero distintos elementos que a mi juicio pueden aportar los bloques para la construcción de una doctrina, postura o complejo doctrinario-estratégico en torno a la seguridad de Venezuela.
2. Elementos normativos
Debería considerarse ya, si no fuese pee la presencia de algunas posiciones totalitarias, como una perogrullada la aserción de que la seguridad no es un fin en sí misma. Es ante las posiciones que subordinan todo otro interés al de la seguridad o la supervivencia que Juan Carlos Rey sale al frente. No puedo estar más de acuerdo con él.
Sin dejar de reconocer que nos movemos aquí en el terreno de los valores, creo que se puede ejercer dentro del mismo una sana comprensión de los principios lógicos. En efecto, la seguridad no es un objeto físico que pueda ser adosado o inyectado a una institución. La seguridad es siempre la seguridad de algo y jamás existe separada. Por esto resulta poco convincente que se argumente a veces que la actividad de preservar algo es más importante que lo que se preserva.
No conozco una formulación más clara del principio de subordinación de la seguridad que la ponencia del Juez Warren en nombre de la Corte Suprema de los Estados Unidos de Norteamérica en ocasión de derogar, por inconstitucional, una parte de la Ley de Control de Actividades Subversivas de 1950, aprobada en la época paranoide del macartismo. El artículo en cuestión definía como criminal el hecho de que un miembro del Partido Comunista trabajara en una planta de defensa, lo que colidía con la libertad de asociación garantizada en la Primera Enmienda de la Constitución. Escribió el Juez Warren: “Este concepto de ‘defensa nacional’ no puede ser visto como un fin en sí mismo, que justifique cualquier ejercicio de poder de legislación diseñado para promover tal objetivo. Implícita en el término ‘defensa nacional’ se halla la noción de defender aquellos valores e ideales que han distinguido a esta nación. Durante casi dos siglos, nuestro país ha sentido un singular orgullo por los ideales democráticos consagrados en su Constitución, y los más amados dentro de esos ideales han encontrado expresión en la Primera Enmienda. Sería realmente irónico que, en nombre de la defensa nacional, sancionáramos la subversión de una de esas libertades—la libertad de asociación—que hacen que la defensa de la nación valga la pena”.
Siempre me ha impresionado ese trozo, y me parece hoy más que nunca repleto de consecuencias. Una de ellas es el corolario de que debemos ejercer la democracia para que valga la pena defenderla.
A mi modo de ver, no es responsabilidad de una doctrina de seguridad la de establecerse independientemente de una doctrina más general acerca de la forma y conducta de nuestra sociedad política. Esto sería una confusión de niveles, lo que por otra parte es bastante frecuente en nuestro medio, Lo que se debe exigir a una doctrina de seguridad en materia principista es en realidad muy simple; primero, que no pretenda erigirse en cuerpo normativo de superior o equivalente nivel al de la Constitución; segundo, que sea consistente con esta última.
Es mi convicción la de que nada fortalece más una posición totalitaria que una posición extrema del signo simétricamente opuesto, Por ejemplo, creo que se debe al pacifismo extremo buena parte del combustible con el que ha contado el belicismo extremo, y viceversa. La actitud de los “halcones” es deplorable y censurable, según mis valores, pero para atacar sus argumentos no requiere uno adoptar la actitud de las “palomas”, Así se haría el juego a los “halcones” y se les procuraría el único terreno sobre el que pueden cifrar sus esperanzas
de prosperar. Es necesario reivindicar para los demócratas las categorías de la eficacia y de la fuerza que los partidarios de cierta doctrina de seguridad regatean a la democracia y consideran como subproductos exclusivos de un régimen autoritario.
El Profesor Rey escogió, a mi juicio acertadamente, dirigirse al texto de la Constitución en su Preámbulo para aproximarse a una relación de los objetivos nacionales de Venezuela, que, en sus palabras “es la expresión de una realidad histórico-sociológica; recoge una serie de valores que se han ido desarrollando a lo largo de nuestra vida como Nación y que son compartidos por la inmensa mayoría de los venezolanos, de minera que han entrado a formar parte de nuestro patrimonio espiritual». El Prof. Rey transcribe lo siguiente; «…cooperar con las demás naciones y, de modo especial, con las Repúblicas hermanas del Continente, en los fines de la comunidad internacional, sobre la base del recíproco respeto de la soberanía, la autodeterminación de los pueblos, la garantía universal de les derechos individuales y sociales de la persona humana, y el repudio de la guerra, de la conquista y del predominio económico como instrumentos de política internacional»; “sustentar el orden democrático como único e irrenunciable medio de asegurar los derechos y la dignidad de los ciudadanos, y favorecer pacíficamente su extensión a todos los pueblos de la tierra…” (Juan Carlos Rey, “Doctrina de Seguridad Nacional e Ideología Autoritaria”).
Llamó poderosamente mi atención el hecho de que el Prof. Rey hiciera tan peculiar selección del texto constitucional al aludir a lo que él llama los “objetivos básicos y relativamente permanentes de la política exterior del Estado venezolano”. Digo que es peculiar porque aun cuando es claro que no se trataba de transcribir el texto íntegro sino de abstraer únicamente lo que viene al caso, me sorprende que no considere que viene al caso la siguiente y expresa declaración: “…con el propósito de mantener la independencia y la integridad territorial de la Nación, fortalecer su unidad, asegurar la libertad, la paz y la estabilidad de las instituciones…», declaración que no por casualidad, seguramente, es nada menos que el primer párrafo de ese Preámbulo del que el Prof. Rey entresacara algunas frases. Y a la conclusión del Preámbulo, nada menos que el Artículo Primero de nuestra Carta Fundamental establece: “La República de Venezuela es para siempre e irreversiblemente libre e independiente de toda dominación o protección de potencia extranjera».
No hay ninguna duda de que nuestra Constitución establece una voluntad de defensa, una vocación de seguridad de la nación venezolana. El problema reside en que no es la defensa de cualquier cosa, la seguridad de cualquier cosa. Se trata de defender y procurar la seguridad de la Nación, en tanto Pueblo, en tanto territorio y en tanto Democracia. Tocaremos este punto más adelante.
Ahora quiero decir algo más en torno a lo que el Prof. Rey dcscontextuara. El “repudio de la guerra» está muy bien. solo que hay repudios y repudios. Se la repudió, por ejemplo, en Munich en 1938. Ese repudio concreto facilitó la explosión de una concretísima guerra de seis años. Es un error lamentable, en el caso mencionado un error de 55 millones y medio de cadáveres, el proyectar en un interlocutor internacional el conjunto de motivaciones y valores que inspiran la acción del país propio. Se ha dicho, por ejemplo, que una de las causas por las que Israel se encontrase relativamente desprevenida para la Guerra del Yom Kippur debe ser hallada en su falla de entender que en la mente de Sadat y sus asesores pudiese caber la decisión de entrar en una guerra que sabían perdida en el terreno militar. Lo que uno no haría no significa, ni práctica ni lógicamente, que otro no lo vaya a hacer.
Afirmo esto porque es particularmente importante reconocer, como lo hace el Dr. Rey, que Venezuela está circundada por países con circunstancias políticas, económicas y geográficas que difieren de las nuestras. Es precisamente la existencia de tales diferencias, además de las diferencias doctrinarias y perceptuales, que, no ya una doctrina, sino una concepción integral de la seguridad venezolana debe tomar en cuenta.
Se afirma con frecuencia que Venezuela ha adoptado una doctrina de seguridad prevaleciente en varios países latinoamericanos de signo totalitario. Yo no creo que ése sea el caso. No se encuentran expresiones de tal doctrina en la legislación venezolana. Acabamos de ver que esto es así en lo tocante a la Constitución, pero podemos tranquilizarnos más si leemos la Ley Orgánica de Seguridad y Defensa. No es la doctrina de la seguridad por encima de todo la que se enseña en el Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional, y habiendo sido asesor ad honorem de la Secretaría del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, puedo certificar que esa no es la doctrina de la Secretaría.
Por eso pienso que, concediendo que sea cierto que aún no disponemos de una doctrina de seguridad “completa” (independientemente de lo que “completa” signifique), aceptando que es esencial la vigilancia de la consistencia y constitucionalidad en la confección de la misma, considero más importante en los momentos actuales hacerla efectiva, dado que la orientación clara de nuestras Fuerzas Armadas es democrática. Y no creo que se garantiza su efectividad cargando a la política de seguridad, que es y debe ser una política o doctrina subordinada y parcial, con los objetivos totales del Estado, o soslayando u omitiendo la consideración de lo que le es propio. La responsabilidad de los objetivos totales del Estado recae sobre el Estado como un todo y su doctrina general, no sobre una doctrina parcial. El insistir demasiado sobre lo contrario puede conducir justamente a lo que no se quiere, a que la doctrina de seguridad se ocupe de todo.
Por otra parte, la carga total incluye objetivos que en ocasiones pueden ser contradictorios, y pedirle a una doctrina de seguridad objetivos contradictorios puede ser paralizante por esquizoide. Por algo no son una misma persona el abogado defensor y el fiscal acusador de un indiciado, ni se le exige a la policía que dirija una institución de protección al menor aunque sean plausibles tanto la actividad protectora como la policial. Es la función de dirección global de una sociedad la que debe conciliar las eventuales contradicciones entre una doctrina y otra, o más precisamente, entre una política y otra. Pero cualquier estado debe tener la capacidad de elegir entre políticas alternativas según las circunstancias.
La claridad que es prudente al distinguir entre niveles conceptuales y funcionales es de suprema importancia también en la distinción operativa que se establezca para los distintos niveles de una organización.
Quisiera ilustrar estas últimas nociones de distinción entre niveles con tres ejemplos.
El primero es tomado de la experiencia universitaria de la pasada década. Ilustra una
confusión de niveles relativa a la capacidad de los sistemas. Durante esa época tuvo lugar un explosivo crecimiento de la inscripción universitaria, principalmente en la Universidad Central de Venezuela. Las autoridades universitarias no sólo no se oponían a esto, sino que aupaban el crecimiento, basados en el argumento de que todo bachiller de la República, según nuestras leyes, tenía derecho a recibir instrucción universitaria. No se pasearon por la consideración de que si bien el derecho era indudable, su capacidad de atenderlo era limitada, y que su insistencia en admitir a todo aquel que tocase sus puertas conduciría a un deterioro de la calidad de la enseñanza, en desmedro de todos los estudiantes de esa época y aún de ésta. La Ley establece que todo ciudadano venezolano y civil, mayor de dieciocho años tiene derecho a votar. Pero en eso no se puede apoyar la mesa número siete de la Parroquia de Santa Rosalía para admitir que en ella voten todos los habitantes del Distrito Federal si a ellos se les ocurriese presentarse a votar allí. Esto sería un error consistente en asumir una cuota mayor de la que se puede aportar.
Más pertinente es el segundo ejemplo. Se ha producido con frecuencia en el campo de la política científica y a veces en la política industrial. Supongamos que se ha establecido como política general que se deberá procurar que la investigación tecnológica se concentre en unas cuantas áreas prioritarias, que se incluya personal venezolano entre los investigadores, que se dirija a proyectos de mediano alcance y altas probabilidades de éxito técnico, que prometan rentabilidad económica estos proyectos, que sean de rápida maduración y que substituyan algún proceso o producto importado. Es muy frecuente observar que un funcionario que tiene por función aprobar proyectos de investigación para su financiamiento o apoyo, exija a cada proyecto individual la totalidad de los criterios. En ese caso rara vez consigue un proyecto que cumpla simultáneamente con la lista de requisitos. La estrategia correcta, que rara vez se le ocurre a nuestro rígido funcionario, se basa en la concepción de que puede obtener los objetivos promediando unos proyectos contra otros. Aquí el error es de distribución rígida y homogénea en grado excesivo.
Por último, ya en el campo donde es posible la especialización, sería un error que la Ingeniería Militar quisiera hacer Inteligencia, o que Blindados pretendieran realizar transporte fluvial, aunque en principio deba existir flexibilidad como para realizar actividades de emergencia en sustitución. Del mismo modo es contrario a las sanas normas de la especialización institucional el que el aparato de seguridad de un Estado se dedique a labores llamadas de desarrollo, por más que pueda participar subordinadamente en grado pequeño o que en emergencias reales tenga que asumir funciones que en principio no le son propias.
Esto puede ser hasta altamente peligroso, porque en general las organizaciones y los grupos tienden a hacer cosas, y si su función específica no es demandada o requerida por circunstancias, tales como pueden ser una prolongada época de paz y una percepción de bajas presiones o amenazas menores, podrían ponerse a hacer tras cosas. No puedo dejar pasar esta ocasión de rechazar la noción, que escuchase de un importante ministro del periodo anterior, pero que se común al pensamiento de mucha gente, de que la seguridad y el desarrollo son términos equivalentes o que el desarrollo es la seguridad. Dependiendo de las situaciones—me cito a mí mismo—un avance en el estado de desarrollo puede llegar a representar un retroceso en seguridad, como se produce, por ejemplo, cuando el progreso de un país le hace más atractivo ante actores agresivos.
Hasta ahora hemos conducido una definición sin hacer más que una breve alusión a un asunto central: ¿seguridad de qué? Hay al menos cinco dimensiones de la seguridad concebida en términos nacionales, a saber, la seguridad de los habitantes, la seguridad del territorio, la de la dotación física, la de régimen político, la de la identidad nacional. El orden en que las hemos mencionado corresponde a un grado creciente, más o menos, de abstracción.
Recordemos al juez Warren. Negaba éste que la seguridad fuese un fin en sí misma y postulaba que la defensa nacional estaba en función de valores que hacían que valiese la pena la defensa. ¿Quién es el llamado a decir que ya no vale la pena defender, digamos, un cierto régimen político? El problema no es sencillo de resolver, como no es fácil distinguir el asiento de la legitimidad de los evaluadores de lo que vale o no la pena. Pero es un problema importante, porque en casi todas las justificaciones de los golpes de estado aparece de modo explícito o implícito una acusación de que el régimen sustituido se había alejado de un cierto desiderátum o de una cierta forma legal. Es concebible un mecanismo de consulta periódica sobre el grado de satisfacción de una sociedad sobre sus propias reglas de juego, que si bien es difícil de diseñar e interpretar, es preferible a la alternativa de permitir que cualquier grupo se apropie la facultad de decidir lo que vale la pena en cuanto a régimen político.
En lo tocante a la llamada identidad nacional, la protección de la misma posee una dificultad que guarda relación directa con la posibilidad de definir lo que constituye tal identidad.
3. Elementos teóricos o paradigmáticos
Las ciencias sociales, incluida dentro de éstas la ciencia política, se caracterizan por la coexistencia de modelos parciales, teorías de diferente grado de abstracción y ámbito, así como por el manejo de una extraordinaria complejidad de datos. Si además se pretende normar una conducta de modo técnico al enfrentar problemas de decisión, se adiciona a esa colección un conjunto bastante abigarrado de técnicas y algoritmos.
En una situación tal, en la que no hay una gran teoría integradora, resulta imprudente conceder el predominio a una teoría o modelo particular. Creo, por ejemplo, que hay una tendencia al panaceísmo en relación con la denominada teoría de sistemas, a la que pareciera reconocérsele una amplitud de aplicación que no siempre tiene.
Una estrategia más plausible es la de emplear, según las circunstancias, todo el arsenal de técnicas disponibles, evitando la cosificación del método y las substituciones, en consecuencia, de la realidad por el modelo.
Uno de tales métodos lo proporciona la teoría de los juegos, en torno a la cual se ha depositado alternativa y simultáneamente críticas y bendiciones. Quiero ilustrar con una afirmación del Prof. Rey, una vía a mi juicio inadecuada e innecesaria de rechazar, en su caso, el instrumento.
En el trabajo al que he venido aludiendo, el Prof. Rey nos advierte: “Es una característica predominante del pensamiento estratégico una abusiva simplificación de la realidad, de acuerdo a la cual se perciben las relaciones entre los actores como suma-cero—es decir, totalmente conflictivas—no teniendo en cuenta que, en la mayoría de los casos, son más bien suma-variable—es decir, al menos parcialmente cooperativas. A partir de tal hipótesis de puro conflicto se recomienda una estrategia tipo ‘minimax’ (o ‘maximin’) que al ser seguida por los jugadores lleva necesariamente a un escalamiento progresivo del conflicto, a que se esfumen los aspectos cooperativos de la situación y a que todos los contendientes resulten, a la larga, perjudicados».
Sobre esto quiere afirmar dos cosas. Primero, que no es exclusivo de los juegos “suma-cero” la estructura que conduce a la escalación. Hay situaciones de suma distinta de cero en la que se produce la desconfianza entre los actores y la pérdida para ambos, como lo ilustra el ya famoso juego que se conoce con el nombre de “dilema del prisionero».
Segundo, no necesariamente las percepciones tienen que ser de tal naturaleza que impliquen una actuación que suponga que las relaciones entre estados son de suma cero. La actitud puede provenir de una decisión de interpretar la realidad de ese modo por razones estratégicas aun cuando se la perciba de modo distinto. Me explico. Un actor puede decidir como postura estratégica que no sólo vale la pena protegerse de agresiones probables sino también de agresiones meramente posibles, aún cuando perciba una realidad donde las situaciones suma-cero son escasas y por tanto poco probables cierto tipo de agresiones. Por poco probable que sea, si una agresión meramente posible fuese a producir un alto impacto, la protección contra esa alternativa es muy racional y relativamente independiente de la percepción. En este caso, la selección de un modelo de suma-cero puede ser deliberada y postperceptual.
Con estas observaciones he querido señalar lo siguiente: el agente de decisión en materia de seguridad no es un investigador teórico cuyo sueño sea poseer una teoría superior o totalizadora, por más cómoda que pudiera ser la interpretación de la realidad con arreglo a esa teoría. Debe distinguir no sólo entre realidad y teoría, sino fundamentalmente entre pregunta teórica y problema concreto, y evitar su casamiento con un paradigma en particular, ya que se le exige lógica de decisión y no homogeneidad teórica. El buen analista de políticas distingue entre teoría e instrumento, entre modelo descriptivo y modelo heurístico y prescriptivo.
4. Elementos de práctica política
Téngase la doctrina que se tenga, las prácticas políticas de una sociedad condicionan fuertemente las posibilidades reales de expresión de lo doctrinario.
En torno al asunto de la seguridad, y más concretamente, en torno a lo militar, existen en el país prácticas que modifican la eficacia de cualquier doctrina o política en el campo.
Por ejemplo, al comienzo he dicho que la doctrina de seguridad debe estar subordinada e integrada a una doctrina general del Estado, así como a una política global debiera estar subordinada e integrada la política de seguridad.
Pero en Venezuela, como en muchos otros países, opera una cierta tendencia al aislamiento de lo militar, Una de las consecuencias de esa práctica es la baja participación, hoy en día mayor, gracias a Dios, de los civiles en asuntos de seguridad y defensa. Una manera de expresarse esta participación disminuida es la de la imposibilidad práctica, por herética, de que la cartera de Defensa sea ocupada por un civil, como ocurre en una de las dos megapotencias.
Otra práctica política del Estado venezolano es la de mantener como compartimientos relativamente estancos las distintas ramas de las Fuerzas Armadas. Un Estado Mayor General que se cambió por un Estado Mayor “Conjunto”, una Junta Superior de las Fuerzas Armadas que funciona poco.
O por ejemplo, la política de alta rotación de cargos. Se escucha a veces de jefes militares que sus respectivos “staffs“ tienen una baja motivación hacia asuntos de largo plazo, porque como “de todos modos en corto tiempo me cambiarán al comandante.»
O, finalmente y sin agotar la lista de prácticas, la política de retiro mandatorio y relativamente temprano. Tomemos un caso para evidenciar el efecto de algunas de esas prácticas, La Secretaría del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa está supuesta a ser el principal órgano analítico del país en el campo que nos ocupa. La Ley que la crea es de agosto de 1976. Bien, desde esa fecha hasta hoy ha habido tres Secretarios y tres Sub-Secretarios, sin contar otros cambios a nivel de las distintas divisiones. Cada nuevo Secretario gasta un mínimo de un mes para empaparse del rumbo que se traía marcado, con la consiguiente ineficacia.
No quiero negar que estas prácticas tengan una justificación, o que al menos la tuvieran, digamos, en 1958. La historia venezolana, el contexto latino, y las circunstancias han hecho que el gobernante civil se prevenga de los militares. Habrá que ver si esto continúa siendo funcional hoy en día. Ya es un paso que hay que saludar el nombramiento de un General retirado a la Sub-Secretaría del Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, lo que podría garantizar cierta continuidad en las labores de órgano tan importante.
5. Conclusión
Las bases de una Doctrina de Seguridad para Venezuela, correspondientes a su orientación doctrinaria general en materia política, están dadas. Como lo señalara el Prof. Rey, nuestra Constitución Nacional tiene disposiciones claras y expresas en ese sentido. Creo de la mayor importancia que el terna de la seguridad y la preocupación por el mismo se hayan generalizado en nuestro país. La población civil debe informarse, preocuparse y estudiar la disciplina y la problemática de la seguridad, y hasta hacer carrera en el campo. Deberá participar en la confección de la doctrina para que ésta contenga percepciones variadas y representativas. A la hora de hacerlo resultará conveniente hacer coincidir los valores básicos de nuestra organización y práctica social, junto con lo más variado de los aportes teóricos y tecnológicos y un examen de nuestras prácticas en relación con el problema, las que, en muchos casos, están dominadas por viejas justificaciones y no pocos mitos. El Ciclo de Conferencias organizado por la Universidad Simón Bolívar es un gran paso de avance, que debiera ser reiterado y desarrollado, talvez con la constitución de un instituto que se ocupe del tema y que pudiera aportar al Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, en cooperación con su Secretaria, una visión adicional de las dimensiones del problema. Una recomendación mínima sería la de que la Universidad repitiera ciclos similares con temas cada vez más específicos en el campo de la seguridad. LEA
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