por Luis Enrique Alcalá | Jul 13, 2004 | Fichas, Política |

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No puede caber duda de que Napoleón Bonaparte fue una importante fuerza civilizatoria. Muchas de sus instituciones—la codificación del derecho, por ejemplo—perduran hasta nuestros días. Pero como político fue implacable cultor de una aproximación de Realpolitik. George Bernard Shaw retrató su cinismo fundamental en una escueta pieza teatral: «El hombre de destino». En un momento de su diálogo con una fascinante dama Napoleón le instruye:
«Hay tres clases de gente en el mundo: los de abajo, los del medio, y la gente elevada. La gente baja y la gente elevada se parecen en una cosa: no poseen escrúpulos, no poseen moralidad. Los de abajo están debajo de la moral; los elevados por encima. No temo a ninguno de los dos; pues los de abajo son inescrupulosos sin conocimiento, y así hacen de mí un ídolo, mientras que los elevados son inescrupulosos sin propósito, y así caen bajo mi voluntad. Mira bien: caeré sobre las masas y las cortes de Europa como el arado cae sobre un campo. Es la gente del medio la que es peligrosa: ella tiene tanto conocimiento como propósito. Pero esta gente también tiene su punto débil. Está llena de escrúpulos, encadenada de manos y pies por su moralidad y su respetabilidad».
El texto escogido para esta Ficha Semanal de doctorpolítico está tomado de la extraordinaria historia general de Europa por el trío de Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes: The European World: A History, y corresponde al fragmento final (El Legado Napoleónico) del capítulo La Era Napoleónica.
El juicio sumario de los autores registra cómo incluso los más ilustrados y capaces déspotas concluyen en fracaso y anulación. Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord, quien en sí mismo fuese tal vez el más extraordinario caso de supervivencia política de toda la historia—sirvió a la república de la Revolución Francesa, a Napoleón, a la restauración borbónica que le sucedió a su caída y a Louis-Philippe—adelantó en sus Mémoires una causa principal de su ocaso: «Napoleón es el primero y el único entre los hombres que hubiera podido dar a Europa el equilibrio que en vano había buscado por muchos siglos, y que hoy en día está más lejano que nunca… Con este equilibrio real Napoleón hubiera podido dar a los pueblos de Europa una organización conforme a la verdadera ley moral… Napoleón pudo haber hecho estas cosas, pero no las hizo. Si las hubiese hecho la gratitud le hubiera erigido estatuas en todas partes… En lugar de esto la posteridad dirá de él: ese hombre fue dotado con una muy grande fuerza intelectual, pero no llegó a entender la verdadera gloria. Su fuerza moral era demasiado pequeña o enteramente inexistente. No pudo soportar la prosperidad con moderación ni el infortunio con dignidad; y es porque careció de fuerza moral que trajo consigo la ruina de Europa y de sí mismo».
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El legado napoleónico
El 5 de mayo de 1821 era el trigésimo segundo aniversario de la convención de los Estados Generales en Versalles. El hombre que murió ese día en Santa Helena había sido un subalterno en servicio de guardia en la vieja fortaleza del pueblo de Auxonne, en Francia oriental, treinta y dos años antes, cuando comenzara la Revolución Francesa. Él había acabado con la Revolución, pero en dos puntos importantes ella también le había dado alcance para acabar con él.
Los ingleses, que habían tenido su revolución un siglo y medio antes, veían en la Revolución Francesa la reencarnación del demonio. Su implacable enemistad con Napoleón Bonaparte tuvo una amargura particular porque parecía representar esa Revolución en marcha. Más que cualquiera otra causa, fue la incesante persecución de los ingleses contra Napoleón lo que lo venció.
El otro factor con el que la Revolución Francesa acabó con Napoleón fue el nacionalismo que desató por toda Europa continental. El fervor patriótico fue el artículo más exportable del credo revolucionario. El jacobinismo, el republicanismo, aun la libertad y la igualdad, tuvieron importancia variable para las condiciones y aspiraciones de alemanes, italianos, rusos, polacos, holandeses, belgas, españoles y portugueses. Pero el nacionalismo patriótico tenía un atractivo universal. Los alemanes de estados que habían sido archirivales durante siglos combatieron codo a codo en la Batalla de las Naciones como alemanes. Los enemigos de Napoleón, los déspotas tanto como los demócratas, reunieron a sus compatriotas para oponérsele y vencerlo apelando al espíritu nacional.
Aun cuando resulta imposible separar el impacto de la Revolución Francesa de Napoleón—a fin de cuentas él había empleado los eslóganes de la Revolución y a veces sus doctrinas como armas de guerra y herramientas para la construcción de su imperio—su propia contribución fue evidente en cuatro campos. En primer término, el Gran Imperio había erigido en Alemania e Italia, aunque fuese sólo por unos pocos años, entidades unificadas a partir de los trescientos y pico de principados de Alemania y la docena de estados en Italia. A estos pueblos históricamente divididos se les ofreció una visión de unidad que en el futuro se convertiría en realidad para ambos.
En segundo lugar, los ejércitos de Napoleón, antes que los revolucionarios locales, depusieron el privilegio dentro de los confines del Gran Imperio. A pesar de su poca profundidad en la práctica, el espectáculo de un conquistador que estableciera el gobierno representativo, la igualdad ante la ley, la libertad individual y la libertad religiosa, le dio a pueblos que no estaban acostumbrados a tales cosas una experiencia fugaz de un orden nuevo y mejor. Napoleón plantó las semillas de las aspiraciones de gobierno representativo y constituciones liberales, y dio a las clases medias de Europa un momento de invalorable liberación de la arrogante represión del privilegio.
En tercer término, la era napoleónica imprimió sobre Francia una leyenda de gloria y grandeza que desde entonces ha afectado a la vida política francesa. Aunque mucho de la leyenda se estableció con el exilio de Napoleón, sus rasgos esenciales eran otro asunto; por más que fuera efímero, el Gran Imperio no era una quimera. A pocos años de su caída los franceses habían olvidado el pesado drenaje de hombres y riquezas que fueron el precio de sus victorias y sólo recordaban la grandeza de sus conquistas.
Finalmente, Napoleón Bonaparte enseñó a todo líder autoritario la esencia de la dictadura: la propaganda, una eficaz e inexorable policía secreta que formaba un Estado dentro del Estado, el empleo de dispositivos democráticos tales como el plebiscito para reunir apoyo popular del régimen, la burocratización estatal de instituciones críticas como la educación y la religión a fin de convertirlas en instrumentos de adoctrinamiento, y el valor de las aventuras foráneas para hacer tolerable la represión doméstica. Napoleón no originó ninguna de estas herramientas del autoritarismo; su contribución fue la de entretejerlas en instrumento del moderno Estado autoritario y demostrar cuán eficaz podía ser ese instrumento en su interior.
La última palabra la tiene Napoleón Bonaparte. En 1813 resumía para Metternich sus comienzos y el final que quería para sí en tanto soberano. Perfectamente consciente de cuán incierto era su futuro, y de cuán delgado era su asimiento en la lealtad de su pueblo, le dijo a Metternich: «Sabré cómo morir, pero nunca ceder una pulgada de territorio. Vuestros soberanos, que nacieron en el trono, pueden ser veinte veces vencidos y todavía regresar a sus capitales. Yo no puedo. Porque yo llegué al poder a través del campamento».
Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 6, 2004 | Fichas, Política |

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Blas Pascal (1623-1662), a quien puede considerarse el padre de la teoría de probabilidades, imaginó una apuesta que no puede ser más trascendente: a favor de la existencia de Dios. Así nos propuso: «Sopesemos la ganancia y la pérdida de apostar que Dios existe, y estimemos sus probabilidades. Si ganamos lo ganamos todo, y si perdemos no perdemos nada. Apostemos, pues, sin vacilación, a que Él existe».
Charles Sanders Peirce (1839-1914), una de las mentes más asombrosas, prolíficas y rigurosas que produjera el siglo XIX norteamericano, dedicó alguna vez su atención, igualmente, al tema de las probabilidades matemáticas. Nacido en Cambridge, Massachusetts, murió prácticamente desconocido por sus contemporáneos en Milford, Pennsylvania, habiendo publicado en vida un solo libro en fotometría. Sin embargo, seis gruesos volúmenes se requirieron para acopiar póstumamente su extensa obra en lógica, matemática y varios campos de la ciencia, así como en filosofía. Investigó y produjo obra original en álgebra de la lógica, semiótica—campo de estudio que contribuyó a fundar—filología y fonética inglesa, y hasta produjo el primer esbozo conocido de un computador eléctrico. Como físico al servicio del gobierno norteamericano, hizo aportes en astronomía, gravimetría, espectroscopía, metrología, geodesia y la teoría matemática de la proyección cartográfica.
Peirce fue el fundador del Pragmatismo, corriente filosófica a la que se sumaron luego William James y John Dewey. En un uso vulgar del término, usualmente se confiere una connotación negativa al adjetivo pragmático, que tendemos a asociar con insensibilidad y hasta cinismo. Pero Peirce se entendía a sí mismo—las dos últimas décadas de su vida vivió en una granja—como un «lógico bucólico», y su alma era capaz de los más intensos compromisos éticos. Así afirmó: «Hay una cosa aun más vital para la ciencia que métodos inteligentes, y ésa es el sincero deseo de encontrar la verdad, cualquiera que ella pueda ser».
En esta Ficha Semanal de doctorpolítico reproducimos los párrafos finales de su breve ensayo The Red and the Black que, a diferencia de Stendhal, alude a los colores de una ruleta. Comenzando por elementales definiciones de la noción de probabilidad y su relación con el proceso de inferencia lógica,y una consideración de la teoría estadística de la «ruina de los jugadores», arriba a una conclusión verdaderamente inesperada y sorprendente.
Invitamos cordialmente a nuestros suscritores a rebasar la aparente aridez del inicio para recibir la hermosa y profunda sorpresa de su verdad, la que ciertamente carga pertinencia política.
LEA
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El rojo y el negro
Es un resultado indudable de la teoría de probabilidades que cualquier jugador, si continúa jugando suficiente tiempo, terminará por arruinarse. Supongamos que pruebe la martingala, que algunos creen infalible y que, me aseguran, no es permitida por las casas de juego. En este modo de jugar apuesta primero, digamos, $1; si pierde apuesta $2; si pierde apuesta $4; si pierde eso apuesta $8; si en ese momento gana entonces ha perdido 1+2+4=7, y ha ganado $1 más; y no importa cuántas apuestas pierda, la primera que gane lo hará $1 más rico que lo que era al comienzo. De esta manera probablemente gane al principio, pero al final llegará un momento cuando la racha de suerte en su contra sea tanta que ya no tendrá dinero suficiente para doblar, y tendrá que dejar de apostar. Esto ocurrirá probablemente antes de que haya ganado tanto como al principio, por lo que esta racha en su contra le dejará más pobre que cuando comenzó; es seguro que ocurrirá esto en algún momento. Es verdad que siempre hay una posibilidad de que pueda ganar cualquier suma que la banca pueda pagar, y así nos encontramos con la famosa paradoja de que, aunque su ruina es segura, el valor de sus expectativas, calculado según las reglas usuales (que omiten esta consideración) es grande. Pero, sea que un jugador juegue de esta forma o de cualquier otra, la misma cosa es cierta, esto es, que si el jugador juega por suficiente tiempo puede estar seguro de que en algún momento confrontará una racha contraria que agotará toda su fortuna. Puede afirmarse lo mismo de una compañía de seguros. Puede que sus directores tomen las mayores precauciones para independizarse de grandes conflagraciones o pestes, pero sus actuarios podrán decirles que, según la doctrina de las probabilidades, llegará un momento cuando sus pérdidas los frenen. Podrán capear una crisis tal por medios extraordinarios, pero entonces comenzarán en condiciones debilitadas, y entonces lo mismo ocurrirá aun más pronto. Un actuario podría estar inclinado a negar tal cosa, puesto que las expectativas de su compañía son grandes, y aun quizás (si no se toma en cuenta el interés del dinero), infinitas. Pero el cálculo de expectativas deja fuera de consideración la circunstancia que ahora consideramos y que revierte todo el asunto. No debe entenderse, sin embargo, que sostengo que los seguros no son negocio razonable en comparación con otros.
La misma cosa es verdad en todas partes: todos los asuntos humanos descansan sobre probabilidades. Si el hombre fuese inmortal podría estar perfectamente seguro de ver el día cuando todo aquello en lo que había confiado traicione su confianza, cuando, en síntesis, termine en algún momento en desesperada miseria. Ese hombre se rompería, al final, como toda gran fortuna, como toda dinastía, como toda civilización lo hace. En lugar de esto tenemos la muerte.
Pero lo que sin la muerte ocurriría a todos los hombres, con la muerte debe suceder a alguno. Al mismo tiempo, la muerte hace que la cantidad de nuestros riesgos, de nuestras inferencias, sea un número finito, lo que hace que su resultado promedio sea incierto. La propia idea de probabilidad y del razonamiento descansa en el supuesto de que esta cantidad es indefinidamente grande. Nos encontramos pues en la misma dificultad que antes, y no alcanzo a ver sino una solución. Me parece que estamos impulsados a ella: esa lógica requiere inexorablemente que nuestros intereses no sean limitados. No deben detenerse en nuestro propio destino, sino que deben abrazar a la comunidad entera. Esta comunidad, una vez más, no debe estar limitada, sino que debe extenderse a todas las razas de seres con los que podamos entrar en relación intelectual inmediata o mediata. Esta comunidad llega, no importa cuán vagamente, más allá de esta época, más allá de todo límite. Aquel que no sacrifique su propia alma para salvar a todo el mundo es, me parece, ilógico en todas sus inferencias, colectivamente. La lógica hinca sus raíces en el principio social.
Para ser lógicos los hombres no debieran ser egoístas; de hecho, no son tan egoístas como se cree. La búsqueda deliberada del propio deseo es algo distinto del egoísmo. El avaro no es egoísta; su dinero no le hace ningún bien, y se preocupa de lo que le pasará después que haya fallecido. Constantemente hablamos de nuestras posesiones en el Pacífico, y de nuestro destino como república, y allí no hay intereses personales involucrados, de forma que esto muestra que tenemos intereses más amplios. Discutimos con ansiedad el agotamiento del carbón en unos cuantos cientos de años y el enfriamiento del sol en algunos cuantos millones, y mostramos en el más popular entre los dogmas religiosos que podemos concebir la posibilidad de que un hombre descienda a los infiernos por la salvación de sus semejantes.
Ahora bien, no es necesario para una postura lógica que un hombre tenga que considerarse a sí mismo capaz del heroísmo del propio sacrificio. Es suficiente que pueda reconocer la posibilidad de tal cosa, de que sólo son lógicas las inferencias del hombre que sí sea capaz de ese heroísmo, y en consecuencia deberá entender que las suyas son válidas hasta el punto que el héroe las acepte. En la medida que refiera sus propias inferencias a ese estándar, podrá identificarse con una mente tal.
Esto hace a la lógica bastante alcanzable. Algunas veces podemos lograr el heroísmo personal. El soldado que corre a trepar un muro sabe que probablemente será herido, pero eso no es todo lo que le importa. Sabe también que si todo el regimiento, con el que se identifica en sentimiento, avanza a la vez, el fuerte caerá.
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Pero todo esto requiere concebir la identificación de los intereses de uno con los de una comunidad ilimitada. Ahora bien, no existen razones, y una discusión ulterior mostraría que no puede haberlas, para creer que la raza humana existirá por siempre. Por otra parte, tampoco puede haberlas en contrario y, afortunadamente, como el único requisito es que tengamos ciertos sentimientos, no hay nada en los hechos que nos prohíba sostener una esperanza, o un sereno y alegre deseo de que la comunidad pueda durar más allá de cualquier fecha predeterminada.
Puede parecer extraño que yo proponga estos tres sentimientos, es decir, el interés por una comunidad indefinida, el reconocimiento de la posibilidad de que tal interés sea hecho supremo, y la esperanza en la continuación ilimitada de la actividad intelectual, como requisitos indispensables de la lógica. Sin embargo, cuando tomamos en cuenta que la lógica depende de una mera lucha por escapar a la duda, la que, dado que termina en acción debe comenzar en emoción, y que, aun más, el único motivo para plantarnos sobre la razón es que los otros métodos para escapar de la duda fracasan en lo tocante al impulso social ¿por qué debiéramos maravillarnos de encontrar el sentimiento social prefigurado en el raciocinio? Por lo que toca a los otros dos sentimientos que estimo necesarios, sólo lo son como apoyos y accesorios de lo anterior. Llama mi atención percatarme de que estos tres sentimientos parecen ser lo mismo que ese famoso trío de la caridad, la fe y la esperanza que, en la estimación de San Pablo, son los más finos y grandes entre los dones espirituales. Ni el Viejo ni el Nuevo Testamento son textos de lógica de la ciencia, pero el segundo es ciertamente la autoridad más alta que existe sobre las disposiciones de corazón que un hombre debiera tener.
Charles Sanders Peirce
por Luis Enrique Alcalá | Jun 29, 2004 | Fichas, Política |

Fragmentos del capítulo «Hitler en la derrota», del libro «Los últimos Días de Hitler», por H. R. Trevor-Roper, oficial de inteligencia británico a quien se confiara la misión de establecer lo acontecido durante las semanas finales del Tercer Reich. Al finalizar su tarea Trevor-Roper ejerció como Regius Professor de Historia en la Universidad de Oxford.
Ésa era la puesta en escena, ése el reparto de actores, cuando la ruptura aliada en Avranches en agosto de 1944 abrió el último acto en la tragedia de Alemania. El resto del drama—el ritmo de la catástrofe, la interrelación y concatenación de eventos—estuvo determinado por una fuerza externa, incontrolable: el avance de los ejércitos aliados. Con cada nueva crisis, con la caída de cada gran fortaleza, el paso de cada gran río, una fiebre fresca parecía surgir en Rastenburg, Berlín o Bad Nauheim; pero éstas eran meramente etapas en el desarrollo del drama, no cambios o factores de su curso. Aunque persistían extraños errores en la políticamente inculta corte, aunque Himmler se veía como un nuevo coloso, y Ribbentrop creyó hasta lo último en una inevitable división entre los Aliados, de hecho sólo quedaban dos cuestiones en duda: cuándo llegaría el fin y cómo lo enfrentaría el Partido Nazi en general y Hitler en particular. Porque desde el fracaso del Complot de los Generales el era el único que podía decidir el asunto. Por esa victoria había obtenido, no en verdad la salvación o aun el perdón de Alemania, sino al menos el poder de arruinarla a su modo.
No se podía dar una respuesta racional en Alemania a la primera de esas preguntas, porque la respuesta ya no dependía solamente de Alemania. El Partido, por supuesto, tenía una respuesta oficial: el fin no llegará en absoluto, o al menos no en forma de una derrota para Alemania. El grito que ya había puntuado las manifestaciones de Hitler en 1933—«¡Nunca capitularemos!»—esa protesta nunca había sido elevada tan a menudo, tan estridentemente, tan poco convincentemente, como en el último invierno de la guerra. Tal respuesta, si hubiera sido realmente admitida, hubiera hecho irrelevante la otra pregunta. Sin embargo, en verdad no todo el mundo, ni siquiera los propios líderes del Partido podían creerla en realidad; muchos de ellos ya preparaban sus planes de escape o, al menos, de supervivencia. Sin embargo, ésa era la respuesta oficial; ninguna otra se permitía, y sobrevino una curiosa pero inevitable consecuencia. Con eslóganes de victoria en los labios, todo el mundo se preparaba para la derrota, y como no podía contemplarse ninguna preparación oficial, se hizo aparente el colapso total de la disciplina y la organización. La planeación de una resistencia colectiva, o incluso de una supervivencia colectiva, se hizo imposible, puesto que todos o casi todos estaban individualmente involucrados en secretas negociaciones de rendición o planes secretos de deserción. Había ruidosa jactancia de un bastión inexpugnable en el sur, un Reducto Alpino en las colinas sagradas de la mitología nazi, colinas cargadas con leyendas de Barbarroja y santificadas por la residencia de Hitler; pero cuando nadie, salvo Hitler mismo y unos cuantos escolares recalentados creyeron en esa resistencia, y todos los demás estaban ocupados con proyectos personales de rendición o desaparición, tales imágenes quedaron en el ya superpoblado reino de la metafísica alemana. La misma falla fatal condenó al llamado movimiento de resistencia alemana desde el comienzo. De hecho, nunca hubo tal movimiento. Un «movimiento de resistencia», definido por las circunstancias de la guerra, es un movimiento de gente no conquistada en un país conquistado. Pero la doctrina oficial del gobierno nazi era que Alemania no sólo no sería, sino que no podía ser conquistada. De hecho, dado que tenía esta implicación, cualquier mención de un movimiento alemán de resistencia estaba absolutamente prohibida.
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Cuando él se veía contra el telón de fondo de la historia, cuando su imaginación había sido calentada y su vanidad intoxicada con la adulación y el éxito, y se levantaba de su modesta cena de pastel de vegetales y agua destilada para saltar sobre la mesa e identificarse con los grandes conquistadores del pasado, no era como Alejandro, o César o Napoleón que deseaba ser celebrado, sino como la reencarnación de esos ángeles de la destrucción: Alarico, el saqueador de Roma, Atila, «el azote de Dios», de Gengis Khan, el líder de la Horda Dorada. En uno de esos estados de ánimo mesiánicos declaró: «No he venido al mundo para hacer mejores a los hombres, sino a hacer uso de sus debilidades». Y conforme a este ideal nihilista, este amor absoluto por la destrucción, él destruiría, si no a sus enemigos, entonces a Alemania y a sí mismo, y a todo lo que pudiera involucrarse en las ruinas. «Aun si no pudiéramos conquistar»—había dicho en 1934—«deberemos arrastrar medio mundo a la destrucción con nosotros, y no dejar que nadie triunfe sobre Alemania. No habrá otro 1918. No nos rendiremos». Y de nuevo: «¡Nunca capitularemos! ¡No! ¡Nunca! Podremos ser destruidos, pero si lo somos, arrastraremos un mundo con nosotros, un mundo en llamas». Ahora, en su odio positivo del pueblo alemán, que le había fallado en sus planes de megalómano, regresaba al mismo tema. El pueblo alemán no era digno de sus grandes ideas: por tanto, que perezca por completo. «Si el pueblo alemán va a ser conquistado en la lucha»—dijo a una reunión de Gauleiters en agosto de 1944—entonces ha sido demasiado débil para enfrentar la prueba de la historia, y sólo era apto para la destrucción».
Ésa era, por consiguiente, la respuesta de Hitler al desafío de la derrota. En parte era una respuesta personal; el gesto vengativo de un orgullo herido. Pero en parte se derivaba de otro aspecto más deliberado de su terrible filosofía. Porque Hitler creía en el Mito, como lo recomendaban los filósofos irracionalistas Sorel y Pareto, cuyos preceptos seguía tan fielmente y tan elocuentemente ratificaba. Más aun, él desdeñaba con abrumador menosprecio al Káiser y sus ministros, los «tontos de 1914-18» que figuraban tan nutridamente en su limitado vocabulario de abuso. Les despreciaba por muchas razones; les despreciaba por muchos de los errores en los que también incurrió, como subestimar a sus enemigos, como hacer la guerra en dos frentes, y por muchos que eludió, como ser demasiado blandos en sus políticas y demasiado escrupulosos en su métodos de guerra; y les despreciaba en particular por su falta de éxito en comprender la importancia del mito y las condiciones de su crecimiento y su utilidad. En 1918 el Káiser se había rendido; en débil desesperación, había abandonado la mano (tal era la versión oficial nazi), sin esperar a la derrota. De esa debilidad y esa desesperación no podía crecer ningún mito floreciente, independientemente de las útiles mentiras que se pudiese inventar. Los mitos requieren un fin dramático, heroico. Aunque sus campeones sean aplastados la idea debe continuar viviendo, para que cuando haya terminado el invierno de la derrota y retornen los aires acariciantes, puedan brotar nuevas flores en aparente continuación. Por tanto, en el papel, hacía tiempo que los expertos estaban contestes (aunque tales especulaciones parecieran remotas y ridículas) en cómo Hitler y sus apóstoles enfrentarían el desastre. En el invierno de 1944-45 el tiempo para la corroboración de esta teoría era obviamente cercano; y como en otras horas oscuras, el profeta Goebbels se adelantó una vez más a corroborarla.
Ya todos sus trucos habían sido gastados y habían fallado, o su éxito temporal había contribuido demasiado poco a lograr esa última necesaria diferencia. Había probado la gloria del militarismo y había fracasado. Había probado con el «socialismo verdadero» y fracasado. Había probado el Nuevo Orden y fracasado. Había probado con la cruzada de avance contra el bolchevismo y fracasado. Había probado la defensa de Europa contra las hordas invasoras de Asia y eso también había fracasado. Con el oscurecimiento de los días había probado (como Speer recomendó que probara) el atractivo de sangre, sudor y lágrimas. Pero la propaganda está sujeta a la ley de rendimientos decrecientes; lo que había funcionado en Inglaterra en 1940 no funcionaría en Alemania en 1944, luego del fracaso de tantas promesas incompatibles; eso también había fracasado. Luego había probado con la guerra de Federico. Recordó al pueblo alemán cómo, en el siglo dieciocho, incluso el gran Federico había parecido condenado, cuando sus aliados cayeron y sus enemigos estrechaban el cerco, cuando los rusos tomaron Berlín y se encontraba solo y superado por todas partes. No obstante sobrevivió y al final triunfó, gracias a su resistencia oriental, su brillante estrategia y el favor cierto de la Providencia, que había sembrado la disensión entre sus enemigos. Ya que los alemanes de 1944 estaban gobernados por un líder de no menos recursos, por el más grande genio estratégico de todos los tiempos, no menos favorecido por la Providencia (como habían mostrado los eventos recientes) ¿no podrían también esperar, en caso de que exhibiesen la misma resistencia, un desenlace similar? Pero aun este llamado parecía inadecuado en el invierno de 1944-45. ¿Qué le quedaba profetizar al profeta?
Goebbels se creció con la ocasión. Si todos los llamados adicionales habían fracasado, al menos restaba el eslogan original del nazismo revolucionario, el eslogan que había inspirado a los déclassés y los desposeídos, los marginados y las víctimas de la sociedad que habían hecho al nazismo antes que los Junkers y generales, los industriales y los funcionarios públicos se hubieran sumado, y que pudiera inspirarles de nuevo, ahora que no podía contarse con estos aliados de buen tiempo. Por Radio Berlín, y luego por Radio Werewolf, se escuchó el eslogan de nuevo: el eslogan de la destrucción; la voz auténtica del nazismo desinhibido, inalterado por todos los desarrollos del ínterin; la misma voz que Rauschning había escuchado, con tímida consternación aristocrática, repicando repentinamente entre las tazas de té, los bollos de crema, los relojes cucú y el bric-à-brac del Berchtesgaden original. Era la doctrina de la guerra de clases, de la revolución permanente, de la sin propósito pero jubilosa destrucción de la vida y la propiedad y de todos aquellos valores de la civilización que el nazi alemán, aunque a veces trate dolorosamente de imitar, fundamentalmente envidia y detesta. Las pruebas de la guerra, los horrores del bombardeo, adquirían ahora un nuevo significado para el exultante Dr. Goebbels: eran instrumentos de destrucción benéfica en lugar de temible. «El terror de las bombas», se deleitaba, «no conserva las viviendas ni de ricos ni de pobres; ante los laboriosos oficios de la guerra total las últimas barreras de clase han tenido que caer». «Bajo los escombros de nuestras ciudades destrozadas», hacía eco la prensa alemana, «los últimos presuntos logros de la clase media del siglo diecinueve han sido finalmente sepultados». «No hay un fin de la revolución», gritaba Radio Werewolf; «una revolución está condenada al fracaso sólo si aquellos que la hacen dejan de ser revolucionarios»; y también daba la bienvenida a los bombardeos que entonces caían con más devastador efecto cada noche sobre las ciudades industriales de Alemania: «junto con los monumentos culturales se desmoronan también los últimos obstáculos al logro de nuestra tarea revolucionaria. Ahora que todo está en ruinas, estamos obligados a reconstruir Europa. En el pasado las posesiones privadas nos ataban a una moderación burguesa. Ahora las bombas, en vez de matar a todos los europeos, sólo han roto los muros de la prisión que les mantenían cautivos… Al tratar de destruir el futuro de Europa, el enemigo sólo ha tenido éxito en destruir su pasado; y con eso todo lo que es viejo y gastado se ha ido».
Hugh Redwald Trevor-Roper, Barón Dacre de Glanton
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 17, 2002 | Fichas, Política |

Estudiantes universitarios en una callejuela de Oxford
El 17 de octubre de 2002, Hugo Chávez Frías fue recibido en un seminario del Centro de Estudios Socio-Legales de la Universidad de Oxford. Ese mismo día, el suscrito envió al centro mencionado una comunicación que rebatía afirmaciones interesadas y grandemente distorsionadas del Dr. William Pepper, quien había convocado la sesión en la que el presidente Chávez expondría. A continuación, la declaración del Dr. Pimienta y mi contestación, traducidas del inglés.
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UNIVERSIDAD DE OXFORD Centro de Estudios Socio Legales
Seminario Internacional de Derechos Humanos
Declaración del Seminario en torno a la Visita del Presidente Hugo Chávez Frías
Queridos Amigos,
Durante los últimos días ha estado circulando a través de las direcciones electrónicas de la Universidad un ataque bien orquestado sobre la visita a Oxford del democráticamente electo Presidente de Venezuela.
Un análisis de los correos enviados indica que toda esta campaña es poco más que el esfuerzo de un ‘círculo de amigos’: unos cuantos de estos mensajes, supuestamente escritos por diversas personas (entre ellas una que dice haber sido en su momento profesor de la Universidad de Cambridge y otra que pretende ser el embajador de Venezuela en Londres) de hecho han sido originados en el mismo computador. En la mayoría de los casos restantes los autores de estos correos ni siquiera intentan ocultar su interrelación y se envían copias los unos a los otros cuando mandan sus mensajes.
Los correos están llenos de medias verdades, distorsiones o incluso mentiras flagrantes, pero creemos necesario responder porque ha sido una invitación del Seminario Internacional de Derechos Humanos la que el Presidente ha aceptado.
En consecuencia, para el propósito, no de dignificar los ataques personales contra el Presidente Chávez, sino más bien para decir las cosas como son, respondemos a los puntos específicos contenidos en la mayoría de las comunicaciones.
El Presidente fue uno de un grupo de oficiales militares que a comienzos de la década de 1990 decidieron que no podían ya servir a un gobierno cuya corrupción penetraba toda actividad pública, enriqueciendo a pocos y continuando el empobrecimiento de las masas. Intentaron tomar el poder y fracasaron.
En 1998 este mismo movimiento alcanzó el poder, constitucionalmente, a través de las urnas de votación. Su líder, Hugo Chávez Frías, se convirtió en Presidente de la República.
Una nueva Constitución fue redactada y abrumadoramente aceptada por el pueblo de Venezuela. (Fue esta la misma Constitución que Carmona, el líder del golpe, suspendiese inmediatamente después de tomar el poder en su breve mandato de abril de 2002). ¿Qué hay con esta Constitución? Requiere que los funcionarios electos sean responsables ante el pueblo, no en palabras, sino en la práctica. Cualquier funcionario público está sujeto a un referéndum revocatorio del pueblo cuando haya transcurrido la mitad del período para el que haya sido electo. Así que, a diferencia de la mayoría de sistemas democráticos, el período fijo puede ser echado por la ventana si la mayoría del pueblo quiere que salga quien ostente un cargo por elección. En caso de un voto negativo se convocaría a una nueva elección. El Presidente Chávez está sujeto a esta previsión. Su oposición pudiera montar un referéndum de ese tipo en agosto de 2003. (Cuando la Constitución fue aprobada debió postularse de nuevo y de nuevo ganó).
La oposición no quiere aprovechar sus remedios constitucionales porque cree que sería abrumadoramente derrotada. En consecuencia, ha tratado de quebrantar el proceso intentando incluso un golpe de Estado en abril de este año.
La libertad de prensa está garantizada y el resultado es que los medios que, como es frecuente, pertenecen a y son controlados por poderosos intereses económicos especiales opuestos a los programas de desarrollo social del gobierno, han montado un creciente ataque sobre el Presidente. Un reportaje justo es, sin embargo, una víctima menor de este asalto de los medios en comparación con la provocación que hacen.
Human Rights Watch ha condenado recientemente la distorsionada cobertura y las acciones de los medios como provocadoras de violencia. Asimismo, hace unas dos semanas la embajada de los EEUU, en relación con la libertad de expresión, recordó a los medios que debían «actuar de una manera responsable», condenando las llamadas a la violencia y a la acción militar que los medios han estado difundiendo desde abril. (Comunicado de la embajada de los EEUU en VENPRES). Una observación similar fue hecha por el Premio Nobel de la Paz Jimmy Carter como resultado de su reciente misión en Venezuela.
Mientras que los medios venezolanos (y algunos de quienes escribieron a Oxford) proclaman que una reciente marcha en contra del gobierno involucró a cerca de 1.000.000 de personas, las demostraciones en apoyo al gobierno, típicamente mayores en número en grado significativo (como se evidencia de la cobertura de los mayores proveedores de noticias como EFE, Reuters e incluso CNN) son completamente ignoradas por los medios venezolanos.
Cuando en septiembre los que apoyan al Presidente marcharon en oposición a una decisión del Tribunal Supremo, que negó los esfuerzos del gobierno por enjuiciar a algunos de los planificadores del golpe, CNN dijo que la cifra de los manifestantes era la increíble de 2.000.000. Esta efusión de humanidad en apoyo al Presidente fue ignorada por los medios. Hoy, domingo, una vez más, los partidarios del Presidente han tomado las calles. Todos los informes preliminares indican que el número de los que marcharon es de nuevo de una magnitud similar.
Más importante aún, la marcha de la oposición exigió abiertamente la acción militar y entre quienes se dirigieron a la manifestación estuvieron destacadas figuras militares del fallido golpe de abril. En contraste, la demostración de ayer en apoyo al gobierno específicamente clamaba por ‘Paz y Democracia’.
En cuanto a la pobreza bajo Chávez, él está comprometido a usar los ingresos de los recursos naturales de Venezuela para aliviar los apuros de los pobres. Ningún gobierno que se recuerde alguna vez se preocupó por esta masa de 80% de la población de Venezuela.
Incluso ahora mismo sus programas le están dando a la gente agua corriente, salud, nuevas escuelas y aun el primer pueblo específicamente de los sin techo. Está comprometido con un programa moderado de reforma de tierras, en la que la tierra no usada, que actualmente no produce pueda ser adquirida de los dueños ausentes para darla a los campesinos.
Su aproximación a la economía es la de estimular que la inversión privada trabaje con el Estado. Así, por ejemplo, donde una fábrica rural de azúcar había estado cerrada por 30 años, el gobierno estimuló a un inversionista privado (español) a venir y revitalizar la única fuente de empleo en esa zona. Cuando el dinero se le acabó al inversionista, el Estado prestó fondos a la compañía, bajo la condición de que los trabajadores fuesen hechos accionistas. La fábrica se ha levantado y está funcionando de nuevo.
Recientemente, British Gas y otras compañías internacionales de energía han firmado acuerdos para desarrollar recursos costa afuera, pero en términos favorables para Venezuela y el ambiente. Lo que las fuerzas anti-Chávez no revelan en sus ataques al gobierno, con respecto a las muy reales dificultades económicas del país es que, cuando Chávez ocupó su cargo, el país tenía una carga de deuda externa en exceso de 23 millardos de dólares. Mientras que el gobierno ha reducido este endeudamiento y pagado más de 14 millardos de dólares en servicio de la deuda, el capital todavía está un poco por encima de 22 millardos de dólares.
¿Quién contrajo esta deuda y quién se benefició? Los hechos están claros y cada quien puede sacar sus propias conclusiones. En 1968, bajo el Presidente Leoni, la deuda era de US$ 447.220.000; 1973 (Caldera) – US$ 900.000.000; 1978 (primera administración de Pérez) saltó a US$ 6,5 millardos; 1983 (Campíns) – US$ 11,26 millardos; 1998 (Lusinchi) – US$ 24,65 millardos; 1993 (segunda administración de Pérez) – US$ 26 millardos; 1998 (Caldera) – US$ 23,17 millardos; Chávez – US$ 22 millardos.
En cierto punto US$ 11 millardos de deuda privada ilegal, no estatal fue envuelta con la cifra del Estado, resultando en el enorme aumento de 1983 a 1988. Esta es la carga heredada por el gobierno de Chávez y los pobres de Venezuela.
Esto no es lo mismo que decir que Venezuela no está en situación de crisis económica, y de hecho el Presidente ha reconocido alguna responsabilidad en esto. Sin embargo, en su mayor parte esto tiene que verse en el contexto de un generalizado mal estado de las economías en todo el continente latinoamericano, las que han sido particularmente golpeadas con fuerza por la baja económica mundial.
Finalmente, en cuanto a las muertes del golpe de abril. Se afirma en muchos de los correos recibidos que a) la mayoría o todas las personas que murieron eran manifestantes contra Chávez y b) que el Presidente Chávez y sus fuerzas fueron los únicos responsables por los asesinatos. Una breve mirada a los hallazgos de Human Rights Watch debe bastar para disipar este mito.
«Human Rights Watch ha obtenido información que indica que mucha de esta violencia fue cometida por funcionarios policiales durante protestas políticas en barriadas pobres de Caracas». (http://hrw.org/press/2002/04/venezuela0416.htm)
El mayor apoyo de Chávez proviene en realidad de las ‘barriadas pobres’, lo que combinado con el hecho de que la policía de Caracas es controlada por el alcalde la ciudad, quien es ferviente opositor de Chávez, en todo caso implica lo opuesto de lo que los autores de estos correos quieren hacernos creer.
En el momento del golpe los planificadores locales del mismo amenazaron con bombardear el Palacio si el Presidente no iba con ellos. Había cerca de 50.000 ciudadanos rodeando el Palacio que estaban determinados a proteger al Presidente y sus ministros, todos los cuales estaban adentro.
El Presidente se dio cuenta de que si se producía un combate armado y se empleaba la artillería, miles de personas inocentes alrededor del perímetro del Palacio serían muertos. Eligió ir con el grupo golpista militar, pero no renunciar, con el fin de impedir esta tragedia.
El resto es historia. En las próximas 24 a 36 horas el pueblo asaltó el Palacio, atrapando a los líderes que brindaban con champaña. El Presidente fue restituido en el poder, pero no sin algunas vidas perdidas.
La mayoría de las muertes, sin embargo, no ocurrió el 11 de abril, sino el 12 y el 13 de abril, y las víctimas eran partidarios de Chávez, asesinados por la policía de Caracas como se mencionó arriba.
El gobierno está considerando formas y maneras de tener una investigación justa e imparcial de estos eventos.
No debe olvidarse que la razón por la que el Seminario ha invitado al Presidente es para enfocarse sobre los muy reales logros en derechos humanos que han sido de hecho obtenidos bajo su gobierno y que han sido reconocidos por organizaciones internacionales (ej. HRW) y domésticas de derechos humanos (PROVEA y un número de organizaciones indígenas).
Por ejemplo, bajo el gobierno de Chávez y por primera vez en 50 años no hay prisioneros políticos (¡incluso después del intento de golpe de abril!) También por vez primera, en el mismo período el balance entre prisioneros en juicio y prisioneros sentenciados es positivo (es decir, hay ahora menos personas en las cárceles de Venezuela que no han sido sentenciadas; en contraste, en el pasado alguna gente estuvo presa por más de 25 años hasta que finalmente fue declarada inocente).
Por primera vez en la historia del país no hay denuncia de censura de los medios en los tribunales; en otras palabras, aun cuando los medios constantemente se quejan del riesgo que corre la libertad de expresión, no tienen en realidad un caso. (Ver reporte reciente de HRW sobre Venezuela).
En términos no sólo de derechos humanos sino en particular respecto de los derechos de la población indígena la nueva constitución venezolana está entre las piezas legislativas más progresistas del mundo. La constitución garantiza explícitamente los derechos de todos los pueblos indígenas en los artículos 119 al 126. Rara vez es una protección tal promulgada por un Estado.

Universidad de Oxford
Las grandes universidades, como Oxford, se convierten inevitablemente en sitios de tumulto cuando abren sus puertas a ideas e individuos cuya misma esencia garantiza oposición. Es la fortaleza de estos grandes centros de aprendizaje el que permiten plenamente esta expresión y este debate. Después de todo es por la causa de la libertad intelectual. El Seminario, con su lema Non nobis solum natir sumus, abraza plenamente esta tradición en el interés de los derechos humanos.
Si cualquier huésped—incluyendo el Presidente Hugo Chávez Frías—acepta una invitación para hablar al Seminario, lo hace con pleno conocimiento de que conseguirá algún disentimiento y oposición. Es importante añadir que algunas personalidades de clase mundial han declinado por esta misma razón.
La Universidad no asume ninguna posición, excepto la de permitir que la libertad intelectual y el discurso transcurran dentro de sus muros, y por esto somos más ricos y estamos adecuadamente agradecidos.
IHRS, (Oxford, lunes 14 de octubre de 2002)
………
Caracas, 17 de octubre de 2002
Señores Seminario Internacional de Derechos Humanos
A la atención del Dr. William F. Pepper, Convocante
Estimados Señores:
he tenido la oportunidad de leer con detenimiento una declaración, aparentemente voluntaria, del Seminario Internacional de Derechos Humanos del Centro de Estudios Socio Legales de la Universidad de Oxford, concerniente a una visita y exposición del presidente Hugo Chávez en ese seminario, pautadas para horas de la tarde de hoy.
Al cierre de la declaración mencionada, su o sus autores indican, irónicamente, que la Universidad no asume posición alguna, a pesar de que el texto de aquélla está increíblemente sesgado a favor del presidente Chávez e incurre en numerosas afirmaciones sin fundamento e irresponsablemente emitidas. Ignoro si las autoridades de la Universidad de Oxford, o de su Centro de Estudios Socio Legales, comparten el contenido del comunicado y si, de este modo, pudiera considerarse al texto en cuestión como representativo de una posición oficial de la Universidad.
Supongo, en cambio, que ese texto es fiel reflejo de las opiniones del Dr. William F. Pepper, que aparece en la página web del Seminario como el «convocante» del mismo.
Decir que la Universidad no asume posición al cabo de un documento groseramente parcializado constituye una lamentable y burda expresión de manipulación falaz.
Convendría a la Universidad de Oxford explicar si es el caso que ella concurre con las opiniones allí emitidas.
El comunicado se justifica, dice su redacción, porque numerosos correos electrónicos habrían circulado por direcciones de la Universidad, y en ellos se expresaría una oposición al presidente Chávez que, a juicio de quienes dirigen el Seminario, estaría totalmente injustificada y construida a partir de medias verdades, distorsiones y mentiras flagrantes. No teniendo acceso a los correos aludidos, difícilmente puedo rechazarlos o solidarizarme con ellos. Puedo perfectamente imaginar, sin embargo, que en efecto algunas comunicaciones habrán sido poco dignas de ser tomadas en cuenta, porque aunque hay muy grande razón para oponerse al régimen de Hugo Chávez, no en pocas ocasiones esta oposición se manifiesta sin profundidad y aun irracionalmente. No puedo comentar, sin embargo, por los motivos antedichos, el contenido de tales correos. La dirección del Seminario, a pesar de que proclama su compromiso indeclinable con la libertad intelectual, convenientemente esconde el contenido de la correspondencia recibida. Tan sólo quiero a este respecto destacar una contradicción evidente al comienzo mismo del comunicado del Seminario, cuando indica que las comunicaciones a las que reacciona habrían sido producidas con poco cuidado e inocente y obvia demostración de relaciones entre los remitentes ¡luego de abrir solemnemente la declaración calificando a los mensajes de «ataque bien orquestado»!
Siguiendo el método anunciado por el comunicado del Seminario, comento de seguidas punto por punto su contenido.
La declaración del Seminario comienza por reconocer que el presidente Chávez intentó tomar el poder en Venezuela a comienzos de la década de 1990. Sólo que presenta tal dato con eufemismos y con un maquillaje que sugiere una cierta heroicidad en los conspiradores que insurgieron en 1992.
Dice el comunicado del Seminario que un grupo de militares decidió en esa fecha que ya «no podía» servir al gobierno de entonces, porque éste era grandemente corrupto. El gobierno de Pérez era, ciertamente, muy corrupto. Pero los militares sublevados no dejaron simplemente de servir. Lo que hicieron no fue darse de baja del ejército. Lo que hicieron fue abusar de las armas que la República les había confiado para producir una intentona fracasada que causó decenas de muertos y heridos, los que, por cierto, no son en absoluto mencionadas por el comunicado. La declaración del Seminario barre esas muertes, convenientemente para sus sesgados fines argumentales, debajo de la alfombra del silencio.
No puede justificarse en forma alguna el alzamiento de Chávez y sus camaradas en 1992. Ni siquiera mediante la apelación a un derecho a la rebelión. He aquí una formulación, en la Sección Tercera de la Declaración de Derechos de Virginia (1776), de este derecho: «…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública». Está claro que el sujeto de ese derecho es una mayoría de la comunidad, como está clarísimo que los seudohéroes de febrero de 1992 no eran esa mayoría, sino un grupúsculo soberbio que pretendió decidir violentamente en nombre de un pueblo que, por lo demás, había manifestado explícita y reiteradamente que no quería resolver el problema de Pérez mediante hechos de fuerza. Pérez tuvo que abandonar la Presidencia de Venezuela, se recordará, porque el sistema democrático venezolano fue capaz de llevarle civilizadamente a juicio.
Pero es que hay más: según propia admisión de Hugo Chávez el grupo de líderes de la insurgencia «bolivariana» conspiraba, al menos, desde 1983. No fue, como pretende hacer ver el comunicado, a comienzos de la década de los noventa cuando tan heroicos oficiales decidieron que no podían servir más al gobierno. Para el momento de su fallido, ilegal, inconstitucional y antidemocrático intento, la conspiración tenía casi diez años de haberse iniciado.
Que Venezuela cuenta hoy en día con una nueva Constitución es algo obvio, así como también que la mayoría de los que votó en referéndum para aprobarla expresó su apoyo a la misma. (Dentro de una votación con una abstención considerable, en un día en que las autoridades venezolanas de la época, Chávez y su gobierno, celebraban con champaña en la isla de La Orchila, mientras todo el pueblo de Vargas era arrasado por destructoras inundaciones. El pueblo de Vargas todavía espera que el gobierno de Chávez, ése que el comunicado dice que es el primero en ocuparse de los pobres en los últimos cincuenta años, haga algo medianamente eficaz, a tres años de la tragedia, para aliviar sus necesidades).
Que el pueblo de Venezuela que votó a favor del nuevo texto constitucional conozca a fondo qué fue lo que aprobó es muy discutible. Un texto medianamente definitivo no fue puesto a disposición de la población hasta escasos días antes de la votación. Que sea una constitución perfecta es asunto de debate. Reconoceré aquí que contiene no despreciables avances respecto de nuestra constitución de 1961, al tiempo que apunto que no todo su contenido puede ser atribuido, ni con mucho, a la autoría de Hugo Chávez. Igualmente puede argumentarse, además, que había en el texto de 1961 algunas cosas preferibles a ciertas previsiones del texto de 1999.
Que Pedro Carmona, a su brevísimo paso por el poder, intentó desconocer previsiones constitucionales expresas no es punto en discusión. Pedro Carmona protagonizó, junto con los conjurados que intentaron desvirtuar una legítima insatisfacción del pueblo de Venezuela, uno de los más grotescos y vergonzantes episodios de nuestra historia política. Pero su estupidez y su soberbia no liberan a Chávez de las suyas. Carmona y sus asociados dieron un golpe de Estado, es cierto, pero en vez de darlo contra Hugo Chávez lo dieron contra la sociedad civil venezolana, que había logrado vencer el miedo que inspiraba un gobernante totalitario, intimidante y agresivo, para manifestar multitudinariamente en su contra. La sociedad civil depuso a Chávez el día 11 de abril. La siniestra conspiración de Carmona, en la madrugada del 12, y en sus aberrantes ejecutorias de las horas siguientes, restituyó con sus inenarrables equivocaciones a Hugo Chávez en el poder. Pero de los 50.000 ciudadanos que el comunicado del Seminario contabiliza alrededor del Palacio de Gobierno en la tarde del 11, no quedaba nadie durante el 12. La ira del pueblo no se manifestó hasta que la increíble y soberbia torpeza de Carmona se puso de manifiesto al caer la tarde del 12 de abril.
Y aquí intercalo de una vez la siguiente observación, que gravita sobre otras inexactitudes del comunicado del Seminario: esta declaración confunde, simplistamente, a todos los que nos oponemos a Chávez con quienes superpusieron una agenda de golpe de Estado a la gesta, ésa sí heroica, del pueblo venezolano el 11 de abril. Así ocurre, por ejemplo, cuando afirma que la oposición venezolana no quiere transitar la ruta del referéndum revocatorio previsto en la Constitución porque «cree que sería abrumadoramente derrotada». A los redactores o el redactor del comunicado no les consta en absoluto que éste sea el caso. En estos mismísimos momentos la oposición está clamando, justamente, por una confrontación electoral lo antes que sea posible. El comunicado afirma irresponsablemente que la oposición, tomada en su conjunto, habría buscado el atajo de un golpe de Estado. Creo contarme dentro de una mayoría que procurará la salida cuanto antes del poder de Hugo Chávez y que al mismo tiempo rechazará que esto se haga de modo inconstitucional, aun cuando se trate de deponer a quien, en 1992, no tuvo ningún escrúpulo para intentar, precisamente, el expediente violento ante el que ahora se rasga inconsistentemente las vestiduras porque le sería aplicado a él.
Los redactores del comunicado del Seminario pretenden ignorar, al afirmar que la libertad de prensa está garantizada, los incontables ataques directos e indirectos que el gobierno de Chávez ha dirigido contra los medios de comunicación desde el momento mismo de asumir el poder. A las cuarenta y ocho horas de su toma de posesión, el miedo que había causado su triunfo impulsó al dueño de un canal de televisión a sacar del aire un programa de su planta porque un entrevistado osaba expresarse críticamente del gobierno. En la primera alocución que se transmitiera por cadena de televisión y radio con asistencia de personalidades desde el Palacio de Miraflores, a escasos días de su asunción al poder, Chávez sugería a un conocido empresario de medios que tal vez pudiera interesarse en adquirir un carro blindado que el gobierno pondría a la venta. Insinuaba, esto es, que la vida de este empresario corría peligro. Y no había cumplido, siquiera, un mes de haber comenzado a «gobernar».
Los ataques de Chávez contra un cierto periódico y su editor arreciaron a fines del año pasado, cuando el periódico en cuestión se atrevió a publicar palabras pronunciadas por el mismo Chávez en Londres. Eran palabras comprometedoras e imprudentes, por cuanto aludía a la salvación de Carlos Andrés Pérez durante una cerrada votación en el Congreso de 1979, en la que un solo voto, que Chávez sugirió habría costado muchos millones, salvó a aquél de la condena. Ese voto fue el de su actual Vicepresidente, José Vicente Rangel. La exposición de la imprudencia por ese periódico, a pesar de que otros medios, incluida la televisión misma del Estado, habían reseñado o transmitido el equívoco discurso, desató la ira presidencial.
Poco después, grupos oficialistas de gran agresividad escenificaron una manifestación de amenazas contra ese periódico y sus trabajadores, obligándoles a refugiarse dentro de su edificio. Son incontables las intimidaciones verbales y las agresiones físicas, con lesiones personales y daño a la propiedad, en contra de periodistas que procuran reflejar diariamente el acontecer venezolano. Y estas son manifestaciones incitadas y auspiciadas por el gobierno. En una ocasión fue agredido un camarógrafo de televisión por un sujeto que minutos más tarde aparecía refugiado en el propio Palacio de Miraflores, tras la figura del actual Ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello, mientras éste se dirigía a los venezolanos en una entre las decenas de “cadenas” forzadas e impuestas a los medios de comunicación.
No pretendo negar que hay exceso evidente en la oferta mediática cotidiana, ni tampoco afirmo que los medios venezolanos sean dirigidos desde el desinterés más absoluto. Pero es Chávez quien iniciara la provocación, él mismo quien agrediera desde el inicio. Es que hasta el abominable golpe de Carmona comenzó a gestarse luego de más de dos años de conductas abusivas y nada democráticas de Hugo Chávez, y debe atribuirse a la desesperación que su comportamiento causa que otros optaran por actuar como una vez lo hizo él. Es Chávez quien ha tenido éxito en sembrar el odio y la intolerancia, quien ha logrado que algunos de sus opositores se le parezcan.
El comunicado del Seminario alude, entre otras cosas, a un documento de la embajada de los EEUU, en el que se recordaría a los medios que deben «actuar de una manera responsable». Esto no es lo que dice ese documento. El comunicado de la embajada se refiere a remitidos pagados publicados por la prensa, en los que un particular grupo de oposición, de corte muy radical, excitaba a pronunciamientos militares contra el gobierno. No son pocos los documentos pagados, por otra parte, por partidarios del gobierno en los que se incurre en excesos de signo contrario y que han sido publicados por los medios que el comunicado del Seminario condena desde la cómoda lejanía de Oxford. En ningún momento la declaración diplomática reconvino a los medios venezolanos, limitándose más bien a un llamado al diálogo entre las partes en conflicto y a la recomendación, dirigida a ambas, de deponer actitudes agresivas.

Concentración del 11 de abril en el Cubo Negro
La declaración del Seminario evoca informaciones de distintas agencias que sostendrían la especie de que las manifestaciones pro gubernamentales son «típicamente mayores en grado significativo» en comparación con manifestaciones opositoras. Sobre las más recientes marchas—10 de octubre, opositora; 13 de octubre, oficialista—cito dos evaluaciones emitidas por Associated Press. Sobre la marcha del 10: «Cientos de miles de venezolanos marcharon para exigir la renuncia del Presidente Hugo Chávez y elecciones a corto plazo» (AP Photo/Leslie Mazoch). Sobre la marcha del 13: «Decenas de miles de venezolanos marcharon para apoyar a Chávez, cuyo gobierno confronta una crisis política y económica que se profundiza» (AP Photo/Leslie Mazoch).
No es en absoluto cierto que la marcha de la oposición «exigió abiertamente la acción militar», aun cuando algunos portaban pancartas al efecto, como tampoco es verdad que algunos oradores que se dirigieron a la multitud habían sido «destacadas figuras militares del fallido golpe de abril».
Del mismo modo, es una falsificación presentar a la marcha oficialista como un paseo angélico que pedía tan solo «Paz y Democracia». En ésta había unos cuantas—como las hay también en cierta proporción, felizmente pequeña, del lado opositor—voluntades más radicales y agresivas.
Cuando el comunicado del Seminario afirma tajantemente que ningún gobierno anterior se preocupó por los pobres venezolanos incurre en una aseveración falaz, irresponsable y tendenciosa. Si algo ha caracterizado los gobiernos civiles de Venezuela ha sido precisamente una constante preocupación por los programas de alivio social, muchos de los cuales fueron desactivados por el gobierno de Chávez, para ser sustituidos por otros que no han hecho otra cosa que expandir la corrupción que el comunicado del Seminario razonablemente condena. Además, todos los indicadores de pobreza en Venezuela se han agravado marcadamente con el transcurrir del gobierno de Hugo Chávez.
Ni siquiera vale la pena comentar el ejemplo único y aislado con el que la declaración del Seminario pretende demostrar que el gobierno de Chávez es amigo del inversionista privado. Se trata de un inversionista extranjero, y en esto Chávez es, como decimos en Venezuela, «claridad en la calle y oscuridad en la casa». Por lo que respecta al empresariado local Chávez no ha cesado de manifestarse su adversario y de exponerle al odio de los más desposeídos.
Que British Gas y «otras compañías internacionales de energía» hayan firmado acuerdos con el gobierno de Chávez no debe sorprender a nadie. En esto esas compañías son característicamente impertérritas: también firman acuerdos con los dictadores de China o con Hussein o Kaddaffi. Pero el modo de redactar del comunicado insinúa que nunca antes se negoció acuerdos en términos favorables a Venezuela y el ambiente, lo cual es una mentira monumental.
Que Chávez heredó una pesada deuda externa es cierto. También ocurrió así con otros gobiernos anteriores. El mismo comunicado registra que el salto trágico se produjo durante el gobierno de Lusinchi, cuando se puso en práctica un diabólico régimen diferencial de cambios con el que se lucró, o más bien dejó de perder, un buen número de empresarios privados. Pero Lusinchi ha sido execrado de un país en el que sus ciudadanos le rechazan como arquetipo de la corrupción. No ha podido volver. Y por lo que respecta a la aparentemente loable disminución de la deuda externa durante Chávez, en la cantidad de un millardo de dólares, el mismo comunicado del Seminario indica que Caldera, con ingresos considerablemente menores a los que Chávez ha disfrutado, y enfrentando una gigantesca crisis financiera, supo reducir ese monto en la cantidad de tres millardos de dólares.
El propio comunicado ha admitido, sin proponérselo, que el gobierno de Chávez ha tenido algo que ver con las muertes de abril. Al citar a Human Rights Watch no se percató, tal vez, de que esta organización dice que «mucha de esta violencia» debe atribuirse a excesos policiales. Mucha, entonces, pero no toda. ¿Quién causó la violencia que no puede ser atribuida a la policía? Por otra parte, a ningún abogado serio—y el Dr. William F. Pepper es abogado—le bastaría el hecho de que el alcalde metropolitano de Caracas sea opositor de Chávez—antes le defendía—para fundar una acusación transoceánica tan grave como la que insinúa. No debiera ése ser el método de un Seminario que se dice interesado en los derechos humanos. Aunque no le guste, sorprendentemente el alcalde metropolitano de Caracas y su policía también tienen derechos humanos.
El comunicado del Seminario afirma que Chávez prefirió exponerse a los golpistas, pero no renunciar, para salvar a una buena cantidad entre los 50.000 ciudadanos que según su estimación defendían a Chávez y a sus ministros («todos los cuales estaban adentro»), dado el riesgo que correrían en caso de que Miraflores fuese bombardeado. Para empezar, no todos los ministros «estaban adentro». Ya varios habían puesto pies en polvorosa. Luego, Chávez sí aceptó renunciar. Se desdijo cuando se rechazó su pretensión de que se le permitiese abandonar el país. Por último, Chávez no mostró ningún desprendimiento heroico, ni ninguna preocupación por la vida de quienes manifestaban en su contra cuando, infructuosamente, procuraba contrarrestar su marcha con la salida de tropas que nunca pudo reunir. Ni tampoco tuvo consideraciones con la «garantizada» libertad de expresión cuando intentó bloquear las señales de las televisoras que mostraban los primeros muertos mientras él, Chávez, imponía una transmisión única y conjunta de una alocución que enmascaraba la tragedia de ese día.
No, señores del Seminario Internacional de Derechos Humanos. Chávez nunca quiso proteger otra cosa que su propio pellejo, pues no le importaba lo que ocurriera a la masa de centenares de miles de caraqueños que en la calle exigían su salida. Cifra que, por cierto, era varias veces superior a la de las 50.000 almas que el Seminario, inadvertidamente, involuntariamente, ha declarado que defendían a Chávez. Ustedes mismos, redactores del comunicado del Seminario, nos aclaran, a pesar suyo, las verdaderas cuentas.
No sé, sinceramente, si hubo más muertos el 12 y el 13 de abril que el día 11. Todas las muertes me duelen, de uno y de otro bando. Pero no es muy objetivo soslayar el hecho de que hubo saqueo, incitado o tolerado por Chávez y sus ministros, y violencia desatada por partidarios del gobierno en esas fechas. Nada de esto justifica ni una sola muerte, ni un solo asesinato. Tan solo quiero señalar, a quienes trafican profesionalmente con los derechos humanos, que no se conoce como humano el derecho al saqueo y la rapiña.

Emblema de Oxford
El comunicado del Seminario asegura que el gobierno de Chávez «está considerando formas y maneras de tener una investigación justa e imparcial de estos eventos». Ya lleva en eso, nótese, seis meses. Medio año ha transcurrido desde la tragedia de abril sin que el gobierno que tanto entusiasma a la dirección del Seminario haya logrado encontrar las «formas y maneras» de presentar una relación confiable de lo ocurrido. La cacareada «comisión de la verdad» no termina de nacer, y en esto tiene que ver, determinantemente, la obstrucción generada por el gobierno.
El comunicado del Seminario presenta como «logros» de gran significación, atribuibles a Chávez, que la nueva Constitución reconozca los derechos de nuestras poblaciones indígenas, y que haya «menos personas en las cárceles que no han sido sentenciadas». Por lo que respecta a esto último hay que convenir en que es cierto: ahora hay en las calles mucho más criminales que ni siquiera han sido enjuiciados, no digamos sentenciados o condenados. Y en relación con los derechos de los indígenas valdría la pena que el Seminario se preguntara dos cosas: una, ¿es la impresión en papel de una declaración de derechos prueba contundente de que un derecho ha cobrado entidad real? ¿Lo cree así la plantilla de profesionales del Seminario? Dos, ¿es una expresión del derecho de los indígenas el derecho a la mendicidad que ahora ejercen en múltiples puntos de nuestra geografía urbana? Así como alguna vez el excesivamente locuaz presidente Chávez prometió que renunciaría si no lograba acabar con la presencia de niños indigentes en las calles de nuestras ciudades y no lo ha hecho, así también se llena la boca con la enunciación del derecho aborigen mientras nuestros indígenas invaden ahora las urbes sin otro destino que el de ser pordioseros.
En Venezuela, típicamente, no se denuncian los casos de censura de prensa ante los tribunales. Normalmente los desaguisados a este respecto se publican en la misma prensa y se ventilan ante organizaciones internacionales de sus gremios. Y ya hablé del tema del acoso a la prensa y a los medios en general.
No lo he hecho acerca del acoso a la Iglesia católica, ni a los sindicatos a los que infructuosamente ha intentado neutralizar, ni a las universidades a las que pretende sojuzgar. Tal vez el Seminario Internacional de Derechos Humanos considere—digo yo, una vez vista su peculiar manera de entender, desde muy lejos, nuestra realidad—que es un derecho humano invadir y tomar la sede rectoral de nuestra principal universidad. Que una treintena de personas, dirigidas, alimentadas y apertrechadas con instrumentos de violencia desde la mismísima Vicepresidencia de la República (Adina Bastidas) tienen el derecho de imponer la zozobra, por más de un mes, a una comunidad universitaria de decenas de miles de personas que rechazaba sus pretensiones. Si eso es la peculiar noción de derechos humanos y de democracia que mantiene el Seminario Internacional de Derechos Humanos de la Universidad de Oxford, yo sostendré que esta casa de estudios se ha permitido descender, al menos en ése su programa oficial, a niveles deplorablemente bajos de estulticia.
No hay injusticia social que justifique la pérdida de libertad en aras de una supuesta solución que por lo demás no se tiene. Nada justifica, por ejemplo, que la voluntad de un solo hombre se superponga, por más de cuatro décadas, a las voluntades individuales, mediante el terror y la represión, de millones de cubanos. No se justifica Franco, ni Pinochet, ni Hitler, ni Stalin, ni Pol Pot. No se justifica ni Carmona ni Chávez.

John Stuart Mill
Trágicamente ocurre que, de tiempo en tiempo, pueblos enteros pueden ser hipnotizados por el espejismo de tiranos autoconsagrados. Así lo puso el grande hombre de políticas y letras que fue el inglés clarísimo que se llamó John Stuart Mill, en su ensayo sobre el gobierno representativo: «Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho».
El comunicado del Seminario, en fin, reitera su lema en latín, el que además se encuentra mal escrito tanto en ese texto como en la página madre. Lo pondremos aquí como quisieran haberlo formulado: Non solum nobis nati sumus. «No hemos nacido sólo para nosotros». Saludo ese lema, aunque parezca que el Dr. William F. Pepper hubiera nacido sólo para Hugo Chávez.
Atentamente
Luis Enrique Alcalá
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