por Luis Enrique Alcalá | Sep 14, 2004 | Fichas, Política |

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Así como con los «Sabios de Grecia», lista que ya en la antigüedad buscaba reconocer a sus más grandes hombres, una lista cualquiera de los más grandes genios de toda la historia no podría estar completa sin el nombre de Alberto Einstein.
No es, por supuesto, mi intención trazar acá la biografía del excelso físico del siglo XX, quien no sólo revolucionó para siempre el modo de pensar al universo. Aparte de esto su personalidad, con más de un defecto, era sin embargo característica de las personas de inteligencia excepcional: era modesta. Así dice de él Otto Frisch (en G. J. Whitrow: «Einstein: el hombre y su logro»): «La cualidad que dominaba su personalidad era una grande y genuina modestia. Cuando alguien le contradecía lo pensaba varias veces, y si encontraba que se había equivocado se deleitaba con eso, pues sentía que había escapado de un error y que ahora sabía más que antes».
Su colosal figura intelectual no pudo escapar a los procesos políticos de su tiempo. Primero, porque era alemán y judío, en época cuando el hitleroma hacía su aparición en Europa. Luego, porque su prestigiosa figura fue solicitada para que auxiliara el nacimiento—en 1948—del Estado de Israel. De hecho, le fue ofrecida la presidencia de ese Estado, la que declinó con la misma modestia que ya comentara Frisch. También, finalmente, porque su nombre estuvo ligado inevitablemente al uso militar de la energía atómica, cuya magnitud entrevió con precisión matemática en 1905 y de la que advirtiera más tarde a Franklin Delano Roosevelt en famosísima carta personal.
Así, es frecuente conseguirle opinando en materia política, terreno que él mismo consideraba inconmensurablemente más difícil que la física más abstrusa. En esta Ficha Semanal #12 de doctorpolítico dos fragmentos son recogidos. El primero es de discurso suyo en el Reichstag—que más tarde Hitler mandaría incendia—en ocasión de saludar, en 1922, a una delegación francesa que buscaba mejores relaciones con Alemania. (Luego de que Einstein hubiera visitado poco antes París con el mismo propósito). Einstein hablaba de las implicaciones de la globalización ¡hace 82 años! Dicho sea de paso, el trozo contiene una pregunta que sería la más famosa de las que formulara, treinta y ocho años más tarde, John Fitzgerald Kennedy en su discurso de toma de posesión de la Presidencia de los Estados Unidos. Pero no acusemos de plagiario al difunto presidente que, en todo caso, era orador mucho más eficaz que el genio de Ulm.
El segundo es un trozo de artículo escrito por Einstein y que publicara en 1930 el New York Times. Ambos fragmentos representan pensamientos, a mi modo de ver, mutuamente complementarios.
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Un político llamado Einstein
I.
Quisiera describir nuestra presente situación… como si tuviera la fortuna de ser testigo de los acontecimientos de este miserable planeta desde el ventajoso punto de la luna.
Primero, pudiéramos preguntarnos en qué sentido los problemas de los asuntos internacionales requieren hoy una aproximación bastante diferente de la del pasado—no sólo el pasado reciente, sino el del último medio siglo. Para mí la respuesta es bastante simple: debido a los desarrollos tecnológicos, las distancias a través del mundo se han encogido a la décima parte de su previo tamaño. La fabricación de productos en el mundo se ha convertido en un mosaico compuesto por piezas de todas partes del globo. Es esencial, y asimismo natural, que la recrecida interdependencia económica de los territorios del mundo, que participan en la producción de la humanidad, sea complementada con una organización política apropiada.
El famoso hombre en la luna no podría comprender por qué la humanidad, aun después de la espantosa experiencia de la guerra, fue todavía tan remisa a la creación de esa nueva organización política. ¿Por qué está el hombre tan poco dispuesto? Creo que la razón es que, por lo que concierne a la historia, la gente está afligida por una memoria muy pobre.
Es una situación extraña. El hombre común, expuesto a los eventos a medida que ocurren, pasa relativamente poco trabajo ajustándose a los grandes cambios, mientras el hombre culto que se ha empapado con mucho conocimiento y lo sirve a otros confronta un problema más difícil. A este respecto el lenguaje juega un papel particularmente desafortunado. Porque ¿qué es una nación sino un grupo de individuos que se influyen incesantemente los unos a los otros por medio de la palabra escrita y hablada? Puede que los miembros de una comunidad lingüística dada escasamente noten cuando su propio punto de vista peculiar se haga sesgado e inflexible.
Creo que la condición en la que hoy se encuentra el mundo hace que no sólo sea un asunto de idealismo sino de grave necesidad la creación de unidad y cooperación intelectual entre las naciones. Aquellos de nosotros que estamos conscientes de estas necesidades debemos dejar de pensar en términos de ‘lo que debiera hacerse por nuestro país’. Más bien debiéramos preguntar: ‘¿Qué debe hacer nuestra comunidad para establecer las bases de un mayor comunidad mundial?’ Porque sin esa comunidad más grande ningún país puede durar mucho.
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II.
Permítanme comenzar por una confesión de fe política: que el Estado está hecho para el hombre, no el hombre para el Estado. Esto es asimismo verdad de la ciencia. Éstas son formulaciones de vieja data, pronunciadas por aquellos para quienes el hombre mismo es el más alto de los valores humanos. Dudaría en repetirlas si no estuvieran siempre en peligro de ser olvidadas, particularmente en estos días de estandarización y estereotipo. Creo que la misión más importante del Estado es la de proteger al individuo y hacerle posible desarrollarse como personalidad creativa.
El Estado debiera ser nuestro siervo; no debiéramos ser esclavos del Estado. El Estado viola este principio cuando nos obliga a prestar servicio militar, particularmente ya que el objeto y el efecto de esa servidumbre es matar gente de otras tierras o infringir su libertad. Debiéramos, en verdad, sólo hacer los sacrificios por el Estado que sirvan para el libre desarrollo de los hombres.
Albert Einstein
por Luis Enrique Alcalá | Sep 7, 2004 | Fichas, Política |

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«Escribo estas líneas al fin de mis días», advierte Octavio Paz en su prólogo a la publicación de sus primeros escritos por el Fondo de Cultura Económica de México (1997). Luego de explicar que esa publicación de «las tentativas de un escritor primerizo» se debe al apremio de su editor, reconoce también que obedece al deseo de contradecir a ciertos críticos que le reprochaban, en anteriores libros, suprimir textos juveniles por «razones de orden ideológico: con ellas intentaba borrar las huellas de ideas y sentimientos que me movieron y conmovieron en mi juventud». Pero se defiende el Premio Nóbel de Literatura: «Corregí y suprimí no por sórdidos motivos de ideología política sino por sed de perfección».
Octavio Paz, a pesar de todo, fue un escritor con densa carga ideológica que no vacilaba en opinar de modo contundente y elegante sobre muchos temas de importancia política. Lo que no obsta para que revele en el mismo prólogo: «A pesar de la avidez con que leía y discutía con mis amigos temas de filosofía, estética y política, mi verdadera vocación fue, desde mi niñez, la poesía».
La poesía es una forma de conocimiento. No tendrá el rigor de la ciencia o la exactitud requerida por la ingeniería, pero integra ideas y experiencias, expresa el anclaje total de una emoción de un modo holístico que normalmente está vedado a un científico o un tecnólogo.
El texto escogido para esta Ficha Semanal #11 de doctorpolítico es, en principio, un artículo-ensayo (publicado en la revista «Novedades» el 27 de octubre de 1943) y, como tal, es primordialmente literatura. Lo que dice está bellamente dicho; la poesía se viste allí de prosa, en busca de profundas verdades. El título tiene timbre paradójico: «Los beneficios de la muerte».
La búsqueda estética no debiera estar ausente de la actividad profesional del político, así como lo bello es guía muy estimable para el científico. Albert Einstein y Paul Adrien Maurice Dirac, entre varios, notaron esta propiedad de brújula, de criterio selector, que tiene la belleza. Enfrentados a varias posibles ecuaciones optaban sin dudarlo un instante por la más sencilla y hermosa.
Esta cavilación de Octavio Paz va dirigida hacia la comprensión del cambio de las sociedades, y ofrece una respuesta algo incómoda pero heurística: tal vez no nos convence, pero nos hace pensar.
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Los beneficios de la muerte
Lo que distingue a las sociedades animales de las humanas es el cambio—o como se decía hasta hace poco: el «progreso». Las hormigas, los castores, las abejas—especies que han logrado constituir sociedades mucho más sólidas y estables que el Imperio chino o el Imperio romano—no progresan: desde que las conocemos permanecen estacionarias. Nada las modifica, nada las cambia: ninguna revolución ha trastornado sus sistemas de vida, ningún descubrimiento técnico ha transformado el proceso de producción y de consumo, ninguna religión, ninguna moral han alterado su sensibilidad y su conducta. Un hormiguero repite a otro hormiguero. Las sociedades animales no conocen la historia. Por el contrario, la variedad y lo imprevisto reinan en las sociedades humanas; en ellas nada se repite y todo cambia: un moverse continuo, una constante insatisfacción, un gusto por lo nuevo, un desdén por lo conseguido, nos llevan siempre, a través del tiempo, hacia metas cada vez más lejanas e intangibles. ¿Por qué cambiamos? Desde que nació la historia el hombre se hace esta pregunta. Hay infinidad de explicaciones pero ninguna nos satisface por completo.
Algunos piensan que la historia—esto es, el cambio—posee un sentido secreto, que sólo se manifiesta en contadas ocasiones; otros, que el azar o ciegas fuerzas materiales nos rigen y que nada vale nuestra pobre voluntad frente al capricho del Destino, de la sangre o de la economía. Y otros, los menos, piensan que la historia y sus cambios son una ilusión: nada cambia y todo permanece igual. Sería inútil enumerar todas las hipótesis, desde aquellas que hacen consistir el movimiento de las sociedades humanas en una especie de evolución providencial, regido por la Divinidad, hasta las más modernas que intentan conciliar la libertad con la fatalidad y que convienen en admitir que el hombre es capaz de transformar en cierta medida el curso de los acontecimientos aunque éstos, de una manera general, estén ya predeterminados. El medio físico y el medio social, la economía, la cultura, las grandes individualidades, el choque con las culturas y las ideas extrañas, la pobreza y la riqueza, la religión, la política, todo engendra el cambio, la lucha y eso que llamamos progreso.
Pero en este vasto cuadro falta un elemento: la Muerte. Ella, que todo lo destruye, es la madre del cambio. Gracias a la muerte de Alejandro fue posible la desintegración de su Imperio; más tarde, la muerte del helenismo hizo posible a Roma. Mueren los imperios, mueren las sociedades y morimos cada uno de nosotros. Este continuo desaparecer hace que los ideales se renueven, que los crímenes se repitan con ciertas exquisitas o sorprendentes variaciones, que las sectas se multipliquen, que un problema sea pensado siempre de manera distinta y en diversas circunstancias y, en suma, que la monotonía de la historia se disfrace con los ropajes de la sorpresa, de la novedad y del cambio. Recuerdo una frase, punzante y melancólica, de Leopardi: «La moda es la máscara de la muerte». Y pienso que no sólo la moda es la imagen de la muerte; la Historia, con toda su vivacidad, con toda su animación gesticulante, henchida de acciones, de gestos, de tragedias, repleta de vida, no es sino la máscara de la muerte. Calavera que ríe y llora, que pretende seducirnos con mil ropajes y con mil locuras, calavera que nos desengaña de todos nuestros afanes y nos enseña adónde irán a parar todas nuestras angustias, todos nuestros problemas y todas nuestras ambiciones: eso es la historia.
Gracias a la muerte, los jóvenes ocupan el sitio de los desaparecidos. Una vez en el poder lo primero que hacen, como una especie de venganza, es destruir la obra de sus antepasados y substituir los viejos ideales por otros. Es muy posible que no sea solamente la necesidad de vivir mejor, ni el espíritu de invención, quienes nos impulsan al cambio y a la destrucción de los viejos sistemas de vida. Quizá la muerte también intervenga en este apetito de creación y destrucción. Desechamos la obra de los muertos no sólo por inútil e inservible sino porque con ella pretenden inmortalizarse y sobrevivir; su obra es una especie de invisible presencia que no nos deja sitio y que, obscuramente, nos impone una conducta, una moral y una política. Y nosotros queremos crear, inventar, ser dueños de nuestra vida y, si podemos, de nuestra esperanza. El miedo a la muerte nos lleva a odiar la obra de los muertos; ese mismo terror nos impulsa a escapar, de cualquier manera, de la muerte.
Para escapar de la muerte el político deshace la obra de sus muertos antecesores y quiere perpetuarse en ese vivo monumento que es la sociedad, hecha a su imagen y semejanza; la misma ambición mueve al poeta cuando escribe, al maestro cuando modela el alma de sus discípulos, al padre y a la madre cuando engendran, al actor cuando, escondido tras una máscara no siempre ilustre, vive una vida y una muerte provisionales, que al día siguiente volverá a encarnar en el escenario.
Unos fundan naciones, estirpes, familias; otros depositan su esperanza de inmortalidad en cosas menos variables y vivas: un libro, un pensamiento, un instrumento, un cuadro; todos, adheridos a su nombre y a su ser, intentan sobrevivirse, vencer al polvo y permanecer. A nada le tenemos tanto miedo como a la muerte, que es el cambio por excelencia, puesto que cuando ella llega, dejamos de ser. Y este miedo al cambio, este miedo al no ser, es uno de los más poderosos estímulos creadores de la historia. Gracias a la muerte y al miedo que nos inspira, la Vida se modifica siempre con una constancia y una energía terribles, exasperadamente vivas, tanto más vivas cuanto más convencidos estamos de que sólo la muerte nos espera.
Octavio Paz
por Luis Enrique Alcalá | Ago 31, 2004 | Fichas, Política |

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Habiendo solicitado la autorización del autor, esta Ficha Semanal de doctorpolítico reproduce in toto el excelentísimo artículo de Ignacio Ávalos Gutiérrez, que fuera publicado el miércoles 25 de agosto en el diario El Nacional. El suscrito admite de buena gana la envidia que le causa no haberlo escrito él mismo.
Nacho Ávalos, sociólogo, ex Presidente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, futbolista y fanático de los Tiburones de La Guaira, tuvo el acierto de condensar con el mayor tino y el fino humor que le es habitual, una muy completa lista de verdades políticas venezolanas en «Si yo fuera dirigente de la Coordinadora Democrática».
Nos conocimos en 1980, cuando yo ejercía la Secretaría Ejecutiva del organismo y nuestro común colega y amigo Marcel Antonorsi Blanco había sido arrancado por mí de los predios del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas para que viniera a ejercer al CONICIT el cargo de Director de Política Científica. Marcel trajo a Nacho como su asesor. Ambos fueron coautores, poco después, de un importante libro que llevó por título «La Planificación Ilusoria», en el que disecaban el proceso del I Plan Nacional de Ciencia y Tecnología, inscrito en el marco más amplio del V Plan de la Nación. (Primer gobierno de Carlos Andrés Pérez). En ese agudo estudio Antonorsi y Ávalos desnudaron el ambicioso plan para la ciencia venezolana que, habiendo declarado absolutamente todo como prioritario, era negador él mismo de la más elemental noción de prioridad. Ambos, además, en conjunto con un grupo de distinguidos compatriotas, integraban ya para la época el Consejo Superior del CHAPATEC (Comité de Habladores de Paja Tecnológica).
Es con un inmenso placer que tomo prestado de la pluma de Ignacio Ávalos para ofrecer a nuestros suscritores una lectura esclarecedora, digna de la más sosegada reflexión, y agradezco al doctor Bernardo Paúl haber llamado mi atención sobre tan importante documento.
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Si yo fuera dirigente de la Coordinadora Democrática
I
Vistos los resultados anunciados el domingo, me buscaría una almohada para consultarla, visto que a nuestros politólogos se les extraviaron las claves para entender las cosas.
II
Terminaría por aceptar, de verdad, no sólo de los dientes para afuera, que Chávez no es una simple anécdota en la reciente historia nacional, misterio inexplicable de un país que venía bien como venía.
Aceptaría, pues, que el chavismo es la manifestación de una antigua crisis y que, en muchos sentidos, el chavismo (con o sin Chávez) llegó para quedarse un buen rato entre nosotros.
III
Reconocería que la polarización fue incubada en la campaña electoral de 1998, iniciativa de una alianza urgida por derrotar al candidato Hugo Chávez, hecha a la carrera y sin guardar los buenos modales políticos. ¿Verdad Irene? ¿Verdad Alfaro?
Reconocería que la división del país no tiene el copyright chavista, ¿o es que acaso puede presumir de unido y armonioso un país que en los últimos años excluyó a casi dos tercios de su población de la posibilidad de tener una vida decente?
Reconocería que nuestro alto grado de conflictividad social tiene expresiones de vieja data, el «Caracazo» la más emblemática de ellas, comienzo del fin para el Pacto de Punto Fijo y evidencia, junto a otras muchas, de que por primera vez los intereses de los sectores acomodados y los de los más pobres se comenzaron a percibir como distintos, es decir, se politizaron las diferencias sociales.
Reconocería, pues, que desde hace dos décadas el país se nos estaba volviendo un avispero y que Chávez no es causa sino resultado y, a la vez, fermento.
IV
Examinaría con detenimiento las claves del mensaje político del chavismo, su capacidad para interpretar la sociedad desde sus eslabones más débiles, de «empoderar» políticamente a los sectores excluidos y restablecer simbólicamente su vinculación con el poder.
Me preocuparía ver cómo algunos sectores de la oposición desvalorizan ese mensaje y menosprecian a sus seguidores, considerándolos ignorantes, susceptibles de ser comprados, gente, pues, que no aguanta dos pedidas cuando de populismo y clientelismo se trata.
V
Me preguntaría cuál es el alcance de un mensaje enviado desde la plaza Francia de Altamira y si desde allí se logra ver la inmensa complejidad y diversidad del país, así como los afanes de la mayoría de la gente.
Admitiría que ese mensaje está formulado y sentido desde la perspectiva de nuestras clases sociales más acomodadas, lo cual no lo hace inválido, desde luego, pero sí incompleto.
Averiguaría cuál es la profundidad de un mensaje casi reducido a proponer lo contrario de lo que el otro propone, algo así como si para ser del Caracas bastara con la motivación de no querer ser magallanero.
Me alarmaría al observar, en nuestras filas, ideas y gestos que rememoran en la población un cierto pasado al cual no se quiere volver y ver cómo algunas de las nuevas caras se parecen tanto a las que pretenden reemplazar.
En fin, me preguntaría, así como quien no quiere la cosa, por qué después de tanto tiempo, tanta brega, tanta admirable tenacidad, tanta marcha, tanta concentración y tanto medio de comunicación, la oposición sigue representando el mismo 40% (según los resultados del CNE, avalados por el Centro Carter y la OEA) que apoyó a Salas Römer en el año 1998, a pesar de que éste no ha sido precisamente un gobierno eficaz, como lo prueban las estadísticas que lo fotografían.
VI
Reflexionaría sobre el papel político de los medios de comunicación y analizaría por qué al final no pudieron tanto como se supuso que podrían. Asimismo, sobre su enorme peso sobre la Coordinadora Democrática.
Sobre el perjuicio que le causó a la oposición el radicalismo de una decena de periodistas de radio y televisión, respecto de los cuales nunca pareció posible un deslinde. Y sobre la urgencia de que los partidos sean lo que deben ser y los medios vuelvan a lo suyo.
VII
Estaría consciente de la necesidad de repensar nuestra forma de abordar la situación política venezolana, planteándome como duda importante, aunque parezca envuelta en paradoja, si la oposición debe continuar siendo antichavista de la manera como lo ha sido.
Consciente, también, de lo importante que resulta para el país contar con una poderosa oposición, un efectivo y constructivo contrapeso al actual gobierno.
De los riesgos que corre la sociedad venezolana si no dispone de ese contrapeso y el presidente Chávez queda como el «administrador» de la democracia, decidiendo cuáles son las dosis compatibles con la buena marcha del «proceso», conforme el país vaya viniendo y el mismo vaya viendo.
Ignacio Ávalos
por Luis Enrique Alcalá | Ago 24, 2004 | Fichas, Política |

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Dos concisos párrafos de William Clifford—The Ethics of Belief—y que citáramos en trabajo de diciembre de 1990 sobre tema de educación superior, bastan a esta Ficha Semanal #9 de doctorpolítico.
Vienen muy al caso de la consideración del terrible momento que vive la Coordinadora Democrática, considerado no ya desde el punto de vista estratégico o de resultados, sino dentro del paisaje de la ética.
Más allá de este caso específico, no obstante, la lección de Clifford es ciertamente grave enseñanza que cada persona reflexiva y escrupulosa encontrará verdadera.
Acá se reproduce la cita del trabajo mencionado—Un tratamiento al problema de la educación superior no vocacional en Venezuela—, incluida breve coletilla del autor.
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No en ese barco
Digresión, facilitada por los primeros párrafos de William Clifford en «La ética de la creencia»:
Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas, y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le hacían infeliz; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.
¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto. La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.»
Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes.)
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 17, 2004 | Fichas, Política |

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Los fragmentos que componen la Ficha Semanal #8 de doctorpolítico están entresacados del trabajo que llevó por nombre Visión de Venezuela, y fuera publicado en abril de 1994 en referéndum, publicación editada por el suscrito entre ese año y 1998. Forman parte de la sección inicial—Venezuela, municipio del planeta—y la final—Venezuela, nación de los venezolanos—de ese trabajo.
La sección intermedia del mismo—Venezuela, Estado de la Confederación Suramericana—abogaba por un modelo de integración política sudamericana, en una época en la que los grandes bloques—Estados Unidos, China, Rusia, la Comunidad Europea—son los actores determinantes del concierto planetario. Allí se exponía, por ejemplo:
«Resulta obvio que el modelo descrito corresponde a la estructura adoptada por los Estados Unidos de Norteamérica a partir de 1787, y lo que se propone entender es que, aun dentro de la interpretación más pesimista de la sociología latinoamericana, debemos ser capaces de hacer hoy lo que los norteamericanos pudieron efectuar hace más de doscientos años, sobre todo cuando tenemos por delante el precedente de esa unión norteña, a todas luces exitosa. Los norteamericanos, en cambio, no contaban con precedente alguno. Nosotros tenemos la ventaja de haber presenciado un experimento político que ya se ha prolongado por sobre los dos siglos de existencia… Es legítimo preguntarse por qué la integración política fue posible a los norteamericanos y no a nosotros, ni siquiera en la primera mitad del siglo XIX, cuando ya el experimento de los Estados Unidos llevaba varias décadas funcionando. La respuesta reside en que durante ese período la tecnología de las comunicaciones permaneció prácticamente inalterada, imponiendo una suerte de perímetro máximo a lo integrable. Los Estados Unidos que nacieron en 1776 no ocupaban el área que hoy poseen. En 1776 se reunieron trece colonias norteamericanas cuya superficie conjunta era de 888.000 kilómetros cuadrados. Es decir, una superficie inferior a la de Venezuela. Por esta razón era muy difícil mantener integrada la Gran Colombia, cuatro veces mayor que los Estados Unidos originarios, no digamos la América del Sur entera. Cuando Bolívar escribía una carta a Sucre, ordenándole que persiguiera y presentara batalla a determinado jefe realista, el «término de la distancia» se contaba muy frecuentemente en meses. Hubo casos cuando Bolívar impartió una orden de esa naturaleza en carta fechada cinco días después del fallecimiento del eventual contendiente de Sucre, circunstancia que Bolívar ignoraba en virtud de esa misma lentitud de las comunicaciones. Hoy en día las circunstancias han variado radicalmente, lo que permite que, por ejemplo, el estado de Hawai esté perfectamente integrado a los procesos políticos de sus 49 colegas continentales».
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Imagen de Venezuela
El periódico La Columna resurgió en Maracaibo en septiembre de 1989. Seis meses después era el diario que más circulaba en esa ciudad. Muchos factores tuvieron que ver con ese resultado, pero seguramente fue esencial para tan calurosa acogida que los que hicieron el periódico hubieran adoptado una imagen de sus lectores: que los lectores de Maracaibo eran personas inteligentes; que sus lectores eran ciudadanos del mundo. Ya no los habitantes sometidos al régimen de un poder central y lejano sino, conectados informativamente con el resto de la Tierra, habitantes con derecho en el mundo y con influencia y responsabilidad por su estado. El habitante de Maracaibo se dio cuenta de que verdaderamente era una parte del cerebro del mundo. En cuanto pudo entrever esa verdad, en cuanto pudo tener esa imagen de sí mismo, dio su decidido apoyo a quien también le entendía de ese modo.
El que cosas como ésa ocurran, y que ocurran acá en Venezuela, es muy importante para nosotros, pues el primero de los sentidos de la visión-objetivo que proponemos lleva a considerar a Venezuela como municipio del planeta.
Somos un municipio del planeta. El mundo está por constituirse políticamente. El substrato de esa nueva polis existe: la hipótesis de James Lovelock llega a pensar la Tierra como un ente viviente, como una sola célula. Una gigantesca célula cuyos organelos interdependen ecológicamente, cuyas regiones se comunican por satélites inventados por el hom-bre. Un organismo vivo que construye, intento por intento, lo que Yehezkel Dror llama la «mente central del mundo»: su gobierno.
Un gobierno planetario que como el sistema nervioso central de los animales superiores, el hombre incluido, regulará muy pocas de las actividades del conjunto. El desarrollo de la Tierra, en su mayor parte, no provendrá de las acciones de ese gobierno mundial, sino de las unidades locales. Y entre las unidades locales, las naciones del tamaño de la venezolana serán los municipios de la estructura política del planeta Tierra.
Un planeta que construye también una nueva versión, más comprensiva, de su conciencia. Que elabora con penoso esfuerzo los componentes de una nueva teoría del mundo, de una forma más desarrollada de funcionamiento político, hasta de una nueva percepción religiosa.
Se construye, poco a poco pero incesantemente, el cerebro del mundo. Las redes celulares y de computadores y telefacsímiles, CNN, Telemundo, los satélites, los servicios de medios múltiples, las fibras ópticas, van tendiendo los ganglios y los nervios, los núcleos cerebrales de esa mente central planetaria. Se construye un cerebro de la Tierra.
Una región del planeta puede ser maqueta para el conjunto. Como veremos más adelante, aun dentro de sí misma Venezuela puede potenciar las instancias asociativas en su aparato político. La imagen-objetivo de Venezuela como lúcido y anticipador municipio del planeta, en tanto campo de demostración de las ventajas del conocimiento como determinante político es perfectamente sostenible.
Francisco Nadales nació en Cumanacoa, Estado Sucre, Venezuela. Pudo completar solamente una educación primaria, lo que no le permitió mejor empleo que el de obrero no calificado de la industria de la construcción. Una vez fue puesto, sin otra preparación previa, delante de un moderno computador personal. La pantalla mostraba una hoja de cálculo electrónica, en la que en breves segundos postuló, bajo instrucciones, una operación algebraica. Cuando la pantalla titiló mostrando el resultado, una sonrisa tan amplia como su cara demostró su alegría profunda, y la extensión de su súbita comprensión fue expresada en su inmediato comentario: «¡Hay que ver que el hombre es bien inteligente!»
Francisco Nadales hablaba, claro, del hombre que había sido capaz de concebir, producir y ensamblar la intrincada maraña de circuitos y componentes del computador que tuvo ante sí; del que había sido capaz de generar y enhebrar las numerosas líneas del código de programa que le permitió usar el álgebra por primera vez. Pero esa referencia no habría bastado para ampliarle la sonrisa de aquel modo. Francisco Nadales estaba también hablando de sí mismo. Francisco Nadales era ese hombre bien inteligente y Venezuela puede contribuir significativamente a la constitución política de la Tierra.
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Cada cierto tiempo, una moda doctrinaria irrumpe en el ámbito de la gestión de organizaciones. Cada una deja su huella, como los estratos de una formación geológica puesta al descubierto. La organización científica del trabajo, los «T groups» del «sensitivity training» y el tema más general de la dinámica de grupos, la organización matricial, «the managerial grid», el desarrollo organizacional, la «teoría Z», la búsqueda de la «excelencia», la «calidad total». Cada tema domina la atención como panacea efímera por un breve lapso, durante el cual ingresan sumas considerables a los escritores de libros y manuales, a los conferencistas, a los asesores y a las empresas que se dedican al adiestramiento de personal ejecutivo. Más de una moda gerencial termina por la creación de departamentos completos dentro de las empresas y otras organizaciones.
Dado que en un grado significativo el manejo del gobierno requiere la aplicación de criterios y técnicas gerenciales, muchas de estas teorías de moda logran pasar al ámbito de la administración pública, Otras son formulaciones más ambiciosas, generadas dentro del campo más amplio de la economía.
Un caso de este último tipo lo constituyen las tesis de Michael E. Porter en «La ventaja competitiva de las naciones», la más reciente versión de la ya vieja teoría del darwinismo social y una modificación de la clásica explicación del desarrollo en términos de ventajas comparativas.
El énfasis de Porter en la competitividad—previamente a su obra más conocida Porter escribió Competitive Strategy en 1980 y Competitive Advantage en 1985—se ha difundido hasta el punto de convertirse en un credo de aceptación prácticamente universal, aunque en el fondo poco hay de nuevo en sus planteamientos generales.
Al mismo tiempo, no obstante, el mundo progresa en dirección de una planetización o «globalización» de las economías. En una decisión histórica, ciento diecisiete países han acordado ya aprobar el Acuerdo General de Tarifas y Comercio, mejor conocido como GATT, luego de siete años de discusiones de la llamada «Ronda Uruguay». El impacto de este hecho debe ser, en términos generales, enorme, y es previsible un efecto benéfico debido al aumento global del comercio mundial.
¿Está realmente preparada Venezuela para este nuevo período de la economía planetaria, en el que bajo los criterios de Porter todo país intentará competir con base en ventajas propias?
La noción de las ventajas comparativas ha sido empleada en Venezuela desde hace ya bastante tiempo para determinar la orientación de la política económica, principalmente en lo concerniente a la actividad del Estado como inversionista. No otra cosa es la actividad petrolera del Estado, o su impulso a la explotación y el procesamiento del hierro y el aluminio, basados en la disponibilidad de yacimientos y energía relativamente barata. En la teoría predominante en los estratos dirigentes de nuestra industria petrolera, ha sido dogma de fe la ventaja comparativa (y competitiva) que nos proporcionaría la cercanía a nuestros principales mercados de exportación.
Pero este dogma se ha visto duramente cuestionado por factores de tipo geopolítico, derivados en buena parte de la alianza saudita-kuwaití-norteamericana, sobre todo a partir de la guerra con Irak. Ya Venezuela no es más el país que más coloca petróleo en los Estados Unidos, pues el primer suplidor es ahora Arabia Saudita, a pesar de las distancias. Y el mismo día en que se anuncia una era de liberalización planetaria de barreras aduanales, se anuncia también la puesta en vigencia de restricciones a la importación de gasolina de procedencia venezolana a los Estados Unidos, por razones de tipo ambiental.
Un desplazamiento del foco sobre lo económico a un foco sobre lo político conduce, no obstante, a otro tipo de lectura. La planetización no es sólo económica; es también, y tal vez sobre todo, comunicacional y cultural y, por ende, política. Y he aquí que entonces resulta procedente reflexionar con detenimiento sobre lo que pueden ser nuestras ventajas para la cooperación: nuestras ventajas cooperativas.
El planeta va hacia la construcción de un nivel político de escala planetaria, a partir de las estructuras revisables de la Organización de las Naciones Unidas, impulsado por la consideración de realidades que trascienden fronteras nacionales y aun continentales, como son, por ejemplo, las de naturaleza ecológica. El mismo acuerdo del GATT ha creado una nueva organización global: la Organización Mundial del Comercio.
Venezuela tiene un cierto carácter nacional. Un carácter o personalidad que la marcan como actora constructiva en la próxima fase de planetización: la política. La construcción política del planeta requerirá de un grado muy considerable de cooperación y de un excedente neto de la cooperación sobre la competencia. Y he aquí que Venezuela, protagonista de una historia de desprendimiento político, generosa, a veces ingenua, más allá de cualquier ventaja competitiva que llame la atención de Michael Porter, es titular de muy señaladas ventajas cooperativas. Venezuela, que desdeñó establecer la dominación de buena parte de América del Sur, que ha cedido territorio en lugar de conquistarlo, que ha compartido riqueza y ha manifestado solidaridad sostenida con los pueblos de la Tierra, es un municipio del planeta que puede facilitar en mucho la feliz constitución de la polis del mundo.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 10, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Leopoldo Mozart, el padre de Wolfgang Amadeus, hizo todo lo que estuvo en sus manos para fabricar un genio con las facultades de su excepcional hijo. Claro, estuvo advertido por las precoces señales de un niño que produjo su primera composición musical a los seis años de edad y compuso su primera ópera a los nueve. Antes había mostrado cómo podía sentarse en el clavecín o el piano de su casa y reproducir, de oído, una pieza que acabara de escuchar por vez primera en el órgano de una iglesia.
Hay, por tanto, padres que fabrican genios de sus hijos. Así lo hizo James Mill con el mayor de los suyos, John Stuart Mill. (1806-1873). El más sobresaliente de los pensadores liberales ingleses del siglo XIX, John Stuart Mill descolló por la penetración y claridad de su pensamiento. Su padre cultivó sus recursos mentales mediante implacable disciplina, al punto de que limitara las relaciones del hijo con jóvenes de su misma edad. Le obligó, por ejemplo, a comenzar su estudio de la lengua griega clásica cuando John apenas tenía tres años de edad. Cuando cumplía ocho años ya había leído todo Heródoto, seis diálogos de Platón y mucho de historia. Antes de los doce dominaba el álgebra y la geometría euclidiana, así como la poesía griega y latina y algo de la inglesa. A los trece años ya sabía lo suficiente como para merecer un título universitario. Después de estudiar en Francia botánica, francés y matemáticas avanzadas, asumió el aprendizaje del derecho.
Entre 1836, cuando falleció su padre, y 1856, Mill trabajó en India House. Era en horas extras cuando podía escapar a la burocrática tarea y desplegar su poderoso intelecto sobre la ética, la lógica, la economía y, por encima de todo, la filosofía política.
Entre sus obras más importantes debe tenerse, sin duda, a sus Consideraciones sobre el gobierno representativo. (1861). Allí escribe lecciones tan diáfanas y veraces como la siguiente: «Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan».
La Ficha Semanal #7 de doctorpolítico reproduce fragmentos de este gran ensayo consagrado a la democracia. El primero y más breve de ellos está tomado del Capítulo Primero (Hasta qué punto las formas de gobierno son asunto de elección); los restantes del Capítulo Tercero (Que la forma ideal de gobierno es el gobierno representativo).
Son oportunas las luminosas palabras de este inglés excepcional, que nació en Londres de padre escocés y terminó sus días en Aviñón, ante la inminente expresión de la voluntad, el próximo domingo 15 de agosto, del Pueblo Soberano de Venezuela.
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Democrático molino
Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho.
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Por mucho tiempo (tal vez a lo largo de toda la duración de la libertad británica) ha sido conseja común que, si pudiera asegurarse un buen déspota, una monarquía despótica sería la mejor forma de gobierno. Considero esto una falsa concepción, radical y muy perniciosa, acerca de lo que es el buen gobierno; la que, hasta que podamos desembarazarnos de ella, viciará fatalmente todas nuestras especulaciones sobre el gobierno.
La suposición es la de que el poder absoluto, en las manos de un individuo eminente, aseguraría un desempeño virtuoso e inteligente de todos los deberes del gobierno. Se establecerían y mantendrían en vigor buenas leyes, las leyes malas serían reformadas; los mejores hombres serían colocados en todas las situaciones de confianza; la justicia sería tan bien administrada, las cargas públicas serían tan livianas y tan juiciosamente impuestas, toda rama de la administración sería tan pura e inteligentemente conducida, como las circunstancias del país y su grado de cultivo intelectual y moral lo admitiesen. Estoy dispuesto, para fines de esta discusión, a conceder todo esto; pero debo señalar cuán grande la concesión es; cuánto más se necesita para producir incluso una aproximación a estos resultados que lo que es dado a entender por la simple expresión de un buen déspota. Su realización implicaría, de hecho, no meramente un buen monarca, sino uno que pudiera verlo todo. Tendría que estar en todo momento informado correctamente, en considerable detalle, de la conducta y funcionamiento de toda rama de la administración, en todo distrito del país, y tendría que ser capaz, en las veinticuatro horas diarias que es todo lo que se concede tanto a un rey como al más humilde trabajador, de dar una eficaz cuota de atención y superintendencia a todas las partes de este vasto campo; o al menos tendría que ser capaz de discernir y escoger, entre la masa de sus súbditos, no sólo una gran abundancia de hombres honestos y capaces, aptos para conducir cada rama de la administración pública bajo supervisión y control, sino también el pequeño número de hombres de eminente virtud y talento a quienes pudiera confiarse que prescindiesen de tal supervisión sobre ellos, para que la ejerciesen ellos mismos sobre otros. Tan extraordinarias serían las facultades y energías requeridas para desempeñar esta tarea en alguna forma soportable, que difícilmente podemos imaginar que el buen déspota que estamos suponiendo consintiera en emp! renderla , a menos que fuese como refugio de males intolerables y preparación transeúnte para algo que viniera después. Pero el argumento puede prescindir de incluso este ítem de la contabilidad. Supongamos que la dificultad fuese vencida. ¿Qué tendríamos entonces? Un hombre de actividad mental sobrehumana manejando todos los asuntos de un pueblo mentalmente pasivo. Su pasividad está implícita en la idea misma de poder absoluto. La nación como conjunto, y todo individuo que la compusiera, estaría sin voz potencial alguna sobre su propio destino. No ejercitarían ninguna voluntad respecto de sus intereses colectivos, Todo estaría decidido por ellos por una voluntad que no es la suya, que sería legalmente un crimen que desobedecieran.
¿Qué clase de seres humanos pudiera formarse bajo un régimen tal? ¿Qué desarrollo pudieran lograr bien fueran su pensamiento o sus facultades activas bajo él? Puede que en asuntos de teoría pura se les permitiera especular, hasta donde sus especulaciones no se acerquen a la política ni tengan la más remota conexión con su práctica. Puede que se tolerase a lo sumo que hicieran sugerencias en asuntos prácticos; y aun bajo el más moderado de los déspotas nadie que no fuese persona de superioridad ya admitida o reputada pudiera esperar que sus sugerencias se conocieran, mucho menos tomadas en cuenta, por aquellos que tuviesen la gestión de los asuntos. Una persona debe tener un gusto muy inusual por el ejercicio intelectual en sí mismo para someterse a la molestia de pensar si no va a tener efecto externo alguno, o de calificar para funciones que no tiene ninguna probabilidad de que le sea permitido ejercerlas.
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Ni es solamente su inteligencia lo que sufrirá. Sus capacidades morales estarán igualmente impedidas de crecimiento. Doquiera que la esfera de acción de los seres humanos es artificialmente circunscrita, sus sentimientos se estrechan y empequeñecen en la misma proporción. El alimento del sentimiento es la acción: incluso el afecto doméstico vive de los buenos oficios que sean voluntarios. Que una persona no tenga nada que ver con su país y no se preocupará por él. De antaño se ha dicho que en un despotismo hay a lo sumo un solo patriota, el mismo déspota; y este dicho descansa sobre una justa apreciación de los efectos de la sujeción absoluta, aun a un amo bueno y sabio.
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Un buen despotismo significa un gobierno en el que, hasta tanto dependa del déspota, no haya positiva opresión por parte de los funcionarios del Estado, pero en el que todos los intereses colectivos del pueblo son manejados por otros, en el que todo pensamiento que guarde relación con los intereses colectivos sea hecho por otros, y en el que las mentes sean formadas, de modo consentido, por esta abdicación de sus propias energías. El dejar las cosas al gobierno, como dejarlas a la Providencia, es sinónimo de no preocuparse en nada por ellas, y aceptar sus resultados, cuando sean desagradables, como visitaciones de la Naturaleza. Con excepción, por tanto, de unos pocos hombres estudiosos que tengan un interés intelectual en la especulación por sí misma, la inteligencia y los sentimientos del pueblo entero estarán dados a los intereses materiales, y cuando estos hayan sido atendidos, a la diversión y adorno de la vida privada. Pero decir esto es decir, si es que vale para algo todo el testimonio de la historia, que ha llegado la era de la decadencia nacional: esto es, si es que la nación ha logrado alguna vez algo desde lo que pudiera decaer.
John Stuart Mill
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