por Luis Enrique Alcalá | Oct 26, 2004 | Fichas, Política |

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El 17 de septiembre de 1998 el diario La Verdad de Maracaibo, para el que escribía para la época con cierta regularidad, me publicó un artículo que llevó por título Tema de Estado. Se trató de una pincelada sobre el tema integracionista, que es una de mis más antiguas preocupaciones.
Por ejemplo, en estudio de 1986 sobre la condición del Estado venezolano y algunas prescripciones para su acomodo, formulé el problema en los siguientes términos: «Venezuela, en tanto Estado independiente, no tiene real viabilidad política o económica a largo plazo. No posee la escala poblacional necesaria como para sustentar una economía sólida y diversificada. No posee la potencialidad política como para ser realmente autónoma. La interacción entre países es dominada por actores de gran tamaño y nivel de desarrollo. En ese teatro político internacional, Venezuela tiene muy poca influencia y es, inversamente, vulnerada con gran facilidad… A esta insuficiencia podemos llamarla insuficiencia política constitucional, puesto que se refiere a una insuficiencia en la definición misma de Venezuela como Estado. La insuficiencia política constitucional es, asimismo, una causa fundamental de insuficiencia política funcional».
Y antes escribía, en 1984, al ex Ministro de Hacienda Arturo Sosa, hoy fallecido: «Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo español. Esta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un ‘campo inteligible’ para el estudio histórico».
Y asimismo: «España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercarse más y lo hace tímidamente. Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: «…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional…» (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810)».
Y finalmente: «Grases demostró a la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar español. Cómo su último sueño era la democracia en la Península que hasta ahora ha sido que Juan Carlos y Adolfo Suárez y Felipe González han podido completar. Sueño al que hubiese dedicado otro juramento si las fuerzas no le hubiesen faltado. Él no pudo regresar a la casa paterna puesto que las leyes de la vida le exigían la emancipación. Nosotros sí podemos convocar a todos los hermanos».
La Ficha Semanal #18 de doctorpolítico es el texto de «Tema de Estado», el artículo publicado en La Verdad.
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Tema de Estado
El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.
Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nobel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso.»
Hace unos años el tema integracionista, en nuestras latitudes, estaba entendido como latinoamericano. La base cultural y el importante grado de comunidad histórica de los latinoamericanos era el criterio predominante. No estaba lejos de incluso los españoles, la idea de una «reconstitución» de los antiguos dominios del imperio. En 1984 (junio) Juan Tomás de Salas, el editor de la revista Cambio 16, y comentando una visita del presidente Alfonsín a España, editorializaba así: «Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español… Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también.»
Poco tiempo después España se alejaba de esa añoranza y entraba, primero en la OTAN, luego en la Comunidad Económica Europea. Ahora es México que convino en conformar con los Estados Unidos y Canadá un gran bloque económico al norte del continente americano. Por esto el criterio cultural como el predominante en una idea de integración política se ha debilitado. Hoy resulta más natural la consideración de un criterio geopolítico y, sobre todo, ecológico.
América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.
Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Y tiene sentido en momentos cuando asistimos a la manifestación del intento de NAFTA en Norteamérica, del intento de la Comunidad Europea, de los reacomodos que ya se han producido en el área asiática. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad. América del Sur puede ser una maqueta de este proceso más amplio de integración, pues además de la obvia presencia de la cultura latina, incluye a los pueblos de las distintas Guayanas y a los de las Malvinas. (Si es que no incluyésemos también a las Antillas Neerlandesas o a Trinidad y Tobago).
Pero América del Sur incluye a Brasil, y su escala no debe ser ignorada. Por esto no deja de ser una idea a considerar, antes de un pacto continental de América del Sur, la conformación de una república boliviana, de la verdadera Bolivia, la amplia.
Definida como el territorio que Bolívar liberó de la corona española, esa república es un hexágono abierto que abarca desde los límites superiores de Panamá hasta los inferiores de Bolivia. Eso sí provee un mercado suficiente para un grado de diversificación básico y toma en cuenta las escalas de Brasil y el cono sur para formar, de un modo más equilibrado, la Organización del Tratado de América del Sur.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 19, 2004 | Fichas, Política |

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E. F. (Ernst Friedrich) Schumacher (1911-1977) fue considerado uno de los «economistas humanistas», por su constante interés en los aspectos humanos y sociales del desarrollo. Habiendo nacido en Alemania, se encontraba estudiando en Oxford a la ruptura de hostilidades que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra prestó servicios asesores a la Comisión Británica de Control en Alemania, así como también fue consejero del Consejo Nacional del Carbón en Inglaterra.
A pesar de esa inmersión en problemas de las economías de países avanzados, Schumacher desarrolló un interés especial por los países del llamado Tercer Mundo, cuyas peculiaridades tomaba en cuenta para sus prescripciones, las que contribuyeron a modificar los paradigmas primarios de la ayuda económica internacional. Conceptos tales como los de «tecnología apropiada», hoy de uso común en discusiones sobre transferencia de tecnología entre países de desarrollo desigual, se deben en gran medida a la prédica de Schumacher y a su labor en el «Grupo de Tecnología Intermedia» que fundó en su país de adopción.
Las principales doctrinas de Schumacher fueron recogidas en un pequeño libro que se convirtió en icono cultural de los años setenta: «Lo pequeño es hermoso» (Small is Beautiful, Harper, 1973). El subtítulo del libro es muy sugestivo: «La Economía como si la gente importara». (Economics as if People Mattered). En él cuestiona que el gigantismo sea un récipe de universal eficacia en materia económica: «¿Cuál es la escala apropiada? Depende de lo que estemos tratando de hacer. La cuestión de la escala es extremadamente crucial hoy en día, tanto en los asuntos políticos, sociales y económicos como en casi cualquier otra cosa. ¿Cuál es, por ejemplo, el tamaño apropiado para una ciudad? Y también pudiera uno preguntar ¿cuál es el tamaño apropiado de un país? Éstas son preguntas serias y difíciles. No es posible programar un computador y obtener la respuesta. Los asuntos realmente serios de la vida no pueden ser calculados».
Esta Ficha Semanal #17 de doctorpolítico se compone con fragmentos tomados del primer capítulo de la tercera parte de aquel libro, dedicado al tema general del desarrollo económico. Pudiera decirse que, en su conjunto, el libro de Schumacher es un discurso a favor de la diversidad cultural—antes de que la expresión fuese acuñada—y a favor de la libertad. En el capítulo que consagra a la discusión sobre el pronóstico del futuro, Schumacher declara: «Llego así a la alegre conclusión de que la vida, incluyendo la vida económica, todavía vale la pena vivirse porque es suficientemente impredecible e interesante».
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Para hacer milagros
Una tendencia malsana y perturbadora en casi todo país en vías de desarrollo es la emergencia, en una forma cada vez más acentuada, de una ‘economía dual’, en la que se dan dos patrones de vida diferentes, tan separados entre sí como si se tratara de dos mundos distintos. No se trata de que alguna gente sea rica y otra sea pobre, aunque unidas por una manera común de vivir: es un asunto de dos formas de vida que coexisten lado a lado de forma tal que incluso el más humilde miembro de un lado dispone de un ingreso diario que es un múltiplo grande del ingreso que obtiene aun el más diligente trabajador del otro grupo. Las tensiones sociales y políticas que surgen de la economía dual son demasiado obvias como para requerir descripción.
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Nuestros científicos nos dicen incesantemente que todo lo que está a nuestro alrededor ha evolucionado por pequeñas mutaciones coladas a través de la selección natural. Ni siquiera al Todopoderoso se le acredita la capacidad de crear algo complejo. Cada complejidad, se nos dice, es el resultado de la evolución. Sin embargo nuestros planificadores del desarrollo parecen pensar que pueden hacerlo mejor que el Todopoderoso, que pueden crear las cosas más complejas de un golpe por un proceso llamado planificación, haciendo que Atenea surja, ya no de la cabeza de Zeus, sino de la nada, completamente armada, resplandeciente y viable.
Por supuesto, es posible lograr ocasionalmente cosas extraordinarias y no convencionales. Uno puede llevar a cabo un proyecto aquí o allá con éxito. Siempre es posible crear pequeñas islas ultramodernas en una sociedad preindustrial. Pero tales islas tendrán que ser entonces defendidas como fortalezas y aprovisionadas, como por helicóptero, desde lejos, so pena de ser anegadas por el mar que las circunda. Independientemente de lo que ocurra con ellas, sea que funcionen bien como que lo hagan mal, producirán la ‘economía dual’ de la que he hablado. No podrán integrarse a la sociedad circundante, y tenderán a destruir la cohesión de esta última.
De paso podemos observar que tendencias similares ocurren aun en algunos de los países más ricos, donde se manifiestan como una tendencia hacia una urbanización excesiva, hacia las ‘megalópolis’, dejando, en medio de la prosperidad, grandes espacios de gente golpeada por la pobreza, ‘desertores’, desempleados e inempleables.
Hasta hace poco, los expertos del desarrollo rara vez se referían a la economía dual y a sus males gemelos del desempleo masivo y la migración masiva hacia las ciudades. Cuando lo hacían, meramente los deploraban y los trataban como algo transicional. Entretanto, se ha hecho ampliamente reconocido que el mero paso del tiempo no será el sanador. Por lo contrario, la economía dual, a menos que sea contrarrestada conscientemente, produce lo que he llamado un ‘proceso de envenenamiento recíproco’, por el que el desarrollo industrial exitoso de las ciudades destruye la estructura económica del hinterland, y éste toma su venganza con la migración masiva hacia las ciudades, envenenándolas y haciéndolas completamente inmanejables.
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¿Es que hay alternativa? Que los países en desarrollo no pueden prescindir de un sector moderno, particularmente cuando están en contacto directo con los países ricos, es algo que no se pone en duda. Lo que debe ser cuestionado es el supuesto implícito de que el sector moderno puede expandirse para absorber virtualmente a toda la población y que esto puede hacerse más bien rápidamente. La filosofía del desarrollo predominante de los últimos veinte años ha sido la siguiente: «Lo que es bueno para los ricos debe ser bueno para los pobres». Esta creencia ha sido llevada a extremos sorprendentes, como puede verse de la inspección de la lista de países en desarrollo en los que los norteamericanos y sus aliados, y en algunos casos también los rusos, han creído necesario e inteligente establecer reactores nucleares ‘pacíficos’ –Taiwán, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam, Tailandia, Indonesia, Irán, Turquía, Portugal, Venezuela– países todos ellos cuyos más abrumadores problemas son la agricultura y el rejuvenecimiento de la vida rural, ya que la mayoría de sus gentes empobrecidas viven en áreas rurales.
El punto de partida de todas nuestras consideraciones es la pobreza o, más bien, un grado de pobreza que significa miseria y degrada y lleva a la estulticia a la persona humana; y nuestra primera tarea es reconocer y comprender las limitaciones que este grado de pobreza impone. Una vez más, nuestra filosofía crudamente materialista nos induce a ver sólo las ‘oportunidades materiales’… y a ignorar los factores inmateriales. Entre las causas de la pobreza, estoy seguro, los factores materiales son enteramente secundarios –cosas tales como la falta de riquezas naturales, o la falta de capital, o una infraestructura insuficiente. Las causas primarias de la pobreza extrema son inmateriales, y tienen que ver con ciertas deficiencias en educación, organización y disciplina.
El desarrollo no comienza con bienes económicos; comienza con la gente y con su educación, su organización y su disciplina. Sin estos tres factores, todo recurso permanecerá latente, inexplotado, potencial. Hay sociedades prósperas que ni siquiera tienen las más exiguas bases de riqueza natural, y hemos tenido mucha oportunidad de observar la primacía de los factores invisibles después de la guerra. Todo país, sin importar cuán devastado estuviera, que tuviese un alto nivel de educación, organización y disciplina, produjo un ‘milagro económico’. De hecho, éstos fueron milagros para aquellos cuya atención estuvo puesta en la punta del iceberg. La punta había sido pulverizada de un golpe, pero la base, que es la educación, la organización y la disciplina, siempre estuvo allí.
Allí yace, entonces, el problema central del desarrollo. Si las causas primarias de la pobreza son deficiencias en estos tres rubros, entonces el alivio de la pobreza depende primariamente de la remoción de esas deficiencias. Aquí yace la razón por la cual el desarrollo no puede ser un acto de creación, por qué no puede ser ordenado, comprado, planificado de modo comprehensivo: por qué es que requiere un proceso de evolución. La educación no ‘salta’; es un proceso gradual de gran sutileza. La organización no ‘salta’; debe evolucionar gradualmente para adaptarse a circunstancias cambiantes. Lo mismo puede decirse de la disciplina. Todas las tres deben evolucionar paso por paso, y la tarea principal de la política de desarrollo debe ser la de acelerar esta evolución. Todas las tres deben ser propiedad, no meramente de una diminuta minoría, sino de la sociedad entera.
Ernst Friedrich Schumacher
por Luis Enrique Alcalá | Oct 12, 2004 | Fichas, Política |

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Ciertamente, Friedrich von Hayek (1899-1992) es el patriarca principal del liberalismo en el siglo XX. Filósofo y economista austriaco, fue el gran rival de John Maynard Keynes, el economista inglés cuyas doctrinas del pleno empleo fundamentaron buena parte del intervencionismo estatal dentro de las democracias occidentales, en especial en los Estados Unidos e Inglaterra.
Hayek obtuvo el Premio Nóbel de Economía (1974) con sus setenta y cinco años de edad, después de que muchos de sus discípulos lo hubiesen ganado. De modesto talante, se refiere a su propia obra con parquedad, a pesar de ser el indiscutido líder de la corriente liberal: «Por lo general las ideas de los economistas se imponen después de su muerte. Pero, en mi caso, he tenido el privilegio de vivir el tiempo suficiente para asistir al éxito de algunas de mis propuestas… Cuando yo era joven el liberalismo era ya viejo. Ahora que soy viejo, es el liberalismo el que ha rejuvenecido» Así admitía a Guy Sorman en 1989.
Sorman es un acucioso periodista francés que publicó en ese año el libro «Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo», una colección de entrevistas a intelectuales y pensadores tan notables e influyentes como Octavio Paz, Bruno Bettelheim, Claude Tresmontant, Karl Popper, Stephen Gould, James Lovelock, Ilya Prigoguin o Noam Chomsky.
La Ficha Semanal #16 de doctorpolítico está tomada del capítulo dedicado a Hayek, bajo el título «Los liberales deben ser agitadores». El título, a su vez, ha sido extraído de la advertencia final de Hayek: «Lo que voy a decirle es muy importante. Los intelectuales liberales deben ser agitadores, para invertir las corrientes de opinión hostiles a la economía capitalista. La población mundial es tan numerosa que sólo la economía capitalista conseguirá alimentarla. Si el capitalismo se hunde, el Tercer Mundo se morirá de hambre; eso es lo que pasa ya en Etiopía…»
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Lo espontáneo es mejor
El liberalismo, me dice Hayek, es la única filosofía política verdaderamente moderna, y la única compatible con las ciencias exactas; converge con las teorías físicas, químicas y biológicas más recientes, en particular con la ciencia del caos formalizada por Ilya Prigoguin. En la economía de mercado, así como en la naturaleza, el orden nace del caos: la armonización de millones de decisiones y de informaciones conduce no al desorden sino a un orden superior. Adam Smith fue el primero en presentirlo en La riqueza de las naciones, hace dos siglos.
Nadie puede saber, precisa Hayek, cómo planificar el crecimiento económico, porque no conocemos verdaderamente sus mecanismos; el mercado pone en juego decisiones tan numerosas que ningún ordenador, por potente que sea, puede registrarlas. En consecuencia, creer que el poder político es capaz de sustituir al mercado es un absurdo. En lo que Hayek llama «la gran sociedad»—es decir, la sociedad moderna y compleja—es preciso, pues, recurrir al mercado, a la iniciativa individual. A la inversa, el dirigismo sólo puede funcionar en una sociedad minúscula donde todas las informaciones son directamente controlables. El socialismo, me dice Hayek, es ante todo una nostalgia de la sociedad arcaica, de la solidaridad tribal.
La superioridad del liberalismo sobre el socialismo no es, según Hayek, una cuestión de sensibilidad o de preferencia personales, sino un constante objetivo verificado por toda la historia de la humanidad. Allí donde la iniciativa individual es libre, el progreso económico, social, cultural y político es siempre superior a los resultados obtenidos por las sociedades planificadas y centralizadas. En la sociedad liberal, los individuos son más libres, más iguales, más prósperos que en la sociedad planificada.
Pero ¿no existe quizá una solución intermedia, de tipo socialdemócrata? «Entre la verdad y el error—replica Hayek—no hay vía intermedia». A Hayek jamás se le puede pillar en pecado de indulgencia…
El liberalismo es, por tanto, científicamente superior al socialismo, y sobre todo al marxismo al que Hayek califica de superstición. «Llamo superstición—explica—a todo sistema en el que los individuos se imaginan que saben más de lo que en realidad conocen». Es por este motivo que la mayor parte de los intelectuales son socialistas, o más bien «constructivistas».
Ser constructivista, en el vocabulario de Hayek, es creer que se puede rehacer el mundo a partir de un proyecto de sociedad teórica. Éste es el gran error de los socialistas. O, más bien, el socialismo es un error de los intelectuales. ¡Un error que se remonta a Descartes! Francia tiene, según Hayek, una responsabilidad particular en esta mentalidad geométrica aplicada a la realidad.
Lo que Hayek discute no son, pues, las intenciones o la moralidad de los socialistas, sino sus errores científicos y su «vanidad fatal»…
The Fatal Conceit es el título de la última obra que publicará Hayek en 1989. La superioridad histórica y científica del liberalismo, en una fórmula típicamente «hayekiana», se llama la «superioridad del orden espontáneo sobre el orden decretado». Ejemplos concretos de esa superioridad: las grandes instituciones que marchan bien, explica, no han sido inventadas por nadie. La familia o la economía de mercado son productos del orden espontáneo. Ningún intelectual, insiste, decidió un día crear una organización que debería llamarse capitalismo o economía de mercado.
Hayek añade que estas grandes instituciones de la sociedad moderna se basan en una moral. Una moral que no es «natural», sino el producto de una evolución, una evolución casi biológica, pero que afecta a las organizaciones sociales más que a los organismos vivos. Esta moral, me dice Hayek, no es natural, porque espontáneamente—por ejemplo—el hombre no tiende a respetar la propiedad privada o los contratos. Es la selección la que, actuando sobre el comportamiento moral, deja claro que, en el curso de los siglos, los pueblos que respetan los contratos y la propiedad se tornan más prósperos. He aquí el motivo por el que, según Hayek, la sociedad occidental se volvió moral, y sin esta moralidad fundamental, el capitalismo no podría existir.
Guy Sorman
por Luis Enrique Alcalá | Oct 5, 2004 | Fichas, Política |

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En diciembre de 1990 pude completar un estudio sobre El problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, de donde he tomado el extracto que compone la Ficha Semanal #15 de doctorpolítico.
El estudio en cuestión abogaba por las ventajas que un esquema similar al del college norteamericano podía aportar a un primer ciclo de educación superior, siempre y cuando pudiera desplazar su atención de lo clásico o canónico al estudio de los pensadores más recientes. Así, argumentaba en la siguiente dirección: «Los norteamericanos tienen una estrategia de educación superior diferente a la de nuestras universidades, copiadas del estilo francés. Luego de lo que sería equivalente a nuestra escuela secundaria, su high school, el alumno norteamericano que ingresa a la universidad todavía debe pasar cuatro años de una educación de corte general. En sus colleges, pertenecientes a una universidad que también ofrece «estudios de graduados» (master en adelante), o en colleges independientes, los alumnos continúan en la exploración general del universo. Si bien ya se les facilita la expresión de intereses particulares, a través de un campo que enfatizan como un major, la salida es la de un grado de Bachellor in Science o de Bachellor in Arts, que refleja una gruesa división análoga a la de nuestros bachilleres en ciencias y en humanidades. Pero con una enorme diferencia. El tiempo dedicado al aprendizaje general es marcadamente superior en el bachellor estadounidense que en el bachiller venezolano. La edad en la que el bachellor debe escoger finalmente un campo de profesionalización es más madura que la que exhibe nuestro típico bachiller de 17 años. Luego, en dos años tan solo que toma el master de profesionalización, se obtiene un profesional capaz y más consciente de su papel general en la sociedad».
Pero la intención del estudio, que prescribía un cierto pénsum para una «licenciatura de estudios generales» en tres años, no se limitaba a la sola formación de una moderna y redonda concepción del mundo. De este modo adelantaba: «No nos es lícito asumir la postura del griego, que contemplaba al mundo, sino la del romano que lo transformó, según la comparación de Hegel, que en algunas clasificaciones ocurre como pensador ‘de derechas’. No nos será suficiente comprender la realidad, si no logramos transformarla, como destacó Marx, alumno de Hegel y a quien algunas clasificaciones ubican a la izquierda. En el fondo ambos se habían topado con lo mismo, con una dualidad tan resistente como la historia. El hombre de pensamiento no puede eximirse de cooperar en la acción, pero tampoco el hombre de acción puede abstenerse de pensar. Sobre todo en una época como la actual, en la que el propio recambio paradigmático y epistémico induce a la incertidumbre conceptual, es criminal que aquél que vea lo que se puede hacer no procure que se haga, como es altamente peligroso que el que puede hacer rechace contemplar y entender lo que hace».
El trozo escogido para la ficha de esta semana corresponde a la parte final de la sección del estudio dedicada a los estudios sociales.
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Pensando la política
Desde el punto de vista político, esto es, desde la perspectiva de la actividad del hombre en la solución de problemas de carácter público, es importante llamar la atención al hecho crucial de una crisis en los paradigmas políticos operantes.
El texto de John R. Vásquez, The power of power politics (sin traducción castellana), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, estado.) Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes.)
Yehezkel Dror ha aportado un enfoque diferente. Dejando de lado el enfoque tradicional de la ciencia política, su interés se desplaza al de las ciencias de las políticas (policy sciences en lugar de political sciences). Por este camino ha podido proporcionar un bien estructurado es-quema de los modos concretos de arribar, con una mayor racionalidad, a «mejores soluciones» para problemas de carácter público. Es recomendable, al menos, el estudio de su libro Design for policy sciences.
La crisis del paradigma de la Realpolitik, junto con el despliegue de nuevos métodos para el análisis y configuración de las decisiones públicas debe desembocar en una nueva conceptualización de la actividad política. A nuestro juicio, el crecimiento de la informatización de la sociedad en su conjunto, exigirá un cambio importante en el modo de legitimación de los actores políticos. Un caso ilustrativo es el de la crisis del Partido Demócrata de los Estados Unidos de Norteamérica. William Schneider, en «Para entender el neoliberalismo», describe el cambio de este modo: «…la división era entre dos maneras distintas de enfocar la política, y no entre dos diferentes ideologías.»… «La generación del 74 rechazó el concepto de una ideología fija»… «En The New American Politician el politólogo Burdett Loomis emplea el término empresarial para describir la generación del 74.»… «De una manera general, los nuevos políticos pasaron a ser empresarios de política que vincularon sus carreras a ideas, temas, problemas y soluciones en perspectiva.» … «Adoptaron el punto de vista de que las cuestiones políticas son problemas que tienen respuestas precisas, a la inversa de los conflictos de intereses que deben reconciliarse.»
En Venezuela el modelo de la reconciliación, de la negociación, del pacto social o de la concertación, resulta ser todavía el modelo político predominante. En análisis relativamente modernos, como en el caso del difundido trabajo del IESA—El Caso Venezuela: una ilusión de armonía—la recomendación implícita es la de continuar en el empleo de un modo político de concertación, al destacar como el problema más importante de la actual crisis el manejo del conflicto.
Tal vez porque la etapa democrática venezolana es de cuño tan reciente, haya una resistencia, por ejemplo, al planteamiento de una «reconstitución política». La Constitución de 1961 es un hecho cronológicamente reciente. Como tal se la percibe como si fuese un dechado de modernidad, cuando en verdad viene a ser la última expresión de un paradigma político agotado.
Es por esto que resulta aconsejable incluir en un programa de estudios superiores no vocacionales una discusión sobre las nuevas direcciones y concepciones del quehacer político. Entre éstas, valdrá la pena, a nuestro juicio, examinar el nacimiento de una concepción «médica» de la actividad política, cuyo antecedente más próximo es la afirmación de Dror: «Policy sciences are in part a clinical profession and craft».
La política no es una ciencia: es una profesión. Es un arte, un oficio. Como tal, puede aprenderse. Del mismo modo que la medicina es una profesión y no una ciencia, aunque de hecho se apoya en las llamadas «ciencias médicas», que no son otra cosa que las ciencias naturales enfocadas al tema de la salud y la enfermedad de la especie humana. Es así como la política debe ser entendida como profesión, aunque existan ciencias «políticas», como la sociología, exactamente en el mismo sentido en que el derecho es una ciencia y la abogacía es lo que resulta ser la profesión, el ejercicio práctico.
La informatización acelerada de la sociedad, con su consiguiente aumento de conciencia política de las poblaciones, está forzando cambios importantes en los estilos de operación política. El Glasnost, más que una intención, es una necesidad. El previo modelo de la Realpolitik requería, para su operación cabal, de la posibilidad de mantener discretamente oculta la mayoría de las decisiones políticas. Como hemos visto recientemente, hasta las operaciones que son intencionalmente diseñadas para ser administradas en secreto, son objeto de descubrimiento, casi instantáneo, por los medios de comunicación social.
Son condiciones muy diferentes aquellas que definen el contexto actual del actor político. El tiempo que separa la acción política de la evaluación política que de ella hacen los gobernados se ha acortado considerablemente, por señalar sólo uno de los cambios más determinantes. Es así como esta actividad humana atraviesa por un intenso período de reacomodo conceptual.
Si el paradigma médico puede servir para una reformulación de la actividad política, el concepto de qué es lo que puede ser descrito como una «sociedad normal» resulta ser noción central de todo el tema. Se trata de limpiar de carga ideológica y de pasión el acto evaluativo sobre el estado general de una sociedad determinada.
Por ejemplo, una definición de sociedad normal se verá expuesta a cambios de significado con el correr del tiempo, así como la definición de «hombre sano» ha variado en el curso de la historia. No puede ser la misma concepción de salud la prevaleciente en una sociedad en la que la esperanza de vida alcanzaba apenas a los treinta años, que la que es exigible en una que extiende la longevidad con las nuevas tecnologías médicas.
Del mismo modo, una cosa era la «sociedad normal» alcanzable a fines del siglo XVIII y otra muy distinta la asequible a las tecnologías políticas de hoy en día. Por ejemplo, es innegable el hecho de que la mayoría de las naciones del planeta exhiben una distribución del ingreso que dista bastante de lo que una «curva de distribución normal» describiría. Igualmente, la intensidad democrática promedio, aún en naciones desarrolladas, está bastante por debajo del grado de participación que las tecnologías de comunicación actuales permitirían.
Convendrá discutir, en el seno de este programa, sobre el tema de los límites psicológicos, tecnológicos y económicos de la democracia.
Psicológicos, porque no es dable pensar en una reedición literal de la asamblea griega clásica, en la que la agenda total de las decisiones públicas atenienses era manejada por la «totalidad» de los ciudadanos. Hay límites a la idoneidad del procedimiento democrático y hay decisiones, la mayoría de ellas técnicas, que son indudablemente mejor manejadas por los especialistas.
Tecnológicos, porque es la tecnología la que dibuja el borde de lo que es posible en principio. El avance de las redes de comunicación permite prever una mayor frecuencia de procedimientos de referéndum para una mayor gama de decisiones públicas. Y al entreverse la posibilidad la presión pública por acceder a ese grado de participación no se hará esperar.
Económicos, porque obviamente las instituciones políticas tienen un costo de inserción y un costo de operación. No es posible hacer todo.
Pero en cualquier caso, el cambio de paradigma político está en proceso. Retornamos a Schneider: «Los que solucionan problemas viven en una cultura política altamente intelectualizada que respeta la pericia y la competencia. Esto no significa que practiquen una política libre de valores. Varios miembros de la generación del 74 a los que entrevisté se sentían ofendidos cuando se les calificaba de tecnócratas, y prácticamente cada uno de ellos hacía demasiado hincapié en su compromiso con los valores liberales. Sin embargo, no los distinguen sus valores sino su manera de enfocar la política. Los que solucionan problemas practican una política de ideas. Los demócratas más tradicionales se consideran defensores; la suya es una política de intereses.»
Creemos que sería inconveniente enseñar, a los alumnos de un programa que aspira a ser distinguido por su contemporaneidad, una política que sólo se concibe como conciliación de intereses, cuando justamente esa política está dando paso a una política de ideas y soluciones.
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 28, 2004 | Fichas, Política |

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Hace poco oí la expresión «no futuros». Equivale más o menos a una expresión similar del finado Hermann Kahn, en su época el gurú más famoso de la futurología. (Dirigió el Instituto Hudson y fue el autor principal—en colaboración con Daniel Bell, presidente éste de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense—del libro «El Año 2000» a mediados de la década de los sesenta). Kahn gustaba de comentar el año que acabara de pasar en términos de sus «no eventos», cosas que fueron insistentemente predichas pero que no ocurrieron.
No todo lo que se vislumbra como posible llega a realizarse, por lo menos de inmediato. Para febrero de 1985 un grupo de caraqueños consideró posible la emergencia de una nueva clase de asociación política, cuya cláusula primera (Del Objeto) decía: «La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad política del público en general y especialmente de personas con vocación pública; 2. Procurar la modernización y profesionalización del proceso de formación de las políticas públicas; 3. Estimular un acrecentamiento de la democracia en dirección de límites que la tecnología le permite; 4. Aumentar la significación y la participación de la sociedad venezolana en los nuevos procesos civilizatorios del mundo».
Como puede verse, de la enumeración precedente no es posible establecer cuál es la ubicación de tal asociación en términos de un eje «derecha-izquierda». Dentro del «borrador» de un «documento base» para un «Congreso para la formación de una nueva asociación política», que escribí en febrero de 1985 se encuentra, sin embargo, otras claves, y puede entonces entenderse que lo que ocurre, en efecto, es que esa asociación es indescriptible en términos de «izquierdas-derechas».
La Ficha Semanal #14 de doctorpolítico es un extracto de ese «borrador», y se refiere específicamente a esa primitiva noción política de «derechas» e «izquierdas» y la supera con otro punto de vista. Pero en 1985 la sociedad política de Venezuela, un tipo de asociación política descrito en el «borrador» y de código genético distinto al de un partido convencional, no pudo constituirse, como tampoco lo ha hecho hasta la fecha. Esto es, hace más de 19 años tal cosa era un «no evento», un «no futuro». Es posible que haya llegado el momento de manifestarse como «sí presente».
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La sociedad normal
A John Phelps Tovar
Tal vez el mito político más generalizado y penetrante sea el mito de la igualdad. Hay diferencia entre las versiones, pero en general ese mito es compartido por las cuatro principales ideologías del espectro político de la época industrial: el marxismo ortodoxo, la socialdemocracia, el social-cristianismo y el liberalismo. Sea que se postule como una condición originaria—como en el liberalismo—o que se vislumbre como utopía final—como en el marxismo—la igualdad del grupo humano es postulada como descripción básica en las ideologías de los distintos actores políticos tradicionales. El estado actual de los hombres no es ése, por supuesto, como jamás lo ha sido y nunca lo será. Tal condición de desigualdad se reconoce, pero se supone que minimizando al Estado es posible aproximarse a un mítico estado original del hombre, o, por lo contrario, se supone que la absolutización del poder del Estado como paso necesario a la construcción de la utopía igualitaria, hará posible llegar a la igualdad. (Entre estos polos procedimentales extremos se desenvuelven corrientes de postura intermedia, como la socialdemocracia y el socialcristianismo.) Entretanto, se concibe usualmente a la obvia desigualdad como organizada dicotómicamente. Así, por ejemplo, se comprende a la realidad política como si estuviese compuesta por un conjunto de los honestos y un conjunto de los corruptos, por un conjunto de los poseedores y un conjunto de los desposeídos, un conjunto de los reaccionarios y uno de los revolucionarios, etcétera.
La realidad social no es así. Tómese, para el caso, la distinción entre «honestos» y «corruptos» que parece tan crucial a la actual problemática de corrupción administrativa. Si se piensa en la distribución real de la «honestidad» –o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima– es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución que la ciencia estadística conoce como distribución normal de lo que se llama corrientemente «las cualidades morales»: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos, como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.
Si no se entiende las cosas de ese modo la política pública se diseña entonces para un objeto social inexistente. Y esto es lo usual, pues nuestra legislación típica incluye un sesgo hacia una descripción angélica de los grupos humanos—la famosa «comunidad de profesores y estudiantes en busca de la verdad» de nuestra legislación universitaria, por ejemplo—o bien hacia el polo contrario de una legislación que supone la generalizada existencia de una propensión a delinquir, como es el caso de la legislación electoral o del instrumento orgánico de «salvaguarda del patrimonio público».
Es necesario entonces que esa óptica dicotómica e igualitarista sea suplantada por un punto de vista que reconoce lo que es una distribución normal de los grupos humanos.
Por ejemplo, la distribución teóricamente «correcta» de las rentas, de adoptarse un principio meritológico, sería también la expresada por una curva de «distribución normal», dado que en virtud de lo anteriormente anotado sobre la distribución de la heroicidad y en virtud de la distribución observable de las capacidades humanas—inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc. —los esfuerzos humanos adoptarán asimismo una configuración de curva normal.
Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. Para comenzar, en relación a discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica esa concepción que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una «normalización», en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria, independientemente de si esa igualación fuese planteada hacia «arriba» o hacia «abajo».
No es la normalización de una sociedad una tarea pequeña. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de justicia social que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado. Pero la tarea es la de obtener la normalización, no la de establecer primitivas políticas de «Robin Hood» o de «Hood Robin», como se las ha llamado.
Otra conclusión, finalmente, que se desprende del concepto de sociedad normal, es que el progreso posible de una sociedad es el progreso que desplaza a la curva normal como conjunto en una dirección positiva, y no el de intentar el igualamiento de la distribución por modificación en la forma de la curva. Si bien es posible que todos progresen, los esfuerzos que lleven una intencionalidad igualitaria están condenados al fracaso por constituir operaciones tan imposibles como las de construir un móvil perpetuo. Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes y, por tanto, en una sociedad económicamente justa no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres.
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 21, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La Ficha Semanal número 13 de doctorpolítico es algo extensa, pero vale la pena. En realidad es una cita de citas, por cuanto es un fragmento de la introducción de un trabajo del suscrito de septiembre de 1987, un año antes de la campaña que enfrentaría a Carlos Andrés Pérez, en pos de su segunda presidencia, con Eduardo Fernández, el candidato que desde cierto punto de vista no debía perder. El trabajo en cuestión llevó por nombre Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela.
El fragmento escogido corresponde a un intento por comprender conceptos útiles a la consideración anticipada de «sorpresas», y cita a Alexis de Tocqueville, a Bohdan Hawrylyshyn y, sobre todo, a mi amigo, maestro y mentor, el profesor Yehezkel Dror. Es gracias a estas citas, a pensamiento ajeno, que la ficha de hoy puede ser valiosa.
El estudio en sí consideró dos tipos de sorpresa en la Venezuela, siendo una de ellas el golpe militar. En las conclusiones se apunta: «Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable».
Un mes y cuatro días después de que se agotara la vigencia de esa predicción de 1987, Hugo Chávez Frías y sus compañeros de asonada cometían el abuso del 4 de febrero.
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La vida te da sorpresas
Dror ha enumerado los rasgos de un modelo de confección de políticas (policymaking) en las condiciones actuales al que ha llamado el «modelo de apuesta difusa». «Una buena imagen para considerar la confección de políticas como apuesta difusa es la de un casino inestable, donde la opción de no jugar es en sí misma un juego con altas probabilidades en contra del jugador; donde las reglas del juego, las proporciones necesarias de suerte y habilidad y los premios, cambian en forma impredecible durante la apuesta misma; donde formas impredecibles de ‘cartas locas’ (tales como un ataque terrorista o la distribución de diamantes por millonarios pródigos) pueden aparecer súbitamente; y donde la salud y la vida de uno mismo y la de sus seres amados puede estar en juego, algunas veces sin uno saberlo».
El modelo extremo de apuesta difusa involucra situaciones en las que la dinámica que da origen a los resultados de una decisión es desconocida y toma la forma de indeterminación, discontinuidad y saltos. Algunas de las consecuencias de este estado de cosas son las siguientes:
a. Los resultados no pueden ser predichos ni en términos de posibilidades definidas ni en términos de riesgo, en el sentido técnico de distribuciones de probabilidad
b. La adjudicación de probabilidades subjetivas es un acto que puede ser calificado de ilusorio.
c. La no-decisión, o las decisiones incrementales (modificación de las cosas «poquito a poco»), constituyen estrategias fútiles como modo de contener la incertidumbre, dado que la repetición del mismo acto o la misma política puede dar origen a resultados radicalmente diferentes en cada ocasión.
d. Los valores, y las metas mismas, pierden su constancia en la toma de decisiones, entre otras cosas a causa de cambios impredecibles en los contextos que establecen las prioridades.
e. Una mejor inteligencia, en el mejor de los casos, no puede hacer otra cosa que hacer más explícita la ignorancia.
f. Se está en presencia de una alta probabilidad objetiva de que eventos de baja probabilidad ocurran frecuentemente. En términos subjetivos, domina la sorpresa.
Estos son los rasgos de un caso extremo y abstracto de «apuesta difusa» que, no obstante, puede ser más pedagógico a la hora de comprender el tipo de situación que confrontamos. Un modelo más cercano a la realidad modera la gravedad de esos rasgos y puede ser descrito, a su vez, en los siguientes términos:
a. Una cierta proporción de los resultados podrá ser prevista en términos de riesgo—estimación cuantitativa—y en términos de posibilidades—estimación cualitativa. La proporción restante adoptará la forma de configuraciones impredecibles, con discontinuidades y saltos.
b. En una cierta proporción, las situaciones podrán ser diagnosticadas como tendiendo más hacia la discontinuidad o como tendiendo más hacia la continuidad. En una cierta proporción la ignorancia domina, sin que exista la posibilidad de evaluar de antemano las situaciones como conducentes a la continuidad o a la ruptura.
c. La utilidad del empleo de probabilidades establecidas subjetivamente, y la del análisis de decisiones que se base en ellas, la constancia de valores y metas, la capacidad de la inteligencia para contener y reducir la ignorancia, etcétera, dependerán de una mezcla de incertidumbre e ignorancia.
d. Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica.
Puede ser que esta última enumeración no parezca mejorar las cosas demasiado. Sin embargo, permite una aproximación más constructiva al asunto. Por ejemplo, será posible, al menos para el tratamiento de una parte de los posibles eventos políticos o la preadaptación a ellos, una clasificación de los mismos en cuatro categorías a considerar, según sea su probabilidad de ocurrencia y el grado de impacto que tendrían: 1. Eventos de alta probabilidad y alto impacto, para los que sería una locura no prepararse. (Verbigracia, Carlos Andrés Pérez en la Presidencia de la República). 2. Eventos de alta probabilidad y bajo impacto, para los que no se requiere demasiada prevención, dado que modificarían poco el statu quo. (Por ejemplo, Eduardo Fernández en la Presidencia de Venezuela.) 3.. Eventos de baja probabilidad y bajo impacto, los que pueden ser más o menos desatendidos. (Tales como los casos de Rafael Caldera y Octavio Lepage como presidentes). 4. Eventos de baja probabilidad y alto impacto, para los que es aconsejable, al menos, tener previsto un plan contingente, ya que de ocurrir aquéllos las cosas cambiarían significativamente. (Estos pueden ser, entre otros, la posibilidad de un verdadero outsider como Presidente o la posibilidad de un golpe de Estado militar).
(Es importante advertir que en materia de la clasificación anterior no estamos calificando los impactos en términos de bondad o maldad. Un alto impacto puede ser positivo o puede ser negativo. Sobre todo en materia de los ejemplos expuestos, no es objeto de este trabajo discutir si la titularidad de Eduardo Fernández, Octavio Lepage, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez en Miraflores es positiva o negativa en cada caso. Tan sólo hemos afirmado que, a nuestro criterio, de esas cuatro posibilidades únicamente la última introduciría cambios más marcados respecto del estilo y orientación general de la actual administración del Presidente Lusinchi. Puede haber outsiders positivos y negativos. Lo que sí sostenemos es que aún el proceso problemático venezolano no ha llegado a un grado de deterioro tal que un golpe de Estado deje de ser francamente negativo, y que no creemos que un golpe de Estado militar condujera de inmediato a una mejor forma de gobernar el país o a la solución de sus principales problemas.)
Desde el punto de vista de las posibilidades que provee una situación turbulenta, es necesario advertir que aumentan las probabilidades de éxito de aventuras que intencionalmente busquen cristalizar a su favor las múltiples tensiones existentes, siempre y cuando sean bien ejecutadas y den realmente salida a tales tensiones. En Road maps to the future, Bohdan Hawrylyshyn dice lo siguiente: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia».
Yehezkel Dror emplea, junto con un análisis riguroso, varias sugestivas imágenes para el enfoque del tema en «Cómo sorprender a la Historia» (How to spring surprises on history). Por ejemplo, nos recuerda a Maquiavelo, para «considerar la posibilidad de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias (virtu)».
Nuestra percepción popular incluye la expresión «en río revuelto ganancia de pescadores». No otra cosa es la percibida por líderes emergentes, distintos a los que militan en los partidos tradicionalmente poderosos de Venezuela. Es lo «revuelto» de la actual situación lo que ha estimulado la emergencia, en proporción jamás vista en Venezuela, de nuevos pretendientes al trono de la esquina de Miraflores. Apartando los consabidos candidatos de A.D. y C.O.P.E.I. y los que surgirían de los partidos menores—en gran medida también tradicionales (U.R.D. y el M.A.S., principalmente)—han asomado con mayor o menor fuerza, entre otros, los nombres de Jorge Olavarría y su Nueva República; Godofredo Marín y el partido de los evangélicos; Marcel Granier, que busca servirse de un eje comunicacional (RCTV y Diario de Caracas) al que añade el Grupo Roraima y ahora el M.I.N. de Gonzalo Pérez Hernández; el Rector Edmundo Chirinos, que había anunciado ya al comienzo de su rectorado que lo que perseguía era «un proyecto político»; el ex rector Ernesto Mayz Vallenilla con su Movimiento Moral, Reinaldo Cervini ofrecido como candidato de consenso para «las izquierdas», al igual que Alberto Quirós Corradi desde su plataforma de El Nacional; el Rector Pedro Rincón Gutiérrez como otra solución similar a los dos últimos nombrados; Leopoldo Díaz Bruzual que ya ha adornado algunos puntos urbanos con un afiche de su efigie en fondo morado; Vladimir Gessen, igualmente en afiches y pancartas de su Nueva Generación Democrática.
(Es nuestra impresión que la situación actual de la política venezolana corresponde a la situación de saturación descrita anteriormente en los términos de Hawrylyshyn. Por esta razón pensamos que ninguno de los nombrados en esta lista tiene la potencialidad de ser el «catalizador» que cristalice, o mejor, canalice a su favor las tensiones. La gran mayoría de ellos ha tenido ya exposición pública suficiente, por lo que, si hubiera sido percibido alguno como el líder buscado, hace tiempo ya que se hubiera producido la estampida y hace tiempo ya que esto se hubiera manifestado en los registros de opinión pública.)
No todas las personas perciben, no obstante, la situación de esa manera, como inminencia de cambio radical. Sobre todo en personas de relativa alta cultura política, y que pertenecen de algún modo a las élites políticas o económicas, es marcada la tendencia a considerar la situación como pasajera y resoluble mediante expedientes más o menos tradicionales. Esto es una tendencia relativamente común. Alexis de Tocqueville destaca, en L’Ancien Régime et la Revolution, la paradoja de la presencia evidente de los signos prerrevolucionarios y la ceguera de muchos de los actores sociales de Francia en 1789. «Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto… Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar… es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario».
Dror ofrece la tesis de que en el mundo contemporáneo la probabilidad de discontinuidades está aumentando, lo que provee «situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante la intervención consciente». Variables exógenas de importancia (esto es, no controladas desde dentro de un sistema político en particular) así como tendencias de creciente aproximación a soluciones de crisis, son los tipos principales de factores que hacen aumentar las ocurrencias sorpresivas. A su juicio, tres situaciones principales pueden justificar o motivar los intentos conscientes de provocar mutaciones políticas: «a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados. b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos. c. Si la realidad se percibe en cualquier caso como turbulenta y mudable, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, ‘feedback’ positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas.)»
Es también útil tomar en cuenta los pocos comentarios tentativos que puede Dror ofrecer (él mismo reconoce que en este terreno se mueve en terra incognita ) ante el problema operativo: cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia. Copiamos textualmente:
«a. La selección y el éxito de intentos por mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones socio-políticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo convencional son incapaces de hacer el trabajo.
b. Es posible definir situaciones en las que se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias; ideologías y aspiraciones que no tengan chance sin rupturas radicales de la continuidad; turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que no volverán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.
c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock como política dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no involucra costos serios. En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de ‘compensación de apuestas’. (Hedging).
En vista de la incertidumbre de la postdiscontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente ‘apuestas difusas’. Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.
d. La prudencia (que es un juicio de valor en «loterías») requiere por tanto de un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o de la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo.) Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la no intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y del conservatismo».
Por último, incluiremos este párrafo de Dror sobre una de las condiciones esenciales a la mutación histórica: «Un empresariado político (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Implica la existencia de políticos singulares que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar». Y advierte: «Esto hace surgir un dilema: una demasiada concentración de poder en políticos singulares, o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones, aumenta los peligros de acciones precipitadas y de equivocaciones. Por otro lado, un sistema demasiado cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Pequeños núcleos de políticos de altura, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, pueden que sean lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda».
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