FS #24 – Otra vez Alberto

Fichero

LEA, por favor

Dedico esta Ficha Semanal #24 de doctorpolítico a mis amigos Gerd Stern, Alberto Krygier, Yehezkel Dror, Mary Taurel, Mary Benarroch, Ricardo De Sola, Paulina Gamus, y a la memoria de Francisco y Pedro Pick. De ellos solamente uno vive en Israel. Por esto son particularmente apropiadas las palabras finales de Alberto Einstein en la ficha de hoy, sobre todo en estos momentos de temores e indignaciones hebraicas.

El par de Newton en la historia de la ciencia nació en 1879, el 14 de marzo. Para conmemorar la fecha la Comisión Internacional para la Enseñanza de la Física compiló y publicó en el año centenario el libro Einstein: A Centenary Volume, contentivo de más de cuarenta artículos acerca de la vida y obra del asombroso hombre. El volumen es un tesoro para los admiradores del genio, e incluye desde artículos semitécnicos hasta anécdotas que son una delicia.

Por ejemplo, Philipp Frank recuerda: «Otro día hablamos de un físico que tenía muy poco éxito en su trabajo de investigación. Por la mayor parte atacaba problemas que ofrecían tremendas dificultades. Aplicaba un penetrante análisis sólo para descubrir más y más dificultades. Para la mayoría de sus colegas no estaba muy calificado. Einstein, sin embargo, decía de él: ‘Admiro a este tipo de hombre. Tengo poca paciencia con científicos que toman un tablero de madera, buscan su parte más delgada y taladran un gran número de agujeros donde taladrar es más fácil'».

Pero siendo el libro un reflejo de las múltiples facetas admirables de Einstein, a la par de lo científico conseguimos en él referencia a su relación con lo artístico, lo religioso, lo político. Para una mente que con la mayor naturalidad, y un travieso respeto, hablaba de Dios para involucrarlo en sus disquisiciones física—Raffiniert ist der Herr Gott, aber boshaft ist er nicht—la involucración con la historia y las pasiones de su tiempo era asimismo natural.

Es bastante conocido el hecho de que se hubiera ofrecido a Albert Einstein la presidencia de un renaciente Estado de Israel, cosa que declinó desde su profunda sabiduría. De todos modos, el gigante fue decidido y elocuente partidario de la meta sionista. En el volumen mencionado se incluye un trabajo de Gerald E. Tauber, Einstein y el Sionismo, de cuyos primeros párrafos está compuesta la ficha #24.

LEA

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Otra vez Alberto

La preocupación por el hombre mismo y su destino debe formar siempre el interés principal de toda empresa técnica. Nunca olviden esto en medio de sus diagramas y ecuaciones. (Einstein, Mein Weltbild).

Fue ésa la preocupación que distinguiera a Einstein entre los grandes científicos, un hombre que hablaba abiertamente a favor de sus creencias y principios, y que tomaba sus obligaciones hacia la sociedad con seriedad y jamás olvidó a su pueblo y sus aspiraciones.

Einstein pasó su juventud en un hogar judío pero muy poco religioso. Asistió a la escuela primaria católica local, por ser más barata y cercana que la distante escuela privada judía. No obstante, su educación judía no fue descuidada y recibió lecciones privadas, de modo que desde temprana edad pudo familiarizarse con las enseñanzas de tanto Moisés como Jesús. El antisemitismo no era extraño a Einstein y sus contemporáneos y, como escribiera más tarde (ver Hoffmann, ‘Einstein y el Sionismo’) «Los asaltos físicos y los insultos eran frecuentes camino a la escuela, aunque no realmente maliciosos. Aun así, sin embargo, fueron suficientes para confirmar, incluso en un niño de mi edad, un vívido sentimiento de no pertenencia».

A pesar de esto, no fue sino hasta que Einstein se convirtiera en profesor en Praga en 1911 cuando entró en contacto con judíos—que vivían y pensaban como judíos—y comenzó a entender los particulares problemas que les afligían. También allí se puso en contacto con sionistas que formaban «un pequeño círculo de entusiastas filosóficos y sionistas más o menos agrupado en torno a la universidad» (ver Frank, Einstein, su vida y su tiempo), pero en esa época no estaba interesado en los problemas del judaísmo en términos mundiales.

«La búsqueda del conocimiento por sí mismo, un amor casi fanático por la justicia y el deseo de independencia personal, son los aspectos de la tradición judía que me llevan a agradecer a mis estrellas por pertenecer a ella». (Ver Einstein, ‘Ideales judíos’, Mein Weltbild).

En Alemania, aun más que en Praga, Einstein se percató de que el antisemitismo no podía ser combatido por la asimilación, sino que tendría que ser combatido con más conocimiento.

«Antes de que podamos combatir eficazmente el antisemitismo, debemos primero que nada educarnos a nosotros mismos a salir de él y de la mentalidad esclava que presagia. Debemos tener más dignidad, mas independencia en nuestras propias filas. Sólo cuando tengamos el coraje de vernos a nosotros mismos como una nación, sólo cuando nos respetemos a nosotros mismos, podremos ganar el respeto de los otros; o más bien, el respeto de los otros vendrá por sus propios pasos…» (Ver Einstein, ‘Asimilación y nacionalismo’).

Tampoco mostraba mucha paciencia para con la Asociación Central de Ciudadanos Alemanes de Persuasión Judía, que trataba de vender el judaísmo como mera persuasión religiosa:

«Cuando me tropiezo con la frase ‘Ciudadanos Alemanes de Persuasión Judía’ no puedo evitar una sonrisa melancólica. ¿Qué significa realmente esta pomposa descripción? ¿Qué es esta ‘persuasión judía’? ¿Existirá entonces una clase de no persuasión en virtud de la cual uno cesa de ser judío? No la hay. Lo que la descripción realmente significa es que nuestros beaux esprits están proclamando dos cosas: primero, que no deseo tener nada que ver con mis pobres hermanos judíos; segundo, que deseo ser visto no como un hijo de mi pueblo sino sólo como miembro de una comunidad religiosa. ¿Es esto honesto? ¿Puede un ‘ario’ respetar a tales hipócritas? No soy un ciudadano alemán, ni hay nada en mí que pueda ser descrito como una ‘persuasión judía’, pero soy un judío, y estoy contento de pertenecer al pueblo judío, aunque no le tenga por ‘elegido’. Dejemos el antisemitismo a los no judíos, y mantengamos el calor en nuestros corazones para nuestros parientes y allegados». (Ver Einstein, ‘Asimilación y nacionalismo’).

Quizás no deba sorprender entonces que Einstein fuese luego atraído por el sionismo. En 1897 Teodoro Herzl, el periodista austriaco y autor de «Judenstaat», había lanzado el sionismo político en el Congreso de Basilea que resolvió «asegurar para el pueblo judío un hogar en Palestina garantizado por el derecho público». En 1917 ese sueño pareció convertirse en realidad cuando el gobierno británico emitiera, a través de su Ministro de Asuntos Exteriores Lord Balfour, la llamada Declaración Balfour, por la cual «el gobierno de Su Majestad ve con favor el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y empleará sus buenos oficios para facilitar el logro de este objeto…» Después del cese de hostilidades Palestina se convirtió en territorio de mandato británico bajo la Liga de las Naciones, y Gran Bretaña fue comprometida a la instrumentación de su promesa, una instrumentación que tomaría treinta años y muchas confrontaciones sangrientas y guerras.

Entretanto el movimiento sionista, cuyo cuartel general se había mudado, luego de la muerte de Herzl en 1904, de Viena a Alemania (primero a Colonia y finalmente a Berlín en 1911), trató de atraer judíos prominentes a sus filas. Einstein, naturalmente, estaba entre los posibles candidatos, aunque en esos momentos todavía no gozaba de la fama mundial que resultaría de la verificación experimental (por eclipse solar) de la relatividad general. Al principio Einstein, el oponente del nacionalismo, fue tibio hacia la idea de un hogar nacional para los judíos, pero luego llegó a convencerse de la necesidad de un hogar nacional judío. En una de sus muchas discusiones con Kurt Blumenfeld, un líder sionista, dijo así: «Estoy contra el nacionalismo pero a favor del sionismo. Hoy la idea se me ha hecho clara. Cuando un hombre tiene dos brazos y se la pasa diciendo que tiene un brazo derecho, es entonces un chauvinista. Sin embargo, cuando falta el brazo derecho deberá entonces hacer algo para compensar el miembro faltante. Por tanto soy, como ser humano, un opositor al nacionalismo. Pero como judío soy desde hoy un defensor de los esfuerzos sionistas judíos».

Una vez que Einstein se hubo convencido de la corrección de su decisión se convirtió en un franco defensor, como con toda causa que abrazara.

«Soy un judío nacional en el sentido de que exijo la preservación de la nacionalidad judía como la de cualquiera otra. Considero la nacionalidad judía como un hecho, y creo que todo judío debiera sacar conclusiones definitivas en cuestiones judías sobre la base de tal hecho. Contemplo el crecimiento de la propia afirmación judía como del interés de no judíos así como de judíos. Ése fue el motivo principal para mi afiliación al movimiento sionista. Para mí el sionismo no es meramente un asunto de colonización. La nación judía es un ser vivo, y el sentimiento del nacionalismo judío debe desarrollarse tanto en Palestina como en cualquier otro lugar. Negar la nacionalidad de los judíos en la Diáspora es, en verdad, deplorable. Si uno adopta el punto de vista de confinar el nacionalismo étnico judío en Palestina, entonces para toda intención y propósito niega uno la existencia de un pueblo judío».

Gerald E. Tauber

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FS #23 – Palabra de Pastor

Fichero

LEA, por favor

Muy gentilmente nos ha hecho llegar Monseñor Ovidio Pérez Morales su libro Iglesia en la encrucijada de los tiempos, publicado hermosamente este año por la Universidad Católica Cecilio Acosta de Maracaibo. En esta ciudad Monseñor Pérez Morales gobernó su Arquidiócesis entre 1993 y 1999, en tiempos de difícil tensión intraeclesial.

Le conocí en 1962, en una visita-conferencia a la sede del Movimiento Universitario Católico de la Universidad Central de Venezuela, donde una tarde vino desde sus labores docentes en el Seminario Interdiocesano de Caracas a compartir su sabiduría, la que ya era proverbial para la época, a pesar de sus escasos treinta años de edad. En el MUC esperábamos su palabra con veneración anticipada, y no fuimos defraudados.

Tampoco ha defraudado nunca a la Iglesia. Ordenado sacerdote a la caída de Pérez Jiménez, Paulo VI lo nombró Obispo Auxiliar de Caracas en 1971. Ocho años más tarde Juan Pablo II lo designaba Obispo de Coro, desde donde fue a Maracaibo para venir luego a Los Teques, en calidad de Arzobispo-Obispo.

Siendo un intelectual de amplia y sólida formación y un líder confiable y apetecido, Monseñor Pérez Morales ha estado siempre en el centro de la decisión eclesiástica venezolana. Así, por ejemplo, ejerció en sucesión los cargos de Secretario General, Vicepresidente y Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana. Hace ya ocho años que preside el Concilio Plenario de Venezuela.

El libro que generosamente me obsequiara es una colección de cinco años de artículos de prensa, publicados en el diario El Nacional. En ellos se concentra su importante palabra con un estilo inconfundible: el de una claridad pedagógica asombrosa. Sencillos y directos, sus textos parecieran acta fiel de una conversación en vivo que se dirige con la mayor naturalidad a lo esencial. No sobran palabras en sus obras, que por lo demás componen ya una decena de libros bien pensados.

La Ficha Semanal #23 de doctorpolítico reproduce uno tras otro dos de los artículos recogidos en la colección. Ambos son del año 2000. El primero de ellos lleva un sugestivo título: «Democracia por hacer», y es una lección de doble virtud, de sustancia y concisión. El segundo—Mensaje para políticos y gobernantes—nos enrostra con la figura de Tomás Moro, para salir al paso de una política que pretende ejercerse con prescindencia de la dimensión ética.

LEA

Palabra de pastor

Democracia por hacer

Tornillo sin fin. Sombrero de mago, del cual salen siempre cosas nuevas. Son figuras para entender la democracia, que es construcción nunca terminada; horizonte siempre abierto.

Lo relativo a la democracia se parece a la concepción y práctica de los derechos humanos. El camino siempre se alarga, porque la dignidad de la persona humana, su libertad y sus exigencias, plantean continuamente inéditos reclamos.

El dormirse en los laureles es tentación humana continua. En el período democrático venezolano denominado—con acento negativo—»puntofijismo», se descansó demasiado sobre una positividad adquirida. No se actuó un discernimiento verdaderamente crítico del conjunto; no se trabajó consistentemente para avanzar, corrigiendo fallas y proponiéndose nuevas metas. Se pensó que era un organismo sólido; con legitimidad asegurada y perfección lograda. Hubo, sin duda, quienes denunciaron la esclerosis; se lanzaron voces de alerta, proféticas, pero fueron minimizadas, marginadas o silenciadas. Y vino la explosión.

Ahora está en marcha lo que ha surgido como alternativa, como etapa distinta de nuestra vida republicana. Las expectativas suscitadas y el masivo apoyo logrado constituyen pruebas fehacientes de la profundidad de la crisis de la etapa anterior, así como de la ingente tarea que impone la edificación de una «nueva democracia». Cuya «novedad»—es menester recalcarlo—será siempre limitada e imperfecta.

Sin intención de originalidad pero sí con fuerte deseo de cooperar con el cambio que el país necesita, menciono a continuación algunos elementos indispensables para un real avance en democracia, en «nueva sociedad».

En primer lugar, no se da verdadera democracia (pueblo en protagonismo político), sin personas-demócratas que la integren. Mencionar «persona» es hablar de libertad, responsabilidad, capacidad y ejercicio críticos. «Demócrata» dice convicción, compromiso, corresponsabilidad. Pueblo no es simple masa, «audiencia» (del latín audire, oir); implica comunidad de sujetos conscientes y libres; y además «históricos», con genealogía, memoria, cultura. (Lo que hace ilusorio el pensar en cambios a manera de comienzos absolutos, a partir de cero).

Democracia, en cuanto «poder del pueblo», va unida a «participación». Ésta no consiste sólo en votar para ser representados, en aplaudir o respaldar. De allí la necesidad de conciencia crítica, de protagonismo efectivo, de organización popular. Son necesarios los partidos políticos; pero no sólo ellos. La sociedad civil ha de hacerse presente de modo multiforme.

Democracia pide auténtica justicia, debida igualdad y obligante solidaridad. En la confrontación con totalitarismos y dictaduras la democracia ha fallado no pocas veces, por atender unilateralmente a la «libertad». No ocupándose seriamente de lo que hace posible que ésta se dé y actúe, sin atender a lo postulado por la justicia y la equidad. Democracia política, pero no socioeconómica y cultural.

Disciplina y tolerancia han de conjugarse en la trama de la democracia. En cuanto a lo primero, no sobra recordar que los venezolanos estamos inclinados a una interpretación anarcoide, silvestre—dejar hacer—de la democracia. En cuanto a lo segundo, es menester subrayar que la democracia está casada (matrimonio indisoluble) con la tolerancia. Se ha dicho que una debilidad-fortaleza de la democracia es el ser tolerantes aun con los intolerantes. La tolerancia no puede ser sacrificada en aras de una celeridad o eficacia de los cambios.

Por último, pero no por ser lo último: una nueva democracia ha de conjugar cambio de estructuras y cambio de actitudes. De otro modo, las novedades jurídicas y organizacionales pueden quedarse, en gran medida, en cascarones vacíos o en formas sin contenido. Los venezolanos hemos de preguntarnos: ¿Cómo tratamos «lo público» (hospitales, escuelas, parques y bienes en general)? ¿Dónde ubicamos la «corrupción» (sólo en los otros, sin realista autointerpelación)?

Todo lo dicho parte de una opción por cambios de verdad.

2 de octubre de 2000

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Mensaje para políticos y gobernantes

Hay quienes piensan que la política y el ejercicio del gobierno son una especie de «tierra de nadie», con respecto a la verdad y a la ética. Interpretación crudamente «pragmática», en el sentido malo de este término. Lo cual abre el camino a todo género de compraventa de adhesiones, abusos, farsas y tropelías.

Juan Pablo II acaba de proclamar a Tomás Moro como santo patrono de gobernantes y políticos. Patrono significa modelo e intercesor. Y modelo quiere decir, entre otras cosas: ejemplo, punto de referencia, interpelación.

Tomás Moro (1478-1535) fue un católico laico, padre de familia, abogado, político, diplomático; de amplia cultura humanística y rico en cualidades humanas. Creyente y practicante de veras. De trato agradable y con sentido del humor. Después de ejercer diversos cargos, llegó a la destacada posición de Canciller del Reino en Inglaterra.

¿Cómo terminó su vida? Decapitado, después de dura cárcel en la Torre de Londres. ¿Por qué? Por su coherencia religiosa y moral; porque hizo realidad con su actuar la primacía de la verdad sobre el poder. Para él la política tenía como fin supremo el servicio a la persona humana.

Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Lo enseñó Jesús. El Canciller mártir lo entendió bien. Fue fiel al rey Enrique VIII, pero no lo acompañó cuando éste exigió lo que no competía al César. Tomás Moro dejó bien claro que el César no es Dios. Y que, por tanto, no puede erigirse como absoluto.

Hoy podríamos traducir la enseñanza vital de Tomás Moro en estos términos: sólo a Dios podemos firmar un cheque en blanco. La política no se sitúa en el plano de lo absoluto, de lo sagrado. Es algo relativo, temporal. El Estado no constituye deidad alguna. Ningún órgano del Estado, a cualquier nivel, puede autolegitimarse al margen de lo ético, ni considerarse como fuente última de todo derecho. Sólo Dios es adorable y puede exigir una adhesión incondicional. La idolatría del poder lleva a la autodestrucción humana.

Tomás Moro actuó en coherencia con su conciencia, núcleo el más secreto, sagrario, del ser humano. Ámbito en que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo del propio ser.

Sir Thomas More no fue un exaltado. Con sencillez, sin arrogancia ni soberbia, defendió sus principios ante el rey, quien pretendía asumir el control de la Iglesia en Inglaterra. Tomás perdió la vida terrena, pero no la bondad y el humor. El autor de Utopía, ya para sufrir el martirio, oró todavía por el rey; y al ofrecer su cabeza al verdugo que lo habría de decapitar, apartó, sin embargo, la barba, para que no fuese también cortada, diciendo: «Al menos ella no ha cometido alta traición».

El mensaje de Tomás Moro es de coherencia; de servicio al bien común, a la libertad y a la justicia. Afirmación de la centralidad de la persona humana, con su dignidad y sus derechos inalienables. Y con sus deberes, cuyo cumplimiento pueden exigir hasta el sacrificio de la propia vida.

Esta Venezuela nuestra, en nuevos escenarios, espera un manejo político renovador, fundado en la verdad y orientado a la justicia y a la paz; urge soluciones consistentes en el campo socioeconómico hacia un progreso compartido; requiere el afianzamiento de una cultura de vida y solidaridad, que eleve moral y espiritualmente a nuestro pueblo. Quiera Dios que Tomás Moro, constituido patrono, estimule y ayude a nuestros políticos y gobernantes, que en su gran mayoría se confiesan católicos, a ser coherentes con su fe en la vida pública y hagan así de la política una herramienta de servicio eficaz al bien común.

Nuestro país necesita, con carácter de prioridad, la presencia de un gran contingente de laicos (seglares) comprometidos en hacer de los valores humano-cristianos del Evangelio, motor y sentido de una sociedad mejor. Laicos que conjuguen su esfuerzo con el de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, hacia el logro de una nación realmente fraterna, solidaria.

13 de noviembre de 2000

Ramón Ovidio Pérez Morales

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FS #22 – Alianza para el Progreso

Fichero

LEA, por favor

Cuando ni siquiera habían transcurrido dos meses desde la «inauguración» de John Fitzgerald Kennedy, de cuya muerte se cumplieron ayer 41 años, el presidente que sería asesinado delineó las ambiciosas proporciones de un programa de cooperación de los Estados Unidos con toda América Latina: la Alianza para el Progreso. Es claro que su fraterna actitud hacia nosotros se expresaba en él como prioridad. En su propio discurso inaugural, el 20 de enero de 1961, anunció que convertiría «en buenas acciones las buenas palabras de Estados Unidos, mediante una nueva Alianza para el Progreso, para ayudar a los hombres y gobiernos libres a romper las cadenas de la pobreza».

Es así como un mes y 21 días después, el 13 de marzo de 1961, revela su propuesta estratégica ante los diplomáticos del continente en recepción ofrecida en la Casa Blanca. La Ficha Semanal #22 de doctorpolítico se compone de fragmentos de sus palabras a los representantes de nuestros gobiernos reunidos con esa ocasión.

La claridad y el realismo de Kennedy, su penetración hasta lo realmente importante, y su disposición al trabajo concreto, emergen luminosamente en ese discurso, pero por encima de todo sus horizontales y sencillas palabras evidenciaban el modesto y amistoso respeto que tenía por nosotros. En vez de imponernos un papel hegemónico pedía para la necesidad de aprender de nosotros: «Invitamos a nuestros amigos de América Latina a que contribuyan a enriquecer la vida y la cultura de Estados Unidos… Porque sabemos que tenemos mucho que aprender».

Después de leer ese su discurso, luego de constatar la grandeza y solidaridad de su perspectiva, la prontitud y el optimismo con los que acometió nuestros problemas, nos tienta un travieso y nostálgico juego de cuestionamientos imposibles. ¿Podría George W. Bush haberle ganado unas elecciones presidenciales a este hombre? ¿Habría llegado Chávez al poder en Venezuela si nuestras naciones hubieran vivido aquella vibrante década de los sesenta con el beneficio del aporte ofrecido por John F. Kennedy?

Nunca lo sabremos.

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Alianza para el Progreso

Nuestra tarea es demostrar al mundo entero que la insatisfecha aspiración humana de progreso económico y justicia social pueden cumplirla mejor hombres libres que trabajen dentro de un marco de instituciones democráticas. Si esto logramos dentro de nuestro propio hemisferio, y para nuestra gente, nos será acaso dado cumplir la profecía del gran patriota mexicano Benito Juárez, de que «la democracia es el destino de la humanidad futura».

Por eso he hecho un llamamiento a todos los pueblos del hemisferio para que nos aunemos en una nueva «Alianza para el Progreso», en un vasto esfuerzo de cooperación, sin paralelo en su magnitud y en la nobleza de sus propósitos, a fin de satisfacer las necesidades fundamentales de los pueblos de las Américas, un plan destinado a transformar la década del 1960 en una década de progreso democrático.

Quiero recalcar que solamente los esfuerzos resueltos de las propias naciones americanas pueden asegurar el éxito de esta empresa. Ellas, y solamente ellas, pueden movilizar recursos, alistar las energías del pueblo y modificar los patrones sociales, de modo que los frutos del crecimiento sean compartidos por todos y no sólo por unos cuantos privilegiados. Si se logra este esfuerzo, la asistencia del exterior dará un impulso vital al progreso; si no se logra, no habrá ayuda capaz de contribuir al bienestar del pueblo.

Si nuestra alianza ha de tener felices resultados, corresponde a cada nación latinoamericana formular planes de largo alcance para su propio desarrollo, planes que establecerían metas y prioridades; asegurarían la estabilidad monetaria; establecerían procedimientos para el cambio social vital; estimularían la industria y la iniciativa privadas, y facilitarían los medios necesarios para realizar un máximo esfuerzo nacional. Estos planes constituirían el fundamento de nuestro esfuerzo para el desarrollo, así como la base para asignar los recursos procedentes del exterior.

Debemos prestar apoyo a toda integración económica que verdaderamente logre ampliar los mercados y mayores oportunidades de competencia económica. La fragmentación de las economías latinoamericanas constituye un serio obstáculo para el desarrollo industrial. Ciertos proyectos, como el de establecer un mercado común centroamericano y zonas de libre comercio de la América Latina facilitarán el desarrollo.

Debemos acelerar inmediatamente nuestro programa de emergencia de «Alimentos para la Paz»; ayudar a establecer reservas de víveres en aquellas regiones de sequías recurrentes; proporcionar almuerzos a los escolares y ofrecer cereales forrajeros que fomenten el desarrollo rural. Porque el hambriento no puede esperar a que se celebren debates económicos o reuniones diplomáticas; su necesidad es urgente y su hambre es grave peso sobre la conciencia humana.

Todos los habitantes del hemisferio deben aprovecharse de las crecientes maravillas de la ciencia moderna; maravillas éstas que han captado la imaginación del hombre, han puesto a prueba su inteligencia, y le han facilitado los medios para un progreso rápido. Invito a los hombres de ciencia latinoamericanos a que colaboren con nosotros en nuevos proyectos en el terreno de la medicina y la agricultura, la física y la astronomía, y la desalinización, y a que ayuden a esbozar programas para los laboratorios regionales de investigación en estos y otros aspectos; y a que intensifiquen la cooperación entre las universidades del hemisferio.

Nos proponemos también ampliar nuestros programas de adiestramiento de profesores de ciencias, incluyendo en ellos a profesores latinoamericanos; ayudar a establecer tales programas en otros países de América y traducir y difundir materiales de enseñanza radicalmente nuevos, relativos a la física, la química, la biología y las matemáticas, en forma tal que la juventud de todas las naciones pueda contribuir con su talento al progreso científico.

Debemos acelerar el entrenamiento de los expertos que se necesitan para dirigir las economías de los países hemisféricos en rápido desarrollo. Esto requiere programas ampliados de adiestramiento técnico, para los cuales el «Cuerpo de la Paz», que actualmente se organiza entre la juventud de este país, estará a la disposición en cualquier sitio que se lo necesite. También requiere ayuda a las universidades latinoamericanas, a los institutos de investigación superior y a los institutos de investigaciones científicas.

Invitamos a nuestros amigos de la América Latina a que contribuyan a enriquecer la vida y la cultura de Estados Unidos. Necesitamos profesores versados en la literatura, historia y tradiciones latinoamericanas; necesitamos acceso a la música, al arte y al pensamiento de los grandes filósofos de América Latina. Porque sabemos que tenemos mucho que aprender.

Nos proponemos realizar la revolución de las Américas y construir un hemisferio en el que todos los hombres abriguen la esperanza de lograr niveles de vida adecuados, y en el que todos puedan vivir su vida en un ambiente de dignidad y libertad.

Esta libertad política debe aunarse a un cambio social. Porque a menos que se emprendan libremente las necesarias reformas sociales, inclusive la reforma tributaria y la reforma agraria; a menos que ampliemos las oportunidades para nuestros pueblos; a menos que las grandes masas del hemisferio participen en una creciente prosperidad, nuestra alianza, nuestra revolución, nuestro ensueño y nuestra libertad habrán fracasado. Pero pedimos un cambio social mediante hombres libres—cambio en el espíritu de Washington y Jefferson, De Bolívar y San Martín y Martí—, no un cambio que pretenda imponer las tiranías que hace siglo y medio derribamos. Nuestro lema es el que siempre ha sido: Progreso, sí; tiranía, no.

John Fitzgerald Keneddy

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FS #21 – De amigos y enemigos

Fichero

LEA, por favor

El Dr. Aníbal Romero, Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad Simón Bolívar, es autor de una importante colección de estudios sobre el campo de su pasión académica y existencial. De prosa incisiva y clara, sus trabajos resultan iluminadores y no pocas veces anticipatorios. Por ejemplo, en febrero de 1999, al momento de la asunción de Hugo Chávez al poder en Venezuela, escribía: «Lo interesante del caso de Chávez consiste en el hecho de que su concepción de sí mismo es la del portador de un ‘cambio’, mas en realidad representa una regresión. Por un lado, el personalismo político conducirá a deteriorar aun más el ya muy lesionado esquema de la institucionalidad democrática; por otro lado, su nacionalismo y anti-imperialismo, así como su visión populista de la sociedad y la economía, nos arrastrarán por el ya trillado y fracasado sendero del estatismo y la demagogia. La relación caudillo-masa sustituirá, paulatina o rápidamente, los correajes institucionales, y las prácticas populistas en lo económico acelerarán el ya pronunciado empobrecimiento de una sociedad confundida, violenta, y negada a admitir las verdaderas causas de su penosa situación». (El Paroxismo del populismo, ponencia en el seminario ¿Sigue vigente el populismo en América Latina?, de la Fundación Pensamiento y Acción, recogida en Aníbal Romero: Decadencia y Crisis de la Democracia, Editorial Panapo, Caracas, 1989. Antes, en el mismo texto, había enumerado los rasgos fundamentales del «nasserismo militar» de Hugo Chávez: nacionalismo, anti-imperialismo, populismo y personalismo).

En el libro Estudios de Filosofía Política (Panapo, 1998), el Dr. Romero nos introduce al pensamiento de importantes pensadores de lo político. A mi gusto, uno es particularmente pertinente al momento venezolano actual: el pensamiento de Carl Schmitt, a quien el profesor Romero dedica el capítulo Teoría política e historia. Reflexiones sobre Carl Schmitt.

Schmitt (1888-1985) es un curiosísimo caso de la filosofía política reciente, por cuanto sus postulados principales llaman la atención de cuarteles disímiles y contrapuestos, incluso cuando se trata de corrientes implacablemente atacadas por su amargo discurrir. De preferencias marcadamente conservadoras—católico alemán—parecía llevar una trayectoria de «tercera vía» a la manera socialcristiana, dado que refuta por igual al liberalismo y al marxismo, lo que ciertamente es lo que hacen Rerum Novarum de León XIII y Quadragesimo Anno de Pío XI. Pero Schmitt es, por sobre todo, la expresión más lúcida de Realpolitik, pues a fin de cuentas reduce lo político a la determinación del eje existencial «amigo-enemigo». De hecho, su feroz crítica al liberalismo se afinca en el diagnóstico de que los liberales querrían ignorar de un todo esa distinción. Por este camino Schmitt terminó afiliándose nada menos que al partido nazi. Luego de la conclusión de la guerra emergió relativamente incólume, y dedicó buena parte de su tiempo a recuperar su prestigio dañado.

Es por esto que resulta curioso constatar que su análisis, que viene como anillo al dedo a proyectos como el chavista, puede ser aplicado por igual a buena parte de la oposición al chavismo, así como es sorprendente que campos enfrentados, como el neoconservatismo de George W. Bush y lo islámico, se dejen fascinar por las cínicas ideas de Schmitt.

Por ejemplo, Alan Wolfe (Profesor de Ciencias Políticas en Boston College) ha escrito recientemente (Un filósofo fascista nos ayuda a comprender la política contemporánea, The Chronicle of Higher Education, abril de 2004): «Dados el estridente antisemitismo de Schmitt y sus nada ambiguos compromisos con los nazis, la continua fascinación de la izquierda con él es difícil de comprender». Pero asimismo Wolfe declara: «Para entender qué es hoy peculiar del Partido Republicano uno necesita primero conocer acerca de un oscuro y muy conservador filósofo político. Su nombre, no obstante, no es Leo Strauss, quien ha sido ampliamente citado como el gurú intelectual de la administración Bush. Pertenece, en cambio, a un pensador menos conocido pero en muchas formas más importante llamado Carl Schmitt». Luego de registrar que Schmitt destaca que «los liberales se sienten incómodos con el poder y por esto critican más la política que involucrarse en ella» y de pronosticar que «los conservadores ganarán prácticamente todas sus batallas políticas porque son la única fuerza en América que es verdaderamente política», Wolfe concluye: «No en vano la elección de 2004 ha suscitado tanto interés. Estaremos decidiendo, si Schmitt es alguna guía, no sólo quién gana, sino si trataremos al pluralismo como bueno, el desacuerdo como virtuoso, la política como constreñida por reglas, la equidad como posible, la oposición como necesaria, y el gobierno como limitado».

Pero al mismo tiempo un activísimo y profundo intelectual del Islam, S. Parvez Manzoor, se siente atraído ineludiblemente por Schmitt. (La Soberanía de lo Político: Carl Schmitt y la Némesis del Liberalismo). Así dice: «Para los musulmanes, que se hayan en el extremo desfavorecido de la polémica civilizatoria, la lección de Carl Schmitt es precisamente la naturaleza política del orden mundial, la duplicidad de sus instituciones y la mojigatería de sus cruzados morales. El universalismo es la máscara que esconde el semblante de la hegemonía y el poder es el derecho del elegido».

¿Qué hay de particular en este pensador nacional-socialista que convenga por igual a islamistas e izquierdistas, a conservadores y nasseristas? La glosa analítica del Dr. Romero nos presenta la médula del pensamiento de Schmitt. La Ficha Semanal #21 de doctorpolítico corresponde a buena parte de la sección cuarta del capítulo dedicado a Schmitt en Estudios de Filosofía , una lectura decididamente recomendable. Los trozos en cursiva son escritura de Schmitt en su obra fundamental: El Concepto de lo Político.

LEA

De amigos y enemigos

Lo político es aquello que tiene que ver con lo decisivo de la existencia, y lo decisivo es, precisamente, la afirmación existencial frente al «otro»: «La oposición o el antagonismo constituye la más intensa y extrema de todas las oposiciones, y cualquier antagonismo concreto se aproximará tanto más a lo político cuanto mayor sea su cercanía al punto extremo, esto es, a la distinción entre amigo y enemigo». Lo político tiene una esencia pero no una sustancia propia, ya que todos los ámbitos de la realidad, el religioso, el económico, el moral, etc., devienen en ámbitos políticos si esa «oposición decisiva», esa «agrupación combativa» entre amigos y enemigos tiene lugar. Una vez que esa intensificación de la conflictividad se produce, alcanzamos el plano de la decisión existencial, es decir, de lo político:

«…cualquier antagonismo concreto se aproximará más a lo político cuanto mayor sea su cercanía al punto extremo, esto es, a la distinción entre amigo y enemigo… Por sí mismo lo político no acota un campo propio de la realidad, sino sólo un cierto grado de intensidad de la asociación o disociación de hombres… La cuestión no es entonces otra que la de si se da o no tal agrupación de amigos y enemigos como posibilidad real o como realidad, con independencia de los motivos humanos que han bastado a producirla… En cualquier caso es política siempre toda agrupación que se orienta por referencia al «caso decisivo». Por eso es siempre la agrupación humana que marca la pauta, y de ahí que, siempre que existe una unidad política, ella sea la decisiva, y sea «soberana» en el sentido de que siempre, por necesidad conceptual, posea la competencia para decidir en el caso decisivo, aunque se trate de un caso excepcional».

Schmitt insiste que la guerra como tal no es el fin u objetivo de la política, sino su presupuesto, es decir, la opción que siempre está presente como posibilidad real, y que «determina de una manera peculiar la acción y el pensamiento humanos y origina así una conducta específicamente política». No obstante, es claro que su moral (pagana) subyace a su visión de lo político y le empuja inevitablemente a una concepción bélica de la política, una concepción para la cual lo que en última instancia está en juego es la posibilidad de la muerte física de seres humanos, muerte que, sostiene Schmitt, no puede justificarse por motivaciones de tipo normativo sino estrictamente existenciales:

«La guerra, la disposición de los hombres que combaten a matar y ser muertos, la muerte física inflingida a otros seres humanos que están del lado enemigo, todo esto no tiene un sentido normativo sino existencial, y lo tiene justamente en la realidad de una situación de guerra real contra un enemigo real, no en ideales, programas, o estructuras normativas cualesquiera. No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos. La destrucción física de la vida humana no tiene justificación posible, a no ser que se produzca, en el estricto plano del ser, como afirmación de la propia forma de existencia…»

Lo paradójico de estas aseveraciones de Schmitt es que las mismas parecieran expresar una preocupación humanitaria, cuando en realidad son una manifestación particularmente importante de la lucha de Schmitt contra el liberalismo y la moral tradicional, más específicamente contra la tendencia—que Schmitt, como hemos visto, atribuye al liberalismo—a escapar de lo político y su exigencia existencial. Semejante pretensión, sostiene Schmitt, es fútil y contradictoria, ya que cuando la misma se concreta se convierte en una pretensión política, como ocurriría, por ejemplo, si la oposición pacifista contra la guerra llegase a ser tan fuerte que le llevase a una guerra contra los no-pacifistas; a una «guerra contra la guerra», lo cual no haría otra cosa que demostrar «la fuerza política de esa oposición», al agrupar a estos campos en el rango de amigos y enemigos. La importancia que para Schmitt reviste la afirmación de lo político como afirmación existencial—que a su vez requiere la permanente opción de distinguir entre amigos y enemigos—, le conduce a cuestionar la «guerra contra la guerra» y la absolutización del enemigo que tal meta implica. Este tipo de guerras presuntamente idealistas, impulsadas por motivos «nobles» y «puros», son a la hora de la verdad las más crueles, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo al mismo tiempo por medio de categorías morales. Los liberales, que normalmente pierden de vista la realidad de lo político y el imperativo de decidir, reaccionan de manera extrema cuando se topan con un desafío radical que les obliga a hacerlo, y convierten la guerra en cruzada moral, a través de la cual el enemigo real es transformado en enemigo absoluto al que se trata de aniquilar. Frente a esta concepción no-política de la distinción amigo-enemigo, Schmitt reivindica la del «partisano», el guerrillero pre-marxista al que califica de «telúrico», que limita la hostilidad y no absolutiza a su enemigo. Paradójicamente, explica Schmitt, Lenin se une al liberalismo al transformar a su enemigo en enemigo absoluto, al que se combate en una guerra civil a escala mundial de la que eventualmente emergerá como vencedor el comunismo, cuyo propósito final es crear una sociedad perfecta sin amigos ni enemigos. Schmitt defiende al partisano que protege su pedazo de tierra al que le une un lazo autóctono, pero condena a todos los que, como Lenin y los liberales, sueñan con eliminar la razón de ser de lo político y neutralizar la diferencia existencial. En síntesis, Schmitt condena tanto al liberalismo, por su presunta tendencia a emprender guerras que absolutizan al enemigo y pretenden su destrucción, así como a los marxistas como Lenin, que quieren construir una sociedad perfecta, objetivo que lleva al mismo resultado de la cruzada liberal: a la desaparición del enemigo y en consecuencia de la posibilidad de la diferencia.

Aníbal Romero

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FS #20 – Leyes y elecciones

Fichero

LEA, por favor

Alexis Charles Henri Maurice Clérel de Tocqueville (1805-1859) puede ser tenido como una de las mentes sociológicas de mayor penetración. En la obra que lo hizo famoso—La Democracia en América (1835-1840)—llegó incluso a anticipar la preponderancia de los Estados Unidos y de Rusia en el futuro, bipolaridad que no llegó a darse hasta un siglo después de la publicación.

Nacido en Verneuil, Francia, era de extracción noble, como la profusión de sus nombres atestigua. Habiendo comenzado sus estudios de leyes a los 18 años de edad, sirvió como magistrado en Versalles tres años más tarde bajo el reinado de Carlos X, cuyo gobierno fuera depuesto por la revolución de 1830. Junto con su compañero Gustavo de Beaumont solicitó al nuevo gobierno su traslado a América para un reconocimiento y evaluación de las instituciones penales en el nuevo continente. Tal cosa no era sino un pretexto para observar de cerca el desarrollo del sistema democrático norteamericano. La solicitud fue exitosa, y a Nueva York llegó con Beaumont en mayo de 1831.

Después de recorrer más de 11 mil kilómetros en Norteamérica—desde Canadá hasta Nueva Orleáns—regresó a Francia en febrero de 1832. Despachando rápidamente el informe sobre el sistema carcelario, comenzó a trabajar en su obra más conocida, cuya primera parte publicó en 1835. (La segunda parte fue editada en 1840). Nadie menos que el gran John Stuart Mill consideró que la extensa obra de Tocqueville representaba «el comienzo de una nueva era en la ciencia de la política».

Tanto fue el prestigio alcanzado por Tocqueville con la publicación que sobre él llovieron honores, y fue asediado para que regresara a la vida política. En 1839 fue electo a la Cámara de Diputados de su país, en la que sirvió hasta 1851, cuando se retiró de la vida pública para comenzar la escritura de L’Ancien Régime et la Révolution, cuyo primer volumen vio la luz en 1856. Sería el único tomo de lo que prometía ser su obra maestra.

El filósofo alemán Wilhelm Dilthey consideraba que Alexis de Tocqueville había sido «indudablemente el más ilustre de todos los analistas políticos desde Aristóteles y Maquiavelo». «La Democracia en América» pudiera ser considerada, con propiedad, como antropología política de calidad suprema, tantos son el rigor de su observación y la profundidad de sus conclusiones. No hay un autor norteamericano que haya podido superar el análisis de la sociedad estadounidense que aquel joven de veintiséis años construyese durante un viaje de nueve meses entre 1831 y 1832.

La Ficha Semanal #20 de doctorpolítico corresponde a un breve pasaje de «La Democracia en América», y es una muestra convincente de la penetración analítica de Tocqueville. En el trozo en cuestión—La influencia que la democracia americana ha ejercido en las leyes relativas a elecciones—alude a tres de los padres políticos de los Estados Unidos: Madison, Hamilton y Jefferson, a estos dos últimos para citarlos. El lector decidirá si las observaciones de Tocqueville pudieran ser pertinentes al caso venezolano.

LEA

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Leyes y elecciones

LA INFLUENCIA QUE LA DEMOCRACIA AMERICANA HA EJERCIDO EN LAS LEYES RELATIVAS A ELECCIONES

Cuando las elecciones recurren en largos intervalos, el Estado está expuesto a violenta agitación cada vez que tienen lugar. Los partidos hacen el mayor de los esfuerzos por alcanzar un premio que tan rara vez está a su alcance, y como el mal es casi irremediable para los candidatos que fracasan, las consecuencias de su decepcionada ambición pueden llegar a ser desastrosas. Si, por lo contrario, el combate legal puede ser repetido tras un breve lapso, los partidos derrotados se hacen pacientes.

Cuando las elecciones ocurren frecuentemente, su recurrencia mantiene a la sociedad en un perpetuo estado de febril excitación, e imparte una continua inestabilidad a los asuntos públicos.

Así, por un lado el Estado es expuesto a los peligros de una revolución, por el otro a perpetua mutación; el primero de los sistemas amenaza a la propia existencia del gobierno, el segundo es un obstáculo a una política estable y consistente. Los americanos han preferido el segundo de estos males sobre el otro; pero han arribado a esta conclusión más por instinto que por raciocinio; porque un gusto por la variedad es una de las pasiones características de la democracia. Una inestabilidad extraordinaria ha sido, por tales medios, introducida en su legislación.

Muchos de los americanos consideran a la inestabilidad de sus leyes la consecuencia necesaria de un sistema cuyos resultados generales son benéficos. Pero nadie en los Estados Unidos pretende negar el hecho de la inestabilidad, o argumentar que no sea un mal mayor.

Hamilton, después de haber demostrado la utilidad de un poder que pueda prevenir, o al menos dificultar, la promulgación de malas leyes, añade: «Quizás pueda decirse que el poder de impedir malas leyes incluye el de impedir las buenas; y que puede ser usado para un propósito como para el otro. Pero esta objeción pesará poco para quienes puedan estimar adecuadamente los daños de esa inconstancia y cambio en las leyes que constituye el mayor defecto del carácter y genio de nuestros gobiernos». (El Federalista, No. 73).

Y de nuevo en el No. 62 de la misma obra observa: «… La facilidad y exceso en la formación de las leyes parece ser la enfermedad a la que nuestros gobiernos están más expuestos… (Trazar los efectos perniciosos de la) inconstancia que en los concilios públicos surge de una rápida sucesión de nuevos miembros (llenaría un volumen). Cada nueva elección en los Estados cambia la mitad de los representantes. De este cambio de hombres sobreviene un cambio de opiniones (y de) medidas… (lo que) pierde el respeto y la confianza de otras naciones… envenena la bendición de la libertad misma… (y disminuye) el apego y la reverencia… del pueblo hacia un sistema político que revela tantas señales de enfermedad…)»

El mismo Jefferson, el más grande demócrata que la democracia de América ha producido hasta hoy, señaló los mismos males.

«La inestabilidad de nuestras leyes,» dijo en una carta a Madison, «es realmente un serio inconveniente. Creo que debiéramos obviarlo decidiendo que un año entero tenga que pasar entre la consideración de un proyecto de ley y su aprobación final. Después debiera ser discutida y puesta a votación sin posibilidad de efectuar alteraciones; y si las circunstancias del caso requiriesen una decisión más expedita, la cuestión no debiera ser decidida por una mayoría simple, sino por una mayoría de al menos dos tercios de ambas cámaras».

Alexis de Tocqueville

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FS #19 – Capitalismo y democracia

Fichero

LEA, por favor

La revista Facetas, del Servicio Informativo y Cultural de los Estados Unidos, fue una extraordinaria publicación trimestral que dejó de existir a mediados de los años 90. De temática política y cultural, constituyó un estupendo muestrario de ideas y tendencias artísticas e intelectuales, en el que las grandes plumas contemporáneas norteamericanas encontraron cabida. Seymour Martin Lipset, Daniel Bell, Francis Fukuyama, Joseph Nye, Daniel Yergin, Arthur Schlesinger Jr., Samuel Huntington, Peter Drucker, entre muchos otros, poblaron las páginas de una revista—cuyo deceso es de lamentar—con agudas y actuales percepciones.

El contenido de esta Ficha Semanal #19 de doctorpolítico está tomado de un artículo publicado en el número 90 de Facetas, correspondiente al cuarto trimestre de 1990. Su autor es Michael Novak, filósofo de la religión y escritor, que a la sazón era Director de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad de Notre Dame. El artículo había sido publicado anteriormente en Commentary, muy importante revista de opinión editada por el American Jewish Committee.

Novak fue galardonado con el Premio Templeton para el Progreso de la Religión en 1994, y el 10 de febrero de 2003 disertó en la Ciudad del Vaticano—por invitación del embajador norteamericano ante la Santa Sede—sobre el tema «Guerra Asimétrica y Guerra Justa», referido específicamente a la «justicia» de una guerra contra Irak. En esa ocasión Novak argumentó a favor de la noción de que la guerra contra ese país debía considerarse justa, dado que, según su apreciación para el momento, Saddam Hussein tenía «los medios para desatar una devastadora destrucción sobre París, Londres, Chicago o cualquier ciudad de su elección en cuanto sea capaz de encontrar soldados de a pie clandestinos e indetectables para que lleven pequeñas cantidades de gas Sarín, toxina botulínica, ántrax y otros elementos letales hasta blancos predeterminados». Como sabemos todos a estas alturas, la premisa mayor de Novak resultó ser falsa, según se desprende del reciente informe de Charles Duelfer, el Inspector Jefe en Irak de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana, en el que se establece que Hussein no disponía de las armas de destrucción masiva sobre cuya existencia se predicó la cruzada de Bush Jr.

En todo caso, la opinión de Novak en el artículo de Facetas—Tedio, Virtud y Capitalismo Democrático—suscitado en gran medida por el certificado de defunción de la historia que Francis Fukuyama expidiera, resulta ser tanto interesante como pertinente. Novak no se muestra demasiado de acuerdo con Fukuyama: «De este modo, incluso con el supuesto hegeliano tan dudoso de que la historia puede llegar a término, es de fijo un tanto prematuro anunciar que eso ha ocurrido ya. Las instituciones que realicen la triple liberación de la política, la economía y la cultura están aún por ser construidas en la mayor parte de la faz de la Tierra». Los cubanos, los venezolanos, y ahora los uruguayos, ya sabemos de cierto que las ideologías izquierdistas no han muerto todavía.

LEA

Capitalismo y democracia

Es cierto que la comunidad en el sentido del sociólogo, la Gemeinschaft—aquella larga y estrecha vinculación con la vida pueblerina a lo largo de muchas generaciones entre personas de la misma fe e intereses familiares—es menos posible en las sociedades dinámicas y móviles. A pesar de ello, la antigua sentencia de que los seres humanos son animales sociales es válida claramente en las sociedades capitalistas. Se afirma que existe mucha soledad en tales sociedades, pero si se acepta que cierta soledad es inherente a la libertad personal, la mayor parte de las actividades económicas bajo el capitalismo contemporáneo—con sus comités, sus reuniones y sus consultas—no tienen otro carácter sino el asociativo.

Por último está la competitividad, reconocida universalmente como la cualidad suscitada por las sociedades capitalistas, pero casi siempre considerada un vicio. Empero es a la vez un centinela de la imparcialidad en la economía y una defensa contra la colusión monopolística no sólo en la esfera económica, sino también en los ámbitos de la ética y la religión, por no mencionar la política. Un famoso pasaje de El Federalista—las cartas de los Fundadores a los periódicos explicando la Constitución y apremiando a su ratificación—lo plantea así:

«La gran seguridad contra una concentración gradual de los distintos poderes en un mismo departamento consiste en otorgar a quienes administran éste los medios constitucionales y los motivos personales necesarios a fin de resistir las intervenciones de los demás. La defensa prevista en este caso, al igual que en todos, debe ser conmensurada con el peligro de ataque. Debe hacerse que la ambición contrarreste la ambición. El interés del hombre debe conectarse con los derechos constitucionales del lugar. Acaso refleje la naturaleza humana el hecho de que deban ser necesarias semejantes disposiciones para controlar los abusos del gobierno. Pero ¿qué es el gobierno sino el mayor de los reflejos de la naturaleza humana? Si los hombres fuesen ángeles, no sería preciso ningún gobierno. Si los ángeles fueran a gobernar a los hombres, no harían falta controles externos ni internos al gobierno». (Las cursivas son nuestras).

Desde el principio se pretendía que las sociedades democrático-capitalistas estuviesen construidas según la pauta del «sistema de la libertad natural». Quería implicarse que tal sistema pertenecería a todos los humanos, quienquiera que fuesen. Sería adaptable a las costumbres locales, las historias, las tradiciones y las culturas con sólo que éstas abriesen los caminos institucionales a las capacidades humanas universales de reflexión y elección: en la política, la economía y en el ámbito de la conciencia y la cultura. El sistema no estaba proyectado para judíos o cristianos nada más, ni para anglosajones o franceses; estaba proyectado para todos los seres humanos.

Esta pretensión no la descarta el hecho histórico de que las visiones y prácticas que en principio condujeron al desenvolvimiento de las instituciones necesarias surgieran por primera vez en tierras hondamente conformadas por las enseñanzas del judaísmo y el cristianismo. Por supuesto, no fue un accidente que el capitalismo democrático se realizara inicialmente en forma embrionaria en dichas tierras. Judaísmo y cristianismo son, en un importante sentido, religiones de la historia y, en consecuencia, de la libertad.

De acuerdo con esta visión filosófico-teológica, cada ser humano tiene dignidad, es sagrado en un sentido en virtud de su capacidad de reflexión y elección; una alianza en la cual se ingrese libremente es el modelo supremo al cual pueden aspirar las comunidades humanas. Se concibe la civilización como una ciudad ideal donde los hombres se tratan no mediante la fuerza o la coerción, sino con la conversación de la razón.

De estas creencias proceden, en última instancia, las palabras de Thomas Jefferson en la Declaración de Independencia:

«Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que su Creador los dotó de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos que derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que tan pronto como cualquier forma de gobierno se vuelve destructora de estos fines el pueblo tiene el derecho de alterarlo o abolirlo y de instituir un gobierno nuevo, estableciendo su fundamento en principios tales, y organizando sus poderes en forma tal, que en su concepto considere el más apto para proporcionar seguridad y felicidad».

No obstante, afirmar que de las convicciones de judíos y cristianos acerca de la naturaleza y el destino humano parece derivarse directamente un «sistema de libertad natural», no significa que las sociedades libres se restrinjan a quienes sustentan tales creencias, ni que los detalles de estas sociedades fueran elaborados, o sólo pudieran haberlo sido, por creyentes judíos y cristianos. La verdad es que muchos de los discernimientos y experimentos institucionales prácticos indispensables para el desarrollo posterior de las sociedades democrático-capitalistas los preconizaron primeramente las culturas paganas de Grecia y Roma y, más tarde, algunos que se oponían al judaísmo y al cristianismo. Por lo demás, en las décadas recientes, el éxito de Japón y otras sociedades ajenas a la órbita judeocristiana al emular el modelo democrático-capitalista de desarrollo ha proporcionado una demostración concluyente de lo que los Fundadores norteamericanos sostenían a propósito de la libertad natural; es decir, una libertad no sólo disponible para judíos y cristianos sino para todos.

¿Qué decir entonces del futuro? En 1948 sólo 48 países firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en tanto que hoy la lista de países ha crecido hasta 166. Se han realizado muchos experimentos de ideología y construcción de sistemas y se han observado sus deplorables resultados. En particular, la muerte del ideal socialista –cuando menos dentro de las sociedades socialistas, aunque no entre numerosos intelectuales y clérigos del mundo capitalista– parece haber despejado el camino para nuevas valoraciones y para el establecimiento de varias proposiciones.

1. Incluso bajo el poder de estados, policías secretas y torturadores, la conciencia individual ejerce su vigor e infunde al alma un sentimiento de derechos inalienables.

2. Alguna forma de gobierno democrático-republicano representa la protección más adecuada de estos derechos, el mejor recurso institucional para «asegurarlos».

3. Una economía libre es condición necesaria, aunque no suficiente, para la práctica feliz de la democracia.

4. Una vida moral y cultural libre—libertad de conciencia, de información y de ideas—es indispensable tanto para la democracia como para el desenvolvimiento económico.

5. Una economía libre, que conceda un lugar adecuado a la iniciativa económica personal y a las capacidades humanas para la creatividad, es el mejor medio sistémico para conseguir escapar pronto de la pobreza.

6. La causa de la riqueza de las naciones es, más que nada, la mente creadora—la invención, el descubrimiento, la iniciativa personal y en grupo—así como las instituciones libres que la sostienen.

Que todo esto avance hacia el reconocimiento y la aceptación universales es algo que resulta maravillosamente animador, pero tampoco hay que extremar el optimismo todavía. Los seres humanos siempre dicen que quieren libertad, pero—como decía Dostoievski—lo primero que hacen al obtenerla es devolverla. Por añadidura, mucho de lo que parece prometedor nunca llega a fructificar y en ocasiones surgen horribles males del que a primera vista parece ser un pueblo próspero y altamente civilizado.

Michael Novak

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