por Luis Enrique Alcalá | Ene 25, 2005 | Fichas, Política |

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Como saben los suscritores de doctorpolítico, este servidor se aproxima a la Política desde un punto de vista médico; esto es, hace Medicina Política. Comoquiera que se trata de un punto de vista poco común, ha sido un alivio comprobar que una honestidad y capacidad intelectuales y profesionales como las del Dr. José Toro-Hardy hace tiempo han indicado que la insistencia médica no es un desvarío. El Dr. Toro-Hardy es, sin duda, uno de los más prestigiosos economistas venezolanos, y uno de los más conocidos también, gracias a sus recientes y aleccionadores programas de televisión, en los que exhibe el dominio de su profesión y del especial tema petrolero enmarcado en un detallado conocimiento de la historia pertinente, sea ésta local o mundial.
En uno de sus múltiples y positivos roles, el de educador, el Dr. Toro-Hardy propone que se organice a la Economía según el patrón de la Medicina: una Anatomía Económica, una Fisiología Económica, una Patología Económica. Así dice en el capítulo Conceptos Fundamentales de sus Fundamentos de Teoría Económica (Panapo, mayo 2003): «En un intento por facilitar la comprensión de la economía, nos ha parecido oportuno sugerir que ésta sea enfocada de la misma forma como se estudia la medicina».
Fundamentos de Teoría Económica es un transparente y utilísimo libro de texto de Economía que además contiene una extensa segunda parte: Un Análisis de la Política Económica Venezolana. Se trata de un compacto y bastante completo recuento de las políticas económicas del Estado Venezolano de 1936 hasta fines de 1992, organizado por períodos presidenciales y presentado desde la virtud pedagógica que caracteriza al autor. Pero el Dr. Toro-Hardy ha escrito otros libros, y esta Ficha Semanal # 30 de doctorpolítico se compone de un trozo de la amplia introducción de Oil: Venezuela and the Persian Gulf, libro que puede ser considerado la biblia argumental de la apertura petrolera venezolana. Publicado en 1994 y escrito originalmente en inglés, constituyó el discurso promotor principal del regreso de operadoras petroleras a Venezuela durante la segunda presidencia del Dr. Rafael Caldera. En este período el Dr. Toro-Hardy perteneció al Directorio de PDVSA que presidió el ingeniero Luis Giusti.
Este libro-motor esboza su tesis fundamental en una sucinta nota introductoria de dos de los obsequiantes del libro, la Editorial Panapo y el Grupo Zuma, empresa privada venezolana a la que el Dr. Toro-Hardy estaba entonces asociado. Al advertir que el libro repasaría las crisis petroleras más importantes de la segunda mitad del siglo XX, la nota en cuestión expone y anticipa: «Todos estos conflictos y factores han interrumpido periódicamente la estabilidad de los mercados petroleros mundiales. En cada crisis Venezuela vino al rescate de un mundo atribulado por la escasez de energía. En la actualidad, este país ha admitido la necesidad de promover nuevas fórmulas de asociación en su industria petrolera con participación de capital privado extranjero y nacional».
Todo el libro es un impecable discurso sobre la profunda lógica de la inversión extranjera en la industria petrolera venezolana desde el punto de vista de las compañías transnacionales, vista la estabilidad política ofrecida por el país a lo largo de la media centuria recontada en el libro: «Venezuela nunca ha puesto el petróleo al servicio de ninguna causa política…» Este rasgo otrora distintivo de Venezuela ha dejado de poderse asegurar al mundo con las orientaciones del gobierno de Hugo Chávez, que justamente hace lo contrario. El gobierno del sobresalto es, ante todo, el mayor factor de inestabilidad endógena para los venezolanos y, como mantiene un esquema de despliegue transnacional, asimismo uno de los mayores desestabilizadores en América del Sur. Y si el libro del Dr. Toro-Hardy funciona como un nutrido y válido teorema, no debe ser tan difícil sacar conclusiones. LEA
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Historia de dispendio
Tal vez el efecto más sorprendente de los drásticos aumentos de los precios del petróleo a partir de 1974 se sintió en las propias naciones de la OPEP. En términos de ingreso, el petróleo había contribuido con 7 mil millones de dólares a las naciones de la OPEP en 1970, mientras que en 1980 la cifra excedió los 300 mil millones.
La pregunta a formular es la siguiente: ¿qué ha sucedido con el enorme volumen de recursos que estas naciones tuvieron a su disposición? ¿Qué efecto tuvo esta riqueza sobre estas sociedades?
La respuesta es simple. Ninguno de estos países estaba en condiciones de absorber eficientemente el volumen de ingreso en un tiempo tan breve. De hecho, la calidad y cantidad de los recursos humanos no fueron suficientes para lograr las ambiciosas metas de desarrollo que habían sido establecidas. Por tanto, en la mayoría de los países miembros de la OPEP la bonanza trajo más daño que beneficio.
Examinemos por ejemplo el caso de Irán. Hacia 1979 la desestabilización debida al exceso de riqueza había alcanzado tales proporciones que la posición política del Shah se hizo insostenible y éste fue forzado a abandonar el país. El control pasó a manos de un gobierno teocrático encabezado por el Ayatollah Khomeini. A partir de entonces Irán, dirigido por musulmanes fundamentalistas pasó a ser por un buen tiempo—quizás todavía—un elemento desestabilizador en toda la región del Medio Oriente.
Poco tiempo después, en 1980, explotó la guerra entre Irán e Irak, causando el sacrificio de la vida de cientos de miles de jóvenes, con notable éxito en ocasionarse mutuamente el mayor daño posible. Ahora ambos países sufren las ominosas consecuencias de una guerra que terminó ocho años más tarde, sin que rindiera ventajas especiales para ninguno de los bandos y dejando exhaustos a ambos contendores.
Como resultado de esa guerra, la economía de Irak quedó en serios problemas y la tasa de endeudamiento del país llego a ser astronómicamente elevada. Para resolver el problema, Irak decidió, unos años después, invadir a Kuwait, un estado vecino pequeño pero inmensamente rico, que antaño había sido uno de sus principales benefactores—cerca de 16 mil millones de dólares habían sido prestados a Irak por esa nación durante el conflicto con Irán. Esta invasión dio origen a un serio trauma en todo el mundo en momentos cuando se creía que el fin de la guerra fría pudiera introducir una prolongada era de paz que pudiera beneficiar a toda la humanidad.
Incluso Arabia Saudita, el más rico de los miembros de OPEP, ha tenido que enfrentar serios problemas económicos que han llevado a esta nación a sucesivas devaluaciones monetarias y la posposición de sus ambiciosos programas de desarrollo. Muchos analistas consideran que la casa reinante en Arabia Saudita podría encontrar dificultad a largo plazo para sobrevivir ilesa el trauma causado por la invasión de Kuwait a manos de Irak.
En una situación igualmente comprometida está Nigeria, un país sumergido en problemas sociales tremendos como consecuencia de una población recrecida de casi 95 millones de habitantes. Desde 1979 ha habido allí varios intentos de golpe de Estado.
Por lo que respecta a Libia, los problemas de esta nación son también de proporciones dramáticas. Este país se ha convertido en un factor desestabilizador cuyos tentáculos se han extendido por el mundo entero en el patrocinio de las más variadas actividades terroristas. La consecuente y trágica pérdida de incontables vidas por este concepto es difícil de evaluar. Según autoridades norteamericanas, existe evidencia de que Libia es capaz de fabricar armas de guerra química, incluyendo gas letal. Los intentos de esta nación para la procura de cohetes que puedan alcanzar territorio israelí son bien conocidos. En diversas ocasiones Libia ha tenido confrontaciones agresivas abortadas con los Estados Unidos, incluyendo el bombardeo norteamericano de varios enclaves estratégicos en territorio libio.
En el caso de Venezuela, después de la bonanza de los 70, la aguda y prolongada crisis que ha sufrido el país es conocida por todos. En 1990 el nivel y estándar de vida de los venezolanos era inferior al de 1973. La más deplorable consecuencia de la súbita riqueza que envolvió a esta nación durante esos años fue la profunda crisis moral y el tremendo desarreglo de valores que había sufrido la sociedad.
Como resultado de los ingresos extraordinarios cosechados con ambos shocks petroleros, el país se acostumbró a un nivel de gasto público que se hizo insostenible una vez que los precios petroleros bajaron. Sin embargo, los gobiernos sucesivos fueron incapaces de reducir los gastos. Esto trajo consigo un endeudamiento externo masivo, la progresiva devaluación de la moneda y niveles inflacionarios desconocidos en esta nación hasta ese momento. Una reducción en el salario real de los trabajadores y la percepción de una corrupción generalizada condujo al enjuiciamiento del presidente Carlos Andrés Pérez por el Congreso en 1993. No obstante, Venezuela nunca abandonó el camino constitucional y continúa siendo la nación democrática más vieja de América Latina.
José Toro-Hardy
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 11, 2005 | Fichas, Política |

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Una larga vida de 86 años (1889-1975) fue la de Arnold Toynbee, el historiador británico que entendía la historia como una sucesión de civilizaciones antes que como secuencia de regímenes políticos. Este más alto punto de vista le convirtió en figura señera de la disciplina histórica en el siglo XX, y en sabio a quien su opinión le fuera solicitada con frecuencia.
Entre 1934 y 1961 se ocupó de producir su monumental Estudio de la Historia, en doce volúmenes. En esa obra despliega un análisis comparativo de 26 civilizaciones, para las que registra su origen, su desarrollo y su final desintegración. Las civilizaciones mueren, según Toynbee, no porque fracasen en adaptarse a retos físicos o ambientales, sino porque no son capaces de responder a los de índole moral o religiosa. Así, por ejemplo, Toynbee no cree que el Imperio Romano se derrumbara por causa del asedio bárbaro, sino porque el «proletariado interno» del cristianismo, portador de valores muy diferentes a los que permitieron el desarrollo del imperio, habría erosionado a Roma desde sus propias entrañas.
Oxford University Press publicó en 1971 el libro Surviving the Future, que recoge varios días de diálogo entre el decano de los historiadores y el profesor Kei Wakaizumi, de la Universidad Kyoto Sangyo en Japón. Wakaizumi invitó a Toynbee a dialogar sobre los temas que más interesaban a la juventud japonesa cuando comenzaba la séptima década del siglo pasado. El maestro aceptó la invitación, según sus propias palabras, «con alegría y presteza de ánimo», y se dispuso a entablar la conversación con la guía de una lista de 67 preguntas formuladas por Wakaizumi. El diálogo entero fue publicado en japonés, en forma seriada, en el periódico Mainichi Shimbum. La publicación de Oxford reagrupó los materiales, con la ayuda editorial de la señora Toynbee, en el libro mencionado, consistente de siete grandes capítulos. (Más un prefacio, una introducción y unos comentarios finales). La Ficha Semanal #29 de doctorpolítico se compone con unos pocos fragmentos del capítulo V del libro, bajo el título «La Educación: Un Medio de Cambio Constructivo». A sus 82 años Toynbee parecía haberse vuelto, a juzgar por sus respuestas en este punto, alguien bastante comunista.
La primera de las preguntas formuladas a Toynbee por Wakaizumi da origen al primer capítulo, El Propósito de la Vida, en el que el entrevistado se explaya en contestación a la siguiente cuestión: «La consecuente confusión, presión, tensión que sufrimos hoy nos mueve a reconsiderar la pregunta fundamental del significado y finalidad de la vida. ¿Para qué debe vivir el hombre?» Toynbee contesta: «Diría que el hombre debe vivir para amar, para comprender y para crear».
Siendo que todo el ejercicio tenía por público preferente la juventud japonesa, Toynbee se dirige directamente a ella al cierre de su propio prefacio: «Si quieren tener éxito, deberán arreglárselas para retener las virtudes de la juventud cuando hayan alcanzado su madurez y hayan asumido las responsabilidades que vienen con ella. Las virtudes de la juventud son el desinterés y la apertura de mente. Aférrense a ellas. Las necesitarán el doble cuando sean el doble de viejos de lo que hoy son».
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De un viejo maestro
Si no ponemos cuidado, el destino de la gran mayoría de la población duplicada o triplicada de este planeta puede ser el de vivir desempleada en poblados de ranchos, subsistiendo de limosnas inadecuadas ofrecidas con resentimiento por la minoría productiva, la que viviría ella misma con el temor de ser masacrada por la resentida mayoría desempleada. La minoría productiva dominante pudiera tratar de impedir cualquier intento de la mayoría por deponerla enfrentando su número contra la habilidad y el poder de la minoría. La minoría pudiera tratar de protegerse reuniendo a las masas en manadas y reservaciones cercadas con alambres de púa electrificados; o pudiera tratar de exterminarlas, como los nativos de Tasmania, Australia, los Estados Unidos y el Brasil han sido de hecho exterminados en gran medida en la era moderna. Pero en vista de la gran disparidad numérica entre la indeseada e inempleable mayoría y la minoría productiva, me parece más probable que sea la minoría la que fuera en gran parte exterminada. Si tal cosa llegare a ocurrir, la mayoría pronto sería drásticamente reducida en magnitud por la hambruna, la enfermedad y la mutua carnicería, y entonces la humanidad se encontraría de regreso al estado que dejó atrás al despuntar la edad del Paleolítico Superior.
Esta predicción puede sonar como una pesadilla fantástica, pero se haría realidad si no adoptamos medidas activas para impedir que suceda. Si queremos evitar esta situación, la mayoría desempleada tendrá que recibir algo más que una mera limosna de la minoría productiva; tendrá que ser subsidiada generosamente, con tacto, y de manera creativa.
Tendremos que compartir los frutos de la tecnología con toda la humanidad. La noción de que los productores directos e inmediatos de la tecnología tienen derechos de propietario a estos frutos tendrá que ser olvidada. Después de todo ¿quién es el productor? El hombre es un animal social, y el productor inmediato ha sido ayudado a producir por la estructura toda de la sociedad, comenzando con su propia educación. Así que no es razonable que pretenda tener un derecho propietario a su producto y, bajo las nuevas condiciones de automatización, tal cosa no tendría ningún sentido. Nuestro principio futuro deberá ser: «A cada hombre según sus necesidades en vez de según su producción». Y entonces, cuando hayamos satisfecho las necesidades materiales del hombre, deberemos ofrecerle ámbito para satisfacer sus necesidades espirituales. Tendremos que vencer la sensación de que es casi una desgracia no estar empleado en el sentido técnico de no estarlo en trabajo por el que se perciba un salario. Buda y Jesús fueron desempleados en este sentido—esto es, en términos económicos. Pero nadie se aventuraría a decir que fueran de hecho improductivos. Sólo si confinamos nuestra definición de productividad a la producción material podremos llamar improductivos a Buda y Jesús.
El lado material de la naturaleza humana no es un fin en sí mismo. Es sólo el medio para un fin. Ya he mostrado creer que los propósitos verdaderos de la vida humana son espirituales; seguramente deberemos hacer que las máquinas sean nuestro sirviente para ayudarnos a lograr estos propósitos espirituales. Serán nuestro dueño, quizás, en el sentido de que tendremos que vivir en el ambiente no propicio de las fábricas y las oficinas de las grandes ciudades; pero, en cualquier ambiente podemos llevar una vida espiritual, y es para esto que es el hombre.
Los seres humanos, en su mayor parte, se aburren rápidamente con el ocio, y tarde o temprano, creo, también se sacian de ver deportes o incluso practicarlos. La mayoría desempleada tendrá que ser estimulada para que encuentre satisfacción en algún empleo no económico. En otras palabras, tendrá que ser educada en el uso apropiado del tiempo libre. Ya he indicado los campos de actividad no económica en los que creo hay un espacio ilimitado para un número ilimitado de personas. El pensamiento, el arte y la religión son campos en los que el lado espiritual de la naturaleza humana puede hallar un ámbito infinito. Será difícil y tomará tiempo reeducar al hombre industrializado, o mostrarle cómo reeducarse a sí mismo, de forma que pueda hacer un uso positivo de su ocio. Si podemos tener éxito en lograrlo, podremos ver un nuevo florecimiento de la cultura—un segundo Renacimiento—en lugar del desarrollo de una sociedad parasitaria, la que, como el proletariado urbano del Imperio Romano, viva para «pan y circo» y revierta al salvajismo si no los obtiene.
Arnold Toynbee
por Luis Enrique Alcalá | Ene 4, 2005 | Fichas, Política |

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La Ficha Semanal #28 de doctorpolítico, que comienza este año de 2005, se atiene a reproducir un artículo del suscrito en El Diario de Caracas, publicado el 28 de diciembre de 1998, poco después de que Hugo Chávez fuese proclamado Presidente Electo en acto al efecto del Consejo Supremo Electoral.
Su tema es el de la inconveniente y perniciosa glorificación que Hugo Chávez insistía en hacer de la desgraciada fecha del 4 de febrero de 1992, cuando se levantó en armas contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, execrado por la mayoría de la población pero legítimamente constituido. De hecho, Chávez quiso que su toma de posesión coincidiera con el séptimo aniversario de su inconstitucional intento. Al no verse complacido en esta pretensión cuidó de que uno de sus primeros actos de gobierno fuese una celebración de su asonada el 4 de febrero de 1999 con desfile militar en el paseo Los Próceres.
El presidente Chávez y el suscrito hemos tenido un solo intercambio personal. Durante el año de la campaña electoral de 1998 el Presidente de J. Walter Thompson de Venezuela, Roberto Coimbra, convocó a varios desayunos con los candidatos de la época, y a mí me tocó invitación para un desayuno con Hugo Chávez, quien se hizo acompañar de William Izarra. Así relaté el encuentro en el #100 (19 de agosto de 2004) de la Carta Semanal de doctorpolítico: «En desayuno al que fuéramos invitados en plena campaña electoral de 1998 (en las oficinas de la agencia de publicidad J. Walter Thompson) dijimos al mismísimo Hugo Chávez, expositor de circunstancia, que el titular del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad, y no una logia de una decena de comandantes que sin ningún derecho juraran alzarse ante los restos de un decrépito y patriótico samán. En la misma ocasión le quisimos hacer entender que si insistía en glorificar su criminal aventura de 1992 no tendría ningún sentido establecer un diálogo al que me invitaba, tras mi declaración primera, en compañía de William Izarra».
La lógica del revolucionario puede vivir muy cómodamente con la inconsistencia. Puede condenar y acusar a sus adversarios por «golpistas» mientras sostiene con el mayor desenfado que sus propias ejecutorias a este respecto son heroicas y dignas. Pero no podemos rendirnos ante esa «lógica»; por esto es preciso recordar siempre el abuso de poder que constituyó el primer acto político de la carrera de Hugo Chávez.
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El abuso del 4 de febrero
En vano he buscado identificar al autor de una estupenda frase. Perdí su nombre hace ya varios años, y aunque he trasegado el Diccionario Oxford de Citas—sé, al menos, que el autor es inglés—y otras colecciones similares, no logro dar con su identidad. Por eso no puedo darle crédito. La frase es la siguiente: «La propaganda del vencedor es la historia del vencido». Es una terrible frase y es un pensamiento muy certero. Quien cuenta la historia es quien ha ganado.
La frase ha venido de nuevo a mi memoria a raíz de la insistencia del Presidente Electo, incluso en su improvisado discurso el día de su proclamación por el Consejo Nacional Electoral, en justificar su rebelión del 4 de febrero de 1992. En tal ocasión, de modo por lo demás inoportuno e inelegante, pretendió una vez más justificar lo injustificable y, de paso, en un acto que contó con la presencia del Presidente en ejercicio, expuso la tesis de que de alguna manera la asonada de aquel día había legitimado a Rafael Caldera.
El autor de estas líneas había pronosticado, en trabajo concluido en septiembre de 1987—Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela—algún intento de golpe de Estado en fechas cercanas a 1992. Decía en ese trabajo: «Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable».
Hacia mediados de 1991 era evidente la conformación de una matriz de la opinión pública venezolana sobre un agudo e inconveniente dilema: o Pérez o golpe. El desasosiego que tal situación causaba me llevó a escribir un artículo que fue publicado en este diario el domingo 21 de julio de ese año, unos seis meses antes del intento de Chávez Frías. Remataba el artículo del modo siguiente: «El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional. El Presidente tiene en sus manos la posibilidad de dar al país, y a sí mismo, una salida de estadista, una salida legal».
¿Había verdaderamente la posibilidad de esa salida?
El método médico
Hipócrates produjo, en tiempos de la Grecia clásica, el primer código de ética profesional que registra la historia. En una de sus estipulaciones, Hipócrates produce una clara distinción entre el arte de los médicos y el de los cirujanos. De hecho, jura no «cortar a sus pacientes que sufren bajo la piedra» y declara que dejará tal práctica a quienes desempeñen el arte de la intervención quirúrgica. (Todavía en épocas relativamente recientes, los cirujanos, los dentistas o sacamuelas y los barberos formaban un gremio distinto al de los médicos).
El equivalente político de la cirugía es el procedimiento violento del golpe de Estado y de la guerra. El político, como el médico, llegará a recomendar la intervención quirúrgica sólo como último y desesperado recurso. Es decir, el recurso del golpe de Estado o la intervención armada no tiene sentido mientras subsistan medios pacíficos para resolver los problemas que cause un mal gobierno, así como no es dado en derecho a nadie tomar justicia por su propia mano.
A partir de comienzos de 1991 había comenzado a gestarse una creciente presión cívica contra Carlos Andrés Pérez. Varias personalidades distinguidas del país hablaban claramente de la crisis de gobernabilidad del momento. Arturo Úslar Pietri, por ejemplo, entrevistado por Marcel Granier en su programa Primer Plano. en diciembre de 1991, exponía su angustia y recomendaba su clásica receta de un comando de crisis ante la delicada situación. Por lo que respecta a mi caso, escribí cuatro artículos más sobre la conveniencia de que Pérez renunciara, en una serie que iba escalando la virulencia del planteamiento y culminaba el día 3 de febrero de 1992, un día escaso antes de la rebelión. Es decir, el estado de opinión contra la permanencia de Pérez en el poder se ampliaba con el correr de los días, y no es inconcebible que hubiera terminado en su salida de la Presidencia de la República como consecuencia de la presión cívico-legal, como de hecho ocurrió después en 1993.
Claro que no todo el mundo pensaba de ese modo. Pocos días después de la aparición del primero de mis artículos sobre el tema, Alberto Müller Rojas—el jefe de campaña del polo «patriótico» que parece el más fuerte candidato al cargo de Canciller—argumentaba, en este mismo diario, que era iluso pensar que Pérez se aviniera a renunciar.
Igualmente, no puede discutirse que las intentonas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 agudizaron el proceso y aceleraron los procedimientos legales contra Pérez. ¿Es que no fue, entonces, legítimo el intento de golpe de Estado de Chávez Frías, como ahora insiste en declarar convertido ya en Presidente Electo?
Una vez más trataré de explicar a quien sucederá a Rafael Caldera el próximo 2 de febrero por qué su acto rebelde del 4 de febrero de 1992 constituyó un verdadero abuso de poder, dado que estaba armado en su condición de militar activo y comandante de tropas.
El derecho de rebelión
La figura del derecho de rebelión es reconocida en la literatura jurídica. Algún atrabiliario columnista ha intentado tomar este camino para celebrar la reciente justificación del discurso de Chávez Frías el día de su proclamación. En la extensa obra de Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, se encuentra una escolástica discusión del empleo de métodos violentos en la acción política.
Uno de los documentos en el que se encuentra más claramente expresado el derecho de rebelión es la Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776). En este texto se estipula que, cuando un gobierno sea inadecuado o contrario a los propósitos para los que ha sido establecido «una mayoría de la comunidad tiene un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en tal forma que se juzgue más conducente al bienestar público».
En esa redacción se encuentra la clave para entender el abuso de Chávez Frías y los restantes conjurados de 1992. El sujeto del derecho de rebelión es una mayoría de la comunidad. Los conjurados del 4 de febrero, que por propia admisión de Chávez Frías estaban juramentados como conspiradores desde hace dieciséis años, no son, claramente, una mayoría de la comunidad. Después de la triste fecha escribí: «… ni necesitamos ni queremos otro intento militar para resolver esta crisis. La soberanía no reside en los generales, no reside en Fedecámaras, en la CTV, en las universidades, en la Causa R, en la iglesia católica, en las otras iglesias todas reunidas, en las asociaciones de vecinos. La soberanía reside en el pueblo. En el pueblo todo. Ningún segmento, por más lúcido, capacitado o bien intencionado que pueda ser, tiene derecho a suplantar al cuerpo social en su conjunto».
Ningún cirujano tiene derecho a intervenir a un paciente sin su consentimiento. En la única circunstancia de un herido grave que se halle inconsciente, y que requiere una operación para salvarle, podrá un cirujano abrir su cuerpo justificadamente. Venezuela no se hallaba inconsciente del problema de Pérez a comienzos de 1992. Por lo contrario, como he explicado, cada vez había más consciencia en torno al tema, a pesar de lo cual los venezolanos expresábamos reiterada y tercamente, en cada sondeo de opinión levantado por esas fechas, que no queríamos intervenciones armadas.
No fue pues que solamente Chávez Frías y sus socios conspiradores abusaron de un pueblo desprevenido: por encima de eso actuaron en flagrante contravención de expresos deseos de la mayoría de la comunidad.
La única legitimación
Hugo Chávez Frías es ahora el legítimo Presidente Electo. Lo es no porque se hubiese alzado en 1992, sino porque obtuvo una mayoría de votos en las recientes elecciones presidenciales. El pueblo que lo eligió no salió a defender su acción durante el 4 de febrero –como tampoco, es cierto, salió a defender a Pérez, que fue lo que Caldera destacó en su famoso discurso de la tarde de ese día. No salió a defender al segundo tomo de la conjura el 27 de noviembre, ni siquiera cuando fue convocado explícitamente para eso por el inolvidable y corpulento señor de la camisa rosada.
El pueblo no le concedió a Chávez Frías mayor apoyo hasta comenzado este año de 1998, pues durante cinco años nunca estuvo en las encuestas por encima de un diez por ciento de la preferencia nacional. Su opción comienza a ascender sólo después del desplome del primer cauce electoral del descontento venezolano: Irene Sáez, que abrió la boca en demasía y a quien se le cayó la estatua ecuestre de Bolívar en Chacao.
La legitimidad indudable de Chávez Frías, entonces, le viene de los votos y del enorme esfuerzo político de su campaña, justo es reconocérselo. De las varias vueltas que dio por el país, argumentando, discutiendo, convenciendo. Si Sáez no hubiera sido Sáez, si Salas no hubiera sido Salas o Alfaro no hubiera sido Alfaro; si hubiese sido posible la emergencia de un competidor verdaderamente sustancial y pertinente, Chávez Frías no habría sido nunca elegido Presidente. Ahora lo es, y del mismo modo que ahora escribo esto, condenaría cualquier intento parecido al suyo en su contra.
Mi recomendación sincera y firme al Presidente Electo es, por tanto, la siguiente: deje Ud. de intentar la justificación de su abusivo acto del 4 de febrero; base Ud. su ejecutoria en lo que ha tenido de actuación democrática; gobierne admitiendo con humildad el error de la conjura. O, simplemente, calle al respecto.
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 27, 2004 | Fichas, Política |

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La Academia Nacional de Ciencias Económicas de Venezuela editó en 1992 un extraordinario libro del Dr. Raúl Sosa Rodríguez: «Historia de las Relaciones Económicas Internacionales de la América Latina». Originalmente la tesis presentada por el autor para optar al Doctorado en Economía en la Universidad de Ginebra, el texto fue ampliado posteriormente para incluir la relación de lo acaecido en la región con posterioridad a 1963. Es con unos pocos fragmentos del libro con los que está compuesta esta Ficha Semanal #27 de doctorpolítico.
En poco más de cuatrocientas páginas llenas de información y buen criterio, el Dr. Sosa Rodríguez acierta a explicarnos con gran claridad y pedagógico arte la compleja evolución de las economías latinoamericanas desde sus orígenes independentistas hasta finales del siglo XX. La lectura de este libro nos remunera con la comprensión histórica y con una desmitificación acerca de nuestro desarrollo económico. Su enfoque, pudiera decirse, es de carácter clínico, pues el Dr. Sosa Rodríguez escribe con el desapasionamiento y la serenidad de un buen médico. Una nutrida colección de cuadros estadísticos sería ya razón suficiente para desear la posesión del libro pero, reitero, es la prosa calmada y aleccionadora del autor lo que lo convierte en obra inestimable.
Tan sólo sus palabras de cierre son una guía que impediría la repetición de graves errores de política económica en América Latina:
«En el último decenio del siglo, después de la crisis de la deuda externa, América Latina ha comenzado una época de difíciles definiciones en la cual no podrá continuar sin aclarar su trayectoria futura. Será necesario escoger entre una posición en el Primer Mundo o bien en el Tercer Mundo, en el cual se encuentra ahora, es decir, entre el desarrollo y el subdesarrollo. No podrá seguir flotando entre ilusiones populistas, por una parte, y cortas aventuras en los sistemas de economía de mercado, por la otra. No será posible continuar atribuyendo la responsabilidad de los difíciles esquemas de ajuste a influencias externas, toda vez que es evidente que éstos han sido el resultado de los errores del pasado y de la necesidad de superarlos. No deberá buscar la ayuda de los grandes países industrializados, toda vez que la Alianza para el Progreso y el Plan Kennedy pertenecen a la Historia y ahora sólo existen esquemas definidos de cooperación y de ayuda mutua. Europa, su fuente original desde los tiempos de la Conquista, se transformará en un inmenso mercado integrado teniendo a su lado, y sobre sus espaldas, los restos del Imperio Soviético; los Estados Unidos, su aliado de siempre, igualmente se encuentra afectado por treinta y cinco años de guerra fría y el más elevado nivel de endeudamiento de su historia; y finalmente el Japón y el mundo asiático, ante el interrogante del futuro de la China, se encuentran en situación similar a Europa. Éstas son las alternativas de América Latina. Habrá de ser un camino largo, arduo y derecho, para descubrir y definir su identidad».
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Así son las cosas
Es un hecho reconocido que la actual crisis latinoamericana es causada por factores de origen interno y externo. La causa interna fundamental ha sido la demanda de fondos que fue provocada obviamente por la orientación de las políticas económicas y sociales de los gobiernos, las cuales se originan esencialmente en el modelo económico adoptado. Por otra parte, es, sin duda, una causa externa la oferta de fondos por parte de la Banca Internacional en condiciones muy atractivas y posiblemente pasando por alto ciertos factores de riesgo cuya importancia ha sido puesta de relieve desde agosto de 1982, cuando comenzó la crisis mexicana. Puede afirmarse, sin embargo, que las causas del endeudamiento han sido principalmente internas y atribuibles a los gobiernos latinoamericanos. También es evidente que las causas exógenas han sido, en gran proporción, responsables de la agravación de la crisis, como ha sido el caso del alza de los intereses en 1979-80 y la prolongada recesión mundial que se inició en esa misma época.
En 1975 la mayor parte de los países de la región se encontraron en una situación difícil de balanza de pagos al comenzar la recesión de la economía internacional y al sentirse la reducción de la inversión extranjera directa. En estas circunstancias, la importante expansión de la liquidez internacional, que permitió el incremento del crédito por parte del sector bancario internacional, ofreció la solución más fácil para evitar los problemas derivados de un programa de ajuste compuesto por medidas fiscales y monetarias para reducir la demanda agregada. Ciertamente, estos países hubieran debido iniciar un período de austeridad, en vez de acudir al endeudamiento internacional, toda vez que, en aquella época, hubiera sido menos doloroso y costoso tanto para el sector productivo como para la sociedad civil en su conjunto. La reconversión industrial, y en general de la economía, hubiera sido facilitada por la amplia disponibilidad de crédito y de aceptación en el medio financiero internacional.
El modelo económico latinoamericano, como se ha expresado ha sido el origen del problema del endeudamiento externo. Consiste en un programa de desarrollo esencialmente basado en la sustitución de importaciones, en la sobrevaluación de las monedas como fórmula para contener temporalmente la presión inflacionaria, vía el aumento de la oferta mediante importaciones y, finalmente, la importante participación del Estado en el proceso productivo por intermedio de las grandes corporaciones estatales, caracterizadas por una abundante burocracia y muy baja productividad.
Sin duda alguna este modelo de desarrollo económico es responsable de la vulnerabilidad de las economías latinoamericanas ante las importantes mutaciones de la economía internacional que han sido señaladas en la sección anterior.
La sustitución de importaciones, en efecto, ha acentuado la importancia de incrementar la producción de bienes para el consumo interno sin tomar en cuenta, en primer lugar, que estos productos pudieran ser importados a un precio más bajo, aumentando así el nivel de vida de la población y, en segundo lugar, que naturalmente no pueden ser exportados a los mercados mundiales dados los costos de producción.
Así pues, la sustitución de importaciones como criterio básico de desarrollo económico conduce a una serie de consecuencias de gran importancia pues además de contribuir al problema del bajo nivel de vida de la sociedad latinoamericana, tiende a aislar las economías del comercio internacional. En efecto, cuando no se toma en cuenta en la formación de un sector industrial el criterio de las ventajas comparativas, derivadas generalmente de la disponibilidad de insumos y de tecnología en constante proceso de modernización, como tampoco de mano de obra altamente especializada, dichas empresas difícilmente pueden competir en los mercados mundiales como tampoco en los propios mercados internos, si fuese necesario eliminar el cerco protector de altos aranceles y restricciones cuantitativas. Por otra parte, la sustitución de importaciones puede conducir a una difícil dependencia de los mercados internacionales en los casos en los cuales estas actividades productivas requieran la importación de insumos y de bienes de capital. Esto puede acontecer cuando ocurre una reducción del monto o del valor de las exportaciones, a causa de variaciones en la coyuntura internacional, o en circunstancias en que se haga necesario dedicar una mayor proporción de divisas para el servicio de la deuda externa, por aumento del monto total de ésta o por incremento de las tasas de interés.
Es de gran importancia hacer notar igualmente que la incorporación de estos sectores de producción de escasa eficiencia al conjunto de la economía puede, además, conducir a una reducción de la productividad del resto del sector interno, cuyo desempeño sería mejor si pudiera operar en una economía menos cerrada, guiada por el concepto de las ventajas comparativas y en la cual prevalezca la competencia entre los componentes del grupo productivo.
El concepto de la sustitución de importaciones ha sido, pues, una de las causas principales de la crisis actual del endeudamiento externo. Además, es posiblemente el problema de más difícil solución cuando se trata de volver atrás para tomar un camino más racional en el proceso de desarrollo de la región y de lograr éxito en el programa de ajustes que se plantea. En efecto, al señalarse la reconversión industrial como forma de abrir las economías a los mercados mundiales, se plantea necesariamente la interrogante sobre el porvenir de estos sectores de producción que se han formado bajo el esquema de sustitución de importaciones, que constituyen una parte importante del patrimonio del país y cuya crisis puede representar un difícil problema social y político para la sociedad civil.
La sobrevaluación de las divisas, en el marco de un mercado distorsionado por aranceles y restricciones cuantitativas a la exportación, tendía a reducir el precio, en moneda local, de las importaciones, siempre que no compitieran con la producción interna. Se trataba de esta manera de compensar en la medida de lo posible los efectos inflacionarios del esquema de desarrollo basado en la sustitución de importaciones. Sin embargo, esta política tendía a reducir aún más la capacidad de competir en el mercado internacional y a afectar negativamente la balanza de pagos, particularmente en caso de una recesión a nivel mundial.
La eficiencia de las economías latinoamericanas se ha visto aún más comprometida por la creciente participación del Estado en la actividad productiva. La creación de grandes corporaciones estatales cuyo esquema de funcionamiento no corresponde al sistema de la economía de mercado, ha reducido considerablemente la competitividad internacional de la producción susceptible de ser exportada. Además, la presencia de una excesiva burocracia ha hecho extremadamente difícil el proceso de ajuste de estas economías después de la crisis de 1982. Esas grandes corporaciones estatales latinoamericanas, que son responsables de haber contraído directamente una parte importante de la deuda externa de la región, responden a la tradición del Estado Mercantilista que legaron las monarquías de España y Portugal. Con la excepción de Chile y quizás de otros países de la región, una proporción importante del sector productivo latinoamericano se encuentra bajo el control estatal, con el agravante de que el principio de la competencia, como factor estructural de la economía de mercado, existe apenas entre las empresas privadas mismas y aún menos cuando figuran las empresas del Estado.
Así pues, los países latinoamericanos contrajeron deudas cuyo servicio excedía su capacidad de pago, particularmente si se toma en cuenta las probables variaciones de la coyuntura internacional y la posible contracción de los créditos nuevos disponibles; el endeudamiento creció más rápidamente que la capacidad de exportar competitivamente y que las exportaciones mismas después de 1979. Parece evidente que muchos gobiernos latinoamericanos no tomaron en cuenta un principio importante en toda política de endeudamiento, según el cual el uso a que se destinen los fondos determina el grado de sacrificio que es necesario realizar posteriormente para cumplir con los compromisos contraídos. Cuando se usan los fondos para inversiones que conducen a aumentos de la productividad de los períodos previstos y particularmente en el sector externo de la economía, entonces generan su propia liquidación, sin sacrificios para la sociedad. No obstante, cuando los recursos del crédito externo se utilizan para importar bienes de consumo o para proyectos como la construcción de ciudades tales como Brasilia, la proyectada ciudad de Constitución en el Perú o para construir viviendas, su servicio y reposición tiene que hacerse mediante reducciones del ingreso real del país, es decir, a expensas del nivel de vida. Lo mismo se puede expresar con relación a proyectos de infraestructuras básicas cuyo rendimiento sobre el sector externo se causa a muy largo plazo, a menos que la economía en su conjunto haya puesto énfasis especial en el desarrollo del sector de las exportaciones.
Raúl Sosa Rodríguez
por Luis Enrique Alcalá | Dic 21, 2004 | Fichas, Política |

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Unos pocos fragmentos de un notable estudio del Dr. Rafael López-Pedraza, Conciencia de fracaso (2000), componen esta Ficha Semanal #26 de doctorpolítico. El propio Dr. López-Pedraza explica por qué es inusual el foco de su trabajo: «En el mundo de hoy, cuyas proposiciones y metas están orientadas al éxito, al triunfalismo, escribir un ensayo titulado Conciencia de fracaso pone al que escribe a contrapelo y en oposición a las demandas más inmediatas de lo colectivo, porque implica la reflexión del fruto de un movimiento psíquico, que nos presiona desde adentro a que lo conozcamos, a que lo hagamos consciente».
Nacido en Santa Clara, Cuba, el Dr. López-Pedraza fijó residencia en Caracas en 1949. Trece años más tarde emprende once de estudios de Psicología Analítica en el Instituto Carl Gustav Jung de Zürich. Jungiano entre los jungianos en Venezuela, respetadísimo psicoterapeuta y docente, el Dr. López-Pedraza es autor de una buena cantidad de libros, de los que sólo hemos podido entreleer Sobre héroes y poetas y Ansiedad cultural. Es a este último volumen al que pertenecen sus reflexiones sobre la difícil pero remuneradora conciencia de fracaso. Si algo fuera útil a ciertas cabezas oposicionistas venezolanas esto sería la lectura de su insólito ensayo y, más allá de su claridad, encajar esa misma conciencia de fracaso con lúcida madurez, de forma que tal cosa les permitiese una metamorfosis trascendente y una sobrevida política que no les debe ser negada.
Nada es un signo más claro de madurez que aceptar la propia culpa—sin convertirla en tremedal que nos sofoque—y reconocerla ante terceros. En los niveles de la mediocridad o negamos o proyectamos—para usar terminología del maestro de Jung—nuestra responsabilidad, adjudicándola a otros o desapareciéndola enteramente. Nadie se siente «perdedor» en un choque automovilístico.
En una nueva Política, quizás en una inédita Medicina Política, el tratamiento del soma social—inversiones, reformas legales, institucionalizaciones, etcétera—tendrá que estar acompañado de una Psiquiatría Política necesarísima. En 1986 me atreví a escribir, en trabajo modelado según un dictamen médico, algo como esto: «No es menos importante alguna consideración, aunque sea somera, del estado de la psiquis venezolana en la actualidad… La crisis de confianza no es una que se restrinja a la desconfianza de los actores políticos, de la actividad económica privada o de cualquier otra institución de la vida nacional. La crisis llega a ser tan englobante que llega, en más de un momento, a manifestarse como desconfianza en el país como un todo… El síndrome subyacente es el síndrome de sociedad culpable».
El Dr. López-Pedraza nos señala el camino, al mostrarnos como la histeria, no sólo la repetida incesantemente a escala individual, sino la verdaderamente colectiva, nos impide aprender al imposibilitar la conciencia de fracaso. Es obvio que él no recomienda una estrategia de fracaso; tan sólo incita, respecto de este ineludible acaecimiento de la vida, «a que lo conozcamos, a que lo hagamos consciente».
LEA
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Conciencia de fracaso
Vivimos en un mundo de opiniones que son fuente de influencia en nuestro diario vivir y que cubren todos los aspectos del vivir: opiniones que tienen gran peso en el hombre actual y que afectan tanto su comer como su vida erótica, sin contar la política y su relación con la sociedad en que vive, y que llegan a influenciar sus costumbres y hábitos hasta el punto de alterar y destruir sus tradiciones familiares y religiosas más íntimas. Opiniones superficiales concebidas desde ese pseudo logos que es el animus y que tragamos, por así decir, y pasamos a nuestro sistema de vida a pesar de lo conscientes que podamos ser. La cosa es que también ese aspecto ‘opinante’ del animus aparece muchas veces como elemento posesivo. Así, vemos personalidades que están posesas, no por fuerzas inconscientes o irracionales de procedencia arquetipal, sino por opiniones que defienden a ultranza. No creo que sea difícil observar cómo estas opiniones se avienen de maravilla a la sofocación histérica y que la sofocación no es solamente algo que está entre los límites arquetipales a los que hicimos referencia, sino que se sofoca de manera alarmante a través de opiniones.
Sabemos también que la exageración es síntoma, por antonomasia, de la histeria. Sentimos que vivimos en tiempos de gran histeria y que hay una exageración en el vivir; que, de buenas a primeras, nuestro humano vivir se ha exagerado, en muy pocos años, en los últimos cuarenta años, hasta proporciones mayores que las conocidas en tiempos anteriores de la humanidad. La historia reciente del hombre ha aumentado la histeria a proporciones a veces escalofriantes y, mucho más, si sabemos que la histeria es algo que cubre un espectro de la naturaleza humana, que va desde lo que arquetipalmente cualquier madre hace, sofocar a su hija, hasta una figura que carga cómodamente con toda la maldad que se le pueda atribuir al género humano: Adolfo Hitler.
Por algo el término histeria fue eliminado de la terminología médica de la American Psychiatric Association y sustituido por conversión. Esto nos dice que el fenómeno histérico es solamente tomado en cuenta y tratado médicamente cuando aparece como fenómeno de conversión. Pero, al mismo tiempo, se nos está diciendo que la mayor parte de las infinitas manifestaciones histéricas que pululan en el diario vivir salen fuera de la pantalla de la concepción psiquiátrica que, por lo general, las minusvalora y desprecia. Así, se sumergen en lo colectivo inconsciente de nuestro vivir y lo impregnan desde sus niveles más cotidianos hasta aquellos, por así decir, aunque suene un tanto histérico, de los que dependen los destinos de la humanidad. Es innegable que nuestro vivir se hace cada día más y más histérico. Sólo basta poner atención a cualquiera de los llamados ‘medios de comunicación’, ahora hipertrofiados como está la televisión, para poder sentir y estudiar cómo esos elementos de los complejos de la histeria son alimentados, de manera brutal, tanto por una simple propaganda de jabón como por la confrontación de armas nucleares.
La conexión que hicimos antes entre histeria y cuentos de hadas nos indica la superficialidad de la histeria. También la sentimos cuando leemos las noticias más escalofriantes sobre las grandes potencias, sus armamentos y posibles guerras nucleares. No tiene nada de particular que esta cierta apatía, que demuestra el hombre actual ante eventos tan importantes, venga acompañada de una gran dosis de histeria, que atrapa tales eventos en la plataforma que Jung imaginó y no los deja pasar a los complejos históricos y a los arquetipos y tampoco, por supuesto, a los instintos, que son los que deberían reaccionar. Leemos un periódico y, al mismo nivel superficial, histérico, encontramos la noticia sobre una celebridad, deportes, un desastre nacional o la cantidad de misiles que tiene esta u otra potencia; no hay mayor diferenciación en las valoraciones, como si todo se redujera a proveer información histérica para alimentar nuestra histeria.
Esta superficialidad mágica de cuentos de hadas de la histeria es cotidiana en psicoterapia. Aquí nos es dado apreciar, con lente de aumento, cuán imposible es lograr que situaciones, problemas y contenidos psíquicos evidentes sean aceptados con la realidad necesaria y puedan tocar emocionalmente lo psíquico y que lo psíquico se sienta movido por ello. Así, nuestra sensibilidad se escandaliza a veces cuando vemos que penas, dolores, tragedias son barridos en un instante por la histeria. Cabe aquí una línea de T. S. Eliot que nos dice «el ser humano no puede soportar demasiada realidad» pero, para lo que nos interesa en nuestro trabajo, cabría también decir que la personalidad histérica, el componente histérico de cada uno y las histerias colectivas se las arreglan con superficialidad pasmosa para evadir esa realidad básica que ya hemos referido y que permitiría aceptar la conciencia de fracaso y el aprender psíquico que tal cosa conlleva.
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Pero hay otro elemento importante todavía: la histeria es capaz de apropiarse de cualquier instrumento para utilizarlo como vehículo de su manifestación. Al parecer, uno de los instrumentos más a la mano de la histeria es la culpa, algo que le viene como anillo al dedo. A veces, podemos observar el espectáculo de la histeria haciendo uso de la culpa con refinamiento y arte de encaje delicado y otras, en que nos abruma con su descaro. Con esto, podemos acercarnos a vivenciar por qué la histeria es tan importante en el tema que estoy tratando, porque si la histeria maneja la culpa con una habilidad característica, estoy diciendo que la histeria tiene a su disposición un spectrum infinito de posibilidades para culpabilizar a cualquiera, a cualquier cosa, con tal de no aceptar la conciencia de fracaso. La histeria, al culpabilizar, destruye la imagen del acontecer psíquico.
Rafael López-Pedraza
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 14, 2004 | Fichas, Política |

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Las religiones hebrea, cristiana e islámica contienen, en tanto verdades comparadas, ideas afines, «fractales» que se repiten. Dice S. Parvez Manzoor, por ejemplo: «El Estado, como fenómeno histórico, en consecuencia, ni ‘encarna’ la Ley ni ‘representa’ la verdad de la fe sino que constituye una entidad contingente que tiene jurisdicción sobre los cuerpos de los hombres pero no sobre sus conciencias». ¿No es esto acaso una forma culta y técnica de afirmar la mismo que la máxima de Jesús de Nazaret, «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»?
La penúltima de las fichas semanales de doctorpolítico tomó prestado del pensamiento de Ovidio Pérez Morales, cristiano; la última de Alberto Einstein, hebreo. Esta Ficha Semanal #25 se compone de fragmentos de un texto del gran intelectual islámico residenciado en Suecia, S. Parvez Manzoor. Aquí se reproduce de su estudio «¿Es el Islam indemocrático?» oportunas aclaratorias, formuladas desde la entraña misma de la enseñanza profética de Mahoma.
Una caricatura del Islam tiende a ser la imagen que en Occidente tenemos de esa religión, incultos como somos respecto de su prédica. Algunas incidencias históricas, ciertamente, alimentan esa impresión distorsionada. La quema de una de las maravillas del mundo, la Biblioteca de Alejandría, por ejemplo. Así refiere Arnold Toynbee: «Se dice que, en respuesta a la solicitud del general que había recibido la rendición de la ciudad de Alejandría y que le solicitaba instrucciones sobre qué hacer con la famosa biblioteca, ‘Umar habría escrito: ‘Si las escrituras de los griegos están de acuerdo con el Libro de Dios son inútiles y no es necesario preservarlas; si no están de acuerdo, son perniciosas y deben ser destruidas’». (Citado en «El monoteísmo en Occidente», de Rafael López-Pedraza, uno de cuyos textos servirá para construir la ficha de doctorpolítico de la próxima semana).
La prescripción de Parvez Manzoor es tan oportuna como recientes movimientos encaminados a desasociar al Islam de la sangrienta violencia que se comete en su nombre. Un frecuente escritor sobre temas del Islam, Muhammad Shahrour, observa que tal cosa sólo podrá lograrse mediante una reinterpretación de sus textos sagrados, muchos de cuyos preceptos, sobre todo los que tienen que ver con la práctica de la guerra, son sacados de contexto para dotarles de una cualidad general que no tienen. Por poner el caso más notable, toda la Sura del Arrepentimiento—una descripción del fallido intento de Mahoma por establecer un estado en la Península Arábiga—se emplea a menudo para justificar ataques extremistas. («Maten a los paganos donde los encuentren»). Sharhour argumenta que ese mandato debe entenderse como restringido a la lucha específica que Mahoma libraba entonces.
No es fácil la tarea de estos nuevos y pacíficos intérpretes. De nuestro lado pudiéramos ayudar aprendiendo acerca del Islam y entendiéndolo como la casa de un vecino.
LEA
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La casa del vecino
La modernidad nos ha traído un orden público desdivinizado. Ha suprimido la verdad del Alma por la armonía de la Ciudad. Ha reducido el mandato de la Viceregencia Divina a un compromiso con la moralidad civil. Nuestra civilización ya no representa ninguna verdad cósmica, no participa en ningún orden trascendental del ser y no reconoce otro propósito humano más allá de la existencia. De hecho, al redefinir el Fin (eschation/Akhira) como un orden inmanente de la sociedad, la modernidad ha abolido enteramente la búsqueda de la trascendencia del orden público. En lugar del deleite del alma ofrece paz en la ciudad, y el misterio del Aquí-después lo sustituye por la promesa del Aquí-ahora.
En oposición a la verdad moderna, el Islam sostiene que la salvación del Alma tiene precedencia sobre la paz de la Ciudad. El creyente confronta el misterio del ser en tanto l’homme y no en tanto le citoyen. El discurso sacrosanto de la Ley se dirige al alma individual, al musulmán singular que no es un ente político. De hecho, a pesar de la poderosa lógica de su ética comunitaria, la visión islámica es más trascendente que mundana, más simbólica que pragmática, más paradigmática que estratégica. El verdadero guardián del Islam preferiría con mucho condenar mil veces toda la historia que apartarse de una línea del texto. La fe, no la existencia, es el verdadero hogar del creyente.
Paradójicamente, lo Sagrado, hace tiempo exiliado del interior de la Ciudad Secular, la asedia ahora con venganza. Revestido con el ropaje del «fundamentalismo», desafía a la secularidad en su propio terreno inmanentista. Al percatarse de que los problemas de una sociedad históricamente existente no pueden agotarse en una espera por el fin del mundo, la fe se promueve ahora a sí misma como política de inmediato rendimiento. En efecto, comprometido con las glorias de este mundo, profiere su propio modelo de paraíso terrenal. Así, mientras el Leviatán de la modernidad no ha tenido éxito en devorar a la fe religiosa, la fe que ha resurgido del abismo del secularismo flota sobre la balsa del Mesianismo: es inmanentista, radical y totalitaria.
Hoy en día el Islam se encuentra sitiado por una nueva mundanidad. Desafiada desde adentro por la idea del Estado, y por el secularismo de la ortodoxia moderna desde el exterior, la tradición islámica es indiciada de ser hostil a los valores humanos de la democracia, la libertad y la tolerancia. La verdad islámica del creyente, aseguran quienes están afuera, canibaliza el derecho del ciudadano. La soberanía del Islam como fe transtemporal y transexistencial, entonces, nos obliga a separar la media verdad del mundo de la verdad plena de nuestra fe. Al combatir la nueva mundanidad, en otras palabras, el creyente necesita identificar los verdaderos demonios de nuestra época, evitando agotarse en un fútil boxeo de sombra.
Al reflexionar sobre la dialéctica de la fe y la existencia, debiéramos recordar que si el Islam es preponderantemente una fe religiosa, una doctrina de la verdad, las esposas de la modernidad—la libertad, la democracia y el secularismo—son todas ideologías del método. Todas son teorías de la práctica, filosofías de los medios y la instrumentalidad que no se preocupan por ninguna causa o meta última. Mientras que la verdad revelada del Islam no puede permitirse ser desnaturalizada por ningún dictado humano, democrático o despótico, las medio verdades metodológicas del mundo, al no tener interés en los propósitos o metas últimas del hombre, se preocupan sólo con las exquisiteces de forma y procedimiento. Por tanto, sólo cuando la democracia, casada con el humanismo ateo, reivindica ser una doctrina de la verdad, o cuando el secularismo se interpreta a sí mismo como epistemología, es cuando choca contra la fe del Islam. Porque concibiéndose como una doctrina de la verdad, la democracia no sólo afirma la idea política de la voluntad del pueblo, sino que ¡también repudia la idea religiosa de la verdad de Dios! En síntesis, cuando la voluntad colectiva no está tentada a suprimir la verdad del Alma, a subyugar la autonomía de la conciencia individual, la verdad de la fe y el método de la democracia pueden cohabitar en la misma recámara existencial. Y lo mismo vale para el espacio ocupado por un Estado musulmán.
En cuanto a la libertad, la fe revelada del Islam sostiene que, sean cuales sean las contingencias de la existencia, el hombre moral está siempre atado a la ley de Dios. Es él quien trueca su libertad por obediencia, quien somete su voluntad a la voluntad de Dios y se convierte en un Musulmán. Por tanto, la tradición islámica desconoce cualquier «discurso libertario de derechos» en contra de la revelación divina y sus preceptos. Es también a causa del imperativo de la revelación que la fe del Islam nunca podrá liberarse de los «fines últimos de la existencia» y degenerar en mera estratagema de supervivencia. En verdad, la existencia islámica no puede convertirse en un intento prometeico hacia un paraíso terrenal ni reducirse a una patética búsqueda de la seguridad en la «solitaria, pobre, desagradable, bestial y breve» vida del hombre.
No hay que decir que la moralmente obligante Ley de Dios no es contingencia de las ordenanzas de algún gobernante o estado: es verdaderamente transpolítica. O como es vista por nuestra tradición clásica: luego del término de la Profecía, ningún gobierno tiene el derecho de exigir obediencia absoluta. Porque todo gobierno post Profético y todo estado post Profético, Musulmán o no Musulmán, bajo la guía del Faqih o el gobierno del Sultán, es «falible». El Estado, como fenómeno histórico, en consecuencia, ni «encarna» la Ley ni «representa» la verdad de la fe sino que constituye una entidad contingente que tiene jurisdicción sobre los cuerpos de los hombres pero no sobre sus conciencias. Por tanto, la misma razón de la sumisión, que ata al hombre moral y su conciencia a los imperativos de la revelación, no puede aplicarse a la relación del ciudadano con el Estado temporal. La conciencia de la revelación del individuo, y no el poder político del Estado, es la soberana en la Casa del Islam.
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El debate islámico sobre las libertades civiles y públicas terminará cuando dejemos de confundir Estado con Paraíso, orden político con orden divino, contingencia con eternidad, al modo de los secularistas. De hecho, necesitamos rectificar nuestra propensión a concebir el Estado en términos del régimen de la Ley, confundiendo un orden político inmanente con un orden moral trascendente. (Obviamente, la única excepción es el régimen Profético el que, estando bajo el mando directo de Dios a través de la revelación, representa una instancia única—e irrepetible—del gobierno de Dios, una teocracia. De aquí que es el único «estado» dentro de la historia que puede exigir obediencia incondicional del Musulmán. Sin embargo, esta es la única excepción que concluye toda otra regla: hace a toda otra pretensión de gobierno teocrático ilegal y no islámica).
Dado el hecho de que la «teocracia» es sólo posible bajo el gobierno Profético, se sigue que—cualquiera sea la lógica sagrada de la teoría clásica y la furia secular de la revitalización modernista—el creyente y el ciudadano no están condenados a una vida de perpetua lucha en la Casa del Islam. En efecto, mientras el Estado no pretenda «encarnar» la verdad trascendente de la fe, en tanto no se ponga el manto teocrático, podrá asegurarse la lealtad del creyente, aunque limitada y condicional. Sólo cuando el estado temporal pretende en último término dirigir el destino del ciudadano más allá de dahr o dunya, (usurpando así la autoridad del Profeta) pierde su derecho a la obediencia. Un falso imán es más peligroso que un falso sultán.
La proclamación de la verdad eterna de la fe y la lucha por el deleite del alma, sin embargo, no son una renuncia a la media verdad de la Ciudad. Simplemente son mantener la autoridad moral de la verdad revelada, y su consiguiente conciencia religiosa, sobre el poder coercitivo del orden político. En la medida en que el problema de crear la paz en la Ciudad no signifique abolir la búsqueda por el significado de la existencia, en la misma medida el método democrático no agota la búsqueda religiosa de la verdad. En consecuencia, aun cuando la fe religiosa del Islam y la metodología política de la democracia han sido presentadas como enemigos mortales por los extraviados campeones de la piedad religiosa y los autonombrados guardianes del «orden mundial», ellas pueden, y en verdad deben, coexistir. Y esta cohabitación debe tener lugar no sólo dentro de los estados Musulmanes, sino asimismo en el seno de la emergente Ciudad Global de la humanidad.
S. Parvez Manzoor
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