por Luis Enrique Alcalá | Mar 8, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En esta ocasión la Ficha Semanal #36 de doctorpolítico es una inmodesta autocita. Se trata de la reproducción de artículo que me solicitara la revista Zeta, escrito el 25 de abril de 2001, a raíz de la participación de Hugo Chávez en la cumbre presidencial «de las Américas», celebrada ese año en Québec, Canadá.
En tal ocasión Chávez quería que se insertara, en el documento de la declaración final del evento, una frase favorable a la idea de «democracia participativa», petición que fue desatendida por los restantes presidentes y comentada muy negativamente en Venezuela como impertinente.
Es entonces cuando desempolvo, para el artículo solicitado por Rafael Poleo, el ejemplar que poseía—lo he prestado o regalado sin recordar a quién—del libro Megatendencias (en su edición de 1984), cuyo autor, John Naisbitt, lo escribió en 1982.
Naisbitt había adoptado un método para otear el futuro, el que consistía en un análisis de contenido en centenares de periódicos locales de los Estados Unidos, con la idea de detectar la incipiente formación de patrones generales que se convertirían en tendencias abiertas al porvenir. Entre las grandes o «megatendencias» que postulaba se encontraban el cambio de jerarquías a redes, de la centralización a la descentralización, de Norte a Sur y, también de la democracia representativa a la participativa.
En octubre de 1999, poco antes de la aprobación en referendo de la nueva Constitución venezolana, Michael Lindemann opinaba sobre esta última «megatendencia» (en el artículo Megatrends: Then and Now): «De manera similar, la optimista predicción de Naisbitt de una tendencia hacia la democracia participativa (se refería a los Estados Unidos, pero sus observaciones tenían más amplia aplicación) se ha quedado muy corta. No era que Naisbitt estuviese solo en su observación de que un computador en cada hogar (lo que, en 1982, era aún un prospecto distante) ofrece la posibilidad de referendos públicos directos sobre cada asunto socialmente importante, incluyendo nueva legislación y la elección de funcionarios públicos. Pero, aunque esta posibilidad existe, no ha habido ningún movimiento significativo en esta dirección desde 1982, y no hay ninguna indicación de que un desarrollo tal esté emergiendo».
A casi seis años de la evaluación de Lindemann, pareciera que su crítica a Naisbitt hubiera perdido fundamento, si se toma en cuenta la mayor frecuencia de referendos en los Estados Unidos, principalmente en California, donde un referendo revocatorio abrió las puertas para que Conan el Bárbaro, Arnold Schwarzenegger, se convirtiera en gobernador de ese estado.
LEA
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El Llanero Solitario en Québec
«La democracia participativa está revolucionando la política local en América y borbotea hacia arriba para cambiar también la dirección del gobierno nacional. Los años 70 marcaron el comienzo de la era participativa en política, con un crecimiento sin precedentes en el empleo de iniciativas y referenda… Políticamente, estamos en un proceso de desplazamiento masivo de una democracia representativa a una democracia participativa… El hecho es que hemos superado la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta… Esta muerte de la democracia representativa también significa el fin del sistema de partidos tradicionales».
El texto precedente no es de Hugo Chávez Frías. Tampoco lo es de ningún ideólogo del Movimiento Quinta República o de algún ministro del gobierno venezolano actual. Las palabras citadas han sido extraídas de la edición de 1984 del libro Megatendencias, bestseller de un gurú de la futurología, consentido de los gerentes de la globalización, y muy exitoso y próspero vendedor de libros, cursos y conferencias: el muy norteamericano y estadounidense John Naisbitt, el que, por cierto, no ha dejado de venir al país invitado por organizaciones empresariales locales. Más aún, el país al que Naisbitt se está refiriendo con ese usurpado cognomento de «América», es nada menos que su propio país, los Estados Unidos.
Pero basta que al llanero Chávez se le ocurra solicitar que la Declaración de Québec vaya más allá de la consabida frase laudatoria de la democracia representativa, y que ninguno de los mandatarios asistentes a esa reciente Cumbre de las Américas le acompañara, para que un buen número de analistas cope los espacios nacionales de opinión para declararlo solitario y asegurar que con tal actitud Venezuela queda aislada en el concierto de las naciones del continente.
El pez muere por…
Chávez tiene, entre muchos, un problema constante: el del prejuicio en su contra que ha logrado construir él mismo diligentemente, gracias a sus reiteradas manifestaciones de malacrianza y agresividad. Es un problema que me complaceré en denominar el «efecto Radhakrishnan». Resulta que por allá por los fines de los cincuenta o comienzos de los sesenta, el autor hindú Sri Radhakrishnan escribía un librito titulado Kalki o el futuro de la civilización, en el que hacía un análisis comparado de los valores occidentales y orientales, para predecir, al final, una fusión de ambas culturas en el largo plazo.
Cuando hacía el análisis de los valores de la civilización occidental, nuestro hindú tomó el caso de las famosas convenciones de Ginebra que regulan el uso lícito de armas en la guerra, para destacar que era muy bien visto despaturrar el cráneo de un enemigo con una granada o ametralladora, así como arrasar un poblado con el empleo de bombas incendiarias. En cambio es visto como del todo incivil y grosero, como diría Carreño, proceder a la exterminación de combatientes mediante un bombardeo con gases venenosos. El comentario de Radhakrishnan a esta sutil distinción fue el siguiente: «Eso equivale a criticar al lobo, no porque se coma al cordero, sino porque se lo come sin cubiertos».
Si uno se pone a ver, la frase «constitución moribunda», que tanto nos alarmó por lo inoportuna e irrespetuosa que fue en boca de Chávez en el solemne acto de su primera toma de posesión, es menos radical que la de «muerte de la democracia representativa», que Naisbitt emitiera, con el aplauso de sus muchos admiradores, hace ya diecisiete años.
Chávez, pues, no come con cubiertos. Ya es tiempo de que nos percatemos de ese extraño fenómeno y aprendamos a descontarlo del contenido mismo de sus aseveraciones.
Tomemos por caso el siguiente texto: «El régimen latifundista es contrario al interés social. La ley dispondrá lo conducente a su eliminación, y establecerá normas encaminadas a dotar de tierra a los campesinos y trabajadores rurales que carezcan de ella, así como a proveerlos de los medios necesarios para hacerla producir». Parece un postulado programático de la «Quinta República», ¿no es así? Pues no, el entrecomillado contiene íntegramente la redacción del Artículo 105 de la Constitución de 1961, la constitución de Betancourt y Caldera, la moribunda muerta, por decirlo así.
Ah, pero si Chávez la emprende contra el latifundio, el aderezo que él le pone de temblores de oligarcas y otras yerbas, produce una ensalada intragable para quienes ahora le vislumbran como el Llanero Solitario de Québec. Acá hay, por supuesto, una lección para Chávez: que su eficacia política se ve reducida por su irresistible concupiscencia verbal. Debe aprender, por tanto y si le es posible, que la función presidencial no se identifica con la esencia de una sustancia irritante, so pena de aislarse por aquello de los cubiertos. ¿Podrá María Isabel, con la excusa de enseñar a Rosa Inés el arte del buen comer, instruir a Chávez en el uso del cuchillo y el tenedor?
Chávez el moderno
Volviendo al fondo del asunto, Chávez tiene razón. O por lo menos, Naisbitt sostendría que la tiene. Oigámoslo de nuevo, refiriéndose, igualmente, a la patria de Mr. Bush: «Hemos creado un sistema representativo hace doscientos años, cuando ésa era la manera práctica de organizar una democracia. La participación ciudadana directa simplemente no era factible… Pero sobrevino la revolución en las comunicaciones y con ella un electorado extremadamente bien educado. Hoy en día, con una información compartida instantáneamente, sabemos tanto acerca de lo que está pasando como nuestros representantes y lo sabemos tan rápidamente como ellos».
Las ideas de Naisbitt no dejan lugar a equívocos, y vale la pena recordar que fueron escritas bastante antes de la explosión de posibilidades abiertas por la Internet, que durante la última década ha comenzado la construcción, cada vez más acelerada, de la mente del mundo.
No es timbre de ningún orgullo para Fox, para Pastrana, para Cardoso o para Bush, el haber rechazado la sugerencia chavecista de incluir en la redacción de Québec, el corazón mismo del separatismo canadiense, el concepto de democracia participativa como meta deseable para los pueblos de América. Chávez, que tanto tiene de trasnochado y anacrónico, esta vez se les fue por delante. En este caso los reaccionarios son ellos, los atrasados son ellos; el futurista es Chávez, el correcto es Chávez.
Y es que la muy moderna teoría de los sistemas complejos, y su hermana la teoría del caos, ofrecen ahora el más sólido de los fundamentos a la bondad de una democracia participativa. No creo que Hugo Chávez tenga ideas claras acerca de tales exquisiteces teóricas, pero lo cierto es que los sistemas complejos, tales como los de una sociedad complejamente entrelazada por múltiples y constantes nexos de comunicación, exhiben «propiedades emergentes», comportamientos que son indeducibles de la calidad de sus componentes. Esto es, que aunque en una población dada, muchos de sus componentes no estén bien educados, el conjunto será capaz de rendir decisiones eficaces. Esto por lo que respecta a quienes creen que su voto personal contiene mayor calidad que el de la mayoría de sus compatriotas.
Claro que el problema de fondo, más allá de este análisis un tanto teórico, es que no es lo mismo una institución o un sistema en manos de Antonio José de Sucre, pongamos por caso, que de Hugo Chávez Frías. La democracia participativa no es lo mismo en manos de Roosevelt que de Hitler o Mussolini.
En más de una ocasión Chávez ha demostrado que piensa en los ciudadanos como si fuesen tropa. Llegado del Norte se le ha ocurrido ahora—apuesto a que lo inventó cinco minutos antes de decirlo—que el MBR 200 debe ser reeditado, para resolver el problema de un Movimiento Quinta República que pareciera haberlo defraudado. (Cada vez hay menos «chusma» en los sucesivos actos del circo chavecista, y a alguien hay que echarle la culpa). Al hacer el anuncio expuso que lo que pasa es que al pueblo hay que «ideologizarlo». Es decir, manipularlo. El problema con Chávez es que él no se entiende para servir al pueblo. Él entiende al pueblo puesto al servicio de sus objetivos de perpetuación. Para que participe democráticamente en su proyecto bonapartoide.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Mar 1, 2005 | Fichas, Política |

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A Yehezkel Dror debo, desde 1975, el haber trabado conocimiento del pensamiento de Stafford Beer, el más grande de los cibernetistas ingleses, y a quien el padre de la cibernética—el arte del control y la comunicación en el hombre y la máquina—Norbert Wiener, consideró a su vez el padre de la «cibernética gerencial»: el arte de establecer una organización eficaz.
Viniendo de Wiener, esa caracterización era un elogio harto honroso, puesto que el viejo maestro fue un coloso entre gigantes del novísimo campo conceptual del siglo veinte, fundamento teórico, entre otras cosas, de la ciencia de la computación.
Beer imitó a Wiener en al menos un aspecto: en tanto protector y promotor de jóvenes talentos. Durante largo tiempo fue asesor principalísimo de la industria siderúrgica inglesa. Y luego fundó la primera empresa de consultoría cibernética. Después presidiría por varios años la Sociedad Inglesa de Investigación Operacional. (Operations Research).
Dror me había regalado una muy fresca copia del libro de Beer que se llamó Platform for Change (Wiley, 1975), una colección de sus más sugestivos artículos y conferencias. En alguno de ellos, recuerdo, sostenía que la perenne polémica entre centralización y descentralización era una falsa disyuntiva, puesto que el examen de cualquier organismo biológico viable revela que en él coexisten en perfecta armonía procesos centralizados y procesos descentralizados.
Beer, nacido en Inglaterra en 1926 y fallecido en 2002, llegó a asesorar al gobierno de Salvador Allende sobre sistemas cibernéticos de gobierno, los que por razones obvias nunca llegaron a madurar. Pero también prestó después su consejo técnico, y no poco romántico, a los gobiernos de Colombia y Venezuela.
La Ficha Semanal #35 de doctorpolítico se compone de la primera parte—la menos técnica—de un trabajo de Beer bajo el nombre de Un Mundo Atormentado, escrito en 1992, el año de un fallido golpe de Estado en Venezuela y del Quinto Centenario del primer viaje de Cristóbal Colón. Dos términos técnicos que ocurren en el texto requieren explicación. Una «variable coenética», en la actividad de modelaje de sistemas, se refiere a una variable que modifica no sólo al sistema como tal, sino también al ambiente en el que éste está inmerso. La Ley de Variedad Requerida (Law of Requisite Variety) fue formulada por Ross Ashby, otro de los tempranos mentores y admiradores de Beer. La ley en cuestión establece: «Mientras mayor sea la variedad de acciones disponibles en un sistema de control, mayor será la variedad de perturbaciones que será capaz de compensar».
LEA
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Un mundo atormentado
MUNDO ATORMENTADO: UN TIEMPO AL QUE LE LLEGARÁ SU IDEA
Uno recuerda el comienzo de la humanidad, Nuestros primeros padres fueron muy rápidos para meterse en líos. Fueron expulsados del jardín del Edén. Entiendo que Adán tomó la mano de Eva y le dijo: «Querida, estamos viviendo una época de transición».
Quizás la gente siempre se haya sentido así. Ciertamente nos sentimos así hoy en día. ¿Ha tratado usted alguna vez de enumerar los componentes del cambio contemporáneo? Es bastante fácil citar las maravillas de la ciencia y la tecnología modernas—cómo el computador, y la televisión y la ciencia médica han cambiado nuestras vidas. Si uno empieza con tales asuntos, surge la «profunda intuición» de observar que ha habido un cambio en la rata de cambio. Pero eso era obvio hace ya veinte o treinta años, puesto que yo escribía entonces libros sobre eso.
Componentes del Cambio Contemporáneo
Hoy en día mi lista es diferente. En el primer lugar coloco el espectacular avance de la miseria humana. En mi estimación más seres humanos que nunca antes soportan hoy esa agonía; la cantidad pudiera ser mayor que la suma de sufrientes a lo largo de toda la historia. Me refiero a inanición y epidemias; a la guerra y el terrorismo; a la privación, la explotación y la tortura. Reitero el término agonía; no estoy hablando de «tiempos difíciles».
El segundo lugar de mi lista lo ocupa el colapso de la civilización que hemos conocido a lo largo de nuestra vida. Estamos viendo los escombros que quedan de dos imperios adversarios. El comunismo soviético ha aceptado su fallecimiento; el capitalismo occidental todavía no lo acepta. Pero no estoy haciendo un pronóstico. Estoy examinando los hechos que tenemos ante las narices.
A causa de una tal «corrección política», ya nadie habla de la explotación de la naturaleza o los pueblos indígenas. En lugar de esto hablan de «desarrollo sustentable», pero tal cosa no existe. No sólo es que el desarrollo no puede sostenerse; incluso la trabazón existente ya no puede ser sostenida por más tiempo.
Estas dos espectaculares transiciones, la agonía humana y el colapso societal, están conectadas—no solamente al nivel fenomenológico, sino en su etiología. No es creíble que la gente prefiera vivir bajo estas condiciones gemelas. Se sigue que estamos siendo gobernados por una oligarquía, por los pocos; es una oligarquía de poder, codicia y terror. Estamos cegados ante eso del modo más extraordinario. Para considerar el ejemplo principal: ninguno de los fenómenos que he mencionado tendría su actual forma virulenta si no hubiesen modernos armamentos poderosos.
Siempre se consigue pacifistas por allí, gracias a Dios. Pero muchos amigos me dicen que el pacifismo no puede funcionar en la práctica. Que no me digan esto a mí, que pude escuchar en persona a Gandhi hablando. No es por nada que su vocablo sánscrito ahimsa es traducido tan negativamente como «no violencia»: su complemento, satyagraha, no es en absoluto comprendido en Occidente. Significa «atenerse a la verdad». Ahimsa no implica falta de compromiso o carencia de contacto fuerte. Pero ninguna plataforma política seria ha propuesto que se considere ilegal la manufactura de armamentos. Por lo contrario, esta fabricación es esencial a la conducta de la actual economía del mundo, y es el principal instrumento de una vicaria política exterior de parte de quienes la controlan.
La Aproximación Diagnóstica de la Cibernética Gerencial
¿Qué podemos decir sobre la gerencia que procrea este desastroso desorden? Sin saltar a teorías de conspiración, o citar las actividades ilegales que ahora constituyen la más grande industria del mundo, al menos podemos decir que la humanidad maneja ahora sus propios asuntos con una incompetencia sorprendente. Esto no fue siempre así. Las pequeñas tribus se manejaban en verdad muy bien, sin la destrucción de su hábitat. Algo ha estado ocurriendo, parece al menos en parte, en relación con la escala. ¿Por qué tendría la escala que establecer una diferencia?
Mirémoslo del siguiente modo. La cantidad de relaciones internas al interior de un sistema complejo crece exponencialmente a la par del crecimiento lineal del sistema. Y gracias a la creciente complejidad en las relaciones detectables entre los elementos sistémicos mismos, inducida por las tecnologías superiores, hemos estado asistiendo a una explosión de variedad en la que la función exponencial es ella misma un exponente. Después de siglos de cabalgar a lomo de caballo, hemos logrado velocidades de 44.800 kilómetros por hora: la velocidad de salida. Cada uno de nosotros conoce el dramático cambio en la rata de cambio en computación—del ábaco al chip. Y por encima de todo, la explosión poblacional parece ser hiperbólica, no digamos exponencial.
La variedad, la medida de la complejidad del sistema que debemos manejar es un nuevo universo de galaxias, comparado con el simple sistema solar del comienzo de la revolución industrial. Todo esto ha ocurrido en escasos doscientos años. Y con seguridad esta revolución ha sido, en términos cibernéticos, la variable coenética con la que podemos registrar el cambio sistémico en la tecnología, la economía y también el orden social en ese período.
¿Qué puede decir el cibernetista, habiendo reconocido la variable coenética, respecto de, digamos, la gerencia de esta explosiva transición, que es más que la suma de los análisis relativamente aislados de la gerencia del cambio tecnológico, económico y societal? Primero que nada, que el cerebro no ha cambiado en este tiempo. Sigue siendo, como descubrió McCulloch, un computador electro-químico de kilo y medio que funciona a base de glucosa a 25 vatios. Aun así, tiene un muy grande número de elementos: 10 mil millones de neuronas, ciertamente. Para la época, es decir, para los años cincuenta, eso sonaba como mucho. ¿Pero ahora? Eso es sólo 10 gigabytes. Los computadores, si no los cerebros, pueden manejar algo así.
Pero he aquí el problema. Para programar un computador se necesita un modelo. Y los modelos son provistos por cerebros. Los modelos son necesariamente atenuadores de una masiva variedad, puesto que seleccionan sólo aquellos aspectos del mundo que son relevantes para el propósito del modelo. Peor aún, los modelos adoptados no son los mejores que podemos proveer: son modelos consensuales puestos en sitio y compactados por las ideologías. Y una ideología es un instrumento de verdaderamente muy baja variedad. Vastos textos de filosofía política, desde Grecia antigua, han sido estudiados en conjunto por los teóricos del comunismo como del capitalismo; pero las ideologías a las que las dos superpotencias convocaban a sus seguidores atenuaban esta variedad de formas diversas. Han tenido en común lo siguiente: ninguna tenía la Variedad Requerida (definida por la ley de Ashby) para la gestión. Ambas son, por tanto, gerencialmente disfuncionales. Y ninguna funciona. Para el analista político los dos sistemas de gestión son muy diferentes, y para el político totalmente opuestos. Ningún lado ha tenido el menor escrúpulo para imputar juicios morales, y sus seguidores han estado encantados con eso. Han emprendido guerras frías y calientes por tal cosa. Para el cibernetista, paradójicamente, es en gran medida el mismo proceso en ambos casos. En pocas palabras, se trata de una disfuncional centralización excesiva.
Stafford Beer
por Luis Enrique Alcalá | Feb 22, 2005 | Fichas, Política |

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El tratado Sobre la República, de Marco Tulio Cicerón, puede ser tenido por el compendio de la sabiduría política del mundo clásico, aunque sin el alcance filosófico de las obras de Platón y Aristóteles en la materia. Cicerón mismo lo tenía por el trabajo del que estaba más orgulloso, y más de un crítico lo considera su obra maestra. No todo su texto se ha preservado, sin embargo. Hasta principios del siglo XIX sólo se conocía de su contenido lo que otros escritores citaban, incluyendo el propio Cicerón, pues todas las copias de la obra habían desaparecido. Se debe al hallazgo del cardenal jesuita Angelo Mai (1782-1854), en la Biblioteca Vaticana, de un códice con escritura superpuesta que reveló el texto de la obra de Cicerón con tratamiento químico especial, que prácticamente podamos leerla, aunque se presume que sólo se alcanzó a salvar la mitad del tratado. Con algunos fragmentos de su Libro Primero, dedicado a la consideración de las formas de gobierno, se compone esta Ficha Semanal #34 de doctorpolítico. (Los puntos suspensivos señalan trozos perdidos).
La técnica de la redacción es análoga a la empleada por Platón en sus diálogos. En el caso de Cicerón, éste construyó un amplio coloquio de Escipión Emiliano con distinguidos personajes romanos—Tuberón, Filón, Rutilio, Lelio, Mummio, Fannio, Escévola y Manilio—en la casa de campo del primero durante tres días de las ferias latinas del año 129 antes de Cristo.
Marco Tulio Cicerón nació en el año 106 antes de Cristo en Arpinium, y murió asesinado por motivos políticos en diciembre del año 43. Con seguridad el mejor orador de su época (Catilinarias, Filípicas), Cicerón fue además abogado eficacísimo y político de gran capacidad, que llegó a ejercer el consulado después de su experiencia como edil. Fue, igualmente, un prolífico escritor, principalmente didáctico. Su obra filosófica no es tan importante. Es su elocuencia como tribuno lo que le distingue de sus contemporáneos, involucrada en los muchos acontecimientos de una época política particularmente agitada para Roma. De incesante prédica contra la tiranía, creyó que a la muerte de Julio César en el año 44 podría retomar su influencia sobre la vida pública de Roma. Sus Filípicas—catorce en total—estaban dirigidas a impedir la entronización de Marco Antonio, por entonces aspirante a dictador. Pero éste logró una alianza suficiente con Octavio, y pronto elaboró una lista de sus enemigos, en la que Cicerón no podía faltar. Un año y nueve meses después del apuñalamiento de Julio César, y luego de un infructuoso intento de fuga, es finalmente apresado por los soldados de Marco Antonio cerca de su villa de Formia y asesinado a los sesenta y cuatro años de edad.
LEA
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Uno, pocos o todos
XXXI.—ESCIPIÓN.—Cada forma de gobierno recibe su verdadero valor de la naturaleza o de la voluntad del poder que la dirige. La libertad, por ejemplo, no puede verdaderamente existir sino allí donde el pueblo ejerce la soberanía; no puede existir esa libertad, bien entre todos el más dulce, que deja de serlo cuando no es igual para todos. ¿Cómo revestirá este carácter augusto no ya en una monarquía en que la esclavitud no es equívoca ni dudosa, sino en los mismos estados que los ciudadanos llaman libres, porque tienen el derecho de sufragio, delegan el mandato y se ven solicitados para la obtención de las magistraturas? Lo que se les da habría de dárseles siempre. ¿Cómo obtener para sí mismos estas disposiciones de que disponen? Porque están excluidos del mando, del consejo público, de las preeminencias de los jueces y tribunales que acaparan las familias antiguas o poderosas. Pero en los pueblos verdaderamente libres, como en Rodas o Atenas, no hay ningún ciudadano que no pueda aspirar………………………………
XXXII.—….Dicen algunos filósofos que, cuando en una ciudad uno o varios ambiciosos pueden elevarse mediante la riqueza o el poderío, los privilegios nacen de su orgullo despótico y su arrogante yugo se impone a la multitud cobarde y débil. Pero cuando, por el contrario, el pueblo sabe mantener sus prerrogativas no es posible encontrar más gloria, prosperidad y libertad, porque entonces permanece árbitro de las leyes, de los juicios, de la paz, de la guerra, de los tratados, de la vida y de las fortunas de todos y de cada uno; entonces, sólo entonces, la cosa pública es cosa del pueblo. Dicen asimismo que con frecuencia se ha visto suceder a la monarquía, a la aristocracia, el gobierno popular, mientras que jamás una nación libre ha pedido reyes ni patronatos de aristócratas. Y niegan que convenga repudiar totalmente la libertad del pueblo ante el espectáculo de aquellos mismos que llevan al exceso sus indisciplinas. Cuando reina la concordia nada hay más fuerte ni duradero que el régimen democrático en que cada uno se sacrifica por el bien general y la libertad común. Ahora bien: la concordia es fácil y posible cuando todos los ciudadanos persiguen un fin único: las disensiones nacen de la diferencia y de la rivalidad de intereses; así, el gobierno aristocrático jamás tendrá nada estable, y menos aún la monarquía, que ha hecho exclamar a Ennio:
«No hay sociedad sancionada ni fe para un reinado»
Siendo la ley el lazo de toda sociedad civil, y proclamando su principio la igualdad común, ¿sobre qué base descansa una sociedad de ciudadanos cuyos derechos no son los mismos para todos? Sin no se admite la igualdad de la fortuna, si la igualdad de la inteligencia es un mito, la igualdad de los derechos parece al menos obligatorio entre los miembros de una misma República. Pues ¿qué es el Estado, sino una sociedad de derecho?……………………………
XXXIII.—En cuanto a las demás formas de gobierno, estos filósofos no conservan las denominaciones que ellas mismas pretenden atribuirse. ¿Por qué saludar, dicen, con el título de rey reservado a Júpiter Óptimo, a un hombre ávido de poder, dominador, egoísta, de poder tanto más grande cuanto mayor es la humillación y envilecimiento de su pueblo? Más que rey, este hombre es tirano; porque la clemencia no es tan fácil a un tirano como la crueldad a un rey. Toda la cuestión se resume para el pueblo en servir a un señor humano o implacable, pero, para él, lo seguro es la esclavitud. ¿Cómo Lacedemonia, aun en la época en que su reconstitución política pasa por más esplendorosa, podía esperar príncipes clementes y justos, cuando aceptaba por rey a cualquiera de regia estirpe? La aristocracia, por otra parte, no es más tolerable, añaden, porque esta clasificación de aristócratas, que ciertas familias ricas se arrogan, se hace sin el consentimiento del pueblo. ¿Quién les ha dado sus prerrogativas? No será la superioridad de sus talentos, de su saber, ni de sus virtudes. Escucho cuando……………
XXXIV.—…El Estado que escoge al azar sus guías es como el barco cuyo timón se entrega a aquel de los pasajeros que designa la suerte, cuya pérdida no se hace esperar. Todo pueblo libre escoge sus magistrados, y si se preocupa de su suerte futura, los elige entre sus mejores conciudadanos; porque de la sabiduría de los jefes depende la salvación de los pueblos, hasta tal punto, que no parece sino que la naturaleza misma ha dado a la virtud y al genio imperio absoluto sobre la debilidad y la ignorancia de la plebe que sólo desea obedecer sumisa. Se asegura, sin embargo, que esta feliz organización ha sido vencida por los errores del vulgo, inconsciente de esta sabiduría, cuyos modelos son tan raros como los acertados juicios; vulgo que imagina que los mejores de entre los hombres son los más poderosos, los más ricos, los de nacimiento más ilustre y no los que sobresalen por su virtud sin tacha. Cuando a merced de este error del vulgo el poderío ha usurpado en el Estado las preeminencias de la virtud, esta falsa aristocracia procura sostenerse en el poder, tanto más cuanto que es menos digna de él; porque las riquezas, la autoridad, el nombre ilustre, sin la sabiduría y conducta prudente para mandar a los demás, ofrecen sólo la imagen de un insolente y vergonzoso despotismo; nada hay más repugnante que el aspecto de una ciudad gobernada por aquellos que, por ser opulentos, se juzgan los mejores. Por el contrario, ¿qué puede haber más hermoso y preclaro que la virtud gobernando la República? ¿Qué hay más admirable que este gobierno cuando el que manda no es esclavo de ninguna pasión, cuando da ejemplo de todo lo que enseña y preconiza, no imponiendo al vulgo leyes que es él mismo el primero en no respetar, sino ofreciendo como una ley viva la propia existencia a sus conciudadanos? Si fuese un hombre solo bastante para todo, sería innecesario el concurso de los demás; así como si todo un pueblo pudiese verle y escucharle, dispuesto a la obediencia, no pensaría en escoger gobernantes. Las dificultades de un! a sabia determinación hacen pasar el poder de manos del rey a las de la aristocracia, así como la ignorancia y la ceguera de los pueblos transmiten la preponderancia de la muchedumbre a la de un corto número. De este modo, entre la impotencia de uno solo y el desenfreno de la plebe, la aristocracia ha ocupado una situación intermedia que, conciliando todos los intereses, asegura el bienestar del pueblo; mientras ella vigila el Estado, los pueblos gozan necesariamente de la tranquilidad, arrojándose en brazos de hombres que no se expondrán a escuchar la acusación de descuidar un mandato de tal naturaleza. En cuanto a la igualdad de derecho o de la democracia, es una quimera imposible, y los pueblos más enemigos de toda dominación y todo yugo han conferido los poderes más amplios a algunos de sus elegidos, fijándose con cuidado en la importancia de los rangos y en el mérito de los hombres. Llegar en nombre de la igualdad a la desigualdad más injusta, colocar a igual altura al genio y a la multitud que componen un pueblo, es suma iniquidad a que no llegará nunca ninguno donde gobiernen los mejores, esto es, una aristocracia. Esta es, poco más o menos, Lelio, la argumentación de los partidarios de tal forma política.
XXXV.—LELIO.—Pero tú, Escipión, de estas tres formas de gobierno, ¿cuál juzgas preferible?
ESCIPIÓN.—Con razón me preguntas cuál de las tres es preferible, porque aisladamente no apruebo ninguna de ellas y prefiero un gobierno que participe de todas. Si tuviese que elegir pura y simplemente, mis primeros elogios serían para la monarquía, con tal de que el título de padre fuese inseparable del de rey, para expresar que el príncipe vela por sus conciudadanos como por sus hijos, más preocupado de su felicidad que de la propia dominación, dispensando una protección a los pequeños y los débiles, gracias al celo de ese hombre esclarecido, bueno y poderoso. Vienen luego los partidarios de la oligarquía, pretendiendo hacer lo mismo y hacerlo mejor; dicen que hay más clarividencia en muchos que en uno solo, y prometen además la misma buena fe y la misma equidad; he aquí el pueblo, por último, que en voz alta declara que no quiere obedecer ni a uno ni a muchos, que hasta los mismos animales aman la libertad como el más dulce de los bienes y que se carece de ella, tanto sirviendo a un rey como a los nobles. En resumen: la monarquía nos llama por la afección, la aristocracia por la sabiduría, el gobierno popular por la libertad; elegir entre estos tres sistemas de gobierno es muy difícil.
Marco Tulio Cicerón
por Luis Enrique Alcalá | Feb 15, 2005 | Fichas, Política |

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En buena medida, la fundamentación filosófica y jurídica de la democracia equivale al reconocimiento de un «contrato social» en el que, explícita o tácitamente, entran los ciudadanos de una nación cualquiera. Originalmente esta noción está contenida en la obra de Jean Jacques Rousseau que lleva por título, justamente, El contrato social. Y si bien durante mucho tiempo se la tuvo por idea de interés más bien histórico, una crítica muy generalizada de la democracia a fines de los años sesenta, junto con los trabajos de J. Rawls (1971), R. Nozick (1974) y J. M. Buchanan (1975), han revivido el interés en el tema.
La Sociedad Alemana de Sociología, con la intención de examinar estas nuevas teorías del contrato, llevó a cabo un coloquio sobre el tema Las teorías del contrato en las ciencias sociales, escenificado en octubre de 1983 en el Palacio de Rauischholzhausen. Las conferencias del coloquio, junto con artículos posteriores de Johannes Schmidt y Reinhardt Zintl, encontraron su publicación en un volumen intitulado La Justicia: ¿Discurso o Mercado? Los nuevos enfoques de la teoría contractualista, editado por Lucian Kern y Hans Peter Müller.
En la introducción del libro, firmada por Viktor Vanberg y Reinhard Wippler, se da cuenta del impacto de la década de los sesenta sobre los fundamentos conceptuales de la democracia: «La insatisfacción que aquí se manifestara… fue el motor de una crítica fundamental de las instituciones: una crítica a las instituciones políticas de la democracia occidental, al igual que una crítica a las tradicionales instituciones sociales de la civilización occidental, tales como el matrimonio y la familia o la propiedad privada. La experiencia de que el proceso de decisión democrática genera resultados que contradicen las propias concepciones de lo ‘políticamente correcto’ y la sensación de no poder intervenir eficazmente en este proceso fueron consideradas como testimonios de que la pretensión declarada de la democracia occidental, en el sentido de garantizar una representación eficaz de la voluntad de los gobernados, era una mera ideología». No es, por tanto, sólo en Venezuela que la idea democrática ha experimentado un período crítico.
Del libro mencionado se ha escogido un fragmento de la conferencia del Conde Karl Ballestrem, profesor de Filosofía en la universidad alemana de Eichstätt, para conformar esta Ficha Semanal #33 de doctorpolítico. Su conferencia fue titulada: «La idea del contrato social implícito».
LEA
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Denunciar o emigrar
La teoría del contrato social implícito es una teoría normativa y no empírica de la acción. Al igual que toda teoría normativa, parte también de suposiciones empíricas, pero no intenta explicar por qué, de facto, las personas actúan de una determinada manera. Intenta, más bien, fundamentar a qué están autorizadas y a qué no. Por ello, no puede contribuir a descubrir si aquel que vive como tranquila persona privada, es, en realidad, un enemigo del sistema. Cuando más, puede fundamentar por qué en un orden liberal no tiene derecho a ocultar antes sus conciudadanos su identidad y sus verdaderas intenciones, es decir, por qué aquéllos tienen derecho a considerarlo tal como él mismo se presenta y a exigirle el cumplimiento de los correspondientes deberes.
Por lo tanto, como una conclusión de nuestra teoría podemos afirmar: quien en un ordenamiento liberal no hace uso de las posibilidades existentes de la crítica pública, de la oposición legal o de la emigración, sino que se mantiene en silencio y coopera, tiene que saber que su comportamiento puede ser interpretado por sus conciudadanos como si estuviera de acuerdo con el ordenamiento existente, al menos, en lo esencial. Además sus conciudadanos y su gobierno pueden pensar de él que es y seguirá siendo un ciudadano fiel a las leyes y esperar que en el futuro habrá de cumplir la parte de los deberes que tiene, de acuerdo con las reglas del sistema. Esta es la respuesta que puede darse, dentro de una teoría del contrato social implícito, al problema de la mayoría silenciosa.
Pero, también resulta de esta teoría lo siguiente: quien perciba una injusticia debe protestar públicamente e intervenir políticamente para eliminarla; el silencio despierta la impresión de aprobación y significa corresponsabilidad. Si no encuentra a nadie o sólo a muy pocos que estén dispuestos a acompañarlo en su protesta, tendrá que preguntarse si la injusticia es realmente tan importante, tan amplia, como le parece. Si encuentra muchos dispuestos a acompañarlo, puede entonces modificar el contrato social, o bien directamente a través del cambio de leyes o—si no logra esto—indirectamente a través de un debilitamiento del gobierno en el poder. Pues, así como el silencio y la cooperación fundamentan la legitimación de la dominación, así también protestas generalizadas y una oposición radicalizada significan una pérdida fáctica de legitimación.
Aquí se presenta un problema con respecto al deber de obediencia de los ciudadanos que protestan en la oposición, que no pueden imponer su opinión. Si, como lo hace nuestra teoría, el deber de obediencia es entendido como auto-obligación voluntaria que contraen los ciudadanos a través de su aprobación (donde el silencio y la cooperación son considerados signos de aprobación), entonces aquellos que protestan y se oponen a voz en cuello, deberían menos o ninguna obediencia a su Estado. Naturalmente, esta consecuencia absurda es totalmente inaceptable. Lo que sobre este punto dice en general el derecho contractual debe valer también para el Estado: quien entra en una relación contractual, quien entra en un contrato social, acepta, en caso de conflicto, seguir las disposiciones establecidas en el contrato para estos casos. Quien ingresa en una asociación presta su consentimiento a obedecer la autoridad reglamentaria, aun cuando sus propuestas no encuentren ninguna mayoría en la asamblea anual.
Naturalmente, el problema para una concepción contractualista del Estado consiste en que la mayoría no ha ingresado al Estado ni voluntariamente, después de haber conocido su «reglamento», ni tampoco le resulta tan fácil abandonarlo. Por ello, difícilmente puede decirse que haya ingresado voluntariamente en una relación contractual. Si se compara la ciudadanía con la membresía de otras asociaciones, puede, desde luego, verse también que en la cuestión de la voluntariedad lo que interesa, en primera línea, no es el ingreso. En muchas asociaciones (por ejemplo, iglesias o comunidades religiosas), es corriente que los hijos de los miembros sean incorporados poco después del nacimiento, si así lo desean los padres. Al principio, no tienen todos los derechos de los miembros pero, tan pronto como alcanzan una determinada edad, o bien son recibidos como miembros plenos a través de una ceremonia solemne o se infiere del hecho de que no abandonan la asociación o que pagan sus contribuciones, que desean seguir siendo miembros.
Para poder decir que alguien es un miembro voluntario y, por lo tanto, ha aceptado también voluntariamente los deberes de los miembros, lo que importa decididamente es la posibilidad de la salida o de la denuncia del contrato. Quien no sale, a pesar de que puede, manifiestamente desea seguir siendo miembro. La referencia a lo doloroso que puede ser la salida no es una objeción decisiva. Consideramos que una persona adulta es capaz de dar este paso doloroso y lo hacemos responsable si no lo da. Si, por ejemplo, pertenece a una comunidad religiosa, suponemos que se identifica con los objetivos y convicciones esenciales de esta comunidad y que respeta sus autoridades. Si dice: «Ciertamente, ya no comparto sus convicciones, no apruebo sus objetivos, sus autoridades me son indiferentes pero, hasta ahora, no he podido decidirme a abandonarla», pensamos que no tiene carácter y que es incoherente; hasta le haríamos ver que, en parte, es responsable de lo que hace la comunidad.
En principio, todo esto parece valer también para la ciudadanía. Nacemos como ciudadanos de un Estado, más tarde podemos decidir si queremos permanecer en él o no. Una decisión tal es difícil y depende de presupuestos objetivos (por ejemplo, que otros Estados nos dejen inmigrar), pero ha sido tomada en millones de casos. Por ello, podemos decir: quien permanece en un Estado, a pesar de que podría emigrar, quiere manifiestamente seguir siendo ciudadano de ese Estado. ¿O es ésta una conclusión apresurada?
Para una concepción contractualista del Estado, la posibilidad de la denuncia del contrato tiene una importancia central. Naturalmente, aquí hay que entender por denuncia, en primer lugar, el derecho a emigrar. Un Estado que limita fuertemente la emigración o la prohíbe no puede sostener que se apoya en el consentimiento de sujetos libres e iguales. Pero, más arriba, a propósito de Hume, se dijo que puede haber diferentes buenas razones para querer permanecer en el territorio de un Estado, razones que pueden tener poco que ver con el Estado, tal como es definido por la Constitución. Por ello, la permanencia en un Estado puede no significar la aprobación del sistema político. Es, pues, plausible buscar otras formas de denuncia del contrato para destacar aun más el carácter de voluntariedad de la vida en el Estado.
Conde Karl Ballestrem
por Luis Enrique Alcalá | Feb 8, 2005 | Fichas, Política |

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Entre los intelectuales de los que John F. Kennedy supo rodearse en su corta presidencia descuella la figura de Arthur Schlesinger Jr., historiador norteamericano nacido en 1917 cuyo trabajo se ha centrado sobre la consideración de las ideas y ejecutorias de varios presidentes de su país. (Andrew Jackson, Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy y Richard Nixon). Ganador del Premio Pulitzer de Historia por su libro sobre Jackson, durante el gobierno de Kennedy fue su historiador residente y escritor de discursos. También su padre, Arthur M. Schlesinger (1888-1965), fue un historiador respetable.
Además de sus libros sobre los presidentes que estudiara—que incluyen el famoso A Thousand Days, su relato de primera mano del gobierno de Kennedy que mereciera otro Premio Pulitzer, esta vez en Biografía—Schlesinger ha teorizado sobre el proceso político general y, en especial, sobre el tema del liderazgo en una sociedad democrática. (Más recientemente, en septiembre de 2004, ha publicado un estudio sobre el manejo de la guerra por los presidentes norteamericanos: War and the American Presidency). En Los Ciclos de la Historia Americana (The Cycles of American History), asume la cuestión del liderazgo con particular interés en el tema de la innovación política y su aceptación por la sociedad en el seno de la cual aquella emerge. Es con fragmentos sacados de este libro con lo que se compone esta Ficha Semanal #32 de doctorpolítico.
Dice Schlesinger: «En realidad, el liderazgo es lo que hace girar al mundo. No cabe duda de que el amor suaviza el tránsito; pero el amor es una transacción privada entre adultos anuentes. El liderazgo—la capacidad de inspirar y movilizar a multitud de personas—es una transacción pública con la historia». Y también: «El liderazgo puede modificar la historia para bien o para mal. Los líderes han sido responsables de los crímenes más terribles y de las más extravagantes locuras que han deshonrado a la raza humana. También han sabido impulsar a la humanidad hacia la libertad individual».
Schlesinger fue profesor de Historia en la Universidad de Harvard por una docena de años antes de integrar el gobierno de Kennedy. (En el que fungió también como asistente especial de éste para América Latina). Al término de esta presidencia pasó un semestre en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, y luego aceptó una cátedra (Albert Schweizer) de Historia en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Siempre interesado en política, trabajó intensamente en las campañas de Robert Kennedy y George McGovern, pero por propia admisión no fue capaz de apoyar—ni siquiera votar—a James Carter, a quien encontraba «demasiado conservador y pío» para su gusto.
Este historiador que fue llamado a funciones de gobierno es un «liberal» en el sentido norteamericano del término: una persona que desconfía de la idea de entregar al libre mercado el rumbo de la sociedad. En entrevista concedida a Alejandro Benes puntualizó al respecto: «El libre mercado no va a reconstruir la infraestructura del país. No va a proveer adecuados cuidados a la salud. No va a proteger el ambiente. No va a mejorar nuestras escuelas. Ninguna de estas cosas será hecha por un libre mercado sin impedimentos». Son posturas de esta clase las que le han ganado el remoquete de «Guardián del Liberalismo».
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Democracia y liderazgo
Artistas y Estadistas
¿Cuál es en realidad la función del liderazgo? ¿Cómo opera en una democracia?
El propósito de la política democrática es, o debiera ser, encontrar un medio para alcanzar la libertad ordenada en un mundo condenado al cambio incesante. «Aquel que no quiera aplicar remedios nuevos», dijo Bacon, «debe esperar males nuevos, ya que el tiempo es el mayor innovador». La carroza alada del tiempo ha estado viajando más rápidamente que nunca en los siglos transcurridos desde Bacon. El resultado es una brecha perenne entre las instituciones y creencias heredadas y un medio ambiente en movimiento perpetuo. La misión de la política democrática es mantener a las instituciones y los valores suficientemente al corriente de la vertiginosa velocidad de la historia para dar a la sociedad la oportunidad de controlar las energías desencadenadas por la ciencia y la tecnología. El liderazgo democrático es el arte de fomentar y administrar la innovación al servicio de una comunidad libre.
No supongo que la creatividad en el arte de gobernar sea esencialmente diferente de la creatividad en otros campos. Con fines de ilustración, me gustaría ofrecer una lista de cualidades requeridas para la política creativa; una lista tomada de un famoso comentarista de la Revolución Francesa. El primer requisito de la lista es observación, «la capacidad de observar con exactitud las cosas como son en sí mismas», saber «si las cosas descritas están realmente presentes». Después, reflexión que enseña «el valor de las acciones, las imágenes, los pensamientos y los sentimientos; y ayuda a la sensibilidad a percibir la relación que tienen entre sí». Luego, imaginación, «modificar, crear y asociar»; después invención, y finalmente juicio, «decidir cómo y dónde, y hasta qué grado debe y puede ejercerse cada una de estas facultades».
Estas cualidades, llevadas a su nivel más alto, constituyen el genio, «la única prueba (del cual) es hacer bien lo que es digno de hacerse, y lo que nunca se hizo antes… El genio es la introducción de un elemento nuevo en el universo intelectual». Ahora bien, la introducción de un elemento nuevo en el universo intelectual es una empresa peligrosa. «La ruptura de los lazos de la costumbre» provoca resistencia. Por lo tanto, el innovador tiene la tarea de «crear el gusto por lo que ha de ser disfrutado… Crear un gusto es invocar y conferir poder».
El lector habrá adivinado que estoy citando no un discurso sobre el arte de gobernar, sino el prefacio de Wordsworth a la edición de 1815 de sus poemas, donde el otrora entusiasta de la Revolución Francesa consideraba «los poderes que requiere la producción de poesía». Su análisis sugiere que la creatividad en política apela a poderes similares y corre el riesgo de desaires similares.
De cualquier modo, sigue habiendo diferencias entre el proceso creativo en la ciencia y el arte y dicho proceso en la política. Una es la cuestión de la oportunidad. La ciencia y el arte no pueden ser apresurados. La política siempre es esclava del reloj. El estadista es víctima de la emergencia, prisionero de la crisis y, aun en épocas de tranquilidad, siervo de los plazos que se vencen. A menudo debe asirse de ideas prematuras y usarlas sin conocer las consecuencias. Peor aún, el estadista suele enfrentarse a situaciones en que, si espera demasiado para estar absolutamente seguro de los hechos, puede perder el control de los acontecimientos. «Cuando es mayor el ámbito de la acción», observó Henry Kissinger, «los conocimientos en que puede basarse dicha acción son limitados o ambiguos. Cuando ya se tiene el conocimiento, la capacidad para influir sobre los acontecimientos suele ser mínima. En 1936 nadie podía saber si Hitler era un nacionalista incomprendido o un demente. Cuando se tuvo la certeza de lo segundo, el precio fue millones de vidas». Tocqueville lo dijo en forma más sucinta: «Una democracia puede llegar a la verdad sólo como resultado de la experiencia; y muchas naciones pueden perecer mientras están aguardando las consecuencias de sus errores».
El estadista debe aceptar no sólo los plazos que se vencen sino un ambiente exigente. Eternamente está pactando con otros. En una forma de gobierno democrática la dialéctica de la transacción es la norma en todos los niveles. Mientras los artistas y los científicos rechazan la transacción, caminan por cuenta propia y apuestan a la aprobación del futuro; los estadistas requieren aprobación ahora si quieren lograr algo. Stendhal esperaba ser reivindicado en un siglo; Napoleón tuvo que reivindicarse de inmediato, o resignarse a ser nada. El artista y el científico tienen tiempo y espacio; el estadista tiene bastante poco de ambas cosas. Freud acertadamente colocó al gobierno junto con la educación y el psicoanálisis en su lista de las tres profesiones «imposibles», aquellas «en las que se puede estar seguro de alcanzar resultados insatisfactorios».
La Superación del Viejo Orden
En el arte y en la ciencia, el innovador sólo tiene que convencer a una persona: él mismo. Pero la innovación en la democracia entraña una tarea aún más ardua: el innovador debe persuadir a otros a que cambien su opinión. Los cambios son amenazantes. La innovación puede parecer un ataque a los cimientos del universo.
El interés creado es proteico. Puede ser personal: invertir un intelecto y una carrera en un sistema particular de creencias. Puede ser institucional: las ideas encarnadas en instituciones se vuelven especialmente difíciles de abandonar. Puede ser social: invertir en un sistema de creencias que protege el poder de un grupo o clase.
El análisis de Joseph Schumpeter sobre la función de la empresa económica ilustra también las dificultades del liderazgo político. Cada paso que se da en contra de la rutina despierta dudas. El individuo que hace caso omiso de los canales establecidos, observó Schumpeter, carece de datos persuasivos para justificar la contravención de las leyes. Allí donde el precedente había constituido una guía autorizada, ahora «el éxito de todo depende de la intuición, de la capacidad de ver las cosas de una manera que después resulte cierta, aunque no se le puede establecer en el momento, y de captar el hecho esencial, descartando lo no esencial, aunque no se pueda ofrecer una explicación de los principios por los que esto se hace». Pocos están dispuestos a abandonar las precitadas suposiciones por los riesgos admitidos. Schumpeter también hizo hincapié en la venganza que ejerce el medio social contra los que desean hacer algo nuevo. Cualquier grupo resiente la herejía por parte de sus miembros.
Las sociedades faustianas de Occidente viven en perpetua expectación de cambio. Sin embargo, aunque las naciones democráticas afirman la inevitabilidad del cambio, la democracia también inculca hábitos de pensamiento que refuerzan la resistencia a las ideas nuevas. Los primeros críticos de la democracia no la veían así; más bien se lamentaban de la supuesta inestabilidad de las masas y temían que el gobierno popular sucumbiera a azarosos arrebatos de opinión no autorizada. Pero observadores simpatizantes como Tocqueville se preocupaban del largo plazo. «Lo que me sorprendió en los Estados Unidos», escribió, «era la dificultad de sacudir a la mayoría una vez que se había formado una opinión».
Lo que cuenta al final es la subversión de las ideas viejas por el medio cambiante. Esto es lo que da al líder democrático la oportunidad de crear el gusto por el que ha de ser disfrutado.
Arthur M. Schlesinger
por Luis Enrique Alcalá | Feb 1, 2005 | Fichas, Política |

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El septuagenario profesor de Ciencias Políticas (Wolfson Professor) de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Yehezkel Dror, puede ser considerado tal vez la mayor autoridad del mundo en los procesos de toma de decisiones públicas de alto nivel. Nacido en Viena en 1928, obtuvo su título en Derecho en la Universidad de Harvard, y ha descrito una trayectoria de creciente importancia en la profesionalización y modernización de la formulación de políticas públicas en varios países del mundo.
Uno de sus primeros aportes surgió de su paso (1968-70) por el más grande y prestigioso think tank del planeta: la Corporación RAND, cuyo cuartel general está situado en Santa Mónica, en las afueras de Los Ángeles. Allí escribió el libro Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem como respuesta a encargo de RAND sobre el problema de «amenazas» poco comunes. En el libro esboza una tipología de gobiernos que obedecen a agendas agresivas y conjuntos de valores que se apartan de la práctica convencional, bastante antes de que Kaddaffi, Hussein o Chávez hicieran acto de presencia en la escena política mundial.
El profesor Dror ha sido asesor de alto nivel ante los gobiernos de Inglaterra, Canadá y Holanda, así como ante la Comunidad Europea en Maastricht, y también ha contribuido con el diseño de mejores estructuras de gobierno en su país de residencia, Israel, donde no sólo ha ejercido la docencia, sino que se ha desempeñado como Científico Jefe del Ministerio de Industrias y en varios cuerpos de inteligencia de alto nivel. De notable capacidad predictiva, fue de los poquísimos analistas que pudo anticipar el colapso del régimen del Shah de Irán, evento que tomó por sorpresa a las cancillerías occidentales.
Pero no sólo su prédica y sus libros revelan mejores protocolos para tratar con sorpresas históricas, sino que ha llegado a la prescripción de sorpresas como modo de cambiar situaciones en apariencia intratables. En 1979 ofreció una conferencia que llevó por título «Cómo darle sorpresas a la historia», en la que estipula varias condiciones prácticas para el logro de tan desusado objetivo. Es de este texto de donde han sido extraídos los fragmentos que componen la Ficha Semanal #31 de doctorpolítico.
Yehezkel Dror estableció conocimiento directo de Venezuela con ocasión de conocer en México, en un congreso internacional, al Dr. Enrique Tejera París, a la sazón interesado en establecer en la Universidad Simón Bolívar un programa académico sobre lo que este último denominaba «bulemática» (arte de la decisión, del griego «bulé», decisión). Era el año de 1971. Al año siguiente vino Dror a dictar su primer taller de «análisis de políticas» para decisores de alto nivel. Un poco más de una docena de personas tuvimos la suerte de descubrir el riquísimo mundo conceptual de Dror, no sin someternos a su muy rigurosa disciplina intelectual. A partir de entonces Dror vino al menos una vez por año al país, para dictar su taller en forma cada vez más actualizada y enriquecida y para asesorar a distintas instituciones, entre las que pueden contarse el Gobierno Nacional, el Consejo Nacional de Seguridad y Defensa, PDVSA y el ILDIS (instituto de investigaciones de la periferia de Acción Democrática). Esta última asociación era natural. Dror ha estado afiliado por mucho tiempo al Partido Laborista israelí, del que fue igualmente «científico jefe», o brujo residente. Dror, sin embargo, no pudo ejercer una influencia decisiva sobre el gobierno venezolano. En 1977 un importante ministro del gobierno de entonces escuchó su prescripción para mejorar la formulación de políticas en Venezuela, sólo para decirle a continuación que «la clave de la política venezolana residirá, por mucho tiempo más, en el número de compadres que el presidente tenga en el territorio nacional». Su última visita al país la realizó luego del intento de toma del poder de febrero de 1992 por el actual presidente Chávez. Poco después expresaría a un común amigo su «profunda desilusión» con Venezuela. Su consistente prédica por una racionalización de la toma de decisiones públicas no parecía haber encontrado terreno fértil entre nosotros.
LEA
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Historia sorprendida
Suponiendo que uno desee planear una discontinuidad y suponiendo que uno ha analizado la dinámica de la situación para alcanzar la conclusión de que eso puede ser posible, ¿cómo se procede? O, para retroceder un paso, ¿cómo puede uno analizar el mérito y la factibilidad de darle una sorpresa a la historia? La literatura disponible en planificación y análisis de políticas, en pensamiento estratégico, etc., tiene poco que ofrecer a este respecto, pues se concentra más sobre micro-problemas que sobre tales problemas de «gran estrategia». Permítaseme ofrecer un cierto número de pensamientos preliminares sobre esta materia:
—Una buena inteligencia estratégica y el análisis de ambientes esperables puede identificar tendencias negativas y diagnosticar situaciones inestables.
—Las estructuras y procesos gubernamentales normales son incrementales por naturaleza. Aún si llegan a sentir una situación en deterioro se conducirán según una microrracionalidad, buscando encontrar un mejor punto en una curva dada; pero usualmente se opondrán o reprimirán proposiciones «radicales», las que tratan de moverse a otra curva e incluso a otro espacio por la vía de discontinuidades conscientemente creadas.
—La política democrática tiene algunos aspectos adicionales que refuerzan el incrementalismo e inhiben estrategias «sorpresivas» (aunque no completamente). Esto puede hacer surgir problemas de competencia entre regímenes democráticos y no democráticos, los que pueden ser resueltos pero requieren atención.
—Un empresariado político (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Involucra a gobernantes especiales que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar. Esto hace surgir un dilema: demasiado poder concentrado en gobernantes especiales o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones aumenta los peligros de acciones precipitadas y de equivocaciones. Un sistema cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Pequeños núcleos de políticos de alto nivel, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, pueden ser lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda; también disfrutan acá de algunas ventajas los regímenes presidencialistas. Un problema abierto es el de cómo permitir acciones sorpresa adecuadas en países de gobierno de gabinete bajo condiciones que no estén políticamente definidas como críticas, lo que añade una dimensión importante a los temas más amplios de una reducción en la capacidad de gobernar y de tendencias hacia lo que llamo «política del estancamiento». (Stalemate politics).
Moviéndonos de la factibilidad política y del delicado balance entre riesgosas concentraciones de poder y equilibrios de poder inhibidores de acción radical, hacia los problemas intelectuales—cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia—la ya mencionada escasez de estudios y metodologías pertinentes debe ser enfatizada. Para movernos hacia terra incognita , algunos de mis trabajos preliminares sobre las posibilidades del análisis macropolítico y la planificación de gran estrategia me conducen a los siguientes comentarios tentativos:
a. La selección y el éxito de intentos de mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones sociopolíticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo regular son incapaces de hacer el trabajo.
b. Es posible definir situaciones cuando intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia son justificadas. Tendencias al deterioro que constituyen amenazas cada vez más serias, ideologías y aspiraciones que no tienen chance sin rupturas radicales de la continuidad, turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que pasarán; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.
c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no envuelve costos serios. (Por ejemplo, en mi análisis, la iniciativa de paz del Presidente Sadat se aproxima a una situación de ese tipo). En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de «compensación de apuestas». (Hedging). En vista de la incertidumbre de la post-discontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente «apuestas difusas». Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.
d. La prudencia (que es un juicio de valor en loterías) requiere por tanto un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo). Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y el conservatismo.
Yehezkel Dror
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