por Luis Enrique Alcalá | Abr 19, 2005 | Fichas, Política |

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Fernando Mires es un sociólogo y politólogo chileno (1943) que ha escrito una buena cantidad de libros. (Amén de numerosos artículos y ensayos). Entre sus obras puede contarse a La rebelión permanente: Las revoluciones sociales en América Latina, El discurso de la indianidad: la cuestión indígena en América Latina y El Orden del Caos: ¿Existe el Tercer Mundo?, del que ha sido tomado el texto que compone esta Ficha Semanal #42 de doctorpolítico. A la publicación de este último libro—editado en Caracas por Nueva Sociedad en 1995—Mires se desempeñaba como profesor de Política Internacional en la Universidad de Oldenburg, en Alemania.
El texto escogido corresponde a la sección ¿Crisis política o crisis de la política?, del capítulo final: Por una reformulación de la política. Al comienzo del libro Mires introduce el término «desrevolución», para referirse al proceso iniciado por Mikhaíl Gorbachov en el seno de la sociedad soviética, que terminara dando al traste con el más prolongado de los experimentos comunistas. El fin de la bipolaridad es uno de sus focos de atención preferente. Otro de sus intereses es el da la emergencia de nuevas formas de articulación social. Así escribe, por ejemplo, en trabajo titulado Comunicación: entre la globalización y la glocalización (1999): «Las ONG y la formidable expansión que experimentan en el último decenio serían, en tal contexto, organizaciones reactivadas por el retiro del Estado, pero, a la vez, formas nuevas de autoconducción social que hacen innecesaria, en muchos casos, la permanente presencia del Estado; es decir, serían signos que marcan nuevos avances en el largo proceso que lleva a la formación de ciudadanos autónomos y soberanos, y que substituyen relaciones de vasallaje respecto al Estado que bajo formas disfrazadas (corporativistas, socialistas, populistas) prevalecen en nuestro tiempo».
Mires certificaba en 1995 la presencia de una nueva política despojada de historia y de utopía. Pero los venezolanos sabemos que tal certificación fue apresurada. La dominación actual se justifica en nuestro país, justamente, por una utopía «bolivariana» y una peculiar interpretación de la historia, desde la cual toma vigencia lo que pudiera llamarse una «Segunda Guerra Fría», luego del deceso del esquema bipolar ruso-norteamericano. La prédica «multipolar» del gobierno venezolano es, en realidad, una nueva versión de bipolaridad, que no encuentra expresión sustantiva (el «socialismo del siglo XXI» está por inventarse) en otra cosa que no sea la crítica de los Estados Unidos.
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Crisis de la política
Reformular la política no es un imperativo moral, es una necesidad de readecuación práctica. Después de la bipolaridad, la tensión entre las palabras y las cosas es cada vez más grande, de modo que no sólo la política, sino también muchas prácticas societarias experimentan dislocaciones entre sus significantes y sus significados. Pero la política es representación de ideas e intereses colectivos, y ahí se observa, de una manera más visible y concentrada, esa dislocación epistemológica. Por lo tanto, pese a que en muchos países se piensa que se vive una crisis política, aquí se plantea que se trata de un hecho mucho más decisivo: de una crisis de la política. La crisis de la política se expresa, naturalmente, en muchas crisis políticas, las que por lo general asumen la forma de crisis de representación, esto es, cuando las representaciones políticas tradicionales no encajan ni con los intereses ni con los ideales de los representados. La crisis de la política sólo en parte es resultado del fin de la bipolaridad. En cierto modo puede decirse que lo antecede; más aún, el fin de la bipolaridad también podría entenderse como resultado de la crisis de la política. Esta crisis tiene que ver, además, con dos procesos que se complementan entre sí. Por una parte, el deterioro de la llamada «sociedad del trabajo». Por otra, nuevos movimientos sociales que, de un modo emancipador, o de un modo regresivo, cursan por canales diferentes a los de la política tradicional. En ese contexto, el fin de la polaridad ha hecho más visible lo que antes se percibía sólo como tendencia.
Causa o consecuencia, el fin de la bipolaridad ha desvalorizado muchos de los términos con que era conjugada la política. Como ha sido expuesto, en los marcos de la guerra fría fue posible que el «secreto de Estado» se convirtiera en monopolio de expertos y políticos, escapando a la participación ciudadana. De este modo, independiente de los ritos democráticos, fue imposible evitar que en diferentes países los políticos se autonomizaran relativamente como «clase de Estado». Por supuesto, el grado más extremo fue el de las nomenklaturas comunistas, pero algo de «nomenklaturización» es observable también en Occidente, donde muchos de los partidos democráticos son muy poco democráticos en su interior. La autonomización de lo político respecto a la actividad ciudadana hizo posible que entre los miembros de la «clase política» se establecieran pactos implícitos y solidaridades que traspasaban las interpartidarias. Estas se daban por medio de «poderes de facto como logias, clubes, iglesias y mafias.
Que precisamente «después del comunismo» casi en todos los países occidentales sean descubiertos casos de corrupción entre políticos, dista de ser una casualidad. Pero no se trata de que los políticos sean mejor o peor que antes. Son, por lo común, los mismos. Lo que sucede es que muchas de las actividades de los políticos que en el pasado eran toleradas, después del bipolarismo aparecen como «escándalos», hasta el punto de que en países como Italia o Brasil la propia actividad política amenaza con convertirse en escándalo. La explicación es sencilla: en los tiempos de la bipolaridad, muchos escándalos podían conducir a la inestabilidad política, factor muy temido en la arena internacional. Los diferentes gobiernos de la guerra fría necesitaban dar una imagen de solidez hacia el exterior. Después de la bipolaridad, la obligación geopolítica de la estabilidad se ha convertido en superflua, de modo que, por una parte, las lealtades extra e interpartidarias se han vuelto más relajadas y, por otra, ha sido posible el surgimiento de una prensa especializada en «escandalogía política». Detrás del factor escándalo se encuentra, empero, una opinión pública que capta que ha llegado la hora de desmonopolizar el poder político, o lo que es igual, hacer que el político vuelva al lugar que no debió haber abandonado nunca: el de mediador. El escándalo revelado es uno de los medios de que se sirve esta opinión para reducir el inusitado poder alcanzado por la «clase política».
De la misma manera, la política ha perdido el carácter patético que llegó a alcanzar durante la «pax atómica» cuando cualquier gesto o palabra falsos podían llevar a desequilibrios que amenazaban la paz mundial. El estadista de las potencias grandes y medianas, aparecía así, frente a la opinión pública, como un superhombre, en quien habían sido delegadas atribuciones parea evitar el holocausto de la humanidad. En los tiempos de la guerra fría, la política como tal estaba asociada a la idea de la guerra. Invirtiendo a Clausewitz, era la continuación de la guerra por otros medios. Y el político era el guerrero de la guerra fría. Basta recordar la tensión con que eran esperados los resultados de las conversaciones que mantenían los políticos en «la cumbre». Hoy hasta el término «cumbre» ha perdido su patetismo. Los políticos pueden reunirse en las cumbres que quieran, y a nadie le importa demasiado.
Pero no sólo con la guerra estaba asociada la política. También, y quizás por eso mismo, estaba asociada con la historia. En los tiempos utópicos de la guerra fría, el futuro estaba decidido por las correspondientes utopías y la política era un simple medio para el cumplimiento de la historia. Hacer política era hacer historia. Para las izquierdas, tanto socialdemócratas como «revolucionarias», se trataba de obtener el poder como «un medio» para obtener un objetivo final. En EEUU, desde los tiempos de Wilson, todos los presidentes inauguraban sus gobiernos con un mensaje de «nuevo orden». Hoy, en cambio, el poder ha ido despojado de su telos. Y un poder no teleológico, es poder puro o puro poder; es un fin en sí mismo. Por lo mismo, el político ya no se siente apoyado por «la historia». Tiene que apoyarse en sí mismo, en su capacidad de convicción, o en su inteligencia, o por último, en su «imagen», cualidades que evidentemente no todos poseen. Pero esos mismos políticos enseñaron a su público a votar por ellos como portadores de una misión histórica. Y ahora, ese público no puede perdonar la ausencia de historicidad en la política. Entre las muchas críticas a la política, algunas correctas, se esconden otras que añoran la imagen del líder mesiánico, quien por medio de la catarsis provocada por su Palabra, conducía a las tierras subyugantes de la Utopía. Muchos no se conforman con la idea de que la política no es todo ni todo es política. En los tiempos utópicos, millones de seres humanos creyeron que en la política podía ser encontrada la felicidad que no podían obtener en sus vidas. No pueden conformarse con la idea de que la política no es el lugar de la felicidad sino del compromiso, y que del compromiso (donde para recibir hay que saber conceder) es imposible esperar la felicidad. La felicidad tendrán que encontrarla, desde ahora, en los lugares a los cuales pertenece: en el arte, en el orgasmo, en el amor y en la amistad, o simplemente, en el inmensurable placer de vivir. Pero nunca más en la política.
Fernando Mires
por Luis Enrique Alcalá | Abr 12, 2005 | Fichas, Política |

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Es del año 1986 que data la obra Dominación y Acuerdo. de Dolf Sternberger, que para algunos es uno de los fundadores de la «politicología» alemana y para otros un «crítico cultural» de grandes agudeza y penetración. Nacido en Wiesbaden el 28 de julio de 1907 y fallecido un día antes de su cumpleaños en Francfort del Meno en 1989, Sternberger alcanzó un merecido prestigio con su ya clásico libro Fundamento y Abismo del Poder.
Dominación y Acuerdo, del que ha sido extraída la Ficha Semanal #40 de doctorpolítico, es en verdad una colección de ensayos independientes en torno a la oposición entre el acuerdo puro de hombres libres, «sin participación o intervención de dominación alguna», y la dominación extrema ejemplificada en el Leviatán de Hobbes. En el prólogo escribe acerca de esta última: «En esta figura del Estado, toda personalidad es eliminada, la pluralidad y variedad de los sujetos que—como lo quiere la teoría, como una especie de leyenda racional—se han unido en el Estado, se presentan sólo como una sinuosidad o como una única excrecencia monstruosa y ella es la que ejerce el poder total, sin competencia».
La ficha como tal, bastante más extensa que lo que lo han sido las precedentes de esta serie, contiene íntegramente el ensayo-capítulo Las elecciones como acto de gobierno ciudadano. La decisión de citarla en su totalidad obedece a la convicción de que el razonamiento de Sternberger es plenamente pertinente al caso venezolano, por lo que hubiera sido una mengua mutilarlo. El texto se centra sobre el momento crucial del ascenso al poder de Adolfo Hitler en 1933, a raíz de resultados electorales limpios que significarían el fin de la República de Weimar, el ensayo constitucional emprendido por Alemania al desmoronarse la dominación de la dinastía Hohenzollern con el desenlace de la Primera Guerra Mundial.
Hay cosas, sostiene el autor, que no pueden ser enajenadas. Algún obrero desprevenido pudiera firmar para una empresa voraz una constancia de que renuncia a sus derechos laborales especificados por ley. Un documento tal no tendría validez, porque tales derechos son irrenunciables. Así tampoco es transferible al Estado la condición originaria e individual de ciudadano, por lo que cualquier república fundada en esta alienación cívica carecerá de legitimidad.
Es un ensayo magnífico y claro, uno de los mejores en un libro que escogió como epígrafe un verso de la Escena Tercera de la Antígona de Sófocles, el que dice simplemente así: «Un Estado no es algo que sea propiedad de un solo hombre».
Algo larga, pues, esta ficha de hoy, pero sin desperdicio alguno. LEA
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Democracia sin demócratas
«Todo poder político emana del pueblo», se dice en la Ley Fundamental de la República Federal de Alemania en su artículo 20. ¿Quién es el pueblo?
Difícilmente haya un concepto más ambiguo en el mundo conceptual político que el de pueblo; difícilmente exista una palabra que despierte asociaciones o recuerdos más diferentes, más opuestos, que haya encendido al mismo tiempo más entusiasmo y más desprecio, que haya provocado tanta polémica.¿Qué es lo que nos resuena cuando se pronuncia esta palabra?: el populus en la orgullosa fórmula Senatus Populusque Romanus, al mismo tiempo la plebs, como la clase más baja de este populus, hasta la masa común, el vulgus, que despertaba el desprecio y hasta el odio estético-aristocrático en el famoso verso de Horacio odi profanum vulgus et arceo y de tantos sucesores de iguales o similares convicciones, también entre los poetas, hasta nuestro tiempo. De populus, de la palabra, deriva no sólo etimológicamente el people inglés con su característico, inimitable, incomparable doble significado plural-singular: «el pueblo», pero también «la gente»; es uno, pero no sólo uno sino también una pluralidad, un conjunto de personas, una multitudo, como se decía en el lenguaje medieval. Y deriva también el peuple francés, le peuple. Y cuando suena esta transformación en un idioma nacional, nos invade el recuerdo del pueblo de la Revolución Francesa, el pueblo de París asaltando La Bastilla, liberando presos y acompañando después los carros del verdugo, le peuple, la plebe. Y se nos vienen a la mente significados tan cambiantes como los que están encerrados en la palabra «comunidad popular». Idílico a primera vista, la imagen de un ente que siente que por naturaleza es una unidad, cantando canciones «populares», bailando danzas «populares», usando trajes «populares», pero que luego muestra otro rostro, una caricatura fea, organizando, formándose en columnas y pisoteando con botas aquello que es excluido de esta desvanecida y autoidolotrada comunidad natural, minorías creadas por la arbitrariedad de la ira y destrozadas por encontrarse fuera de la «comunidad popular».
Tantos rostros y todavía muchos más tiene el pueblo; tan sólo he sugerido significados y relaciones específicamente políticos; tantos tonos y disonancias, imágenes, procedimientos, juicios, resuenan cuando se pronuncia la palabra «pueblo»; todo un coro confuso de voces, talantes, corrientes, opiniones, actos, dignos e indignos, confiados y escépticos, nobles y vulgares.
¿Quién es el pueblo? ¿Quién es este pueblo, del que, según la frase de la Constitución, debe emanar todo poder político? Ciertamente no es el pueblo natural, pre-estatal, de la comunidad popular; ciertamente no es la plebe y el conjunto más bajo de la población, no es el pueblo biológico, pero tampoco, o sólo marginalmente, el pueblo histórico, el pueblo alemán, no es la muchedumbre y tampoco la nación, sino el pueblo constitucional que, por así decirlo, sólo y justamente entra en existencia cuando es llamado por su nombre por la Constitución o por la en ella articulada fundación del Estado. Es el pueblo de los ciudadanos, de los ciudadanos presentes y futuros, reales y posibles de este Estado. Los comentarios de la Ley Fundamental coinciden con esta interpretación de la frase y las palabras del artículo 20. Mangoldt habla de la «totalidad de los ciudadanos», algo que, naturalmente, es o se ha convertido en una expresión desagradable que preferimos evitar. Lo más correcto sería, si todavía hablásemos en latín, dar nueva vida a la fórmula medieval de la universitas civium, de la universalidad de los ciudadanos. Este es el pueblo de la Ley Fundamental. Y, al expresar y formular tal definición, se vuelve al mismo tiempo claro que la llamada declaración de la soberanía popular posee, en verdad, no sólo un poder declarativo sino, al mismo tiempo, postulativo y un contenido postulativo, que aquí no sólo se refuerza una doctrina, sino que se plantea una exigencia, se formula una invitación: ¡Conviértete en ciudadano! La invitación de ser o convertirse en ciudadano, civis, polites, y, en tanto tal, participar en la conformación del Estado, es decir, cogobernar.
¿Quién es el pueblo? La respuesta reza pues: la totalidad de los ciudadanos del Estado. Y cuando se dice que todo poder político emana del pueblo se infiere de aquí que el Estado se derrumbaría y sucumbiría si el pueblo dejara de ser la totalidad de los ciudadanos, si el pueblo ya no estuviera formado por ciudadanos o si estos ciudadanos renunciaran a su sentido ciudadano, a su cualidad ciudadana, más aun: a su cargo ciudadano, a su cargo político ciudadano. Quien no quiere que el Estado se conserve, se dice en un bello pasaje del Defensor Pacis de Marsilio de Padua, «se cuenta entre los esclavos, no entre los ciudadanos». Y en este sentido, Marsilio cita también la Política de Aristóteles: «La parte de la ciudadanía que desea que se conserve el Estado tiene que ser más fuerte que la que no lo desea». Esto suena muy simple y elemental, y lo es también, pero no por ello es y ha sido evidente en todo momento y tampoco, sobre todo, fácil de realizar. De la República de Weimar se ha dicho que fue una república sin republicanos, una democracia sin demócratas. Al final—para usar las palabras de Marsilio o Aristóteles—la parte de la ciudadanía que quería conservar el Estado—y esto significa: que lo quería realmente—no era justamente la parte más fuerte sino la más débil y, por ello, verdaderamente sucumbió este Estado. Y al final, si no una mayoría numérica, sí una muy considerable minoría numérica del pueblo, es decir, del pueblo constitucional de la República de Weimar, se desprendió de su propia calidad ciudadana, de su cargo ciudadano y, con ello, de su poder político.
Este ejemplo admonitorio y terrible debe ser considerado con algún detalle, a fin de reforzar indirectamente el exacto sentido político del pueblo. En las elecciones para el Reichstag de marzo de 1933, el partido de Hitler logró el 43,1% de los votos, en aquellas elecciones que fueron las últimas relativamente libres—libres en un sentido limitado—que registra la historia. Y, por eso, una serie de autores, entre ellos también extranjeros como, por ejemplo, Allan Bullock, han señalado como un hecho notable, a remarkable fact, y esto significa a la vez un hecho que descarga al pueblo alemán que—no obstante todo el despliegue de seducciones y amenazas, de propaganda y terror—no le dio a Hitler la mayoría a la que había aspirado. Es más bien un asunto de ponderación el que uno quiera entregarse más a la satisfacción que estas cifras pueden procurarnos, en la medida en que se mantuvieron por debajo de la marca del 50%, o el que uno ceda a la amarga pesadumbre que estas mismas cifras provocan en nosotros, en la medida en que valen para más de los dos quintos y no mucho menos de la mitad de los electores alemanes vivientes. Al final, es una cuestión de decisión personal—también del tipo y grado de la participación personal—el que uno quiera considerar aquella raya designada en la escala con la cifra 50% como un criterio decisivo o como un dato casual y una asignación arbitraria.
Desde luego, para Hitler era una necesidad y una ambición calentar el agua del movimiento de votos de forma tal que hirviera y rebasara esa marca. Pero, esto no debe confundirnos. Su fantasía de un voto de confianza del pueblo mayoritariamente plebiscitario no se realizó; en todo caso, mientras existió la competencia electoral y mientras el secreto del voto estuvo, de alguna manera, garantizado. Pero, ¿qué hubiera sido diferente si en las elecciones del Reichstag del 5 de marzo de 1933 los nacionalsocialistas hubieran obtenido no el 43% sino, digamos, el 53% o el 63% de los votos? ¿Qué es lo que hubiera sido diferente por lo que respecta a la legitimidad de la dominación de Hitler? Posiblemente él mismo hubiera reinterpretado—en el sentido de la carta abierta que le escribiera a Brüning en 1931—un tal resultado electoral como fundamento directo de su poder gubernamental y como la fuente finalmente abierta de su nueva legitimidad plebiscitaria; un tal resultado le hubiera, por ello, colocado en la situación de poder prescindir cómodamente del Reichstag y del presidente del Reichstag. Presumiblemente, a partir de la mayoría de los votos, hubiera justificado, con un giro de mano, la totalidad del ejercicio del poder. La carta a Brüning de diciembre de 1931 permite ver claramente el contexto:
Ud. se niega, como «hombre de Estado’» a admitir que si llegamos al poder por vías legales, podemos entonces quebrar la legalidad. Señor Canciller del Reich: la tesis fundamental de la democracia reza: todo poder emana del pueblo. La Constitución determina de qué manera una concepción, una idea y, por lo tanto, una organización, tiene que obtener del pueblo la autorización para la realización de sus objetivos. Pero, en última instancia, es el pueblo el que decide sobre la Constitución. Señor Canciller del Reich: una vez que el pueblo alemán haya autorizado al movimiento nacionalsocialista a introducir una Constitución totalmente distinta a la que hoy tenemos, Ud. no podrá impedirlo.
Aquí se aclara pues, por así decirlo, en un giro de parodia y revestimiento democráticos, la concepción del poder constituyente originario del pueblo, es decir, de la soberanía del pueblo en sí por encima de la Constitución. Así pues, en este sentido habría interpretado Hitler un mandato tal si en las elecciones del 5 de marzo de 1933 hubiese obtenido una mayoría absoluta. Y pregunto una vez más: ¿cuál hubiera sido la diferencia si este caso se hubiese producido? En verdad, tampoco una mayoría absoluta de votos hubiera podido modificar en nada la ilegitimidad objetiva del régimen de Hitler. Y aquí no queremos en absoluto insistir en la diferencia de que una elección de candidatos para el Reichstag no puede ni debe por su naturaleza ser un plebiscito o que, con otras palabras, el 5 de marzo de 1933 no había que decidir la cuestión de una reforma de la Constitución, sino de la asignación de bancas en el parlamento. En principio, naturalmente, lo que se discutía era un cambio de Constitución, la eliminación del orden constitucional vigente, y esta cuestión se presentaba al electorado de ese día sólo bajo el disfraz de una elección para el Reichstag. Y, por ello, puede decirse en descargo de los electores que no todos lograron reconocer la verdadera cuestión bajo este disfraz. Pero para poner en duda el efecto legitimante de un voto mayoritario no parto de razones tan finas sino de una razón mucho más drástica y burda. Ni con el 40% ni con el 50% o el 60% de los votos, ni sobre la base de una mayoría o de una minoría, desde luego apreciable, Hitler no podía nunca legitimar su combinado golpe de Estado (para usar una expresión de Hermann Rauschning) o su usurpación disfrazada con el número de los votos; y ello no podía hacerlo porque ni siquiera la mayoría absoluta de quienes lo apoyaban hubiera estado en condiciones de ocultar o acallar la falla fundamental que afectaba este tipo de aprobación. Podía, por cierto, expresar una confianza, pero nunca podía ser interpretada como una delegación y ésta es una distinción decisiva. Una elección libre, si es que en ella ha de haber una fuerza justificante, que fundamente un órgano, no puede representar sólo aprobación, tampoco sólo confianza, sino también delegación o entrega, trust, tiene que esperar delegación y ser garantizada como tal.
Delegación es algo diferente a autorización. Delegación no es autorización para todo y para cada cosa que se le pueda ocurrir al candidato o al gobernante. El acto de delegación presupone la identidad del cargo que ha de ser ocupado y que es delegado justamente al elegido. Pero, lo que es más importante aun, el acto de la delegación, si es que ha de legitimar al gobernante, presupone que, después de un cierto plazo, el mandato puede ser revocado. Delegar no es enajenar. El principio de legitimidad de las elecciones libres no puede ser tampoco confundido o mezclado con el principio religioso de la fe incondicionada en el sentido de la frase: «¡Arrojad vuestras preocupaciones sobre Él, Él las aliviará!» En la medida en que no exista una garantía de que el poder habrá de volver a quienes, a través de su acto electoral, después de una decisión libre lo han delegado en un candidato para el gobierno, la elección no puede conferir legitimidad al ejercicio de su función. La identidad del cargo y el carácter de la delegación o de la plenipotencia: ambos rasgos esenciales son propios del libre acto electoral en la medida en que este acto electoral libre no es tan sólo una técnica de designación, sino que ha de ser un fundamento efectivo de la legitimidad. Esto es evidente y manifiesto y es también tenido en cuenta cada vez que se exigen elecciones libres como fundamento de legitimidad y se lo pretende honestamente. Y en estos dos elementos del acto electoral tenemos en mira, por así decirlo, el mínimo de contenido constitucional que le es inherente. Cuando faltan estos dos elementos, la identidad del cargo y el carácter de encomienda temporalmente limitada, falta la legitimidad, por más cuidadosamente que puedan respetarse legalmente las prescripciones procedimentales del respectivo sistema constitucional. Hitler no dio ni una garantía de conservar el cargo de canciller en sus límites y competencias, ni tampoco dejó abierta la perspectiva de que habría de devolver su mandato una vez cumplido el plazo debido. Por el contrario, no dejó ninguna duda de que habría de ampliar su cargo en un sentido autoritario y que, en caso de conseguirlo, conservaría también su poder. Su lucha contra el «sistema» estaba totalmente guiada por este tono y, en esta medida, no engañó por cierto al pueblo alemán o a la considerable muchedumbre de sus partidarios y electores. Quienes lo seguían y aprobaban estaban o bien poseídos del deseo de conferirle una dominación temporalmente ilimitada y de participar en ella ellos mismos o no les importaba si esta autorización, si esta plenipotencia, alguna vez habría de volver a quienes la habían otorgado.
Así pues, con ojos videntes o ciegos, todos los que le dieron su voto a él y a su partido sacrificaron, en realidad, su derecho electoral en el mismo momento en que lo ejercieron. Los electores de Hitler eliminaron, al elegirlo, no sólo el texto y el sentido de la Constitución de Weimar—esto no sería lo peor—sino que renunciaron a su calidad de ciudadanos, y esto es lo que importa, de acuerdo con nuestra definición del concepto de pueblo constitucional. Renunciaron a su calidad de ciudadanos, se autoeliminaron como sujetos políticos. Su voto no estaba destinado a encomendarle a Hitler el cargo dirigente sino a dejar el Estado en sus manos. Tan sólo actuaron como electores, se disfrazaron de electores, pero no lo fueron.
Dolf Sternberger
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 5, 2005 | Fichas, Política |

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Para escoger al sucesor de Juan Pablo II en la Sede de San Pedro, 117 cardenales (12 menos que la cantidad de países visitados por el gran Papa) se reunirán para expresar la iluminación del Espíritu Santo. A lo mejor quien venga a ocupar su lugar será también un grande Pontífice, pero es difícil imaginar que pueda equiparar su reinado al del gigante polaco que acaba de fallecer en Roma.
De la pluma del Santo Padre, por otra parte, manó una incesante enseñanza pertinente a casi cualquier asunto de fe y de costumbres, a cualquier problema y actividad humanas. (Varios libros, innumerables discursos y homilías, catorce encíclicas). No es por consiguiente fácil decidirse por un texto para construir esta Ficha #40 de doctorpolítico. La ayuda especial de un especial amigo, amigo asimismo de Juan Pablo II, que compartió su mesa más de una vez, y que siempre me prohíbe su identificación, facilitó la escogencia. Es así como pude decidir componerla con la reproducción de dos secciones de la encíclica Sollicitudo rei socialis, del 30 de diciembre de 1987, escrita y publicada en conmemoración de la predecesora Populorum progressio, de Paulo VI, quien sería sucedido por Juan Pablo I. A la muerte de éste, de fugaz reinado, la escogencia de Karol Wojtyla del nombre con el que todo el mundo le conoció ya fue una señal de humildad, que repetía lavando pies en Semana Santa o besando el suelo de cada país al que arribara. Un Papa firme, pero jamás prepotente.
El innominado amigo me sugirió revisar también el discurso que Juan Pablo II pronunciara en París, el 2 de junio de 1980, ante la UNESCO. Allí aboga por una fuerte defensa de la diversidad cultural de los pueblos de un modo característico en él, claro y enérgico a la vez. Refiriéndose a la «soberanía fundamental que posee cada nación en virtud de su propia cultura», el «Atleta de Dios» exhortaba a los funcionarios de la agencia de la ONU para la educación, la ciencia y la cultura: «Protéjanla como la pupila de sus ojos para el futuro de la gran familia humana. ¡Protéjanla! No permitan que esta soberanía fundamental devenga en presa de algún interés político o económico. No permitan que se haga víctima de los totalitarismos, de los imperialismos o de las hegemonías, para las cuales el hombre ya no cuenta sino como objeto de dominación y no como sujeto de su propia existencia humana».
En línea con las enseñanzas sociales de la Iglesia de Roma, iniciadas en la iluminación del problema social moderno desde Rerum novarum de León XIII y continuadas con Quadragesimo anno de Pío XI, Mater et magistra de Juan XXIII y Populorum progressio de Paulo VI, Juan Pablo II denunciaba con igual entereza las aberraciones extremas del marxismo y el capitalismo. Así escribió en Laborem exercens (1981):
«Así pues, en el conjunto de este difícil proceso histórico, desde el principio está el problema de la propiedad. La Encíclica Rerum Novarum, que tiene como tema la cuestión social, pone el acento también sobre este problema, recordando y confirmando la doctrina de la Iglesia sobre la propiedad, sobre el derecho a la propiedad privada, incluso cuando se trata de los medios de producción. Lo mismo ha hecho la Encíclica Mater et Magistra.
El citado principio, tal y como se recordó entonces y como todavía es enseñado por la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el marxismo y realizado en diversos Países del mundo en los decenios siguientes a la época de la Encíclica de León XIII. Tal principio se diferencia al mismo tiempo, del programa del capitalismo, practicado por el liberalismo y por los sistemas políticos, que se refieren a él. En este segundo caso, la diferencia consiste en el modo de entender el derecho mismo de propiedad. La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes».
Es un mensaje inequívoco, cuyo recuerdo tiende a desdibujarse en estos tiempos maniqueos de política en blanco y negro.
LEA
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Padre muerto que estás en los cielos
14. La primera constatación negativa que se debe hacer es la persistencia y a veces el alargamiento del abismo entre las áreas del llamado Norte desarrollado y la del Sur en vías de desarrollo. Esta terminología geográfica es sólo indicativa, pues no se puede ignorar que las fronteras de la riqueza y de la pobreza atraviesan en su interior las mismas sociedades tanto desarrolladas como en vías de desarrollo. Pues, al igual que existen desigualdades sociales hasta llegar a los niveles de miseria en los países ricos, también, de forma paralela, en los países menos desarrollados se ven a menudo manifestaciones de egoísmo y ostentación desconcertantes y escandalosas.
A la abundancia de bienes y servicios disponibles en algunas partes del mundo, sobre todo en el Norte desarrollado, corresponde en el Sur un inadmisible retraso y es precisamente en esta zona geopolítica donde vive la mayor parte de la humanidad.
Al mirar la gama de los diversos sectores de producción y distribución de alimentos, higiene, salud y vivienda, disponibilidad de agua potable, condiciones de trabajo, en especial el femenino, duración de la vida y otros indicadores económicos y sociales, el cuadro general resulta desolador, bien considerándolo en sí mismo, bien en relación a los datos correspondientes de los países más desarrollados del mundo. La palabra «abismo» vuelve a los labios espontáneamente.
Tal vez no es éste el vocablo adecuado para indicar la verdadera realidad, ya que puede dar la impresión de un fenómeno estacionario. Sin embargo, no es así. En el camino de los países desarrollados y en vías de desarrollo se ha verificado a lo largo de estos años una velocidad diversa de aceleración, que impulsa a aumentar las distancias. Así los países en vías de desarrollo, especialmente los más pobres, se encuentran en una situación de gravísimo retraso. A lo dicho hay que añadir todavía las diferencias de cultura y de los sistemas de valores entre los distintos grupos de población, que no coinciden siempre con el grado de desarrollo económico, sino que contribuyen a crear distancias. Son estos los elementos y los aspectos que hacen mucho más compleja la cuestión social, debido a que ha asumido una dimensión mundial.
Al observar las diversas partes del mundo separadas por la distancia creciente de este abismo, al advertir que cada una de ellas parece seguir una determinada ruta, con sus realizaciones, se comprende por qué en el lenguaje corriente se hable de mundos distintos dentro de nuestro único mundo: Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo y, alguna vez, Cuarto Mundo. Estas expresiones, que no pretenden obviamente clasificar de manera satisfactoria a todos los Países, son muy significativas. Son el signo de una percepción difundida de que la unidad del mundo, en otras palabras, la unidad del género humano, está seriamente comprometida. Esta terminología, por encima de su valor más o menos objetivo, esconde sin lugar a duda un contenido moral, frente al cual la Iglesia, que es «sacramento o signo e instrumento… de la unidad de todo el género humano», no puede permanecer indiferente.
15. El cuadro trazado precedentemente sería sin embargo incompleto, si a los «indicadores económicos y sociales» del subdesarrollo no se añadieran otros igualmente negativos, más preocupantes todavía, comenzando por el plano cultural. Estos son: el analfabetismo, la dificultad o imposibilidad de acceder a los niveles superiores de instrucción, la incapacidad de participar en la construcción de la propia Nación, las diversas formas de explotación y de opresión económica, social, política y también religiosa de la persona humana y de sus derechos, las discriminaciones de todo tipo, de modo especial la más odiosa basada en la diferencia racial. Si alguna de estas plagas se halla en algunas zonas del Norte más desarrollado, sin lugar a duda éstas son más frecuentes, más duraderas y más difíciles de extirpar en los países en vías de desarrollo y menos avanzados.
Es menester indicar que en el mundo actual, entre otros derechos, es reprimido a menudo el derecho de iniciativa económica. No obstante eso, se trata de un derecho importante no sólo para el individuo en particular, sino además para el bien común. La experiencia nos demuestra que la negación de tal derecho o su limitación en nombre de una pretendida «igualdad» de todos en la sociedad, reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano. En consecuencia, surge, de este modo, no sólo una verdadera igualdad, sino una «nivelación descendente». En lugar de la iniciativa creadora nace la pasividad, la dependencia y la sumisión al aparato burocrático que, como único órgano que «dispone» y «decide» —aunque no sea «Poseedor»— de la totalidad de los bienes y medios de producción, pone a todos en una posición de dependencia casi absoluta, similar a la tradicional dependencia del obrero-proletario en el sistema capitalista. Esto provoca un sentido de frustración o desesperación y predispone a la despreocupación de la vida nacional, empujando a muchos a la emigración y favoreciendo, a la vez, una forma de emigración «psicológica».
Una situación semejante tiene sus consecuencias también desde el punto de vista de los «derechos de cada Nación». En efecto, acontece a menudo que una Nación es privada de su subjetividad, o sea, de la «soberanía» que le compete, en el significado económico así como en el político-social y en cierto modo en el cultural, ya que en una comunidad nacional todas estas dimensiones de la vida están unidas entre sí.
Es necesario recalcar, además, que ningún grupo social, por ejemplo un partido, tiene derecho a usurpar el papel de único guía porque ello supone la destrucción de la verdadera subjetividad de la sociedad y de las personas-ciudadanos, como ocurre en todo totalitarismo. En esta situación el hombre y el pueblo se convierten en «objeto», no obstante todas las declaraciones contrarias y las promesas verbales. Llegados a este punto conviene añadir que el mundo actual se dan otras muchas formas de pobreza. En efecto, ciertas carencias o privaciones merecen tal vez este nombre. La negación o limitación de los derechos humanos —como, por ejemplo, el derecho a la libertad religiosa, el derecho a participar en la construcción de la sociedad, la libertad de asociación o de formar sindicatos o de tomar iniciativas en materia económica— ¿no empobrecen tal vez a la persona humana igual o más que la privación de los bienes materiales? Y un desarrollo que no tenga en cuenta la plena afirmación de estos derechos ¿es verdaderamente desarrollo humano?
En pocas palabras, el subdesarrollo de nuestros días no es sólo económico, sino también cultural, político y simplemente humano, como ya indicaba hace veinte años la Encíclica Populorum Progressio. Por consiguiente, es menester preguntarse si la triste realidad de hoy no sea, al menos en parte, el resultado de una concepción demasiado limitada, es decir, prevalentemente económica, del desarrollo.
Karol Wojtyla
por Luis Enrique Alcalá | Mar 29, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Los humanos somos, por la mayor parte, seres bastante ocupados con el quehacer de la subsistencia. Involucrados en rutinas de ocupación, no disponemos de mucho tiempo para pensar, con alguna profundidad, las innumerables cuestiones que una sociedad cada vez más compleja nos propone. De allí que nos convenga pasar por la vida armados de esquemas simples que, como abreviatura del pensamiento, nos permitan discurrir lo necesario sin demasiado trabajo. De allí la utilidad de los mitos, tanto de los propiamente dichos, esas estructuras clásicas de la verdadera mitología, como de los más pedestres y comunes. Son fórmulas cortas, convenientes, soluciones prêt-à-porter con apariencia de verdad ineludible, lapidarios dictámenes inapelables.
Uno de estos mitos ha gravitado desde hace mucho sobre Caracas. En el debate sobre los extremos de la centralización vs. la descentralización, se tiene a la capital de la República como culpable de una apetencia desmedida, la que a su vez sojuzgaría, como en una suerte de imperialismo local, al resto de las urbes del país.
En sucintas palabras, el arquitecto Frank Marcano, Director del Instituto de Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela, sale al paso de esta especie falaz, en entrevista que concediera a Rafael Arráiz Lucca y William Niño Araque, los editores del muy extraordinario e invalorable libro Santiago de León de Caracas, 1567-2030.
El libro en cuestión ha sido producido por la Gerencia de Asuntos Públicos y Relaciones Gubernamentales de ExxonMobil de Venezuela, a cargo de Richard Bailey Lazzari. (Quien a pesar de sus nombres es más criollo que la alpargata). Esta nueva producción bibliográfica de esa Gerencia, precedida de los maravillosos volúmenes Tierra Negra y Paria, entre otros, supone de una vez la existencia de una verdadera biblia, prácticamente definitiva, para la cabal comprensión de la ciudad capital de Venezuela. Profusa en mapas, imágenes, fotografías y documentos, armada con textos inteligentes, profundos y desusados, es ahora la referencia obligada para cualquier discurso serio sobre Caracas.
La Ficha Semanal #39 de doctorpolítico se contrae a reproducir la exposición inicial del Arqto. Marcano en la entrevista mencionada, la que inaugura la sección Visión Metropolitana. Vocación y Mercadeo de Ciudad, Gobernabilidad, Territorialidad, en la Segunda Parte del libro. La informalidad de las palabras de Marcano delata que, en efecto, se trata de una conversación en sosegada entrevista, y de algún modo esta familiaridad potencia la eficacia de sus justas afirmaciones.
LEA
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Caracas incomprendida
La vocación de una ciudad es un horizonte que se plantea y se replantea continuamente. Hay vocaciones innatas por localización, por tradición histórica, pero cada ciudad se reinventa a cada momento y tenemos muchos casos que lo confirman. Por ejemplo, Barcelona, España, es una ciudad que tiene una capacidad enorme de reinventarse a cada rato y se traza un nuevo horizonte de ciudad de una manera muy rigurosa y realmente lo cumple. Entonces, teniendo claro que la vocación de una ciudad es algo que se tiene que definir por etapas, por períodos, si entramos en el caso de Caracas, vemos que ha tenido varios escenarios en el pasado, que contrastan mucho con el no escenario actual, que es una cosa no digamos insólita, pero sí extraña, pero que nos caracteriza mucho en este momento, hay una falta de escenarios, una falta de pensamiento sobre la ciudad.
Hay una primera decisión del gobierno del territorio de definir a Caracas como centro y capital, eso fue muy importante. Durante todo el período que va hasta principios del siglo XX, Caracas mantiene ese rol, es la ciudad más importante, la del gobierno, la central. Es una ciudad que además empieza a acumular una tradición, un peso específico como ciudad que no tienen las otras y empieza a tener también un cierto peso que cada vez va creciendo con respecto al centro venezolano del Caribe.
A principios de 1900 Caracas no tenía fuerza sino como capital de un país muy desmembrado, muy sectorizado, muy alejado entre sí. Maracaibo tenía más contacto con Curazao que con Caracas, Carúpano tenía más contactos con Trinidad, Martinica y con Europa, que con Caracas. Mi mamá decía que en el puerto de Carúpano llegaban a la semana dos o tres barcos franceses e italianos y el barco de La Guaira llegaba una vez al mes, entonces ahí había una relación muy clara. Pero Juan Vicente Gómez lo cambia y hay una nueva definición de la vocación de la ciudad de Caracas, que cuando Gómez unifica al país, él centraliza, a pesar de que trata de hacer de Maracay el centro, pero no pudo, creo que por unas condiciones geográficas importantes. Caracas está, además de en el centro, muy cerca del mar y Maracay es una ciudad mucho más enclaustrada, mucho más difícil, no era ni siquiera Valencia, que también estaba enclaustrada, porque de Puerto Cabello a Valencia era una odisea.
A partir de la muerte de Gómez, Caracas refuerza su centralidad y su vocación. Depués hay otra etapa muy importante, que es en los años 50. Antes, en los años 40, cuando viene Rotival, empiezan todos los planes que se cristalizan en el 50, que es cuando sí se define muy agresivamente la vocación de la ciudad, y Caracas para Rotival iba a ser, por definición, el centro del Caribe.
Luego la vocación de la ciudad otra vez se refuerza por toda la labor de Pérez Jiménez de dotar a esta ciudad de un equipamiento como no había en toda América Latina y mucho menos en el Caribe. Esa época duró hasta los años 70: en ese momento estábamos construyendo una capital. En el año 70 vuelve a renacer una suerte de castigo a Caracas, con un pensamiento, otra vez, que parte del interior de Venezuela. Entonces se paralizan por decisión política, las inversiones en la ciudad y se empiezan a hacer fuera, porque había que balancear el territorio, había esta teoría de evitar la macrocefalia, que no era correcta porque Venezuela no es un país de macrocefalias urbanas, no es el caso de Colombia, de Perú, de Argentina, ni de Chile. Este es uno de los pocos países en América del Sur en donde su capital tiene el 20%, el 21% de la población; en otros países la capital tiene el 50%, aquí afortunadamente no es así, pero había esa sensación de que todo el dinero se iba a la centralidad.
En este momento, en el 2003, uno ve que la gran infraestructura de la ciudad de Caracas es la infraestructura que se hizo entre el 50 y el 70, porque creo que no se ha hecho casi nada en 30 años.
Frank Marcano
por Luis Enrique Alcalá | Mar 22, 2005 | Fichas, Política |

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Como fuera anunciado la semana anterior, esta Ficha Semanal #38 de doctorpolítico reproduce el texto íntegro de la carta que Hugo Chávez dirigiera a los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, a pocos días de su asunción al poder en Venezuela.
El documento es interesante en más de un sentido. Por una parte, en sí mismo es una anticipación de lo que se proponía hacer desde la Presidencia de la República, así como una condensación de los conceptos más arraigados en su pensamiento, que justificarían su autocracia. Por ejemplo, hacia el término de su farragosa y pedante correspondencia, incluye un defectuoso teorema, por el que pretende extraer, como conclusión «lógica» de la lucha internacional por territorios, la idea de que él debe ser el exclusivo ductor del Estado. («Esas son las razones por las cuales el Jefe de Estado conduce, en soledad, la política exterior y, en soledad, es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales».)
Algo parecido había adelantado en la residencia de La Viñeta cuando, ya Presidente electo pero antes de su toma de posesión, había dicho en el acto de instalación de su Comisión Presidencial Constituyente—Escarrá, Mayz Vallenilla, Olavarría, Álvarez Paz, Combellas, entre otros—que él tenía, personalmente, poderes constituyentes. Ninguno de los nombrados le contradijo jamás a este respecto.
Tampoco le contradijo la propia Corte cuando afirmó lo siguiente en su comunicación: “La Asamblea Nacional Constituyente debe ser originaria en cuanto personifica la voluntad general y colectiva de las muchedumbres nacionales como elemento esencial del Estado, superorganismo que, para sobrevivir en el escenario planetario debe estar en condiciones de hacerlo”. Tan sólo una voz esteparia había comentado en 1998, en documento de escasa circulación: “La constituyente tiene poderes absolutos, tesis de Chávez Frías y sus teóricos. Falso. Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros apoderados constituyentes”.
Chávez ha sido descarado cultor del arte de la falacia. Con frecuencia extrae, de las más tenues conexiones, tesis realmente peregrinas, que proclama y propala con audaz irresponsabilidad. Normalmente se sale con la suya.
En otra dimensión, el documento reproducido aquí contiene numerosos puntos oscuros, crípticos, insertados con la probable intención de irritar, camuflados tras la máscara de una ansiedad de recién venido por ser reconocido como gente intelectual. Se trata de otra de sus técnicas favoritas: emplear una forma irritante o pretendidamente inculta para desviar la atención de los contenidos realmente fundamentales, de ésos que son verdaderamente peligrosos.
La carta era incomprensible en cuanto a oportunidad. Parecía ser un texto totalmente extemporáneo, traído por los cabellos, que no venía al caso. Era, sin embargo, una clara advertencia. No pasaría mucho tiempo sin que tratara a los mismos Magistrados a quienes llamaba «Honorables» con particular saña e irrespetuoso insulto.
LEA
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Epístola autocrática
Señores Honorables.
Presidente y demás Miembros
de la Corte Suprema de Justicia
Su Despacho.
Montesquieu evidenció que las verdades no se hacen sentir sino cuando se observa la cadena de causas que las enlaza con otras y, en términos de introspección e inferencia de relaciones entre ideas y contenidos descubrió que las leyes son relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas.
Auscultando en lo profundo del alma nacional podríamos percibir, de observación en observación, una creciente y desbordante acumulación de necesidades vitales reprimidas a punto de explosión (Ley Psicológica de la Compensación). La evidente isostasia de las masas tiende a romper toda resistencia, todo desequilibrio: pega en el rostro el huracán de pasiones ocultas en los sufrimientos de quienes, traicionados y humillados, callaron sus padecimientos porque el pudor y la dignidad les impedía revelarlos.
Estadísticas recientes hablan de millones de seres humanos despojados y excluidos de todo: a ese ochenta por ciento de venezolanos que vive en pobreza crítica prometí abrir caminos mediante una Asamblea Constituyente originaria que permitiera transformar el Estado y crear el ordenamiento jurídico necesario a la democracia social y participativa.
Eso conlleva—mutatis mutandis—rescatar el estado de derecho de manos de la criminal partidocracia para estructurarlo en la Nación como ordenador esencial de las instituciones.
La radiografía psico-social del Estado revela una persistente y secular internación de agravios, desesperanzas, carencias y sufrimientos que retratan la injusticia a que ha sido sometido, y descubren en el inconsciente nacional una potencialidad expectante, ávida de equilibrios. Es evidente que ese olvidado pueblo me catapultó a la Presidencia con la poderosa humildad de su sufragio para evitar desencadenamientos destructivos.
En respuesta a la esperada promesa electoral, la nación asumió el 6 de diciembre de 1998 su decisión política constituyente extrapolando su voluntad política creadora, fuente única y originaria de la Constitución Bolivariana que habrá de promulgarse en enero del Tercer Milenio: El pueblo soberano, titular del poder constituyente y único sujeto de su voluntad política, dio su veredicto. Yo no quiero que me llamen nunca usurpador: las silentes urnas del 6 de diciembre guardan el secreto de la potencial explosividad de la Nación; es incuestionable que el respeto a los resultados frenó en las muchedumbres nacionales esa creciente energía detonante que persiste en su inconsciente, latente… y, si a la actual legislación se le impidiere hacer justicia se romperían las resistencias de las muchedumbres, cumpliéndose otras leyes: las precitadas leyes psicológicas de la compensación.
La promesa electoral que espera ver cumplida el soberano hace eco en todas partes: la nación votó por la estructura de poderes que pudiere resolver eficazmente sus problemas y en ese campo psico-físico nació la idea de la Asamblea Constituyente originaria que permitiera refundar la República y restituir el estado de derecho constitucional y democrático. Ese estado de derecho no es -como dice Gaitán- «el de la simple igualdad de los hombres ante la Ley, como si la Ley fuera una fórmula taumatúrgica que pudiera pasar por encima de los valores económicos, de las causas étnicas, de los hechos funcionales, de las causas de la evolución y de la cultura que hacen la desigualdad y que resulta un solo mito metafísico». No; no es esa la justicia; la justicia que se propone es la zamorana, la de hacer imposible la imperceptible violación de los derechos humanos, violación que ha sido perpetrada por los cada vez más ricos en perjuicio de los cada vez más pobres. La prepotencia económica impide que la justicia llegue a ellos, a los hombres y mujeres del común que han sido despojados de casi todas las posibilidades de iniciativa personal y de responsabilidad y los arrastra a vivir en condiciones de vida, trabajo, desempleo y pobreza atroz, indignas de la persona humana. Ya lo expresé con cristiano acento en el Acto de Instalación de la II Cumbre Iberoamericana de Presidentes de Cortes Supremas de Justicia, cuando ratifiqué el postulado que informa la promesa electoral que acogió la voluntad colectiva nacional en su decisión del 6 de diciembre de 1998. Entonces dije: «No es ágil la justicia, como acordaron los presidentes en la Cumbre de Margarita: no llega al pobre; sólo llega al que pueda pagarla; para la oligarquía sí es rápida. ¿Y es eso justicia? No; y en consecuencia, es obligante rehacer el estado de derecho para que la verdadera justicia cubra con su manto a todos los venezolanos, sin distinción de clases».
La evidencia cartesiana fuerza a transformar la República, inventando, creando o descubriendo caminos mediante una Constituyente originaria que encauce la necesaria revolución educativa; es imposible desarraigar los ancestrales males de Venezuela sin la eficiente cirugía de largo aliento que está pidiendo a gritos la primera de todas las fuerzas: la opinión pública. No hacerlo traduce colocarse a espaldas del derecho.
Celebro infinito que la Corte Suprema de Justicia se encuentre en el camino de la revolución, leyendo su legislación; celebro que haya vislumbrado su desencadenamiento a partir de la Constituyente originaria convocada por decreto del 2 de febrero de 1999 para transformar el Estado y crear el ordenamiento jurídico que requiere la democracia directa y que los valores que ésta insufle deben ser respetados; valoración que informa las pulsiones óntico-cósmica, cosmo-vital y racional-social inherentes al iusnaturalismo y su progresividad, pero también la interpretación de los deberes actuales y futuros en cuanto al mandato preludial de la actual Constitución, que exige mantener la independencia y la integridad territorial de la nación y explica la existencia, razón de ser y encauza la misión de las Fuerzas Armadas Nacional en su artículo 132.
La Asamblea Nacional Constituyente debe ser originaria en cuanto personifica la voluntad general y colectiva de las muchedumbres nacionales como elemento esencial del Estado, superorganismo que, para sobrevivir en el escenario planetario debe estar en condiciones de hacerlo.
Ad libitum y a los fines geopolíticos inherentes a la sobrevivencia de un Estado cuya ubicación geográfica y especialísima potencialidad minero-petrolera le hacen fuerte o débil, podríamos vislumbrar a Venezuela, en el escenario de las grandes potencias según se consolide o no el Pensamiento Conductor del Estado y vistos como han sido, primero penetrados y luego mutilados, los países que han estado paralizados por debilidad de sus gobiernos, por facciones intestinas y bajo amenaza permanente de penetración y/o de guerra exterior.
Los Estados son especie de superorganismos dinámicos que abarcan conflictos, cambios, evoluciones, revoluciones, ataques y defensas: involucran dinámica de espacios terrestres y fuerzas políticas que luchan en ellos para sobrevivir. Si no observamos arte y ciencia en la conducción y actuación política del organismo estatal corremos el riesgo de propiciar su debilitamiento, fraccionamiento y consecuencial disolución, que equivale a su muerte. En menos de 170 años de la desaparición física de Bolívar, hemos visto reducir el suelo en más de trescientos mil kilómetros cuadrados.
El Estado, investido de soberanía, en el exterior sólo tiene iguales, pero la justicia internacional no alcanza a quienes, por centrifugados, tendrían que ser mutilados (Ratzel; McKinder). Esas son las razones por las cuales el Jefe de Estado conduce, en soledad, la política exterior y, en soledad, es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales.
Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado.
Bolivarianamente
Hugo Chávez
por Luis Enrique Alcalá | Mar 15, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Dos particulares documentos marcaron el inicio de la dominación de Hugo Chávez Frías en 1999. Uno fue la famosa carta al autóctono terrorista Ramírez Sánchez (El Chacal); el otro la aparentemente incomprensible carta a la Corte Suprema de Justicia, que concluyó «bolivarianamente» con la siguiente y tajante afirmación: «Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado». Toda una profecía de autocracia.
La alusión a Darwin estuvo precedida por una a Friedrich Ratzel, autor de la teoría geopolítica del «espacio vital» (Lebensraum) de las naciones, a la que eventualmente denominaría un «darwinismo social». (Las ideas de Ratzel fueron empleadas, en su momento, como coartada teórica de Hitler en su parábola expansionista). Chávez, por tanto, explicó muy temprano que a su criterio el asunto político es cuestión de predominio del más fuerte en una lucha por la supervivencia.
En cambio, la referencia a Montesquieu—a quien por ese entonces el presidente venezolano llamaba «Montesquiú»—es un simétrico cierre de la misiva, que justamente había iniciado con la siguiente oración: «Montesquieu evidenció que las verdades no se hacen sentir sino cuando se observa la cadena de causas que las enlaza con otras…»
Esa barroca y ampulosa carta de Chávez a la Corte Suprema de Justicia fue objeto de burla. Se la tuvo por mero intento de aparecer culto y de este modo adquirir algo de respeto. Se la estimó trasnochada, febrilmente escrita por un alucinado que descargaba su paranoia en horas de madrugada en una soledad de La Casona. La verdad es que, más allá de cumplir tan útiles funciones, fue una advertencia milimétricamente esculpida y una admirable síntesis de su programa. El texto completo estará contenido en la Ficha Semanal #38 de doctorpolítico, prevista para la semana que viene. En esta muy breve ficha #37 se reproduce, en cambio, más o menos la mitad de la sección segunda del Libro VIII de El Espíritu de las Leyes, la obra cimera de Charles Louis de La Brède Secondat, Barón de Montesquieu.
Este libro central de la teoría política moderna fue comenzado por Montesquieu en 1743. A su conclusión, fue editado en Ginebra en 1748, en contra de amistosas advertencias que anticipaban represalias contra su autor. En realidad, en su propio país la obra fue recibida con animosidad tanto por parte de oponentes al régimen absolutista de Luis XV como de sus partidarios. Pero el resto de Europa, especialmente Inglaterra, acogió el impar tratado con grandes elogios, que incluso llegó a manifestarse en un aumento de la importación inglesa de los vinos de La Brède. El mismo Montesquieu, ya tenido por fino wit desde la publicación de sus «Cartas Persas», comentó divertidamente: «El éxito de mi libro en ese país contribuyó al éxito de mi vino, aun cuando creo que el éxito de mi vino ha hecho aún más por el éxito de mi libro».
El fragmento escogido para esta edición corresponde al tema «De la Corrupción de los Principios de la Democracia».
LEA
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Democracia corrupta
En el Banquete de Jenofonte se encuentra una muy vívida descripción de una república en la que el pueblo ha abusado de su igualdad. Cada huésped ofrece a su vez la razón de su satisfacción. «Estoy contento», dice Cámides, «a causa de mi pobreza. Cuando era rico, estaba obligado a hacer la corte a los delatores, pues sabía más probable que me dañaran que ser capaz de dañarles a ellos. Constantemente la república me exigía un nuevo impuesto; y yo no podía excusarme de pagarlo. Desde que me he hecho pobre, he adquirido autoridad; nadie me amenaza; más bien amenazo yo a otros. Puedo ir o quedarme donde quiero. Ya los ricos se yerguen de sus asientos y me ceden el paso. Soy un rey, antes era un esclavo: yo pagaba impuestos a la república, ahora ella me mantiene: ya no tengo temor de perder: en cambio tengo la esperanza de adquirir».
El pueblo cae en este infortunio cuando aquellos en quienes confió, deseosos de esconder su propia corrupción, buscan corromperlo. Para disimular su propia ambición, sólo le hablarán de la grandeza del estado; para esconder su propia avaricia, adularán incesantemente la del pueblo.
La corrupción aumentará entre los corruptores, y también entre los que ya han sido corrompidos. El pueblo se repartirá los dineros públicos y, habiendo añadido la administración de los asuntos a su indolencia, se pronunciará por la mezcla de su pobreza con las diversiones del lujo. Pero con su indolencia y su lujo, no otra cosa que todo el tesoro público podrá satisfacer sus exigencias.
No deberemos sorprendernos de ver sus sufragios entregados por dinero. Es imposible extender grandes liberalidades al pueblo sin al mismo tiempo causarle grandes exacciones: y para abarcar esto el estado debe ser subvertido. Mientras mayores sean las ventajas que parezca derivar de su libertad, más estrechamente se acercará al crítico momento de perderla. Insolentes tiranos se alzarán con todos los vicios de un tirano único. Los pequeños restos de libertad pronto se harán insoportables; un único tirano emergerá, y el pueblo será despojado de todo, incluso de los beneficios de su corrupción.
La democracia, por tanto, tiene dos excesos a evitar—el espíritu de la desigualdad, que conduce a la aristocracia o a la monarquía, y el espíritu de la igualdad extremada, que conduce al poder despótico, este último coronado por la conquista.
Charles Louis de La Brède Secondat, Barón de Montesquieu
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