por Luis Enrique Alcalá | May 31, 2005 | Fichas, Política |

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Como anunciara en el #139 de la Carta Semanal de doctorpolítico del jueves pasado, la ficha de esta semana contiene la redacción más reciente de un tratamiento que expliqué allí de la siguiente forma: «Teniendo a la mano el instrumento de abolir, blandido en ultimátum, exigir a Chávez que convocara en Consejo de Ministros un referendo consultivo a celebrar en pocos meses, en el que se definiera si los ciudadanos que querían su continuación en el cargo eran mayoría, bajo el compromiso de renunciar si el resultado le era adverso. Esta proposición contenía una exigencia adicional: en aras de la irreprochabilidad del proceso referendario, Chávez debía configurar una falta temporal en la Presidencia según lo contemplado en el artículo 234 de la Constitución: ‘Las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República serán suplidas por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional por noventa días más’.»
Expliqué asimismo que este tratamiento a la crisis nacional, menos astringente que el previamente propuesto de una abolición del gobierno, fue rechazado por un editor, que antes me había solicitado artículo sobre el tema abolicionista, en marzo de 2002, más o menos en los siguientes términos: «Lo que va a ocurrir es que los factores de poder en Venezuela van a deponer a Chávez, y a eso se le dará un maquillaje institucional».
Con posterioridad a este incidente, expuse los rasgos esenciales del tratamiento al entonces Gobernador del Estado Miranda, Enrique Mendoza, quien ya emergía como el factótum principal de la Coordinadora Democrática, a fines de septiembre de 2002. Un precoz interés de su parte pronto degeneró en olvido o desatención.
A comienzos de 2003, ya fracasado el paro emprendido en diciembre del año anterior, hice conocer el asunto del difunto Alejandro Armas y de Manuel Cova, Secretario General de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y miembro, como el primero, de la Mesa de Negociación y Acuerdos. La versión que llegó a manos de Armas y Cova es la publicada en esta ficha. Poco antes había recomendado un «vuelvan caras» a la Gente del Petróleo. Esto es, que se reincorporasen súbitamente a sus funciones en PDVSA. (En el #27 de esta publicación argumenté el punto, pues me parecía que en febrero de 2003, cuando aún no habían sido despedidos, un regreso imprevisto y repentino de los empleados en huelga desarticularía la estrategia del gobierno).
Ninguna de estas iniciativas prosperó.
El diseño del tratamiento tenía la posible virtud de asegurar para la oposición una ruta más suave para el logro de sus objetivos—suponiendo que un referendo consultivo como el descrito, según parecían predecir las encuestas, rindiese un resultado negativo sobre la gestión de Chávez—mientras, al mismo tiempo, permitía salvar la cara al gobierno y evitar su abolición. Es claro que su viabilidad había disminuido con el paro, y que su ventana de oportunidad probablemente hubiera coincidido con el inicio de las sesiones de la Mesa de Negociación y Acuerdos bajo mediación de la OEA. En todo caso, se trata de consideraciones contrafactuales, pues la idea jamás fue discutida en esa instancia. El único sentido de recordar este documento es el de mostrar que la Coordinadora Democrática dejó de considerar esa salida, y se cerró sobre un curso de acción—enmienda para recorte de período, paro general—que a la postre terminó recorriendo el camino señalado por el gobierno (referendo revocatorio) y en desastre.
La redacción del tratamiento en cuestión—Gran Referendo Nacional: Un posible acuerdo político ante el ultimátum de abolición—es cuestionable en varios puntos. Para empezar, contiene una inexactitud. En su cuarto párrafo dice: «… el Sr. Presidente debiera renunciar. Esta última posibilidad introduciría la obligación constitucional de elegir un nuevo presidente dentro de los treinta días de haberse hecho efectiva la renuncia, si es el caso que ésta se produjere antes de cumplirse la mitad del período». La verdad es que tal previsión procedía antes de cumplirse los primeros cuatro años del período. (Artículo 233 de la Constitución).
Luego, es muy discutible el realismo del tratamiento en sí, que supone una factibilidad de suyo dudosa. Pero puede considerarse que la posición opositora no era tan débil antes del paro como después de él, antes del revocatorio como después de él, y que, en cualquier caso, se trataba, con algo de creatividad política, de añadir una carta a la baraja de salidas, en aquellos momentos en impasse en el seno de la Mesa de Negociación y Acuerdos. Hasta entonces nadie se había fijado en la posibilidad constitucional de las faltas temporales del Presidente.
Por último, la memoria me traicionó la semana pasada, al redactar «…exigir a Chávez que convocara en Consejo de Ministros un referendo consultivo…» pues como se verá de la lectura de la ficha, en lugar de tal ruta se proponía que el referendo consultivo fuese convocado por la Asamblea Nacional. De hecho, poco después de los acontecimientos de abril de 2002, hice llegar por correo electrónico la esencia de la proposición a cada uno de los diputados y diputadas. Dos de ellos (de oposición) enviaron contestaciones corteses. Ambos lados habían decidido participar en un juego de suma cero. Ninguno quería perder su protagonismo para dejar la solución en manos del Soberano.
LEA
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Gran Referendo Nacional
Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional.
Lo primero que debiera dilucidar un referéndum así es la conveniencia de la permanencia del Presidente de la República en su cargo. No es éste un asunto que compete sólo a los más conspicuos entre los actores políticos en Venezuela. Es un asunto del Pueblo todo.
Formulada así la pregunta: «¿Considera Ud., Sr. Elector, conveniente para la salud de la Nación que el ciudadano Hugo Chávez Frías continúe en el cargo de Presidente de la República Bolivariana de Venezuela?», el resultado no sería, en ningún caso, legalmente vinculante, aunque sí sería moral y políticamente obligante. Distinto fuere que una mayoría de venezolanos suscribiese un mandato expreso de abolición del gobierno, pues aquí se manifestaría plenamente el carácter supraconstitucional del Pueblo.
Pero aunque no sea vinculante el Sr. Presidente sabrá atenerse a la opinión popular. Si una mayoría contestare negativamente, entonces el Sr. Presidente debiera renunciar. Esta última posibilidad introduciría la obligación constitucional de elegir un nuevo presidente dentro de los treinta días de haberse hecho efectiva la renuncia, si es el caso que ésta se produjere antes de cumplirse la mitad del período.
Para contribuir con la libertad y credibilidad del ejercicio de consulta, el presidente debe separarse temporalmente del cargo, según lo previsto en el Artículo 234 de la Constitución: «Las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República serán suplidas por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional por noventa días más».
De este modo el Sr. Presidente se abstendría voluntariamente de presidir la República mientras se dispone lo necesario a la celebración del referéndum, para el que los seis meses posibles según el 234 tendrán que bastar. Si se requiriere nueva elección presidencial un mes después, ya estará adelantado el trabajo correspondiente al registro electoral y buena parte de las coordinaciones necesarias.
El Sr. Presidente debe completar su aporte nombrando, antes de producirse su falta temporal, a un nuevo Vicepresidente Ejecutivo, quien deberá ser persona que pueda ser vista por las partes hoy en conflicto como alguien que pueda ofrecer garantías de comportamiento imparcial.
La celebración de referendos, así como la de elecciones, es un proceso costoso y laborioso, que debiera intentar el logro de una máxima eficiencia. No debiera convocarse a referéndum para obtener la respuesta a una única pregunta. Estando frente al hecho trascendente de la presencia participativa del pueblo, debiera consultársele sobre más de una materia, para así aprovechar mejor el poder de su carácter definitivo e inapelable en la dilucidación de cuestiones que inquietan el alma nacional.
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«Nosotros, los representantes debidamente autorizados por el Gobierno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela y por la Coordinadora Democrática, conscientes de la importancia de lograr un clima de entendimiento nacional, acordamos el siguiente
PROTOCOLO DE ENTENDIMIENTO
I. CONCESIONES COMUNES
Cláusula Primera: Ambas partes reconocen que el país atraviesa una seria crisis cuya solución debe ser sometida a la decisión del Pueblo de Venezuela y que es necesario iniciar un período de recuperación que consolide la democracia venezolana.
Cláusula Segunda: Ambas partes acuerdan suspender la organización de manifestaciones públicas que no sean las propias a las cuestiones del Gran Referendo Nacional estipulado en la Cláusula Cuarta y excitar a sus respectivos partidarios a respetar tal suspensión mientras se mantenga la validez del presente Protocolo de Entendimiento.
Cláusula Tercera: Ambas partes acuerdan moderar sus manifestaciones de propaganda adversaria en contribución a la creación de un clima de entendimiento nacional.
Cláusula Cuarta: Ambas partes aceptan la celebración de un Gran Referendo Nacional, el que consultará en diversas materias de especial trascendencia nacional y será convocado por la Asamblea Nacional para su celebración el 19 de abril de 2003. A los fines de la determinación de las preguntas del Gran Referendo Nacional, el Gobierno Nacional suministrará tres preguntas para someter a consulta. La Coordinadora Democrática someterá una pregunta sobre si es conveniente la permanencia en el cargo del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela y dos preguntas adicionales.
Cláusula Quinta: Ambas partes acuerdan reconocer y acatar la mediación y veeduría de la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos para la supervisión del cumplimiento del presente Protocolo de Entendimiento en general y, en particular, para la garantía de una limpia consulta popular en el Gran Referendo Nacional.
II. CONCESIONES RECÍPROCAS
Cláusula Sexta: El Ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías, de serle adverso el resultado del Gran Referendo Nacional en cuanto a su permanencia en el cargo de Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, se compromete a renunciar al mismo. La Coordinadora Democrática se compromete a reconocer la legitimidad del Ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela de serle favorable el resultado de la consulta.
Cláusula Séptima: El Presidente de la República Bolivariana de Venezuela se compromete a separarse del cargo por un lapso de noventa días, prorrogable por igual duración, según lo contemplado en el Artículo 234 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y a nombrar antes de la separación a un nuevo Vicepresidente Ejecutivo de la República Bolivariana de Venezuela, de común acuerdo con la Coordinadora Democrática. La Coordinadora Democrática renuncia a promover un referendo revocatorio del mandato del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela o una enmienda constitucional para la reducción de su período.
Cláusula Octava: En negociación separada el Gobierno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela y la Asociación Civil Gente del Petróleo acordarán lo conducente a la pronta normalización de actividades de la industria petrolera nacional.
Cláusula Novena: En negociación separada el Gobierno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela y una representación de los altos oficiales militares declarados en desobediencia legítima, acordarán lo conducente a la pronta normalización de la situación profesional de estos oficiales.
El presente Protocolo de Entendimiento tendrá una vigencia de noventa días continuos a partir de la firma del mismo por las partes, prorrogables por un lapso idéntico.
Dado, firmado y sellado en Caracas, a los xx días del mes de febrero de 2003
Por el Gobierno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela
Por la Coordinadora Democrática
El Secretario General de la Organización de Estados Americanos
por Luis Enrique Alcalá | May 24, 2005 | Fichas, Política |

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En octubre de 1996 me cupo el honor de asistir a la XXII Reunión Anual de la asociación INTERCIENCIA, que tuvo lugar en Buenos Aires. Para ese entonces ejercía la Presidencia de la Fundación Venezolana para el Avance de la Ciencia (FUNDAVAC) y presenté dos ponencias a sus deliberaciones. Una de ellas llevó por título La Ciencia en la Formación de las Políticas Públicas.
El padre de INTERCIENCIA fue el excelso investigador venezolano Marcel Roche, quien fue además por muchos años el Editor de la revista de la asociación. Tuve el privilegio de tratarle con afecto y reverencia y con la confianza que su extraordinaria bonhomía me permitió. El Dr. Roche fue, por otra parte, el primer Director del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) y el Presidente Fundador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT). Si hay alguna persona a la que la moderna ciencia venezolana deba su institucionalidad es al Dr. Roche. Es a su querida memoria que está dedicada esta Ficha Semanal #47 de doctorpolítico.
El Dr. Marcel Roche era en verdad un espíritu renacentista: médico, investigador científico, biógrafo (de Rafael Rangel), administrador y divulgador de ciencia, escritor, músico y hombre ocupado con los más importantes problemas de la humanidad. Estuvo, por ejemplo, entre los fundadores y directores del Movimiento Pugwash (fundado por Albert Einstein), un importante grupo internacional de opinión que combatía el uso militar de la energía atómica. Además, en clara herencia de su padre, el gran urbanizador y caballero Don Luis Roche, se caracterizaba por una impar sencillez y un fino sentido del humor. El gran titán de la ciencia venezolana era la más cálida y la menos pretenciosa de las personas. Era, por último, el mejor y más comprensivo de los amigos. En mayo del año 2003 dejó de estar con nosotros, poco antes de cumplir 83 años de edad.
INTERCIENCIA fue una de sus hijas más queridas, pensada para la integración de la actividad científica en el continente americano. Al asistir a la cita de INTERCIENCIA en Buenos Aires pretendí en mi fuero interno ir en su representación y en su honor, pues la enfermedad que le aquejó durante sus últimos años le impidió su asistencia. La ficha de hoy contiene las tres primeras secciones de La Ciencia en la Formación de las Políticas Públicas, tema en el que el Dr. Roche era, como en cada campo que caminó, una apasionada autoridad.
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Ciencia y política
Comenzaba apenas la cuarta década del siglo y Londres se encontraba bajo asedio aéreo de la Luftwaffe. La defensa antiaérea de la ciudad dejaba mucho que desear y el proceso de decisiones militares característico de la época no lograba mejorar la situación. Luego de largos meses de ineficacia surgió una proposición poco convencional, la que fue aceptada, por supuesto, porque es característica humana universal acordarse de Santa Bárbara cuando truena. Alguien propuso entregar el problema a científicos pues, argumentaba, a fin de cuentas son personas adiestradas en una forma sistemática y flemática de pensamiento. Fue así como se constituyó el primer equipo de investigación operacional de la historia. Un químico, un matemático, un filósofo, y otros científicos después, hincaron el diente al descoordinado sistema de defensa aérea londinense. La mayoría de los problemas eran, justamente, problemas de coordinación y control, problemas sistémicos, de relación entre componentes y dinámicas complejas. El equipo tuvo éxito, y a partir de sus resultados Londres sintió una notable mejoría en lo que de todos modos fue una angustia prolongada y terrible.
Allí fue, entonces, donde se probó por primera vez de modo explícito que la acción convergente de varias cabezas educadas en los modos de la ciencia puede no sólo contestar preguntas sino también resolver problemas. No nos referimos, por supuesto, a problemas de tecnología física. A fin de cuentas, siempre la sabiduría, la filosofía natural, encontró tiempo para diseñar espejos incendiarios y proyectiles, construir puentes y acueductos, inventar máquinas y herramientas, descubrir vacunas y remedios. Esta vez se trataba de una tecnología de decisión, de un etéreo proceso de análisis e invención de arreglos y organizaciones.
Más tarde el mundo anglosajón sobre todo, vería el nacimiento y desarrollo de variadas versiones de institutos para el análisis científico de problemas públicos y la invención de soluciones y políticas. Había nacido la institución del think tank, un centro típicamente multidisciplinario para la investigación y el desarrollo de políticas y tratamientos a problemas de carácter público. Notables ejemplos norteamericanos son, por citar algunos nombres, la Corporación RAND, el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, el Instituto Hudson y la muy venerable Institución Brookings.
No es en los pueblos sudamericanos demasiado frecuente este modelo de simbiosis de conocimiento y poder, con algunas muy honrosas excepciones como en el caso del Instituto Torcuato Di Tella argentino o el CENDES venezolano, aunque este último instituto se encuentra muy disminuido desde su época de mayor influencia en la década de los años sesenta. Pareciera que nuestro gen cultural del reconocimiento a lo sabio fuese un gen recesivo. No existe en nuestros arquetipos del inconsciente colectivo una pareja equivalente a la de Merlín y Arturo. En nuestras latitudes Arturo pretende indicarle a Merlín qué es lo que éste tiene que hacer, lo que es, obviamente, una inversión del arquetipo inglés de un guerrero que toma su norte de un sabio.
En Venezuela es particularmente escueta la participación de lo científico en la formación de las políticas públicas. Ciertamente, los ingenieros, los médicos, los economistas, funcionan en un nivel técnico, como calculistas o diseñadores físicos, como coordinadores de servicios, como acumuladores y suministradores de estadísticas. No así los investigadores científicos en tanto analistas de decisiones e inventores de políticas. Más cerca de las decisiones políticas están los expertos en mercadeo y propaganda que los sabios de nuestra nación. Seguramente el paso instantáneo más importante que podemos dar en nuestra próxima fase de desarrollo político debe ser la de una mayor participación de los científicos venezolanos en la construcción de las decisiones públicas.
Una metáfora cortical
Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el desarrollo de sistemas políticos viables. Desde la emergencia de la cibernética como cuerpo teórico consistente ha demostrado ser muy fructífero el análisis comparativo de sistemas de distintas clases, dado que a ellos subyace un conjunto de propiedades generales de los sistemas. El descubrimiento de la «autosimilaridad», en el campo de las matemáticas fractales, refuerza esta posibilidad de estudiar un sistema relativamente simple y extraer de él un conocimiento válido, al menos analógicamente, para sistemas más complejos. Esto dista mucho de la ingenua y ya periclitada postura del «organicismo social», que propugnaba una identidad casi absoluta entre lo biológico y lo social. Con esta salvedad, vale la pena extraer algunas lecciones del funcionamiento y la arquitectura del cerebro humano, el obvio órgano de dirección del organismo.
Para comenzar, el cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma. (Muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con la relación de lo político y lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.
La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable a la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.
Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite esas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza de un hemisferio cerebral.
Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal.
La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.
La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada policy sciences (ciencias de las políticas, no ciencia política), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. He aquí un campo para un rediseño de la arquitectura del Estado que aloje de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas.
Una solución al aislamiento de lo científico
En aguda descripción, C. P. Snow oponía la ignorancia de lo literario en un científico que asistía a uno de esos cultos saraos neoyorquinos a lo Woody Allen, al supino desconocimiento de lo científico por parte de un artista que igualmente conversaba en esa fiesta. El científico no lograba ubicar un recuerdo para Wallace Stevens o registrar conocimiento acerca del modernismo italiano, tal vez; pero el artista no acertaba a identificar quién era Roger Penrose ni estaba enterado de la función del ARN mensajero, pongamos por caso.
Desde esos compartimientos estancos del interés especializado hasta la más grave inconsciencia social respecto de la importancia estratégica y fundamental de lo científico, se extiende la gama que describe el aislamiento relativo de la ciencia y la tecnología en la mayoría de nuestras sociedades, y que explica mucho de la baja prioridad que se le suele asignar en los presupuestos nacionales. Esto, si bien más grave en latitudes de esta Tierra de Gracia sudamericana, es un fenómeno más bien universal. La ciencia tiende a aislarse y a agravar su aislamiento en la medida de su baja sofisticación para la interacción política. Jeffrey Pfeffer, por ejemplo, ha documentado el punto para los Estados Unidos en «Managing with power» con el caso de la confrontación de investigadores de la biomedicina y los bancos de sangre en torno a la transmisión del virus HIV a través de transfusiones sanguíneas. Miles de muertes norteamericanas por SIDA mediaron entre el primer alerta de los científicos en 1981 y la verdadera extensión del despistaje de HIV en depósitos de sangre hacia 1985. Así, en todas partes se cuecen habas.
Entre las diversas estrategias disponibles para sacar a la ciencia y la tecnología del aislamiento en que se encuentra en la mayoría de nuestros países, probablemente sea la más responsable el incremento de la participación de los científicos y tecnólogos en los procesos de formación de las políticas públicas. Más allá de su contribución especializada en cada área específica, los científicos están en capacidad de emplear su adiestramiento mental en el análisis de los inmensos problemas que aquejan a nuestras sociedades y en la invención de protocolos de solución. Ninguna otra cosa puede convencer más acerca de la gigantesca pero regateada importancia social de la ciencia.
El aporte de la ciencia a la composición de las decisiones públicas se lleva a cabo de forma estándar, como dijimos, en el seno de instituciones especializadas conocidas como think tanks, término para el que todavía carecemos en castellano de una traducción más adecuada que aquella de «pensaduría» del ex sacerdote Iván Ilych. Y a pesar de que destacamos qué buen negocio es una pensaduría, no siempre se dispone de los recursos para establecer un equivalente a la Corporación RAND, que aloja en las afueras de Los Angeles a varios centenares de doctores y de discípulos dedicados al arte de obtener políticas racionales.
Pero he aquí que la novísima presencia de las redes informáticas, de la maravilla civilizatoria de la Internet permite ahora la incepción de verdaderos think tanks virtuales, los que al menos no consumen edificaciones, salones, aulas para la conferencia que ahora puede hacerse electrónicamente distribuida a distancia. En efecto, no se requiere otra cosa que enfocar las capacidades interactivas de la Red para dedicarlas en parte a la opinión científica sobre los problemas sociales y la creación metódica de tratamientos a los mismos. La tecnología de aplicaciones computarizadas está ya allí: la posibilidad de la publicación, la conferencia y el correo electrónicos. Con estos instrumentos un buen webmaster o maestro de red puede conducir una pertinente construcción científica de conjunto orientada a la búsqueda de soluciones a muchos problemas públicos. La instantaneidad y amplitud de la Red y sus redes inaugura la posibilidad de una crucial contribución de la ciencia a la política. Como decía Gastón Berger, debemos procurar la cooperación de aquellos que conocen lo conveniente con aquellos que determinan lo que es posible.
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | May 17, 2005 | Fichas, Política |

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Debo esta Ficha Semanal #46 de doctorpolítico a una cadena de mediaciones. El noble arquitecto y diseñador, mejor amigo, Juan Bravo Sananes, me envió desde Maracaibo el dato que a su vez había recibido de su hermano, residente en Canadá: el soplo acerca de un blog extraordinario, cuyo responsable es el venezolano Francisco Toro Ugueto, que lo alimenta desde Maastricht. En particular, Juan refería un trabajo de Toro sobre el libro El laberinto de los tres minotauros, del profesor José Manuel Briceño Guerrero, que enseña en la Universidad de Los Andes desde 1962. (En ese año llegaba a Mérida precedido de un aura de sabio; tuve entonces la oportunidad de escucharle tres «conferencias contradictorias» sobre materialismo dialéctico e histórico). Para completar la secuencia de mediaciones, hay que anotar que Toro se dio a la tarea de traducir al inglés extensos trozos de la obra de Briceño Guerrero, los que hizo preceder de sus propias notas y reflexiones.
Como anota Toro en su blog, Briceño Guerrero interpreta «…la cultura latinoamericana como una mezcla de tres ‘discursos’ separados, mutuamente incompatibles: el discurso Racional-Occidental, el discurso Mantuano y el discurso Salvaje». El libro de Briceño Guerrero fue escrito entre 1977 y 1982, y por tanto no podía ser una referencia específica a Chávez. Es Toro quien establece—como otros lectores del apureño lo han hecho—una relación significante entre la descripción del discurso salvaje y el chavista: «…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder».
El artículo de Toro lleva por título «La revolución sin sentido», lo que alude a la dificultad de comprenderlo por parte de cerebros situados en un espacio occidental-racional. En amable correspondencia me explica el método de Briceño Guerrero: «El talento del hombre radica en su capacidad de mimetizarse con cada uno de los tres discursos que describe: poco a poco, en cada una de las tres partes del libro, se va pasando a la primera persona, deja de describir el discurso y comienza a encarnarlo, a asumirlo, y a expresar—así en primera persona—sus contradicciones internas».
La ficha de hoy contiene la parte final del capítulo 6 de la sección El discurso salvaje, de El laberinto de los tres minotauros, esta vez en las propias palabras de Briceño Guerrero, ya no como retraducción desde el inglés de Toro. Debo agradecer el préstamo de la biblioteca del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos que me permitiera leer directamente el importante y sugerente libro, luego de gentil gestión de Aura Corzo.
LEA
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Discurso salvaje
Las colinas, los bosques, los prados, los animales y las plantas tienen amo, tienen propietario. Yo camino sobre tierra ajena, donde soy tolerado como sirviente; y no hay ningún sitio que yo pueda llamar mío. Con mi trabajo pago a duras penas las cosas que consumo y el alquiler de las que uso. Uso y consumo las peores y aun así logro escasamente sobrevivir. Todas las cosas se cambian por dinero; mi trabajo también. Pero la cantidad de dinero que obtengo no me alcanza para comprar las que necesito. Ando manga por hombro y crío hijos malsanos condenados a vender su sangre.
A veces los amos tienen rostro latifundista, patrón. Yo les digo «Sí amito, sí patrón, lo que Ud. mande, jefe, ya mismo Don Ra-amón». Pero cada día es más frecuente que no tenga rostro y se llame compañía anónima, ministerio, instituto, comité central, empresa transnacional; me entiendo sólo con capataces o funcionarios. De nada me sirve matar a los amos porque vienen sus herederos a tomar posesión; de nada me sirve matar a unos capataces o funcionarios porque nombran otros de inmediato, tal vez peores; sin contar los castigos y represalias.
Sé que mi presencia les repugna, que les doy asco, que si pudieran prescindir de mi trabajo (sustituyéndome por máquinas, por ejemplo), me eliminarían físicamente, me exterminarían como a ratas.
Camino encogido, con la cabeza gacha, reverente y como pidiendo perdón por existir, sobre la misma tierra donde mis ancestros se erguían altivamente para respirar a pleno pulmón el aire de su mundo en la holgura de la patria; pero hubo un combate y fueron vencidos. Pelearon y perdieron; nosotros heredamos el oprobio de su derrota así como ellos, los otros, los de arriba, aquellos a cuya merced estamos, heredaron los privilegios de la victoria. ¿Podemos preparar otro combate, la revancha, una batalla a campo abierto, con clarines, en un día brillante de banderas y metales bruñidos, o perseveraremos en esta sórdida situación de resentimiento, saboteo, doblez, odio reprimido, envidia y papel?
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Lo que somos, lo que fuimos, lo que podemos ser no está en la memoria y en las manos de Dios, sino en archivos; de Dios mismo debe haber una carpeta. Cédulas, partidas, contratos, títulos de propiedad, diplomas, protocolos, certificados, hipotecas, nombramientos, legados, testamentos, despidos, permisos, recibos, cuentas, decretos, resoluciones, autorizaciones, sentencias, oficios, salvoconductos, credenciales, currícula, hojas de servicio, expedientes, libretas militares, tarjetas perforadas, comprobantes, cartas de crédito, letras de cambio, escrituras, permisos, circulares, planillas, solicitudes, avisos, preavisos, citaciones, antecedentes, justificativos, convenios, amonestaciones, carteles, fianzas, órdenes (de pago, arresto, desalojo, secuestro), actas (de nacimiento, matrimonio, defunción).
El destino, para nosotros, tiene cara de papel, color de oficina registradora, olor de gaveta, voz de funcionario; sus hilos son de tinta; vuela con plumas de escribir, camina con pies de imprenta; su casa es el laberinto burocrático. ¿Puedo encender un fuego que lo queme?
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Quiero el incendio ya. La revolución violenta. Sangre derramada. La destrucción de todo este orden de cosas. Abajo cadenas. Victoria o muerte.
Pero este deseo ardoroso me ha hecho víctima de una nueva forma de opresión y explotación que se suma cruelmente a las otras mientras promete suprimirlas: la lucha revolucionaria.
Para comprender el mecanismo de la trampa revolucionaria, veamos nuestra sociedad a vuelo de pájaro. Está constituida, primero, por los amos, los poderosos, los de arriba, los señores; llamémoslos blancos. Segundo, los que sin ser amos tienen una participación variable en los bienes de la sociedad, son capataces, administradores, maestros y profesores, pequeños comerciantes, policías, profesionales liberales; llamémoslos pardos; pueden ascender dentro de su categoría y algunos pueden superarla para engrosar el rango de los blancos. Tercero, nosotros, es decir, «los indios y los negros», los de abajo y afuera.
Suele ocurrir que los blancos tengan entre ellos mismos peleas de señores. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando han logrado sus fines, cuando han arreglado sus cuentas de blancos, se deshacen de nosotros poco a poco mediante retrasos, aplazamientos, intrigas, divisiones, recompensas parciales y a veces aun con la ayuda de sus adversarios reconciliados.
Suele ocurrir también que pardos de ambición impaciente quieran forzar el ascenso dentro de su categoría, acelerarlo para llegar por un canal extraordinario al rango superior. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando logran llegar a importantes magistraturas desde donde se acomodan, se desligan de nosotros o nos mantienen organizados en las capas bajas de partidos políticos reformistas, en calidad de clientela y tropa de choque.
En el esfuerzo que hago para esta lucha me comprometo más que en el trabajo de los campos, el servicio doméstico, la construcción y las fábricas; me doy entero, arriesgo todo. Mi salario es la ilusión de triunfo, la exaltación momentánea, el desahogo, los instantes del asalto y del grito. Pero no logro realizar mi anhelo. Al contrario, mi rebeldía se incorpora aún más al dinamismo del sistema opresor, le sirve y lo fortalece. Mi peligrosidad se ve disminuida y retardada por esa masturbación periódica.
En cambio ellos sí logran sus fines; además de mantenerme en cintura, canalizan mi torrente hacia sus molinos, me cogen de escalera, arriman mi brasa a su sardina.
Amonedan mi furia para comprar poder los dirigentes revolucionarios. Se vuelven ricos con la plusvalía de esa empresa llamada lucha revolucionaria en la que yo pongo mi fuerza de combate, mi capacidad de sacrificio, mi agonía, Plusvalía revolucionaria.
¿No te has fijado, hermano, que los dirigentes revolucionarios son blancos o pardos? Los caudillos negros o indios de las revoluciones han sido «cachicamos trabajando para lapa».
He visto también—deseara no haberlo visto—que la revolución, caso de ser practicada en serio y caso de triunfar, conduce a formas de injusticia y opresión más abominables que las actuales. Esas formas nuevas de injusticia y opresión las he visto en los ojos y en las palabras de los dirigentes más sinceros, más esforzados, más leales a la causa. Se sienten salvadores mesiánicos, avatares de la historia; creen conocer mis intereses, mis deseos y mis necesidades mejor que yo mismo; no me consultan ni me oyen; se han constituido por cuenta de ellos en representantes míos, en vanguardias de mi lucha; son tutelares y paternalistas; prefiguran ya el Olimpo futuro donde tomarán todas las decisiones para mi bienestar y mi progreso; las tomarán y me las impondrán en nombre mío, a sangre y fuego en nombre mío. Yo bajo la cabeza diciendo «Sí camarada, sí compañero, eso es lo que hay que hacer, tiene razón, viva». Les sigo la corriente para que no me peguen y para no desanimarlos; pueden producir esos momentos de relajo, de caos, cuando parpadea la vigilancia de los gendarmes, cuando puedo descargar impune mi rencor, mi cólera reprimida, mi odio; después de todo, ese alivio esporádico es el mendrugo que me toca en el tejemaneje revolucionario mientras llegan días peores, los del triunfo revolucionario.
José Manuel Briceño Guerrero
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por Luis Enrique Alcalá | May 10, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En 1976 faltaba por consumirse el último cuarto del siglo XX, y los Estados Unidos de Norteamérica celebraban el bicentenario de su nacimiento. Ése fue el año conmemorativo escogido por el Instituto Hudson para la publicación del libro Los Próximos 200 Años (The Next 200 Years: A Scenario for America and the World). El líder indiscutido del instituto y principal autor del libro—los otros fueron William Brown y Leon Martel—era el físico y matemático Herman Kahn (1922-1983), el más famoso gurú de la futurología norteamericana, que después de su deslumbrante paso por el más grande y reconocido think tank del planeta, la Corporación RAND, decidió formar tienda propia para especializarse en estudios del futuro.
Previamente al libro mencionado, el Instituto Hudson había lanzado (1967) el masivo libro escrito por Kahn en colaboración con Anthony J. Wiener bajo el nombre El Año 2000 (The Year 2000: A Framework for Speculation on the Next 33 Years). Para ese momento, sin embargo, ya Kahn era una celebridad, pues había saltado a la fama con el libro Sobre la Guerra Termonuclear (On Thermonuclear War, 1961). La inmisericorde frialdad de su estilo—el libro incluía tablas que analizaban no sólo megatones, sino también decesos humanos descritos en términos de la unidad inventada por Kahn: 1 «megamuerte» = 1 millón de muertes—proyectó la cerebral imagen, desprovista de debilidades emocionales, que luego modelaría en el cine Peter Sellers en el film Dr. Strangelove, de 1964.
Los libros escritos o editados por Kahn están indudablemente escritos desde una perspectiva centrada en los Estados Unidos, a la que el futurólogo adhería decididamente, como el suscrito pudo comprobar personalmente en 1978. En este año Kahn visitó Venezuela por invitación de la Fundación Neumann, y ofreció un seminario en el que tuve oportunidad de participar. Habiéndome trabado en debate sobre algunas de sus ideas, Kahn encontró una fórmula simple para saldar la discusión. En el último día del seminario consintió en autografiarme un ejemplar de Los Próximos 200 Años, y reservó la parte final de su dedicatoria «A Luis» para declarar «…si no hubiera sido venezolano hubiera tenido la razón».
La penetración de más de una predicción de Kahn ha resultado ser no muy prolongada. Sin ir muy lejos, en El Año 2000 no es posible encontrar referencias al tema ecológico, que estaba literalmente ante sus narices, pues la humanidad cobró brusca conciencia de la crucialidad del tramado ecológico del mundo en la década siguiente a la publicación del «escenario» de Kahn y Wiener. Tal vez esto se debiera a una deformación analítica en quien viniese adiestrado por las disciplinas exactas de la física y la matemática, relativamente ineducado en otras disciplinas más habituadas a lidiar con discontinuidades y el despliegue de patrones más bien cualitativos.
La Ficha Semanal #45 de doctorpolítico se contrae a reproducir una sección (¿Cuán probables son la democracia y un gobierno mundial?) correspondiente al penúltimo capítulo (Del presente al futuro: los problemas de la transición a una sociedad postindustrial) del libro Los Próximos 200 Años, que es típica de su modo de asediar el problema del porvenir.
LEA
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Futuro de escépticos
Tomando en cuenta la dificultad de discutir valores y estilos de vida cambiantes ¿qué puede predecirse acerca del sistema político que gobernará en los próximos 200 años? Esto es tan difícil de proyectar confiablemente como lo es el tema de los estilos de vida y los valores. Más aun, la política influirá y a la vez será influida por los estilos de vida. Para lo que valga, ofrecemos algunas conjeturas.
Muchos países serán relativamente o al menos nominalmente democráticos, aun cuando algunas democracias serán probablemente más autoritarias que verdaderamente parlamentarias. La razón de esto no es la superioridad universal de bien sean los tipos democráticos de gobierno o los autoritarios; más bien es que un mundo afluente y tecnológico casi tiene que ser—al menos inicialmente—un tanto cosmopolita, secular, pacifista, relativista y quizás hedonista.
En comunidades profundamente religiosas hay una fuerte tendencia al gobierno conducido por una teocracia que en efecto hable con Dios o medie sus deseos. Las culturas heroicas son a menudo gobernadas por un gran líder, una aristocracia o una oligarquía de talento, riqueza o destreza militar. Pero las culturas secular-humanistas no están dispuestas a legitimar ninguno de estos tipos de gobierno. Su método de legitimar un gobierno es el de un contrato social y el consentimiento manifiesto de los gobernados, o por un mandato de la historia que claramente rinda resultados aceptables a los gobernados (según sus criterios).
Esta necesidad de legitimación por elecciones reales o pro forma se aplica tanto a las democracias reales como a las seudodemocracias (tales como muchas de las «repúblicas populares» de hoy), a gobiernos relativamente paternalistas, autoritarios (como en Europa del Sur, América Latina y el Sureste Asiático), o a dictaduras más o menos sostenidas por la fuerza bruta (como se las encuentra frecuentemente en África y en menor medida en América Latina). A este respecto, los gobiernos autoritarios no deben ser confundidos con los totalitarios o dictatoriales. En los estados autoritarios hay un nivel de legalidad comparativamente alto, y frecuentemente una representación parlamentaria, aunque hipócrita, incluyendo una necesidad de algo como elecciones genuinas—aunque sólo sea en un papel de validación y relaciones públicas. En particular, si la humanidad llega a experimentar un siglo de relativa paz e inflaciones o depresiones más bien pequeñas, podemos posiblemente, pero con certeza, suponer que habrá más gobiernos democráticos que hoy en día.
Debemos notar que en los últimos 200 a 300 años los gobiernos democráticos estables se han desarrollado principalmente en lo que describimos como el área cultural Atlántico-Protestante y Suiza. En todo el resto del mundo la democracia todavía parece ser relativamente frágil. Claramente, sin embargo, también ha adquirido fuerza en Israel, Francia, Alemania Occidental y Japón, y en menor grado en Italia, Colombia, Venezuela, Singapur, Hong Kong, Costa Rica, Malasia y quizás México y las Filipinas. Pero debe resaltarse que no hay casi ninguna otra democracia auténtica en las otras 125 naciones (aproximadamente) del mundo. Por consiguiente, no podemos pensar en la democracia como un movimiento que domine claramente a otras formas de gobierno, en particular si la democracia es sometida a tensiones serias o si los pueblos y los líderes no pueden actuar con un poco de autorestricción democrática y un sentido firme e informado de las responsabilidades políticas y financieras.
También es probable que haya muchas organizaciones funcionales que manejarán los diversos problemas internacionales que surgirán en el siglo 21. Muchas de las organizaciones más eficaces serán probablemente de naturaleza ad hoc, pero algunas de ellas formarán parte de organizaciones internacionales mayores como las Naciones Unidas.
Mucha gente cree que en la medida en que más funciones sean asumidas por organizaciones internacionales habrá un crecimiento casi inevitable en dirección de un gobierno federado mundial. Pero a menos que las funciones sean desempeñadas con eficiencia y eficacia sobresalientes, esta clase de evolución por desarrollo pacífico rara vez llega muy lejos sin que implique considerable violencia. Es claro que los requisitos de la preservación de la paz y los problemas del control de armas, el ambiente y las relaciones económicas, así como muchos asuntos de ley y orden, crearán todos grandes presiones de evolución pacífica hacia un gobierno mundial federado. A pesar de esto somos escépticos. Una razón para el escepticismo surge al pensar en la probable reacción de los japoneses, soviéticos, europeos y norteamericanos a las siguientes preguntas:
1. ¿Está usted dispuesto a entregar sus vidas e intereses, y los de sus familiares y comunidades, a un gobierno basado en el principio de un hombre-un voto, esto es, a un gobierno dominado por los chinos y los hindúes?
2. ¿Está usted dispuesto a entregar sus vidas e intereses a un gobierno basado en el principio de un estado-un voto, esto es, a un gobierno en gran medida controlado por las pequeñas naciones-estado de América Latina, Asia y África?
Claramente, la respuesta a estas dos preguntas será una muy fuerte negativa, como también sería la respuesta a la sugerencia de una legislatura bicameral con dos ramas organizadas según los dos principios arriba expuestos. Podemos imaginar una legislatura mundial basada sobre un dólar-un voto (dominada por los Estados Unidos y el Japón)—o sobre alguna otra medida realista, aunque inadecuada, del poder y la influencia reales. Pero es más difícil imaginar un gobierno tal emergiendo pacíficamente, o que fuese muy fuerte si evolucionase pacíficamente. Hay muchas formas de crear un consenso político; pero ninguno de estos métodos facilita la imaginación de un real gobierno mundial que evolucione por medios puramente pacíficos.
Herman Kahn
por Luis Enrique Alcalá | May 3, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El texto corto de la más reciente Carta Semanal de doctorpolítico (el #135, de fecha 28 de abril), hizo referencia a un planteamiento público de Oswaldo Álvarez Paz en su columna periodística Desde el puente. Allí hice cita de artículo suyo, que concluía de este modo: «Ya basta de pensar sólo en elecciones. La verdadera naturaleza del problema no es electoral. Algo está por nacer».
Al final de mi texto decía: «Esperaremos, entonces, que Álvarez Paz y otros que como él andan en lo mismo, expliquen cuál es esa ruta no electoral—insurreccional o intervencionista, suponemos—que no depende por tanto de los Electores, del Pueblo mismo, sino del arrojo de autoungidos furibundos que nos resolverán todo».
Esta evaluación suscitó una explicable comunicación de parte de uno de los estimados suscritores de esta carta, cuyo contenido íntegro trascribo a continuación:
Estimado LEA: En tu sección teutónica haces unas consideraciones, a propósito del reciente y nada sorpresivo artículo de OAP plenas de calificativos fuera de lugar y por tanto impertinentes para una página que se supone objetiva y de análisis de hechos políticos y sociales, para concluir con la consabida pregunta, con visos delatores, de «cuál es la ruta?». Cada vez que oigo a alguien proferirla me pregunto si estoy ante un mermado mental, un provocador o un esbirro del régimen. No es necesario ser zahorí para dar la adecuada y única respuesta a la pregunta, por inocente que suene. Entonces, ¿de qué se trata? ¿Qué se pretende con ese emplazamiento público, mi querido redactor de carta política? ¿A qué viene el señalamiento delator al articulista amigo de «insurreccional o intervencionista, suponemos…»? Y por último, llamar a quienes no creemos en las salidas electorales, muy a nuestro pesar y trayectoria, a la tremenda crisis que nos agobia como «autoungidos furibundos» con definido interés peyorativo, sin explicar por qué ese calificativo no puede ser colocado, también injustamente, en cabeza de los que de buena fe creen lo contrario y confían en las elecciones, no deja de ser una manipulación maniqueísta muy pobre. Espero que utilices tu carta política para aclarar y orientar a tus suscritores, y no sólo para dar rienda suelta a tus pasiones. Sin más, NNNN
En atención debida a este estimado suscritor, redacté una contestación a sus planteamientos. Es el texto de mi respuesta el contenido único de esta Ficha Semanal #44 de doctorpolítico, preservando natural y respetuosamente la identidad del corresponsal.
LEA
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Autoungidos furibundos
Hola, NNNN. Perdona que no hubiera contestado tu correo con mayor presteza, pero no es sino hasta ahora cuando dispongo de algún tiempo libre. Perdona, igualmente, que dirija esta comunicación a todos los destinatarios de tu envío, de los que sólo unos pocos, por cierto, son suscritores a mi carta con pleno derecho a leerla. De una vez, por consiguiente, señalo que no es exacto describir mi texto como un «emplazamiento público», dado que mis envíos tienen una difusión restringida, que tú has decidido ampliar por tu cuenta. Perdona, por último, que esta contestación sea algo larga, pero el aprecio que tengo por ti, y que en otras ocasiones te he manifestado a pesar de nuestras ocasionales discrepancias, me obliga a extenderte consideraciones especiales.
Movido por tus observaciones, he reexaminado el texto que generó tus comentarios y no distingo en él una estructura que pueda ser descrita como «consideraciones… plenas de calificativos fuera de lugar». El texto en cuestión se compone de: un preámbulo que fija la referencia retórica a la leyenda teutónica, para inscribir en sus términos la denotación que hago después de Keller como «brujo»; un siguiente párrafo en el que doy cuenta de una cierta clasificación propuesta por Keller, y que incluyo porque procuro no ganar indulgencias con escapulario ajeno (es decir, doy crédito a Keller porque esa clasificación y esa descripción son las suyas); un tercer párrafo que se atiene a citar textualmente de un artículo de Álvarez Paz; un comentario final en el que viene la designación de «autoungidos furibundos», la que ciertamente requiere mayor explicación y que se hace posible gracias a la oportunidad que tu correo me brinda.
En el preámbulo, convendremos, no hay calificativos puestos por mí. Tal vez la sucinta redacción no sea la más justa de las paráfrasis de la leyenda germánica, pero en todo caso no se trata de conceptos de mi autoría.
En el segundo párrafo, repito, me atengo a relatar lo dicho por Keller. Él considera más «sensato» uno de los tres grupos de oposición que componen su clasificación, y en esta apreciación concurro. Es mío el sustantivo «valentía», que adjudico por mi cuenta al grupo representado por la posición de Álvarez Paz, que cito en el siguiente párrafo. Los restantes calificativos de esta sección son dedicados, elogiosamente, a Keller. Tal vez tú sostengas que él no los merece, en cuyo caso discreparíamos una vez más.
En el tercer párrafo viene la cita textual de Álvarez Paz, precedida del descriptor «otrora candidato presidencial copeyano», que es totalmente exacto y por tanto nada «fuera de lugar» o «impertinente». (Carente de pertinencia).
Llegamos, finalmente, a mi comentario de cierre, que incluye la invitación a que se describa con todas sus letras la solución sugerida por Álvarez Paz (¿»insurreccional»? «¿Intervencionista?») y la evaluación taquigráfica de «autoungidos furibundos».
Comencemos por esto último. Creo que te asiste la razón al considerar que esa expresión amerita mayores explicaciones y, sobre todo, una justificación. Se trata de dos adjetivos. En el caso de «furibundo» he querido describir un cierto estilo practicado por algunos de nuestros políticos, que estiman consustancial a su profesión el perorar en un estado de constante iracundia. (Para el DRAE «furibundo» denota «Airado, muy propenso a enfurecerse»). Creo que Álvarez Paz es cultor de este estilo desde hace tiempo, bastante antes de que la presente autocracia entrara en funciones, y que forma parte de un grupo estilístico al que pueden ser adscritas personalidades como las de, por ejemplo, Andrés Velásquez, Alberto Franceschi o el recientemente fallecido Jorge Olavarría. Antes de que te convirtieras en suscritor de mi carta escribí, respecto del estilo de Franceschi, en el número 104 del 16 de septiembre del año pasado: «Su discurso no se hace inválido porque parezca un ejemplar genuino de esa clase de políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que, como Jorge Olavarría, Alfredo Peña, Andrés Velásquez, José Vicente Rangel, Oswaldo Álvarez Paz, y tantos otros, creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento».
Lo de «autoungido» tiene, en cambio, una connotación de mayor fondo, y por tanto su mera mención es de mi parte un defecto, al no haber explicado con claridad y detalle lo que está detrás de ese calificativo. De nuevo, agradezco la oportunidad que me concedes para hacer más explícito su significado. Lo que quiero decir es lo siguiente:
Primero, creo que existe el «derecho de rebelión». Siempre me ha parecido que la más compacta y justa de las redacciones relativas a ese derecho se encuentra en la Sección Tercera de la Declaración de Derechos de Virginia, precedente por tres semanas a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el país que muchos consideramos paradigma democrático y nación de, hasta ahora, aporte civilizatorio más bien positivo en su efecto neto sobre el mundo, a pesar de no pocas intervenciones negativas que, lamentablemente, parecieran mostrar una propensión a crecer. La Declaración de Virginia dice: «…cuando cualquier gobierno se revele inadecuado o contrario a estos propósitos (el beneficio común, la protección y la seguridad del pueblo, nación o comunidad) una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en manera que se juzgue la más conducente al bienestar público».
La clave de ese texto reside en la estipulación del único sujeto de ese derecho. Es una mayoría de la comunidad el único titular de ese derecho. Ese derecho no reside en Fedecámaras, o en una determinada iglesia, o en la Gente del Petróleo o en la Red de Veedores; mucho menos reside en un puñado de comandantes que juraran prepotencias ante los restos de un glorioso y decrépito samán. Cualquier grupo o cábala de conspiradores que se arrogue ese derecho lo usurpa abusivamente. Es sólo una mayoría de la comunidad, regla democrática por excelencia, la que puede decretar la abolición de un régimen que no convenga a la Nación. Y si esto puede resultar romántico o idealista es no obstante mi posición, la que por otra parte no dejas de reconocer como legítima: «los que de buena fe creen lo contrario y confían en las elecciones».
Pero el que haya empleado tan sucinta denotación de «autoungidos furibundos» te parece «una manipulación maniqueísta». El maniqueísmo, sin embargo, es doctrina de blanco y negro, que divide simplistamente el mundo en lo bueno y lo malo, y el texto que comentas tiene en cambio una estructura tripartita, gracias a la taxonomía de Keller. Me parece, por tanto, que empleas una caracterización que no es lógicamente aplicable a este caso.
Luego, prescribes desde tu posición de suscriptor que mi publicación privada debe ser «una página que se supone objetiva». Déjame decirte que no pretendo tal cosa. Desde que leyera a Popper concurro con su idea de que, incluso en la actividad científica, no existe tal objetividad individual, y por eso él estima que en el mejor de los casos hay una aproximación sucesiva a una objetividad «social» de la comunidad científica, al alojarse en ella la crítica como parte sustancial e ineludible de su método. Por eso doy la bienvenida a críticas como la tuya, por disciplina. Admitirás, por otro lado, que tus propias posiciones son bastante subjetivas. Cuando, además, insinúas que lo que escribo sirve «sólo para dar rienda suelta a» mis «pasiones», emites ya un juicio de psicólogo, profesión que no te conocía y que, en todo caso, no ejercerías con demasiada responsabilidad, dado que tu conocimiento de mi persona es muy superficial, harto somero.
Por último, en dos ocasiones sugieres nociones parecidas: «visos delatores», «señalamiento delator». Esta caracterización no deja de parecerme divertida. Es el articulista mismo quien estipula que su prescripción no es electoral, es decir, que no depende de los Electores. En cualquier caso, pues, él es su propio delator. Entiendo lo que quieres decir, como te consta de interacciones en vivo sobre el mismo punto: que quien prescribe un golpe de Estado o un magnicidio como solución, no puede, en virtud del carácter sigiloso propio de tales remedios, ir explicando a voz en cuello detalles de su cronograma conspirativo. Esto lo entiendo perfectamente. Pero entonces te digo que aquello de lo que no se puede hablar no debe ser mencionado en absoluto. Una vez te dije en una cierta reunión que a unos presuntos conspiradores pudiera incluso convenirles la actividad de comeflores románticos como el suscrito, y que por tanto sería útil que se nos dejase tranquilos, mientras la conspiración procedía, en secreto, oculta tras la cortina de humo gratuita que los más ilusos proveeríamos. De hecho, fue precisamente la participación ciudadana masiva en los acontecimientos de abril de 2002 lo que permitió enmascarar, mediante la manipulación autoungida, la verdadera conspiración que llevaba meses actuando, según se conoce de fuentes como los informes ejecutivos de la CIA publicados por efecto del Freedom of Information Act.
Entonces, NNNN, pongámonos de acuerdo. Si no se puede hablar de esas cosas ¿a qué viene entonces mencionarlas? Es justamente la admonición final de Ludwig Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus la siguiente: «What we cannot speak about we must pass over in silence».
Con un cordial saludo
Luis Enrique Alcalá
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 26, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Los años cuarenta del siglo XX fueron la década de oro, la época seminal que dio paso a uno de los más cruciales desarrollo del ingenio humano: la informática. De 1948 data el libro miliar de Norbert Wiener (1894-1964), Cibernética: Control y Comunicación en el Animal y la Máquina. Al inicio de la década, en 1940, ya Claude Shannon (1916-2001) establecía los fundamentos de la teoría de la comunicación (teoría de la información), que trataba los procesos de información como fenómenos físicos analizables matemáticamente. (Shannon aprovechó la lógica binaria para representarla con circuitos electrónicos de dos estados).
Pero es también de la misma época el tratamiento analítico de la decisión. La obra fundamental a este respecto es la del matemático John von Neumann y el economista Oskar Morgenstern, Teoría de los Juegos y Comportamiento Económico, aparecida en 1944. (Antes, en 1921, el matemático francés Emile Borel había servido de precursor). En los años cuarenta, por tanto, la conjunción de ambas vertientes teóricas sirvió para fundamentar la presunción de que las máquinas suplantarían tarde o temprano a la mente humana en el difícil y delicado arte de decidir.
Poco después de la publicación del libro de Wiener, un fraile dominico, André Marie Dubarle, escribía un artículo para Le Monde (28 de diciembre de 1948), en el que hacía una reseña del libro y añadía su propio análisis. La Ficha Semanal #43 de doctorpolítico contiene el extracto del artículo de Dubarle que el propio Wiener reprodujo en su libro El uso humano de los seres humanos (1950). (Dubarle hace alusión a la encuesta de Gallup durante las elecciones Dewey-Truman, que equivocadamente daba ganador al primero)
Dubarle alerta sobre un nivel cualitativamente nuevo de control estatal de la ciudadanía, en momentos cuando la computación aún se hallaba en pañales. El tema había sido anticipado en 1943 por el sociólogo húngaro Karl Mannheim, en la obra Diagnóstico de Nuestro Tiempo.
En momentos cuando el desarrollo de la informática ha generado un poder computacional vastísimo, del que Wiener, Shannon, von Neumann, Dubarle y Mannheim sólo podían entrever pálidos atisbos, el problema de una superdictadura a escala mundial regresa al tapete. En un «mundo feliz» como el descrito por Aldous Huxley en 1932, la «ingeniería del Paraíso» es una tentación siempre actuante sobre quienes creen que están llamados a ejercer dominación sobre los pueblos.
LEA
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La máquina de gobernar
Uno de los prospectos más fascinantes que se abren de este modo es el de la conducción racional de los asuntos humanos, y en particular de aquellos que interesan a las comunidades y parecen presentar una cierta regularidad estadística, tal como el fenómeno humano del desarrollo de la opinión. ¿No podría imaginarse una máquina que recolecte algún tipo de información, como por ejemplo información sobre la producción y el mercado, y luego determine en función de la psicología promedio de los seres humanos, y de las cantidades que sea posible medir en un momento determinado, cuál sería el desarrollo más probable de la situación? ¿No pudiera uno incluso concebir el aparato de un Estado que cubriese todos los sistemas de decisión política, sea bajo un régimen de muchos estados distribuidos sobre la tierra o bajo el aparentemente mucho más simple régimen de un gobierno humano de este planeta? Ahora nada nos impide pensar estas cosas. Podemos soñar con un tiempo en el que una machine à gouverner pueda llegar a suplir—para bien o para mal—la obvia inadecuación actual del cerebro cuando éste se ocupa de la acostumbrada maquinaria de la política.
A todo evento, las realidades humanas no admiten una determinación precisa y cierta, como es posible con los datos numéricos y la computación. Sólo admiten la determinación de sus valores probables. Una máquina que tratara estos procesos, y los problemas que de ellos emergen, deberá por tanto emprender un tratamiento probabilístico en lugar de uno determinístico, como el que exhiben las modernas máquinas de computación. Esto hace su tarea más complicada, pero no la hace imposible. La máquina de predecir que determina la eficacia del fuego antiaéreo es un ejemplo de esto. Teóricamente no es imposible la predicción temporal; tampoco lo es la determinación de la decisión más favorable, al menos dentro de ciertos límites. La posibilidad de máquinas que juegan, como la que juega ajedrez, establece tal cosa, para los procesos humanos que pueden ser asimilados a juegos en el sentido en que von Neumann los ha estudiado matemáticamente. Aun cuando tales juegos tengan un conjunto de reglas incompleto, hay otros juegos con un número muy grande de jugadores, en los que los datos son extremadamente complejos. Las machines à gouverner definirán el Estado como el jugador mejor informado en cada nivel particular, y al Estado como el único coordinador supremo de todas las decisiones parciales. Éstos son privilegios enormes; si son adquiridos científicamente, permitirán que el Estado venza en toda circunstancia al mejor de los jugadores en un juego humano al ofrecer este dilema: la ruina inmediata o la cooperación intencional. Tal cosa sería la consecuencia del juego mismo sin la violencia externa. ¡Los amantes del mejor de los mundos tienen ciertamente en qué soñar!
A pesar de todo esto, y quizás afortunadamente, la machine à gouverner no está lista para un futuro cercano. Pues más allá de los muy serios problemas que surgen del volumen de información a ser recolectado y tratado rápidamente, los problemas de la estabilidad de la predicción continúan estando más allá de lo que podemos soñar en controlar. Esto es así para aquellos procesos humanos que son asimilables a juegos con reglas incompletamente definidas y, sobre todo, para las reglas mismas en función del tiempo. La variación de las reglas depende tanto del detalle efectivo de las situaciones engendradas por el juego en sí, como del sistema de las reacciones psicológicas de los jugadores en vista de los resultados obtenidos en cada instante.
La cosa puede ser bastante más rápida. Un buen ejemplo de esto parece ser lo que pasó con la Encuesta Gallup en la elección de 1948. Todo esto no sólo tiende a complicar el grado de los factores que influyen la predicción, sino a hacer radicalmente estéril la manipulación mecánica de las situaciones humanas. Hasta donde uno puede juzgar, sólo dos condiciones pueden garantizar acá una estabilización en el sentido matemático del término. Éstas son, por un lado, una ignorancia suficiente de parte de la masa de jugadores explotados por un jugador diestro, quien puede, más aun, planear un método de paralizar la conciencia de las masas; por otro lado, suficiente buena voluntad que le permita a uno, en busca de la estabilidad del juego, delegar sus decisiones a uno o más jugadores que tengan privilegios arbitrarios. Es ésta una lección dura de una matemática fría, que ilumina la aventura de nuestro siglo: la indecisión entre una indefinida turbulencia de los asuntos humanos y la emergencia de un prodigioso Leviatán. En comparación con esto, el Leviatán de Hobbes no era más que una broma agradable. Hoy corremos el riesgo de un gran Estado Mundial, cuya deliberada y consciente injusticia primitiva pudiera ser la única condición posible para la felicidad estadística de las masas: un mundo peor que el infierno para las mentes claras. Quizás no sea una mala idea para los equipos que actualmente inventan la cibernética, añadir a su cadre de técnicos, que vienen de todos los horizontes de la ciencia, algunos antropólogos serios, y quizás un filósofo que tenga cierta curiosidad por los asuntos del mundo.
André Marie Dubarle
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