FS #54 – Un elegante coraje

Fichero

LEA, por favor

A mi gusto, el autor de Venezuela: identidad y ruptura, Don Ángel Bernardo Viso, es uno de los más finos y profundos intelectuales venezolanos del siglo XX. Abogado de profesión, docente universitario, hombre público, escritor de poesía, novela y ensayo, es autor de prosa penetrante y sincera, culta y universal.

Tomé contacto mediato con él gracias a una ocurrencia de Andrés Sosa Pietri: a fines de 1984 me pidió que le «sacara» una revista de sus empresas para imprimir y repartir en Navidad. La premura de las fechas impuso una estrategia: trabajar con textos existentes, pues exigirlos frescos haría imposible el cumplimiento de la meta decembrina. Fue así como Andrés solicitó a su ilustre primo, Don Arturo Úslar Pietri, alguna cosa que tuviese escrita sobre el tema de la unidad de los pueblos hispánicos. Don Arturo tenía por fortuna a la mano el texto inédito de una conferencia suya en la Casa de Venezuela de Santa Cruz de Tenerife. Por mi lado aporté la costura de una extensa carta al Dr. Arturo Sosa, hijo, y una conferencia presentada en Filadelfia ante el Instituto Internacional de la Predicción.

Las posturas expresadas en ambos documentos eran grandemente coincidentes, pero decidimos someter tres preguntas sobre la posibilidad y deseabilidad de una unión política de los pueblos ibéricos, a un panel de cuatro personas: los ingenieros Hermann Roo Gómez y Ángel Padilla Villate, y los abogados Diego Bautista Urbaneja y Ángel Bernardo Viso. Todos, menos Viso, se atuvieron al cuestionario para remitir sus contribuciones. El Dr. Viso, en cambio, produjo un texto de gran concisión y admirablemente escrito. Él no creía en la factibilidad de la unión que el Dr. Úslar y el suscrito defendíamos.

Pero la honestidad y la hermosura de las palabras de Ángel Bernardo Viso, aun siendo contrarias a mi prescripción, no hicieron otra cosa que aumentar mi admiración por su espíritu y su pluma. En unas «memorias prematuras» que finalicé el lunes de carnaval de 1986, registré así la experiencia: «Para mí resultó sorpresivo pero explicable el texto de Ángel Bernardo Viso. Viso considera la unión política hispánica algo imposible. «La realidad económica, geográfica y política nos condena a vivir separados». Imprimimos su hermoso texto separado del resto de textos críticos que solicitamos. Yo había leído unos años antes su importante libro, «Venezuela, identidad y ruptura», y había supuesto que por las intuiciones que dicho libro dejaba traslucir reaccionaría entusiastamente a las proposiciones de Úslar y a las mías. Me pareció que lo que escribió para ‘Válvula’, en su terrible eficacia argumental, era indicador del dolor que padecía un sensitivo hombre que desearía la unión y la considera infactible».

La primera parte, pues, de esta Ficha Semanal #54 de doctorpolítico es ese admirable texto del Dr. Viso. En mi fuero interno intenté salvarme de su eficaz y poderosa retórica diciéndome que yo no proponía la resurrección de un imperio muerto, sino un negocio a futuro. De hecho, la revista mencionada incluyó también una refutación mía—al estilo de las réplicas en Scientific American que se ofrece a los articulistas que han sido objeto de crítica—al aporte del Dr. Urbaneja, el otro abogado del panel, que había escogido específicamente meterse conmigo. (Hace ya bastantes años que escuché del Presidente de Reichold Chemical International la siguiente queja: «Preferiría contar para cada problema con veinte soluciones, pero en mi empresa tengo muchos abogados que para cada solución son capaces de encontrar veinte problemas». Por supuesto, también el Dr. Úslar era abogado). En esa refutación a Urbaneja escribí: «No se trata de ‘reconstituir’ un imperio ni de justificarnos como museo en una eterna reiteración adoratriz de los panteones. El futuro no es historia todavía, por lo que una justificación por el futuro difícilmente puede justificar históricamente nada».

Pero la belleza y el peso del texto de Viso siguen estando allí, como también sus claras razones. A la larga, puede que tenga, simplemente, la razón. Después de esa aventura editorial tuve la oportunidad de conocerle personalmente, gracias al enlace provisto por nuestro difunto amigo, el Dr. Adolfo Aristeguieta Gramcko. Antes, otro gran amigo prematuramente fallecido, el impar Ignacio Andrade Arcaya, me había obsequiado un pequeño libro del Dr. Viso: sus Memorias Marginales. (1991). Las «Memorias marginales de Pedro Mirabal» están construidas como una serie epistolar de veintitrés cartas escritas en Madrid, destinadas «a un amigo perdido de vista desde la juventud, y cuya respuesta no me alcanzará».

Como los veinticuatro preludios de Chopin, o los de El Clave Bien Temperado de Bach, cada una de las veintitrés cartas es una joya ensayística con peso propio. La elegancia de la escritura de Ángel Bernardo Viso se pone de manifiesto una vez más en todas ellas. Se seleccionó para la segunda parte de esta ficha dual los párrafos finales de la segunda de las epístolas de la colección, fechada en Madrid el 2 de abril de 1990, por una doble razón: primera, porque sigo peleando con él y creí encontrar en ella una contradicción a su escepticismo anterior, pues esta vez escribe: «Los americanos de origen español debemos recordar quiénes fuimos para estar en capacidad de decidir quiénes queremos ser». Esto es, ahora abría la puerta a la decisión intencional de nuestro futuro. La segunda de las razones es más simple: las últimas siete palabras de este segundo texto de Viso son un epigrama de altísima factura y profundidad asombrosa. Ellas solas revelan, del modo más escueto y potente, la triple cualidad de filósofo, historiador y poeta que es patente en el honrado discurrir de Ángel Bernardo Viso.

Se trata, como él mismo dice, de una «apología del coraje», rasgo que estima, apoyado en observadores externos, consustancial al carácter español. Yo le añadiría, como he discutido con Alfredo Fernández Porras, el rasgo de una innata elegancia, evidente en las letras y en la música y en la danza españolas, y hasta en el noble comportamiento de un caballero español jugador de bridge, como testimonia Víctor Mollo de Rafael Muñoz en The Bridge Inmortals. Como mana, sin que él pueda evitarlo, del verbo de Ángel Bernardo Viso. LEA

……

Un elegante coraje

SOBRE LA UNIDAD HISPÁNICA

Los países hispanoamericanos, y aún la propia España, son los restos de un naufragio ocurrido hace casi ya dos siglos: la desaparición violenta del imperio español, debido a la incapacidad de la monarquía borbónica de dar una respuesta positiva ante el embate de Napoleón, de las ideas revolucionarias francesas, y de las tendencias centrífugas nacidas en nuestros países. Preguntarse si es posible resucitar nuestra unidad política tiene tanto sentido como inquirir si se puede reanimar un sistema solar extinto desde un planeta que ya dejó de recibir la luz y el calor de una estrella ya muerta.

Desde luego, el mundo de la historia es más complicado que el de la astronomía: algo del calor común subsiste y es por eso que tenemos la inevitable tendencia a tratar de dar vida al viejo modelo, a resucitar el imperio perdido. Es el mismo impulso que llevó a Carlomagno a hacer el esfuerzo de reconstruir el imperio romano, y a muchos hombres del Renacimiento a creerse en los tiempos de la antigüedad clásica. Son inagotables los ejemplos de «renacimientos», pero todos están condenados de antemano al fracaso, porque ni a los hombres ni a los pueblos está dado reencontrar el tiempo perdido: como Adán y Eva, tenemos prohibido regresar al Paraíso.

Eso no significa que condene la idea de cultivar los rasgos comunes de nuestra herencia: el lenguaje, la religión, las costumbres. Pero debemos hacerlo a la manera de los nietos dispersos que se encuentran en el cumpleaños de la anciana abuela, o como los griegos se reunían en las fiestas de Olimpia, poniendo de relieve cuanto tenían de semejante y de diverso.

Para reunir de nuevo nuestras casas, construidas sobre las mismas bases, pero con estilos disímiles, tendríamos que tener una fuerza centrípeta capaz de superar a la otra, a la dispersadora, obra irreversible de la vida. Y esa fuerza tendría que nacer como nacen las cosas en la historia, de las invasiones, conquistas o anexiones. En cambio, pretendemos que la unidad nazca de unos cuantos espíritus románticos…

No. Nunca los ideales basados en nobles sentimientos han servido para construir países, federaciones o imperios. La realidad económica, geográfica y política nos condena a vivir separados. Al menos, enviémonos cartas o postales de tiempo en tiempo.

………

Madrid, 2 de abril de 1990.

Los americanos de origen español debemos recordar quiénes fuimos para estar en capacidad de decidir quiénes queremos ser. En vísperas de la Independencia, los habitantes de Buenos Aires, argentinos avant la lettre, dos veces derrotaron de manera decisiva a los ingleses, una de ellas conducidos por un francés hispanófilo: Liniers. Hace pocos años los generales argentinos tuvieron la osadía de intentar una aventura guerrera contra Inglaterra, sin darse cuenta de la mengua de sus fuerzas, y recibieron la peor de las humillaciones en las Malvinas. Vale la pena comparar esas dos guerras, separadas por alrededor de ciento setenta años, no sólo para medir el abismo tecnológico que nos separa de los pueblos civilizados, sino la patente declinación del coraje.

Los caudillos del siglo pasado, no obstante su personalismo desmedido y su frecuente logomaquia, tenían todavía una grandeza de alma y una virilidad dignas de mejores causas, mientras sus sucesores del siglo XX, los llamados caudillos civiles, no menos inmersos en combates puramente retóricos, ni menos movidos por razones personales, tienen la desventaja de haber perdido todo tipo de ilusiones desde el punto de vista ético, y de aceptar un pragmatismo que, cuando no lleva consigo una actitud corruptora activa, al menos implica la más completa resignación a un estado de cosas deplorable. En el clima creado por ellos no florece el coraje civil, como tampoco en el terror propio de las dictaduras; éstas han sido alabadas por haber puesto término a las guerras civiles, al sistema de los caudillos, sin darse cuenta de su carácter empobrecedor del intelecto y del orgullo viril; el servilismo de nuestros hombres públicos se origina en esas dictaduras, y el desarrollo de su exagerada capacidad de adulación.

Después de la Independencia, el escenario político hispanoamericano ha sido parecido al de un teatro de títeres; unos personajes minúsculos y pintorescos, casi siempre declamadores y grandilocuentes, dando saltitos a derecha e izquierda, como movidos por una fuerza que les es ajena, suelen representar una serie interminable de pantomimas, cuya trama es en esencia la misma, a pesar de la diversidad de títulos; pero mientras los títeres decimonónicos practicaban una retórica belicosa y reforzaban públicamente sus proclamas con frecuentes tiros de fusil, sus herederos de este siglo juegan más bien a la parodia de las democracias; y, cuando necesitan matar a alguien, prefieren contratar mercenarios o en todo caso ponerle silenciador a las pistolas.

Te preguntarás, a esta altura de mi escrito, el significado de mi apología del coraje, pero en verdad apenas pretendo indagar las razones de su mengua y sacar las conclusiones necesarias; en el momento de nuestra formación como pueblo, y en la historia de nuestros antecedentes antiguos, el denuedo era un hecho natural y su excepción era rara, igual que en todos los grupos señoriales. Cada una de las naciones surgidas del caos creado por el hundimiento del Imperio Romano quiso restablecerlo en su provecho y también construir dominios más allá de los mares; para ellas, el valor cívico y militar era solidario de su afán de dominación y de la raigambre de sus convicciones de toda índole, especialmente religiosas. Europa tiene miles de mártires de las más diversas causas y millones de héroes de las más injustas guerras.

Cuando Maquiavelo trató de forjar la unidad italiana, exaltó por igual la astucia y el denuedo guerrero, encarnados en sus dos grandes modelos, ambos ejemplares del tipo ibérico: César Borgia, el despiadado hijo de Alejandro VI—quien llegó a concebir el proyecto de repoblar Roma con colonos españoles—y el habilísimo Fernando de Aragón; el defensor del realismo político sostenía que era necesario un gran temple de carácter para la construcción y la defensa de la patria; pero esa antigua virtud («Virtù contro a furore//prenderà l’arme…»), defendida por el escritor florentino, no se extingue únicamente por obra de la volteriana ironía, sino a veces por la disgregación de las grandes unidades nacionales o imperiales, convertidas en jirones de castas o de grupos regionales sin entidad histórica propia, como ocurrió en América. «En la casa de mi padre todos los pasos tenían un sentido», dice el jefe árabe de Citadelle; si ese sentido se pierde, antes se ha podrido el imperio en el alma de los súbditos, no más dispuestos al sacrificio de la vida ni de los bienes propios para mantener la unidad que se desmorona; el coraje, en último término, es amor.

Ángel Bernardo Viso

___________________________________________________________

 

Share This:

FS #53 – Nihil sub sole novum

Fichero

LEA, por favor

Algunas teorías de lo histórico proceden a explicarlo como fenómeno de carácter cíclico: los acontecimientos tienden a repetirse. Así lo recogen adagios como el de «Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla» o, más directo y simple, el de «No hay nada nuevo bajo el sol». (Salomón, Eclesiastés, I, 10).

Con el advenimiento de la geometría fractal (Benoit Mandelbrot, The Fractal Geometry of Nature, 1983) los estudiosos de la historia tienen ahora la analogía perfecta, pues una figura fractal se caracteriza por la propiedad de la autosimilaridad: una estructura que «se parece a sí misma». La historia puede verse ahora como el despliegue de una función fractal, cuya dimensión está, por cierto, aún por determinar. (Quienes se interesen por asir suficientemente los principios de esta geometría o matemática fractal pueden leer el libro Chaos Under Control: The Art and Science of Complexity, de David Peak y Michael Frame. Se trata de una exposición asequible a quien haya culminado bachillerato, que enseña las principales nociones para el análisis riguroso de la complejidad y el caos. Ningún político serio, al tanto de que las sociedades son sistemas complejos, debiera prescindir de la comprensión de esos conceptos).

En todo caso, de cuando en cuando la lectura de la historia nos lleva a territorios y episodios dejà vu, que nos parecen extrañamente familiares. La Ficha Semanal #53 de doctorpolítico, creo, retrata en la Roma republicana del siglo II antes de Cristo la acción y reacción de dinámicas sociales que los venezolanos hemos experimentado o estamos experimentando. Está extraída de la Historia Universal de la editorial Planeta (2001). Es parte de la historia republicana de Roma bajo el acápite De los Gracos al fin de la República, y más exactamente corresponde a la sección El problema agrario: Tiberio y Cayo Graco.

Al leer el trozo uno no puede dejar de preguntarse si es que los seres humanos hemos cambiado en algo, si cambiaremos alguna vez o adoptaremos siempre las mismas conductas. ¿Será que verdaderamente estamos condenados a repetir, al menos en parte, esa historia de los romanos porque la ignoramos o la hemos olvidado?

LEA

……

Nihil sub sole novum

En el transcurso del siglo II a. C., la situación social, caracterizada por el indiscutido poder político y económico de la oligarquía senatorial, y por la consiguiente decadencia de la clase media campesina, en otro tiempo eje del Estado romano, había ido agravándose progresivamente hasta hacerse insostenible. En Sicilia, donde las condiciones de vida eran particularmente difíciles, estalló hacia 136 una violenta rebelión de esclavos, los cuales hallaron apoyo en las capas más pobres de la población libre. Para ahogar la rebelión se necesitó un notable esfuerzo militar. Otros desórdenes se produjeron en Grecia y en la misma península italiana.

En este ambiente se llevó a cabo la acción de Tiberio y, luego, de Cayo Graco. Hijos de Sempronio Graco, quien con su moderación y humanidad devolvió la paz a más de una provincia turbulenta, y de Cornelia, hija, a su vez, de Escipión el Africano, los dos hermanos poseían una profunda y abierta cultura. Iniciados desde muy jóvenes en la vida política, adquirieron una experiencia directa de los problemas que afectaban a la sociedad romana. Particularmente grave se presentaba la cuestión agraria, y así lo comprendió Tiberio al observar la despoblación y el abandono en que se hallaban regiones como Etruria, en otra época muy bien cultivadas. Elegido tribuno de la plebe en 133, presentó una ley que, considerando en vigor disposiciones anteriores nunca derogadas pero siempre eludidas, imponía la reversión al Estado de las parcelas de ager publicus ocupadas ilegalmente, y su distribución entre los no propietarios (proletarii). De este modo se resolvería, siquiera en parte, el problema del proletariado urbano, y, sobre todo, podría imprimir vigor a la clase de los pequeños propietarios, base de la fuerza militar romana.

El proyecto, aun siendo muy moderado en su conjunto, suscitó una vivísima oposición entre los miembros de la clase dominante (optimates), que se sintieron lesionados en sus intereses. Hallaron un aliado (o acaso un mero instrumento) en el tribuno Marco Octavio, quien vetó el proyecto de ley. Tiberio le acusó entonces de proceder en contra de los intereses del pueblo y consiguió que le destituyeran de los comicios tributos. Terminó por lograr que se aprobase la ley, e inmediatamente después fue nombrado un colegio de triunviros encargado de aplicarla. Con objeto de proveer a los nuevos pequeños propietarios de los medios para fundar sus haciendas (adquisición de ganado, aperos, semillas), Tiberio propuso destinar a este fin una parte de la herencia de Atalo III de Pérgamo, invocando para el pueblo romano, beneficiario por testamento de las riquezas de aquel soberano, el derecho de decidir la distribución de dicha herencia. Esto predispuso en contra de Tiberio al senado, al que siempre se reconoció la competencia en materias relativas a la economía nacional.

Para aplicar personalmente su ley, Tiberio presentó su propia candidatura para un segundo tribunado, lo que estaba en contra de la costumbre. Durante las elecciones estallaron violentos desórdenes, fomentados por sus adversarios. Atacado por numerosos senadores, encabezados por el sumo pontífice Publio Escipión Nasica y apoyados por sus clientes, Tiberio fue muerto a bastonazos junto con unos trescientos seguidores. (133).

Es muy posible que Tiberio quisiera limitarse a realizar su propia obra reformadora. Parece desprovista de fundamento la acusación de que aspiraba al mando. Pero con sus métodos, en ocasiones ilegales, y con el ataque directo a los poderes del senado, acabó por perjudicar su propia causa, enajenándose las simpatías de los senadores favorables a la reforma agraria. Se ha planteado el interrogante de si la sociedad romana estaba lo bastante madura para emprender una reforma como la de Tiberio, susceptible de imprevisibles consecuencias de signo democrático. Pero resulta difícil determinar hasta qué punto la iniciativa de Tiberio fue comprendida por sus contemporáneos en su verdadero significado. La animosa hostilidad de las clases conservadoras, así como el fácil entusiasmo popular asimilaron tan sólo los aspectos innovadores y revolucionarios. En realidad, no se trataba de destruir la estructura tradicional del Estado romano, sino de consolidarla, ensanchando las bases del apoyo popular.

La ley agraria no terminó tras la muerte de Tiberio. Los triunviros, entre los cuales figuraba su hermano Cayo Graco, continuaron su política de confiscación y redistribución de las tierras, que, sin embargo, tropezaba con resistencias cada vez más fuertes, sobre todo por parte de los latinos y los aliados itálicos, obligados a renunciar sin contrapartida alguna el ager publicus que ocupaban. Sus quejas fueron escuchadas por Escipión Emiliano, que, en el ínterin, se había convertido en jefe de los conservadores. Logró, en efecto, que la competencia para juzgar casos controvertidos fuese transferida de los triunviros a los cónsules, con lo que se obstaculizó la acción reformista.

La lucha se hizo muy encarnizada, y cuando Escipión murió de improviso (129) se sospechó, probablemente sin razón, que había sido asesinado. La situación la complicaba también el hecho de que itálicos y latinos se interesaban en la adquisición de la ciudadanía romana, con todas las ventajas que ello implicaba. Esta aspiración halló apasionados valedores en Cayo Graco y sus partidarios, designados con el nombre de populares, es decir, demócratas. Uno de ellos, el cónsul Marco Fulvio Flaco, propuso en 125 la admisión como ciudadanos romanos de los itálicos que lo solicitaran. A los demás se les concedería el derecho a apelar al pueblo contra eventuales abusos de los magistrados. La propuesta no fue acogida y entre los aliados se manifestaron síntomas de rebelión, que desembocaron en franca revuelta en Fregellae (cerca de la actual Ceprano). La ciudad fue tomada y destruida al poco tiempo.

Eliminados los impedimentos creados por las disposiciones de Escipión Emiliano, Cayo Graco puso de nuevo en pleno vigor la ley agraria de Tiberio. Más tarde logró que se adoptaran otras medidas a favor de las clases más desheredadas de la población: una ley que garantizaba la venta a los proletarios de determinadas cantidades de cereal a bajo precio, la fundación de nuevas colonias en Italia meridional y en ultramar, y la construcción en toda Italia de grandes obras públicas que dieran trabajo a miles de pobres.

A fin de limitar el predominio del senado y de la clase dirigente, Cayo Graco extendió el derecho de los ciudadanos condenados a la pena capital, de apelar al pueblo, y patrocinó nuevas leyes relativas al orden de votación en los comicios, y a las modalidades de la asignación de las provincias consulares. La clase de los caballeros no fue olvidada. Sus miembros, además de distinciones honoríficas, como los lugares privilegiados en los espectáculos, obtuvieron ventajas más tangibles en las provincias, como la adjudicación de impuestos en Asia, y la participación en los tribunales que entendían en las causas por extorsión, junto con los senadores.

Los optimates no permanecieron pasivos. Aprovechando la ausencia de Cayo Graco, ocupado en la fundación de la colonia lunonia, desencadenaron contra él una campaña de desprestigio que afectaba también a Fulvio Flaco, cuya política trataron de contrarrestar permitiendo que otro tribuno, Livio Druso, propusiera disposiciones en apariencia favorables al pueblo. Esto no impidió a Cayo plantear su petición más audaz: la concesión de la ciudadanía romana a los latinos, y la ciudadanía latina a los itálicos.

El pueblo, sin embargo, se alineó esta vez con los conservadores, negando decididamente su apoyo a un proyecto de ley que hubiera extendido a los aliados los privilegios de los ciudadanos romanos. Para Cayo Graco, esta derrota señaló el fin de su actividad política. En efecto, no fue reelegido tribuno para el año siguiente. (121).

La elección como cónsul de Lucio Opimio, acérrimo enemigo de los Gracos, favoreció de manera determinante a los oponentes de Cayo. Los conservadores consideraron que había llegado el momento para el ataque decisivo al partido democrático. El pretexto para el enfrentamiento lo constituyó el problema de la colonia lunonia. En efecto, se hizo creer al pueblo que esta colonia africana podría llegar a convertirse en una peligrosa rival de Roma. El tribuno Minucio Rufo propuso, en consecuencia, la liquidación de la ciudad y, al propio tiempo, se apresuró a solicitar la revocación de todas las disposiciones de Cayo Graco. En este punto estallaron los desórdenes, y la lucha abierta entre las facciones opuestas resultó inevitable. El senado emitió por vez primera el llamado senatus consultum ultimum, por el que se decretaba el estado de emergencia y se investía de poderes extraordinarios a Lucio Opimio, encargándole la tarea de restablecer el orden. El cónsul asaltó al frente de sus tropas el Aventino, donde se habían hecho fuertes los demócratas. Cayo, antes de caer vivo en manos de sus enemigos, se suicidó. Unos 3.000 de sus seguidores fueron muertos sin proceso previo.

La reacción conservadora no logró, sin embargo, destruir por completo la obra de los Gracos, y menos aún estuvo en condiciones de sofocar las esperanzas que la actividad reformadora de aquéllos había despertado. La ley agraria continuó en vigor algunos años, y promovió la efectiva reconstitución de la pequeña propiedad campesina. Pero el problema de los itálicos, una vez más defraudados en su aspiración a la ciudadanía, continuaba sin resolverse y permitía prever nuevas y más urgentes reivindicaciones. Los caballeros eran ya conscientes de su peso en la vida política, mientras que el pueblo se presentaba cada vez más dispuesto a apoyar a quien le hiciera las proposiciones más atractivas.

Planeta

______________________________________________________________

 

Share This:

FS #52 – Discurso salvaje (2)

Fichero

LEA, por favor

En el número 46 de la Ficha Semanal de doctorpolítico dábamos cuenta de la profunda, extensa, culta y pertinente perspicacia de José Manuel Briceño Guerrero, tal como se pone de manifiesto en su libro El laberinto de los tres minotauros, del que supimos por el blog de Francisco Toro Ugueto tras advertencia de Juan Bravo Sananes.

En realidad es el libro la conjunción de tres trabajos separados: La identificación americana con la Europa segunda, que expone la superposición del discurso racional occidental a las culturas autóctonas de América; Europa y América en el pensar mantuano, que desarrolla el discurso de dominación de las minorías blancas del continente; Discurso salvaje, una gran paráfrasis del discurso bárbaro y primitivo, en el que Toro creyó encontrar la clave y los códigos fundamentales de la dominación chavista.

El mismo Briceño Guerrero explica esta triple aspectación: «Tres grandes discursos de fondo gobiernan el pensamiento americano. Así lo muestran la historia de las ideas, la observación del devenir político y el examen de la creatividad artística… Por una parte el discurso europeo segundo, importado desde fines del siglo dieciocho, estructurado mediante el uso de la razón segunda y sus resultados en ciencia y técnica… Por otra parte, el discurso cristiano-hispánico o discurso mantuano heredado de la España imperial… En tercer lugar el discurso salvaje, albacea de la herida producida en las culturas precolombinas de América por la derrota a manos de los conquistadores y en las culturas africanas por el pasivo traslado a América en esclavitud…»

La Ficha Semanal #52 contiene íntegros tres concisos capítulos (10, 11 y 12) del último de los discursos, del último trabajo que compone el libro. Recordemos cómo Francisco Toro nos advertía que Briceño Guerrero es en un instante observador y reportero y en otro mimético salvaje que asume el discurso bárbaro en primera persona.

J. M. Briceño Guerrero no tiene nada de silvestre; si acaso, como todos nosotros, en recónditos lugares de su inconsciente. Sus doctorados en Filosofía y Filología son de la Universidad de Viena, la ciudad de Wittgenstein, Mahler y Kokoshka, no de la Gran Sabana o la selva guatemalteca.

La secuencia capitular maravilla y atemoriza primero con un elogio de lo primitivo; luego inserta esa conciencia en el presente y refuta falsos intentos de preservación de lo salvaje. En conjunto nos permite una comprensión vívida de la más original de nuestras raíces.

LEA

……

Discurso salvaje (2)

DEFENSA OFENSIVA U OFENSA DEFENSIVA. ELOGIO DE LAS CULTURAS PRIMITIVAS

Las culturas precolombinas de América y las culturas africanas de donde procedían los esclavos negros, las culturas «primitivas»—porque también las hubo «altas», en trance de enajenar al hombre—eran superiores a la cultura occidental.

No buscaban dominar a la naturaleza sino lograr un equilibrio con ella y lo lograron de manera variada según las condiciones ecológicas, de manera creadora según las diferencias de su sensibilidad y los matices de su sentido estético. Aprendieron a vivir con la selva, con la montaña, con el mar, con los llanos de grandes ríos, con el desierto, sin dañarlos y sin perecer. Ni ecocidas ni suicidas. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Sabían vivir en comunidad y compartir. Las relaciones de parentesco y las conductas a que daban lugar estaban claramente establecidas. Los diversos roles en la ejecución del comunitario trabajo eran distribuidos y desempeñados sin sombra de confusión. Con ritos de pasaje garantizaban los umbrales y separaban los niveles. Nunca era una comunidad tan grande como para imposibilitar el conocimiento y reconocimiento mutuo de todos sus miembros. La comunicación integral de persona a persona estaba así asegurada y era practicada como forma normal de comunicación. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Salvo aberración patológica excepcional, tenían su centro de gravedad en sí mismas. Cada comunidad era centro de conocimiento, sentimiento y acción con respecto a la naturaleza, al mundo invisible y a las demás. Cada una era consciente. Cada una era sujeto de su propio devenir vital. No construyeron un nivel superior que conociera, pensara y decidiera por ellas, no hicieron estados, no delegaron su humanidad. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Las comunidades de esas culturas, llamadas primitivas y salvajes, definieron con perfiles inconfundibles al enemigo y al amigo. No reprimieron sus pulsiones de muerte; las canalizaron. Siempre estuvo lejos de ellos—benditos sean para siempre—esa babosa hipocresía del occidental que profesa amor a todos sus semejantes, pero los mata simbólicamente con sueños o realiza enormes guerras de exterminio fratricidas o genocidas. Ellas salían a matar y a morir en armonía con los astros y los cósmicos ritmos de muerte y renacimiento, acompañados por sus animales sagrados y sus dioses, en acuerdo con ellos, sin doblez. Los pasos y resultados del combate estaban codificados porque se trataba de un divino juego análogo al gran juego del Universo y cónsono con él. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Lo psíquico y lo somático son tan interdependientes que constituyen unidad; ellas lo sabían y nunca separaron las enfermedades de las palabras, los pensamientos de los pasos, los afectos de las piedras, las estrellas de los impulsos secretos del corazón. Los éxtasis del tiempo despliegan una sola dimensión original; los ancestros y los herederos están en nosotros ahora; ellos lo sabían y por ende sabían también aceptar la muerte y comunicar con los abuelos, pero no para hipostasiarlos en estatuas reverendas, rendirles pleitesía, entregarles vitalidad, idolatrarlos, sino para recibir su ayuda en situaciones concretas de la vida individual. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

No pretendieron nunca conocer exhaustivamente el universo. Les bastaba relacionarse de quien a quien con los entes vecinos. Dieron nombre a quien necesitaban llamar. No intentaron dar nombre a lo innombrable ni a lo que no valía la pena nombrar. Implícitamente reconocieron la infinitud del otro y de lo otro. Se supieron una escucha y un habla finitos. Vieron que el pensamiento y la palabra no pueden trasgredir sus límites, ni aprehender su origen. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Las culturas precolombinas y africanas de nuestros ancestros habían desarrollado técnicas para inducir al éxtasis colectivo y las habían incorporado en el tejido cíclico de sus festividades anuales. Así, periódicamente, sus miembros se liberaban del peso de la conciencia individual, aliviaban el dolor de la existencia separada, abandonaban pensamiento y lenguaje, se volvían todos y nadie, todo y nada. Entraban como gota en el oleaje de las mareas siderales donde no hay sino un vasto sentimiento oceánico, y retornaban, serenos, al sosiego de los dioses ordinarios, a las actividades cotidianas aceptadas con gozo, al quehacer rutinario circularmente reiterado donde resuena, para los que lo han conocido, como en una caracola, musical y poderoso, el Océano. ¿Puede decirse lo mismo de Occidente?

Nosotros descendemos de tales ancestros. Tenemos derecho a su herencia. Nuestra constitución mental se presta para recibirla. Eso es lo nuestro, pero Occidente nos separa de nuestro origen, nos desarraiga. Caiga Occidente y se levantarán nuevos de nuevo, los antiguos mitos y ritos, el antiguo bullir, el antiguo esplendor de los días felices. Caiga Occidente y creceremos, lozanos, como la vegetación. Sobre las ruinas.

………

SUPERIORIDAD DE OCCIDENTE

Ese elogio a las culturas precolombinas de América y a las culturas africanas de donde provinieron los esclavos negros es extensivo a todas las culturas primitivas no occidentales. Extensivo también—y en plenitud—a las culturas de donde surgió Occidente. Occidente no es un producto extraterrestre importado. Surgió en la tierra, a partir de culturas primeras, gracias al descubrimiento de la razón segunda con sus disciplinas científicas y su tecnología. Occidente merece doble elogio: mereció el primero en las culturas que le dieron origen y merece otro por haber evolucionado a partir de ellas hacia formas superiores de humanidad.

Superiores sin duda. Hablemos claro. El hombre tiene problemas para sobrevivir y los resuelve técnicamente; una tecnología nueva, más eficiente es siempre bienvenida. El que pela cocos con las uñas acepta sin discusión un machete; el que pela coco con machete no opone gran resistencia a una máquina de pelar cocos. El que sufre una infección no rechaza antibióticos. El que grita por el cólico miserere no maldice la apendiceptomía. Nadie cambia un buen automóvil por un burro. El que está acostumbrado a pequeñas ceremonias de magia, cae de rodillas ante una misa cantada. El que busca poner en orden sus pensamientos, ve luz cuando se encuentra con Descartes.

El progreso trae problemas. La adopción de formas nuevas de vida produce desajustes, incongruencias, dificultades de adaptación, errores de cálculo, aceleraciones nocivas, destrucción innecesaria del medio natural, artificialización de las costumbres. El progreso trae problemas. Debió ser horrible el paso de recolector a agricultor, de cazador a criador, de nómada a sedentario. Debe doler el paso de la charlatanería a la disciplina científica Es incómodo viajar en cohetes. El mejoramiento de la alimentación y las condiciones sanitarias disminuye la mortalidad, aumenta la población. La producción continua de nuevos conocimientos hace que los jóvenes no respeten la sabiduría de sus mayores y desprecien la religión. El progreso trae problemas; pero son más los que resuelve que los que trae y los que trae son transitorios, remediables.

Todos los hombres reconocen un nivel superior de progreso al verlo, porque está en relación con sus necesidades y problemas, e intentan alcanzarlo. Los hombres de las culturas aquí tan amorosamente elogiadas cambian sus dioses por machetes y espejos, sus éxtasis por aparatos de radio y televisión, su inmersión en la naturaleza por cocinas de kerosén. Basta un mercader de baratijas industriales, uno sólo, para poner en crisis a esas sociedades sutiles y armoniosas que saben mecerse al ritmo oceánico del universo.

Por otra parte, los hombres de las altas culturas no occidentales, de las grandes culturas milenarias de oriente ¿en qué están actualmente? Sus sociedades se contorsionan, se debaten, se revolucionan ¿para qué? para volverse industriales, para volverse repúblicas, para occidentalizarse.

………

NOSTALGIA DE BARBARIE

Lo que pasa es que hay una nostalgia del pasado preoccidental, una nostalgia que se alía con la nostalgia de la infancia y la nostalgia del paraíso perdido, una nostalgia—quiero volver volver volver—que aumenta al aumentar las dificultades del presente y las incertidumbres del porvenir.

Háganse poemas y canciones para dar naves de aire y fuego a la nostalgia; pero ábranse los ojos: la vida y la historia prohíben el retorno, los caminos de regreso han sido cegados para siempre. No podemos reconstruir en América las culturas africanas de donde provenían los esclavos negros. No podemos restaurar en América las culturas precolombinas. Ni siquiera podemos lograr que sobrevivan intactas las culturas indígenas actualmente vivas en América. No podemos ni pudiendo. En el caso de aislar regiones geográficas y reservarlas a los indígenas con tal respeto de sus culturas, crearíamos una situación artificial semejante a la de un invernadero donde estarían a nuestra merced. Sería una ridícula restauración in vitro. Además, supondríamos en ellos una voluntad de aislamiento sacada de cuerpo entero de nuestra imaginación y proyectada sobre su amor a Occidente como un dedo para tapar el sol.

José Manuel Briceño Guerrero

Share This:

FS #51 – La única vía

Fichero

LEA, por favor

Se dice que Jeffrey Sachs está en cola para el Premio Nobel de Economía. En realidad, como él mismo se encarga de publicitar, tiene una amplísima y envidiable experiencia en los problemas y las soluciones del desarrollo económico de los países de economías emergentes. Su más reciente obra, El fin de la pobreza, postula que pudiera eliminarse la pobreza extrema en el mundo para tan pronto como dentro de veinte años. (The End of Poverty, Penguin, marzo de 2005).

En este optimista libro, Sachs dedica todo el capítulo cuarto (Clinical Economics), a la siguiente proposición: «Propongo un nuevo método para la economía del desarrollo, una que llamo economía clínica, para subrayar las similitudes entre la buena economía del desarrollo y la buena medicina clínica». Los lectores de esta publicación (Ficha Semanal #30 de doctorpolítico del 25 de enero de este año) saben que el economista venezolano José Toro Hardy se adelantó a Sachs por una buena docena de años: «En un intento por facilitar la comprensión de la economía, nos ha parecido oportuno sugerir que ésta sea enfocada de la misma forma como se estudia la medicina». (Fundamentos de Teoría Económica, Panapo, mayo de 1993). El suscrito, por su parte, exponía en 1984 la idea de una «política clínica» en el mismo sentido de Toro Hardy y Sachs. (Hoy en día prefiero referirme a esa profesión con el término Medicina Política). Sachs pudiera, en todo caso, refugiarse en el dictum de Jorge Luis Borges: «Uno crea sus propios precursores». (Por ejemplo, el gran patólogo alemán Rudolf Virchow entendía su importante incursión en la política parlamentaria alemana como un acto de carácter médico, dato que debo al Dr. Francisco Kerdel Vegas).

Sachs es muy gráfico al introducir el concepto: «De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar».

Esta Ficha Semanal #51 contiene dos fragmentos del capítulo segundo del libro de Sachs: La diseminación de la prosperidad económica. Agradezco al Dr. Jorge Correa el haber llamado mi atención al enfoque «clínico» de Jeffrey Sachs y su gentileza al prestarme el libro que hizo posible la traducción para la composición de esta ficha.

LEA

……

La única vía

¿Qué quiero decir con crecimiento económico «altamente desigual» en las regiones del mundo entre 1820 y 1998? Incluso pequeñas diferencias en las tasas anuales de crecimiento económico, sostenidas por décadas o siglos, conducen al cabo del tiempo a enormes diferencias en los niveles de bienestar económico (medido aquí por el ingreso per cápita promedio en una sociedad). El producto nacional bruto per cápita de los Estados Unidos, por ejemplo, creció a una tasa anual de alrededor de 1,7 por ciento durante el período 1820-1998. Esto condujo a un aumento de veinticinco veces de los estándares de vida, con una elevación del ingreso per cápita de alrededor de $1.200 a alrededor de $30.000 hoy (en dólares de 1990). La clave para la conversión de los Estados Unidos en la mayor y más rica economía del mundo no fue un crecimiento espectacularmente rápido, tal como el reciente logro de China de 8 por ciento de crecimiento anual, sino más bien un crecimiento firme a un más modesto 1,7 por ciento por año. La clave fue la consistencia, el hecho de que los Estados Unidos mantuvieron esa tasa de crecimiento del ingreso por casi dos siglos.

En contraste, las economías de África han crecido a un promedio de 0,7 por ciento por año. Esta diferencia puede no parecer mucha comparada con 1,7 por ciento por año en los Estados Unidos, pero a lo largo de un período de 180 años una pequeña diferencia en crecimiento anual conduce a gigantescas diferencias en niveles de ingreso. Con un crecimiento de 0,7 por ciento por año, el ingreso inicial de África (aproximadamente $400 per cápita) aumentó en poco más de tres veces, hasta aproximadamente $1.300 per cápita para el año 1998, comparado con un aumento de casi veinticinco veces en los Estados Unidos. Hoy en día la brecha de veinte veces en el ingreso entre los Estados Unidos y África, por tanto, resulta de una brecha del triple en 1820, que fue magnificada siete veces por la diferencia en tasas anuales de crecimiento de 1,7 por ciento en los Estados Unidos versus 0,7 por ciento en África.

El acertijo crucial a la comprensión de las vastas desigualdades de hoy, por tanto, es entender por qué diferentes regiones del mundo han crecido a tasas distintas durante el período de crecimiento económico moderno. Cada región comenzó el período en extrema pobreza. Sólo un sexto de la población mundial se estancó en la pobreza extrema, con muy bajas tasas de crecimiento económico durante todo el período. Primero debemos entender por qué las tasas de crecimiento difieren a lo largo de grandes períodos de tiempo de forma que podamos identificar los modos clave para elevar el crecimiento económico en las regiones atrasadas de la actualidad.

Permítanme desechar una idea desde el comienzo. Mucha gente supone que los ricos se han hecho ricos porque los pobres se han hecho pobres. En otras palabras, supone que Europa y los Estados Unidos usaron la fuerza militar y la fortaleza política durante y después de la era del colonialismo para extraer riqueza de las regiones más pobres, y así hacerse ricos. Esta interpretación de los eventos sería plausible si el producto bruto mundial hubiera permanecido aproximadamente constante, con una proporción creciente yendo a las regiones poderosas y una proporción declinante a las regiones más pobres. El factor clave de los tiempos modernos no es la transferencia de ingreso de una región a otra, por fuerza o de otra manera, sino más bien el crecimiento general en el ingreso mundial, pero a tasas diferentes en diferentes regiones.

Esto no quiere decir que los ricos son inocentes del cargo de haber explotado a los pobres. Seguramente lo han hecho, y en consecuencia los países pobres sufren en incontables formas, incluyendo problemas crónicos de inestabilidad política. Sin embargo, la historia verdadera del crecimiento económico moderno ha sido la capacidad de algunas regiones para lograr aumentos sin precedentes de producción total a largo plazo hasta niveles antes no vistos en el mundo, mientras que otras regiones se estancaron, al menos comparativamente. La tecnología ha sido el factor principal tras los crecimientos del ingreso a largo plazo en el mundo rico, no la explotación de los pobres. Ésas son en verdad muy buenas noticias, porque sugieren que todo el mundo, incluso las regiones retrasadas de hoy en día, tiene una esperanza razonable de cosechar los beneficios del avance tecnológico. El desarrollo económico no es un juego suma-cero en el que las ganancias de algunos son reflejadas inevitablemente por las pérdidas de otros. Este juego es uno en el que todo el mundo puede ganar.

………

La reconstrucción de un nuevo sistema económico global necesitó mucho trabajo entre el fin de la II Guerra Mundial en 1945 y el fin de la Unión Soviética en 1991. La lucha inmediata era por la reconstrucción física: reparar o reconstruir las carreteras, puentes, plantas de energía y puertos que subyacen a la producción económica nacional y el comercio internacional. Sin embargo, la «plomería» de la economía internacional también requirió reconstrucción, con arreglos monetarios y reglas del comercio internacional que permitiesen el flujo basado en el mercado de bienes y servicios, y las ganancias de productividad que emergerían de una renovada división global del trabajo. Este esfuerzo de reconstrucción tuvo lugar en tres pasos.

Primero, los países ya industrializados para 1945—Europa, los Estados unidos, el Japón—reconstruyeron un nuevo sistema internacional de comercio bajo el liderazgo político de los EEUU. Paso a paso, estos países restablecieron la convertibilidad de monedas (en las que los negocios y los individuos pudieran comprar y vender divisas extranjeras a tasas de mercado) con el objeto de crear un sistema de pagos para el comercio internacional. Las monedas europeas se hicieron de nuevo convertibles en 1958. El yen se hizo de nuevo convertible en 1964. Al mismo tiempo, estos países acordaron reducir las barreras comerciales, incluyendo los altos aranceles y las cuotas que habían puesto en efecto en el caos de la Gran Depresión. Las barreras comerciales bajaron en varias rondas de negociación de comercio internacional conducidas bajo los auspicios del Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT), un conjunto de reglas que constituyó el precursor de la actual Organización Mundial del Comercio. El mundo rico, pronto llamado el primer mundo, tuvo éxito en la reconstrucción de un sistema de comercio basado en el mercado. Con ello vino un estallido de crecimiento económico rápido, una poderosa recuperación económica después de décadas de guerra, bloqueo al comercio e inestabilidad financiera.

La restauración del comercio en el primer mundo, no obstante, no significó la restauración de una economía global. Las divisiones en la economía mundial después de 1945 iban más allá de la no convertibilidad de divisas y las barreras al comercio. Para finales de la II Guerra Mundial el mundo se había dividido rígidamente en términos políticos que reflejaban las rupturas económicas. Estas divisiones durarían décadas y es sólo ahora cuando están siendo sanadas.

El segundo mundo era el mundo socialista, el mundo forjado primeramente por Lenin y Stalin al cabo de la I Guerra Mundial. El segundo mundo permaneció separado del primer mundo hasta la caída del Muro de Berlín en 1989 y el fin de la Unión Soviética en 1991. En su cúspide el segundo mundo incluía alrededor de treinta países (dependiendo de los criterios de inclusión), y alrededor de un tercio de la humanidad. Las características dominantes del segundo mundo eran la propiedad estatal de los medios de producción, la planificación central de la producción, el gobierno de un partido único comunista y la integración económica dentro del mundo socialista (a través de comercio de trueque) combinada con la separación económica del primer mundo.

El tercer mundo incluía el número rápidamente creciente de los países post coloniales. Hoy en día usamos el término tercer mundo simplemente para decir pobres. Al principio el tercer mundo tenía una connotación más vívida como un grupo de países que emergían de la dominación imperial y no querían ser parte ni del primer mundo capitalista ni del segundo mundo socialista. Éstos eran los verdaderos países de tercera vía. Las ideas nucleares del tercer mundo eran: «Nos desarrollaremos por nuestra cuenta. Sostendremos la industria, a veces mediante la propiedad estatal, a veces mediante subsidios y protección a los negocios privados, pero lo haremos sin multinacionales extranjeras. Lo haremos sin comercio internacional abierto. No confiamos en el mundo exterior. Los países del primer mundo no son nuestros héroes: ellos fueron antiguamente nuestras potencias coloniales. No debe confiarse tampoco en los líderes del segundo mundo. No queremos que la Unión Soviética nos trague. Por tanto, no estamos alineados políticamente, y económicamente somos autosuficientes».

Así, al término de la II Guerra Mundial el mundo evolucionaba en tres carriles. El problema fundamental, sin embargo, era que los enfoques del segundo y el tercer mundo no tenían sentido económico, y ambos colapsaron bajo una pila de deuda externa. La planificación central del segundo mundo era una mala idea, como lo era también la autarquía del tercer mundo, en ambos casos por razones que Adam Smith había explicado. Al cerrar sus economías, los países de tanto el segundo como el tercer mundo se cerraron también al proceso económico global y el avance de la tecnología. Crearon industrias locales de alto costo que no podían competir internacionalmente aunque trataran. La naturaleza cerrada de estas sociedades, en la que los negocios domésticos eran protegidos de la competencia, propiciaron un alto grado de corrupción. Los países no alineados del tercer mundo perdieron la oportunidad de participar en el avance tecnológico del primer mundo principalmente porque no confiaban en él. Comprensiblemente se dedicaron a proteger sus duramente ganadas soberanías, aun cuando sus soberanías no estaban realmente en peligro.

………

A comienzos de la década de 1990 la abrumadora mayoría de los países del segundo y tercer mundo estaban diciendo: «Necesitamos nuevamente ser parte de la economía global. Queremos nuestra soberanía; queremos nuestra autodeterminación, pero abandonaremos la planificación central leninista-stalinista porque no funciona. Y abandonaremos la idea de una autarquía autoimpuesta, porque el aislamiento económico no tiene más sentido para un país que para un individuo». En esencia, uno de mis papeles desde mediados de la década de 1980 en adelante ha sido el de ayudar a que los países se hagan miembros soberanos de un nuevo sistema internacional. Trato repetidamente con tres grandes preguntas: ¿cuál es el mejor camino de regreso al comercio internacional? ¿Cómo escapar de los frenos de las deudas pesadas y la industria ineficiente? ¿Cómo negociamos nuevas reglas de juego que aseguren que la economía global emergente sirva verdaderamente las necesidades de todos los países del mundo y no sólo las de los más ricos y poderosos?

Jeffrey Sachs

________________________________________________________

 

Share This:

FS #50 – Muertes útiles

Fichero

LEA, por favor

André Dupuy, Monseñor, es ahora Nuncio Apostólico ante la Comunidad Europea en Bruselas. Va allá después de un quinquenio de clarísima y valiente enseñanza de la verdad en Venezuela. Hasta hace nada era Nuncio de Su Santidad en nuestro país, y todos sentimos su ausencia.

Si se me permite la irreverencia, de estar en las mulas de Benedicto XVI elevaría inmediatamente a André Dupuy a Príncipe de la Iglesia, tan rica y profunda es su nobleza, tan profunda y rica su sabiduría. Su palabra siempre estuvo con nosotros en los momentos más oportunos, especialmente en aquellos de angustia y dolor, aunque también en numerosas ocasiones de júbilo.

La carrera diplomática de Monseñor Dupuy, siempre al servicio de la Santa Sede, se inició en 1974, justamente en Venezuela, adonde volvió después de veinticinco años de su primera partida. En ese tiempo actuó como Secretario de la Nunciatura, cuando como él mismo recuerda, debió en algún momento actuar como Encargado de Negocios en ocasión de ausencia del Nuncio. Así tuvo el honor de atender en 1975 la visita a Caracas del mítico cardenal Mindszensty, que fuera preso y torturado en su patria húngara por el régimen comunista desde fines de 1948. Monseñor Dupuy recordó este episodio en el Colegio La Salle en La Colina (que en 2005 cumple sesenta años) para hablar del derecho a la libertad religiosa y proponernos: «No tengan miedo al desafío que se les presenta en el momento actual».

El tema del rechazo al miedo y a otras emociones paralizantes del espíritu fue una constante en los discursos de Monseñor Dupuy en Venezuela, típicamente concisos, siempre certeros y profundos. Para esta Ficha Semanal #50 de doctorpolítico se ha escogido uno especialísimo, contenido en el libro Palabras para tiempos difíciles, publicado en Caracas como homenaje de los Obispos de Venezuela al firme e inteligente guía que nos ha dejado por un tiempo. Se trata de sus palabras con ocasión de la trágica muerte de Keyla Guerra, una de las víctimas de la masacre de la plaza Francia en diciembre de 2002. En este aleccionador mensaje Monseñor Dupuy ofreció, no sólo consuelo grandemente necesitado, sino una de sus más atinadas lecciones políticas. La homilía orada con motivo del funeral de Keyla en el Cementerio del Este, lleva por título No existen muertes inútiles.

LEA

……

Muertes útiles

Nos hemos reunido, con el corazón lleno de tristeza, pero también con el profundo deseo de que triunfen la verdad y la justicia.

En esta celebración—que es eminentemente de esperanza—quisiera asociarme a todos los aquí presentes para expresar, de una forma muy particular a los familiares de Keyla, nuestros más vivos sentimientos de solidaridad, asegurándoles también que el Santo Padre Juan Pablo II se asocia a nuestro dolor y a nuestra oración.

Quiero aprovechar esta trágica y dolorosa circunstancia para decirles tres cosas:

En primer lugar, recordar a todos que no existen muertes inútiles. La manera en que murieron Keyla, y los demás que perdieron su vida en la plaza Francia de Altamira, es absurda, escandalosa, y nos causa profunda indignación. Pero en la fe, creemos que su muerte es también fecunda, misteriosamente fértil. ¿Cómo y cuándo se manifestará dicha fecundidad? No lo sé, pero Dios sí que lo sabe. Él tiene buena memoria; no nos olvida. No es un Dios vengador. Es un Dios justo y su justicia es mucho más temible que la venganza de los hombres.

En segundo lugar, quisiera decirles que la justicia de Dios es temible, porque a Él nada se le puede esconder. Él lo sabe todo. Él conoce lo más profundo de nuestro corazón. Dios conoce quiénes son los verdaderos responsables de la masacre del viernes pasado. Dios sabe quiénes han causado, directa o indirectamente, esta tragedia. Me atrevo a creer que esas personas están bien conscientes de lo que hacen y que tienen miedo a la justicia divina. No nos pertenece a nosotros hablar de venganza. Eso es inútil. Dejemos que Dios haga justicia.

En fin, pidamos al Señor para que dé a los responsables políticos la sabiduría de comprender el sentido verdadero de los actuales acontecimientos. El pasado miércoles, el Santo Padre nos ha llamado a un diálogo comprometedor y eficaz que beneficie al país. Juan Pablo II ha precisado lo que debe ser un diálogo capaz de alcanzar una justicia auténtica, fundada en la verdad y la solidaridad. Espero que todos hayamos comprendido la llamada del Santo Padre, especialmente cuáles son las exigencias de un verdadero diálogo.

En estos días escuchamos muchas propuestas sobre posibles soluciones, basadas en el marco de la Constitución. Con el mayor respeto, podríamos decir de la Constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, así una Constitución está hecha para el pueblo y no el pueblo para una Constitución. En la historia de un país, hay momentos en que corresponde a la responsabilidad de los dirigentes políticos (en particular a aquellos que, por mandato democrático, representan al pueblo), dar prueba de audacia y valentía para que, respondiendo a los desafíos del tiempo presente, no duden en tomar aquellas decisiones que respondan plenamente a la voluntad del pueblo y estén de veras al servicio de toda la comunidad.

Quiera Dios que el sacrificio de la vida de Keyla y de las otras víctimas, sea propiciatorio para el logro de estos objetivos, y que todos podamos vivir—según la palabra del Papa—en paz, justicia y concordia social.

André Dupuy

Share This:

FS #49 – La mirada del adiós

Fichero

LEA, por favor

En tiempos cuando es de estilo—político que no lo practique es tenido por bobo—el autobombo y la procura del elogio desmedido hasta los límites del culto a la personalidad, sorprende recordar que uno de los más importantes documentos de la historia política de la humanidad, un cierto Discurso de Despedida, fuera publicado el 26 de septiembre de 1796 en el Independent Chronicle de Boston bajo el acápite de Miscelánea. El título mismo del texto a seis columnas era: Declinación del Presidente: al Pueblo de los Estados Unidos. Se trataba nada menos que de la manifestación política testamentaria del «Padre» de los Estados Unidos, de su primer Presidente, de George Washington, de su Farewell Address, a siete días de su primera publicación en Filadelfia.

Washington se hallaba próximo al término de su segundo período presidencial, y en vez de intentar la perpetuación de su poder hasta el 2021, optaba por alejarse de él y dar paso a nuevos gobernantes. Ya había creído poder hacerlo al cabo de su primer lapso constitucional; de hecho, notas que le preparara James Madison al efecto cuatro años antes, fueron desempolvadas para la redacción de éste su discurso del adiós. (Con las notas de Madison a la mano, Washington preparó una nueva versión del discurso, que recibió sugerencias de Alexander Hamilton y también de John Jay. Nunca fue dicho oralmente). Al exponer sus razones para no pretender el tercer período como Presidente que no pocos le exigían, Washington explicó: «Al tiempo que la escogencia y la prudencia me invitan a abandonar la escena política, el patriotismo no me lo prohíbe».

El gran general y patriota declinaba, pues, la oportunidad cierta de perpetuarse, y aprovechó la ocasión para desgranar sus postreros consejos, dirigidos a sus «Amigos y Conciudadanos». (Friends and Fellow-Citizens). La Ficha Semanal #49 de doctorpolítico contiene buena parte de la sección que Washington dedica al tema de la política exterior de la nación naciente. La médula de ella es la insistente advertencia de Washington en contra de tanto una desmedida animosidad hacia otra nación, como de un excesivo apego a algún país extranjero. Parecieran haber sido escritas sus palabras para alertar respecto de la actual política exterior oficial de Venezuela—agresiva contra los Estados Unidos, obsecuente e infatuada con Cuba—pero también respecto de quienes son igualmente extremistas y de signo contrario. Algunos venezolanos en el exterior, por ejemplo, convocaron para el 5 de junio una manifestación en Fort Lauderdale, «de respaldo a la Secretaria de Estado Ms Condoleeza Rice, y de protesta contra las violaciones a la Carta Democrática de América por el gobierno autoritario de Hugo Chávez Frías». Si el gobierno de este ciudadano ha establecido una enfermiza relación con el régimen dictatorial de Fidel Castro, también hay, tristemente, quienes buscan la solución a nuestros problemas mediante pleitesía al lamentable gobierno de George W. Bush y añoranza de su intervención. El Padre de los Norteamericanos desaconsejaría estas actitudes simétricas.

Nadie menos que Simón Bolívar portaba, colgado del cuello, un medallón con la efigie de Washington que los herederos de éste le obsequiaron. Así manifestaba su admiración por el héroe norteño. Del Farewell Address, de esta «mirada del adiós» que no es la policial de Ross MacDonald, dijo Henry Cabot Lodge: «…ningún hombre legó jamás un testamento político más noble». Es ciertamente, un agudo contraste de sentimiento y disposición con las pretensiones de personalidades menores, que se han abandonado a la megalomanía y el incienso de los adulantes.

LEA

……

La mirada del adiós

Observen buena fe y justicia con todas las naciones; cultiven la paz y la armonía con todas. La religión y la moralidad prescriben esta conducta y ¿pudiera ser que no la ordenase igualmente la buena política? Será digno de una nación libre, ilustrada, que será grande en tiempo no muy distante, ofrecer a la humanidad el ejemplo magnánimo y novísimo de un pueblo guiado siempre por una justicia y una benevolencia exaltadas. ¿Quién puede dudar de que en el curso del tiempo y de las cosas los frutos de un plan así compensen ricamente cualesquiera ventajas temporales que pudieran perderse por una adhesión estable al mismo? ¿Sería posible que la Providencia no hubiera enlazado la felicidad permanente de una nación con su virtud? El experimento, al menos, está recomendado por todo sentimiento que ennoblece a la naturaleza humana. ¿Se hará, ay, imposible por sus vicios?

Para la ejecución de tal plan, nada tan esencial como excluir las antipatías permanentes e inveteradas contra naciones particulares, y adhesiones apasionadas con otras, y cultivar en lugar de eso sentimientos justos y amistosos para con todas. La nación que se entrega al odio o a la predilección habitual de otra es en cierta medida una esclava. Es una esclava de su animosidad o de su afecto, siendo suficiente una u otra cosa para desviarla de su obligación y su interés. La antipatía de una nación hacia otra la dispone con mayor facilidad a ofrecer insulto y agravio, a valerse de ligeras causas de resentimiento, y a ser altanera e intratable cuando sobrevienen motivos accidentales o triviales de disputa. De aquí surgen frecuentes colisiones, confrontaciones tercas, envenenadas y sangrientas. La nación, movida por la mala voluntad y el resentimiento, impulsa a veces al gobierno a la guerra, en contra de los mejores cálculos de la política. El gobierno a veces participa en esta propensión nacional, y adopta a través de la pasión lo que la razón rechazaría; en otras instancias somete la animosidad de la nación a proyectos de hostilidad instigados por el orgullo, la ambición y otros motivos siniestros y perniciosos. A menudo la paz de las naciones, algunas veces quizás la libertad misma, han sido la víctima.

Asimismo, una vinculación apasionada de una nación a otra produce una variedad de males. La simpatía por la nación favorita, que facilita la ilusión de un interés común imaginario donde verdaderamente no existe ningún interés común real, e infundiendo en la una las enemistades de la otra, traiciona a la primera haciéndola participar en las querellas y guerras de la segunda sin motivo ni justificación adecuadas. Esto conduce igualmente a conceder a la nación favorita privilegios que se niega a otras, lo que puede perjudicar doblemente a la nación que hace las concesiones, al desprenderse innecesariamente de lo que debiera haber conservado, y al excitar los celos, la mala voluntad y la disposición a tomar represalias en aquellos a quienes se rehúsa iguales privilegios. Y también ofrece a ciudadanos ambiciosos, corruptos o engañados (que se consagran a la nación favorita), facilidades para que traicionen o sacrifiquen los intereses de su propio país sin ser odiados, a veces incluso con popularidad, revistiendo, con las apariencias de un sentido virtuoso del deber, una elogiable deferencia hacia la opinión pública, o un laudable celo del bien público, las viles o necias exigencias de la ambición, la corrupción o la infatuación.

Como avenidas de la influencia extranjera en formas innumerables, tales adhesiones son particularmente alarmantes para el patriota verdaderamente ilustrado e independiente. ¡Cuántas oportunidades ofrecen para sobornar las facciones domésticas, para practicar las artes de la seducción, para extraviar a la opinión pública, para influir o intimidar a los Consejos Públicos! Una adhesión tal de una nación pequeña o débil, a una grande y poderosa, condena a la primera a ser un satélite de la otra.

Contra las insidiosas estratagemas de la influencia extraña (les conjuro a creerme, conciudadanos) debe estar constantemente alerta el celo de un pueblo libre, puesto que la historia y la experiencia demuestran que la influencia extraña es uno de los enemigos más funestos del gobierno republicano. Pero, para que sea útil, este celo debe ser imparcial, so pena de que se convierta en el instrumento de la influencia misma que ha de evitarse, en vez de una defensa contra ella. La excesiva parcialidad por una nación, así como la excesiva aversión a otra, hacen que aquellos a quienes afectan sólo vean el peligro por un lado, y sirven como velo, y aun de ayuda a las artes e influencias del otro lado. Los verdaderos patriotas, que resisten las intrigas de la nación favorita, se exponen a hacerse sospechosos y odiosos, mientras los instrumentos de ésta, y aquellos que la siguen ciegamente, usurpan el aplauso y la confianza del pueblo cuando abdican sus intereses.

Nuestra gran regla de conducta en lo que atañe a las naciones extranjeras es que, al extender nuestras relaciones comerciales, tengamos con aquellas tan poca conexión política como sea posible. Ya que para estos momentos hemos contraído compromisos, permitamos que se cumplan con perfecta buena fe. Detengámonos aquí.

George Washington

___________________________________________________________

 

Share This: