FS #60 – Síndrome de sociedad culpable

Fichero

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Fue en el año de 1986, dos años después de haber empleado por primera vez una «metáfora médica» para entender a la actividad política desde un paradigma distinto de la «política de poder» (Realpolitik), cuando me atreví a escribir un trabajo sobre los problemas del país desde aquella perspectiva. De hecho, el trabajo en cuestión fue estructurado en términos de diagnóstico, pronóstico y tratamientos, y hasta le calcé el nombre de Dictamen. (Junio de 1986).

La mayor parte del estudio fue dedicada al nivel «somático» de nuestra problemática, pero un apéndice (El estado de la psiquis venezolana: Síndrome de la sociedad culpable), se refirió a aspectos psicológicos. Es este apéndice el que se reproduce acá en su totalidad, para formar la Ficha Semanal #60 de doctorpolítico.

Cuatro años antes, a fines de 1982, había creído percibir claramente la necesidad de una acción responsable que incidiera terapéuticamente sobre una psiquis nacional acogotada y confusa, a punto de encarrilarse en la campaña electoral de 1983, que a la postre ganaría increíblemente Jaime Lusinchi contra la cimera figura de Rafael Caldera. Mis preferencias se inclinaban por éste. («Intervine en la campaña de Rafael Caldera creyendo que podría ejercer en ella, y en su eventual gobierno posterior, una influencia significativa. Por otro lado, no tenía respeto por la figura de Jaime Lusinchi, el otro contendor a considerar, quien no me impresionaba bien en el conocimiento superficial que de él tenía por ese entonces. Participé en la campaña de Caldera a pesar de sostener la opinión, que expresé ante algunos amigos en una cena en la casa de Francisco Aguerrevere, de que elegir a Caldera representaría a los venezolanos el pago de un costo. Un costo de rigidez e inercia conceptual ante las nuevas situaciones que seguramente se darían». Relatado en Krisis: Memorias prematuras, febrero de 1986). Al término de 1982 asistí a una reunión en casa de Allan Randolph Brewer-Carías: «En esa reunión en casa de Brewer-Carías argumenté que Caldera debía ser un gran explicador de la crisis a los venezolanos, aprovechando su indiscutida condición de influencia y prestigio. Pensaba ya por entonces que una condición esencial a buscar en la política venezolana era la de permitir una suerte de expiación o catarsis de la sensación de culpa nacional. Pensaba también que Caldera podía emprender esa tarea. En el juego del escondite como lo jugábamos de niños, cuando quedaba sólo un jugador por ser descubierto éste podía librar a los demás si llegaba inadvertido a la ‘guarimba’ y gritaba: ‘¡libro por todos!’ Un líder debía venir a librar por todos en ese juego deprimente de la política nacional a las alturas de la campaña de 1983». (Krisis).

Esa exposición llevó a que fuera solicitado para proponer acciones de la campaña de Caldera, y a comienzos de 1983 presenté algunas ideas por escrito: «Mis recomendaciones alcanzaban a vislumbrar varios ‘momentos’ posibles en la campaña de Rafael Caldera. El primero sería el de la ‘asunción de la crisis’. Para esto había elaborado un discurso prototípico cuyo texto anexé. El discurso exigía de Caldera hablar bien del país. Pero no únicamente del país en abstracto o del país en general. Lo ponía, debiendo adoptar una posición superior a la esperada y minúscula competencia, a hablar bien de Acción Democrática, del Movimiento al Socialismo, de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción. Lo ponía a explicar la crisis financiera como un resultado casi natural derivado del atragantamiento y consiguiente indigestión de dólares de la recrecida renta petrolera. Lo ponía a reconciliar al país con su propia imagen, al mostrar cómo era que las economías de los países más prestigiosos (Alemania Federal, los Estados Unidos de Norteamérica), también se hallaban en problemas y, por tanto, cómo no éramos ‘los indios’ los únicos que habían mostrado un desempeño económico defectuoso. Lo ponía a desmontar esas inexactas visiones dicotómicas de los ‘buenos’ y ‘los malos’ y a explicar cómo las cualidades morales también mostrarían al análisis una distribución estadística ‘normal’. Lo ponía, finalmente, a prometer algunas consecuencias prácticas para su propia campaña electoral, en consonancia con la necesidad de contribuir a la austeridad que ya era evidentemente requerida. (Como renunciar al empleo de asesores electorales extranjeros como un medio de ahorrar, aunque fuese ‘poco’, la erogación de divisas). Ése era, claro está, el discurso que yo hubiera pronunciado de haber sido Rafael Caldera, pero fue también el discurso que Caldera no quiso pronunciar».

De modo que siempre he tenido preocupación por el estado de nuestra psiquis social, y por la necesidad de tratarla para atenuar los efectos paralizantes de una culpabilidad compartida que pareciera no tener remedio. Como podrá verse de la lectura de esta ficha, mis recomendaciones de 1986 al respecto no pasaban de ser esquemáticas y no poco primitivas.

LEA

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Síndrome de sociedad culpable

En las páginas precedentes nos referimos a procesos de la patología política que se desenvuelven en la arquitectura del soma nacional. No es menos importante alguna consideración, aunque sea somera, del estado de la psiquis venezolana en la actualidad. Esto es así, porque es lo psíquico lo más rápida y fácilmente cambiable. En efecto, las infraestructuras físicas, los procesos educativos, el desarrollo de tecnologías, las estructuras económicas, son todos procesos o componentes que requieren de una larga maduración. En cambio, sobre el estado de ánimo de una nación es posible provocar cambios de incepción más inmediata.

La crisis de confianza no es una que se restrinja a la desconfianza de los actores políticos, de la actividad económica privada o de cualquier otra institución de la vida nacional. La crisis llega a ser tan englobante que llega, en más de un momento, a manifestarse como desconfianza en el país como un todo.

El síndrome subyacente es el síndrome de sociedad culpable.

Esto no es exclusivo de Venezuela. Algunas sociedades contemporáneas, por lo menos algunas pertenecientes a la clase de sociedades democráticas, pueden ser descritas como «sociedades culpables». Sus componentes sociales, clases, profesiones, instituciones y sus líderes, todos ellos han «pecado», algunas veces con la noción de inevitabilidad, cuando quiera que interactúan políticamente. Para decirlo en otras palabras: cada componente social se percibe a sí mismo como «forzado», hasta cierto punto, a comportarse de un modo que no es moralmente placentero sino desagradable y aún traumático. Hay un cierto momento cuando cada quien parece aceptar «las realidades de la vida» de la Realpolitik y comienza a comportarse inmoralmente «por necesidad».

No parece haber un modo de escapar de tal condición. Todo el mundo «sabe» y todo el mundo olvida convenientemente, ya que no parece haber salida, ninguna manera de detener la mala conducta social y política. Pero nadie olvida realmente y todo el mundo se siente culpable.

Quizás el instrumento psicológico más poderoso de las religiones es precisamente el de la liberación de la culpa. La Santa Confesión de la Iglesia Católica Romana es tan sólo una versión de los muchos ritos de expiación que se encuentran en el curso de las edades en la práctica religiosa. Sus efectos principales son el de una instantánea sensación de alivio, usualmente acoplada con un tono emocional optimista, un sentimiento de que el progreso es después de todo posible, de que esta vez las cosas sí van a salir bien. Esa clase de estado emocional es justamente lo opuesto de la conciencia de sociedad culpable descrita antes. Y una cuestión que surge de inmediato es la de si es posible visualizar un mecanismo para el perdón y la expiación sociales que permita una reordenación optimista de los componentes sociales actualmente erosionados en su eficacia por una fatiga general y por difundidas creencias de impotencia sistémica.

Una consecuencia de la sociedad culpable es un modelo de evaluación estándar para el manejo de la interacción social y política. Este modelo incluye la gerencia del conflicto a través del uso de una política del poder puro como la técnica social preferida. En tal situación, la entropía es la gananciosa, y la eficacia la perdedora. La gobernabilidad se debilita, si no es que es definitivamente destruida.

Esta última afirmación puede parecer peregrina a muchas personas. Algunos estarían prestos a argumentar que gobernar una sociedad es precisamente gerenciar el conflicto. A esto respondemos que es posible registrar, o por lo menos concebir, situaciones en la que la eficacia de los actores políticos se detiene justamente en la resolución de los conflictos, incapaces de ir más allá de ese punto hacia logros más positivos de metas societales. De hecho, pudiese ser que mucha de la política de hoy se pareciera al trabajo de Penélope, de nula consecuencia.

La política puede ser, en efecto, congelada en ineficacia a través del estéril proceso de perpetuar el conflicto en el medio de cultivo de una sociedad culpable. Es por esto que una de las tareas principales para una nueva manera de conducir el negocio político es la búsqueda de líderes, partidos o instituciones políticas de una clase diferente, que puedan hacer surgir la expiación o absolución general de una sociedad.

Tal tarea se compone de dos distintas fases o procesos. Una consiste en la «naturalización» de conductas inmorales pasadas. El ser capaz de mostrar o explicar que ciertos tipos de conducta no ética tienen sus propias y muy fuertes cadenas de causalidad, que «no somos tan malos» después de todo, que hicimos esto y aquello por razones relativamente poderosas, evitando al mismo tiempo la versión cínica de este estado mental, es decir, la justificación de absolutamente todo. Esta primera parte de la tarea sería conducente a una reconciliación general. Uno no sólo estaría absuelto sino también consciente de la necesidad del otro de su mala conducta aparente.

La segunda fase es más complicada. Implicaría el problema de convencer a los miembros de una sociedad de un destino constructivo posible para todos, un destino que sería obtenible por métodos que difieren de los procedimientos usuales de la Realpolitik. Esto, a su vez, implica un diseño societal e incluso trascendental que tenga la capacidad de recapturar la fe y la esperanza humanas.

Ambas cosas son logrables con la sociedad venezolana. No hay duda de que estamos, con ella, ante un caso agudo de sociedad culpable. Reiteradamente, la mayoría de los diagnosticadores sociales nos restriega la culpa de nuestra desbocada conducta económica en nuestro pasado inmediato. Esto viene haciéndose desde hace ya varios años de modo sistemático. Las «proposiciones» de solución a los problemas vienen usualmente formuladas en términos de la transferencia de la culpa hacia otros. «Estamos mal porque aquél se portó mal». Todos los días.

Pero esta exageración es, por supuesto, desmedida. No se trata de negar que se ha incurrido en conductas inadecuadas y hasta patológicas. Pero, en primer término, el proceso ha sido en gran medida eso: una patología. Como tal patología, la conducta social inadecuada puede ser juzgada con atenuantes. ¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades? Recordamos la similitud con aquellos campesinos que de repente eran llevados a los cursos de un mes de duración que patrocinaba el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria, y que se enfermaban con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados. Recordamos aquellos suicidios «anómicos» registrados por Émile Durkheim en Europa de fines de siglo, cuando una persona se quitaba la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna.

La dimensión del atragantamiento de divisas provenientes del negocio petrolero ha sido enorme. Bajo otra luz distinta a la que habitualmente se dispone para el análisis de este proceso, bien pudiera resultar que halláramos mérito en nuestra sociedad, pues tal vez nos hubiera ido peor, con una menor capacidad de absorción del impacto.

En términos relativos, además, nuestra conducta se compara con similitud ante la de otros países. El Grupo Roraima, en importante trabajo sobre la inadecuación de ciertos axiomas clásicos de nuestra política económica, no hizo más que constatar la semejanza de comportamientos de Venezuela con los de países que, con arreglo a otros indicadores, son habitualmente considerados como más desarrollados que nosotros. (Reino Unido, por ejemplo). Es conocido el regaño que Helmut Kohl imprimiera a sus compatriotas en el discurso inaugural como Primer Ministro de la República Federal Alemana, hace sólo tres años. La revista TIME exhibió crudamente la conducta económica desarreglada de muy grandes contingentes de norteamericanos en un famoso artículo de 1982. Etcétera.

Esto es importante constatarlo, no para refugiarnos en el consuelo de los tontos, el mal de muchos, sino para salir al paso de muchas implicaciones, explícitas e implícitas, que suelen poblar la constante regañifa que, desde hace años, soporta el pueblo venezolano. Es decir, implicaciones que establecen comparación desfavorable de nuestra inadecuada conducta con la supuestamente regular conducta de países «realmente civilizados.»

Está bien, ya basta. Nos comportamos mal. Dilapidamos. Pero ya basta. No tenemos siquiera ahora la capacidad de dilapidar. Es hora de emprender otra clase de reflexión que no sea la abrumante de la autoflagelación.

Más aún. Ya basta de hacer residir la explicación de estos hechos en una supuesta tara congénita del venezolano, en «huellas perennes», en la inferioridad del español ante el sajón, en la costumbre de la flojera indígena o la tendencia festiva del negro. Es necesario acabar con esa prédica, porque ella realimenta el síndrome de la sociedad culpable, que nos anula.

Pero es que además es posible recapturar la imaginación del venezolano y su perspectiva de un futuro que, más allá de lo confortable, ingrese a lo trascendente y significativo. No es necesario para esto la expiación hitleriana, que tan literal fue con lo de la expiación que encontró su chivo expiatorio en los judíos. No es necesario reavivar el espíritu nacional con un aumento de la agresividad, como parece estar consiguiéndolo Ronald Reagan con el pueblo norteamericano de la era postvietnamita. Un sueño como el de la reunión de los latinos dispersos, en una época privilegiada por las oportunidades, es un sucedáneo suficiente y, para colmo, pacífico, como corresponde a nuestro carácter.

Luis Enrique Alcalá

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FS #59 – Licitación política

Fichero

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En un trabajo sobre Los rasgos del próximo paradigma político, completado en febrero de 1994, especificaba un camino de legitimación programática de los actores políticos. Tal ruta contrasta con las tres formas de legitimación de la dominación descritas por Max Weber: legitimación tradicional (en virtud de una cadena de transmisión del poder que se prolonga hacia el pasado hasta una fuente original, como en el caso de los papas o los reyes), legitimación carismática (con la que el dominador exhibe características que le permiten entusiasmar o fascinar), legitimación burocrática (en la que se domina con el poder de un aparato).

En una época en la que la informatización crece, y con ella la sofisticación de los ciudadanos, la tendencia que emerge es la de la exigencia por una legitimación programática. Esto es, por la mostración de tratamientos eficaces a los problemas de carácter público. Se trata, repito, de una tendencia. Los estilos clásicos de legitimación no han desaparecido, y siempre tendrán influencia. Nadie puede negar los fuertes rasgos carismáticos de Hugo Chávez, los anclajes tradicionales de Eduardo Fernández en COPEI, o lo que fuera el uso burocrático del poder por parte de Luis Alfaro Ucero.

Pero los ciudadanos aprendemos, y más cuando ya ha sido empleado hasta sus límites, sin eficacia administrativa, un cuarto tipo de legitimación: la que se obtiene por deslegitimación (ataques, descrédito) de los competidores. El actor político convencional, que se entiende a sí mismo como «combatiente» o «luchador» en una «arena política», no se legitima porque sea capaz de mostrar que dispone de soluciones a los problemas, sino porque descubre y censura públicamente algunas conductas de sus contendientes. Así, fija su atención en la negatividad del contrario, y por implicación se muestra como carente de esos defectos.

El incremento de conciencia pública, una mayor educación política del pueblo, irá modificando este primitivismo político, para no dejar otro camino que el de la legitimación programática. (En estos tiempos, sin embargo, de crisis de los paradigmas políticos convencionales—Realpolitik, política de puro poder—también puede ser un camino legitimador de orden paradigmático: ser capaz de mostrar que se posee otro lenguaje, otra gramática política desde la que es posible construir un discurso pertinente y eficaz).

La semana pasada decía el #150 de la Carta Semanal de doctorpolítico lo siguiente: «Ya hay voces que reclaman unas elecciones primarias para identificar un único abanderado anti Chávez. Pero más importante o anterior es una licitación política. Quienes aspiren, como Borges o Petkoff, a suceder a Chávez en 2007, quedan obligados a entrar en una licitación política, en la que postulen con claridad y concreción suficientes qué harían encaramados en la silla de Miraflores». La Ficha Semanal de hoy (#59), reproduce la sección correspondiente a una tal «licitación política» del trabajo Los rasgos del próximo paradigma político.

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Licitación política

Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, «participativamente», se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de una imagen-objetivo para el país. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto.

¿Cuáles son estas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:

a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.

b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.

c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que esta no explica o soluciona.

d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).

Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice»—1968—es una descarnada exposición a este respecto).

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

luis enrique ALCALÁ

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FS #58 – El otro Lyndon

Fichero

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El tema de la capacidad nuclear iraní es uno de los desvelos de la política exterior norteamericana y europea. Por estos días Irán ha rechazado una oferta europea—del llamado grupo EU-3, conformado por el Reino Unido, Francia y Alemania—por la que se ofrecía cooperación a un programa nuclear para el uso civil iraní, a cambio de que el país de los ayatollahs se abstenga de trabajar en programas de enriquecimiento de uranio que pudieran permitir el desarrollo de armas nucleares. Ahora los europeos pueden lavarse las manos y dejar el proscenio a los Estados Unidos, que expresaron apoyo a la propuesta del EU-3 y arrecian su presión sobre Irán.

Es en este contexto que se escribe y difunde por las redes de correo electrónico—bajo la responsabilidad de Carlos Vicente Torrealba—un trabajo que lleva por título: Operación Yellowcake—Uranio para una Invasión. Al suscrito le ha llegado el trabajo, o noticia de él, por tres vías, dos de las cuales vienen de Estados Unidos. Una de estas fuentes comentó: «Ese informe esta circulando por Internet con una velocidad increíble». La otra había exaltado antes las virtudes del «Informe Waller», del Centro para Política de Seguridad, que argumentó a favor de intentar «otras acciones», distintas de las democráticas y diplomáticas, para tratar el problema venezolano desde la óptica de la seguridad de los Estados Unidos.

El trabajo firmado por Torrealba asegura la existencia de un plan de invasión norteamericana a Venezuela, para impedir el envío de uranio venezolano a Irán, y también afirma que ya hay una importante actividad extractiva de ese mineral: «…las zonas con mayor actividad de extracción de uranio son la de Roraima, las cabeceras de los ríos Paragua y Caroní, en el Municipio Sucre, en Ciudad Piar, entre otras».

Esta publicación ha consultado a personas conocedoras de la zona y de su actividad minera, quienes aseguran que no hay tal extracción de uranio y, por supuesto, mucho menos una exportación del mineral.

A pesar de esto afirma Torrealba: «El plan de invasión es una acción militar derivada de una serie de actos hostiles realizados por el gobierno de Chávez a través de la entrega de uranio a Irán, de ahí la necesidad de llevar a cabo, a juicio de estos agentes de la CIA y del Mossad, dicho plan y emprender además unas estrategias y tácticas; una vez agotadas las diferencias por la vía diplomática se continúa con una operación, con agentes internos, de descrédito al presidente Chávez ante la comunidad mundial, tildándolo como un factor de perturbación atómico, para poder dar el paso a la siguiente fase como es la fuerza, ya que Venezuela estaría violando los tratados de proscripción de armas nucleares en América Latina».

Y también incluye Torrealba la siguiente referencia: «La ultraderechista Fundación Schiller convocó a grupos de oposición de Venezuela y a militares del continente para lo que ellos llamaron ‘análisis de coyuntura’, ante el ascenso de los movimientos populares de corte izquierdista y de característica anarquista en el continente. La Fundación Schiller, financiada por Lyndon LaRouche, que desde hace muchos años su tesis es el alineamiento de los ejércitos latinoamericanos al mando único del Comando Sur, propugna la creación de un ejército continental comandado por USsouthcom. Los informes de inteligencia oriental señalan que la fundación de LaRouche coopera financieramente con partidos políticos ligados a la oposición en Venezuela, y es la que ha promovido insistentemente una invasión a nuestro país a través del alquiler de apátridas venezolanos».

Esta evaluación no parece consistente con posturas asumidas por LaRouche, quien se ha opuesto vehementemente a intervenciones de los Estados Unidos en América Latina. La Ficha Semanal #58 de doctorpolítico contiene parte de la introducción escrita por LaRouche para el libro La integración iberoamericana, editado en 1986 por el Instituto Schiller aludido por Torrealba. Este libro, dedicado nada menos que a Juan Domingo Perón y Alan García, presenta el texto de LaRouche en estos términos: «Para alcanzar el éxito en su programa de integración, Iberoamérica debe derrocar los dogmas monetaristas con que el FMI y la banca usurera justifican su saqueo del continente».

LaRouche es un personaje del que lo menos que se puede decir es que es excéntrico. Antaño marxista y trotskista, acusado por algunos de fascista y de métodos de secta manipuladora de conciencias, ha intentado siete veces alcanzar la Presidencia de los Estados Unidos, incluyendo una ocasión desde la cárcel, luego de que fuera apresado por cargos de fraude postal y conspiración. En Venezuela fue representado por mucho tiempo por Alejandro Peña Exclusa. (Hasta 1998. El propio Instituto Schiller da su versión del divorcio: «Como es bien conocido, Peña estuvo asociado con LaRouche hasta la primavera de 1998, cuando rompió con LaRouche como parte de su conversión a una locura religiosa extrema y su asociación abierta con líderes fascistas sinarquistas, incluyendo el asesino franquista español Blas Piñar. Los círculos de Piñar, ha explicado LaRouche, son los principales probables culpables involucrados en los atentados terroristas con bombas a las estaciones ferroviarias de Madrid del 11 de marzo de 2004»).

Como puede verse, no suena como muy confiable el tal LaRouche, a juzgar por el calibre y tremendismo de sus afirmaciones. La lectura de esta ficha, por otra parte, pone de manifiesto que difícilmente LaRouche ande propugnando un esquema militar en América del Sur que sea dirigido por el Comando Sur de los Estados Unidos. Estas cosas ponen en entredicho la credibilidad de lo denunciado por Torrealba, que mucha gente ahora envía por correo electrónico sin pararse a comprobar su veracidad. De hecho, en entrevista reciente (12 de noviembre de 2004), y en pregunta específica sobre el caso Chávez, LaRouche declaró tajantemente: «No creo, por ejemplo, que es asunto de los Estados Unidos meterse a orquestar un cambio de régimen en países por la fuerza militar. Ésa es una política equivocada». En la misma entrevista señaló sobre Fidel Castro: «¿Castro? Castro es, de nuevo… hablé acerca de Chávez. Castro es un tipo con el que debería reunirme y conversar… Si quisiéramos tener un arreglo con Cuba, un arreglo racional, y yo estuviera a cargo de lograrlo, te garantizo, yo podría obtener un arreglo decente… Y no tenemos nada de qué quejarnos al respecto, porque no tenemos una relación constructiva con él».

LEA

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El otro Lyndon

Las naciones de América Central y del Sur se forjaron en un molde cultural católico. En el mar de corrupción—nacional e importada—que hay en ésas y otras naciones del mundo, su viabilidad nacional depende de la influencia de la tradición agustina y de las doctrinas especiales de estadismo agustino definidas por el Concilio de Florencia en 1439.

En lo que ese legado agustino atañe a las cuestiones políticas más importantes de estas naciones en la gran crisis actual, la gestión política debe partir del ataque agustino a la práctica de la usura en tanto pecado mortal. El cardenal Joseph Ratzinger subrayó esta cuestión en el discurso que dirigió a un grupo de economistas católicos el 19 de noviembre de 1985, poco antes de iniciarse el Sínodo Extraordinario en Roma. El cardenal Ratzinger atacó por nombre a Adam Smith, Max Weber, el presidente norteamericano Theodore Roosevelt y a los Rockefeller, por tratar de imponer en Iberoamérica el dogma inmoral de Adam Smith, dogma que autoriza tanto la usura como el narcotráfico y que se basa en la afirmación de que a ningún hombre o gobierno se debe responsabilizar de las consecuencias previsiblemente malas de su gestión económica.

Ninguna persona moral puede discrepar de lo planteado por el cardenal Ratzinger en esa ocasión. Pero el cardenal no intentó definir un cuerpo de ciencia económica para sustituir los dogmas monetaristas de Smith, Jeremy Bentham, James Mill, Alfred Marshall y John M. Keynes. No es cosa de censurarle al cardenal Ratzinger el que no sea economista profesional o que haya omitido recomendaciones específicas en la materia. La verdad es que el cardenal obró muy acertadamente al dejarle a los economistas, movidos por el aguijón de la conciencia, la tarea de definir pautas económicas acordes con los principios de la moral, que pudieran reemplazar el dogma perverso del «libre cambio». La tarea nos toca, por tanto, a quienes somos especialistas en este aspecto del arte de gobernar.

La dificultad práctica es que todas las doctrinas económicas que se enseñan y se estudian en las principales universidades de Europa occidental, los Estados Unidos e Iberoamérica son variedades del dogma monetarista, inmoral por definición. No es que no haya existido una ciencia bien elaborada como alternativa al monetarismo. La oposición tradicional al dogma de Adam Smith fue el sistema de economía política adoptado por el gobierno de George Washington, primer presidente de los Estados Unidos, y al cual bautizó «Sistema Americano» el secretario de Hacienda Alexander Hamilton. Ese Sistema Americano antibritánico fue la cuestión política decisiva de la Revolución Americana de 1775-1783, y siguió orientando la política de whigs estadounidenses como Henry Clay, los dos Carey y Abraham Lincoln, amigo de Benito Juárez, en la primera mitad del siglo XIX.

Friedrich List difundió el Sistema Americano en la vida práctica de las naciones europeas, y el mismo sistema fue hegemónico entre los patriotas de México, Argentina y otras repúblicas iberoamericanas en varios momentos del siglo pasado. En realidad, la práctica del peronismo concuerda con los principios del Sistema Americano de Hamilton. El problema ha sido que, desde que el rentismo financiero internacional se apoderó de la moneda, el crédito nacional y la deuda pública de los Estados Unidos a fines de la década de 1870, mediante la traidora Ley de Reanudación del Metálico, se erradicó de las universidades la enseñanza del Sistema Americano, y se excluyó al mismo de la conducción del gobierno estadounidense.

La dificultad es que apenas unos poquísimos economistas profesionales tienen algo de competencia en economía. Lo que llaman «economía» no tiene nada de economía: es pura teoría monetaria rentista financiera; puro monetarismo.

Aunque en algunos de los estados más importantes de Iberoamérica hay sectores de la población que gozan de un nivel de subsistencia material equivalente al europeo o al estadounidense, la mayoría de la población de esas naciones es desesperadamente pobre, y permanece pobre por las prácticas de saqueo de las naciones industrializadas y de las autoridades monetarias supranacionales. Por eso, cualquier gobierno o partido político de Iberoamérica que sea patriota, y no mero cipayo de intereses rentistas financieros, que se consagre al bienestar de la nación y a mejorar la condición de todos sus ciudadanos, no sólo se encuentra en conflicto irreconciliable con los dogmas monetaristas de Adam Smith, sino que descubre que la mayor parte de los economistas profesionales, en el mejor de los casos, son agentes inconscientes de los intereses peculiares de fuerzas rentistas financieras foráneas que saquean a la nación y a la región. Para ser patriota de una república iberoamericana, un economista profesional debe empezar por repudiar la mayor parte de lo que le valió su título universitario.

Ese predicamento de los economistas profesionales ha ocasionado que muchos de ellos caigan en la creencia de que, para ser patriota, hay que ser marxista. Dado que la mayoría no conoce la historia de la economía política, ni conoce el Sistema Americano, con bastante facilidad cae en el engaño de que, o se es apologista de intereses financieros foráneos (monetarista), o se es marxista.

Los patriotas que rechazan tanto al monetarismo como al marxismo han producido medidas excelentes y han hecho propuestas de reforma económica muy competentes; sin embargo, salvo raras excepciones, esos patriotas carecen de un cuerpo coherente de ciencia económica. Dado que no conocen la ciencia económica, las propuestas de esos patriotas toman la forma de un conjunto de reformas fragmentarias para desarrollar toda la economía; carecen de una teoría general efectiva del desarrollo económico. Los enemigos de las repúblicas explotan esa situación atacando por los flancos la política de los patriotas, forzando concesiones, frecuentemente calificadas de compromisos, en terrenos que los patriotas están mal preparados para analizar.

En tanto patriota de los Estados Unidos en la tradición de Franklin, John Quincy Adams y Abraham Lincoln, uno de mis principales propósitos ha sido fundar entre las repúblicas de las Américas una comunidad de principios genuina y equitativa.

Los republicanos de las Américas estamos cortados por la misma tijera. Fundamos nuestras repúblicas según los principios agustinos del arte del buen gobierno que se introdujeron en episodios del Renacimiento Dorado como el Concilio de Florencia de 1439. Aunque representábamos redes republicanas europeas a las que estuvimos estrechamente ligados durante los siglos XVIII y XIX, Europa aún no se desembarazaba de las instituciones de la aristocracia feudal y la nobleza rentista financiera de Venecia. Procuramos fundar una nueva clase de república, basada en la igualdad de las almas individuales bajo la ley natural agustina, en la cual no se permitiera distinción alguna de privilegio, salvo las del mérito moral y el servicio a la humanidad. Esto lo sostuvo el secretario de Estado John Quincy Adams al argumentar por que los Estados Unidos promulgasen de modo unilateral la Doctrina Monroe de 1823. El gobierno de los Estados Unidos, con el apoyo de dos ex presidentes, Jefferson y Madison, rechazó cualquier acuerdo con Inglaterra, porque, como lo subrayó Adams, nosotros y las nuevas repúblicas de la América española no tenemos con Inglaterra —consagrada a los perversos dogmas colonialistas del patrón de Adam Smith, la Compañía de las Indias Orientales británica— ninguna comunidad de principios morales o de derecho.

Desafortunadamente surgió en los Estados Unidos una poderosa facción cuya gran riqueza y poderío se originaron en su asociación con la Compañía de las Indias Orientales británica en el tráfico del opio en China. Esa facción se compone de familias, en particular de Nueva Inglaterra y los alrededores de la ciudad de Nueva York, que fueron tories probritánicos durante y después de la Revolución Americana, y que dominan hoy en Harvard y otras universidades aristocráticas de los Estados Unidos; son la autodenominada clase «patricia» del eastern establishment liberal. Dichas familias «patricias» han sido siempre resueltos adversarios de las repúblicas de la América española en los Estados Unidos. Con la llegada de Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson a la presidencia estadounidense, la política del establishment liberal en contra de Iberoamérica se convirtió en parte integral de la política exterior de los Estados Unidos.

Así como Abraham Lincoln, cuando era representante federal por Illinois, atacó la complicidad del agente de influencia británica James Polk con el duque de Wellington para hundir a México y los Estados Unidos en la guerra, así me opuse yo a que mi gobierno violase su propia ley con el apoyo que dio el gobierno de Reagan a Inglaterra en la guerra de las Malvinas. Aunque alguna vez he ayudado a los británicos, cuando resulta que tienen razón o cuando el entretejimiento de los intereses estadounidenses y británicos lo demanda, el que los Estados Unidos tolerasen las acciones militares británicas contra Argentina iba en contra de los intereses estratégicos más fundamentales a los Estados Unidos, así como de sus compromisos morales. De por sí está mal que los Estados Unidos se hagan cómplices de injusticias en contra de nuestros amigos del hemisferio; pero dejar que potencias extrahemisféricas hagan la guerra en el hemisferio viola tratados solemnes de los Estados Unidos y traiciona sus intereses estratégicos vitales.

La oportunidad que representa Iberoamérica para los Estados Unidos no debe concebirse catalogando a esas naciones, ni por asomo, como colonias o satrapías de los Estados Unidos, que fue como definieron su existencia Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson. Hoy día, Iberoamérica representa unos 400 millones de almas. Dado que la cultura de estas naciones es producto de las más elevadas tradiciones agustinas europeas, la persona educada de cada uno de esos estados tiene una capacidad excepcional para asimilar eficientemente la ciencia y la tecnología más avanzadas. Los Estados Unidos no pueden más que beneficiarse de tener vecinos ricos y poderosos que compartan los mismos principios morales sobre los que se basó la Declaración de Independencia estadounidense. Es del interés vital de los Estados Unidos que todas y cada una de las repúblicas de este hemisferio sean totalmente soberanas, prósperas, política y socialmente seguras, así como estables en el autogobierno de sus asuntos. Con dichos estados, los Estados Unidos deben fundar y mantener una comunidad de principios inquebrantable, una obligación de asistencia mutua mucho más firme y fuerte que cualquier mera alianza militar.

Lyndon LaRouche

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FS #57 – Manual del outsider

Fichero

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Esta Ficha Semanal #57 de doctorpolítico contiene una sección entera de un trabajo del suscrito de septiembre de 1987, esto es, hace casi dieciocho años. El trabajo en cuestión llevó por título Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela. Aunque puede anotársele algunos aciertos predictivos—describió con dos años de antelación a la campaña primera de Alberto Fujimori ciertos rasgos recomendables a la ascensión de un outsider, y también anticipó de algún modo con bastante exactitud temporal un golpe de Estado en Venezuela—en verdad para la época no concedía demasiada probabilidad a una rebelión armada de corte izquierdista, por lo que la asonada específica del MBR 200 resultó ser una sorpresa para el autor.

El trabajo se componía de una introducción metodológica, un capítulo que descubría una cierta propensión a la sorpresa en el seno de la sociedad venezolana y dos secciones dedicadas al análisis de cada sorpresa importante: un golpe de Estado y un outsider democrático en la Presidencia. Cerraba con unas sucintas conclusiones y dos apéndices.

Por lo que respecta al caso del outsider—hoy en día (y desde hace un tiempo) una exigencia de la actual masa opositora del país—los rasgos y prescripciones anotados en 1987 preservan aún alguna vigencia. En un sentido componen una suerte de «manual del outsider» que acá se reproduce.

Todavía puede decirse que los actores políticos convencionales o tradicionales están congénita o genéticamente impedidos de proporcionar las ofertas, los estilos y las interacciones que serían necesarias, no sólo a una campaña exitosa sino, más importantemente, a un gobierno posterior eficaz. La actual escena política venezolana, sobre todo del lado opositor, tiene muy pocos actores modernizantes, en proceso de diferenciación de lo tradicional. Pero existen. Probablemente se reducen, por ahora, a los movimientos liderados por María Corina Machado (Súmate) y Roberto Smith Perera (Venezuela de Primera). Es allí donde están o pudieran estar las mejores esperanzas. Sobre ese material político—ya no simple materia prima sino, en razón de su trayectoria, producto semielaborado—se requiere trabajo profundo que pudiera convertirles en lo que es preciso.

Y este trabajo es de orden primordialmente paradigmático. Se trata, nada menos, que de permitir un paradigma clínico de la política que sustituya al marco predominante de «política realista» o de puro poder. (Realpolitik, power politics). Año y medio antes del estudio sobre la sorpresa política en Venezuela escribía, en unas «memorias prematuras»: «Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos. Por eso creo que las élites deben hacerse revolucionarias».

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Manual del outsider

SORPRESA #2: OUTSIDER DEMOCRÁTICO

Es posible también una sorpresa más democrática que un golpe de Estado. Es más, la probabilidad de ese tipo de sorpresa es significativamente mayor que la de una «solución» militar. No obstante, sigue siendo una sorpresa. Es decir, la probabilidad de un evento tal es baja. No es altamente probable que un candidato no postulado por Acción Democrática o COPEI llegue a ganar las elecciones. Pero de esto se trata precisamente, de considerar cualitativamente las sorpresas, pues de su ocurrencia se ocupará el curso de los acontecimientos y el signo de los tiempos, según el cual, para recordar a Dror, la sorpresa es ahora un fenómeno endémico.

El tipo de análisis que haremos acá es el de estipular cuáles serían los requisitos necesarios en un candidato sorpresa y en su campaña, sin los que no podría darse su triunfo.

 

Rasgos necesarios del candidato

El primer rasgo indispensable en el líder que pueda orientar a su favor la considerable potencialidad de un voto harto de lo tradicional y de su ineficacia, es que sea un verdadero outsider. Hay, al menos, dos sentidos en los que este concepto de outsider se aplicaría en este contexto.

Para comenzar, el candidato debe ser un político que pueda ser percibido como estando fuera del establishment de poder venezolano. No necesariamente significa esto que el candidato deba estar contra la actual articulación de poder en Venezuela. Simplemente es necesario que no se le perciba como formando parte de la red de compromisos que caracterizan a la configuración actual.

En una reunión del «Grupo Santa Lucía» de hace unos años, Allan Randolph Brewer Carías advirtió a los asistentes: «Estamos hablando del Estado como si se tratara de un caballero que se encuentra en la habitación de al lado, que está a punto de entrar y de ser presentado a nosotros. Pero la verdad es que todos nosotros hemos sido el Estado. De quien estamos hablando es de nosotros».

Lo que Brewer quería decir es que las élites de Venezuela forman parte de un sistema consensual que determina una buena parte de las políticas principales, o al menos el esquema general de la cosa política. En el caso de un líder político tradicional, por ejemplo, sus buenas intenciones hacia, digamos, una mayor democratización, se encuentran impedidas por las trabadas reglas de juego de su partido.

El pueblo sabe, empírica o intuitivamente, que una persona, participante directo de la configuración de poder actual, carece de la libertad necesaria para acometer los cambios que sería necesario introducir a través de tratamientos novedosos a la situación política. Para ponerlo en otros términos: un líder que ostente en los momentos actuales una cantidad significativa de poder, estará al mismo tiempo muy impedido por la serie de transacciones en las que, con toda probabilidad, habrá debido incurrir para acceder a la posición que ocupa y para mantenerla. Esta es, por poner un caso, la situación en la que se encuentra Eduardo Fernández. Es, posiblemente, la condición que anularía un intento de Marcel Granier, como fue, por argumento en contrario, la que significó, en el pasado, un apoyo importante al intento de Jorge Olavarría, percibido entonces como outsider.

Hay un segundo sentido, más específico, en el que el candidato que pueda resultar la sorpresa debe ser un outsider. Debe serlo también en términos de estar afuera o por encima del eje tradicional del «espacio» político. Tal eje viene determinado por un continuum más o menos lineal, que va desde las posiciones de «izquierda» hasta las posiciones de «derecha». Esta es una división tradicional del campo político, pues responde al criterio de que el principal «problema social» (o político), consiste en distribuir la renta social: si se acomete este asunto con preferencia para «los pobres» entonces se es izquierdista; si esto se hace con preferencia por «los ricos», entonces se es derechista.

No es éste el sitio para describir otra noción política más moderna que considera obsoleto el planteamiento anterior, definitorio de «derechas» e «izquierdas». Pero el candidato que pretenda tener éxito en 1988 deberá ser outsider también en el sentido de no situarse en alguna posición del eje referido, sino en un plano diferente.

La segunda característica importante (a nuestro juicio más importante que la condición de outsider) que debe ostentar un candidato con posibilidades de «dar la sorpresa», es la posesión de tratamientos suficientes y convincentes para la crisis.

La base de esta condición consiste en poder partir de una concepción de lo político que comprenda importantes y hasta radicales diferencias con las concepciones convencionales. En la raíz de tal concepción está la necesidad de una sustitución de paradigmas políticos, en el sentido que Tomás Kuhn da al término paradigma. Es decir, nos hallamos ante una realidad social y política que ya no puede ser comprendida por los planteamientos y enfoques convencionales, lo que es la causa de fondo de la crisis de gobernabilidad. No es el caso que los políticos tradicionales tengan las recetas adecuadas y por «maldad» se resistan a aplicarlas. El punto es que no las saben. De allí que no sepan contestar cuando se les pregunta por tratamientos concretos, como en la reciente entrevista en «Primer Plano» a Carlos Andrés Pérez. Marcel Granier le preguntó a Pérez cuál sería su solución al problema de la inflación. Pérez se limitó a decir que él suponía que el Gobierno de Lusinchi estaba por resolverlo y que, en todo caso, él, Pérez, le daría su opinión al Gobierno. En resumen, una respuesta evasiva.

A partir de una concepción diferente, más científica y moderna de la política y sus posibilidades tecnológicas reales, es como podría ser posible la generación de tratamientos que cumplan con tres condiciones necesarias a la persuasión pública requerida:

1. Deben ser radicales pero pocos: dos extremos resultan imposibles, dañinos o inútiles: el planteamiento de una reforma radical y global, que se ocupe de todo a la vez, en el mejor de los casos será altamente traumático y, más probablemente, imposible de aplicar por falta de capacidad para gerenciar un grado de cambio tan exhaustivo; la estrategia de cambiar lo menos posible e ir ajustando las cosas de modo incrementalista es derrotada por la complejidad original del problema y su velocidad de complicación creciente. Este dilema es comprendido intuitivamente por el elector promedio. De allí la poca credibilidad de los programas de gobierno exhaustivos, así como la de los programas tímidos e incrementalistas. Para que un programa alcance la credibilidad necesaria deberá ser del tipo radical selectivo, es decir, identificador de pocos puntos estratégicos sobre los que se ejerza una acción transformadora a fondo. Y a esta condición deberá sumarse la de concreción, pues no bastará la enumeración de pocas áreas si éstas son vagamente definidas.

2. Deben ser eficaces: no se trata por tanto de pseudotratamientos. «Reactivar la economía» no es la solución, sino el estado final que debe alcanzarse una vez aplicada la solución. Combatir el «centralismo», combatir el «presidencialismo», etcétera, son orientaciones generales muy loables pero poco concretas. Los tratamientos deberán venir explicados en forma tan concreta que se pueda especificar su beneficio y su costo. Los tratamientos deberán dirigirse al ataque de causas problemáticas antes que a la moderación temporal de sintomatologías anormales.

3. Deben ser positivos: se necesita un planteamiento terapéutico que trascienda la política quejumbrosa para ofrecer salidas que permitan un razonable optimismo.

Por último, el candidato debiera tener la capacidad de «librar por todos». (En el juego infantil del escondite se estipula a veces una regla por la que al quedar sólo un jugador por descubrir, éste puede salvarse, no únicamente a sí mismo, sino a todos los anteriores que hayan sido atrapados.) No se trata acá de «capacidad de convocatoria», como se la asigna a sí mismo (con cierta razón) Rafael Caldera y como se la niega a sí mismo Marcel Granier. (Entrevista de Alfredo Peña a Granier en «El Nacional» del 21 de septiembre de 1983: «Pero yo no tengo la capacidad de convocatoria necesaria para enfrentar los problemas que el país tiene en este momento»). El cargo de Presidente de la República tiene de por sí mucha capacidad de convocatoria, y lo tendría mucho más si tal cargo lo ocupase un outsider que hubiera logrado dar la sorpresa. El punto está más bien en la voluntad real de convocar que tenga el involucrado, en la medida en que no esté atado a intereses tan específicos que no pueda verdaderamente pasar por encima de rencores de asiento grupal. Si un aspirante a outsider sorpresivo, a «tajo» de las elecciones, plantea su campaña con un grado apreciable de vindicta, de falta de comprensión de lo que en materia de logros políticos debemos aún a los adversarios, obtendrá temprana resonancia y fracaso final. El outsider con posibilidad de éxito no se impondrá por una mera descalificación de sus contendientes y, en todo caso, no por descalificación que se base en la negatividad de éstos sino en la insuficiencia de su positividad. El propio Isaac Newton reconoció: «Si pude ver más lejos fue porque me subí sobre los hombros de gigantes».

 

Rasgos necesarios de la campaña

Suponiendo que exista el verdadero outsider y que éste posea un arsenal terapéutico eficaz, concentrado y positivo, capaz de ser asumido voluntariamente como programa por el público en general, todavía queda el problema de ejecución de su campaña en forma correcta.

El eje básico de una campaña correctamente ejecutada pasa nuevamente por la suficiencia de los tratamientos que el outsider proponga. La campaña debe ser planteada en esos términos: suficiencia vs. insuficiencia.

Luego viene la consideración del tiempo estratégico. Por diversas razones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesarios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga «guerra de trincheras» contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea.

Este punto viene ligado, como dijimos, al tema de los recursos. Pues una condición de corrección de la campaña deberá ser por fuerza la de su economía. La campaña deberá ser económica. Tanto porque no se dispondrá de muchos recursos como porque un gasto excesivo produciría un rechazo de la misma. Así, la campaña debiera ser diseñada en términos económicos.

Esto será posible si la campaña es planteada en términos de calidad vs. cantidad. Contra la reiteración esloganista de millares de cuñas y pancartas, una concentración en mensajes más completos, más densos y contundentes.

A favor de esta posibilidad jugaría la amplificación que se daría por el efecto de novedad. Por el mismo hecho de plantearse una campaña de estilo diferente es como se daría la posibilidad de distinguir el mensaje en un mar de ruido electoral, en la cacofonía de las abrumantes campañas tradicionales, como un minúsculo flautín clarísimo lo hace dentro de un tutti orquestal.

La campaña deberá caracterizarse, además, por una extraordinaria capacidad organizativa. Se trata, para mencionar sólo un problema, de disponer de testigos en unas treinta mil mesas electorales, con su correspondiente apoyo logístico y de comunicación. Para un outsider este problema es de gran cuantía, puesto que por definición, al ser outsider, no dispone de la «maquinaria» de antemano.

Finalmente, el outsider deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que representa comience a significar una posibilidad clara de victoria.

 

Las probabilidades

Siendo lo que antecede las condiciones indispensables a una «sorpresa» exitosa ¿qué puede decirse de las probabilidades de tal aventura?

La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aún en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a una campaña como la esbozada de los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.

Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Es queja perpetua del sector privado que el Gobierno no establece reglas de juego estables. La verdad es que hay reglas tácitas de conducta establecidas desde hace tiempo, incluyendo las que regulan la urbanidad de la corrupción. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que «los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía». En forma similar Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.

Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciarían por los términos dilemáticos más conservadores.

Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.

Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aún el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa—no es necesariamente imposible, y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad, rojo (Pérez), negro (Caldera), par (Fernández), impar (Lepage). Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde pierde poco y si gana ganará mucho más que lo que invirtió.

Finalmente, y nuevamente en la analogía de los juegos, bastante dependerá de la lectura que se tenga de la crisis. Para aquellos para los que la abrumadora acumulación de evidencias no sea suficiente para creer que la crisis no es de carácter coyuntural y pasajero, será lo indicado negar su apoyo al outsider. Sólo aquellos que ya se hayan convencido de que la crisis es estructural y requiere por tanto terapias no convencionales, podrán pensar como el buen jugador de dominó (o de bridge) que carezca de la información completa sobre la localización de las piezas o cartas claves. En esas condiciones un buen jugador identificará cómo tendría que darse esa ubicación de piezas para poder ganar la mano. Entonces jugará como si en verdad la disposición fuese esa única forma de ganar, rogando para que así sea.

Yehezkel Dror nos dice que la situación del agente de decisión de hoy es cada vez más la de una apuesta difusa.

 

CONCLUSIONES

La probabilidad de una sorpresa política en Venezuela en el futuro próximo no es despreciable. La dinámica del proceso, es más, hace que su probabilidad aumente. Dentro de estas sorpresas aparecen como más probables, solamente, la de un golpe militar y la del triunfo electoral en 1988 de un outsider democrático. Otras sorpresas, sin embargo, son pensables. Por ejemplo, pudiera volverse a excitar la inconveniente disputa colombo-venezolana, en la que escenarios muy complicados, con participación de factores tan anómalos como el del binomio drogas-guerrilla podrían producir cambios poco previsibles de antemano.

Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable.

En lo tocante al caso del outsider democrático las probabilidades son algo mayores. Pero lo cierto es que el outsider con las condiciones necesarias no ha hecho todavía su aparición. Esto no significa, por supuesto, que no exista. Es posible que sí exista y que, en cumplimiento de uno de los requisitos funcionales de su campaña, haya decidido no presentarse todavía.

luis enrique ALCALÁ

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FS #56 – Remedio a la impaciencia

Fichero

LEA, por favor

La Ficha Semanal #56 de doctorpolítico se compone de unos fragmentos del discurso de Václav Havel al aceptar el premio anual de la Academia Internacional de las Culturas en París. Era la primera vez (2000) que el premio se concedía, y el Primer Ministro de Francia, Lionel Jospin, explicaba a los circunstantes: «Este premio distingue la obra o la acción de quienes, por su compromiso personal, llevan a lo más alto la lucha contra ‘la intolerancia, la xenofobia, el racismo, la miseria y el desprecio por las formas de vida en nuestro universo’.»

Havel, como sabemos, es no sólo el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa, sino un estupendo dramaturgo y escritor y un luchador contra la opresión comunista en su país. Con prisión pagó la resistencia a un régimen totalitario, que en su caso se distinguía por la inteligencia y el buen humor.

En el texto escogido para la ficha, Havel acomete el tema de la espera o la esperanza, y hace mención específica de la más famosa obra del dramaturgo irlandés, Samuel Beckett, la peculiar pieza Esperando a Godot, que fuera descrita por el crítico Vivian Mercier como «una obra en la que no ocurre nada, dos veces». Entre los dos hombres de teatro ha habido una relación larga y admirada. De hecho, Beckett dedicó a Havel su obra sobre el tema de la dictadura. (Catástrofe, 1982).

La pasión de Havel por la libertad no se restringe a su patria bohemia. Profundamente interesado en el problema cubano, en septiembre de 2003 publicó una carta abierta—La construcción de una Cuba libre—acompañado por Lech Walesa, ex Presidente de Polonia y Arpad Goncz, ex Presidente de Hungría. Inmediatamente después fundó el Comité Internacional para la Democracia en Cuba, que reunido al año siguiente en Praga aprobaría una declaración final que asentaba: «Es inconcebible e inaceptable que continúe habiendo en Cuba gente presa a causa de sus ideas y su actividad política pacífica».

¿Cuál es la ideología de Havel? Sobre el punto escribió: «Durante toda mi vida adulta fui catalogado por funcionarios como un ‘exponente de la derecha’ que querría traer el capitalismo de regreso a nuestro país. Hoy en día—en mi vieja edad madura—soy sospechoso para algunos de ser de izquierda, si es que no alojo tendencias claramente socialistas. ¿Cuál es, entonces, mi posición real? Primero y principal, nunca me he casado con ninguna ideología, dogma o doctrina—izquierda, derecha o cualquier otro sistema cerrado y prefabricado de presuposiciones acerca del mundo. Por lo contrario, he tratado de pensar independientemente, usando mis propios poderes de raciocinio, y siempre he resistido vigorosamente los intentos de encajonarme».

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Remedio a la impaciencia

Vengo de un país que durante muchos años esperó su libertad. Por eso, permítanme aprovechar la ocasión para meditar brevemente sobre el fenómeno de la espera. Se puede esperar de diferentes maneras.

En un extremo de la variada gama de modalidades que asume este término está aquella descrita en «Esperando a Godot»: la espera como materialización de la salvación o la ayuda universal. La espera de muchos que vivíamos en el mundo comunista era a menudo, o casi permanentemente, muy cercana a esta posición extrema.

Sin embargo Godot—por lo menos para el que está esperando—no viene pues simplemente no existe. No es una esperanza sino una ilusión. Es producto de la propia incapacidad de la gente. Un parche para el vacío existente en su espíritu. Un parche completamente agujereado. Una esperanza para la gente sin esperanza.

En el lado opuesto de la gama encontramos otro tipo de espera, aquella vinculada a la paciencia. Una espera basada en la conciencia de que decir la verdad y resistir de esta manera tiene sentido en principio, sencillamente porque ésta es la forma correcta y porque el hombre no debe preocuparse en qué desembocará su actitud mañana, pasado o en otro tiempo.

Esta espera partía de la creencia de la existencia de la verdad y que resistir tiene sentido por sí mismo, porque significa que hay alguien que no apoya al gobierno de la mentira. Esta actitud no considera el éxito final, si una vez será victoriosa o si será suprimida por enésima vez. Esta espera se nutre primordialmente de la confianza en que la semilla una vez plantada puede brotar.

Este tipo de espera sí tiene sentido. No es una dulce mentira sino una vida difícil junto a la verdad. No es una pérdida de tiempo; al contrario: esperar la posible germinación de una siembra sustancialmente buena es otra cosa que pasar el tiempo esperando a Godot. Esperarlo a él equivale aguardar el crecimiento de una azucena sin haberla sembrado anteriormente.

En lo que se refiere a la impaciencia política, me doy cuenta de que el político del presente y aquel del futuro deben aprender a esperar en el mejor y más profundo sentido de esta palabra. O sea, no deben esperar a Godot.

Sí, también yo—un sarcástico crítico de los orgullosos explicadores del mundo—tuve que recordar que la existencia no se puede sólo explicar sino que también hay que entenderla. No basta imponerle nuestras propias ideas, es necesario escuchar la polifonía de sus comunicaciones a menudo contradictorias, y prestarles atención.

No se puede esperar a Godot. Godot no viene porque no existe. Tampoco se puede inventar a Godot. El comunismo fue un Godot inventado, falso, que vendría a salvarnos y que sólo logró aniquilarnos y diezmarnos.

Con pavor me di cuenta que mi impaciencia por la renovación de la democracia era una actitud comunista. Lo diré de forma más general: era algo racionalista, renacentista. Quise empujar la historia, como los niños que procuran hacer crecer las flores estirándolas.

Creo que hay que aprender a esperar, como si se tratara de una creación. Es necesario plantar pacientemente las semillas, regar bien la tierra donde las sembramos y prestar a las plantas el tiempo preciso que ellas mismas necesitan.

Así como es imposible engañar a una flor para que crezca no podemos engañar a la historia. Pero la historia se puede regar, con paciencia, diariamente. No sólo con entendimiento sino también con humildad y amor.

Si los políticos y los ciudadanos aprendieran a esperar en el mejor sentido de la palabra, o sea como expresión de un noble respeto al ritmo interno de las cosas, a cuyas profundidades jamás penetraremos completamente, entenderían que en el mundo todo requiere su tiempo.

Comprenderían además, que, al momento de querer algo del mundo, es importante tomar en cuenta su presencia y su historia. Estoy convencido de que así la humanidad no terminaría tan mal como de vez en cuando la vemos.

Damas y caballeros: Vengo de un país que está lleno de gente impaciente. Quizás porque estuvieron tanto tiempo esperando a Godot y ahora creen que ha llegado. Este es un error tan grande como era de esperarlo.

Sólo ha madurado lo que tenía que madurar. Ahora tenemos la tarea de transformar los frutos de esta cosecha en una nueva siembra y volver a regar pacientemente.

En la seguridad de que hemos sembrado y regado bien no hay motivo para la impaciencia. Basta entender que nuestra espera tiene sentido.

El esperar que tiene sentido brota de la esperanza y no de la desesperación; de la fe y no de la incredulidad, de la humildad ante el tiempo del mundo y no del temor provocado por su majestuosa calma.

Esta espera no va acompañada de aburrimiento, sino de tensión. Esta espera es algo más que una simple espera. Es la vida. La vida como una alegre participación en el milagro de la existencia.

Václav Havel

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FS #55 – El Bolívar de Karl Marx

Fichero

LEA, por favor

Un año antes de la caída de Pérez Jiménez, el psicólogo social León Festinger desarrollaba su teoría de la disonancia cognoscitiva. Con esta conjunción de términos se refería a la tensión psicológica incómoda que se deriva de sostener simultáneamente en la conciencia dos nociones conflictivas o mutuamente excluyentes. Como demostrara Festinger experimentalmente, puede emplearse una disonancia de esta clase para producir cambios cognoscitivos o aun actitudinales. Por ejemplo, si alguna persona tiene un prejuicio, digamos, contra los esquimales, y lee una hermosa poesía que ignora ha sido escrita por un esquimal, luego de apreciarla y elogiarla sufrirá una disonancia cognoscitiva cuando se le informe sobre el grupo étnico del autor, lo que pudiera llevarle a desechar su prejuiciada postura.

Con un trabajo de abril de 2003 (El Bolívar de Karl Marx), no un psicólogo social venezolano, sino un abogado de la República, el Dr. Carlos Eduardo Gómez R., desata una mayúscula disonancia cognoscitiva en el campo chavista, empeñado simultáneamente en el culto a Bolívar y la fe en un socialismo del siglo XXI que todavía pretende identificar sus raíces en el pensamiento de Marx.

En efecto, el Dr. Gómez desentierra una obra editada en Barcelona (España) hace cuarenta y cinco años para mostrar cómo es que a Carlos Marx el Libertador le caía particularmente mal. Bastan las citas que hace Gómez del artículo que Marx escribiera sobre Bolívar en una enciclopedia norteamericana de su época, para darse perfectamente cuenta de cómo la personalidad y obra de nuestro Libertador molestaban íntimamente a Marx, tanta es su mezquindad y tan patente su animadversión a la hora de juzgar al héroe.

Agradezco al Dr. Carlos Eduardo Gómez, de reconocido prestigio en las lides del Derecho Civil y Mercantil, y de no pocas agudeza y penetración en la interpretación política, la gentileza de permitirme la reproducción de su elegante y mesurado—y travieso—artículo, que compone íntegro esta Ficha Semanal #55 de doctorpolítico.

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El Bolívar de Karl Marx

No mucha gente conoce una pequeña publicación de Ediciones Ariel fechada en Barcelona en 1960, bajo el título «Revolución en España». En ese delgado tomo se condensan algunos artículos periodísticos y otros de enciclopedia, escritos por Marx o Engels entre 1854 y 1873.

Dentro de ellos destaca el texto escrito por Marx para la New American Cyclopedia, como acápite de la voz «Bolívar». Para entonces ya había sido publicado el Manifiesto Comunista (1848) y probablemente trabajaba Marx en el material para El Capital. El interés de la publicación, desde luego, no es el conocer la historia del Padre de la Patria sino, más bien, destacar el pensamiento del autor acerca de algunos aspectos que él incluye dentro de los temas españoles, aspectos que reflejan su punto de vista cuando apenas había transcurrido algo más de veinte años desde la muerte de Bolívar.

La primera impresión que se lleva el lector es que Marx omitió completamente la mención a uno de los perfiles más importantes de la figura del Libertador, cual es su aporte al pensamiento político latinoamericano, limitándose a una narración de los sucesos resaltantes de la campaña libertadora, pero destacando con particular insistencia visiones negativas acerca de la personalidad o la conducta de Simón Bolívar. Para quien admire la figura del Padre de la Patria resulta particularmente chocante la calificación como «Napoleón de las retiradas», que pone Marx en boca de Manuel Piar. Siendo el escritor un ideólogo político, sorprende que se hubiera limitado a una narración de sucesos, sin un análisis del contenido filosófico de la revolución libertadora y, sobre todo, que no se hubiera siquiera referido a conceptos tales como el panamericanismo, que necesariamente tienen que haber destacado en el ideario político de aquel momento; de tal forma que, a menos que lleguemos a la conclusión de que para Marx el ideario de nuestra gesta emancipadora no merecía ni siquiera una mención referencial, no resulta fácil explicar el por qué de esta carencia.

Lo llama «Bolívar y Ponte», confundiendo sus apellidos con los del padre del Libertador, en un texto que desde el comienzo está escrito en un tono despectivo hacia la figura de Bolívar. Así, pretendiendo demostrar el carácter huidizo de éste, Marx refiere la entrega de la plaza de Puerto Cabello, al comienzo de la guerra, como el alzamiento de un grupo de españoles que Miranda había enviado presos a la fortaleza. Bolívar, dice, «pese a disponer de una guarnición numerosa que oponer a los desarmados prisioneros, así como un arsenal bien provisto, embarcó precipitadamente aquella noche». Quien se moleste en comparar esta versión con la de Augusto Mijares, encontrará que Bolívar combatió durante siete días y que fue sólo cuando quedaban cuarenta hombres a su lado que decidió abandonar la plaza.

Para acusarlo de deslealtad, Marx denuncia a Bolívar como uno de aquellos quienes entregaron a Francisco de Miranda, y con gran simplismo lo narra así: «El 30 de julio llegó Miranda a La Guayra, (sic) con la intención de embarcar en un navío inglés. En su visita al comandante de la plaza, coronel Manuel María Casas, se encontró con una numerosa compañía de la que formaban parte don Miguel Peña y Simón Bolívar, los cuales lo convencieron que se quedara en el domicilio de Casas por una noche. A las dos de la madrugada, cuando Miranda dormía profundamente, Casas, Peña y Bolívar entraron en la habitación, se apoderaron cautelosamente de su pistola y de su espada y le despertaron ordenándole violentamente que se levantara y vistiera; lo encadenaron y entregaron a Monteverde». Para Marx, esta felonía le valió a Bolívar la concesión de un pasaporte que le permitió partir para Curazao bajo la recomendación de Monteverde: «la solicitud del coronel Bolívar debe ser satisfecha en atención a sus servicios prestados al Rey de España con la entrega de Miranda». Omite el autor comentar la carta que escribiera Monteverde al Ministro de Guerra español, pieza clave para la interpretación histórica de estos acontecimientos. El contenido de esta misiva, que parcialmente copia Rumazo González, es el siguiente: «No hallándome con tropas suficientes y respetables, no juzgué militarmente y pasé por las armas a Miranda y a los que con él trataron de fugarse con los caudales del Estado; y ésa fue la razón poderosa que tuve para disimular y dar pasaportes a tres o cuatro…»

En muy pocas líneas sitúa Marx a Bolívar de nuevo en Caracas, olvidando mencionar la importancia de la Guerra a Muerte y la asombrosa Campaña Admirable, que preceden a su regreso. Al referirse al título de Libertador lo califica como una autoproclama, que junto con el carácter de dictador se asignó, rodeándose «del fasto de una corte».

Al adentrarse en los sucesos del año 1814, vuelve a describir un Bolívar presuntuoso y cobardón que al enfrentarse con Boves «Tras breve resistencia huyó a Caracas». La Huida a Oriente, en la cual fue necesario guiar y proteger veinte mil civiles, que cruzaron las selvas vírgenes y los pantanos que separan Caracas de Barcelona ante el horror de la invasión de Boves, es referida por Marx como una simple retirada del ejército. Comenta el autor los ocho meses que pasó Bolívar en Jamaica como de una actividad organizativa en procura del apoyo inglés, que termina con la inclusión de Luis Brión en las filas patriotas; pero nada dice acerca de la «Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla», más conocida como la Carta de Jamaica, tal vez el mayor resumen del pensamiento político y de los sueños del exilado, indispensable para cualquier fin histórico-crítico, eliminando así la referencia a documentos sin cuyo análisis poco puede decirse de los aspectos humanistas del Libertador.

El episodio del fusilamiento de Piar da a Marx nuevas razones para mostrar a un Bolívar ganado por la bajeza y, sobre todo, para endilgarle un desmedido afán de poder y un liderazgo fundamentado casi exclusivamente en su buena fortuna: «Bolívar contaba con 9.000 hombres bien armados y equipados y provistos de todo lo necesario para la campaña. Pese a ello, a fines de 1818 Bolívar había perdido una docena de batallas… Se sucedieron entonces las defecciones y todo pareció acercarse a la ruina completa. En ese momento una combinación de afortunadas casualidades volvió a transformar la faz de las cosas».

Las menciones peyorativas son un ritornelo en el texto de Marx; durante el año 1820, desde el punto de vista militar se produce la campaña del Magdalena, desde el punto de vista social se produce el decreto sobre la libertad de los esclavos y desde el punto de vista político el armisticio firmado entre Bolívar y Morillo; sin embargo, para Marx, «Pese a la gran superioridad numérica de sus fuerzas, Bolívar consiguió no conseguir nada durante la campaña de 1820». Según Marx, la campaña de Quito y la batalla de Pichincha se ven así: «La campaña que terminó con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a Colombia, fue nominalmente dirigida por Bolívar y el General Sucre, pero las escasas victorias conseguidas por el ejército fueron totalmente obras de oficiales británicos, como el coronel Sands».

El Congreso de Panamá es visto por Marx como un deseo de Bolívar para «la integración de toda Sudamérica en una república federal con él como dictador». La percepción de que Bolívar sólo perseguía su interés, se resalta en estos párrafos dedicados a narrar el Congreso de Ocaña: «convocado por Bolívar con la intención de modificar la constitución en beneficio de su poder».

Hoy, frente al sincretismo chavista que pretende nexos de unión entre las ideas de Bolívar y la concepción marxista, se me antoja pensar que, entre otras por razones cronológicas, Bolívar no hubiera podido ser marxista, pero que tampoco Marx hubiera sido bolivariano.

Carlos Eduardo Gómez

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