FS #66 – Escrituras políticas

Fichero

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Sobre todo la actividad intelectual francesa reciente es un ejercicio esotérico, autocomplaciente, pedante y opaco. Escribe para sí misma, pudiera decirse; escribe en gran medida como sí sólo buscara producir expresiones de admiración o de envidia en los colegas del escritor. Exige del lector una erudición equivalente a la del escritor, a pesar de que Roland Barthes moviese el terreno propio de la literatura desde la propiedad de quien escribe a aquélla en la que el lector hace de cada obra la suya individual.

Este carácter abstruso, estudiadamente elegante y complejo, fue particularmente notorio en la década de los sesenta, cuando el estructuralismo y la semiología o semiótica—el estudio de los signos—hicieron eclosión en un buen número de intelectuales de Francia—Foucault, Lévi-Strauss, Lacan, Sollers, el mismo Barthes—que prácticamente solos fueron los parteros del post modernismo. Es justamente Roland Barthes el historiador desde adentro de esta exigentísima manera de pensar. Para esta Ficha Semanal #66 de doctorpolítico se ha escogido su texto Escrituras políticas, que forma parte del celebrado ensayo El grado cero de la escritura. (1964). Se trata de una manera de escribir opuesta a la tradición analítica y precisa de los anglosajones.

Se necesita, pues, algún trabajo para penetrar esa literatura francesa del ensayo que es a la vez ciencia y filosofía, ambas en envoltura poética que para colmo no es clásica, ni siquiera romántica, pues ha surgido después de que los franceses inventaran el impresionismo y descubrieran el surrealismo. Al suscrito, sin ir muy lejos, le cuesta bastante desentrañar esos textos à la manière française. Hace muchos años debí dedicar algo más de un mes a comprender—creo que cabalmente—lo que Pierre Teilhard de Chardin quería decir en su introducción a El Fenómeno Humano, unas seis páginas. Pero una vez que quebré el código particular del autor, de allí en adelante la lectura se hizo cristalina.

Así que propongo acá el texto de Barthes sin pretender haberlo entendido a plenitud, sugiriendo tan sólo que valdrá la pena fajarse con él hasta descifrarlo. De algún modo aprenderemos de su lectura que los regímenes políticos, especialmente los autoritarios, siempre producen un nuevo lenguaje, encargado de justificar sus abusos. Dice el ensayista en el prólogo a El grado cero de la escritura: «Hébert jamás comenzaba un número del Père Duchêne sin poner algunos «¡mierda!» o algunos «¡carajo!». Esas groserías no significaban nada, pero señalaban. ¿Qué? Una situación revolucionaria. He aquí el ejemplo de una escritura cuya función ya no es sólo comunicar o expresar, sino imponer un más allá del lenguaje que es a la vez la Historia y la posición que se toma frente a ella».

Es ésa la función de la procacidad del actual régimen venezolano.

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Escrituras políticas

Todas las escrituras presentan un aspecto de cerco extraño al lenguaje hablado. La escritura no es en modo alguno un instrumento de comunicación, no es la vía abierta por donde sólo pasaría una intención del lenguaje. Es todo un desorden que se desliza a través de la palabra y le da ese ansioso movimiento que lo mantiene en un estado de eterno aplazamiento. Por el contrario, la escritura es un lenguaje endurecido que vive sobre sí mismo y de ningún modo está encargado de confiar a su propia duración una sucesión móvil de aproximaciones, sino que, por el contrario, debe imponer, en la unidad y la sombra de sus signos, la imagen de una palabra construida mucho antes de ser inventada. Lo que opone la escritura a la palabra, es el hecho de que la primera siempre parece simbólica, introvertida, vuelta ostensiblemente hacia una pendiente secreta del lenguaje, mientras que la segunda no es más que una duración de signos vacíos cuyo movimiento es lo único significativo. Toda la palabra está encerrada en ese desgaste de las palabras, en esa espuma siempre arrastrada más lejos, y no hay palabra sino allí donde el lenguaje funciona evidentemente como una voracidad que sólo tomaría la extremidad móvil de las palabras; la escritura, por el contrario, está siempre enraizada en un más allá del lenguaje, se desarrolla como un germen y no como una línea, manifiesta una esencia y amenaza con un secreto, es una contra-comunicación, intimida. Encontraremos entonces, en toda escritura, la ambigüedad de un objeto que es a la vez lenguaje y coerción: existe en el fondo de la escritura como una «circunstancia» extraña al lenguaje, como la mirada de una intención que ya no es la del lenguaje. Esa mirada puede muy bien ser una pasión del lenguaje, como en la escritura literaria; puede ser también la amenaza de un castigo, como en las escrituras políticas: la escritura está entonces encargada de unir con un solo trazo la realidad de los actos y la idealidad de los fines. Por ello el poder o la sombra siempre acaba por in! stituir una escritura axiológica, donde el trayecto que separa habitualmente el hecho del valor, está suprimido en el espacio mismo de la palabra, dado a la vez como descripción y como juicio. La palabra se hace excusa (es decir un «otra parte» y una justificación). Esto, que es verdadero para las escrituras literarias, donde la unidad de los signos está incesantemente fascinada por las zonas de infra o de ultra-lenguaje, lo es más aún para las escrituras políticas, donde la excusa del lenguaje es al mismo tiempo intimidación y glorificación: efectivamente, el poder o el combate son los que producen los tipos más puros de escritura.

Veremos más adelante que la escritura clásica manifestaba ceremonialmente la implantación del escritor en una sociedad política particular y que hablar como Vaugelas fue, en un primer momento, ligarse al ejercicio del poder. Si la Revolución no modificó las normas de esta escritura, porque el personal pensante seguía siendo de todos modos el mismo y sólo pasaba del poder intelectual al poder político, las excepcionales condiciones de la lucha produjeron sin embargo en el seno mismo de la gran Forma clásica, una escritura propiamente revolucionaria, no por su estructura, más académica que antes, sino por su cercamiento y su doble: el ejercicio del lenguaje ligándose, como nunca había sucedido todavía en la Historia, con la Sangre vertida. Los revolucionarios no tenían ninguna razón en querer modificar la escritura clásica, no pensaban de ningún modo poner en tela de juicio la naturaleza del hombre y menos aún su lenguaje; un «instrumento» heredado de Voltaire, de Rousseau o de Vauvenargues, no podía parecerles comprometido. La singularidad de las situaciones históricas formó la identidad de la escritura revolucionaria. En algún lugar, Baudelaire habló de la «verdad enfática del gesto en las grandes circunstancias de la vida». La Revolución fue, por excelencia, una de esas grandes circunstancias en que la verdad, por la sangre que cuesta, se hace tan pesada que requiere, para expresarse, las formas mismas de la amplificación teatral. La escritura revolucionaria fue ese gesto enfático que era el único en poder continuar el cadalso cotidiano. Lo que hoy parece exageración era entonces la medida de la realidad. Esta escritura que tiene todos los signos de la inflación fue una escritura exacta: nunca el lenguaje fue menos inverosímil y menos impostor. Ese énfasis no era solamente la forma moldeada sobre el drama; era también su conciencia. Sin ese extravagante drapeado, propio de todos los grandes revolucionarios, que le permitió al girondino Gaudet, detenido en Saint-Emilion, declarar, sin ser ridículo porque iba a morir: «Sí, soy Gaudet. Verdugo haz tu oficio. Lleva mi cabeza a los tiranos de la patria, Los hizo siempre palidecer: cortada, les hará palidecer más aún», la Revolución no hubiera podido ser ese acontecimiento mítico que fecundó la Historia y toda idea futura de la Revolución. La escritura revolucionaria fue como la entelequia de la leyenda revolucionaria: intimidaba e imponía una consagración cívica de la Sangre.

La escritura marxista es otra. Aquí el cerco de la forma no surge de una amplificación retórica ni del énfasis de la elocución, sino de un léxico tan particular, tan funcional como un vocabulario técnico; las metáforas, incluso, están severamente codificadas. La escritura revolucionaria francesa siempre fundaba un derecho sangriento o una justificación moral; en su origen, la escritura marxista está dada como un lenguaje del conocimiento; aquí la escritura es unívoca porque está destinada a mantener la cohesión de una Naturaleza; la identidad lexical de esta escritura le permite imponer una estabilidad de las explicaciones y una permanencia del método; sólo en los extremos de su lenguaje el marxismo alcanza comportamientos puramente políticos. Así como la escritura revolucionaria francesa es enfática, la escritura marxista es litótica, ya que cada palabra es sólo una exigua referencia al conjunto de los principios que la soporta sin confesarlo. Por ejemplo, la palabra «implicar», frecuente en la escritura marxista, no tiene el sentido neutro del diccionario; alude siempre a un proceso histórico preciso, es como un signo algebraico que representaría todo un paréntesis de postulados anteriores.

Ligada a una acción, la escritura marxista se hizo rápidamente, de hecho, un lenguaje de valor. Este carácter, ya visible en Marx, cuya escritura por lo general sigue siendo explicativa, invadió completamente la escritura stalinista triunfante. Ciertas nociones, formalmente idénticas y que el vocabulario neutro no designaría dos veces, están escindidas por el valor, y cada lado se une a una palabra distinta: por ejemplo, «cosmopolitismo» es la palabra negativa de «internacionalismo» (ya en Marx). En el universo staliniano, donde la definición, es decir, la separación del Bien y del Mal, ocupa todo el lenguaje, ya no hay palabras sin valor, y la escritura tiene finalmente por función el hacer la economía de un proceso: no hay ya aplazamiento entre la denominación y el juicio, y el cerco del lenguaje es perfecto puesto que, finalmente, un valor es dado como explicación de otro valor; por ejemplo, se dirá que tal criminal desplegó una actividad perjudicial a los intereses del Estado; lo que equivale a decir que un criminal es quien comete un crimen. Vemos que se trata de una verdadera tautología, procedimiento constante de la escritura staliniana. Ésta, en efecto, no trata de fundar una explicación marxista de los hechos, sino de dar lo real bajo su forma juzgada, imponiendo una lectura inmediata de las condenas: el contenido de la palabra «desviacionista» es de orden penal. Si dos desviaciones se reúnen, se vuelven «fraccionistas», lo que no corresponde a una falta objetivamente diferente, sino a una agravación de la pena. Se puede inventariar una escritura propiamente marxista (la de Marx y Lenin) y una escritura del stalinismo triunfante (la de las democracias populares); hay ciertamente también una escritura trotskista y una escritura táctica que es, por ejemplo, la del comunismo francés (sustitución de «pueblo», usada después de «buena gente» por «clase obrera», voluntaria ambigüedad de los términos «democracia», «libertad», «paz», etcétera).

No hay dudad de que cada régimen posee su escritura, cuya historia está todavía por hacerse. La escritura, siendo la forma espectacularmente comprometida de la palabra, contiene a la vez, por una preciosa ambigüedad, el ser y el parecer del poder, lo que es y lo que quisiera que se crea de él: una historia de las escrituras políticas constituiría por lo tanto la mejor de las fenomenologías sociales. Por ejemplo, la Restauración elaboró una escritura de clase, gracias a la cual la represión se daba inmediatamente como una condena surgida espontáneamente de la «Naturaleza» clásica: los obreros reivindicadores eran siempre «individuos», los rompehuelgas, «obreros tranquilos» y la servilidad de los jueces se transformaba en la «vigilancia paterna de los magistrados» (en nuestros días, por un procedimiento análogo, el «golismo» llama «separatistas» a los comunistas). Vemos aquí que la escritura funciona como una buena conciencia y que tiene por misión el hacer coincidir fraudulentamente el origen del hecho y su avatar más lejano, dando a la justificación del acto, la caución de su realidad. Este hecho de escritura es por otra parte propio de todos los regímenes autoritarios; es lo que se podría llamar la escritura policial: se conoce, por ejemplo, el contenido eternamente represivo de la palabra «Orden».

La expansión de los hechos políticos y sociales en el campo de la conciencia de las Letras produjo un tipo nuevo de escribiente, situado a mitad de camino entre el militante y el escritor, extrayendo del primero una imagen ideal del hombre comprometido, y del segundo la idea de que la obra escrita es un acto. Al mismo tiempo en que el intelectual sustituye al escritor, nace en las revistas y en los ensayos una escritura militante enteramente liberada del estilo, y que es como un lenguaje profesional de la «presencia». En esa escritura abundan las sutilezas. Nadie negará que existe, por ejemplo, una escritura «Esprit» o una escritura «Temps Modernes». El carácter común de esas escrituras intelectuales, es que aquí el lenguaje, de lugar privilegiado, tiende a devenir el signo autosuficiente del compromiso. Alcanzar una palabra cerrada por el empuje de todos aquellos que no la hablan, es afirmar el movimiento de una elección, sostener esa elección: la escritura se transforma aquí en la firma que se pone debajo de una proclama colectiva (que por lo demás uno no redactó). Adoptar así una escritura—se podría decir mejor asumir una escritura—, es economizar todas las premisas de la elección, manifestar como adquiridas todas las razones de esa elección. Toda escritura intelectual es por lo tanto el primero de los «saltos del intelecto». En vez de un lenguaje idealmente libre que no podría señalar mi persona y dejaría ignorar totalmente mi historia y mi libertad, la escritura a la que me confío es ya institución; descubre mi pasado y mi elección, me da una historia, muestra mi situación, me compromete sin que tenga que decirlo. La forma se hace así más que nunca un objeto autónomo, destinado a significar una propiedad colectiva prohibida, y ese objeto tiene valor de ahorro, funciona como una señal económica gracias a la cual el escribiente impone sin cesar su conversión sin trazar nunca la historia de ella.

Esta duplicidad de las escrituras intelectuales de hoy, está acentuada por el hecho de que, a pesar de los esfuerzos de la época, la Literatura nunca pudo ser enteramente liquidada: forma un horizonte verbal siempre prestigioso. El intelectual no es más que un escritor mal transformado y, a menos de sumergirse y de hacerse para siempre un militante que ya no escribe (algunos lo hicieron, por definición olvidados), no puede sino volver a la fascinación de escrituras anteriores, transmitidas a partir de la Literatura como un instrumento intacto y pasado de moda. Por lo tanto, estas escrituras intelectuales son inestables, siguen siendo literarias en la medida en que son impotentes y sólo son políticas por su obsesión de compromiso. En suma, se trata todavía de escrituras éticas, donde la conciencia del escribiente (no nos atrevemos a decir, del escritor), encuentra la imagen apaciguante de la salvación colectiva.

Pero, del mismo modo en que, en el estado presente de la Historia, toda escritura política sólo puede confirmar un universo policial, toda escritura intelectual puede únicamente instituir una para-literatura, que no se atreve a decir su nombre. Están en un callejón sin salida, sólo pueden remitir a una complicidad o a una impotencia, es decir, de todos modos, a una alienación.

Roland Barthes

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FS #65 – Un mal negocio

Fichero

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Después de la Revolución Francesa, las fuerzas de la Revolución Industrial continuaron cambiando la estructura y la dinámica de las sociedades. La emergencia de las grandes masas proletarias en las naciones industrializadas auspició la formación de una conciencia de clase y una variada panoplia de proposiciones socialistas. Carlos Marx las consideraba «socialismos utópicos», y se complacía en presentar su propia receta como la única que sería «científica».

Alguna base hubo para esa pretensión. En fin de cuentas, propuestas como las de Robert Owen o Charles Fourier contenían poco más que una emoción romántica y la expresión reivindicadora de una inconformidad con la situación de la clase obrera. Marx se había tomado al menos el trabajo de construir en El Capital un análisis profesional—de economista—acerca del fenómeno de la explotación capitalista. También creía haber enmendado la plana a Jorge Guillermo Federico Hegel en la comprensión de la historia, al sostener que la dialéctica hegeliana debía ser sustituida por sus «científicos» materialismo dialéctico y materialismo histórico.

En ciencia, sin embargo, la bondad de las teorías es implacablemente juzgada por los hechos. La teoría marxista—Lenin—del imperialismo moderno de fines del siglo XIX y principios del XX adjudica a la dominación colonial un sentido estrictamente económico. (Marx postuló que sólo las relaciones económicas dentro de una sociedad bastaban para explicar el movimiento de la historia). Resulta ilustrativo, por tanto, examinar la realidad histórica para decidir si el marxismo es en verdad un discurso científico. (Sobre razones estrictamente lógicas Karl Popper ha asentado su opinión de que el materialismo histórico no lo es, tanto en su discusión general La lógica del descubrimiento científico como en su trabajo especial La pobreza del historicismo).

En The European World, una sobresaliente historia sinóptica de la civilización europea escrita por Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes, se examina la justificación económica del imperialismo. Esta Ficha Semanal #65 de doctorpolítico reproduce ese análisis, contenido en dos secciones del capítulo El renacimiento del imperialismo occidental, de esa obra. Los autores en absoluto absuelven a ese imperialismo; por lo contrario, denuncian «el sufrimiento y la dislocación» que ese proceso impuso a los países sojuzgados por Occidente. Pero desnudan, auxiliados por los hechos, la poca sustancia de la explicación marxista del fenómeno y, por ende, ponen de manifiesto lo poco de científico que tiene esa ideología.

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Un mal negocio

Una de las más populares explicaciones del capitalismo moderno concierne a la necesidad económica. De hecho, el imperialismo moderno es a menudo referido como «imperialismo económico», como si formas previas del imperialismo no tuviesen contenido económico. Hay apenas suficiente evidencia empírica a favor de estas explicaciones para hacerlas plausibles.

Una tal explicación va como sigue: (1) la competencia en el mundo capitalista se hace más intensa, resultando en la formación de empresas de gran escala y la eliminación de las pequeñas; (2) el capital se acumula en las grandes empresas más y más rápidamente, y ya que el poder adquisitivo de las masas es insuficiente para adquirir todos los productos de la industria de gran escala, la tasa de ganancia declina; (3) a medida que el capital se acumula y la producción de las industrias capitalistas deja de venderse, los capitalistas recurren al imperialismo con el fin de obtener control político sobre áreas en las que pueden invertir su capital excedentario y vender sus productos excedentarios. Tal es la esencia de la teoría marxista del imperialismo o, más bien, la teoría leninista, por cuanto Marx no previó el rápido desarrollo del imperialismo aunque vivió hasta 1883. Sobre los fundamentos de la teoría marxista, y en algunos casos modificándola, Lenin publicó su teoría en 1915 en el ampliamente leído panfleto Imperialismo, la etapa más avanzada del capitalismo.

Lenin no era ni con mucho la primera persona en adelantar una explicación económica del imperialismo. Había tomado mucho prestado de John A. Hobson, el crítico liberal británico del imperialismo, quien a su vez había adoptado en forma revisada muchos de los argumentos de los partidarios del imperialismo en los países capitalistas. Uno de estos era el capitán A. T. Mahan, un oficial naval norteamericano que influyera fuertemente sobre Theodore Roosevelt, el exponente principal del imperialismo en América. El dictum de Mahan era «El comercio sigue a la bandera». Otro capitalista defensor del imperialismo era Jules Ferry, un periodista y político francés que fue dos veces primer ministro y principal responsable por las más grandes adquisiciones coloniales de Francia. Es interesante que en ambas ocasiones su política de anexión colonial le costó el primer ministerio; pero los franceses, como los británicos, encontraron difícil retirarse una vez que se habían comprometido con una conquista o anexión particulares. Es igualmente interesante que Ferry no utilizó argumentos económicos para defender sus acciones ante la asamblea francesa; en su lugar enfatizó el prestigio de Francia y la necesidad militar. Sólo después de que se hubiera retirado permanentemente de los cargos públicos escribió libros que justificaban sus acciones en los que por primera vez destacaba las ganancias económicas que Francia supuestamente obtendría de su imperio colonial.

En muchos casos los abogados del imperialismo eran meros oportunistas. Periodistas que buscaban vender sus libros y artículos; políticos que buscaban su elección a cargos públicos; oficiales militares y navales que buscaban mayores asignaciones de dinero para sus ejércitos y escuadras. Trataron de lograr sus fines mediante la persuasión del público general, así como de los hombres de Estado y burócratas, de que el imperialismo sería bueno para la nación. El surgimiento de las nuevas naciones industriales y las importaciones masivas de productos del Hemisferio Occidental y de Australia habían hecho crecer las presiones competitivas tanto en la industria como en la agricultura. Una severa depresión que comenzó en 1873 inició una larga declinación en los precios que duró hasta 1896. Estos eventos precipitaron el retorno a los aranceles proteccionistas. Aun cuando los aranceles continuaron creciendo en las dos últimas décadas del siglo, no produjeron los resultados deseados. Las ventas y las ganancias aumentaron para algunos industriales y agricultores, pero disminuyeron para otros empeñados en las industrias de exportación. Las masas—los obreros, los profesionales asalariados, incluso los propios agricultores—pagaron el costo de esta protección, que generó agitación social y descontento y estimuló el crecimiento de los sindicatos y los partidos socialistas.

Es en este punto cuando los defensores del imperialismo dieron un paso al frente con sus argumentos a favor de la expansión. Argumentaban que además de ofrecer nuevos mercados y desahogo para el capital excedentario, las colonias proveerían nuevas fuentes de materia prima y servirían como desahogo para las poblaciones rápidamente crecientes de las naciones industriales. Muchos hombres de negocios creyeron en los argumentos, y unos pocos se enriquecieron aprovechando posiciones privilegiadas en las colonias. Otros aprobaban las aventuras imperialistas como un medio de prevenir la agitación y una posible revolución al agitar el sentimiento patriótico y nacionalista y distraer la atención de otros asuntos políticos, económicos y sociales. Es por tanto razonablemente claro que la creencia en la necesidad de expansión económica en las áreas coloniales fue importante para la motivación de las políticas imperiales. Que esa creencia haya estado justificada o no es una cuestión diferente.

El argumento de que las colonias servirían como desahogo para la población excesiva es fácilmente visible como falaz. La mayoría de las colonias estaba localizada en climas que los europeos encontraban opresivos. La mayoría de los emigrantes prefirió ir a países independientes, como los Estados Unidos y Argentina, o a los territorios autónomos del Imperio Británico. Es verdad que las colonias proveyeron en algunos casos nuevas fuentes de materia prima, pero el acceso a las materias primas o a cualquier producto comprable no requería el control político. De hecho, América del Norte y del Sur, junto con los dominios autónomos de Australasia fueron los más grandes proveedores de materia prima para la industria europea.

También era falaz la justificación de las colonias como mercado para las manufacturas excedentarias. Las colonias ni eran necesarias para este propósito ni fueron empleadas para eso una vez que fueron adquiridas. Antes de 1914 poco más de un 10 por ciento de las exportaciones de Francia iba a las colonias francesas. Las colonias estaban demasiado poco pobladas y eran demasiado pobres para servir como mercados de importancia. Más aún, como en el caso de las materias primas, el control político no era requerido. India, «la joya más brillante de la corona británica», era ciertamente un gran mercado, puesto que a pesar de su pobreza compraba grandes cantidades de mercancía europea—pero no sólo de Inglaterra. Los alemanes vendían más en India que en todas sus propias colonias reunidas. Francia vendía más a India que a Argelia. Más aún, tan importante como era India para los manufactureros británicos, éstos vendían mucho más a Australia, que sólo tenía una fracción de la población de India. A pesar de aranceles proteccionistas, las naciones industriales imperialistas de Europa continuaron comerciando predominantemente entre ellas mismas. El más grande mercado exterior para la industria alemana era Inglaterra, y uno de los más grandes mercados para la industria británica era Alemania. Francia era un gran suplidor y a la vez un gran cliente de Inglaterra y Alemania. Los Estados Unidos fueron también un gran cliente y suplidor de los países europeos.

Quizás el argumento más importante del imperialismo como fenómeno económico era el concerniente a la inversión de capital excedentario, por lo menos en la teoría marxista. De nuevo aquí los hechos no substancian la lógica. Inglaterra tenía el imperio más grande y las mayores inversiones extranjeras; pero más de la mitad de las inversiones extranjeras británicas fue a países independientes, especialmente los Estados Unidos, y a los territorios autónomos. Los hechos respecto de Francia son aun más sorprendentes: menos del 10 por ciento de las inversiones extranjeras francesas antes de 1914 fue a las colonias francesas. Los franceses invirtieron fuertemente en otros países europeos y en América Latina. Rusia sola, ella misma una nación imperialista, absorbió más de una cuarta parte del capital francés exportado; y los franceses invirtieron en Alemania y Austria-Hungría, con los que más tarde estarían en guerra. Las inversiones alemanas en sus colonias fueron insignificantes. Algunas de las naciones imperialistas eran en verdad deudores netos; éstas incluían a Rusia, Italia, España, Portugal y los Estados Unidos.

Así, la idea de que el imperialismo era una necesidad económica para las naciones industriales altamente desarrolladas es esencialmente falaz, aunque contenga algunos elementos de verdad y plausibilidad. La más crucial prueba de validez del argumento económico es la siguiente: ¿resultó rentable el imperialismo? Y en ese caso ¿para quién?

Esta cuestión tiene muchos aspectos, y una contestación completa sería muy compleja. En términos gruesos, el imperialismo no fue rentable en un sentido estrictamente pecuniario. Con pocas excepciones, de las que India fue la más importante, los impuestos recolectados en las colonias rara vez bastaron para cubrir los costos de la administración rutinaria, mucho menos los de la conquista. Se adujo, sin embargo, que los beneficios indirectos del incremento comercial hicieron que la aventura valiera la pena. Aquí las estadísticas son difíciles de desentrañar e interpretar. El comercio colonial, ciertamente, no significó gran cosa en el comercio internacional; y en algunos casos, notablemente en Francia y Alemania, el valor total del comercio con las colonias no alcanzaba el gasto incurrido en obtenerlo y mantenerlo.

Es indudable que algunos individuos hicieron enormes fortunas en aventuras coloniales—siendo Cecil Rhodes el ejemplo sobresaliente—y que muchos otros pudieron obtener modestos medios de vida; pero los beneficios no fueron en ningún caso equitativamente compartidos. Hubo de recaudarse impuestos en las naciones imperiales para pagar las expediciones militares y navales y las guarniciones y los funcionarios que administraban las colonias, así como las obras públicas cualesquiera que éstos construyeran. La mano de obra debió ser distraída de otros usos para nutrir los ejércitos, las flotas y los servicios coloniales. Bajo el sistema de imposición prevaleciente en Europa, la mayor parte del dinero de los impuestos procedía de los trabajadores ordinarios y los agricultores, que no tenían interés pecuniario, directo o indirecto, en las colonias. En efecto, el ingreso y la riqueza fueron redistribuidos por el proceso de imposición y el gasto; las masas pagaron los costos, los beneficios fueron cosechados por unos pocos. Los costos finales, sin embargo, deben ser calculados por el sufrimiento y la dislocación de los pueblos sujetos al imperialismo occidental, así como por las rivalidades y frustraciones generadas en la carrera por la supremacía colonial—rivalidades que condicionaron psicológicamente a Europa para la guerra y fueron en sí mismas factores que condujeron a la guerra. Estos costos están siendo pagados todavía.

Jerome Blum, Rondo Cameron y Thomas G. Barnes

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FS #64 – Idea de civilización

Fichero

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No es frecuente que una mente ilustrada llegue a ocupar altos cargos públicos en su sociedad. Por esto resaltan como caso atípico la obra y trayectoria de François Guizot (1787-1874), quien llegara a ejercer la cabeza del gobierno de Francia entre 1840 y 1848, después de que hubiera establecido una sólida reputación académica con cuatro obras históricas. (Historia del Gobierno Representativo, Historia de la Revolución Inglesa, Historia de la Civilización en Europa e Historia de la Civilización en Francia). Ya a sus veinticinco años de edad había sido nombrado profesor de historia moderna en la Universidad de la Sorbona.

Como puede verse, el tema de la civilización era preocupación central de Guizot. Antes había abandonado sus estudios de Derecho para dedicarse a la investigación histórica y la literatura. Su dominio del inglés puede colegirse de su traducción al francés (con notas) de la obra de Gibbon, Decadencia y Caída del Imperio Romano.

En política adoptó un punto de vista conservador, favorable a la monarquía. No era para menos. Su padre había sido llevado al cadalso durante el Reino del Terror en 1794. La postura conservadora de Guizot le valió un puesto en el gobierno de Luis XVIII (1814). No obstante, sus ideas eran demasiado liberales para el gusto del monarca, y al poco tiempo fue despedido. En 1820 regresó a sus clases en la Sorbona.

El sucesor de Luis XVIII, Carlos X, era aun más retrógrado que su antecesor, y llegó a prohibir a Guizot el ejercicio de su cátedra en 1822. Es entonces cuando emprende sus grandes obras de historia. Seis años después un cambio en el gobierno permite su regreso a la universidad, donde fue recibido con aclamación y una entusiasta audiencia para las clases que ofreció durante dos años. La primera de las clases la dedicó al tema de la civilización. Esta Ficha Semanal #64 de doctorpolítico contiene los fragmentos que escribió, con característico estilo decimonónico, sobre la definición del concepto.

En 1830 regresó a la vida política al resultar electo a la Cámara de Diputados, y luego nombrado en varios ministerios, hasta que diez años más tarde fue nombrado Ministro de Asuntos Exteriores, lo que le convirtió en jefe del gobierno. Este gobierno cayó con la revolución de 1848, que rechazaba la rigidez y la corrupción del gobierno. Luis Felipe destituyó a Guizot el 23 de febrero, pero él mismo debió abdicar al día siguiente. La Cámara de Diputados fue invadida por la masa parisina y forzada a desconocer el sucesor designado por el monarca en fuga (su nieto) y a declarar constituida la Segunda República. El poeta Alphonse de Lamartine asumió el cargo que detentaba Guizot. Eran tiempos revolucionarios, y el príncipe Clemens von Metternich, canciller de Austria, fue forzado a renunciar ese mismo año. Fue entonces cuando diría: «Cuando Francia estornuda, Europa se resfría».

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Idea de civilización

Por un largo período, y en muchos países, la palabra civilización ha estado en uso; las gentes han asignado a la palabra ideas más o menos claras, más o menos comprehensivas; pero allí está en uso, y aquellos que la usan le asignan algún significado u otro. Es el significado general, humano, popular de esta palabra el que debemos estudiar. Casi siempre hay más precisión en la acepción usual de los términos más generales que en las definiciones de la ciencia, aparentemente más estrictas, más precisas. Es el sentido común lo que da a las palabras su significado ordinario, y el sentido común es una característica de la humanidad. El significado ordinario de una palabra se forma por un progreso gradual y en la constante presencia de hechos; así que cuando un hecho se presenta y parece caber dentro del significado de un término conocido, es recibido dentro de él, por decirlo así, naturalmente; el significado del término se extiende, se expande, y gradualmente se incluyen en esa palabra los diversos hechos, las diversas ideas que de la naturaleza de las cosas mismas los hombres deben incluir.

Cuando el significado de una palabra, por otro lado, es determinado por la ciencia, esta determinación, la obra de un individuo o de un pequeño número de individuos, tiene lugar bajo la influencia de algún hecho particular que ha impresionado la mente. Así, las definiciones científicas son, en general, mucho más estrechas y, por tanto, mucho menos exactas, mucho menos verdaderas, en el fondo, que los significados populares de los términos. Al estudiar como un hecho el significado de la palabra civilización, al investigar todas las ideas que comprende de acuerdo con el sentido común de la humanidad, haremos un más grande progreso hacia un conocimiento del hecho mismo que intentando darnos una definición científica, por más clara y precisa que esta última pueda parecer en principio.

Comenzaré esta investigación procurando colocar algunas hipótesis delante de ustedes: describiré algunos estados de la sociedad y preguntaré luego si el instinto general reconocería en ellos la condición de un pueblo que se civiliza; si reconocemos en ellos el significado que la humanidad asigna a la palabra civilización.

Primero, supongamos un pueblo cuya vida externa es fácil, llena de confort físico; paga pocos impuestos, está libre de sufrimiento; la justicia es bien administrada en sus relaciones privadas—en una palabra, la existencia material es totalmente feliz y felizmente regulada. Pero al mismo tiempo, la existencia intelectual y moral de esta gente es mantenida estudiadamente en un estado de letargo e inactividad; no diré de opresión, puesto que no comprende el sentimiento, sino de compresión. No carecemos de ejemplos de esta situación. Ha habido un gran número de pequeñas repúblicas aristocráticas en las que la gente ha sido así tratada como rebaño de ovejas, bien mantenida y materialmente feliz, pero sin actividad moral e intelectual. ¿Es esto civilización? ¿Está este pueblo civilizándose?

Otra hipótesis: aquí tenemos un pueblo cuya existencia material es menos fácil, menos confortable, pero todavía tolerable. Por otro lado, las necesidades morales e intelectuales no han sido descuidadas, se le ha servido una cierta cantidad de pienso mental; sentimientos puros y elevados son objeto de cultivo; sus puntos de vista religiosos y morales han logrado un cierto grado de desarrollo; pero se tiene gran cuidado de ahogar en él el principio de libertad; las necesidades intelectuales y morales, como las necesidades materiales en el caso anterior, son satisfechas; a cada hombre se le ha repartido su porción de verdad; a ninguno se le permite buscarla por sí mismo. La inmovilidad es la característica de la vida moral; es el estado en el que ha caído la mayoría de las poblaciones de Asia, donde las dominaciones teocráticas mantienen bajo control a la humanidad; es el estado de los hindúes, por ejemplo. Y hago aquí la misma pregunta que antes: ¿es éste un pueblo que se civiliza?

Ahora cambio de un todo la naturaleza de la hipótesis: aquí tenemos un pueblo en el que hay un gran despliegue de libertades individuales, pero en el que el desorden y la desigualdad son excesivos: es el imperio de la fuerza y del azar; cualquier hombre, si no es fuerte, es oprimido, sufre, perece; la violencia es el rasgo predominante del estado social. Nadie ignora que Europa ha pasado por esta condición. ¿Es esto un estado civilizado? Puede que contenga, sin duda, principios de civilización que se desarrollarán por grados sucesivos, pero el hecho que domina en una sociedad tal es, seguramente, no lo que el sentido común de la humanidad llama civilización.

Tomo una cuarta y última hipótesis: la libertad de cada individuo es muy grande, la desigualdad entre los hombres es rara y, a todo evento, muy transitoria. Cada hombre hace casi lo que desea, y difiere poco en poder de su vecino; pero hay unos muy pocos intereses generales, muy pocas ideas públicas, muy poca sociedad—en una palabra, las facultades y las existencias de los individuos aparecen y se van, totalmente aparte y sin que actúen los unos sobre los otros, sin dejar huella tras de sí; las sucesivas generaciones dejan a la sociedad en el mismo punto en el que la encontraron: éste es el estado de las tribus salvajes; la libertad y la igualdad están allí, pero ciertamente no la civilización.

Es claro que ninguno de los estados que he esbozado corresponde, según el buen sentido natural de la humanidad, a este término. ¿Por qué? Me parece que el primer hecho comprendido en la palabra civilización (y esto resalta de los diferentes ejemplos que les he mostrado rápidamente) es el hecho del progreso, del desarrollo; esto presenta de una vez la idea de un pueblo que marcha hacia delante, no para cambiar su lugar, sino para cambiar su condición; de un pueblo cuya cultura se acondiciona a sí misma y se mejora a sí misma. La idea de progreso, de desarrollo, me parece que es la idea fundamental contenida en la palabra civilización. ¿Qué es este progreso? ¿Qué es este desarrollo? He aquí la más grande de las dificultades.

La etimología de la palabra pareciera contestar en una manera clara y satisfactoria: dice que es el perfeccionamiento de la vida civil, el desarrollo de la sociedad propiamente dicha, de las relaciones de los hombres entre sí.

Tal es, de hecho, la primera idea que se presenta a la comprensión cuando la palabra civilización es pronunciada; de una vez nos imaginamos la extensión, la mayor actividad, la mejor organización de las relaciones sociales: por un lado, una producción creciente de los medios de fortalecer y hacer feliz a la sociedad; por el otro, una distribución más equitativa de la fuerza entre los individuos.

¿Es esto todo? ¿Hemos agotado así todo el significado natural y ordinario de la palabra civilización? ¿Es que de hecho no contiene otra cosa que esto?

Es casi como si preguntáramos: ¿Es la especie humana, después de todo, un puro hormiguero, una sociedad en la que todo lo que se requiere es orden y felicidad física, en la que mientras más grande la cantidad de trabajo, y más equitativa la división de los frutos del trabajo, se logra el objeto con mayor seguridad, se logra el progreso?

Una tan estrecha definición del destino humano repugna a nuestro instinto. A primera vista éste comprende que la palabra civilización abarca algo más extenso, más complejo, algo superior al simple perfeccionamiento de las relaciones sociales, del poder social y la felicidad.

Los hechos, la opinión pública, el significado generalmente recibido del término concuerdan con este instinto.

Tómese a Roma en los florecientes días de la república, después de la Segunda Guerra Púnica, en el momento de sus mayores virtudes, cuando marchaba hacia el imperio del mundo, cuando su estado social estaba evidentemente en progreso. Tómese después a Roma bajo Augusto, en la época cuando comenzaba su declinación, cuando, a todo evento, el movimiento progresivo de la sociedad fue detenido, cuando principios malvados estaban en vísperas de prevalecer: sin embargo, no hay quien no piense y diga que la Roma de Augusto era más civilizada que la Roma de Fabricio o Cincinato.

Transportémonos más allá de los Alpes: tomemos la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho: es evidente que, desde un punto de vista social, considerando la cantidad real y la distribución de la felicidad entre los individuos, la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho era inferior a algunos otros países de Europa, a Holanda e Inglaterra, por ejemplo. Creo que en Holanda y en Inglaterra la actividad social era mayor, estaba aumentando más rápidamente, distribuyendo sus frutos más plenamente que en Francia; sin embargo, pregúntese al buen sentido general y dirá que la Francia de los siglos diecisiete y dieciocho era el país más civilizado de Europa. Europa no ha dudado en su respuesta afirmativa a la pregunta: las marcas de esta opinión pública, en cuanto a Francia, se encuentran en todos los monumentos de la literatura europea.

Podemos señalar muchos otros estados en los que la prosperidad es mayor, de más rápido crecimiento, está mejor distribuida entre los individuos que en cualquier parte, y en los que, sin embargo, según el instinto espontáneo, el buen sentido general de los hombres, su civilización es juzgada inferior a la de países no tan bien dotados en un sentido puramente social.

¿Qué significa esto? ¿Qué ventajas tienen estos últimos países? ¿Qué es lo que les da, en el carácter de países civilizados, este privilegio? ¿Qué es lo que tan ampliamente compensa en la opinión de la humanidad aquello de lo que carecen en otros aspectos?

Ellos han manifestado gloriosamente un desarrollo distinto del de la vida social; el desarrollo de la vida individual, interna, el desarrollo del hombre mismo, de sus facultades, sus sentimientos, sus ideas. Si la sociedad es con ellos menos perfecta que en otras partes, la humanidad se yergue con mayor grandeza y poder. Quedan todavía, sin duda, muchas conquistas sociales por obtener; pero se logra inmensas conquistas intelectuales y morales; los bienes mundanos, los derechos sociales, no llegan a muchos hombres; pero viven muchos hombres que brillan a los ojos del mundo. Las letras, las ciencias, las artes, despliegan todo su esplendor. Doquiera la humanidad contempla estas grandes señales, estas señales glorificadas por la naturaleza humana, doquiera ve creados estos tesoros del disfrute sublime, allí reconoce y menciona a la civilización.

Dos hechos, por ende, quedan abarcados por este gran hecho; la civilización subsiste bajo dos condiciones, y se manifiesta en dos síntomas: el desarrollo de la actividad social y el de la actividad individual; el progreso de la sociedad y el progreso de la humanidad. Doquiera la condición exterior del hombre se extiende, se vivifica, se mejora; doquiera la naturaleza interior del hombre se despliega con lustre, con grandeza; ante estos dos signos, y a menudo a pesar de la profunda imperfección del estado social, la humanidad proclamará la civilización con sonoro aplauso.

François Guizot

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FS #63 – Mecánica democrática

Fichero

LEA, por favor

William James Durant estaba muy viejo y enfermo a sus 96 años de edad. Por tal razón su hija (Ethel) y sus nietos trataron de ocultarle la noticia del deceso de su esposa, compañera, alumna, colega y socia desde hacía setenta años. (Ida Kaufmann, a quien todo el mundo conocería por el sobrenombre de Ariel que Will le pusiera, estaba hospitalizada y murió el 25 de octubre de 1981. Will Durant supo de su muerte por televisión, y decidió acompañarla, luego de un íntimo duelo de menos de dos semanas, el 7 de noviembre).

Los esposos Durant dedicaron su vida a enseñar el legado de la civilización occidental. Para esto emprendieron la escritura de una ambiciosa colección de tomos sobre la historia de la civilización. (The Story of Civilization). Previamente Will había escrito The Story of Philosophy, (1926) un best seller que puso a Simon & Schuster en el mapa editorial y dio a los esposos la libertad financiera para emprender su obra magna. El décimo tomo (Rousseau and Revolution, 1967) de la serie de once libros más una sinopsis analítica, les valió el Premio Pulitzer de Literatura.

Entre ambos esfuerzos Will Durant escribió The Mansions of Philosophy (1929), obra que revisaría y volvería a publicar en 1953 bajo el nombre de Los placeres de la filosofía. La Ficha Semanal #63 de doctorpolítico se compone de la tercera sección (Los mecanismos de la democracia) del Capítulo XVIII (¿Es la democracia un fracaso?) de esta obra. Durant, que había comenzado su vida como socialista, dibuja en esa sección una descripción decepcionada, realmente incrédula y terrible de las instituciones democráticas, cuyas carencias expone descarnadamente. Para la edición de 1953 Durant escribió una docena de líneas a manera de Confesión, en las que dice: «Ciertas páginas son pesadamente sentimentales, pero todavía me expresan con fidelidad. Otras son cínicas o indebidamente pesimistas, especialmente en el Capítulo XVIII; habiendo descubierto mi propia falibilidad, debiera ser más indulgente ahora con mis semejantes y con los gobiernos».

Él mismo, por otra parte, había escrito: «Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas».

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Mecánica democrática

En una nación en la que los pocos que realmente gobiernan deben alcanzar alguna demostración de consenso popular, surge una clase especial cuya función no es gobernar, sino asegurar la aprobación del pueblo para cualquier política que haya sido decidida por esa inevitable oligarquía que se esconde en el corazón de todo estado democrático. Llamamos políticos a los hombres de esta clase. Hablemos ahora de ellos.

Los políticos se dividen en partidos, y alínean al pueblo en campos hostiles. El espíritu partidista natural de la humanidad hace fáciles a esas organizaciones, que son la supervivencia de las lealtades tribales para la guerra. Los salvajes australianos viajan a través de su vasto continente para tomar, en una pelea, el lado de aquellos que usan el mismo tótem. Todavía el tótem ayuda a organizar; los partidos que usan un elefante o un asno como sus emblemas sagrados parecen pasarla mejor que aquellos que ingenuamente escogen la antorcha.

Ahora bien, la organización de los partidos es costosa y requiere ángeles—idealistas realistas que pagan los costos de salones de billar, salones de clubes, excursiones y campañas, y que se satisfacen con la recompensa de seleccionar los candidatos, asegurar ciertos contratos y nombramientos, obtener protección contra leyes absurdas y molestas, y jugar un papel tranquilo en las arduas tareas de la legislación. «Aquél que nomina gobierna». El pueblo no puede nominar a nadie, ni siquiera en las primarias. Porque el pueblo está desorganizado y desinformado; puede confiarse en que asignará sus favores con aproximada igualdad, y una minoría pequeña pero bien organizada, que otorgue sus votos enteramente hacia un lado, puede usualmente decidir una convención, una primaria o una elección. La «maquinaria» triunfa porque es una minoría unida que actúa contra una mayoría desunida. Quizás era esto lo que Carlyle quería significar cuando dijo: «La democracia es por su propia naturaleza un asunto de anularse a sí misma, y rinde en el largo plazo un resultado neto de cero». «Una verdadera democracia», dijo ese apasionado demócrata Jean Jacques, «nunca ha existido y nunca existirá, porque es contra el orden natural de las cosas que la mayoría gobierne a la minoría». Toda la política es la rivalidad de minorías organizadas; los votantes son atletas de grada que vitorean a los victoriosos y abuchean a los derrotados, pero de ningún otro modo contribuyen con el resultado.

Bajo tales circunstancias el voto es superfluo, y es llevado a cabo en gran medida para engrasar los surcos del control social estableciendo en la mente del pueblo la noción de que las leyes son hechas por él. En las democracias, dijo Montesquieu, los impuestos pueden ser mayores que en cualquier otro lado sin levantar resistencia, porque todo ciudadano los ve como un tributo que se paga a sí mismo. L’état c’est lui—él es el estado, y el presidente es el jefe de sus sirvientes. Haz cosquillas al orgullo de un hombre y podrás hacer cualquier cosa con él. Los romanos gobernaban al pueblo mediante panem et circenses; nuestros dueños sólo necesitan darnos un circo cuatrienal—nosotros proveeremos nuestro propio pan y sufragaremos el circo.

Casi la única ventaja que una elección tiene con estas premisas es la oportunidad educativa que ofrece la atención despertada en la gente. Pero en la mayoría de los casos esto se anula con un astuto escamoteo de los verdaderos temas en juego; un político no es nada si no es capaz de inventar algunos temas llamativos y poco importantes para desviar los ojos del populacho lejos de los problemas realmente implicados. Así, en la elección canadiense de 1917 el tema real de conscripción vs. alistamiento fue sutilmente tapado al señalar que la derrota de la propuesta de conscripción significaría la dominación de Canadá por el elemento francés de la población. Los habitantes ingleses se levantaron en masse y votaron a favor de la dominación inglesa y la conscripción. Una buena vitrina venderá cualquier clase de pacotilla política. Las elecciones se vuelven un concurso de fraude y ruido, y como los argumentos serios hacen el menor ruido, la verdad se pierde en la confusión. Añádase a esto la manipulación de los distritos urbanos para preservar el poder en las comunidades rurales conservadoras, la vasta población flotante desarraigada por su movilidad, un grado de deshonestidad y violencia en las votaciones, y usted obtiene democracia. Bajo tales condiciones «un voto se hace tan valioso como un billete de tren cuando la línea está permanentemente bloqueada». ¿Debe sorprendernos que la proporción de votantes reales sobre votantes legales haya disminuido de 80% en 1855 a 50% en 1924? ¿O que hombres inteligentes rehúsen pararse en una cola una hora para el privilegio de registrarse y luego de nuevo una hora por el privilegio de votar, es decir, el privilegio de escoger entre A y B que pertenecen ambos a X?

No obstante, supongamos que hemos votado. La elección ha pasado, las acciones subieron, y los senadores y representantes electos van a Washington (unos meses más tarde) para formar nuestro Congreso, nuestro Parlamento o Tienda de Parla, nuestra Discusión Nacional. Nada puede ser más desconcertante que las sorpresas que encuentran estas damas y caballeros electos. No es únicamente que a los hombres que se reúnen en asambleas las orejas les crecen instantáneamente. Ellos han sido escogidos por su habilidad política en el sentido americano—esto es, la habilidad para ser nominados, anunciados, aplaudidos y elegidos; poseen esa clase de habilidad en una forma altamente desarrollada y especializada. Normalmente son gente subordinada, dispuesta a la disciplina, elástica de conciencia, y libre de una peligrosa originalidad o genio; nada los descalificaría tanto para el oficio (o para las aproximaciones tortuosas al oficio) como el genio de cualquier clase—sobre todo el genio de estadistas. Ya debiera ser aparente a estas alturas que un hombre tiene una mejor oportunidad de alcanzar un alto cargo si logra una reputación de mediocridad.

Ahora, de repente, nuestro representante se halla asediado por problemas distintísimos de los que ha resuelto en la ruta hacia el poder. Aquellos eran problemas de política: de paciente lealtad hacia los líderes de barrio, de distrito y de condado; de influencias subterráneas y entendimientos secretos; de discursos y acusaciones y desmentidos y publicidad manipulada; de contribuciones solicitadas de modo inconspicuo y gastadas con un ojo sobre la ley; de favores hechos a los poderosos y promesas hechas al resto. Pero estos problemas que caen sobre él en Washington, y le abruman con mil proyectos de ley, son problemas de economía: tienen que ver con propiedad de la tierra, materias primas, minas de carbón, pozos de petróleo, energía hidráulica, producción, competencia, transporte, navegación, aviación, arbitraje, distribución, mercadeo y finanzas; implican detalles esotéricos sólo inteligibles para un especialista, y dolorosos más allá de lo soportable para un hombre cuya especialidad es la intriga. Nuestro representante busca refugio en su periódico y vota como se le dice.

A medida que el gobierno se hace más complejo, los funcionarios electos se hacen menos y menos importantes; los expertos contratados más y más importantes. El poder ejecutivo «invade al legislativo» porque está armado y apoyado por comités expertos—Consejos de la Reserva Federal, Comisiones Federales de Comercio, Consejos del Trabajo, Comisiones de Comercio Interestatal, comisiones de la deuda… Durante la administración del presidente Harding los miembros del Congreso recibieron un shock al encontrarse sentados, en un desfile, detrás de los miembros de algunas de las comisiones mencionadas. El Senado protestó con diez Considerandos y dos En Consecuencias, y el Sr. Harding contestó con esa amable suavidad que le había bastado para hacerlo Presidente. Pero la paja había mostrado el viento. El «gobierno representativo» había sido quebrado; la democracia no había encontrado forma de elegir cerebros a los cargos; y los cerebros habían sido puestos en el poder mientras la democracia hacía discursos o leía periódicos.

¿Será ésta la razón por la que tan insistentemente recomendamos la democracia a nuestros enemigos? Nietzsche habla de la «disposición que soporta la forma democrática de gobierno en un estado vecino—le désordre organisé, como dice Mérimée—por el solo hecho de que asume esta forma de gobierno, hace a esta nación más débil, más distraída, menos apta para la guerra». Tal vez esta entronización democrática de la mediocridad y la incompetencia, la sofistería y la corrupción, tenga algo que ver con la transición platónica de un gobierno parlamentario a la «tiranía» o la dictadura en Italia y España y Grecia y Rusia y Polonia y Portugal, y a la amenaza de desarrollos similares en Francia. En cuanto a nosotros, veamos lo que ha ocurrido: las fuerzas de la reforma política han sido derrotadas la mayor parte del tiempo, y cuando han logrado una extraviada victoria ha sido mediante la adopción de los métodos empleados por la «maquinaria»—de forma que el triunfo de la «reforma» en ciertos estados ha tenido algo del carácter de la conversión del mundo a la cristiandad, en la que no estuvo nada claro cuál de las dos partes se convirtió a la otra. «La política está ahora tan completamente dominada por las maquinarias como durante los 80… Los políticos profesionales son más que nunca nuestros dueños. Después de cincuenta años de lucha han finalmente derrotado a su enemigo, el reformador». Ha triunfado la mediocracia. En todas partes la inteligencia ha huido de las plataformas de la democracia como de una corriente envolvente. Los necios están en la silla y cabalgan a la humanidad.

Sí, esto es una visión parcial, un memorial de agravios antes que un análisis completo. Las virtudes semiredentoras de la democracia han sido loadas por suficiente tiempo como para necesitar aquí ninguna letanía. Es verdad que la opresión de las minorías por las mayorías es (numéricamente) preferible a la opresión de mayorías por minorías; que la privación democrática del hombre educado no es peor que la sujeción aristocrática del nuevo talento por la prosapia antigua; que la democracia ha levantado el espíritu y el orgullo del hombre común tanto como ha roto el espíritu y esterilizado el genio del individuo excepcional; que el votante omnipotente tiene ahora una sensación de personalidad liberada que en algún grado sustituye al coraje y el carácter; que ya no hay siervos (conscientes) entre nosotros, y que cada hombre puede saber que es un presidente potencial. Pudiera ser, como el paciente Bryce concluyese laboriosamente, que hay algunas formas de gobierno peores que la democracia.

Pero mientras más la examinamos más alterados nos vemos por su incompetencia y su insinceridad. Puesto que no es real el poder político a menos que represente el dominio militar o económico, el sufragio universal es un espectáculo costoso. La dictadura sólo puede reivindicar una superioridad—es más honesta; «el poder absoluto», dijo Napoleón, «no tiene necesidad de mentir; actúa sin decir nada». La democracia sin educación significa hipocresía sin límites; significa la degradación del arte del estado en política; significa el costoso mantenimiento, además de la real clase gobernante, de una gran clase parasitaria de políticos cuya función es servir a los gobernantes y engañar a los gobernados.

La última etapa del asunto es el gobierno del gángster. Los criminales florecen felizmente en nuestras grandes ciudades, puesto que se les garantiza plena protección y cooperación de la ley. Si pertenecen a la organización, o tienen amigos en ella, tienen todas las seguridades de que si cometen un crimen no serán arrestados, que si son arrestados no serán convictos, que si son convictos no serán enviados a la cárcel, que si son enviados a la cárcel serán perdonados, que si no son perdonados se les permitirá escapar. Si tuvieran que ser muertos en la práctica de su profesión, serán enterrados con la grandeza y ceremonia debidas a un miembro de la clase gobernante, y lápidas memoriales serán erigidas en su honor. Es éste el dénouement de la democracia municipal.

Seremos cobardes de rango si ya no pestañeáramos ante este despertar del mal en nuestros sueños ilusos. Si no podemos encontrar algún remedio a la democracia que la limpie de su villanía y la desembarace de su ignorancia, mejor haríamos en regalar nuestra Constitución a alguna nación imberbe e importar un rey.

Will Durant

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FS #62 – Profeta del desarrollo

Fichero

LEA, por favor

El Instituto para el Desarrollo Económico y Social (IDES)—fundado por el gran constructor institucional que fuera Arístides Calvani—hizo su presentación en sociedad con el Simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, escenificado en el auditorio y los salones colindantes del Colegio de Ingenieros de Venezuela entre el 13 y el 17 de julio de 1964. A este insólito evento acudieron luminarias de las ciencias sociales y del desarrollo, como el economista Kenneth Boulding, el demógrafo Alfred Sauvy, el filósofo Jean Yves Calvez, el experto en educación Frederick Harbison y la indudable estrella del simposio, Louis-Joseph Lebret. (Los venezolanos Eloy Anzola Montaubán, Roberto Álamo Bartolomé y Arístides Calvani fueron conferencistas. Héctor Mujica participó a cuatro manos en un elegante debate con Jean Yves Calvez).

El padre Lebret, dominico nacido en Bretaña, fue una figura que dominó con su obra escrita, su función magisterial y su liderazgo institucional, la teoría del desarrollo hasta mediados de la década de los años sesenta (falleció en 1966, dos años después de su visita a Venezuela), al punto de que se considera que su pensamiento fue la fuente más fundamental de la encíclica Populorum progressio, del papa Paulo VI.

Lebret no sólo dictó la conferencia inaugural del simposio del IDES (El Desarrollo en Función de los Valores Humanos), sino que inspiró a cada una de las mesas de trabajo, pues animó personalmente con su incansable presencia a cada una, y también tuvo a su cargo la exposición sintética de cierre. Esta Ficha Semanal #62 de doctorpolítico está integrada por las primeras tres secciones de su disertación de apertura.

El lenguaje de Lebret es conciso, sin adornos, proferido con seguridad, pertinente. Los venezolanos debiéramos considerarlo asimismo profético. De los fragmentos publicados en esta ficha examinemos, por ejemplo, estos dos botones de muestra, traídos por el padre Lebret hace 41 años: el primero, «El crecimiento puede ser una máscara, extremadamente peligrosa, que puede cubrir con optimismo la verdadera realidad, y que si es estudiada por los dirigentes de un país, puede explicarles cómo inconscientemente estaban creando en su interior las condiciones de la revolución del mañana». El segundo: «Las diferencias creadas por la revolución industrial fueron las condiciones para la aparición de los socialismos. ¿Qué se puede esperar, entonces, de la revolución del siglo venidero, fomentada por diferencias que ya llegan al plano internacional?»

Es un dicho común en Francia que sólo hay algo más inconmovible que la fe de un bretón, y eso sería la fe de una bretona. El dominico bretón y economista Louis-Joseph Lebret puso su fe en todas sus obras. En 1941 fundó el influyente grupo Economía y Humanismo, y en 1958 el Instituto de Investigación, Formación y Desarrollo, IRFED. (Institut de Recherche, de Formation et de Développement). Desde allí ofreció al mundo su célebre definición del desarrollo auténtico: «…la serie coordinada de pasos, para una población determinada, y para las fracciones de población que la componen, de una fase menos humana a una fase más humana, al ritmo más rápido posible y al costo menos elevado posible, manteniendo la solidaridad entre las poblaciones y subpoblaciones».

En las palabras citadas aquí Lebret habla, sin duda, como economista. Pero también habla, obviamente, como sacerdote. Cuando habla un sacerdote que ha logrado la profundidad, habla también un filósofo, y no ha habido ni antes ni después de Lebret, un mejor filósofo del desarrollo.

LEA

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Profeta del desarrollo

I. LA NECESIDAD E HISTORIA DE LOS MITOS MODERNOS

La humanidad necesita de mitos—en el sentido soreliano—necesita de una idea motriz, que infundiendo de esperanzas a la mayor parte de la población, la induzca a ponerse en marcha.

Desde los comienzos de la era industrial hasta nuestros días aparecieron varios mitos, hasta llegar a este nuevo mito, que tanto los organizadores de este Simposio, como el grupo de Economía y Humanismo han denominado Desarrollo Auténtico.

El primer mito que hizo su aparición fue el de la riqueza. Esta visión optimista suponía que al aumentar la producción por medio de la industrialización, los frutos de esa transformación se repartirían para el mayor bienestar común. Esta repartición se llevaría a cabo sin la intervención directa del hombre.

La promoción humana se realizaría como una consecuencia de la aplicación de la ciencia y la técnica a dicha transformación. De esta manera, la producción se convertía en el objetivo de las actividades humanas.

El progreso fue el segundo mito en entrar en escena, el cual tuvo éxito considerable en Latinoamérica. Si la riqueza es un valor innegable, el progreso apareció como un valor decisivo, determinante, más rico en contenido.

En su comienzo, la teoría de progreso apareció simplemente como el equivalente del progreso científico y técnico. Por medio de esta avanzada científica y técnica se esperaba eliminar las supersticiones, dentro de las cuales estaban incluidos, en gran parte, los valores religiosos. Eso trajo como consecuencia una esterilización de la ideología del progreso.

El progreso moral pasó a un segundo plano, mientras se hacía hincapié en la producción, en el conocimiento, en la instrucción.

Si bien la visión de progreso fue en sus comienzos demasiado limitada, paulatinamente fue atrayendo hacia sí una serie de conceptos que hoy en día nos parecen indispensables, como son: la utilización del espacio, el urbanismo racional, el progreso regional, el progreso social obrero y el progreso administrativo y político.

En esta nueva etapa, producida por una superación de la ciencia económica, apareció el concepto de crecimiento. (Lord Keynes).

El crecimiento atrajo la atención sobre los valores globales. Fue producto de la teoría de la evaluación y nos permitió alejarnos del marginalismo. Se requería elevar el producto total nacional, y ello conllevaba la idea de máxima productividad, tanto de la mano de obra como del capital.

Dentro de esta perspectiva, lo esencial reside en el aumento de cifras globales, que divididas por el número de habitantes, permite comparaciones entre países, bastante útiles aun cuando los cálculos del producto y de la renta nacional no sean exactamente comparables.

Esta voluntad de crecimiento ha creado una nueva ley, la ley que rigió el comienzo del capitalismo liberal.

La productividad, desde esta perspectiva, se ha convertido en una necesidad absoluta. El hombre se ha visto, y se ve hoy en día, involucrado con esta voluntad de maximización de la producción.

II. LAS CONSECUENCIAS HUMANAS DEL CRECIMIENTO

Veamos las consecuencias humanas. No podemos negar el valor del crecimiento, pero tampoco debemos dejarnos impresionar por las cifras globales o su reducción a la escala «per cápita».

Puede ser, en efecto, que el aumento del ingreso global se distribuya muy desigualmente en el interior de un país.

Conozco un país que en diez años ha aumentado en 100 dólares su ingreso per cápita. Pero de esto se beneficia grandemente sólo el 4,5% de la población, mientras que la clase media naciente (15%) se beneficia menos, un estrato inferior (30%) está prácticamente estancado, y el 50 por ciento restante está en franca regresión.

Por tanto, es peligroso atenerse solamente a las cifras globales o a su reducción a los habitantes. Debe estudiarse la estructura de la distribución.

El crecimiento puede ser una máscara, extremadamente peligrosa, que puede cubrir con optimismo la verdadera realidad, y que si es estudiada por los dirigentes de un país, puede explicarles cómo inconscientemente estaban creando en su interior las condiciones de la revolución del mañana.

Se puede decir que el mito del crecimiento es un perfeccionamiento del mito de la riqueza, pero permanece siempre en la misma línea de optimismo.

Lo grave del caso es que, al exprimir el crecimiento en cifras, lo que obtenemos es el valor resultante del crecimiento, sin distinción entre los bienes correspondientes. No averiguamos así si se han resuelto las necesidades auténticas, las necesidades esenciales, las necesidades de dignidad del conjunto de la población.

Para corregir el mito del crecimiento, basado en la noción de la maximización, debe cambiarse hacia la noción de optimización. En vez de preocuparnos únicamente por la función de rentabilidad, debemos atender al factor humano. De esta forma el crecimiento se cambiará por el concepto de desarrollo.

Los resultados de la evolución del mundo en su conjunto no son, a decir verdad, muy satisfactorios.

El hombre que se ha beneficiado de esta transformación, se ha vuelto más libre en el sentido de que puede dominar mejor a la naturaleza. Reduce así su tasa de mortalidad, se hace más sano, se traslada más fácilmente por todo el mundo. En los países más privilegiados se encuentra, incluso, librado de la inseguridad.

Pero al mismo tiempo se transforma en un hombre encadenado. En una gran ciudad moderna estamos aprisionados por el ambiente, por la obligación de marchar a la derecha o marchar a la izquierda. Estamos aprisionados también por el ritmo de nuestra vida. No sólo en el taller o la oficina, sino en nuestra propia casa. El descanso se va haciendo imposible. A medida que aumenta la responsabilidad, disminuye el nivel humano de nuestra vida.

Tanto en los países desarrollados—por la adquisición fácil de los bienes—como en los subdesarrollados—por la evidencia de los bienes de otros—crece progresivamente el deseo. El deseo de crecimiento es una necesidad en crecimiento.

Esto también ha originado una limitación de la libertad, porque en la realidad el deseo de crecimiento es fomentado externamente y el hombre va siendo modelado por una propaganda, por un comportamiento de conjunto.

El hombre de los países desarrollados se va convirtiendo en un hombre cada vez más conformista, con lo que la libertad que había ganado se desvanece.

En primer lugar, la información que recibe no puede ser objetiva, y en segundo término, es tan grande y tan rápida la masa de datos e imágenes que recibe, que ni aun siendo un universitario es capaz de asimilarla, efectuar las decisiones correctas y formular los juicios adecuados.

El conocimiento del hombre aumenta en magnitud, pero progresivamente se aleja de los valores auténticos.

El crecimiento del conocimiento, llevándonos a la especialización, nos conduce al mismo tiempo a una reducción de la visión de conjunto. Cada vez somos más especialistas pero menos cultos.

La intensidad de las comunicaciones también nos hace conocer más personas, pero no nos permite profundizar. Y ya no tenemos la tranquilidad que puede dar la amistad.

A todas éstas, el Occidente ha cometido un gran error. Ciertamente, el Occidente ha marchado a la cabeza de esta transformación, pero ha fallado en pensar que es el monopolista de la civilización, de la perfección humana. Desecha así los valores de otras civilizaciones. Hemos establecido una fractura que divide al mundo, en dos mentalidades, dos historias, dos modos de reacción. Y el hombre occidental trata de imponer la racionalidad, la organización que es su fuerza, en cualquier lugar donde vaya.

III. UNA VISIÓN OPTIMISTA

Todo esto es la transformación de nuestra sociedad. Pero no quisiera que creyeran que estoy tratando de ser pesimista. No. Yo creo, por el contrario, que la humanidad de hoy es la más bella humanidad que ha existido. Es la primera vez en la historia que la aspiración de ser hombre, de valer y ser más, es una aspiración general.

El hombre de hoy en día no aceptará más el nivel infrahumano.

En cualquier continente, en cualquier región encontramos el conjunto de los hombres queriendo ser realmente humanos. Y esta aspiración nos coloca certeramente en nuestro problema de valores y de promoción del hombre.

Debemos, pues, siempre considerar ambos aspectos del problema; el progreso propiamente progresivo y el progreso regresivo. Y justamente he aquí que llegamos a la construcción de un nuevo mito que ha eclipsado los mitos de riqueza, progreso, crecimiento y expansión; el mito del desarrollo.

En el curso de la transformación del mundo, ha aparecido una toma de conciencia en los desposeídos, acerca de los bienes y valores que los más evolucionados poseen. Esto se ha visto incrementado porque cierto número de personas de los países subdesarrollados ha viajado y estudiado en los países del mundo desarrollado.

Las diferencias creadas por la revolución industrial fueron las condiciones para la aparición de los socialismos. ¿Qué se puede esperar, entonces, de la revolución del siglo venidero, fomentada por diferencias que ya llegan al plano internacional?

El problema es, pues, saber si la humanidad en su conjunto será capaz de realizar esta tarea que se llama desarrollo, no por una racionalidad artificial, sino por una racionalidad interna. El ser viviente crece porque tiene una ley de crecimiento en sí mismo, una ley de equilibrio, una ley de proporción, una ley de complementaridad viviente. Sea en un árbol, sea en un animal, siempre encontraremos un orden constructivo.

Louis-Joseph Lebret

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FS #61 – Realpolitik r. i. p.

Fichero

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Esta Ficha Semanal #61 de doctorpolítico contiene una sección de un trabajo más amplio sobre los rasgos de un próximo paradigma político, escrito y publicado en febrero de 1994. Antes de este estudio, en 1985, había llegado a la conclusión de que la insuficiencia política venezolana no se debía a una maldad específica o intrínseca de los actores políticos convencionales, sino a la esclerosis de su paradigma, de la concepción que tienen acerca de su actividad profesional.

La sección (Realpolitik, r.i.p.) alude a un libro del politólogo John A. Vásquez publicado en 1983, que ya se había convertido en un clásico de la teoría de las relaciones internacionales antes de ser revisado y grandemente expandido en 1998. El título del capítulo final de esta edición aumentada es en sí misma una formulación sintética de lo hallado por Vásquez: La continua inadecuación del paradigma realista.

En 1986, en introducción a Dictamen—un intento explícito de ver clínicamente el proceso político nacional—comentaba el punto del siguiente modo: «No debiera prevalecer el poder sobre la autoridad, aunque éste haya sido el enfoque prevaleciente en Maquiavelo—‘el fin justifica los medios’—y en la ‘Realpolitik’ ejemplificada por el arquetipo de Bismarck… Se conoce a dirigentes que logran articular un discurso moralista hacia fuera, como fundamento de una búsqueda facilista de la aclamación pública, y que sin embargo, en medio de una campaña y en privado, sostienen el siguiente principio de moral política: ‘Lo único inmoral es no ganar’… Son ejemplo clásico de la ya ineficaz postura política conocida como ‘Realpolitik’: la política realista. Su argumento límite va así: ‘A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la práctica es todo aquel que no me está subordinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para emplear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. ‘Lo único inmoral es no ganar’… El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pueblos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la ‘Realpolitik’. Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el relevo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiend! an, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernantes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la ‘política realista’. También le ocurre a los pueblos que en ocasiones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios».

Es verdaderamente lamentable que los políticos prevalecientes en la época, a pesar de claras advertencias acerca de lo que se avecinaba, hubieran optado por hacerse refractarios al cambio. Doce años antes de la llegada de Chávez al poder, ya eran los verdaderos culpables de esta emergencia. Justamente a pocos días de que éste fuera electo en 1998, expresé una opinión sobre la renuencia a cambiar de los actores convencionales: «Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida».

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Realpolitik r.i.p.

El texto de John A. Vásquez, El poder de la política del poder (The Power of Power Politics, 1983), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, estado). Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes).

Una de las razones para esta situación de crisis del paradigma del poder por el poder, puede ser encontrada en la informatización acelerada del planeta y sus consecuencias. La Realpolitik ha necesitado siempre del secreto para garantizar su eficacia. Pero en los últimos tiempos hemos sido testigos del descubrimiento y exposición pública de los más elaborados planes de ocultamiento político. Un caso particularmente notable fue el del financiamiento de la administración Reagan a los «contras» en Nicaragua. Un complicadísimo y retorcido esquema de ocultamiento, que involucraba a insospechables aliados momentáneos (Irán, que para los efectos de relaciones públicas era enemigo de los Estados Unidos), resultó ser imposible de ocultar.

Por esto es que el glasnost, la política de «transparencia» declarada por Gorbachov en la antigua Unión Soviética, más que un deseo inspirado en valores éticos, era una necesidad. Ante el asedio de los medios de comunicación, que se ha unido a las previsibles acciones de los adversarios políticos que intentan descifrar las intenciones del contrario, el actor político de hoy se ve forzado, cada vez más, a determinar sus planes suponiendo que van a ser, a la postre, conocidos públicamente. La política de hoy tiende a parecerse cada vez más a un juego de ajedrez, en el que cada oponente posee información completa acerca de la cantidad, calidad y ubicación de las piezas del contendor.

Otra razón, más de fondo, para explicar la pérdida de eficacia de una postura de Realpolitik, consiste en la simple constatación de que una versión cínica de los actores políticos es decididamente una sobresimplificación, Esto es, constituye un error teórico y perceptual, a la vez que práctico, considerar que todo actor político tiene como único objeto la procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y como si estuviese convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Los actores políticos, en tanto personas, son bastante más complicados y ricos que lo que esa simplista descripción postula que son. Entre sus motivaciones entran no sólo los fines egoístas o maquiavélicos; también poseen motivaciones altruistas, limitaciones éticas, interés por un juicio favorable de la historia, etcétera.

Pero también explica la erosión del paradigma de la Realpolitikla admisión, cada vez más amplia, de que la bondad tiene un valor funcional. La práctica gerencial redescubre a cada momento el valor motivante de los estímulos positivos, y este conocimiento pasa con rapidez a los predios de la doctrina de la gestión.

No obstante, no puede caber duda de que la práctica de la Realpolitikestá todavía muy generalizada, sobre todo en los casos agudos de aquellas personalidades que experimentan un placer patológico en la destrucción del adversario.

En La Marcha de la Insensatez, Bárbara Tuchman nos presenta cuatro estudios a fondo de cuatro grandes casos de insensatez política. La autora entiende este término como el designante de la conducta de un actor político que, en contra de reiterados consejos y evaluaciones que le muestran que sigue un curso equivocado, persiste en él, aun a costa de sus mejores intereses. Uno de los más interesantes capítulos, dentro de la parte que dedica a la Iglesia del Renacimiento, trata de las actuaciones de Julio II, Sumo Pontífice entre 1503 y 1513. Papa guerrero, Julio II atendió poco o nada a las proposiciones internas de reforma, preocupándose más por conquistas territoriales que por componer el deplorable estado de corrupción de la Iglesia de la época. A su equivocada política se debe en gran medida la explosión de Lutero y su Reforma Protestante.

Al cierre del capítulo que le dedica, Bárbara Tuchman recapitula su tránsito por el papado en los siguientes términos: «Los defensores de Julio II le acreditan el haber seguido una política consciente que se basaba en la convicción de que ‘la virtud sin el poder’, como había dicho un orador en el Concilio de Basilea medio siglo antes que él, ‘sólo sería objeto de burla, y el Papa romano, sin el patrimonio de la iglesia, sería un mero esclavo de reyes y de príncipes’, que, en breve, con el fin de ejercer su autoridad, el papado debía lograr primero la solidez temporal antes de emprender la reforma. Este es el persuasivo argumento de la Realpolitik que, como la historia ha demostrado a menudo, tiene este corolario: que el proceso de ganar poder emplea medios que degradan o brutalizan al que lo busca, quien despierta para darse cuenta de que el poder ha sido poseído al precio de la pérdida de la virtud y el propósito moral».

Luis Enrique Alcalá

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