LEA #267

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Ha estallado una bomba que la Dirección de Explosivos de la DISIP, debe reconocerse, intentó por todos los medios desactivar. Cuando ya creíamos los venezolanos que el caso de los dólares introducidos ilegalmente a Argentina por Guido Antonini Wilson, como tantos otros casos irresueltos, quedaría en un limbo de olvido y ocultación eterna, el FBI norteamericano ha detenido y acusado a tres venezolanos y un uruguayo por el delito de conspirar para ejercer, y en la práctica ejercer, en territorio de los Estados Unidos como agentes del gobierno de Venezuela, sin la previa notificación al Fiscal General que las leyes de ese país exigen. (Un cuarto venezolano no ha podido ser apresado hasta el momento de redactar esta nota).

Moisés Maionica, Antonio José Canchica Gómez (no apresado), Rodolfo Edgardo Wanseele Paciello (uruguayo), Franklin Durán y Carlos Kauffman, han ido acusados ante la Corte de Distrito de los Estados Unidos (Distrito Sur de Florida) por el agente especial del FBI Michael J. Lasiewicki, quien ha dicho en su deposición acusatoria que no ha dicho todo lo revelado por la investigación en contra de los acusados, sino sólo lo suficiente para detenerlos y enjuiciarlos por los delitos mencionados. Esto es, ahora es cuando comienza el calvario de los pajaritos. Por ejemplo, seguramente serán acusados más tarde de extorsión criminal, la que incluyó amenazas abiertas contra la vida de los hijos de Antonini Wilson.

¿Qué buscaban los conspiradores y agentes ilegales que Antonini pudiera darles? Pues la docilidad y el silencio. Todo el asunto era una operación de falsificación y encubrimiento, para ocultar el hecho de que el gobierno venezolano había enviado a Buenos Aires casi 800 mil dólares para “contribuir” a la campaña electoral de Cristina Kirchneer. Primero ablandaron a Antonini con sus ofertas—que PDVSA cubriría todo gasto de Antonini por el caso—y sus amenazas; luego empezaron a diseñar un modo de falsificar documentación, con el fin de fabricar un origen y un destino de los fondos distintos de los verdaderos.

El FBI tiene cintas grabadas de conversaciones telefónicas y en vivo de estos gángsters, y de ellas emerge una sórdida verdad: que el gobierno de Hugo Chávez no sólo intervino en un asunto electoral de exclusiva competencia de los argentinos, sino que a través de su Vicepresidencia Ejecutiva, su Ministerio del Poder Popular del Interior y Justicia, y la Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP), montó la operación de amedrentamiento y encubrimiento. Enfrentados a la posibiidad de diez años de cárcel y una multa individual de 250 mil dólares, ya cantarán más los detenidos. Por ahora se les ha negado la libertad bajo fianza.

El asunto es serísimo, como cualquiera de índole penal para el sistema judicial de los Estados Unidos. En Argentina la oposición se adelanta ya al ataque contra la recién encaramada Cristina Kirchner. En Venezuela el canciller Nicolás Maduro sugiere la idiota explicación de que todo es un montaje del “imperio” para afectar el desenvolvimiento de las “democracias progresistas” de América del Sur. Pero nadie se lo va a creer. (Salvo, claro, gente como Iris Varela).

Después del aguacero de reveses internacionales y locales que ha caído sobre el gobierno de Chávez, esta nueva y gravísima hemorragia va a ser muy difícil de restañar. Si algo es un golpe contra la estabilidad de su gobierno es este dramático incidente, que lo exhibe como lo que es: como un gobierno delincuente. Ya no queda prácticamente nada del prestigio internacional de Hugo Chávez, y es muy poco probable que pueda sostenerse en su propio patio sobre la realidad de una opinión pública escandalizada por su presidente. Ahora si está roja rojita, pero de vergüenza.

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LEA #266

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La Navidad promete ser la mejor de la última década. Para Venezuela, ya sabemos por qué. Para el mundo, porque después de todo parece que la batalla de Armagedón no es inminente. El más reciente National Intelligence Estimate (Estimado Nacional de Inteligencia) de los Estados Unidos, que el presidente Bush dice haber conocido tan tarde como la semana pasada, asevera ahora que Irán abandonó su programa de armas nucleares en 2003, hace ya cuatro años. El informe es producto del consenso de dieciséis agencias estadounidenses de inteligencia.

Naturalmente, han surgido las preguntas obvias. ¿Cómo es posible que el gobierno norteamericano haya sostenido un discurso tan duro contra Irán, cuando se descubre, con peligroso retraso, que a fin de cuentas el gobierno iraní estuvo todo el tiempo diciendo la verdad sobre este punto? ¿Dónde se va a meter ahora el Presidente de la Universidad de Columbia? ¿Ofrecerá George W. Bush sus excusas a Mahmoud Ahmadinejad?

En Irán se ha recibido el histórico reporte con gran beneplácito. Manouchehr Mottaki, su Ministro de Asuntos Exteriores, ha dado la bienvenida a los “países que corrigen sus apreciaciones con realismo, aunque en el pasado tuvieran preguntas y sostuvieran ambigüedades respecto de las actividades nucleares iraníes”.

Ah, pero los tercos del planeta, como Chávez, no cejan en su dureza. Bush ha aducido no sólo que no conocía la nueva evaluación hasta hace muy pocos días, sino que sugiere que la detención del programa de armas nucleares en Irán se debió, precisamente, al temor inspirado por la postura norteamericana. “Irán era peligroso, Irán es peligroso e Irán será peligroso si tiene el conocimiento necesario para hacer un arma nuclear”, dijo el Presidente de los Estados Unidos. El gobierno de Sarkozy, que emula el amorochamiento que Aznar mantuviera con Bush, mantiene su posición dura de exigir sanciones más pesadas. Una vocera de la cancillería francesa declaró: “Parece que Irán no está respetando sus obligaciones internacionales. Debemos mantener la presión sobre Irán”. Los ingleses, por su parte, dicen (oficina del Primer Ministro): “En términos generales, el gobierno cree que el informe confirma que teníamos razón en estar preocupados acerca del intento por parte de Irán de desarrollar armas nucleares”. Etcétera.

La oposición a Bush en los mismos Estados Unidos no se come el cuento de que él no sabía nada, y recuerda cómo fue que la invasión a Irak fuera predicada sobre evaluaciones completamente erradas acerca de la presencia de armas de destrucción masiva en ese país y su presunta cooperación con al Quaeda. El senador Barack Obama, principal competidor de la senadora Hillary Clinton por la candidatura presidencial de los demócratas, observó con ironía: “El presidente Bush continúa impidiendo que los hechos se atraviesen en el camino de su ideología”. Si éste hubiera leído suficientemente a Isaac Asimov, ripostaría: “No dejes que tu sentido de la moralidad te impida hacer lo que es correcto”. Aun sin ese barniz cultural sigue en sus trece. Y estuvo a punto de ordenar el bombardeo de Irán.

Pero esta vez se ha quedado sin pretexto. Feliz Navidad.

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LEA #265

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Entre los argumentos de quienes—cada vez son especímenes más raros—promovían la abstención en el referéndum constituyente del próximo domingo, estaba la idea de que, como se trata de decidir sobre un proyecto que no es, en verdad, una reforma sino una modificación profunda de la Constitución, tal grado de cambio no podía salir sino de una asamblea constituyente.

Puesta la cosa hasta allí, esa noción es correcta, principalmente porque la Constitución así lo establece. Al nivel doctrinario del Derecho Constitucional, además, siempre se ha tenido claro que un poder constituido no puede sustituir por otra la constitución que lo ha creado. “…la facultad de reformar la Constitución contiene, pues, tan sólo la facultad de practicar en las prescripciones legal-constitucionales, reformas, adiciones, refundiciones, supresiones…; pero manteniendo la Constitución; no la facultad de dar una nueva Constitución, ni tampoco la de reformar, ensanchar o sustituir por otro el propio fundamento de esta competencia de revisión constitucional, pues esto sería función propia de un poder constituyente y el legislador ordinario no lo es; él sólo tiene una función extraordinaria para reformar lo que está hecho, no para cambiar sus principios y aún menos para seguir un procedimiento distinto al establecido por el poder constituyente”. (Ángel Fajardo, Compendio de Derecho Constitucional).

Los proponentes de la reforma—el presidente Chávez y la Asamblea Nacional—argumentarían que de todas maneras se convoca al Poder Constituyente Originario para que se manifieste en referéndum, pero no les asistiría la razón, porque el Artículo 337 de la Constitución limita las reformas a cambios que no alteren la esencia del texto constitucional. De allí que, con propiedad, se haya sostenido que el proyecto Hugo-Cilia es en sí mismo inconstitucional, aunque hasta ahora el Tribunal Supremo de Justicia haya eludido, cual guabina temerosa, pronunciarse sobre esta aberración.

Ahora bien, los que arguyen que así se roba al Poder Constituyente Originario su prerrogativa de implantar una constitución esencialmente nueva, tienden a confundir a éste con una asamblea constituyente. Por ejemplo, José Amando Mejía Betancourt ha sostenido: “…ningún órgano del Poder Constituido puede imponer su ejercicio, ni obligar al Poder Constituyente a someterse al artículo 345 mencionado; mas aún, el artículo 349 de la Constitución lo reconoce expresamente, al señalar que ‘los poderes constituidos no podrán en forma alguna impedir las decisiones de la Asamblea Nacional Constituyente’, es decir, del Poder Constituyente, que en ese caso adopta la forma de Asamblea Constituyente para expresarse”. (La confiscación del Poder Constituyente en Venezuela).

Esto es una seria confusión. Una asamblea constituyente es verdaderamente un órgano más del poder constituido. Es un conjunto de apoderados a quienes se encarga la misión de producir la proposición de una constitución nueva, pero jamás son el Poder Constituyente Originario, que sólo puede expresarse en referéndum. El Poder Constituyente Originario jamás pierde su condición, ni siquiera cuando están reunidos en asamblea nuestros apoderados para la tarea de redactar un nuevo texto constitucional, y nuca puede “adoptar la forma” de una asamblea. Fue esa misma confusión, se recuerda una vez más, lo que llevó a la supresión del Senado de la República en 1999 por la Asamblea Constituyente, antes de que existiera una constitución nueva y por tanto estuviera en plena vigencia la de 1961, que exigía su existencia.

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LEA #264

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Willian Lara, Ministro del pomposo «Poder Popular» para la Comunicación e Información, se ha visto forzado a apelar a un viejo argumento de perdedores, al sugerir que la presencia en la calle de los estudiantes partidarios del gobierno, en su marcha de ayer, es la verdadera medición electoral, y no las encuestas de opinión. Así dijo: “La guerra de encuestas que se ha desatado en las últimas semanas queda invalidada con la expresión popular que ha tomado las calles”. Como que no ha notado que otra expresión popular, enteramente contraria, ha tomado otras calles. Es una expresión que no asiste en autobuses o con viáticos pagados por PDVSA.

Lara procuraba sin éxito controlar el daño infligido a las pretensiones absolutistas de Chávez por la divulgación de los más recientes estudios de opinión. Tan sólo la prestigiosa encuestadora Datos ha revelado el cataclismo de los últimos treinta días, cuando la intención de voto a favor del proyecto oficialista de «reforma» constitucional disminuyera doce puntos. (De 42% a 30%). Prácticamente en la misma proporción ha aumentado el rechazo. (De 30% a 41%). También ha anunciado Datos que decrece la propensión a abstenerse en el referéndum previsto para el 2 de diciembre.

A esta metamorfosis de la opinión pública han contribuido, sin duda, voces sensatas y respetadas, como las de Monseñor Roberto Luckert o Freddy Muñoz, que se han sumado a las de muchos que han llamado a votar No. Una adición contundente ha sido la del movimiento estudiantil, que de modo igualmente inequívoco lanzó ayer la misma invitación, luego de que un reciente parlamento estudiantil aprobara abrumadoramente esa línea. Hoy remata la faena Olga Krnjajsky (www.elgusanodeluz.com) invitando a los abstencionistas a que se abstengan de predicar: “Absténganse.  Absténganse. Vale. Pero  absténganse  también de intentar convencernos que su abstención es el camino y no nos roben ese valiosísimo tiempo que nos es vital y escaso”. Como medición de la voluntad heroica del abstencionista militante, «Olga K» ofrece: “A modo de despedida, no puedo dejar de compartir el siguiente cuento: estaba en una reunión cuando escuché a una señora, de esas militantes de H. Escarrá, preguntándole con honesta candidez a otra amiga: ‘¿Y a qué hora crees tú que termine la Marcha del No retorno?’”

Crece, pues, la ola popular que puede frenar en seco la pretensión de Hugo Chávez de convertir su gobierno en dominación absoluta y vitalicia. Esta vez se ha equivocado garrafalmente. Dentro de sus propios partidarios aumenta la tendencia a rechazar su monstruoso proyecto constituyente. El pueblo venezolano, el verdadero soberano, se apresta a mandarlo a callar, como ya lo hiciera, en representación de la inmensa mayoría de los presidentes de Iberoamérica, el Rey de España.

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LEA #263

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El país terminó de perder la persona de Luís Herrera Campíns, hombre probo de especial sensibilidad social y buenas intenciones. Absolutamente nadie puede negar que fuera uno de los mandatarios más honestos que haya conocido el país.

Para la época de la campaña electoral de 1998, asumí postura crítica de su promoción de la candidatura de Irene Sáez. Creo que eso fue un error de gran monta, que facilitó la llegada al poder del actual gobernante.

Pero a poco de haber concluido su gobierno (1979-1984), y aun durante el período, sostuve, en contra de la evaluación más frecuente, que su administración había sido buena. (Don Ricardo Zuloaga era, prácticamente, mi única compañía).

Así escribí, por ejemplo, a comienzos de 1986: “Con muy pocos venezolanos de la hora sostenía por aquel entonces que bajo cierta luz el gobierno de Herrera Campíns no había sido tan malo. Si se razonaba que el gobierno de Pérez había sido ‘nefasto’, había que recordar entonces que las primeras jugadas de Herrera habían gozado de un consenso apreciable. El enfriamiento de la economía fue visto unánimemente como necesario en la reunión del Grupo Santa Lucía (una muestra bastante representativa de las élites venezolanas) que tuvo lugar en Barbados en enero de 1979. También pareció que se lograría algo dramático en materia de la represión de corruptelas con el planteamiento de la batalla del ‘Sierra Nevada’. El gobierno anunció, en su carácter de gestor del ‘Estado promotor’, noción de campaña de Luís Herrera, que se produciría una importante transferencia de empresas públicas hacia manos privadas. Hasta llegó a publicarse en 1980, como globo de ensayo, un estudio conjunto de las oficinas centrales de planificación y de personal, en el que se diagnosticaba un considerable exceso en el empleo público y se implicaba la necesidad de un programa de reducción de sus niveles. Si Caldera había dejado una deuda pública de 20.000 millones (cifra adeca), Pérez la había más que quintuplicado hasta los 110.000 millones (cifra copeyana) y Luís Herrera habría hecho descender ese incremento de 400% hasta uno de 36% al haber llevado la deuda hasta 150.000 millones (cifra adeca). Bajo esta luz el esfuerzo podría haber sido considerado casi heroico. En la experiencia de todo gerente los porcentajes de incremento positivo o negativo son variables más accesibles al control que los propios niveles absolutos, y la imagen de la locomotora desbocada del gobierno de Pérez sugería la de un terco tanque de guerra, Luís Herrera, que habría intentado frenarla completamente al embestirla sin conseguir más que una apreciable desaceleración”.

E igualmente: “El otro factor digno de mencionar es el marcado aumento en el escrutinio que de las ejecutorias públicas hacían, principalmente, los medios de comunicación social. Se puede decir que a este respecto aumentó la democracia venezolana durante el período de Luís Herrera. En efecto, nunca antes un gobierno había estado expuesto a un asedio tan insistente o tan escudriñador. El día que llegue a ser posible una cuenta más objetiva de los casos de corrupción administrativa y se haga una comparación entre los producidos en el gobierno de Pérez y en el de Herrera, será posible notar que durante el período de este último aumentó la frecuencia de reporte. Habrá que decidir entonces si hubo más corrupción absoluta durante el mandato de Luís Herrera o si la percepción de que así lo fue dependió más de una mayor cantidad de iluminación, si el tumor era realmente más grande que antes o si se veía más porque la lámpara del quirófano alumbraba mejor”.

Ha muerto un gran venezolano. Paz a su alma hermosa.

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LEA #262

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La semana comenzó muy poco auspiciosamente para Hugo Chávez y su proyecto de “reforma” constitucional. Nadie menos que Raúl Isaías Baduel, General en Jefe (R), ex Ministro del Poder Popular para la Defensa, salió inesperadamente a la palestra pública para repudiar el proyecto introducido por Chávez.

Como sabe todo el mundo, Baduel fue el general de paracaidistas que interrumpió el golpe de Estado en contra de Chávez de abril de 2002, cerrándose sobre posiciones de defensa de la Constitución cuando la mayoría de sus colegas estaba a favor de la deposición del Presidente de la República. No se trata, pues, de alguien que pueda ser fácilmente acusado de cobarde o de vendido. A pesar de esto, ya ha aparecido una cayapa oficialista contra Baduel, la que incluye a Cilia Flores, que con su característicamente escasa inteligencia lo ha acusado de traidor, a los militares García Carneiro y Maniglia, procurando el control de daños al interior de la Fuerza Armada Nacional, y al Vicepresidente Ejecutivo, Jorge Rodríguez. Este último ha pretendido descalificar las declaraciones de Baduel tildándolas de poco originales.

Rodríguez se equivoca; Baduel ha señalado un concepto fundamental que hasta ahora no había sido destacado por los varios constitucionalistas que han opinado sobre el tema. Así dijo: “En el siglo XVIII no existían las constituciones porque lo que había eran monarcas absolutos y autoritarios que tenían todo el poder. Las constituciones nacen, precisamente, para limitar el poder de los gobiernos y proteger al ciudadano del ejercicio abusivo de éste, así como garantizarle al pueblo sus derechos y libertades y establecerle sus deberes… Cualquier Constitución que desregule y le quite límites al poder debe ser vista con sospecha, o el proyecto de reforma en cuestión”.

A partir de tan clara idea, con la mayor firmeza invitó al repudio de la pretendida alteración constitucional: “Invito a todo el pueblo venezolano a que lea el proyecto de reforma y se dé cuenta de que la magnitud de los cambios que se están proponiendo no se corresponde con un proceso de reforma sino que es un planteamiento en su contra… De aprobarse la reforma constitucional se estaría consumando en la práctica un golpe de Estado”.

En ocasión de su discurso de despedida del 18 de julio pasado, con el que leyera la cartilla a Chávez, no faltó quien opinara que se trataba de un discurso para olvidar. Esta publicación opinó lo contrario (Ficha Semanal #154 de dotorpolítico, 24 de julio de 2007): “Las palabras de Baduel, lo marcado de la lectura y su momento, son indudablemente algo sintomático. Que en momentos cuando Hugo Chávez ejerce el poder público constituido en su totalidad, haya considerado Baduel oportuno y necesario pararle el trote al mandatario, revela que también considera posible hacerlo porque encontrará eco favorable, tanto en el seno de la Fuerza Armada como en plena sociedad general. El incidente revela, pues, que a pesar de las apariencias Hugo Chávez no las tiene todas consigo”.

Por las mismas razones, la rueda de prensa de Baduel, del lunes de esta semana, ha causado gran impacto y el gobierno se lame las profundas heridas. Raúl Isaías Baduel no es Guaicaipuro Lameda.

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