por Luis Enrique Alcalá | Abr 21, 2005 | LEA, Política |

Los recientes editoriales del vespertino Tal Cual han hecho su efecto. Dedicados a la documentación de casos de retaliación patronal—de patrono público—contra ciudadanos que hubiesen solicitado el referendo revocatorio contra Chávez, insistieron en la iniquidad de la famosa lista «de Tascón», hasta provocar una rectificación del jefe de la revolución «bolivariana». El viernes 15 de los corrientes capituló Chávez, instruyendo a alcaldes y gobernadores oficialistas a enterrar la lista que, según él, Luis Tascón había elaborado «sin mala intención». Según el líder del gobierno nacional «la famosa lista seguramente cumplió un papel importante en un momento determinado, pero eso pasó». Es decir, como ahora no estamos en momento revocatorio debe prescindirse del acoso y la retaliación. Esto, no obstante, deja abierta la opción de emplearla, por ejemplo, para las elecciones de 2006.
El modo como el presidente Chávez manejó el asunto es toda una confesión voluntaria de atentado contra los derechos humanos de conciudadanos suyos. ¿Qué hará a este respecto, sobre esta notitia criminis, el Fiscal General de la República, Isaías Rodríguez? Si, como cacarea periódicamente, fuese verdaderamente un celoso guardián de la constitucionalidad, lo que le sale es solicitar un antejuicio de mérito ante el Tribunal Supremo de Justicia, entre cuyas atribuciones expresas se encuentra (Numeral segundo del Artículo 266 de la Constitución): «Declarar si hay o no mérito para el enjuiciamiento del Presidente o Presidenta de la República o quien haga sus veces, y en caso afirmativo, continuar conociendo de la causa previa autorización de la Asamblea Nacional, hasta sentencia definitiva». Y el siguiente paso debiera ser la falta absoluta del Presidente pues, como reza el Artículo 233, una de sus causales es «la destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia».
Entonces, dejando tranquilo al ciudadano «Defensor» del Pueblo, que como de costumbre se ha hecho de la vista gorda ante tan grosera vulneración de derechos ciudadanos fundamentales, José Vicente Rangel, que hasta los momentos sería el heredero de un presidente destituido, pudiera ofrecer grandes cosas a Isaías Rodríguez, pues con el vídeo de Venezolana de Televisión tienen el mandado hecho.
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 7, 2005 | LEA, Política |

Hasta donde recuerdo, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT) financia preferentemente la investigación nacional en cabeza de investigadores específicos, en lugar de financiar globalmente a los centros de investigación. Hay programas, por supuesto, para el fortalecimiento de los centros, pero el financiamiento típico va—o iba—al investigador responsable de un determinado proyecto de investigación.
Un investigador responsable, probablemente líder de un equipo de varios investigadores, presentaba la solicitud al CONICIT (a una Comisión Técnica de su especialidad) en un formulario S-1, en el que especificaba los objetivos y la estrategia técnico-metodológica del proyecto, el tiempo estimado para la investigación, los miembros del equipo investigador, los materiales, instrumentos y equipos que requeriría, etc. Y tenía que certificar, además, su propio prestigio como investigador, su comprobada idoneidad. Así, debía enumerar los artículos que le habían sido publicados en revistas científicas (mientras más prestigiosas mejor), las conferencias o congresos a los que había asistido y en los que había expuesto algún trabajo y cualquier otro indicador a este respecto. La trayectoria del o de los investigadores era, sin duda, un importante factor de decisión para la comisión que examinaría la solicitud de fondos y recomendaría a favor o en contra de la adjudicación de los mismos.
Si éste fuese el único canal para el apoyo a la investigación, sin embargo, esa reglamentación hubiera eliminado toda posibilidad de financiar a investigadores noveles, recién salidos del cascarón académico, puesto que en este caso nadie podría mostrar que había publicado artículos en Annalen der Physik o en The New England Journal of Medicine, ni tampoco que había participado como ponente en una Conferencia Solvay. Un investigador novato, por más que sus profesores lo tuviesen por genio, no podría obtener bolívares del CONICIT. Nadie lo habría citado jamás, y por tanto su nombre no aparecería en el Science Citation Index.
Pero el CONICIT tuvo la sabiduría de concebir un programa especial para manejar este problema, por el que la regla de la trayectoria demostrada se suspendía, haciendo posible que los investigadores jóvenes tuvieran acceso al financiamiento de sus primeros proyectos. El Estado venezolano había encontrado la manera de auspiciar los primeros pasos de un futuro investigador.
Este problema se presenta en política, y es más agudo ahora, cuando por definición el país requiere caras nuevas en esa actividad, dado que los políticos convencionales se han revelado como ineficaces. Es decir, las nuevas vocaciones políticas tendrán mucha dificultad en obtener los recursos que les permitan presentarse a los Electores, dar a conocer sus personas y sus ideas, probar que pueden generar resonancia y apoyo.
En un proyecto para una nueva asociación política de febrero de 1985, por tal razón, se preveía un mecanismo similar al instituido por el CONICIT, y así estipulaba una parte de la cláusula sobre «Operaciones Electorales» de su acta constitutiva: «En complemento de lo antedicho, la Asociación contará con los mecanismos por los cuales sea posible promover en los Electores el conocimiento de nuevos e idóneos actores públicos».
Lo «antedicho» consistía en las siguientes estipulaciones:
«La Asociación en ningún caso postulará a persona alguna para cargos públicos electivos, pero podrá apoyar técnica y financieramente la postulación de miembros suyos a tales cargos siempre y cuando los miembros en cuestión soliciten ese apoyo luego de que hayan obtenido la postulación de un Grupo de Electores. Esta condición deberá expresarse en un número de Electores superior al que determinen las leyes electorales venezolanas como definición de un Grupo de Electores, según reglamentación que la Asociación elaborará al respecto. Igualmente, los miembros que aspiren al apoyo de la Asociación deberán haber completado un programa de formación análogo al descrito en la cláusula de operaciones estatutarias para autoridades y funcionarios de la Asociación.
Finalmente, quienes aspiren al apoyo de la Asociación en su postulación para cargos públicos, deberán someter sus programas o plataformas a la consideración y evaluación de una comisión técnica provista por la Asociación según reglamentación que ella elaborará al respecto».
Ahí queda eso, para la consideración de los asignadores de recursos, financieros o de otra índole, a quienes quieran lanzarse a la actividad política. Ahora vienen varias instancias electorales.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 31, 2005 | LEA, Política |

Al mejor estilo de un adulante vividor, el señor Heinz Dieterich, de quien se dice es uno de los más cercanos asesores intelectuales de Hugo Chávez, ha publicado un panegírico que mueve a risa, por el simplismo (y facilismo) de sus afirmaciones centrales.
Olvidando convenientemente que él mismo había empleado ya—en entrevista concedida a Luis Juberías Gutiérrez, de AVANT, el 7 de abril de 2004: «El socialismo del siglo XXI. La economía de equivalencias»—la expresión «socialismo del siglo XXI», Dieterich se desata en rastreras lisonjas al comandante sucesor del comandante Fidel. En efecto, el título del trabajo de Dieterich es La Revolución Mundial pasa por Hugo Chávez.
Así escribe, por ejemplo, en la segunda parte del texto: «En una audaz operación de comando, Hugo Chávez estableció el 27 de febrero del 2005 su ‘cabeza de playa’ de vanguardia mundial en el campo de batalla ideológica con la burguesía, al proclamar la necesidad de ‘inventar el socialismo del siglo XXI’ y ‘seguir alejándonos del capitalismo’. Caso seguido, el Comandante consolidó la posición con dos divisiones de blindados indestructibles, cuando enfatizó que el socialismo en Venezuela sería de carácter democrático y participativo, ‘en concordancia con las ideas originales de Carlos Marx y Federico Engels’.» Se guinda con buena técnica el Sr. Dieterich, no sin sugerir como quien no quiere la cosa que su nombre pudiera estar involucrado en un esfuerzo de recolección de ideas por Internet (lo que costaría sólo 100 mil dólares), dado que «no tenemos acceso a las supercomputadoras marca Marx, Engels o Einstein», que él estima necesarias al esfuerzo.
Dieterich exhibe su ignorancia, o su interés de manipulación histórica, al pretender que «no hay ningún Karl Marx o Friedrich Engels a la vista, quienes tuvieron la genialidad de concebir en apenas tres meses la ruta crítica hacia la sociedad postcapitalista, el ‘Manifiesto Comunista’ (1847). Tampoco se vislumbra a un Albert Einstein, quien en el mismo lapso de tiempo sentó las bases del mundo postnewtoniano (1905) con la teoría cuántica y la teoría de la relatividad». El Manifiesto Comunista publicado en 1848 fue ciertamente encargado a Marx y Engels a fines del año anterior, pero no es que estos autores inventaron de cero sus nociones en tres meses. Fue precisamente la circunstancia de que la pareja de teóricos tuviera ya un buen tiempo rumiando, escribiendo y hablando de esas ideas lo que determinó su escogencia. Del mismo modo, tampoco es el caso de que Einstein decidiera brusca y repentinamente que escribiría unas cositas para revolucionar la Física en 1905. Hacía largos años que lidiaba con los conceptos de lo que fuera después su teoría de la relatividad especial. De hecho, al menos desde su adolescencia jugaba con estas ideas, al preguntarse por primera vez cómo vería el mundo un observador que pudiera cabalgar sobre un rayo de luz. Y, naturalmente, Einstein jamás tuvo nada de comunista, por lo que su asociación con Marx y Engels en este contexto es simplemente otra manipulación más, idéntica a la técnica publicitaria de asociar un hembrón en bikini con una cierta marca de cerveza.
En su romántica concepción—el mismo Marx le hubiera llamado sin pensarlo mucho un «socialista utópico»—el Sr. Dieterich declara, en la entrevista mencionada, que el asunto se reduce a la democracia participativa y a «una sociedad en la cual el objetivo sea dar igual nivel de vida a todos los ciudadanos». Y explica: «El ideal de justicia de que todos tengan la misma gratificación por el mismo esfuerzo laboral, a mi juicio, sólo se consigue en el comunismo. Para que esto suceda no es suficiente la voluntad, sino que se exigen unas condiciones objetivas. Para que cada uno pueda aportar lo mismo con igual esfuerzo, necesitas niveles semejantes de alimentación, educación, participación, etc., es un proceso de voluntad política y de condiciones prácticas que te hacen una sociedad homogénea en cuanto a realizar y aportar más o menos lo mismo».
Es decir, una sociedad de hormigas idénticas, clonadas, sobre las que por supuesto es muy fácil perpetuar una dominación. Ése es, para Dieterich—y pronto para Chávez—el socialismo del siglo XXI.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 7, 2005 | LEA, Política |

Justamente—¿oportunamente?—al lado de la atribulada Bolivia, en Perú, el vicepresidente venezolano, José Vicente Rangel, concedió una de sus más desafiantes e inconsistentes entrevistas. (Al periodista Ricardo Uceda, del diario El Comercio de Lima). Por supuesto, repitió como urraca parlanchina la novísima teoría de Chávez el Supremo: la nebulosa ideológica del «socialismo del siglo XXI», que ni ellos mismos saben qué es, dado que por propia admisión no saben en qué consiste y dicen que habría que inventarlo.
Pero quiero enfatizar lo de la inconsistencia. En un momento de la retadora interviú, Rangel dice lo siguiente: «Una periodista, que escribe en el diario El Nacional, ahora sometida a proceso, Ibéyise Pacheco, publicó una columna en la que decía: en la sala del Consejo de Ministros la noche tal, se reunieron el presidente Chávez el vicepresidente Rangel, los ministros de Educación, de Trabajo, y varios jefes militares, y acordaron el asesinato de dirigentes políticos. Yo tengo la grabación, decía ella. Bueno, nosotros exigimos al Ministerio Público que presentara la grabación. Es lógico, ¿verdad? Tú entiendes que si a una persona se la acusa de haberse reunido mafiosamente para asesinar a opositores y, además, tiene la grabación, lo mínimo que se puede hacer es presentar esa prueba ante el Ministerio Público».
Para ese instante había aparentemente olvidado que el entrevistador había comenzado por preguntarle sobre el tema del magnicidio contra Chávez, suscitándose el siguiente diálogo:
Hugo Chávez dijo que tiene pruebas de que Estados Unidos lo intenta matar. ¿Cuáles son?
Primero, solicitar pruebas es un sofisma.
Pero han dicho que tienen pruebas. Se supone que, al decirlo…
Las pruebas son materia de seguridad, de inteligencia. No se pueden estar discutiendo.
Pero, si se mostraran, tendría mayor fuerza la denuncia.
Creo que la mayor prueba es el cadáver. Esa es la prueba plena. Preguntémosles por las pruebas a los chilenos, a los salvadoreños, a los guatemaltecos, a los dominicanos.
Etcétera. Ofrezco excusas por no repetir la trillada y pavosísima frase esa de pavos y de salsas, pero es evidente que al igual que con sus particulares guerras, los más altos funcionarios de nuestro gobierno emplean una lógica también asimétrica. (Además de inculta, porque lo que Rangel llama sofisma no tiene nada que ver con lo que esa palabra significa).
Claro, magnánimo, Rangel también declaró en Lima: «Yo quisiera ayudar a construir una oposición. Uno de los problemas de este gobierno es que hemos carecido de una oposición». Esto, después del cinismo de afirmar que ni Isaías Rodríguez, ni Clodosvaldo Russián eran chavistas, sino independientes, como nuestro Poder Judicial, y que Germán Mundaraín no tenía «ninguna afinidad política ni ideológica con el gobierno». Un descaro asqueroso.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 3, 2005 | LEA, Política |

¡Bingo! Eso habrá gritado Jesse Chacón al serle confirmada la noticia de la detención de Carlos Ortega, el más connotado líder del paro de fines de 2002 y comienzos de 2003 contra el gobierno de Hugo Chávez. Ortega, con una apariencia maquillada—pelo y bigotes teñidos de negro—que le asemeja extraordinariamente a Josef Stalin joven, fue apresado a las afueras de una casa de juegos de la urbanización Bello Monte de Caracas.
Versiones encontradas, como es habitual con las detenciones practicadas por el régimen, circulan acerca de los motivos de la presencia de Ortega en los predios del establecimiento de envite y azar. (Ya cierta prensa asegura que, minutos antes de su detención, el nuevo preso de Chávez-Chacón acababa de hacer una apuesta por tres millones de bolívares). Lo que parece cierto es que el líder sindical, a quien se le incautó una cédula de identidad y una licencia de conducir con nombre falso, habitaba desde hacía más o menos un año en una quinta de la misma urbanización.
Es de esperar que sobre Carlos Ortega caiga todo lo que el gobierno pueda encontrar para achacarle, lo que seguramente incluirá aquella conversación grabada no mucho antes del 11 de abril, en la que el ahora detenido solicitaba apoyo e instrucciones a Carlos Andrés Pérez y en la que éste le recomendaba que se pusiera de acuerdo con Pedro Carmona Estanga. Más recientemente, y después del fracaso del paro y el referendo revocatorio, Ortega coincidía con apreciación de Pérez: que a Chávez no puede deponérsele por métodos democráticos y por consiguiente habría que ejercer la violencia contra él. Si Ortega no ha mudado de opinión, es entonces difícil imaginar que tiene un año de incógnito en el país por pura nostalgia del terruño o con el exclusivo propósito de jugar al bingo. Algo andaría preparando.
Vendrán, por supuesto, nuevas detenciones y allanamientos relacionados con el caso. Hasta los momentos ha sido allanada la quinta que ocupaba Ortega, pero aparte de algunos diskettes de computadora, lo encontrado allí, según reporta la policía «científica», es un somero arsenal de maquillaje teatral: peluquines, bigotes postizos, tinte capilar. Algo así como los cachitos de jamón de la finca Daktari.
Pero alguien financiaba la temporada irregular de Ortega en Venezuela. Alguien ha debido saber de su presencia en el país. (Hay fotos que le ubicaban en la autopista Francisco Fajardo en la concentración de cierre de la campaña revocatoria en agosto del año pasado). Aparte de la previsible vindicta en su contra, fariseando justicia que no se administró a los sueltos matarifes de Puente Llaguno; aparte del ensañamiento y la torpeza esperada por parte de una Fiscalía más bien chimba (cuyas chambonadas pasan por alto habitualmente muchos de los tribunales de la República), será interesante averiguar qué es lo que Carlos Ortega estaba haciendo en el país.
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 24, 2005 | LEA, Política |

Varias iniciativas recientes, conmovedoras algunas, ineficaces todas, buscan establecer nuevas organizaciones políticas con la intención de ofrecer competencia significativa a la hegemonía totalitaria del chavismo. Mientras el gobierno continúa desenfrenado, damnificando a los habitantes de Villa Hermosa para, supuestamente, resolver la tragedia de los damnificados por las recientes lluvias—habría que ver si Juan Barreto vive en algún sitio rodeado de los «pobres» que dice defender—mientras reglamentos ilegales e inconstitucionales pretenden descoser las atribuciones del Consejo Nacional de Universidades, mientras la podrida Fiscalía General procura transferir su culpa extorsionadora a acuciosos pero incómodos periodistas, más de un venezolano con vocación pública se ha ocupado con la fundación de nuevas formaciones partidistas.
Así, por ejemplo, el general Alfonso Martínez ha creído que basta su condición de víctima famosa para liderar un movimiento que generosamente ha puesto a la orden, como plataforma para quienes quieran pelear contra candidaturas chavistas en las inminentes elecciones de este año
Así, por ejemplo, otra víctima prestigiosa, Tulio Álvarez, encabeza una fundación para «la «resistencia» y ofrece a «quienes querían calle» una enésima marcha de protesta dentro de la escuálida zona que va desde el Centro Lido hasta la Plaza Brión de Chacaíto—territorio nada popular pero convenientemente situado dentro del municipio de Leopoldo López—a ver si logra emerger como el líder que pueda candidatearse contra Chávez en 2006.
Así, por ejemplo, un gastado Luis Manuel Esculpi aparece como la cabeza de una Izquierda Democrática que no dice nada nuevo, que no aporta la «diferencia específica» que los mercadólogos exigen en un producto que pueda posicionarse con ventaja ante una competencia que carecería de ella.
Son líderes gastados, protagonistas de luchas infructuosas, estratégicamente equivocadas y que no levantarán apoyo suficiente porque no tienen lo que se necesita. Esculpi, por caso, estuvo con el MAS que decidió apoyar a Chávez en 1998, ante reiteradas y clarísimas advertencias en contrario de Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez. Luego fundó el partido Unión aceptando la jefatura de Francisco Arias Cárdenas, para darse cuenta, sólo después del inútil referendo revocatorio, que ese otro comandante golpista como que se estaba acercando demasiado al gobierno. ¿Son cabezas como ésa las que pueden proporcionar claridad estratégica y consistencia política a la amplia población que desea una cosa distinta de la dominación totalitaria que todos los días inventa alguna ocurrencia de populismo socialista?
Por fortuna, hay otros focos en hervor, y en algunos pareciera haber elementos que distinguirían su enfoque del prevaleciente en los casos mencionados. Sólo una verdadera voluntad de hacer algo distinto pudiera ahorrarles el destino insignificante de tan pobres iniciativas.
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