por Luis Enrique Alcalá | Jun 16, 2005 | LEA, Política |

Hay algunas noticias que parecieran señalizar el alivio de ciertas tensiones. Por ejemplo, debe resultar en un descenso de la tensión en las filas opositoras al gobierno de Chávez, el anuncio del Centro Carter de que no será observador en las venideras elecciones municipales del 7 de agosto. Dada la matriz de opinión sembrada contra Jimmy Carter—que habría legitimado vilmente al gobierno con su dictamen sobre el referendo revocatorio del 15 de agosto—esa declaración debe contentar a muchos. El Centro Carter aclaró que su ausencia se deberá, simplemente, a que no ha sido invitado por el Consejo Nacional Electoral. La postura, sin embargo, debe entenderse formulada estrictamente para las elecciones de agosto, y abierta a la participación del centro en las de la Asamblea Nacional y la de Presidente de la República del próximo año. Después de que la Unión Europea hubiera ofrecido antes una explicación similar, sólo quedan la OEA y la ONU para este cometido. El papel de CAPEL (Centro de Asesoría y Promoción Electoral) es otro distinto al de observador. El CNE certifica ahora que el director de esa organización asesora opina que «la propuesta del CNE de incorporar observación de partidos políticos en el proceso de auditorías del registro electoral (RE) es inédito», y también que «garantizó a los actores políticos que los resultados de la auditoría serán 99% confiables». (La gente de CAPEL se reunió en el CNE con representantes del PCV, Izquierda Democrática, Primero Justicia, Proyecto Venezuela, Polo Democrático, Podemos, MVR, Bandera Roja y MEP. Ausentes notorios: MAS, PPT, AD, COPEI).
También alivia la cosa la retirada de los agresivos manifestantes bolivianos, que cesaron su militante presión contra las instituciones de su país. Un compás de espera abre una no muy ancha ventana para las acomodaciones electorales en Bolivia.
Y ahora Venezuela ha culminado la presentación formal de su solicitud de extradición de Posada Carriles por los Estados Unidos. La atención que Cuba concede al caso fue el pretexto esgrimido por Fidel Castro para no viajar a Katar, donde se escenifica una cumbre del Grupo de los 77 y China. He allí otro punto que de resolverse a favor de Venezuela contribuiría a un alivio de tensiones. Probablemente algún analista del Departamento de Estado haya ya recomendado conceder tácticamente el sacrificio del viejo combatiente anticastrista, con lo que se desinflaría significativamente la bullaranga retórica de Chávez. Pero lo más determinante en el caso es que en los Estados Unidos hay verdadera separación de poderes, y la decisión sobre Posada no es del ejecutivo norteamericano, sino prerrogativa de un tribunal. Si la solicitud está sólidamente argumentada y es tenida por legalmente correcta, no habría nada que Bush pudiera hacer para impedir la extradición. Aquí, paradójicamente, un triunfo del gobierno venezolano sería en sí mismo un mentís a sus denigraciones genéricas contra la potencia norteña.
Al regreso del caso Posada Carriles a primer plano, Venezuela y Cuba denunciaron su presencia en los Estados Unidos, lo que inicialmente fue negado por las autoridades de este país. Se trata de una conducta parecida a aquella ferviente y reiterada negativa del gobierno venezolano respecto de la presencia de Vladimiro Montesinos en nuestro territorio. ¿No se parecen los gobiernos de todo el mundo los unos a los otros?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 2, 2005 | LEA, Política |

De las ausencias del presidente Chávez en el fin de semana—en la marcha del sábado en defensa de PDVSA y en Aló Presidente del domingo—se generó, probablemente para su narcisista diversión, una profusa catarata de explicaciones. Hasta bien entrada la tarde del lunes hubo rumores de un supuesto—y deseado por muchos—accidente cerebro-vascular, así como llamadas que aseguraban que la mamá de alguien que trabaja en la Casa Militar sabía que a Chávez le habían dado tres tiros. Otros juraban que estaba en Cuba, como se colegía del hecho de que el Airbus 300 habría aterrizado en Maiquetía luego del fin de semana.
En plan de más sofisticado análisis, algunos lanzaron la hipótesis del descontento presidencial—y su depresión emocional—con la escualidez de la marcha sabatina. (Por cierto, no tan escuálida como la exigua presencia de partidarios del chavismo enfrente de Miraflores el lunes por la mañana, en ridícula exigencia de que les enseñaran que su líder estaba vivito y coleando por cadena nacional de radio y televisión).
Tal vez se atinó más al sugerir que la cancelación del Aló Presidente era una forma de atenuar los más recientes ladridos de Chávez a los Estados Unidos, que incluyeron el posible rompimiento de relaciones diplomáticas por causa de Posada Carriles. En verdad, ya un Chávez más sobrio ha debido percatarse de que se le pasó la mano. (Quizás al saber que un pescueceante Bernal intentaba llevar a los marchistas sabatinos en asedio a la embajada norteamericana).
En todo caso, la abundancia de interpretaciones deja en claro una cosa: que la obsesión de muchos venezolanos con la persona de Chávez no sólo se dispara con su presencia, sino también con su ausencia. Es decir, Chávez les hace falta para vivir.
No vale la pena siquiera comentar las poco interesantes razones ofrecidas por el mandatario para su desaparición, y que intentó aprovechar para posicionarse como solícito padre. Sus desvelos paternales no son asunto de incumbencia de la Nación, por más que sea propenso a confundir su pobre biografía con la historia de la República.
Una sola explicación de su ausencia del sábado parecía tener algún sentido político. La escuché de una persona que me merece cada vez más respeto como interpretador de lo político: Chávez no quería dar un cheque en blanco a Rafael Ramírez, luego de haber calibrado que la rampante corrupción y la evidente ineptitud de PDVSA pueden ser el verdadero talón de Aquiles de su gobierno. Practicante de la doctrina del preservativo usado—perdonen la grosera expresión presidencial, aun en esta versión eufemística—Chávez habría olido que debe desmarcarse de esa obscena gestión. No todos los fondos faltantes en PDVSA han ido al financiamiento y expansión de su gloriosa revolución. Una buena parte paga Lamborghinis que se estrellan en árboles que bordean carreteras de Florida.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 26, 2005 | LEA, Política |

El primer ministro Jean-Pierre Raffarin dijo: «Hoy perdemos más que un filósofo. Toda la tradición humanista europea está de luto por uno de sus voceros más talentosos». El gobernante francés hablaba de Paul Ricoeur, el gran filósofo, intérprete bíblico, estudioso de la percepción y fenomenólogo, que murió a los 92 años de edad en su casa de Chatenay-Malabry, al oeste de París. Su hijo Marc explicó el viernes pasado cómo tuvo la más suave de las muertes, durante su sueño. Merecía esa muerte, después de tanto tiempo en un campamento de concentración alemán durante la dominación de Hitler, después de tanto mérito como intelectual y campeón de la luz y la bondad.
Habiéndose graduado en la Universidad de Rennes, se convirtió en profesor universitario después de la guerra, y enseñó entre otros lados en la Sorbona y la Universidad de Chicago. También fue activo en el partido socialista de Francia. Escribió una veintena de libros sobre el papel de la ética en la política, la religión, el mal y la culpa, sobre lingüística, sobre Marxismo y Estructuralismo. En noviembre pasado le cupo el honor y el alivio financiero representados por el Premio Kluge—que reconoce logros en campos no cubiertos por el Premio Nóbel—que compartió con el historiador norteamericano Jaroslav Pelikan.
Mientras era prisionero de los nazis Ricoeur y sus compañeros organizaron círculos de lectura y seminarios, los que alcanzaron tal nivel que el gobierno de Petain debió acreditar la escuela de prisioneros como institución que podía conferir diplomas. Una vez libre su país lo premió con la Cruz de Guerra.
Descubridor de la «flecha» de los textos, sostenía que éstos debían ser evaluados no por lo que el escritor quiso significar, sino por lo que significaban ahora. Escribió en 1976 (Teoría de la Interpretación): «¿Qué es lo que en verdad debe entenderse—y en consecuencia apropiarse—de un texto? No la intención del autor, que supuestamente se esconde tras el texto; no la situación histórica común al autor y sus lectores originales; ni siquiera su comprensión de sí mismos como fenómenos culturales e históricos. Lo que debe ser apropiado es el significado del texto mismo, concebido de un modo dinámico como la dirección del pensamiento que el texto abre». Después indicaba que todo texto suministra una flecha que indica hacia delante, y que es tarea del lector seguirla en pos de nuevos significados.
Y nos dejó una advertencia: «Con la idea de la corrupción entramos en el reino del terror». Mientras un régimen es más corrupto se hace más peligroso. Tiene más usufructo que ocultar y proteger. Nos lo dice quien conoció el terror de cerca.
De rigueur l’adieu a Ricoeur. Gracias por sus iluminaciones.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 19, 2005 | LEA, Política |

Una verdadera papa caliente tienen los Estados Unidos en la persona de Luis Posada Carriles, detenido en Miami el martes de esta semana luego de que autoridades norteamericanas negaran conocer su paradero ante exigencias de Fidel Castro y Hugo Chávez. Una creciente presión internacional inclinó la balanza en contra del incesante enemigo de Castro. Posada Carriles, admitió su propio abogado, había entrado a los Estados Unidos en marzo de este año, proveniente de Panamá por vía de Honduras. Desde Texas arribó a Florida en uno de los proverbiales autobuses de Greyhound.
Documentos de la CIA y el FBI en el Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, liberados por efectos de la Ley de Libertad de Información, establecen que Posada Carriles estuvo vinculado estrechamente a la primera de las agencias desde la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, que habría participado muy activamente en la lucha antizquierdista en Centroamérica y que habría asistido al menos a dos sesiones de planificación del atentado de 1976 contra el avión de Cubana de Aviación, celebradas en el hotel Anauco Hilton de Caracas.
Venezuela solicitó formalmente la extradición de Posada Carriles de los Estados Unidos, y ahora asegura por parte del vicepresidente Rangel que de recibirlo no lo enviaría a Cuba y lo sometería a juicio ante tribunales locales. Las autoridades estadounidenses, que en principio deben decidir hoy sobre el destino del detenido, en teoría pudieran liberarlo, mantenerlo confinado por inmigración ilegal (viajó con pasaporte falso) o extraditarlo, como modo de mostrar consistencia en su política de condena al terrorismo.
La inclinación esperada en el gobierno de George W. Bush sería la de no entregar el prisionero a Venezuela. De hecho, las leyes norteamericanas prohíben la extradición a Cuba o a cualquier país que actúe en defensa de intereses cubanos. Por esto algunas fuentes indicaban ayer que los Estados Unidos buscarían deportarlo a un país que no fuese el nuestro.
No es de esperar una activa defensa de Posada Carriles, que en 1976 trabajó para la Disip de Carlos Andrés Pérez, por parte del exilio cubano en Miami. El costo político para Bush a este respecto no será muy grande por la detención misma, y si piensa a mediano plazo, hasta pudiera considerar lo impensable: entregarle a Chávez la presa, tal como éste convino en entregar a «El Chigüiro» al gobierno colombiano. Con el sacrificio del anciano terrorista de 77 años, que ya ni siquiera es visto como héroe por los cubanos de Miami, Bush pudiera callar la boca por un tiempo al deslenguado Presidente de Venezuela y cobrar credibilidad en su proclamada cruzada contra el terrorismo de cualquier signo. Esto sería mejor que permitir a Posada Carriles, en una defensa que seguramente alegaría sus servicios a los Estados Unidos, contar lo que sabe de las operaciones de la CIA en el continente.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 12, 2005 | LEA, Política |

La última ópera que escribiera Puccini, la por poco inconclusa Turandot, rompe moldes de la convención dramática del género. En ella el coro, que para óperas anteriores había sido meramente un relleno entre cantos de los protagonistas, comentario sobre la acción o pincelada de refuerzo, pasa a ser él mismo un personaje.
El esqueleto de la trama es simple: Turandot, Princesa de China, ha estipulado que sólo se casará con aquel pretendiente que acierte la solución de tres enigmas que ella le propondrá. Quien falle será decapitado.
La acción comienza en la plaza de Pekín, donde un enjambre de súbditos aguarda, con ánimo expectante e interesado, el espectáculo de la decapitación del Príncipe de Persia, que no supo contestar las adivinanzas. Es un pueblo que obedece a los personajes reales, como la princesa. Lo que está a punto de ocurrir es una consecuencia esperable de un decreto de Turandot, y por tanto no lo cuestionan. Si es de la princesa debe ser justo. El coro se escucha en la espera.
De pronto aparece una llamativa figura: el Príncipe de Persia, escoltado por guardias hacia el cadalso. Es muy joven, es apuesto y parece muy bueno y noble. Habría hecho un benévolo consorte de Turandot. Entonces el pueblo se horroriza y se conmisera con el príncipe, y desde una profunda lástima las voces piden clemencia a la princesa. Hay quienes gritan: «Turandot, crudele».
Pero luego aparece Turandot: radiante, bellísima, poderosa, subyugante. Tanta es su hermosura, tan lujosas son sus galas y obvio su poder, que el pueblo olvida su emoción anterior y prorrumpe en adoración de la princesa.
La ópera Turandot caricaturiza así uno de los rasgos de la opinión pública: su variabilidad instantánea, su volubilidad. Puede que las abejas de un enjambre vuelen posadas sobre un área fija, a veces por un buen tiempo, pero también pueden alejarse con gran velocidad sin previo aviso.
Así le pasó a Girolamo Savonarola (1452-1498) en Florencia, ciudad-estado renacentista que dominó a partir de 1492, el mismo año en el que, sin intención, Colón descubría un mundo desconocido a los afroeuroasiáticos. (Tampoco conocían Oceanía a la fecha). Savonarola predicaba fieramente contra la corrupción de la iglesia y las costumbres. Alcanzó su cumbre cuando patrullas de jóvenes organizadas por él fueron casa por casa para recoger ostentosos y vanos objetos, que iban desde cosméticos hasta obras de arte, pasando por vestimenta, libros, instrumentos musicales, que quemarían luego en inmensa hoguera de las vanidades en la plaza principal. Era un orador mesiánico y carismático, que creía que Dios le hablaba y le pedía que hiciera cosas, y pretendió instaurar una democracia teocrática y un modo de vida en extremo puritano. Para él era malo ser rico.
Ese exceso fue su perdición. La bondad compulsiva no era del agrado de muchos, y él no sabía que no se puede restaurar la moral de la noche a la mañana y que no se la puede forzar. Excomulgado por Alejandro VI (el papa Borgia), comenzó a perder apoyo cuando el pontífice amenazó con lanzar un interdicto contra Florencia, lo que impediría su comercio. Savonarola fue apresado por el propio pueblo y luego juzgado—sobre pruebas forjadas de herejía—y colgado y quemado en la hoguera.
Como enseñó Puccini, el pueblo es un enjambre con capacidad de inconstancia. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 28, 2005 | LEA, Política |
Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual, al comienzo del mundo, sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios). Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas ¡pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían!
En tropicalización de la leyenda distinguiríamos nosotros entre caciques y brujos. El lunes de esta semana tuve la fortuna de escuchar una de las siempre atinadas exposiciones del «brujo» Alfredo Keller. Entre las muchas cosas inteligentes y bien fundadas que le escuché estuvo su descripción tripartita de la actual oposición venezolana al avasallante régimen de Hugo Chávez. Keller la entiende estructurada en tres grupos: el más sensato—y hasta cierto punto más realista—de ellos insiste en transitar rutas democráticas y electorales, pero esta agrupación se encuentra atenazada entre dos grupos muy disímiles. Uno es el de quienes han perdido toda esperanza, de quienes han tirado la toalla y procuran sobrevivir o huir (real o psicológicamente), o tal vez adaptarse o saltar definitivamente la talanquera. El otro está conformado por los radicales que tienen la valentía de no rendirse, pero al mismo tiempo están convencidos de que habrá que emplear la violencia—el magnicidio o el golpe de Estado, quizás la invasión «salvadora» de potencia extranjera—para salir del régimen que nos domina.
Entre estos últimos se cuenta, por ejemplo, el otrora candidato presidencial copeyano Oswaldo Álvarez Paz, que anuncia la formación de un nuevo movimiento político del que será su líder y que escribe en su columna «Desde el puente»: «El lector se preguntará si es que todo está perdido. Pues, ¡no y mil veces no! El régimen es perfectamente derrotable. Ésta es la tarea de este tiempo y no otra. Hay caminos para lograrlo y hay como sustituirlo por otro que permita recuperar el tiempo miserablemente perdido y, fundamentalmente, que devuelva a todos el valor del orden esencial de las cosas, de la ley, de la excelencia en todas las actividades de la vida. El valor de la familia y del producto del trabajo diario. Tenemos que volver a las raíces de nuestra nacionalidad, a las ideas fundamentales de los hacedores de la República en todas sus etapas. No para volver atrás, sino para pensar cómo actuarían en nuestras circunstancias. Ya basta de pensar sólo en elecciones. La verdadera naturaleza del problema no es electoral. Algo está por nacer».
Esperaremos, entonces, que Álvarez Paz y otros que como él andan en lo mismo, expliquen cuál es esa ruta no electoral—insurreccional o intervencionista, suponemos—que no depende por tanto de los Electores, del Pueblo mismo, sino del arrojo de autoungidos furibundos que nos resolverán todo.
LEA
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