LEA #327

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Una crónica de los días cuaresmales en Sebucán, urbanización del Municipio Sucre caraqueño, reportaría que en la intersección de su cuarta calle transversal con la avenida Miguel Otero Silva se procedió a quemar un Judas en Domingo de Resurrección, un evento que no había ocurrido en ese preciso sitio en, al menos, los últimos veinte años. Por la mera observación de la figura de espantapájaros habría sido imposible determinar a quién representaba, pero un joven que solicitaba de conductores y peatones dinero para el financiamiento de bebida alcohólica portaba un cartel explicativo: se trataba de una efigie de Hugo Chávez.

Tal vez sea apresurado concluir por ese hecho que la popularidad presidencial en fechas recientes haya disminuido; la veintena de jóvenes motorizados—que cualquier encuestadora hubiera clasificado del segmento C hacia abajo—ha podido razonar su mercadeo y previsto, en una urbanización con pobladores del segmento C hacia muy arriba, que sería mucho más fácil recoger plata si se anunciaba la quema de un modelo del Presidente de la República. Aun así, la lectura más favorable a Chávez es que los inquisidores de la prevista pira no le respetan ya, no le tienen miedo.

En la misma zona, quien escribe esperaba unos días antes el Metrobús 111 frente al Polideportivo del Parque Miranda, con el plan de bajarse unos metros más arriba de la ubicación de Judas Chávez. En el poste que señala la parada sobre la avenida Rómulo Gallegos, contemplaba la ineludible publicidad roja del SENIAT, con la infaltable y destacada mención de Chávez. Pequeña muestra, por supuesto, del abuso característico del actual gobierno venezolano.

La molestia y el ensimismamiento fueron rotos por un ruido de metal y pavimento contrapuestos. Era la pala de un empleado del Municipio Sucre que barría, con instrumento ineficiente, hojas y basura de la calle al borde de la acera. Ya no vestía franela roja, sino color crema, y no avisaba algún lema socialista, sino la más sutil insinuación: “El cambio ya empezó”, o algo por el estilo. ¡Qué lástima—pensé—que el alcalde por el que voté con el mayor gusto emplee también dineros públicos para propaganda política! La obscenidad de la propaganda gigantográfica y omnipresente de Chávez, por descontado, es mil veces peor que tan inocuo eslogan, pero la cosa evocó de inmediato el número aquel de 800-IRENE.

Esa leve inconformidad desapareció por completo en Sábado de Gloria. A eso de las cinco y media de la tarde, buena parte de un corpulento árbol cayó sobre un automóvil que pasaba por la tercera transversal de Sebucán, por fortuna sin lesiones graves a los ocupantes. Toda la calle quedó obstruida.

Poco antes de las ocho de la noche la normalidad había sido restablecida. Un camión con trabajadores del Municipio Sucre ya había recogido el estropicio, en horas tardías de difícil día de Cuaresma y respuesta veloz. El cambio, me di cuenta, ya ha empezado.

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LEA #326

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Lewis Coser, el sociólogo estadounidense que dedicó gran parte de su vida de científico al estudio del conflicto, alertó una vez sobre los inconvenientes del excesivo secreto aun en el reino de lo militar. (The Dysfunctions of Military Secrecy, 1963). Fue capaz de mostrar cómo pueden suceder guerras estúpidas porque los contendientes están mal avisados acerca de las capacidades reales del adversario.

La informatización acelerada de la sociedad, con su consiguiente aumento de conciencia política de las poblaciones, está forzando cambios importantes en los estilos de operación política. El glasnost de Mikhail Gorbachov, como se ha dicho acá otras veces, más que una intención era una necesidad. El previo modelo de la Realpolitik requería, para su operación cabal, de la posibilidad de mantener discretamente oculta la mayoría de las decisiones políticas. Pero, en muchas ocasiones, hasta las operaciones que son intencionalmente diseñadas para ser administradas en secreto son objeto de descubrimiento, casi instantáneo, por gobiernos competidores, los medios de comunicación social u otros investigadores interesados.

La política moderna debe entenderse más como un juego de ajedrez, en el que cada contendor tiene información completa acerca de la cantidad de piezas en poder del oponente y su ubicación.  (Hasta la estrategia es conocida: si un jugador de las piezas negras, en principio destinado a la defensa, elige responder con una Defensa Siciliana, definida por su primera jugada, quien mueve las blancas sabe que deberá atenerse a un opositor agresivo que no se resignará a un juego calmado). Lo que es crucial en esta clase de confrontaciones es que cada jugador ignora cuál será el próximo movimiento de su adversario. (Cosa que tiende a ocurrirle a los actores de la oposición en este país).

El tema es importante en sociedades en las que, como la nuestra, el poder político no respeta las esferas privadas y tampoco sigue las reglas de la urbanidad política convencional, que en algún grado moderan la suciedad de la lucha. Un gobierno que graba conversaciones, que espía directamente, que viola información confidencial de modo cotidiano, es un caso especial.

Pero aun en ese caso es poco útil hacerse paranoico. Naturalmente, la prudencia es una gran virtud, pero la conducta ganadora es la de concebir y ejecutar estrategias “insensitivas”, relativamente inmunes y estables.

Es posible formularlas. Dentro de toda su agresividad y patanería, el actual gobierno venezolano procura no rebasar ciertos límites. A pesar de su admiración por Fidel Castro, Hugo Chávez no ha usado el fusilamiento ante paredón como técnica de gobierno. (Por ahora).

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LEA #324

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Desplante de autócrata lo de arrebatar a los estados el control de los puertos y aeropuertos. Nada nuevo bajo el sol, en cualquier caso. Ya Antonio Guzmán Blanco prometió en su tiempo convertir a Maracaibo en “playa de pescadores”, según cuenta Juan Besson en su Historia del Zulia. Una escritora más reciente detalla: “Así… del gobierno central en Caracas emanó una orden para fusionar a Zulia y Falcón, y ya para abril de 1883 el Zulia había pasado a ser sólo una sección de la entidad federal Falcón, cuya capital era la aldea falconiana Capatárida, situada—qué conveniente— a mitad de camino entre Coro y Maracaibo. Las operaciones del célebre puerto de Maracaibo fueron degradadas a mero cabotaje hacia Puerto Cabello”. (Nacha Sucre, Alicia Eduardo: Una parte de la vida, de próxima publicación por la Fundación Empresas Polar).

El Consejo Legislativo del Zulia ha declarado al estado en emergencia, pero más allá de la amenaza de “desenmascarar al Presidente, para colocarlo en su lugar ante el pueblo y demostrarles a todos quién gobierna al país”, que fue lo que ofreciera Eliseo Fermín, Presidente del parlamento regional, uno no ve cuál resistencia práctica pudiera oponer el cuerpo legislativo estadal, y las autoridades ejecutivas, al designio absolutista. En 1899 el Zulia probó a rebelarse contra la férula de otro dictador, Cipriano Castro, quien no tardó en someter por la fuerza a los zulianos. (“La desolación se apoderaría de Maracaibo. La ciudad fue sitiada por tres vapores de guerra y varias goletas armadas. Fue profundamente violentado el estado de derecho, lo que acrecentó el odio contra Castro, y se siguió luchando en algunos distritos del Zulia y conspirando en su capital”. Nacha Sucre, op. cit.)

De pasar la resistencia a rebelión, Hugo Chávez procedería a reprimirla con la fuerza. Después de aquella amenaza inconclusa contra Colombia, y dada la imposibilidad de medirse contra las fuerzas del imperio, Chávez podría por fin probar a los Sukhoi en combate, ordenando que bombardeen Maracaibo como Franco lo hizo con Guernika. Ésta es la clase de valiente combate al que Chávez se atreve.

Él entiende—lo ha dicho más de una vez muy didácticamente—la política como lucha, como guerra. Claro, sólo lucha contra contrincantes débiles y más pequeños a los que arrebata sus recursos, con la complicidad cobarde de los diputados nacionales. Sólo tiene valor para el combate desigual, en el que lleve una abrumadora ventaja.

Lucha, sí, pero contra enemigos atados o impedidos de otro modo. ¡Valiente valentía!

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LEA #323

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No es porque Barack Obama lo haya hecho, y lo sigue haciendo, con éxito que la nueva política debe existir en la red de redes. Es porque la red de redes es la nueva realidad.

En un planeta con 6.700 millones de habitantes, 1.700 millones navegan habitualmente por Internet; esto es, la cuarta parte de la humanidad está conectada en modo que no existía disponible para los mortales comunes antes de 1995. En Venezuela, más de seis millones de compatriotas son internautas, y de éstos las dos terceras partes serían ubicadas por las estadísticas en las clases D y E. Hay en el barrio venezolano una poderosa vocación de modernidad que debe ser acompañada.

José Rafael Revenga nos da el siguiente dato alucinante: el parque mundial de teléfonos celulares ya alcanza los cuatro mil millones de aparatos, y la cuarta parte de ellos fue vendida el año pasado. O uno lee en Wikipedia en español: “Un netbook es un subportátil, es decir, una categoría de ordenador de bajo coste y reducidas dimensiones, lo cual aporta una mayor movilidad y autonomía. Son utilizados principalmente para navegar por Internet y realizar funciones básicas como proceso de texto y de hojas de cálculo”. Pues bien, en medio de la descomunal crisis económica planetaria, ABI Research estima que el mercado de estos últimos dispositivos crecerá por lo menos en 100% durante 2009.

El gran libro de Marshall MacLuhan era un ensayo más bien compacto: “La comprensión de los medios: las extensiones del hombre”. Allí nos proponía entender el automóvil como una extensión del aparato locomotor, y el telescopio como una extensión del ojo. Pero ahora las redes y los procesadores nos extienden el cerebro total, la capacidad general de pensar y comunicar. Estamos bien enredados, como predijo Teilhard de Chardin sin saber cuál sería el sustrato físico de una conciencia colectiva que culminaría la evolución humana, o como sintió Yehezkel Dror—“Ahora se construye el cerebro del mundo”—ignorando la misma cosa.

No somos ya, pues, Homo sapiens; ha nacido una nueva especie del género Homo. Extendidos en facultades, somos el producto de una mutación que ha producido el Homo retis, el hombre de la red. Y éste no es el gladiador reciario, que lanzaba su red sobre el contrincante. Por más que la conectividad planetaria puede ser, local y temporalmente, empleada con maldad o desalmadamente para la agresión, el enjambre planetario tiene un tamaño enorme, y forma una célula sobrehumana cuya prioridad será su homeostasis: la supervivencia. El hombre de la red es primordialmente el hombre de la cooperación.

¿Qué es un referéndum de escasos once millones de votantes ante uno que pudiera, en plazo más bien breve, concitar a un par de miles de millones?

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LEA #322

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Los churupos dan ahora sólo para estatizar plantas arroceras de mediano tamaño, ya no bancos de tamaño grande. A la gente del Banco Santander se le ha hecho saber que, por ahora, lo de comprarle el Banco de Venezuela está diferido. La masa no está para bollos.

Apenas concluida la tarea política de la apresurada enmienda constitucional, la Presidencia de la República expresó al fin preocupación por la situación económica del planeta, que al deprimir la demanda petrolera y los precios de nuestra principal fuente de divisas, cambia radicalmente las posibilidades de la revolución. Es difícil saber si en verdad era Montgomery mejor comandante de tanques que Rommel; lo cierto es que este último se quedó sin gasolina. Ya la revolución no es tan fácil. Ahora dice el Presidente del Metro de Caracas, poco antes de que algunos de sus trabajadores fuesen a protestar ante las oficinas de Chacao, que el Ejecutivo Nacional, no la mera compañía sino el gobierno entero, carece de los recursos requeridos para honrar el contrato colectivo firmado hace menos de seis meses.

Pero esta situación pudiera cambiar dentro de poco. La apuesta del gobierno es que la recesión mundial no llegue a convertirse en depresión, y que los precios del petróleo repunten antes de que sea demasiado tarde para el socialismo del siglo XXI. Mientras esto ocurre, las abundantes reservas de moneda extranjera pueden cubrir la brecha entre el descomunal gasto público venezolano y los ingresos fiscales. ¿Tiene tal esperanza algún asidero?

Hay ya algunos analistas que dibujan exactamente ese escenario. Los expertos en petróleo de Barclays Bank, por ejemplo, creen que la caída de la demanda petrolera dejará de ser tan acusada en los meses venideros, mientras que del lado de la oferta su contracción impulsará los precios hacia arriba. Bernstein Research fijó su atención en la reducción de la oferta no OPEP, la que estima pudiera caer en 2,5 millones de barriles diarios durante 2009. PFC Energy también pronostica, aunque con cifras menores, una contracción continuada de la oferta petrolera a corto plazo.

Esta reducción se suma, por supuesto, a la ya decidida por la OPEP, que ha retirado del mercado alrededor de tres millones de barriles diarios. La realidad de los costos se impone sobre las inversiones programadas en la industria petrolera como en la del arroz, y los proyectos de desarrollo son diferidos o cancelados cuando los números no dan.

En los últimos días los precios de petróleo han detenido su caída, e incluso han mostrado alguna recuperación. Quizás quienes esperaron que la solidez del gobierno venezolano se vería gravemente mermada del lado financiero se adelantaron en exceso. Aun así, es difícil que regrese para Hugo Chávez la posibilidad de financiar la revolución latinoamericana. Por ahora no tiene cómo sufragar la adquisición del Banco de Venezuela.

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LEA #320

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No deja de ser doloroso que unos cuantos venezolanos se hayan dejado encandilar por el oropel del Stanford International Bank, propiedad de “Sir” R. Allen Stanford, hasta el punto de que sus imprudentes inversiones (entre 2.500 y 3.000 millones de dólares) representen la tercera parte de la captación de la entidad para los “certificados de depósito” que la Comisión de Valores de los Estados Unidos (SEC) ha calificado de fraudulentos.

Quien escribe, por otro lado, conoce a unos cuantos empleados del grupo financiero Stanford, y sabe que han actuado inocentemente de buena fe. Entre los primeros engañados por el Sr. Stanford—que alguna vez, para horror de la Universidad de Stanford, insinuó que era pariente de su fundador—está, sin duda, la mayoría de sus empleados. La creciente revelación de detalles de la colosal estafa indica que sólo Allen Stanford y su ejecutivo de confianza James Davis, basado en la isla de Antigua, conocían la verdad sobre el destino de 8.000 millones de dólares que lograron birlar a sus clientes. Tal cosa, sin embargo, no excusa la feliz y ciega aquiescencia de sus demás ejecutivos y vendedores, ni la ingenuidad de sus clientes, que arriesgaron sus capitales—más de uno los ahorros de toda su vida—en los vistosos pero imposibles esquemas de remuneración excesiva ofrecidos por la delincuente organización.

Hace escasamente ocho días el propio Allen Stanford remitía a los clientes un correo electrónico en el que aseguraba que todo estaba bien, que sólo se trataba de un artículo aislado en una revista (la venezolana Veneconomía Mensual, que dio el pitazo de alarma el mes pasado) y que el origen de la molestia era el reconcomio de antiguos empleados insatisfechos. Pero Google News registraba anoche, no ya un artículo en una revista local, sino más de 3.200 artículos sobre el escándalo, las autoridades estadounidenses han presentado acciones civiles contra Stanford (pronto vendrán las penales, tras la investigación corriente del FBI) y hasta un abogado del grupo en Antigua se apresuró a desdecir la defensa que inicialmente había presentado. Hasta los auditores del banco son sospechosos: una oscura firma londinense con oficina en Antigua, que firmó su último visto bueno el 31 de diciembre y cuyo socio principal falleció al día siguiente.

Los medios hacen su agosto en febrero con la jugosa noticia, y ha salido a relucir que Allen Stanford dio contribuciones a los demócratas e incluso dirigió la palabra a una de las sesiones de su convención del año pasado. El suscrito pudo conocer poco después un video de esa intervención. El pomposo Stanford, hoy en día desaparecido, hablaba patéticamente desde un podio colocado en medio de un pasillo cercano a un bar, mientras el tropel de gente que quería pertrecharse con un trago no le prestaba la más mínima atención.

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