por Luis Enrique Alcalá | Oct 14, 2014 | Fichas, Política |

Historia escrita y filmada
Hace 27 años, en septiembre de 1987, fecha en la que se escribió el texto que aquí se reproduce, estaban aún por definir las últimas candidaturas del bipartidismo: Carlos Andrés Pérez u Octavio Lepage, por Acción Democrática, y Rafael Caldera o Eduardo Fernández por COPEI. El primero y el último se verían las caras blanquiverdes al año siguiente. Las consecuencias son conocidas: Fernández perdió y no pudo ganar la posterior candidatura copeyana ante Álvarez Paz, ni ninguna otra hasta los momentos, y el segundo gobierno de Pérez fue recibido con el Caracazo y luego aguantaría dos intentos de golpe de Estado, pero no la acción civil que lo depuso. En las conclusiones de Sobre la Posibilidad de una Sorpresa Política en Venezuela, de donde se toma el extracto, se leía: «…de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales (…) la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable». Chávez quiso alzarse el 16 de diciembre de ese año, para amanecer en la silla presidencial el día de la muerte de Simón Bolívar. Y también: «En lo tocante al caso del outsider democrático las probabilidades son algo mayores. Pero lo cierto es que el outsider con las condiciones necesarias no ha hecho todavía su aparición. Esto no significa, por supuesto, que no exista. Es posible que sí exista y que, en cumplimiento de uno de los requisitos funcionales de su campaña, haya decidido no presentarse todavía». Fueron un golpe militar y un outsider—un «tercer hombre»—como presidente las sorpresas consideradas en ese estudio. Se transcribe de seguidas su tercera sección. LEA
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SORPRESA Nº 2: OUTSIDER DEMOCRATICO
Es posible también una sorpresa más democrática que un golpe de Estado. Es más, la probabilidad de ese tipo de sorpresa es significativamente mayor que la de una «solución» militar. No obstante, sigue siendo una sorpresa. Es decir, la probabilidad de un evento tal es baja. No es altamente probable que un candidato no postulado por Acción Democrática o COPEI llegue a ganar las elecciones. Pero de esto se trata precisamente, de considerar cualitativamente las sorpresas, pues de su ocurrencia se ocupará el curso de los acontecimientos y el signo de los tiempos, según el cual, para recordar a Dror, la sorpresa es ahora un fenómeno endémico.
El tipo de análisis que haremos acá es el de estipular cuáles serían los requisitos necesarios en un candidato sorpresa y en su campaña, sin los que no podría darse su triunfo.
- Rasgos necesarios del candidato
El primer rasgo indispensable en el líder que pueda orientar a su favor la considerable potencialidad de un voto harto de lo tradicional y de su ineficacia, es que sea un verdadero outsider. Hay, al menos, dos sentidos en los que este concepto de outsider se aplicaría en este contexto.
Para comenzar, el candidato debe ser un político que pueda ser percibido como estando fuera del establishment de poder venezolano. No necesariamente significa esto que el candidato deba estar contra la actual articulación de poder en Venezuela. Simplemente es necesario que no se le perciba como formando parte de la red de compromisos que caracterizan a la configuración actual.
En una reunión del «Grupo Santa Lucía» de hace unos años, Allan Randolph Brewer Carías advirtió a los asistentes: «Estamos hablando del Estado como si se tratara de un caballero que se encuentra en la habitación de al lado, que está a punto de entrar y de ser presentado a nosotros. Pero la verdad es que todos nosotros hemos sido el Estado. De quien estamos hablando es de nosotros».
Lo que Brewer quería decir es que las elites de Venezuela forman parte de un sistema consensual que determina una buena parte de las políticas principales, o al menos el esquema general de la cosa política. En el caso de un líder político tradicional, por ejemplo, sus buenas intenciones hacia, digamos, una mayor democratización, se encuentran impedidas por las trabadas reglas de juego de su partido.
El pueblo sabe, empírica o intuitivamente, que una persona, participante directo de la configuración de poder actual, carece de la libertad necesaria para acometer los cambios que sería necesario introducir a través de tratamientos novedosos a la situación política. Para ponerlo en otros términos: un líder que ostente en los momentos actuales una cantidad significativa de poder, estará al mismo tiempo muy impedido por la serie de transacciones en las que, con toda probabilidad, habrá debido incurrir para acceder a la posición que ocupa y para mantenerla. Esta es, por poner un caso, la situación en la que se encuentra Eduardo Fernández. Es, posiblemente, la condición que anularía un intento de Marcel Granier, como fue, por argumento en contrario, la que significó, en el pasado, un apoyo importante al intento de Jorge Olavarría, percibido entonces como outsider.

Fuera de la caja
Hay un segundo sentido, más específico, en el que el candidato que pueda resultar la sorpresa debe ser un outsider. Debe serlo también en términos de estar afuera o por encima del eje tradicional del «espacio» político. Tal eje viene determinado por un continuum más o menos lineal, que va desde las posiciones de «izquierda» hasta las posiciones de «derecha». Esta es una división tradicional del campo político, pues responde al criterio de que el principal «problema social» (o político), consiste en distribuir la renta social: si se acomete este asunto con preferencia para «los pobres» entonces se es izquierdista; si esto se hace con preferencia por «los ricos», entonces se es derechista.
No es éste el sitio para describir otra noción política más moderna que considera obsoleto el planteamiento anterior, definitorio de «derechas» e «izquierdas». Pero el candidato que pretenda tener éxito en 1988 deberá ser outsider también en el sentido de no situarse en alguna posición del eje referido, sino en un plano diferente.
La segunda característica importante (a nuestro juicio más importante que la condición de outsider ) que debe ostentar un candidato con posibilidades de «dar la sorpresa», es la posesión de tratamientos suficientes y convincentes para la crisis.
La base de esta condición consiste en poder partir de una concepción de lo político que comprenda importantes y hasta radicales diferencias con las concepciones convencionales. En la raíz de tal concepción está la necesidad de una sustitución de paradigmas políticos, en el sentido que Tomás Kuhn da al término paradigma. Es decir, nos hallamos ante una realidad social y política que ya no puede ser comprendida por los planteamientos y enfoques convencionales, lo que es la causa de fondo de la crisis de gobernabilidad. No es el caso que los políticos tradicionales tengan las recetas adecuadas y por «maldad» se resistan a aplicarlas. El punto es que no las saben. De allí que no sepan contestar cuando se les pregunta por tratamientos concretos, como en la reciente entrevista en «Primer Plano» a Carlos Andrés Pérez. Marcel Granier le preguntó a Pérez cuál sería su solución al problema de la inflación. Pérez se limitó a decir que él suponía que el Gobierno de Lusinchi estaba por resolverlo y que, en todo caso, él, Pérez, le daría su opinión al Gobierno. En resumen, una respuesta evasiva.
A partir de una concepción diferente, más científica y moderna de la política y sus posibilidades tecnológicas reales, es como podría ser posible la generación de tratamientos que cumplan con tres condiciones necesarias a la persuasión pública requerida:
1. Deben ser radicales pero pocos: dos extremos resultan imposibles, dañinos o inútiles: el planteamiento de una reforma radical y global, que se ocupe de todo a la vez, en el mejor de los casos será altamente traumático y, más probablemente, imposible de aplicar por falta de capacidad para gerenciar un grado de cambio tan exhaustivo; la estrategia de cambiar lo menos posible e ir ajustando las cosas de modo incrementalista es derrotada por la complejidad original del problema y su velocidad de complicación creciente. Este dilema es comprendido intuitivamente por el elector promedio. De allí la poca credibilidad de los programas de gobierno exhaustivos, así como la de los programas tímidos e incrementalistas. Para que un programa alcance la credibilidad necesaria deberá ser del tipo radical selectivo, es decir, identificador de pocos puntos estratégicos sobre los que se ejerza una acción transformadora a fondo. Y a esta condición deberá sumarse la de concreción, pues no bastará la enumeración de pocas áreas si éstas son vagamente definidas.
2. Deben ser eficaces: no se trata por tanto de pseudotratamientos. «Reactivar la economía» no es la solución, sino el estado final que debe alcanzarse una vez aplicada la solución. Combatir el «centralismo», combatir el «presidencialismo», etcétera, son orientaciones generales muy loables pero poco concretas. Los tratamientos deberán venir explicados en forma tan concreta que se pueda especificar su beneficio y su costo. Los tratamientos deberán dirigirse al ataque de causas problemáticas antes que a la moderacion temporal de sintomatologías anormales.
3. Deben ser positivos: se necesita un planteamiento terapéutico que trascienda la política quejumbrosa para ofrecer salidas que permitan un razonable optimismo.

Comprometido sólo con la verdad
Por último, el candidato debiera tener la capacidad de «librar por todos». (En el juego infantil del escondite se estipula a veces una regla por la que al quedar sólo un jugador por descubrir, éste puede salvarse, no únicamente a sí mismo, sino a todos los anteriores que hayan sido atrapados.) No se trata acá de «capacidad de convocatoria», como se la asigna a sí mismo (con cierta razón) Rafael Caldera y como se la niega a sí mismo Marcel Granier. (Entrevista de Alfredo Peña a Granier en «El Nacional» del 21 de septiembre de 1983: «Pero yo no tengo la capacidad de convocatoria necesaria para enfrentar los problemas que el país tiene en este momento»). El cargo de Presidente de la República tiene de por sí mucha capacidad de convocatoria, y lo tendría mucho más si tal cargo lo ocupase un outsider que hubiera logrado dar la sorpresa. El punto está más bien en la voluntad real de convocar que tenga el involucrado, en la medida en que no esté atado a intereses tan específicos que no pueda verdaderamente pasar por encima de rencores de asiento grupal. Si un aspirante a outsider sorpresivo, a «tajo» de las elecciones, plantea su campaña con un grado apreciable de vindicta, de falta de comprensión de lo que en materia de logros políticos debemos aún a los adversarios, obtendrá temprana resonancia y fracaso final. El outsider con posibilidad de éxito no se impondrá por una mera descalificación de sus contendientes y, en todo caso, no por descalificación que se base en la negatividad de éstos sino en la insuficiencia de su positividad. El propio Issac Newton reconoció: «Si pude ver más lejos fue porque me subí sobre los hombros de gigantes».
- Rasgos necesarios de la campaña
Suponiendo que exista el verdadero outsider y que éste posea un arsenal terapéutico eficaz, concentrado y positivo, capaz de ser asumido voluntariamente como programa por el público en general, todavía queda el problema de ejecución de su campaña en forma correcta.
El eje básico de una campaña correctamente ejecutada pasa nuevamente por la suficiencia de los tratamientos que el outsider proponga. La campaña debe ser planteada en esos términos: suficiencia vs. insuficiencia.
Luego viene la consideración del tiempo estratégico. Por diversas razones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesarios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga «guerra de trincheras» contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea.
Este punto viene ligado, como dijimos, al tema de los recursos. Pues una condición de corrección de la campaña deberá ser por fuerza la de su economía. La campaña deberá ser económica. Tanto porque no se dispondrá de muchos recursos como porque un gasto excesivo produciría un rechazo de la misma. Así, la campaña debiera ser diseñada en términos económicos.
Esto será posible si la campaña es planteada en términos de calidad vs. cantidad. Contra la reiteración esloganista de millares de cuñas y pancartas, una concentración en mensajes más completos, más densos y contundentes.

Nadie opaca a un flautín
A favor de esta posibilidad jugaría la amplificación que se daría por el efecto de novedad. Por el mismo hecho de plantearse una campaña de estilo diferente es como se daría la posibilidad de distinguir el mensaje en un mar de ruido electoral, en la cacofonía de las abrumantes campañas tradicionales, como un minúsculo flautín clarísimo lo hace dentro de un tutti orquestal.
La campaña deberá caracterizarse, además, por una extraordinaria capacidad organizativa. Se trata, para mencionar sólo un problema, de disponer de testigos en unas treinta mil mesas electorales, con su correspondiente apoyo logístico y de comunicación. Para un outsider este problema es de gran cuantía, puesto que por definición, al ser outsider, no dispone de la «maquinaria» de antemano.
Finalmente, el outsider deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que representa comience a significar una posibilidad clara de victoria.
- Las probabilidades
Siendo lo que antecede las condiciones indispensables a una «sorpresa» exitosa ¿qué puede decirse de las probabilidades de tal aventura?
La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aún en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a una campaña como la esbozada de los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.
Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Es queja perpetua del sector privado que el Gobierno no establece reglas de juego estables. La verdad es que hay reglas tácitas de conducta establecidas desde hace tiempo, incluyendo las que regulan la urbanidad de la corrupción. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que «los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía». En forma similar, Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.
Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciarían por los términos dilemáticos más conservadores.
Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general pues, si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.

Precisamente una sorpresa
Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aún el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa—no es necesariamente imposible y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad, rojo (Pérez), negro (Caldera), par (Fernández), impar (Lepage). Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde pierde poco y si gana ganará mucho más que lo que invirtió.
Finalmente, y nuevamente en la analogía de los juegos, bastante dependerá de la lectura que se tenga de la crisis. Para aquellos para los que la abrumadora acumulación de evidencias no sea suficiente para creer que la crisis no es de carácter coyuntural y pasajero, será lo indicado negar su apoyo al outsider. Sólo aquellos que ya se hayan convencido de que la crisis es estructural y requiere por tanto terapias no convencionales, podrán pensar como el buen jugador de dominó (o de bridge) que carezca de la información completa sobre la localización de las piezas o cartas claves. En esas condiciones un buen jugador identificará cómo tendría que darse esa ubicación de piezas para poder ganar la mano. Entonces jugará como si en verdad la disposición fuese esa única forma de ganar, rogando para que así sea.
Yehezkel Dror nos dice que la situación del agente de decisión de hoy es cada vez más la de una apuesta difusa.
Para descargar en .pdf: SORPRESA Nº 2
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Textos relacionados: Intervalo solónico, Tío Conejo como outsider, Retrato hablado.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 11, 2014 | Dr. Político en RCR, Política |

Allende con Oppenheimer
Isabel Allende concedió una entrevista a Andrés Oppenheimer para CNN, en la que habló de los diversos temas que le fueron propuestos: política y economía, armas y violencia, amor y sexo. Fragmentos de audio de esa entrevista sirvieron para recordar los mismos puntos tratados en ediciones anteriores de Dr Político en RCR y relacionarlos con otros procesos, en particular el preocupante asunto de los colectivos armados. El tema de una película de Giuseppe Tornatore, Baaría, compuesto por Ennio Morricone, y las esperanzadoras Campanas del amanecer de Manuel De Falla, fueron los trozos musicales incluidos en la edición #114 del programa. Abajo el audio de esta emisión:
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 8, 2014 | Argumentos, Política |

Pablo Benavides: Mercado de San Jacinto, 1963
Ésta es, a grandes rasgos, la oferta política nacional. Su caracterización más sencilla consiste en darse cuenta de que se trata de una oferta política cualitativamente insuficiente. Esto se traduce, a la hora de evaluar los actores políticos, en una calificación de los actores políticos tradicionales como incompetentes.
Sociedad Política de Venezuela – Documento Base, febrero de 1985
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Una vez más, tal como en 1993 y 1998, el mercado político nacional está abierto a nuevas iniciativas. En esos años, la desafección al esquema de alternación bipartidista permitió la resurrección de Caldera y luego la llegada de Chávez, un candidato que escasamente doce meses antes registraba alrededor de 7% de intención de voto a su favor.
Son ahora el PSUV y la MUD quienes, juntos, no alcanzan el favor de siquiera la mitad del país. En su Encuesta Nacional Ómnibus recogida entre el 31 de marzo y el 20 de abril de este año, Datanálisis registró como autodefinición política de los entrevistados (“En relación a la política nacional, usted se considera…”) 31,9% de la oposición antichavista, 30% pro gobierno/chavista/oficialista y 34,9% ¡de ninguno de los dos! Con más detalle, la medición de identificación partidista (“En relación a la política nacional, ¿podría decirme de qué movimiento o partido se considera usted?”) consiguió 25,1% a favor del PSUV y 21,8% para el resto de los partidos (si se suma 9,3% adjudicado a la Mesa de la Unidad Democrática como si fuera uno aparte), para un total de 46,9% de ciudadanos polarizados. En contraste, 47,8% reportó ser de ningún partido o se definió como independiente y 5,3% no supo o no respondió, para un total de 53,1% no afiliado al PSUV o la MUD. (Hinterlaces ha reportado el 30 de septiembre la proporción de «independientes» en 47%, el mismo nivel medido por Datanálisis cuatro meses antes).

Identificación partidista de 1.300 entrevistados – Datanálisis, hace 4 meses
En análisis del 2 de junio, ETT reporta (en la nota PSUV y MUD tienen fuertes rechazos por encima del 50%):
El analista político Luis Vicente León asegura que en la oposición y el oficialismo no existe vocero alguno que aglomere el respaldo popular y en ese sentido, afirma que “la mayoría de los dirigentes políticos hoy tienen más centímetros por columna que votos”.
León a través de su cuenta en la red social Twitter puntualizó este sábado que «el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) y la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) presentan rechazos superiores al 50% sobre el total de la población”.
En ese sentido, explicó que los matices de pensamiento en la población venezolana son mucho mayores que las que presentan sus líderes, lo que “dificulta que se sientan representados por ellos”.
Para Luis Vicente León en el escenario actual “las conexiones políticas de lado y lado son mucho más débiles que en la era Chávez, con lo que se abre espacios a la anarquía”.
Esto es, el mismo rechazo a las organizaciones políticas tradicionales que propulsó la expresión de radicales de derecha e izquierda en las más recientes elecciones del Parlamento Europeo. Naturalmente, León registra acá la comprensión habitual de nuestra política nacional como película en blanco y negro, una historia de héroes contra villanos (en roles cambiantes según quien la cuente) que no admitiría otras salidas. Lo verdaderamente constructivo sería, en cambio, propiciar la emergencia de una nueva organización política, que escape a la polarización ideologizada y a esa anarquía que León vislumbra como única opción.
La oferta política nacional, proveniente en abrumadora mayoría de los actores políticos convencionales—el PSUV y los partidos agrupados en la MUD—, es irremediablemente obsoleta, al estar fundada sobre bases ideológicas. Además, aun dentro de esa concepción clásica de la política—la lucha por el poder sobre la coartada de una ideología—, la calidad de los mensajes es pobrísima.
El tarantín socialista

Los Marx: Groucho y Karl
El oficialismo, por caso, insiste en el socialismo como promesa fundamental, aunque la mayoría de los venezolanos lo rechaza. El envoltorio de su oferta no puede ser más deplorable: desde el culto necrofílico a un tal «Comandante Eterno», reitera su trasnochado «Plan de la Patria 2013-2019«, un documento ampuloso que postula cinco objetivos «históricos». (La preferencia oficialista por palabras esdrújulas es muy marcada: histórico, endógeno, protagónico, agroecológico, biométrico, etcétera. Un oyente de Dr. Político en RCR se refiere a Chávez como el líder «electromagnético» y «galáctico»).
Más de uno de esos objetivos es ridículamente pretencioso; el penúltimo y el último se proclaman así: «IV. Contribuir al desarrollo de una nueva Geopolítica Internacional en la cual tome cuerpo un mundo multicéntrico [la esdrújula de rigor] y pluripolar que permita lograr el equilibrio del Universo y garantizar la Paz planetaria. V. Preservar la vida en el planeta y salvar a la especie humana». Y como ya el gobierno no cuenta con la guía intelectual de Jorge Giordani, ha tenido que asumir el papel de ideólogo el Sr. Diosdado Cabello; en plan de sorna dijo el 4 de junio: «La salida es el socialismo». (DRAE: Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes). El socialismo ha fracasado en la búsqueda de una sociedad mejor y un hombre «nuevo» en todas partes del mundo; por lo demás, a un costo terrible: tan sólo la variedad estalinista debió invertir nueve millones de muertos en la Rusia soviética. Hasta Cuba, tutora del gobierno venezolano, procura reacomodarse con urgencia; el 29 de marzo de este año aprobó una ley de inversiones extranjeras que satisfaría con creces al más exigente de los capitalistas.
Este campo ideológico está hoy dividido, pues el madurismo procura enmendar el rumbo suicida del socialismo sin que se note demasiado y los radicales doctrinarios le cobren esa «traición». La cacofonía oficialista no ayuda: Aristóbulo Istúriz explica que no se puede eliminar el control de cambios, «una medida política, no una medida económica», porque de hacerse «los tumbarían», sin importar lo que convenga a los ciudadanos aquejados de inflación y desabastecimiento; Erika Farías reconoce que los problemas subsisten, pero dice que eso se debe a que quince años no son suficientes para resolver los que datan de hace tres mil (aparentemente ha logrado precisar cuáles serían, a pesar de que los indígenas que habitaban el territorio de Venezuela dos mil quinientos años antes de los españoles nunca tuvieron escritura y, por tanto, no dejaron registro de su inventario); Hugbel Roa, diputado del PSUV, recibe esta pregunta del semanario Quinto Día: «Acerca de las últimas declaraciones de Diosdado Cabello, sobre las intrigas, chismes, grupitos. ¿Eso está planteado realmente a ese nivel?», para contestarla de este modo incomprensible: «Efectivamente siempre se ha querido, cualquier situación que se presenta en nuestra organización, algunos actores sobre todo algunos medios de derecha intentan crear zozobra y mostrar al país y en el mundo que en el Partido Socialista Unido de Venezuela estamos divididos. No, no, nosotros estamos». (?) Hugbel Roa parece incluir el programa Con el mazo dando, conducido por Diosdado Cabello en Venezolana de Televisión—¿un medio de derecha?—en su queja. Y siguió:
¿Giordani es de derecha?
Ya eso es un debate, primero que para nosotros eso no es un debate, ese señor, el ministro Giordani ha asumido una posición intrigante que de verdad no colabora en nada con lo que nosotros estamos planteando ahorita.
¿Y Navarro?
De igual manera, el profesor Navarro se solidariza con unos elementos que no tienen nada que ver, primero, acusar al Presidente Nicolás Maduro es una irresponsabilidad porque nosotros sabemos que de toda la guerra y todo el plan que se ha montado contra el gobierno del Presidente Nicolás Maduro. Que hay una permanente conspiración, que ha habido permanente asesoría y financiamiento por parte del Departamento de Estado.
Vendría a ser, ciertamente, una novísima teoría que Giordani y Navarro han recibido asesoría y financiamiento del Departamento de Estado.
La buhonería opositora
¿Qué encontramos del «otro lado»? Una Mesa de la Unidad Democrática que ya no solo está dividida ideológicamente—Ramos Allup: «No compartimos ideales ni visiones»—sino también estratégica y operacionalmente.

«No fui elegido por mi frondosa cabellera»
Dos días después de su asunción como nuevo Secretario Ejecutivo de la MUD, Jesús Torrealba acompañaba a Lilian Tintori en su representación ante la sede del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, y esto significa que la oposición formal venezolana no puede darse el lujo de separarse de Leopoldo López, que en algunas encuestas supera en simpatías las captadas por Henrique Capriles Radonski. La inminencia de las elecciones de Asamblea Nacional aconseja desconocer la fractura que representó el manifiesto pro constituyente que López y María Corina Machado promovieron y fue publicado el 7 de diciembre de 2013, justamente un día antes de las elecciones municipales que Capriles planteara como «plebiscito» contra Maduro, el que la oposición perdió de modo decisivo.* La iniciativa de López & Machado contravenía su compromiso expreso; el 23 de enero de 2012, veinte días antes de las primarias de oposición de las que surgiría la candidatura presidencial de Capriles (con el apoyo de López una vez que éste se convenció de que no ganaría), los que participaron en esas primarias firmaron un documento—Lineamientos para el Programa de Gobierno de Unidad Nacional—que incluía esta estipulación: “La prioridad político-institucional del nuevo gobierno no ha de cifrarse en el cambio global de esa Constitución, ni en la convocatoria de una Asamblea Constituyente”. Ma. Corina Machado y Leopoldo López refrendaron ese documento-pacto; o entonces lo hicieron insinceramente o mudan de opinión con rapidez. (O tienen muy mala memoria).
Luego vino el proceso de protestas y guarimbas iniciado el 12 de febrero—ver La marcha de la insensatez—del que, otra vez, fueron López & Machado los mentores principales. (Acompañados por Antonio Ledezma, quien hace un tiempo formó parte con Oscar Pérez y Patricia Poleo del extinto «Comando Nacional de la Resistencia»—más radical que la Coordinadora Democrática—y predicaba el abstencionismo). A mediados de la tarde de ese día, la emisora colombiana NTN24 ya había dispuesto un peculiar grupo de entrevistados sobre los sucesos que en esos instantes se desarrollaban: María Corina Machado, Leopoldo López, Diego Arria y ¡Otto Reich!** La cosa estuvo preparada. Además de los muertos, resultó ser una baja de ese proceso Ramón Guillermo Aveledo, y ahora la MUD ha logrado refrescarse poniendo en su lugar la figura de Torrealba, a quien Nicolás Maduro califica de «basura». Es sorprendente la agresividad oficialista contra Torrealba; tal vez esto se deba a algo aún no medido por encuestadoras: que el flamante vocero de la MUD ejerce ya para el pueblo opositor un liderazgo más esperanzador que el de Capriles o el de López & Machado.
Capriles, por su parte, ha venido predicando una ideología distinta del humanismo cristiano de su partido, Primero Justicia. Inmediatamente después de su fracaso plebiscitario de la Inmaculada Concepción, ha hablado con cierta insistencia de «progresismo», el nuevo ismo cuyo máximo propagandista es Henri Falcón. (Ver, del 16 de julio de este año, Una guará ideológica). El 15 de diciembre de 2013, declaraba Capriles a El Universal: «Henri Falcón y yo coincidimos: frente al socialismo decadente, el progresismo inteligente, incluyente y eficiente». Como el gobernador de Lara, parece ignorar que el mundo se mueve con no poco trauma hacia una era post-ideológica.
No hay mucho más en la oferta opositora. Torrealba anunció que la MUD iba «pa’la calle», y convocó una marcha más—¿no hay imaginación estratégica en la oposición?—para el sábado 4 de octubre, que inteligentemente fue suspendida luego del asesinato del diputado socialista Robert Serra. También afirmó que había que aliar al liderazgo político con el liderazgo comunitario y establecer un «pacto con los pobres y la clase media», luego de postular, erróneamente, que «nuestra clase media es una realidad reciente, aparecida durante la democracia». (En entrevista concedida a Roberto Giusti, el 28 de septiembre, para El Universal). Faltaría por definir si Jesús Torrealba puede también ser tenido por «progresista».
Ausente del mercado

¿Valdrá más malo conocido?
No existe en el teatro político nacional una opción que hace falta: una organización política de código genético distinto del de un partido ideológico convencional (o una federación de partidos convencionales, una organización de organizaciones o «movimiento de movimientos»). La ciudadanía puede y debe exigir una oferta clínica y profesional que deje atrás las ideologías, esas recetas de medicina antigua, esas panaceas vencidas que fueron formuladas en el siglo XIX y son incompetentes para resolver los problemas públicos de sociedades más complejas, como las del siglo XXI. Un espacio así fue propuesto en febrero de 1985, sin que fuera posible obtener apoyo a la idea. Hoy es la cosa mucho más fácil y mucho menos costosa, pues la red de redes puede alojar su manifestación principal, sin que por eso se suprima el contacto presencial. Nuestro país tiene hoy alrededor de 15 millones de internautas—79% del registro electoral—, de los que el 30% busca información política en Internet y 70% pertenece a las clases D y E. (Ya en 1995, un ejecutivo de IBM de Venezuela me confiaba sorprendido: «La compraventa de computadores personales de segunda mano en los barrios de Caracas mueve más dinero que el mercado corporativo de computación». Hay una vocación de modernidad en los barrios venezolanos que es preciso acompañar).
La apuesta debe ser al apoyo del pueblo a tal sensatez; en Sobre la Posibilidad de una Sorpresa Política en Venezuela (septiembre de 1987), se observaba sobre la economía de un outsider democrático: «…es concebible que una minoría lúcida (…) pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa—no puede, no debe ser cara—en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos». En 2008, veintiún años después de aquel estudio, la campaña de Barack Obama obtuvo la gran mayoría de sus fondos—un total de 745 millones de dólares—en donaciones pequeñas del público en general que contribuía por Internet.
Concebiblemente, no sería de un todo imposible que la organización necesaria surgiera por metamorfosis del PSUV o la MUD, y el segundo caso sería en principio más probable. (Ver ¿Jesús Gorbachov?). Ya el hecho de que exista una diversidad de partidos socialcristianos—Primero Justicia, COPEI, Proyecto Venezuela y lo que quede de Convergencia—y de otros socialdemócratas—Un Nuevo Tiempo, Acción Democrática y Alianza Bravo Pueblo (si no se cuenta a Voluntad Popular, cuya ideología reporta Wikipedia en Español como progresista, centrista y socialdemócrata)—indica a las claras que la ideología no es el factor principal, puesto que están desunidos. La federación de la MUD es menos homogénea, ideológicamente hablando, que el Partido Socialista Unido de Venezuela, y por tal razón tendría menos obstáculos a la hora de decidir que las ideologías deben quedar atrás. De todos modos, antes he adelantado opinión sobre este punto:
Pero un outsider, alguien que viene de fuera, no podía por definición surgir de las filas chavistas, ni siquiera en el caso de que Hugo Chávez, fajado con su enfermedad, se viera impedido de la candidatura. Tampoco, por supuesto, de las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática. Los partidos que componían la abigarrada mezcla de la MUD no habían experimentado la metamorfosis que sería necesaria para convertirse en actores relevantes y pertinentes. Se trata de un impedimento congénito o, aun más profundamente, genético, constitucional. La valentía que se requiere para sobreponerse a eso es la necesaria para sufrir una lobotomía ideológica; no es coraje frecuente. Quizás, si nos indignáramos como en El Cairo, Madrid, Londres y Nueva York, algún día estén dispuestos a someterse a esa intervención quirúrgica. (Las élites culposas, mayo 2012).
La ventana de oportunidad que pareció abrirse para la MUD con la designación de Jesús Torrealba pudiera cerrarse con mucha rapidez. En este caso, habrá que construir la nueva organización desde cero, y esto facilitaría su pureza conceptual. Pero, mientras esa opción no surja, un paseo por el mercado político nacional es desolador; sus anaqueles conceptuales están desabastecidos. En ellos sólo encontramos mediocridad y, entretanto, el país y su gobernabilidad se sumen en profundidades mayores con el paso de los días. El Fondo Monetario Internacional estima que 2014 cerrará para nosotros con una inflación de 64%, si siguen matando diputados habrá que adelantar las elecciones de Asamblea Nacional y Quinta Crespo pudiera convertirse de mercado en matadero. LEA
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*En entrevista de marzo de este año, Torrealba declaró a la periodista Milagros Socorro: «El 8D el oficialismo se graduó de minoría, pero es una minoría muy grande. También ese día el país no oficialista se graduó de mayoría, pero una mayoría aun no suficientemente cohesionada». Este blog apuntó el 11 de diciembre de 2013 en Las cuentas como son: «Es obvio que el oficialismo no cuenta con la mayoría del país; pudo llevar a las urnas a sólo 27,3% del total de 19.066.431 electores. Considerando las cifras de Wikipedia—la web del Consejo Nacional Electoral no dispone aún de las cifras definitivas—, no hay duda de que la oposición tuvo un desempeño inferior; sólo 22,9% de los electores inscritos votó por candidaturas postuladas por el consorcio opositor. Es razonamiento claramente tramposo sumarle 1.533.503 votos (13,8% de los votantes, 8% de los inscritos) por candidaturas no alineadas con ninguno de los extremos de la polarización. Lo mismo pudiera hacerse con los números del otro lado para decir que no votó por la MUD un total de 6.746.693 asistentes a las urnas, lo que supera en 2.372.783 su propia votación». Dos días después, se actualizó la información en un comentario a esa entrada: «En el día de hoy, la rectora Sandra Oblitas certificó definitivamente que, de un total de 335 alcaldías en disputa, el PSUV y sus aliados ganaron 242 (72,24%), mientras que la MUD obtuvo 75 (22,39%) y otros candidatos un total de 18 (5,37%). En votos totales, la alianza centrada en el PSUV obtuvo 5.227.491 sufragios sobre 4.423.897 de la MUD, para una ventaja de 803.594 votos».
**Otto Reich fue alto funcionario diplomático de los gobiernos republicanos de Ronald Reagan, George H. W. Bush y George W. Bush. Luego fue consejero en política exterior de los candidatos John McCain y Mitt Romney, así como asesor corporativo de Bell Atlantic, McDonnell Douglas Aircraft, AT&T y British American Tobacco. Contribuyó a la redacción de la ley Helms-Burton que extendió el embargo de los EEUU contra Cuba.
Para descargar esta entrada en .pdf: El mercado político nacional
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 4, 2014 | Dr. Político en RCR, Política |

Sábados a mediodía en RCR 750AM
Con el eco de la nota sobre la muerte de Danilo Anderson—a punto de que se cumplan diez años de ella—, se ofreció consideraciones sobre el asesinato del diputado Robert Serra, que incluyeron una censura a la pugnaz e insultante actuación del oficialismo, enfocada sobre Jesús Torrealba, el flamante Secretario Ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática. Esto dio pie a la postulación de una nueva misión para la MUD: en lugar de unir a la oposición, unir al país. En tono de luto, se escuchó la Elegía de Joan Manuel Serrat y Con te partirò, canción de Lucio Quarantotto que popularizó Andrea Bocelli. Aquí está el audio de la edición #113 de Dr. Político en RCR.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 2, 2014 | Notas, Política |

Por Robert Serra y por el país
Al día siguiente de la muerte de Danilo Anderson, la Carta Semanal de doctorpolítico emitió un número extra (113A), cuyo texto—País desconocido—se reproduce a continuación a propósito del asesinato del diputado Robert Serra:
José Vicente Rangel estaba allí, también Isaías Rodríguez, Juan Barreto. Jesse Chacón y Andrés Izarra, Cilia Flores e Iris Varela, Vladimir Villegas y Nicolás Maduro, Jorge Rodríguez y Darío Vivas. Todos estaban allí, en el sitio del atentado. Es natural que allí estuvieran.
Pero eché en falta las caras de Julio Borges, de Pompeyo Márquez, de los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, de Enrique Mendoza, de Henry Ramos Allup y Eduardo Fernández. Allí debieron estar y no estuvieron. Tan sólo aparecieron los opositores José Luis Farías, diputado de Solidaridad, y Claudia Mujica, defensora de los ex fiscales del ministerio público destituidos por el fiscal general Isaías Rodríguez, para expresar su repudio al crimen. Tal vez los otros llamaron a celulares del gobierno para un contacto humano.
Cuando ocurrió el “carmonazo”, no hubo de parte de los más ostensibles líderes de la oposición una condena suficiente, contundente e inequívoca de ese vergonzoso episodio. Esta vez no puede pasar lo mismo. Si algo quedase de Coordinadora Democrática, debiera convocar hoy mismo a una de esas marchas que antes preconizaba, para expresar el más claro y amplio repudio al asesinato monstruoso del fiscal Danilo Anderson. Si alguna sensatez y responsabilidad política reposaran en los que una vez fueron—ya no lo son—los líderes de la oposición, hoy mismo debieran aproximarse al gobierno y acercarse al pueblo para un gesto de patria, para una elevación por sobre las terribles diferencias y para la construcción de unanimidad nacional en la condena a tan criminal y estúpida acción. Para condenar que hace nada salía en prensa nacional un obituario y conmemoración del manco coronel von Stauffenberg en el que se sugería, con obvia intención local, que el magnicidio de tiranos, con palabras de ilustres romanos y hasta de un doctor de la Iglesia, es de suyo moralmente meritorio. Para cesar en este juego demencial de muerte.
Sin esguinces, sin condicionamientos. Eso le sale a cualquier liderazgo ejercido o por ejercer en Venezuela. Eso le sale al país entero. A cada venezolano, pero muy en especial a quienes forman opinión, a quienes hacen vida pública. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana, que seguramente hablará de inmediato, hasta los feligreses de cualquier religión; desde los dueños de cada medio de comunicación del país hasta el más íngrimo de los reporteros; desde el más grande y próspero empresario, el más encumbrado académico o el más cotizado cantante, hasta el pulpero más sencillo, el maestro más humilde y el más alcanzado serenatero.
Quiero ver páginas enteras de comunicados de repudio en los periódicos. Quiero ver allí las firmas de Elías Pino Iturrieta y Pedro León Zapata, las de Albis Muñoz y Rafael Alfonzo, las de Teodoro Petkoff y Tulio Álvarez, las de María Corina Machado y Gerardo Blyde. Quiero oír a cada ONG condenar la brutalidad y el abuso, quiero ver el programa Aló Ciudadano con una banderita nacional a media asta, quiero una llamada de Silvino Bustillos para ofrecer su llanto, y la valiente asistencia de Napoleón Bravo y Ángela Zago a las exequias del fiscal preincinerado.
No hay ganancia ninguna en tan abominable atentado. Sólo en mentes enfermas puede caber la noción de que una puñalada tal al corazón venezolano, tal vergüenza y tal rabia, pueden servir a algún propósito. Hasta el nazi periférico Carl Schmitt escribía: “No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos”.
Más allá de lo criminoso hay estupidez de lo más reconcentrada. Ya Bush la había cogido con Irak antes del 11 de septiembre. La monstruosidad del primer acto hiperterrorista de la historia galvanizó su ánimo, y ha llevado a las muchas muertes que sabemos. ¿Qué podrá estar pasando ahora por el afiebrado cerebro de Hugo Chávez, cuyo carácter es de por sí agresivo y propenso a la violencia? ¿Es que los “estrategas” de esta aberración terrorista quieren justamente desatar su ira? ¿Es que visualizan una política de etarras, eternizada en asesinatos que no sólo son criminales sino enteramente ineficaces políticamente hablando? ¿Qué es lo que se quiere? ¿Darle pretexto a un gobierno abusivo para que su represión sea más dura, para que la mordaza de la ley de contenidos sea apretada más, para que el seguimiento de los casos llevados por Anderson redoble su saña?
Claro que la neurosis de etiología política que nos domina desde que Chávez llegó al poder no dejará de sospechar que el crimen fue justamente un montaje gubernamental, la fabricación de una coartada para acelerar la tendencia totalitaria, para enfebrecer a la revolución. Claro que el peligro ha subido grandemente—el “riesgo país” debiera recrecer de inmediato—pues algún grupo armado paragubernamental, de esos que no cogen línea ni obedecen instrucciones—aunque sí a veces consignas—pudiera escoger un blanco representativo como represalia, y tratar el espantoso incidente como un Sarajevo del año 14, como un insulto que debe ser contestado con otro asesinato, con guerra.
Cilia Flores apuntaba a los reporteros desde Los Chaguaramos, con toda la razón pero sin ningún derecho, que una cosa tan consternante no está en el carácter venezolano, dado naturalmente a la paz. Porque tal declaración, si no totalmente cínica, es verdaderamente insólita. No ha habido en toda la historia de esta pobre ex provincia española un gobierno tan dado a la siembra del odio y la violencia como el que ella defiende. La semiótica fundamental del gobierno chavista es esencialmente agresiva e intolerante.
Si el 11 de septiembre de 2001, si las decapitaciones vídeoregistradas y difundidas por Al Jazeera, si las mutilaciones de rehenes, si todo esto es tan dantesco y de una proporción que casi acaba con el respeto que por nosotros mismos tenemos como especie, uno no puede dejar de preguntarse qué es lo que hacen los Estados Unidos para que un odio tan visceral y tan diabólico pueda habitar el corazón de bin Laden, los de sus kamikaze de líneas comerciales, los de radicales en Jihad que disparan a la cabeza de una mujer que dedicó su vida a trabajar por los iraquíes pobres.
Y uno se pregunta entonces: ¿es esto, Hugo Rafael, lo que tú querías? Porque Hugo Chávez ha venido preparando, abonando, sembrando, criando, estimulando, detonando la violencia. Es este país que ya no reconocemos el que su incontrolado e irresponsable verbo ha traído. Tú, Hugo Rafael, eres muy responsable de la muerte del fiscal Anderson. Tú inoculaste la fiebre.
Ahora veremos si es que de verdad puede llamársete líder. Si ahora que la muerte ha alcanzado a otro venezolano, esta vez a uno de tus más destacados oficiales políticos, eres capaz de erguirte, avergonzado de tu obra y refrenado en tu cólera, e impedir que este innecesario episodio se convierta en una escalada de violencia. ¿Es que necesitas otra comprobación de que nos llevas por rumbo equivocado? Si, como dices, el 11 de abril morigeró en algo tu terquedad ¿cuál es la lección que esta muerte te ofrece? ¿Serás capaz de aprenderla, o actuarás como aquellos a quienes criticas desde tus hábitos histriónicos?
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 1, 2014 | Notas, Política |

El hombre del día
Es la hora de Jesús Torrealba. Tiene por delante una oportunidad de las que pocas veces se presentan en la vida: la posibilidad de conducir la metamorfosis de una organización política que, con logros importantes, todavía no ha sido capaz de convencer al número suficiente de electores como para superar el planteamiento socializante. En principio, lo viejo cabe dentro de lo nuevo pero no lo nuevo dentro de lo viejo:
…necesitamos nuevos contextos, nuevas organizaciones, para el aprovechamiento inteligente y concentrado de mucho talento político nacional. No es lo más eficaz, con perdón de la inscripción de Jon Goikoetxea en Primero Justicia, el procedimiento inverso de colocar un elemento nuevo en un ambiente viejo. El gurú de la sociología de la comunicación y la modernidad que fuera Marshall MacLuhan tuvo esto muy claro, y sugirió que un sillón Luis XV podía lucir estupendamente en el más moderno pent house de Manhattan, pero que un computador en el Palacio de Versalles reventaría su ambiente de un modo chocante e incomprensible. (Principal virtud, 19 de febrero de 2009).
Pero hay circunstancias en las que es posible detonar una transformación de lo antiguo. Así actuó, para bien de su país y el mundo entero, Mijaíl Gorbachov. Miembro del Partido Comunista soviético—fue su Secretario General a partir de 1985—, inició las reformas que terminarían la era del comunismo ruso; esto es, desde dentro del propio monstruo provocó su superación. Si Torrealba se limita a gerenciar el mismo negocio de antes, sin más aporte que su prestigiosa trayectoria de líder comunitario, su «apoliticidad»—que ha representado un refrescamiento instantáneo de la esperanza y el entusiasmo opositor—, sus dotes de comunicador, sin más que un giro estilístico, poco se habrá logrado. Claro que el solo deterioro del apoyo al gobierno pudiera redundar en un triunfo decisivo de la Mesa de la Unidad Democrática, pero esto ocurriría por rechazo de la incompetencia del gobierno presidido por Maduro, antes que por excelencia de la MUD. Claro que visto el desagrado casi universal en la ciudadanía, la tentación de conformarse con cualquier cosa que derrote al madurismo es muy grande, pero el alivio podría ser efímero. La ambición debe ser mayor que la suplantación del horror por la mediocridad.
Torrealba llega a la misma posición por segunda vez. En 2003 y 2004 se desempeñó como Coordinador y vocero de la Coordinadora Democrática, funciones que dejó abruptamente luego del fiasco del referendo revocatorio. (Es conjetura enteramente personal e indocumentada que, si los directivos de la organización de la que la MUD es hija única hubieran hecho más caso a Torrealba, las cosas hubieran sido bastante mejores). Ya en aquel momento destacaba por la claridad y contundencia de sus participaciones públicas. He aquí una muestra; el 2 de diciembre de 2003 declaró a una emisora colombiana, luego de que Súmate hubiera logrado recoger más de tres millones y medio de firmas para convocar ese referendo:
(La postura expresada por Torrealba en esa ocasión demuestra que entonces la oposición respetaba al árbitro electoral, y que admitió los controles que el Consejo Nacional Electoral impuso a ese proceso, lo que hoy en día es cuestionado por Voluntad Popular. El numeral quinto del Artículo 293 de la Constitución dice que es función del CNE «La organización, administración, dirección y vigilancia de todos los actos relativos a la elección de los cargos de representación popular de los poderes públicos, así como de los referendos»).
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La aceptación de la tarea de coordinar la MUD por parte de Torrealba se conoció el pasado 24 de septiembre, dos días después de que la organización decidiera encargársela. En total ignorancia de que esta secuencia se daría, tuve el atrevimiento de sugerir en la edición #110 de Dr. Político en RCR (13 de septiembre) que convendría a la MUD traer un nuevo Secretario Ejecutivo que viniera con un programa de cambio, y que la modificación esencial sería un cambio de misión: en lugar de ser una mesa para unir a la oposición, que se propusiera serla para unir al país.
Hace unos días, en un sorprendente ejercicio de lucidez, por lo demás habitual en él, el Dr. Ramón J. Velásquez dibujó con hábil pincel grueso el trayecto histórico que nos ha traído a este insólito momento. Con toda la intención trazó la rúbrica de cierre: “El resultado de todo esto es que el país está dividido”. ¿Unir a “la oposición”, cuando la mitad de la nación no le está afiliada, sería la estrategia adecuada? Tal vez, pero la tarea política profunda es la de unir a ese país dividido. (Principal virtud).
En el fondo, es la «falla de origen» de la Mesa de la Unidad Democrática concebirse como una estructura de oposición, alienada en función de la existencia del enemigo. En marzo de 2011 dijo Henry Ramos Allup: “La política suele hacer extraños compañeros de cama. Hoy compartimos propósitos, no ideales ni visiones”, y el propósito era salir de Chávez. Desde 1998, el protocolo de actuación opositora fue acusar a Chávez y ahora lo es acusar a Maduro, varias veces al día. Pero lo que había que hacer era no tanto acusarlos sino refutar su discurso, y proponer una lectura clínica desde un plano discursivo superior; en otras palabras, más que oponerse a Chávez y su heredero, superponérseles.
Ahora podría cambiar Torrealba las cosas, y para lograrlo debiera procurar la metamorfosis—DRAE: Transformación de algo en otra cosa—de la Mesa de la Unidad Democrática. Y es ahora, ya mismo, cuando debe intentarlo; a corto plazo, la MUD no podría pagar el costo político de prescindir de Torrealba; sería la garantía de su dispersión. Es ahora cuando puede exigir e imponer.
El trabajo metamórfico es éste: convertir la Mesa de la Unidad Democrática en el Movimiento de la Unidad Democrática. No sólo se trata de preservar las siglas; el asunto es dejar atrás el esquema de organización de organizaciones, de «movimiento de movimientos», para establecer un movimiento de ciudadanos. Si el objetivo no fuera el de unir a la oposición sino el de unir al país, toda la cosa cobraría un sentido profundo y podría augurársele éxito. En 2016, Torrealba tiene que estar en capacidad de presentar un logro concreto: que el oficialismo haya perdido su mayoría en la Asamblea Nacional luego de las inminentes elecciones. Tal meta es alcanzable, pero hay que trabajar, y buena parte de ese trabajo es educativo. No hace falta convencer de esto último a quien es egresado del Instituto Pedagógico Nacional. LEA
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