De un libro revelador

El historiador de lo complejo

M. Mitchell Waldrop, historiador de lo complejo

Hace justamente una semana, dejé acá constancia—en Historia de la Complejidad—de mi entusiasmo por el libro Complexity: The Emerging Science at the Edge of Order and Chaos, de M. Mitchell Waldrop; acá traduzco dos de sus pasajes (págs. 293-294). La obra es un recuento detallado del nacimiento del Instituto de Santa Fe (Nuevo México), y por tanto de la emergencia de las ciencias de la complejidad (“la ciencia del siglo XXI”), relevantes a fenómenos tan aparentemente disímiles como el sistema inmunológico, las avalanchas orográficas o las economías humanas. Esto último fue desde siempre tema prioritario del instituto: de hecho, la narración comienza con el reclutamiento del economista William Brian Arthur para el naciente centro de investigación, que reuniría las mentes más brillantes de la nueva disciplina bajo la presidencia de George Cowan y la dirección académica de Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física. John Reed, Presidente de Citicorp, fue el mecenas inicial del programa de economía en Santa Fe que Arthur instalara y dirigiera. A punto de arrancar con el apoyo de Reed, el economista preguntó a Eugenia Singer, asistente del entusiasta banquero, qué esperaba éste del programa; después de consultarle, Singer contestó: “El Sr. Reed le manda a decir que haga Ud. lo que quiera, con tal de que no sea nada convencional”. Ojalá hubiera en Venezuela mecenas lúcidos de una nueva política para el país, visto que lo convencional no funciona. LEA

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Langton* estaba diciendo básicamente que este “algo” misterioso que hace posibles la vida y la mente es una cierta clase de equilibrio entre las fuerzas del orden y las fuerzas del desorden. Más exactamente, estaba diciendo que uno debe ver a los sistemas en términos de cómo se comportan, en vez de cómo están hechos. Y cuando eso se hace, decía, entonces lo que se consigue son los extremos de ordencaos. Se parece mucho a la diferencia entre los sólidos, donde los átomos están fijos en sus sitios, y los fluidos, donde los átomos caen los unos sobre los otros al azar. Pero justo entre ambos extremos, explicó, en un tipo de transición de fase abstracta llamada “el borde del caos”, también se encuentra complejidad: una clase de comportamientos en la que los componentes del sistema nunca se fijan en un sitio, pero tampoco se disuelven en la turbulencia. Éstos son los sistemas que son a la vez suficientemente estables como para almacenar información y lo suficientemente evanescentes como para transmitirla. Éstos son los sistemas que pueden organizarse para ejecutar computaciones complejas, reaccionar al mundo, ser espontáneos, adaptativos, vivos.

(…)

Cuando uno tiene algo como un ecosistema o una economía, dice (Farmer**), no es obvio que conceptos como orden, caos y complejidad puedan incluso ser definidos con gran precisión, mucho menos una transición de fase entre ellos. Sin embargo, hay algo acerca del principio del borde del caos que suena bien. Tomemos la antigua Unión Soviética, dice: “Hoy está bastante claro que la aproximación totalitaria, centralizada a la organización de la sociedad no funciona muy bien”. En el largo plazo, el sistema que Stalin construyera estaba estancado en exceso, demasiado fijo, controlado de modo demasiado rígido para sobrevivir. O notemos los Tres Grandes fabricantes de carros en Detroit en los años setenta. Habían crecido tanto y estaban tan rígidamente fijados en ciertas maneras de hacer las cosas que ni siquiera pudieron reconocer el creciente desafío de Japón, mucho menos responder al mismo.

Por otro lado, dice Farmer, la anarquía tampoco funciona muy bien, como parecían decididos a demostrar algunos componentes de la antigua Unión Soviética poco después de su disolución. Ni tampoco un sistema de laissez faire sin restricciones, a juzgar por los horrores dickensianos de la Revolución Industrial en Inglaterra o, más recientemente, por la debacle de las entidades de ahorro y préstamo en los Estados Unidos. El sentido común, para no mencionar la reciente experiencia política, sugiere que las economías sanas, al igual que las sociedades sanas, tienen que mantener el orden y el caos en equilibrio, y no se trata tampoco de una clase de equilibrio aguado, promedio, a mitad de camino. Como una célula viva, tienen que regularse a sí mismas con una densa red de retroalimentación y regulación, al tiempo que dejen abundante espacio para la creatividad, el cambio y la respuesta a nuevas condiciones. “La evolución prospera en sistemas con una organización de abajo hacia arriba, que haga surgir la flexibilidad”, dice Farmer. “Pero al mismo tiempo, la evolución tiene que canalizar la aproximación de abajo hacia arriba de forma que no destruya la organización. Tiene que haber una jerarquía de control, con información que fluya de abajo hacia arriba y también de arriba hacia abajo”. La dinámica de la complejidad al borde del caos, dice, parece ser lo ideal para esta clase de comportamiento.

M. Mitchell Waldrop

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*Cristopher G. Langton, científico de computadores estadounidense, cofundador del campo de vida artificial.

**Doyne Farmer, físico y empresario estadounidense, cofundador (1991) de la compañía Prediction, que aplica principios físicos y matemáticos al sector financiero de la economía.

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Historia de la complejidad

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Una pequeña sección del Conjunto de Mandelbrot

A JRR

Por primera vez en mi vida dejaré de devolver un libro ajeno. Así lo he avisado descaradamente al prestamista, el Dr. José Rafael Revenga, quien ya en la lejana década de los fructíferos años sesenta, cuando estudiaba Sociología en la UCAB—fue mi profesor de Filosofía Política y Social—y, más tarde, cuando me contrató en el Instituto para el Desarrollo Económico y Social, me regaló la modernidad recomendándome la lectura de Operational Philosophy de Anatol Rapoport, Understanding Media de Marshall MacLuhan o The End of Ideology de Daniel Bell. El libro secuestrado es Complexity: The Emerging Science at the Edge of Order and Chaos. Su increíble autor es M. Mitchell Waldrop:

M. Mitchell Waldrop was the editorial page editor at Nature magazine from 2008 to 2010, and is currently a features editor at Nature. He earned a Ph.D. in elementary particle physics at the University of Wisconsin in 1975, and a Master’s in journalism at Wisconsin in 1977. From 1977 to 1980 he was a writer and West Coast bureau chief for Chemical and Engineering News. From 1980 to 1991 he was a senior writer at ­Science magazine, where he covered physics, space, astronomy, computer science, artificial intelligence, molecular biology, psychology, and neuroscience. He was a freelance writer from 1991 to 2003 and from 2007 to 2008; in between he worked in media affairs for the National Science Foundation from 2003 to 2006. He is the author of Man-Made Minds (Walker, 1987), a book about artificial intelligence; Complexity (Simon & Schuster, 1992), a book about the Santa Fe Institute and the new sciences of complexity; and The Dream Machine (Viking, 2001), a book about the history of computing. In his spare time he is an avid cyclist. He lives in Washington, D.C. with his wife, Amy E. Friedlander.

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A comienzos de los ochenta se inició en mí un enamoramiento, que no ha cesado, con la ciencia de la complejidad: caos, sistemas adaptativos, enjambres, avalanchas… (El lugar de la primera cita: algunas páginas en Scientific American, revista que sustituyó a Playboy en mis preferencias). Puse cuernos a Rapoport, MacLuhan y Bell con Benoît Mandelbrot, Mitchell Feigenbaum, Per Bak, Loren Carpenter y, sobre todo, con Stuart Kauffman, el gran biólogo teórico. En Maracaibo leí, en 1989, el libro de James Gleick: Chaos, the Making of a New Science. He predicado, hasta ahora con resultado nulo, que sin haber asido las nociones fundamentales del riquísimo campo de la complejidad no podrá haber verdaderos actores políticos del siglo XXI; los que tenemos piensan la sociedad con categorías mentales del siglo XIX.

Las ofertas provenientes de los actores políticos tradicionales son insuficientes porque se producen dentro de una obsoleta conceptualización de lo político. En el fondo de la incompetencia de los actores políticos tradicionales está su manera de entender el negocio político. Son puntos de vista que subyacen, paradójicamente, a las distintas opciones doctrinarias en pugna. Es la sustitución de esas concepciones por otras más acordes con la realidad de las cosas lo primero que es necesario, pues las políticas que se desprenden del uso de tales marcos conceptuales son políticas destinadas a aplicarse sobre un objeto que ya no está allí, sobre una sociedad que ya no existe. (Sociedad Política de Venezuela – Documento Base, febrero de 1985. Puse en su presentación: “…es mi creencia que la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces”).

O, más recientemente:

Es misión profesional de la política establecer su conexión con la verdad, y hoy en día los marcos mentales que soportan la idea de la política como lucha por el poder han dejado de funcionar. (Ver John Vasquez The Power of Power Politics, 1983). Son marcos mentales más recientes, derivados de las ciencias de la complejidad y el caos, de las avalanchas, de los enjambres, aquellos que pueden ofrecer la gramática necesaria, ésa que Arturo Úslar Pietri ansiaba en artículo suyo de 1991: Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo. Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación. (El medio es el medio, abril de 2015).

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Una gran historia

El libro prestado que expropiaré es mucho más que un catálogo de tales marcos mentales. M. Mitchell Waldrop ha construido la historia de las nuevas fronteras de la ciencia con una trama, ella misma compleja, hecha con biografías de los exploradores; ha penetrado en sus anécdotas de inspiración y creación del campo, y las que obtuvo milagrosamente de los actores de la gran película son iluminadoras, conmovedoras, profundamente humanas, detalladas como la vida misma. Eso es lo que hace fascinante y remuneradora la lectura de sus páginas, es lo que hace admirable la tenacidad de un puñado de intelectuales incomprendidos aun dentro de los círculos académicos de universidades excelentes, hasta que el Instituto de Santa Fe viera la luz:

Uno podía hablar hablar del instituto con una buena cantidad de gente excelente que simplemente no entendía adónde apuntaba. En su lugar, uno debía buscar una cierta clase de resonancia: “O los ojos de alguien se ponen vidriosos o comienza la comunicación, y si ella comienza entonces se ejerce una forma de poder que es extraordinariamente irresistible: el poder intelectual. Cuando se consigue alguien que entiende un concepto en las entrañas del cerebro, en sus tripas, donde la misma idea estuvo siempre, entonces se ha agarrado a esa persona. No se necesita hacerlo mediante coerción física, sino por un cierto tipo de apelación intelectual que equivale a la coerción. Los agarras por los cerebros, no por los testículos”. (P. 249).

Es George Cowan quien habla en el libro, el Presidente fundador del instituto, y el autor pone a hablar también a Stuart Kauffman, Murray Gell-Mann, William Brian Arthur, Kenneth Arrow, Chris Langton, John Holland… y un nutrido grupo adicional de mentes brillantes, los creadores de la ciencia del siglo XXI. Y como sus procesos mentales son presentados en su tiempo de desarrollo, en apartamentos modestos o cubículos incómodos, en ambientes hostiles, en medio de dificultades y hasta tragedias, esa historia recentísima resulta apasionante, pues nos permite a nosotros mismos el camino del descubrimiento.

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No parece haber sido traducido el libro al castellano. Esa tarea pudiera hacerla muy bien Bárbara Ellen Zitman Ross, la hija de Cornelis y Vera, quien llevó a un español impecable Why Mahler?, de Norman Lebrecht. Pienso proponérsela. LEA

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Dos maravillas

René Magritte dice chapeau

René Magritte dice chapeau

A comienzos de los setenta, yo trabajaba en la Corporación Industrial Montana, como asistente de Hans Neumann. Una tarde, leía en la oficina un ejemplar de Scientific American. Me invadió una emoción casi mística al ver fotografías pareadas de la colisión de galaxias reales y de su simulación en computador: eran parecidísimas. Los ojos se me humedecieron. Sentí la urgencia de enseñar al Sr. Neumann la evidencia de lo maravilloso que es el cerebro humano y fui hasta su despacho, hablándole con fervor de la noticia.

Algo más sosegadamente, he visto ayer que científicos de los vecinos Instituto de Tecnología de Massachusetts y la Universidad de Harvard* lograron un riquísimo modelo de la evolución de nuestro universo, desde 12 millones de años a partir del Big Bang hasta la fecha, 14 mil millones de años después. La simulación despliega galaxias, huecos negros, estrellas, cúmulos que además cambian según su composición química, pues el modelo incluye ese refinamiento. Aunque tendrá que ser—y podrá ser—afinado, ya es en su estado actual un resultado majestuoso. Si hoy creemos que podrá tenerse un mapa dinámico del universo entero, tal vez algún día podamos incluso repararlo.

He aquí el video promocional del Proyecto Illustris, que sólo se obtiene en inglés. (Algo ayuda activar los subtítulos—cc en la barra de control—, aunque en numerosos puntos están mal. Por supuesto, es lo más remunerador ver este video a pantalla completa).

* En realidad, el equipo agrupó investigadores de otros centros de los EEUU, Inglaterra y Alemania:

Department of Physics, Kavli Institute for Astrophysics and Space Research, Massachusetts Institute of Technology; Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics; Heidelberg Institute for Theoretical Studies; Zentrum für Astronomie der Universität Heidelberg; Kavli Institute for Cosmology, and Institute of Astronomy, Cambridge UK; Space Telescope Science Institute, Maryland; Institute for Advanced Study, Princeton.

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La segunda maravilla es una reciente precisión de Ramón Guillermo Aveledo, suscitada por declaraciones de Roberta Jacobson, la en general entrometida Sub Secretaria de Estado para América Latina de los Estados Unidos. La Sra. Jacobson dijo que dirigentes opositores pedían a los EEUU que no se aplicara sanciones a Venezuela.

La respuesta oficial de la Mesa de la Unidad Democrática es impecable. Ojalá nuestro Tribunal Supremo de Justicia redactara así. De seguidas, el texto de la MUD:

Con motivo de las afirmaciones de la Secretaria de Estado Adjunta Roberta Jacobson ante el Comité de Asuntos Exteriores del Senado de su país, el Secretario Ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática estimó que es necesario dejar perfectamente claras varias cuestiones, las cuales pasó a enumerar:

1.- La Mesa de la Unidad trabaja por un cambio pacífico, democrático y constitucional en nuestro país. Un camino en el cual los protagonistas somos los venezolanos.

2.- La comunidad internacional puede ayudarnos en esta lucha, pero en ningún caso podemos aspirar a que nos sustituya. Existen unos valores que inspiran la convivencia entre las naciones, que deben ser defendidos eficazmente en todas partes. Para la paz y el progreso de América Latina, es necesaria una Venezuela de paz y progreso. Nuestra región, nuestro hemisferio y el mundo, entienden que el respeto a los Derechos Humanos es la base de la convivencia. Por eso se ha desarrollado la tutela internacional de los Derechos Humanos, de la cual por cierto el actual gobierno de Venezuela ha querido librarse, en perjuicio de nosotros sus ciudadanos.

La situación venezolana ha generado preocupación en el mundo entero. En su abrumadora mayoría los pronunciamientos de gobiernos, parlamentos, partidos e internacionales de partidos y organizaciones internacionales han sido por el respeto a los Derechos Humanos, la vigencia de la Constitución y la necesidad del diálogo entre venezolanos. Los cancilleres de Brasil, Colombia y Ecuador, y el Nuncio Apostólico de Su Santidad participan en el diálogo político como terceros de buena fe.

3.- En estas convicciones, la Mesa de la Unidad no cree que los ciudadanos deban pagar los fracasos y culpas del Gobierno y sufrir consecuencias perjudiciales en sus vidas, adicionales a las ya gravosas que les ocasionan las malas decisiones de las autoridades, por lo tanto ha sido consistente en su rechazo a medidas que perjudiquen al pueblo, como sanciones o embargos a toda una nación. Es nuestra posición, pública y abierta. Se refiere a cualquier país y, desde luego, al nuestro. La historia de esas políticas es una de ineficacia.

4.- Eso nada tiene que ver con las consecuencias personales que los gobernantes o cualquier titular de autoridad, debe enfrentar por sus actos. Por ejemplo, si la legislación internacional, o la de un país en el ámbito de su territorio, prevén sanciones a personas concretas por violaciones a Derechos Humanos o por actos de corrupción, nadie tiene derecho a arroparse en la bandera nacional para exigir una protección que no merece. Nunca un vocero de la Mesa de la Unidad ha planteado a funcionario de país alguno que se dicten sanciones que hagan que el pueblo pague las culpas de sus gobernantes. Tampoco que se exonere a personas de asumir la responsabilidad que acarrea su conducta.

Por todo lo anterior, dijo Aveledo, la Señora Secretaria Adjunta debe aclarar el alcance de su respuesta, pues se presta a equívocos indeseables. Las posiciones de la Unidad son públicas y conocidas. Ningún vocero de la MUD ha solicitado a funcionario norteamericano alguno lo que hoy ha trascendido en los medios. Y si alguna organización o individuo de la sociedad civil lo ha hecho, es bajo su responsabilidad y debe asumirla.

 ¡Bravo! ¡Gracias por tan clara dignidad! LEA

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Las artes catastróficas

Anthony Frederick Augustus Sandys (1829-1904): Casandra

Anthony Frederick Augustus Sandys (1829-1904): Casandra

Casandra fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. (…) El «síndrome de Casandra» es un concepto ficticio usado para describir a quien cree que puede ver el futuro, pero no puede hacer nada por evitarlo.

Wikipedia en español

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Tengo un amigo que me remitió una noticia que mucho le preocupaba: la agencia Moody’s, una calificadora de riesgos estadounidense, acababa de rebajar “la calificación de los bonos venezolanos en bolívares de B1 a Caa1 y en dólares de B2 a Caa1 con perspectiva negativa, ante el ‘notorio incremento’ del riesgo de colapso económico y financiero”. (Entorno Inteligente). Le comenté que había gente acá que celebraba cosas así; mientras peor pueda pintarse el cuadro nacional más parece aumentar su satisfacción ciudadana. Ripostó diciendo que había que saber dónde estábamos parados, como si no nos hubiéramos percatado de la difícil situación económica de la nación antes de que Moody’s, y previamente Standard & Poor, hablaran.

Este amigo no es el único que me alarma; otro tiene meses hablándome de lo mismo, y en los últimos días ha arreciado su angustia. Ayer me advirtió del crack económico, fiscal, monetario que se nos viene encima”. Este último allegado es de las personas mejor informadas que conozco; produce un blog que se adentra con gran conocimiento en los eventos y procesos descollantes del planeta, y en 2011 y comienzos de 2012 pronosticó en una serie de trabajos poco menos que la desaparición de Europa. Éstos son algunos de los títulos con los que encabezaba sus artículos de ese tiempo: La eurozona zozobra; Europa en barrena; El “efecto cascada” incendia a Europa; Grecia: cuna y tumba de Europa; La des-Unión Europea; Al borde del caos; Europa: un pandemonio; Europa en el desbarrancadero; Euro 2012: un nuevo Titanic; La pandemia europea; Los últimos días de Europa.

Por la misma época (18 de noviembre de 2011), este blog veía las cosas de diferente modo:

…crujen las economías de doce repúblicas de la Unión Europea. Conductas macroeconómicas en gran medida irresponsables, exageradamente optimistas o arrogantes, han puesto en peligro el gran experimento de la integración de Europa. Ya hay quien expide certificados de defunción del euro; Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, ha hecho precisamente eso: “This is the way the euro ends. Not with a bang but with bunga-bunga”. (El 9 de noviembre en su blog en The New York Times). Como él, la mayoría de los analistas espera el deceso del sueño europeo.

Y, sin embargo, viendo las cosas bien, asistimos a un inusitado esfuerzo de cooperación de los jefes de Estado de Europa. Nunca antes, los líderes del Viejo Continente habían actuado de manera tan coordinada, tan sinérgica. (Merkel y Sarkozy destacan por su diligencia y desprendimiento, por su prudencia). Antes resolvían sus problemas con guerras que extendían al mundo, dos veces el siglo pasado. Ahora los líderes se reúnen y acuerdan tratamientos sensatos.

La Zona Euro no ha muerto todavía; es más, se puede argumentar que se dirige a un nuevo estadio evolutivo. El peligro común alimenta el cambio, dirigido a un ulterior fortalecimiento de las instituciones centrales. Así, se le pide al Banco Central Europeo que funcione abiertamente como lo hace la Reserva Federal de los Estados Unidos, que intervenga para salvar a la moneda única del continente.

Stuart Kauffman es el biólogo teórico que destacara que la rica complejidad de la vida resulta no sólo de la selección natural de una competencia darwiniana, sino de una auto-organización que emerge de dinámicas bastante distantes del equilibrio. Un cristal es completamente organizado, sus átomos en posiciones fijas dentro de una estructura regular; pero un cristal es una estructura muerta. La desorganización total, por otra parte, es también la negación de la vida, que requiere la preservación de estructuras orgánicas. Por eso dice Kauffman que la complejidad de los organismos y los sistemas biológicos se crea en una franja al borde del caos.

Creo que es justamente eso lo que ahora ocurre en Europa y que, a pesar de los anuncios de Casandra, la fuente de la cultura occidental terminará por resolver su crisis sistémica. Europa saldrá fortalecida, una vez más, de tierras griegas y romanas. (En Los apremios de una mujer fenicia).

Hoy, 18 de diciembre, escribe Melvyn Krauss en The Irish Examiner el artículo Razones tras la misteriosa fortaleza del euro, donde certifica: “Desde septiembre, el euro ha aumentado su valor en más de 4%, a US$ 1,37 ayer sobre US$ 1,31%”. También hoy, se reporta que los ministros de finanzas de la Zona Euro han hecho progresos en negociaciones clave para la formación de una unión bancaria, la que incluye provisiones de financiamiento de bancos en grave situación. La Unión Europea subsiste como la mayor economía del mundo, superando a la de los Estados Unidos y la de China; Europa dista mucho de ser un montón de ruinas.

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Europa no ha terminado de superar su recesión, obviamente (los Estados Unidos a duras penas), y Venezuela ha alcanzado una tasa de inflación anual que supera 50%, sufre de una marcada escasez de productos básicos y mantiene una tasa oficial de cambio nada realista: el mercado paralelo de dólares, ante la escasez de divisas provistas por el gobierno, ya ha llegado a ofrecer por la divisa estadounidense diez veces el valor oficial, mientras disminuyen las reservas de moneda extranjera y la economía como conjunto desacelera. Encima de esos problemas coyunturales, persisten rasgos estructurales—principalmente la excesiva dependencia de la industria petrolera—que hacen de la economía venezolana un sistema acromegálico y, para coronar, el simplismo ideológico del oficialismo le lleva a la guerra con la empresa privada. Una parte considerable del aparato productivo ha sido destruida o estatizada con destacada ineficiencia.

Pero ¿está el colapso económico de Venezuela a la vuelta de la esquina, o es tal cosa un mal augurio más de los coleccionistas de worst-case scenarios? Mark Weisbrot, un economista estadounidense que simpatiza con el gobierno venezolano, no cree que ése sea el caso; así argumentaba en The Guardian (El tan esperado apocalipsis en Venezuela es poco probable) el 7 de noviembre:

Es poco probable. En los análisis de la oposición y de los medios internacionales, Venezuela está entrampada en un espiral de inflación y devaluación. La hiperinflación, una deuda externa en aumento y una crisis en la balanza de pagos marcarían el final de este experimento económico. Pero en el año 2012, Venezuela alcanzó los $93,6 millardos en ingresos petroleros, frente a importaciones totales en la economía—a unos niveles históricamente altos—de $59,3 millardos. La cuenta corriente en la balanza de pagos registraba un superávit de $11 millardos. Los pagos de intereses sobre la deuda pública externa sumaban apenas $3,7 millardos. A este gobierno no se le van a agotar los dólares. Actualmente, el Banco Central cuenta con $23 millardos en reservas, y los propios economistas de la oposición estiman que existen otros $15 millardos en manos de otras instancias del gobierno, sumando así un total de $36,4 millardos. Normalmente, las reservas que puedan cubrir tres meses de importaciones son consideradas suficientes; Venezuela cuenta con las reservas necesarias para cubrir por lo menos ocho meses, y posiblemente más. También tiene la capacidad de solicitar créditos a nivel internacional. (…) Lo que verdaderamente disparó la inflación, ya hace un año, fue un recorte en el suministro de dólares al mercado de cambio de divisas, los cuales se redujeron a la mitad en octubre del 2012 y prácticamente fueron eliminados en febrero. Esto hizo que más importadores tuvieran que comprar dólares cada vez más caros en el mercado negro. La devaluación de febrero también contribuyó en algo a la inflación, aunque probablemente no tanto. Pero desde entonces el gobierno ha aumentado sus subastas de dólares, anunciando también un plan para aumentar las importaciones de alimentos y otros bienes, lo cual seguramente ejercerá cierta presión hacia la baja en los precios. (…) Ciertamente, Venezuela se enfrenta a algunos problemas económicos serios. Pero éstos no son del tipo que sufren por ejemplo Grecia (ya en su sexto año de recesión) o España, que se ven atrapadas en un arreglo donde la política macroeconómica es fijada por factores cuyos objetivos entran en conflicto con su recuperación económica. En cambio, Venezuela cuenta con suficientes reservas e ingresos en divisa extranjera para hacer lo que quiera, incluyendo empujar hacia abajo el valor del dólar en el mercado negro y eliminar buena parte del desabastecimiento. Estos son problemas que pueden ser resueltos de manera relativamente rápida mediante cambios en las políticas. Venezuela—al igual que la mayor parte de las economías del mundo—también sufre problemas estructurales de largo plazo, como lo son una sobredependencia respecto del petróleo, una infraestructura deficiente y una capacidad administrativa limitada. Pero no son éstas las causas de sus dificultades actuales.

En verdad, hay dos rasgos de consistente prudencia financiera que han caracterizado a las administraciones del chavismo: los presupuestos se calculan a precios del petróleo significativamente menores que los reales, y las obligaciones de deuda externa han sido canceladas puntualmente. Es su concepto de “guerra económica”, que le ha sido necesario para apaciguar a sus partidarios radicales, lo que le ha impedido la flexibilidad que una versión moderna de la economía exige.

Pero ya están atrás las elecciones municipales que cierran el ciclo de cuatro comicios en catorce meses (7 de octubre y 16 de diciembre de 2012 y 14 de abril y 8 de diciembre de este año), uno detrás de otro. Tal vez las autoridades económicas venezolanas estén ahora más abiertas a considerar el modelo de un patriarca del socialismo: China, cuyo Partido Comunista ha reunido su 18º Comité Central para aprobar el mes pasado el Plan 383 (con penetración hasta 2030), que comienza por declarar: “En primer lugar, se trata de implementar reformas estructurales para fortalecer los cimientos de una economía basada en el mercado por medio de la redefinición del rol del gobierno; reformar y reestructurar las empresas del Estado y los bancos del sector público; desarrollar el sector privado; promover la competencia; y profundizar las reformas en cuanto a los factores tierra, trabajo y mercados financieros”. Los jerarcas chinos no llaman a los empresarios privados la derecha “fascista” o “parasitaria”; son sus socios en el desarrollo de la cuna de Confucio y de Mao.

Gracias a la invención del “Plebiscito de la Inmaculada Concepción” por Capriles Radonski, el gobierno dispone de mayor capacidad de maniobra después de su triunfo electoral. Ya habla con tranquilidad del aumento-tabú de la gasolina—mientras la mayoría de los dirigentes opositores critica lo que antes propugnaba—, y se prepara para una nueva devaluación, una de las medidas de ajuste que alejarían el riesgo de colapso temido por Moody’s. Haría bien en atender la recomendación implícita en el artículo de Weisbrot: los problemas “pueden ser resueltos de manera relativamente rápida mediante cambios en las políticas”. Lo que no debe hacer es emperrarse en la rígida lógica revolucionaria. Hasta Vladimir Ilich Lenin—para Ángel Bernardo Viso “probablemente el maestro indirecto de Hugo Chávez Frías” (Las revoluciones terribles)—tuvo que dar “un paso atrás para dar dos adelante” con su NEP (Nueva Política Económica) de 1921.

Es natural, por descontado, que luego de una derrota electoral como la del 8 de diciembre aumente en los voceros de la oposición su tendencia a hacer predicciones catastróficas, y que quienes tienen de nacimiento una vocación catastrofista se sumen a esos profetas del desastre. Si fueran consistentes con sus pedimentos de diálogo, pudieran disponerse, en bien del país, a contribuir con una prédica moderada; si persiguen, con muy buenas razones y algunas bastante malas, que el gobierno cambie, pudieran comenzar por cambiar ellos. LEA

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La Edad Compleja

Una genio de 26 años

Una genio de 27 años

A mi estrellita, otra vez, en el mes de sus 28

Por amable aviso de Gonzalo Pérez Petersen he sabido de la existencia del video visible al final de esta nota; da cuenta del desarrollo civilizatorio posiblemente más importante, más fundamental de todo el siglo que comienza. Sobre la red digital que se expande y se llena de significados en cantidades multimillonarias, sobre ese complejo cerebro del mundo en construcción, Kira Radinsky, investigadora israelí de 27 años de edad, ha logrado implantar un nuevo lóbulo frontal de interpretación y predicción. Reporta The Times of Israel: “Radinsky, junto con su socio Eric Horvitz, co-director de Microsoft Research en Redmond, Washington, desarrolló un software que analiza la web en busca de señales de patrones, en sitios de noticias y archivos históricos, que han conducido a la emergencia de enfermedades, muerte o motines en el pasado y los compara con las condiciones actuales. Es una forma muy sofisticada de minería de datos, que permite un análisis profundo de eventos dispares y percibe cómo se repiten una y otra vez”. La aplicación de los algoritmos que ha desarrollado permitirá la prevención de tragedias.

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El 19 de mayo de 1994, participé en el Coloquio El comunicador necesario, organizado en Maracaibo en honor al influyente profesor Sergio Antillano, formador de varias generaciones de brillantes periodistas. (El texto de mi participación fue reproducido en la Ficha Semanal #215 de doctorpolítico, que dediqué a mi hija María Ignacia—pluma y carácter—, comunicadora social de la UCAB que ahora se apresta al Master en Arte y Comunicación de la Universidad de París). Allá expuse hace casi veinte años:

…estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.

Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.

Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.

(…)

Cuando aprendíamos historia universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la prehistórica y la histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.

(…)

Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.

Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prygogine.

Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.

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Existe la matemática de la complejidad: la geometría fractal.

Los fractales son estructuras matemáticas cuyo desa­rrollo comienza a princi­pios de siglo, con el trabajo del matemático polaco Waclaw Sierpinski y del francés Gaston Julia, pero su designación por ese nombre se produce en 1975 y re­almente se toma conciencia general de ellos en 1983, con la publi­cación de la obra de Mandel­brot, “La geometría fractal de la naturaleza”.

Los fractales ofrecen un método extraordinariamente compacto para la descripción de ciertos objetos y formaciones. Muchas estructuras exhiben una regularidad geométrica subya­cente que se conoce como invariancia a la escala o autosimilaridad. Este es el caso, por ejem­plo, de la línea de las costas, en las que uno se topa con la misma “fractalidad” a medida que las mira desde diferentes distancias. Si se somete al examen a estos objetos en diferentes es­ca­las, se encuentra repetidamente a los mismos elementos fundamentales. El patrón repetitivo de­fine la dimensión fraccional, o fractal, de esas estructuras. Mandelbrot acuñó la expresión “fractal” a partir del latín fractus, partido o fraccionado.

La geometría fractal describe las formas naturales de un modo mucho más sucinto que la geometría de Euclides. De aquí su poder descriptivo y una de sus principales aplicaciones prác­ticas. La descripción de un cierto objeto complejo por medio del lenguaje fractal puede redu­cir significativamente la cantidad de datos necesarios para transmitir o almacenar una imagen. La hoja de un helecho, por ejemplo, puede ser completamente descrita por un algo­ritmo fractal que se basa en 24 números. Un procedimiento euclidiano que pretendiera hacer lo mismo punto a punto requeriría el manejo de varios cen­tenares de miles de valores numéricos. Es por esto que las técnicas fractales son hoy objeto de intenso estudio por los especialistas en transmisión de imágenes por televisión. El tiempo, la complejidad y el costo de transmitir imágenes de saté­lites podrían ser reducidos drásticamente con el empleo de códigos basados en fractales.

Es difícil imaginar a los fractales sin recurrir a imágenes. Esto, que para un matemático clásico constituiría una concesión de mal gusto y atenta­toria contra el estilo de las matemáticas puras, es hoy en día herramienta co­tidiana de los matemáticos de la fractalidad, quienes hacen uso intensivo de computadores de alto poder para estudiar las estructuras generadas por sus ecuaciones. Que son estructuras complejísimas, de una riqueza insólita, gene­radas a partir de ecuaciones sencillísimas.

Este hecho es lo que hace que la geometría fractal sea el lenguaje ma­temático del “caos”, otra teoría contemporánea y novísima que promete una comprensión mucho más profunda de los procesos del universo. La teoría del caos estudia aquellos fenómenos que siguen reglas deterministas estrictas y sin embargo son impredecibles en principio. La turbulencia atmosférica, el latido del corazón humano, el movimiento de los precios en un mercado, el “ruido rosado” que los ingenieros de sonido emplean para calibrar sus equi­pos, son algunos de los fenómenos que tienen comportamiento caótico y que comienzan a ser entendidos ahora con ayuda de la ciencia fractal. Esos fenó­menos exhiben patrones de variación similares si se les considera en di­feren­tes escalas temporales, del mismo modo que los objetos con invariancia a la escala exhi­ben patrones estructurales similares a diferentes escalas espaciales. Hay, pues, una profunda rela­ción entre la geometría fractal y los comporta­mientos caóticos: la geometría fractal es la geometría del caos.

El dominio del lenguaje fractal hace entrever la posibilidad de mejo­res y más profundas intuiciones acerca de los procesos básicos del universo, de la evolución de las especies, de la conducta humana. Se trata de una revo­lución excitante, que posiblemente sea el componente más profundo y pode­roso de una nueva episteme, de una nueva concepción del mundo. (Tratamiento al problema de calidad de la educación superior en Venezuela, diciembre de 1990).

Los algoritmos descritos en el video hacen uso de nociones de fractalidad, puesto que encuentran similaridades de los fenómenos, y es la autosimilaridad fractal de la historia lo fundamental para los historiadores venideros; haremos historia fractal. Kira Radinsky es el producto de una estrategia educativa como la esbozada arriba, y nada debiera impedir su adopción en Venezuela: “Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro”.  (El mes de Jano, referéndum #11, enero de 1995). Una edad nueva de la historia ha comenzado. Después de malversar trece años de un nuevo siglo en política regresiva, es tiempo de lanzarnos al porvenir. LEA

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Programa de estudio

Estructura en la naturaleza

Estructura en la naturaleza. (Fotografía de Klaus Enrique)

A Leo, mi constante solución

Antes de que mi curiosidad se mudara a otros terrenos,* el campo al que dirigía casi toda mi atención era el biológico, al punto de que al salir del bachillerato opté por la carrera médica, lo que complació mucho a mi madre. Tal interés fue en gran medida alimentado por las clases de José Abel Montilla, Profesor de Biología en el Colegio La Salle de La Colina. Cuando hacía con mis compañeros el cuarto año de bachillerato, Montilla inventó un debate en el que confrontaríamos las ideas sobre la evolución de las especies de Charles Darwin (1809-1882) y del predecesor Jean-Baptiste Pierre Antoine de Monet, Chevalier de Lamarck (1744-1829). Tocó a Bernardo Augusto Nouel Perera—a quien desde entonces nos referiríamos como Cromagnon—postular las tesis darwinistas, mientras yo debí hacer la defensa de Lamarck. Éste sostenía que los organismos poseían una tendencia a hacerse más complejos, ascendiendo por una escalera de progreso: “Le pouvoir de la vie or la force qui tend sans cesse à composer l’organisation”. (Histoire naturelle des animaux sans vertèbres, 1815).

Ciento ochenta años después, Stuart Kauffman reivindicaría en cierto modo esa noción lamarckiana, y declararía incompleta la explicación darwinista de una evolución ciega a base de variaciones azarosas, que serían preservadas cuando fuesen útiles en un predominio del más fuerte al competir con otros organismos por la supervivencia. Lo que se reproduce abajo son tres extractos de su obra de 1995—At Home in the Universe: The Search for Laws of Self-Organization and Complexity—: el Prefacio y dos fragmentos de su Capítulo 1, cuyo título es el mismo del libro.

Algún ignorante creyó ver en mí un anarquista cuando, cuatro años antes del libro de Kauffman, presenté y comenté en el Instituto de Formación Arístides Calvani el video Chaos, en una copia VHS que obtuve de Maravén, la subsidiaria de PDVSA que patrocinaba la serie Dimensión de la Televisora Nacional. Entre los asistentes a mi presentación se encontraba el empresario Henrique Machado Zuloaga, y esta circunstancia me impulsó a sugerir que las nociones de las nacientes teorías del caos y la complejidad ofrecían una base más sólida para sostener la naturalidad de los mercados que una defensa ideológica sobre la idea de libertad: el liberalismo. (Ver en este blog las dos primeras secciones de Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela).

El geómetra del cosmos

El geómetra del cosmos

No es nada común que los operadores políticos convencionales—prácticamente toda la dirigencia nacional, oficialista u opositora—tengan al menos noticia de las teorías de la complejidad, el caos, los enjambres o las avalanchas. Pero son ellas las que proveen ahora los marcos mentales más pertinentes y poderosos para la comprensión de las sociedades humanas y sus economías. (“El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos”. Proyecto de la Sociedad Política de Venezuela – Documento Base – febrero de 1985. Ya para entonces yo había leído The Fractal Geometry of Nature, Benoît Mandelbrot, 1982).

Nuestros políticos son, en buena medida, darwinistas, puesto que entienden su oficio como lucha por el poder. (“Mi planteamiento es que los intelectuales, los sectores profesionales y empresariales, los líderes de la sociedad civil no pueden seguir de espaldas a la realidad de los partidos, y sobre todo, a la realidad de los partidos que protagonizan la lucha por el poder”. Pedro Pablo Aguilar, en El Nacional, 7 de junio de 1986). El mismo presidente Chávez, a las pocas semanas de su primera toma de posesión, envió una misiva a la Corte Suprema de Justicia que comenzaba así: “Montesquieu evidenció que las verdades no se hacen sentir sino cuando se observa la cadena de causas que las enlaza con otras y, en términos de introspección e inferencia de relaciones entre ideas y contenidos descubrió que las leyes son relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas”. Esa carta cerraba con estas palabras: “Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado”. (Destacados de Hugo Chávez). Sus concepciones, entonces, les impiden hacer una política competente, una que comprenda la complejidad de las sociedades de este siglo. Pudieran empezar por leer a Kauffman.

De él dice la presentación de su libro por Amazon, la gran librería virtual: “Ha comenzado una gran revolución científica, un nuevo paradigma que rivaliza en importancia con la teoría de Darwin. En su centro está el descubrimiento del orden que reside profundamente dentro de los sistemas más complejos, desde el origen de la vida y pasando por el funcionamiento de corporaciones gigantescas hasta el surgimiento y la caída de grandes civilizaciones. Más que de nadie, esta revolución es la obra de un hombre, Stuart Kauffman, un visionario pionero en la nueva ciencia de la complejidad”.

(Sobre temas cosmo-teológicos rozados por Kauffman en el material aquí reproducido, puede leerse en este blog El dios de Mandelbrot era el de Borges y Proyecto Fénix: Teología conjetural). LEA

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* “Bajo la guía del Prof. Yehezkel Dror [me dediqué] a estudios en Policy Sciences, y de modo autodidacta al campo de la lógica y la filosofía de la ciencia. [Soy] aficionado lector en física, principalmente sobre temas de cosmología y principios de física subatómica. [Mis] más recientes intereses se han dirigido a la exploración de las teorías del caos y la complejidad, en busca de la aplicación de sus nociones fundamentales a los problemas de la predicción y la acción sociales”. (Trayectoria).

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EN CASA EN EL UNIVERSO

Prefacio

Vivimos en un mundo de asombrosa complejidad biológica. Moléculas de todas clases se unen en una danza metabólica para hacer células. Las células interactúan con células para formar organismos; los organismos interactúan con organismos para formar ecosistemas, economías, sociedades. ¿De dónde salió esta gran arquitectura?

Por más de un siglo, la única teoría que ha ofrecido la ciencia para explicar cómo surgió este orden era la selección natural. Como nos enseñara Darwin, el orden del mundo biológico evoluciona mientras la selección natural cuela mutaciones azarosas para preservar formas especialmente útiles. Desde este punto de vista de la historia de la vida, los organismos son artilugios improvisados que forja la selección, ese silencioso y oportunista metalúrgico. La ciencia nos hace quedar como accidentes improbables e inexplicables ante el frío e inmenso telón de fondo del espacio y el tiempo.

Treinta años de investigación me han convencido de que esta visión dominante de la biología es incompleta. Como argüiré en este libro, la selección natural es importante pero no ha trabajado sola en la elaboración de las arquitecturas finas de la biósfera, de la célula al organismo al ecosistema. Otra fuente—la auto-organización—es el origen y raíz del orden.

He llegado a creer que el orden del mundo biológico no es el resultado de meros ajustes, sino que surge natural y espontáneamente de los principios de la auto-organización, las leyes de la complejidad que estamos empezando a descubrir y entender.

Los últimos tres siglos de la ciencia han sido predominantemente reduccionistas, en su intento por descomponer sistemas complejos en partes simples y estas partes, a su vez, en partes aun más simples. El programa reduccionista ha sido espectacularmente exitoso, y continuará siéndolo. Pero a menudo ha dejado un vacío: ¿cómo usamos la información atisbada acerca de las partes para construir una teoría del conjunto? Una dificultad profunda reside en el hecho de que el conjunto complejo puede exhibir propiedades que no son fácilmente explicadas por la comprensión de las partes. El conjunto complejo, en un sentido enteramente no místico, puede a menudo exhibir propiedades colectivas, rasgos “emergentes” en sí mismos lícitos.

Este libro describe mi propia búsqueda de leyes de la complejidad que gobiernan cómo la vida surge de una sopa de moléculas, evolucionando hasta la biósfera que vemos hoy. Sea que hablemos de moléculas que cooperan para formar células o de organismos que cooperan para formar ecosistemas o de compradores y vendedores que cooperan para formar mercados y economías, encontraremos bases para creer que el darwinismo no es suficiente, que la selección natural no puede ser la única fuente del orden que vemos en el mundo. Al elaborar el mundo viviente, la selección ha actuado siempre sobre sistemas que exhiben un orden espontáneo. Si estoy en lo cierto, este orden subyacente, afilado ulteriormente por la selección, augura un nuevo puesto para nosotros: antes que vastamente improbable, esperado, de forma recientemente entendida, en casa en el universo.

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Capítulo 1. En casa en el Universo

Fuera de mi ventana, justamente al oeste de Santa Fe, yace el paisaje casi espiritual del Nuevo México norteño—barrancas, mesas, tierras sagradas, el Río Grande—, hogar de la civilización más vieja de Norteamérica. Es mucho, tan antiguo y tan moderno, preñado con el pasado remoto y el próximo milenio, lo que se mezcla acá azarosamente, ligeramente intoxicado con anticipación. A cuarenta millas está Los Álamos, la brillantez mental, la brillantez de una luz resplandeciente en aquel amanecer del desierto en 1945, hace medio siglo, a mitad de nuestras suposiciones. Poco más allá se despliega el Valle Grande, restos de una montaña arcaica, de la que se cuenta que una vez tuvo una altura de más de 30.000 pies, que voló su cima esparciendo ceniza hasta Arkansas, dejando obsidiana para posteriores labores más finas.

Kauffman en Santa Fe

Kauffman en Santa Fe

Hace unos meses, me encontraba almorzando con Günter Mahler, un físico teórico de Munich que visitaba el Instituto de Santa Fe, donde un grupo de colegas y yo se involucra en la búsqueda de leyes de la complejidad que puedan explicar las extrañas formas que emergen a nuestro alrededor. Günter miraba al norte, más allá del piñón y el junípero, enfocando lejos hacia Colorado, y de algún modo me sorprendió al preguntarme cuál era mi imagen del paraíso. Mientras me afanaba en una respuesta, propuso una: no las altas montañas, o el borde de los océanos ni las tierras llanas. Más bien, sugirió, justamente el terreno que yacía largo delante de nosotros desarrollándose bajo fuerte luz, sus lejanas cordilleras definiendo un horizonte distante hacia el que marchan, en procesión evanescente, elocuentes y gráciles formas del terreno. Por razones que no entiendo completamente, sentí que tenía razón. Pronto caímos en especulaciones sobre el paisaje del este de África y nos preguntamos si, de hecho, pudiéramos llevar con nosotros la memoria genética de nuestro lugar de nacimiento, el Edén real, nuestro hogar.

¡Qué historias nos contamos a nosotros mismos de orígenes y términos, de forma y transformación, de dioses, la palabra y la ley! Todo el mundo en todo tiempo ha debido crear mitos e historias para esbozar una imagen de nuestro lugar bajo el sol. El hombre de Cromagnon, cuyas pinturas de animales parecen mostrar respeto y maravilla, por no decir línea y forma que igualan o superan las de milenios posteriores, debe haber narrado historias sobre estas preguntas: ¿quiénes somos? ¿De dónde vinimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Habrán preguntado lo mismo el Neanderthal, el Homo habilis o el erectus? ¿Alrededor de qué hoguera de un pasado de 3 millones de años de evolución homínida surgieron estas preguntas por primera vez? ¿Quién sabe?

En algún punto de nuestro sendero se ha perdido el paraíso, perdido para la mente occidental y, al extenderse la civilización mundial, perdido para nuestra mente colectiva. Pudiera John Milton haber sido el último poeta superior de la civilización occidental que buscara justificar las maneras de Dios con el hombre en aquellos años tempranos que prefiguraban la era moderna. El paraíso se ha perdido, no al pecado, sino a la ciencia. En un tiempo, hace escasamente pocos siglos, nosotros los occidentales nos creímos los elegidos de Dios, hechos a su imagen, guardianes de sus palabras en una creación forjado con su amor por nosotros. Ahora, 400 años más tarde, nos encontramos en un minúsculo planeta, al borde de una monótona galaxia entre millones como ella regadas sobre vastos megaparsecs, a lo largo de la curvatura del espacio hasta el Big Bang. No somos sino accidentes, se nos dice. Sólo nosotros haríamos propósito y valor.

Sin Satán y sin Dios, el universo luce ahora como el hogar neutral de la materia, la oscuridad y la luz, absolutamente indiferente. Somos bulliciosos, pero ya no estamos en casa en el sentido antiguo. Por supuesto, aceptamos que el surgimiento de la ciencia y la consecuente explosión tecnológica nos ha llevado a nuestra secular visión del mundo.

No obstante, permanece el hambre espiritual. Conocí recientemente a N. Scott Momaday, un autor americano nativo, ganador del Premio Pulitzer, en una pequeña reunión al norte de Nuevo México que trataría de articular los problemas fundamentales que la humanidad confronta. (¡Cómo si pudiera un pequeño grupo de pensadores hacer algo así!) Momaday nos dijo que el problema central que confrontamos es la reinvención de lo sagrado. Nos contó de un escudo sagrado de los Kiowa, santificado por los sacrificios y el sufrimiento de los guerreros honrados al portarlo en una batalla. El escudo había sido robado al término de una batalla contra fuerzas de caballería de los Estados Unidos después de la Guerra Civil. Nos contó que había sido redescubierto recientemente y cómo había sido retornado desde el hogar del general de la Guerra Civil que lo había tomado. La voz profunda de Momaday cayó suavemente sobre nosotros al describir la bienvenida preparada para el escudo y el lugar que ocupa, silencioso, sombrío, quieto, venerado por la pasión y el sufrimiento destilados en su arco.

La búsqueda de Momaday por lo sagrado se asentó profundamente en mí, pues tengo la esperanza de que lo que algunos llaman las nuevas ciencias de la complejidad puedan ayudarnos a encontrar nuestro sentido de lo valioso, nuestro sentido de lo sagrado, así como los Kiowa terminaron recobrando aquel escudo sagrado. En la misma reunión, sugerí que el problema más importante que enfrentaba la humanidad era la emergencia de una civilización mundial, su profunda promesa y las dislocaciones culturales que tal transformación causaría.

Para ceñir la comunidad global pluralista que está naciendo necesitaremos, creo, una base intelectual expandida, una nueva manera de pensar acerca de los orígenes, la evolución y la profunda naturalidad de la vida y la miríada de patrones en los que se desarrolla. Este libro es un esfuerzo por contribuir a esa nueva concepción, pues las ciencias emergentes de la complejidad, como veremos, ofrecen apoyo fresco a la idea de una sociedad democrática pluralista, al proveer evidencia de que ella no es meramente creación humana sino parte del orden natural de las cosas.

Uno siempre teme deducir de primeros principios el orden político de su propia sociedad. James Mill, el filósofo del siglo XIX, pudo deducir de primeros principios que una monarquía constitucional, sorprendentemente parecida a la inglesa a comienzos del siglo pasado, era la más elevada forma natural  de gobierno. Pero, como espero mostrar, las mismas leyes de la complejidad que buscamos mis colegas y yo sugieren que la democracia ha evolucionado como, quizás, el mecanismo óptimo para lograr los mejores compromisos alcanzables entre intereses prácticos, políticos y morales en conflicto. Momaday también puede tener razón. También necesitaremos reinventar lo sagrado—este sentido de nuestro valor profundo—y reinvertirlo en el corazón de la nueva civilización.

La historia de nuestra pérdida del paraíso es familiar, pero vale la pena recordarla. Hasta Copérnico, creímos estar en el centro del universo. Hoy en día, en nuestra cacareada sofisticación, miramos de reojo a una iglesia que buscó suprimir la visión heliocéntrica. El conocimiento por el conocimiento mismo, decimos. Sí, por supuesto. Pero ¿era la preocupación de la iglesia con el trastorno del orden moral sólo una estrecha vanidad? Para la civilización pre-copernicana, la visón geocéntrica no era sólo un asunto científico; más bien, era la evidencia, piedra angular, de que el universo giraba alrededor de nosotros. Con Dios, los ángeles, el hombre, las bestias y las plantas fértiles hechas para nuestro beneficio, con el sol y las estrellas rodando encima, conocíamos nuestro lugar: el centro de la creación divina. La iglesia temió con razón que los conceptos copernicanos terminarían desmantelando la unidad de una tradición milenaria de deber y derechos, de obligaciones y roles, de tejido moral.

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Ramas generadas por iteración fractal en un computador

Ramas generadas por iteración fractal en un computador

Como veremos, las ciencias emergentes de la complejidad empiezan a sugerir que el orden no es sólo accidental, que tenemos a mano vastas vetas de orden espontáneo. Las leyes de la complejidad generan espontáneamente mucho del orden del mundo natural. Es sólo entonces cuando la selección entra en juego, para moldear y refinar ulteriormente. Tales vetas de orden espontáneo no eran enteramente desconocidas; sin embargo, están apenas surgiendo como poderosas nuevas claves de los orígenes y la evolución de la vida. Todos hemos sabido que los sistemas físicos simples exhiben orden espontáneo: una gota de aceite en agua forma una esfera; los copos de nieve exhiben su evanescente simetría hexagonal. Lo que es nuevo es que el rango del orden espontáneo es enormemente mayor que lo que habíamos supuesto. Se descubre un orden profundo en sistemas grandes, complejos, aparentemente azarosos. Creo que este orden emergente subyace no sólo el origen de la vida misma, sino mucho del orden que hoy contemplamos en los organismos. Así, también, lo creen muchos de mis colegas, que comienzan a acumular evidencia de tal orden emergente en toda clase de sistemas complejos.

La existencia del orden espontáneo es un desafío sorprendente a nuestras ideas establecidas a partir de Darwin en biología. La mayoría de los biólogos ha creído por más de un siglo que la selección es la fuente única de orden en la biología, que la mera selección es el artesano que elabora las formas. Pero si las formas entre las que la selección escoge fueran generadas por las leyes de la complejidad, entonces la selección ha tenido siempre una ayuda. No es, después de todo, la única fuente de orden, y los organismos no son artefactos ajustados por ella, sino la expresión de leyes naturales más profundas. Si todo esto es cierto, ¡qué revisión de la concepción darwiniana del mundo yace ante nosotros! No nosotros lo accidental, sino nosotros lo esperado.

La revisión de la concepción darwiniana del mundo no será fácil. Los biólogos carecen, hasta ahora, de un marco conceptual en el que puedan estudiar un proceso evolutivo que combina la auto-organización y la selección. ¿Cómo funciona la selección en sistemas que ya generan orden espontáneo? La física tiene su orden espontáneo profundo, pero no necesita la selección. Los biólogos, subliminalmente conscientes de tal orden espontáneo, nunca lo ignoraron y siempre se enfocaron en la selección. Sin un marco que comprenda a la vez la auto-organización y la selección, la auto-organización ha sido poco menos que invisible, como el fondo de una imagen en psicología de la Gestalt. Con un súbito cambio visual, el fondo puede pasar a primer plano, y el antiguo primer plano, la selección, puede convertirse en fondo. Ninguno de los dos basta por sí solo. La vida y la evolución han dependido siempre del abrazo mutuo del orden espontáneo y la elaboración selectiva de ese orden. Necesitamos pintar un cuadro nuevo.

Stuart Kauffman

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Stuart Kauffman en la Universidad de Vermont, 2 de diciembre de 2011

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