La verdad que ya no podemos eludir

 

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano

El #1 de Válvula (diciembre de 1984), diseñado por Ariel Toledano

 

Hacia la segunda mitad de octubre [de 1984] Andrés Sosa Pietri llamó a mi casa una mañana. (…) Me pidió que le “sacara” el número de diciembre de la revista de sus empresas. (…) No fue hasta mediados de noviembre cuando se pudo arribar al concepto de lo que fue el primer número de la revista Válvula. (…) Se decidió publicar un número dedicado a un solo gran tema: el conjunto de los pueblos hispánicos. Yo tenía la posibilidad de armar rápidamente un texto con lo que había escrito a Arturo Sosa y lo que había dicho en Filadelfia. Se decidió pedir a Arturo Úslar Pietri que escribiese algo. No le fue necesario. Tenía a la mano el texto inédito de una conferencia suya en Tenerife de varios años antes y de una gran actualidad. Contactado Ariel Toledano, un extraordinario diseñador venezolano, y Editorial Arte, una noble y excelente imprenta, estuve más confiado con el tiempo de que disponíamos: convencí a Andrés para que solicitáramos críticas a cuatro personas a quienes se les hizo llegar el texto del Dr. Úslar Pietri y el mío. Pedimos su opinión a Hermann Roo, Ángel Padilla, Ángel Bernardo Viso y Diego Urbaneja. (…) Por otra parte, una poderosa razón para sentirme inflado fue, simplemente, que el Dr. Úslar Pietri consintiera en aparecer junto conmigo en una publicación en esas condiciones. Me sentí como un novillero a quien el gran maestro de los matadores le diera la alternativa en una corrida mano a mano.

Krisis: Memorias Prematuras

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Ante la crisis nacional muchas explicaciones han sido ofrecidas que son ciertamente partes de la verdadera explicación, al tiempo que diversas proposiciones se han orientado en la dirección de la correcta solución sin aproximarse lo suficiente. Cuando se han atrevido más han chocado contra el muro, presuntamente infranqueable, de conceptualizaciones en apariencia correctas y se detienen y dan vueltas, como esos peces que se han acostumbrado a peceras tabicadas y que cuando se les retira el tabique suponen que aún existe.

Pero de que es crisis es crisis. Es un tipo clásico de crisis. “O corremos o nos encaramamos”. No tenernos salida intermedia. O hacemos lo que tenemos que hacer y entonces tenemos un futuro brillante, más brillante de lo que antes nadie haya propuesto, o permanecemos en un estado que significará la ruina y la insignificancia.

Lo que hay que hacer es sorprendentemente factible. No exigirá demasiados de nuestros recursos y se asienta en tendencias e intuiciones del venezolano, pues, como hemos dicho, ya en varios e importantes puntos de nuestra inteligencia colectiva se ha barruntado las direcciones que nuestros esfuerzos deben asumir.

Es necesario. por supuesto, resolver un manojo de problemas. Pero por debajo de esos problemas se desplaza y se agrava un problema más central y básico, más profundo y trascendente. Es más, resuelto este último, las soluciones a los demás problemas se hallan con más facilidad, pues todo casa en una nueva estructura de la percepción y de las posibilidades. Resuelto el problema fundamental, nuestra capacidad habrá aumentado de tal modo que el enjambre de angustias que hoy nos acucian entrará de súbito dentro de los límites de una fácil gobernabilidad.

EL SEMPITERNO PETRÓLEO

Petróleo, como siempre

No sólo de pan vive el hombre, pero esta crisis tiene, sin duda, un efecto demasiado oneroso para la vida cotidiana como para comenzar el asedio del problema por un lado distinto al económico. La primera referencia es, pues, una obligada consideración de lo que resulta ser la base actual de la economía venezolana.

Nuestro petróleo, referido a sus mercados tradicionales, tiene como futuro más probable el de la declinación. Apartando los reajustes a corto plazo, las sociedades del Norte han adoptado con fuerza de irreversibilidad, un rumbo de progresiva sustitución de los hidrocarburos como fuente energética. De aquí en adelante, y, como decimos, apartando repuntes momentáneos de demanda, el curso de nuestro negocio petrolero en esos mercados será de declinación. Ése es el mediano plazo, pues al verdaderamente largo plazo, el agotamiento ineludible de los yacimientos encontrados y por encontrar, impondrá universalmente un suministro energético de fuentes distintas. Pero no es preciso ahora actuar para acomodarse a tan largo plazo. Queda suficiente tiempo de uso de nuestro recurso petrolero si somos capaces de colocarlo en mercados que sí pueden ir a la expansión. Esos mercados existen. Son más grandes, potencialmente, que los mercados que nos hemos acostumbrado a servir. Y son mercados que, a diferencia de los tradicionales, justifican una tasa de crecimiento significativa, mientras que los viejos, por hallarse más cerca de las tasas de consumo límite, por estar ejecutando reales y serios programas de ahorro y sustitución y por favorecerse de una reciente eclosión—no totalmente agotada todavía—de nuevos yacimientos petrolíferos, ostentarán una tendencia a tasas de crecimientos inferiores a las vegetativas. (Por lo menos en lo que respecta a petróleo de la OPEP o, más específicamente, a petróleo venezolano).

Pero hay algunos que piensan que Venezuela no debe poner el más mínimo interés en el “mercado del Tercer Mundo», y creen que de él deben ocuparse los árabes, que a fin de cuentas serían, como me ha sido dicho, los “mercaderes” de la antigüedad y de siempre.

Por lo que respecta al petróleo, necesitamos encontrar, antes de que los efectos de la gran conversión energética que ya ha comenzado desvanezcan el valor económico que aún tienen nuestras reservas petrolíferas, un nuevo mercado de tamaño congruente con lo que será nuestra enorme capacidad ociosa. Ese mercado, hoy en día, no luce atractivo porque, pobre como es y abrumado por tanto compromiso financiero, escasamente está en capacidad de pagar sus actuales niveles de consumo petrolero, mucho menos un incremento significativo en su consumo, a los precios actuales. Pero sí podría consumir y pagar una mayor cantidad de lo que hoy en día usa si los precios fuesen marcadamente menores.

Por ejemplo, tomemos un mercado como el del mundo hispánico, de trescientos millones de personas. El consumo de ese mercado a un nivel per cápita equivalente al venezolano—que es por supuesto el más elevado de ese conjunto—representaría un ingreso doble del actual ingreso petrolero venezolano si se pagase a un tercio de los precios internacionales de hoy. Dejemos, por ahora, lo que acabamos de decir, como ejemplo solamente, dibujado a un muy grueso triazo y naturalmente susceptible de precisión. Ilustra una escala, un orden de magnitud y un enfoque que puede aplicarse en muchísimas direcciones. Pero este concepto de adquirir o crear mercado por la vía de precios menores es absolutamente clave en una época en la que pocas cosas parecen surtir efecto contra la inflación. Para que sea posible, claro, el tamaño de los mercados es la variable importante. De allí lo profundamente lógico de una estrategia venezolana de exportación. Después de todas las vueltas que se quiera darle, el mercado venezolano, creciendo a tasas que admita la gobernabilidad de la sociedad, nunca podrá alcanzar el tamaño requerido para que la producción permita a su vez un nivel de precios que incorpore al consumo a la mayoría de la población. En cambio, las economías de escala, a las que da origen la exportación a un mercado mayor, pueden llevar los costos unitarios por debajo del umbral de adquisición para grandes contingentes humanos, boy impedidos de contribuir a la formación de la demanda global. Pero aún sin exportación, para algunos sectores de producción en Venezuela, y en conjunto con programas de transferencia por parte del sector público, es perfectamente factible aumentar sus ingresos netos globales con una estrategia de menores precios e incorporación de segmentos en situación de “subasequibilidad”.

LA AGRICULTURA, OTRA VEZ

La riqueza agrícola

Si continuamos en lo económico, y más allá del petróleo, precisamente se trata de hacer cosas distintas de la extracción y comercialización de recursos agotables, en general, y de hidrocarburos en particular. ¿Cómo vamos a hacer eso? ¿Cuáles son los sectores de actividad económica a los que debiéramos crear y permitir el paso?

Cabe acá nombrar algunos sectores cuya defensa es ya, más que un clisé, una perogrullada. La agricultura, por ejemplo. Sí, ya sabemos que importamos más de la mitad de nuestros comestibles. Sí, ya sabemos que debemos “sembrar el petróleo». Eso ha sido dicho hasta la náusea. Y hasta el vértigo se ha invertido dinero, una gigantesca suma de fondos en una siembra que no sólo no da resultados sino que nos ha colocado en una precaria situación de vulnerabilidad alimenticia. Hasta ahora, sin embargo, nuestra agricultura sigue sin beneficiarse de las necesarias escalas de explotación, sin las que, nuevamente, el bajo precio que universaliza el consumo no puede darse. Así nos enfrentamos otra vez a la rígida disyuntiva del subsidio que abruma al Estado o los precios que se hacen ya onerosos y en el futuro prácticamente prohibitivos.

En efecto, lo que en la época de Betancourt se concibió como necesidad política y social produjo muchas decisiones cuyos costos ya no tienen hoy ningún sentido. La Reforma Agraria de Betancourt tuvo como efecto colateral principal la de condenar el sector agrícola a la improductividad, al pautar como escala promedio de la explotación agrícola el tamaño del súper-conuco. Es como si se quisiera resolver el problema de improductividad de una gran fábrica metalmecánica con capacidad ociosa, mediante el expediente de fragmentarla en talleres-conuco cuya propiedad fuese adjudicada a los obreros. Para explotar el campo venezolano se necesita, por lo contrario, escala de gran tamaño en la unidad productiva típica. Escala que admita la utilidad de la tecnología pertinente y que autorice la magnitud de una explotación que, otra vez, exporte y alcance un piso de costos sobre el que un precio atractivo sea no obstante inferior a lo que el venezolano pueda pagar con comodidad. Y en el campo venezolano también ha operado el prejuicio anticapitalista, y se ha aplicado en él la red de entrabamiento permisológico y por eso algún posible coloso del agro ha tenido que urbanizarse y hacerse banquero.

EL HIERRO

La riqueza férrica

¿Es la siderúrgica un sector que puede diluir la vulnerabilidad de nuestra dependencia del petróleo? La respuesta es nuevamente afirmativa si se considera un mediano plazo en los términos del que consideramos antes para el petróleo. La estructura del problema del hierro y del acero es, por lo demás, parecida a la situación petrolera en varios aspectos.

Para comenzar, hoy en día existe lo que Business Week (20/3/ 84) define como “the enormous glut in world steelmaking capacity». No es de extrañar si, como registra esa publicación, en la última década las naciones del “Tercer Mundo” han más que doblado su capacidad. Luego, hay que considerar que, en el mundo industrializado, “a return to the high steel-consumption growth rates of the 1960s looks very unlikely”. (Palabras del Secretario General del Instituto Internacional del Hierro y del Acero. Desde 1970 la cantidad de acero consumida por unidad de producto nacional bruto ha tenido un descenso anual promedio de 3% en los Estados Unidos, Europa y Japón. Por esto los economistas de ese Instituto creen que la demanda no crecerá para nada en el mundo industrializado de 1985 a 1990. En cambio, Chase Econometrics está pronosticando un crecimiento de 5 a 6% interanual para la demanda de acero del “Tercer Mundo” para la próxima década).

Nuevamente se da un futuro en el que el crecimiento sólo puede esperarse fuera de los países ya industrializados al tiempo que confrontamos una acelerada proliferación de productores del “Tercer Mundo”, léase competencia. Y es competencia formidable: Corea del Sur, Taiwan, Brasil, China. (“Today, newcomers to the steel business can buy state-of-the-art equipment and hire the Japanese to teach them how to use it. At Nippon Steel’s Kimitsu Works, several hundred Chinese are now being trained to run a mill that their government is building With Nippon Steel’s help”. Business Week).

¿Podemos imaginar la respuesta a esta situación y sus perspectivas?

UNA RECIENTE ADMONICION

Felipe González

A raíz de una exitosísima aparición de Felipe González en la televisión venezolana se generó un entusiasmo con lo que de sus decires fue menos importante, habiéndose descuidado o pasado por alto la más penetrante de sus admoniciones. Felipe, al comienzo mismo de la entrevista, ubicó el reto verdadero, el reto realmente decisivo, en el reto de la modernización. Por eso hablamos de medianos y de largos plazos. De lo que Octavio Paz, aceptando la fórmula francesa, llama procesos de “cuenta corta” y de “cuenta larga”. ¿Cuánto tiempo querremos ignorar a Toffler, a Naisbitt, a Servan-Schreiber, a Úslar Pietri, a Escovar Salom y ahora a González?

Todos ellos nos han alertado sobre esa necesidad de modernización. Y a largo plazo, ni la siderúrgica actual, ni mucho menos el petróleo, como industrias de “segunda ola”, podrán darnos vida en el arranque definitivo de la gran “tercera ola». Lo que pasa, claro, es que viendo el tamaño de nuestro Estado y la altura de la vara se concluye que no nos será posible superarla. Eso debiera quedar para otros que puedan. No para nosotros, que ni siquiera hemos dominado las tecnologías de la segunda ola. Pero entonces estaríamos condenados a la insignificancia. Y de lo que se trata, exactamente, es de cuál va a ser nuestra significación.

No se trata solamente se salvar el apremio de la deuda de nuestro país. Los problemas reales son los de la capacidad de pago futura, la que sólo dependerá de la posibilidad, no sólo de “reactivar” nuestra economía, sino de hacerla progresar y expandirse. Pero ¿cómo puede progresar y expandirse una actividad económica que continuaría estando sujeta a las principales limitantes estructurales de hoy? Está claro que por un tiempo podrá contarse con una cierta disposición, en el sector público, de proteger la actividad privada. Pero no es la actividad empresarial privada la que, en el lapso que tomará volver a llegar al momento de pagar la deuda, va a generar el flujo de fondos necesario.

Esa actividad privada, aún con una exportación mayor—lastrada por la viscosidad permisológica de un sector público muy alejado de la mentalidad aliancista del MITI japonés—seguiría arrojando productos de “segunda ola” para un mercado superindustrial, cuyo crecimiento más significativo se daría en consumo de “tercera ola”, y un mercado del “Tercer Mundo” con las características que ya vimos: en crecimiento, con poca capacidad de pago y altamente competido por ofertas de decenas de países en la misma necesidad que la nuestra. A mediano plazo, cuando vuelva a madurar el pago de la deuda, deberán salir los dineros de las actuales fuentes de divisas, del petróleo. Y ya vimos cómo puede llegar a estar la cosa petrolera.

LOS GRANDES INTERLOCUTORES

La obra de Toffler

Y ahora para la “cuenta larga”. Felipe tiene razón. Las sociedades que no encuentren la voluntad y la forma de modernizarse, de informatizarse, de cabalgar la “tercera ola», van a quedar descolgados. Ahora bien, la “tercera ola” no es sólo la informatización, el espacio exterior o la bioingeniería. En el nivel político, más que nunca la “tercera ola” será una discusión de grandes interlocutores. Y hasta ahora sólo parece que conversarân los sajones, los eslavos, los europeos dependientes de los sajones y los dependientes de los eslavos, los chinos y los japoneses, los hindúes. Es decir, unidades políticas de centenares de millones de personas.

Los demás no “conversamos”. Los demás hacemos ruido, proceso de por sí inorgánico y sin dirección. Los demás hacemos un telón de fondo abigarrado y cacofónico. Que, por supuesto, puede llegar a forzar, en ocasiones, la mano de los grandes interlocutores, con el lacerante aguijón del terrorismo, con la posibilidad de la huelga o el boicot. Y que, no menos obviamente, puede convertirse en cataclismo social global, si aceptáramos para nosotros el papel de proletarios globales ante esa nueva configuración de señores.

Son señores ante los que Venezuela, una población y no un pueblo, con sus quince millones de habitantes, ni siquiera tiene sentido. Quince millones de habitantes no son más que la cifra oficial de hispanoparlantes que hay en los Estados Unidos de Norteamérica. (La población mexicana de Los Ángeles sólo es superada por la de Ciudad de México, y Miami es dos tercios cubana).

¿Qué son, entonces, 15 millones de habitantes? No son un mercado económico, no son el soldado de gran cerebro que es Israel, no son el gerente especializado que es Suiza. No son, es claro, interlocutores válidos para los grandes actores de la “tercera ola. Así, no debe sorprendernos que la primera parte del discurso de Felipe sea recibida como que si no fuera con nosotros, porque forzar la definición de Venezuela como si fuera un pueblo lleva de inmediato a la conciencia de que somos enano ante gigantes.

Venezuela no es un pueblo. Es tan sólo la población que de la parte septentrional de América del Sur ha hecho el pueblo hispánico. Ésta es la verdad que ya no debemos eludir. Un pueblo es un conjunto que sí puede ser, como lo exigía Toynbee, un “campo inteligible” para el estudio histórico.

UNA INTEGRACIÓN CON SENTIDO

Una integración inconclusa

Hemos incurrido en dos errores de óptica cuando hemos pensado en la integración. El primero, error de operación, ha consistido en suponer que la integración económica es menos difícil que la política, cuando comenzar por lo económico es comenzar por la competencia. El segundo error, error de construcción, error más grave, ha sido pensar en integración sin pensar en España, en integrar solamente a la «América Latina». Y, como ha sido dicho antes, no estaremos completos sin España.

Hemos escrito América Latina entre comillas porque América Latina no existe. América Latina tampoco es un pueblo. Es la población que del continente americano, hecho físico, hizo el pueblo hispánico. Por eso, tampoco la población hispánica de la península ibérica es algo más que parte de un pueblo que un día tuvo que separarse pero ya no necesita permanecer desunido. Aunque aún no lo entienda, como lo muestra la Historia de España Alfaguara que, en seis tomos, pretende eludir el tema dedicando sólo ocho páginas al proceso de emancipación de las antiguas colonias.

Cabe preguntarse, por ejemplo, qué haría España en la Comunidad Económica Europea. Allí donde tantas trabas le ponen, donde quieren someter a prueba de varios años la “calidad humana” del español antes de franquear su libre tránsito. O qué haría en la OTAN, que la convertirá en blanco de cohetes rusos, violentando hasta el dolor personal de sus actuales gobernantes sus sentimientos más ancestrales.

Somos peces en pecera de tabiques móviles. España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercársenos más y lo hace tímidamente, Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: “…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional… » (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810). España peninsular, que todavía se siente madre, no se ha percatado que no es otra cosa que hermana. Hermano mayor, sí, el más adelantado, el que más nos puede enseñar de industria. Hermano.

Nosotros también lo intuimos, pero parcialmente. Lo ha procurado Ángel Bernardo Viso sin llegar a proponerlo. Lo viene sugiriendo Úslar con prudente insistencia. Pero todavía no terminamos de entender que reunirnos con Iberia no significa representar al hijo pródigo, lo que no queremos. Ya no volveríamos a una madre patria. Ahora iríamos al encuentro de un hermano.

Casi lo postula Cambio 16: “Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español. (Juan-Tomás de Salas. Editorial de junio de 1984. Subrayado nuestro).

Equivoca el ámbito, por cierto, y elige sugerir la unión de las dos democracias más incipientes, sin tomar en cuenta la doble dificultad que significaría la asociación de “dos mochos para rascarse», la casi imposibilidad de lograr el equilibrio por la fusión de dos inestabilidades. Y dice Juan-Tomás: “Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también. Bien conviene no olvidar esta verdad cuando escuchemos las palabras del presidente Alfonsín en este su primer viaje de Estado a Europa. Quijotismo no, pero ayudar lo que se pueda”. Habrá que recordar a Salas que quijotismo es un doble desvarío, que no consiste en enfrentar gigantes. Consiste, sí, en enfrentarlos solos. Y dos contra los gigantes también es poco. Consiste, también, en ver gigantes donde sólo hay molinos, que son máquinas.

NOSOTROS Y LOS OTROS

El esquema hegeliano

Es la máquina de las civilizaciones glorificadoras de la máquina lo que nos abruma. La sociedad sajona que uno de sus psicólogos, Skinner, explica como reflejo condicionado, como mecanismo. Es el poder del ruso, que también Pavlov explica como lo explica Skinner—no por coincidencia, si recordamos a Tocqueville, quien entre otros percibió en el ruso y el norteamericano las similitudes. Es la sociedad que no sólo se aliena como dijeron Hegel y Marx y Feuerbach, pues ya no sólo es que habrían creado su dios y luego le adoran, sino que son creadores de máquinas y se conciben luego a sí mismos como tales. Es el molino de McLuhan, para quien “el medio es el mensaje”. Es la pura herramienta, que ciertamente invita al uso. Es la herramienta sin destino.

Para el puritano, fabricante sin cesar de la herramienta, no hay otro camino que el ensanchamiento de los medios, pues su religión le dice que no puede haber fines porque el fin ya está predestinado. Así fue suplantado el predominio del mundo hispánico, el que experimentó una sensible declinación después de su época de oro en el siglo XVI. Su predominio mercantilista fue sustituido por las nuevas fórmulas de desarrollo nacional que emergieron como causa y efecto de la Revolución Industrial. El análisis de Hegel en su Fenomenología del Espíritu sigue siendo muy pertinente para la comprensión del proceso en sus líneas más generales. En la obra mencionada Hegel elabora un esquema explicativo del desarrollo de la conciencia humana. Para la fase que nos interesa es particularmente iluminadora su famosa discusión de la dialéctica del señor y el siervo. Esta dialéctica surge del enfrentamiento de dos conciencias (autoconciencias, en la terminología hegeliana) y de la rendición de una ante otra. Así se establece la relación de dominación del siervo por el señor, relación en la que ambos términos resultan interdependientes. El señor se ocupa del mundo de los valores, no del mundo del trabajo. Su comunicación con el mundo del trabajo se establece a través del siervo. Éste, a su vez, renuncia al mundo de los valores. Su único valor es ahora el señor y su esfera de actividad la del trabajo. Este trabajo, reiterado a lo largo de los siglos, no ocurre sin efectos. De hecho el mundo es transformado por esa labor, fenómeno que es advertido por el siervo. El mundo ya no es el mismo. El siervo lo ha cambiado y provoca ahora la caída del señor, quien no ha participado en la construcción.

El esquema es aplicable, y en verdad era la preocupación principal de Hegel, a la comprensión de los fenómenos políticos. La obra es posterior a la Revolución Francesa: es concluida en Jena por los mismos días en que Napoleón ocupa la ciudad, a quien Hegel llegará a ver como la encarnación del Weltgeist o espíritu del mundo, como la punta política del despliegue de la conciencia de la humanidad.

En todo caso, el ejemplo español queda comprendido por el esquema hegeliano de modo muy claro. Se trata de un señor caído. Son los países del mundo anglosajón los que emergen con una nueva tecnología del trabajo, y desarrollan en dos siglos el impresionante esfuerzo técnico y material que caracteriza a las naciones más desarrolladas. Es el mundo inductivo, del derecho por jurisprudencia y análisis casuístico, en contraste con el mundo nominalista, de derecho deductivo y apelación a principios generales.

Pero esta vigente avenida de desarrollo es, sin ninguna intención despreciativa, producto de una cultura de “siervos” en el sentido hegeliano de la palabra. Esto es, de una cultura no habituada a tramitar valores, sino problemas concretos de realización. De allí la experiencia de esta civilización como un proceso divergente, en el que todo puede ocurrir, desde una mujer astronauta hasta el reciente lobby inglés y norteamericano en pro del sexo libre de los niños. Es una cultura orientada al know-how que experimenta dificultades a la hora de dilucidar las finalidades y los sentidos. Es una cultura en la que se llega a declarar, como hemos visto, que el medio es el mensaje. Maquiavelo habría dicho “el medio es el fin».

Y son esos gigantes con atavismo de esclavo los que ahora apilan cohetes y coleccionan probabilidad de muerte. La pura herramienta que, ciertamente, invita al uso. Al uso por parte de un presidente militarista que hace chistes con cataclismos inminentes o por parte del colosal tirano ruso, a quien ya empieza a vislumbrársele el derrumbe. Y no hay holocausto más peligroso que el de un tirano cuando se desploma.

LOS TABIQUES YA NO EXISTEN

Pedro Grases, el mejor amigo de Andrés Bello

Por esto es que más allá de las necesidades nuestras, más allá del gran mercado que sí habría que proteger, y de los precios y las inflaciones, nos toca el deber de ser la gran cuña de paz, neutral y sin cohetes de la hispanidad reconstituida.

Venezuela resultaría aplastada si pretendiese interponerse entre el Kremlin y la Casa Blanca, como quedaría reducida España dentro de la OTAN y de la Comunidad Económica Europea. Pero fuera del pueblo hispánico no hay otro candidato a ese papel amortiguador, porque no lo es China y no lo es la India ni el Japón y porque Europa es sólo un posible campo de batalla y de los demás ningún otro tiene el tamaño requerido.

Y entonces sí seríamos un mercado enorme, en el que alcanzaríamos la dimensión necesaria a una verdadera industrialización. Entonces sí podríamos salir de la inflación.

Entonces lo que debemos entre todos se tornaría en arma poderosa. Entonces sí podríamos decir a soviéticos y norteamericanos que el conflicto de Centroamérica va a ser digerido en nuestro seno. Entonces la Guyana ya no sería el contendor indespreciable que es para Venezuela, sino lo que Hong Kong es a la China para una federación hispánica. Entonces sí podríamos emprender la senda de la informatización y la modernidad.

Entonces seríamos protagonistas de la “tercera ola”. Lo suficientemente significativos como para proponer incluso la reconstitución de una hermandad más temprana, la del español y el portugués.

Habrá que despejar suspicacias. Habrá que explicar que nuestros Estados conservarían su autonomía ante un gobierno federal democráticamente electo—“constituido por el voto de estos fieles habitantes”. (Acta del 19 de abril). Habría que asegurar que permanecerían las peculiaridades vascas, catalanas, peruanas, mexicanas, canarias, uruguayas, panameñas, colombianas, venezolanas, castellanas.

Habría que darse cuenta de que contaríamos con un tribunal propio y eficaz para dirimir los diferendos territoriales entre nuestros Estados—como los Estados norteamericanos acordaron un procedimiento para dirimir los suyos—y de que entonces sí nos arreglaríamos para explotaciones conjuntas de yacimientos comunes y que ya no tendríamos, por esto, que alienar nuestra voluntad a jueces alemanes o ingleses reunidos en La Haya. Esto es perfectamente posible. El estilo estructural de la nueva democracia española lo permite y lo alienta, como puede colegirse del tratamiento diseñado para los distintos componentes de la nación peninsular: catalanes y vascos, por ejemplo. En efecto, los recientes cambios en la estructura política española facilitan la convergencia con los latinoamericanos, quienes vemos con alivio y alegría la entronización de la libertad en el territorio de la Península.

Es necesario que cesen los partidos y se consolide la unión. El Maestro Grases demostró a la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar hispano. Cómo su último sueño era la democracia en la Península que hasta ahora ha sido que Juan Carlos y Adolfo Suárez y Felipe González han podido completar. Sueño al que hubiese dedicado otro juramento si las fuerzas no le hubieran faltado. Él no pudo regresar a la casa paterna puesto que las leyes de la vida le exigían la emancipación. Nosotros sí podemos convocar a todos los hermanos.

Alguien dijo una vez: “Los proletarios no tienen otra cosa que perder que sus cadenas”. Ahora se puede afirmar que los hispanos no tenemos otra cosa que perder que los tabiques. Y éstos, si miramos con atención, ya no están allí. Procesos de actualidad están impulsando una nueva conciencia en este sentido, la que no contradice históricamente el proceso de emancipación de las colonias de la antigua corona española. El interlocutor y hermano peninsular de los latinoamericanos de ahora no es el mismo que combatimos en las guerras de Independencia.

La situación centroamericana es un caso muy claro y contundente. El actual conflicto se resuelve de un modo en el contexto de la tensión entre superpotencias y de un modo distinto dentro de un contexto hispánico. En el primer caso la salida pudiera muy bien ser la detonación de un conflicto de extensión mundial. En el segundo, el marco hispánico puede admitir sin contradicciones regímenes políticos de signo ideológico diverso, pues para él las distinciones entre doctrinas políticas se supeditan al de la unión de un mundo con historia y lengua que sólo adquieren pleno significado en un espacio máximo, más allá de un espacio andino, centroamericano o aun latinoamericano. No estaremos completos sin España.

De allí, por ejemplo, el apoyo que el gobierno español brinda a las iniciativas del Grupo Contadora en relación con la crisis centroamericana y el llamado de atención que ha enviado a las grandes potencias para que se abstengan de considerar a la zona en cuestión como territorio para dirimir disputas que nos son ajenas. Asimismo habrá que entender que hay cuestiones internacionales ante las que los  hispanoparlantes asumiremos posiciones coincidentes, como expresión de una conciencia unificada frente a problemas que reconoceremos como propios.

MISIÓN PARA UN PUEBLO OLVIDADO

La lengua común

En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: «Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo”. En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo. Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza al continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.

Han sido los trabajos lingüísticos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español. Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.

Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución del hombre estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso extenso e intenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de la dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar. En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know-how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un  lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.

Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.

En 1968 Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge “on the Charles» para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata. LEA

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Tremenduras del sol de diciembre

 

Solsticio de invierno

 

El sol se encaramó sobre las cumbres de las colinas para asomarse sobre el valle. Todavía escondido, observó por un instante su descanso. Vio cómo las flores dormían, cómo dormían los animalitos de la granja sin que ninguno hiciese caso de la serenata del riachuelo que, como una flauta alargada y bruñida, cantaba murmullando.

El sol pensó: «¡Qué flojos!» De inmediato, tuvo ganas de hacer una travesura, una que hacía tiempo había pensado llevar a término: despertaría a todos echándoles encima baldes de su pintura dorada, brillante y caliente. Riéndose, mientras imaginaba la sorpresa del gato, la atónita cara de la vaca y los rebuznos asustados del burrito, fue trepando silenciosamente.

Pero el asustado fue él; cuando ya estaba a punto de derramar los baldes por las laderas, el gallo blanco, que siempre lo vigilaba, lanzó su kikirikí de alerta por toda la llanura. ¡Pobrecito sol! Fue tanta su sorpresa que volteó el primer balde sobre su elegante traje rojo pintándolo todo de dorado y dándose, de paso, una quemada de padre y señor mío.

Al canto del gallo, todos los habitantes de la granja comenzaron a abrir los ojos, dándose cuenta de los pesares del pobre sol. Entre bostezos y risas se despertó el araguaney, en un coro de flores amarillas. Por supuesto, reírse bostezando no es muy recomendable y a las flores del araguaney les dio hipo, por bobas. Tantos fueron los hipidos, que los sapitos del arroyo pensaron que sus primos habían venido de visita y se pusieron a contestarles, de modo que en un segundo se armó un grandísimo barullo de croar y de hipo.

Turdus rudigenis: Paraulata ojo de candil

Desde el conuco voló la paraulata, quien cantaba a carcajadas tratando de acercarse al sol para fastidiarlo. Éste se puso tan bravo que comenzó a subir por el cielo, alejándose, a lo que la paraulata se reía todavía más.

Al becerrito le dio lástima el sol, y mugiéndole le decía: «Sol, sol, solecito. No te vayas. Quédate a jugar con nosotros». Pero el sol no quería atenderlo. Seguía subiendo y subiendo, hasta que se sentó sobre una nube a secarse las ropas.

Por debajo de él, subida a las colinas, apareció la brisa. El sol le llamaba: «¡Brisa, ven y sopla sobre mí para secar mis ropas!» La brisa creyó que el sol estaba muy mal educado para ordenar las cosas así, en vez de pedirle el favor. Y por eso, la brisa lo dejó solo y se puso a silbar hacia el araguaney y las flores de éste danzaron el primer vals, y los animales vinieron a bailar también a su alrededor.

Vals de las flores *

El sol estaba furioso. De hecho, estaba lo que se dice calientísimo y quería acabar con la fiesta a fuerza de rayos de calor. Mas la nube no se lo permitía.

Al finalizar un baile, el becerrito llamó a los animalitos y a la brisa a conversar al lado de las flores. Cuando los tuvo a todos reunidos les mugió dulcemente, en secreto para que el sol no pudiera escucharlo, aunque éste estaba tan lejos que si el becerro hubiera mugido en alta voz tampoco lo hubiese oído. El becerrito, poco a poco, los convenció a todos para que trataran de calmar al sol y lo invitaran a la fiesta.

No fue fácil. Las flores no querían interrumpir el baile; a fin de cuentas, se habían puesto hoy su mejor vestido. Y el gato, siempre suspicaz, advertía: «Si lo invitamos a la fiesta, nos va a achicharrar a todos». Pero la brisa decidió que subiría hasta la nube a soplar sobre el sol para enfriarle el mal humor, así que hasta allá fue, mientras los demás llamaban al sol con las manos.

Todo fue cuestión de unos minutos. La brisa sopló sobre él hasta ponerlo seco y fresquecito. Cuando lo tuvo así le sopló las plantas de los pies y el sol, quien como es muy sabido es bastante cosquilloso, no tuvo más remedio que reírse.

Los animales aplaudían, contentos, y continuaban llamándolo para reanudar la fiesta. Al fin, el sol comenzó a bajar por el otro lado de la cuesta un poco sonrojado de vergüenza, pero pronto se le olvidó todo cuando comió con los demás un poco de dulce de arco iris que la nube enviaba de regalo.

¿Me concede esta pieza?

Y así continuó el baile: la brisa silbando, los sapitos croando, la paraulata y el gallo cantando, mientras la nube se mecía y el becerro tomaba de la mano al sol formando un corro con el gato y el burrito, y las flores bailaban, coquetísimas.

Tras largo rato de danza el sol tuvo que despedirse, pues su casa quedaba un poco lejos, detrás de las colinas, más allá del mar. La nube lo iba a acompañar por el camino para que no se fuera solo. Y todos los animalitos le decían adiós con la mano y le anunciaban que lo estarían esperando al día siguiente. Y al desaparecer el sol con la nube tomada de la mano, se puso todo muy oscuro.

La fiesta los había cansado a todos, y pronto empezaron a fugarse los bostezos. Todavía las flores, las muy fiesteras, dieron unas cuantas vueltecitas, pero lentamente se fueron durmiendo una a una. Los animalitos se tumbaron sobre la grama, muertos de cansancio y de sueño. Únicamente el burrito, más dormido que despierto y todo confundido, se metió a dormir en el establo de la vaca, quizás soñando que era becerro.

Pronto, pues, todos quedaron dormidos y ninguno se dio cuenta de que la luna había venido a cuidarlos junto con un grandísimo lucero. La luna y el lucero se guiñaron el ojo. Se rieron la luna y el lucero. La luna extendió su falda por la grama. El lucero se acercó en puntillas hasta la entrada del establo, y extendiendo uno de sus rayitos hacia adentro tomó una mano chiquitica, una mano que esa noche se estrenaba. De la mano trajo afuera un Sol más brillante que el que hacía rato se había ido. La luz se regó sobre la frente de los animales y se le metió a las flores por debajo de sus sabanitas de rocío. Todos despertaron sobresaltados, y pensaron que el sol había vuelto de noche para jugarles alguna mala pasada.

El Sol recién nacido

El gato maullaba: «Yo se los dije. Les dije que no debíamos invitarlo a que jugara con nosotros». Pero el nuevo Sol le miró a los ojos y le sonrió con una sonrisa que ellos no conocían. Entonces vieron que era un Sol recién nacido.

La vaca había salido del establo, despierta por los maullidos temerosos del gato; todos estaban alelados. La vaca vio al Niño Sol y le dijo: «¡Niño! ¡Jesús! ¡Si debes estar muerto de hambre!». Y ella le sirvió una tacita de leche de sus ubres, y el Niño Sol la tomó y todos los animales supieron su nombre.

Ya ninguno tenía miedo, porque verlo sonreír era más dulce que el dulce de arco iris. Y el becerrito se le acercó primero, y luego vino el gallo y también la paraulata y los sapitos, y el burrito terminó de asomarse viniendo detrás de su hocico, y hasta la brisa se acercó desde donde se había quedado conversando con el riachuelo, que nunca duerme, y las flores le lanzaban perfume de madrugada.

Y el gato remolón se acercó al fin y le preguntó por qué no había venido antes. El Niño Jesús le explicó que había estado inventando un cuento muy lindo. Entonces todos le pidieron que se los contara.

Él empezó a contar: «El sol se encaramó sobre las cumbres de las colinas para asomarse sobre el valle. Todavía escondido, observó por un instante su descanso. Vio cómo las flores dormían, cómo dormían los animalitos de la granja, sin que ninguno hiciese caso de la serenata del riachuelo que, como una flauta alargada y bruñida, cantaba murmullando».

………

 

El Vals de las flores es parte de Cascanueces, el ballet de P. I. Tchaikovsky que transcurre en la noche de Navidad. La versión colocada acá está a cargo de la Orquesta Sinfónica de Londres que dirige Antal Dorati.

………

Mi esposa enseñaba en el Centro Infantil Altamira, un instituto preescolar que admitía a la vez alumnos de barriadas y urbanizaciones, cuando comencé a pretenderla. Con ánimo de impresionarla, compuse el 13 de noviembre de 1977 el cuento que antecede para resolver un acto navideño de los niños en el que fue escenificado. Mala idea; tardó quince largos meses para darme el sí. LEA

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Borgiana

Una entre ellas

 

Bastantes años hace que en mi cuarto, recostado sobre el lecho y fijos los ojos en algún punto de la habitación, ese punto me decía algo. Me gritaba que tenía una forma especial y única, lo que le daba derecho a ser visto, a ser amado por al menos una mirada y registrado al menos por una memoria.

Me he cruzado muchas veces con los mismos reclamos. Reflejos en la cóncava pared de una copa, minúsculos granos de ceniza que adoptan una presuntuosa disposición, una hoja disimulada entre muchas que la esconden…

Dejo de lado las cosas obvias, las que todo el mundo ve, aquellas de las que todos hablan y dicen que son bellas. Las que me han llamado con urgencia, rogándome que las preserve en mi memoria, no son de las que pueblan poemas y canciones: alguna llave huérfana que ignora su puerta, una piel que nunca visitará la tersura, una sombra aun menos hermosa que su dueño, el cuadro de un pintor sin talento, una media rota, una ventana siempre clausurada.

Todas ellas, y muchas más que no he visto, componen nuestro universo junto con las que siempre son cantadas. Tengo la tenue esperanza de que las que yo no haya notado puedan exigir alguna vez los ojos de un viajero. Y de no ocurrir ese accidente imprescindible, guardo un último deseo: que mi rostro refleje para otro esos recuerdos antes de que mi tránsito termine.

LEA

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Camarada Carmona

literatura maldita

(Clic para ampliar y entender un poco)

Ya la lluvia se había hecho enumerable. Pronto vendría el chaparrón de gente a distribuirse aleatoria entre las sillas.

Casi todos pedirían café, casi todos necesitándolo para prolongar una compañía que se deshace cuando ya no se puede encontrar en la ciudad un pretexto digestivo.

La lluvia, casi siempre, respetaba los horarios de los cafés de las aceras, limitando su discurso a la duración de los cines con un control aprendido en su larga práctica de orador urbano. Hoy se había excedido.

Pronto llegarían los clientes de Carmona. Sus clientes naturales, sabedores de su papel, conocedores de su total dedicación a la causa.

Carmona jamás les había dirigido la palabra. Sólo un mesonero o dos conocían su nombre. Pero a pesar de eso él sabía que podía contar con sus clientes. (Más que clientes, sus camaradas). Los que algún día tomarían el poder y habían comenzado por tomar los cafés de su avenida.

Todos los elegidos, seguramente, visitaban esos toldos para plantear los justos combates del día siguiente, o para descansar de las duras escaramuzas de las que regresaban victoriosos. Esos bebedores de café eran el ejército del pueblo, el ejército de Carmona.

Ninguno de ellos daba muestras de reconocerlo, porque así debe ser antes de la terminación de la guerra, porque el luchador socialista debe ser serio y guardarse de caer en fáciles manifestaciones sentimentales. Así eran sus clientes y camaradas.

Carmona llevaba en la mano lo que había venido a vender. Su ejemplar de La ciencia en la Unión Soviética, con carátula inesperadamente limpia después de tantos meses de posesión y de oferta. La reverencia del revolucionario preserva sus símbolos sin mancha.

Carmona había sido uno de los quinientos afortunados a quienes se les había regalado el libro en la Exposición Industrial Socialista de octubre del año pasado. Uno de los quinientos que llegaron primero, de los que escucharon el discurso del embajador ruso y se distrajeron adrede cuando sonaba el del vicecanciller venezolano. De esos quinientos, solamente él había entendido. Su misión sería vital aun dentro de tantas tareas importantes, porque la suya construía mientras los zapadores del viejo orden demolían.

En ningún momento había abierto el libro. Le bastaba su título para comprender todo. Como comprendía el trabajo de esos que ya comenzaban a sentarse y a mostrar las suelas oscurecidas por el agua.

Durante las primeras semanas había aprendido mucho. Naturalmente, nunca preguntó. Lentamente, fue acumulando pequeñas evidencias. Posturas, gestos, tonos de voz, miradas, ademanes. No terminó el dibujo de la estructura de autoridad del ejército del pueblo, al percatarse de que uno más que penetrase en el secreto era un riesgo más para la causa. Era suficiente con distinguir los que eran de los que no eran.

No siempre había sido capaz de discriminar. Una noche ya lejana se había equivocado cuando le ofreció La ciencia en la Unión Soviética a uno, el único, que había estado dispuesto a comprar. Y él había estado a punto de vender, pues llegó a pronunciar el precio, el que sólo por coincidencia igualaba el precio de una semana en la pensión. Le detuvo la sonrisa del falso cliente cuando sacaba la billetera; sonrisa que hubiera podido ser de burla o de lástima. Así no sonríe un camarada a un camarada.

Tuvo entonces más cuidado. Los enemigos no debieran conocer cómo sería la nueva ciencia en el país socialista. Ese poder creador se reservaría a los auténticos de sonrisa justa.

Carmona vio que esta noche era especial. Hasta la lluvia ayudaría a que nada más vinieran los auténticos de sonrisa exacta, los que venían porque tenían que venir. Hoy vendería el libro.

Cada solitario, o cada pareja o cada grupo que llegaba ahora tenía una de las marcas propias del ejército: ninguno lo miraba. Era preciso disimular que lo conocían. Justamente una de las cosas que hacían los que no eran era mirarle. Pero esta noche nadie lo miraba. Buen síntoma.

Tendría que estar menos atento, porque hoy no vendrían los que hubieran querido comerciar La ciencia en la Unión Soviética para aprovecharse de sus tesoros al tiempo que la rebajaran a la calidad de mercancía. La oferta, la eventual compra hecha por un camarada no eran más que modos de camuflar la transferencia del mensaje que se le había confiado. ¿Cómo podía venderlo a alguien que de verdad pensara que compraba?

Ocho mesas ya estaban colmadas, la acera prometiendo otras tantas. Carmona se esforzaba por no delatar su satisfacción al reconocer, en la aparente casualidad de las ubicaciones, las horas de meticulosa preparación y, en el recuerdo de las últimas noches, los ensayos de la operación que hoy se montaría. Hoy vendería el libro.

Ahora se le aclaraba la renuencia de las largas noches precedentes. La venta tenía que efectuarse sin que los adversarios supieran. Por eso se había elegido una noche lluviosa. Había para él en esto una lección de paciencia revolucionaria.

Pero entonces no era cierto que tendría que estar menos atento. Al contrario, debiera asegurarse doblemente de que ningún infiltrado presenciara el trueque proyectado. Conoció el miedo de los comandos cuando aguzaba todas las habilidades aprendidas en el sabio adiestramiento al que el ejército del pueblo lo había sometido, desde aquella trascendental visita suya a la Exposición Industrial Socialista del año pasado.

Creyó haber hecho la verificación en un tiempo aceptable. Moros ausentes de la costa. Aquel grupo de europeos le era conocido. Los asesores, por supuesto. En la mesa de al lado la pareja de estudiantes, en la otra el diputado y su mujer, en la otra aquél en cuyos ojos hubo furia la noche cuando casi vendió el libro, en la de enfrente el obvio jefe de engañosa ropa cara y mujeres inteligentes.

Todo lo hizo con prudencia. Cierto es que los mesoneros no eran enemigos, más bien de aquellos que serían liberados, pero aun así no era cuestión de permitirles darse cuenta de algo que no entenderían del todo, tomando en cuenta lo que a él le había costado entender. Con la misma calma comenzó por fin a acercarse a las mesas. Para la primera esperó, con sabiduría de buen vendedor, que los ocupantes terminaran de hacer su pedido. Levantó la vista uno. Se tomó tiempo para leer el título que Carmona blandía elevado pero muy poco para decir no, gracias. Evidentemente, hablaba por todo el grupo y Carmona, inmutable, giró hacia los camaradas contiguos.

Segundos más largos o más numerosos. Parecía que este camarada estaba al borde del saludo y Carmona tuvo que amonestarlo con una fugaz mirada severa. No, gracias. No podía ser ese joven el comprador comisionado, si era tan inexperto como para lanzarle afecto imprudente. Casi decidió mencionar el incidente a quien le comprara el libro, recordando después sus propias inexactitudes en la época de recluta. Quizás no era lo indicado, pero volvió a mirar al principiante, y esta vez sus ojos querían infundirle ánimo y decirle con la mirada que él había pasado por lo mismo varias veces y que ahora era un veterano como algún día, joven, podrá usted serlo si tiene constancia y coraje. Le dije que no, gracias.

Ya había tardado demasiado en esa mesa, inmadura para recibir la ciencia. La ciencia en la Unión Soviética levantó nuevamente para la pareja del diputado y su mujer, aunque astutamente previó que éste tampoco sería el contacto. Demasiado conocido. No, gracias. ¡Qué amables suenan las gracias en labios de camaradas! Gracias, gracias, el ejército le da las gracias. Este otro, tal vez; no lo había visto antes. ¿No se acuerda que usted ya me lo ofreció la semana pasada? ¡Qué manera tan llena de tacto para decirme que está pendiente de mí! Aquí no son necesarias las gracias.

Como al lado fue innecesario el no y tan sólo le dijeron gracias.

En la siguiente había pasado antes el vendedor de perfumes y ya le habían comprado y él no se acercaría, porque los revolucionarios nunca tienen mucho dinero y si éste había comprado perfume era porque tampoco él era el señalado.

¿Creíste que sería tan rápido, Carmona? La ocasión era solemne. Los camaradas siempre son solemnes con la ciencia. Muy protocolares. Hay que recorrer todo el ritual, aunque los mesoneros, pobres inconscientes, ya comiencen a recoger las primeras mesas y las últimas propinas.

Erguido Carmona, bizarro Carmona, importante Carmona. En su honor desfilaron los camaradas cuando se iban.

Erguido, Carmona caminaba hacia la pensión donde debía el precio de La ciencia en la Unión Soviética, contento Carmona de no haber vendido porque entonces mañana por la noche no habría tenido misión para cumplir ni sueño prolongado.

luis enrique ALCALÁ

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Quien es hoy mi esposa aceptó tomar un café conmigo en Sabana Grande cuando ya la pretendía en julio de 1976, y un hombre se acercó a nuestra mesa para ofrecernos el libro La ciencia en la Unión Soviética, que no compré. Poco después, apenado de no haberlo hecho para ayudar a ese hombre con ojos de necesidad, compuse la narración que antecede para regalársela a la dama en expiación de mi culpa. LEA

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Apocagénesis

Para conmemorar el Día de la Juventud (12 de febrero), el periódico El Nacional inauguró en 1969 una página semanal—Juventud y Futuro—que puso a cargo del Dr. José Rafael Revenga.  Éste, que recibió la encomienda de Arturo Úslar Pietri, explicó que quería «reflejar fielmente todo el complejo panorama de las luchas, las esperanzas y la situación de la juventud». Menos de un año antes, Occidente se estremecía con los incidentes del juvenil Mayo Francés, y las confrontaciones de estudiantes y policías en las universidades de Columbia y Berkeley por el issue de la Guerra de Vietnam, inmortalizadas en el filme Las fresas de la amargura. (The Strawberry Statement).

Al cumplirse un año de la página, el Dr. Revenga tuvo la amabilidad de publicar en ella un ejercicio de ficción (Apocagénesis) del suscrito—del que una amiga con autoridad literaria dijera que no era un cuento—, el 10 de febrero de 1970. Es el texto que se reproduce abajo. No sé, a estas alturas, qué genero atribuirle: ¿ciencia-ficción? ¿Política-ficción? Lo cierto es que contiene uno que otro detalle de rasgos proféticos (incluyendo que faltaban seis años para que conociera y me enamorara de mi esposa quien, como la protagonista de la historia, se llama Cecilia); también puede reivindicar el «cuento» un cierto sabor al tipo de narraciones como Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, con veinticinco años de anticipación a esa novela.

John Lange hizo amigablemente la ilustración para la pieza.

LEA

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I. Juventud y futuro

En la madrugada del 1º de enero de 1980, Fernando se encontraba bailando con su flamante pareja en el apartamento 4B del edificio Carmelitas.

El viejo inmueble había alojado anteriormente al Ministerio de Comunicaciones. Cuando el Ministerio se dividió en un Ministerio de Transporte y otro que conservó la antigua denominación, ninguno de los dos ministros quiso quedarse en esa esquina, y cada uno logró conseguir una torre de veinte pisos—ambas idénticas para evitar los celos—en el Grupo Ministerial Nº 5, en el mismo sitio donde una vez se irguiera aquel famoso hotel que se inaugurara una decena de años atrás. (Destruir y reconstruir El Conde ha sido el pasatiempo “antiaristocrático” favorito de los gobiernos democráticos venezolanos).

El edificio Carmelitas había sido entregado a una inmobiliaria de mucho renombre—creo que a Alianza para el Proqueso—, para que lo alquilara y supliera de esta forma las necesidades de xerocopias de los Ministerios del Transporte y de Comunicaciones.

Ocupaban la edificación alrededor de ochenta familias del percentil 40, además de locales comerciales—siete—cuatro de los cuales eran joyerías.

Fernando bailaba en una fiesta de Año Nuevo que se había organizado por contribución en casa de los Matute, que, como ya sabemos, tenían alquilado el 4B.

La pareja de Fernando se mostraba extrañada por el laconismo de éste, quien habitualmente era un gran conversador. Los pensamientos de Fernando estaban probando ser más potentes que la festiva algarabía que le rodeaba.

“Tiene que llegar. ¡Tiene que llegar!» En verdad que no eran muchos los pensamientos de Fernando. Hasta se podría decir que era solamente uno. Lo que Fernando esperaba con tanta concentración era un bombardeo de la ciudad de Caracas. Debía efectuarse, según lo acordado, hacia las cinco y treinta de la mañana, y en el barato reloj de nuestro amigo las agujas indicaban tres minutos de retraso. Ya estaba maldiciendo de la imprecisión de su reloj, cuando creyó ver por el balcón a una figura amarilla con periscopio que se acercaba volando silenciosamente. El avión (?) prosiguió su rumbo hasta quedar a plomo con la Plaza Bolívar. Allí se detuvo por unos segundos hasta que, abriendo sus compuertas, dejó caer una única bomba en forma de tulipán. El aparato desapareció del lugar antes de que la bomba pudiera tocar tierra. Cuando ésta lo hizo, se abrió para dar origen a dos fenómenos igualmente intensos: una brillante luz amarilla que iluminó a toda la ciudad y un ensordecedor acorde de los Beatles amplificado tantas veces que se escuchó desde Antímano hasta Petare.

Estaba consumado el bombardeo, contratado meses atrás por un grupo de jóvenes caraqueños con Daniel el Rojo, Inc., empresa que había desarrollado la temible bomba que, por primera vez en el mundo, había sido ensayada en esa mañana de 1980.

Cuando Fernando pudo reponerse de la impresión que el espectáculo audiovisual le causara, se dirigió a toda prisa a ocupar su puesto en la Brigada de Evaluación Nº 2, la que estaba encargada de comprobar los efectos del bombardeo en el sector centro-oeste de Caracas.

A los pocos minutos todo el grupo estaba reunido y, sin pronunciar una palabra, los jóvenes se dispusieron al examen de la situación. Tal como Daniel el Rojo, Inc. lo prometiera, en el sector de Fernando todas las edificaciones estaban intactas. Encuestando casa por casa, se pudieron dar cuenta de que el efecto garantizado había tenido lugar: todas las personas mayores de treinta años habían fallecido instantáneamente.

………

El primer problema de la primera sociedad verdaderamente juvenil—después de la de Adán y Eva—fue el de disponer de los cadáveres. A fin de cuentas se trataba del 35 por ciento de la población.

La solución más adecuada fue presentada por un estudiante de Artes Plásticas. Consistió en apilar los cuerpos en el Parque del Este y cubrir la pirámide resultante con una resina transparente, que al solidificarse transformó aquel inerte grupo en una gigantesca escultura que servía de recordatorio imponente.

El Consejo de Gobierno que se formó con los conspiradores iniciales tomó una segunda decisión muy importante: trazó una Cortina de Hierro o Muralla China en el perímetro de Caracas, y advirtió a los adultos del resto del mundo que no debían penetrar en la ciudad, so pena de sufrir lo mismo que ocurriera a los adultos caraqueños, punto excelentemente ilustrado con algunos cadáveres que fueron colocados con avisos en ubicaciones estratégicas, y que habían sido salvados de la pirámide del Parque del Este justamente con ese propósito.

Pasaron varios días. El Consejo de Gobierno se había disuelto por considerar que en una sociedad joven no debían existir mecanismos de poder. Precisamente para acabar con ellos se había contratado el bombardeo.

Cuando una noche, después de concluir el sexto concierto-baile-meditación que se ofrecía diariamente, los circunstantes se dieron cuenta de que el automercado vecino había agotado sus existencias, uno de los músicos propuso ponerse a trabajar para conseguir el alimento. Otro de los presentes, de apariencia intelectual, intervino para decir que no se podía trabajar sin organización y que no podía establecerse una organización sin que existiera alguna jefatura instituida. Fue muy tarde cuando se dio cuenta de las palabras malditas que había pronunciado. No había terminado de decir “…fatura” cuando los que le rodeaban se abalanzaron sobre él, y cuando sus labios se cerraron para terminar de decir «…tituida» no se volvieron a abrir más. La masa no dejó de él labios que pudieran abrirse.

Saturados con el incidente, los asistentes no volvieron a pensar en comer y se dirigieron todos a dormir. Sin embargo, a la mañana siguiente el hambre se había fortalecido. Y dos jóvenes que estuvieron escudriñándose con extremada precaución—nadie quería ser el segundo tomo de la noche anterior—, al cabo de una hora de conversación cuidadosamente seleccionada, se pusieron de acuerdo en una cosa: poco a poco formarían un partido que, al contar con suficiente apoyo, podría tomar el poder y forzar a la nueva sociedad a que se organizara para trabajar. Se despidieron en silencio, y con sonrisas inseguras se alejaron para iniciar el proselitismo.

Una conspiración similar comenzaba a formarse en otro sitio y por razones diferentes. Al día siguiente del bombardeo, los jóvenes que vivían en ranchos y casas viejas y pequeñas se juntaron en fraternal alegría con los que provenían de otros percentiles. En la total identificación que siguió a la primera celebración se anunció con gran alborozo que había suficiente espacio en viviendas adecuadas para aquella población que nunca había podido vivir bajo un techo decente. Las primeras noches no hubo problema alguno. Cada quien se acomodó para dormir en la habitación que se le hubiera antojado. En las semanas sucesivas, prácticamente todo el mundo había dormido en una casa distinta cada noche. Pero, poco a poco, ciertas casas empezaron a verse muy solicitadas. Estas casas estaban ubicadas en el Este de Caracas o hacia las colinas del sur, desde donde se disfrutaba de una excelente vista del Ávila.

Pues, como decía, otra conspiración surgió; trataba de formar otro partido que esta vez se dedicaría a resolver el problema de la vivienda.

Así, casi cada problema originó con el tiempo al partido correspondiente. No obstante, se procuró evitar identificarse con términos y conceptos del pasado. Por esto, a los partidos no se les llamaba partidos sino trozos, no se les identificaba con siglas sino con números, y cuando se inventó un sistema eleccionario se hablaba de votancias, y las tarjetas de colores se introducían en “féretros”.

Ya por el mes de marzo se contaba con un gobierno sólidamente instalado. El trozo que había ganado las votancias en biolimpia campañada había sido el trozo 1-2-3. Al son de “Uno, dos y tres, el pueblo maché”, el nuevo mandatosio ocupó su puesto para dedicarse a nombrar a sus maxistros.

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El 30 de junio venció el período que Daniel el Rojo, Inc. había fijado en cláusula aparte para la segunda fumigación. Ésta tenía por objeto limpiar definitivamente a la ciudad de influencias adultas. Era como la segunda dosis de la vacuna contra el polio, y esta vez no dejaría en pie a nada viviente que se comportara como adulto.

El 1º de julio Fernando se encontró solo. Había sido, a sus 29 años de edad, el único sobreviviente del Apocalipsis.

Era el único que se había mantenido independiente, y su costumbre de tratar de ser tan flexible como para comprender a todo el mundo parecía ser el único antídoto efectivo contra la terrible segunda fumigación.

Vagó tristemente por la íngrima ciudad. Estaba ya más que convencido de que no quedaba nadie que le acompañara. Pero, repentinamente y sin creer siquiera en el éxito de su nuevo impulso, comenzó a correr desesperadamente al encuentro de una figura femenina que súbitamente había aparecido de la nada a unas dos cuadras de él.

………

II. Vejez y pasado

Cecilia se sentaba por fin a la mesa. Había ya servido las hallacas que ella misma hubiera hecho para esta cena familiar de Año Nuevo. En años tenía treinta y dos, de los cuales había estado casada trece y, de éstos, los últimos cinco perfeccionando sus hallacas de razonable fama.

Todos los niños dormían, y en torno a la mesa se encontraba una variedad de suegros, tíos y amigos allegados. Hacía tiempo que los esposos querían reunir a ambas ramas de la familia, y lo habían conseguido con ocasión de que esa cena fuera la primera que hicieran en su nuevo apartamento, el 4-A del edificio Carmelitas.

Habían asistido prácticamente todos. Don Jorge y Doña Elisa, Don Federico y Doña Adela, tío Carlos, tío Francisco, tía Carmen, tía Dolores la soltera, los Ochoa y los Álvarez. Casi todos. (“Por qué Don Oscar siempre llega tarde? ¿Adivinaría que tía Dolores le iba a tocar de pareja?”)

La cena tardó bastante. Hubo que esperar a que Don Federico, quien siempre hablaba demasiado en la mesa, terminara por fin con su dulce de lechosa. Don Federico había estado desarrollando una de sus tesis mas queridas: “Es un error hablar de mayoría de edad a los veintiuno. Nadie que no haya cumplido los treinta sabe lo que es la vida, lo que es la realidad”. Con medio pedazo de dulce dentro de la boca elaboró con ejemplos lo que quería decir.

Los demás asentían a su argumentación con la esperanza de que la agotara prontamente para poder levantarse de la mesa porque, si bien las hallacas de Cecilia eran excelentes, tendían a ser bastante pesadas.

El resto de la noche transcurrió sin mayores problemas. Don Jorge y tío Carlos fueron los únicos que se emborracharon, pero el primero se durmió en el sillón mas cómodo que encontró, y el segundo fue sacado por su señora con el pretexto de que tenían que pasar por casa de los Yanes.

A las cinco y veinticinco, Cecilia y su marido despedían al último de los invitados que se retirara.

Un minuto después, Cecilia había dado el último vistazo a sus cuatro hijos, y hacia las cinco y media estaba abriendo la nevera para servirse un vaso de agua. En ese momento oyó un ensordecedor sonido y creyó reconocer las notas iniciales del Himno Nacional. También notó cómo la cocina se iluminaba con una extraña y vívida luz morada, pero estaba muy cansada como para asociar ambos eventos, y pensó que los vecinos eran muy patrióticos en Año Nuevo y que no debió beber tanto del licor morado que su marido se empeñara en comprar.

Cecilia se fue a dormir.

………

A las diez y cuarto se despertó angustiada. Le extrañaba no haber escuchado el ruido habitual de los niños y no pudo seguir durmiendo con tanto silencio. Se levantó de la cama y se dirigió a ver qué estaban haciendo. Después de buscar en el ultimo rincón de la casa sin encontrarlos, despertó a su esposo para comunicarle la situación. Su marido la tranquilizó diciéndole que probablemente estarían jugando en la entrada del edificio, como acostumbraban. Cecilia corrió presurosa a la puerta del apartamento y en el momento de abrirla se dio cuenta de un inexplicable detalle: además de estar cerrada en todas las cerraduras, la puerta tenía pasada la cadena. A Cecilia la dominó un intenso temor.

………

El Presidente habló en un programa especial a las tres de la tarde. Se le notaba cansado, y también estaban fatigados los ministros y los jefes de las distintas policías.

“Conciudadanos: primero que todo quiero dirigir al pueblo entero mi salutación de Año Nuevo. Pensaba hacerlo a las seis de la tarde, pero un hecho insólito en la vida de nuestro país me ha obligado a tomar contacto con Uds. lo antes posible. Como ya todos sabrán, a partir de una hora que se estima entre las cinco y media y las seis de la mañana de hoy, la población de Caracas perdió el 65 por ciento de sus habitantes. Todos los moradores menores de treinta años aparecieron muertos sin ningún signo de violencia y, no se sabe cómo, se encuentran reunidos en una enorme pirámide en el Parque del Este. En estos mismos momentos, una comisión del Ministerio de Sanidad, acompañada por funcionarios de la Administración de Parques y Jardines, se encuentra en el Parque del Este estudiando la situación. Pero estoy en capacidad de informarles, con base en datos preliminares, que no se trata de ningún fenómeno epidémico conocido. Tampoco creemos que se pueda atribuir la causa a acciones terroristas. Algunos de los cadáveres identificados pertenecían a connotados dirigentes guerrilleros de las distintas tendencias. En resumen, no creemos que lo sucedido se debe a ningún tipo de acción natural o humana, y sólo podemos definirlo con esa expresión jurídica conocida con el nombre de ‘Acto de Dios’.

Indudablemente, conciudadanos, que lo ocurrido nos ha sumido en la consternación, pero creo mi deber de Primer Mandatario el extraer de las circunstancias aspectos positivos. Estos aspectos llenarán de nuevo y rico sentido la vida de la Nación.

En primer lugar, a partir de esta mañana nos hemos convertido en la ciudad más rica del mundo. El Producto Territorial per capita del Área Metropolitana se ha multiplicado repentinamente por tres, al reducirse a la tercera parte la población de la ciudad. (Aplausos).

En segundo término, han desaparecido instantáneamente nuestros más graves problemas sociales: la delincuencia juvenil, la infancia abandonada, las guerrillas, las huelgas estudiantiles. (Ensordecedores aplausos).

Estos dos factores nos colocan en una posición única y privilegiada con respecto al resto del mundo, y mi gobierno ha considerado que tenemos la oportunidad histórica más grande que se nos haya presentado para acabar para siempre con los males que corroen a toda sociedad, y que provienen, como todos sabemos, de una descarriada juventud.

Por estas razones, leeré para Uds. el articulado principal de un Decreto que saldrá publicado esta noche en la Gaceta Oficial.

Articulo 1º. Se establece en todo el territorio del Área Metropolitana de Caracas el Servicio Obligatorio de Esterilización.

Articulo 2º. Se nombra al ciudadano doctor Gonzalo Mejías, Comisionado Especial de la Presidencia para la Esterilización Obligatoria.

Artículo 8º. Las necesidades de poblamiento del Área Metropolitana de Caracas serán cubiertas por un número de inmigrantes mayores de treinta años que será determinado por el número de defunciones que ocurran dentro del mismo territorio.

Parágrafo único. Para el control de las defunciones e inmigraciones se establecerá un mecanismo de coordinación entre los ministerios de Relaciones Interiores, Relaciones Exteriores y Sanidad y Asistencia Social”.

El Presidente no pudo hablar más por el concierto de aplausos que se desatara a la lectura del decreto. Saludando con su mano derecha, se retiró del recinto.

Todos los televisores de Caracas fueron apagados al mismo tiempo.

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En marzo de 1980, Caracas conoció un estado de violencia que no tenía precedentes. De todas partes surgieron patotas de motociclistas, armados con pistolas, puñales, cadenas y trozos de manguera rellenos de plomo.

La patota de San Bernardino era la mas temible de todas. La comandaba el famoso “Car’e Cáncer”, repulsivo viejo de sesenta y siete años que tenía el récord de haber destruido mas de veinte dentaduras mediante el efectivo procedimiento de golpear la boca de sus víctimas con el filo de una acera.

Había también la patota de “Los Inmunes”, formada por tres senadores y quince diputados, con representación de todos los partidos. Esta pandilla era el horror de los alrededores del Capitolio, hasta el punto que el Congreso se vio obligado a sesionar en el Panteón Nacional.

La droga era distribuida con mayor profusión cada día, y al Parque de Los Caobos se le conocía por el remoquete de “Parque de la Mafafa”.

Para el 30 de junio no quedaban muchos síntomas de comportamiento adulto. Hasta los gobernantes más encumbrados buscaban la manera de jubilarse del trabajo, y muchos ministros llevaban chuletas para su presentación de cuentas al Presidente.

El 19 de julio de 1980, Caracas tenía un solo habitante. Era Cecilia, quien paseándose sin rumbo por la íngrima ciudad se detuvo de pronto sin aliento al ver que un joven que apareciera de la nada corría en dirección a ella.

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III. Todo

Existe al lado del universo un antiuniverso. Alicia, la del País de las Maravillas, lo descubrió una vez al atravesar un espejo, Los físicos modernos lo descubrieron más tarde. El protón tiene su antiprotón, el neutrón su antineutrón, el electrón su antielectrón. Existe una antimateria para cada gramo de materia.

Fernando vivía en el universo y Cecilia en el antiuniverso (¿no sería al revés?)

La bomba amarilla de Fernando había originado la bomba morada del mundo de Cecilia.

Y la segunda fumigación del universo caraqueño había producido el efecto inverso en la Anticaracas.

Por una rendija entre los dos mundos, por una rotura del espejo que les separaba, Fernando y Cecilia pudieron materializarse cada uno en el mundo del otro.

Por eso Fernando no corría hacia un espejismo, ni Cecilia estaba viendo acercarse un fantasma.

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Fernando y Cecilia se amaron largamente.

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luis enrique ALCALÁ

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