el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)FS #134 – ¿Qué viene ahora?
LEA, por favor
John Brockman es un neoyorquino describible como empresario de la modernidad, a quien conocí en 1974 gracias al contacto establecido por el poeta y experto en multimedia Gerd Stern, un estupendo amigo entonces basado en Cambridge, Massachusetts. No me refiero a un empresario moderno, sino a alguien que ha hecho de la modernidad su territorio. Autor él mismo—The late John Brockman, Conversations with John Brockman, The Third Culture—estuvo asociado con The Whole Earth Catalogue, una publicación que representó, al decir de Steve Jobs, el fundador de Apple Computers (hoy Apple Inc.), una especie de Google en papel en la década de los setenta.
Brockman fundó también The Reality Club, una asociación dedicada a la búsqueda intelectual que se reunía a escuchar a poetas como Stern, actrices como Ellen Burstyn o científicos como Stuart Kauffman, Murray Gell-Mann o Benoit Mandelbrot y discutir con ellos las ideas más radicales y avanzadas. (El suscrito fue hecho miembro honorario del club, y posee una chaqueta negra de lanzador de béisbol, con el nombre del club a la espalda y el propio sobre el pecho. Su hija mayor había secuestrado la prenda, pero ya hace un tiempo que la ha devuelto).
Por último, Brockman es el editor de Edge, un sitio web (www.edge.org) que ha extendido las funciones del club—de hecho lo contiene ahora—y es en sí mismo un hervidero de debates de avanzada. Una de sus secciones, el World Question Center, estimula el debate sobre preguntas extraordinariamente sugestivas. La revista inglesa Prospect acaba de publicar la respuesta de cien de sus colaboradores—filósofos, historiadores, periodistas, políticos, educadores—a una pregunta sugerida por el curioso “centro” de Edge, es decir, por John Brockman. La pregunta es ésta: “Izquierda y derecha definieron el siglo XX, ¿qué viene ahora?” Puesta así, la cuestión suscita una reflexión predictiva acerca del siglo XXI.
La Ficha Semanal #134 de doctorpolítico traduce algunas de las respuestas obtenidas por Prospect, cada una muy interesante. La revista reporta: “El pesimismo de las respuestas es sorprendente: casi nadie espera que el mundo mejore en las próximas décadas, y muchos esperan que se pondrá mucho peor”. Tal vez se deba este resultado a que la mayoría de quienes contestaron son del Viejo Mundo, ingleses por su mayor parte, pues la pregunta para el debate de 2007 propuesto por Brockman orienta contrariamente: “¿Sobre qué es usted optimista? ¿Por qué?” Y explica: “Como actividad, como estado mental, la ciencia es fundamentalmente optimista. La ciencia resuelve cómo funcionan las cosas y así puede hacerlas funcionar mejor. Muchas de las noticias son o buenas noticias, o noticias que pueden hacerse buenas, gracias a un conocimiento cada vez más profundo y eficiente y a herramientas y técnicas poderosas… ¿Sobre qué es usted optimista? ¿Por qué? Sorpréndanos”.
LEA
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¿Qué viene ahora?
Necesitamos una alternativa a la democracia que salve el planeta. La humanidad se ha propuesto agotar los recursos del planeta. Los votantes de las naciones ricas no querrán ceder nada; los votantes (o dictadores) de las naciones en desarrollo procurarán lo que tienen los ricos. Dado que las democracias deben reflejar lo que quieren las mayorías, no podrán detener este proceso. (A las dictaduras no les importa). La ciencia no afrontará el reto. Puede que renazcan viejas ideas sobre filósofos-reyes y dictaduras benignas. Puede que emerjan ideas completamente nuevas. De cualquier manera, la democracia como hoy la conocemos no sobrevivirá al siglo.
Don Berry, periodista.
Cosmos vs patriotas. Los cosmopolitanos vienen en dos sabores: para los cosmos de izquierda, la necesidad apremiante será la de tratar los problemas mundiales, como el calentamiento global, la proliferación nuclear y la injusta distribución de la riqueza y el ingreso. Para los cosmos de derecha, será la de romper las barreras al comercio mundial. Cosmos de todos los colores exigirán un fuerte crecimiento en el poder de las instituciones mundiales, y una disminución de las soberanías estatales. Para los patriotas locales, los cosmos representan un nuevo imperialismo del hombre de Davos y sus asistentes. Los pats de izquierda insistirán en la protección de los trabajadores locales de la competencia externa y de las culturas locales de la McDonaldización. Los pats de derecha querrán proteger a los nativos de étnicas extrañas y se involucrarán en ataques preventivos contra potencias extranjeras amenazantes. Pats de todos los sabores insisten en que el Estado-nación seguirá siendo la mejor y última esperanza de la democracia contra las pretensiones meritocráticas de los cosmo-elitistas.
Bruce Ackerman, académico.
El fin de la guerra fría eliminó el filo de la división derecha/izquierda, y dejó el problema de la dirección del liderazgo político. El sesgo político llenó ese espacio, pero los doctores del sesgo se volvieron confiados en exceso, lo que dio pie a escándalos y ocultamientos. La verdad se afirmó a sí misma, y la gente se desilusionó. Ella ve un país que tiene problemas reales: terrorismo, cambio climático, una administración pública tumefacta que ni gobierna ni analiza críticamente la operación del gobierno. Por sobre todo, un país lobotomizado por el fracaso de la educación secundaria, y las fracasadas teorías de la educación comprehensiva y la llamada enseñanza centrada en el niño.
La división en el futuro no será entre la izquierda y la derecha, sino entre los intereses creados de la incompetencia gubernamental, por un lado, y la urgencia democrática por reformas, por el otro. Tarde o temprano los políticos descubrirán la oportunidad de reafirmar la honestidad y la integridad, acometer los problemas y alcanzar la popularidad.
Michael Axworthy, escritor.
En el siglo 21 habrá un énfasis nuevo sobre los derechos del grupo, en oposición a la preocupación del siglo 20 acerca del individuo. Entretanto, la relación entre lo humano y lo no humano (principalmente los animales, aunque también las plantas y quizás incluso el paisaje) se hará importante a medida que se manifiesten las consecuencias del cambio climático. El Islam político, que luce ahora tan amenazante, será contenido y derrotado, puesto que es un movimiento negativo, nostálgico y reactivo. Grandes progresos ocurrirán en las ciencias biológicas, en especial en neurociencias. El primer desafío será el de comprender los nexos entre la mente y el cerebro, y una vez que éstos hayan sido explicados, los científicos de la medicina y la biología avanzarán hacia una nueva comprensión de la fisiología de una mente y un cuerpo unificados. Esto tendrá profundas consecuencias, no sólo para el cuidado de la salud, sino para el derecho e incluso para la filosofía y la religión.
Robin Banerji, periodista.
Estado-Nación vs. Estado-mercado. El orden constitucional del Estado-nación veía su papel como el de regular y revertir los resultados de los mercados. Los Estados-mercado, en contraste, tratan de usar el mercado para obtener sus metas gubernamentales. En relación con esto, los Estados usaban la ley como un modo de imponer los códigos morales del grupo nacional dominante—usualmente, pero no siempre, un grupo dominante étnico, cultural, lingüístico y racial. Los partidos políticos de los Estados-nación veían la ley como el medio de lograr sus objetivos morales. Los partidos de los Estados-mercado, sea desregulando industrias o la reproducción en las mujeres, tratan de maximizar las opciones de los ciudadanos sin dar por sentado demasiado respecto del modo de acordarse sobre objetivos comunes. Entre otras consecuencias, este nuevo orden constitucional generará una nueva forma de terrorismo.
Philip Bobbitt, escritor político.
La izquierda y la derecha fueron y son una distinción nominal entre dos cepas de la misma postura totalitaria. El problema real del siglo 20 fue que las presiones demográficas y económicas que fracturaron los imperios dieron lugar a los estados nacionales con liderazgos mal equipados para confrontar el reto nihilista. El vacío fue llenado por regímenes totalitarios, cuyas ideologías incendiaron Europa y el mundo. Recuérdese que Hitler fue un arquitecto fracasado, que Stalin había estudiado para el sacerdocio y Mussolini era un maestro de escuela. Los herederos de los nihilistas del siglo 19 y el 20 son los terroristas de hoy basados en la fe. Si las democracias actuales no son capaces de ganar contra los nuevos nihilistas en los niveles intelectuales y de comunicación, no tendrán oportunidad de ganar en el espacio de la seguridad y crearán otro peligroso vacío, listo para ser llenado. Las naciones-estado comprobaron ser un experimento político desastroso en los siglos 19 y 20; puede que se revelen como desastrosos en el siglo 21, a causa de la proliferación nuclear. No obstante, espero que el siglo 21 vea una reducción sustancial de las infraestructuras políticas. Si un conglomerado es por su mayor parte malo o indiferente, sus accionistas lo forzarán de regreso a sus competencias básicas. Todo lo demás debe irse. ¿Por qué debiera ser diferente con los gobiernos? No hay ni izquierda ni derecha; lo que hay es sentido común. Los políticos de los países grandes aman despreciar las democracias directas de los países pequeños. ¿Por qué? Porque temen su ejemplo y su agilidad. Los sistemas políticos heredados del siglo 20, sean democráticos o totalitarios, son neo-feudales, incompatibles con un siglo 21 en el que los electores voten una vez cada cierto número de años, pero los consumidores votan y los bloggers “bloguean”.
Rudi Bogni, banquero y director corporativo.
La gran división de las próximas décadas será entre la “comunidad basada en la realidad” y la “comunidad basada ideológicamente”. Se observó a menudo en el siglo 20 que la extrema derecha y la extrema izquierda daban la vuelta tras el espectro y se encontraban—algo así como Hitler y Stalin compartiendo una cerveza en el infierno. El terreno común que comparten los grupos extremos es una firme resistencia a los hechos, sea la resistencia de Bush a los datos del cambio climático o que Brezhnev rehusara aceptar que invertir el flujo de los ríos siberianos no era una buena idea. Hay ahora una clara división entre quienes están preparados para enfrentar verdades incómodas y aquellos que persisten en insistir que sus puntos de vista acerca de lo que debe ser triunfarán sobre lo que es.
Joe Boyd, productor musical.
Seremos gobernados por una suerte de creencias populistas, ideas y políticas que surgen consensualmente en los blogs, sitios web, focus groups y similares. (Tanto Barack Obama como Hillary Clinton anunciaron sus candidaturas por Internet). Esto tiene su atractivo. También es aterrador, como hallase Tocqueville acerca de la democracia norteamericana, pues conduce a la tiranía de la mayoría. Funciona con vastas cantidades de información no totalmente exacta—Wikipedia es espléndida y enloquecedora.
AS Byatt, novelista y crítico.
Liberalismo vs. autoritarismo se está convirtiendo rápidamente en la división filosófica en las sociedades desarrolladas. El 11 de septiembre y otras atrocidades terroristas han destacado una sensación de ansiedad acerca de la seguridad en un mundo crecientemente globalizado. La respuesta de los gobiernos ha sido la de tratar de obtener cada vez más conocimiento y control de las vidas y actividades de sus ciudadanos. El gobierno británico es uno de los peores al respecto. Cédulas de identidad, los excesos de la base de datos de DNA, y un incesante impulso hacia la extensión del período de detención sin juicio son todos síntomas de sus tendencias autoritarias.
El terrorismo es visto hoy como un mayor peligro que requiere una respuesta más fuerte que la de los setenta o los ochenta, porque lo entendemos menos que lo que entendimos nuestras amenazas domésticas. Pero no hay “guerra” contra el terrorismo. El terrorista es un criminal y debe ser tratado como tal. El poder invasor del Estado es el orden del día, pero el terrorismo prospera donde las libertades civiles son negadas. Los liberales deben enfatizar ese punto con fuerza, y revertir la tendencia al autoritarismo.
Menzies Campbell, político.
El argumento de la izquierda era que el pobre puede serlo menos si el rico se hace menos rico. Ya no más. Sin embargo, queda una pregunta. ¿Puede el pobre serlo menos sólo si el rico se hace más rico, o es que el pobre se empobrece cuando el rico se enriquece? El más débil argumento de la izquierda de hoy dice que el rico no puede hacerse más rico si el pobre debe hacerse menos pobre. Este debate continuará conformando el mundo del siglo 21.
La más dramática expansión de la economía del pobre, sin embargo, vendrá ahora de la religión. Habrá aquellos para los que el propósito humano será explicable sólo en términos de religión, y aquellos para los que será entendido puramente en términos de procesos científicos.
Todas las religiones principales se verán envueltas, enfrentando la resistencia secular. Esta profunda división se hará evidente en debates acerca de cómo dar alivio a aquellos que se sientan desempoderados y desesperanzados.
Un modo de este debate se dará sobre las tecnologías que cambian la vida, desde terapias genéticas hasta el entretenimiento. El agónico desafío liberal-secular al alcance de estas tecnologías será exprimido, a medida que los puntos de vista no religiosos de la naturaleza humana se lancen a la ilimitada exploración de los horizontes tecnológicos, y choquen con una oposición religiosa asertiva basada en parte en la sospecha de los retos a la fe, pero también sobre la convicción de que los avances tecnológicos están sesgados a favor del beneficio de los ricos.
Ram-Prasad Chakravarthi, filósofo.
La historia, decía Hegel, es la creciente idea de la libertad. En el siglo 19, la libertad vino del imperio de la ley y el Estado. En este siglo, la libertad provendrá del derecho internacional, pero no tenemos un Estado internacional. Cuando Hegel escribía, los asuntos vitales del día—la salud pública, los derechos de los trabajadores, la educación, el voto—eran problemas que provenían de la industrialización. Éstos fueron resueltos a través del estado nacional, que dio una identidad a gente dislocada del país, un marco legal para la industria y soluciones a los problemas que creaba. En el siglo 21, las nuevas formas de comunicación nos han traído un mundo nuevo y necesitamos también una nueva forma constitucional. La gran pregunta es cómo organizar este mundo en el que la política y la identidad son nacionales, pero en el que sólo podemos sobrevivir y prosperar si actuamos internacionalmente. Está muy bien hablar sobre “la comunidad internacional”, pero ¿qué es ella y cómo puede funcionar?
Robert Cooper, funcionario de la Unión Europea.
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LEA #227
Los políticos demócratas en los Estados Unidos parecen caminar una cuerda floja en el Congreso. A pesar de haber alcanzado la mayoría en ambas cámaras en gran medida sobre el descontento popular con la guerra en Irak, dicen y se desdicen a la hora de aprobar medidas eficaces. En el Senado se dice preparar una resolución que declararía inexistentes las motivaciones originales de la guerra: eliminar armamento de destrucción masiva supuestamente existente y, quizás, deponer a Hussein en el proceso. Ya Hussein no está en el mundo de los vivos, y las armas de destrucción masiva nunca fueron encontradas. Ergo, el esfuerzo bélico norteamericano ya no tendría justificación. Al declarar perimida la resolución que permitiera la invasión de Irak, los Estados Unidos tendrían que abandonar ese país a su propia suerte.
Pero este esquema no ha llegado aún a la votación, y el liderazgo demócrata en el Senado ha dicho en los últimos días que antes que manejar el caso iraquí debe atenderse prioritariamente el tema de la seguridad interna. Por lo que respecta a la Cámara de Representantes, los demócratas se encuentran ahora, luego de haber producido una resolución no vinculante—non binding—contra la guerra en Irak, a punto de adelantar un acuerdo que en efecto aprobaría los fondos adicionales requeridos por el gobierno de Bush para sufragar el combate en Irak y Afganistán. (99 mil millones de dólares). Tan sólo se incluiría una cláusula que buscaría establecer criterios de apresto de tropas antes de enviarlas a la guerra.
Así, pues, en los momentos Bush parece salirse con la suya. Los demócratas, por un lado, no quieren aparecer como los culpables de falta de apoyo a sus compatriotas combatientes ni como los responsables de una retirada que pudiera representar un desastre, por más que una reciente encuesta del Washington Post registre que 53% de los estadounidenses exigen ahora el establecimiento de una fecha fija y a corto plazo para el regreso de sus soldados. De algún modo, parecen eludir el verse involucrados en la administración de una guerra que prefieren sea cargada entera a la responsabilidad de Bush.
A esto se suma la tensa situación con Irán, país que no se somete a resoluciones de la ONU en lo tocante a sus programas de enriquecimiento de uranio, y que, al decir del gobierno de Washington, está suministrando armas que alimentan la sangrienta lucha de facciones en Irak. Ciertamente, las más recientes señales del gobierno de Bush han parecido preparar una acción “preventiva” contra Irán, en una especie de huida hacia adelante frente a la creciente insatisfacción con sus políticas. Las consecuencias de una campaña de ese tipo serían gravísimas; una sola de ellas sería el salto de los precios del petróleo a niveles superiores a los 125 dólares por barril, en estimaciones de expertos. (Si se interrumpe, por caso, el flujo del energético desde el Golfo Pérsico).
Por esto traen algo de sosiego las declaraciones de Condoleezza Rice, Secretaria de Estado, al anunciar que los Estados Unidos aceptan reunirse el mes entrante en Bagdad con representantes de Irán y de Siria, para conversaciones sobre la situación en Irak bajo el patrocinio del gobierno de este país. Con tal de que no se le vaya a ocurrir a al Quaeda intentar algún atentado contra tan apetecibles diplomáticos, luego del reciente ensayo en Afganistán, muy cerquita de Dick Cheney.
LEA
CS #227 – Caracas-Shanghai
Hace dos días se cumplieron dieciocho años—mayoría de edad—de los acontecimientos que en Venezuela son referidos como los del “27F”. Una gigantesca explosión social, sin precedentes en el país, tomó por sorpresa a prácticamente todo el mundo, a los quince días de la segunda ascensión al poder de Carlos Andrés Pérez. Su gabinete de la época no podía estar conformado por más prestigiosos profesionales de la economía y las finanzas, y Pérez mismo era un avezado político.
En efecto, entre 1989 y 1992, muy connotados profesores así como gerentes reconocidamente idóneos del sector privado ejercieron importantes funciones públicas. No fueron capaces, sin embargo, de imaginar la reacción popular a las primeras medidas del segundo gobierno de Pérez, del “paquete” o catecismo prácticamente impuesto por el Consenso de Washington, del que el brazo ejecutor era el Fondo Monetario internacional. (Institución que, dicho sea de paso, anda últimamente de capa caída. Desde una cima de 81 mil millones de dólares en préstamos para 2004, ha caído al nivel de 17 mil millones—de los que sólo Turquía ha asumido el 75%—y ahora considera vender parte de sus tenencias en oro para enjugar significativas pérdidas operativas. El “doctor del dinero”, que hace no mucho pretendía enderezar la vida económica de las naciones con “mercados emergentes”, está él mismo enfermo).
Por estas razones resulta interesante contrastar nuestro caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI, cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: “…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario”. (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).
Pero no todos los estrategas estaban perdidos o confundidos. Para el caso venezolano tiene especial relevancia la intuición analítica de Yehezkel Dror, puesto que se trata de un investigador que vino constantemente al país entre 1972 y 1992, cuando era atendido y escuchado por los miembros más representativos de sus élites. Dror no sólo describió adecuadamente la inestabilidad intrínseca del régimen de Reza Palevi, el Shah de Irán, bastante antes de su sorpresivo desplome, sino que caracterizó el problema general de la “endemia” de las sorpresas en un brillante artículo de 1975. (How to Spring Surprises on History: “Eventos considerados como de baja probabilidad ocurren con frecuencia variable y la sorpresa llega a ser endémica”).
Si bien, pues, era evidente que la mayoría de los analistas no sabían qué decir respecto del futuro en ciertas áreas especialmente volátiles, unos pocos mostraban que era posible manejar satisfactoriamente el problema cambiando el punto de vista y la comprensión de la dinámica propia de los acontecimientos sociales.
Es sólo muy recientemente que la “teoría de la complejidad”, que incluye la llamada “teoría del caos”, ha podido proporcionar un paradigma adecuado. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la “regresión lineal”, mientras el “determinismo histórico” de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.
El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de “escenarios” (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aún la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de “abanico” de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.
El formalismo matemático (fractales) sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente. (Benoit Mandelbrot, investigador del Thomas Watson Research Center de la compañía IBM, presentó en 1982, en su libro The Fractal Geometry of Nature, la noción de “fractal”—en términos generales una línea que exhibe “autosimilaridad”, que se parece a sí misma. La matemática fractal reproduce, con ecuaciones de extrema simplicidad, estructuras ramificadas complejas, sean éstas el perímetro de un helecho o la forma del aparato circulatorio humano. Cuando los investigadores de fenómenos caóticos—el clima, la turbulencia de los líquidos, los ataques cardíacos, etcétera—buscaban una herramienta analítica que les permitiera describir estos procesos, encontraron que la matemática fractal era justamente lo que necesitaban. Las “atractrices”, o cauces del orden subyacente a los fenómenos caóticos, son líneas de tipo fractal).
Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices (una de las atractrices). Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final.
Incertidumbres de este tipo han llevado a la desesperante noción de que la predicción social es imposible. El hecho de que por lo atrayente del nombre, se haya popularizado más la teoría del caos que la teoría de la complejidad que la engloba, ha contribuido aún más a la desesperanza.
Pero esto es un conocimiento y una aplicación superficiales de tales teorías. Por una parte, aun los fenómenos caóticos transcurren por cauces que siguen un orden subyacente estricto. Por la otra, ya a niveles prácticos se ha tenido éxito en introducir estímulos que “sincronizan” procesos caóticos para hacerlos seguir trayectorias estables. En otras palabras, es posible dominar el caos. (Ver William L. Ditto y Louis M. Pecora, Mastering Chaos, Scientific American, agosto de 1993 y antes Elizabeth Corcoran, Ordering Chaos, Scientific American, agosto de 1991). Más aún, la proporción de caos dentro de los sistemas complejos es usualmente pequeña, y predomina en éstos un proceso opuesto y más poderoso de autorganización, especialmente en sistemas que, como el social, son capaces de intercambiar información. (Ver Stuart A. Kauffman, Antichaos and Adaptation, Scientific American, agosto de 1991).
Naturalmente, ciertos episodios caóticos pueden tener consecuencias lamentables en magnitudes enormes. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. En muchos sistemas físicos la transición de una fase ordenada a una fase caótica se produce al aumentar la magnitud de algún parámetro, la velocidad, por ejemplo. En el caso del crash del mercado de valores de Nueva York en octubre de 1987, ese parámetro ha podido ser la mayor velocidad de transmisión de datos que se había logrado luego de la completa computarización de las transacciones. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.
En contraposición a estas posibilidades caóticas, los sistemas sociales aprenden y se autorganizan. A pesar de la larga acumulación de tensiones sociales en el país, el apagón masivo del sistema eléctrico venezolano del 29 de octubre de 1993 no condujo a disturbios dignos de ser mencionados. Era viernes, día de pago, y la extensa falla eléctrica que llegó del Guri hasta San Cristóbal significaba que los bancos no tenían “línea” ni los telecajeros operaban; no había servicio de Metro en Caracas, y los trabajadores que vivían en Catia y laboraban en Petare (y a la inversa), caminaron la ciudad para regresar a sus moradas, sin dinero, y ni una sola vidriera fue rota, a sólo cuatro años del “caracazo”. La ciudadanía intuyó tal vez que los disturbios, de producirse, proporcionarían un pretexto para la toma del poder político por autoridades militares que se habían mostrado como inusualmente agresivas en sus declaraciones públicas. (Se conspiraba contra el precario gobierno presidido por Ramón J. Velásquez, y la interrupción del servicio eléctrico formaba parte del plan). La comunicación telefónica sirvió esta vez para generalizar la impresión de que se estaba frente a la preparación de un golpe de Estado: la conciencia política lograda en esos años de tanto sufrimiento social evadió la posible trampa.
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Anteayer, 27 de febrero de 2007, el mundo financiero fue sacudido por el “chinazo”. Un marcado descenso, cercano al 9%, de los índices bursátiles de Shanghai, se propagó como incendio forestal californiano en una cadena que encendió primero las restantes bolsas asiáticas, luego cruzó Europa y finalmente causó a la Bolsa de Valores de Nueva York su pérdida más grande en un solo día desde los ataques hiperterroristas del 11 de septiembre de 2001. En los dos últimos días más de un billón (castellano) de dólares se esfumó del valor de las acciones en el mundo entero. La cifra es casi inimaginable; una idea de su magnitud se forma en nuestra mente al constatar que equivale a más de veintidós veces el monto actual de las reservas venezolanas en dólares.
Parece saberse ahora que el chispazo fue producido intencionalmente. El gobierno chino, profundamente preocupado por una sobreinversión desmedida en papeles negociados en y desde Shanghai, había activado una “fuerza de tareas” especial, un equipo ejecutivo que buscaría podar una mata recrecida de especulación bursátil, no justificada racionalmente. La activación de este grupo de acción tuvo lugar el lunes 26 de febrero, y su influencia no se hizo esperar. El purgante actuó rápidamente en Shanghai, sin que se midiera sus consecuencias en el resto del planeta.
Tanto Europa como los Estados Unidos tenían, por supuesto, sus fuentes autónomas de volatilidad. En este último país, por ejemplo, los informes oficiales revelaron que las tasas de crecimiento del producto bruto en el último trimestre de 2006 habían sido sobrestimadas grandemente. (En lugar de 3,5% se corrigió a 2,3%, y Alan Greenspan, de prestigio mucho mayor que el poseído por su sucesor, se aventuró a advertir que la economía norteamericana podía entrar en recesión en 2007).
Pero lo que ha puesto de manifiesto el nuevo crash, con su amplísima extensión y la rapidez con la que se propagó la onda expansiva, es el grado aun mayor de interdependencia de una economía globalizada, y el peso que ahora tiene en el sistema económico mundial la economía china.
La “corrección” al alza experimentada ayer en casi todas las bolsas, que ha producido un momentáneo alivio, no ha enjugado completamente todos los factores de riesgo. De las 1.400 acciones diferentes que se cotizan en Shanghai, 800 fueron suspendidas el 27 de febrero. Su caída no ha terminado todavía, y el gobierno chino continúa pensando que su mercado de valores está gravemente sobrevaluado. Es de esperar que actuará de nuevo, para podarlo aun más, hasta que esté más a su gusto.
LEA
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FS #133 – Barrio afuera
LEA, por favor
Esta Ficha Semanal #133 de doctorpolítico consiste en la traducción de un conciso editorial del Houston Chronicle, fechado el 23 de los corrientes. En él se expresa una crítica del periódico norteamericano acerca de un nuevo programa del gobierno federal de su país, destinado especialmente a examinar solicitudes de visas provenientes de personal cubano de la salud.
La pieza es interesante porque es a un tiempo clara y penetrante, poniendo el énfasis en las consecuencias prácticas de una política federal. Es evidente que una de las áreas en las que la administración Bush ha embarrado las cosas es la política de inmigración. La idea, por ejemplo, de construir un descomunal “Muro de Berlín” a lo largo de su frontera con México, ha levantado muy explicables ronchas en su vecino del sur y críticas en su propio interior. Es sintomático también que el Houston Chronicle se edita en Texas, el terruño de la familia Bush y territorio de paso para mucha de la inmigración ilegal de origen mexicano.
El tema de la inmigración ilegal es ciertamente delicado, especialmente en los Estados Unidos pero, como se sabe, de gran poder irritante también en Europa. Vistos como la tierra prometida de todos los habitantes del planeta, los EEUU son el destino favorito de muchos emigrantes, que huyen de espantosas condiciones de miseria y sumisión en sus propios países de origen. La década de los 80 representó para los Estados Unidos un marcado incremento de esta clase de inmigración, proveniente de México y Cuba principalmente. Tan sólo en 1980 aquel país permitió la entrada de 800.000 personas, lo que es no únicamente el mayor número de inmigrantes aceptado por cualquier país en ese año, sino que representó el doble de los inmigrantes acogidos por el resto del mundo. No se puede decir que los EEUU no son hospitalarios.
Pero esas cifras produjeron un cambio importante en el estado de la opinión pública sobre el tema. A mediados de la década mencionada algunos estudios indicaban que 91% de los estadounidenses deseaban “un enérgico esfuerzo” para detener la inmigración ilegal. En 1984 se publicó un volumen que contenía las conferencias de un simposio sobre la política de inmigración de los Estados Unidos. (Duke University Press). La introducción estuvo a cargo de William French Smith, ex Procurador General de los Estados Unidos. En ella propone tres criterios a tomar en cuenta para un remozamiento de las leyes de inmigración norteamericanas: “Primero, deben existir límites a la inmigración. Ninguna nación, por próspera y humanitaria que sea, puede dar acomodo, por sí sola, a todos los habitantes del mundo que buscan una vida mejor. Segundo, esos límites deben ser establecidos con justicia e imparcialidad, sin tomar en consideración países o razas. Tercero, dichos límites deben ser aplicados firmemente mientras se presta atención a la equidad de los procedimientos y a los valores de la privacidad y la libertad individuales”. Todavía no ha concluido en el debate político estadounidense el asentamiento de un terreno tan movedizo.
El editorial del Houston Chronicle es importante para nosotros, por último, porque hace alusión expresa al caso de los médicos cubanos que trabajan en Venezuela.
LEA
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Barrio afuera
Es un síntoma de la claustrofobia en Cuba—tanto política como económica—que miles de sus trabajadores de la salud saltaran frente a la oportunidad de trabajar en los barrios más atemorizadores de Venezuela.
Estos profesionales tenían pocas opciones. Durante décadas, el presidente Fidel Castro ha despachado médicos a los países más pobres como una forma de diplomacia. Si no fuera suficiente la presión para ir, la necesidad de ganar más de $15 mensuales en Cuba lo sería.
En Venezuela, sin embargo, la “diplomacia del doctor” parece más comercio que otra cosa. En trueque por unos 93.000 barriles diarios de petróleo, Castro envió más de 15.000 doctores, terapeutas y entrenadores físicos a los barrios venezolanos.
Para Castro, eso es una manera de mantener las luces encendidas. Para Chávez, es una forma tremendamente popular de proveer cuidados de salud a toda hora para una población que hasta hace poco no recibía ningunos. Sin duda, el comercio de doctores sirve muy bien las necesidades políticas de ambos líderes.
Pero también ha sido un beneficio histórico para los pobres de Venezuela. Como con muchos de los programas sociales de Chávez, tiene dos profundos efectos. Hace la vida más vivible para los ciudadanos más descuidados de Venezuela, que son justamente la mayoría. Y les confiere un sentido de dignidad y valor que pocos líderes anteriores a Chávez creyeron adecuado conceder.
Es por esto que la forma perversa de los Estados Unidos en la “diplomacia del doctor” es tan destructiva de los intereses de los EEUU. En agosto, en un intento de impedir a Chávez, el Departamento de Seguridad Interior lanzó el programa de Acogida del Profesional Médico Cubano, que se supone acelerará el procesamiento de las peticiones de asilo de los doctores.
Según una reseña de John Otis en el Chronicle, alrededor de 360 doctores, dentistas y terapeutas físicos han hecho solicitudes. Aproximadamente 160 de los doctores han sido aceptados, mientras que otros solicitantes—que debieron abandonar Venezuela ilegalmente para inscribirse—todavía aguardan por sus visas.
Si son rechazados, tendrán 30 días para abandonar Colombia, donde la mayoría se refugió para solicitar las visas. Como no pueden regresar a Cuba, en esencia los solicitantes rechazados serán apátridas.
Es fácil ver por qué tantos corren el riesgo. Los doctores que formaron parte de la brigada cubana para Venezuela manifiestan orgullo de representar una diferencia en las vidas de los pobres venezolanos. Pero detestan ser usados como peones, trabajar hasta el cansancio siete días a la semana y vivir en vecindarios tan peligrosos que los doctores venezolanos rehúsan poner un pie en ellos. Los doctores cubanos han sido atacados, incluso muertos, en esas zonas.
Por sobre todo, una vez que están lejos de Cuba comienzan a imaginar las posibilidades de ser libres de un todo. Casi pueden saborear lo que es vivir en un país donde no son seguidos por operativos del gobierno y pueden hacer sus propias decisiones profesionales y personales.
Este deseo no es exclusivo de los profesionales médicos de Cuba. Todos los cubanos merecen cumplirlo. Lo que es particular respecto de los solicitantes de asilo es el muy visible bien que están haciendo a los necesitados y el aprecio que su servicio inspira por toda la región.
Tanto para Chávez como para Castro, la diplomacia del doctor es una propaganda inmensamente elogiosa. A la inversa, nuestros intentos de atraer esos doctores refuerza el estereotipo desalmado y materialista del norteamericano del que Chávez y Castro tanto se precian. La estrategia de los EEUU parece todavía más egoísta porque no todos los esperanzados doctores realizarán alguna vez su sueño. Los otros, habiendo abandonado Venezuela, quedarán varados en Colombia como inmigrantes ilegales.
Los doctores cubanos, como todos los cubanos, debieran tener el derecho de ir donde quieran. No debieran tener que trabajar en granjas como jornaleros para pagar las deudas de Castro. Sin embargo, los Estados Unidos no debieran urgirlos activamente a la defección.
Es mala diplomacia. No puede garantizar el asilo del doctor, pero garantiza que los observadores a lo largo de las Américas concluyan que nuestra idea de diplomacia implica la privación de los pobres.
The Houston Chronicle
CS #226 – Mein Kampf
Hace unos pocos días que compartí conversación con un estupendo e inteligente amigo. La charla tomó el rumbo de un examen de mi persona política, más que de mis lecturas del hecho político mismo. Debo decir, con no poco orgullo, que mi amigo—por algo lo es—me declaró suficiente, no sin declarar que quedaba un asunto residual por explicar. Para esto se valió de la referencia a otras opiniones o, mejor, otras incertidumbres. Así me dijo que había escuchado, en boca de otras personas y con alguna frecuencia, la siguiente pregunta: “Pero ¿cuál es la línea de Luis Enrique?”
Formulada de esa manera, la cuestión se reduce a determinar cuál es mi postura ideológica y, en particular y dado que mi amigo ha debido estar citando a gente de su círculo—el de personas que hacen inversiones en dólares—cuál es mi posición respecto de “la empresa privada”. Un rebote memorioso me retrotrajo a veintidós años atrás, cuando una muy influyente matrona caraqueña me aconsejaba sobre la búsqueda de apoyo financiero a una antigua publicación mía: “Basta que digas que tu revista es para la defensa de la empresa privada”. Bueno, mi publicación no era precisamente para eso, aunque ciertamente tampoco era para atacarla. El plano de atención de mis textos era el societal, el de la sociedad venezolana en su conjunto, y desde esa perspectiva la institución de la libre empresa es un componente más de lo societal, y por tanto no podía ejercer prelación sobre el resto, no debía ser la cúpula o el punto de partida. En aquel momento, impedido conceptual y principistamente de proporcionar la definición que me era requerida, no obtuve el apoyo que mucho me habría convenido.
………
Un total de once años trabajé en un importante grupo industrial venezolano (para no mencionar empleos más breves en empresas y otras instituciones privadas), y tuve la fortuna de disfrutarlo como una verdadera universidad. Mi buena suerte me colocó en el seno de un conglomerado regido por claros principios éticos y, aunque tuve acceso continuo y profundo a sus decisiones del más alto nivel, nunca fui testigo de una acción ilegal o moralmente indebida. De hecho, en una sesión de junta directiva presencié una discusión acerca de si una de las empresas subsidiarias estaba ganando dinero excesivamente, a pesar de que se ajustaba a precios internacionales—de hecho, exportaba con éxito—y tenía como socio al Instituto Venezolano de Petroquímica, una empresa del Estado que no ponía la más mínima objeción a los niveles de precios y ganancias. La inquietud por el lucro excesivo era autónoma, completamente espontánea. Tengo, por tanto, una experiencia concreta acerca de cómo es posible ser rico sin ser malo.
La distribución de cualidades morales en un grupo humano lo suficientemente grande tiende a adoptar una curva normal. Al igual que con las inteligencias o las estaturas—5% de las personas mide más de 1,80 mts., 5% mide menos de 1,60 y el 90% restante tiene una estatura intermedia—las cualidades morales excepcionalmente buenas o marcadamente malas no son demasiado frecuentes. La proporción de santos o héroes en una población cualquiera es exigua—hay una Madre Teresa de Calcuta por planeta—y asimismo, y afortunadamente, la proporción de malandrines a tiempo completo es más bien escasa. El producto moral cotidiano del ciudadano promedio no es ni un acto heroico ni un crimen. Esa persona estará en capacidad de comportarse como héroe, sin embargo, en situaciones excepcionales; digamos cada seis años y dos meses y once días, y será capaz de sostener su elevado tono de entonces por unas treinta y dos horas, a lo sumo. Pero también será capaz de echarle una buena broma al compadre—ponerle cuernos, por ejemplo, o birlarle unos reales—cada cuatro años, diez meses y veintidós días. De resto, su vida transcurre en un equilibrio moral de deberes cumplidos pero no muy moralmente exigentes, y alguna que otra transgresión venial, como comerse un semáforo o descontar del impuesto algún gasto moderado pero ficticio. Así somos los humanos, ésa es la condition humaine. Es la condición que llevamos con nosotros a todo papel que desempeñemos, a cualquiera sea nuestra vocación o nuestro oficio. No es éste el que nos impone un carácter malévolo o benéfico; no se es ni mejor ni peor por ser deportista, o bombero, o político o empresario. Si a ver vamos, no hay relación causal inmediata entre la pobreza y la bondad, como no la hay entre la riqueza y la maldad. A pesar de esto hay mucha gente que afirma que la política es intrínsecamente cochina, o que ser rico es malo. Almas simples y superficiales, de las que las más peligrosas son las que se creen con autoridad para erigirse como jueces morales de sus prójimos o de ésta o aquélla ocupación o condición social.
Ocurre, por supuesto, que las cosas que son malas tienden a ser más llamativas, y esta calidad tiene, incluso, fundamento biológico. Nuestros aparatos sensoriales transmiten con mucha más urgencia un dolor agudo—el causado por una puñalada, por ejemplo—que el suculento sabor de la guanábana. Debemos dar gracias a Dios por este rasgo de nuestra fisiología sensorial, puesto que en la percepción del dolor puede irnos la vida, mientras que en la experiencia gustativa sólo está implicado el placer momentáneo.
Pero es esa asimetría lo que nos induce, equivocadamente, a juicios horizontales y anchos absolutamente inválidos. Nos interrumpe el tránsito algún abusador que pasa la bocacalle con la luz roja, y nos confirmamos en la hipótesis de que “el venezolano” es de carácter abusivo. Así pontificamos, como si cada uno fuese un antropólogo que hubiera hecho estudio científico de la cosa, y a pesar de que por cada conductor que se pasa de vivo haya doscientos que no lo hacen. Por cada político corrupto hay muchos más que no lo son; por cada empresario desalmado y usurero hay muchos más que son gente absolutamente promedio, y hay más de uno que es ejemplo de civismo y desprendimiento.
Así, pues, tiendo a ver las cosas: a partir de una postura clínica, no ideológica. Creo que la libre iniciativa económica es parte de la fisiología de una sociedad normal, y en esto no hay postura ideológica. Si me opongo a quienes sostienen que la economía debe ser intervenida a cada instante o, peor aún, controlada totalmente por el Estado es por razones médicas: porque creo saber que la libertad empresarial es un rasgo de normalidad y salud en las sociedades, no porque sea un catecúmeno de la religión de von Mises.
………
Paso, pues, algún trabajo con quienes quieren saber—con la mayor naturalidad y el mayor derecho, dicho sea de paso—si soy un defensor a ultranza de la libre empresa (en más de un caso no lo soy) o si debe ubicárseme a la izquierda o la derecha, ideológicamente hablando. Realmente no se puede, pues no trabajo—y esta publicación es muestra clara de eso—a partir de un plano ideológico. Para quien suscribe, no hay otra cosa en política que problemas de carácter público y tratamientos disponibles para resolverlos, unos más y otros menos eficaces, unos con menor costo que otros, algunos de costo verdaderamente horrible y peligroso. (Que son a los que más me opongo, en más de un caso con pasión nada clínica).
Desde este punto de vista, no supongo que todo lo que provenga de algún actor político al que habitualmente me oponga debe ser condenado y rechazado. Por ejemplo, me encuentro en una posición metodológica—no ideológica—que me permite ver bondades en algunas de las iniciativas de Hugo Chávez, por más que él me parezca, en tanto político y como lo he dicho más de una vez, una entidad oncológicamente maligna para nuestra sociedad.
Ejemplos. Puedo coincidir con Chávez en su preferencia por un mundo “multipolar”, en lugar de uno en el que se manifieste la hegemonía de una nación cualquiera, Estados Unidos o cualquier otra. Puedo estar a favor de una democracia más participativa, en lo que coincido, antes que con Chávez—quien no tiene, en todo caso, la cosa muy clara—con gente como John Naisbitt, caballero perfectamente liberal o, entre nosotros, con el profesor Humberto Njaim, decididamente insospechable de marxismo.
Puedo darme cuenta de que no es mala la campaña gubernamental de sustitución de bombillos incandescentes por lámparas fluorescentes, y de que exactamente en eso se encuentra hoy muy empeñado el gobierno australiano. (Tim Johnston reportaba anteayer desde Sidney, para el International Herald Tribune, que Australia quiere que la iluminación incandescente haya desaparecido en su territorio para dentro de tres años, como parte de su empeño por reducir la emisión de gases de invernadero).
O puedo concurrir en que vale la pena emitir una nueva moneda, un nuevo bolívar, que equivalga, como se propone ahora, a mil bolívares de los actuales. De hecho, esto era recomendación del suscrito hace ya casi trece años. El 19 de octubre de 1994 expuse la proposición—entonces sólo se requería reducir dos ceros a nuestra moneda, dada nuestra situación económica de entonces, relativamente mejor—en una publicación que por la época mantenía y que había bautizado con el nombre de referéndum. (En tiempo cuando los venezolanos no habíamos sido llamados todavía a consultas de ese tipo, lo que puede indicar mi precoz preferencia por la democracia participativa). Copio a continuación el breve texto del número 8 de su primer volumen, rogando al lector que suprima su risa—¿su añoranza?—ante las cifras de la época:
“El deterioro del poder adquisitivo del bolívar ha sido objeto hasta de un análisis ‘semántico-humorístico’ de las efigies del Libertador empleadas en las sucesivas denominaciones. (Del Bolívar vigoroso del billete de Bs. 100 a la imagen enferma que ostentan los billetes de Bs. 1.000). Humor negro, no cabe duda.
Tal deterioro ha llegado a expresarse en la necesidad, ya anunciada, de imprimir billetes con denominaciones de hasta cinco mil bolívares. Esta medida tendría por objeto facilitar las transacciones y aligerar los volúmenes de billetes de banco que hoy en día es preciso acarrear para los pagos más cotidianos.
En otras latitudes, en otros países se ha optado, en cambio, por reformular la definición del valor unitario de las monedas. Esto ha sido hecho algunas veces con éxito. Otras veces el cambio de la moneda no ha servido como un factor contribuyente al tratamiento de la inflación. El ejemplo antonomásico de un caso exitoso es el del franco nuevo, con el que la república francesa sustituyó a cien de los francos viejos. Ese cambio de valor se ha demostrado como estable.
Más recientemente, en varios países de América del Sur se ha procedido también a la emisión de nuevos signos monetarios sustitutivos de los anteriores, con mayor éxito que en otras ocasiones, cuando tales manipulaciones llegaron a verse anuladas dentro de los procesos hiperinflacionarios de Brasil y de varios países del Cono sur del continente.
Tiene sentido preguntarse, entonces, si una medida de naturaleza similar tiene cabida en Venezuela, y si la misma sería de algún modo eficaz en el tratamiento de la dolencia inflacionaria. Una escala de conversión adecuada para un nuevo bolívar sería la misma que la empleada por los franceses. Así, un nuevo bolívar debiera valer 100 bolívares de los actuales.
Probablemente sería más estable una medida de ese tipo dentro de una economía de mayores proporciones que la nuestra pero, aunque sólo fuese por su efecto facilitador de las transacciones en efectivo, aunque sólo fuese por su efecto psicológico sobre la población, vale la pena considerar la emisión de un nuevo bolívar más fuerte. La comodidad en el uso de una nueva moneda más poderosa puede llegar a ser un factor de cierta importancia, así como la psicología no es un factor a despreciar dentro del juego económico de sociedades, y convendría a la psiquis nacional ver de nuevo respetado en el símbolo monetario, hoy en día vergonzantemente disminuido, la persona del Padre de la Patria.
Es por esto que proponemos a la consideración de nuestros suscritores, para que se pronuncien en referéndum, la siguiente proposición: que se produzcan los pasos técnicos y legales necesarios para que el Banco Central de Venezuela proceda a emitir un nuevo bolívar que pueda cambiarse a una tasa de un bolívar nuevo por cada cien de los bolívares actuales”.
¿Define una “línea”, una postura ideológica el argumento inmediatamente precedente? En absoluto no. Coincidencias como ésa no me hacen chavista—menos si pensaba así hace más de una docena de años—como tampoco mi crítica de la actual oposición venezolana. Precisamente por considerar lo más sano para nuestra nación que cese lo antes posible el experimento de Chávez, es que literalmente desespero constatando la ineficacia y la ceguera del liderazgo opositor de los últimos ocho años.
Hoy seguimos constatando la misma invidencia y la misma ineficacia, mientras crece una cierta abulia, una anomia más o menos resignada, que sólo encuentra refugio en el estiramiento de las vacaciones decembrinas o el asueto de Carnaval (Caracas sigue agradablemente vacía y sin tráfico); mientras crece la extensión invasiva del gobierno. El enjambre ciudadano, sin embargo, rumia su situación. He allí el aprendizaje, que permitirá la emergencia de liderazgos nuevos. Quiero repetir acá el comienzo del principal artículo de la primera entrega en 2007 de esta carta: “El año 2007 puede ser mirabilis u horribilis para Venezuela, dependiendo, primero que nada, de la conducta del enjambre ciudadano. A la larga, es el trabajo de sus mujeres y hombres lo que determinará el progreso del país, y esto es así a pesar de los políticos. Claro que lo político será, como siempre, determinante, pero el conjunto de las acciones individuales de los pobladores de la nación hace la mayor masa, la mayor contribución”. LEA
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FS #132- Consejos de estadista
LEA, por favor
Tal como fuera anunciado en la anterior edición de la Ficha Semanal de doctorpolítico, este número 132 reproduce el discurso pronunciado por el Dr. Rafael Caldera el 1o. de marzo de 1989, en el extinto Senado de la República. Sus palabras se escucharon en sesión ordinaria convocada cuarenta y ocho horas después de la explosión del “caracazo”.
La enorme escala de la violencia liberada sobrecogió al país entero, e impactó al mundo, acostumbrado a una plácida democracia venezolana que había dejado atrás, a fines de la década de los años sesenta, la violencia política y social. Y he aquí que un hombre, cuando todavía no había cesado de un todo el gigantesco disturbio, llamaba a sus compatriotas a la serenidad, a la reflexión y al optimismo. Les llamaba también, insistentemente, a la rectificación y el esfuerzo. Este hombre era Rafael Caldera.
Al cabo del segundo período de Carlos Andrés Pérez, el mandatario que causó la conflagración con sus desalmadas medidas, poco después de haber celebrado con boato digno de rey su asunción al poder, Rafael Caldera asumió de nuevo la Presidencia de la República, a continuación del breve y laborioso interregno presidido por Ramón J. Velásquez. Con característica mala suerte, le tocó maniobrar la nave republicana desde una extensa crisis bancaria, que de algún modo había sido anticipada por banqueros como Oscar García Mendoza y analistas como Francisco Faraco. Durante todo su período, además, debió apañarse con precios bajos del petróleo, lo que hizo más difícil la gestión económica.
Caldera fue rápido en el diagnóstico, y no dejó de apuntar que “decirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras está viendo espectáculos de derroche, es casi una bofetada; la reacción es sumamente dura”.
La longitud del discurso, bastante mayor que la del publicado en el #131, nos llevó a pensar que podría ser fraccionado en dos entregas; al final optamos por reproducirlo aquí entero, creyendo que es más útil a los suscritores disponer de él en un solo archivo.
De este discurso observó el añorado Luis Castro Leiva: “…sorprende por su claridad y prudencia en medio de la conmoción causada por las acciones y pasiones desatadas… Veamos los efectos de no haber escuchado al Presidente Caldera a tiempo… El Gobierno olvidó la Razón, dejó de percibir la realidad, dos cosas simples indicadas por el Presidente Caldera. Tres años después Venezuela dio, como temiera el Orador en ese momento, un traspié”.
Así pasa con la potencia profética de personas imprudentemente desatendidas. El padre de un muy dilecto amigo solía decir: “Yo nunca tengo razón; yo siempre tenía razón”.
LEA
…
Consejos de estadista
Ciudadano Presidente del Senado
Ciudadanos Vicepresidentes
Honorables Senadores
La gravedad de la actual situación nacional, reconocida sin ambages por el Jefe del Estado en su alocución de ayer, me ha movido a solicitar en la Mesa Directiva del Senado autorización para usar esta alta tribuna que la Constitución ha puesto a disposición de los ex Presidentes de la República, para desde aquí expresar sus puntos de vista y enviar su mensaje al país en los asuntos de extraordinaria importancia que así lo requieran.
Hemos vivido, estamos viviendo todavía, aun cuando afortunadamente en algunos aspectos parece amainar la intensidad de los hechos, una situación indudablemente grave y de una trascendencia enorme para el país. No vamos a negar que hechos como éste sirven de ocasión para que algunos sectores se aprovechen de la situación, ya sea por intereses ideológico-políticos, o ya sea por finalidades que rozan con lo delictual. Pero es indudable, y lo reconoció el propio Presidente de la República, que un sentimiento que se ha venido apoderando del ánimo de nuestras clases populares hizo explosión con motivo de la primera de las medidas del “paquete” anunciado, la referente al aumento del precio del combustible y de los precios del transporte.
Nos tiene que doler intensamente lo que ha ocurrido. Aunque he tenido que vivir a lo largo de mi existencia muchos azarosos momentos que han marcado la difícil vía de Venezuela hacia la democracia, tengo en mi espíritu como la mayor satisfacción el haber podido contribuir a llevar a la realidad el anhelo de pacificación que está siempre presente en el corazón de los venezolanos. Pareciera que esa paz lograda, que ha sido uno de los atributos fundamentales de nuestra democracia actual, está amenazada por una situación realmente difícil, dura e inquieta, en que no basta el ejercicio indispensable de la autoridad gubernamental y de los recursos que el poder público pone a su disposición, sino que tiene que haber un enfoque profundo y sincero de la realidad social que estamos viviendo.
Por de pronto, nos duele que los hechos hayan producido pérdida de vidas venezolanas. Nos duele que se hayan cometido injusticias con modestos comerciantes, con pequeños industriales, con trabajadores que han padecido, como víctimas inocentes, los efectos de la situación. Nos tiene que doler que las dificultades del transporte colectivo sean mayores, con la desaparición por incendio de numerosas unidades.
Tenemos que llevar nuestro mensaje a todo el país y especialmente a los jóvenes, a las nuevas generaciones, a los sectores populares, para que abandonen una posición de violencia, pero indudablemente que nuestro mensaje caería en el vacío, si no hiciéramos el esfuerzo de de hacernos intérpretes de sus inquietudes y de sus motivaciones. No las motivaciones de los que quieren aprovechar pescando en río revuelto, sino las motivaciones de la gente que irreflexivamente, pero desbordando lo que tiene dentro de sí, ha llegado a realizar actos de violencia y saqueos que posiblemente no habían pasado por su imaginación.
Tenemos que darnos cuenta de que esta situación es grave. Por de pronto, el Gobierno Nacional tiene la obligación de recuperar la normalidad de la vida ciudadana, lo cual no solamente implica la protección de los almacenes, de los depósitos, de las farmacias, de los medios de comunicación, sino que supone de inmediato un esfuerzo muy grande, en el cual tenemos que ayudarlo todos, para restablecer el abastecimiento, que está en serio y grave peligro, en los artículos más esenciales para la vida de toda la población; y con ello remediar la necesidad que todos los habitantes de esta gran metrópoli, de las principales ciudades del país, tienen de vivir como seres humanos en una vida normal.
Creo que a los partidos políticos corresponden en estos momentos una responsabilidad y una obligación muy alta y también un papel sumamente importante: el de llegarle al pueblo para encauzar sus sentimientos hacia la actitud cívica, hacia la protesta ordenada, hacia la presencia dentro de los moldes de una Constitución y de unas leyes. Para esto es necesario que sientan la angustia de una hora difícil que está experimentando Venezuela. Es necesario para esto que el pueblo invitado a militar en sus organizaciones políticas, para expresar sus inquietudes, sus dolores, sus anhelos, sus sufrimientos, sus necesidades, tenga también la idea de que las autoridades no son indiferentes ante sus reclamos; de que sus planteamientos se atienden y se oyen. Y temo mucho que actitudes dogmáticas, fáciles de adoptar en la teoría, pero difíciles de llevar a cabo en la realidad, mellen en el ánimo del pueblo para que deje la violencia y se encauce hacia la resistencia, hacia la protesta, hacia la presencia cívica, lo que no podría obtenerse si no se le transmitiera la sensación cabal de que su actitud, sus posiciones encuentran oídos, tienen acogida, logran eco en la conducta de las autoridades.
En estos días se ha hablado mucho de lo económico y de lo social. Y hay una tesis de algunos técnicos de que primero es la economía y después lo social. Yo creo que la economía y lo social son inseparables. Y que es un error grave pretender dejar para más tarde que la gente coma, que la gente viva mejor, que la gente tenga mejores condiciones de existencia, para hacer una especie de ensayo, sobre el que algunos dicen: si no resulta, nos vamos todos. Cosa incierta. Porque no nos vamos a ir. Se irán los que puedan encontrar mayores facilidades de vida en otra parte. Se irán buenos inmigrantes que encontrarán que en Venezuela se acaba esa acogedora hospitalidad que los hizo hacer de este país su nueva patria. Se irán algunos cerebros que necesitamos para el desarrollo y a los que se les ofrecen en los medios científicos y financieros de países desarrollados, cláusulas, condiciones sumamente atractivas. Pero nosotros no. Los venezolanos de verdad, los que amamos a fondo esta patria, no nos vamos a ir.
Vamos a enfrentar la situación. Pero enfrentar esta situación requiere el esfuerzo de todos. En los últimos días se ha estado presentando como ejemplo que nuestro Gobierno debe seguir, el de la política adoptada por el Partido Socialista Obrero Español en el gobierno actual del Estado español. Han ignorado que España tiene unos indicadores económicos muy impresionantes, pero está en condiciones distintas, porque ha ingresado a la Comunidad Europea y esto plantea una situación completamente distinta. A pesar de ello, hace unas semanas una huelga general fue tan determinante que el propio Presidente del Gobierno, señor Felipe González, reconoció que había sido un gran éxito de la oposición. Esa huelga general la promovieron no sólo las Comisiones Obreras movidas por el Partido Comunista, sino la Unión General de Trabajadores que siempre ha sido la base fundamental del electorado del partido que está en el Gobierno. Y eso que en España hay una seguridad social bastante buena, excelente en comparación con la seguridad social en nuestro país, aunque los promotores de la huelga y la masa trabajadora consideran que necesita modificaciones y reajustes de acuerdo con las circunstancias que ha creado el aumento del costo de vida en aquel país.
Pienso que los técnicos, realmente, tienen buena intención y tienen conocimientos. Pero si olvidan el análisis de la realidad social, están equivocados. No soy yo quien vaya a negar la buena intención y el coraje del Presidente Carlos Andrés Pérez para lanzarse por este camino que los técnicos le han aconsejado. Pero quisiera decir que el partido Acción Democrática, que tiene el componente político del actual gobierno, está obligado a analizar los hechos, sus repercusiones, la situación de un país que tiene un margen elevado de gente que no gana ni siquiera hasta el nivel de pobreza crítica que en cualquier país civilizado daría lugar a la seguridad social. Esta realidad está planteada. Considero que tenemos la obligación de hacerle frente.
Al Fondo Monetario Internacional no lo he calificado nunca como una banda de facinerosos ni he usado frente a sus componentes calificativos que involucren ofensa. Pero es un organismo monetarista, que tiene una visión parcial de la situación, y que impone recetas que en definitiva no contemplan la amplitud del problema; que han demostrado lo impropio de su resultado en más de un país y precisamente en este Continente latinoamericano.
El problema del precio del combustible es un problema hasta cierto punto artificial, y sorprende que se haya empezado la aplicación del “paquete de medidas” anunciadas precisamente por el punto más crítico, por la situación más explosiva en todos los países del mundo, porque el transporte colectivo para el trabajador significa un gravamen considerable sobre su presupuesto y hasta un obstáculo para llegar a su trabajo de donde deriva su sustento. Esta aplicación de las medidas, multiplicada seguramente en parte por la usura y en parte por la realidad de que el costo de los vehículos y de los repuestos aumenta considerablemente con el anuncio de las medidas cambiarias, está agravada aun por el anuncio de que dentro de un año se va a duplicar. Es decir, que si se logra que en este año las cosas más o menos se normalicen y la gente más o menos acepte el costo social de las medidas, ya se está preparando para el próximo año una nueva provocación, una nueva situación en la cual sería muy difícil que no se produjeran hechos de tanta entidad como los que han ocurrido.
Los promotores o, por lo menos, los defensores del “Paquete de medidas del Ejecutivo”, el argumento principal que nos dan es que de no hacerse esto la situación sería después más grave. No le dicen que esto es bueno ni que es conveniente, le dicen a uno simplemente que esto no hay más remedio que hacerlo. Y yo me pregunto si esta argumentación es realmente exacta. Porque en el fondo, según lo dijo el propio Presidente ayer, esto que él no quiere reconocer como una capitulación ante el Fondo Monetario Internacional, es la condición para recibir un “dinero fresco” que el Fondo y otros organismos y la propia banca acreedora nos pueden enviar, no en forma de regalo sino en forma de préstamo oneroso que vamos a tener que satisfacer más tarde.
Pero este dinero que se necesita quizás más que todo para mantener artificialmente un cierto tipo de cambio en cuanto al sistema monetario, no creo yo que sea exactamente lo que se necesita si se ven las cosas desde otro punto de vista.
Yo no acepto la tesis de que la industria petrolera está en decadencia ni ha declinado. Venezuela vivió con un petróleo vendido a dos dólares. No puede dejar de vivir con un petróleo vendido a catorce, a dieciséis, a dieciocho dólares. El problema ¿dónde está? En dos aspectos:
Uno, en que el ingreso de divisas que el petróleo nos asegura —y que creo que el año pasado llegó a once mil millones de dólares— se utilice como debe ser: en las necesidades efectivas del país. Sin complacencia hacia los dilapidadores o hacia los aprovechadores. Sin corrupción, sino con mucha seriedad, con mucha responsabilidad, con mucho espíritu de justicia, abierto al juicio de los que pueden con toda rectitud verificar que se está manejando bien esa riqueza.
El otro, el problema de la deuda. Si no tuviéramos la obligación del servicio de la deuda en este momento, no digo yo que Venezuela estaría nadando en felicidad, pero su cambio internacional podría funcionar de una manera sana. Hay que insistir —y no se trata de un discurso aquí o allá—, se trata de plantear formalmente, ante los países acreedores, con la solidaridad comprometida de los gobiernos de América Latina, el que se abra un camino razonable y urgente para aliviar a estos países de esa terrible carga.
Pienso que desgraciadamente, los acontecimientos del lunes y de ayer pueden servir para que los Estados Unidos se den cuenta de lo absurdo de una política que no reconoce la urgencia, la gravedad de este problema, que puede echar por tierra —digámoslo con angustia, con dolor, la democracia en América Latina.
Venezuela ha sido una especie de país piloto. En este momento es lo que los norteamericanos llaman “show window”, “el escaparate de la democracia en América Latina”. Ese escaparate lo rompieron a puñetazos, a pedradas y a palos, los hambrientos de los barrios de Caracas a quienes se quiere someter a los moldes férreos que impone el Fondo Monetario Internacional, directa o indirectamente.
Yo quisiera que hubiera estado aquí antier el señor Baker, el Secretario de Estado del nuevo gobierno de Estados Unidos, que dicen que es un hombre duro y que nos quiere obligar a adoptar un sistema económico basado en principios liberales, que marchan bien donde hay otras realidades y otros sistemas. Estados Unidos es un país liberal, pero un país que le da de comer a los que ganan menos de doce mil dólares anuales, a expensas de la sociedad. Aquí se nos vende la tesis de un liberalismo a medias, que quiere aplicar la libertad en los sectores que resultan favorecidos y deja que vean cómo hacen, a los sectores depauperados a los cuales se les ofrecen meras posibilidades compensatorias.
Se ha logrado un acuerdo entre Fedecámaras y la CTV. Me duele que este acuerdo no lo hubieran hecho antes de los disturbios del día lunes, porque hubiera tenido más valor. Pero que no se diga que se está aumentando el salario de los trabajadores, que se están estableciendo compensaciones satisfactorias para ellos. Es apenas parte del daño sufrido el que se repone, porque la otra parte la sufren sus hogares, los hogares de los trabajadores. Si la merma del salario real llega a los índices que los propios técnicos reconocen, tenemos que admitir que lo que se les va a reponer es una parte de esa pérdida, pero que la otra la van a soportar ellos mismos; y lo que se les repone, en definitiva lo van a cubrir ellos mismos, porque se traduce en aumentos de precios y los precios recaen sobre el consumidor y el consumidor es, principalmente, el trabajador.
Esta situación es, repito, indudablemente grave. Es indiscutiblemente difícil. Tenemos que abrir caminos para la solución. Por de pronto, se pide reflexión. Yo estoy convencido de que tenemos que pedirle reflexión al pueblo, reflexión a todos los sectores; tenemos que pedirle reflexión también al Gobierno.
El Gobierno debe estudiar estos hechos a fondo. Me recordaba la Senadora Pulido que en Francia, cuando aquellos grandes acontecimientos, que se llamó “el mes de mayo del General”, se resolvió nombrar una gran Comisión por la Asamblea Nacional, para estudiar las causas y características de la violencia. Esto hay que hacerlo, pero hay algo más urgente, más inmediato. Yo creo que no sería conveniente que el Gobierno Nacional se encasillara en una posición y dijera que esto tenía que suceder pero que las medidas van adelante, sin ningún análisis de las modificaciones que se puedan hacer.
En materia de gasolina, los argumentos confieso que no me han convencido. Desde hace años, algunos venimos preguntando por qué no se hace en serio un experimento con el gas natural, que se está derrochando y perdiendo en los yacimientos venezolanos, para que los autobuses y los taxis anden con sus bombonas de gas y la gasolina que se ahorre se pueda vender al precio internacional para mejorar las finanzas.
La idea del alza de los intereses la justifican algunos técnicos diciendo que tiene por objeto contraer la liquidez para que la gente tenga menos dinero para comprar dólares y se pueda equilibrar el mercado cambiario.Yo me pregunto si ese objetivo vale el sacrificio que significa para tanta gente, al ponerle el dinero inaccesible, porque el dinero con esos intereses tan altos no lo pueden pedir prestado sino los que tengan negocios de usura, en los cuales pueden ganar por sus actividades porcentajes superiores al que le tienen que pagar a los bancos.
Esta situación reclama, en verdad, análisis, estudio y consideración. Sostengo que esta reflexión es indispensable y que tenemos que dar el ejemplo. El ejemplo debe empezar a todos los niveles. Yo, por ejemplo, debo confesar aquí con toda sinceridad que me preocupa, me mortifica, me inquieta que el Congreso se vaya a encajonar en una guerra a cuchillo entre Gobierno y Oposición. Creo que es necesario dar otro ejemplo: que es necesario que unos y otros estén dispuestos a buscar caminos para el entendimiento; pero esos caminos no se logran con posiciones unilaterales e irreductibles. Aquí hay gente con experiencia de la vida política y de la negociación bien inspirada, y que debe tener conciencia del momento tan difícil que está viviendo este país y del entorno que estamos viviendo en los países hermanos.
En un discurso que pronuncié el 23 de enero en Petare, con motivo de un nuevo aniversario de nuestra democracia, no oculté mis preocupaciones. Si hacemos un recorrido imaginario por todos los países de América Latina, nos angustiamos más y no podemos tener la ingenua idea de que Venezuela no será, en modo alguno, afectada por lo que pueda ocurrir. Tenemos el deber de abrir camino, tenemos el deber de hacer realidad eso que han dado ahora en llamar “concertación”, que en realidad, fundamentalmente, reside en el diálogo. Pero no el diálogo después de que las posiciones están tomadas, sino el diálogo para tomar las posiciones.
En el primer período de gobierno, cuando era Presidente Rómulo Betancourt, muchas veces desde Miraflores teníamos que hablar ante la televisión los representantes políticos, los representantes empresariales, los representantes laborales, para llamar al pueblo a tener confianza y a desistir de la violencia; pero previamente nos habíamos puesto de acuerdo sobre las medidas que se iban a establecer; las discutíamos, las analizábamos, se modificaban a veces y cuando estábamos de acuerdo, nos era fácil defenderlas. Pero no es tan fácil que llamen a alguien a defender una posición sobre la cual ha manifestado dudas y en relación a la cual no se le ha dado la oportunidad de discutir.
Yo creo indispensable —como he dicho antes— la reflexión. Me parece que sería un error patriótico de la Oposición poner contra la pared a Acción Democrática. Obligaría a defender a todo trance y como sea, medidas que pueden producir un daño irreversible. Yo creo que hay que darle la oportunidad a ese componente político, para que analice, estudie y haga sentir su juicio, porque son muy respetables y muy dignos de aplauso los técnicos que están en el Gabinete, pero alguien me decía (y esto lo expreso sin ninguna desconsideración para ellos) que si el asunto fracasa, ellos vuelven a sus cátedras en sus institutos, mientras que el daño lo va a sufrir la democracia venezolana, en la cual los partidos que tienen mayor representación popular son los que cargan mayor responsabilidad y tienen más que perder.
Pienso, pues, que es necesario hacer que se prenda la luz de la razón, que se abra un camino para la discusión constructiva. No se le puede pedir sacrificio al pueblo si no se da ejemplo de austeridad, La austeridad en el Gobierno, la austeridad en los sectores bien dotados es indispensable, porque decirle al pueblo que se apriete el cinturón mientras está viendo espectáculos de derroche, es casi una bofetada; la reacción es sumamente dura.
Todos los dirigentes políticos democráticos en Venezuela hemos ratificado nuestra fe en el pueblo. El pueblo es el sujeto de la democracia, el sujeto de la vida política; pero pareciera que a medida que se institucionaliza el sistema, como que nos fuéramos alejando más de ese pueblo, del pueblo que siente, que vive, que se expresa de una manera impropia y a veces busca estas formas de expresión que llegan a lindar con la barbarie, pero al que hay que comprender. Tenemos que restablecer esta comunicación.
En el primer período de la democracia, el pueblo trabajador, el pueblo sano, estaba por defender el sistema; sufría, pero sentía que ese sistema era su garantía, que ese sistema era su apoyo fundamental. No debemos dejar que esto se pierda. Estamos en peligro de perderlo y, ¡ay! cuando se pierde esa relación entre el pueblo y sus dirigentes ¡qué difícil es restablecerlo! Se abre el campo para los demagogos, para los ambiciosos, para los especuladores, que no llevan en el fondo una sana intención de beneficio nacional.
Yo creo que lo que está pasando ahora, que nos obliga a todos a ayudar al Gobierno Nacional, a restablecer el abastecimiento, a restablecer los servicios, a hacer sentir de nuevo a la comunidad que puede vivir una vida normal, no puede verse como un episodio aislado. Es un alerta, un grave alerta y tenemos que aprovechar ese alerta para orientar la vida del país. Para rescatar la fe de los jóvenes, para restablecer en ellos, que no sufrieron lo que otras generaciones sufrieron para conquistar la libertad, el amor a esa libertad, el respeto a los derechos humanos y a todo lo que esto representa en la vida de cada venezolano.
Si estamos conturbados y dolidos por lo que está ocurriendo, la conclusión que debemos sacar es que ello nos obliga más. Vamos a hacer un esfuerzo todos, Gobierno y Oposición, adecos, copeyanos, masistas, militantes de los otros partidos, empresarios, trabajadores; vamos a buscar y a hacer verdad algo que decimos con mucha frecuencia, pero que cada uno está tratando de eludir; que cada uno asuma su cuota de sacrificio y que estemos listos para superar este momento tan delicado y sepamos, además, que no somos nosotros solos los que nos estamos jugando el porvenir.
Aquí están los amigos paraguayos, con quienes he tenido la oportunidad de departir, compartiendo su presencia valerosa contra la Dictadura allá ven su propio país. Muchos países de América Latina tienen sus ojos puestos en Venezuela. Si Venezuela da un traspié, será muy grave para todo el Continente.
¡Vamos pues, a luchar, vamos a recuperar el optimismo! Pero vamos a restablecerlo con el reconocimiento de la realidad. No vayamos a crear falsas mentiras. No creo que tenemos la obligación de aceptar como irrefutables e indiscutibles dogmas de organismos internacionales, que pueden estar bienintencionados dentro de su dirección, pero cuyos consejos, que muchas veces no son consejos sino condiciones para firmar Cartas de Intención y para darnos un poquito de dinero con el cual les paguemos sus intereses y podamos sobrevivir, sean el único camino que debemos seguir para superar los obstáculos e ir hacia adelante para alcanzar el porvenir.
Creo que en este momento Venezuela espera mucho de su dirigencia política, de su dirigencia empresarial, de su dirigencia laboral. Vamos a hacer un esfuerzo, un noble esfuerzo y a establecer bases realmente sanas y sólidas, para que acontecimientos como los que estamos viviendo no se vuelvan a repetir.
Honorables Senadores, muchas gracias.
Rafael Caldera






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