el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

CS #155 – Entrevista de empleo

Cartas

Hace tiempo que conté aquí que Don Pablo Moser Guerra concibió la conveniencia de unos avisos en la prensa en los que se solicitara candidato a la Presidencia de la República, con algunas estipulaciones mínimas. Razonaba que si cualquier empresa anunciaba su interés por un gerente, y especificaba sus requisitos, asimismo tenían los electores que especificar los exigibles a un cargo presidencial.

Y hace ya dos años que el Dr. José Raúl González Ágreda, el hombre con el nombre de los cuatro acentos, concibió un cuestionario pensado para quienes en aquel entonces fueron considerados como posibles presidentes de transición. Esto es, a la sucesión de una hipotética cesantía del presidente Chávez, como consecuencia de un resultado referendario adverso. Es una lista de preguntas que el candidato debía ser capaz de contestar de inmediato, que no dependieran de equipos de programación de gobierno por reunirse o congresos ideológicos por cavilar. Nadie que creyera ser el más indicado para dirigir los negocios de la República podría pretenderlo responsablemente sin saber qué haría a ciertos respectos. Sin haberse él mismo planteado las cuestiones.

El sensato y sereno cuestionario es éste: «Sinopsis razonada de los criterios que fundamentan y justifican la propuesta, enfocada sobre la pregunta: ¿cuáles son los atributos personales y culturales que el candidato considera tener para cumplir las funciones de la Presidencia Provisional en mejor forma que el resto de los aspirantes? Resumen de los conceptos del candidato sobre la conducción de la economía y los principales problemas que deben atenderse, incluyendo PDVSA. El problema social que vive el país. La delincuencia. La pobreza. La fuerza armada. Cómo enfrentar las divisiones percibidas en su seno. Las relaciones exteriores. USA, las guerrillas colombianas, Fidel Castro. Hugo Chávez y su partido trabajando fuertemente en la oposición. Cómo manejar este asunto». (Además González Ágreda pedía un currículum vitæ e inquiría por asuntos financieros de campaña y la reacción de quienes hubieran sabido de la pretensión).

Hoy en día, después de dos años de formuladas las preguntas, siguen siendo cruciales las respuestas, puesto que cualquier candidato que venciera a Chávez y a todos los demás candidatos tendría que vérselas con los problemas enumerados.

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No hay duda de que a pesar de ser esta semana una de inscripciones de candidatos a la Asamblea Nacional, hay activas corrientes candidaturales a la Presidencia. La de Petkoff es una, la de Julio Borges es otra, la de Roberto Smith es otra, la de Hugo Chávez es otra. (La lista no es exhaustiva). Cada uno de estos ciudadanos, creo, estaría obligado a contestar un cuestionario de ese tipo. Es más, no debiera admitirse, por ley, ninguna candidatura que no hubiera contestado algo así. Ni siquiera la del Presidente en ejercicio, si es que pretendiera su reelección legal.

Si nos pusiéramos brutos, si nos dirigiéramos back to basics ¿qué es lo único que justificaría una candidatura presidencial? Que ésta fuera la de una mujer u hombre que creyeran tener tratamientos eficaces y viables a los más importantes problemas públicos nacionales. Ninguna otra cosa. Un médico no se legitima porque mida uno noventa o porque sea su voz estentórea; tampoco porque haya visto al paciente primero; menos porque haya acusado a su colega de corrupción. Lo único que lo legitima como médico es poder exhibir, explicar su terapéutica ante el juicio electoral. Por la misma época de la redacción del cuestionario González Ágreda, un candidato que ignoraba su existencia explicó a una distinguida concurrencia que «…había que reactivar la economía, que había que pedir prestado para no imponer un nuevo ajuste a los golpeados venezolanos, y que había que hacer un gobierno tan inclusivo que aun podría—o debería—tener ministros del chavismo en el gabinete. (Así lo enfatizó con ejemplos históricos, entre los que destacaba el caso de la sucesión de Francisco Franco: Adolfo Suárez había guiado un consejo mixto de ministros, en el que algunos miembros lo habían sido del último gabinete falangista)… Uno de los asistentes le formuló una pregunta que no quiso contestar (ni siquiera referirse a ella ante reiteradas peticiones de que la afrontara): ‘¿Cuáles entre los ministros de Chávez conservaría Ud. en un gabinete de transición?’ Con esta evasiva concluyó la presentación, que había comenzado por una aclaratoria probablemente innecesaria, pero que él consideró de ineludible importancia: no debía pensarse que él gustaba de maquillarse; la uniforme lisura de su tez se debía a que venía de un estudio de televisión, donde habían aplicado ‘pancake’ a su rostro. (Con lo que de paso hacía notar a los oyentes que él era, además, persona profusamente televisada). Eso fue exactamente lo primero que dijo». (Carta Semanal #55, 25 de septiembre de 2003).

Lo que es asombroso es que semejante pretensión de legitimidad programática fuera expuesta del modo más fresco, que hubiera quienes la escucharan y quienes la aplaudieran.

No sólo estamos en todo el derecho de exigir una legitimación programática. Debemos exigir igualmente seriedad en el asunto. Decir que hay que reactivar la economía no es la solución, sino mencionar el estado (economía reactivada) que debiera obtenerse luego de la aplicación de una solución verdadera. Es una falsa solución. Equivale a que un paciente visite al médico para decirle que se siente mal y desea ser curado, sólo para escuchar del médico que está enfermo y debe curarse.

En esto pudieran ayudarnos los comunicadores sociales, en concretar respuestas candidaturales a un cuestionario como el de González Ágreda, en no admitir evasivas o respuestas vagas o impertinentes, en no cejar hasta que el candidato concrete o admita que no sabe. Por ejemplo, desde la semana entrante los candidatos de todos los signos a la Asamblea Nacional debieran comenzar a explicar cuáles son sus respectivas agendas legislativas.

Y repito que nadie más obligado que el candidato Chávez. Esta vez no se trata de una revocación de mandato, sino de la elección a un nuevo período. Hugo Chávez está obligado a explicar con toda claridad cuál es el arsenal terapéutico que pretendería aplicar desde la Presidencia de la República a partir de 2007.

Ya una o dos veces le he caracterizado como cirujano político, no como médico político. En artículo aparecido en El Diario de Caracas en febrero de 1999, cuando el actual presidente no había cumplido un mes en el cargo, escribí: «No cabe duda de que el presidente Chávez es un cirujano político. No sólo es que pretendió operarnos en 1992 con toda la potencia de sus herramientas traumatizantes, sino que ahora su impaciencia, su locuacidad, su militarización del Poder Ejecutivo, su fijación sobre lo corrupto, indican a las claras que su protocolo de actuación es quirúrgico. Estamos en manos de un cirujano. Y el cirujano, a diferencia del médico, toma control total sobre el paciente, al punto que lo amarra o lo duerme. Eso es exactamente lo que está haciendo el presidente Chávez».

Y antes: «Esa caracterización corresponde a la técnica invasiva y traumática de su modo de proceder. Las herramientas del cirujano son las tenazas, la sierra, el martillo, la legra, el bisturí».

Y también: «…las intervenciones quirúrgicas deben ser lo más breves que sea posible. El cirujano somete al paciente a un trauma que debe acortarse en el tiempo. La más compleja y arriesgada intervención quirúrgica durará, tal vez, catorce horas, con un corazón abierto, con una trepanación, con un transplante. Pero no una semana. No se puede tener anestesiado a un paciente, ni someterle a una invasión de su estructura corporal, durante cuatro o cinco días. El tiempo político es más largo, por supuesto. Un año, por ejemplo. Si se cumple el cronograma constituyente más o menos anunciado, en el lapso aproximado de un año el país contaría con una nueva constitución política para su Estado, y estaría enfrentando, por ese mismo hecho, una necesidad de relegitimación de sus poderes constituidos. Uno de esos poderes constituidos es, justamente, el del Presidente de la República. Es el mismo presidente Chávez quien ha argumentado en este sentido. Según sus propias palabras, dentro de un año volveríamos a tener elecciones para la Presidencia de la República y para los cuerpos deliberantes diseñados en el proceso constituyente. Para ese momento reconoceré el derecho del presidente Chávez a postularse de nuevo para la Primera Magistratura. Pero para ese momento, en tanto Elector, requeriré que Hugo Chávez me muestre un protocolo médico, no uno quirúrgico, pues a esas alturas deberemos estar entrando en el lapso postoperatorio. Tendrá que legitimarse, entonces, como médico, no como cirujano».

Ya llevamos casi siete años de operación. No creo que nos convenga o queramos continuar abiertos como res, inmovilizados sobre la superficie de una mesa de disección. LEA

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FS #63 – Mecánica democrática

Fichero

LEA, por favor

William James Durant estaba muy viejo y enfermo a sus 96 años de edad. Por tal razón su hija (Ethel) y sus nietos trataron de ocultarle la noticia del deceso de su esposa, compañera, alumna, colega y socia desde hacía setenta años. (Ida Kaufmann, a quien todo el mundo conocería por el sobrenombre de Ariel que Will le pusiera, estaba hospitalizada y murió el 25 de octubre de 1981. Will Durant supo de su muerte por televisión, y decidió acompañarla, luego de un íntimo duelo de menos de dos semanas, el 7 de noviembre).

Los esposos Durant dedicaron su vida a enseñar el legado de la civilización occidental. Para esto emprendieron la escritura de una ambiciosa colección de tomos sobre la historia de la civilización. (The Story of Civilization). Previamente Will había escrito The Story of Philosophy, (1926) un best seller que puso a Simon & Schuster en el mapa editorial y dio a los esposos la libertad financiera para emprender su obra magna. El décimo tomo (Rousseau and Revolution, 1967) de la serie de once libros más una sinopsis analítica, les valió el Premio Pulitzer de Literatura.

Entre ambos esfuerzos Will Durant escribió The Mansions of Philosophy (1929), obra que revisaría y volvería a publicar en 1953 bajo el nombre de Los placeres de la filosofía. La Ficha Semanal #63 de doctorpolítico se compone de la tercera sección (Los mecanismos de la democracia) del Capítulo XVIII (¿Es la democracia un fracaso?) de esta obra. Durant, que había comenzado su vida como socialista, dibuja en esa sección una descripción decepcionada, realmente incrédula y terrible de las instituciones democráticas, cuyas carencias expone descarnadamente. Para la edición de 1953 Durant escribió una docena de líneas a manera de Confesión, en las que dice: «Ciertas páginas son pesadamente sentimentales, pero todavía me expresan con fidelidad. Otras son cínicas o indebidamente pesimistas, especialmente en el Capítulo XVIII; habiendo descubierto mi propia falibilidad, debiera ser más indulgente ahora con mis semejantes y con los gobiernos».

Él mismo, por otra parte, había escrito: «Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas».

LEA

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Mecánica democrática

En una nación en la que los pocos que realmente gobiernan deben alcanzar alguna demostración de consenso popular, surge una clase especial cuya función no es gobernar, sino asegurar la aprobación del pueblo para cualquier política que haya sido decidida por esa inevitable oligarquía que se esconde en el corazón de todo estado democrático. Llamamos políticos a los hombres de esta clase. Hablemos ahora de ellos.

Los políticos se dividen en partidos, y alínean al pueblo en campos hostiles. El espíritu partidista natural de la humanidad hace fáciles a esas organizaciones, que son la supervivencia de las lealtades tribales para la guerra. Los salvajes australianos viajan a través de su vasto continente para tomar, en una pelea, el lado de aquellos que usan el mismo tótem. Todavía el tótem ayuda a organizar; los partidos que usan un elefante o un asno como sus emblemas sagrados parecen pasarla mejor que aquellos que ingenuamente escogen la antorcha.

Ahora bien, la organización de los partidos es costosa y requiere ángeles—idealistas realistas que pagan los costos de salones de billar, salones de clubes, excursiones y campañas, y que se satisfacen con la recompensa de seleccionar los candidatos, asegurar ciertos contratos y nombramientos, obtener protección contra leyes absurdas y molestas, y jugar un papel tranquilo en las arduas tareas de la legislación. «Aquél que nomina gobierna». El pueblo no puede nominar a nadie, ni siquiera en las primarias. Porque el pueblo está desorganizado y desinformado; puede confiarse en que asignará sus favores con aproximada igualdad, y una minoría pequeña pero bien organizada, que otorgue sus votos enteramente hacia un lado, puede usualmente decidir una convención, una primaria o una elección. La «maquinaria» triunfa porque es una minoría unida que actúa contra una mayoría desunida. Quizás era esto lo que Carlyle quería significar cuando dijo: «La democracia es por su propia naturaleza un asunto de anularse a sí misma, y rinde en el largo plazo un resultado neto de cero». «Una verdadera democracia», dijo ese apasionado demócrata Jean Jacques, «nunca ha existido y nunca existirá, porque es contra el orden natural de las cosas que la mayoría gobierne a la minoría». Toda la política es la rivalidad de minorías organizadas; los votantes son atletas de grada que vitorean a los victoriosos y abuchean a los derrotados, pero de ningún otro modo contribuyen con el resultado.

Bajo tales circunstancias el voto es superfluo, y es llevado a cabo en gran medida para engrasar los surcos del control social estableciendo en la mente del pueblo la noción de que las leyes son hechas por él. En las democracias, dijo Montesquieu, los impuestos pueden ser mayores que en cualquier otro lado sin levantar resistencia, porque todo ciudadano los ve como un tributo que se paga a sí mismo. L’état c’est lui—él es el estado, y el presidente es el jefe de sus sirvientes. Haz cosquillas al orgullo de un hombre y podrás hacer cualquier cosa con él. Los romanos gobernaban al pueblo mediante panem et circenses; nuestros dueños sólo necesitan darnos un circo cuatrienal—nosotros proveeremos nuestro propio pan y sufragaremos el circo.

Casi la única ventaja que una elección tiene con estas premisas es la oportunidad educativa que ofrece la atención despertada en la gente. Pero en la mayoría de los casos esto se anula con un astuto escamoteo de los verdaderos temas en juego; un político no es nada si no es capaz de inventar algunos temas llamativos y poco importantes para desviar los ojos del populacho lejos de los problemas realmente implicados. Así, en la elección canadiense de 1917 el tema real de conscripción vs. alistamiento fue sutilmente tapado al señalar que la derrota de la propuesta de conscripción significaría la dominación de Canadá por el elemento francés de la población. Los habitantes ingleses se levantaron en masse y votaron a favor de la dominación inglesa y la conscripción. Una buena vitrina venderá cualquier clase de pacotilla política. Las elecciones se vuelven un concurso de fraude y ruido, y como los argumentos serios hacen el menor ruido, la verdad se pierde en la confusión. Añádase a esto la manipulación de los distritos urbanos para preservar el poder en las comunidades rurales conservadoras, la vasta población flotante desarraigada por su movilidad, un grado de deshonestidad y violencia en las votaciones, y usted obtiene democracia. Bajo tales condiciones «un voto se hace tan valioso como un billete de tren cuando la línea está permanentemente bloqueada». ¿Debe sorprendernos que la proporción de votantes reales sobre votantes legales haya disminuido de 80% en 1855 a 50% en 1924? ¿O que hombres inteligentes rehúsen pararse en una cola una hora para el privilegio de registrarse y luego de nuevo una hora por el privilegio de votar, es decir, el privilegio de escoger entre A y B que pertenecen ambos a X?

No obstante, supongamos que hemos votado. La elección ha pasado, las acciones subieron, y los senadores y representantes electos van a Washington (unos meses más tarde) para formar nuestro Congreso, nuestro Parlamento o Tienda de Parla, nuestra Discusión Nacional. Nada puede ser más desconcertante que las sorpresas que encuentran estas damas y caballeros electos. No es únicamente que a los hombres que se reúnen en asambleas las orejas les crecen instantáneamente. Ellos han sido escogidos por su habilidad política en el sentido americano—esto es, la habilidad para ser nominados, anunciados, aplaudidos y elegidos; poseen esa clase de habilidad en una forma altamente desarrollada y especializada. Normalmente son gente subordinada, dispuesta a la disciplina, elástica de conciencia, y libre de una peligrosa originalidad o genio; nada los descalificaría tanto para el oficio (o para las aproximaciones tortuosas al oficio) como el genio de cualquier clase—sobre todo el genio de estadistas. Ya debiera ser aparente a estas alturas que un hombre tiene una mejor oportunidad de alcanzar un alto cargo si logra una reputación de mediocridad.

Ahora, de repente, nuestro representante se halla asediado por problemas distintísimos de los que ha resuelto en la ruta hacia el poder. Aquellos eran problemas de política: de paciente lealtad hacia los líderes de barrio, de distrito y de condado; de influencias subterráneas y entendimientos secretos; de discursos y acusaciones y desmentidos y publicidad manipulada; de contribuciones solicitadas de modo inconspicuo y gastadas con un ojo sobre la ley; de favores hechos a los poderosos y promesas hechas al resto. Pero estos problemas que caen sobre él en Washington, y le abruman con mil proyectos de ley, son problemas de economía: tienen que ver con propiedad de la tierra, materias primas, minas de carbón, pozos de petróleo, energía hidráulica, producción, competencia, transporte, navegación, aviación, arbitraje, distribución, mercadeo y finanzas; implican detalles esotéricos sólo inteligibles para un especialista, y dolorosos más allá de lo soportable para un hombre cuya especialidad es la intriga. Nuestro representante busca refugio en su periódico y vota como se le dice.

A medida que el gobierno se hace más complejo, los funcionarios electos se hacen menos y menos importantes; los expertos contratados más y más importantes. El poder ejecutivo «invade al legislativo» porque está armado y apoyado por comités expertos—Consejos de la Reserva Federal, Comisiones Federales de Comercio, Consejos del Trabajo, Comisiones de Comercio Interestatal, comisiones de la deuda… Durante la administración del presidente Harding los miembros del Congreso recibieron un shock al encontrarse sentados, en un desfile, detrás de los miembros de algunas de las comisiones mencionadas. El Senado protestó con diez Considerandos y dos En Consecuencias, y el Sr. Harding contestó con esa amable suavidad que le había bastado para hacerlo Presidente. Pero la paja había mostrado el viento. El «gobierno representativo» había sido quebrado; la democracia no había encontrado forma de elegir cerebros a los cargos; y los cerebros habían sido puestos en el poder mientras la democracia hacía discursos o leía periódicos.

¿Será ésta la razón por la que tan insistentemente recomendamos la democracia a nuestros enemigos? Nietzsche habla de la «disposición que soporta la forma democrática de gobierno en un estado vecino—le désordre organisé, como dice Mérimée—por el solo hecho de que asume esta forma de gobierno, hace a esta nación más débil, más distraída, menos apta para la guerra». Tal vez esta entronización democrática de la mediocridad y la incompetencia, la sofistería y la corrupción, tenga algo que ver con la transición platónica de un gobierno parlamentario a la «tiranía» o la dictadura en Italia y España y Grecia y Rusia y Polonia y Portugal, y a la amenaza de desarrollos similares en Francia. En cuanto a nosotros, veamos lo que ha ocurrido: las fuerzas de la reforma política han sido derrotadas la mayor parte del tiempo, y cuando han logrado una extraviada victoria ha sido mediante la adopción de los métodos empleados por la «maquinaria»—de forma que el triunfo de la «reforma» en ciertos estados ha tenido algo del carácter de la conversión del mundo a la cristiandad, en la que no estuvo nada claro cuál de las dos partes se convirtió a la otra. «La política está ahora tan completamente dominada por las maquinarias como durante los 80… Los políticos profesionales son más que nunca nuestros dueños. Después de cincuenta años de lucha han finalmente derrotado a su enemigo, el reformador». Ha triunfado la mediocracia. En todas partes la inteligencia ha huido de las plataformas de la democracia como de una corriente envolvente. Los necios están en la silla y cabalgan a la humanidad.

Sí, esto es una visión parcial, un memorial de agravios antes que un análisis completo. Las virtudes semiredentoras de la democracia han sido loadas por suficiente tiempo como para necesitar aquí ninguna letanía. Es verdad que la opresión de las minorías por las mayorías es (numéricamente) preferible a la opresión de mayorías por minorías; que la privación democrática del hombre educado no es peor que la sujeción aristocrática del nuevo talento por la prosapia antigua; que la democracia ha levantado el espíritu y el orgullo del hombre común tanto como ha roto el espíritu y esterilizado el genio del individuo excepcional; que el votante omnipotente tiene ahora una sensación de personalidad liberada que en algún grado sustituye al coraje y el carácter; que ya no hay siervos (conscientes) entre nosotros, y que cada hombre puede saber que es un presidente potencial. Pudiera ser, como el paciente Bryce concluyese laboriosamente, que hay algunas formas de gobierno peores que la democracia.

Pero mientras más la examinamos más alterados nos vemos por su incompetencia y su insinceridad. Puesto que no es real el poder político a menos que represente el dominio militar o económico, el sufragio universal es un espectáculo costoso. La dictadura sólo puede reivindicar una superioridad—es más honesta; «el poder absoluto», dijo Napoleón, «no tiene necesidad de mentir; actúa sin decir nada». La democracia sin educación significa hipocresía sin límites; significa la degradación del arte del estado en política; significa el costoso mantenimiento, además de la real clase gobernante, de una gran clase parasitaria de políticos cuya función es servir a los gobernantes y engañar a los gobernados.

La última etapa del asunto es el gobierno del gángster. Los criminales florecen felizmente en nuestras grandes ciudades, puesto que se les garantiza plena protección y cooperación de la ley. Si pertenecen a la organización, o tienen amigos en ella, tienen todas las seguridades de que si cometen un crimen no serán arrestados, que si son arrestados no serán convictos, que si son convictos no serán enviados a la cárcel, que si son enviados a la cárcel serán perdonados, que si no son perdonados se les permitirá escapar. Si tuvieran que ser muertos en la práctica de su profesión, serán enterrados con la grandeza y ceremonia debidas a un miembro de la clase gobernante, y lápidas memoriales serán erigidas en su honor. Es éste el dénouement de la democracia municipal.

Seremos cobardes de rango si ya no pestañeáramos ante este despertar del mal en nuestros sueños ilusos. Si no podemos encontrar algún remedio a la democracia que la limpie de su villanía y la desembarace de su ignorancia, mejor haríamos en regalar nuestra Constitución a alguna nación imberbe e importar un rey.

Will Durant

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CS #154 – La historia es otra

Cartas

Hasta 1973 la economía venezolana creció serena y consistentemente, a ritmo sensato, dentro del marco de la democracia. A comienzos de ésta (1959) el Estado venezolano propició una reforma agraria, pero también una política de industrialización que implicaba un explícito e importante estímulo a la actividad económica privada.

A partir de 1974 el país experimentó un crecimiento desmedido, cuyas consecuencias seguimos sufriendo a la fecha. En ese año se había cuadruplicado, en cuestión de meses, el valor de las exportaciones energéticas venezolanas, a raíz del embargo árabe de fines de 1973.

Es conveniente enfatizar este hecho: el crecimiento de la década 1973-83 no se debió a factores buscados por Venezuela, sino a causas totalmente exógenas determinadas por terceros actores internacionales, entre las que debe anotarse además la profusa y espléndida oferta de financiamiento internacional de la época.

Cualquier economía, por más sana que fuese, enfermaría de importancia si se viera inundada de esa forma por tan desorbitada y repentina fortuna. De hecho, se conoce con el nombre de «enfermedad holandesa» a procesos de este tipo, para designar la dolencia económica en la que el súbito influjo de ingreso petrolero y ayuda internacional puede destruir la economía. (En los años 70 la explotación de petróleo en el Mar del Norte generó una inundación, esta vez de dólares, en Holanda. La divisa holandesa se revalorizó sustancialmente, encareciendo sus exportaciones no petroleras hasta el punto de hacerlas no competitivas. Al mismo tiempo la importación se hizo barata, y los altos salarios del sector petrolero causaron su elevación en otros segmentos de la economía. Estas fuerzas se combinaron para causar estragos en la actividad privada no petrolera).

De modo que sufrimos una enfermedad por factores no endógenos. Sufrimos un atragantamiento e indigestión de divisa extranjera. (En 1963 el Primer Curso de Dirigentes Campesinos del Instituto Venezolano de Acción Comunitaria se celebraba en Caracas, con una duración de un mes. A los pocos días de haberse iniciado la angustia cundía entre los directivos del instituto, pues la gran mayoría de los dirigentes campesinos asistentes habían enfermado de aguda dolencia digestiva. El temor inicial de una intoxicación causada por presuntos alimentos descompuestos dio paso después a la comprensión de la causa real de la epidemia: los asistentes al curso rara vez habían comido tres veces diarias, y la ingesta normal que ofrecía el IVAC representaba un marcado salto en la dieta habitual de los enfermos. Lo que en principio es bueno puede perfectamente hacerse pernicioso en la práctica, en ciertas condiciones).

Y tampoco es que la gestión económica pública de la época no intentó protegerse de la enfermedad. La creación del Fondo de Inversiones de Venezuela pretendió ser el remedio que luego se prescribiría en el Irak invadido para precisamente buscar esa protección. («En Irak sus funcionarios se preocupan porque el influjo de dólares empuje hacia arriba el valor de la moneda local y dispare los salarios hasta el punto de que la manufactura y otras industrias no petroleras languidezcan… Entre los remedios que la administración Bush está considerando para contrarrestar la enfermedad holandesa está la creación de un fondo para estabilizar el ingreso petrolero del gobierno incluso ante fluctuaciones en los precios del crudo…» Michael M. Phillips, U.S. Tries to Gird Iraq for the Perils of Oil-Cash Glut, The Wall Street Journal, 19 de enero de 2004).

Debe apuntarse, por otra parte, que la República de Venezuela trató de emplear el excedente de ingresos en inversión económicamente razonable. En 1975 cualquier economista del planeta hubiera recomendado al gobierno venezolano que hiciera lo que precisamente emprendió: el desarrollo, mediante concentradas e importantes inversiones, de sus «ventajas comparativas». Si Venezuela se caracterizaba, además de por su elevado ingreso petrolero, por una abundancia de minerales de hierro y aluminio en una región bendita por la presencia de energía hidroeléctrica abundante y relativamente barata, entonces hacia allí debía ir la inversión pública. El Plan IV de SIDOR fue el programa emblemático de esa política.

Pero nadie entreveía entonces que una profunda transformación de la economía mundial estaba en marcha y haría eclosión en el último cuarto del siglo XX. Así, hubo que esperar a 1986 para leer un comentario como el siguiente: «La Revolución Industrial estuvo en gran medida basada en mejoras radicales en los métodos de modificación de materiales básicos tales como el algodón, la lana, el hierro y más tarde el acero. Desde entonces, continuas mejoras en las técnicas de producción han hecho disponible un creciente número de productos basados en materiales a un número mayor de mercados. De hecho, desde la Revolución Industrial un aumento en el consumo de materiales ha sido un signo de crecimiento económico… En años recientes parece haberse producido un cambio fundamental en este patrón de crecimiento. En Norteamérica, Europa Occidental y Japón la expansión económica continúa, pero la demanda por muchos materiales básicos se ha estabilizado. Pareciera que los países industriales han alcanzado una encrucijada. Ahora están saliendo de la Era de los Materiales, que abarcó los dos siglos siguientes al advenimiento de la Revolución Industrial, y se están adentrando rápidamente en una nueva era en la que el nivel de uso de los materiales ya no constituye un indicador importante de progreso económico. Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bautizarla con alguna seguridad». (Eric D. Larson, Marc H. Ross y Robert H. Williams, Beyond the Age of Materials, Scientific American, junio de 1986).

Sólo entonces advirtieron: «Dado que el procesamiento de los materiales básicos consume mucho más energía por dólar de unidad producida que lo que lo hacen las actividades de fabricación intermedia y final, aún un pequeño cambio en el procesamiento puede tener un profundo efecto en la energía consumida por la industria (que en 1984 representó dos quintas partes de toda la energía consumida en los Estados Unidos). Nuestro análisis sugiere que la producción agregada de materiales en los Estados Unidos permanecerá en términos gruesos constante entre 1984 y el año 2000 (cuando se la mide en términos de kilogramos de producto ponderados por la energía consumida en fabricar cada producto). Ya que esperamos que la industria mejorará su eficiencia en el uso energético a una tasa de entre 1 a 2 por ciento por año durante ese período, el resultado puede muy bien ser una disminución en el consumo industrial de energía, quizás en tanto como 20%…»

Finalmente concluyeron: «Como cualquiera otra profunda transformación histórica, traerá consigo beneficios así como pesados costos para aquellos que han hecho una inversión en la era que termina. Los países industriales están siendo testigos de la emergencia de una sociedad centrada en la información, en la que el crecimiento económico está dominado por productos de alta tecnología que tienen un contenido de materiales relativamente bajo. En esta sociedad los materiales básicos continuarán siendo usados, y a muy altas tasas si se les compara con las tasas de otras sociedades. El hecho económico crítico es que su uso ya no estará creciendo. En los años por venir, el éxito y el fracaso económicos estarán determinados por la capacidad de adaptarse a esta realidad».

Pero eso no lo sabía nadie en 1974. Aun doce años más tarde los autores del trabajo reseñado formulaban su visión en términos tentativos. («Puede ser que la nueva era llegue a ser la Era de la Información, aunque es probablemente demasiado temprano para bautizarla con alguna seguridad»).

En suma, fuimos atacados desde 1973 por patología económica de origen extraño y no sabíamos que poner todos los huevos en la cesta de Guayana crearía rigideces de tanta consideración que aún gravitan sobre nosotros. Esta lectura es importante para desmontar la impresión estándar que se tiene de nuestro desempeño económico general en tanto sociedad: que exhibimos una conducta esencialmente censurable. Dentro de una general propensión nacional a la autodenigración, una interpretación incorrecta de la trayectoria económica venezolana durante «la cuarta República» contribuye a la entronización de un marco cognitivo asfixiante.

LEA

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LEA #153

LEA

El martes de la semana que viene se iniciará en Nueva York la Sexagésima Asamblea General de las Naciones Unidas. Esa ocasión ha elevado la preocupación por la posibilidad de un nuevo acto terrorista de la mano de al Quaeda en territorio norteamericano. Un informe de Stratfor (Strategic Forecasting) hace notar que las bombas londinenses fueron sincronizadas con la reunión del G-8 en Escocia, y que la momentánea debilidad de los Estados Unidos, a raíz del impacto del huracán de Nueva Orleáns, pudiera tentar a la organización terrorista. (Ciertos revolucionarios son capaces de agredir al más débil de los ancianos. Cuando la hambruna hacía presa de San Petersburgo en 1917, y la gobernabilidad había disminuido hasta niveles insólitos, León Trotsky consideró el momento perfecto para el golpe de Estado, y sentenció: «Será tan fácil como dar una patada a un paralítico»).

Pero ésta no es la única fuente de preocupación para la organización política cupular del planeta. Ayer admitió Kofi Annan su responsabilidad «gerencial» en el escándalo del programa de intercambio de petróleo por comida en Irak, luego de que un informe condenatorio de 847 páginas, dirigido por el ex jefe de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Paul Volcker, fuera conocido por el Consejo de Seguridad de la ONU. (Annan tenía a Volcker sentado a su lado cuando dirigió su mea culpa a los actuales miembros del consejo). Volcker mismo declaró al mundo sin ambages en conferencia de prensa: «Nuestra misión era la de buscar mala administración en el programa de petróleo por comida y evidencias de corrupción dentro de la Organización de las Naciones Unidas y sus contratistas. Desafortunadamente hallamos ambas cosas».

No puede caber duda de que tan contundente dictamen detona una crisis de credibilidad que probablemente Annan no podrá detener. Es el «Watergate» de la ONU. Ya se han pronunciado voces—algunos líderes republicanos en los Estados Unidos—que exigen la renuncia del Secretario General, cuya posición estaba ya indirectamente debilitada por la entrada del proverbial elefante en una cristalería: John Bolton, el embajador designado por el presidente Bush—sin ratificación del Senado—que en el primer día de labores presentó un agresivo programa de reformas de la organización y ahora se apoya en el informe Volcker para fortalecer su argumentación. (El informe, no obstante, declara no haber encontrado pruebas de la influencia indebida de Annan en la concesión de un contrato a la firma suiza para la que su hijo Kojo trabajaba—Cotecna Inspection Services—aunque sí de presiones de éste sobre las instancias de la ONU que se ocupan de este tipo de decisiones).

Los jefes de Estado que se reunirán en Nueva York la semana que viene no podrán eludir el tema de la reforma de la cúpula sexagenaria—sobre el que el propio Secretario General había adelantado una propuesta anterior a la de Bolton—a menos que al Quaeda decida complicar más las cosas.

LEA

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FS #62 – Profeta del desarrollo

Fichero

LEA, por favor

El Instituto para el Desarrollo Económico y Social (IDES)—fundado por el gran constructor institucional que fuera Arístides Calvani—hizo su presentación en sociedad con el Simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, escenificado en el auditorio y los salones colindantes del Colegio de Ingenieros de Venezuela entre el 13 y el 17 de julio de 1964. A este insólito evento acudieron luminarias de las ciencias sociales y del desarrollo, como el economista Kenneth Boulding, el demógrafo Alfred Sauvy, el filósofo Jean Yves Calvez, el experto en educación Frederick Harbison y la indudable estrella del simposio, Louis-Joseph Lebret. (Los venezolanos Eloy Anzola Montaubán, Roberto Álamo Bartolomé y Arístides Calvani fueron conferencistas. Héctor Mujica participó a cuatro manos en un elegante debate con Jean Yves Calvez).

El padre Lebret, dominico nacido en Bretaña, fue una figura que dominó con su obra escrita, su función magisterial y su liderazgo institucional, la teoría del desarrollo hasta mediados de la década de los años sesenta (falleció en 1966, dos años después de su visita a Venezuela), al punto de que se considera que su pensamiento fue la fuente más fundamental de la encíclica Populorum progressio, del papa Paulo VI.

Lebret no sólo dictó la conferencia inaugural del simposio del IDES (El Desarrollo en Función de los Valores Humanos), sino que inspiró a cada una de las mesas de trabajo, pues animó personalmente con su incansable presencia a cada una, y también tuvo a su cargo la exposición sintética de cierre. Esta Ficha Semanal #62 de doctorpolítico está integrada por las primeras tres secciones de su disertación de apertura.

El lenguaje de Lebret es conciso, sin adornos, proferido con seguridad, pertinente. Los venezolanos debiéramos considerarlo asimismo profético. De los fragmentos publicados en esta ficha examinemos, por ejemplo, estos dos botones de muestra, traídos por el padre Lebret hace 41 años: el primero, «El crecimiento puede ser una máscara, extremadamente peligrosa, que puede cubrir con optimismo la verdadera realidad, y que si es estudiada por los dirigentes de un país, puede explicarles cómo inconscientemente estaban creando en su interior las condiciones de la revolución del mañana». El segundo: «Las diferencias creadas por la revolución industrial fueron las condiciones para la aparición de los socialismos. ¿Qué se puede esperar, entonces, de la revolución del siglo venidero, fomentada por diferencias que ya llegan al plano internacional?»

Es un dicho común en Francia que sólo hay algo más inconmovible que la fe de un bretón, y eso sería la fe de una bretona. El dominico bretón y economista Louis-Joseph Lebret puso su fe en todas sus obras. En 1941 fundó el influyente grupo Economía y Humanismo, y en 1958 el Instituto de Investigación, Formación y Desarrollo, IRFED. (Institut de Recherche, de Formation et de Développement). Desde allí ofreció al mundo su célebre definición del desarrollo auténtico: «…la serie coordinada de pasos, para una población determinada, y para las fracciones de población que la componen, de una fase menos humana a una fase más humana, al ritmo más rápido posible y al costo menos elevado posible, manteniendo la solidaridad entre las poblaciones y subpoblaciones».

En las palabras citadas aquí Lebret habla, sin duda, como economista. Pero también habla, obviamente, como sacerdote. Cuando habla un sacerdote que ha logrado la profundidad, habla también un filósofo, y no ha habido ni antes ni después de Lebret, un mejor filósofo del desarrollo.

LEA

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Profeta del desarrollo

I. LA NECESIDAD E HISTORIA DE LOS MITOS MODERNOS

La humanidad necesita de mitos—en el sentido soreliano—necesita de una idea motriz, que infundiendo de esperanzas a la mayor parte de la población, la induzca a ponerse en marcha.

Desde los comienzos de la era industrial hasta nuestros días aparecieron varios mitos, hasta llegar a este nuevo mito, que tanto los organizadores de este Simposio, como el grupo de Economía y Humanismo han denominado Desarrollo Auténtico.

El primer mito que hizo su aparición fue el de la riqueza. Esta visión optimista suponía que al aumentar la producción por medio de la industrialización, los frutos de esa transformación se repartirían para el mayor bienestar común. Esta repartición se llevaría a cabo sin la intervención directa del hombre.

La promoción humana se realizaría como una consecuencia de la aplicación de la ciencia y la técnica a dicha transformación. De esta manera, la producción se convertía en el objetivo de las actividades humanas.

El progreso fue el segundo mito en entrar en escena, el cual tuvo éxito considerable en Latinoamérica. Si la riqueza es un valor innegable, el progreso apareció como un valor decisivo, determinante, más rico en contenido.

En su comienzo, la teoría de progreso apareció simplemente como el equivalente del progreso científico y técnico. Por medio de esta avanzada científica y técnica se esperaba eliminar las supersticiones, dentro de las cuales estaban incluidos, en gran parte, los valores religiosos. Eso trajo como consecuencia una esterilización de la ideología del progreso.

El progreso moral pasó a un segundo plano, mientras se hacía hincapié en la producción, en el conocimiento, en la instrucción.

Si bien la visión de progreso fue en sus comienzos demasiado limitada, paulatinamente fue atrayendo hacia sí una serie de conceptos que hoy en día nos parecen indispensables, como son: la utilización del espacio, el urbanismo racional, el progreso regional, el progreso social obrero y el progreso administrativo y político.

En esta nueva etapa, producida por una superación de la ciencia económica, apareció el concepto de crecimiento. (Lord Keynes).

El crecimiento atrajo la atención sobre los valores globales. Fue producto de la teoría de la evaluación y nos permitió alejarnos del marginalismo. Se requería elevar el producto total nacional, y ello conllevaba la idea de máxima productividad, tanto de la mano de obra como del capital.

Dentro de esta perspectiva, lo esencial reside en el aumento de cifras globales, que divididas por el número de habitantes, permite comparaciones entre países, bastante útiles aun cuando los cálculos del producto y de la renta nacional no sean exactamente comparables.

Esta voluntad de crecimiento ha creado una nueva ley, la ley que rigió el comienzo del capitalismo liberal.

La productividad, desde esta perspectiva, se ha convertido en una necesidad absoluta. El hombre se ha visto, y se ve hoy en día, involucrado con esta voluntad de maximización de la producción.

II. LAS CONSECUENCIAS HUMANAS DEL CRECIMIENTO

Veamos las consecuencias humanas. No podemos negar el valor del crecimiento, pero tampoco debemos dejarnos impresionar por las cifras globales o su reducción a la escala «per cápita».

Puede ser, en efecto, que el aumento del ingreso global se distribuya muy desigualmente en el interior de un país.

Conozco un país que en diez años ha aumentado en 100 dólares su ingreso per cápita. Pero de esto se beneficia grandemente sólo el 4,5% de la población, mientras que la clase media naciente (15%) se beneficia menos, un estrato inferior (30%) está prácticamente estancado, y el 50 por ciento restante está en franca regresión.

Por tanto, es peligroso atenerse solamente a las cifras globales o a su reducción a los habitantes. Debe estudiarse la estructura de la distribución.

El crecimiento puede ser una máscara, extremadamente peligrosa, que puede cubrir con optimismo la verdadera realidad, y que si es estudiada por los dirigentes de un país, puede explicarles cómo inconscientemente estaban creando en su interior las condiciones de la revolución del mañana.

Se puede decir que el mito del crecimiento es un perfeccionamiento del mito de la riqueza, pero permanece siempre en la misma línea de optimismo.

Lo grave del caso es que, al exprimir el crecimiento en cifras, lo que obtenemos es el valor resultante del crecimiento, sin distinción entre los bienes correspondientes. No averiguamos así si se han resuelto las necesidades auténticas, las necesidades esenciales, las necesidades de dignidad del conjunto de la población.

Para corregir el mito del crecimiento, basado en la noción de la maximización, debe cambiarse hacia la noción de optimización. En vez de preocuparnos únicamente por la función de rentabilidad, debemos atender al factor humano. De esta forma el crecimiento se cambiará por el concepto de desarrollo.

Los resultados de la evolución del mundo en su conjunto no son, a decir verdad, muy satisfactorios.

El hombre que se ha beneficiado de esta transformación, se ha vuelto más libre en el sentido de que puede dominar mejor a la naturaleza. Reduce así su tasa de mortalidad, se hace más sano, se traslada más fácilmente por todo el mundo. En los países más privilegiados se encuentra, incluso, librado de la inseguridad.

Pero al mismo tiempo se transforma en un hombre encadenado. En una gran ciudad moderna estamos aprisionados por el ambiente, por la obligación de marchar a la derecha o marchar a la izquierda. Estamos aprisionados también por el ritmo de nuestra vida. No sólo en el taller o la oficina, sino en nuestra propia casa. El descanso se va haciendo imposible. A medida que aumenta la responsabilidad, disminuye el nivel humano de nuestra vida.

Tanto en los países desarrollados—por la adquisición fácil de los bienes—como en los subdesarrollados—por la evidencia de los bienes de otros—crece progresivamente el deseo. El deseo de crecimiento es una necesidad en crecimiento.

Esto también ha originado una limitación de la libertad, porque en la realidad el deseo de crecimiento es fomentado externamente y el hombre va siendo modelado por una propaganda, por un comportamiento de conjunto.

El hombre de los países desarrollados se va convirtiendo en un hombre cada vez más conformista, con lo que la libertad que había ganado se desvanece.

En primer lugar, la información que recibe no puede ser objetiva, y en segundo término, es tan grande y tan rápida la masa de datos e imágenes que recibe, que ni aun siendo un universitario es capaz de asimilarla, efectuar las decisiones correctas y formular los juicios adecuados.

El conocimiento del hombre aumenta en magnitud, pero progresivamente se aleja de los valores auténticos.

El crecimiento del conocimiento, llevándonos a la especialización, nos conduce al mismo tiempo a una reducción de la visión de conjunto. Cada vez somos más especialistas pero menos cultos.

La intensidad de las comunicaciones también nos hace conocer más personas, pero no nos permite profundizar. Y ya no tenemos la tranquilidad que puede dar la amistad.

A todas éstas, el Occidente ha cometido un gran error. Ciertamente, el Occidente ha marchado a la cabeza de esta transformación, pero ha fallado en pensar que es el monopolista de la civilización, de la perfección humana. Desecha así los valores de otras civilizaciones. Hemos establecido una fractura que divide al mundo, en dos mentalidades, dos historias, dos modos de reacción. Y el hombre occidental trata de imponer la racionalidad, la organización que es su fuerza, en cualquier lugar donde vaya.

III. UNA VISIÓN OPTIMISTA

Todo esto es la transformación de nuestra sociedad. Pero no quisiera que creyeran que estoy tratando de ser pesimista. No. Yo creo, por el contrario, que la humanidad de hoy es la más bella humanidad que ha existido. Es la primera vez en la historia que la aspiración de ser hombre, de valer y ser más, es una aspiración general.

El hombre de hoy en día no aceptará más el nivel infrahumano.

En cualquier continente, en cualquier región encontramos el conjunto de los hombres queriendo ser realmente humanos. Y esta aspiración nos coloca certeramente en nuestro problema de valores y de promoción del hombre.

Debemos, pues, siempre considerar ambos aspectos del problema; el progreso propiamente progresivo y el progreso regresivo. Y justamente he aquí que llegamos a la construcción de un nuevo mito que ha eclipsado los mitos de riqueza, progreso, crecimiento y expansión; el mito del desarrollo.

En el curso de la transformación del mundo, ha aparecido una toma de conciencia en los desposeídos, acerca de los bienes y valores que los más evolucionados poseen. Esto se ha visto incrementado porque cierto número de personas de los países subdesarrollados ha viajado y estudiado en los países del mundo desarrollado.

Las diferencias creadas por la revolución industrial fueron las condiciones para la aparición de los socialismos. ¿Qué se puede esperar, entonces, de la revolución del siglo venidero, fomentada por diferencias que ya llegan al plano internacional?

El problema es, pues, saber si la humanidad en su conjunto será capaz de realizar esta tarea que se llama desarrollo, no por una racionalidad artificial, sino por una racionalidad interna. El ser viviente crece porque tiene una ley de crecimiento en sí mismo, una ley de equilibrio, una ley de proporción, una ley de complementaridad viviente. Sea en un árbol, sea en un animal, siempre encontraremos un orden constructivo.

Louis-Joseph Lebret

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CS #153 – La embajada de Katrina

Cartas

Allá por el período Jurásico, cuando el suscrito estudiaba escuela primaria y vivía a una cuadra—pequeña—de la placita de Las Delicias de Sabana Grande, podía observar un poco más tarde de las 6 y media de la mañana, mientras esperaba el autobús del colegio, no sólo rocío sobre las hojas, sino neblina paseando impunemente por la plaza. (A una cuadra al sur de las oficinas de PDVSA en La Campiña). De esto no hace tanto: unas cinco décadas, durante las cuales el microclima de Caracas ha cambiado decididamente hacia lo peor.

¿Qué se ha hecho de la nítida distinción entre una temporada lluviosa—nuestro «invierno»—que iba desde mayo hasta principios de octubre y concluía casi religiosamente, para dar paso a nuestro «verano», el 4 de octubre con el «Cordonazo de San Francisco»? Ahora tenemos en Caracas lluvias tormentosas y peligrosas durante todo el año junto con temperaturas que emulan las marabinas, y un diciembre en el que el acostumbrado frío de Pacheco hace brevísimas visitas de médico. Ya no nos parece tan extraña y divertida la «obsesión» de los sajones con el clima, las conversaciones londinenses centradas en el tiempo atmosférico. Ya no hay en Caracas una eterna primavera.

Pero no es solamente en Venezuela donde el clima ha cambiado. Un recuento de los episodios de desastre climático, como el que ha arrasado con la ciudad de Nueva Orleáns, muestra el aumento reciente en la frecuencia de huracanes y, lo que es peor, también un aumento en su ferocidad. En el mes que acaba de concluir, la revista Nature publicó un trabajo de Kerry Emanuel, climatólogo del Instituto Tecnológico de Massachussets, en el que éste asegura que las más grandes tormentas que se desarrollan en el Atlántico y el Pacífico han aumentado un 50% en duración e intensidad desde la década de los años 70. Las temperaturas globales han aumentado en promedio un grado Fahrenheit durante el mismo período, así como también se ha incrementado el nivel de dióxido de carbono y otros contaminantes que atrapan calor, provenientes de emisiones industriales, gases de escape de vehículos y otras fuentes.

El martes de esta semana publicó The Boston Globe un artículo de Ross Gelbspan, del que vale la pena extractar, aunque sólo sea para efectos de meditación, algunas de sus acusaciones contra su reo favorito: el calentamiento planetario. Así dice:

«El huracán que golpeó Luisiana ayer fue bautizado Katrina por el Servicio Meteorológico Nacional. Su verdadero nombre es calentamiento global… Cuando el año comenzó con una nevada de dos pies en Los Ángeles, la causa era el calentamiento gobal… Cuando vientos de 124 millas por hora cerraron plantas nucleares en Escandinavia e interrumpieron la energía para centenares de miles de personas en Irlanda y el Reino Unido, el propulsor era el calentamiento global…Cuando una severa sequía en el Medio Oeste redujo los niveles de agua en el río Missouri a su nivel histórico más bajo a comienzos de este verano, la razón fue el calentamiento global…En julio, cuando la peor sequía registrada detonó incendios en los bosques de España y Portugal y dejó las reservas de agua en Francia en sus más bajos niveles en 30 años, la explicación fue el calentamiento global… Cuando una letal ola de calor en Arizona mantuvo las temperaturas sobre los 110 grados y mató más de 20 personas en una semana, el culpable era el calentamiento global… Y cuando la ciudad india de Bombay (Mumbai) recibió 37 pulgadas de lluvia en un día—matando a 1.000 personas y desquiciando las vidas de 20 millones más—el villano era el calentamiento global».

Katrina, pues, además de sembrar dolor y destrucción en Luisiana y Mississippi, ha reavivado el debate sobre los efectos y causas del calentamiento global. Roger Pielke Jr., por ejemplo, climatólogo de la Universidad del Estado de Colorado, tiende a pensar que el aumento observable en la frecuencia y severidad de los huracanes—la última década arroja los peores registros de la historia—se debe a un ciclo natural y no al calentamiento. (Pielke padre, también climatólogo que renunció hace poco más de una semana al Programa en Ciencia del Cambio Climático de la administración Bush, cree que el calentamiento global es más influido por la deforestación urbana y agrícola que por la emisión de gases).

No únicamente los científicos debaten el asunto. En esta misma semana el Ministro del Ambiente de Alemania, Jurgen Tritten, escribió un artículo incendiario en un periódico de su país, en el que afirmó: «Los gases de invernadero tienen que ser reducidos radicalmente en el mundo entero. Los Estados Unidos, hasta ahora, han cerrado los ojos ante esta emergencia». El ministro Tritten establecía un vínculo entre el huracán Katrina y el calentamiento global y la renuencia norteamericana a reducir sus emisiones.

Todo el tema nos influye, y no solamente en lo climatológico, sino también por la vía de la economía del petróleo. En entrevista concedida por Ross Gelbspan a raíz de su polémico artículo, éste dio cuenta de los programas de reducción de emisiones en los siguientes términos: «Debiera haber ahora mismo un esfuerzo mundial para movernos hacia la energía limpia, y los Estados Unidos se muestran en absoluto contraste a lo que está ocurriendo en Europa. Como he mencionado, la ciencia dice que necesitamos cortar las emisiones en 70%. En este momento Holanda está reduciendo sus emisiones por 80% en 40 años. Tony Blair ha comprometido a Inglaterra a reducir en 60% sus emisiones en 50 años. Los alemanes se han comprometido a reducir las suyas en 50% en 50 años. El presidente francés, Chirac, ha hecho un reciente llamado para que todo el mundo industrial corte las emisiones en 75% para el año 2050. De modo que realmente pienso que mientras vemos a corto plazo unos precios elevados de la gasolina, realmente debemos mirar hacia una economía basada en carros híbridos y carros de hidrógeno, hacia una electricidad que venga de la energía eólica, solar, de las mareas y así. Realmente necesitamos hacer esta transición muy rápidamente; de lo contrario, veremos muchos más desastres naturales y una clase de civilización más fracturada, combativa y degradada».

………

La «hipótesis Gaia», del ecólogo escocés James Lovelock, postula la noción de la Tierra como un único y enorme organismo vivo, cuya fisiología se expresa en términos geológicos y atmosféricos. Somos una sola cosa en términos ecológicos, y lo que se quema en la selva amazónica no pasa sin afectar la pluviosidad australiana. El clima del mundo, obviamente alterado, es un sistema complejo, y en tal sentido es susceptible de profundas alteraciones causadas por el impacto de la actividad humana. Un impacto que debe ser prevenido a toda costa es el de las armas nucleares, razón por la que hay que saludar los recientes esfuerzos por impedir que Corea del Norte e Irán se unan a los actuales detentadores de significativos arsenales de ese tipo. (En realidad, ningún país debiera poseer armas nucleares. Para prevenir escenarios de invasiones agresivas extraterrestres, o para demoler aerolitos amenazantes en imitación de Bruce Willis en Armagedón, la Organización de las Naciones Unidas debiera asumir un único control planetario de esta clase de armamentos).

Mucho se ha pensado, en una especie de convicción de invulnerabilidad final muy acusada en nuestro pueblo, que una conflagración nuclear en países del Hemisferio Norte o en el Oriente Medio, si bien nos afectaría grandemente por el lado económico, al menos nos sería leve en cuanto a lo físico, a los daños por los efectos mismos de las explosiones, entre otras cosas por distancia y por factores naturales tales como el pulmón del Mato Grosso. Pero los modelos de meteorología nuclear nos muestran como nos veríamos directa e impensablemente afectados por un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, que incluiría la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación) y de nubes intensamente radiactivas. (Para un caso base de un intercambio de 5.000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal acumulado. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, Agosto de 1984).

No es juego. Los arsenales químicos, biológicos y nucleares, de los que los más grandes son sin duda los acumulados por los Estados Unidos, notorio renuente a suscribir el Protocolo de Kyoto de reducción de emisiones, son no únicamente un riesgo militar, sino un gravísimo riesgo ecológico, que se distribuye según las decisiones de políticos no pocas veces inconsistentes. El mismo país que invadió a Irak por el peligro que representarían sus presuntas armas de destrucción masiva vendió o envió, bajo los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush padre, al Irak de Saddam Hussein muestras biológicas al menos hasta 1989. Estos materiales incluían ántrax, virus del Nilo Occidental y botulismo, así como Brucella melitensis, causante de gangrena gaseosa. No estuvieron solos; también suplieron a Irak con materiales similares Francia, Alemania, Japón y el Reino Unido.

Es vital para toda la humanidad que ningún país, por más grande y poderoso que sea, pueda fabricar, acumular y eventualmente usar armas de destrucción masiva. La Tierra, como nos ha explicado claramente su embajadora Katrina, no lo va a tolerar.

LEA

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