el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)CS #135 – El retorno de los brujos
Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el diseño de sistemas políticos viables. Desde la emergencia de la cibernética como cuerpo teórico consistente ha demostrado ser muy fructífero el análisis comparativo de sistemas de distintas clases, dado que a ellos subyace un conjunto de propiedades generales de los sistemas. El descubrimiento de la «autosimilaridad»—procesos o funciones que «se parecen a sí mismos» a distintas escalas—en el campo de las matemáticas fractales, refuerza esta posibilidad de estudiar un sistema relativamente simple y extraer de él un conocimiento válido, al menos analógicamente, para sistemas más complejos. Esto dista mucho de la ingenua y ya periclitada postura del «organicismo social», que propugnaba una identidad casi absoluta entre lo biológico y lo social. Con esta salvedad, vale la pena extraer algunas lecciones del funcionamiento y la arquitectura del cerebro humano, el obvio órgano de dirección del organismo.
Para comenzar, el cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma (muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.
La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable para la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.
Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite estas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con los efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza cerebral.
Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal.
La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es, en cambio, corteza «asociativa». Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.
En cambio, en nuestro aparato político la participación de actores de tipo asociativo es muy reducida, a pesar de que cada vez su necesidad sea mayor. Cuando Arturo Úslar Pietri y Juan Liscano escribían alarmados de la situación nacional, poco antes de la entronización del proceso constituyente que culminaría en 2000, no estaban pidiendo caciques, ni conciliadores de intereses. Estaban expresando la necesidad de la asociación de ideas políticas, de la invención política.
A fines de 1991, el presidente Pérez, no sin razón, se quejaba de las críticas a su «paquete» económico y retaba: «Bueno, si no es éste el paquete ¿entonces cuál es el que debemos aplicar?» COPEI recogió el reto, anunciando que en breve presentaría un «paquete alternativo». La presentación anunciada se produjo a mediados de febrero del año siguiente, un tanto retrasada por los acontecimientos del día 4. La formulación «alternativa» consistió en propugnar la abstracta insulsez de una «economía con rostro humano» y en la proposición de constituir un «consejo consultivo» que debiera proponer soluciones. Como recogió el punto un periodista local, «En síntesis, el Dr. Fernández ha propuesto que otros propongan».
En el fondo, la proposición del consejo consultivo iba en la dirección correcta. El político convencional se ocupa del exigente proceso de la conciliación de intereses, del delicado asunto piramidal de emitir instrucciones, y no tiene ni el tiempo ni el adiestramiento requerido por una función de corte asociativo. Que el Consejo Consultivo nombrado con alguna resistencia por el presidente Pérez no hubiera tenido mucho éxito se debe a otros factores. Por un lado, a la enorme presión y al acusado grado de inestabilidad del régimen en esos momentos—después de la rebelión chavista de 1992—cuando la natural reacción del Presidente era la de sostener sus puntos de vista so pena de pérdida de autoridad. Por el otro, al método y al concepto empleados en la operación y la composición del consejo mismo. Se trató de un cuerpo de acción temporal que se dedicó a ensamblar una lista inorgánica de medidas puntuales, mediante el expediente de entrevistarse con un número reducido de notables personalidades de la vida nacional. Todavía el presidente Velásquez, que había formado parte del Consejo Consultivo de 1992, creyó que ésa era una fórmula correcta y que debía incluso ampliarla. Así, a las pocas horas de asumir la Presidencia de la República en 1993, anunció la formación de «cuatro o cinco» consejos consultivos—nunca fueron creados—e indicó su esperanza de que los futuros miembros de los mismos dedicaran un tiempo importante a su labor, «al menos unas dos horas semanales».
La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano, de la política venezolana, es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada Policy Sciences (ciencias de las políticas, no ciencias políticas), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. He aquí un campo para que Venezuela logre distinguirse como pionera, a nivel mundial, en un rediseño de la arquitectura del Estado que aloje, de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas. Para que sus actores políticos institucionalizados, principalmente los partidos, terminen de entender que no se pueden pasar la vida mandando sin saber siquiera por qué o para qué lo hacen.
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LEA #135
Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual, al comienzo del mundo, sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios). Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas ¡pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían!
En tropicalización de la leyenda distinguiríamos nosotros entre caciques y brujos. El lunes de esta semana tuve la fortuna de escuchar una de las siempre atinadas exposiciones del «brujo» Alfredo Keller. Entre las muchas cosas inteligentes y bien fundadas que le escuché estuvo su descripción tripartita de la actual oposición venezolana al avasallante régimen de Hugo Chávez. Keller la entiende estructurada en tres grupos: el más sensato—y hasta cierto punto más realista—de ellos insiste en transitar rutas democráticas y electorales, pero esta agrupación se encuentra atenazada entre dos grupos muy disímiles. Uno es el de quienes han perdido toda esperanza, de quienes han tirado la toalla y procuran sobrevivir o huir (real o psicológicamente), o tal vez adaptarse o saltar definitivamente la talanquera. El otro está conformado por los radicales que tienen la valentía de no rendirse, pero al mismo tiempo están convencidos de que habrá que emplear la violencia—el magnicidio o el golpe de Estado, quizás la invasión «salvadora» de potencia extranjera—para salir del régimen que nos domina.
Entre estos últimos se cuenta, por ejemplo, el otrora candidato presidencial copeyano Oswaldo Álvarez Paz, que anuncia la formación de un nuevo movimiento político del que será su líder y que escribe en su columna «Desde el puente»: «El lector se preguntará si es que todo está perdido. Pues, ¡no y mil veces no! El régimen es perfectamente derrotable. Ésta es la tarea de este tiempo y no otra. Hay caminos para lograrlo y hay como sustituirlo por otro que permita recuperar el tiempo miserablemente perdido y, fundamentalmente, que devuelva a todos el valor del orden esencial de las cosas, de la ley, de la excelencia en todas las actividades de la vida. El valor de la familia y del producto del trabajo diario. Tenemos que volver a las raíces de nuestra nacionalidad, a las ideas fundamentales de los hacedores de la República en todas sus etapas. No para volver atrás, sino para pensar cómo actuarían en nuestras circunstancias. Ya basta de pensar sólo en elecciones. La verdadera naturaleza del problema no es electoral. Algo está por nacer».
Esperaremos, entonces, que Álvarez Paz y otros que como él andan en lo mismo, expliquen cuál es esa ruta no electoral—insurreccional o intervencionista, suponemos—que no depende por tanto de los Electores, del Pueblo mismo, sino del arrojo de autoungidos furibundos que nos resolverán todo.
LEA
FS #43 – La máquina de gobernar
LEA, por favor
Los años cuarenta del siglo XX fueron la década de oro, la época seminal que dio paso a uno de los más cruciales desarrollo del ingenio humano: la informática. De 1948 data el libro miliar de Norbert Wiener (1894-1964), Cibernética: Control y Comunicación en el Animal y la Máquina. Al inicio de la década, en 1940, ya Claude Shannon (1916-2001) establecía los fundamentos de la teoría de la comunicación (teoría de la información), que trataba los procesos de información como fenómenos físicos analizables matemáticamente. (Shannon aprovechó la lógica binaria para representarla con circuitos electrónicos de dos estados).
Pero es también de la misma época el tratamiento analítico de la decisión. La obra fundamental a este respecto es la del matemático John von Neumann y el economista Oskar Morgenstern, Teoría de los Juegos y Comportamiento Económico, aparecida en 1944. (Antes, en 1921, el matemático francés Emile Borel había servido de precursor). En los años cuarenta, por tanto, la conjunción de ambas vertientes teóricas sirvió para fundamentar la presunción de que las máquinas suplantarían tarde o temprano a la mente humana en el difícil y delicado arte de decidir.
Poco después de la publicación del libro de Wiener, un fraile dominico, André Marie Dubarle, escribía un artículo para Le Monde (28 de diciembre de 1948), en el que hacía una reseña del libro y añadía su propio análisis. La Ficha Semanal #43 de doctorpolítico contiene el extracto del artículo de Dubarle que el propio Wiener reprodujo en su libro El uso humano de los seres humanos (1950). (Dubarle hace alusión a la encuesta de Gallup durante las elecciones Dewey-Truman, que equivocadamente daba ganador al primero)
Dubarle alerta sobre un nivel cualitativamente nuevo de control estatal de la ciudadanía, en momentos cuando la computación aún se hallaba en pañales. El tema había sido anticipado en 1943 por el sociólogo húngaro Karl Mannheim, en la obra Diagnóstico de Nuestro Tiempo.
En momentos cuando el desarrollo de la informática ha generado un poder computacional vastísimo, del que Wiener, Shannon, von Neumann, Dubarle y Mannheim sólo podían entrever pálidos atisbos, el problema de una superdictadura a escala mundial regresa al tapete. En un «mundo feliz» como el descrito por Aldous Huxley en 1932, la «ingeniería del Paraíso» es una tentación siempre actuante sobre quienes creen que están llamados a ejercer dominación sobre los pueblos.
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La máquina de gobernar
Uno de los prospectos más fascinantes que se abren de este modo es el de la conducción racional de los asuntos humanos, y en particular de aquellos que interesan a las comunidades y parecen presentar una cierta regularidad estadística, tal como el fenómeno humano del desarrollo de la opinión. ¿No podría imaginarse una máquina que recolecte algún tipo de información, como por ejemplo información sobre la producción y el mercado, y luego determine en función de la psicología promedio de los seres humanos, y de las cantidades que sea posible medir en un momento determinado, cuál sería el desarrollo más probable de la situación? ¿No pudiera uno incluso concebir el aparato de un Estado que cubriese todos los sistemas de decisión política, sea bajo un régimen de muchos estados distribuidos sobre la tierra o bajo el aparentemente mucho más simple régimen de un gobierno humano de este planeta? Ahora nada nos impide pensar estas cosas. Podemos soñar con un tiempo en el que una machine à gouverner pueda llegar a suplir—para bien o para mal—la obvia inadecuación actual del cerebro cuando éste se ocupa de la acostumbrada maquinaria de la política.
A todo evento, las realidades humanas no admiten una determinación precisa y cierta, como es posible con los datos numéricos y la computación. Sólo admiten la determinación de sus valores probables. Una máquina que tratara estos procesos, y los problemas que de ellos emergen, deberá por tanto emprender un tratamiento probabilístico en lugar de uno determinístico, como el que exhiben las modernas máquinas de computación. Esto hace su tarea más complicada, pero no la hace imposible. La máquina de predecir que determina la eficacia del fuego antiaéreo es un ejemplo de esto. Teóricamente no es imposible la predicción temporal; tampoco lo es la determinación de la decisión más favorable, al menos dentro de ciertos límites. La posibilidad de máquinas que juegan, como la que juega ajedrez, establece tal cosa, para los procesos humanos que pueden ser asimilados a juegos en el sentido en que von Neumann los ha estudiado matemáticamente. Aun cuando tales juegos tengan un conjunto de reglas incompleto, hay otros juegos con un número muy grande de jugadores, en los que los datos son extremadamente complejos. Las machines à gouverner definirán el Estado como el jugador mejor informado en cada nivel particular, y al Estado como el único coordinador supremo de todas las decisiones parciales. Éstos son privilegios enormes; si son adquiridos científicamente, permitirán que el Estado venza en toda circunstancia al mejor de los jugadores en un juego humano al ofrecer este dilema: la ruina inmediata o la cooperación intencional. Tal cosa sería la consecuencia del juego mismo sin la violencia externa. ¡Los amantes del mejor de los mundos tienen ciertamente en qué soñar!
A pesar de todo esto, y quizás afortunadamente, la machine à gouverner no está lista para un futuro cercano. Pues más allá de los muy serios problemas que surgen del volumen de información a ser recolectado y tratado rápidamente, los problemas de la estabilidad de la predicción continúan estando más allá de lo que podemos soñar en controlar. Esto es así para aquellos procesos humanos que son asimilables a juegos con reglas incompletamente definidas y, sobre todo, para las reglas mismas en función del tiempo. La variación de las reglas depende tanto del detalle efectivo de las situaciones engendradas por el juego en sí, como del sistema de las reacciones psicológicas de los jugadores en vista de los resultados obtenidos en cada instante.
La cosa puede ser bastante más rápida. Un buen ejemplo de esto parece ser lo que pasó con la Encuesta Gallup en la elección de 1948. Todo esto no sólo tiende a complicar el grado de los factores que influyen la predicción, sino a hacer radicalmente estéril la manipulación mecánica de las situaciones humanas. Hasta donde uno puede juzgar, sólo dos condiciones pueden garantizar acá una estabilización en el sentido matemático del término. Éstas son, por un lado, una ignorancia suficiente de parte de la masa de jugadores explotados por un jugador diestro, quien puede, más aun, planear un método de paralizar la conciencia de las masas; por otro lado, suficiente buena voluntad que le permita a uno, en busca de la estabilidad del juego, delegar sus decisiones a uno o más jugadores que tengan privilegios arbitrarios. Es ésta una lección dura de una matemática fría, que ilumina la aventura de nuestro siglo: la indecisión entre una indefinida turbulencia de los asuntos humanos y la emergencia de un prodigioso Leviatán. En comparación con esto, el Leviatán de Hobbes no era más que una broma agradable. Hoy corremos el riesgo de un gran Estado Mundial, cuya deliberada y consciente injusticia primitiva pudiera ser la única condición posible para la felicidad estadística de las masas: un mundo peor que el infierno para las mentes claras. Quizás no sea una mala idea para los equipos que actualmente inventan la cibernética, añadir a su cadre de técnicos, que vienen de todos los horizontes de la ciencia, algunos antropólogos serios, y quizás un filósofo que tenga cierta curiosidad por los asuntos del mundo.
André Marie Dubarle
CS #134 – ¿Alineación o alienación?
El miércoles 13 de abril, César Miguel Rondón entrevistaba al Ministro de Educación, Cultura y Deportes, Aristóbulo Istúriz, dentro del nuevo patrón del programa 30 minutos, que ahora concede un espacio antes desusado a funcionarios y partidarios del gobierno de Hugo Chávez Frías. La entrevista era, por supuesto, muy oportuna. Hay revuelo en el mundo educativo y civil, donde se ha suscitado una importante discusión—y bastante rechazo—a las nuevas iniciativas gubernamentales, ejemplificadas por el decreto 3.444.
La participación de Istúriz fue no poco agresiva—logró sobrepujar a Rondón y tomar más tiempo del que normalmente se concede a los invitados—pero también fue evasiva. Más de una pregunta del entrevistador era desatendida y desviada por el entrevistado. Una en particular debió contestar: Rondón preguntó qué pasaría con la autonomía universitaria y la libertad de cátedra si algún profesor se conducía como opositor al régimen. A lo que Istúriz respondió que no habría ningún problema si algún profesor no «estaba alineado» con Chávez, pero que la educación «tenía que estar alineada con el proyecto de país», y que este proyecto estaba contenido en la Constitución o era la Constitución misma. Y Rondón dejó pasar sin objeción, tal vez acosado por el inmisericorde tiempo televisivo, semejante declaración.
El dislate de Istúriz da para más de un comentario. Para empezar, su proposición se inscribe en la mitología de los proyectos de países, lamentablemente muy extendida. Allá en la década de los noventa, por ejemplo, Elías Santana, el incansable dirigente vecinal y cívico, buscaba organizar el movimiento «Venezuela 20-20». En principio quería visualizar, sobre el año 2020, la clase de país que sería Venezuela tras la aplicación de un «proyecto-país». (En realidad la designación 20-20 aludía no sólo al año, sino por vía metafórica a una vista o «visión» 20-20, la fórmula abreviada con la que se designa a una vista perfecta. El uso de la metáfora no era, por otra parte, demasiado original. Ya entonces existía para la Península Malaya, uno de los «milagros» económicos del Lejano Oriente, el plan «Malasia 20-20», exactamente con la misma intención simbólica de Santana). La convocatoria original de Santana afirmaba de una vez que el «proyecto de país» debía cristalizar en una nueva constitución.
Análoga pretensión prosperó durante los meses terminales de la Coordinadora Democrática. Todos recordamos la elaboración del tristemente célebre «consenso-país», iniciativa que consumió innumerables reuniones de elaboración coordinadas por Diego Bautista Urbaneja, y que a la postre fue incapaz de contrarrestar la oferta bastante más concreta de las «misiones» chavistas, de mucho mayor pegada en el lapso de campaña del referendo revocatorio presidencial. En su momento—20 de noviembre de 2003—esta carta advirtió sobre la inanidad del esfuerzo (#63, «Consenso bobo»): «Los documentos del ‘consenso-país’—que incurre desde su propio nombre en la usurpación, pues ‘el país’ no lo ha elaborado, como tampoco la Nación elaboró nuestros vetustos y ya olvidados planes ‘de la Nación’—indican una clase particular de proposiciones en su contenido: la de las ‘seudoproposiciones’. Son afirmaciones tan generales como las de que hay que ‘reactivar la economía’, ‘combatir la pobreza’ o ‘eliminar el desempleo’.»
Los países tienen la mala costumbre de construirse a sí mismos, sin requerir un «proyecto» intencional y explícito. Nunca ha existido un proyecto para los Estados Unidos, por ejemplo. Aun en los países de economía de planificación central, como lo fuera la Unión Soviética, lo que a lo sumo pueden hacer los gobiernos más totalitarios que el mundo haya conocido es imponer una camisa de fuerza a la actividad económica, la que tarde o temprano revienta por efecto de las realidades que termina por imponer la vida social. Claro que a la pretensión de que a los países se les puede asemejar a proyectos arquitectónicos o corporativos les es muy útil la condición autoritaria. La dictadura malaya, por ejemplo.
Está claro que los Estados pueden poner en práctica políticas deliberadas en casi cada área de su competencia o de su intromisión. Pueden establecer políticas económicas, territoriales, anti o pro terroristas, o políticas de educación, como en el caso que ocupa a Aristóbulo Istúriz. Pero aun las políticas más extensas nunca llegan a cubrir o dominar toda la actividad social, que escapa a la soberbia de los planificadores centrales, quienes pretenden conocer mejor que cualquier ciudadano lo que conviene a su existencia, al punto de que se presentan como capaces de imponer un curso colectivo con varias décadas de penetración temporal.
Sin embargo, estas cosas no son del territorio constitucional. No pertenecen a, no tienen cabida en, el texto de una constitución. Es, por consiguiente, una falacia pretender que las constituciones son «proyectos de país». Las constituciones son, típicamente, la conjunción de una especificación arquitectónica y funcional de un Estado y de un estatuto de deberes y derechos ciudadanos. Tal cosa no es, en absoluto, un proyecto. No es un «modelo de desarrollo». A lo sumo es el diseño del cuerpo político de una nación, de su Estado; nunca prescribirán las trayectorias y etapas de una sociedad entera, que se mueve y vive y se desarrolla por sí misma, muchas veces a pesar de su constitución.
Pero no son estas cuestiones las más graves de las implicadas en el dogma de Istúriz, sino su aseveración de que la educación «debe estar alineada» con nuestro «proyecto de país». La educación, maestro Istúriz, con lo único que tiene que estar alineada es con la verdad.
Porque lo que está diciendo usted, según la falaz terminología gubernamental que considera sinónimas las expresiones «proyecto país», «constitución» y «revolución», es que nuestra educación tendría que ser compatible con la «revolución bolivariana». De aquí no hay sino un paso a la próxima aseveración: que la educación venezolana debiera «estar alineada» con un tal «socialismo del siglo XXI» que, como sabemos por expresas declaraciones de su jefe, ni siquiera ha sido inventado todavía.
No necesitamos, por tanto, que su despacho o el del Ministerio de Educación Superior vengan a alinear nada. La esencia de la definición de las universidades, por caso, es que son comunidades de profesores y estudiantes en busca de la verdad. Ésa es la actividad que les es consustancial, y tal cosa no puede ser alineada, menos todavía alienada a comisarios que reivindiquen ser los depositarios de la verdad revolucionaria.
Mucho antes de que los diversos socios de Hugo Chávez llegaran a ejercer su insolente y pretenciosa dominación, ya la educación venezolana adolecía de un exceso de intromisión estatal en el acto educativo. Salvo el ámbito universitario, que a partir de 1958 comenzó a gozar de autonomía—como contexto imprescindible a la libertad de cátedra—todo el resto del sistema educativo estaba prescrito en los programas aprobados burocrática y centralistamente por el Ministerio de Educación. Hace tiempo ya que necesitamos en nuestro sistema educativo lo contrario de lo que propugna el ministro Istúriz: la libertad.
LEA
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LEA #134
Los recientes editoriales del vespertino Tal Cual han hecho su efecto. Dedicados a la documentación de casos de retaliación patronal—de patrono público—contra ciudadanos que hubiesen solicitado el referendo revocatorio contra Chávez, insistieron en la iniquidad de la famosa lista «de Tascón», hasta provocar una rectificación del jefe de la revolución «bolivariana». El viernes 15 de los corrientes capituló Chávez, instruyendo a alcaldes y gobernadores oficialistas a enterrar la lista que, según él, Luis Tascón había elaborado «sin mala intención». Según el líder del gobierno nacional «la famosa lista seguramente cumplió un papel importante en un momento determinado, pero eso pasó». Es decir, como ahora no estamos en momento revocatorio debe prescindirse del acoso y la retaliación. Esto, no obstante, deja abierta la opción de emplearla, por ejemplo, para las elecciones de 2006.
El modo como el presidente Chávez manejó el asunto es toda una confesión voluntaria de atentado contra los derechos humanos de conciudadanos suyos. ¿Qué hará a este respecto, sobre esta notitia criminis, el Fiscal General de la República, Isaías Rodríguez? Si, como cacarea periódicamente, fuese verdaderamente un celoso guardián de la constitucionalidad, lo que le sale es solicitar un antejuicio de mérito ante el Tribunal Supremo de Justicia, entre cuyas atribuciones expresas se encuentra (Numeral segundo del Artículo 266 de la Constitución): «Declarar si hay o no mérito para el enjuiciamiento del Presidente o Presidenta de la República o quien haga sus veces, y en caso afirmativo, continuar conociendo de la causa previa autorización de la Asamblea Nacional, hasta sentencia definitiva». Y el siguiente paso debiera ser la falta absoluta del Presidente pues, como reza el Artículo 233, una de sus causales es «la destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia».
Entonces, dejando tranquilo al ciudadano «Defensor» del Pueblo, que como de costumbre se ha hecho de la vista gorda ante tan grosera vulneración de derechos ciudadanos fundamentales, José Vicente Rangel, que hasta los momentos sería el heredero de un presidente destituido, pudiera ofrecer grandes cosas a Isaías Rodríguez, pues con el vídeo de Venezolana de Televisión tienen el mandado hecho.
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FS #42 – Crisis de la política
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Fernando Mires es un sociólogo y politólogo chileno (1943) que ha escrito una buena cantidad de libros. (Amén de numerosos artículos y ensayos). Entre sus obras puede contarse a La rebelión permanente: Las revoluciones sociales en América Latina, El discurso de la indianidad: la cuestión indígena en América Latina y El Orden del Caos: ¿Existe el Tercer Mundo?, del que ha sido tomado el texto que compone esta Ficha Semanal #42 de doctorpolítico. A la publicación de este último libro—editado en Caracas por Nueva Sociedad en 1995—Mires se desempeñaba como profesor de Política Internacional en la Universidad de Oldenburg, en Alemania.
El texto escogido corresponde a la sección ¿Crisis política o crisis de la política?, del capítulo final: Por una reformulación de la política. Al comienzo del libro Mires introduce el término «desrevolución», para referirse al proceso iniciado por Mikhaíl Gorbachov en el seno de la sociedad soviética, que terminara dando al traste con el más prolongado de los experimentos comunistas. El fin de la bipolaridad es uno de sus focos de atención preferente. Otro de sus intereses es el da la emergencia de nuevas formas de articulación social. Así escribe, por ejemplo, en trabajo titulado Comunicación: entre la globalización y la glocalización (1999): «Las ONG y la formidable expansión que experimentan en el último decenio serían, en tal contexto, organizaciones reactivadas por el retiro del Estado, pero, a la vez, formas nuevas de autoconducción social que hacen innecesaria, en muchos casos, la permanente presencia del Estado; es decir, serían signos que marcan nuevos avances en el largo proceso que lleva a la formación de ciudadanos autónomos y soberanos, y que substituyen relaciones de vasallaje respecto al Estado que bajo formas disfrazadas (corporativistas, socialistas, populistas) prevalecen en nuestro tiempo».
Mires certificaba en 1995 la presencia de una nueva política despojada de historia y de utopía. Pero los venezolanos sabemos que tal certificación fue apresurada. La dominación actual se justifica en nuestro país, justamente, por una utopía «bolivariana» y una peculiar interpretación de la historia, desde la cual toma vigencia lo que pudiera llamarse una «Segunda Guerra Fría», luego del deceso del esquema bipolar ruso-norteamericano. La prédica «multipolar» del gobierno venezolano es, en realidad, una nueva versión de bipolaridad, que no encuentra expresión sustantiva (el «socialismo del siglo XXI» está por inventarse) en otra cosa que no sea la crítica de los Estados Unidos.
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Crisis de la política
Reformular la política no es un imperativo moral, es una necesidad de readecuación práctica. Después de la bipolaridad, la tensión entre las palabras y las cosas es cada vez más grande, de modo que no sólo la política, sino también muchas prácticas societarias experimentan dislocaciones entre sus significantes y sus significados. Pero la política es representación de ideas e intereses colectivos, y ahí se observa, de una manera más visible y concentrada, esa dislocación epistemológica. Por lo tanto, pese a que en muchos países se piensa que se vive una crisis política, aquí se plantea que se trata de un hecho mucho más decisivo: de una crisis de la política. La crisis de la política se expresa, naturalmente, en muchas crisis políticas, las que por lo general asumen la forma de crisis de representación, esto es, cuando las representaciones políticas tradicionales no encajan ni con los intereses ni con los ideales de los representados. La crisis de la política sólo en parte es resultado del fin de la bipolaridad. En cierto modo puede decirse que lo antecede; más aún, el fin de la bipolaridad también podría entenderse como resultado de la crisis de la política. Esta crisis tiene que ver, además, con dos procesos que se complementan entre sí. Por una parte, el deterioro de la llamada «sociedad del trabajo». Por otra, nuevos movimientos sociales que, de un modo emancipador, o de un modo regresivo, cursan por canales diferentes a los de la política tradicional. En ese contexto, el fin de la polaridad ha hecho más visible lo que antes se percibía sólo como tendencia.
Causa o consecuencia, el fin de la bipolaridad ha desvalorizado muchos de los términos con que era conjugada la política. Como ha sido expuesto, en los marcos de la guerra fría fue posible que el «secreto de Estado» se convirtiera en monopolio de expertos y políticos, escapando a la participación ciudadana. De este modo, independiente de los ritos democráticos, fue imposible evitar que en diferentes países los políticos se autonomizaran relativamente como «clase de Estado». Por supuesto, el grado más extremo fue el de las nomenklaturas comunistas, pero algo de «nomenklaturización» es observable también en Occidente, donde muchos de los partidos democráticos son muy poco democráticos en su interior. La autonomización de lo político respecto a la actividad ciudadana hizo posible que entre los miembros de la «clase política» se establecieran pactos implícitos y solidaridades que traspasaban las interpartidarias. Estas se daban por medio de «poderes de facto como logias, clubes, iglesias y mafias.
Que precisamente «después del comunismo» casi en todos los países occidentales sean descubiertos casos de corrupción entre políticos, dista de ser una casualidad. Pero no se trata de que los políticos sean mejor o peor que antes. Son, por lo común, los mismos. Lo que sucede es que muchas de las actividades de los políticos que en el pasado eran toleradas, después del bipolarismo aparecen como «escándalos», hasta el punto de que en países como Italia o Brasil la propia actividad política amenaza con convertirse en escándalo. La explicación es sencilla: en los tiempos de la bipolaridad, muchos escándalos podían conducir a la inestabilidad política, factor muy temido en la arena internacional. Los diferentes gobiernos de la guerra fría necesitaban dar una imagen de solidez hacia el exterior. Después de la bipolaridad, la obligación geopolítica de la estabilidad se ha convertido en superflua, de modo que, por una parte, las lealtades extra e interpartidarias se han vuelto más relajadas y, por otra, ha sido posible el surgimiento de una prensa especializada en «escandalogía política». Detrás del factor escándalo se encuentra, empero, una opinión pública que capta que ha llegado la hora de desmonopolizar el poder político, o lo que es igual, hacer que el político vuelva al lugar que no debió haber abandonado nunca: el de mediador. El escándalo revelado es uno de los medios de que se sirve esta opinión para reducir el inusitado poder alcanzado por la «clase política».
De la misma manera, la política ha perdido el carácter patético que llegó a alcanzar durante la «pax atómica» cuando cualquier gesto o palabra falsos podían llevar a desequilibrios que amenazaban la paz mundial. El estadista de las potencias grandes y medianas, aparecía así, frente a la opinión pública, como un superhombre, en quien habían sido delegadas atribuciones parea evitar el holocausto de la humanidad. En los tiempos de la guerra fría, la política como tal estaba asociada a la idea de la guerra. Invirtiendo a Clausewitz, era la continuación de la guerra por otros medios. Y el político era el guerrero de la guerra fría. Basta recordar la tensión con que eran esperados los resultados de las conversaciones que mantenían los políticos en «la cumbre». Hoy hasta el término «cumbre» ha perdido su patetismo. Los políticos pueden reunirse en las cumbres que quieran, y a nadie le importa demasiado.
Pero no sólo con la guerra estaba asociada la política. También, y quizás por eso mismo, estaba asociada con la historia. En los tiempos utópicos de la guerra fría, el futuro estaba decidido por las correspondientes utopías y la política era un simple medio para el cumplimiento de la historia. Hacer política era hacer historia. Para las izquierdas, tanto socialdemócratas como «revolucionarias», se trataba de obtener el poder como «un medio» para obtener un objetivo final. En EEUU, desde los tiempos de Wilson, todos los presidentes inauguraban sus gobiernos con un mensaje de «nuevo orden». Hoy, en cambio, el poder ha ido despojado de su telos. Y un poder no teleológico, es poder puro o puro poder; es un fin en sí mismo. Por lo mismo, el político ya no se siente apoyado por «la historia». Tiene que apoyarse en sí mismo, en su capacidad de convicción, o en su inteligencia, o por último, en su «imagen», cualidades que evidentemente no todos poseen. Pero esos mismos políticos enseñaron a su público a votar por ellos como portadores de una misión histórica. Y ahora, ese público no puede perdonar la ausencia de historicidad en la política. Entre las muchas críticas a la política, algunas correctas, se esconden otras que añoran la imagen del líder mesiánico, quien por medio de la catarsis provocada por su Palabra, conducía a las tierras subyugantes de la Utopía. Muchos no se conforman con la idea de que la política no es todo ni todo es política. En los tiempos utópicos, millones de seres humanos creyeron que en la política podía ser encontrada la felicidad que no podían obtener en sus vidas. No pueden conformarse con la idea de que la política no es el lugar de la felicidad sino del compromiso, y que del compromiso (donde para recibir hay que saber conceder) es imposible esperar la felicidad. La felicidad tendrán que encontrarla, desde ahora, en los lugares a los cuales pertenece: en el arte, en el orgasmo, en el amor y en la amistad, o simplemente, en el inmensurable placer de vivir. Pero nunca más en la política.
Fernando Mires





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